Autor: P. Angel Peña O.A.R
Un sacerdote, a quien conozco personalmente, me dijo que se escribía con una religiosa contemplativa.
Un día le escribió una carta a esta religiosa en la que le decía que le mandaba un ramo de rosas con su ángel. Y ella le contestó lo siguiente:
Recibí tu carta, en la que me decías que me enviabas con tu ángel un ramo de flores.
Dos días después, víspera de una gran solemnidad, yo estaba en la cocina, cuando me mandaron llamar. La Madre Superiora venía hacia mí con un hermosísimo ramo de flores.
Eran rosas, frescas, como si las hubieran cogido en esa misma hora y, entre ellas, había espigas de trigo, unas maduras y otras verdes, como a mí siempre me han gustado.
Había treinta y dos rosas extraordinariamente bellas. La Madre no sabía quién las enviaba, pero intuitivamente pensó que eran para mí.
La hermana portera dijo que tampoco sabía, porque las habían dejado en el torno con una nota. Yo le dije a la hermana que las llevara a la capilla para Jesús, y recogí la nota.
La nota no se leía muy bien y pensé que era de un seminarista, a quien yo le aconsejaba para que fuera un buen sacerdote; además, la firma era ilegible.
Pero en la noche, con más calma, leí bien y decía: “Para mi hermanita María”, y debajo estaba la firma. Comparé la firma con la de tu carta y era exactamente la misma.
La Madre también pudo compararlas y me dijo que eran las dos exactamente iguales. Así que me convencí de que eras tú quien me había enviado las rosas por medio de tu ángel.
Unos días más tarde, le pregunté a mi ángel quién había traído las rosas y me dijo: “El ángel del Padre”.
Ciertamente, los ángeles son mensajeros fieles. Por eso, yo tengo la costumbre de enviar saludos y flores y bendiciones por medio de mi ángel; porque sé que es eficaz y cumple bien los encargos.