Tuesday June 27,2017
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18» ¿Debo Quedarme?

19» Los 144.000

20» Puntos comunes para la reflexión teológica

21» 2012 y el fin del mundo. Parte I

22» La misa explicada
por San Pío de Pietrelcina

23» La Cena del Cordero: La Biblia y la Misa

24» La Cena del Cordero:
La Biblia y la Misa (Lección # 1)

25» La Cena del Cordero:
La Biblia y la Misa (Lección # 2)

26» La Cena del Cordero:
La Biblia y la Misa (Lección # 3)

27» La Cena del Cordero:
La Biblia y la Misa (Lección # 4)

28» La Cena del Cordero:
La Biblia y la Misa (Lección # 5)

29» La Cena del Cordero:
La Biblia y la Misa (Lección # 6)


 

 

29. La Cena del Cordero: La Biblia y la Misa
(Lección # 6)

Autor: Dr. Scott Hahn | Fuente: Centro San Pablo de Teología Bíblica  

Para entender el profundo fundamento bíblico del mandato de Jesús que la Eucaristía fuera celebrada “en conmemoración mía”.

Lección seis

Memoria y presencia:
Comunión como la venida de Cristo

OBJETIVOS DE LA LECCIÓN

► Entender el profundo fundamento bíblico del mandato de Jesús que la Eucaristía fuera celebrada "en conmemoración mía."
► Ver cómo la Escritura presenta a Jesús como el Cordero Pascual y cómo ese retrato es reflejado también en la Misa.
► Entender la Eucaristía como parusía, la "venida" de Cristo, y como el pan de cada día por el cual pedimos en el Padre Nuestro.
LECTURAS:
► La Cena del Cordero, Tercera Parte: Capítulos II, III, y IV
► San Lucas 22:19
► 1 Corintios 5:7; 11:24, 26, 27-32
► Éxodo 12
► Deuteronomio 5: 1-4, 15, 23, 25; 6:20-25 
► San Juan 6:4; 35-59

Esquema de La Lección
I. En la Última Cena
◊ Conmemorando su muerte
◊ Recordando su alianza

II. La fiesta memorial
◊ La Pascua recordada
◊ El nuevo Éxodo
◊ Cristo, nuestro cordero pascual

III: En la Cena del Cordero
◊ Danos hoy nuestro pan de cada día
◊ Hasta que vuelvas
◊ Participación en su cuerpo y sangre

IV. Preguntas para reflexión

I. La Última Cena

- Conmemorando su muerte -

En la lección anterior habíamos llegado al punto culminante de la Misa—la Plegaria Eucarística.

La Plegaria Eucarística es una oración de conmemoración, y así es toda la Misa.

Como vimos en los ejemplos de la última lección, las varias plegarias eucarísticas recuerdan los grandes eventos en la historia de la salvación. Se presentan estos grandes eventos como anticipaciones de la cumbre de la historia de la salvación, la institución de la Eucaristía en la Última Cena.

Las plegarias eucarísticas son marcadas por expresiones como "Memento, Domine" ("Recuerda, Señor").

En la primera plegaria eucarística, la más antigua, pedimos a Dios recordar a los vivos y difuntos, mencionamos por nombre unos santos y mártires, y también se hace referencia a los sacrificios de Abel, Abraham y Melquisedec. En las palabras de la plegaria, "celebramos la memoria de Cristo", especialmente su pasión, resurrección y ascensión.

En las Plegarias Eucarísticas, la Misa es claramente "el memorial de nuestra redención" (Plegaria IV) en que celebramos "el memorial de la pasión salvadora de tu Hijo" (Plegaria III), vivimos de nuevo "el memorial de su muerte y resurrección" (Plegaria II).

Pero palabras como "memorial" y "conmemoración", como las usamos normalmente, no expresan todo lo que pasa en la Eucaristía. No pueden traducir adecuadamente lo que Jesús quería comunicar cuando mandó: "Haced esto en conmemoración mía" (cfr. Lc. 22:19; 1 Cor. 11:24).

- Recordar su alianza -

Este mandato, anunciado en la Última Cena, es una referencia a una parte muy antigua de la tradición bíblica.

Acordarse es un tema clave en el Antiguo Testamento. A veces cuando encontramos la palabra "acordarse" en la Escritura, quiere decir sencillamente, "no olvides".

Sin embargo, cuando se refiere al "acordarse" de Dios la palabra tiene mucho más sentido.

Por ejemplo, después del diluvio, Dios promete, "me acordaré de la alianza" y "no habrá más aguas diluviales para exterminar la vida" (Gen. 9:15-16). [Nota: la distinción que quiere explicar el autor no se ve en todas las traducciones de la biblia.]

