390- La fe de Abraham de Engadí y la parábola de la semilla de palma

Jesús, hacia la hora de la puesta del sol, un ocaso de fuego que enrojece las casas blanquísimas de Engadí y da visos de madreperla negra al Mar Muerto, se encamina hacia la plaza principal. Está con Él el joven que lo ha hospedado y que ahora lo guía por las vueltas y revueltas de la ciudad, de arquitectura verdaderamente oriental.

Para defenderse del sol -que debe ser muy fuerte en estos lugares tan abiertos, situados cara a la superficie densa del Mar Salado, del cual me da la impresión de que en los meses de verano deben provenir masas de aire abrasador; en estos lugares tan aislados en medio del desierto yermo, sobre el que el sol debe incidir despiadado y poner el suelo incandescente -para defenderse del sol, digo, los habitantes de Engadí han construido calles estrechas, que parecen aún más estrechas a causa de los canalones y los aleros de las casas, que sobresalen mucho, de forma que si se alza la mirada se ve sólo una cintita de cielo, de un azul violento, aparecer arriba.

Las casas son altas, casi todas de dos pisos, coronadas por una terraza hasta la que han trepado, a pesar de la altura, extendiéndose, las vides para dar sombra y deleite de racimos, que deben ser -cumplida su maduración bajo el sol soberano, entre la reverberación de las tapias y del suelo de la terraza -dulces como moscatel paso.

Y las vides se hacen la competencia unas a otras en refrescar a los hombres y a los numerosísimos pájaros que, desde el gorrión a la paloma, hacen sus nidos en Engadí, con sus palmeras nacidas por todas partes y que agitan sus ramas; con sus árboles frutales de magnífica opulencia, que se alzan en los patios, en los huertos comprendidos entre las casas, y se asoman a las callejuelas, y rebosan, colgantes, por las tapias blancas con sus ramas ya cargadas de fruta que madura bajo el sol festivo, y sobrepasan los numerosísimos arcos, que en ciertos lugares forman verdaderas galerías, interrumpidas acá o allá por exigencias arquitectónicas, y se elevan hacia el cielo azul, un cielo tan uniforme, de un color tan pastoso, que da la impresión de que, si fuera posible tocarlo, sería como tocar tupido terciopelo o cuero liso, pintados o teñidos por un sabio artífice con tintura perfecta, más cargada de turquesa, menos cargada de zafiro, bellísima, inolvidable.

Y agua… ¡Cuántos manantiales y fuentes deben gorgotear en los patios y jardines de las casas, entre el verdor de mil plantas! Pasando por las callejuelas aún desiertas -porque los habitantes están o trabajando o en sus casas -se oye su gorgoteo y el caer de las gotas y el frufrú de las frondas, como notas de arpa arrebatadas por una arpista escondida. Y aumentan su hechizo los arcos arquitectónicos y los continuos rincones de las calles, recogiendo esas voces de aguas, amplificándolas, aumentando su número con los ecos, haciendo de ellas todo un arpegiar de acordes.

Y palmeras, palmeras, palmeras. Dondequiera que haya una placita, que puede ser no más grande que una habitación normal, allí se ven lanzarse hacia el cielo sus esbeltos, altísimos tallos; y allá arriba apenas oscila la copa de hojas susurrantes abrazadas en forma de pincel en la cúspide del tallo; mientras la sombra, que a mediodía cae perpendicular sobre las minúsculas plazas cubriéndolas enteras, ahora se refleja caprichosamente en los muretes de las terrazas más altas.

Pero la ciudad está limpia respecto a las otras ciudades palestinas. Quizás las casas, tan pegadas unas a otras, o el hecho de que todas tengan patios y jardines cultivados, ha sido lo que ha contribuido a enseñar a los habitantes a no arrojar basura a las calles, sino a reunirla, junto con las suciedades animales, en estercoleros ya dispuestos para ello, y así abonar los árboles y parterres… o quizás es un caso muy raro de orden. Las callecitas están limpias, secas por el sol, y no se encuentran esas poco graciosas exposiciones de desechos de verduras, sandalias rotas, trapos sucios, excrementos y cosas semejantes, que se ven en la propia Jerusalén, en cuanto una calle es un poco periférica.

Pero está llegando el primer labriego. Vuelve de su trabajo a lomos de un borrico gris. Como defensa contra las moscas, el hombre ha puesto toda una gualdrapa de ramas de jazmín a su borrico, que va dando trotecillos y meneando las orejas y los cascabeles en medio de la ondeante y perfumada cubierta de ramas. El hombre mira y saluda. El joven dice:

-Ven a la plaza grande, para oír al Rabí que está en mi casa»

También un rebaño de ovejas. Invade la calle, encanalándose en ella proveniente de una placita allende la cual se ve la campiña como fondo. Van encajonadas unas con otras, metiendo las pezuñitas en los mismos sitios que las otras; todas con la cabeza agachada, como si fueran cabezas demasiado pesadas para el cuello delgado en relación al cuerpo obeso; trotando con su paso extraño y sus cuerpos regordetes que parecen fardos apoyados en cuatro estacas… Jesús, Juan y Pedro, hacen lo mismo que el hombre que está con ellos y se pegan contra la pared caliente de una casa para dejarlas pasar. Un hombre y un mozalbete siguen al rebaño. Miran y saludan. El joven dice:

-Meted las ovejas en el aprisco y venid a la plaza grande con vuestros parientes. Tenemos con nosotros al Rabí de Galilea. Nos habla.

Y también la primera mujer que sale, rodeada de una nidada de hijos, para ir quién sabe a dónde. El joven dice:
-Ven con Juan y los hijos a oír al Rabí que llaman Mesías.

Las casas se van abriendo al caer de la tarde, y permiten ver fondos verdes de jardines, o serenos patios en que las palomas comen su última comida. El joven introduce la cabeza en cada una de las puertas abiertas y grita: ¡Venid a oír al Rabí, el Señor!

Aparecen, en fin, en una calle recta, la única recta en esta ciudad, que no se ha construido como habría querido, sino como han querido las palmeras o los robustos árboles de pistachos, sin duda centenarios, y respetados como a ciudadanos ilustres por los vecinos, que a ellos deben el no morir de insolación. Y se ve, en el fondo, una plaza en que hacen de columnas los troncos de numerosas palmas: parece una de esas salas hipóstilas de templos y palacios antiquísimos, hechas de un amplio espacio colmado de columnas colocadas a distancias constantes para formar una selva de piedra que sujete el techo. Aquí las palmeras hacen de columnas, y, siendo muchas y bien juntas, forman, con las hojas que se besan, un techo de esmeralda para la blanca plaza, en medio de la cual hay una alta y cuadrada fuente colmada de aguas cristalinas que brotan de una columnita situada en el centro de la taza, que caen en pilas más bajas, donde pueden beber los animales. En este momento las palomas, domésticas, pacíficas, la han tomado al asalto y beben o se mueven a ritmo de minué con sus patitas rosas en el borde más alto; o se salpican las plumas, que brillan aumentando sus tornasoles por las gotas de agua suspendidas un instante de las barbas de las plumas.

Hay gente. También están los ocho apóstoles que habían ido a distintos sitios en busca de alojamiento, y cada uno ha juntado a sus fieles, deseosos de oír a Aquel que han indicado como el Mesías prometido. Los apóstoles, provenientes de todas las partes, acuden presurosos hacia el Maestro, y, como las cometas, arrastran tras sí a los grupitos de sus conquistas.

Jesús levanta la mano para bendecir a los discípulos y a los de Engadí.

Judas de Alfeo habla por todos:

-Maestro y Señor: Hemos hecho lo que nos dijiste. Éstos saben que hoy la Gracia de Dios está enmedio de ellos.

Pero desean también la Palabra. Muchos te conocen de oídas. Algunos porque te han visto en Jerusalén. Todos, especialmente las mujeres, querían verte, y el primero de todos el jefe de la sinagoga. Aquí está. Ven, Abraham.

El hombre, muy anciano (mucho), se acerca. Está emocionado. Querría hablar, hablar, pero, con la emoción que tiene, ya no encuentra ninguna palabra de las que se había preparado. Se inclina para arrodillarse apoyándose en su bastón, pero Jesús se lo impide y lo primero que hace es abrazarlo, luego dice:

-¡Paz al anciano y justo siervo de Dios! -y el otro, cada vez más emocionado, sólo sabe responder:

-¡Alabado sea Dios! ¡Mis ojos han visto al Prometido! ¿Qué más podría pedir a Dios? -y, levantando los brazos, con postura hierática, entona el salmo de David (el 40°): «"Esperé ansiosamente al Señor y Él se inclinó hacia mí"». Pero no lo dice entero. Recita los puntos más adecuados al acontecimiento:

«"Escuchó mi grito y me sacó del abismo de la miseria y del fango del pantano…
Puso en mi boca un canto nuevo.

Dichoso el hombre que ha puesto su esperanza en el Señor. Muchas cosas maravillosas has hecho, oh Señor Dios mío. Ninguno es comparable a ti en tus designios. Quisiera enunciarlos, manifestarlos, mas su número excede toda cuenta.

No has querido sacrificio ni oblación, pero has abierto mis oídos… (se emociona cada vez más).
Está escrito que debo hacer tu voluntad… Tu ley está en el centro de mi corazón.

