por Makf | 10 Abr, 2026 | Apologética 15
Autor: frmaria.org
Apologética es la parte de la Teología que busca explicar lo que creemos y hacemos como católicos y, asimismo, expone los errores que van contra la fe católica para proteger la integridad de la fe.
Esta “asignatura” teológica tuvo su esplendor durante la época de las grandes controversias, tanto contra los enemigos de la Iglesia como contra los herejes.
Después del Vaticano II fue relegada casi al olvido, pensando en que no había necesidad de ella, en una época marcada por el diálogo. Sin embargo, los ataques de las sectas por un lado y del secularismo laicista por otro, han vuelto a poner de manifiesto su utilidad.
No se trata de argumentar agresivamente contra nadie, ni siquiera contra los que así hacen contra nosotros, sino de saber dar una respuesta racional y coherente de las verdades en las que creemos.
¿Qué es Apologética?
Como se ha dicho, la Apologética es la defensa de la fe y la moral católica desde una perspectiva teológica y, por lo tanto, argumentativa.
Por extensión, se podría considerar Apologética a otras iniciativas, como las de defender a la Iglesia llevando a los tribunales a quienes la injurian o a quienes insultan a Cristo y a la Virgen.
Sin embargo, en lo que a este tratado concierne, vamos a considerar la Apologética desde su primera acepción: la defensa intelectual de las verdades de fe y de las reglas éticas inspiradas en el Evangelio.
La naturaleza de la Apologética hace que sea eminentemente defensiva, lo cual le da un carácter que a algunos le puedes parecer poco atractivo.
No es una rama de la Teología destinada a proponer las verdades de la fe, como pueda ser la Dogmática, la Mariología, la Moral o las distintas disciplinas bíblicas. Sin embargo, como es lógico, se basa en ellas para extraer los argumentos que va a necesitar para defender y justificar las enseñanzas de la Iglesia.
Pero, además y en algún caso, recurre a otras fuentes, externas incluso a la Teología, para aportar datos y argumentos que demuestren la fortaleza intelectual de las posturas de la Iglesia –por ejemplo, cuando se acude a la Biología para confirmar que el embrión es un verdadero ser humano-.
Su carácter defensivo hace que la Apologética se vea limitada a la defensa de los temas en que se está centrando la controversia, con lo cual deja muchísimos otros sin tratar (hoy, por ejemplo, no hay necesidad de justificar el rechazo de la Iglesia a la esclavitud, porque, teóricamente, todo el mundo la rechaza).
La Apologética no es, pues, un buen método para conocer el conjunto de las verdades de fe o de la moral católica; no es una síntesis de la misma, una especie de catecismo resumido que poder ofrecer a los que están interesados por el cristianismo; es un tratado defensivo, destinado a demostrar la racionalidad y la validez intelectual y moral de nuestros planteamientos y, si fuera posible, a convencer a otros para que se adhieran a los mismos.
Hay que dejar claro que si bien la Apologética tiene el objetivo de defender, de ningún modo tiene la misión de atacar los principios de nadie.
La Iglesia no ataca nunca. Se defiende de los ataques que recibe y expone de manera propositiva sus propias convicciones, pero sin que esta proposición revista nunca el carácter de ataque y agresividad de que nosotros somos objeto, tanto por las sectas como por el laicismo.
La Iglesia expone su fe y sus principios morales y reclama libertad para hacerlo y libertad para que los que quieran adherirse a ellos e integrarse en la comunidad católica puedan hacerlo, pero ni obliga a nadie ni tiene como objetivo desprestigiar las creencias de los demás pensando que así sus decepcionados fieles engrosarán las propias filas.
La proposición que hace la Iglesia de sus propias convicciones, incluso aunque a veces sea hecha de forma comparativa a las creencias de otros –por ejemplo, cuando se habla de la idea de Dios entre nosotros y de la idea de dios que hay en el hinduismo, o cuando se habla del matrimonio monogámico y se compara con el poligámico que tienen otras religiones- se intenta no herir los sentimientos de nadie, pues se tiene claro que, si no en todos los casos sí en muchos, en las demás religiones hay elementos de verdad que merecen respeto, por más que no esté en ellas la verdad plena, la cual se encuentra sólo y únicamente en la Iglesia católica, fundada por Cristo, que es la Verdad.
¿Cómo hacer Apologética?:
La Apologética, debido a su naturaleza defensiva, tiene una dificultad de origen: el peligro de la agresividad.
Responder a los que atacan sin recurrir a sus métodos no es fácil y, sin embargo, ahí reside buena parte de la fuerza católica: no hacer el mal a quien nos hace el mal, no responder con insultos a los que nos insultan, no pagar a nadie con la misma moneda del odio con que ellos nos pagan.
La Apologética, pues, tiene que estar dominada siempre por la paz, por la exposición pacífica y razonada de argumentos, de datos, de testimonios, de experiencias vitales.
Como toda defensa –basta con pensar en lo que es un partido de fútbol-, su primer objetivo es que los fieles católicos no tengan la impresión de que sus planteamientos de fe o de moral son ridículos, anticuados e incluso irracionales -volviendo al símil del partido de fútbol, el primer objetivo es que no te metan goles-, evitando así la fuga de esos fieles a las sectas o al laicismo ateo.
Sólo en un segundo momento –que hay que procurar que llegue- se intentará convencer al que ataca de que nuestro planteamiento es mejor que el suyo –se intentará meter un gol en la portería contraria-.
Así, pues, la Apologética tiene dos objetivos: uno dirigido a los propios católicos, para reforzar sus convicciones y ayudarles a que las defiendan con los necesarios recursos intelectuales, y otro dirigido a los enemigos de la Iglesia para hacerles ver que no tienen razón y que los planteamientos de la Iglesia son más correctos, más humanos, más verdaderos que los suyos.
El carácter defensivo de la Apologética exige –salvo que se quiera ir a una especie de suicidio anunciado- que se establezcan unas mínimas reglas de juego en el debate.
Una de ellas es la racionalidad de los argumentos y la exclusión de la agresividad. Otra –por ejemplo, de cara al diálogo con las sectas- es la utilización de unos instrumentos aceptados por todos, como es el caso de las traducciones bíblicas.
Así mismo, es preciso dejar claro que los juicios sobre los hechos históricos deben hacerse a la luz de los criterios de valoración moral que había cuando esos hechos se produjeron y no a la luz de los criterios que tenemos hoy –como cuando se tratan temas como el de la Inquisición o las Cruzadas-.
También hay que dejar claro que los comportamientos erróneos de algunos miembros de la institución no deben ser achacados al conjunto de los que pertenecen a ella, salvo que procedan directamente de sus enunciados teóricos –si la Iglesia predica la castidad y un cura comete un pecado de pederastia, la Iglesia no es responsable-.
A la vez, hay que pedirle a los que atacan que acepten que ellos pueden ser, a su vez, atacados -como cuando se le plantea a un laicista que se burla de la fe en la existencia de Dios la existencia en él de una incongruencia al no poder demostrar que Dios no existe-.
¿Cuándo hacer Apologética?
En los primeros siglos del cristianismo, en aquel contexto pagano o judío en el que se desenvolvía y desarrollaba nuestra fe, la Apologética se ejercitaba en los foros de debate intelectual –los ateneos, las academias, las sinagogas- y sólo más tarde –y con menos rigor ideológico- se extendió al resto de los ambientes –la familia, el trabajo, los amigos…-.
En nuestra época, tan parecida a aquella en muchas cosas, tenemos que volver a recuperar la presentación de nuestra fe en ambos ámbitos: los nuevos areópagos –los medios de comunicación, las universidades- y los clásicos –desde el hogar hasta los puestos de trabajo-.
