V- Diversos Temas: 8. ¿PARA QUE ORO? ¡Dios nunca me hace caso cuando rezo!

Autor: Diana R. García B. | Fuente: elobservadorenlinea.com  

Consideraciones para alcanzar la oración que sí funciona, 1ª Parte.

«Oren en todo tiempo... Perseveren en sus oraciones sin desanimarse nunca» (Ef 6, 18)

«No tengo ganas de orar, ¿para qué hacerlo si a mí Dios no me escucha nunca?»; «Dicen que Dios sí me oye, pero de nada me sirve porque igual no atiende a mis súplicas»; «Yo, cuando rezo, sólo pido cosas buenas, cosas que no van en contra de la voluntad de Dios; ¿entonces por qué a otros sí les hace caso y a mí no?»; «Dicen que Dios me ama; si es así, ¿por qué dejó que se muriera mi papá después de tanto que rezamos para que se curara?».

¿Todo cuanto pidan en la oración...?

Expresiones como las anteriores todos las hemos escuchado; incluso alguna vez nosotros mismos, cristianos, las hemos esgrimido en momentos de desaliento. Y es que no hay nada más doloroso que descubrir la —aparente— ineficacia de la oración, que choca tan abiertamente con lo prometido por Dios mismo en las Sagradas Escrituras. San Alfonso María de Ligorio da un rápido resumen de dichas promesas bíblicas en su libro El gran medio de la oración:

«Invócame en el día de la tribulación... Llámame y Yo te libraré... Llámame y Yo te oiré ... Pedid y se os dará... Buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá.. Cosas buenas dará mi Padre que está en los cielos a aquel que se las pida... Todo aquel que pide, recibe... Lo que queráis, pedidlo, y se os dará. Todo cuanto pidieren, lo hará mi Padre por ellos. Todo cuanto pidáis en la oración, creed que lo recibiréis y se hará sin falta. Si alguno pidiereis en mi nombre, os lo concederá». 

La teoría del instructivo incompleto

Y aquí empieza uno a hacer interpretaciones para salvar su fe: «Seguramente Jesucristo quiso decir otra cosa y los apóstoles lo malentendieron»; «como los evangelistas sólo pusieron por escrito una pequeña parte de la enseñanza de Cristo [cfr. Jn 21, 25], tal vez no anotaron todo lo que el Señor les enseñó acerca de la oración, y por eso ésta casi nunca nos funciona, porque no nos llegaron las instrucciones completas». Conclusiones así nos ayudan a no arrojar la toalla, a no condenar a Dios, a seguir creyendo o a intentar seguir creyendo. 

Pero, por desgracia, el sentimiento de fracaso, la sensación de haber sido burlados por las sentencias bíblicas, puede llevar —y de hecho ha llevado a muchos en todas las épocas— a la abierta enemistad con el Altísimo, o a dudar seriamente de su existencia.

La teoría del Dios ficticio

Escribe el ingeniero Alfonso Aguiló en su libro ¿Es razonable ser creyente? (Ediciones Palabra) este ejemplo de una mujer decepcionada: 

«Me siento engañada. Me habían dicho que Dios era bueno y protegía y amaba a los buenos, que la oración era omnipotente, que Dios concedía todo lo que se le pedía... Empiezo a pensar que detrás de ese nombre, Dios, no hay nada. Que es todo una gigantesca fábula. Que me han engañado como a una tonta desde que nací». 

Y volvemos a lo mismo: si se supone que Dios es no sólamente todopoderoso, sino que nos ama tanto como verdadero Padre, ¿cómo es que no atiende las súplicas de sus hijos? Es más, ¿quién fue el... sinvergüenza al que se le ocurrió escribir en la Biblia, como salidas de la boca de Jesús, las siguientes palabras?: «Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca halla, y al que llama se le abrirá. ¿O hay acaso alguno entre vosotros que al hijo que le pide pan le dé una piedra; o si le pide un pez, le dé una culebra? Si, pues, vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que se las pidan!» (Mt 7, 7-11). Como la fórmula bíblica no funciona, luego entonces Dios es sólo una ilusión.

La teoría del Dios a mi servicio

El mismo Alfonso Aguiló hace notar de inmediato, tras el ejemplo de la frustrada mujer, que la actitud con la que muchos suelen recurrir a la oración es la más inapropiada, comenzando por el hecho de que nunca o casi nunca rezan sino cuando tienen una necesidad, «y si no reciben rápidamente un consuelo a su medida, tacharán a Dios de ser sordo a sus peticiones. ‘Son ese tipo de personas —decía Martín Descalzo— que tienen a Dios como un aviador su paracaídas: para los casos de emergencia, pero esperando no tener que usarlo jamás’». Ésta sería, pues, una lamentable pero muy común visión utilitarista de Dios, es decir: Dios debe estar a mi servicio y no yo al servicio de Él; Dios es bueno si hace lo que le pido; Dios no me ama o no existe si no me cumple aquello por lo que le recé.

Pedir no es malo

Lo anterior no significa que orar para pedir sea malo, pero sí es una llamada de atención en el sentido de que orar es mucho más que sólo estar solicitando favores.

El Catecismo de la Iglesia Católica hace notar que ciertamente la petición es la forma de oración «más habitual, por ser la más espontánea» (n. 2629). Pero también recuerda que hay muchos otros modos de orar; por ejemplo, la oración de acción de gracias, con la que se reconoce que todo bien recibido es obra de la mano de Dios; la oración de alabanza, en la que se le da gloria Dios no por lo que hace sino por lo que es, y la oración de adoración, en la que, al reconocer que Dios es Dios, se ejerce una sumisión voluntaria a Él.

Obviamente, Dios quiere que le pidamos. Por eso, cuando los discípulos le suplicaron: «Señor, enséñanos a orar» (Lc 11, 1), Jesús les enseñó el Padrenuestro, una oración compuesta por un saludo y siete peticiones (Mt 6, 9-13).

Pedirle a Dios es un modo de glorificarlo pues así se reconoce que es el verdadero y único Señor de la historia, capaz de cambiar los acontecimientos y hasta de pasar por alto las leyes de la naturaleza. De igual modo, la oración de petición puede constituir un acto de humildad, pues hace evidente que el que reza no es autosuficiente sino una siemple criatura, necesitada de la bondad divina.

La promesa de ser escuchados es para todos

Como explica el mismo Catecismo en su número 2565, «la oración es la relación viva de los hijos de Dios con su Padre infinitamente bueno, con su Hijo Jesucristo y con el Espíritu Santo». Visto así, quien se acuerda de Dios sólo cuando tiene una necesidad, obviamente no es una persona que mantiene con una relación correcta con el Señor.

Sin embargo, aun cuando alguien no se acuerde nunca de hablar con Dios sino cuando tiene una súplica que hacerle, esta oración tiene su importancia en el sentido de que «la petición ya es un retorno hacia Él» (CIC, n. 2629).