He anunciado tu justicia en la gran asamblea. No, Tú sabes, Señor, que no he tenido mis labios cerrados.
No he escondido tu justicia dentro de mí, he proclamado tu verdad y la salvación que de ti viene…

Pero Tú, Señor, no alejes de mí tu compasión…
Desgracias sin fin (y ahora ya llora abiertamente, diciendo las palabras con voz aún más vieja y temblorosa a causa del llanto) me han envuelto…
Soy un mendigo, un necesitado, pero el Señor me cuida. Tú eres mi auxilio, mi protector, ¡oh Dios mío, no tardes!…".

-Éste es el salmo, mi Señor, y añado cosas mías: Dime: "Ven" y te responderé lo que dice el salmo: "¡Sí, voy!"».
Y guarda silencio, llorando, con toda la fe concentrada en sus ojos nublados por los años.

La gente explica:

-Se le ha muerto su hija y le ha dejado nietos de corta edad. Su mujer se ha quedado ciega y alelada por las muchas penas. Y de su único hijo varón no se sabe nada. Desapareció, sin más, de la noche a la mañana…
Jesús pone la mano encima del hombro del anciano y le dice:

-Los sufrimientos de los justos pasan veloces como las golondrinas, respecto a la duración del premio eterno.

Pero devolveremos a tu Sara los ojos que tenía y la mente de sus veinte años, para que dé consuelo a tu vejez.

-Se llama Paloma -observa uno del pueblo…
-Para él es su princesa. Mas ahora escuchad la parábola que os propongo…

-¿No vas a liberar antes de las tinieblas los ojos y la mente de mi mujer para que pueda también ella saborear la Sabiduría? -pregunta ansioso el viejo arquisinagogo.

-¿Eres capaz de creer que Dios lo puede todo, y que su poder va desde un mundo al otro?

-¡Sí, Señor! Recuerdo un atardecer de hace muchos años.

Entonces yo era feliz. Pero era creyente aun viviendo en la alegría. ¡Porque es así! El hombre mientras es feliz puede a lo mejor olvidarse de Dios. Yo creía en Dios incluso en aquel tiempo de alegría, cuando mi mujer era joven y estaba sana, y crecía mi Elisa, ya novia, una jovencita bonita como una palmera, y Eliseo la igualaba en hermosura y la superaba en fuerza, como es natural en el hombre… Yo había ido con el niño a las fuentes que están rayanas con las viñas de la dote de Paloma. Había dejado a mi mujer y a mi hija en los telares, donde se tejía el ajuar nupcial… Pero quizás te estoy aburriendo. El mísero sueña la pasada alegría recordando… pero a los demás no les interesa…

-¡Habla, habla!

-Había ido con el niño… Las fuentes… Si has venido por el camino de occidente, sabes dónde están… Las fuentes estaban en el límite del lugar bendito, y mirando se veía, en el fondo, el desierto, y el camino blanquecino por las piedras romanas (entonces todavía bien visibles en las arenas de Judá)… Después… se borró también aquella señal. Al fin y al cabo, no importa que una señal se pierda en las arenas. Lo que sí es una mala cosa es que se haya borrado la señal de Dios, enviada para señalarte, en los espíritus de Israel. ¡En demasiados espíritus!

Mi hijo dijo: "¡Padre! ¡Mira! Una gran caravana y caballos y camellos y pajes y señores en dirección a Engadí. Quizás vienen a las fuentes antes de que anochezca…". Levanté los ojos de los sarmientos que estaba trabajando, mis ojos cansados después de mucha vendimia, y vi… Sí, los hombres venían precisamente a las fuentes. Y bajaron y me vieron y preguntaron si podían acampar en ese lugar durante una noche.

"Engadí tiene casas hospitalarias, y está cerca" respondí.

"No. Estamos alerta para estar preparados para huir, porque nos busca Herodes. Los que estén de guardia desde aquí verán todos los caminos, y será fácil escaparnos de quien nos busca".

389- Llegada a Engadí con diez apóstoles

Los peregrinos, a pesar de estar cansados por una larga marcha, cubierta quizás en dos etapas, desde el ocaso a esta aurora, y por senderos ciertamente no fáciles, no pueden contener una exclamación de maravilla cuando, dejado atrás el último tramo del camino que va por una pendiente encendida de diamantes con el primer sol le la mañana, se encuentran abierto frente a ellas el panorama completo del Mar Muerto con sus dos orillas.

Mientras que la orilla occidental deja un pequeño espacio de llanura entre el Mar Muerto y la línea de los pequeños montes que, siendo poco altos, parecen la última ondulación de las cadenas de montes de Judea -una ondulación que ha avanzado hacia el litoral bajo desolado y se ha quedado allí, hermosa de vegetación, después de haber puesto el desierto desnudo entre sí y la primera cadena judía -, en la oriental los montes descienden casi a pico en el lecho del Mar Muerto. Se tiene verdaderamente la impresión de que la tierra, en una espantosa catástrofe telúrica, se haya derrumbado así, con un corte neto, dejando fallas, verticales al lago, por las cuales descienden torrentes más o menos ricos de aguas destinadas a evaporarse en sal en las sombrías y malditas aguas del Mar Muerto. Detrás, más allá del lago y del primer marco de montes, más y más montes, hermosos con el sol de la mañana. A1 norte, la entrada verde-azul del Jordán; al sur, montes que hacen de marco al lago.

Un espectáculo de grandeza solemne, triste, monitoria, en que se funden los graciosos aspectos de los montes y el sombrío aspecto del Mar Muerto, que parece recordar así lo que pueden el pecado y la ira del Señor. ¡Porque es tremenda una superficie de agua tan extensa y sin una vela, una barca, un ave, un animal, que lo surque o lo recorra en vuelo, o beba en sus orillas! Y, como contraste del aspecto punitivo del mar, los milagros del sol en las colinas y en las dunas, hasta en las arenas del desierto, donde los cristales de sal adquieren el aspecto de jaspes preciosos diseminados en la arena, en las piedras, en los tallos rígidos de las plantas desérticas, transformando todo en belleza, recubierto por el polvo diamantino esparcido sobre todas las cosas.

Y, aún más milagroso, el fértil aspecto de una meseta situada a unos cien o ciento cincuenta metros sobre el nivel del mar, espléndida con sus palmas y plantas y vides de todo tipo, donde fluyen aguas azules y se extiende una bonita ciudad rodeada de sus exuberantes campiñas. Parece, pasando la mirada desde el sombrío aspecto del mar; desde el aspecto desapacible de la orilla oriental, que muestra paz, desabrida paz, solamente en una lengua de tierra baja y verde que se adentra hacia el sureste en el mar; desde el aspecto desolado del desierto de Judea; desde el severo aspecto de los montes judíos… hasta éste, tan delicado, risueño, florido… parece como si terminara bruscamente una febril pesadilla para transformarse en una suave visión de paz.

-Aquella ciudad es Engadí, cantada por los poetas de nuestra Patria. ¡Admirad cuán bella es la región alimentada por aguas de gracia en medio de tanta desolación! Vamos a bajar a sumergirnos en sus jardines, porque todo es jardín allí: el prado, el bosque, las viñas. Es la antigua Jasasón Tamar, cuyo nombre hace referencia a sus hermosas palmas, bajo las cuales más hermoso aún era levantar las cabañas y cultivar la tierra y amarse y criar a los hijos y a los rebaños bajo el frufrú cantarín del follaje de las palmas. Es el oasis riente, resto, entre las otras tierras, del edén castigado por Dios; circundado, cual perla en un engaste, por senderos practicables sólo para las cabras y corzos, como está escrito en los Reyes; senderos en que se abren cavernas hospitalarias para los perseguidos cansados o abandonados.

Recordad a David, rey nuestro, y su bondad hacia Saúl, su enemigo. Es Jasasontamar, que es Engadí, la fuente, la bendita, la belleza, la ciudad desde donde atacaron los enemigos del rey Josafat y de los hijos del pueblo suyo, los cuales, desalentados, fueron confortados por Yajaziel, hijo de Zacarías, hablando en él el Espíritu de Dios. Y obtuvieron una gran victoria porque tuvieron fe en el Señor y merecieron ayuda por la penitencia y la oración que hicieron antes de la batalla. Es la ciudad cantada por Salomón como semejanza de las bellezas de la Bella entre las bellas. Es la ciudad mencionada por Ezequiel como una de las alimentadas por las aguas del Señor… ¡Vamos a bajar! Vamos a llevar el Agua viva, que del Cielo desciende, a la gema de Israel.

Y empieza a descender, casi corriendo, por un sendero tremendamente inclinado, todo vueltas, y zigzagues en el roquedo calcáreo rojizo, y que, en los puntos en que más se acerca al mar, va justo hasta el extremo del monte que enmarca a éste: un sendero que haría venirles el vértigo hasta a los más diestros montañeros. Los apóstoles sólo con dificultad siguen su paso; y los más viejos, cuando el Maestro se para ante las primeras palmas y viñas de la fértil meseta que canta con sus aguas cristalinas y con sus aves de todas las especies, están ya totalmente distanciados.

Ovejas blancas pacen bajo el susurrante techo de palmeras, de mimosas, de árboles balsamíferos, de árboles de pistachos, y de otros, que exhalan aromas delicados o penetrantes para fundirse con los de los rosales y del espliego en flor, de la canela, el cinamomo, la mirra, e1 incienso, el azafrán, los jazmines, lirios, muguetes, y de la flor de aloe, que aquí es gigante, y de los claveles, y de los benjuíes que exudan, junto con otras resinas, de los tajos hechos en los troncos. Verdaderamente es "el huerto cerrado, la fuente de jardín", ¡y frutas y flores y fragancias y belleza se alzan de todas las partes! No hay en Palestina un lugar tan hermosamente vasto y sincero como éste. Se comprenden, al mirarlo, muchas páginas de poetas de Oriente, cuando cantan las bellezas de los oasis como bellezas de paraísos desperdigados sobre la superficie de la Tierra.

