Un misionero estaba hablando a una tribu remota que nunca había escuchado hablar de la vida y el ministerio de Jesús.

El jefe de la tribu estaba sentado en la fila del frente, escuchando intensamente todo lo que el misionero decía.

Cuando la historia llegó a su punto culminante y el jefe escuchó lo cruelmente que crucificaron a Cristo, no pudo aguantarse más.

Se levantó bruscamente y gritó:

  • ¡Pare! ¡Bájelo de la cruz! ¡Soy yo el que tiene que estar ahí, no Él!

Había comprendido el significado del evangelio; entendió que era pecador y que Cristo no tenía pecado.

Cuando consideras esa escena del Hijo de Dios clavado en una cruz en agonía y sus heridas sangrando, ¿puedes decir de corazón «¡Yo tengo que estar ahí!»?

Entonces, da un paso más y pon tu confianza en Él como Salvador, para que puedas decir junto con Pablo:

«He sido crucificado con Cristo, y ahora no vivo yo, es Cristo quien vive en mí…» (Calatas 2,20).
Jesús tomó nuestro lugar y «‘ murió para nuestro provecho.

Puesto que llevó nuestros pecados, abrió el camino para llevarnos a la comunión con el Padre.
Si te identificas con Cristo y crees que murió por ti, Dios te identificará a ti con Cristo y te dará Su justicia.

¿Puedes decir «¡Soy yo el que tiene que estar ahí!»?

Henry G. Bosch