594- Martes santo Lecciones sacadas de la higuera agostada. El tributo de César y la resurrección de los cuerpos

Están para entrar de nuevo en la ciudad. Vienen por el caminito lejano que tomaron la mañana anterior. Es como si Jesús no quisiera, antes de llegar al Templo -al que se accede pronto entrando en la ciudad por la Puerta del Rebaño, que está cerca de la Probática-, verse rodeado de la gente que aguarda. Pero hoy muchos de los setenta y dos lo esperan ya del otro lado del Cedrón, antes del puente, y en cuanto lo ven aparecer de entre los olivos verde -grises, con su túnica purpúrea, se mueven en dirección a Él. Se reúnen y siguen hacia la ciudad.

Pedro, que mira adelante, cuesta abajo, siempre sospechando ver aparecer a algún malintencionado, observa entre el verde fresco de las últimas pendientes una masa de hojas mustias, colgantes, que pende sobre las aguas del Cedrón. Las hojas, acartonadas y lánguidas, con manchas como de óxido distribuidas en su superficie, asemejan a las de un árbol reseco por el fuego; de vez en cuando, la brisa arranca una hoja para sepultarla en las aguas del
torrente.

-¡Pero si es la higuera de ayer! ¡La higuera que maldijiste! -grita Pedro señalando con una mano hacia el árbol seco, vuelta su cabeza para hablar con el Maestro.

Acuden todos presurosos, menos Jesús, que sigue adelante con el paso que llevaba. Los apóstoles refieren a los discípulos los precedentes del hecho que observan, y todos juntos hacen comentarios mirando estupefactos a Jesús. Han visto miles de milagros realizados en hombres y elementos. Pero éste los impresiona más que muchos otros.

Jesús, que ha llegado donde ellos, sonríe al observar esas caras asombradas y temerosas. Dice:

-¿Y bien? ¿Tanto os maravilla el que por mi palabra se haya secado una higuera? ¿No me habéis visto, acaso, resucitar muertos, curar a leprosos, dar la vista a los ciegos, multiplicar los panes, calmar las tempestades, apagar el fuego? ¿Y os asombra el que una higuera se seque?

-No es por la higuera. Es que ayer estaba lozana cuando la maldijiste, y ahora está seca. ¡Mira! Quebradiza como arcilla seca. Sus ramas ya no tienen médula. Mira. Se pulverizan -y Bartolomé desmenuza entre sus dedos unas ramas que con facilidad ha partido.

-Ya no tienen médula. Tú lo has dicho. Y, cuando ya no hay médula, se produce la muerte, bien sea en un árbol o en una nación o en una religión; queda sólo dura corteza e inútil vegetación: crueldad e hipócrita exterioridad. La médula, blanca, interior, llena de savia, corresponde a la santidad, a la espiritualidad; la corteza dura y la vegetación inútil, a la humanidad carente de vida espiritual y de vida justa.

¡Ay de aquellas religiones que se hacen humanas porque sus sacerdotes y fieles han dejado de tener vital el espíritu!

¡Ay de aquellas naciones cuyos jefes son sólo crueldad y ruidoso clamor carente de ideas fructíferas! ¡Ay de aquellos hombres en que falta la vida del espíritu!

-Pero si esto se lo dijeras a los grandes de Israel, aun siendo verdad lo que dices, no te comportarías inteligentemente. No te hagas ilusiones por el hecho de que hasta ahora te hayan dejado hablar. Tú mismo dices que no es por conversión del corazón, sino por cálculo. Sabe, pues, Tú también calcular el valor y las consecuencias de tus palabras.

Porque existe también la sabiduría del mundo, además de la sabiduría del espíritu. Y hay que saber usarla en beneficio nuestro. Porque, en fin, por ahora estamos en el mundo, no todavía en el Reino de Dios -dice Judas Iscariote, sin mordacidad pero en tono doctoral.

-El verdadero sabio es el que sabe ver las cosas sin que las sombras de la propia sensualidad y las reflexiones del cálculo las alteren. Yo diré siempre la verdad de lo que veo.
-Bueno, pero ¿esta higuera ha muerto por haberla maldecido Tú?, o es… una coincidencia… una señal… no sé ­pregunta Felipe.

-Es todo eso que dices. Pero lo que he hecho Yo podéis hacerlo también vosotros, si alcanzáis la fe perfecta. Tened esa fe en el Señor Altísimo. Cuando la tengáis, en verdad os digo que podréis esto y más. En verdad os digo que si uno llega a tener la confianza perfecta en la fuerza de la oración y en la bondad del Señor, podrá decir a este monte:

«Córrete de aquí y échate al mar», y si, diciéndolo, no duda en su corazón, sino que cree que lo que ordena se puede cumplir, lo que ha dicho se cumplirá.
-Y pareceremos brujos y nos apedrearán, como está escrito para quien ejerce la magia. (Levítico 20, 27) ¡Sería un milagro necio, y con daño para nosotros! -dice Judas Iscariote meneando la cabeza.

-¡El necio eres tú, que no comprendes la parábola! -le rebate el otro Judas.

Jesús no habla a Judas, habla a todos:

-Os digo, y es vieja lección que repito en esta hora: todo
lo que pidáis con la oración, tened fe en que lo obtendréis y lo recibiréis. Pero, si antes de orar tenéis algo contra alguien, antes perdonad y haced la paz para que tengáis como amigo a vuestro Padre que está en los Cielos, que, mucho, mucho os perdona y favorece, de la mañana a la noche, del ocaso a la aurora.

Entran en el Templo. Los soldados de la Antonia los observan mientras pasan. Van a adorar al Señor. Luego vuelven al patio en que los rabíes enseñan.

Enseguida, antes de que la gente venga y se arremoline en torne a Él, se acercan a Jesús saforimes, doctores de Israel, herodianos, y con falsa deferencia, tras haberlo saludado, le dicen:

-Maestro, sabemos que eres sabio y veraz, y que enseñas el camino de Dios sin tener en cuenta nada ni a nadie, aparte de la verdad y la justicia; y que poco te preocupas del juicio que los demás tengan de ti, sino que te preocupas sólo de llevar a los hombres al Bien. Dinos, entonces: ¿es lícito pagar el tributo a César, o no? ¿Qué opinas?
Jesús los mira con una de esas miradas suyas de penetrante y solemne perspicacia, y responde:

-¿Por qué me tentáis hipócritamente? ¡Y además alguno de vosotros ya sabe que a mí no se me engaña con hipócritas honores! Pero, mostradme una moneda de las que usáis para el tributo.

Le muestran la moneda. La observa por ambas partes, y sujetándola en la palma de la izquierda, golpea en ella con el índice de la derecha, mientras dice:

-¿De quién es esta imagen y qué dice esta inscripción?
-La imagen es de César, y la inscripción lleva su nombre, el nombre de Cayo Tiberio César, que es ahora emperador de Roma.

-Pues entonces dad a César lo que es de César y a Dios lo que es de Dios -y les da la espalda, después de haber entregado el denario a quien se lo había dejado.

Escucha a unos u otros de los muchos peregrinos que le hacen preguntas, consuela, absuelve, cura. Pasan las horas.

Sale del Templo para ir quizás afuera de las puertas, para tomar los alimentos que los servidores de Lázaro, encargados de ello, le traen.

Vuelve de nuevo a entrar a primera tarde. Incansable. Gracia y sabiduría fluyen, de sus manos y labios, puestas sobre los enfermos o abiertos para consejos individuales dados a cada uno de los que se acercan a Él, que son muchos: parece como si quisiera consolar a todos, curar a todos, antes de no poder hacerlo ya.

Se acerca el ocaso. Los apóstoles, cansados, están sentados en el suelo bajo el pórtico, aturdidos por ese continuo movimiento de gente que son los patios del Templo en la inminencia de la Pascua. En esto, se acercan unos ricos (ricos, sin duda, a juzgar por sus vestiduras pomposas).

Mateo, que está adormilado aunque sólo con un ojo, se pone en pie y, con algún meneo, llama a los otros. Dice:
-Van hacia el Maestro unos saduceos. No debemos dejarlo solo, no sea que todavía lo ofendan o traten de hacerle algún mal o de burlarse de Él.

Se alzan todos y van donde el Maestro. Inmediatamente forman una barrera en torno a Él. Creo intuir que ha habido desórdenes al marcharse del Templo o al volver a la hora sexta.

Los saduceos, que tienen para Jesús reverencias incluso exageradas, le dicen: -Maestro, has respondido tan sabiamente a los herodianos, que nos ha venido el deseo de recibir también nosotros un rayo de tu luz. Escucha: Moisés dijo (Deuteronomio 25, 5-6): «Si uno muere sin hijos, su hermano se casará con la viuda y dará descendencia al hermano».

Ahora bien, había entre nosotros siete hermanos. El primero tomó a una virgen por esposa, pero murió sin dejar prole; por tanto, dejó su mujer a su hermano. También el segundo murió sin dejar prole, y lo mismo el tercero, que se casó con la viuda de los dos que le habían precedido.

Así sucesivamente, hasta el séptimo. Al final, después de haberse casado con los siete hermanos, se murió la mujer.

Dinos: en la resurrección de los cuerpos -si es verdad que los hombres resucitan y que nuestra alma sobrevive y vuelve a unirse al cuerpo el último día y a dar nueva forma a los vivientes-, ¿cuál de los siete hermanos tendrá a la mujer, dado que en la Tierra la tuvieron los siete?
-Estáis en un error.

No sabéis comprender ni las Escrituras ni el poder de Dios.

La otra vida será muy distinta de ésta, y en el Reino eterno no existirán las necesidades de la carne como en éste. Porque, en verdad, después del Juicio final, la carne resucitará y se reunirá con el alma inmortal y formará un todo nuevo -vivo como, y mejor, como lo están mi cuerpo y el vuestro ahora-, pero no sujeto ya a las leyes, y, sobre todo, a los estímulos y abusos ahora vigentes. En la resurrección, los hombres y las mujeres no tomarán ni mujer ni marido, aunque vivan en el amor perfecto, que es el divino y espiritual.

Y por lo que respecta a la resurrección de los muertos, ¿no habéis leído cómo habló a Moisés Dios desde la zarza? (Éxodo 3, 1-6) ¿Qué dijo entonces el Altísimo?: «Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob».

No dijo: «Yo fui», dando a entender que Abraham, Isaac y Jacob hubieran existido, pero que ya no existían. Dijo «Yo soy». Porque Abraham, Isaac y Jacob existen. Inmortales. Como todos los hombres, en su parte inmortal, mientras duren los siglos; luego, también con la carne resucitada para la eternidad. Existen, como existe Moisés, los profetas, los justos, como, desventuradamente, existe Caín, y existen los del Diluvio y los de Sodoma y todos los que murieron en culpa mortal. Dios no es el Dios de los muertos, sino de los vivos.

-¿Tú también vas a morir y luego estar entre los vivos? -lo tientan. Están ya cansados de comportarse con mansedumbre. El aborrecimiento es tal, que no saben contenerse.

-Yo soy el Viviente y mi Carne no conocerá la corrupción. Se nos arrebató el arca, y la actual también se nos quitará, incluso como símbolo. Se nos arrebató el Tabernáculo, y será destruido. Pero el verdadero Templo de Dios no podrá ser ni arrebatado ni destruido. Cuando sus adversarios crean que lo han conseguido, entonces será la hora en que se establecerá en la verdadera Jerusalén en toda su gloria. Adiós.

Y, presuroso, va hacia el Patio de los Israelitas, porque las trompetas de plata llaman al sacrificio del anochecer.
Me dice Jesús (a María Valtorta):

-Te digo que señales en la visión de ayer el punto que dice: «el que caiga contra esta piedra quedará destrozado». En las traducciones se usa siempre «sobre».

Dije «contra», no «sobre». Y es profecía contra los enemigos de mi Iglesia. Los que la atacan arremetiendo contra Ella, porque Ella es la Piedra angular, quedan destrozados. La historia de la Tierra lleva veinte siglos confirmando lo que dije. Los perseguidores de la Iglesia quedan destrozados al arremeter contra la Piedra angular.

Pero también -y esto han de tenerlo presente los que por ser de la Iglesia se creen salvados de los castigos divinos-aquel sobre el que caiga el peso de la condena de la Cabeza y Esposo de esta Esposa mía, de este Cuerpo místico mío, quedará triturado.

Y, previniendo una objeción de los siempre vivos escribas y saduceos, malévolos para con mis siervos, digo: si en estas últimas visiones aparecen frases que no están en los Evangelios, como estas del final de la visión de hoy, y del punto en que hablo de la higuera seca, y otros más, recuerden aquéllos que los evangelistas eran también de ese pueblo, y vivían en tiempos en que cualquier choque demasiado vivo podía tener repercusiones violentas y nocivas para los neófitos.

Lean de nuevo los hechos apostólicos, y verán que la fusión de tantos pensamientos distintos no era sin fricciones, y que si unos a otros se tributaron admiración, reconociéndose recíprocamente los méritos, no faltaron entre ellos desacuerdos, porque diversos son los pensamientos de los hombres, y siempre imperfectos. Y para evitar fracturas más profundas, entre uno u otro pensamiento, iluminados por el Espíritu Santo, los evangelistas omitieron conscientemente en sus escritos algunas frases que habrían hecho mella en la excesiva susceptibilidad de los hebreos y habrían escandalizado a los gentiles, que necesitaban creer perfectos a los hebreos -núcleo del que provino la Iglesia-para no alejarse de ellos diciendo:

«Son como nosotros». Conocer las persecuciones de Cristo, sí; pero las enfermedades espirituales del pueblo de Israel, ya corrompido, especialmente en las clases más altas, no. No era conveniente.

Y, lo más que pudieron, velaron.
Observen cómo los Evangelios se iban haciendo cada vez más explícitos, hasta llegar al límpido Evangelio de mi Juan, a medida que iban siendo escritos en épocas más lejanas respecto a mi Ascensión al Padre mío. Sólo Juan reseña por entero hasta las más dolorosas manchas del propio núcleo apostólico, llamando, por ejemplo, abiertamente «ladrón» a Judas; y refiere íntegramente las bajezas de los judíos (fingida voluntad de hacerme rey, disputas en el Templo, el abandono de muchos tras el discurso sobre el Pan del Cielo, la incredulidad de Tomás).

El que más vivió, ya hasta ver fuerte a la Iglesia, alza los velos que los otros no se habían atrevido a alzar.

Pero ahora el Espíritu de Dios quiere que se conozcan incluso estas palabras. Y bendigan por ello al Señor, porque todas ellas son luz y guía para los justos de corazón.

593- El lunes por la noche en el Getsemaní con los apóstoles

Jesús está todavía en el Huerto de los Olivos, con sus apóstoles; de nuevo habla.

-Y otro día ha pasado. Ahora la noche, y luego mañana, y luego otro mañana, y después la cena pascual.
-¿Dónde vamos a cenar, Señor mío? Este año estarán también las mujeres -pregunta Felipe.

-Todavía no tenemos previsto nada y la ciudad está saturada de gente. Parece que este año todo Israel, hasta el más lejano prosélito, ha venido al rito -dice Bartolomé.

Jesús lo mira, y, como si recitara un salmo, dice:
-Reuníos, apresuraos, acercaos de todos los lugares a mi víctima, que inmolo por vosotros, a la gran Víctima inmolada en los montes de Israel; a comer su Carne, a beber su Sangre. (Ezequiel 39, 17; 14, 12-13; Daniel 7; Oseas 6,1-6, 8,11-14; Malaquías 1, 10-11; 2, 3-6; y anticipará Apocalipsis 11, 15-17)

-¿Pero qué víctima? ¿Qué víctima? Pareces como uno del que se hubiera apoderado una demencia obsesiva. Hablas sólo de muerte… nos afliges… -dice vehemente Bartolomé.

Jesús lo mira de nuevo, dejando con la mirada a Simón, que se inclina hacia Santiago de Alfeo y Pedro y habla sigiloso con ellos, y dice:

-¿Cómo? ¿Tú me lo preguntas? Tú no eres uno de estos pequeños que para ser doctos deben recibir la heptamorfa luz. Ya estabas versado en la Escritura antes de que Yo te llamara a través de Felipe. Aquella dulce mañana de primavera. De mi primavera. ¿Y tú me preguntas todavía que cuál es la víctima inmolada en los montes, la víctima a la que todos acudirán para nutrirse?

