Friday April 28,2017
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La Apologética Hoy
  



I- La Apologética

Necesidad de una apologética

La apologética, una tarea ingrata

¿Apologética después del Vaticano II?

La apologética no está
de moda


II- El Papa Francisco

Catequesis sobre la comunión de los santos

Fe es preparación para la belleza del Cielo

En el Juicio Final seremos juzgados por Dios en la caridad

Es una dicotomía absurda querer vivir con Jesús sin la Iglesia

"Nuestra fe tiene como centro a Jesucristo"

Cruzar el umbral de la Fe


III- Verdades de la Fe Católica

Tema 1»
La religión en el hombre

Tema 2»
Vida de Jesús

Tema 3»
Las dos naturalezas de Jesús

Tema 4»
La virginidad de María a la luz
de la verdad bíblica

Tema 5»
El santo sudario:
retrato de la pasión de Cristo

Tema 6»
La Eucaristía:
presencia real de Cristo

Tema 7»
Las raíces bíblicas del Cristianismo y Fundamento bíblico e histórico
de la Iglesia Católica

Tema 8»
El credo Bíblico

Tema 9»
El Apóstol Pedro

Tema 10»
Pedro y Pablo en Roma

Tema 11»
Ídolos e imágenes Sagradas

Tema 12»
La Virgen María en la Biblia

Tema 13»
Las apariciones de la
Virgen María

Tema 14»
Los ángeles: Mensajeros de Dios

Tema 15»
El diablo y los demonios

Tema 16»
Los Santos y las reliquias
en las sagradas escrituras

Tema 17»
Las reliquias de Cristo


IV- El demonio de la acedía

La civilización depresiva

¿Qué es la acedia?

La acedia en las escrituras

El pecado original

El demonio del mediodía

La acedia Eclesial

La acedia contra
el matrimonio y la familia

La acedia en la sociedad

¿Por qué le llamamos “demonio” a la acedia?

10» La acedia y el martirio

11» Causas y remedios al mal
de la Acedia

12» Lucha y victoria sobre
la acedia

13» La civilización del amor


V- Diversos Temas

¿Qué es el Adviento?

La Navidad, su verdadero significado

¿Es malo el proselitismo?

Las grandes herejías

El paraíso prometido es la paz de conciencia

¿Cómo y cuándo empieza a vivirse el Triduo Pascual?

Quien reza se salva

¿PARA QUÉ ORO?
¡Dios nunca me hace caso
cuando rezo!

¿De verdad creemos
sin vacilar que Dios nos dará lo que pedimos?

10» Si Dios siempre escucha, ¿por qué tarda tanto en responder?

11» Yo pedí sólo cosas buenas,
y definitivamente Dios no me
las concedió

12» Si Dios ya sabe lo que necesitamos, ¿por qué
se lo tenemos que decir?

13» Orar no es lo mismo que repetir frases mecánicamente

14» Calculando la Navidad: la auténtica historia del 25 de diciembre

15» ¿Reevangelización?
Ni complejas doctrinas ni reformas sólo el escandaloso anuncio de Cristo

16» Cambiar o Morir.
La Iglesia ante el futuro

17» Del Triunfalismo al Complejo de Culpa y Derrotismo

18» El pensamiento de Joseph Card. Ratzinger acerca de las sectas

19» David contra Goliath

20» Homilía en la misa de clausura del Congreso Nacional de Doctrina Social de la Iglesia




IV- El demonio de la acedia:
6. La Acedia Eclesial

Autor: P. Horacio Bojorge 

La Acedia es una tristeza por el bien, por los bienes últimos, es tristeza por el bien de Dios. Es una incapacidad de alegrarse con Dios y en Dios. Nuestra cultura está impregnada de Acedia.


En este sexto capítulo vamos a hablar de la acedia dentro de la El demoIglesia. De cómo se presenta el demonio de la acedia en sus formas eclesiales. Pues no es solamente un fenómeno limitado al mundo no cristiano, sino que afecta también a los creyentes.