Más aún, la promesa de que «todo el que pide recibe; el que busca halla, y al que llama se le abrirá» (Mt 7, 8) la hizo Cristo sin excluir a nadie, porque en Dios no hay exclusión de personas. Todo el que pide con fe recibe, no importa si no es cristiano, si es un protestante o si es un católico muy pecador. 

Hay a quienes el sentimiento de indignidad les impide acercarse a la oración. Jesucristo habló de esto a sor Josefa Menéndez , religiosa española de la Sociedad del Sagrado Corazón de Jesús, a quien el Señor le concedió revelaciones privadas desde 1921 hasta su muerte, en 1923. El Señor le dijo: «Estas almas no me conocen; no han comprendido lo que es mi divino Corazón…porque precisamente sus miserias y sus faltas son las que inclinan hacia ellas mi Bondad. Si reconocen su impotencia y debilidad, si se humillan y vienen a Mí llenas de confianza, me glorifican mucho más que antes de haber caído».

Los pecadores también deben orar

Escribre san Alfonso María de Ligorio en su tratado El gran medio de la oración: 

«No faltará alguno que dirá por ventura: soy pecador y por tanto no puedo rezar, porque leí en las Sagradas Escrituras: ‘Dios no oye a los pecadores’. Mas nos ataja santo Tomás de Aquino.... [diciendo] que eso sólo se puede decir del pecador, en cuanto es pecador, esto es, cuando pide al Señor medios para seguir pecando, como si se pidiese al Cielo ayuda para vengarse de su enemigo o para llevar adelante alguna mala intención. Y otro tanto puede decirse del pecador que pide al Señor la gracia de la salvación sin deseo de salir del estado de pecado en que se encuentra». 

En tales casos, «sus oraciones no pueden ser oídas de Dios, porque son temerarias y abominables. ¿Qué mayor temeridad la de un vasallo que se atreve a pedir una gracia a su rey, a quien no tan sólo ofendió mil veces, sino que está resuelto a seguir ofendiéndole en lo venidero? Así entenderemos por qué razón el Espíritu Santo llama detestable y odiosa la oración de aquel que por una parte reza a Dios y por otra parte cierra los oídos para no oír y obedecer la voz del mismo Dios. Lo leemos en el Libro Sagrado de los Proverbios: ‘Quien cierre sus oídos para no escuchar la ley, execrada será de Dios su oración’. A estos desatinados pecadores les dirige el Señor aquellas palabras del profeta Isaías: Por eso, ‘cuando levantareis las manos hacia Mí, Yo apartaré mi vista de vosotros, y cuantas más oraciones me hiciereis, tanto menos os escucharé’...

«Hay pecadores que han caído por fragilidad o por empuje de una fuerte pasión y son ellos los primeros en gemir... y en desear que llegue por fin la hora de romper aquellas cadenas y salir de tan mísera esclavitud. Piden ayuda al Señor, y si esta oración fuere constante, Dios ciertamente los oirá... Lo que la amistad no consigue, dice el Crisóstomo, obtiénese por la oración... San Agustín razona muy bien cuando dice que si Dios no oyera a los pecadores, inútil hubiera sido la oración de aquel humilde publicano que le decía: ‘Señor, tened piedad de mí, pobre pecador’. Sin embargo, expresamente nos dice el Evangelio que fue oída su oración y que ‘salió del templo justificado’. 

«Mas ninguno estudió esta cuestión como el Doctor Angélico, y él no duda en afirmar que es oído el pecador, cuando reza; y trae la razón que, aunque su oración no sea meritoria, tiene la fuerza misteriosa de la impetración, ya que ésta no se apoya en la justicia, sino en la bondad de Dios». 

Condiciones para que la oración sí «funcione»

Es, pues, un hecho indiscutible —que jamás debemos olvidar— que Dios siempre escucha. Es más, como dice el presbítero español Franciso Fernández Carvajal en su libro Hablar con Dios (Ediciones Palabra), «Jesús nos oye siempre, también cuando parece que calla. Quizá es entonces cuando más atentamente nos escucha; quiere que le pidamos confiadamente, sin desánimo, con fe».

Entonces —volvemos al principio—, ¿por qué no vemos resultados en la oración? ¿Por qué seguimos sintiéndonos frustrados a la hora de pedirle algo a Dios? ¿Por qué, por qué? Definitivamente porque fallamos en alguna de las cuatro grandes condiciones que el Señor nos ha enseñado como necesarias para que la oración «funcione»: tener fe al pedir, ser perseverantes en nuestro rezo, pedir cosas buenas y hacerlo con humildad. ¿Realmente las cumplimos cabalmente? ¿No será que nos rendimos fácilmente si no vemos resultados inmediatos? ¿Acaso confiamos al cien por ciento en que Dios nos va a atender? Y, de las cosas que pedimos, ¿no será que no son tan «buenas» como pretendemos o, mejor todavía, no será que Dios tiene pensado para nosotros algo aún mejor?nosotros algo aún mejor?

V- Diversos Temas: 7. Quien reza se salva

Autor:  Diana R. García B. | Fuente: elobservadorenlinea.com

Consideraciones para alcanzar la oración que sí funciona, 7ª Parte.

Jesús les dijo: «... Levantaos y orad para que no caigáis en tentación» (Lc 22, 46)

«Nada más claro que el lenguaje de las Sagradas Escrituras cuando quieren demostramos la necesidad que de la oración tenemos para salvamos: "Es menester orar siempre y no desmayar"... "Vigilad y orad para no caer en la tentación". "Pedid y se os dará"... Está bien claro que las palabras es menester, orad, pedid significan y entrañan un precepto y grave necesidad». Estas palabras son de san Alfonso María de Ligorio, quien advierte en su libro El gran medio de la oración sobre la actitud de aquéllos que menosprecian la oración como medio salvífico: «Pretendía el impío Wicleff que estos textos sólo significaban la necesidad de buenas obras, y no de la oración; y era porque, según su errado entender, orar no es otra cosa que obrar bien. Fue éste un error que expresamente condenó la santa Iglesia».

A fin de cuentas, «la gracia de la salvación eterna no es una sola gracia; es más bien una cadena de gracias, y todas ellas unidas forman el don de la perseverancia. A esta cadena de gracias ha de corresponder otra cadena de oraciones, si es lícito hablar así, y, por tanto, si rompemos la cadena de la oración, rota queda la cadena de las gracias que han de obtenernos la salvación y estaremos fatalmente perdidos».

Ciertamente, Nuestro Señor Jesucristo advierte que en el Juicio Final seremos juzgados por la caridad ejercida: «Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria acompañado de todos sus ángeles... pondrá las ovejas a su derecha y los cabritos a su izquierda. Entonces dirá el Rey a los de su derecha: "Venid, benditos de mi Padre.... porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a verme"... Y el Rey les dirá: "En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a Mí me lo hicisteis"» (Mt 25, 31-40). Los de la izquierda, lo sabemos, irán a la condenación eterna por negarse a realizar buenas obras en favor de sus hermanos.

