Monday November 20,2017
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Libro Regresando a Casa

(Cristianos Convertidos
a la Fe Católica)

»  Introduccion


»  Aclaraciones Doctrinales

a»  Las Imágenes

b»  La Tradición

c»  La Biblia

d»  La Eucaristía

e»  La Virgen María

f»  La Iglesia católica

g»  El Purgatorio

h»  El Papa

i»  Lutero

j»  Cristianos No Católicos


1.0»  TESTIMONIOS

1.1»  Henry Newman

1.2»  Robert Hugh Benson

1.3»  Vernon Johnson

1.4»  Gilbert K. Chesterton

1.5»  Ronald Knox

1.6»  Juan W. Verkade


1.7»  Irma Barsy

1.8»  Kenyon Reynolds

1.9»  Juan Tsching Hsiung

1.10»  Sven Stolpe

1.11»  Sigrid Undset


1.12»  Cornelia de Vogel

1.12»  Heinrich Schlier

1.14»  Thomas Merton

1.15»  Julien Green

1.16»  Ephaïm Croissant


1.17»  Max Thurian

1.18»  Malcolm Muggeridge

1.19»  Alec Guinness

1.20»  Richard John Neuhaus

1.21»  Luis Miguel Boullón


1.22»  Joseph Ranalli

1.23»  Raymond Ryland

1.24»  James Pitts

1.25»  Thomas Ricks

1.26»  Robert Williams


1.27»  Stephen Ray

1.28»  Linda Poindexter

1.29»  Marcus Grodi

1.30»  Ed Fride

1.31»  Cristopher Dixon


1.32»  Rick Ricciardi

1.33»  Larry Lewis

1.34»  David B. Currie

1.35»  Burns Seeley

1.36»  Jay Damien


1.37»  Larry Blake

1.38»  Kenneth Guindon

1.39»  Antonio Carrera

1.40»  Steve Wood

1.41»  Pam Forrester


1.42»  Stuart Swetland

1.43»  Michel Viot

1.44»  Steve Clifford

1.45»  Kathleen Clarck

1.46»  Bod Sungenis


1.47»  Al Kresta

1.48»  Scott Hahn

1.49»  Paul Thigpen

1.50»  Graham Leonard

1.51»  Shan Kydd

1.52»  John Gummer


2.0»  Congreso Camino a Roma

2.1»  A los Hermanos Separados

2.2»  El Credo

2.3»  Mi Experiencia


3.0»  Convertidos que Marcan el Camino

3.1»  Alfonso de Ratisbona

3.2»  Eugenio Zolli

3.3»  André Frossard


4.0»  Conclusión

5.0»  Bibliografía

6.0»  Para Conocer la Fe Católica


 

 

REGRESANDO A CASA
Aclaraciones Doctrinales
c» Biblia


Es la Palabra de Dios escrita.

“Hombres movidos por el Espíritu Santo han hablado de parte de Dios” (2 Pe 1,20).

Pero hay en la Biblia “cosas difíciles de entender que los ignorantes y débiles interpretan torcidamente para su propia perdición” (2 Pe 3,16).

Por eso mismo, dice san Pedro que “ninguna profecía (palabra) de la Escritura es de interpretación personal” (2 Pe 1,20).

Entonces, si no es de interpretación personal ¿quién puede interpretarla auténticamente?

Sólamente el Papa, con la autoridad recibida de Cristo para atar y desatar, mandar y prohibir (Mt 16,19).

Por consiguiente, la doctrina protestante del libre examen, es fuente de confusión, pues cada uno puede creer lo que cree que Dios le dice al leer la Biblia.

Y, si cada uno puede interpretar la Escritura por su cuenta, debería prohibirse la predicación sobre la Escritura, pues eso lleva a condicionar y aceptar una determinada interpretación, que da el pastor o el líder del grupo.

Igualmente, debería estar prohibido el escribir o hablar a otros sobre lo que nosotros creemos que dice la Biblia, pues podríamos estar abusando de su ignorancia o de su comprensión, pues, supuestamente, el Espíritu Santo enseña a todos por igual.

Una Biblia abierta sin buena interpretación es como una farmacia abierta sin farmacéutico o sin médico que recete, pues cada uno puede recetarse lo que quiera y busca lo que cree que más le conviene y se equivoca y, en vez de hacerle bien, le hará daño.