Los apóstoles, sudorosos, pero maravillados, se juntan de nuevo con el Maestro y, en grupo, bajan, por un camino bien cuidado, hacia la orilla, a la que se llega después de pasar una serie de terrazas, todas cultivadas, a través de las cuales, con cascadas risueñas, descienden beneficiosas aguas a alimentar todos los cultivos hasta la llanura, que termina en la playa. A mitad de la pendiente, entran en la ciudad blanca, susurrante por las palmeras, olorosa por los rosales y las mil flores de sus jardines.

Buscan alojamiento, en nombre de Dios, en las primeras casas. Y las casas, benignas como la naturaleza, se abren sin vacilaciones, mientras los que en ellas viven preguntan que quién es «el profeta que parece el rey Salomón vestido de lino y radiante de belleza»…
Jesús, con Juan y Pedro, entra en una casita donde vive una viuda con su hijo. Los otros se dispersan acá o allá, después de la bendición del Maestro y el acuerdo de reunirse a la puesta del sol en la plaza más grande.

388- Exhortación a Judas Iscariote, que irá a Betania con Simón Zelote.

Deben haber proseguido en la noche de luna. Deben haberse detenido en alguna caverna, durante unas horas, para reanudar la marcha al alba. Están visiblemente cansados, por el difícil camino sobre rocas desmenuzadas y entre arbustos espinosos y lianas rasantes que apresan los pies. Guía la marcha Simón Zelote, que parece conocer muy bien el lugar y que se disculpa por la dificultad del camino, como si la dificultad dependiera de él.

-Ahora, cuando subamos de nuevo a esos montes que veis, iremos mejor, y os prometo abundante miel silvestre y aguas cristalinas también abundantes…

-¿Agua? ¡Me lanzo a ella! La arena me ha roído los pies como si hubieran caminado por sal, y me escuece toda la piel. ¡Qué lugares más malditos! ¡Se siente, sí, se siente que estamos cerca de los lugares castigados con el fuego del Cielo! Ha quedado en el viento, en la tierra, en las espinas. ¡En todo! -exclama Pedro.

-Sin embargo, eran lugares bellos tiempo ha. ¿Verdad, Maestro?

-Mucho. En los primeros siglos del mundo, eran un pequeño Edén. Fertilísimo el suelo, rico en manantiales que podían ser utilizados para muchos usos, manantiales ordenados sólo para producir cosas buenas. Luego… el desorden de los hombres pareció pasar a los elementos. Y fue la ruina. Los sabios del mundo pagano explican de muchas maneras e1 terrible castigo. Pero de maneras humanas, y algunas veces con terror supersticioso. Y, sin embargo, habéis de creer que lo que quitó de los elementos el orden fue la voluntad de Dios, sólo la voluntad de Dios.

Entonces, los elementos del cielo llamaron a los de las profundidades, se estremecieron, arremetieron los unos contra los otros por un maléfico torbellino; los rayos encendieron el betún esparcido desordenadamente por las venas del suelo abiertas. Y fuego proveniente de las entrañas de la tierra y en la tierra, y fuego del cielo para alimentar el de la tierra y para abrir, con las espadas de los rayos, nuevas heridas en la tierra que temblaba con convulsión espantosa, quemó, destruyó, consumió muchos estadios de un lugar que antes era un paraíso, e hizo de él el infierno que veis y en el cual no puede haber vida.
Los apóstoles escuchan atentamente…

Bartolomé pregunta:
-¿Crees que, si se pudiera eliminar la capa de las aguas profundas, en el fondo del Mar Grande encontraríamos restos de las ciudades castigadas?

-Sin duda. Y casi intactas, porque el espesor de las aguas forma a manera de argamasa para las ciudades sepultadas. Y mucha arena ha vertido sobre ellas el Jordán. Y están doblemente sepultadas, para que no vuelvan a renacer: símbolo de aquellos que, obstinados en el pecado, están inexorablemente sepultados por la maldición de Dios y por el despotismo de Satanás, al que con tanto frenesí han servido durante su vida.

-¿Y aquí se refugió Matatías de Juan de Simeón, el justo asmoneo que es gloria, junto con sus hijos, de todo Israel?
-Aquí. Entre montes y desiertos. Y aquí reorganizó al pueblo y al ejército. Y Dios estuvo con él.

-Pero, al menos… A él le fue más fácil, ¡porque los Asideos fueron más justos que no los fariseos contigo!
-¡La verdad es que ser más justo que los fariseos es fácil! Más fácil que pinchar para este espino que se me ha agarrado a las piernas… ¡Mirad esto! -dice Pedro, que, escuchando, no ha mirado al suelo y se ha enredado en una maraña espinosa que le hace sangrar en las pantorrillas.
-En los montes hay menos espinos. ¿Ves como ya están disminuyendo? -dice Simón de Zelote para consolar.
-¡Mmm! Conoces muy bien…

-He vivido aquí proscrito y perseguido…
-¡Ah! ¡Bueno, entonces!…
Efectivamente, los pequeños montes se visten de un verde menos molesto, aunque tienen poca sombra y hierbas poco altas (pero olorosísimas, y tachonadas de flores, como una alfombra de colores). Un sinfín de abejas allí se sacian, y luego van a las cavernas que hay en las laderas montanas, y allí, debajo de colgantes cortinas de hiedras: madreselvas, depositan la miel en colmenas naturales.

Simón Zelote va a una caverna y sale con panales de miel de oro; a otra, y a otra más, hasta que tiene para todos; y ofrece al Maestro y a los amigos, que comen con gusto la dulce y filamentosa miel.

-¡Si hubiera pan! ¡Qué buena está! -dice Tomás.
-Sin pan, también está buena. Mejor que las espigas filisteas. Y… esperemos que ningún fariseo venga a decirnos que no podemos comerla! -dice Santiago de Zebedeo.

Van comiendo así, y llegan a una cisterna donde vierten sus aguas algunos regatos, para ser dirigidas luego no sé a dónde. El agua que rebosa sale del depósito por la bóveda de la roca en que está excavada la cisterna. Estando protegida del sol y de las impurezas, es fresca y cristalina. Cayendo luego, forma como un laguito minúsculo en la roca silícea y negruzca. Con visible placer, los apóstoles se quitan sus ropas y, por turnos, se zambullen en la piscina inesperada. Pero antes han querido que disfrutara del agua Jesús, «para luego ser santificados en el cuerpo» dice Mateo.

Reanudan la marcha, refrescados pero con más hambre que antes; y los más hambrientos, además de comerse la miel, mordisquean unos tallos de hinojo silvestre y otros vástagos comestibles cuyos nombres desconozco.

La vista es bella desde los rellanos elevados de estos originales montes, a los que parece se les hubiera decapitado la cima de un espadazo. Retazos de otros montes verdes y de llanuras fértiles se ven al sur, y también algún fragmento de horizonte del Mar Muerto, bien visible al este, con los montes lejanos de la otra orilla vaporosos por una niebla de livianas nubes que surgen del sudeste; al norte, cuando se muestra entre crestas de montes, se ve el verde lejano de la llanura jordánica; al oeste, los altos montes de Judea.

E1 sol empieza a quemar y Pedro sentencia que «aquellas nubes en los montes de Moab son señal de calor fuerte».
-Ahora vamos a bajar al valle del Cedrón. Es umbroso… -dice Simón.

-¿El Cedrón? ¿Cómo es que hemos llegado tan pronto al Cedrón?

-Sí, Simón de Jonás. Ha sido un camino áspero, pero ¡cuánto ha abreviado el trayecto! Yendo por su valle, pronto se llega a Jerusalén -explica el Zelote.

-Y a Betania… "Debería enviar a algunos de vosotros a Betania, para decir a las hermanas que lleven a Egla a casa de Nique. Me lo ha pedido con mucha insistencia. Y es una petición justa. La viuda sin hijos tendrá un santo amor. La niña sin padres tendrá una madre verdaderamente israelita, que la educará en nuestra antigua fe y en la mía. Quisiera ir Yo también… Descanso de paz para el espíritu afligido… En la casa de Lázaro el corazón de Cristo encuentra amor, sólo amor… ¡Pero es largo el viaje que quiero hacer antes de Pentecostés!

-Mándame a mí, Señor. Y, conmigo, a alguno que tenga buenas piernas. Iremos a Betania; luego subo a Keriot y allí nos encontramos -dice, entusiasta, Judas Iscariote. Los otros, sin embargo, ante la expectativa de ser elegidos para ese viaje que los separaría del Maestro, no se muestran de ninguna manera entusiastas.

Jesús piensa. Y mientras piensa mira a Judas. Duda si consentir. Judas insta:

-¡Sí, Maestro! ¡Di que si! ¡Dame esta satisfacción!…
-Judas, eres el menos indicado de todos para ir a Jerusalén.

-¿Por qué, Señor? ¡La conozco mejor que ningún otro!
-¡Es precisamente por eso!… No sólo la conoces. Penetra en ti más que en ningún otro.