Entonces, si la Biblia enseña que la salvación está ligada a la actuación humana, ¿por qué habría de ser necesaria la oración? Porque la misma Escritura nos presenta a Jesucristo advirtiéndonos: «Sin Mí nada podéis hacer» (Jn 15, 5). Y es cierto: sin orar no podemos permanecer mucho tiempo sin pecado.

Dice el doctor Leonardo Lessio, sacerdote del siglo XVII: «No se puede negar la necesidad de la oración a los adultos para salvarse sin pecar contra la fe, pues es doctrina evidentísima de las Sagradas Escrituras que la oración es el único medio para conseguir las ayudas divinas necesarias para la salvación eterna».

En otras palabras, sin la gracia de Dios no podemos realizar el bien.

Nos recuerda santo Tomás de Aquino: «Después del Bautismo le es necesaria al hombre continua oración, pues si es verdad que por el Bautismo se borran todos los pecados, no lo es menos que queda la inclinación desordenada al pecado en las entrañas del alma y que por fuera el mundo y el demonio nos persiguen a todas horas». Y explica que no es necesario rezar para que Dios conozca nuestras necesidades, sino para que nosotros lleguemos a convencernos de la necesidad que tenemos de acudir a Dios para alcanzar la salvación.

Volviendo a san Alfonso María, resumamos: «Sin oración, cosa muy difícil es que nos podamos salvar... Con la oración, la salvación es segura y fácil porque, en efecto, ¿qué se necesita para salvarnos? Que digamos: Dios mío, ayudadme; Señor mío, amparadme y tened misericordia de mí. Esto basta. ¿Hay cosa más fácil? Pues repitámoslo, que si lo decimos bien y con frecuencia esto bastará para llevrnos al Cielo... Pensemos que, si no rezamos, ninguna excusa podremos alegar, porque Dios a todos da la gracia de orar... Si no nos salvamos, culpa nuestra será. Y la causa de nuestra infinita desgracia será una sola: que no hemos rezado».

Entonces, ¿hasta cuándo hemos de orar? Responde san Juan Crisóstomo: «Hemos de orar siempre, hasta que oigamos la sentencia de nuestra salvación eterna, es decir, hasta la muerte».

V- Diversos Temas: 6. ¿Cómo y cuándo empieza a vivirse el Triduo Pascual?

Autor: primeroscristianos.com | Fuente: elobservadorenlinea.com 

Cada celebración del Triduo presenta su fisonomía particular. Es importante que los cristianos de hoy sepamos como recordaban los primeros cristianos los acontecimientos que recordamos durante estos días..

El Triduo Pascual es el punto culminante de todo el año litúrgico. Durante el Triduo la Iglesia conmemora los grandes acontecimientos que jalonaron los últimos días del Señor.

La expresión Triduo Pascual aplicada a las fiestas anuales de la Pasión y Resurrección es relativamente reciente, pues no se remonta más allá de los años treinta del siglo XX; pero ya a finales del siglo IV san Ambrosio hablaba de un Triduum Sacrum para referirse a las etapas del misterio pascual de Cristo que, durante tres días, et passus est, et quievit et resurrexit.

Deslumbrada por la realidad histórica de la muerte de Cristo, la primitiva Iglesia advirtió la necesidad de celebrar litúrgicamente este hecho salvífico, por medio de un rito memorial, donde, en obediencia al mandato expreso del Señor, se renovara sacramentalmente su sacrificio.

De este modo, durante los primeros compases de la vida de la Iglesia, la Pascua del Señor se conmemoraba cíclicamente, a partir de la asamblea eucarística convocada el primer día de la semana, día de la resurrección del Señor (dominicus dies) o domingo. Y, muy pronto, apenas en el siglo II, comenzó a reservarse un domingo particular del año para celebrar este misterio salvífico de Cristo. Llegados a este punto, el nacimiento del Triduo Pascual era sólo cuestión de tiempo, cuando la Iglesia comenzase a revivir los misterios de Cristo de modo histórico, hecho que acaeció por primera vez en Jerusalén, donde aún se conservaba la memoria del marco topográfico de los sucesos de la pasión y glorificación de Cristo.

De todos modos, en el origen de la celebración pascual tampoco puede subestimarse la benéfica influencia de la respuesta dogmática y litúrgica de la ortodoxia frente a la herejía arriana; reacción que supuso una atracción de la piedad de los fieles hacia la persona de Jesús (Hijo de Dios e Hijo de María), y hacia sus hechos históricos.

Cada celebración del Triduo presenta su fisonomía particular: la tarde del Jueves Santo conmemora la institución de la Eucaristía; el Viernes se dedica entero a la evocación de la pasión y muerte de Jesús en la cruz; durante el sábado la Iglesia medita el descanso de Jesús en el sepulcro. Por último, en la Vigilia Pascual, los fieles reviven la alegría de la Resurrección.

Jueves Santo

La Misa vespertina in Cena Domini abre el Triduo Pascual. La Iglesia en Jerusalén conocía ya, en el siglo IV, una celebración eucarística conmemorativa de la Última Cena, y la institución del sacramento del sacrificio de la Cruz:

Al principio esta celebración se desarrollaba sobre el Gólgota, en la basílica del Martyrion, al pie de la Cruz, y no en el Cenáculo; hecho que confirma la íntima relación entre la celebración eucarística y el sacrificio de la Cruz.

A finales del siglo IV esta tradición se vivía también en numerosas iglesias de occidente, pero habrá que esperar hasta el siglo VII para encontrar los primeros testimonios romanos.

Viernes Santo

El Viernes Santo conmemora la pasión y muerte del Señor. Dos documentos de venerable antigüedad (la Traditio Apostolica de San Hipólito y la Didaskalia Apostolorum, ambas del siglo IIItestimonian como práctica común entre los cristianos el gran ayuno del viernes y sábado previos a la Vigilia Pascual.

Sin embargo, habrá que esperar hasta finales del siglo IV d.C. para encontrar, en Jerusalén, las primeras celebraciones litúrgicas de la Pasión del Señor: se trataba de una jornada dedicada íntegramente a la oración itinerante; los fieles acudían del Cenáculo (donde se veneraba la columna de la flagelación) al Gólgota, donde el obispo presentaba el madero de la Cruz. Durante las estaciones se leían profecías y evangelios de la Pasión, se cantaban salmos y se recitaban oraciones.

Los testimonios más antiguos de una liturgia de Viernes Santo en Roma proceden del siglo VII. Manifiestan dos tradiciones distintas, y nos han llegado a través del Sacramentario Gelasiano (oficio presbiteral con veneración de la cruz, liturgia de la palabra y comunión con los presantificados) y el Sacramentario Gregoriano (liturgia papal, limitada a lecturas bíblicas y plegaria universal).

