Autor: P. Angel Peña O.A.R  

En la vida de SAN FELIPE BENICIO (1233-1285), Prior general de la Orden de los servitas de María, se cuenta que el día 2 de junio de 1259, cuando estaba celebrando su primera misa, todos los presentes, al momento de la elevación, oyeron un canto tan hermoso y sublime que quedaron como fuera de sí de emoción, pues parecía que un coro invisible de ángeles entonaba el Santo, Santo, Santo…

De esta manera, el cielo ratificaba la decisión que habían tomado los superiores de ordenarlo sacerdote, a pesar de las reticencias de algunos por parecer demasiado insignificante, humanamente hablando, para ser sacerdote.

SANTA ÁNGELA DE FOLIGNO (1248-1300) tenía mucho amor a su ángel de la guarda.

Ella escribió: El día de la fiesta de los santos ángeles yo estaba enferma y quería comulgar y no había quien me pudiera traer la comunión a mi casa.

De pronto, yo entendí la alabanza que los ángeles dan a Dios y la asistencia que prestan a los hombres. Y se me presentó una multitud de ángeles, que me condujeron en espíritu al altar de una iglesia y me dijeron:

“Éste es el altar de los ángeles”. Sobre el altar pude apreciar la alabanza que ellos daban a Jesús sacramentado. Y me dijeron: “Prepárate a recibirlo. Tú eres su esposa.

Jesús quiere ahora contraer contigo una unión nueva y más profunda”. No puedo expresar la alegría que sentí en ese momento20.

SANTA FRANCISCA ROMANA (1384-1440) veía continuamente a su ángel. Lo veía a su derecha. Si alguien hacía algo malo en su presencia, Francisca lo veía taparse la cara con las manos.

Despedía una luz tan grande que no lo podía mirar fijamente. A veces, disminuía su resplandor para que pudiera verlo y Francisca lo miraba con ternura e, incluso, se atrevía a posar su mano sobre la cabeza de su celestial compañero.

SAN FRANCISCO DE REGIS (1597-1640) tenía mucha devoción a los ángeles y, especialmente, a su ángel custodio, al que le encomendaba todas sus buenas obras para que las presentara ante Dios.

No pasaba nunca junto a una iglesia sin invocar al ángel guardián de la iglesia o de la parroquia y a los ángeles de sus habitantes.

Igualmente, cuando pasaba junto a un cementerio, se encomendaba a los ángeles de todos los difuntos enterrados allí y oraba por ellos, enviándoles su bendición sacerdotal.

Un día, pasaba por una calle, cuando una mano invisible lo detuvo y no podía caminar.

En ese momento, desde la ventana de una casa vecina le pidieron a gritos que subiera, pues había una persona moribunda.

Él subió a la casa y escuchó en confesión al moribundo y le dio los últimos sacramentos. Él nunca dudó que había sido su ángel quien le había detenido para que pudiera atender a aquel enfermo a bien morir.

20 Puede leerse esto en el libro Le livre des visions et instructions de la bienheureuse Angèle de Foligno, traducción francesa de Ernest Hello, Paris, 1914.