Thursday September 21,2017
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San José - El mas santo de los antos

  


SAN JOSÉ
El más santo de los santos
  


Introducción

1»  Algunos textos aplicables a san José

2»  Virginidad de san José

3»  Matrimonio de José y María

4»  Paternidad de san José

5»  La sagrada familia

6»  Un poco de historia

7»  Privilegios de san José

8»  Asunción de san José

9»  San José y los moribundos

10»  El más santo de los santos

11»  Los Papas y san José


12.1»  Apariciones de san José Parte 1

12.2»  Apariciones de san José Parte 2

12.3»  Apariciones de san José Parte 3

12.4»  Apariciones de san José Parte 4


13.1»  Milagros de san José Parte 1

13.2»  Milagros de san José Parte 2

13.3»  Milagros de san José Parte 3

13.4»  Milagros de san José Parte 4


14.1»  Palabras de algunos santos - Parte 1

14.2»  Palabras de algunos santos - Parte 2

14.3»  Palabras de algunos santos - Parte 3

14.4»  Palabras de algunos santos - Parte 4


15»  Algunos santuarios de san José

16»  Reflexiones

17»  Dolores y gozos de san José

18»  Letanías a san José

19»  Oraciones a san José

20»  Consagración a san José

21»  Conclusión

22»  Bibliografía

23»  Novena a san José
(versión corta)

 

12.3 » Apariciones de san José
Parte 3

Autor: P. Angel Peña O.A.R

El año 1847, unas hermanas de la Congregación de san José de la Aparición, fundadas por santa Emilia de Vialar, estaban viajando desde Francia a Birmania. Como en aquella época no existía todavía el canal de Suez, tuvieron que desembarcar en Alejandría e ir a Suez por el camino del desierto. Dice una de las protagonistas, la hermana Cipriana: La ruta se hacía en pésimos carruajes conducidos por los árabes.

Nuestras seis hermanas eran todas jóvenes y sin experiencia de los viajes; es más, llevaban veinte mil francos en sus bolsas para los gastos de la ruta, la que no era muy segura... Durante el viaje de Alejandría a Suez, un buen anciano se presentaba a nuestras hermanas cada vez que el carruaje se detenía, y les decía: “Soy yo, hijas mías, no teman nada, yo estoy aquí”. El anciano tenía una larga barba y un bastón en la mano. Tomaba sus pequeños paquetes y les ayudaba a descender del carruaje.

Esto duró hasta que nuestras queridas hermanas fueron embarcadas en Suez. Luego de haberlas acompañado hasta el barco, el buen anciano dijo aún: “Adiós, hijas mías, buen viaje, no teman nada, yo estoy allí”. Y desapareció. Nuestras hermanas se miraban unas a otras en el momento en el cual el navío comenzaba a moverse y, como los discípulos de Emaús, sus ojos se abrieron en ese instante
48. Y reconocieron que el anciano había sido san José y que había desaparecido sin dejar rastro.

Precisamente, el nombre de la Congregación: San José de la Aparición, se debió probablemente a una aparición que tuvo la fundadora, según lo contaba su propia sobrina, señora Camille Brusley. En carta al abad Brunet le dice: Yo no sé si usted tiene conocimiento de la aparición de san José a mi tía en 1880. Ella no habló jamás de esto, pero mi madre (Rosina de Bermond), a quien ella le había hecho la confidencia, me contó que, al comienzo de su vocación, estando absolutamente desesperada por la oposición que encontraba por parte de su padre, se postró de rodillas y rezó con todo su corazón. San José se le apareció y le dijo: “No te desanimes, hija mía, encontrarás obstáculos, tendrás mucho que sufrir y amarguras que soportar, pero tu obra prosperará49.