Sábado Santo

En los primeros siglos de historia de la Iglesia, el Sábado Santo se caracterizaba por ser un día de ayuno absoluto, previo a la celebración de las fiestas pascuales. Pero a partir del siglo XVI, con la anticipación de la Vigilia a la mañana del sábado, el significado litúrgico del día quedó completamente oscurecido hasta que las sucesivas reformas de nuestro siglo le han devuelto su originaria significación. El Sábado Santo debe ser para los fieles un día de intensa oración, acompañando a Jesús en el silencio del sepulcro.

Vigilia Pascual

La celebración litúrgica de la Pascua del Señor se encuentra en los orígenes mismos del culto cristiano. Desde la generación apostólica, los cristianos conmemoraron semanalmente la Resurrección de Cristo por medio de la asamblea eucarística dominical.

Además, ya en el siglo II la Iglesia celebra una fiesta específica como memoria actual de la Pascua de Cristo, aunque las distintas tradiciones subrayen uno u otro contenido pascual: Pascua-Pasión (se celebraba el 14 de Nisán, según el calendario lunar judío, y acentuaba el hecho histórico de la Cruz) y Pascua-Glorificación, que, privilegiando la Resurrección del Señor, se celebraba el domingo posterior al 14 de Nisán, día de la Resurrección de Cristo. Esta última práctica se impuso en la Iglesia desde comienzos del siglo III.

V- Diversos Temas: 5. El paraíso prometido es la paz de conciencia

Autor: P. Raniero Cantalamessa, OFM Cap | Fuente: caminocatolico.org 

El predicador del Papa ha explicado que "el paraíso prometido es la paz de conciencia", en su tradicional homilía del Viernes Santo pronunciada en la celebración de la Pasión del Señor , una ceremonia presidida por el Papa Benedicto XVI.

Algunos padres de la Iglesia han encerrado en una imagen todo el misterio de la redención. Imaginemos, decían, que tenga lugar en el estadio una lucha épica. Un valiente ha enfrentado al cruel tirano que tenía esclavizada la ciudad, y con enorme esfuerzo y sufrimiento, lo ha vencido. Tú estabas en las graderías, no has luchado, ni te has esforzado ni te han herido. Pero si admiras al valiente, si te alegras con él por su victoria, si le tejes coronas, provocas y agitas a la asamblea por él, si te inclinas con alegría por el vencedor, le besas la cabeza y le das la mano, en definitiva, si tanto deliras por él, hasta considerar como tuya su victoria, te digo ciertamente que tú tendrás parte en el premio del vencedor.

Pero aún hay más: supongamos que el vencedor no tenga ninguna necesidad del premio que ganó, pero quiera más que nada, ver honrado a su sostenedor y considerar el premio por el que luchó, como la coronación del amigo. ¿En tal caso aquel hombre no obtendrá quizás la corona, incluso si no ha luchado ni ha sido herido? ¡Por supuesto que sí!

Así, dicen estos padres, sucede entre Cristo y nosotros. "Él, en la cruz, ha vencido a su antiguo enemigo". "Nuestras espadas --exclama san Juan Crisóstomo--, no están ensangrentadas, no estábamos en la lucha, no tenemos heridas, la batalla ni siquiera la hemos visto, y he aquí que obtenemos la victoria. Suya fue la lucha, nuestra la corona. Y visto que hemos ganado también nosotros, debemos imitar lo que hacen los soldados en estos casos: con voces de alegría exaltamos la victoria, entonamos himnos de alabanza al Señor".

No se podría explicar de una manera mejor el significado de la liturgia que estamos celebrando.

¿Pero lo que estamos haciendo es también eso una imagen, la representación de una realidad del pasado, o es la misma realidad? ¡Las dos cosas! "Nosotros, --decía san Agustín al pueblo--, sabemos y creemos con fe certera que Cristo murió una sóla vez por nosotros [...]. Sabéis perfectamente que todo esto sucedió una sola vez y sin embargo la solemnidad lo renueva periódicamente [...]. Verdad histórica y solemnidad litúrgica no están en conflicto entre sí, como si la segunda fuera falsa y sólo la primera correspondiera con la verdad. De aquello que la historia afirma que ha sucedido, en realidad, una sola vez, la solemnidad a menudo lo renueva en los corazones de los fieles".

La liturgia "renueva" el evento: ¡Cuántas discusiones, durante cinco siglos, sobre el significado de esta palabra, especialmente cuando se aplica al sacrificio de la cruz y a la misa! Pablo VI utilizó un verbo que podría allanar el camino para un entendimiento ecuménico sobre este tema: el verbo "representar", entendido en el sentido fuerte de re-presentar, es decir, hacer nuevamente presente y operante el hecho.

Hay una diferencia sustancial entre la representación de la muerte de Cristo y aquella, por ejemplo, de la muerte de Julio César en la tragedia homónima de Shakespeare. Nadie atiende, siendo vivo, al aniversario de su muerte; Cristo sí, porque Él ha resucitado. Sólo él puede decir, como lo hace en el Apocalipsis: "Estuve muerto, pero ahora estoy vivo por los siglos de los siglos". (Ap. 1,18). Debemos estar atentos en este día, al visitar los llamados "Repositorios" o al participar en las procesiones del Cristo muerto, no merezcamos el reproche que Cristo resucitado dirige a las pías mujeres en la mañana de Pascua: "¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo?" (Lc. 24,5).

Es una afirmación osada, pero verdadera la de ciertos autores ortodoxos. "La anamnesi, o sea el memorial litúrgico vuelve al evento más verdadero de lo que sucedió históricamente la primera vez". En otras palabras es más verdadero y real para nosotros que lo revivimos "según el Espíritu" de lo que era para quienes lo vivían "según la carne", antes que el Espíritu Santo le revelara a la iglesia el significado pleno.

Nosotros no estamos celebrando solamente un aniversario, sino un misterio. Y nuevamente san Agustín explica la diferencia entre las dos cosas. La celebración "como en un aniversario", no pide otra cosa -dice- si no la de "indicar con una solemnidad religiosa el día del año en el que se fija el recuerdo de este hecho"; en la celebración como un misterio ("en sacramento"), "no solamente se conmemora un hecho sino que se hace de tal manera que se entienda su significado y sea acogido santamente".

Esto cambia todo. No se trata solamente de asistir a una representación, sino de "acoger" el significado, de pasar de espectadores a actores. Nos toca a nosotros por lo tanto elegir qué parte queremos representar en el drama, quién queremos ser: si Pedro, Judas, Pilato, la muchedumbre, el Cirineo, Juan, María... Ninguno puede quedarse neutral; no tomar posición es pretender una bien precisa: la de Pilatos que se lava las manos, o la de la muchedumbre que desde lejos "estaba mirando" (Lc 23,35). Si volviendo a casa esta noche alguien nos pregunta: "¿De dónde vienes, dónde has estado?" respondamos al menos en nuestro corazón: "¡En el Calvario!".