No es como que Dios olvidara su alianza. Aquí y en otras partes del Antiguo Testamento, cuando Dios "se acuerda", significa que Él está actuando para cumplir su voluntad, con- testando a oraciones, perdonando, salvando y bendiciendo a su pueblo (cfr. Gen. 30:22; 1 Sam. 1:19; Sal. 98:3; 105:42).

Es el mismo sentido cuando rezamos en la misa, "Acuérdate Señor, de tu Iglesia extendida por toda la tierra" (Plegaria II).

No estamos diciendo que Dios se ha olvidado de su Iglesia. Estamos pidiendo su bendición, y la continuación de su actividad salvadora en nuestras vidas. 

En el Antiguo Testamento, el ejemplo más dramático de este "acordarse" es cuando Dios "se acuerda" de su alianza con Abraham y llama a Moisés a liberar a su pueblo escogido de la esclavitud en Egipto (cfr. Ex. 2:24; 6:5; Lev. 26: 42,45).

II. La fiesta memorial

- La Pascua recordada -

Dios mandó a Israel conmemorar esta liberación nacional en una "fiesta" que sería "como ley perpetua" (cfr. Ex. 12:14,17).

Jesús celebró esta fiesta, la Pascua, la noche de su Última Cena, cuando Él instituyó la Eucaristía como el memorial de su sufrimiento y muerte. 

La Pascua que Dios mandó celebrar a Israel por medio de Moisés, sería una celebración anual de acción de gracias que recordara las acciones salvadoras de Dios e inspirara al pueblo a guardar sus mandamientos (cfr. Ex. 13:3, 8; Deut. 6:20-26; 16:3).

El culto de Israel, no solamente en la Pascua, sino también en las otras fiestas y oraciones de costumbre, instituidas por Dios mediante Moisés, era una liturgia de memoria ritualizada.

¿Qué se recordaba? La salvífica intervención de Dios en la historia—especialmente en Éxodo—y su Alianza con Israel. El memorial consistía en la lectura o narración de los hechos salvíficos de Dios y el ofrecimiento de sacrificios.

Israel entendió que por medio de estos ritos memoriales el pueblo se hacía partícipe de la Alianza que Dios había hecho con sus antepasados muchos siglos anteriores.

Vemos esto muy claramente en el rito de la renovación de la Alianza que el Libro de Deuteronomio narra. Moisés explica que en este rito memorial, la Alianza original del monte Sinaí es "actualizada" en medio de ellos.

"No con nuestros padres concluyó Yahvé esta alianza, sino con nosotros que estamos hoy aquí, todos vivos. Cara a cara les habló Yahvé en la montaña, de en medio del fuego. Yo estaba entre Yahvé y ustedes para comunicarles la palabra de Yahvé, ya que ustedes tenían miedo del fuego y no subieron a la montaña..." (cfr. Deut. 5:1-4).

Moisés recuerda una serie de eventos que pasaron en el monte Sinaí durante la primera generación después del Éxodo (cfr. Ex. 19-20). Sin embargo, él está describiéndolos como si los israelitas en la asamblea fueran testigos y participantes de los mismos eventos.

Se nota el énfasis que pone en el momento actual, "con nosotros que estamos hoy aquí, todos vivos." Aunque la Alianza se había hecho hace mucho tiempo en el Sinaí, está presente en medio de ellos.

En acordarse de la Alianza, no están recordando unos eventos del pasado. Por medio del poder de Dios se hacen contemporáneos de estos eventos que son actuales, no pasados. Al acordarse de la Alianza, se hacen herederos de la Alianza, integrados en la familia de Dios que es creada por ella.

En cada celebración de la Pascua, hombres y mujeres de cada generación recuerdan el día que ellos mismos salieron de Egipto (cfr. Deut. 16:3). Ellos participan personalmente en el éxodo. Cada israelita, hasta el día de hoy, habla del éxodo en la primera persona: "Ese día explicarás a tu hijo: ´Esto es lo que Yahvé hizo por mí cuando salí de Egipto.´"

- El nuevo Éxodo -

El mandamiento de Jesús en la Última Cena tuvo esta resonancia tan profunda de la Pascua del Antiguo Testamento.

Él quiso instituir un nuevo memorial pascual, para recordar su propio "éxodo", la salvación ganada por su vida, muerte y resurrección, en el cual todos los pueblos y todas las generaciones son liberados del pecado y de la muerte. (cfr. Lc. 9:31).

