Friday December 15,2017
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MATRIMONIOS FELICES


»  Oración

»  Introducción


1»  Noviazgo

2»  Matrimonio - Parte 1

3»  Matrimonio - Parte 2

4»  Amor - Parte 1

5»  Amor - Parte 2

6»  Diálogo - Parte 1

7»  Diálogo - Parte 2

8»  Diálogo - Parte 3

9»  Perdonar - Parte 1

10»  Perdonar - Parte 2

11»  Fidelidad - Parte 1

12»  Fidelidad - Parte 2

13»  Aspecto sexual - Parte 1

14»  Aspecto sexual - Parte 2

15»  Abiertos a la vida
Parte 1

16»  Abiertos a la vida
Parte 2

17»  Los hijos

18»  Matrimonio Cristiano
Parte 1

19»  Matrimonio Cristiano
Parte 2

20»  Oración - Parte 1

21»  Oración - Parte 2

22»  Matrimonios Felices
Parte 1

23»  Matrimonios Felices
Parte 2

24»  Matrimonios Felices
Parte 3

25»  Esposa ideal - Parte 1

26»  Esposa ideal - Parte 2

27»  Un Mensaje de María

28»  Renovación de las Promesas Matrimoniales

29»  Entronización del Corazón
de Jesús

30»  Consagración a María

31»  Consagración al Corazón
de Jesús

32»  Consagración de la familia al Corazón de Jesús


33»  Conclusión

34»  Bibliografía

 

6» Diálogo - Parte 1

Autor: P. Angel Peña O.A.R  

Algo fundamental en la vida del matrimonio es saber dialogar y decirse las cosas con confianza para poder corregirse mutuamente.

El diálogo debe hacerse en momentos de calma.

Cuando uno está irritado, porque el otro ha llegado tarde o porque las cosas le salieron mal, el diálogo puede terminar en discusión.

Hay que buscar el momento adecuado. Y hay que dialogar lejos de ruidos, en momentos en que los niños o los vecinos no puedan perturbar.

Hay que evitar a toda costa la actitud impulsiva de llevar siempre la contraria.

Llevar normalmente la contraria es signo de que algo anda mal en la relación mutua.

Hay parejas que discuten a diario, no importa el tema, siempre uno lleva la contraria.

Eso puede llevar al otro al silencio y no decir lo que piensa, guardando resentimientos interiores.

¡Qué hermosa es la comunicación no verbal positiva:

Sonrisa, contacto corporal, darle las manos, brazos abiertos, mirada dulce, voz cariñosa y suave!

¡Cuánto daño hace la comunicación no verbal negativa como: ceño fruncido, risa cínica, llanto, enfado, brazos cruzados, tensión en manos, no mirar a los ojos, mirada dura, tono de voz elevado, gritar!

Ahora bien, en el diálogo hay que saber decirse las cosas, hasta las más íntimas para aclararlas o para pedir al otro que mejore su comportamiento. Sin embargo, no hay que decir secretos que sólo deben decirse al confesor.

Uno no está obligado a decir que ha cometido adulterio, pues eso no arreglará nada y puede empeorar todo. No hay derecho a exigir al otro que responda a todas las preguntas, buscando que le diga sus pecados.

Cuando uno de los dos es muy celoso, hay que pedirle que sepa confiar; porque, de otro modo, lo va a aburrir con tantas preguntas y lo va a ahogar con tantos controles.

No se puede vivir con una persona que controla hasta los más mínimos detalles y que observa hasta la ropa a ver si descubre algún indicio de infidelidad.

Normalmente, las personas celosas son muy inseguras y tienen miedo de que su pareja los engañe. En ese caso, debe comprender su enfermedad y pedir a Dios más confianza.

De otro modo, la convivencia puede resultar muy difícil o casi imposible.

Tampoco hay que tomar en el diálogo una actitud de indiferencia.

No se puede decir: Ya te conozco, ya sé lo que me vas a decir. Es inútil hablar contigo.

Con esa actitud nunca vamos a decir nada y, por tanto, las cosas seguirán eternamente igual o peor.

Al menos, debemos orar mucho por el otro y, en algún momento en que esté en calma, podremos decirle lo que pensamos o buscar a alguien que se lo pueda decir.

Evidentemente, no siempre hay que dialogar sobre asuntos conflictivos, se puede dialogar sobre cosas agradables, recordar momentos felices pasados juntos o decirle al otro cuánto lo amamos y admiramos, felicitándolo por las cosas buenas que vemos en él.

A veces, se dice que no hay tiempo, pero la falta de tiempo para dialogar va creando una fosa entre los esposos. La incomunicación es una de las enfermedades peores del matrimonio.

¡Qué triste es vivir en la misma casa y no poder decirle al otro lo que nos molesta de él! ¡Y no poder hablarle de las cosas íntimas e importantes!

Una solución para dialogar sería irse los dos esposos solos un día al campo para hablar lejos de todo y de todos; o tomarse un fin de semana de vacaciones e irse a algún sitio para revivir su luna de miel.

Esto puede hacerse simplemente yendo a un hotel o a una casa de retiro. Quizás podría buscarse una fecha significativa como el aniversario de matrimonio.

Lo importante es tener tiempo y poder dejar hablar al otro hasta que diga todo lo que piensa sin interrupciones. No hay que imponerse por la fuerza de los gritos. Hay que escuchar atentamente y ver hasta dónde el otro puede tener razón.

Si las cosas no se arreglan con el diálogo mutuo, sería necesario acudir a una persona neutral, como un sacerdote de confianza, a quien deben decir cada uno sus puntos de vistas para que él pueda dar consejos a cada uno de acuerdo a su criterio.

De esta manera, pueden aclararse muchas cosas y recibir buenos consejos. En mi larga vida de sacerdote he aconsejado a cientos de parejas de esposos.

La falta de diálogo es uno de los problemas permanentes de los matrimonios.

A veces, ninguno de los dos quiere ceder, porque cada uno cree que tiene razón.

Ahora bien, el cambiar actitudes y costumbres bien arraigadas no es fácil.

Por eso, siempre les recomiendo que recen unidos, porque para Dios no hay nada imposible.

Él puede solucionar lo que parecía un sueño imposible. He visto matrimonios al borde del precipicio, que han podido arreglarse con buena voluntad y la oración mutua.

Recuerdo a una señora que vino a visitarme, porque su esposo era alcohólico y, cuando estaba borracho, la insultaba y le hacía la vida imposible.

Le hablé a ella y le dije que me gustaría hablar con él.

Contra todo pronóstico, vino el esposo a visitarme.

Reconoció que se emborrachaba frecuentemente y que se portaba mal.

Su vida era un desastre y hacía sufrir a su familia. Los invité a que fueran a un Encuentro matrimonial y aceptaron.

El encuentro tocó sus corazones y decidieron casarse por la Iglesia.

Él, reconociendo que era alcohólico, ingresó a un grupo de Alcohólicos Anónimos, donde llegó a ser el dirigente del grupo.

Al poco tiempo, tuvieron un nuevo hijo y comenzaron a asistir a un grupo parroquial...

Sus vidas cambiaron y ambos se sentían felices de haber renovado su vida y su matrimonio por la fuerza de Dios.

En este caso, el esposo aceptó la ayuda de Alcohólicos Anónimos y la ayuda de las parejas amigas, que les ayudaron en el Encuentro matrimonial.

   


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