Todo esto no se realiza automáticamente, solamente por el hecho de haber participado de esta liturgia. Se trata, decía san Agustín, de "acoger" el significado del misterio. Esto se realiza con la fe. No hay música si no existe un oído que escuche, por más que la música de la orquesta toque fuerte; no hay gracia allá donde no hay una fe que la acoja.

En una homilía pascual del siglo IV, el obispo pronunciaba estas palabras extraordinariamente modernas y se diría existencialistas: "Para cada hombre, el principio de la vida es aquel, a partir del cual Cristo fue inmolado por él. Pero Cristo se ha inmolado por él en cuanto él reconoce la gracia y se vuelve consciente de la vida que le ha dado aquella inmolación".

Esto sucedió sacramentalmente en el bautismo, pero tiene que suceder conscientemente y siempre de nuevo en la vida. Antes de morir debemos tener el coraje y hacer un acto de audacia, casi un golpe de mano: apropiarse de la victoria de Cristo. !Una apropiación indebida! Una cosa lamentablemente común en la sociedad en la que vivimos, pero que con Jesús ésta no solamente no nos está prohibida, sino que se nos recomienda. "Indebida" que significa que no nos es debida, que no la hemos merecido nosotros, pero que nos es dada gratuitamente por la fe.

Más bien vayamos a lo seguro, escuchemos a un doctor de la iglesia. "Yo -escribe san Bernardo- lo que no puedo obtener por mi mismo, me lo apropio (literalmente, !lo usurpo!) con confianza del costado traspasado del Señor, porque está lleno de misericordia. Mi mérito por lo tanto es la misericordia de Dios. No soy pobre de méritos mientras Él sea rico de misericordia. Pues si la misericordia del Señor es mucha (Sal 119, 156), yo tendré abundancia de méritos. ¿Y que es de mi justicia? Oh Señor, me acordaré solamente de tu justicia. De hecho esa es también la mía, porque tú eres para mí justicia de parte de Dios". (cf. 1 Cor 1, 30).

¿Acaso este modo de concebir la santidad volvió a san Bernardo menos celoso de las buenas obras, menos empeñado en adquirir la virtud? Quizás descuidaba la mortificación de su cuerpo y de reducirlo a esclavitud (cf. 1 Cor 9,27), el apóstol Pablo quien antes que todos y más que todos había hecho de esta apropiación de la justicia de Cristo la finalidad de su vida y de su predicación (cf. Fil 3, 7-9).

En Roma, como en todas las ciudades grandes existen los que no tienen un techo. Tienen un nombre en todos los idiomas: homeless, clochards, barboni, mendigos: personas humanas que lo único que tienen son unos pocos trapos que visten y algún objeto que llevan en bolsas de plástico.

Imaginemos que un día se difunde esta voz: en via Condotti (¡todos saben lo que significa en Roma la via Condotti!), está la dueña de una boutique de lujo que, por alguna razón desconocida, por interés o generosidad, invita a todos los mendigos de la estación Termini a ir a su negocio, a dejar sus trapos sucios, a ducharse y después a elegir el vestido que deseen entre los que están expuestos y llevárselos, así, gratuitamente.

Todos dicen en su corazón: "¡Esta es una fábula, no sucederá nunca!". Es verdad, pero lo que no sucede nunca entre los hombres es lo que puede suceder cada día entre los hombres y Dios, porque, ¡delante de Él, aquellos mendigos somos nosotros! Esto es lo que sucede con una buena confesión: te despojas de tus trapos sucios, los pecados; recibes el baño de la misericordia y te levantas "cubierto por ropas de fiesta, envuelto en manto de victoria" (Is. 61, 10).

El publicano de la parábola que fue al templo a rezar dijo simplemente, pero desde lo profundo de su corazón: "¡Oh Dios, ten piedad de mí, que soy pecador!", y "volvió a su casa justificado". (Lc. 18,14), reconciliado, hecho nuevo, inocente. Igual, si tenemos su fe y su arrepentimiento, podrán decirlo de nosotros volviendo a casa después de esta liturgia.

Entre los personajes de la pasión con los cuales podemos identificarnos me doy cuenta que he omitido uno, que más que todos espera a quien quiera seguir su ejemplo: el buen ladrón. El buen ladrón confiesa completamente su pecado; le dice a su compañero que insulta a Jesús: "¿Es que no temes a Dios, tú que sufres la misma condena? Y nosotros con razón porque nos lo hemos merecido por nuestros hechos; en cambio este, nada malo ha hecho" (Lc. 23, 40s.). El buen ladrón se muestra como un excelente teólogo. Solamente Dios, de hecho, sufre absolutamente como inocente; cada persona que sufre debe decir: "Yo sufro justamente", porque aunque si no es el responsable de la acción que le viene imputada, no está enteramente libre de culpa. Solamente el dolor de los niños inocentes se asemeja al de Dios y por esto es así misterioso y sagrado.

Cuántos delitos atroces se quedaron, en los últimos tiempos, sin un culpable, ¡Cuánto casos no resueltos! El buen ladrón lanza un llamado a los responsables: hagan como yo, salgan al descubierto, confiesen su culpa; experimentareis también vosotros la alegría que yo he sentido cuando escuché la palabra de Jesús: "¡Hoy estarás conmigo en el paraíso!" (Lc 23,43).

Cuántos reos confesos pueden confirmar que fue así también con ellos: que pasaron del infierno al paraíso el día que tuvieron el coraje de arrepentirse y confesar su culpa. También yo he conocido a alguno. El paraíso prometido es la paz de conciencia, la posibilidad de mirarse en el espejo y mirar a los propios hijos sin necesidad de tener que despreciarse.

No lleváis a la tumba vuestro secreto; os procuraría una condena más temible que aquella humana. Nuestro pueblo no es despiadado con quien se ha equivocado, si reconoce el mal realizado, sinceramente, no solamente por conveniencia. Por el contrario, está listo a apiadarse y acompañar al arrepentido en su camino de redención (que en todo caso se vuelve más breve). "Dios perdona muchas cosas, por una obra buena", dice Lucia en "Los Novios" de Alessandro Manzoni, al hombre que la había raptada. Aún más, tenemos que decir, Él perdona muchas cosas debido a un acto de arrepentimiento. Lo ha prometido solemnemente: "Aunque fuesen sus pecados rojos como la grana, como nieve blanquearán; y así rojeasen como el carmesí, como lana quedarán" (Is. 1, 18).

Volvamos ahora a hacer lo que hemos escuchado al inicio, que es nuestra tarea en este día: con voces de júbilo exaltemos la victoria de la cruz, entonemos himnos de alabanza al Señor. "O Redemptor, sume carmen temet concinentium". Y tú, Redentor nuestro, acoge el canto que elevamos hasta ti.