En un episodio anterior, cuando hablábamos de la acedia en las Sagradas Escrituras, (capítulo 3), vimos cómo San Pedro, nada menos –la piedra, la cabeza de la Iglesia– se sentía acedioso ante el anuncio de Jesús que le hablaba de la Cruz, del Calvario Y lo corrigió al Señor: “¡De ninguna manera Señor! ¿Cómo vas a pensar en la crucifixión?”. 

San Pedro consideraba que el camino de Nuestro Señor tenía que ser el camino del Mesías glorioso; que estableciera un reino político de Dios sobre la Tierra. Y no podía concebir que el amor de Dios conllevara un sufrimiento tan grande. Y, sin embargo, ése es el escándalo de la Cruz: que es el amor que se manifiesta en el dolor y el sufrimiento. Muestra la magnitud de su amor precisamente en el sufrimiento que es capaz de sobrellevar con fortaleza por amar; por hacer una obra de amor. Para esa revelación Pedro aún no estaba maduro.

No nos tenemos que extrañar que lo que le pasó al Vicario de Cristo en esos primeros momentos, nos pase a nosotros a lo largo de la historia de la Iglesia. Que también nosotros tengamos que sufrir mucho para entrar en el Reino de los Cielos. 

Eso se lo dicen ya los Apóstoles a los primeros creyentes. Lo leemos en el libro de los Hechos de los Apóstoles: es necesario que suframos muchas cosas para entrar en el Reino de los Cielos; para realizarnos ya como hijos ya desde esta vida. 

Si el Hijo obedeció al Padre - para cumplir la obra de amor del Padre - de esta manera, los que queremos vivir como hijos no nos debemos asustar tampoco; aunque el sufrimiento siempre es duro de llevar. Pero cuando es el sufrimiento por amor, la fortaleza del amor da la fuerza para sufrir. Y ese sufrimiento es transformador, es salvador; como el de Nuestro Señor Jesucristo.

El Cardenal Christoph Shönborn decía hace unos años lo siguiente:

«Me parece que la crisis más profunda que hay en la Iglesia consiste que no nos atrevemos ya a creer en las cosas buenas que Dios obra por medio de quienes lo aman»
No creer que Dios siga actuando. Y que siga actuando a través de los que lo aman; y que hace cosas buenas a través de los que lo aman; que Dios interviene en la historia. En muchos cristianos hay como una duda de que Dios pueda intervenir en la historia. Parece que estamos como hijos abandonados por el Padre sobre la Tierra y que todas las cosas las tenemos que hacer nosotros; que el Padre no interviene en nuestros planes; que nuestras obras no vienen del Padre; que nuestras palabras no vienen del Padre; como que estamos separados del Padre. Tenemos una visión como de huérfanos de Padre, de Padre vivo.

Y prosigue el Cardenal:
A esa poca fe, (no porque falte la fe en el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo, recitamos el Credo, pero: ¿creemos realmente que Dios, que esa Trinidad, actúa en la historia a través de nosotros?)
«A esa poca fe intelectual y espiritual, la tradición de los maestros de la vida espiritual la llaman acedia».
Acá tenemos entonces al Cardenal que hace el diagnóstico de que hay acedia en la Iglesia porque hay ceguera para el bien que Dios obra. Y vamos a ver –un poquito más adelante– que ésa también es la ceguera no sólo de los creyentes, sino también la ceguera de los que son llamados naturalistas, que no creen que Dios obre en la historia. Porque nosotros lo creemos pero después, en lo concreto, fallamos en el ver su obra en una u otra manifestación de su obra.

Y prosigue el Cardenal:
«Esta acedia es hastío espiritual, un ‘edema del alma’ –como la llama Evagrio– que sumerge al mundo y a la propia vida en un lúgubre aburrimiento que priva de todo sabor y esplendor a las cosas».
Y que por lo tanto, como a los aburrimientos, muchos intentan matarlos con las distracciones. Y cuando son buenos, de repente, en buenos planes; planeados por ellos, pero quizás no son los que Dios quiere, sino que son una especie de entretenimiento espiritual y un escape de una pereza para las verdaderas obras que Dios quisiera de este hijo.