Hoy es tan necesario como entonces formar a los católicos en los principios y argumentos básicos de la Apologética, en parte para que ellos no duden de su fe y en parte para que puedan intentar convencer a otros.
Sin embargo, no hay que olvidar que, por un lado, la Apologética es “defensa” y eso condiciona el momento de su ejercicio –no hay que ser los primeros en sacar los temas conflictivos, sino esperar a que sean los otros los que los saquen- y, por otro, que con argumentos, por muy bien trabados que estén desde el punto de vista intelectual, difícilmente se va a convencer a nadie o se le va a introducir en la Iglesia.
La fe se puede argumentar, justificar y defender, pero no suele ser ese el camino por el cual llega al corazón del hombre, por el cual se produce la conversión.
Por eso es imprescindible acompañar la Apologética con la oración y con el testimonio de una vida coherente con lo que se defiende.
Por otro lado, y siempre con respecto al “cuándo hacer Apologética”, hay que aprender a distinguir los momentos en que estamos siendo atacados y lo que hay detrás de los que nos atacan, con el fin de actuar de una manera o de otra.
Por ejemplo, no es lo mismo responder a una crítica contra la existencia del Dios-Amor basándose en la existencia del sufrimiento humano cuando esa crítica la hace un compañero de trabajo cargado de anticlericalismo, que cuando la hace una persona que está profundamente herida por la muerte de un hijo.
En un caso habrá que contestar con argumentos y en el otro quizá convenga guardar un respetuoso silencio o decir al que se está desahogando que más adelante ya hablaremos sobre el asunto.
¿Por qué hacer Apologética?
Los motivos para hacer frente a los que atacan a la Iglesia, a nuestra fe y a nuestros principios éticos, son, esencialmente, dos: la justicia y la gratitud.
La justicia, aunque tiene distintos apellidos –justicia distributiva, justicia conmutativa…- es esencialmente darle a cada uno lo que tiene derecho a recibir.
En este caso, podríamos decir que debemos defender a la Iglesia porque tiene derecho a ello, porque tiene la verdad y la verdad tiene derecho a ser defendida de los ataques que sufre.
Si no defendemos la verdad contenida en los enunciados doctrinales y morales de la Iglesia, cometemos una injusticia, pues dejamos que la verdad sea agredida y humillada por los que, no teniéndola, sí tienen sin embargo mejores aliados que propagan argumentos que o son totalmente falsos o, al menos, lo son parcialmente.
Además, esta defensa de la Iglesia nos interesa a nosotros mismos, pues somos parte de ella; por mucho que pensemos que no va con nosotros o con los nuestros, todo termina por afectarnos; si nos callamos porque no queremos líos ni queremos tomarnos la molestia de poner freno a los que atacan a la Iglesia, puede ser que nosotros mismos y no la Iglesia –o uno de los nuestros- seamos la próxima víctima.
El otro motivo es la gratitud. La Iglesia es nuestra madre y en ella nos hemos encontrado con el Cristo vivo.
Lo menos que podemos hacer por ella es salir en su defensa cuando es atacada desde tantos frentes, por unos –los laicistas- y por otros –las sectas-.
La mejor forma de demostrarle a Dios nuestro agradecimiento por el don que representa la Iglesia, por el hecho de que en ella le podemos encontrar en los sacramentos y que ella nos transmite fielmente la doctrina revelada por Cristo, es salir en su defensa cuando nos necesita.
Esos motivos deberían ser suficientes para tomarse en serio la Apologética.
Eso significa que no podemos pretender defender a la Iglesia sin la debida formación.
Es cierto que no todos tienen a su alcance la posibilidad de cursar varios años de Teología, pero hoy hay muchos libros divulgativos, escritos con un nivel accesible, que se pueden leer y en los que se pueden encontrar los argumentos básicos para hacer frente a los ataques más habituales.
Estos, por otro lado, no dejan de ser sólo un puñado, pues la mayoría de los que atacan a la Iglesia se mueve en un estrecho círculo de tópicos y casi todos ellos tienen menos argumentos de los que nosotros, con una lectura sencilla, podamos adquirir.
Además, siempre está el recurso a la “autoridad” –como decir: yo de eso no sé, pero si quieres te presento a un sacerdote con el que podrás debatir ese tema si te interesa-, que debemos utilizar cuando no tengamos argumentos suficientes, sin que eso nos sirva de excusa para no adquirirlos.
No podemos seguir asistiendo impasibles a los ataques a la Iglesia o a las blasfemias contra Dios, la Virgen o los santos.
Tampoco podemos limitarnos a mover la cabeza en señal de pesar, a criticar a los que lo hacen, a decir que alguien tendría que intervenir. Ese alguien es Dios y quiere hacerlo, necesita hacerlo, a través nuestro.
Él se merece que nos tomemos el pequeño esfuerzo de prepararnos para conseguirlo.
por Makf | 10 Abr, 2026 | Apologética 14
Autor: Aci Digital
Por el hecho que los del cielo están más íntimamente unidos con Cristo, consolidan más firmemente a toda la Iglesia en la santidad... no dejan de interceder por nosotros ante el Padre.
Una de las mayores dudas que se crean con la figura de los santos es su capacidad de ser mediadores entre Dios y los hombres. Debido al pasaje bíblico de 1 Tim 2:5 muchos han hecho una interpretación errada. Ahí se dice: "porque hay un sólo Dios, y también un sólo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús hombre".
La primera interpretación nos diría que no cabe duda de que solo Jesús es el mediador entre Dios y los hombres, por lo tanto, afirmar que la intercesión de los santos es posible sería algo anti-bíblico, pero, la realidad es que no la contradice.
Muchos de estas interpretaciones se basan en prejuicios contra la Iglesia y la gran mayoría de interpretadores fundamentalistas terminan contradiciéndose. Esto también se debe a la ignorancia sobre lo que enseña la Iglesia Católica.
En 1 Tim 2, 5 se utiliza la palabra "mesités" (mediador) y también en otros pasajes del Nuevo Testamento de la Biblia en griego, un término que mayormente aparece junto a "alianza": Jesús es el mediador de la nueva alianza.
Cuando en la parte final de 1 Tim 2, 5 se dice " Cristo Jesús hombre", se nota la intención del apóstol Pablo por demostrar que es como hombre que Jesús es capaz de ser el reconciliador y mediador para el hombre. Ya que el pecado vino de la desobediencia del ser humano el único que puede redimirlo deberá ser humano.
Algunos han querido utilizar este mensaje de Pablo para quitarle el oficio de mediadora a la Iglesia y añaden arbitrariamente la cita de Col 1,18: "Cristo es la cabeza del cuerpo, que es la Iglesia", pero el carácter de mediador en Jesús es parte de su función como hombre y no como cabeza de la Iglesia.
Es importante señalar que algo en lo que católicos y protestantes están de acuerdo sobre el texto es que Pablo subraya que Jesús es verdadero hombre y no sólo un mediador. El texto no va en contraposición de la Iglesia, salvo que se busque un quinto pie al gato.
Los siguientes comentarios tratan el término mediador:
"El que Cristo sea el único mediador no significa que haya terminado el papel de los hombres en la historia de la salvación.
La mediación de Jesús reviste acá abajo signos sensibles: son los hombres, a los que Jesús confía una función para con su Iglesia; incluso en la vida eterna asocia Jesucristo, en cierta manera, a su mediación los miembros de su cuerpo que han entrado en la gloria. (...)
