Autor: P. Angel Peña O.A.R  

Hace unos años, con un grupo de amigas, comenzamos a practicar la ouija con una moneda y un cartón con las letras del alfabeto. Era para nosotras como una diversión. Asistí un solo día, pero en los días sucesivos empecé a sentir un extraño nerviosismo sin motivo aparente, y sentía inestabilidad emocional, perdí el interés por las cosas y nada me salía bien.

Caí en depresión y comencé a sentir dentro de mí impulsos a hacer cosas que no eran normales en mí. Era como una disociación de la personalidad, como si en mí hubiera otra persona, hasta el punto que yo, que soy médico, creía que era esquizofrénica. A veces, sentía unos fuertes deseos de suicidarme de modo que tuve que dejar de trabajar por un tiempo y decir a mi madre que no me dejara sola, porque sentía impulsos de tirarme por la ventana.

Un día, fui a visitar a un sacerdote y me invitó a rezar con él. Después de la oración, me sentí un poco mejor y disminuyó el impulso al suicidio. Me invitaron a asistir a un seminario de Renovación en el Espíritu Santo de la Renovación carismática. Cuando llegué, sentí un deseo muy fuerte de salir corriendo, pero las personas que me acompañaban me dijeron que debía resistir ese impulso.

A los pocos minutos, me caí de la silla y se manifestó en mí un espíritu maligno. Todos, en unión con el sacerdote, rezaron por mi liberación, y así comenzó mi camino hacia la luz, comprendiendo que todos mis males habían tenido origen en aquella maldita sesión de ouija.

La asistencia a la misa, la recitación diaria del rosario, las oraciones de liberación y la adoración eucarística frecuente me liberaron del poder del maligno y ahora soy plenamente libre por el poder de Dios26.

Por todo esto, más vale no jugar con fuego que quemarse. Más vale prevenir que lamentar.

26 ib. pp. 26-28.