Wednesday May 24,2017
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18» ¿Debo Quedarme?

19» Los 144.000

20» Puntos comunes para la reflexión teológica

21» 2012 y el fin del mundo. Parte I

22» La misa explicada
por San Pío de Pietrelcina

23» La Cena del Cordero: La Biblia y la Misa

24» La Cena del Cordero:
La Biblia y la Misa (Lección # 1)

25» La Cena del Cordero:
La Biblia y la Misa (Lección # 2)

26» La Cena del Cordero:
La Biblia y la Misa (Lección # 3)

27» La Cena del Cordero:
La Biblia y la Misa (Lección # 4)

28» La Cena del Cordero:
La Biblia y la Misa (Lección # 5)

29» La Cena del Cordero:
La Biblia y la Misa (Lección # 6)


 

 

28. La Cena del Cordero: La Biblia y la Misa
(Lección # 5)

Autor: Dr. Scott Hahn | Fuente: Centro San Pablo de Teología Bíblica  

Para entender el profundo fundamento bíblico del mandato de Jesús que la Eucaristía fuera celebrada “en conmemoración mía”.

Lección cinco

El cielo en la tierra: la Liturgia de la eucaristía

OBJETIVOS DE LA LECCIÓN

► Entender las profundas bases bíblicas de la Liturgia de la Eucaristía.
► Ver cómo el libro de Apocalipsis describe la liturgia celestial.
► Entender cómo la Misa que celebramos en la tierra es una participación de la liturgia celestial.
LECTURAS:
► La Cena del Cordero, Tercera Parte, Capítulo Uno: “Levantando el Velo. Cómo ver lo invisible”
► Isaías 6:3
► Apocalipsis 4:8; 1:10; 3:20; 19:9
► Hebreos 12:22-24

Esquema de La Lección
I. La Biblia en acción
◊ Levantemos el corazón
◊ La Biblia culmina en la Misa
◊ Lo que creemos

II. La Liturgia Celestial
◊ En el Espíritu
◊ La Misa revelada en Apocalipsis

III: El Culto en la Nueva Jerusalén
◊ Con los ángeles y santos
◊ Orar la historia de la salvación
◊ En conmemoración de Él

IV. Preguntas para reflexión


I. La Biblia en acción

- Levantemos el corazón -

Escuchamos estas palabras en un punto cumbre de la Misa, al inicio de la plegaria eucarística.

En la Escritura, la exhortación de “levantar” frecuentemente está relacionada con ofrecerse a Dios en oración (cfr. Sal. 25:1-2; Sal. 134:2).

El único lugar en que hallamos la expresión específica “levantar nuestros corazones” es en una súplica por la misericordia y presencia de Dios, combinada con un voto de volver a Él y servirle (cfr. Lam. 2:19; 3:41).

La exhortación “levantemos el corazón” podría haber sido parte de la celebración primitiva de la Eucaristía. Cuando hablamos de “levantar” el corazón es con un sentido de realismo, no solamente una expresión o frase hecha. Nuestros corazones de verdad van a otro lugar. Levantamos nuestros corazones al cielo, juntando nuestras oraciones de alabanza y acción de gracias con las de los ángeles en el cielo.

Nuestros pies están en la tierra, específicamente plantados en un templo parroquial. Sin embargo, por la Misa entramos en el mismo cielo. Tomamos nuestra parte en la adoración incesante de los ángeles y santos en el cielo. Nuestra liturgia en la tierra es parte de la eterna liturgia celestial. La Misa, en otras palabras, es el cielo en la tierra.

Pero antes que vayamos al cielo, debemos recordar cómo la Misa nos ha llevado hasta este punto. 

- La Biblia culmina en la Misa -

A este punto en nuestro estudio, hemos visto como la Biblia y la Misa son hechas la una para la otra. El “destino” de toda la Escritura apunta a la Misa. Hemos visto que la Misa es la Biblia en acción porque ante nuestros ojos las verdades salvíficas de la Escritura “se actualizan” o sea se hacen reales y actuales. Como hemos visto, mucho de la oración y el culto de la Misa es tomado directamente de la Escritura o tiene la intención de evocar para nosotros los eventos de la historia de salvación que se narra en ella.