-Maestro, te doy mi palabra de que no me detendré en Jerusalén, y de que no veré a ninguno de Israel, por propia voluntad… Pero, déjame ir. Te precederé en Keriot y…

-¿Y no vas a hacer presiones para darme honores humanos?
-No, Maestro. Lo prometo.
Jesús piensa aún.
-¿Por qué, Maestro, titubeas tanto? ¿Tanto desconfías de mí?

-Eres un débil, Judas. En cuanto te alejas de la Fuerza, caes. ¡Estás siendo tan bueno desde hace una temporada…!

¿Por qué quieres turbarte a ti y causarme dolor a mí?
-¡Que no, Maestro, que no quiero eso! ¡Día llegará en que tendré que estar sin ti, ¿no?! ¡Y entonces? ¿Cómo voy a afrontarlo, si no me he preparado?

-Judas tiene razón -dicen varios.

-¡Bien, de acuerdo!… Ve. Ve con Santiago, mi hermano.
Los otros respiran de alivio. Santiago suspira de pena, pero dócilmente dice:

-¡Sí, mi Señor! Bendícenos y nos pondremos en marcha.
Simón Zelote tiene compasión de su pena y dice:

-Maestro, los padres sustituyen gustosamente a sus hijos para darles una alegría. Yo a éste lo he tomado, junto con Judas, como a hijo. El tiempo ha pasado, pero mi pensamiento sigue siendo el mismo. Acoge mi petición…

Mándame a mí con Judas de Simón. Soy viejo, pero resistente como un joven, y Judas no tendrá motivo de queja conmigo.

-¡No, no es justo que te sacrifiques tú separándote del Maestro en mi lugar! Ciertamente para ti es un dolor no ir con Él… -dice Santiago de Alfeo.

-El dolor se mitiga con la alegría de dejarte a ti con el Maestro. Después me contarás lo que hicisteis… Por otra parte… voy de buen grado a Betania… -termina el Zelote como queriendo disminuir el valor de su ofrecimiento.

-Bien. Iréis vosotros dos. Entretanto, vamos a seguir hasta aquel pueblecito. ¿Quién sube a buscar pan en nombre de Dios?
-¡Yo! ¡Yo!
Quieren ir todos.

Pero Jesús retiene a Judas de Keriot. Una vez que todos se han alejado, Jesús lo toma las manos y le habla cara a cara, verdaderamente cara a cara. Parece como si quisiera transfundirle su pensamiento, sugestionarle hasta el punto de que Judas no pudiera tener otros pensamientos sino los que Jesús quiere.

-Judas… ¡No te dañes a ti mismo! ¡No te dañes, Judas mío! ¿No te sientes más tranquilo y feliz desde hace una temporada, libre de los potentes tentáculos de tu peor yo, de ese yo humano que es juguete tan fácil de Satanás y del mundo? ¡Sí, sí que te sientes así! Pues protege tu paz, tu bienestar. No te perjudiques, Judas. Yo leo en ti. ¡Estás en un momento tan bueno…!

¡Ah, si pudiera, si pudiera, a costa de toda mi sangre, mantenerte así, destruir el último baluarte en que anida un gran enemigo para ti, y hacerte todo espíritu, inteligencia espiritual, amor espiritual, espíritu, espíritu!

Judas, frente a frente, cara a cara con Jesús, las manos en sus manos, está casi aturdido. Susurra:

-¿Perjudicarme? ¿Ultimo baluarte? ¿Pero cuál?…

-¿Cuál?! Tú lo sabes. ¡Sabes con qué te perjudicas! Cultivando pensamientos de grandeza humana, y amistades que supones útiles para proporcionarte esta grandeza.

Créeme: Israel no te ama. Te odia, como me odia a mí y como odia a quienquiera que pueda tener aspecto de posible triunfador. Y tú, precisamente porque no ocultas tu pensamiento de querer serlo, eres odiado. No creas en sus engañosas palabras, ni en sus preguntas falaces, hechas con la disculpa de interesarse en lo que piensas para ayudarte.

Merodean a tu alrededor para hacer daño, para saber y hacer daño. Y no te ruego por mí, sino por ti, por nadie más. Yo, aunque sea blanco de la iniquidad, seré siempre el Señor. Podrán torturar la carne, matarla; más no. ¡Pero tú! ¡Pero tú! A ti te matarían el alma…

¡Evita la tentación, amigo mío! ¡Dime que vas a evitarla! ¡Da a tu pobre Maestro perseguido, afligido, esta palabra de paz!

Lo tiene ahora tomado entre sus brazos y le está hablando junto al oído, su cara arrimada a la de Judas, y sus cabellos de oro oscuro se mezclan con los espesos rizos morenos de Judas.

-Yo sé que tengo que padecer y morir. Sé que mi única corona será la del mártir. Sé que mi única púrpura será la de mi Sangre. Para esto he venido. Porque por este martirio redimiré a la Humanidad, y el amor me impulsa desde un tiempo sin límites a esta acción. Pero quisiera que ninguno de los míos se perdiera.

¡Oh, amo a todos los hombres, porque llevan en sí la imagen y semejanza de mi Padre, el alma inmortal que Él ha creado!

Pero vosotros, vosotros amados con predilección, vosotros sangre de mi Sangre, niña de mis ojos, ¿perderos?, ¡no, no! ¡Que no habrá tortura semejante a ésta -ni Satanás que clavara en mí sus armas ardientes de azufres infernales, y me mordiera, me estrujara, él, el Pecado, el Horror, la Repugnancia -, no habrá tortura semejante a ésta para mí: la de un elegido mío que se pierda…!

¡Judas, Judas, Judas mío! ¿Quieres que pida al Padre sufrir tres veces mi horrenda Pasión, y que de estas tres dos sean para salvarte solamente a ti? Dímelo, amigo, y lo haré. Diré que se multipliquen hasta el infinito mis sufrimientos por esto. Te amo, Judas. Mucho te amo. Y querría, querría darte a mí mismo, hacerte ser Yo mismo, para que te salvaras por ti mismo…

-No llores, no digas eso, Maestro. Yo también te amo. Yo también me ofrecería a mí mismo para verte fuerte, respetado, temido, triunfante. No te amaré con perfección… No pensaré con perfección… Pero todo lo que soy lo uso, quizás abusando, por el ansia de verte amado. Pero te juro, te juro por Yeohveh, que no trataré con escribas, ni fariseos, ni saduceos, ni judíos, ni sacerdotes. Dirán que estoy loco. Pero no me importa. Me basta con que Tú no estés afligido por mí. ¿Estás contento? Un beso, Maestro, un beso como tu bendición,
como tu protección.

Se dan un beso y se separan, mientras los otros regresan raudos colina abajo agitando hogazas grandes y quesos frescos. Se sientan en la hierba verde de las laderas y se reparten la comida contando que han sido bien recibidos, porque en las pocas casas que hay hay gente que conoce a los pastores-discípulos y se muestra propicia al Mesías.

-No hemos dicho que estabas, porque si no… -termina Tomás.

-Trataremos de pasar por aquí alguna vez. No se debe desatender a ninguno -responde Jesús.

La comida termina. Jesús se pone en pie y bendice a los dos que van a Betania, y que no esperan a que caiga la tarde para reanudar el camino, dado que el valle es umbroso y tiene agua fresca. Jesús y los diez que quedan se echan en la hierba y descansan en espera de la puesta del sol para volver hacia el camino de Engadí y Masada, como oigo que dicen los que se han quedado.

387- En Guilgal. El mendigo Ogla y los escribas tentadores. Los apóstoles comparados con las doce piedras del prodigio de Josué

No sé cómo será ahora Guilgal. En este momento en que entra Jesús, es como una de las tantas ciudades palestinas. Bastante poblada, construida sobre un collado poco alto y cubierto, por lo general, de viñas y olivos.

Pero el sol domina tanto aquí, que también los cereales pueden encontrar un lugar, sembrados al azar, bajo los árboles o entre las hileras de vides; y maduran, a pesar de las frondas, porque los tuesta bien este sol que ya evoca el cercano desierto.

Polvo, rumor de voces, suciedad, confusión de día de mercado. Y, como el destino, inexorables, los consabidos escrupulosos fariseos y escribas, que con vistosos gestos polemizan y conversan con aire de sabios en el mejor ángulo de la plaza, y que fingen no ver a Jesús, o no conocerlo.

Jesús continúa recto. Va a comer a una placita secundaria, casi de la periferia, toda umbrosa debido al entrelazado de ramas que forman los árboles (árboles de todo tipo). Mi impresión es que se trata de una parte de monte incluida hace poco en el poblado y que conserva todavía ese recuerdo de su estado natural.

E1 primero que se acerca a Jesús, que está comiendo pan y aceitunas, es un hombre andrajoso. Pide un poco de pan. Jesús le da el suyo y todas las aceitunas que tiene en la mano.

-¿Y Tú? Ya sabes que no tenemos cuartos, ¿no?… -observa Pedro.
-Hemos dejado todo a Ananías…
-No importa. No tengo hambre. Sed, sí…

El mendigo dice:
-Aquí detrás hay un pozo. Pero, ¿por qué me has dado todo? Podías haberme dado la mitad de tu pan… Si no te da asco tomarlo de nuevo…

-Come, come. Puedo pasar sin él. Pero, para quitarte esa sospecha de que tengo asco de ti, dame con tus manos un solo bocado; me lo comeré para ser tu amigo…
El hombre, de rostro triste y deslucido, se reviste de la belleza de una sonrisa de admiración, y dice:

-¡Es la primera vez, desde que soy el pobre Ogla, que uno me dice que quiere ser amigo mío! -y da el pedazo de pan a Jesús. Y pregunta: « ¿Quién eres? ¿Cómo te llamas?».
-Soy Jesús de Nazaret, el Rabí de Galilea.

