Autor: P. Angel Peña O.A.R
Jesús en el sagrario nos da ejemplo de humildad: tiene apariencia pobre y humilde, escondido en la hostia santa.
También es obediente. Se deja llevar y traer por el sacerdote.
Le obedece, al pronunciar las palabras de la consagración de la misa, y se hace presente en la hostia y en el cáliz.
Se deja llevar por los ministros extraordinarios de la comunión, como si fuera un humilde corderito. Y ¡cuántas veces tiene que soportar los sacrilegios y ultrajes de quienes van a comulgar en pecado mortal o sin haberse preparado!
¡Qué pocos son los agradecidos a tantos beneficios recibidos! ¡Y Él nos sigue esperando con paciencia y humildad, sin hablar, sin quejarse, sin defenderse!
Y pareciera que nos mirara con ojos tristes, diciéndonos a cada uno: Ven a visitarme, te necesito, necesito un poco de cariño, porque casi nadie me quiere.
Los ángeles y los santos que lo rodean son los que principalmente suplen nuestra falta de amor. ¡Si los ángeles pudieran hablar!
¿Qué nos dirían? Ellos saben muy bien que Jesús no es un hombre cualquiera, sino que es nuestro Dios.
¿Hasta cuándo seguiremos con nuestra soberbia y podremos decir que estamos demasiado ocupados y que no tenemos tiempo para Él?
¿Acaso nuestra fe es tan pequeña que no creemos que es Él quien nos está esperando?
Jesús Eucaristía nos habla con su presencia, sin palabras, de su infinito amor por cada uno de nosotros.
Toda la vida de Jesús fue una obediencia total a su Padre.
Existiendo en forma de Dios, se anonadó tomando la forma de siervo y haciéndose semejante a los hombres; y en la condición de hombre se humilló, hecho obediente hasta la muerte y muerte de cruz (Fil 2, 6-8).
Por eso, tenemos que ser humildes nosotros también y cumplir siempre su voluntad.
En la película Salvad al soldado Ryan, de Steven Spielberg, se ve a Ryan, ya viejo, que va al cementerio a ver las tumbas, donde reposan los restos de sus compañeros, cuya muerte le había permitido vivir. Y, volviéndose a su esposa, le dice: Dime que he vivido bien.
Como diciendo, ¿cómo podría haber vivido mal, si tantos otros, jóvenes como yo, dieron la vida para que yo pudiera seguir viviendo?
Eso mismo podríamos decir nosotros: ¿Cómo puedo vivir mal, si Jesús ha dado su vida para que yo pueda seguir viviendo?
¿Cómo puedo vivir sin ser agradecido a su infinito amor?
Decía san Juan de la cruz que en la tarde de la vida nos examinarán del amor.
Yo diría que, en la tarde de la vida, al final, en el momento definitivo, cuando estemos en el umbral de la eternidad, Jesús nos examinará sobre el amor que hemos tenido como católicos a su Cuerpo y a su Sangre, es decir, sobre nuestro amor a la Eucaristía, a su presencia eucarística.
¿Aprobaremos el examen? ¿Tendremos la humildad suficiente para reconocerlo como nuestro Dios bajo las sencillas apariencias de pan y vino?