Por supuesto, en la Liturgia de la Palabra, tomada de la Escritura, realmente escuchamos la Palabra de Dios. De hecho, como hemos visto, la Misa es el ambiente natural de la Escritura. El “canon” de la Escritura es, en primer lugar, el listado de libros que las autoridades de la Iglesia, bajo la inspiración del Espíritu Santo, autorizaron para la lectura pública en la liturgia. 

Cuando las Escrituras son proclamadas en la Iglesia, Dios mismo nos habla y Cristo está presente. Él nos dice, por medio de las escrituras dominicales, cómo se desarrolla en la historia el plan divino de nuestra salvación que nos conduce a la mesa de la Eucaristía.

Siguiendo la Palabra de Dios, profesamos nuestra fe “a una voz” en las palabras del Credo. Hay un precedente bíblico para esta práctica en la Misa. En el Antiguo Testamento, una profesión de fe frecuentemente sigue a una proclamación de una lectura. Cuando Dios habla, se requiere una respuesta. La respuesta que Dios desea es nuestro voto de fe y obediencia.

Cuando Moisés les dio la Ley a los israelitas, se esperaba que ellos contestaran. Y respondieron, “Cumpliremos todas las palabras que ha dicho el Señor” (Ex. 24:3).

Cuando los sacerdotes redescubrieron el libro de la Ley en el reinado de Josías, el rey ordenó que se leyera en la presencia del pueblo. Otra vez vemos que la lectura de las Escrituras se entendió como una llamada al pueblo—una llamada que exige una respuesta. Por esto, después de escuchar la Palabra, el rey como representante del pueblo, hizo una alianza con Dios, con el compromiso de “guardar sus mandamientos, sus testimonios y sus preceptos, con todo su corazón y con toda su alma” (cfr. 2 Cro. 34:29-32; Neh. 9). 

- Lo que creemos -

Hacemos lo mismo en la Misa. Escuchamos la Palabra de Dios—comunicada por Cristo que está en medio de nosotros—y respondemos a la historia de salvación proclamada en las lecturas del Antiguo y Nuevo Testamento. Y esa respuesta se hace recitando el Credo.

No es solamente una recitación de los artículos de fe. Cuando decimos, “Creemos...” estamos diciendo lo que los israelitas dijeron, y que el Rey Josías dijo, que estamos pre- parados a guardar los mandamientos de Dios y vivir de una manera de acuerdo con las palabras que hemos escuchado en las lecturas de la Escritura de la Misa.

Hay algo más en cuanto al Credo: es un esquema de la historia bíblica. En el Credo, repetimos la historia de la salvación, desde la creación del cielo y la tierra hasta la Encarnación, Crucifixión, Resurrección, Ascensión y hasta el Juicio Final al fin de los tiempos.

Y casi cada palabra que profesamos en el Credo es sacada directamente de la Escritura. Podemos dar unos ejemplos:

Creemos en “un solo Dios, Padre” (cfr. 1 Cor. 8; Ef. 4:6); y en su “Hijo único” (cfr. Jn. 3:16); “por quien todo fue hecho” (cfr. Col. 1:16).

“Por nosotros” fue crucificado (cfr. 2 Cor. 5:21); y “de nuevo vendrá... para juzgar a vivos y muertos” (cfr. Hech. 10:42), y “su reino no tendrá fin” (cfr. Lc. 1:33).

Confesamos “un solo bautismo” (cfr. Ef. 4:5) y “la vida del mundo futuro” (cfr. Jn. 6:51). Después de nuestra profesión de fe, oramos unos por los otros y por los necesitados, otra práctica de la Misa que sigue el ejemplo del Nuevo Testamento (cfr. Sant. 5:16; 1 Tes. 1:2; Col. 1:9).

II. La Liturgia Celestial

- En el espíritu -

La historia que nos narra la Biblia en las lecturas dominicales de la Misa y resumidas en el Credo se cumple en la Eucaristía.

Toda la historia recordada en la Escritura, todo lo que se revela sobre “un solo Dios” y su “Hijo único” nos conduce al momento de comunión con Dios por medio de la “fracción del pan” (cfr. Lc. 24:35).

En la liturgia de la Eucaristía, vemos el cumplimiento de la historia de la Biblia frente a nosotros en el altar.