¿Y dices que estoy a merced de una demencia obsesiva porque hablo de muerte? ¡Bartolmái! Como el grito de los escoltas, Yo, en medio de vuestra tiniebla, que nunca se ha abierto a la luz, he lanzado una vez, dos veces, tres veces… el grito anunciador. Pero vosotros no habéis querido entenderlo. En ese momento habéis sufrido por ello; luego… como niños, habéis olvidado pronto las palabras de muerte y habéis vuelto festivos a vuestro trabajo, seguros de vosotros y llenos de esperanza respecto a que mis palabras y las vuestras persuadirían cada vez más al mundo a seguir y amar a su Redentor.

No. Sólo después de que esta Tierra haya pecado contra mí -y recordad que son palabras del Señor a su profeta-, sólo después, el pueblo -y no sólo este pueblo concreto, sino el gran pueblo de Adán empezará a gemir: “Acerquémonos al Señor. Él, que nos ha herido, nos curará». Y dirá el mundo de los redimidos:

«Después de dos días, o sea, dos tiempos de la eternidad, durante los cuales nos dejará a merced del Enemigo, que con todo tipo de armas nos golpeará y matará, como nosotros hemos golpeado al Santo y lo hemos matado y le seguimos golpeando y matando, porque siempre existirá la raza de los Caínes que maten con la blasfemia y las malas obras al Hijo de Dios, al Redentor, lanzando flechas mortales no contra su eterna, glorificada Persona, sino contra sus almas propias, las rescatadas por Él de forma que las matarán, matándolo, por tanto, a Él a través de sus propias almas-, sólo después de estos dos tiempos, vendrá el tercer día, y resucitaremos en su presencia en el Reino de Cristo en la Tierra y viviremos en su presencia en el triunfo del espíritu.

Lo conoceremos, aprenderemos a conocer al Señor para estar preparados a combatir, mediante este conocimiento verdadero de Dios, la extrema batalla que Lucifer presentará al Hombre antes del sonido del ángel de la séptima trompeta, que abrirá el coro bienaventurado de los santos de Dios -coro de un número eternamente perfecto, al que jamás podrá ser añadido ni el más pequeño infante, ni el más anciano de los ancianos- el coro que cantará:

“Ha terminado sus días el pobre reino de la Tierra. El mundo ha pasado con todos sus habitantes ante la revista del Juez victorioso. Y los elegidos están ahora en las manos del Señor Dios nuestro y de su Cristo, y Él es nuestro Rey para siempre. Alabado sea el Señor Dios Omnipotente, que es, que era, que será, porque ha asumido su gran poder y ha tomado posesión de su Reino».

¡Oh!, ¿quién de vosotros sabrá recordar las palabras de esta profecía, que ya sonó en las palabras de Daniel con velado sonido y que ahora grita por boca del Sabio ante el mundo atónito y ante vosotros más atónitos que el mundo?

«La venida del Rey -continuará gimiendo el mundo herido y cerrado en el sepulcro, el que ha vivido mal y ha muerto mal, cerrado por su septenario vicio y sus infinitas herejías, el agonizante espíritu del mundo, cerrado, con sus extremos estertores, dentro del organismo, muerto leproso por todos sus errores-, la venida del Rey está preparada como la de la aurora, y vendrá a nosotros como la lluvia de primavera y de otoño». A la aurora la precede y prepara la noche. Ésta es la noche. Esta de ahora. ¿Y qué debo hacer contigo, Efraím? ¿Qué debo hacer contigo, Judá?…

Simón, Bartolmái, Judas, los primos, vosotros que sois los más versados en el Libro, ¿reconocéis estas palabras? Vienen no de un espíritu desatinado, sino de quien posee la Sabiduría y la Ciencia. Como rey que abre seguro sus arcas, porque sabe dónde está la gema concreta que busca, pues la ha puesto ahí con sus propias manos, Yo cito a los profetas.

Soy la Palabra. Durante siglos he hablado por labios humanos, durante siglos seguiré haciéndolo. Pero todo lo que de sobrenatural se ha dicho es palabra mía. El hombre no podría, ni siquiera el más docto y santo, subir, águila de alma, más allá de los límites del ciego mundo, para comprender y manifestar los misterios eternos.

Sólo en la Mente divina el futuro es «presente». Necedad es en aquellos que, no elevados por nuestra Voluntad, pretenden hacer profecías y revelaciones. Y Dios pronto los desmiente y castiga, porque sólo Uno puede decir: «Yo soy» y decir: «Yo veo» y decir: «Yo sé». Mas cuando una Voluntad no sujeta a medida ni a juicio, una Voluntad que debe ser aceptada agachando la cabeza y diciendo sin discusión:

“Aquí estoy”, dice: «Ven, sube, oye, ve, repite», entonces, zambullida en el eterno presente de su Dios, el alma, llamada por el Señor para ser «voz», ve y tiembla, ve y llora, ve y exulta; entonces el alma llamada por el Señor para ser «palabra» oye y, llegando a éxtasis o a agónico sudor, expresa las tremendas palabras del Dios eterno.

Porque toda palabra de Dios es tremenda, pues viene de Aquel cuyo veredicto es inmutable y cuya Justicia es inexorable, y porque está dirigida a los hombres, de los cuales demasiado pocos merecen amor y rendición, sino rayo y condena. Ahora bien, esta palabra, pronunciada y vilipendiada, ¿no es causa de tremenda culpa y tremendo castigo para los que, habiéndola oído, la rechazan? Lo es.

¿Y qué debía hacer con vosotros, Efraím, Judá, mundo?; ¿qué, que .no haya hecho ya? Amándote, he venido, oh Tierra mía, y mi palabra ha sido para ti espada mortal porque la has aborrecido. ¡Oh, mundo que matas a tu Salvador creyendo hacer algo justo, ¿tan identificado con el demonio estás, que no comprendes ya siquiera cuál es el sacrificio que Dios exige, sacrificio del propio pecado, no de un animal inmolado y comido con el alma sucia? ¿Qué te he dicho, entonces, en estos tres años? ¿Qué he predicado?

He dicho: «Conoced a Dios en sus leyes y en su naturaleza». Y me he secado como vaso de arcilla porosa puesto al sol, predicando el conocimiento vital de la Ley y de Dios. Y has seguido cumpliendo holocaustos sin cumplir nunca el único necesario: ¡La inmolación de tu mala voluntad al Dios verdadero!

Ahora el Dios eterno te dice, ciudad de pecado, pueblo apóstata – y en la hora del Juicio contigo se usará un azote que no será usado con Roma y Atenas, que son débiles mentales y no conocen ni saber ni palabra, pero que, cuando, de ser eternos niños mal cuidados por su nodriza; niños cuyas capacidades han quedado a nivel animal, pasen a estar en los brazos santos de mi Iglesia, mi única, sublime Esposa que dará a luz innumerables hijos dignos de Cristo, entonces se harán adultos y capaces, y me darán palacios y soldados, templos y santos que poblarán el Cielo como de estrellas-, ahora el Dios eterno te dice:

«No me sois gratos ya y ya no aceptaré don venido de tu mano, que me es como estiércol y Yo os lo arrojo de nuevo a la cara y se os quedará prendido. Vuestras solemnidades, todas ellas exteriores, me dan asco. Rescindo el pacto con la estirpe de Aarón y se lo paso a los hijos de Leví, porque éste es mi Leví y con Él, eternamente, he hecho un pacto de vida y paz y Él me fue siempre fiel, hasta el sacrificio. Tuvo el santo temor del Padre y tembló por el enojo del Padre, si ofendido, con sólo oír herido mi Nombre.

La ley de la verdad estuvo en su boca y en sus labios no hubo iniquidad; caminó conmigo en la paz y la equidad y a muchos apartó del pecado. Ha llegado el tiempo en que en todo lugar -ya no en el que fue único altar de Sión, no siendo merecedores vosotros de ofrecerlo-será sacrificada y ofrecida en mi Nombre la Hostia pura, inmaculada, grata al Señor».

¿Reconocéis estas eternas palabras?
-Las reconocemos, Señor nuestro. Y créenos que nos sentimos abatidos como bajo un duro golpe. Pero ¿no es posible desviar el destino?
-¿Destino lo llamas, Bartolmái?
-No sabría qué otro nombre…

-Reparación. Ése es el nombre. No se ofende al Seor sin que la ofensa deba ser reparada. Y Dios Creador fue ofendido por la primera criatura. Desde entonces, la ofensa ha ido siendo cada vez mayor Y no valió ni la gran masa de agua del Diluvio, ni la lluvia de fuego sobre Sodoma y Gomorra, para hacer santo al hombre. Ni el agua ni el fuego.

La Tierra es una Sodoma sin fronteras, por donde se pasea, libre y como rey, Lucifer. Venga, pues, una trina realidad para lavarla: el fuego del amor, el agua del dolor, la sangre de la Víctima. Éste es, Tierra, mi don. He venido para dártelo. ¿Y ahora habría de huir ante su cumplimiento? Es Pascua. No se puede huir.
-¿Por qué no vas donde Lázaro? No sería huir. Pero en su casa no te tocarían.

-Tiene razón Simón. ¡Te lo suplico, Señor, hazlo! -grita Judas Iscariote arrojándose a los pies de Jesús.
A su gesto responde un llanto desconsolado de Juan. Aunque más controlados en su dolor, también lloran los primos y Santiago y Andrés.

-¿Me crees el “Señor”? ¡Mírame! – y Jesús perfora con sus ojos la cara angustiada de Judas Iscariote; porque no finge, y Jesús perfora con sus ojos la cara angustiada de Judas Iscariote; porque no finge, está realmente angustiado (quizá es la última lucha de su alma con Satanás y no sabe vencerla).

Jesús lo estudia y sigue su lucha como un científico podría estudiar una crisis en un enfermo. Luego se alza bruscamente, con tanta vehemencia, que Judas, que estaba apoyado en sus rodillas, impulsado hacia atrás, cae al suelo sentado. Jesús retrocede incluso y, visiblemente turbado su rostro, dice:

-¿Y así prenden también a Lázaro? Doble presa y, por tanto, doble alegría. No. Lázaro está reservado para el Cristo futuro, para el Cristo triunfante. Sólo uno será arrojado fuera de la vida y no volverá. Yo volveré. Él no volverá. Pero Lázaro se queda. Tú, tú que sabes tantas cosas, sabes también ésta.

Mas los que esperan obtener una doble ganancia capturando al águila y al aguilucho, en el nido y sin esfuerzo, pueden estar seguros de que el águila tiene ojo para todos, y que por amor hacia su pequeñuelo se alejará del nido, para que sólo a ella la prendan, salvándolo así a él. Me da muerte el odio, pero sigo amando. Idos. Yo me quedo a orar. Nunca como en esta hora que vivo he tenido necesidad de llevar el alma al Cielo.
-Déjame que me quede aquí contigo, Señor -suplica Juan.
-No. Todos necesitáis descansar. Ve.

-¿Te quedas solo? ¿Y si te hacen algún mal? Pareces incluso enfermo… Yo me quedo -dice Pedro.

-Tú ve con los otros. ¡Dejadme olvidar durante una hora a los hombres! ¡Dejadme en contacto con los ángeles de mi Padre! Me suplirán a mi Madre, que pena en el llanto y la oración, y a la que no puedo cargar más con mi acongojado dolor. Idos.

-¿No nos das la paz? -le pregunta su primo Judas.
-Tienes razón. La paz del Señor descienda sobre aquellos que no son oprobio ante sus ojos. Adiós -y Jesús se interna, subiendo un escalón del terreno, en la espesura de los olivos.

-¡Pues la verdad es que… lo que dice está en la
Escritura! Y, oyéndolo a Él, se comprende por qué y para quién fue dicho – susurra Bartolomé. -Esto se lo dije yo a Pedro en otoño del primer año… -dice Simón. -Es verdad… Pero… ¡no! Yo, estando yo vivo, no dejaré que lo prendan. Mañana… -dice Pedro. -¿Qué vas a hacer mañana? -pregunta Judas Iscariote.

-¿Que qué voy a hacer? Hablo conmigo mismo. Éstos son tiempos de conjura. No confío mi pensamiento ni al aire. Y tú, que tienes influencia -muchas veces lo has dicho-¿por qué no buscas protección para Jesús?

-Lo haré, Pedro. Lo haré. No os extrañéis si me ausento alguna vez. Es que estoy trabajando para Él. ¡Pero no se lo digáis, eh!

-Puedes estar seguro. Bendito seas. Alguna vez he desconfiado de ti, pero te pido que me disculpes por ello. Veo que en los momentos claves eres mejor que nosotros. Tú actúas… yo lo único que sé hacer es echar palabras al vuelo -dice Pedro, humilde y sincero. Y Judas ríe como contento de la alabanza.

Se ponen en marcha para salir del Getsemaní e ir hacia el camino que lleva a Jerusalén.

592- Lunes santo. Consuelo a la madre de Analía y encuentro con el soldado Vital. La higuera estéril y la parábola de los viñadores pérfidos. La autoridad de Jesús y el bautismo de Juan

Jesús, allí, en el rellano elevado del Monte de los Olivos donde muchos galileos se congregan con ocasión de las solemnidades, sale pronto de una de las tiendas.

Todo el campamento duerme bajo el claror de una Luna que se pone lentamente, fajando de candor argénteo tiendas, árboles y laderas, y a la ciudad durmiente abajo…

Jesús pasa entre las tiendas seguro y sin hacer ruido. Una vez fuera del campamento, baja rápido hacia el Getsemaní por pronunciados senderos; lo atraviesa, sale de él, cruza el puentecillo del Cedrón -cinta de plata que arpegia a la Luna-, llega a la puerta vigilada por los legionarios.

Quizá es una medida de precaución del Procónsul esta vigilancia de las puertas cerradas. Son cuatro soldados, que hablan sentados en voluminosas piedras colocadas contra el fuerte muro como asientos; y se están calentando junto a una pequeña hoguera de zarzas secas que proyecta una luz rojiza en las lorigas brillantes y en los austeros yelmos, bajo los cuales sobresalen unos rostros muy distintos de los de los hebreos, por la fisonomía itálica.

-¿Quién va ahí? -dice el primero que ve aparecer la alta figura de Jesús de detrás del ángulo de una casucha cercana a la puerta, y embraza el asta terminada en puntiaguda lanza que tenía apoyada al lado, contra el muro, poniéndose en la postura reglamentaria. Los otros hacen -lo mismo. Aquél, sin dar tiempo a Jesús para responder, dice:

-No se entra. ¿No sabes que estamos todavía en la segunda vigilia?
-Soy Jesús de Nazaret. Mi Madre está en la ciudad y voy donde Ella.
-¡Oh, el Hombre que ha resucitado al muerto de Betania!

¡Por Júpiter! ¡Por fin voy a verlo!
Y se acerca mirándolo curioso; se mueve en torno a Él, como para asegurarse de que no es una cosa irreal, extraña, sino que es un hombre exactamente como todos los demás. Y lo dice:

-¡Oh! ¡Numes! ¡Es hermoso como Apolo, pero hecho en todo como nosotros! ¡Y no tiene ni bastón ni gorro, ni ninguna señal de su poder!

Está perplejo. Jesús lo mira pacientemente, sonriéndole con dulzura.

Los otros, que son menos curiosos -quizá han visto ya a Jesús otras veces-dicen: -Habría sido bueno que hubiera estado aquí a mitad de la primera vigilia, cuando han llevado al sepulcro a la niña bonita que ha muerto por la mañana. Habríamos visto resucitar…

Jesús, dulcemente, repite:
-¿Puedo ir donde mi Madre?
Los cuatro soldados se desperezan. El más viejo habla:

-Verdaderamente la orden sería no dejar pasar. Pero Tú pasarías de todas formas. Quien fuerza las puertas del Hades bien puede forzar las puertas de una ciudad cerrada.

Y, además, no eres hombre que suscite amotinamientos. Por tanto, la prohibición cae para ti. Procura que no te vean las patrullas de dentro. Abre, Marco Grato. Y pasa sin hacer ruido. Somos soldados y debemos obedecer…

-No temas. Vuestra bondad no se os transformará en castigo.

Un legionario abre cautelosamente el portillo practicado en puerta colosal, y dice:

-Pasa pronto. Dentro de poco termina la vigilia y seremos cambiados por los siguientes.
-La paz a vosotros.

-Somos hombres de guerra…
-La paz que Yo doy permanece incluso en la guerra, porque es paz del alma.

Y Jesús se sume en la oscuridad del arco abierto en el espesor de las murallas. Pasa silencioso ante el cuerpo de guardia, de donde la puerta abierta, sale la luz temblorosa de una lámpara de aceite, una lámpara corriente, colgada de un gancho del bajo techo, que permite ver algunos cuerpos de soldados durmiendo en esteras puestas en el suelo, bien arrebujados en sus mantos, con las armas al lado.

Jesús ya está en la ciudad… Lo pierdo de vista mientras observo cómo dos de los soldados de antes entran a despertar a los que duermen, para ser sustituidos; pero primero observan si Él se ha alejado.