Los que desempeñan no son, propiamente hablando, intermediarios humanos con una misión idéntica a la que tuvieron los mediadores del AT; no añaden una nueva mediación a la del único mediador: no son sino los medios concretos utilizados por éste para llegar a los hombres.
(...) Evidentemente, esta función cesa una vez que los miembros del Cuerpo de Cristo se han reunido con su cabeza en su gloria. Pero entonces, respecto a los miembros de la Iglesia que luchan todavía en la tierra, los cristianos vencedores ejercen todavía una función de otra índole.
Asociados a la realeza de Cristo (Rev 2,26s; 3,21; cf. 12,5; 19,15), que es un aspecto de su función mediadora, presentan a Dios las oraciones de los santos de acá abajo (5,8; 11,18), que son uno de los factores del fin de la historia." (Leon-Dufour, Vocabulario de Teología Bíblica)
"Los cristianos comparten la autoridad del rey de reyes, constituyéndose en mediadores sacerdotales en el mundo de la humanidad." ( Harrington, Revelation)
El cristiano cuando reza por otro o a un santo, su oración es en Cristo, no pensando que Cristo no tiene nada que ver en la oración.
Nuestra oración no excluye la mediación de Cristo sino que es una mediación participada de su mediación. Así, en la Escritura se demuestra como muchas cualidades de Dios se nos atribuyen a nosotros.
El Catecismo de la Iglesia Católica nos indica (956):
Por el hecho que los del cielo están más íntimamente unidos con Cristo, consolidan más firmemente a toda la Iglesia en la santidad... no dejan de interceder por nosotros ante el Padre. Presentan por medio del único Mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, los méritos que adquirieron en la tierra... Su solicitud fraterna ayuda, pues, mucho a nuestra debilidad.
Muchos cristianos piensan que los santos y todos los que mueren ya no pueden rezar. Es un error increíble pensar que Dios no permita que el amor de los santos siga viviendo al rezar por sus seres amados pues se olvida que nuestro Padre es Dios de vivos, y no de muertos.
"Los cuatro vivientes y los veinticuatro ancianos se postraron delante del Cordero. Tenía cada uno una cítara y copas de oro llenas de perfumes, que son las oraciones de los santos" (Ap 5,8).
La mediación de los santos es real y verdaderamente fuerte ya que ellos viven la Gloria de estar con Cristo en los Cielos, y siguiendo de nuevo al apóstol Pablo cuando dice:
"Exhorto, pues, ante todo que se hagan rogativas, oraciones, intercesiones y acciones de gracias por todos los hombres (1 Tim 2,1)", los cristianos tenemos la necesidad de orar para vivir el amor reconciliador que nos enseñó Jesús al abrirnos las puertas de la Casa del Padre.
por Makf | 10 Abr, 2026 | Apologética 14
Autor: P. Paulo Dierckx y P. Miguel Jordá
Fuente: Para dar razón de nuestra Esperanza, sepa defender su Fe
Al invocar a los santos siempre contemplaremos las virtudes que obró Dios en ellos.
El Santo Padre ha beatificado y canonizado a una gran cantidad de hombres y mujeres a lo largo de toda la Iglesia Universal. Con esto la Iglesia ha reconocido oficialmente su testimonio de santidad.
De esta forma ellos se convierten para los creyentes en un modelo de santidad y en intercesores en favor nuestro. Por supuesto la Iglesia Católica a nadie obliga a invocar y tener devoción a los santos. Solamente los propone como modelos para ser imitados.
Ahora bien, muchos católicos se dan cuenta de que los hermanos no católicos rechazan enérgicamente a los santos diciendo que no necesitamos otros modelos de santidad, ya que tenemos el modelo de Jesús. Y menos necesitamos a los santos como intercesores, pues Cristo es el Único mediador ante el Padre. Muchos católicos no saben qué contestar y están dudosos frente a estas opiniones.
¿Qué debemos contestar a los que piensan así?
Los hermanos evangélicos dicen: No necesitamos otro modelo de santidad si ya tenemos el modelo del propio Jesús.
Queridos hermanos: Esta es una verdad a medias. Y enseguida me vienen a la mente los textos bíblicos del Apóstol Pablo: «Para mí la vida es Cristo, y la muerte es ganancia... Hermanos, sigan mi ejemplo y fíjense también en los que viven según el ejemplo que nosotros les hemos dado a ustedes» (Fil. 1, 21 y 3, 17).
En otra parte dice el Apóstol: «Sigan ustedes mi ejemplo como yo sigo el ejemplo de Cristo Jesús» (1 Tim. 1, 16).
En estos textos vemos claramente que Pablo se pone a sí mismo como ejemplo de seguidor de Cristo, e incita a los creyentes a ser sus imitadores, como él lo es de Cristo.
Tomemos otro ejemplo de la Biblia: María, la Madre de Jesús.
Ella es la mujer «que Dios ha bendecido más que a todas las mujeres» (Lc. 1, 28 y 1, 42), como dijeron el ángel Gabriel y su prima Isabel. Y en el cántico de María (Lc. 1, 46-55); ella se presenta también como ejemplo de humilde servidora y de esclava, «en adelante todos los hombres me llamarán bienaventurada» (Lc. 1, 48).
La Biblia, entonces, pone claramente a María como modelo de santidad para todas las generaciones. Y es eso lo que celebra la Iglesia Católica al venerar a María. La veneración a María nunca puede ser culto de adoración; la veneración es un culto de honra y de profundo respeto hacia la Madre de Jesús.
Cuando leemos con atención las Escrituras, nos damos cuenta de que la Biblia nos ofrece muchos modelos de santidad; por ejemplo: al apóstol Tomás, que era un hombre con grandes dudas sobre la fe pero que al fin proclamó a Jesús como su Señor y su Dios (Jn. 20, 26-28).
Así también la Iglesia católica presenta el ejemplo de Juan Bautista que con gran valentía dio testimonio de Jesús hasta derramar su sangre por el Señor (Mt. 14, 1-12).
De igual manera, la Iglesia Católica presenta ahora a los santos de nuestros tiempos como ejemplos de fe cristiana. Ellos nos señalan un camino y muchos ven en ellos la gracia del Señor Jesús, que fue tan eficaz en sus vidas. Los santos son para nosotros verdaderos modelos a imitar. Ellos tuvieron una clara prioridad en su vida: Jesucristo.
Y es este modelo de fe cristiana el que tocó de diversas maneras el corazón de mucha gente. La fe en los santos no es, de ninguna manera, un obstáculo a la fe en Jesucristo, como piensan los hermanos evangélicos, sino un estímulo para seguir a Cristo. Son tres distintos modelos de santidad que Dios ha regalado a su Iglesia en este último tiempo.
Por supuesto debemos evitar excesos, los santos no son semidioses y la santidad de tal o cual persona nunca puede oscurecer el seguimiento de Cristo. Al contrario, la verdadera santidad de los santos siempre anima hacia una mayor búsqueda de Dios.
Los santos como intercesores
Muchos hermanos evangélicos tienen problemas para aceptar a los santos como intercesores en favor nuestro.
Simplemente dicen que Jesucristo es el único Mediador entre Dios y los hombres y que no necesitamos nuevos intercesores: «Hay un solo Dios, y un solo Mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús» (1 Tim. 2, 5; Hebr. 8, 6 y 9, 11-14).
Nosotros, los católicos, proclamamos también que Jesucristo es el Único Mediador entre Dios y los hombres. Pero los santos no son un obstáculo para dirigirnos directamente a Jesucristo, a Dios Padre o al Espíritu Santo.
Los santos no nos alejan de Dios; simplemente ellos con sus ejemplos de fe cristiana nos estimulan a acercarnos a Dios con la sola mediación de Jesucristo.