“Levantamos nuestro corazón” a Dios y quedamos “bajo el poder del Espíritu” y llevados a la liturgia incesante del cielo (cfr. Apoc. 4:2). 

Esto es lo que nos revela el Apóstol Juan en el último libro de la Biblia. De hecho, es la Misa que explica el sentido de las visiones y los símbolos que son tan misteriosos y hasta espantosos a veces.

Lo que se revela a San Juan es que la Misa que celebramos en la tierra es una participación en la liturgia celestial.

La visión de San Juan empieza “el día del Señor,”—el domingo (cfr. Apoc. 1:10) —como la Iglesia primitiva llamaba al primer día de la semana cuando celebraban “la fracción del pan” (cfr. Hech. 20:7; Lc. 24:1).

San Juan estuvo “en el espíritu” [o “bajo el poder del espíritu”] el día del Señor. En otras palabras, es posible que estuviera celebrando la misma Eucaristía cuando recibió la visión y así fue llevado al cielo.

San Juan ve las mismas cosas que vemos cuando estamos en la Misa.

Ve un altar (cfr. Apoc. 8:3); candelabros (1:12); incienso (5:8); sacerdotes (presbyteroi) con vestiduras blancas (4:4). Y ve pan o maná (2:17), y copas o cálices de sangre (capítulo 16). Ve a santos y ángeles cantando “Santo, Santo, Santo” (4:8), entonando un himno a la gloria de Dios, el rey celestial (15:3) y diciendo “Aleluya” (19:1, 3,6) y haciendo la señal de la cruz en la frente (14:1).

Hay lecturas de la Escritura (capítulos 2-3) y finalmente, “el banquete de bodas del Cordero” (19:9). 

- La Misa revelada en el Apocalipsis -

De hecho, hay más ejemplos de semejanzas entre el libro de Apocalipsis y la Misa.

El mismo libro fue escrito para ser proclamado en la liturgia (cfr. Apoc. 1:3). Además, el libro es dividido en dos partes que corresponden más o menos a la Liturgia de la Palabra y a la Liturgia de la Eucaristía como la celebramos en la Misa.

Los primeros once capítulos tratan de la lectura de cartas que deben de ser escritas en un pergamino por San Juan “el cual ha atestiguado la palabra de Dios y el testimonio de Jesucristo: todo lo que vio” fue dictado por alguien, descrito “como un Hijo de hombre” (cfr. Apoc. 1:2, 11-13).

El sujeto que es llamado “como un Hijo de hombre” es Jesucristo, que se autonombraba frecuentemente como el “Hijo de hombre” (cfr. Mt. 25:31, Mc. 8:31, Lc. 12:8, Jn. 3:13). Esa imagen también nos recuerda la visión del profeta Daniel, que vio que venía “uno como un Hijo de hombre” sobre las nubes del cielo, quien recibió un “poder eterno” de Dios (cfr. Dan. 7:13-14).

El Apocalipsis identifica a Jesús exactamente “su nombre es: La Palabra de Dios” (Apoc. 19:13).

San Juan es el autor humano de esta parte de la Biblia. Pero como toda Escritura, tiene un autor divino, la Palabra de Dios.

Es significativo que los primeros tres capítulos de Apocalipsis comiencen como la Misa, con un tipo de rito penitencial. Jesús ocupa la palabra “arrepentimiento” ocho veces en las siete cartas (cfr. Apoc. 2:16).

Cuando la Palabra de Dios ha sido proclamada, el Hijo declara: “Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguien oye mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo” (Apoc. 3:20).

Con esta invitación a cenar con Cristo mismo, pasamos de la Liturgia de la Palabra celestial, al banquete de la Eucaristía celestial. Como en la Misa, la “liturgia de la Palabra” del Apocalipsis nos prepara a recibir al Cordero de Dios. Todos los que tienen oídos para oír saben que Jesús mismo les dará el “maná escondido.”

Hay una referencia al “pan celestial” que Dios dio a Israel como comida de su peregrinación en el Éxodo (cfr. Sal. 78:23-25). Pero este pan celestial era una figura del pan que Cristo vino a dar—su propio cuerpo, dado por la vida del mundo (cfr. Jn. 6:32-33; 49- 51).