-Ya no se le ve… ¿Qué habrá querido decir con esas palabras? Me habría gustado saberlo -dice el más joven.
-Habrías debido preguntársela. No nos desprecia. Es el único hebreo que no nos desprecia y que no nos saca el dinero de una u otra forma -le responde el otro (ya en su plena madurez viril).

-No me he atrevido. ¿Yo, campesino beneventano, hablar con uno que dicen que es Dios?

-¿Un dios en un jumento? ¡Ja! ¡Ja! Si estuviera borracho como Baco, quizá; pero no es un borracho. Creo que no bebe siquiera el mulsum. ¿No ves lo pálido y delgado que está?
-Y, sin embargo, los hebreos…

-¡Ellos si que beben, aunque aparenten no hacerlo! Y, borrachos por haber bebido los vinos fuertes de estas tierras, y también su sidra, han visto a un dios en un hombre. Créeme: los dioses son patrañas. El Olimpo está vacío y la Tierra carece de dioses.

-¡Sí te oyeran!…
-¿Eres todavía tan niño, como para no poder vestir la toga
cándida y no sabes que el mismo César no cree en los dioses? Ni tampoco creen en ellos los pontífices, los augures, los arúspices, los arvales, las vestales, ni nadie.

-¿Y entonces, por qué…?
-¿Por qué los ritos? Porque gustan al pueblo y son útiles para los sacerdotes, y le sirven a César para hacerse obedecer como si fuera un dios terreno sujetado de la mano por los dioses olímpicos. Pero los primeros que no creen son aquellos a los que veneramos como ministros de los dioses. Yo soy pirroniano. He recorrido el mundo. He vivido muchas experiencias. Ya tengo pelo blanco en las sienes y mi pensamiento ha madurado.

Tengo como código personal tres sentencias: Amor a Roma, única diosa y única certidumbre, hasta el sacrificio de mi vida; no creer en nada, porque todo lo que nos rodea es ilusión, excepto la Patria sagrada e inmortal (también de nosotros mismos debemos dudar, porque es inseguro incluso el hecho de que vivamos); el sentido y la razón no son suficientes para dar la certidumbre de llegar a conocer la Verdad, y el vivir y el morir tienen el mismo valor porque no sabemos qué es vivir ni qué es morir -dice, haciendo alarde un escepticismo filosófico de criatura superior…
El otro lo mira titubeante. Luego dice:

-Pues yo, sin embargo, creo. Y me gustaría saber… saber acerca de ese hombre que ha pasado hace poco. Él, sin duda, conoce la Verdad. Una cosa extraña se desprende de Él. ¡Es como una luz que entra dentro!

-¡Esculapio te salve! ¡Estás enfermo! Hace poco has subido del valle a la ciudad, y las fiebres aparecen fácilmente en los que realizan este viaje y no se han aclimatado todavía a esta región. Estás delirando. Ven. Para hacer salir en forma de sudor el veneno de la fiebre jordánica lo único es vino caliente y drogas… -y le impele hacia el cuerpo de guardia.

Pero el otro se libera y dice:
-No estoy enfermo. No quiero vino caliente con drogas. Quiero vigilar allí, fuera de las murallas (señala al lado interno del bastión) y esperar al hombre que ha dicho que se llama Jesús.

-Si esperar no te desagrada… Yo entro a despertar a éstos para el cambio. Adiós…

Y entra ruidosamente en el cuerpo de guardia, despertando a sus compañeros y gritando:

-¡Ha sonado la hora! ¡Arriba, holgazanes perezosos! ¡Que estoy cansado…! Bosteza ruidosamente, y profiere imprecaciones porque han dejado apagar el fuego y se han bebido todo el vino caliente «tan necesario para secar el aguazo palestino…».

El otro, el joven legionario, apoyado en el muro que la Luna ponentina acaricia, espera a que Jesús vuelva sobre sus pasos. Las estrellas velan su esperanza…

Jesús, entretanto, ha llegado a la casa que Lázaro tiene en el monte Sión. Llama. Leví le abre.
-¡Tú, Maestro! Las amas duermen. ¿Por qué no has mandado a un sirviente, si necesitabas algo?

-No le habrían dejado pasar.
-¡Ah, es verdad! ¿Y Tú cómo has pasado?
-Soy Jesús de Nazaret. Y los legionarios me han dejado pasar. Pero esto no hay que decirlo, Leví.

-No lo diré… ¡Mejores ellos que muchos de nosotros!
Llévame a donde duerme mi Madre y no despiertes a ningún otro de la casa.

-Como quieras, Señor. La orden de Lázaro a todos sus encargados domésticos es obedecerte en todo sin replicar y sin dilación. Poco después del alba llevó la orden un criado, muchos criados, a todas las casas. Obedecer y callar. Lo haremos. Nos has concedido de nuevo a nuestro señor…

El hombre va con paso ligero por los pasillos, amplios como galerías, del espléndido palacio de Lázaro del monte Sión, y la lámpara que lleva entre sus manos ilumina fantásticamente los objetos y los tapices que adornan estos anchos pasillos. El hombre se detiene ante una puerta cerrada:

-Ahí está tu Madre.
-Puedes marcharte.

-¿Y la lámpara? ¿No la quieres? Yo puedo volver a oscuras. Conozco bien la casa. Nací aquí.

-Déjamela. Y no quites la llave de la puerta. Salgo enseguida.

-Sabes donde encontrarme. Cierro por precaución. Pero estaré preparado para abrirte la puerta cuando vengas.
Jesús se queda solo. Llama con suavidad: un toque tan ligero que sólo una persona que esté bien despierta puede oírlo.

Ruido leve dentro de la habitación, como de correr una silla y un ligero rumor de pasos, y una voz suave:
-¿Quién llama?
-Yo, Mamá. Ábreme.

La puerta se abre enseguida. La luz de la Luna es la única que ilumina la serena habitación, y extiende sus rayos sobre el lecho intacto. Hay una silla junto a la ventana abierta de par en par frente al misterio de la noche.
-¿No dormías todavía? ¡Es tarde!

-Oraba… Ven, Hijo mío. Siéntate aquí donde estaba yo -y señala a la silla que está junto a la ventana.

-No puedo detenerme. He venido por ti, para ir a Ofel, a casa de Elisa. Analía ha muerto. ¿No lo sabías todavía?
-No. Ninguno… ¿Cuándo, Jesús?
-Después de pasar Yo.

-¡Después de pasar Tú! ¡Has sido, entonces, para ella el Ángel libertador! ¡Tan severas rejas le eran esta Tierra…! ¡Dichosa ella! ¡Quisiera estar yo en su lugar!

¿Ha sido una muerte… natura? Quiero decir… ¿no por un infortunio?…

-Ha muerto de alegría de amor. Lo he sabido cuando estaba ya en la subida del Templo. Ven conmigo, Mamá. Nosotros no tememos profanarnos por consolar a una madre que ha tenido entre sus brazos a su hija muerta de alegría sobrenatural… ¡Nuestra primera virgen! La que fue a Nazaret, a ti, para encontrarme a mí y pedirme esta alegría… Días lejanos y serenos.

-Anteayer cantaba como una curruca enamorada y me besaba diciendo: «¡Soy feliz!», y estaba ávida de oír todo acerca de ti. Cómo te formó Dios, cómo me eligió, y mis primeros latidos de virgen consagrada… Ahora comprendo… Estoy preparada, Hijo.

María, mientras hablaba, se ha fijado el pelo, que le caía por los hombros y tan niña le hacía parecer, y se ha puesto el velo y el manto.

Salen, haciendo el menor ruido posible.
Leví está ya al lado del portón. Explica:

-He preferido… por mi mujer… Las mujeres son curiosas. Me habría hecho cien preguntas. Así no lo sabe…
Abre. Hace ademán de cerrar.

Jesús dice:
-Dentro de esta misma vigilia traeré a mi Madre.
-Velaré aquí. Pierde cuidado.
-La paz a ti.

Caminan por las calles silenciosas, vacías, de las que la Luna va retirándose lentamente para permanecer en lo alto de las casas altas de la colina de Sión. Más luminoso se ve el barrio de Ofel, de casitas más humildes y bajas.
Y se ve la casa de Analía. Cerrada, oscura, silenciosa. Algunas flores, mustias, hay todavía en los peldaños de la casa: quizás las que arrojó la virgen antes de morir, o flores caídas de su lecho fúnebre… Jesús llama a la puerta. Llama de nuevo…

Ruido de una ventana que se abre arriba. Una voz desmayada:
-¿Quién llama?

-María y Jesús de Nazaret -responde María.
-¡Oh! ¡Voy!…

Breve espera. Luego, ruido de descorrer cerrojos. La puerta se abre y permite ver la cara desencajada de Elisa, que a duras penas se tiene en pie apoyada en la jamba. Y, cuando María, entrando, le abre los brazos, ella se deja caer sobre su pecho, llorando con débiles sollozos, propios de quien ha llorado ya tanto, que carece de voz para llanto. Jesús cierra la puerta y espera paciente a que su Madre calme esa congoja.

Cerca de la puerta hay una habitación. Entran en ella. Jesús lleva la lámpara que Elisa había dejado en el suelo de la entrada antes de abrir la puerta. El llanto de la madre parece no poder tener fin. Habla entre roncos sollozos a María: habla la madre a la Madre. Jesús, en pie junto a una pared, calla…

Elisa no encuentra razón de esa muerte acaecida así… Y, en medio de su dolor, hace recaer la causa de ella sobre Samuel, el prometido perjuro:

-¡Ese maldito le ha roto el corazón! Ella no lo decía, pero está claro que sufría, ¡quién sabe desde hace cuánto tiempo! Y con el júbilo, con el grito, se le ha abierto el corazón. Maldito sea eternamente.

-No, querida mía, no. No maldigas. No es así. Dios la ha amado tanto, que ha querido que estuviera en la paz. Pero, aunque hubiera muerto por causa de Samuel -no es así, pero supongámoslo por un instante-piensa en qué muerte de júbilo ha tenido, y di que la malvada acción le procuró una muerte feliz.

-¡Yo ya no la tengo! ¡Se me ha muerto! ¡Se me ha muerto!

¿Tú no sabes lo que es perder a una hija! Yo he experimentado dos veces este dolor. Porque ya la lloraba como muerta cuando tu Hijo la curó. Pero ahora… Pero ahora… ¡Él no ha vuelto! No se ha compadecido… ¡Yo la he perdido! ¡Perdida! ¡Mi criatura está ya en la tumba!

¿Sabes lo que es ver agonizar a un hijo?, ¿saber que tiene que morirse?, ¿verlo muerto cuando se pensaba que había recuperado la salud y que estaba fuerte? No lo sabes. No puedes hablar… Era bonita como una rosa que se hubiera abierto en ese momento, con los primeros rayos del Sol, esta mañana mientras se arreglaba. Había querido adornarse con el vestido que le había hecho para la boda. Quería también coronarse como esposa.

Luego prefirió deshacer la guirnalda, ya preparada, y deshojar las flores para echárselas a tu Hijo, ¡y cantaba!, ¡cantaba! Su voz llenaba la casa. Estaba hermosa como la primavera. La alegría le ponía brillantes como estrellas los ojos; del color de la púrpura, como pulpa de granada, los labios abiertos sobre la blancura de los dientes.

Tenía las mejillas rosadas y frescas como rosas nuevas decoradas de rocío. Y se puso blanca como una azucena poco antes abierta. Y se plegó para caer sobre mi pecho como un tallito quebrado… ¡Ya ninguna palabra!, ¡ya ningún suspiro! ¡Ya ausencia de color! ¡Ya sin mirada! Plácida, bonita, como un ángel de Dios, pero sin vida. ¡Tú no sabes, tú que gozas de la exaltación de tu Hijo y que lo tienes sano y fuerte, no sabes cuál es mi dolor! ¿Por qué no ha regresado? ¿En qué le había herido, y yo con ella, para no tener piedad de mi oración?

-¡Elisa! ¡Elisa! No digas eso… El dolor te ciega y te hace ser sorda… Elisa, no conoces mi dolor. Y no sabes cuán profundo va a ser el mar de mi dolor. Tú la has visto tranquila y hermosa entumecerse en paz. En tus brazos.

Yo… Yo hace más de seis lustros que contemplo a mi Hijo, y, detrás de su carne lisa y limpia que contemplo y acaricio, veo las llagas del Varón de dolores en que se convertirá. ¿Sabes, tú que dices que no sé lo que es ver a un hijo ir dos veces a la muerte y una entrar y ya quedarse en paz en ella, sabes lo que es para una madre tener durante tantos años esta visión? ¡Mi Hijo! Ahí está.

Está ya vestido de rojo, como si saliera de un baño de sangre. Y pronto, dentro de poco, antes de que la cara de tu hija se haya puesto oscura en el sepulcro, lo veré vestido con la púrpura de su Sangre inocente. De esa Sangre que le he dado. Tú has recogido a tu hija en tu corazón, pero yo, ¿sabes cuál será mi dolor al ver morir a mi Hijo como un malhechor en el madero? ¡Míralo, mira al Salvador de todos! Salvador en el espíritu y en la carne, porque la carne de los que Él salve será incorrupta y bienaventurada en su Reino.

¡Y, mírame! ¡Mira a esta Madre que hora a hora acompaña y conduce -no le retendría ni un paso-a su Hijo al Sacrificio! Te puedo comprender, pobre mamá. ¡Pero tú comprende mi corazón! No aborrezcas a mi Hijo. Analía no habría soportado la agonía de su Señor, y su Señor la ha hecho feliz en un momento de júbilo.

Elisa, al oír esta revelación, ha dejado de llorar. Mira fijamente a María, cuyo rostro está pálido, un rostro de mártir lavado por lágrimas silenciosas; mira a Jesús, que a su vez la mira con compasión…y se derrumba a los pies de Él gimiendo:

-¡Pero ella se me ha muerto! ¡Se me ha muerto, Señor! Como una azucena, una azucena rota. ¡De ti dicen los poetas que eres Aquel que se complace en estar entre las azucenas!

¡Oh, verdaderamente, tú, nacido de la azucena-María, bajas a menudo a los jardines florecidos, y haces de las rosas florecidas cándidas azucenas, y arrebatándoselas al mundo las recoges. ¿Por qué? ¿Por qué, Señor? ¿No es justo que una madre goce de la rosa que nació de ella? ¿Por qué apagar el color purpurino en la fría blancura de muerte de la azucena?

-¡Las azucenas! Serán el símbolo de las que me amen como mi Madre amó a Dios. El cándido jardín del Rey divino.

-Pero nosotras, las madres, lloraremos; nosotras tenemos derecho a nuestras hijas. ¿Por qué arrebatarles la vida?
-No quiero decir eso, mujer. Seguirán viviendo las hijas, pero consagradas al Rey como las vírgenes en los palacios de Salomón. Recuerda el Cantar (6, 8-9; 8, 4)… Y serán esposas, las predilectas, en la Tierra y en el Cielo.

-¡Pero mi hija ha muerto! ¡Ha muerto!». De nuevo llanto desgarrador.

-Yo soy la Resurrección y la Vida. Quien cree en mí, aunque muera, vive; y en verdad te digo que no muere para siempre. Tu hija vive. Tiene vida eterna porque creyó en la Vida. Mi Muerte será para ella Vida completa. Ha conocido la alegría de vivir en mí antes de conocer el dolor de ver que me arrancan la vida. Tu dolor te ciega y te hace ser sorda. Bien lo ha dicho mi Madre. Pero pronto estará en tus labios lo que he encargado que te transmitieran:

«Verdaderamente su muerte fue una gracia de Dios». Créelo, mujer. El horror espera a este lugar. Y vendrá un día en que las madres que hayan sufrido el mismo golpe que tú dirán: «Alabado sea Dios, que libró de estos días a nuestros hijos». Y las otras madres gritarán hacia el Cielo:

“¿Por qué, oh Dios, no has quitado la vida a nuestros hijos antes de esta hora?». Créelo, mujer. Cree en mis palabras. No levantes entre ti y Analía el verdadero muro que separa: el de una fe distinta. ¿Ves? Yo hubiera podido no venir. Sabes cuánto me odian. ¡No te engañe la exaltación de una hora!… En cada rincón puede esconderse una asechanza contra mí. Y he venido solo, de noche, para consolarte y decirte estas palabras. Yo me hago solidario del dolor de una madre. Para que tu alma tenga paz, he venido a decirte estas palabras. ¡Ten paz! ¡Paz!

-¡Dámela Tú, Señor! Yo no puedo. No puedo con este sufrimiento conseguir la paz. Pero Tú, que das nueva vida a los muertos y nueva salud a los moribundos, da la paz al corazón de una madre consumida por la aflicción.