Jesús no estaba ofreciendo un recuerdo nostálgico de su Última Cena o de sus últimas horas en la tierra cuando instituyó este memorial nuevo. Como la fiesta de Pascua de los judíos, el rito memorial sería la re-presentación y la actualización de los hechos maravillosos de Dios.

En la Eucaristía, el sacrificio de la cruz, que fue una vez para siempre, se hace presente. Dios "se acuerda" y renueva la Alianza que fue sellada en la sangre de Cristo (cfr. Lc. 22:20) y nosotros que estamos orando este memorial nos hacemos partícipes del poder y las promesas de esa Alianza. 

Lo que Moisés le dijo a los israelitas sobre la Alianza y Sinaí sirven para nosotros: No con nuestros padres —los apóstoles en el Cenáculo—concluyó Jesús esta nueva Alianza. La concluyó con todos nosotros vivos hoy aquí. El Señor nos habló cara a cara cuando dijo, "Tomad y comed... Esto es mi cuerpo... Tomad y bebed... Este es el cáliz de mi sangre... haced esto en conmemoración mía." 

- Cristo, nuestro cordero pascual -

Como la Eucaristía es el memorial de la Pascua del Señor, narramos estas palabras de institución, como Jesús las dijo en la Última Cena. Pero, ¿qué quieren decir, exactamente? 

Hay que recordar que Jesús habló en el contexto del rito de la Pascua de los judíos. La cena pascual prescrita por Moisés era comer un cordero sin mancha con pan sin levadura y hierbas amargas, con la narración de la explicación del sentido de la fiesta (cfr. Ex. 12:8-11, 24-27). Después los judíos agregaron a la fiesta el cantar salmos y beber una copa de vino.

En las narraciones de la Última Cena, se mencionan el pan sin levadura y el vino (cfr. Mt. 26:26-27; Mc. 14:22-23; Lc. 22:19-20) y también lo de cantar salmos (cfr. Mt. 26:30; Mc. 14:26).

Aunque no se dice nada del cordero pascual.

Parece que Jesús se presenta como el mismo cordero pascual, cuya carne y sangre se consumirán en conmemoración de la salvación del Señor. Esto es como el Evangelio de San Juan retrata a Jesús.

San Juan es el único evangelista que no narra la institución de la Eucaristía en la Última Cena.

Desde los primeros versículos de su evangelio, San Juan identifica a Jesús como el "Cordero de Dios" (Jn. 1:29). Al final del evangelio, San Juan sutilmente identifica a Jesús como el cordero pascual:

Cuando Cristo fue condenado por Poncio Pilato, San Juan dice, "Era el día de la Preparación de la Pascua, hacia la hora sexta" (Jn. 19:14) ¿Por qué nos da este detalle? Porque esa era la hora en que los sacerdotes de Israel sacrificaban los corderos para la cena pascual.

Mientras cuelga en la cruz, los soldados le dan a Jesús una esponja empapada con vino. "Lo sujetaron en una rama de hisopo... y se la acercaron a su boca." Es el mismo tipo de rama con que los israelitas fueron ordenados a untar el dintel de la puerta de la casa con la sangre del cordero pascual (cfr. Jn. 19:29; Ex. 12:22).

¿Y por qué los soldados no quiebran las piernas de Jesús en la cruz (cfr. Jn. 19:33,36)? San Juan cita a Moisés y explica que los huesos del cordero pascual tampoco se quiebran (cfr. Ex. 12:46; Num. 9:12; Sal. 34:21).

Podemos profundizar este punto con referencia a un largo sermón que Jesús predicó en la sinagoga en Cafarnaúm cerca del tiempo de Pascua (cfr. Jn. 6:4, 35-59).

Jesús parece compararse con el cordero pascual de cuya carne se come, y el maná con que Dios les alimentó a los israelitas en el desierto. 

Él insiste en hablar de comer y beber su carne y sangre en palabras muy literales. Cuatro veces Él usa la palabra en griego, trogein, que es literalmente "masticar" (cfr. Jn. 6:54, 56, 57, 58).

La audiencia original, que incluía muchos de sus primeros discípulos, fue escandalizada por la insistencia de comer su carne y beber su sangre (cfr. Jn. 6:52,61,66). 

III. En la Cena del Cordero

- Dándonos nuestro pan de cada día -

De estos textos podemos entender la tradición apostólica que nos indican que Cristo es "nuestro cordero pascual" (cfr. 1 Cor. 5:7) cuya sangre fue derramada por nuestra salvación y cuya carne y sangre comemos y bebemos en conmemoración de ese acto salvífico.

Profesamos esta fe en cada Misa, haciendo nuestras las palabras de la Escritura.

