Saturday February 25,2017
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MATRIMONIOS FELICES


»  Oración

»  Introducción


1»  Noviazgo

2»  Matrimonio - Parte 1

3»  Matrimonio - Parte 2

4»  Amor - Parte 1

5»  Amor - Parte 2

6»  Diálogo - Parte 1

7»  Diálogo - Parte 2

8»  Diálogo - Parte 3

9»  Perdonar - Parte 1

10»  Perdonar - Parte 2

11»  Fidelidad - Parte 1

12»  Fidelidad - Parte 2

13»  Aspecto sexual - Parte 1

14»  Aspecto sexual - Parte 2

15»  Abiertos a la vida
Parte 1

16»  Abiertos a la vida
Parte 2

17»  Los hijos

18»  Matrimonio Cristiano
Parte 1

19»  Matrimonio Cristiano
Parte 2

20»  Oración - Parte 1

21»  Oración - Parte 2

22»  Matrimonios Felices
Parte 1

23»  Matrimonios Felices
Parte 2

24»  Matrimonios Felices
Parte 3

25»  Esposa ideal - Parte 1

26»  Esposa ideal - Parte 2

27»  Un Mensaje de María

28»  Renovación de las Promesas Matrimoniales

29»  Entronización del Corazón
de Jesús

30»  Consagración a María

31»  Consagración al Corazón
de Jesús

32»  Consagración de la familia al Corazón de Jesús


33»  Conclusión

34»  Bibliografía

 

23» Matrimonios Felices - Parte 2

Autor: P. Angel Peña O.A.R  

Dice la escritora Beth Matthews: Hace unos nueve años, Dios embarcó a mi familia en un extraño, pero fantástico viaje. En 1991 diagnosticaron autismo a nuestro tercer hijo, Patrick. Y así empezó nuestra odisea. A pesar de la medicación, dieta, tratamientos y profesores, Patrick ha mejorado poco... Mientras conducía por la autopista con Patrick a mi lado, recé una vez más la oración de san Ignacio de Loyola y le pedí la gracia de querer siempre a Patrick como era. Las lágrimas rodaron por mis mejillas. Pensé: “Puede que nunca juegue al balón o diga mami, pero siempre será un hijo especial de Dios”.

Y entonces caí en la cuenta. Dios me había bendecido, ofreciéndome una escalera mecánica para ir al cielo. Eso era exactamente lo que había pedido durante los últimos diez años. Dios conocía mis debilidades. Sabía que necesitaba mucho más que un pasamanos.

Así que me dio la mano de mi precioso hijo y me pidió que la tomara. A veces, se detiene; a veces, retrocede, pero siempre apunta al cielo
20.

Unos esposos peruanos daban así su testimonio: Somos Santos Navarro y Margarita Zapata de Navarro. Tenemos cuatro hijos. Los dos mayores, Iván Santos y Olivia Margarita, padecen retardo mental.

Agradecemos a Dios por habernos dado esta familia. Con nuestro apoyo, nuestros hijos especiales crecieron con independencia.

Nunca los excluimos de la mesa, aprendieron a vestirse y bañarse solos, nos ayudaban en la tarea del hogar y paseábamos juntos como cualquier familia.

Aunque la gente veía a nuestros hijos como distintos y hasta soportábamos algunas burlas, juntos aprendimos a superarlo.

Estamos convencidos de que Dios nos ama y ama muchísimo más a nuestros hijos. Iván Jesús ha recibido muchos regalos del Señor.

Con esfuerzo logró convertirse en campeón nacional de atletismo en el año 2002, y el año 2003 fue a Irlanda para competir.

Trajo muchas medallas y su entrenador nos felicitó por su orden, disciplina, perseverancia y puntualidad. Él es un campeón.

Nuestro mayor gozo es ver a nuestros hijos felices y cerca de Dios. Las cualidades de Iván Santos destacan también en su grupo de oración juvenil de la parroquia “Perpetuo Socorro” de Trujillo (Perú), donde también es un ejemplo de superación.