-Así sea, mujer. A ti la paz.

Le impone las manos bendiciéndola y orando por ella en silencio. María, por su parte, se ha arrodillado al lado de Elisa y la ciñe con un brazo.

-Adiós, Elisa. Me marcho…

-¿No nos vamos a volver a ver, Señor? No voy a salir de casa durante muchos días y Tú te vas a marchar pasadas las fiestas pascuales. Tú… eres todavía un poco parte de mi hija… porque Analía…, porque Analía vivía en ti y para ti.

Llora. Más serena, pero… ¡cuánto llora! Jesús la mira… Acaricia su cabeza cana. Le dice: -Me verás todavía.

-¿Cuándo? -A partir de esta noche, dentro de ocho. -¿Y me vas a consolar entonces? ¿Me vas a bendecir para darme fuerza?

-Mi corazón te bendecirá con toda la plenitud del amor mío hacia los que me aman. Ven, Madre mía.

-Hijo mío, si me lo permites, quisiera estar todavía un tiempo con esta madre. El dolor es una impetuosa ola que vuelve cuando se aleja Aquel que infunde paz… Volveré a casa a la primera hora. No tengo miedo de ir sola. Tú lo sabes; como también sabes que pasaría a través de todo un ejército de enemigos con tal de consolar a un hermano mío en Dios.

-Sea como quieres. Yo me marcho. Dios esté con vosotras.
Sale sin hacer ruido, cerrando tras sí la puerta de la habitación y la de la casa.

Vuelve hacia las murallas, hacia la Puerta de Efraím o hacia la Puerta Estercolaria o del Estiércol (porque muchas veces he oído nombrar estas dos puertas cercanas con estos tres nombres, quizás porque una da al camino de Jericó, que está en el fondo, y que lleva a Efraím; y la otra, porque está cerca del Valle de Hinnón, donde se quema la basura de la ciudad; y son tan iguales, que las confundo).

El cielo, a pesar de estar todavía tachonado de estrellas, empieza a clarearse en la parte oriental del horizonte. Las calles están envueltas en una penumbra más densa que la oscuridad nocturna atenuada por la blancura de la luna. Pero el soldado romano tiene buenos ojos. En cuanto ve a Jesús ir hacia la puerta, le sale al paso.

-¡Salve! Te he estado esperando… -se detiene inseguro.
-Habla sin miedo. ¿Qué quieres de mí?

-Saber. Has dicho: «La paz que Yo doy permanece incluso en la guerra porque es paz de alma». Yo quisiera saber qué paz es y qué es alma. ¿Cómo puede un hombre que está en la guerra estar en paz? Cuando se abre el templo de Jano se cierra el de la Paz. No pueden estas dos cosas darse juntas en el mundo.

Habla apoyado en el murete verdoso de un huertecillo, en una callejuela estrecha como un sendero entre campos, flanqueada por pobres casas, húmeda, tétrica, oscura.

Aparte de un leve reflejo que señala el yelmo bruñido, no se advierte nada más de los dos que hablan: la sombra confunde las caras y los cuerpos en una única negrura.

La voz de Jesús resuena pausada, y luminosa, por la alegría que siente de sembrar una semilla de luz en el pagano.

-En el mundo, en verdad, no pueden darse juntas paz y guerra. La una excluye a la otra. Pero en el hombre de guerra puede haber paz aún llevando a cabo esa guerra que le ha sido ordenada; puede estar mi paz. Porque mi paz viene del Cielo y no la lesiona el fragor de la guerra ni la brutalidad de las matanzas. Esa paz es cosa divina e invade a la cosa divina que el hombre tiene dentro de sí y que se llama alma.

-¿Divina? ¿En mí? César es divino. Yo soy hijo de agricultores. Ahora soy un legionario sin ninguna graduación. Si soy valiente, quizás llegue a centurión. Pero, divino, no.

-Hay una parte divina en ti. Es el alma. Viene de Dios. Del verdadero Dios. Por eso es divina, gema viva en el hombre, y se alimenta y vive de cosas divinas: la fe, la paz, la verdad. La guerra no la turba, la persecución no la lesiona, la muerte no la mata; sólo el mal, hacer lo feo, la hiere o la mata, y también la priva de la paz que Yo doy. Porque el mal separa de Dios al hombre.
-¿Y qué es el mal?

-Estar en el paganismo y adorar a los ídolos cuando la bondad del verdadero Dios ha dado el conocimiento de que existe el verdadero Dios. No amar al padre, a la madre, a los hermanos y al prójimo. Robar, matar, ser rebeldes, ser lujuriosos, ser falsos. Esto es el mal.

-¡Ah, entonces no puedo tener tu paz! Soy soldado con órdenes de matar. ¡Para nosotros, entonces, no hay salvación!

-Sé justo en la guerra y en la paz. Cumple con tu deber sin crueldad ni avidez. Mientras combates y conquistas, piensa que el enemigo es como tú, y que en todas las ciudades hay madres y jóvenes como tu madre y tus hermanas, y sé valiente sin ser brutal: no saldrás de la justicia ni de la paz y mi paz permanecerá en ti.
-¿Y luego?
-¿Y luego? ¿Qué quieres decir?

-¿Después de la muerte? ¿Qué es del bien que he hecho y de esa alma que dices que no muere si no se hace el mal?
-Vive. Vive adornada del bien que ha hecho, en una paz gozosa mayor que la que se goza en la Tierra.
-¡Entonces en Palestina sólo uno había hecho el bien! Comprendo.
-¿Quién?

-Lázaro de Betania. ¡No murió su alma!
-Él, en verdad, es un justo. De todas formas, muchos son como él y mueren sin resucitar; pero sus almas viven en el Dios verdadero. Porque el alma tiene otra morada, en el Reino de Dios. Y quien cree en mí entrará en ese Reino.

-¿También yo que soy romano?
-También tú, si crees en la Verdad.
-¿Qué es la Verdad?

-Yo soy la Verdad, y el Camino para ir a la Verdad; y soy la Vida y doy la Vida, porque quien acoge la Verdad acoge la Vida.

El joven soldado piensa…, calla… Luego levanta la cara. Une cara todavía pura de joven, y con una sonrisa límpida y serena. Dice:

-Trataré de recordar esto y de saber más aún. Me gusta…
-¿Cómo te llamas?

-Vital. De Benevento. De las campiñas de la ciudad.

-Recordaré tu nombre. Haz verdaderamente vital tu espíritu alimentándolo con la Verdad. Adiós. Se abre la puerta. Salgo de la ciudad.

-¡Ave!
Jesús va con paso ligero a la puerta y se apresura por el camino que lleva al Cedrón y al Getsemaní, y desde allí al campo de los Galileos.

Entre los olivos del monte, se encuentra con Judas Iscariote. También él sube ligero hacia el Campo, que ya se despierta. Judas, al encontrarse a Jesús de frente, hace un ademán que expresa casi espanto. Jesús lo mira fijamente, sin decir nada.

-He ido a llevar los alimentos a los leprosos. Pero… he encontrado dos en Hinnón, cinco en Siloán. Los otros: curados. Todavía estaban allí, pero curados; tanto que me han rogado que se lo diga al sacerdote. He bajado con las primeras luces del día para estar libre después. Dará que hablar la cosa. ¡Un número tan grande de leprosos curados juntos, después de tu bendición en presencia de tanta gente!

Jesús no habla. Lo deja hablar… No dice ni «has hecho bien» ni da referente a la acción de Judas, ni referente al milagro. No. Lo que hace es que, de improviso, se para, y, mirando fijamente al apóstol, le pregunta:

-¿Entonces? ¿Qué ha cambiado el que te haya dejado libertad y dinero?

-¿Qué quieres decir?

-Esto: te pregunto si te has santificado desde que te he dado libertad y dinero. Y tú me comprendes… ¡Ah, Judas!

¡Recuerda, recuerda siempre que a ti te he amado más que a todos los demás, habiendo recibido de ti menos amor del que ellos me han dado; recibiendo, al contrario, un odio mayor que el más ensañado odio del más ensañado fariseo, porque era odio de uno al que traté como amigo. Y recuerda también esto: que ni siquiera ahora te aborrezco, sino que, por lo que depende del Hijo del hombre, te perdono.

Ve ahora. No tenemos ya nada que decirnos. Todo está hecho…

Judas quisiera decir algo, pero Jesús, con un gesto imperioso, le indica que vaya adelante… Y Judas, cabizbajo como un vencido, va delante…

En el límite del campo de los Galileos, los once apóstoles y los dos servidores de Lázaro están ya preparados.

-¿Dónde has estado, Maestro? ¿Y tú, Judas? ¿Estabais juntos?

Jesús interviene antes de la respuesta de Judas:

-Yo tenía que decir algo a unos corazones. Judas ha ido donde los leprosos. Están curados todos menos siete.
-¿Por qué has ido? ¡Quería ir yo también! -dice el Zelote.

-Para estar libre y poder venir con nosotros. Vamos. Entraremos en la ciudad por la puerta del Rebaño. Vamos, sin demora -dice Jesús, que es el primero en empezar a andar.

Pasa por entre los olivos que llevan desde el Campo, casi a mitad de camino entre Betania y Jerusalén, hasta el otro puentecito que salva el Cedrón cerca de la puerta del Rebaño.

Algunas casas de campesinos están diseminadas por las laderas, y, casi abajo, rayana a las aguas del torrente, una higuera mece sus desordenadas ramas por encima de éste. Jesús se dirige a ella y busca entre el ramaje amplio y abundante alguna flor de higo maduro. Pero la higuera es toda hojas. Tiene muchas hojas, inútiles; pero, ni un solo fruto en sus ramas.

-Eres como muchos corazones en Israel. Que jamás pueda nacer de ti fruto alguno y que nadie coma de ti en el futuro ­dice Jesús. Los apóstoles se miran. La ira de Jesús hacía el árbol estéril -quizás agreste-los asombra. Pero no dicen nada. Sólo más tarde-pasado el Cedrón, Pedro le pregunta:
-¿Dónde has comido?
-En ningún lugar.

-¡Entonces tienes hambre! Allí hay un pastor con alguna cabra que está pastando. Voy a pedir leche para ti. Vuelvo enseguida – y va dando zancadas para volver cauto con una escudilla vieja colmada de leche.

Jesús bebe y da, acompañada de una caricia, la taza al pastorcito, que ha acompañado a Pedro.
Entran en la ciudad y suben al Templo. Adorado el Señor, Jesús vuelve al patio donde los rabíes exponen sus lecciones.

La gente se arremolina en torno a Él. Una madre, que viene de Cintium, presenta a su hijo, al que una enfermedad ha dejado ciego, creo. Tiene los ojos blancos, como quien tuviera una catarata grande en la pupila, o mancha blanca. Jesús lo cura tocando levemente las órbitas con sus dedos. Inmediatamente después, empieza a hablar:

-Un hombre compró un terreno y lo plantó de vides. Construyó allí la casa para los colonos, y una casa para los guardas; también bodegas y lugares para prensar las uvas. Dejó el cultivo del campo a aquellos colonos en que confiaba. Luego se marchó lejos.

Cuando les llegó a las vides -ya crecidas suficientemente como para ser fructíferas -el tiempo de poder dar fruto, el amo de la viña mandó a sus servidores donde los colonos para que retirasen el beneficio de la cosecha. Pero los colonos rodearon a los servidores del amo y a una parte de ellos los apalearon, contra otros lanzaron gruesas piedras, de modo que los hirieron mucho, a otros los mataron del todo.

Los que pudieron volver vivos donde el señor contaron lo que les había sucedido. El señor los curó y consoló, y mandó a otros servidores, aún más numerosos. Los colonos trataron a éstos como habían tratado a los primeros. Entonces el amo de la viña dijo: «Les enviaré a mi hijo.

Ciertamente respetarán a mi heredero». Pero los colonos, al verlo venir y sabiendo que era el heredero, se convocaron recíprocamente diciendo: «Venid. Vamos a agruparnos para ser muchos. Lo llevamos por la fuerza afuera, a un lugar lejano, y lo matamos. Nos quedaremos con su herencia».

Y, recibiéndolo con hipócritas honores, lo rodearon como festejándolo, pero luego, tras haberlo besado, lo ataron, le dieron fuertes golpes y, en medio de mil burlas, lo llevaron al lugar del suplicio y lo mataron. Ahora decidme vosotros.

Ese padre y amo, que un día verá que su hijo y heredero de los bienes no vuelve, y que descubrirá que sus siervos-colonos, aquellos a quiénes había dado la tierra feraz para que la cultivaran en su nombre, gozando de ella lo justo y dando de ella a su señor lo justo, han sido asesinos de su hijo, ¿qué hará? -y Jesús asaetea con sus zafíreos iris, encendidos como un sol, a los presentes, y especialmente a los grupos de los más influyentes judíos, fariseos y escribas que están entremezclados con la gente.
Ninguno dice nada.

-¡Hablad, pues! Al menos vosotros, rabíes de Israel. Pronunciad palabras de justicia que convenzan al pueblo en orden a la justicia. Yo podría decir palabras no buenas, según vuestro pensamiento. Hablad vosotros entonces, para que el pueblo no sea inducido a error.

Los escribas, obligados, responden así:

-Castigará a esos canallas haciéndolos morir de manera atroz, y dará la viña a otros colonos que se la vayan a cultivar con honradez y le den el fruto de la tierra recibida.

-Bien habéis respondido. Así está en la Escritura: «La piedra desechada por los constructores ha venido a ser piedra angular. Es una obra realizada por el Señor y es admirable ante nuestros ojos» (Salmo 118, 22-23)
Pues porque así está escrito y vosotros lo sabéis y juzgáis justo que reciban atroz castigo los colonos asesinos del hijo heredero del amo de la viña, y que ésta sea entregada a otros colonos que honradamente la cultiven, por eso, os digo: «Os será arrebatado el Reino de Dios para ser entregado a otros que lo cultiven con fruto. Y el que caiga contra esta piedra quedará destrozado, y aquel sobre el que ella cayere quedará triturado».

-Los príncipes de los sacerdotes, los fariseos y escribas, con un acto verdaderamente… heroico, no reaccionan.

¡Tanto puede la voluntad de alcanzar un objetivo! Por mucho menos, otras veces, han arremetido contra Él, y hoy, que abiertamente el Señor Jesús les dice que serán privados del poder, no empiezan a echar improperios, no ponen actos violentos, no amenazan: falsos corderos pacientes, que bajo una hipócrita apariencia de mansedumbre ocultan un inmutable corazón de lobo.

Se limitan a acercarse a Él, que ahora pasea yendo y viniendo, escuchando a unos o a otros de los muchos peregrinos que están congregados en el vasto patio (y muchos de ellos piden consejo en orden a casos de alma o de circunstancias familiares o sociales).

Se acercan a Él en espera de poderle decir algo después de escuchar el juicio que da a un hombre acerca de una intrincada cuestión de herencia.

Una cuestión de herencia que ha producido división y rencor entre los distintos herederos, a causa de un hijo -adoptado luego-que su padre tuvo con una criada de la casa y al que los hijos legítimos, no queriendo tener nada que ver con el bastardo, no lo admiten a su lado, ni quieren que sea coheredero en la repartición de las casas y terrenos; y no saben cómo solucionar la cuestión, porque el padre, antes de morir, hizo jurar que, de la misma manera que él siempre había compartido el pan tanto con el ilegítimo como con los legítimos, y en igual medida ellos debían compartir la herencia con él también en igual medida.

Jesús, al que pregunta en nombre de los otros tres hermanos le dice:

-Sacrificad todos un pedazo de tierra, y vendedlo, de forma que reunáis el valor de dinero equivalente a un quinto del total, y dádselo al ilegítimo diciendo: «Ésta es tu parte. No se te despoja de lo tuyo y no se ha traicionado la voluntad de nuestro padre. Ve y que Dios te acompañe».

Y dad con abundancia, incluso más del estricto valor de su parte. Hacedlo ante testigos justos, y nadie podrá, ni en este mundo ni más allá de él, alzar voces de censura ni de escándalo. Así tendréis paz entre vosotros y en vosotros, no teniendo el remordimiento de haber desobedecido a vuestro padre y no estando a vuestro lado aquel que, verdaderamente inocente, os es causa de turbación más que si fuera un bandolero colado entre vosotros.

El hombre dice:
-En verdad, el bastardo ha robado paz a nuestra familia, un lugar no suyo y salud a nuestra madre, que murió de dolor.