V- Diversos Temas: 4. Las grandes herejías

Autor: Carlos Caso-Rosendi | Fuente: voxfidei-apologetica.blogspot.com 

Una herejía se opone inmediata, directa y contradictoriamente a la verdad revelada por Dios y propuesta auténticamente como tal por la Iglesia, para no caer en ellas hay que conocerlas.

Desde los principios del cristianismo, la Iglesia ha sido atacada por aquellos que introducen falsas enseñanzas, o herejías. La Biblia nos avisó que esto sucedería. Pablo advirtió a su joven discípulo, Timoteo, "Porque llegará el tiempo en que los hombres no soportarán más la sana doctrina; por el contrario, llevados por sus inclinaciones, se procurarán una multitud de maestros que les halaguen los oídos, y se apartarán de la verdad para escuchar cosas fantasiosas." (2 Timoteo 4, 3-4).

¿Qué es la herejía?

Herejía es un término con una gran carga emocional y con frecuencia se lo usa mal. No es lo mismo que la incredulidad, el cisma, la apostasía u otros pecados contra la fe. El Catecismo de la Iglesia Católica declara, "La incredulidad es el menosprecio de la verdad revelada o el rechazo voluntario de prestarle asentimiento. Se llama herejía la negación pertinaz, después de recibido el bautismo, de una verdad que ha de creerse con fe divina y católica, o la duda pertinaz sobre la misma; apostasía es el rechazo total de la fe cristiana; cisma, el rechazo de la sujeción al Sumo Pontífice o de la comunión con los miembros de la Iglesia a él sometidos" (CCC 2089).

Para cometer herejía, uno tiene que rechazar la corrección. No es un hereje aquella persona que está dispuesta a ser corregida o una que no se ha dado cuenta que lo que ha estado declarando es contrario a la enseñanzas de la Iglesia.

Sólo un individuo bautizado puede cometer herejía. Esto significa que, aquellos movimientos que se han separado o que han sido influídos por el cristianismo, pero que no practican el bautismo (o que no practican el bautismo válido), no son herejes, sino religiones distintas. Como ejemplo podríamos mencionar a Testigos de Jehová, ya que no practican el bautismo válido.

Finalmente, la duda o la negación herética debe concernir a un asunto que ha sido revelado por Dios y solemnemente definido por la Iglesia (por ejemplo, la Trinidad, la Encarnación, la Presencia Real de Cristo en la Eucaristía, el Sacrificio de la Misa, la infalilbilidad papal o la Inmaculada Concepción y Asunción de María).

Es importante distinguir herejía de cisma y apostasía. En el cisma, uno se separa de la Iglesia Católica sin repudiar una doctrina definida. Un ejemplo de cisma contemporáneo es la Hermandad Sacerdotal San Pio X, los "Lefebvristas" o seguidores del difunto Arzobispo Marcel Lefebvre- quien se separó de la Iglesia en la última parte de la década de 1980 pero que no ha negado las doctrinas católicas. En la apostasía, uno repudia la fe cristiana y ya no declara ser un cristiano.

Teniendo esto en mente, echemos una mirada a las grandes herejías de la historia de la Iglesia y las épocas en que ocurrieron.

Los circuncisionistas (Siglo I)

La herejía circuncisionista puede ser resumida en las palabras de Hechos 15, 1 "Algunas personas venidas de Judea enseñaban a los hermanos que si no se hacían circuncidar según el rito establecido por Moisés, no podían salvarse."

Muchos de los cristianos primitivos eran judíos que trajeron a la fe muchas de sus anteriores prácticas. Reconocían en Jesús al Mesías anunciado por los profetas y en cumplimiento del Antiguo Testamento. Como la circuncisión se requería en el Antiguo Testamento para ser miembro de la Alianza de Dios, muchos pensaron que también se requeriría para ser miembro de la Nueva Alianza que Cristo había venido a inaugurar. Creían que uno debía ser circuncidado y debía guardar la Ley Mosaica para venir a Cristo. En otras palabras, que uno debía ser judío para poder ser cristiano.

Sin embargo Dios le hizo claro a Pedro en Hechos capítulo 10 que los gentiles eran aceptables a Dios y que podían ser bautizados y ser cristianos sin circuncisión. La misma enseñanza fue vigorosamente defendida por Pablo en sus epístolas a los romanos y a los gálatas, dos lugares en los que la herejía circuncisionista se había extendido.

Gnosticismo (Siglos I y II)

"¡La materia es mala!" fue el grito de los gnósticos. Esta idea la tomaron prestada de ciertos filósofos griegos. Es contraria a la enseñanza católica, no solamente porque contradice Génesis 1, 31 ("Y Dios vió todo lo que había hecho y vió que era muy bueno") y otras escrituras, sino porque niega la Encarnación. Si la materia es mala, entonces Jesucristo no pudo haber sido verdadero Dios y verdadero hombre, porque Cristo no es malo de ninguna manera. Así fue que muchos gnósticos negaron la Encarnación, declarando que Cristo solo aparentó ser un hombre, pero que su humanidad era solo una ilusión. Algunos gnósticos, reconociendo que el Antiguo Testamento enseñaba que Dios había creado la materia, afirmaron que el Dios de los judíos era una deidad mala distinta del Dios del Nuevo Testamento, el Dios de Jesucristo. Además propusieron la creencia en muchos seres divinos, conocidos como "eones", que mediaban entre el hombre el Dios final e inalcanzable. El más bajo de estos eones, el que había tenido contacto con los hombres, era supuestamente Jesucristo.

Montanismo (Ultima parte del siglo II)

Montanus comenzó su carrera en forma inocente, por medio de predicar el retorno a la penitencia y el fervor. Su movimiento también recalcó la permanencia de los dones milagrosos, como ser el hablar en lenguas y profetizar. Pero también proclamó que sus enseñanzas estaban por sobre las de la Iglesia y pronto comenzó a predicar el inminente retorno de Cristo en su lugar de origen, Frigia. Hubo declaraciones afirmando que Montanus mismo era, o al menos, hablaba por el Paráclito cuyo advenimiento Jesús había prometido (en realidad el Espíritu Santo).

Sabelianismo (Siglo III)

Los sabelianos enseñaron que Cristo y Dios Padre no eran personas distintas, sino dos aspectos u oficios de la misma persona. Según ellos, las tres personas de la Trinidad existen solamente en relación con el hombre y no en la realidad objetiva.

Arrianismo (Siglo IV)

Arrio enseñó que Cristo era una criatura hecha por Dios. Disfrazando su herejía por medio de usar terminología ortodoxa o casi-ortodoxa, logró sembrar una gran confusión en la Iglesia. Llegó a asegurarse el apoyo de muchos obispos, en tanto que otros le excomunicaron.

