Autor: P. Angel Peña O.A.R  

Una religiosa me escribía en una carta lo siguiente:

Desde pequeña he vivido en intimidad con mi querido amiguito, el ángel.

Cuento siempre con él y puedo hablar con él en cualquier momento y de cualquier cosa.

Tiene la tez blanca, suavemente sonrosada, ojos azules claros, rostro hermoso, expresión alegre y jovial, con una sonrisa cautivante.

A veces, está serio, pero nunca frío o distante. Tiene los cabellos rubios. Cuando me habla, es delicadísimo y educadísimo. Sus alas son lindas, grandes y con plumas suaves y blandas.

Cuando era pequeña, parecía tener un año más que yo. Ahora aparenta ser un joven de 18 ó 19 años y con una estatura unos 10 cms mas alto que yo. Pero, en alguna ocasión, lo he visto muy alto con las alas extendidas.

Siempre responde a mis preguntas o me dice que debo esperar la respuesta. Otras veces, me sonríe, que es lo mismo que decirme que sí a lo que le pregunto.

Viste una túnica larga hasta los pies, de un tono azul claro. Las mangas son amplias. El tejido parece ser fino y suave.

Cuando camina, parece no tocar el suelo y lo hace sin hacer ruido.

El día de Navidad íbamos en procesión por el convento, llevando una imagen del Niño Jesús y teníamos velas en las manos.

Entonces, vi a los ángeles de las hermanas, que iban también con velas encendidas en sus manos. Mi ángel iba a mi lado y me miraba tiernamente.

Quedé muy conmovida y no podía contener mis lágrimas.

Todos los ángeles tenían como una aureola en forma de anillo alrededor de la cabeza.

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