Todos hemos conocido en nuestro tiempo fanáticos fundamentalistas, que han llevado al suicidio colectivo con la Biblia en la mano.

¿Qué diríamos, si alguien toma al pie de la letra lo que dice Jesús: ¡Si tu ojo te hace pecar, sácatelo y tíralo, pues es mejor entrar en el cielo tuerto que con dos ojos ir al infierno!

Si una señorita creyera que sus bonitos ojos son ocasión de pecado para los hombres y se los sacara para seguir la Biblia literalmente, diríamos que ha cometido un gravísimo error, por mala interpretación.

Lo mismo habría que decir, si alguien se mutila una mano o un pie, porque con la mano peca continuamente y agrede a otros.

Por ello, hay que entender el sentido y atender el contexto. Y debe haber una autoridad que pueda decir la última palabra en nombre y con la autoridad de Jesucristo, para que haya unidad en la fe como la tienen los católicos.

Porque ¿cómo saben los hermanos separados lo que es lo bueno y lo que es malo en cuestiones difíciles de las que no habla la Biblia?

Por ejemplo, sobre el aborto, la eutanasia, los anticonceptivos, la fecundación artificial, la manipulación genética, la clonación o sobre ciertas teorías modernas sobre sexualidad, política, economía o medio ambiente. Otro punto importante a aclarar es cuántos son los libros de la Biblia. La misma Biblia no lo dice.

¿De dónde saben los evangélicos cuáles y cuántos son los libros de la Biblia?

Los recibieron así de la Iglesia católica en el siglo XVI.

Precisamente, en ese siglo, Lutero, con su propia autoridad, dijo que los libros llamados deuterocanónicos (Tobías, Judit, Baruc, Eclesiástico, Sabiduría y 1 y 2 de Macabeos) no eran auténticos.

Pero estos libros del Antiguo Testamento están incluidos en la traducción griega de los LXX y los mismos apóstoles usaron esta traducción, de modo que, de las 350 citas del Antiguo Testamento que hay en el Nuevo, más de 300 son de la traducción de los LXX, luego quiere decir que los apóstoles los aceptaban.

Además, Lutero, por su propia cuenta, rechazó la carta a los Hebreos, Santiago, Judas y el Apocalipsis. Luego Lutero no tenía la autoridad de Dios, pues actualmente todos los hermanos separados aceptan estos cuatro libros.

Y, si Lutero se equivocó en algo tan importante como los libros de la Biblia, ¿podremos darle autoridad en otras cosas?

Podemos preguntar:

¿Por qué el Espíritu Santo esperó cuatro siglos para que estuviera completa la colección de libros del Nuevo Testamento?

¿Por qué los apóstoles no nombraron los libros inspirados para tener una regla segura de fe?

La Iglesia primitiva parece que no tuvo mucha prisa. Por eso, podemos decir que el Nuevo Testamento no dio origen a la Iglesia, sino que, más bien, la Iglesia dio origen, con su autoridad, al Nuevo Testamento.

Primero es la Iglesia y después la Biblia completa. Además, ¿qué ocurriría si se descubre la carta a los de Laodicea (Col 4,16), que según algunos, Pablo escribió y se ha perdido?

Para los católicos no supone nada, pero para los hermanos separados ¿supondría un reajuste de su fe? Cristo no dijo: “id y repartid Biblias y el que la lea se salvará y el que no la lea se condenará”.

En ese caso, la Iglesia cristiana hubiera sido un club de lectores de la Biblia. Pero ¿y los que no sabían leer? ¿No se hubieran salvado? ¿Y los que no han leído nunca la Biblia, no se podrán salvar?

Pensemos que hasta el siglo IV no se sabía cuáles eran los libros de la Biblia. Y hasta la invención de la imprenta, las Biblias se copiaban a mano y los códices eran escasos, muy caros, y estaban normalmente en latín. Por eso, el pueblo no podía leer la Biblia.

Y, después de la invención de la imprenta, hasta nuestros días, ha habido y sigue habiendo millones de personas que no saben leer.

Por eso, la Iglesia católica ha sido y seguirá siendo la auténtica intérprete de la Palabra de Dios (oral o escrita).

Tiene una experiencia de dos mil años. La Palabra de Dios no cambia. Por lo cual, cuando queramos interpretar actualmente algún pasaje bíblico, debemos ver cómo lo interpretaron tantos millones de católicos, que vivieron antes que nosotros, especialmente los grandes santos de los primeros siglos.