-Hombre, no es él el culpable, sino el que lo engendró. Él no solicitó nacer para llevar la marca de bastardo. Fue la pasión de vuestro padre la que lo engendró para entregarlo al dolor y daros dolor. Sed pues, justos con el inocente que paga ya duramente por una culpa no suya. Y no reprobéis el espíritu de vuestro padre. Dios lo ha juzgado

No se requieren los rayos de vuestras maldiciones. Honrad a vuestro padre, siempre, aunque sea culpable, no por sí mismo sino porque representó en la Tierra a vuestro Dios, habiéndoos creado por decreto de Dios y siendo el señor de vuestra casa. Los padres vienen inmediatamente después de Dios. Recuerda el Decálogo. Y no peques. Ve en paz.
Entonces los sacerdotes y escribas se le acercan para interrogarle:

-Te hemos oído. Has hablado con ecuanimidad. Un consejo que ni Salomón lo hubiera dado más sabio. Pero ahora dinos, Tú que obras prodigios y das sentencias como sólo el rey sabio podía dar, ¿con qué autoridad haces, estas cosas? ¿De dónde te viene ese poder?».

Jesús los mira fijamente. No se muestra agresivo ni desdeñoso, sino majestuoso; mucho. Dice:

-Yo también tengo una pregunta que haceros. Si me respondéis, os diré con qué autoridad Yo, hombre sin autoridad de cargos y pobre -porque esto es lo que queréis decir-, hago estas cosas. Decid: ¿el bautismo de Juan de dónde venía?, ¿del Cielo o del hombre que lo impartía? Respondedme. ¿Con qué autoridad Juan lo impartía como rito purificador para prepararos a la venida del Mesías, si Juan era todavía más pobre y menos versado que Yo, y carecía de todo cargo, pues que había vivido en el desierto desde su juventud temprana?

Los escribas y sacerdotes se consultan unos a otros. La gente se cierra en torno, bien abiertos sus ojos y oídos, preparada para la protesta si los escribas descalifican a Juan Bautista y ofenden al Maestro, y a la aclamación si aquéllos se ven vencidos por la pregunta del Rabí de Nazaret, divinamente sabio. Impresiona el silencio absoluto de esta multitud que espera la respuesta. Es tan profundo, que se oyen las aspiraciones y los bisbiseos de los sacerdotes o escribas, que hablan entre sí casi sin usar la voz, mientras miran de reojo al pueblo, cuyos sentimientos, ya preparados para estallar, intuyen.

Al fin se deciden a responder. Se vuelven hacia Cristo, que está apoyado en una columna, con los brazos recogidos sobre el pecho, y que los escudriña sin perderlos un momento de vista. Dicen:

-Maestro, no sabemos por qué autoridad Juan hacía esto ni de dónde venía su bautismo. Ninguno pensó en preguntárselo a Juan el Bautista mientras vivía, y él espontáneamente nunca lo dijo.

-Y Yo tampoco os diré con qué autoridad hago estas cosas.
Les vuelve las espaldas, convoca a los doce y, abriéndose paso entre la gente que aclama, sale del Templo.

Una vez afuera, pasada la Probática -han salido por esa parte-Bartolomé le dice: -Ahora son muy prudentes tus adversarios. Quizás están convirtiéndose al Señor, que te ha enviado, y empezando a reconocerte como Mesías santo.

-Es verdad. No han alegado nada ni contra tu pregunta ni contra tu respuesta… dice Mateo.

-Pues que así sea. Es hermoso que Jerusalén se convierta al Señor Dios suyo -dice Bartolomé.

-¡No os hagáis ilusiones! Esa parte de Jerusalén no se convertirá jamás. No han respondido de otra manera porque han tenido miedo de la multitud. Yo leía sus pensamientos, aunque no oía sus palabras; dichas en voz baja.
-¿Y qué decían? -pregunta Pedro.

-Decían esto. Deseo que lo sepáis para que los conozcáis a fondo y podáis dar a los que vengan una exacta descripción de los corazones de los hombres de mi tiempo. No me han respondido por conversión al Señor, sino porque entre sí han dicho:

«Si contestamos: “El bautismo de Juan venía del Cielo”, el Rabí nos va a responder: `¿Y entonces por qué no habéis creído en lo que venía del Cielo e indicaba una preparación para el tiempo mesiánico?”; y si decimos: “Del hombre”, será la multitud la que se rebelará diciendo: “¿Y entonces por qué no creéis en lo que Juan, nuestro profeta, dijo de Jesús de Nazaret?.

Así que es mejor decir: “No sabemos”. Esto decían. No por conversión hacia Dios, sino por cálculo ruin y para no tener que confesar con sus bocas que Yo soy el Cristo y hago lo que hago porque soy el Cordero de Dios del que habló el Precursor. Y Yo tampoco he querido decir con qué autoridad hago lo que hago. Ya lo he dicho mucha veces dentro de esas murallas y en toda Palestina, y mis prodigios hablan aún más que mis palabras.

Ahora ya no lo voy a decir con mis palabras. Dejaré que hablen los profetas y mi Padre, y las señales del Cielo.

Porque ha llegado el tiempo en que todas las señales serán dadas. Las que expresaron los profetas y fueron signadas por los símbolos de nuestra historia, y las que Yo he expresado: la señal de Jonás; ¿os acordáis de aquel día de Quedes? Y la señal que espera Gamaliel. Tú, Esteban, y tú, Bernabé, que has dejado a tus compañeros, hoy, para seguirme, muchas veces, sin duda, habéis oído al rabí hablar de esa señal. Pues bien: pronto será dada esa señal.

Se aleja, cuesta arriba, por los olivos del monte, seguido de los suyos y de muchos discípulos (de aquellos setenta y dos), además de otros, como José Bernabé, que lo sigue para oírlo hablar todavía.

591- Por la noche en Getsemaní. Los apóstoles llamados de nuevo a la realidad después de la embriaguez del triunfo

Jesús está con los suyos en la paz del Huerto de los Olivos. Se viene la noche, una templada noche de plenilunio.

Están sentados en esos asientos naturales que son los desniveles del Huerto, los primeros, que se asoman a la placita natural formada por el calvero que está al principio del Getsemaní. El Cedrón, susurrador entre sus cantos, parece conversar animadamente consigo mismo; algún canto de ruiseñor, algún suspiro de brisa, nada más.
Jesús está hablando.

-Después de la exaltación de esta mañana, muy distinto tenéis el corazón. ¿Qué deberé decir? ¿Que lo sentís aliviado? ¡Sí, según lo humano, aliviado! Habéis entrado en la ciudad temblando a causa de mis palabras. Cada uno en particular parecía temer a los esbirros, tras las murallas, preparados para caer sobre vosotros y prenderos.

En todo hombre hay otro hombre, que se revela en las horas más graves. Existe el héroe, que en las horas de peligro se manifiesta en el hombre que el mundo siempre vio manso, en ese hombre al que el mundo juzgó insignificante; el héroe que insignificante; el héroe que que, mientras que todos huyen aterrorizados ante los sanguinarios deseosos de víctimas, dice:

«Tomadme a mí como rehén y como víctima. Pago yo por todos». Existe el cínico, que ante las desventuras generalizadas saca beneficio propio, y que se ríe ante los cuerpos de las víctimas.

Existe el traidor, que posee un coraje suyo particular: el del mal; el traidor, que es una amalgama del cínico y el cobarde (que es también una categoría que se manifiesta en los momentos más graves), porque cínicamente saca provecho de una desdicha y cobardemente se pasa al grupo más fuerte, atreviéndose, con tal de sacar provecho de ello, a hacer frente al desprecio de los enemigos y a las maldiciones de aquellos a quienes ha abandonado.

En fin, existe -y es la categoría más difundida-el cobarde, que en el momento grave sólo es capaz de dolerse por haber sido reconocido como partidario de un grupo o de un hombre que ahora sufren condenación, y de huir… La culpa del cobarde no alcanza el grado de la del cínico, ni repugna como el traidor, pero muestra, eso sí, la imperfección de su estructura espiritual. Vosotros… esto sois. No digáis que no. Yo leo en las conciencias.

-Esta mañana, íntimamente, pensabais: «¿Qué nos va a suceder? ¿Iremos a la muerte también nosotros?» y la parte más baja gemía: «¡No teníamos que haberlo seguido!…». Sí. Pero ¿os he engañado alguna vez? Ya desde mis primeras palabras os hablaba de persecución y muerte. Y cuando uno de vosotros, por exceso de admiración quiso verme y presentarme como un rey (uno de los pobres reyes de la Tierra, pobre aunque fuera rey y restaurador del reino de Israel inmediatamente corregí el error y dije: «Soy Rey del espíritu. Ofrezco privaciones, sacrificio, dolor.

No tengo otra cosa. Aquí, en la Tierra no tengo otra cosa. Pero después de mi muerte, y de vuestra muerte en mi fe, os daré un Reino eterno: el de los Cielos». ¿Acaso os hablé de otra manera? No. Vosotros mismos decís que no.

Y vosotros, entonces, decíais: «Sólo esto queremos: estar contigo, ser tratados como Tú y padecer por ti». Sí, ésas eran vuestras palabras. Y erais sinceros. Pero era porque razonabais sólo como niños; como niños distraídos. Os pensabais que seguirme era fácil y estabais tan cargados de la triple concupiscencia, que no podíais admitir que fuera verdad lo que Yo os señalaba.

Pensabais: «Es el Hijo de Dios. Lo dice para probar nuestro amor. Pero el hombre no podrá agredirle. ¡Él, que obra milagros, bien sabrá hacer un gran milagro en favor propio!». Y cada uno de vosotros añadía: «No puedo creer que lo traicionen, que lo apresen y le den muerte». Tan fuerte era esta humana fe vuestra en mi poder, que llegabais a no tener fe en mis palabras, la Fe verdadera, espiritual, santa y santificante.

«¡Él, que obra milagros, hará también uno en favor propia!» decíais. No sólo uno. Haré todavía muchos. Y dos serán como ninguna mente de hombre puede pensar; serán como sólo los que crean en el Señor podrán admitir. Todos los demás, durante todos los siglos, dirán: «¡Imposible!». Y después de la muerte seguiré siendo objeto de contradicción para muchos.

Una dulce mañana de primavera, desde lo alto de un monte, anuncié las distintas bienaventuranzas. Hay todavía una:

«Bienaventurados los que saben creer sin ver». Ya he dicho yendo por Palestina: “Bienaventurados los que escuchan la palabra los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen», también: «Bienaventurados los que hacen la voluntad de Dios». Y otras más, otras he dicho, porque en la casa del Padre mío son numerosas las alegrías que esperan a los santos.

Pero también existe ésta ¡Oh, bienaventurados los que crean sin haber visto con los ojos corporales! Serán tan santos, que, estando en la Tierra, verán ya a Dios, Dios escondido en el Misterio de amor.

Pero vosotros, después de tres años de estar conmigo, a esta fe no habéis llegado todavía. Y creéis sólo en lo que veis. Por eso, desde esta mañana, después de la exaltación, estáis diciendo: «Es lo que decíamos nosotros.

Él triunfa. Y nosotros con él». Y, como aves a las que les nacen las plumas que un hombre cruel haya arrancado, alzáis vuestro vuelo ebrios de alegría, seguros, libres de ese sentido de opresión que mis palabras habían puesto en vuestro corazón. Entonces, ¿estáis más aliviados también en vuestro espíritu? No. En él estáis aún menos aliviados.

Porque estáis aún menos preparados para la hora que amenaza. Habéis bebido los gritos de hosanna como un vino fuerte y agradable y estáis ebrios de él. ¿Un hombre embriagado es, acaso, fuerte?: basta una manita de niño para hacerlo tambalearse y caer. Así estáis vosotros. Y será suficiente la presencia de los esbirros para poneros en fuga, cual temerosas gacelas que, en cuanto ven asomarse tras una roca el morro puntiagudo del chacal, se dispersan, rápidas como el viento, por las soledades del desierto.

¡Cuidad de no morir de hórrida sed en esa quemada arena que es el mundo sin Dios! No digáis, no digáis, amigos queridos, lo que dice Isaías (8, 12-16) aludiendo a este estado de espíritu vuestro, falso y peligroso; no digáis:

«Éste sólo habla de conjuras, pero no hay motivo de temor, no hay motivos para sentir espanto. No debemos temer lo que nos profetiza. Israel lo ama y nosotros eso lo hemos visto».

¿Cuántas veces el tierno pie desnudo de un niño pisa las hierbezuelas florecidas de un prado mientras arranca corolas para llevárselas a su madre, y cree que va a encontrar sólo tallitos y flores y, sin embargo, pone el calcañar sobre la cabeza de una culebra y ésta le muerde y el niño muere! Las flores ocultaban la sierpe. ¡Y esta mañana… también ha sido así! Yo soy el Condenado coronado de rosas. ¡Las rosas!… ¿Cuánto duran las rosas? ¿Qué queda de ellas cuando su corola se ha deshojado para formar nieve de perfumados pétalos? Espinas.

-Yo -Isaías lo dijo-seré para vosotros -y, con vosotros, os digo que lo seré para el mundo-santificación; pero también piedra de tropiezo, piedra de escándalo, y lazo y ruina para Israel y para la Tierra. Santificaré a los que tengan buena voluntad, seré causa de caída y de quebranto para los que tengan mala voluntad. Los ángeles no pronuncian palabras engañosas ni palabras que duren poco.

Ellos vienen de Dios, que es Verdad y que es Eterno, y lo que dicen es verdad y constituye palabra inmutable. Los ángeles dijeron: «Paz a los hombres de buena voluntad».

Entonces nacía, ¡oh, Tierra!, tu Salvador. Ahora va a la muerte tu Redentor. Pero para recibir paz de Dios, o sea, santificación y gloria, es necesario tener «buena voluntad».

Inútil mi nacimiento, inútil mi muerte, para aquellos que no tienen esta voluntad buena. Mi vagido y mi estertor, el primer paso y el último, la herida de la circuncisión y la de la consumación, se habrán producido en vano si en vosotros, si en los hombres, no existe la buena voluntad de redimirse y santificarse. Y os digo que muchísimos tropezarán en mí, que he sido puesto como columna de soporte y no como trampa para el hombre; y caerán porque estarán ebrios de soberbia, de lujuria, de avaricia, y se verán dentro de la red de sus pecados, atrapados y entregados a Satanás. Poned estas palabras en vuestros corazones, sigiladlas para los futuros discípulos.

Vamos. La Piedra se alza. Otro paso hacia delante, hacia la cima del monte. Debe resplandecer en la cima porque Él es Sol, Luz, Oriente. Y el Sol resplandece en las cimas. Debe ser en el monte porque el mundo entero debe ver el Templo verdadero. Y Yo mismo lo edifico con la Piedra viva de mí Carne inmolada. Y uno sus distintas partes con 1a argamasa hecha de sudor y sangre. Estaré en mi trono cubierto con un manto de púrpura viva, coronado con una corona nueva, y los que están lejos vendrán a mí, trabajarán en mi Templo, para mi Templo. Yo soy la base y la cúspide.

Pero todo alrededor, cada vez mayor, se irá extendiendo la morada. Yo mismo labraré mis piedras y a mis artesanos. De la misma manera que Yo he sido labrado con cincel por el Padre, por el Amor, por el hombre y por el Odio, así los labraré. Y cuando en un solo día haya sido arrancada de la Tierra la iniquidad, a la piedra del Sacerdote eterno se acercarán los siete ojos para ver a Dios y de ella manarán las siete fuentes para vencer el fuego de Satanás.

Satanás… Judas, vamos; y recuerda que el tiempo es ya poco y que para el anochecer del Jueves debe ser entregado el Cordero.

(Jueves es de inmediata comprensión para el lector de hoy, a quien se adapta el lenguaje de la Obra valtortiana.

También en otros lugares y en los títulos de los capítulos que siguen, se nombran los días de la semana, los cuales, en realidad, excepciones hechas de sábado y Parasceve, no tenían un nombre para los hebreos de aquel tiempo)

590- El llanto ante Jerusalén y la entrada triunfal en la Ciudad Santa

Jesús pasa su brazo sobre los hombros de su Madre, que se había levantado cuando Juan y Santiago de Alfeo habían llegado donde Ella para decirle: «Tu Hijo viene». Luego éstos habían regresado para reunirse con sus compañeros, que caminan lentamente, y van hablando. Mientras, Tomás y Andrés han ido ligeros hacia Betfagé para buscar a la asna y al pollino y llevarlos a Jesús.

Jesús, entretanto, habla a las mujeres.

-Hemos llegado a la ciudad. Os aconsejo que os marchéis y vayáis seguras. Entrad antes que Yo en la ciudad. En En Rogel están todos los pastores y los discípulos más leales. Tienen la orden de escoltaros y protegeros.