El sacerdote presenta nos el pan consagrado con las palabras de San Juan el Bautista, "He ahí el cordero de Dios que quita el pecado del mundo" (Jn. 1:29).

Seguido el sacerdote cita las palabras de Apocalipsis que se refieren al banquete de bodas del Cordero, "Dichosos los invitados..." (Apoc. 19:9).

Como estudiamos en la Lección 5, en la Eucaristía estamos unidos a una liturgia cósmica, descrita en Apocalipsis como un celestial banquete de bodas.

Como es debido en una fiesta de bodas, empezamos el Rito de la Comunión recitando la oración de la familia que Jesús nos enseñó (cfr. Mt. 6:9-13; Lc. 11:24).

En el contexto de la Misa, las peticiones del Padre Nuestro asumen un sentido más pro- fundo. Podríamos decir que la Misa cumple el Padre Nuestro palabra por palabra.

En la Misa, santificamos o glorificamos su nombre. Pedimos que nos perdone nuestras ofensas. La Señal de la Paz simboliza nuestro perdón a los que nos han ofendido y ofrecemos un gesto de reconciliación antes de acercarnos al altar (cfr. Mt. 5:23-24; Jn. 14:27).

También en la Misa, el Padre nos da nuestro pan de cada día. De hecho la palabra epiousios que se traduce "de cada día", solamente se halla en el Padre Nuestro. Su sentido exacto ha confundido a traductores y eruditos por más que 20 siglos.

Es interesante considerar que de la idea y la expresión "dar pan" parece remontarse a cuando Dios le dio al pueblo de Israel una porción diaria del pan del cielo durante su tiempo en el desierto (cfr. Ex. 16:4; Sal. 78:24).

Dar pan es una imagen de como Dios cuida y salva en otras partes del Antiguo Testamento (cfr. Sal. 107:9; 146:7; Prov. 30:8-9).

Jesús habló de la experiencia del desierto en su sermón pascual en Cafarnaúm cuando dijo que nuestro "Padre les da el verdadero pan del cielo" (Jn. 6:32).

La frase "dar pan" ocurre muy pocas veces en los evangelios. Sin embargo, cada vez es muy significativo el uso de esta frase porque siempre sale en escenas cargadas de notas eucarísticas.

Jesús toma, bendice, parte y reparte pan en los milagros de la multiplicación de panes (cfr. Mc. 6:41; 8:6; Mt. 15:36; Jn. 6:11); también en la Última Cena (cfr. Mc. 14:22; Mt. 26:26); y en Emaús después de su resurrección (cfr. Lc. 24:30).

Así, también, en la Misa, viene a darnos el pan de cada día. Por este pan somos fortalecidos contra la tentación y se nos promete la liberación del mal.

En la Misa, tenemos la bendición de poder comer pan en el Reino de Dios, como Jesús nos prometió (cfr. Lc. 14:15). De hecho, en la liturgia cósmica de la Eucaristía, el reino está presente "en la tierra como en el cielo."

Por esta razón, los primeros cristianos recitaron una breve doxología después del Padre Nuestro en la Misa. Seguimos rezando esa doxología "Tuyo es el reino, tuyo el poder y la gloria por siempre, Señor."

- Hasta que vuelva -

En las primeras celebraciones de la Eucaristía de la Iglesia primitiva, los creyentes también rezaban por la venida del Señor en gloria, "¡Ven, Señor Jesús!"

Esta oración —en arameo Marana tha— se repetía en las reuniones litúrgicas de la primera comunidad (cfr. 1 Cor. 16:22; Apoc. 22:17,20).

Los primeros cristianos esperaban impacientemente la Segunda Venida del Señor. Se anticipaba la venida en gloria como el tiempo en que Jesús se revelaría definitivamente y llamaría a todos los pueblos a su presencia para el juicio (cfr. Mt. 24:27; 1 Tes. 2:19; 3:13; 
2 Tes. 2:1,8; 1 Jn. 2:28).

Parousía (español ‘parusía’) es la palabra griega usada en el Nuevo Testamento en dos sentidos: "venida" o "llegada" y "presencia del cuerpo". Por ejemplo, San Pablo ocupa la palabra para hablar de su presencia física, que admite es "pobre" (cfr. 2 Cor. 10:10; Fil. 
2:12).

Fuera de la Biblia, parusía fue un término oficial para referir la visita de un rey o emperador.

Los primeros cristianos entendieron la Eucaristía como parusía.

"Pues cada vez que coman este pan y beban de este cáliz, anuncian la muerte del Señor hasta que vuelva" (1 Cor. 11:26).

Estas palabras de San Pablo se oyen en nuestras celebraciones eucarísticas como la segunda opción de la Aclamación Conmemorativa después de la consagración.