El arrianismo fue solemnemente condenado en 325 en el primer concilio de Nicea, que definió la divinidad de Cristo, y en 381 en el primer concilio de Constantinopla que definió la divinidad del Espíritu Santo. Estos dos concilios nos dieron el credo Niceno-Constantinopolitano, el cual los católicos recitamos en la Misa dominical.

Pelagianismo (Siglo V)

Pelagio negó que el pecado original fuera heredado del pecado de Adán en el Edén y afirmó que llegamos a ser pecadores solo a través del mal ejemplo de la comunidad pecaminosa en la que nacemos. Contradictoriamente, enseñó que heredamos la justicia como resultado de la muerte de Cristo en la Cruz y dijo que llegamos a ser personalmente justos por instrucción e imitación en la comunidad cristiana, siguiendo el ejemplo de Cristo. Pelagio declaró que el hombre nace moralmente neutral y puede llegar al cielo por sus propios medios. Por lo tanto la gracia de Dios no es realmente necesaria, sino que meramente facilita lo que de otra manera sería una tarea muy difícil.

Semi-Pelagianismo (Siglo V)

Después que San Agustín refutara las enseñanzas de Pelagio, algunos probaron una versión modificada de aquel sistema. Esto también terminó en una herejía que afirmaba que los humanos pueden acercarse a Dios por su propio poder y sin ayuda de la gracia de Dios; que una vez que una persona ha entrado en estado de gracia, uno puede retener ese estado por sus propios esfuerzos sin que medie ninguna gracia adicional por parte de Dios. Y que el esfuerzo humano natural por sí mismo puede darle a uno cierto derecho a recibir gracia aunque no sea estrictamente meritorio.

Nestorianismo (Siglo V)

Esta herejía sobre la persona de Cristo fue iniciada por Nestorio, obispo de Constantinopla, que le negó a María el título de Theotokos (gr. lit. "Quien lleva a Dios" o menos literalmente, "Madre de Dios"). Nestorio declaró que ella solamente había llevado en su seno a la naturaleza humana de Cristo y así propuso el título alternativo de Christotokos ("Quien lleva a Cristo" o "Madre de Cristo").

Los teólogos católicos ortodoxos reconocieron que la teoría de Nestorius fracturaría a Cristo en dos personas separadas (una humana y una divina unidas en una especie de unidad desligada), de los cuales uno solo estaba en el seno [de María]. La Iglesia reaccionó en 432 con el Concilio e Efeso, definiendo que María puede ser propiamente llamada Madre de Dios, no en el sentido de ser ella anterior a Dios o a la fuente de Dios, sino en el sentido de haber tenido en su vientre materno a la persona de Dios Encarnado.

Es dudoso que el mismo Nestorius creyera en la herejía que sus declaraciones implican y en este siglo, la Iglesia Oriental de Asiria, que ha sido históricamente considerada nestoriana, ha firmado una declaración cristológica totalmente ortodoxa conjuntamente con la Iglesia Católica y ha rechazado el nestorianismo. Esta iglesia está ahora mismo en proceso de entrar en total comunión eclasiástica con la Iglesia Católica.

Monofisismo (Siglo V)

El monofisismo comenzó como una reacción al nestorianismo. Los monofisistas (liderados por un hombre llamado Eutiques) estaban horrorizados por lo que implicaban las declaraciones de Nestorius, que Cristo era dos personas con dos diferentes naturalezas (humana y divina). Se pasaron al otro extremo, afirmando que Cristo era una persona con una sola naturaleza que fusionaba lo divino y lo humano. Por afirmar que Cristo tenía una sola naturaleza (griego mono, uno y phisis, naturaleza) se los conoció como monofisistas.

Los teólogos católicos ortodoxos reconocieron que el monofisismo era tan malo como el nestorianismo porque negaba la plena humanidad de Cristo y su plena divinidad. Si Cristo no hubiera tenido una plena naturaleza humana, no hubiera sido humano, y si no hubiera tenido una plena naturaleza divina no hubiera sido totalmente divino.

Iconoclastia (Siglos VII y VIII)

Esta herejía surgió cuando apareció un grupo de gente conocido como los iconoclastas (que significa literalmente "los que rompen íconos") que afirmaba que era un pecado hacer pinturas o estatuas de Cristo y de los santos, a pesar que en la Biblia, Dios había ordenado que se hicieran estatuas religiosas (Exodo 25, 18-20; 1 Crónicas 28, 18-19), incluyendo representaciones simbólicas de Cristo (cf. Números 21, 8-9 con Juan 3, 14).

Catarismo (Siglo XI)

El catarismo es una mezcla complicada de religiones no-cristianas re-elaboradas con terminología cristiana. Los cátaros tenían muchas sectas diferentes que tenía la enseñanza común de que el mundo había sido creado por una deidad maligna (por lo cual consideraban malo todo lo material) y que en su lugar se debía adorar a la deidad benigna.

Los albigenses conformaban una de las sectas cátaras más grande. Enseñaron que el espíritu es creado por Dios y es bueno, mientras que el cuerpo fue creado por el dios maligno. El espíritu entonces debe ser liberado del cuerpo. Tener hijos era uno de los más grandes males, ya que implicaba el aprisionar a otro "espíritu" en la carne. Lógicamente, el matrimonio estaba prohibido, pero la fornicación estaba permitida. Severos ayunos y mortificaciones de todo tipo eran practicados y su líderes preacticaban la pobreza voluntaria.

Sola Scriptura, Sola Fide (Siglo XVI)

Los grupos protestantes despliegan una amplia variedad de doctrinas. De todos modos, virtualmente todos ellos afirman creer en la doctrina de "Sola Scriptura" ("por la escritura solamente", la idea que debemos usar solamente la Biblia cuando formamos nuestra teología) y también "Sola Fide" (y no Sola "Fides" como muchas veces se mal escribe) o sea "solo por la fe", la idea de que somos justificados solamente por la fe.

La gran diversidad de doctrinas protestantes deriva de la doctrina de la interpretación privada o personal, que niega la autoridad infalible de la Iglesia y afirma que cada individuo debe interpretar las Escrituras por sí mismo. Esta idea es rechazada en 2 Pedro 1, 20 donde se nos dice que la primera regla para interpretar la Biblia es: "Pero tened presente, ante todo, que nadie puede interpretar por cuenta propia una profecía de la Escritura". Una característica significativa de esta herejía es el intento de poner a la Iglesia "contra" la Biblia, negando que el magisterio católico tenga la autoridad infalible para enseñar e interpretar las Escrituras.

La doctrina de la libre interpretación ha resultado en un enorme número de diferentes denominaciones. Según la publicación The Christian Sourcebook existen más de 30.000 denominaciones, y unas 270 nuevas se forman cada dia. Virtualmente todas ellas son protestantes.