-Es que… Hemos hablado con Aser de Nazaret y Abel de Belén de Galilea, y también con Salomón. Habían venido hasta aquí para observar tu llegada. La muchedumbre prepara una gran fiesta. Y queríamos ver… ¿Ves cómo se agitan las copas de los olivos? No es el viento el que las agita de ese modo. Es la gente, que coge ramas para sembrar de ellas el camino y para resguardarte del sol.

¡¿Y allá?! Mira, allá están quitando a las palmas sus ventalles. Parecen racimos, pero son hombres que han trepado a los troncos para coger y coger… Y en las laderas puedes ver cómo los niños, agachados, recogen flores. Y las mujeres, sin duda, están despojando huertos y jardines de corolas y hierbas olorosas para sembrarte el camino de flores. Nosotras queríamos ver… e imitar el gesto de María de Lázaro, que recogió todas las flores pisadas por tu pie cuando entraste en el jardín de Lázaro -ruega, por todas, María de Cleofás.

Jesús acaricia en la mejilla a su anciana pariente, que parece una niña deseosa de ver un espectáculo, y le dice:
-En medio de la masa de gente no veríais nada. Id adelante. A la casa de Lázaro. La que está custodiada por Matías. Pasaré por allí y me veréis desde arriba.

-Hijo mío… ¿y vas solo? ¿No puedo estar a tu lado? -dice María alzando una cara muy triste y fijando sus ojos de cielo en su dulce Hijo.

-Quisiera rogarte que estuvieras oculta. Como la paloma en la hendidura de la roca. ¡Más que tu presencia me es necesaria tu oración, Mamá amada!

-Si es así, Hijo mío, nosotras oraremos. Todas. Por ti.
-Sí. Después de verlo pasar, vendréis con nosotras a mi palacio de Sión. Y mandaré servidores al Templo y siempre detrás del Maestro, para que nos traigan sus órdenes y sus noticias -decide María de Lázaro, siempre rápida en captar lo que es mejor hacer y en hacerlo sin vacilación.

-Tienes razón, hermana. Aunque me duela no seguirlo, compren do la justicia de la orden. Y, además, Lázaro nos ha dicho que no contradigamos al Maestro en nada, sino que lo obedezcamos hasta en las cosas menos importantes. Y lo haremos.

-Pues entonces marchaos. ¿Veis? Las calles se animan. Están llegando los apóstoles. Marchaos. La paz sea con vosotras. Os mandaré llamar en las horas que juzgue buenas. Mamá, adiós. Ten paz. Dios está con nosotros.
La besa y se despide de ella. Y las obedientes discípulas se marchan solícitas.

Los diez apóstoles llegan donde Jesús.

-¿Las has mandado adelante?
-Sí. Verán desde una casa mi entrada.

-¿Desde qué casa? -pregunta Judas de Keriot.
-¡Son ya muchas las casas amigas! -dice Felipe.
-¿No la de Analía? -insiste Judas Iscariote.

Jesús responde negativamente y se encamina hacia Betfagé, que está poco lejos.

Cercana ya la tiene cuando vuelven los dos que habían sido enviados por la asna y el pollino. Gritan:
-Hemos encontrado las cosas como habías dicho. Y te habríamos traído los animales. Pero el dueño quiere almohazarlos y adornarlos con los mejores jaeces, para honrarte. Y los discípulos, unidos a los que han pasado la noche en las calles de Betania, para honrarte, quieren tener el honor de traértelos. Nosotros hemos asentido. Nos ha parecido que su amor merecía un premio.

-Habéis hecho bien. Entretanto, vamos adelante.
-¿Son muchos los discípulos? -pregunta Bartolomé.
-¡Oh, una multitud! No se logra entrar por las calles de Betfagé. Por eso le he dicho a Isaac que lleve el asno a casa de Cleante el quesero» responde Tomás.

-Has hecho bien. Vamos hasta aquel rellano del collado. Vamos a esperar a la sombra de aquellos árboles un poco.
Van a donde Jesús señala.

-¡Pero nos alejamos! ¡Pasas Betfagé rodeándola por detrás! -exclama Judas Iscariote.

-Y si quiero hacerlo, ¿quién me lo puede prohibir? ¿Acaso estoy ya prisionero, de forma que no me sea lícito ir a donde quiera? ¿Es que hay prisa en que lo esté y se teme que pueda evadirme de la captura? Y, si juzgara oportuno alejarme por lugares más seguros, ¿alguien podría impedírmelo?

Jesús asaetea con sus ojos al Traidor, que ya no abre la boca y que se encoge de hombros como diciendo «haz lo que te parezca».

En efecto, dan la vuelta por detrás del pueblecito, que yo diría que es un suburbio de la propia ciudad, porque por el lado oeste está verdaderamente muy poco separado de la ciudad, formando parte ya de las laderas del Monte de los Olivos, que corona a Jerusalén por el lado oriental.

Abajo, entre las laderas y la ciudad, el Cedrón brilla bajo el sol de Abril.

Jesús se sienta en aquel silencio verde y se concentra en sus pensamientos.

Jesús mira a la ciudad, que se extiende a sus pies. No es un collado muy alto: como mucho, como puede serlo la plaza de San Miniato del monte, en Florencia. Pero basta para que la vista domine la extensión de todas las casas y calles que suben y bajan por las pequeñas elevaciones de terreno que constituyen Jerusalén. Este collado, eso sí, respecto al Calvario, es mucho más alto, si se toma el nivel más bajo de la ciudad; y está más cerca de la muralla. Comienza verdaderamente a dos pasos de ésta. Por esta parte de las murallas, se eleva con pronunciado desnivel, mientras que, por la otra, desciende suavemente hacia una campiña toda verde que se extiende hacia el este (al menos me parece el oriente, si juzgo bien la luz solar).

Jesús y los suyos están bajo un grupo de árboles, a la sombra, sentados. Descansan del camino recorrido. Luego Jesús se levanta, deja el espacio arbolado donde estaban sentados y se llega justo hasta el borde del rellano. Su alto físico -así, erguido y solo, parece todavía más alto-destaca neto en el vacío que lo rodea. Tiene las manos recogidas sobre el pecho, sobre el manto azul, y mira serio, serio.

Los apóstoles lo observan. Pero no le estorban, no moviéndose ni hablando. Deben pensar que se ha separado para orar.

Pero Jesús no está rezando. Primero mira durante un tiempo largo a la ciudad, mira a todos sus barrios y a todas sus elevaciones y todos sus detalles, a veces fijando su mirada largamente en éste o aquel punto, otras veces con menor insistencia; luego se echa a llorar, sin convulsiones ni ruido.

Las lágrimas llenan las órbitas, luego salen y ruedan por las mejillas y caen… Lagrimones silenciosos y llenos de tristeza, como de una persona que sabe que debe llorar solo, sin esperar consuelo y comprensión de alguien, por un dolor que no puede ser anulado y que, sin remisión, debe ser sufrido.
El hermano de Juan, por su posición, es el primero que ve ese llanto y se lo dice a los otros, los cuales, asombrados, se miran.

-Ninguno de nosotros ha hecho alguna cosa mal -dice uno.

-Tampoco ha habido insultos de la gente, ni estaba entre ella ninguno de sus enemigos – dice otro.

-¿Por qué llora entonces? -pregunta el más anciano de todos.

Pedro y Juan se levantan al mismo tiempo y se acercan al Maestro. Piensan que lo único que debe hacerse es hacerle sentir que lo quieren y preguntarle qué le sucede.

-Maestro, ¿estás llorando? -dice Juan mientras apoya su cabeza rubia en el hombro de Jesús, que le supera en altura todo el cuello y la cabeza. Y Pedro, poniéndole una mano en la cintura, ciñéndole casi con un abrazo para arrimarle hacia sí, le dice: -¿Qué te aflige, Jesús? Dínoslo a nosotros, que te queremos.

Jesús apoya la mejilla en la cabeza rubia de Juan, y, abriendo los brazos, pasa a su vez el brazo por el hombro de Pedro. Permanecen en este abrazo los tres, en una postura de mucho amor. Pero el llanto sigue goteando.
Juan, que siente que desciende entre sus cabellos, le pregunta de nuevo:

-¿Por qué lloras, Maestro mío? ¿Es que te hemos adolorado nosotros?

Los otros apóstoles se han añadido al grupo amoroso y ansiosamente esperan una respuesta.

-No -dice Jesús -No vosotros. Vosotros sois amigos míos, y la amistad, cuando es sincera, es bálsamo y sonrisa, nunca llanto. Quisiera que permanecierais siempre en esta amistad conmigo, incluso ahora, que vamos a entrar en la corrupción que fermenta y que pudre a quien no tiene decidida voluntad de conservarse honesto.

-¿A dónde vamos, Maestro? ¿No a Jerusalén? La gente ya te ha saludado con alegría. ¿Quieres defraudarla? ¿Es que vamos a Samaria para algún prodigio? ¿Justo ahora, que la Pascua está cercana?

Varios al mismo tiempo hacen las preguntas.

Jesús levanta las manos e impone silencio. Luego, con la derecha, señala a la ciudad. Un gesto amplio, como de una persona que fuera sembrando delante de sí. Y dice:

-Esa es la Corrupción. Entramos en Jerusalén. Entramos en ella. Y sólo el Altísimo sabe cómo quisiera santificarla llevando a ella la Santidad que viene de los Cielos.

Santificar de nuevo, a esta que debería ser la Ciudad Santa. Pero no podré hacerle nada. Corrompida está y corrompida se queda. Y los ríos de santidad que brotan del Templo vivo, y que más aún brotarán dentro de pocos días hasta dejarlo vacío de vida, no serán suficientes para redimirla. Vendrá al Santo la Samaria y el mundo pagano.

Sobre los templos falsos se alzarán los templos del Dios verdadero. Los corazones de los gentiles adorarán al Cristo. Pero este pueblo, esta ciudad le será siempre adversa y su odio la llevará al mayor de los pecados. Ello debe suceder. ¡Pero, ay de aquellos que sean instrumentos de este delito! ¡Ay de ellos!…

Jesús mira fijamente a Judas, que está casi enfrente de Él.

-Eso a nosotros no nos sucederá nunca. Somos tus apóstoles y creemos en ti, dispuestos a morir por ti.

Judas miente desvergonzadamente y resiste la mirada de Jesús sin turbación. Los otros unen a ello sus declaraciones en la misma línea.

Jesús responde a todos, evitando responder a Judas directamente.

-Quiera el Cielo que así seáis. Pero en vosotros hay todavía mucha debilidad y la tentación podría haceros semejantes a los que me odian. Orad mucho y velad mucho por vosotros mismos. Satanás sabe que está para ser derrotado y quiere vengarse arrebatándoos de mis manos.

Satanás está alrededor de todos nosotros: de mí, para impedirme hacer la voluntad del Padre y cumplir mi misión; de vosotros, para reduciros a siervos suyos. Velad. Dentro de esas murallas, Satanás se apoderará de aquel que no sepa ser fuerte.

Aquel para quien el haber sido elegido será maldición, porque hizo de su elección una finalidad humana. Os he elegido para el Reino de los Cielos y no para el del mundo. Recordad esto. Y tú, ciudad que quieres tu destrucción, ciudad por la que lloro: que sepas que tu Cristo ora por tu redención.

¡Ah, si al menos en esta hora que te queda supieras venir a quien sería tu paz! ¡Sí al menos comprendieras en esta hora al Amor que pasa por ti, y te despojaras del odio que te ciega y te enloquece, que te hace cruel respecto a ti misma y a tu bien! ¡Pero llegará el día en que recordarás esta hora! ¡Demasiado tarde, entonces para llorar y arrepentirte!

El Amor habrá pasado y habrá desaparecido de tus calles. Quedará el Odio que has preferido. Y el Odio se volverá contra ti, contra tus hijos. Porque se tiene lo que se ha querido y el odio se paga con el odio. Y no será, entonces, un odio de fuertes contra inermes, sino odio contra odio, y, por tanto, guerra y muerte. Acorralada por trincheras y soldados, languidecerás antes de ser destruida y verás caer a tus hijos por armas y hambre y a los supervivientes ir como prisioneros, y los verás escarnecidos, y pedirás misericordia, mas no la hallarás porque no has querido conocer tu Salud.

Lloro, amigos, porque tengo corazón de hombre y las ruinas de la patria le sacan lágrimas. Pero es justo que esto se cumpla, porque la corrupción supera entre estas murallas todo límite y atrae el castigo de Dios.

¡Ay de los ciudadanos que sean causa del mal de la patria! ¡Ay de los dirigentes, que son la causa principal de ello! ¡Ay de aquellos que deberían ser santos para conducir a los demás a la honestidad, y que, al contrario, profanan la Casa de su ministerio y se profanan a sí mismos! Venid. De nada servirá mi acción. Pero ¡hagamos que la Luz resplandezca una vez más en las Tinieblas!

Y Jesús desciende, seguido por los suyos. Va rápido por el camino, el rostro serio, yo diría: casi enfadado. Y ya no habla. Entra en una casita que está al pie del collado. Y ya no veo más.

Dice Jesús (a María Valtorta):

-La escena narrada por Lucas parece sin conexión, casi ilógica. ¿Lamento las desdichas de una ciudad culpable y no tengo conmiseración de sus hábitos? No, no tengo, no puedo tener conmiseración de ellos, porque son precisamente estos hábitos los que engendran las desdichas; y verlos agudiza mi dolor. Mi ira contra los profanadores del Templo es la lógica consecuencia de mi meditación sobre las ya cercanas desdichas de Jerusalén.
Los castigos del Cielo están siempre provocados por las profanaciones del culto de Dios y de la Ley de Dios.

Haciendo de la Casa de Dios una cueva de ladrones, aquellos sacerdotes indignos y aquellos indignos creyentes (de nombre sólo) atraían para todo el pueblo maldición y muerte. Es inútil dar uno u otro nombre al mal que hace sufrir a un pueblo; buscad su justo nombre en esto: «Castigo por una vida de animales». Dios se retira y el Mal avanza. Éste es el fruto de una vida nacional indigna del nombre de cristiana.

Como entonces, tampoco ahora, en esta fracción de siglo (en plena Segunda Guerra Mundial), he dejado de aguijar y llamar; pero, como entonces, lo único que he obtenido para mí y para los instrumentos por mí usados ha sido burla, indiferencia y odio.

Recuerden, no obstante, las personas en particular y las naciones, recuerden que inútilmente lloran cuando antes no quisieron conocer su salvación. Inútilmente me invocan cuando en la hora en que me hallaba con ellos me expulsaron con una guerra sacrílega que, partiendo de las conciencias particulares, devotas del Mal, se extendió por toda la Nación. Las Patrias no se salvan tanto con las armas, cuanto con una forma de vida que atraiga las protecciones del Cielo.

Casi no ha tenido tiempo Jesús (continúa la narración María Valtorta) de entrar en la casa bendiciendo a los que en ella moran, y ya se oye el sonido alegre de cascabeles y voces festivas. Un instante después, la cara enjuta y pálida de Isaac aparece en la abertura de la puerta y el fiel pastor entra y se postra ante su Señor Jesús.

En el marco de la puerta, abierta de par en par, se apiñan muchas caras (y detrás se ven todavía más). Gente que choca, que se apretuja, que quiere abrirse paso… Algún grito de mujer, algún llanto de niño atrapado en medio del gentío, y gritos de saludo y exclamaciones festivas:

-¡Dichoso este día que te trae de nuevo a nosotros! ¡La paz a ti, Señor! Bien vuelves, Maestro, a premiar nuestra fidelidad.

Jesús se pone en pie y hace ademán de hablar. Todos callan. La voz de Jesús se oye con nitidez.

-¡Paz a vosotros! No os apretujéis. Vamos a subir juntos al Templo. He venido para estar con vosotros. ¡Paz! ¡Paz! No os hagáis daño. ¡Dejad paso, amados míos! Dejadme salir, y seguidme, porque entraremos juntos en la Ciudad santa.

La gente, bien o mal, obedece. Y se abre un poco de camino. Lo suficiente como para que Jesús pueda salir y montar en el pollino (porque Jesús señala como cabalgadura para Él el pollino que hasta ahora nunca ha sido montado).

Entonces, unos ricos peregrinos comprimidos entre el gentío extienden sobre la grupa del animal sus suntuosos mantos, y uno de ellos hinca una rodilla en tierra mientras con la otra hace de escalón para el Señor, que se sienta en la grupa del pollino de asna. El viaje empieza.