-¡Ah!… He oído por otros hablar de ti… Pero… ¿no eres el Mesías?..

-Lo soy.

-Y Tú, el Mesías, ¿eres tan bueno con los mendigos? El Tetrarca manda a sus siervos que nos peguen si nos encuentra en su camino…

-Yo soy el Salvador. No pego. Amo.
El hombre lo mira muy fijamente. Luego empieza a llorar lentamente.
-¿Por qué lloras?
-Porque… querría ser salvado… ¿Ya no tienes sed, Señor? Te llevaría hasta el pozo y hablaría contigo…

Jesús intuye que el hombre quiere confesar algo. Se levanta y dice:
-Vamos.
-¡Voy yo también! -reacciona Pedro.
-No. Además… vuelvo enseguida… Y debemos sentir estima por los que se arrepienten.

Va con el hombre detrás de una casa a partir de la cual ya empiezan los campos.

-Allí está el pozo… Bebe y luego escúchame.
-No, hombre. Vierte antes en mí tu preocupación… Luego beberé-Quizás hallo una fuente aún más dulce que el agua del suelo para mi sed.
-¿Cuál, Maestro?

-Tu arrepentimiento. Vamos debajo de aquellos árboles. Aquí las mujeres nos observan. Ven -y le pone la mano en el hombro y lo mueve hacia una espesura de olivos.
-¿Cómo sabes que tengo culpas y que estoy arrepentido?
-¡Habla, hombre! Y no tengas miedo de mí.

-Señor… Éramos siete hermanos de un solo padre, pero yo había nacido de la mujer con que mi padre se había casado cuando se quedó viudo. Y los otros seis me odiaban. Mi padre, al morir, dividió entre todos por igual. Pero, una vez fallecido, sobornando a los jueces, los seis me despojaron de todo y nos expulsaron a mí y a mi madre con acusaciones infames. Ella murió cuando yo tenía dieciséis años… Murió a causa de la penuria… Desde entonces no he tenido a nadie que me amara… -llora con ahogo.

Toma nuevas fuerzas y continúa:

-Los seis, ricos y felices, prosperaban sirviéndose también de lo mío, y yo me moría de hambre, porque me había puesto enfermo asistiendo a mi agotada madre… Pero Dios los castigó, uno a uno. Los maldije tanto, los odié tanto, que se abatió sobre ellos el maleficio. ¿Hice mal? Sí, sin duda. Lo sé. Y lo sabía.

Pero, ¿cómo podía no odiarlos y maldecirlos? El último, que en realidad era el tercero, resistía contra todas las maldiciones; es más, prosperaba con los bienes de los otros cinco, que había tomado: legítimamente respecto a los tres más pequeños, que habían muerto sin dejar mujer, casándose con la mujer del primogénito, que había muerto sin dejar hijos; fraudulentamente respecto al segundo, habiendo adquirido, con engaños y préstamos, de la viuda y de los huérfanos, buena parte de los bienes del padre.

Y, cuando me encontraba de casualidad en los mercados a donde yo iba, como siervo de un rico, a vender alimentos, me insultaba y me pegaba… Una noche me encontré con él… Yo estaba solo; él también, y un poco embriagado de vino… yo, embriagado de recuerdos y odio… Habían pasado diez años desde el día en que había muerto mi madre… Me insultó, e insultó a la muerta… La llamó "perra inmunda" y a mí me llamó "hijo de hiena…".

Señor… si no hubiera tocado a mi madre… habría soportado. Pero la insultó… Lo agarré por el cuello.

Luchamos… Quería solamente pegarle… Pero resbaló y cayó al suelo… y la tierra estaba cubierta de hierba resbaladiza, en pendiente… y abajo había un barranco y un torrente… Rodó -estaba borracho -, y cayó… Después de tantos años, todavía lo buscan… Pero está debajo de las rocas y de la arena de uno de los torrentes del Líbano.

Yo no volví donde mi patrón. Y él no volvió a Cesárea Paneas. Yo me alejé, sin paz… ¡La maldición de Caín! Miedo a la vida… miedo a la muerte… Enfermé… Y luego… oí hablar de ti… Pero tenía miedo… Decían que veías el interior de los corazones. ¡Y son tan malos los rabíes de Israel!… No conocen la piedad… Tú, Rabí de los rabíes, eras mi terror… Y huía de ti. Y, no obstante, querría ser perdonado…

Llora echado en el suelo…
Jesús lo mira y susurra:

-¡Carguemos sobre mí también estos pecados!… ¡Hijo!

Escucha. Yo soy la Piedad, no el terror. También he venido para ti. No te acobardes ante mí… Soy el Redentor.

¿Quieres ser perdonado? ¿De qué?

-De mi delito. ¿Me lo preguntas? He matado a mi hermano.

-Has dicho: "Quería sólo pegarle", porque en ese momento te sentías herido y airado. Lo hacías como el respirar: espontáneamente. El odio y la maldición, la alegría cuando veías su castigo era tu pan espiritual, ¿no es verdad?

-Sí, Señor. Mi pan durante diez años.

-Pues bien, en realidad tu mayor delito lo empezaste desde el momento en que odiaste y maldijiste. Eres seis veces homicida de tus hermanos.

-Pero Señor, me habían arruinado y odiado… Y mi madre había muerto de hambre…
-¿Quieres decir que tenías razón en vengarte?
-Sí. Quiero decir esto.

-No tienes razón. Para castigar estaba Dios, tú debías amar. Y Dios te habría bendecido en la Tierra y en el Cielo.

-¿Entonces ya no me va a bendecir nunca?

-El arrepentimiento atrae de nuevo la bendición. ¡Pero, cuánto dolor, cuanta angustia te has causado con tu odio! Mucho más de cuanto te causaban tus hermanos…

-¡Es verdad! ¡Es verdad! Un horror que dura ya desde hace veintiséis años. ¡Perdóname en nombre de Dios! Tú eres testigo de mi dolor por el pecado. No pido nada para mi vida. Soy un mendigo y un enfermo. Quiero seguir así y sufrir y expiar.

¡Pero dame la paz de Dios! He hecho sacrificios en el Templo, padeciendo hambre para acumular la suma para el holocausto. Pero no podía manifestar mi delito, y no sé si habrá sido grato mi sacrificio.

-Nulo. Aunque todos los días hubieras ofrecido uno, ¿de qué te servía, cuando lo inmolabas con falsedad? El rito que no va precedido de una sincera confesión del pecado es supersticioso e inútil. Una culpa añadida a otra culpa, y; por tanto, aún más que inútil. Ofrenda sacrílega. ¿Qué le decías al sacerdote?

-Decía: "Quiero expiar, porque he pecado por ignorancia haciendo cosas que el Señor ha prohibido". Yo pensaba: "Sé en qué he pecado, y Dios también lo sabe. Pero al hombre no le puedo hablar con claridad. Dios, que ve todo, sabe que pienso en mi pecado".

-Restricciones mentales, escapatorias indignas. El Altísimo odia estas cosas. Cuando se peca, se expía. No lo vuelvas a hacer.

(Nota: la restricción mental a veces es necesaria y la Iglesia la admite, como aquel sacerdote perseguido que preguntado si era sacerdote, para fusilarlo, respondió:

¡No, soy presbítero!… y se escapó. En el caso que Jesús reprueba, el mendigo, en confesión, ante el sacerdote, no debía haber usado la restricción mental, sólo lícita cuando el que nos pregunta no tiene derecho a saber la verdad: el médico que es preguntado, imprudente y maliciosamente sobre la enfermedad de su enfermo, el abogado sobre la causa que defiende, el profesor sobre el examen que pondrá, el sacerdote sobre la confesión de un penitente, etc.)

-No, Señor. ¿Y seré perdonado? ¿O debo ir a confesar todo? ¿Pagar con la vida la vida que tomé? Me basta morir con el perdón de Dios.

-Vive para expiar. No podrías devolver el marido a la viuda, ni el padre a los hijos… ¡Antes de matar, antes de dejar que el odio se haga nuestro amo, habría que pensar! Pero levántate, y camina por la nueva vía.

Encontrarás en tu camino a algunos discípulos míos. Ellos recorren los montes de Judea, si vas de Tecua a Belén, y más allá, hacia Hebrón. Diles que te manda Jesús y que dice que antes de Pentecostés subirá hacia Jerusalén, pasando por Betsur y Béter. Pregunta por Elías, José, Leví, Matías, Juan, Benjamín, Daniel, Isaac. ¿Te acordarás de estos nombres? Dirígete especialmente a ellos. Ahora vamos…

-¿Y no bebes?

-He bebido tu llanto. ¡Un alma que vuelve a Dios! No hay para mí refrigerio mejor.

-¿Entonces estoy perdonado? Dices: "Vuelve a Dios"…
-Sí. Estás perdonado. Y no vuelvas a odiar nunca.

El hombre se agacha de nuevo, porque se había puesto de pie, y besa los pies de Jesús.

Vuelven donde los apóstoles y los encuentran disputando con algunos escribas.

-Ahí está el Maestro. Él os puede responder y decir que sois pecadores.