Ahora bien, cuando la Iglesia Católica dice que los santos son intercesores nuestros delante de Jesucristo, eso no quiere decir que ellos son los que hacen los milagros. Es siempre Dios Padre, Jesucristo o el Espíritu Santo, quienes obran maravillas entre nosotros, aunque sí puede ser que los milagros sean hechos «por intercesión» de estos santos.
El ejemplo de María
Veamos el ejemplo de María en las bodas de Cana. Es María la Madre de Jesús la que invita discretamente a su Hijo a hacer un milagro diciendo: «Ya no tienen vino». Y Jesús le hace entender que la hora de hacer signos no ha llegado todavía. Sin embargo, por la intercesión de su Madre María, Jesús hace su primer milagro (Jn. 2, 1-12).
Este es el sentido bíblico de la intercesión de los santos. Hay muchos ejemplos más de la intercesión de los santos ante Dios. Veamos algunos textos: Moisés ora a Dios por intercesión de Abraham, Isaac y de Jacob (Ex. 32, 11-14).
Jesús manda a sus Apóstoles a sanar enfermos, a resucitar muertos, a limpiar leprosos y echar demonios (Mt. 10, 8). Pedro y Juan, en nombre de Jesús, sanan a un hombre tullido (Hech. 3, 1-10).
En el pueblo de Troáda, el apóstol Pablo devuelve la vida a un joven accidentado (Hech. 20, 7-11).
Cuando el apóstol Pedro pasaba por la calle, la gente sacaba a los enfermos y los ponía en camillas para que, al pasar Pedro, por lo menos su sombra cayera sobre algunos de ellos, y todos eran sanados (Heh. 5, 15-16). Dios hacía grandes milagros por medio de Pablo, tanto que hasta los pañuelos o las ropas que habían sido tocados por su cuerpo eran llevadas a los enfermos y los espíritus malos salían de éstos (Hech. 19, 11-12).
Todos estos textos nos dicen que Jesucristo hacía milagros por medio de sus discípulos. «Ustedes han recibido este poder sin costo; úsenlo sin cobrar», dijo Jesús (Mt. 10, 8).
Dios acepta la oración de los santos
La Biblia nos enseña también que debemos ayudarnos mutuamente con la oración. «La oración de los santos es como perfume agradable ante el trono de Dios» (Apoc. 8, 4).
«Ahora me alegro, dice el Apóstol Pablo, en lo que sufro por ustedes, porque de esta manera voy completando en mi propio cuerpo lo que falta a los sufrimientos de Cristo por la Iglesia, que es su cuerpo» (Col. 1, 24).
«La oración fervorosa del hombre bueno tiene mucho poder.
El profeta Elías era un hombre tal como nosotros, y cuando pidió en su oración que no lloviera, dejó de llover sobre la tierra durante tres años y medio y después cuando oró otra vez, volvió a llover y la tierra dio su cosecha» (Stgo. 5, 16-18).
«Los cuatro seres vivientes y los 24 ancianos se pusieron de rodillas delante del Cordero. Cada uno de los ancianos tenía un arpa, y llevaban copas de oro llenas de incienso, que son las oraciones de los que pertenecen a Dios» (Apoc. 5, 8).
En todos estos textos notamos que la oración fervorosa o la intercesión de los santos tiene mucho poder delante del trono de Dios. No podemos dudar de que estos santos, que ahora están delante de Dios, van a interceder por nosotros, como lo hizo Moisés al hablar con Dios para aplacar su ira invocando a Abraham, Isaac y Jacob (Ex. 32, 13).
Al invocar a los santos siempre contemplaremos las virtudes que obró Dios en ellos. Dios está siempre en el trasfondo de nuestra invocación o veneración a los santos. Los santos no nos alejan de Dios, sino que nos invitan a ponernos directamente en contacto con El, con la sola mediación de Jesucristo.
¿Debemos evitar los excesos en la veneración de los
santos?
Por supuesto que en nuestra veneración a los santos debemos evitar los excesos. Por ejemplo, hay gente que no busca a los santos como un modelo de fe cristiana, sino solamente como remedio a sus dolencias, angustias y dificultades, o para encontrar un objeto que se le ha perdido. Sabemos muy bien que hay gente que se acerca a los santos con una fe casi mágica. No nos corresponde juzgar los sentimientos de nuestros hermanos que tienen una fe débil. Pero estoy seguro de que Dios respeta la conciencia de cada uno.
Pienso en aquella mujer de la Biblia que sufría hemorragias de sangre durante tantos años, la que se acercó a Jesús tal vez con una fe mágica, pensando que con sólo tocar su manto sanaría, y la señora con esta fe que a nosotros nos parece medio mágica sanó. Pero luego Jesús buscó a aquella mujer y quiso darle más que un simple remedio a sus dolencias. Jesús deseaba un encuentro personal con aquella enferma y aclarar la verdadera razón de su sanación: La fe. «Hija, has sido sanada porque creíste» (Lc. 8, 43-48).
Creo que hay mucha gente católica, entre nosotros que se acerca a Cristo y a los santos con esta actitud tímida, con esta fe no muy clara, tal vez con creencias medio mágicas.
Pero no tenemos derecho a humillar o aplastar esta poca fe que tiene la gente sencilla. Es un pecado muy grave burlarse de la fe débil de uno de nuestros hermanos. Debemos ayudarles con mucho amor a purificar su fe, como lo hizo Jesús con aquella mujer enferma. Un poco de fe basta para que Dios actúe.
Queridos hermanos católicos, termino esta carta dando gracias a Dios por las grandes maravillas que obró en los santos, y por habernos hecho el hermoso regalo de nuestros santos latinoamericanos. Ojalá que nosotros, contemplando sus ejemplos logremos también la santidad.
Y termino recordando que la Iglesia no obliga a nadie a invocar y tener devoción a los santos. Esto depende del gusto, de la cultura y de la libertad de cada cristiano. Es un camino que se ofrece, y dichosos de nosotros si lo aceptamos con humildad y agradecimiento.
Dice el CATECISMO
¿Somos todos llamados a la santidad?
Sí, todos los bautizados, ya pertenezcan a la Jerarquía, a los laicos, todos somos llamados a la santidad.
¿Quiénes son los santos ?
Los que llegaron ya a la patria y gozan de la presencia del Señor. Ellos no cesan de interceder por nosotros presentando a Dios por medio del único Mediador Jesús (1, Tim. 2, 5), los méritos que en la tierra alcanzaron.
¿A qué nos llama Dios?
Dios nos llama a responder al deseo natural de felicidad que El mismo ha puesto dentro de nosotros. Y esta felicidad sólo la podemos lograr con la santidad de vida.
¿Qué es la comunión de los santos?
La comunión de los santos significa que así como todos los creyentes forman entre sí un solo cuerpo, así también el bien de unos se comunica a otros.
¿Interceden los santos por nosotros?
Sí, ellos interceden por nosotros al presentar, por medio del Único Mediador Jesús, los méritos que adquirieron en la tierra.
Cuestionario
¿Quiénes son los beatos y santos chilenos? ¿Qué significa que los santos son nuestros intercesores? ¿Qué significa que son nuestros modelos a imitar?
¿Qué decía San Pablo de sí mismo? ¿Es María también nuestro modelo de santidad?
¿Acepta Dios la veneración de los santos? ¿En qué excesos caemos a veces los católicos? ¿Qué imagen debería presidir y destacar en todas las Iglesias?
por Makf | 10 Abr, 2026 | Apologética 13
Autor: Dr. Scott Hahn | Fuente: Centro San Pablo de Teología Bíblica
Para entender el profundo fundamento bíblico del mandato de Jesús que la Eucaristía fuera celebrada “en conmemoración mía”.
