Autor: P. Angel Peña O.A.R  

Una madre de familia italiana a quien conozco personalmente, me escribió con el permiso de su director espiritual:

Cuando tenía 15 años, nos trasladamos desde una ciudad de provincia, donde habitábamos, a Milán para poder estudiar en una Academia.

Yo era muy tímida y tenía miedo de viajar en el tranvía, pues podía equivocarme al bajar y perderme. Mi papá, todas las mañanas, me daba la bendición y me decía que rezara a mi ángel custodio para que me guiara.

Al poco tiempo de comenzar las clases, a la ida y venida de la Academia, se me acercaba un misterioso compañero, vestido con pantalones y abrigo, pues hacía frío por ser invierno, de unos veinte años, rubio y bello, de finos modales, ojos claros, dulces y severos al mismo tiempo, pero llenos de luz.

Nunca me preguntó mi nombre y yo tampoco le pregunté el suyo, porque era tímida. Pero a su lado me sentía contenta y segura. Nunca me cortejó ni me habló de amores.

Antes de llegar a la Academia, entrábamos siempre en una iglesia para rezar. Él se arrodillaba profundamente y así permanecía, aunque hubiera otras personas presentes. Yo lo imitaba.

A la salida de la Academia, me esperaba y me acompañaba a mi casa. Me hablaba siempre con dulzura de Jesús, de la Virgen María y de los santos.

Me aconsejaba portarme bien, evitar las malas compañías e ir cada día a misa. Con frecuencia, me repetía:

“Cuando tengas necesidad de ayuda o consuelo, vete a la iglesia delante de Jesús sacramentado y Él te ayudará en unión con María, porque Jesús te ama más que nadie. Por eso, agradécele siempre todo lo que te da”. Este amigo tan especial me dijo, en una oportunidad, que me casaría un poco tarde y cuál sería el nombre de mi esposo.

Cuando ya faltaba muy poco para el fin del año escolar, mi amigo desapareció y no lo pude ver más. Me preocupé, recé por él, pero fue en vano. Desapareció de improviso, así como había aparecido.

Por mi parte, proseguí mis estudios y conseguí mi diploma, encontré trabajo, pasaron los años y lo olvidé, pero sus buenas enseñanzas nunca las olvidé.

Me desposé a los 39 años y una noche soñé con un ángel sin alas que me dijo que era mi amigo de la adolescencia, recordándome que me había casado con un hombre con el nombre que él me había dicho.

Cuando se lo conté a mi esposo, me creyó y se sintió conmovido. Después de aquel sueño, de vez en cuando, se me aparece en sueños y también visiblemente. A veces, siento sólo la voz.

Cuando se me presenta en sueños, rezamos juntos el rosario y vamos a rezar a distintos santuarios y allí veo muchísimos ángeles, participando en la misa con muchísima devoción. Y me despierto con una alegría tan grande que me dura varios días.

Cuando viene visiblemente, se presenta con una túnica larga, a veces de color oro o blanca en tiempo pascual y Navidad, pero sin alas. Su aspecto es de un joven de 20 años, como le veía, cuando yo tenía 15, de estatura mediana, bello y luminoso.

Me inspira sentimientos de profunda adoración a Jesús. A veces, me recuerda lo que debo hacer o dónde debo ir o no ir; pero, si en alguna cosa mi director espiritual es de otra opinión, me dice que siempre obedezca a mi director.

La obediencia, me dice, es necesaria. Y me inculca mucho rezar por los pecadores, por los enfermos, por el santo Padre y por los sacerdotes.