Prosigue el Cardenal
«Esta tristeza, que hoy día corre tanto por la Iglesia, procede principalmente de que no accedemos con generosidad de corazón a lo que Dios nos pide y no queremos que se nos utilice como colaboradores de Dios».
Preferimos hacer nuestros propios planes sin consultar cuál es la voluntad divina.

Y termina el Cardenal diciendo:
«No existe mayor autorrealización de la creatura que ese hecho de estar siendo utilizada plenamente».
¿Y en qué fenómenos pensaba el Cardenal Shönborn cuando hablaba de la tristeza en la Iglesia?: En esos mismos días en el periódico Osservatore Romano, del Vaticano, se hablaba de los movimientos en la Iglesia, y cómo el Papa –que recibía en esos momentos a 50 mil pentecostales y carismáticos católicos – hablaba de una ‘primavera en la Iglesia’. 

Y, sin embargo, contra estos movimientos había, en muchos, como una reserva; como mirando ciertos abusos –que sin duda se dan–; pero que, por esos abusos, sentían la tentación de rechazar a esos movimientos y no ver –a causa de esos abusos– que esos eran obra de Dios. Se privaban del bien, por ver el mal adjunto al bien. Y ese es uno de los principales motivos –como vamos a ver– de esa acedia en la Iglesia. Se ven los abusos que pueden empañar la obra de Dios –porque es una obra de Dios en seres humanos– pero no se ve la obra que Dios realiza con estos instrumentos a veces pecadores.

Volvemos a referirnos a la acedia de Pedro ante la Cruz, que lo lleva a negar a Nuestro Señor Jesucristo en el momento crítico, en el patio del Sacerdote. Vemos que Jesús no lo rechaza a Pedro por esa caída. Y no deja de ser la piedra sobre la cual se fundará su Iglesia. No por una caída de Pedro el Señor invalida su obra La debilidad de Pedro no invalida el carisma que hay en él para conducir a la Iglesia.

La sabiduría divina nos debe enseñar eso: no debemos invalidar las cosas buenas que Dios obra. Como decía el Cardenal Shönborn decía: la tristeza viene porque no vemos el bien, y seguimos como fascinados por el espectáculo del mal. Como que el mal espíritu de la acedia nos muestra sólo el mal y nos impide gozarnos con el bien. Y, por lo tanto, nos hace débiles. Porque la fortaleza del amor viene de gozarnos en el bien. Y lo que ocurre es que nos abrumamos con el espectáculo del mal. De ahí viene, de la ceguera para el bien, la debilidad y la acedia en la Iglesia.

Por eso, el estudio que dediqué a este tema de la ceguera en la Iglesia, se titula “Mujer: ¿por qué lloras?”. Y se refiere al episodio de María Magdalena que estando en el huerto, y teniendo presente a nuestro Señor Jesucristo, sin embargo no lo reconoce. Está ciega para la identidad de aquel que tiene adelante. 

Y es como un modelo de aquéllos que, en la Iglesia, se entristecen y no saben alegrarse en la presencia del Señor resucitado. Lo tenemos vivo entre nosotros y no es la fuente de nuestra alegría. Deberíamos ser para el mundo un ejemplo de viva alegría por la presencia del Resucitado y por nuestra fe en la resurrección; y de que nosotros estamos en el camino de la resurrección; que somos la humanidad llamada a resucitar y vivir eternamente en el abrazo del Padre. Como Jesús que ha sido resucitado –precisamente– por el abrazo del Padre. Porque al Hijo que muere en la Cruz para hacer la voluntad del Padre, el Padre no lo abandona en la muerte. El Padre lo resucita, le da vida eterna por su obediencia hasta la muerte, y muerte de Cruz. Y por lo tanto, ese camino del amor filial es invencible, es invencible para Jesucristo y para nosotros. 