Desde antiguo, los cristianos empezaron a rezar, como nosotros ahora, "Hosanna... Bendito el que viene en el nombre del Señor" en sus celebraciones de la Eucaristía (cfr. Mt. 
21:9).

Jesús mismo dijo, en las vísperas de su pasión, "Porque les digo que ya no me volverán a ver hasta que digan: ´Bendito el que viene en el nombre del Señor´" (cfr. Mt. 23:39).

Lo vemos cuando rezamos esta oración en la Misa porque en cada Eucaristía, Él cumple su promesa de estar con nosotros hasta el fin del mundo (cfr. Mt. 28:20).

La Eucaristía es su venida, la parusía, la Verdadera Presencia de Cristo. En la Eucaristía tenemos la presencia del cuerpo de Cristo, la venida del rey que está a la derecha de Dios (cfr. Hech. 7:56).

Al describir su "venida", Jesús dijo, "no pasará esta generación hasta que todo esto suceda" (Mt. 24:34).

En la Última Cena, Él dijo que no iba a probar el fruto de la vid, "hasta que llegue el Reino de Dios" (Lc. 22:18).

Momentos después les dijo a sus apóstoles, "Yo, por mi parte, dispongo un Reino para ustedes, como mi Padre dispuso para mí, para que coman y beban a mi mesa en mi Reino y se sienten sobre tronos para juzgar a las doce tribus de Israel" (Lc. 22:29-30).

Estas mismas imágenes se encuentran en la visión de San Juan de la liturgia cósmica: las bodas del Cordero (cfr. Apoc. 19:9); Jesús como la Palabra de Dios y Rey de reyes (cfr. Apoc. 19:13,16); el reino de sacerdotes que reinarán con Él (cfr. Apoc. 5:10; 20:6); el trono del juicio (cfr. Apoc. 20:12); "los apóstoles del Cordero" y "las doce tribus de los hijos de Israel" (cfr. Apoc. 21:10-14).

- Una participación en su cuerpo y sangre -

Cuando el Nuevo Testamento habla de la venida de Cristo, habla también de su juicio. La parusía eucarística es una presencia real—Cristo que viene en poder para juzgar.

Es por esto que tenemos que acudir dignos a la celebración. Como San Pablo amonestó, "por tanto, quien coma el pan o beba el cáliz del Señor indignamente, será reo del cuerpo y de la sangre del Señor" (cfr. 1 Cor. 11:27-32).

Es por esto que rezamos las palabras del centurión de rodillas antes de recibir la comunión, "Señor, no soy digno..." (cfr. Mt. 8:8).

No somos dignos de la visita del Señor. Y sin embargo, Él nos hace dignos. Nos da "participación" (koinonia-comunión) en su cuerpo y sangre (cfr. 1 Cor. 10:16). Por la Eucaristía, nosotros tenemos "participación (koinonoi) de la naturaleza divina" (2 Pe. 1:14).Esta participación es la meta de toda la historia de la salvación, es la bendición que Dios deseó otorgar a todos los pueblos. Es una historia que empieza "en el principio" como leemos en la primera página de la Biblia, y continúa en cada Misa, en que hacemos eco de la oración de la última página de la Biblia, "¡Amén, Ven, Señor Jesús!" (Apoc. 22:20).

Con cada "venida" del Señor en la Eucaristía, anticipamos la última venida, cuando la muerte será vencida y Cristo entregará a Dios Padre el reino... "para que Dios sea todo en todos" (1 Cor. 15:23-28).

En la Eucaristía, recibimos lo que será para toda la eternidad, cuando seamos llevados al cielo a juntarnos con las miríadas celestiales en las bodas del Cordero. Por la Santa Comunión ya llegamos allá. 

"El Señor está con nosotros," dice el sacerdote después de la comunión. Y nos envían de cada Misa en paz—autorizados y comisionados—a vivir el misterio y el sacrificio que acabamos de celebrar, por medio del esplendor de asumir nuestra santificación a través de las cosas ordinarias en el hogar y en el mundo.

IV. Preguntas para reflexión

☼¿Qué quiere decir en el Antiguo Testamento que Dios "se acuerda"?

☼¿Qué recordaba Israel en sus ritos?

☼La conmemoración de la Alianza entre Dios e Israel hizo que cada israelita participara misteriosamente del pacto que Dios ofreció a sus antepasados. Explica.

☼¿Cómo y por qué dice el Nuevo Testamento que Cristo es el nuevo "cordero pascual"?

☼¿Qué quiere decir parusía? ¿Por qué podemos decir que la Eucaristía es?

 

   


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