Lección seis
Memoria y presencia:
Comunión como la venida de Cristo
OBJETIVOS DE LA LECCIÓN
► Entender el profundo fundamento bíblico del mandato de Jesús que la Eucaristía fuera celebrada "en conmemoración mía."
► Ver cómo la Escritura presenta a Jesús como el Cordero Pascual y cómo ese retrato es reflejado también en la Misa.
► Entender la Eucaristía como parusía, la "venida" de Cristo, y como el pan de cada día por el cual pedimos en el Padre Nuestro.
LECTURAS:
► La Cena del Cordero, Tercera Parte: Capítulos II, III, y IV
► San Lucas 22:19
► 1 Corintios 5:7; 11:24, 26, 27-32
► Éxodo 12
► Deuteronomio 5: 1-4, 15, 23, 25; 6:20-25
► San Juan 6:4; 35-59
Esquema de La Lección
I. En la Última Cena
◊ Conmemorando su muerte
◊ Recordando su alianza
II. La fiesta memorial
◊ La Pascua recordada
◊ El nuevo Éxodo
◊ Cristo, nuestro cordero pascual
III: En la Cena del Cordero
◊ Danos hoy nuestro pan de cada día
◊ Hasta que vuelvas
◊ Participación en su cuerpo y sangre
IV. Preguntas para reflexión
I. La Última Cena
- Conmemorando su muerte -
En la lección anterior habíamos llegado al punto culminante de la Misa—la Plegaria Eucarística.
La Plegaria Eucarística es una oración de conmemoración, y así es toda la Misa.
Como vimos en los ejemplos de la última lección, las varias plegarias eucarísticas recuerdan los grandes eventos en la historia de la salvación. Se presentan estos grandes eventos como anticipaciones de la cumbre de la historia de la salvación, la institución de la Eucaristía en la Última Cena.
Las plegarias eucarísticas son marcadas por expresiones como "Memento, Domine" ("Recuerda, Señor").
En la primera plegaria eucarística, la más antigua, pedimos a Dios recordar a los vivos y difuntos, mencionamos por nombre unos santos y mártires, y también se hace referencia a los sacrificios de Abel, Abraham y Melquisedec. En las palabras de la plegaria, "celebramos la memoria de Cristo", especialmente su pasión, resurrección y ascensión.
En las Plegarias Eucarísticas, la Misa es claramente "el memorial de nuestra redención" (Plegaria IV) en que celebramos "el memorial de la pasión salvadora de tu Hijo" (Plegaria III), vivimos de nuevo "el memorial de su muerte y resurrección" (Plegaria II).
Pero palabras como "memorial" y "conmemoración", como las usamos normalmente, no expresan todo lo que pasa en la Eucaristía. No pueden traducir adecuadamente lo que Jesús quería comunicar cuando mandó: "Haced esto en conmemoración mía" (cfr. Lc. 22:19; 1 Cor. 11:24).
- Recordar su alianza -
Este mandato, anunciado en la Última Cena, es una referencia a una parte muy antigua de la tradición bíblica.
Acordarse es un tema clave en el Antiguo Testamento. A veces cuando encontramos la palabra "acordarse" en la Escritura, quiere decir sencillamente, "no olvides".
Sin embargo, cuando se refiere al "acordarse" de Dios la palabra tiene mucho más sentido.
Por ejemplo, después del diluvio, Dios promete, "me acordaré de la alianza" y "no habrá más aguas diluviales para exterminar la vida" (Gen. 9:15-16). [Nota: la distinción que quiere explicar el autor no se ve en todas las traducciones de la biblia.]
No es como que Dios olvidara su alianza. Aquí y en otras partes del Antiguo Testamento, cuando Dios "se acuerda", significa que Él está actuando para cumplir su voluntad, con- testando a oraciones, perdonando, salvando y bendiciendo a su pueblo (cfr. Gen. 30:22; 1 Sam. 1:19; Sal. 98:3; 105:42).
Es el mismo sentido cuando rezamos en la misa, "Acuérdate Señor, de tu Iglesia extendida por toda la tierra" (Plegaria II).
No estamos diciendo que Dios se ha olvidado de su Iglesia. Estamos pidiendo su bendición, y la continuación de su actividad salvadora en nuestras vidas.
En el Antiguo Testamento, el ejemplo más dramático de este "acordarse" es cuando Dios "se acuerda" de su alianza con Abraham y llama a Moisés a liberar a su pueblo escogido de la esclavitud en Egipto (cfr. Ex. 2:24; 6:5; Lev. 26: 42,45).
II. La fiesta memorial
- La Pascua recordada -
Dios mandó a Israel conmemorar esta liberación nacional en una "fiesta" que sería "como ley perpetua" (cfr. Ex. 12:14,17).
Jesús celebró esta fiesta, la Pascua, la noche de su Última Cena, cuando Él instituyó la Eucaristía como el memorial de su sufrimiento y muerte.
La Pascua que Dios mandó celebrar a Israel por medio de Moisés, sería una celebración anual de acción de gracias que recordara las acciones salvadoras de Dios e inspirara al pueblo a guardar sus mandamientos (cfr. Ex. 13:3, 8; Deut. 6:20-26; 16:3).
El culto de Israel, no solamente en la Pascua, sino también en las otras fiestas y oraciones de costumbre, instituidas por Dios mediante Moisés, era una liturgia de memoria ritualizada.
¿Qué se recordaba? La salvífica intervención de Dios en la historia—especialmente en Éxodo—y su Alianza con Israel. El memorial consistía en la lectura o narración de los hechos salvíficos de Dios y el ofrecimiento de sacrificios.
Israel entendió que por medio de estos ritos memoriales el pueblo se hacía partícipe de la Alianza que Dios había hecho con sus antepasados muchos siglos anteriores.
Vemos esto muy claramente en el rito de la renovación de la Alianza que el Libro de Deuteronomio narra. Moisés explica que en este rito memorial, la Alianza original del monte Sinaí es "actualizada" en medio de ellos.
"No con nuestros padres concluyó Yahvé esta alianza, sino con nosotros que estamos hoy aquí, todos vivos. Cara a cara les habló Yahvé en la montaña, de en medio del fuego. Yo estaba entre Yahvé y ustedes para comunicarles la palabra de Yahvé, ya que ustedes tenían miedo del fuego y no subieron a la montaña..." (cfr. Deut. 5:1-4).
Moisés recuerda una serie de eventos que pasaron en el monte Sinaí durante la primera generación después del Éxodo (cfr. Ex. 19-20). Sin embargo, él está describiéndolos como si los israelitas en la asamblea fueran testigos y participantes de los mismos eventos.
Se nota el énfasis que pone en el momento actual, "con nosotros que estamos hoy aquí, todos vivos." Aunque la Alianza se había hecho hace mucho tiempo en el Sinaí, está presente en medio de ellos.
En acordarse de la Alianza, no están recordando unos eventos del pasado. Por medio del poder de Dios se hacen contemporáneos de estos eventos que son actuales, no pasados. Al acordarse de la Alianza, se hacen herederos de la Alianza, integrados en la familia de Dios que es creada por ella.
En cada celebración de la Pascua, hombres y mujeres de cada generación recuerdan el día que ellos mismos salieron de Egipto (cfr. Deut. 16:3). Ellos participan personalmente en el éxodo. Cada israelita, hasta el día de hoy, habla del éxodo en la primera persona: "Ese día explicarás a tu hijo: ´Esto es lo que Yahvé hizo por mí cuando salí de Egipto.´"
- El nuevo Éxodo -
El mandamiento de Jesús en la Última Cena tuvo esta resonancia tan profunda de la Pascua del Antiguo Testamento.