Ese camino debe ser el motivo de alegría para la Iglesia entre las pruebas de la historia; sin temer a las pruebas de la historia. Es lo que debe darle fortaleza a Pedro y darnos fortaleza también a nosotros, sin escandalizarnos por la caída de Pedro. Porque conocemos nuestra debilidad, y porque sabemos que la fortaleza es obra de la gracia. Es obra de que, a la Magdalena, se le revela Jesús resucitado. Si Jesús resucitado no se le hubiera manifestado allí –llamándola por su nombre– hubiera seguido llorando en la presencia de Jesús resucitado y hubiera seguido sumida en la acedia, en la tristeza, ciega para el bien que tenía delante. Algo parecido pasa en la Iglesia ante estos movimientos. El movimiento carismático – decíamos -, pero también ante otras instituciones de la Iglesia que, a veces, son duramente criticadas por las infidelidades de sus miembros; pero que, en sí, son obras santas; muy provechosas para la Iglesia; y son obras de Dios, a pesar de las caídas y los defectos humanos. 

No necesito ni nombrarlas. Ustedes las conocen bien. ¡Cuántas cosas en la Iglesia son criticadas por los defectos de sus miembros! ¡Cuántas! 

Es muy triste que, por nuestras faltas humanas, descalifiquemos y desautoricemos las obras de Dios en nosotros. Es triste. 

Pero es un motivo de acedia. Tenemos que reconocerlo, y no dejarnos engañar por ese demonio de la acedia que también actúa en la Iglesia. Debemos ver la vivacidad, no sólo de los movimientos, sino de otras obras de Dios. 

Las apariciones marianas, por ejemplo, que a veces son vistas por algunos con una mirada muy crítica; que rechaza todo porque en algunos casos se pueden dar abusos. En algunos casos se pueden dar engaños. Pero, por esos abusos y engaños, no podemos quedar ciegos ante esta intervención amorosa de nuestra Madre en la historia; que debería ser para nosotros también motivo de gozo, de alegría; prueba del amor que nos tiene y de la misión que el Hijo le da de ser nuestra Madre. Porque al fin nos entregó a su madre a los pies de la Cruz. Se la entregó a Juan “esta es tu madre” Y, en San Juan, nos la entregaba a todos. Estos bienes espirituales tienen que ser para nosotros motivos de alegría. Allí tenemos la fuente de nuestro gozo: en el amor, en la piedad, en la consideración de los bienes.

Dicen los Santos Padres que el remedio de la acedia está en la consideración agradecida de los bienes recibidos y de las gracias.

Acerca de estos movimientos un escritor francés, el Padre René Laurentin, - mariólogo eximio, que estuvo como cronista en el Concilio Vaticano II y que luego se especializó en la investigación de las apariciones marianas de Lourdes y La Salette, y que estuvo en Argentina examinando las apariciones o las locuciones en San Nicolás en Salta -, nos dice –recordando lo que sucedía en los años después del Concilio en la misma conferencia episcopal francesa, tiempos en que había un pesimismo acerca del futuro de la Iglesia en Francia– de cómo el Cardenal se levantó, en medio de la asamblea de los obispos, y les señaló todas las cosas que el Señor estaba haciendo en la Iglesia, y cómo crecían las peregrinaciones a Lourdes; crecían los movimientos laicales - como por ejemplo los carismáticos en Francia - y había una gran cantidad de cosas que eran obra de Dios, y que daban motivo para ver que la mano del Señor no se ha acortado y sigue activa. Por lo tanto abrirnos a esas obras de Dios es algo fundamental.

René Laurentin decía:
«A esto se añaden lugares de nuevas apariciones, que a menudo ignoradas, despreciadas o reprimidas, calificándolas de fenómenos marginales o de desviaciones, y sin embargo suscitan un contingente considerable de conversiones, vocaciones y curaciones sorprendentes».
Eso es lo que no debemos perder de vista: las obras de la gracia.
«Si un jardinero, descorazonado porque en su jardín no brota nada, viera brotar buenos frutos y legumbres en el barbecho de sus alrededores ¿dudaría acaso? Iría a cultivar el terreno que produce. ¡Porque es necesario cultivar!».
Cultivar estas obras de Dios. Y sí, corregir los abusos que pueda haber alrededor de ellas. El gran principio subyacente a esa sabiduría pastoral es: “el abuso no invalida los usos”. El mal no descalifica el bien.