Pedro va a un lado del Maestro e Isaac al otro, teniendo las bridas del animal, que aunque no esté domado camina tranquilo, como si estuviera acostumbrado a ese oficio, sin inquietarse o asustarse de las flores que a menudo -dado que las arrojan hacia Jesús-le dan al animalito en los ojos o en el blando morro; ni tampoco de las ramas de olivo y de las hojas de palma que la gente agita delante y alrededor de él, arrojadas al suelo para que hagan de alfombra junto con las flores; ni de los gritos, cada vez más fuertes, de: «¡Hosanna, Hijo de David!» que se elevan al cielo sereno mientras la muchedumbre se va adensando cada vez más y aumenta por otros que han llegado nuevos.

Pasar por Betfagé, por entre las callejuelas estrechas y tortuosas no es cosa fácil. Las madres deben coger en brazos a los niños, y los hombres deben proteger de golpes demasiado violentos a las mujeres. Y algún padre monta a su hijito a caballo de sus hombros y lo lleva así alto, más alto que la gente, mientras las vocecitas de los niños parecen balidos de corderos o chillidos de golondrinas y sus manitas echan las flores y hojas de olivo que les dan sus madres, y también besos, al manso Jesús…

Una vez fuera del pequeño arrabal, el cortejo se ordena y se extiende. Muchos, diligentemente, se adelantan para ir abriendo la marcha liberando el camino. Otros los siguen, esparciendo ramos en el suelo. Uno tiene la iniciativa de arrojar su manto como alfombra, y otro y cuatro y diez y cien y mil lo imitan.

La calle presenta en su centro una faja multicolor de indumentos extendidos en el suelo. Una vez que Jesús pasa, recogen los indumentos y los llevan más adelante, con otros, con otros, y más flores, ramos, hojas de palma, que la gente agita y arroja; y se elevan gritos más fuertes en torno al Rey de Israel, al Hijo de David, a su Reino, en torno a Él y en honor de Él.

Los soldados que están de guardia en la puerta salen a ver qué sucede. Pero como no se trata de una sedición, apoyados en sus lanzas se hacen a un lado y observan admirados o irónicos el extraño cortejo de ese Rey que cabalga un pollino de asna, hermoso Él como un dios, humilde como el más pobre de los hombres, manso, bendecidor… rodeado de mujeres y niños y hombres desarmados que gritan «¡Paz! ¡Paz!»; de este Rey que antes de entrar en la ciudad se detiene un momento a la altura de los sepulcros de Hinnón y de Siloán (creo que refiero bien estos lugares donde he visto milagros de leprosos otras veces), y apoyándose en el único estribo en que descansa su pie -pues está sentado en el asno, no a caballo de él-, se yergue Y abre los brazos mientras eleva su voz en dirección a aquellas laderas horrendas (donde se asoman caras y cuerpos horrorosos mirando hacia Jesús y alzando el grito quejumbroso de los leprosos: «¡Estamos infectados!», para alejar a algunos imprudentes que, con tal de ver a Jesús, subirían incluso a esos corrompidos e infectados rellanos):

-¡El que tenga fe en mí que invoque mi Nombre y reciba por ello la salud! -y bendice para reanudar luego la marcha, ordenando a Judas de Keriot:
-Comprarás alimentos para los leprosos y, con Simón, se los llevarás antes de que anochezca.

Cuando el cortejo entra por debajo de la bóveda de la puerta de Siloán y luego, como un torrente, irrumpe dentro de la ciudad, al pasar por el barrio de Ofel -donde todas las terrazas se han transformado en una pequeña, aérea plaza colmada de gente jubilosa que arroja a la calle flores y perfumes, tratando de que caigan sobre el Maestro, y el aire está saturado del olor de las flores que mueren bajo los pasos de las turbas y de la esencia que se esparce en el aire antes de caer al polvo del camino-, al pasar por el barrio de Ofel, el grito de la multitud parece aumentar y hacerse fuerte como si cada uno lo gritara con una bocina, porque los espacios abovedados de que está llena Jerusalén lo amplifican con resonancias continuas.

Oigo gritar, y creo que quiere decir lo que escriben los evangelistas:

-¡Salem, Salem melquil! -(o malquit: trato de representar el sonido de las palabras, pero es difícil porque tienen aspiraciones que nosotros no tenemos). Es un grito continuo, semejante al bramido de un mar en tempestad en que antes de que cese el fragor del golpe que azota playas y escolleras ya otro golpe lo recoge y lo alza de nuevo formando un nuevo fragor, sin tregua alguna. ¡Estoy ensordecida…!

Perfumes, olores, gritos, agitación de ramos y de indumentos, colores, chillidos… Es una visión que aturde.

Veo mezclarse continuamente a la muchedumbre, aparecer y desaparecer caras conocidas: todos los discípulos de todos los lugares de Palestina, todos los seguidores… Veo a Jairo, a Yaia -me parece, el jovencito de Pel.la que era ciego como su madre y al que Jesús curó. Veo a Joaquín de Bosra y a aquel campesino de la llanura de Sarón con sus hermanos; veo al anciano y solitario Matías en cuya casa, de aquel lugar del Jordán (orilla oriental), Jesús se refugió mientras todo estaba inundado; y a Zaqueo con sus amigos convertidos; veo al anciano Juan de Nob con casi todos los habitantes de esta ciudad; veo al marido de Sara de Yuttá…

Pero ¿quién puede llevar la cuenta de caras y nombres, si es un calidoscopio de caras conocidas y desconocidas, vistas varias veces o una vez sólo?… Y ahora la cara de1 pastorcito de Enón, y junto a él el discípulo de Corazín que dejó sepultar a su padre por seguir a Jesús; y, al lado de él, un instante, al padre y la madre de Benjamín de Cafarnaúm con su hijito, que por poco si se cae debajo de las patas del asno por echarse hacia delante y recibir una caricia de Jesús.

Y -por desgracia-caras de fariseos y escribas (lívidos de ira por este triunfo) que hienden atropelladores el círculo de amor apiñado en torno a Jesús, y gritan:

-¡Manda callar a estos locos! ¡Hazle entrar en razón! ¡Los hosannas son sólo para Dios! ¡Di que se callen!

A lo cual Jesús responde dulcemente:

-¡Aunque les dijera que se callasen y me obedecieran, las piedras gritarían los prodigios de Verbo de Dios!

Y es que, en efecto, la gente, además de gritar: «¡Hosanna, hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna a Él y a su Reino! ¡Dios está con nosotros! ¡El Emmanuel ha venido! ¡Ha venido el Reino del Cristo del Señor! ¡Hosanna! ¡Hosanna desde la Tierra hasta lo alto del Cielo! ¡Paz! ¡Paz, mi Rey! ¡Paz y bendición a ti, Rey santo! ¡Paz y gloria en los Cielos y en la Tierra! ¡Gloria a Dios por su Cristo! ¡Paz a los hombres que lo saben acoger! ¡Paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad y gloria en los Cielos Altísimos porque la hora del Señor ha venido!» (y quien grita esto último es el grupo compacto de los pastores, que repiten el grito natalicio); además de estas exclamaciones continuas, la gente de Palestina narra a los peregrinos de la Diáspora los milagros que han visto, y, a quienes no saben lo que está sucediendo -por ser extranjeros, de paso fortuitamente por la ciudad-y que preguntan: «¿Pero quién es éste?, ¿qué sucede» -les explican:

-¡Es Jesús!, ¡Jesús, el Maestro de Nazaret de Galilea! ¡El Profeta! ¡El Mesías del Señor! ¡El Prometido! ¡El Santo!

De una casa -sobrepasada su puerta poco antes porque la marcha es lentísima en medio de tanta confusión-sale un grupo de robustos jóvenes llevando en alto recipientes de cobre llenos de carbones encendidos, y de incienso que arde y esparce nubes de humo oloroso. Y otros recogen este gesto y lo repiten, de forma que muchos corren adelante o vuelven hacia atrás, a sus casas, para proveerse de fuego y resinas olorosas para quemarlas en honor del Cristo.

Aparece la casa de Analía; la terraza, enguirnaldada con vid de hojas nuevas, temblorosas por un leve viento abrileño; presenta en el lado de la calle toda una fila de jovencitas vestidas y veladas de blanco -en cuyo centro está Analía-, con cestos de pétalos de rosas deshojadas y de muguetes, que ya revolean en el aire.

-¡Las vírgenes de Israel te saludan, Señor! -dice Juan, que se ha abierto paso y ahora está al lado de Jesús, atrayendo su atención hacia la guirnalda de pureza que se asoma sonriendo tras el pretil para sembrar la calle de pétalos rojos como la sangre y muguetes blancos como perlas.

Jesús sujeta un instante los ramales y para al pollino. Levanta la cara y la mano para bendecir a esa virginidad, enamorada de Él hasta el punto de renunciar a todo amor terreno.

Y Analía se echa hacia delante y grita:
-¡He visto tu triunfo, Señor! ¡Toma mi vida para tu glorificación universal! -y, mientras Jesús pasa por debajo de su casa y prosigue, lo saluda con un grito altísimo: -¡Jesús!

Y otro, un grito distinto, sobrepuja el clamor de la muchedumbre. Pero la gente, a pesar de oírlo, no se detiene. Es un río de entusiasmo, un río irrefrenable de pueblo en delirio. Y, mientras las últimas ondas de este río están todavía fuera de las puertas, las primeras ya acometen las subidas que conducen al Templo.

-¡Ahí está tu Madre! -grita Pedro señalando a una casa situada casi en la esquina de una calle que sube al Moria y por la que el cortejo se encanala. Y Jesús alza su cara para sonreír a su Madre, que está allí arriba entre las mujeres fieles.

Un tapón producido por una nutrida caravana detiene al cortejo pocos metros después de haber sobrepasado la casa. Mientras Jesús y los otros se detienen y Él acaricia a los niños que las madres le presentan, acude un hombre y se abre paso gritando:

-¡Dejadme pasar! Una mujer ha muerto. Una niña. De repente. La madre pide la presencia del Maestro. ¡Dejadme pasar! ¡Ya la salvó una vez!

La gente abre paso y el hombre se apresura a ir hasta Jesús:

-Maestro, la hija de Elisa ha muerto. Te ha saludado con aquel grito. Luego ha caído hacia atrás diciendo: «¡Soy feliz!» y ha expirado. Su corazón, con el gran júbilo de verte triunfador, se ha quebrado. Su madre me ha visto en la terraza que está al lado de su casa y me ha dicho que viniera a llamarte. ¡Ven, Maestro!

-¡Muerta! ¡Muerta Analía! ¡Pero si estaba sana, lozana, feliz ayer mismo!

Los apóstoles se arremolinan inquietos, los pastores también. Todos la han visto el día anterior en perfecto estado de salud. Poco antes la han visto rosada, sonriente… No comprenden esta desventura… Quieren saber, preguntan los pormenores…

-No lo sé. Todos habéis oído sus palabras. Hablaba fuerte, segura. Luego la vi ceder hacia atrás, más blanca que sus vestidos, y oí a su madre que gritaba… No sé nada más.
-No os inquietéis. No está muerta. Ha caído una flor y los ángeles de Dios la han recogido para llevarla al seno de Abraham. Pronto la azucena de la Tierra se abrirá feliz en el Paraíso, e ignorará para siempre el horror del mundo.

Hombre, di a Elisa que no llore por el destino de su criatura. Dile que Dios ha otorgado una especial gracia a Analía, y que dentro de seis días comprenderá qué gracia ha concedido Dios a su hija. No lloréis. Que no llore nadie. Su exaltación es aún mayor que la mía, porque cortejo de la virgen son los ángeles para llevarla a la paz de los justos. Y es una exaltación eterna, que aumentará de grado y no conocerá nunca merma. En verdad os digo que tenéis motivo de llanto en todos vosotros y no en Analía. Vamos.

Y repite a los apóstoles y a quienes están alrededor de Él:
-Ha caído una flor. Se ha echado en paz y los ángeles la han recogido. Dichosa la pura de carne y corazón, porque pronto verá a Dios.

-¿Pero cómo, de qué ha muerto, Señor? -pregunta Pedro, que no logra comprender.

-De amor, de éxtasis, de gozo infinito. ¡Una muerte feliz!
Los que están muy adelante no saben lo que está sucediendo: los que están muy atrás, tampoco. Por tanto, los gritos de hosanna continúan, aunque aquí, junto a Jesús, se haya creado un círculo de pensativo silencio.
Juan lo rompe:

-¡Quisiera seguir su misma suerte antes de los momentos que van a venir!

-Yo también -dice Isaac -Quisiera ver el rostro de la jovencita muerta de amor por ti…
-Os ruego que me sacrifiquéis vuestro deseo. Necesito teneros a mi lado…

-No te dejaremos, Señor. ¿Pero, para la madre, ningún consuelo? -pregunta Natanael.
-Me ocuparé de que lo tenga.

Están ya ante las puertas de las murallas del Templo. Jesús baja del jumento. Uno de Betfagé se encarga de cuidar del pollino. Hay que tener en cuenta que Jesús no se ha parado en la primera puerta del Templo, sino que ha orillado la muralla y no se ha detenido antes de llegar al lado norte de ésta, cerca de la Antonia.

Ahí baja y entra en el Templo, como para mostrar que, sintiendo inocentes todas sus acciones, no se esconde del poder dominante. El primer patio del Templo presenta el habitual jaleo de cambistas y vendedores de palomas, gorriones y corderos; sólo que ahora toda la gente deja plantados a los vendedores para ir a ver a Jesús. Jesús entra, majestuoso con su túnica purpúrea. Pasa su mirada por ese mercado. Mira a un grupo de fariseos y escribas que, bajo un pórtico, observan.

Le centellea de indignación el rostro. En un instante se pone en el centro del patio. Una reacción improvisa que ha parecido un vuelo, el vuelo de una llama (de llama es su túnica, en efecto, bajo el sol que inunda el patio):
-¡Fuera de la casa de mi Padre! Éste no es lugar de usura ni de mercado. Está escrito (Isaías 56, 7; Jeremías 7, 11): «Mi casa será llamada casa de oración».

¿Por qué habéis transformado en cueva de ladrones esta casa en que se invoca el Nombre del Señor? ¡Fuera! Limpiad mi Casa: no os vaya a suceder que en vez de correas descargue sobre vosotros los rayos de la ira celeste. ¡Fuera! Fuera de aquí los ladrones, los estafadores, los deshonestos, los homicidas, los sacrílegos, los idólatras que tienen la peor idolatría: la del propio yo soberbio, los corruptores y los embusteros. ¡Fuera! ¡Fuera! Si no, Yo os digo que el Dios altísimo arrasará para siempre este lugar y tomará venganza contra todo un pueblo.

No repite la agresión de la otra vez, con el azote, pero, viendo que mercaderes y cambistas vacilan en obedecer, va al banco más cercano y lo vuelca, esparciendo por el suelo balanzas y monedas.

Los vendedores y cambistas, visto este primer ejemplo, sin demora, ponen por obra la orden de Jesús, seguidos por el grito de Él:

-¡Y cuántas veces voy a tener que decir que éste no debe ser lugar de inmundicia, sino de oración?
Mira a los del Templo, los cuales, obedientes a las órdenes del Pontífice, no emprenden gesto alguno de represalia.

Limpio ya el patio, Jesús se dirige hacia los pórticos, bajo los cuales hay ciegos, paralíticos, mudos, lisiados y otros enfermos que le invocan con fuerte voz.
-¿Qué queréis de mí?
-¡La vista, Señor!
-¡Los miembros!
-¡Que mi hijo hable!
-¡Que mi mujer se cure!
-¡Nosotros creemos en ti, Hijo de Dios!

-Que Dios os escuche. ¡Alzaos y alabad al Señor!
No cura uno a uno a los muchos enfermos, sino que hace un amplio gesto con la mano, y de ella manan gracia y salud para estos pobrecillos que ahora se yerguen sanos y emiten gritos de júbilo que se mezclan con los de los muchos niños que se arriman a Jesús repitiendo:

-¡Gloria, gloria al Hijo de David! ¡Hosanna a Jesús Nazareno, Rey de reyes y Señor de señores!

Algunos fariseos, con fingida deferencia y voz alta dicen:
-¡Maestro!, ¿oyes lo que dicen? Estos niños dicen algo que no debe decirse. ¡Repréndelos! ¡Que callen!

-¿Por qué? ¿No dijo, acaso, el rey profeta, el rey de mi linaje: «De la boca de los niños y de los lactantes has hecho brotar la alabanza perfecta para confusión de tus enemigos»? (Salmo 8, 3) ¿No habéis leído esas palabras del salmista? Dejad que los niños expresen mis alabanzas. Se las inspiran sus ángeles, que ven constantemente a mi Padre y conocen sus secretos y se los transmiten a estos inocentes. Ahora dejadme todos que vaya a orar al Señor -y, pasando por delante de la gente, se introduce en el patio de los israelitas para orar…

Luego, saliendo por otra puerta, pasando muy cerca de la piscina Probática, sale de la ciudad para volver hacia las lomas del monte de los Olivos.