Este es el pan cotidiano que Él nos enseñó a pedir en la oración que rezamos en cada Misa y que consideraremos en detalle en la próxima lección.

La segunda parte del Apocalipsis empieza con el capítulo 11, cuando se abre el santuario de Dios en el cielo, y termina con el deprame de, y con el banquete de bodas del Cordero, una imagen extraordinaria de la Liturgia de la Eucaristía.

III. Culto en la nueva Jerusalén

- Con los ángeles y santos -

Se invita a San Juan “sube acá” (Apoc. 4:1). Nosotros estamos invitados a subir hasta el cielo también, levantando nuestros corazones, al inicio de la Liturgia de la Eucaristía.

Cuando levantamos nuestros corazones, nos invitan a cantar “con los ángeles y los san- tos.”

Esto no es simplemente una expresión de un fino sentimiento. Como en todo lo demás en la Misa, funciona aquí un “realismo sacramental”.

En este punto de la Misa, juntamos en una manera misteriosa nuestro canto al que San Juan—y antes que él, el profeta Isaías—escuchó en el cielo: “Santo, Santo, Santo...” (cfr. Apoc. 4:8; Is. 6:3).

La segunda parte de nuestro canto (“Bendito él que viene...”) es del salmo que los peregrinos a Jerusalén cantaban en Pascua. También era el salmo que cantaban los que se encontraban presentes durante la entrada triunfal de Cristo a Jerusalén (cfr. Mc. 11:10; Sal. 118:26).

Las palabras bíblicas nos orientan acerca de lo que pasa en la Misa. Estamos juntos alrededor del altar—no solamente el altar terrenal sino el celestial también. Hemos llegado al monte Sión, la nueva Jerusalén celestial.

Esto es lo que San Juan vio—”el Cordero en pie sobre el monte Sión” (Apoc. 14:1).

La Carta a los Hebreos (cfr. Heb. 12:22-24) también habla de la celebración eucarística terrenal como entrada y participación en la liturgia celestial en la Nueva Jerusalén.

En la Misa, dice Hebreos, nos acercamos al “monte Sión, ciudad de Dios vivo, la Jerusalén celestial”. Además, allá, nos juntamos con “miríadas de ángeles”, con la “asamblea de los primogénitos”, y con Jesús, “mediador de una nueva alianza y de la aspersión purificadora de una sangre” en una “reunión festiva” o “banquete”. 

Este pasaje está lleno de referencias y alusiones bíblicas. Es Interesante notar que la palabra para “asamblea” en griego es ekklesia—la palabra de donde viene “iglesia”.

También es de notar las similitudes entre la descripción de la Misa según Hebreos y según el Apocalipsis de Juan. En ambos libros vemos una nueva Jerusalén, un nuevo monte Sión, la morada del Señor (cfr. Sal. 132:13-14). En ambos se ven los ángeles y a Jesús como el cordero cuya sangre quita el pecado del mundo. En ambos vemos una fiesta de los “primogénitos” o “primicias” de los que creen en Jesús (cfr. Apoc. 14:4). Y en los dos se entiende que esta fiesta en el templo del cielo es señal de la nueva alianza hecha en la sangre de Jesús (cfr. Apoc. 11:19).

Lo que estas Escrituras nos enseñan es que la Misa es la cumbre de la historia de la salvación que narra la Biblia.

Y esto es exactamente lo que las oraciones de la Misa nos dicen.

- Orar la historia de la salvación -

La Plegaria Eucarística de la Misa es una oración de acción de gracias en que las ofrendas del altar—pan y vino, y todas las obras de nuestras manos y mentes—son santificadas por el poder del Espíritu. Como todo en la Misa, las plegarias son oraciones bíblicas, con lenguaje bíblico, que resumen la historia de la Biblia. 

Pero son mucho más que oraciones bíblicas. Las plegarias cuentan la historia de salvación, y nos hacen parte de esa historia, por el cambio sacramental del pan y vino en el cuerpo y sangre de Cristo.

Los varios prefacios de las plegarias eucarísticas nos recuerdan entera la historia de la Biblia, mostrándonos siempre cómo el plan completo de la salvación llegó a su cumbre con la muerte y la resurrección de Jesucristo, lo que conmemoramos en la Misa.