-¿Qué sucede? -pregunta Jesús, con un saludo deferente que no halla respuesta.

-Maestro, nos están humillando con preguntas y burlas…
-Soportar las molestias es obra de misericordia.

-Pero te están ofendiendo a ti. Te hacen objeto de burla… y la gente titubea. ¿Ves? Habíamos logrado reunir a unas personas… ¿Ahora quién queda? Dos o tres mujeres…

-¡No, no, tenéis también a un hombre, a un hombre repugnante!¡Y es demasiado incluso para vosotros! Sólo una cosa, Maestro:

¿No te parece que te contaminas demasiado, Tú que dices siempre que te estremecen las cosas inmundas? -dice con mofa un escriba joven, señalando al mendigo que está al lado de Jesús.

-Éste no es inmundicia. Esta miseria no me estremece. Éste es "el pobre". El pobre no repugna. Su miseria debe solamente abrir el alma a sentimientos de piedad fraterna.

Lo que me estremece son las miserias morales de los corazones hediondos, de las almas harapientas, de los espíritus llagados.

-¿Y Tú sabes si él no es de éstos?

-Sé que cree y espera en Dios y en su misericordia, ahora que la ha conocido.

-¿Conocido? ¿Y dónde vive? Dilo, para ir también nosotros a ver su rostro. ¡Ja, ja! ¡El Dios terrible, al que Moisés no se atrevía a mirar, debe tener un rostro no poco terrible incluso en la misericordia, aún cuando se hubiera suavizado su rigor después de tantos siglos! -rebate el joven escriba, y se ríe con una risa más opugnadora que una blasfemia.

-¡Yo, que te estoy hablando, soy la Misericordia de Dios! -grita Jesús, erguido e irradiando poder a través de sus ojos y su gesto.

No me explico cómo el otro no tiene miedo… De todas formas, aunque no huya, no se atreve a seguir haciendo sarcasmos y se calla, mientras otro lo reemplaza:

-¡Oh, cuántas palabras inútiles! Nosotros quisiéramos sólo poder creer. No pediríamos nada mejor. Pero para creer hay que tener pruebas. Maestro, ¿sabes lo que es Guilgal para nosotros?

-¿Me crees un ignorante? -dice Jesús. Y, tomando tono de salmo, lento, un poco espacioso, empieza: «"Y Josué, habiéndose alzado antes del alba, levantó el campamento. Partieron de Setim él y todos los hijos de Israel, y llegaron al Jordán, donde se detuvieron tres días, al final de los cuales los heraldos recorrieron el campamento gritando:

“Cuando veáis el Arca de la Alianza del Señor Dios vuestro y a los sacerdotes de la estirpe de Leví llevándola, partid también vosotros y seguidlos. Pero entre vosotros y el Arca ha de haber un trecho de dos mil codos, para que podáis ver desde lejos y distinguir el camino por donde debéis andar, pues no habéis pasado nunca y…"'».

-¡Basta, basta! Sabes la lección. Ahora bien, nosotros querríamos de ti, para creer, un milagro igual. En el Templo, en la Pascua, nos quedamos maravillados por la noticia que traía un barquero de que habías calmado la corriente del río crecido. Pues bien, si por un hombre cualquiera hiciste tanto, por nosotros -mucho más que un hombre -baja al Jordán con los tuyos y atraviésalo a pie enjuto, como Moisés el Mar Rojo, y Josué en Guilgal.

¡Animo! Los sortilegios sirven sólo para los ignorantes. A nosotros no nos seducirá tu nigromancia, aunque conozcas -y esto es sabido -los secretos de Egipto y las fórmulas mágicas.

-No tengo necesidad de ello.

-Bajemos al río y creeremos en ti.

-¡Está escrito: "No tientes al Señor tu Dios"!

-¡Tú no eres Dios! Eres un pobre loco. Eres un agitador de las masas ignorantes. Con ellas es fácil, porque Belcebú está contigo. Pero con nosotros, adornados con los distintivos del exorcismo, eres menos que nada -zahiere un escriba.

-¡No lo ofendas! Ruégale que nos complazca. De esa forma que usas se deprime y pierde el poder. ¡Ánimo, Rabí de Nazaret! Danos una prueba y te adoraremos -dice, serpentino, un viejo escriba, y con sus lisonjas sinuosas es más enemigo que los otros con su abierta saña.

Jesús lo mira. Luego se vuelve hacia el suroeste y abre los brazos extendiéndolos hacia delante. Dice:

-Allí está el desierto de Judá, y allí me propuso el Espíritu del Mal que tentara al Señor mi Dios. Y le respondí: "¡Aléjate, Satanás! Está escrito que sólo a Dios hay que adorar, y no tentarlo, y ha de seguírsele por encima de la carne y la sangre". Lo mismo os digo a vosotros.

-¿Nos estás llamando Satanás a nosotros? ¿A nosotros? ¡Ah! ¡Maldito! -y, pareciendo más unos gamberros que doctores de la Ley, echan mano a las piedras que hay diseminadas por el suelo con intención de lanzárselas, y gritan:

«¡Vete! ¡Vete! ¡Maldito para siempre!».

Jesús los mira, sin miedo. Les paraliza el sacrílego gesto. Recoge su manto y dice: -¡Vamos! Hombre, tú ve delante de mí -y vuelve hacia el pozo, hacia el olivar de la confesión, y se adentra en la espesura… Y baja la cabeza, abatido, con dos lágrimas incontenibles que desde las pestañas ruedan por su pálido rostro.

Llegan a un camino. Jesús se para y dice al mendigo:
-No puedo darte dinero. No tengo. Te bendigo. Adiós. Haz lo que te he dicho.
Se separan…

Los apóstoles están afligidos. No hablan. Se miran de reojo… Jesús rompe el silencio reanudando el tono de salmo interrumpido por el escriba:

-"Y el Señor dijo a Josué: Toma a doce hombres, uno por cada tribu, y diles que saquen del medio del Jordán, donde han pisado los pies de los sacerdotes, doce durísimas piedras; y las erigiréis en el lugar de los campamentos, donde vais a montar las tiendas esta noche”.

Y Josué, habiendo convocado a doce hombres elegidos entre los hijos de Israel, uno por cada tribu, les dijo: “Id delante del Arca del Señor Dios vuestro al medio del Jordán y sacad de allí, cargadas sobre vuestros hombros, cada uno una piedra, según el número de los hijos de Israel, para hacer con ellas un monumento en medio de vosotros. Y cuando, en el futuro, vuestros hijos os pregunten: ¿Qué significan estas piedras?, respondedles:

Las aguas del Jordán desaparecieron delante del Arca de la Alianza del Señor, que las cruzaba, y estas piedras fueron colocadas como eterno monumento de los hijos de Israel”.

Levanta la cabeza (la tenía bajada). Recorre con su mirada a los doce, que a su vez lo miran. Dice con otra voz, su voz de los momentos de mayor tristeza:

-Y el Arca penetró en el río. Y no las aguas, sino los cielos se abrieron, por respeto al Verbo, que estaba dentro de ellas santificándolas más que cuando el Arca se detuvo en el lecho del río. Y el Verbo ha elegido para sí doce piedras. Durísimas. Porque tienen que durar hasta el fin del mundo. Y porque tienen que servir de fundamentos al Templo nuevo y a la Jerusalén eterna. Doce. Recordadlo.

Éste debe ser el número. Y luego escogió otras doce para un segundo testimonio. Los primeros pastores y Abel el leproso y Samuel el tullido, los primeros curados… y agradecidos… ¡Durísimas también, porque habrán de resistir los golpes de Israel, que odia a Dios!… ¡Que odia a Dios!…

¡Qué voz tan afligida y mortecina, casi blanca, la de Jesús llorando por la dureza de Israel!
Prosigue:

-“En el río los siglos y el hombre desparramaron las piedras-recuerdo… En la Tierra, el odio desparramará a mis doce. En las orillas del río, los siglos y los hombres han destruido el altar-recuerdo… Las primeras y las segundas piedras, habiendo servido para todos los usos por el odio de los demonios - que no están sólo en el infierno, sino también dentro de los hombres - ya no se reconocen.

Algunas sirvieron incluso para matar. ¿Y quién me asegura que entre las piedras alzadas contra mí no había fragmentos de las piedras durísimas elegidas por Josué?

¡Durísimas! ¡Enemigas! ¡Oh, durísimas! También entre los míos habrá quienes, diseminados, harán de acera para los demonios que marcharán contra mí… y se harán piedras para herirme… y ya no serán piedras elegidas… sino diablos… ¡Oh, Santiago, hermano mío! Israel es durísimo con su Señor! - y, una cosa que nunca he visto, Jesús, abatido por no sé qué imponente desconsuelo, se apoya sobre el hombro de Santiago de Alfeo y lo abraza llorando..

386- Hacia la orilla occidental del Jordán

Jesús está de nuevo en camino. Ha dado la espalda al norte y ahora bordea los meandros del río en busca de alguien que lo pase a la otra orilla. Está acompañado de los suyos, que evocan los acontecimientos de los pocos días pasados en el pueblecito y en la casa de Salomón.

Según lo que entiendo, han estado allí hasta que se ha difundido entre los ambientes enemigos la voz de la presencia del Maestro en ese lugar; entonces, se han marchado, dejando al anciano Ananías, sereno en su pobreza ya no desconsolada, como custodio de la casita, ahora de nuevo en orden.

-Esperemos que los estados de ánimo permanezcan como al presente -dice Bartolomé.