Él quiso instituir un nuevo memorial pascual, para recordar su propio "éxodo", la salvación ganada por su vida, muerte y resurrección, en el cual todos los pueblos y todas las generaciones son liberados del pecado y de la muerte. (cfr. Lc. 9:31).
Jesús no estaba ofreciendo un recuerdo nostálgico de su Última Cena o de sus últimas horas en la tierra cuando instituyó este memorial nuevo. Como la fiesta de Pascua de los judíos, el rito memorial sería la re-presentación y la actualización de los hechos maravillosos de Dios.
En la Eucaristía, el sacrificio de la cruz, que fue una vez para siempre, se hace presente. Dios "se acuerda" y renueva la Alianza que fue sellada en la sangre de Cristo (cfr. Lc. 22:20) y nosotros que estamos orando este memorial nos hacemos partícipes del poder y las promesas de esa Alianza.
Lo que Moisés le dijo a los israelitas sobre la Alianza y Sinaí sirven para nosotros: No con nuestros padres —los apóstoles en el Cenáculo—concluyó Jesús esta nueva Alianza. La concluyó con todos nosotros vivos hoy aquí. El Señor nos habló cara a cara cuando dijo, "Tomad y comed... Esto es mi cuerpo... Tomad y bebed... Este es el cáliz de mi sangre... haced esto en conmemoración mía."
- Cristo, nuestro cordero pascual -
Como la Eucaristía es el memorial de la Pascua del Señor, narramos estas palabras de institución, como Jesús las dijo en la Última Cena. Pero, ¿qué quieren decir, exactamente?
Hay que recordar que Jesús habló en el contexto del rito de la Pascua de los judíos. La cena pascual prescrita por Moisés era comer un cordero sin mancha con pan sin levadura y hierbas amargas, con la narración de la explicación del sentido de la fiesta (cfr. Ex. 12:8-11, 24-27). Después los judíos agregaron a la fiesta el cantar salmos y beber una copa de vino.
En las narraciones de la Última Cena, se mencionan el pan sin levadura y el vino (cfr. Mt. 26:26-27; Mc. 14:22-23; Lc. 22:19-20) y también lo de cantar salmos (cfr. Mt. 26:30; Mc. 14:26).
Aunque no se dice nada del cordero pascual.
Parece que Jesús se presenta como el mismo cordero pascual, cuya carne y sangre se consumirán en conmemoración de la salvación del Señor. Esto es como el Evangelio de San Juan retrata a Jesús.
San Juan es el único evangelista que no narra la institución de la Eucaristía en la Última Cena.
Desde los primeros versículos de su evangelio, San Juan identifica a Jesús como el "Cordero de Dios" (Jn. 1:29). Al final del evangelio, San Juan sutilmente identifica a Jesús como el cordero pascual:
Cuando Cristo fue condenado por Poncio Pilato, San Juan dice, "Era el día de la Preparación de la Pascua, hacia la hora sexta" (Jn. 19:14) ¿Por qué nos da este detalle? Porque esa era la hora en que los sacerdotes de Israel sacrificaban los corderos para la cena pascual.
Mientras cuelga en la cruz, los soldados le dan a Jesús una esponja empapada con vino. "Lo sujetaron en una rama de hisopo... y se la acercaron a su boca." Es el mismo tipo de rama con que los israelitas fueron ordenados a untar el dintel de la puerta de la casa con la sangre del cordero pascual (cfr. Jn. 19:29; Ex. 12:22).
¿Y por qué los soldados no quiebran las piernas de Jesús en la cruz (cfr. Jn. 19:33,36)? San Juan cita a Moisés y explica que los huesos del cordero pascual tampoco se quiebran (cfr. Ex. 12:46; Num. 9:12; Sal. 34:21).
Podemos profundizar este punto con referencia a un largo sermón que Jesús predicó en la sinagoga en Cafarnaúm cerca del tiempo de Pascua (cfr. Jn. 6:4, 35-59).
Jesús parece compararse con el cordero pascual de cuya carne se come, y el maná con que Dios les alimentó a los israelitas en el desierto.
Él insiste en hablar de comer y beber su carne y sangre en palabras muy literales. Cuatro veces Él usa la palabra en griego, trogein, que es literalmente "masticar" (cfr. Jn. 6:54, 56, 57, 58).
La audiencia original, que incluía muchos de sus primeros discípulos, fue escandalizada por la insistencia de comer su carne y beber su sangre (cfr. Jn. 6:52,61,66).
III. En la Cena del Cordero
- Dándonos nuestro pan de cada día -
De estos textos podemos entender la tradición apostólica que nos indican que Cristo es "nuestro cordero pascual" (cfr. 1 Cor. 5:7) cuya sangre fue derramada por nuestra salvación y cuya carne y sangre comemos y bebemos en conmemoración de ese acto salvífico.
Profesamos esta fe en cada Misa, haciendo nuestras las palabras de la Escritura.
El sacerdote presenta nos el pan consagrado con las palabras de San Juan el Bautista, "He ahí el cordero de Dios que quita el pecado del mundo" (Jn. 1:29).
Seguido el sacerdote cita las palabras de Apocalipsis que se refieren al banquete de bodas del Cordero, "Dichosos los invitados..." (Apoc. 19:9).
Como estudiamos en la Lección 5, en la Eucaristía estamos unidos a una liturgia cósmica, descrita en Apocalipsis como un celestial banquete de bodas.
Como es debido en una fiesta de bodas, empezamos el Rito de la Comunión recitando la oración de la familia que Jesús nos enseñó (cfr. Mt. 6:9-13; Lc. 11:24).
En el contexto de la Misa, las peticiones del Padre Nuestro asumen un sentido más pro- fundo. Podríamos decir que la Misa cumple el Padre Nuestro palabra por palabra.
En la Misa, santificamos o glorificamos su nombre. Pedimos que nos perdone nuestras ofensas. La Señal de la Paz simboliza nuestro perdón a los que nos han ofendido y ofrecemos un gesto de reconciliación antes de acercarnos al altar (cfr. Mt. 5:23-24; Jn. 14:27).
También en la Misa, el Padre nos da nuestro pan de cada día. De hecho la palabra epiousios que se traduce "de cada día", solamente se halla en el Padre Nuestro. Su sentido exacto ha confundido a traductores y eruditos por más que 20 siglos.
Es interesante considerar que de la idea y la expresión "dar pan" parece remontarse a cuando Dios le dio al pueblo de Israel una porción diaria del pan del cielo durante su tiempo en el desierto (cfr. Ex. 16:4; Sal. 78:24).
Dar pan es una imagen de como Dios cuida y salva en otras partes del Antiguo Testamento (cfr. Sal. 107:9; 146:7; Prov. 30:8-9).
Jesús habló de la experiencia del desierto en su sermón pascual en Cafarnaúm cuando dijo que nuestro "Padre les da el verdadero pan del cielo" (Jn. 6:32).
La frase "dar pan" ocurre muy pocas veces en los evangelios. Sin embargo, cada vez es muy significativo el uso de esta frase porque siempre sale en escenas cargadas de notas eucarísticas.
Jesús toma, bendice, parte y reparte pan en los milagros de la multiplicación de panes (cfr. Mc. 6:41; 8:6; Mt. 15:36; Jn. 6:11); también en la Última Cena (cfr. Mc. 14:22; Mt. 26:26); y en Emaús después de su resurrección (cfr. Lc. 24:30).
