Thursday February 23,2017
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ANGELES DE AQUI Y DE ALLA


»  Oración al Santo Angel de la Guarda

»  Introducción


1»  Los ángeles

2»  La devoción a los Angeles

3»  Experiencias de Angeles

»  Parte 1

»  Parte 2

»  Parte 3


4» Más experiencias

a»  San Juan Bosco

b»  Padre Lamy

c»  Jose María Escrivá


5» Testimonios recientes

»  Parte 1

»  Parte 2

»  Parte 3

»  Parte 4

»  Parte 5

»  Parte 6


6»  Ángeles del más allá

»  Niños - Parte 1

»  Niños - Parte 2

»  Niños - Parte 3

»  Niños - Parte 4

»  Niños - Parte 5

»  Adultos - Parte 1

»  Adultos - Parte 2

»  Adultos - Parte 3


7»  Ángeles en el purgatorio

8»  Ángeles del cielo

»  Parte 1

»  Parte 2

9»  Recomendaciones prácticas

»  Parte 1

»  Parte 2

»  Parte 3


10» Oraciones

a»  Oración

b»  Oración

c»  Oración

d»  Oración

e»  Oración

f»  Oración

g»  Oración

h»  Oración


11»  Consagracion a todos los angeles

12»  Conclusión

13»  Bibliografía

 

4» Más Experiencias
a- San Juan Bosco

Autor: P. Angel Peña O.A.R  

A San Juan Bosco su ángel lo defendió de sus enemigos y se le presentaba como un hermoso perro, a quien llamaba Gris. Y que se le apareció durante 30 años.

Un día, Don Bosco, a la puesta del sol, se encontró solo a mitad de camino en el valle entre Moriondo y Moncucco, en medio del bosque.

No tardó en sorprenderle la noche oscura y nubosa, aunque sin lluvia. Debía atravesar lugares que, según se decía, estaban infestados de ladrones y cerca de granjas y viñas guardadas por terribles mastines.

Para colmo, se salió del camino y no sabía por dónde iba. Era una marcha angustiosa, porque encontraba vallas y obstáculos que le obligaban a dar grandes rodeos.

Empapado de sudor, llegó a los pies de una alta pendiente y comenzó a subirla. Paróse un momento a tomar aire.

- Oh, si tuviese aquí a mi Gris, pensó. ¡Qué bien me vendría! ¡Él me sacaría del apuro!

Un agudo ladrido sorprendió al siervo de Dios, luego otro y he aquí que en lo alto del ribazo apareció el perro, descendió hacia él, haciendo cabriolas y le acompañó durante todo el trayecto que faltaba, de casi tres kilómetros.

Fue una verdadera fortuna para Don Bosco encontrarse aquella compañía; porque, al llegar a una granja, aparecieron de repente dos perrazos rabiosos que infundían pánico.

El perro Gris se les echó encima y los obligó a retirarse tan maltrechos que, a sus aullidos que llenaban los aires, acudieron los mismos dueños para ver qué les pasaba a los pobres animales.

El Gris guió a su protegido directamente hasta la casa donde era esperado. Todos quedaron estupefactos al contemplar un perro tan hermoso y, acosaban a Don Bosco, preguntándole dónde lo había adquirido.

Al sentarse a cenar, dejaron que el Gris se pusiera a descansar en un rincón de la sala. Levantados los manteles, dijo el señor Moglia:

- Vamos a dar de comer al Gris. Y fue a echarle algo. Pero busca por aquí, busca por allá, llama que llamarás no fue posible encontrarlo.

El perro había desaparecido y, desde entonces, nadie de aquellos alrededores supo nada de él. Don Bosco mismo contó este suceso unos años después con motivo de que, habiendo caído la conversación en el famoso Gris, le preguntaron si lo había visto después de 1855.

- Sí, dijo. Después de los primeros años me lo encontré varias veces más, cuando me hallaba, avanzada la noche, sin compañero22

A fines de 1844, terminó Don Bosco de escribir un librito sobre la devoción al ángel de la guarda. Estaba tan persuadido de tenerlo a su lado que parecía lo viese con sus ojos. Lo saludaba varias veces al día con el Ángel de Dios y confiaba del todo en su protección.

Se encomendaba a sí mismo y le encomendaba a sus muchachos... Sabía infundir en sus jóvenes gran respeto y gran amor al ángel de la guarda. Con mucha frecuencia, entonaba él mismo el cántico sagrado al que había puesto música en honor del santo ángel y que cantaban los muchachos entusiasmados.

Les decía:

- Avivad vuestra fe en la presencia del ángel de la guarda, que está siempre con vosotros... Sed buenos para que esté contento vuestro ángel.

En vuestras penas y desagracias, materiales o espirituales, acudid al ángel con plena confianza y él os ayudará.

¡Cuántos que estaban en pecado mortal, fueron librados de la muerte por su ángel para que tuvieran tiempo de confesarse bien!

Acuérdate de que tienes un ángel por compañero, guardián y amigo. Si quieres complacer a Jesús y a María, sigue las inspiraciones de tu ángel de la guarda. Invoca a tu ángel en las tentaciones. Tiene él más ganas de ayudarte que tú de que te ayude. Sé valiente y reza. Pide a tu ángel que venga a consolarte y a asistirte en la hora de tu muerte.

Muchos jóvenes manifestaron más tarde a Don Rúa haber recibido favores extraordinarios y haberse visto libres de peligros gracias a esta devoción que les había inculcado Don Bosco...

Sucedió que uno de los alumnos trabajaba pocos días después de peón de albañil en la construcción de una casa. Iba y venía sobre el andamio para prestar sus servicios. De improviso, se rompen unos soportes, siente que los tablones, sobre los que se encontraba con otros dos compañeros, fallan bajo sus pies.

Se da cuenta, al crujir el andamiaje, que no es posible ponerse a salvo. El andamio se desarma y entre tablones, piedras y ladrillos, cae desde el cuarto piso a la calle.

Caer desde aquella altura y morir al golpe era lo mismo. Pero nuestro buen joven, se acordó de las palabras de Don Bosco e invocó con toda su alma al ángel de la guarda:

- Ángel mío, ayúdame. Y el ángel lo ayudó. ¡Algo admirable!

Cuando acudió la gente, creyéndole muerto, se puso en pie, totalmente sano y sin el menor rasguño. Más aún, volvió a subir a lo alto de donde había caído para ayudar en el trabajo de reparación.

Al domingo siguiente, contaba a sus compañeros asombrados lo que le había sucedido, dando fe de que la promesa de Don Bosco se había cumplido. Los muchachos aumentaron su devoción al ángel de la guarda, lo que produjo muchos y saludables efectos en sus almas.


Este hecho singular sugirió a Don Bosco la idea de escribir el librito mencionado: El devoto del ángel custodio23.


22 Memorias biográficas VIII, cap. XLI, p. 417.
23 Memorias biográficas II, cap. XXVIII, pp. 204-207.

 

   


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