-Si vamos y venimos como el Maestro dice, los mantendremos en esas disposiciones -responde Judas de Alfeo.

-¡Pobre anciano! Lloraba. Ha cogido cariño…

-Y me ha gustado su último discurso. ¿Verdad, Maestro, que habló sabiamente? -dice Santiago de Zebedeo.
-¡Santamente ha hablado, yo digo! -exclama Tomás.

-Sí. Y tendré presente su deseo -responde Jesús.
-¿Pero qué ha dicho exactamente? Yo estaba fuera con Juan para decirle a la madre de Micael que se acordara de hacer lo que el Maestro había dicho, y no sé exactamente -dice el Iscariote.

-Ha dicho: "Señor, si pasas por el pueblo de mi nuera, dile que no le guardo rencor y que estoy contento por no ser ya un desamparado, porque así será menor para ella el juicio de Dios. Dile que eduque a mis nietos en la fe del Mesías porque así los tendré conmigo en el Cielo, y en cuanto esté en la paz pediré por ellos y por su salud". Y lo voy a decir. Voy a buscar a la mujer y se lo voy a decir, porque es una cosa buena -dice Jesús.

-¡Ni una palabra acusatoria! A1 contrario, se congratula porque, no muriendo ya de hambre y desamparo, disminuye el pecado de la mujer. ¡Es admirable! -observa Santiago de Alfeo.

-¿Pero disminuirá realmente a los ojos de Dios la culpa de la nuera? ¡No está tan clara la cosa! -dice Judas de Alfeo.

Pareceres contrarios. Mateo se dirige a Jesús:
-¿Tú que piensas, Maestro? ¿Las cosas seguirán como antes o cambiarán?
-Cambiarán…

-¿Ves como tengo razón yo?… -dice Tomás victorioso.

Pero Jesús hace un gesto de que le dejen hablar y dice:

-Cambiarán para el anciano: de la misma forma que han cambiado en la Tierra por su dulzura indulgente, cambiarán en el Cielo. Para la mujer no cambiarán: su pecado sigue gritando en la presencia de Dios; sólo arrepintiéndose podría modificarse el juicio severo. Y se lo voy a decir.

-¿Dónde vive?

-En Masada, con sus hermanos.
-¿Y quieres ir hasta allí?
-También hay que evangelizar esos lugares…
-¿Y a Keriot'?

-Desde Masada subiremos a Keriot. Luego iremos a Yuttá, a Hebrón, Betsur, Béter, para subir de nuevo a Jerusalén para Pentecostés.

-Masada es un sitio de Herodes…

-¿Qué importa? Es una fortaleza, pero él no está allí. ¡Y aunque estuviera!… La presencia de un hombre no me podrá impedir ser el Salvador.

-Pero ¿por dónde atravesamos el río?

-A la altura de Guilgal. Desde allí seguiremos adelante bordeando los montes. Las noches son frescas y la nueva luna de Ziv está luminosa en cielo sereno.

-Si vamos por esos lugares, ¿por qué no vamos al monte donde ayunaste? Bueno es que todos lo conozcamos bien ­dice Mateo.

-Iremos también allí. ¡Ah, ahí hay una barca! Contratad el pasaje para que podamos cruzar a la otra parte.

385- Parábola de la encrucijada y milagros cerca del pueblo de Salomón

Sale de la casita la pequeña tropa, aumentada por el anciano, que se contempla a si mismo, admirado, con la túnica de alguno de los apóstoles de pequeña estatura.
-Si quieres quedarte, padre… -empieza a decir Jesús.
Pero el anciano le interrumpe:

-¡No, no! ¡Voy yo también! ¡Déjame ir! ¡He comido ayer! He dormido esta noche, ¡y además en una cama! ¡Y ya no tengo el dolor en el corazón! Estoy fuerte como un joven…
-Pues ven. Estarás conmigo, con Bartolomé y mi hermano Judas. Vosotros, de dos en dos, diseminaos como se ha dicho. Antes de la sexta todos aquí de nuevo. Id, y que la paz sea con vosotros.

Se separan. Unos van hacia el río, otros hacia los campos. Jesús deja que se adelanten y luego se pone en marcha Él también, el último. Cruza lentamente el pueblo, y no pasa desapercibido a los pescadores que regresan del río o que van a él, ni a las diligentes amas de casa que se han levantado con el alba para las coladas, para regar sus pequeñas huertas o para hacer el pan. Pero ninguno dice nada.

Sólo un muchachito, que empuja hacia el río a siete ovejas, pregunta al anciano:

-¿A dónde vas, Ananías? ¿Te vas del pueblo?
-Voy con el Rabí. Pero vuelvo con Él. Soy su siervo.
-No. Eres mi padre. Todos los ancianos justos son un padre y una bendición para el lugar que los hospeda y para quien los socorre. Bienaventurados los que aman y honran a los ancianos -dice Jesús con aspecto solemne.

El niño lo mira con temor. Luego susurra:
-Yo daba siempre un poco de mi pan a Ananías… -como queriendo decir: «No me regañes, que no lo merezco».
-Sí. Micael era bueno conmigo. Era amigo de mis nietos… y luego ha seguido siéndolo también del abuelo. Su madre no es mala tampoco. Ayudaría. Pero tiene once hijos y viven todos con la pesca…

Algunas mujeres se acercan curiosas y se ponen a escuchar.

-Dios ayudará siempre a quien ayuda lo que puede al pobre. Y siempre hay forma de ayudar. Muchas veces, el decir: "No puedo" es embuste. Porque, si uno se lo propone, siempre se encuentra el bocado superfluo, la manta rota, el vestido que ya no se usa, para dárselo a quien no tiene estas cosas. Y el Cielo recompensa el don. Dios te recompensará, Micael, por esos pedazos de pan que has dado al anciano.

Jesús acaricia al niño y reanuda su camino.
Las mujeres se quedan cabizbajas donde estaban. Luego preguntan al niño, el cual dice lo que sabe. Y el miedo se apodera de las avaras mujeres que han cerrado el corazón a las necesidades del anciano…

Entretanto, Jesús ha llegado a la altura de la última casa y ahora se dirige hacia la bifurcación que desde el camino de primer orden se desvía hacia el pueblecito. Se ve desde aquí que por el camino principal pasan caravanas que van de regreso hacia las ciudades de ta Decápolis y la Perea.
-Vamos allí y predicamos. ¿Quieres hacerlo tú también, padre?

-No sé hacerlo. ¿Qué digo?
-Sí que sabes. Tu alma posee la sabiduría de perdonar y de ser fiel a Dios y de tener resignación incluso en las horas de dolor. Y sabes que Dios socorre a quien en Él espera. Ve y díselo a los peregrinos.
-¡Ah, esto sí!

-Judas, ve con él. Yo me quedo con Bartolomé en la bifurcación.
Y así es: en llegando allí, se pone a la sombra de un grupo de plátanos frondosos, y espera paciente.

Alrededor, los campos están bonitos de espigas y de árboles frutales. Frescos en esta hora matutina. La mirada los contempla con placer. Y las caravanas pasan por el camino… Pocos miran a los dos que están apoyados a los troncos de los plátanos. Quizás creen que son viandantes cansados. Pero alguno reconoce a Jesús y lo señala, o se inclina saludando.

En fin… El primero para su burrito y los de los parientes, y que baja y se dirige hacia Jesús:
-¡Dios sea contigo, Rabí! Soy de Arbela. Te escuché el otoño pasado. Ésta es mi esposa; ésta, su hermana viuda; y mi madre. Este hombre anciano es su hermano. Y ése, joven, es el hermano de mi mujer. Y aquí ves a los hijos de todos nosotros. Tu bendición, Maestro. He sabido que has hablado en el vado. Pero llegué allí de noche… ¿No nos vas a decir a nosotros ninguna palabra?

-La Palabra no se niega nunca. Pero espera unos minutos, porque están viniendo otros…

En efecto, abatidos, están llegando a la bifurcación los habitantes del pueblo, y otros, que ya habían pasado por el camino en dirección hacia el norte, regresan; otros, despertada su curiosidad, se detienen y bajan de sus cabalgaduras, o se quedan sobre la silla. Se forma un pequeño auditorio, que va aumentando cada vez más.
Vuelven también Judas de Alfeo y el anciano, y con ellos vienen dos enfermos y varios sanos.
Jesús empieza a hablar.

Los que recorren los caminos del Señor, los caminos indicados por el Señor, y los recorren con voluntad buena, acaban encontrando al Señor. Vosotros encontráis al Señor regresando de cumplir vuestro deber de fieles israelitas respecto a la Pascua santa. Y he aquí que la Sabiduría os habla, como deseáis, en este cruce donde nos hace encontrarnos la bondad divina.

Muchas son las encrucijadas que el hombre encuentra en el camino de su vida, y más encrucijadas sobrenaturales que materiales. Todos los días, la conciencia se ve puesta ante las bifurcaciones y cruces del Bien y del Mal. Y debe elegir con atención para no errar. Y, si yerra, debe saber volver para atrás humildemente cuando alguien lo llama o le advierte. Y, aunque le pareciera más bonita la vía del Mal, o simplemente la de la tibieza, debe saber elegir la vía escabrosa pero segura del Bien.

Escuchad una parábola.
Un grupo de peregrinos, venidos de lejanas regiones en busca de trabajo, se encontró en los confines de un estado. En estos confines había unos contratantes de trabajo, que habían sido enviados por distintos patrones.