Así, también, en la Misa, viene a darnos el pan de cada día. Por este pan somos fortalecidos contra la tentación y se nos promete la liberación del mal.
En la Misa, tenemos la bendición de poder comer pan en el Reino de Dios, como Jesús nos prometió (cfr. Lc. 14:15). De hecho, en la liturgia cósmica de la Eucaristía, el reino está presente "en la tierra como en el cielo."
Por esta razón, los primeros cristianos recitaron una breve doxología después del Padre Nuestro en la Misa. Seguimos rezando esa doxología "Tuyo es el reino, tuyo el poder y la gloria por siempre, Señor."
- Hasta que vuelva -
En las primeras celebraciones de la Eucaristía de la Iglesia primitiva, los creyentes también rezaban por la venida del Señor en gloria, "¡Ven, Señor Jesús!"
Esta oración —en arameo Marana tha— se repetía en las reuniones litúrgicas de la primera comunidad (cfr. 1 Cor. 16:22; Apoc. 22:17,20).
Los primeros cristianos esperaban impacientemente la Segunda Venida del Señor. Se anticipaba la venida en gloria como el tiempo en que Jesús se revelaría definitivamente y llamaría a todos los pueblos a su presencia para el juicio (cfr. Mt. 24:27; 1 Tes. 2:19; 3:13;
2 Tes. 2:1,8; 1 Jn. 2:28).
Parousía (español ‘parusía’) es la palabra griega usada en el Nuevo Testamento en dos sentidos: "venida" o "llegada" y "presencia del cuerpo". Por ejemplo, San Pablo ocupa la palabra para hablar de su presencia física, que admite es "pobre" (cfr. 2 Cor. 10:10; Fil.
2:12).
Fuera de la Biblia, parusía fue un término oficial para referir la visita de un rey o emperador.
Los primeros cristianos entendieron la Eucaristía como parusía.
"Pues cada vez que coman este pan y beban de este cáliz, anuncian la muerte del Señor hasta que vuelva" (1 Cor. 11:26).
Estas palabras de San Pablo se oyen en nuestras celebraciones eucarísticas como la segunda opción de la Aclamación Conmemorativa después de la consagración.
Desde antiguo, los cristianos empezaron a rezar, como nosotros ahora, "Hosanna... Bendito el que viene en el nombre del Señor" en sus celebraciones de la Eucaristía (cfr. Mt.
21:9).
Jesús mismo dijo, en las vísperas de su pasión, "Porque les digo que ya no me volverán a ver hasta que digan: ´Bendito el que viene en el nombre del Señor´" (cfr. Mt. 23:39).
Lo vemos cuando rezamos esta oración en la Misa porque en cada Eucaristía, Él cumple su promesa de estar con nosotros hasta el fin del mundo (cfr. Mt. 28:20).
La Eucaristía es su venida, la parusía, la Verdadera Presencia de Cristo. En la Eucaristía tenemos la presencia del cuerpo de Cristo, la venida del rey que está a la derecha de Dios (cfr. Hech. 7:56).
Al describir su "venida", Jesús dijo, "no pasará esta generación hasta que todo esto suceda" (Mt. 24:34).
En la Última Cena, Él dijo que no iba a probar el fruto de la vid, "hasta que llegue el Reino de Dios" (Lc. 22:18).
Momentos después les dijo a sus apóstoles, "Yo, por mi parte, dispongo un Reino para ustedes, como mi Padre dispuso para mí, para que coman y beban a mi mesa en mi Reino y se sienten sobre tronos para juzgar a las doce tribus de Israel" (Lc. 22:29-30).
Estas mismas imágenes se encuentran en la visión de San Juan de la liturgia cósmica: las bodas del Cordero (cfr. Apoc. 19:9); Jesús como la Palabra de Dios y Rey de reyes (cfr. Apoc. 19:13,16); el reino de sacerdotes que reinarán con Él (cfr. Apoc. 5:10; 20:6); el trono del juicio (cfr. Apoc. 20:12); "los apóstoles del Cordero" y "las doce tribus de los hijos de Israel" (cfr. Apoc. 21:10-14).
- Una participación en su cuerpo y sangre -
Cuando el Nuevo Testamento habla de la venida de Cristo, habla también de su juicio. La parusía eucarística es una presencia real—Cristo que viene en poder para juzgar.
Es por esto que tenemos que acudir dignos a la celebración. Como San Pablo amonestó, "por tanto, quien coma el pan o beba el cáliz del Señor indignamente, será reo del cuerpo y de la sangre del Señor" (cfr. 1 Cor. 11:27-32).
Es por esto que rezamos las palabras del centurión de rodillas antes de recibir la comunión, "Señor, no soy digno..." (cfr. Mt. 8:8).
No somos dignos de la visita del Señor. Y sin embargo, Él nos hace dignos. Nos da "participación" (koinonia-comunión) en su cuerpo y sangre (cfr. 1 Cor. 10:16). Por la Eucaristía, nosotros tenemos "participación (koinonoi) de la naturaleza divina" (2 Pe. 1:14).Esta participación es la meta de toda la historia de la salvación, es la bendición que Dios deseó otorgar a todos los pueblos. Es una historia que empieza "en el principio" como leemos en la primera página de la Biblia, y continúa en cada Misa, en que hacemos eco de la oración de la última página de la Biblia, "¡Amén, Ven, Señor Jesús!" (Apoc. 22:20).
Con cada "venida" del Señor en la Eucaristía, anticipamos la última venida, cuando la muerte será vencida y Cristo entregará a Dios Padre el reino... "para que Dios sea todo en todos" (1 Cor. 15:23-28).
En la Eucaristía, recibimos lo que será para toda la eternidad, cuando seamos llevados al cielo a juntarnos con las miríadas celestiales en las bodas del Cordero. Por la Santa Comunión ya llegamos allá.
"El Señor está con nosotros," dice el sacerdote después de la comunión. Y nos envían de cada Misa en paz—autorizados y comisionados—a vivir el misterio y el sacrificio que acabamos de celebrar, por medio del esplendor de asumir nuestra santificación a través de las cosas ordinarias en el hogar y en el mundo.
IV. Preguntas para reflexión
☼¿Qué quiere decir en el Antiguo Testamento que Dios "se acuerda"?
☼¿Qué recordaba Israel en sus ritos?
☼La conmemoración de la Alianza entre Dios e Israel hizo que cada israelita participara misteriosamente del pacto que Dios ofreció a sus antepasados. Explica.
☼¿Cómo y por qué dice el Nuevo Testamento que Cristo es el nuevo "cordero pascual"?
☼¿Qué quiere decir parusía? ¿Por qué podemos decir que la Eucaristía es?
por Makf | 10 Abr, 2026 | Apologética 13
Autor: Xavier Villalta
Para entender el profundo fundamento bíblico del mandato de Jesús que la Eucaristía fuera celebrada “en conmemoración mía”.
Lección cinco
El cielo en la tierra: la Liturgia de la eucaristía
OBJETIVOS DE LA LECCIÓN
► Entender las profundas bases bíblicas de la Liturgia de la Eucaristía.
► Ver cómo el libro de Apocalipsis describe la liturgia celestial.
► Entender cómo la Misa que celebramos en la tierra es una participación de la liturgia celestial.
