Tuesday November 21,2017
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LA ERMITA

Cuenta una antigua Leyenda Noruega, acerca de un hombre llamado Haakon, quien cuidaba una Ermita. En ella se veneraba un crucifijo de mucha devoción. Este crucifijo recibía el nombre bien significativo de: "Cristo de los Favores".

Todos acudían allí para pedirle al Santo Cristo.

Un día el ermitaño Haakon quiso pedirle un favor. Lo impul­saba un sentimiento generoso. Se arrodilló ante la imagen y le dijo: "Señor, quiero padecer por ti. Déjame ocupar tu puesto. Quiero reemplazarte en La Cruz."

Y se quedó fijo con la mirada puesta en la Sagrada Efigie, como esperando la respuesta.

El Crucificado abrió sus la­bios y habló. Sus palabras ca­yeron de lo alto, susurrantes y amonestadoras: "Siervo mío, accedo a tu deseo, pero ha de ser con una condición".

¿Cual, Señor?, - preguntó con acento suplicante Haakon. ¿Es una condición difícil?. ¡Es­toy dispuesto a cumplirla con tu ayuda, Señor!, -respondió el vie­jo ermitaño.

Escucha, suceda lo que suceda y veas lo que veas, has de  guardar silencio siempre,   Haakon contestó: ¡Os lo prometo, Señor!.

Y se efectuó el cambio. Na­die advirtió el trueque. Nadie reconoció al ermitaño, colgado con los clavos en la Cruz. El Señor ocupaba el puesto de Haakon, y éste por largo tiem­po cumplió el compromiso. A nadie dijo nada. Los devotos seguían desfilando pidiendo fa­vores.

Pero un día, llegó un rico, después de haber orado, dejó allí olvidada su cartera.Haakon lo vio y calló. Tampoco dijo nada cuando un pobre, que vino dos horas después, se apropió de la cartera del rico. Ni tampoco dijo nada cuando un muchacho se postró ante él poco después para pedirle su gracia antes de emprender un largo viaje. Pero en ese momento volvió a entrar el rico en busca de la bolsa.Al no hallarla, pensó que el mucha­cho se la había apropiado. El rico se volvió al joven y le dijo iracundo: ¡Dame la bolsa queme has robado!.

El joven sorprendido, replicó: ¡No he robado ninguna bolsa!

¡No mientas, devuélvemela en­seguida!.

¡Le repito que no he cogido ninguna bolsa!, afirmó el mucha­cho. El rico arremetió furioso contra él.

Sonó entonces una voz fuer­te: ¡Detente! El rico miró hacia arriba y vio que la imagen le ha­blaba. Haakon, que no pudo permanecer en silencio, gritó, defendió al joven e increpó al rico por la falsa acusación. Éste quedó anonadado y salió de la Ermita. El joven salió también porque tenía prisa para empren­der su viaje.

Cuando la Ermita quedó a solas, Cristo se dirigió a su sier­vo y le dijo:

"Baja de la Cruz, no sirves para ocupar mi puesto. No has sabido guardar silencio".

Señor, dijo Haakon, ¿Cómo iba a permitir esa injusticia?.

Se cambiaron los oficios. Je­sús ocupó la Cruz de nuevo y el ermitaño quedó ante el Crucifi­jo. El Señor, clavado, siguió ha­blando:

"Tu no sabías que al rico le convenía perder la bolsa pues lle­vaba en ella el precio de la vir­ginidad de una joven mujer. El pobre, por el contrario, tenía necesidad de ese dinero e hizo bien en llevárselo; en cuanto al muchacho que iba a ser golpea­do, sus heridas le hubiesen im­pedido realizar el viaje que para él resultaría fatal. Ahora, hace unos minutos acaba de zozobrar el barco y él ha perdido la vida. Tú no sabias nada. Yo sí sé. Por eso callo. Y la Sagrada Imagen del Crucificado guardó silencio".

"Dios calla, y cuando habla, sus palabras no destruyen del todo".

Su Divino Silencio son pala­bras destinadas a convencernos de que el misterio del dolor en este caso seguirá, de cualquier modo, siendo un misterio.

Su Divino Silencio, transfor­mado en palabras, nos da el mensaje de:

 

¡CONFIAD EN MÍ, QUE SE BIEN LO QUE DEBO HACER!

 
     
   


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