Había quien buscaba hombres para las minas. Otros buscaban hombres para las tierras de labor y para los bosques; otros, siervos para un rico infame; otros, soldados para un rey que estaba en la cima de un monte, en su castillo, al cual se llegaba por un camino muy empinado.

El rey quería soldados, pero exigía que fueran no tanto soldados de violencia cuanto soldados de sabiduría, para enviarlos luego por las ciudades a santificar a sus súbditos. Por eso vivía arriba, como en un eremitorio, para formar a sus siervos sin que las distracciones mundanas los corrompieran ni retrasaran o anulasen la formación de su espíritu.

No prometía altos salarios. No prometía vida cómoda. Pero aseguraba que el estar a su servicio produciría santidad y premio. Esto decían sus enviados a los que llegaban a las fronteras. Sin embargo, los enviados de los patrones de las minas o de las tierras decían: "No será una vida cómoda, pero seréis libres y ganaréis lo suficiente para vivir un poco holgadamente".

Y los que buscaban siervos para un patrón infame prometían incluso abundante comida, ocio, goces, riquezas: "Basta con que consintáis a sus caprichos ­¡de ninguna manera penosos! -y todos gozaréis como sátrapas".

Los peregrinos se consultaron entre sí. No querían dividirse… Preguntaron: "¿Pero están cerca las tierras y las minas y el palacio del mundano y el del rey?".
"¡No!" respondieron los contratantes. "Venid a esa encrucijada para mostraros los distintos caminos.”
Fueron.

"Mirad. Aquel camino espléndido, umbrío, florido, liso, con fuentes frescas, desciende hacia el palacio del señor" dijeron los contratantes de los siervos.
"Mirad. Este camino polvoriento, que va entre campos serenos, conduce a las tierras de labor. Calienta el sol, pero, como podéis ver, también está bien" dijeron los de las tierras.

"Mirad. Este camino, tan marcado por ruedas pesadas, y con manchas oscuras, señala la dirección de las minas. No es ni buena ni mala…" dijeron los de las minas.

"Mirad. Este sendero empinado, hundido entre rocas encendidas por el sol, sembrado de espinos y barrancos, que hacen lenta la marcha, pero, en compensación, procuran una fácil defensa contra los asaltos de los enemigos, conduce a oriente, al castillo severo, diríamos casi sagrado, donde los espíritus se forman en el Bien" dijeron los del rey.

Y los peregrinos miraban y miraban, y calculaban… Tentados por muchas cosas, de las cuales sólo una era totalmente buena. Y lentamente se fueron dividiendo. Eran diez. Tres torcieron hacia los campos… dos hacia las minas. Los que quedaban se miraron, y dos dijeron: "Venid con nosotros. Donde el rey. No vamos a ganar, ni vamos a gozar en la Tierra, pero seremos santos eternamente".

"¿Aquel sendero de allí? ¡Ni locos! ¿No ganar? ¿No gozar? No merecía la pena dejar todo y venir a tierras extranjeras para tener todavía menos de lo que teníamos en nuestra patria. Nosotros queremos ganar y gozar…".
"¡Pero perderéis el Bien eterno! ¿No habéis oído que es un patrón infame?".

"¡Eso son cuentos! Después de un poco lo dejamos, y habremos gozado y seremos ricos".
"No os liberaréis jamás de él. Mal han hecho los primeros, siguiendo la avidez de dinero. ¡Pero, vosotros! Vosotros seguís la avidez de placer. ¡Oh! ¡No cambiéis el destino eterno por una hora que pasa!".

"Sois unos estúpidos y creéis en las promesas ideales. Nosotros vamos a la realidad. ¡Adiós!…" y echándose a correr entraron por el bonito camino umbrío, florido, rico en agua, liso, en cuyo fondo brillaba bajo el sol el mágico palacio del mundano.

Los dos restantes tomaron, llorando y orando, el empinado sendero. Y era tan difícil que, a los pocos metros, casi se desanimaron. Pero perseveraron. Y la carne parecía cada vez más ligera, a medida que avanzaban. Y la fatiga se sentía consolada por un extraño júbilo.

Llegaron jadeantes, arañados, a la cima del monte. Fueron admitidos a comparecer ante el rey, el cual les dijo todo lo que exigía para incorporarlos en el número de sus valientes, y terminó: "Pensadlo durante ocho días y luego dad una respuesta".

Y ellos pensaron mucho y sostuvieron duras luchas contra el Tentador, que quería amilanar; contra la carne, que decía: "Vosotros me sacrificáis"; contra el mundo, cuyos recuerdos todavía seducían. Pero vencieron. Permanecieron. Vinieron a ser héroes del Bien.

Llegó la muerte, o sea, la glorificación. Desde lo alto del Cielo vieron en las profundidades a aquellos que habían ido donde el amo infame. Encadenados también ahora, después de la vida, gemían en la oscuridad del Infierno. "¡Y querían ser libres y gozar!" dijeron los dos santos.
Y los tres condenados, horrendos de aspecto, los vieron y los maldijeron, y maldijeron a todos, a Dios el primero, diciendo: "^Nos habéis engañado a todos!".

"No. No podéis decir eso. Se os había advertido el peligro. Habéis querido vosotros vuestro mal" respondieron los bienaventurados, que, a pesar de que veían y oían los torpes gestos de burla y blasfemias lanzados contra ellos, estaban serenos.

Y vieron a los de los campos, y las minas en distintas regiones purgativas, y ellos a su vez los vieron y dijeron: "No fuimos ni buenos ni malos, y ahora expiamos nuestra tibieza. ¡Orad por nosotros!". "¡Lo haremos! Pero, ¿por qué no vinisteis con nosotros?".

"Porque fuimos no demonios, pero sí hombres… No tuvimos generosidad. Amamos más que al Eterno y Santo a lo que, aun siendo honesto, era transitorio. Ahora aprendemos a conocer y a amar con justicia".

La parábola ha terminado. Todos los hombres están en la encrucijada. Toda la vida en una encrucijada. Bienaventurados los que son firmes y generosos en la voluntad de seguir los caminos del Bien. Dios sea con ellos. Y Dios toque y convierta a quien así no es y lo conduzca a serlo. Idos en paz.

-¿Y los enfermos? ¿Qué tiene la mujer?
-Fiebres malignas que le retuercen los huesos. Ha ido hasta las aguas milagrosas del Mar Grande. Pero sin alivio.

Jesús se inclina hacia la enferma y le pregunta: ¿Quién crees tú que soy Yo?

-El que buscaba. El Mesías de Dios. ¡Piedad de mí, que te he buscado mucho!

-Tu fe te dé salud, tanto a tus miembros como a tu corazón. ¿Y tú, hombre?

El hombre no responde. Por él habla la mujer que le acompaña:

-Un cáncer le roe la lengua. No puede hablar. Y muere de hambre.
Efectivamente, el hombre es un esqueleto.

-¿Tienes fe en que te puedo curar?

El hombre indica que sí con la cabeza.

-Abre tu boca -ordena Jesús, y acerca su cara a la horrenda boca roída por el cáncer. Echa en ella su aliento y dice: « ¡Quiero!».

Un momento de espera y luego dos gritos:
-¡Mis huesos otra vez sanos!

-¡María, estoy curado! ¡Mirad! Mirad mi boca. ¡Hosanna! ¡Hosanna! -y quiere levantarse, pero se tambalea por la flaqueza.

-Dadle de comer -ordena Jesús. Y hace ademán de retirarse.

-¡No te marches! ¡Vendrán otros enfermos! Volverán atrás otros… ¡También a ellos, también a ellos! -grita la multitud.

-Todas las mañanas, desde la aurora hasta la hora sexta vendré aquí. Que alguna persona voluntariosa se ocupe de reunir a los peregrinos.

-¡Yo, yo, Señor! -dicen no pocos.
-Que Dios os bendiga por esto.

Y Jesús tuerce hacia el pueblo con sus primeros compañeros, y con los otros, que han ido viniendo poco a poco -todos con más gente -mientras hablaba.

-¿Pero dónde están Pedro y Judas de Keriot? -pregunta Jesús.

-Han ido a la ciudad que está cercana. Llenos de dinero. A comprar…

-Sí. Judas ha obrado un milagro y está de fiesta -observa sonriendo Simón Zelote.

-También Andrés, y tiene una oveja como recuerdo. Le ha curado a un pastor la pierna rota, y el pastor le ha recompensado así. Se la daremos al padre… la leche es buena para los ancianos… -dice Juan mientras acaricia al viejecito, que está alegre.

Entran en la casa y preparan un poco de comida…
Están ya para sentarse a la mesa, cuando llegan los dos que faltaban, cargados como burros y seguidos por un carrito cargado de esos cañizos que sirven de cama a los pobres de Palestina.

-Perdona, Maestro. Pero esto era necesario. Ahora estaremos bien -dice Pedro.

Y Judas:

-Observa. Hemos comprado lo estrictamente necesario, limpio y pobre. Como te gusta a ti -y se ponen a trabajar para descargar, y luego despiden al carrero.

-Doce yacijas y doce cañizos. Algunos utensilios para la comida. Aquí las semillas. Aquí las palomas. Ahí los denarios. Y mañana mucha gente. ¡Uf! ¡Qué calor! Pero ahora va todo bien. ¿Tú qué has hecho Maestro?…

Y, mientras Jesús narra, se sientan a la mesa, contentos.

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