Como esposos, pertenecemos al ministerio de oración arquidiocesano de la Comunidad católica Bodas de Caná y, cuando por alguna razón no podemos ir a adorar al Santísimo Sacramento, Iván Santos se ofrece para rezar por quienes necesiten nuestra oración.

Como familia, sabemos que Dios nos ha dado un regalo maravilloso que nos mantendrá siempre unidos: la oración personal y en familia. Siempre tenemos algo que pedir a Dios.

La familia es el don más hermoso que Dios nos da y no importan las dificultades que debamos enfrentar. Si el Señor está en casa, el amor no se agota y todos los problemas se derrotan
21.

Un padre con mucha fe decía: Mi primer hijo nació sin problemas. Siete años después tuvimos a Eddie, un niño con síndrome de Down. En el hospital, cuando descubrieron lo que tenía, se ofrecieron amablemente a matarlo.

Al nacer, tenía dos agujeros en el corazón y, a los cuatro meses, tuvieron que operarlo. Recuerdo esa gotita de vida sobre mi hombro, los brazos caídos a los lados, demasiado débil para hacer nada.

Una vez pasada la cirugía, las emergencias y los dramas, era hora de ponerse a vivir. Eddie tiene ahora cinco años y su educación sigue su ritmo.

Dice algunas palabras y tiene todo un vocabulario de signos y una esperanzadora capacidad de comprensión.

Cualquier progreso es emocionante. A Eddie le encanta reír y hacer reír. Yo puedo decir que no tengo un hijo con síndrome de Down: soy el padre de Eddie. Hay una enorme diferencia. Lo primero es casi imposible de asumir, lo segundo es como vivo día a día. No pienso mucho en ello.

El síndrome de Down se usa como una de las grandes justificaciones para el aborto. Estoy aquí para decir que no es algo insuperable. Eddie es mi hijo y es genial. No es el fin del mundo, fue el principio del mío. Tengo un hijo con síndrome de Down y la gente me tiene lástima. Es un error.

No hay que tenerme lástima sino envidia.

Un esposo le escribía a su esposa: No todo ha sido color de rosa en estos cuarenta años. Estoy seguro que te he hecho sufrir mucho. ¡Mucho más de lo que yo me imagino!

¡He sido y soy inaguantable en muchas ocasiones! No me estoy justificando, sólo Dios y tú sabéis lo que te he herido con mis malos modos y mis asperezas.

Pero, a pesar de todo, puedo asegurarte con toda mi alma que, ni en los peores momentos, ni un solo minuto he dejado de quererte muchísimo. Está es la auténtica verdad, aunque la fiebre de la ira superara los cuarenta grados.

Perderte hubiera supuesto para mí arruinar mi vida. Hay otro hecho cierto. Jamás, en estos cuarenta años, he faltado a mi fidelidad hacia ti ni un instante.

Sinceramente, no ha sido ningún mérito mío. Por una parte, ha sido una gracia de Dios y, por otra, porque tú llenabas tanto mis aspiraciones que no había el mínimo hueco para nadie.

¿Ahora qué? Pienso que nos queda lo mejor. Sabes bien que todas las noches, cuando apagamos la luz para dormir, te digo lo mismo: “Te quiero muchísimo”. No es un somnífero ni un tic nervioso ni un acto reflejo. Es una síntesis, un resumen del día y un propósito para el día siguiente. Sí, te quiero muchísimo
22.


20 Beth Matthews, Precious Treasure, Emmaus Road Publishing, Steubenville, 200
21 Varios, Familia santuario de la vida, Ed. comisión episcopal de la familia, Lima, 2004, pp. 40-41.
22 Vázquez Antonio, El matrimonio y los días, Ed. Palabra, Madrid, 2002, p. 112.

 

 
   


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