San Jerónimo, era un gran sabio, que sabía hebreo, griego y latín, y tradujo toda la Biblia al latín ¿Acaso él, leyendo e interpretando la Biblia de acuerdo al sentir de la Iglesia y a la Tradición de los apóstoles, no creía en la virginidad perpetua de María? ¿y en la presencia de Jesús en la Eucaristía?

¿Cómo vienen ahora a decirnos que estamos equivocados? La palabra de Dios no cambia, las verdades de la fe son eternas y lo que Cristo enseñó y se escribió en la Biblia, no puede estar en contradicción con lo que los mismos apóstoles enseñaron y transmitieron a sus sucesores en la Iglesia católica.

Por eso, los maestros de la Biblia, los que transmiten la fe, deben hacerlo de acuerdo al sentir de la Iglesia.

Veamos un ejemplo. El diácono Felipe, llevado por el Espíritu, se va al encuentro del eunuco etíope y le enseña la interpretación auténtica de la Biblia.

Él es una persona autorizada, que había recibido la autoridad como diácono por la imposición de manos de los apóstoles.

No basta leer la Biblia y entenderla con buena voluntad.

El etíope no la entendía (Hech 8, 26-40). Los discípulos de Emaús no la entendían y Jesús les dice “Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas” (Lc 24,25).

Ellos necesitaron de una persona autorizada que les explicara la Biblia de acuerdo a la interpretación de la Iglesia.

Leer la Biblia es bueno, pero leerla interpretándola a nuestra manera es malo. Hay que aceptar la autoridad de la Iglesia a través de la persona del Papa, que no está por encima de la Palabra de Dios, sino a su servicio; pues nos interpreta el auténtico sentido para que no nos equivoquemos.

Por eso, el Papa, cuando define algo como dogma de fe, no lo hace arbitrariamente por su cuenta.

Los últimos dogmas sobre la Inmaculada Concepción o Asunción de la Virgen María a los cielos ya eran creídos en toda la Iglesia y, después de consultar a los obispos del mundo, los definió para que nadie pudiera ponerlos en duda.

La autoridad del Papa es un servicio a la fe para darnos seguridad de que lo que creemos es cierto y no haya lugar a dudas.

A muchos de nuestros hermanos separados, Jesús les podría decir lo que les dijo a los saduceos: “No entendéis las Escrituras ni el poder de Dios” (Mt 22,29).

Sólo la Iglesia, fundada por Jesús, que desde el siglo primero, en el Credo de los apóstoles, se llama una, santa, católica y apostólica, es la “columna y fundamento de la verdad” (1 Tim 3,15).

Muchos hermanos separados dicen que para salvarse sólo hay que tener fe en Jesús y aceptarlo como Salvador personal.

¿En qué parte de la Biblia se dice eso? En ningún lugar de la Escritura se habla de la sola fe para salvarse.

La palabra sola fue puesta por Lutero, al traducir la Biblia al alemán, sabiendo muy bien que esa palabra no estaba en el original griego.

Por eso, en ninguna parte, el Espíritu Santo inspiró a los autores sagrados a hablar de la sola fe como única fuente de salvación.

Pablo dice a los gálatas que “somos salvados por la fe, que actúa por el amor” (Gál 5, 6). Y, claramente, en la carta de Santiago se nos dice que “la fe sin obras es una fe muerta” (Sant 2,26).

Precisamente, por ello, Lutero con su propia autoridad, en contra de la voluntad de Dios, quitó esta carta de la lista de libros inspirados. En muchos lugares, se nos dice que Dios juzgará a cada uno según sus obras (Rom 2,6; 2 Tim 4,14; Ap 2,23; 20,12; 22,12; Ef 6,8; 1 Co 3,8.13-15; Ez 18,30; Sab 61,13; Jer 25,14; 32,19).

“El Hijo del hombre pagará a cada uno según su conducta” (Mt 16,27) ¿Acaso podrá salvarlo la fe? La fe sin obras está muerta (Sant 2,17).

En el juicio final (Mt 25) no se nos va a juzgar sobre la fe sino sobre las obras. Cuando el joven rico le pregunta a Jesús qué tiene que hacer para salvarse, Jesús no le dice: Ten fe y te salvarás, sino cumple los mandamientos (Mc 10,17-22).

   


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