No tenemos que perder de vista –en la Iglesia– los bienes perdurables que tenemos. Tenemos que seguir estimando los sacramentos, el culto de Dios; empeñándonos en que ese culto sea cada vez más digno de Él. La alabanza más fervorosa; la adoración más respetuosa; la acción de gracias más alegre. Y entonces, cultivando - en el culto, en la eucaristía -, nuestro gozo de fe y de amor y de caridad, tendremos el antídoto contra la acedia en la Iglesia.

Esta acedia en la Iglesia, de la que estamos hablando, tiene también causas exteriores a la Iglesia pero que actúan dentro de ella. Y son ciertas tendencias que hay en el mundo; que no son nuevas. Existían en los tiempos de Nuestro Señor Jesucristo. E impedían creer en Cristo; creer en que Dios pudiera intervenir en la historia.

En nuestra época esas corrientes han recibido el nombre de Naturalismo. Sobre todo en el tiempo del Concilio Vaticano I, y del Modernismo, a partir del Papa San Pío X, en su encíclica “Lamentabili” [lapsus por “Pascendi”], en la que habla precisamente de esa negación de la revelación histórica de Dios. 

También muchos filósofos se niegan a admitir una intervención de Dios en la historia y por lo tanto proponen que se prescinda de una fe en las manifestaciones históricas de Dios y que se sustituya la religión fundada en la revelación histórica de Dios: 
■ en los actos que Dios ha hecho dentro de la historia; 
■ la venida de Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre; 
■ la fundación de la Iglesia; 
■ el Espíritu Santo actuante en ella como una fuerza entre-histórica, por la cual y a través de la cual Dios obra en la historia; 
■ mediante los sacramentos; 
■ mediante la predicación el ejemplo de los santos y la vida de los creyentes.
Toda esa obra de Dios es negada por los naturalistas.

En el Concilio Vaticano I uno de los padres conciliares –el Cardenal Louis Edouard Pie– decía acerca del naturalismo:
«En este sistema la naturaleza se convierte en una suerte de recinto fortificado y campo atrincherado, donde la creatura se encierra como en su dominio propio e inalienable -defendiéndose de Dios, como si fuera un enemigo-. Allí se instala como si fuese completamente dueña de sí misma, provista de imprescriptibles derechos -ante Dios-teniendo que pedir cuentas, sin nunca tener que darlas. Desde allí considera los caminos de Dios, sus proposiciones y decisiones, o al menos lo que se le presenta como tal, y juzga de todo con absoluta independencia. Esta es la soberanía del hombre, encarnada en la soberanía del pueblo. En resumen la naturaleza es el único y verdadero tesoro».
Dios no tiene derecho a intervenir en ella. Está en las manos del hombre. Unos dicen que es el arquitecto que construye el universo; pero el arquitecto no puede vivir en la casa, la casa es nuestra.

El Cardenal Pie decía, viendo el Naturalismo, que era una abdicación del hombre al llamado a la grandeza. Que el hombre no quería aceptar la grandeza que Dios le propone. Que es precisamente la divinización. Es la oferta de nuestro Señor Jesucristo. Vino a traer: la oferta de la vida divina para los hombres; de una infusión de la gracia en la humanidad - a través de los creyentes -, para transformar la vida de la Humanidad, el cuerpo místico de Cristo sobre la Tierra.

El Cardenal Pie, dice, interpretando el sentir de estos naturalistas, que nos dicen a los creyentes:
Vosotros desarrolláis todo un orden sobrenatural, basado principalmente en el hecho de la encarnación de una persona divina, me prometéis, para la eternidad, una gloria infinita-fundados en las promesas de Cristo-, la visión de Dios cara a cara, la eternidad, el conocimiento y la posesión de Dios, tal cual se conoce y posee a sí mismo -ser hijos, recibir la vida divina, todas estas gracias, los sacramentos, los santos, a todo esto el naturalista le dice “no, muchas gracias, déjenme simplemente en esta vida, en lo que se ve, en lo que se toca, aquí estoy bien, no aspiro a cosas más grandes”-.

No tengo la pretensión de llegar después de esta vida a una felicidad tan inefable, -es la negativa a la grandeza-. 

El naturalista, con apariencia de humildad, se niega a la comunión -se niega al amor de Dios, se cierra a un Dios que lo ama, no quiere sentirse obligado por un amor a Dios-.

