Autor: P. Angel Peña O.A.R  

Veamos ahora el caso, contado por un sacerdote italiano.

En un día espléndido de primavera, llevaba la comunión a un enfermo en bicicleta. Conocía muy bien el camino, pero, de pronto, se siente extraviado.

Y se pregunta:

¿Dónde estoy? ¿Qué me ha sucedido? ¿Cómo he podido extraviarme por un camino que conozco tan bien? Doy vuelta para cerciorarme que no estoy soñando y veo una casa rústica.

Sale una mujer, llorando, que me mira con ojos asombrados.

Al reconocerme, se pone a gritar de alegría: “¡Un sacerdote! ¡Gracias ángel de mi guarda, por haberme escuchado y habérmelo mandado!”

Se acerca y me dice: “Venga, padre, mi marido se está muriendo y acaba de pedir un sacerdote. Estaba desesperada, porque no podía dejarlo solo y tampoco sabía dónde ir a buscar un sacerdote.

¡Había deseado tanto que él quisiera un sacerdote, él que siempre lo había rechazado! Le he dicho a mi ángel que se encargara de buscarlo.

Y, de pronto, aparece Ud. como llovido del cielo. Gracias, Padre, gracias”.

Entonces, me doy cuenta de que su ángel se había puesto de acuerdo con el mío y me había guiado sin darme cuenta a donde mi ministerio era más urgente.

Pero me esperaba otra sorpresa: cuando abro el portaviáticos para darle la comunión, me doy cuenta, asombrado, de que hay dos hostias, cuando yo estaba seguro de haber puesto sólo una.

Me recojo en adoración al lado del moribundo, que instantes después levanta el vuelo al paraíso.

Luego, emprendo el camino hacia la casa del enfermo al que iba a visitar.

En los días sucesivos, percibo mucho más que antes la presencia del ángel de la guarda junto a mí, que, sonriendo y regañándome suavemente, me repite:

“No te olvides nunca de mí. Yo siempre estoy contigo”68.

68 Doriana Zamboni, Milagros cotidianos, Ed. Ciudad Nueva, Madrid, 2003, p. 21.