Dice el famoso apóstol y místico francés padre Lamy (1853-1941): Comencé a sentir deseos de ser sacerdote el día de la primera comunión a los 11 años. Yo estudiaba, cuando podía, pero sólo podía por la noche y tenía instrucción primaria. Yo no podía entender cómo podría llegar a ser sacerdote. No tenía los medios y me creía incapaz. Estaba desesperado. Y, entonces, se me apareció san José y me confirmó en mi vocación. Me dijo: Serás sacerdote y un buen sacerdote. Desde entonces, hice todos los esfuerzos posibles para llegar a serlo. San José me lo dijo con tono imperativo y extendiendo su mano hacia adelante como para jurar50.

La segunda vez que se me apareció fue en la Courneuve. Me habló de cosas personales. Él es muy bueno, pero tiene la voz tan dulce como la Virgen. Tiene el acento de su país y la voz un poco ronca como la de un oriental. La tercera vez, fue también en la Courneuve, en la sala del jardín, no en la iglesia. Había colocado allí la imagen de san José. Era el 3 de julio de 1917. Las damas de la parroquia la habían limpiado y yo la vi tres o cuatro días después. Cuando entré en la sala, él estaba allí sonriente. Yo le pregunté: ¿Eres san José? El me hablo de cosas personales
51.

Dice san Luis Orión: Estábamos en marzo de 1900. Eran tiempos en que no teníamos nada, no teníamos pan, y san José vino en nuestra ayuda… Estábamos con mucha necesidad de dinero y nos encomendamos a san José, que es invocado como administrador, o mejor, como proveedor de las casas religiosas como él lo fue de la Sagrada Familia… Un día, estábamos sin nada y, exactamente, durante la novena de san José, la antevíspera de su fiesta, parecía que san José no nos quería ayudar. Pero he aquí que se presenta a nuestra puerta un señor que pregunta:

- ¿Dónde está el Superior?

El portero va a decirme:

- Un señor quiere hablarle.
- ¿Es un acreedor?
- No lo conozco.
- ¿No es el lechero o el carnicero?
- No sé.

Eran tiempos en que detrás de un acreedor venía otro y no me dejaban descansar. Bajé las escaleras aprisa y me encuentro a un señor modestamente vestido, con barba. Y me dice:

- ¿Usted es el Superior? Aquí hay un dinero.

Y dejó un sobre grueso con dinero. Esto lo recuerdo como si hubiera sido esta mañana. Yo le pregunté, si debíamos celebrar algunas misas a su intención. Él me dijo que no, que debíamos seguir rezando. Yo no lo había visto nunca. Me miró un momento, se inclinó y se fue deprisa. Hubiera querido detenerlo, pero no tuve el coraje. Sin embargo, su presencia y sus palabras me dejaron encantado. Y, mientras salía, los que habían estado presentes me dijeron que el rostro de aquel señor tenía un no sé qué de celestial. Y, entonces, fuimos todos sobre sus pasos a ver dónde iba. Pero aquel hombre salió por la puerta, dio unos pasos, bajando las escaleras exteriores, y no se le vio más ni a derecha ni a izquierda ni en el patio ni en la iglesia. Mandé a dos que fueran a buscarlo, pero no lo encontraron. Apenas había salido y ya había desaparecido.

Vino Monseñor Novelli, le contamos lo sucedido, y dijo:

- Era san José, era verdaderamente san José.

Yo le hice observar:

- Pero era joven, demasiado joven y con barba rojiza…
Él me respondió:

- San José no debía ser viejo.

Lo cierto es que en el sobre había tanto dinero como para pagar a todos los deudores más urgentes y más importantes. Y siempre se lo agradecimos a san José
52.


48 Del libro Emilia de Vialar, Ed. Congrégation des Soeurs de St. Joseph de l´Aparition, 1987, p. 172.
49 ib. p. 53.
50 Biver Paul, Le Père Lamy, Ed. Serviteurs de Jesus et de Marie, 1966, pp. 25-26.
51 Ib. pp. 123-124.
52 Discurso de Don Orión del 18 de marzo de 1938, citado por Gemma Andrea, I fioretti di Don Orione, Ed. EDB, Bologna, 2002, pp. 68-71.

 

   


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