Se niega a estrechar la mano que Dios le extiende -históricamente en su Hijo, lo que dice San Pablo: “déjense reconciliar con Dios”. Dios viene buscando la reconciliación del hombre con Él. Es la mano extendida de Dios, la propuesta de Jesucristo. Queda patente aquí la ceguera para el bien divino de que se goza la caridad: la acedia-.
Las palabras del Cardenal están retratando la acedia: “tristeza por el bien divino de la que se goza la caridad”. La acedia como una ceguera para el bien. Más aún: como una consideración de que el bien ofrecido por Dios es un mal que le quita al hombre la libertad dentro de los limites de una naturaleza sin Dios, para hacer lo que él quiera. Una voluntad sin límite alguno, una voluntad que no está encauzada por los cauces del amor; de la relación recíproca con el Dios amoroso.

Sin embargo nuestro Señor Jesucristo nos dice todo lo contrario. Que lo que hace verdaderamente libre al hombre, es vivir como hijos. Que el que vive como hijo, el que vive como el Hijo, ése es el verdaderamente libre. 

Porque queda libre para hacer la voluntad del Padre y - de esa manera - realizarse a sí mismo dentro de los cauces bienaventurados de la voluntad divina sobre él. Y para realizar así también, - como colaborador en el gobierno de la providencia divina -, los planes gloriosos de Dios para la humanidad. 

Porque Dios tiene para la humanidad un designio amoroso, divino y eterno, del cual nos hablan las Escrituras, poniendo al principio y al fin de las Sagradas Escrituras, un banquete de bodas. Empieza con el banquete de bodas de Adán y Eva, y termina con el banquete de bodas de la Iglesia y del Señor que vuelve resucitado y glorioso a celebrar las bodas eternas. 

Todo el designio divino de Dios lo revela la Sagrada Escritura como un proceso histórico que apunta a la realización del designio divino del comienzo. Esta visión gloriosa y gozosa es como el alma, el corazón, de la alegría cristiana, y no la deben perturbar las vicisitudes históricas ni el intento de abolición del plan divino por parte de este espíritu de la tristeza; por este espíritu de la acedia, que es el opositor, el antagonista de Dios; el ángel rebelde, el ángel para el cual Dios es malo. Eso es la acedia: decir que Dios es malo.

Dice la Sagrada Escritura que “por envidia del demonio entró la muerte en el mundo y por ello encuentran la muerte aquéllos que le obedecen” y se dejan llevar por él. El demonio calumnia la obra de Dios. Señala males, apartando la vista de los bienes. Trata de destruir los bienes divinos desautorizándolos. 

Ésa es la constante de las obras demoníacas: que invocan un defecto del bien, porque ninguna obra creada es perfecta absolutamente sino que participa de perfecciones divinas. En el ser humano –que está herido por el pecado original– se mezclan el proceso de sanación divina con los orígenes pecadores de su naturaleza; herencia del pecado de los primeros padres.

El demonio invoca la imperfección de las obras humanas para invalidar totalmente la obra de la gracia en los rescatados, en los redimidos; incluso en los hombres bien dispuestos en los que la gracia obra llevándolos hacia Dios. Ésa es la esencia del fenómeno de la acedia también dentro de la Iglesia. 

Por eso queridos hermanos debemos darnos cuenta de este peligro: de entristecernos en la Iglesia. No abismarnos en esa especie de fascinación, de encandilamiento del resplandor del mal, con que el demonio nos quiere enceguecer para la percepción de los bienes de Dios. Bienes que son siempre mucho mayores:
■ la percepción de la creación; 
■ la percepción de la salvación, 
■ la contemplación de los misterios divinos, 
■ la celebración del culto divino.

Tenemos en nosotros -queridos bautizados- la gracia del Espíritu Santo que nos da la fe para conocer y alegrarnos de estos misterios divinos, para celebrarlos con amor y para abrirnos -sobre todo- a los bienes eternos que nos están propuestos por la virtud de la esperanza: ¡El abrazo eterno con el Padre! ¡El triunfo del amor en nosotros y para siempre!.
   


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