Monday July 24,2017
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San José - El mas santo de los antos

  


NOVENA DE SANTA MARIA DE GUADALUPE
En Honor de nuestra Madre
  

Dedicatoria

»  Propósito de la Novena

»  Oración Inicial para todos los días

»  Oración Final para todos los días


1»  Día Primero

2»  Día Segundo

3»  Día Tercero

4»  Día Cuarto

5»  Día Quinto

6»  Día Sexto

7»  Día Séptimo

8»  Día Octavo

9»  Día Noveno


»  Consagración de los Hogares a la Virgen Santa María de Guadalupe

»  Oración por las Vocaciones

»  Oración a San Juan Diego

 

 

Novena de Santa María de Guadalupe
8» Día Octavo

Autor: P. Manuel Canal Montañés

INTRODUCCIÓN

Virgen Santa María de Guadalupe, Madre de Dios y Madre nuestra, tú, que te entregaste a tu destino de Madre aceptando ángeles y espadas, cumpliendo así tu misión de corredentora con Jesús en tus brazos, o sola al pie de la cruz y siempre, en Belén o en el Calvario, llena de Gracia y Amor, acompáñanos y enséñanos a amar, con ese amor que llenó siempre tu vida.

LECTURA


Jn 19, 25-27


«Estaba junto a la cruz de Jesús, su Madre... Al ver a su Madre y a su lado al discípulo
preferido: "Mujer, ése es tu hijo; Juan, ésa es tu Madre"».

Texto guadalupano


«Después de oír la plática de Juan Diego, respondió la piadosísima Virgen: "Oye y ten
entendido, hijo mío el más pequeño, que es nada lo que te asusta y aflige; no se turbe tu corazón, no temas esa enfermedad, ni otra enfermedad ni angustia. ¿No estoy yo aquí, que soy tu Madre? ¿No estáis bajo mi sombra? ¿No soy yo tu salud? ¿No estás por ventura en mi regazo? ¿Qué más has menester?».

REFLEXIÓN

Madre Santa María de Guadalupe, cuando la muerte se acercaba a tu divino Hijo y faltábale el aliento en su pecho, hizo un último esfuerzo y poco a poco, antes de entregar su Espíritu en las manos del Padre, terminada su misión en la Tierra, dejó oír su voz, paloma libre de extrañas garras y de cruces, iluminando para siempre el destierro de aquella hora trágica.

La sombra y presencia de la muerte se llenaba de promesa de inmortalidad: «He ahí a tu Madre». Sobre el monte Calvario, y cuando Jesús, el Hijo de Dios, moría, todos nacíamos. Era la Navidad de la humanidad desterrada; una nueva existencia acababa de nacer y un mandamiento y testamento de amor se nos encomendaba: «Cuidar de la Madre», mientras el Hijo se entregaba a la muerte.

Ahora, como un eco a través de los siglos, la historia del Tepeyac vuelve a repetir y refrescar nuestra memoria. Pero esta vez es la voz de la Madre quien nos recuerda el milagro de amor y generosidad de su Hijo en el Calvario: « ¿No estoy yo aquí, que soy tu Madre? ¿Olvidáis que sois mis hijos? Si lo habéis olvidado, yo no.

Fue el último testamento que mi Hijo me encargo aquí en la Tierra y sigue aún válido en el Cielo. Nunca os olvidéis que os engendré en la Cruz cuando mi Hijo, al morir, os daba vida en mis brazos». La obra maestra de Dios, su Madre, fue el último regalo que nos dio en la Cruz.

¡Qué herencia de amor, Dios mío, nos has dejado! Cuidar y amar lo incontaminado, lo más noble, lo más puro, lo más bello que la vida tiene y Dios nos ha regalado: su Madre y Madre nuestra.

 Madre Santa María de Guadalupe, te acercaste por las rosas del Tepeyac hasta el corazón de Juan Diego, y en él al corazón de todos nosotros tus hijos, para levantar en nuestro destierro la bandera de tu amor de Madre; para encender nuestro cielo con tu presencia y quedarte ya para siempre en esta tu tierra guadalupana. « ¿Acaso no soy yo tu Madre?», así nos dijiste aquel día, cuando sobre las cenizas de nuestras derrotas y muertes, hiciste nacer en nosotros la fe como nueva sangre que jamás podrán vencer.

Seis palabras. ¿Para qué más, si son ellas el mejor ramo de rosas de aquella mañana de fe, esperanza y amor?

Quisiste que te supiéramos, cantáramos y amáramos como Madre. Y así, con sólo seis palabras, un ramo de seis rosas, has querido perfumar para siempre la historia de nuestra fe, cuando tú, Santa María de Guadalupe, dejando el Cielo te acercaste a visitar a tus hijos más pequeños, en el corazón de América, al México de tu corazón. Fue un santo quien dijo de ti, Madre Santa María, que eres el cielo, y tus hijos así lo confesamos y cantamos, y te damos gracias, Madre, porque al aceptarnos como tus hijos nos libraste de la orfandad y nos llevas ya, para siempre, en tu corazón. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

PRECES


Oremos a Santa María de Guadalupe, para que ella presida, inspire y guíe a nuestra Nación y nuestros hogares por los caminos de la fe, la esperanza y el amor cristiano, ayudándonos así a forjar una sociedad más justa y fraternal, en la que la justicia y la paz para todos sean una realidad viva y no un sueño imposible, mientras nos dirigimos a ella, invocándola:

-Santa María de Guadalupe, enséñanos la alegría de amar.


Por la Iglesia, para que sea la casa de todos, espacio de acogida, atención, amor y estrella que guíe a todos los que buscan el rostro de Dios, conduciéndonos hasta su amor misericordioso, oremos.

-Santa María de Guadalupe, enséñanos la alegría de amar.


Por todos cuantos en el camino de la fe sufren el desánimo y la desorientación, y no encuentran el sentido y misterio de la vida, para que tú, María, seas su norte y acompañes, peregrina incansable, a tus hijos en la búsqueda del reencuentro con tu Hijo, oremos.

-Santa María de Guadalupe, enséñanos la alegría de amar


Por todos los esposos que han visto fracasar su amor, arrebatado por el egoísmo, la ambición y la vanidad, o herido por espadas de infidelidades, indelicadezas y abandonos, para que tú, Madre Virgen y esposa, les enseñes el misterio y sacralidad de su matrimonio y ellos inviten a tu Hijo, Cristo esponsal, ante quien se prometieron amor y fidelidad, a presidir sus vidas de esposos, compañeros y padres, oremos.

-Santa María de Guadalupe, enséñanos la alegría de amar.


-Se rezan tres Avemarías.

-En silencio pídanse las gracias que deseemos alcanzar en esta novena.

- Se reza la oración final para todos los días.

   


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