Se ve entusiastas a los apóstoles… Esta exaltación los hace sentirse seguros, hace que olviden completamente todo el terror que las palabras del Maestro habían suscitado… Hablan de todo… Ansían tener noticias acerca de Analía. No sin dificultad, Jesús los retiene -quieren ir-, asegurando que va a poner los medios que Él conoce… Sordos, sordos, sordos a toda voz divina de aviso… hombres, hombres, hombres a los que un grito de hosanna hace olvidar todo… Jesús habla con los domésticos de María de Magdala, que se habían unido a Él en el Templo; luego se despide de ellos…

-¿Y ahora a dónde vamos? -pregunta Felipe.
-¿A casa de Marcos de Jonás? -dice Juan.
-No. Al campo de los Galileos. Quizá hayan venido mis hermanos. Quisiera saludarlos -dice Jesús.

-Podrás hacerlo mañana» le señala Judas Tadeo.
-Bueno es obrar mientras se puede obrar. Vamos donde los galileos. Se alegrarán de vernos. Vosotros tendréis noticias de las familias y Yo veré a los niños…
-¿Y esta noche? ¿Dónde vamos a dormir? ¿En la ciudad? ¿En qué lugar? ¿Dónde está tu Madre? ¿En casa de Juana? ­pregunta Judas Iscariote.

-No lo sé. Desde luego, en la ciudad no. Quizá todavía en alguna tienda galilea…
-¿Pero por qué?

-Porque soy el Galileo y amo a mi patria. Vamos.

Se ponen en marcha subiendo hacia el campo de los Galileos -todo un albear de tiendas bajo el alegre sol abrileño-, que está arriba en el monte de los Olivos, orientado hacia Betania.

589- De Betania a Jerusalén, predisponiendo a los apóstoles en orden a la Pasión inminente

Jesús camina entre pomares y olivares plenamente florecidos. Hasta las plateadas hojas de los olivos, aljofaradas de rocío, que brillan heridas por el primer rayo de la aurora y movidas por un ligero viento perfumado, parecen flores.

Las frondas de cada uno de los árboles son un trabajo de orfebre. La mirada observa maravillada su belleza. Los almendros, ya todos vestidos de su verdor, sobresalen de entre las masas blanco-rosadas de los otros árboles frutales, y, abajo, las vides muestran los festones de las primeras hojas tiernas, tan brillantes y sedosas que parecen una escama delgadísima de esmeralda o un jirón de seda preciosa. Arriba, un cielo de un color turquesa oscura, uniforme, plácido, solemne. Por todas partes, cantos de pájaros y perfumes de flores. Un aire fresco entona y alegra. Verdaderamente la alegría abrileña sonríe por todas partes.

Jesús está en medio de sus apóstoles. Los doce. Y está
hablando:

-He dicho a las mujeres que se adelanten porque quiero hablar a vosotros solos. Al principio os dije a los que estabais conmigo: «No inquietéis a mi Madre hablándo̜ de malas acciones contra su Hijo”. Aquéllas parecían acciones muy graves…

Ahora vosotros tres, testigos de las que supusieron el comienzo de la cadena con que será conducido a la muerte el Hijo del hombre -tú, Juan, tú, Símón, y tú, Judas de Keriot-, bien podéis ver que aquéllas eran comparables a un granito de arena que cae de arriba, respecto a la roca, a las roca que son las acciones de ahora. Pero entonces ni vosotros, ni Yo ni mi Madre, estábamos preparados en orden a la maldad humana. Mirad: tanto en el bien como en el mal el hombre no alcanza de improviso el máximo, sino que sube, o se hunde, por grados. Y lo mismo en el dolor.

Ahora, vosotros los buenos, habéis subido en el bien y podéis constatar -sin el escándalo que antes habríais sufrido-hasta qué punto de perversión puede bajar el hombre que se hace demonio, de la misma forma que Yo y mi Madre podemos soportar, sin morir por ello, todo el dolor que viene del hombre. Hemos robustecido nuestra alma. Todos. En el Bien, en el Mal o en el Dolor. Y todavía no hemos tocado la cima. Todavía no hemos tocado la cima…

¡Oh, si supierais cuál es la cima del Bien, del Mal, del Dolor, y lo altas que son! Pero os repito las palabras de entonces. No refiráis a mi Madre lo que el Hijo del hombre va a deciros ahora. Le causaría demasiado dolor. Los que están para ser ejecutados beben el compasivo preparado que aturde para poder esperar, sin trepidar en todo instante, la hora del suplicio… ¡Vuestro silencio será como el preparado compasivo para Ella, Madre del Redentor! Ahora Yo quiero, para que nada os quede oscuro, abriros el sentido de las profecías. (Éxodo 12, 1 – 14; 21-22; Isaías 42,1-9; Zacarías 9, 9-10)

Y os pido que estéis conmigo, mucho, mucho. Durante el día seré de todos. Por la noche os ruego que estéis conmigo porque Yo quiero estar con vosotros. Tengo necesidad de no sentirme solo…

Jesús está tristísimo. Los apóstoles lo ven y están angustiados. Se arriman alrededor de Él. También Judas sabe arrimarse al Maestro como si fuera el más afectuoso de los discípulos. Jesús los acaricia y prosigue:

-Quiero, en esta hora que todavía se me concede, ultimar el conocimiento del Cristo en vosotros. Al principio, con Juan, Simón y Judas, di a conocer la verdad de las profecías sobre mi nacimiento. Las profecías me han pintado, como no hubiera podido hacerlo el más excelso pintor, desde mi alba hasta mi ocaso. Es más, el alba y el ocaso son las dos fases más ilustradas por los profetas.

Ahora el Cristo bajado del Cielo, el Justo que las nubes han dejado llover sobre la Tierra, el Retoño sublime, muy pronto va a ser muerto, quebrantado como un cedro por el rayo. Vamos a hablar, pues, de su muerte. No suspiréis, no meneéis la cabeza. No murmuréis en vuestros corazones, no maldigáis a los hombres. No es de ningún provecho.
Subimos a Jerusalén. La Pascua ya está cercana.

“Este mes será para vosotros el primero de los meses del año.” Este mes será para el mundo el principio de un nuevotiempo, que jamás cesará. Inútilmente, de tanto en tanto, el hombre tratará de introducir en él otros nuevos.

Aquellos que quieran introducir un tiempo nuevo que lleve su nombre idolátrico serán fulminados y castigados. No hay más que un Dios en el Cielo y un Mesías en la Tierra: el Hijo de Dios: Jesús de Nazaret. Él, dando todo de sí, todo lo puede querer, y pone su regio sello no sobre aquello que es carne y fango, sino sobre lo que es tiempo y espíritu.

“El décimo día de este mes tomen todos un cordero por familia y casa. Y, si no basta el número de las personas de la casa para consumir el cordero, tome a su vecino con los suyos hasta poderlo consumir entero». Porque el sacrificio y la víctima han de ser completos y deben ser consumidos. Ni una miga debe quedar de ellos. No quedará.

Demasiados son los que van a nutrirse del Cordero. Un número sin número, para un banquete sin límite de tiempo; y no es necesario nuevo fuego para consumir los restos porque no hay restos. Aquellas partes que serán ofrecidas pero que serán rechazadas por el odio serán consumidas por el fuego mismo de la víctima, por su amor.

Hombres, os amo. Vosotros, doce amigos míos elegidos por mí mismo, vosotros en quienes están las doce tribus de Israel y las trece venas de la Humanidad. Todo lo he reunido en vosotros y todo en vosotros veo reunido… Todo.

-Pero en las venas del cuerpo de Adán está también la de Caín. Ninguno de nosotros ha alzado la mano contra su compañero. ¿Dónde está entonces Abel? -pregunta Judas Iscariote.

-Tú lo has dicho. En las venas del cuerpo de Adán está también la de Caín. Y el Abel soy Yo. El dulce Abel pastor de rebaños, grato al Señor porque ofrecía sus primicias y lo que no tenía imperfección, y la primera de sus ofrendas: él mismo. Os amo, hombres. Aunque no me amáis, os amo. El amor acelera y cumple la obra de los sacrificadores.

«Que el cordero sea sin mancha, macho, de un año.” No hay tiempo para el Cordero de Dios. Él es. Igual en el último día que como era en el primero de esta Tierra. Aquel que es como el Padre no conoce en su divina naturaleza envejecimiento. Y su Persona conoce una sola vejez, un solo cansancio: la desilusión de haber venido en vano para demasiados.

Cuando sepáis cómo fui matado -y los ojos que verán a su Señor convertido en leproso cubierto de llagas ahora brillan de llanto a mi lado, y ya no ven esta risueña colina porque el llanto los ciega con su líquida visera-decid, sí, decid: «No de esto murió, sino de haber sido ignorado por aquellos a quienes más quería y de haber sido rechazado por demasiada humanidad».

Pero si no tiene tiempo el Hijo de Dios y, por tanto, difiere del codero del rito, es como él por carecer de mancha y ser varón consagrado al Señor. Sí. Inútilmente los verdugos, los que me maten con las armas, o con la voluntad, o con la traición, intentarán justificarse a sí mismos diciendo: «Era culpable». Ninguno que sea sincero puede acusarme de pecado. ¿Podéis hacerlo vosotros?
Estamos frente a la muerte. Yo lo estoy. Otros también lo están.

¿Quiénes? ¿Quieres saber quiénes, Pedro? Todos. La muerte avanza hora a hora y aferra a quien menos se lo espera. Pero es que incluso aquellos que tienen todavía mucha vida que tejer, hora a hora están frente a la muerte, pues que el tiempo es un relámpago respecto a la eternidad y en la hora de la muerte hasta la vida más larga se reduce a nada, y las acciones de lejanos decenios, hasta los de la primera edad, vuelven en masa para decir:

«Mira: ayer hacías esto». ¡Ayer! ¡Siempre es ayer cuando uno se muere! ¡Y siempre es polvo el honor y el oro que tanto anheló la criatura! ¡Pierde todo sabor el fruto por el que se perdió el juicio! ¿La mujer? ¿La bolsa? ¿El poder? ¿La ciencia? ¿Qué queda? ¡Nada! Sólo la conciencia y el juicio de Dios, juicio al que la conciencia va pobre de riquezas, desnuda de humanas protecciones, cargada sólo de sus obras.

“Tomen su sangre y tiñan con ella jambas y arquitrabe y el Ángel no arremeterá, a su paso, contra las casas en que estéel signo de la sangre». Tomad mi Sangre. Ponedla, no en las piedras muertas, sino en el corazón muerto. Es la nueva circuncisión. Y Yo me circuncidé por todo el mundo. No sacrifico la parte inútil, sino que quebranto mi magnífica, sana, pura virilidad, completamente la sacrifico, y de los miembros mutilados, de las venas abiertas, tomo mi Sangre, y trazo sobre la Humanidad anillos de salvación, anillos de eternos desposorios con el Dios que está en los Cielos, con el Padre que espera, y digo: «Mira, ahora no puedes rechazarlos porque rechazarías tu Sangre».

«Y Moisés dijo: “… y luego sumergid un manojo de hisopo en la sangre y asperjad con sangre las jambas”’. ¿No basta
entonces la sangre? No basta. A mi sangre debe unirse vuestro arrepentimiento. Sin el arrepentimiento, amargo y saludable, inútilmente Yo para vosotros moriré.
Ésta es la primera palabra que en el Libro habla del Cordero redentor. Pero están presentes estas palabras en todo el Libro. De la misma manera que, con cada vez que el Sol nace, más espeso se hace el florecimiento en estas ramas, así, a medida que un año va sucediendo al otro y se aproxima el tiempo de la Redención, el florecimiento de palabras se hace más tupido.

Y ahora Yo, con Zacarías, os digo, a vosotros por Jerusalén: «Ved al Rey que viene lleno de mansedumbre cabalgando una asna y un pollino. Él es pobre». Pero disperderá a los poderosos que oprimen al hombre. Es manso, y, no obstante, su brazo alzado para bendecir vencerá sobre el demonio y la muerte. «Él anunciará la paz, porque es el Rey, de la paz.” Estando clavado,
extenderá su dominio de mar a mar. «Él, que no grita, que no quebranta, que no extingue al que no es luz sino humo, al que no es fuerza sino debilidad, al que merece toda reprensión, Él, hará justicia según la verdad.” Tu Mesías, oh ciudad de Sión, tu Mesías, oh pueblo del Señor, tu Mesías, oh pueblo de la Tierra.

«Sin tristeza y sin mostrarse turbulento.” Y vosotros veis que no tengo la tristeza apesadumbrada del vencido, ni la
rencorosa del perverso, sino solamente la seriedad de quien ve hasta qué punto puede llegar la posesión de Satanás en el hombre; y veis cómo, pudiendo reducir a cenizas y desbaratar con una sola pulsación de mi voluntad, he tendido las manos como invitación de amor, a todos, sin descanso. ¡Y otra vez las alargaré, y serán heridas! «Sin tristeza ni turbulencia, conseguiré establecer mi Reino». Ese Reino de Cristo en que reside la salvación del mundo.

Me dice el Padre, Señor eterno: «Te he llamado, te he tomado de la mano, te he establecido como alianza entre los pueblos y Dios, te he hecho luz de las naciones». Y Luz he sido. Luz para abrir los ojos a los ciegos, palabra para dar el habla a los sordos, llave para abrir las mazmorras subterráneas de los que estaban en las tinieblas del error.

Y ahora, Yo que soy todo esto, voy a la muerte. Entro en la oscuridad de la muerte. La muerte, ¿comprendéis?… Estas primeras cosas anunciadas, que se están cumpliendo, las digo Yo también con el profeta; las otras os las diré antes de que nos separe el Demonio. Allí en el fondo está Sión. Id por la asna y el pollino. Decidle al hombre: «Son necesarios para el Rabí Jesús. Y decid a mi Madre que estoy llegando. Ella está allá, en aquel rellano, con las Marías; me está esperando. Es mi triunfo humano… Que sea también su triunfo. Unidos siempre. ¡Oh, unidos!…

¿Y quién es ese corazón de hiena que con un golpe de su pata armada de uñas separa el corazón del corazón materno: a mí, a su Hijo? ¿Un hombre? No. Todo hombre nace de una mujer. Por reflejo instintivo y por reflejo moral, no puede arremeter contra una madre porque piensa en la «suya».

Un hombre, pues, no es. ¿Quién, entonces? Un demonio. ¿Pero puede un demonio agredir a la Vencedora? Para agredirla debe tocarla. Y Satanás no soporta la luz virginal de la Rosa de Dios. ¿Y entonces? ¿Quién creéis que es? ¿No habláis? Yo entonces lo digo. El demonio más astuto se ha fundido con el hombre más degenerado y, como el veneno en los dientes del áspid, así está cerrado dentro de él, que puede acercarse a la Mujer, y así, traidoramente, morderla.

¡Maldito sea el híbrido monstruo que es Satanás y que es hombre! ¿Lo maldigo? No. No es propia del Redentor esta palabra. Entonces digo al alma de este híbrido monstruo lo que dije a Jerusalén, monstruosa ciudad de Dios y de Satanás: «¡Oh, si en esta hora que todavía se te concede supieras venir a tu Salvador!». ¡No hay amor mayor que el mío! Ni tampoco mayor poder. También el Padre consiente, si Yo digo: «Quiero», y Yo no sé pronunciar sino palabras de piedad para los que han caído y me tienden los brazos desde su abismo.

Alma del mayor pecador, tu Salvador, ante el umbral de la muerte, se inclina hacia tu abismo y te invita a tomar su mano. No será impedida mi muerte… Pero tú… pero tú, a quien amo aún… te salvarías. Y el alma de tu Amigo no se estremecería de horror al pensar que por obra de su amigo conoce el horror del morir, y de este morir… Jesús calla… agobiado…

Los apóstoles hablan en voz baja y se preguntan:
-¿Pero de quién habla? ¿Quién es?
Y Judas, descarado en el mentir:

-Sin duda es uno de los falsos fariseos… Yo creo que José o Nicodemo, o Cusa o Manahén… A todos les preocupan los primeros puestos y las riquezas… Sé que Herodes… Y sé que el Sanedrín. ¡Él se ha fiado de ellos demasiado! ¡Fijaos como ayer tampoco estaban presentes! No tienen el valor de hacerle frente…

Jesús no oye. Ha ido adelante y ha llegado donde su Madre, que está con las Marías y con Marta y Susana. Sólo falta Juana de Cusa en el grupo de las pías mujeres.