Jansenismo (Siglo XVII)

Jansenius, obispo de Ypres, Francia, inició esta herejía con un documento que escribió sobre San Agustín, en el que redefinió la doctrina de la gracia. Entre otras doctrinas, sus seguidores negaron que Cristo murió por todos los hombres, sino que afirmaban que murió solamente por aquellos que serán salvados finalmente (los elegidos). Este y otros errores Jansenistas fueron oficialmente condenados por el Papa Inocencio en 1653.

Las herejías han estado con nosotros desde el principio de la Iglesia. Algunos hasta han sido originadas por líderes de la Iglesia, que tuvieron que ser corregidos por concilios y por los papas. Afortunadamente, tenemos la promesa de Cristo que ellos nunca prevalecerán contra la Iglesia, porque El le dijo a Pedro "Tú eres Pedro y sobre esta roca edificaré mi Iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella." (Mateo 16, 18)

La Iglesia es, usando palabras de San Pablo, "el pilar y fundamento de la verdad" (1 Timoteo 3, 15).

El texto de este artículo es tomado de:
Catholic Answers. "The Great Heresies" capítulo XCVII pp. 359-374, de The Essential Catholic Survival Guide: Answers to Tough Questions About the Faith, publ. Catholic Answers Inc., San Diego, California 2005.
Publicación que cuenta con:
Nihil Obstat
Los materiales presentados en este libro están libres de error doctrinal o moral
Bernadeane Carr, STL, Censor Librorum, 10 de Agosto de 2004.
Imprimatur
De Acuerdo con CIC 827, 1983 se otorga el permiso para publicar este libro.
Robert H. Brom, Obispo de San Diego, California, 10 de Agosto de 2004.

V- Diversos Temas: 3. ¿Es malo el proselitismo?

Autor: P. Joan Carreras del Rincón | Fuente: BloguerosConElPapa.org 

Que un creyente desee ardientemente que la fe encienda los corazones de otras personas no sólo no es lícito sino incluso necesario y natural.

Todo depende de lo que se entienda por proselitismo, porque es una palabra que ha ido adquiriendo tonalidades negativas en los últimos tiempos.

En el Youcat (catecismo para los jóvenes que se entregó a los participantes de la JMJ Madrid 2011), se explicaba que el proselitismo es malo. Y con toda razón si por él se entiende el "aprovecharse de la pobreza intelectual o física de otros para atraerlos a la propia fe".

Sin embargo, no es éste el sentido atribuido por el Diccionario de la Academia de la Lengua Española:

“Proselitismo: celo de ganar prosélitos”
“Prosélito: Persona incorporada a una religión”.

Hace unos días, Ernesto Juliá, respondiendo a la pregunta que le había dirigido un joven acerca de la pertinencia del proselitismo para los discípulos de Jesús, afirmaba que los cristianos somos proselitistas por vocación divina:

"Los cristianos no inculcamos los principios de nadie. Nosotros anunciamos el Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios hecho hombre, muerto y resucitado por amor a nosotros, y para nuestra salvación. Anunciamos esta Verdad, le comenté. Si nos cree, esa persona se convierte en prosélito cristiano, y nosotros hacemos proselitismo. Y así seguiremos hasta el final de la historia de los hombres en la tierra. Y lo somos, ya continué ayudándole a aclarar sus ideas, sencillamente porque somos fieles al mandato de Nuestro Señor Jesucristo: ´Id y predicad a todas las gentes´. Y así lo hemos vividos desde el primer día de Pentecostés. Los primeros cristianos, apenas recibido el Espíritu Santo, salieron a predicar; y entre los que escucharon y acogieron sus palabras, bautizaron a varios miles de personas. Aquel día la Iglesia hizo mucho prosélitos" (1).

Que un creyente desee ardientemente que la fe encienda los corazones de otras personas no sólo no es lícito sino incluso necesario y natural. Eso mismo le ocurría a Jesús, cuando exclamaba: "fuego he venido a traer a la Tierra y qué quiero sino que arda". San Josemaría hablaba mucho de proselitismo y lo comprendía precisamente en este sentido espiritual:

"El celo es una chifladura divina de apóstol, que te deseo, y tiene estos síntomas: hambre de tratar al Maestro; preocupación constante por las almas; perseverancia, que nada hace desfallecer" (2).

El Papa Francisco, sin embargo, ha insistido muchas veces sobre este punto: "evangelizar no es hacer proselitismo"

Citando a Benedicto XVI, el pasado 1 de octubre, el Papa recordaba que la Iglesia no crece por medio del proselitismo sino por atracción (3).

El Evangelio, como por otra parte la misma verdad, tiene fuerza por sí misma. « La verdad no se impone sino por la fuerza de la misma verdad, que penetra, con suavidad y firmeza a la vez, en las almas » (DH, 1). Éste es el principio áureo de la Evangelización.

El Evangelio es en sí mismo exigente. Dios llama al corazón de las personas cuando les llega el Evangelio convenientemente "predicado" por medio del amor y la misericordia, avalado por el testimonio coherente de los evangelizadores. En este sentido, cualquier presión que se pueda realizar sobre las personas desde fuera, es decir, añadiendo las propias exigencias desde el exterior, puede ser buena si se hace con respeto de la libertad y sin violencia, pero no puede identificarse con la acción de evangelizar. El Evangelio es gratuito: lo hemos recibido gratuitamente y así debemos darlo a los demás.

La frase de Pablo VI "el mundo tiene más necesidad de testigos que de maestros" tiene hoy más actualidad que nunca. La sensibilidad postmoderna lleva a las personas a sentir repulsa por toda afirmación categórica de la verdad. Los absolutos morales y los dogmas son rechazados de plano por el solo hecho de ser presentados como absolutos o como dogmas. Éste el escenario en el que debe ser predicado el Evangelio. El proselitismo, por tanto, tiende a ser considerado como una realidad negativa. Es un hecho que sencillamente conviene tener en cuenta.

La exigencia del Evangelio debe sentirla sobre todo el evangelizador, que ha sido enviado por el Maestro: "id por todo el mundo y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he enseñado" (Mt 28, 18); "Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará" (Mc 16, 15-16).

Hacer prosélitos es bueno. La trampa está en el modo de hacerlos. La exigencia que siente el evangelizador -¡Ay de mí si no evangelizara!- no puede ser transmitida directamente al evangelizado, como si aquél fuese únicamente un transmisor o instrumento inerte. No se puede ir por la calle asaltando a las personas repitiendo literalmente las palabras de Jesús: "si no crees, te condenarás". Dejemos que sea el Evangelio el que penetre con "suavidad y firmeza" en los corazones. No añadamos ninguna otra exigencia externa porque no la necesita.

La gratuidad deberá ser una de las características más relevantes de la Nueva Evangelización. En este sentido, entiendo muy bien que el Papa repita esta frase para que a todos los católicos nos quede muy claro:

"La Iglesia no crece por proselitismo, sino por atracción...": la atracción del Evangelio cuando es atractivamente presentado.

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