Autora: Luisa Piccarretta
Continuando mi habitual estado, mi adorable Jesús se hacía ver todo circundado de luz, luz que le salía de dentro de su santísima Humanidad y que lo embellecía en
modo tal que formaba una vista encantadora y raptora; yo
quedé sorprendida y Jesús me dijo:
“Hija mía, cada pena que sufrí, cada gota de sangre,
cada llaga, oración, palabra, acción, paso, etc., produjo
una luz tal en mi Humanidad de embellecerme de manera
de tener raptados a todos los bienaventurados.
Ahora, el alma, a cada pensamiento de mi Pasión, a cada compadecimiento, a cada reparación, etc. que hace, no hace otra cosa que tomar luz de mi Humanidad y embellecerse a mi semejanza, así que un pensamiento de más de mi Pasión
será una luz de más que llevará un gozo eterno.”