REGRESANDO A CASA
A lo largo de mis años de sacerdote y misionero en el Perú, he podido relacionarme con hermanos separados. En muchos casos, he visto hombres buenos con deseo de amar a Dios y buscar la verdad en lo que dice la Biblia.
He apreciado su espíritu apostólico para compartir su fe y las bonitas canciones que cantan en sus iglesias.
Pero he podido también darme cuenta del gran vacío que hay en sus iglesias, que son salones de cine o carpas o salones llenos de sillas; pero donde falta el sentido de lugar sagrado. Además, sólo se abren cuando hay culto.
Por otra parte, con frecuencia, les falta caridad en su trato con los católicos. Cuando se convierten, rompen todas las imágenes de su casa, sin respetar los derechos y creencias de sus familias.
Son insistentes en decir que esto o lo otro no está en la Biblia, pero no se cuestionan, como hemos visto en las páginas anteriores, que los principios de la sola Escritura o la sola fe son principios que no están en la Biblia.
Además, muchas iglesias creen en cosas que no están claras en la Biblia y que las han recibido por tradición de sus propias iglesias desde sus fundadores.
Algunos creen que “una vez salvado, salvado para siempre”, o la predestinación o la necesidad de la Biblia para salvarse.
Hablan de que la salvación viene por la sola fe y no por las obras, pero exigen, después, oración, ayuno, ofrendas y diezmos o predicar su fe, como si no fueran obras buenas.
En algunos casos, usan mantos sagrados para curar o las manos “sagradas” del pastor o la oración “sagrada” del predicador.
Con frecuencia, se nota en muchas iglesias el afán del dinero y se predica con insistencia sobre dar ofrendas y diezmos.
En muchos telepredicadores se aprecia mucha exageración en sus gestos y en su doctrina.
Falta en sus reuniones esa majestad y belleza de la liturgia, el silencio en la oración, que es tan importante para comunicarnos con Dios, y, sobre todo, falta seguridad en su fe.
Pareciera que los predicadores fueran dueños de la verdad, cuando hablan con tanta seguridad de temas, muchas veces, controvertidos en sus mismas iglesias.
Insisten mucho en que la enfermedad no es querida por Dios, rechazando así el valor inmenso del sufrimiento ofrecido a Dios con amor. Por supuesto que hay que orar por la salud, pero si no se sanan, no necesariamente es por falta de fe.
En una palabra, quisiera decirles a todos mis hermanos separados que busquen tener más amor a los demás. Porque “ya podría conocer todos los secretos y todo el saber (y la Biblia entera), ya podría tener una fe como para mover montañas, si no tengo amor, no soy nada y no valgo nada” (1 Co 13,2).
Si aman a Jesús de verdad, búsquenlo en la Eucaristía de las iglesias católicas y lo encontrarán junto a María su madre y nuestra Madre. Amén.
“El mayor tesoro de la Iglesia es Jesús Eucaristía”