“Manifestaste admirablemente tu poder” oramos en el Prefacio Dominical III, uno de varias opciones para las misas celebradas fuera de los tiempos de Cuaresma, Pascua, Adviento y Navidad.

Este prefacio traza el plan amoroso de Dios, resumiendo en dos líneas toda la Biblia: “al prever el remedio en la misma debilidad humana, y así, de lo que fue causa de nuestra ruina hiciste el principio de nuestra salvación.”

Otro prefacio del tiempo ordinario (VIII) nos da un resumen de la historia de la salvación que termina con la Iglesia y la liturgia:

Pues quisiste reunir de nuevo
por la sangre de tu Hijo y la acción del Espíritu Santo,
a los hijos dispersos por el pecado;
y de este modo tu Iglesia,
unificada a imagen de tu unidad trinitaria,
aparece ante el mundo como cuerpo de Cristo y templo del Espíritu...

La Cuarta Plegaria Eucarística nos da la completa historia del mundo, empezando con la creación del hombre y de la mujer a imagen de Dios y cómo perdieron la amistad con Él por la desobediencia. La oración continua trazando la historia del Antiguo Testamento—”para que te encuentre el que te busca... reiteraste tu alianza a los hombres.” Se reza: “Al cumplirse la plenitud de los tiempos Dios envió a su único Hijo”.

El punto culminante de la historia de la salvación presentada en las plegarias eucarísticas—y en la misma Biblia—es la Última Cena.

- En conmemoración de Él -

Como señalamos en nuestra primera lección, las palabras de consagración de la Plegaria Eucarística son tomadas directamente de las narraciones bíblicas de la Última Cena, como San Pablo recuerda (cfr. 1 Cor. 11:23-29; Mt. 26:26-29; Mc. 14:22-25; Lc. 22:15-20).

La Iglesia, en la Eucaristía, cumple el mandato de Cristo, escrito en las Escrituras, “Haced esto en conmemoración mía.”

En este punto de la Plegaria Eucarística es muy significativo que el sacerdote ocupe las palabras exactas de la Escritura “Esto es mi cuerpo...” y “Este es el cáliz de mi sangre...”

¿Porque es esto tan significativo? Porque, como hemos señalado en nuestra primera lección, solamente la Palabra de Dios puede “hacer” lo que Jesús ha mandado: transformar el pan y el vino en su cuerpo y sangre. Nuestro culto puede ser transformador porque la Palabra bíblica que escuchamos no es “palabra de hombre sino... palabra de Dios” (1 Tes. 2:13).

Solamente la Palabra de Dios tiene el poder de cumplir lo que promete. Tiene el poder de hacernos entrar en comunión con la verdadera y viva presencia de Jesús. Solamente el sagrado discurso de Dios puede hacer la divina acción de transformar pan y vino en el cuerpo y sangre de nuestro Señor. Solamente el sagrado discurso de Dios puede ofrecernos comunión con el Dios vivo. 

En la Misa, respondemos al gran misterio de nuestra fe en palabras de la Escritura. Las aclamaciones memoriales (“Anunciamos tu muerte”) son oraciones bíblicas. Con San Pablo decimos “Cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz, anunciamos tu muerte Señor, hasta que vuelvas” (cfr. 1 Cor. 11:26). 

IV. Preguntas para reflexionar

☼Menciona dos o tres ejemplos de cómo el Credo cita o refiere pasajes de la Biblia.
☼¿Cuál es el “precedente bíblico” para la profesión de fe después de oír la Palabra de Dios?

☼¿Cuando “levantamos nuestro corazón” en la Misa, adonde estamos levantándolo?

☼Proporciona algunos ejemplos de cómo el Libro de Apocalipsis revela la liturgia celestial.

☼¿Cuál es la función de las plegarias eucarísticas y los prefacios de la Santa Misa?

☼¿Cuál es la cumbre de la historia de la salvación, según es recordada y resumida en las plegarias eucarísticas?

- Para meditación personal -

►¿Escuchamos con suficiente atención las palabras de la Santa Misa? ¿Reconocemos la historia de nuestro pecado y nuestra redención en el prefacio? ¿Recordamos la historia de nuestra salvación en la plegaria eucarística?

 

   


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