LECTURAS:
► La Cena del Cordero, Tercera Parte, Capítulo Uno: “Levantando el Velo. Cómo ver lo invisible”
► Isaías 6:3
► Apocalipsis 4:8; 1:10; 3:20; 19:9
► Hebreos 12:22-24
Esquema de La Lección
I. La Biblia en acción
◊ Levantemos el corazón
◊ La Biblia culmina en la Misa
◊ Lo que creemos
II. La Liturgia Celestial
◊ En el Espíritu
◊ La Misa revelada en Apocalipsis
III: El Culto en la Nueva Jerusalén
◊ Con los ángeles y santos
◊ Orar la historia de la salvación
◊ En conmemoración de Él
IV. Preguntas para reflexión
I. La Biblia en acción
- Levantemos el corazón -
Escuchamos estas palabras en un punto cumbre de la Misa, al inicio de la plegaria eucarística.
En la Escritura, la exhortación de “levantar” frecuentemente está relacionada con ofrecerse a Dios en oración (cfr. Sal. 25:1-2; Sal. 134:2).
El único lugar en que hallamos la expresión específica “levantar nuestros corazones” es en una súplica por la misericordia y presencia de Dios, combinada con un voto de volver a Él y servirle (cfr. Lam. 2:19; 3:41).
La exhortación “levantemos el corazón” podría haber sido parte de la celebración primitiva de la Eucaristía. Cuando hablamos de “levantar” el corazón es con un sentido de realismo, no solamente una expresión o frase hecha. Nuestros corazones de verdad van a otro lugar. Levantamos nuestros corazones al cielo, juntando nuestras oraciones de alabanza y acción de gracias con las de los ángeles en el cielo.
Nuestros pies están en la tierra, específicamente plantados en un templo parroquial. Sin embargo, por la Misa entramos en el mismo cielo. Tomamos nuestra parte en la adoración incesante de los ángeles y santos en el cielo. Nuestra liturgia en la tierra es parte de la eterna liturgia celestial. La Misa, en otras palabras, es el cielo en la tierra.
Pero antes que vayamos al cielo, debemos recordar cómo la Misa nos ha llevado hasta este punto.
- La Biblia culmina en la Misa -
A este punto en nuestro estudio, hemos visto como la Biblia y la Misa son hechas la una para la otra. El “destino” de toda la Escritura apunta a la Misa. Hemos visto que la Misa es la Biblia en acción porque ante nuestros ojos las verdades salvíficas de la Escritura “se actualizan” o sea se hacen reales y actuales. Como hemos visto, mucho de la oración y el culto de la Misa es tomado directamente de la Escritura o tiene la intención de evocar para nosotros los eventos de la historia de salvación que se narra en ella.
Por supuesto, en la Liturgia de la Palabra, tomada de la Escritura, realmente escuchamos la Palabra de Dios. De hecho, como hemos visto, la Misa es el ambiente natural de la Escritura. El “canon” de la Escritura es, en primer lugar, el listado de libros que las autoridades de la Iglesia, bajo la inspiración del Espíritu Santo, autorizaron para la lectura pública en la liturgia.
Cuando las Escrituras son proclamadas en la Iglesia, Dios mismo nos habla y Cristo está presente. Él nos dice, por medio de las escrituras dominicales, cómo se desarrolla en la historia el plan divino de nuestra salvación que nos conduce a la mesa de la Eucaristía.
Siguiendo la Palabra de Dios, profesamos nuestra fe “a una voz” en las palabras del Credo. Hay un precedente bíblico para esta práctica en la Misa. En el Antiguo Testamento, una profesión de fe frecuentemente sigue a una proclamación de una lectura. Cuando Dios habla, se requiere una respuesta. La respuesta que Dios desea es nuestro voto de fe y obediencia.
Cuando Moisés les dio la Ley a los israelitas, se esperaba que ellos contestaran. Y respondieron, “Cumpliremos todas las palabras que ha dicho el Señor” (Ex. 24:3).
Cuando los sacerdotes redescubrieron el libro de la Ley en el reinado de Josías, el rey ordenó que se leyera en la presencia del pueblo. Otra vez vemos que la lectura de las Escrituras se entendió como una llamada al pueblo—una llamada que exige una respuesta. Por esto, después de escuchar la Palabra, el rey como representante del pueblo, hizo una alianza con Dios, con el compromiso de “guardar sus mandamientos, sus testimonios y sus preceptos, con todo su corazón y con toda su alma” (cfr. 2 Cro. 34:29-32; Neh. 9).
- Lo que creemos -
Hacemos lo mismo en la Misa. Escuchamos la Palabra de Dios—comunicada por Cristo que está en medio de nosotros—y respondemos a la historia de salvación proclamada en las lecturas del Antiguo y Nuevo Testamento. Y esa respuesta se hace recitando el Credo.
No es solamente una recitación de los artículos de fe. Cuando decimos, “Creemos...” estamos diciendo lo que los israelitas dijeron, y que el Rey Josías dijo, que estamos pre- parados a guardar los mandamientos de Dios y vivir de una manera de acuerdo con las palabras que hemos escuchado en las lecturas de la Escritura de la Misa.
Hay algo más en cuanto al Credo: es un esquema de la historia bíblica. En el Credo, repetimos la historia de la salvación, desde la creación del cielo y la tierra hasta la Encarnación, Crucifixión, Resurrección, Ascensión y hasta el Juicio Final al fin de los tiempos.
Y casi cada palabra que profesamos en el Credo es sacada directamente de la Escritura. Podemos dar unos ejemplos:
Creemos en “un solo Dios, Padre” (cfr. 1 Cor. 8; Ef. 4:6); y en su “Hijo único” (cfr. Jn. 3:16); “por quien todo fue hecho” (cfr. Col. 1:16).
“Por nosotros” fue crucificado (cfr. 2 Cor. 5:21); y “de nuevo vendrá... para juzgar a vivos y muertos” (cfr. Hech. 10:42), y “su reino no tendrá fin” (cfr. Lc. 1:33).
Confesamos “un solo bautismo” (cfr. Ef. 4:5) y “la vida del mundo futuro” (cfr. Jn. 6:51). Después de nuestra profesión de fe, oramos unos por los otros y por los necesitados, otra práctica de la Misa que sigue el ejemplo del Nuevo Testamento (cfr. Sant. 5:16; 1 Tes. 1:2; Col. 1:9).
II. La Liturgia Celestial
- En el espíritu -
La historia que nos narra la Biblia en las lecturas dominicales de la Misa y resumidas en el Credo se cumple en la Eucaristía.
Toda la historia recordada en la Escritura, todo lo que se revela sobre “un solo Dios” y su “Hijo único” nos conduce al momento de comunión con Dios por medio de la “fracción del pan” (cfr. Lc. 24:35).
En la liturgia de la Eucaristía, vemos el cumplimiento de la historia de la Biblia frente a nosotros en el altar.
“Levantamos nuestro corazón” a Dios y quedamos “bajo el poder del Espíritu” y llevados a la liturgia incesante del cielo (cfr. Apoc. 4:2).
Esto es lo que nos revela el Apóstol Juan en el último libro de la Biblia. De hecho, es la Misa que explica el sentido de las visiones y los símbolos que son tan misteriosos y hasta espantosos a veces.
Lo que se revela a San Juan es que la Misa que celebramos en la tierra es una participación en la liturgia celestial.
La visión de San Juan empieza “el día del Señor,”—el domingo (cfr. Apoc. 1:10) —como la Iglesia primitiva llamaba al primer día de la semana cuando celebraban “la fracción del pan” (cfr. Hech. 20:7; Lc. 24:1).
San Juan estuvo “en el espíritu” [o “bajo el poder del espíritu”] el día del Señor. En otras palabras, es posible que estuviera celebrando la misma Eucaristía cuando recibió la visión y así fue llevado al cielo.
San Juan ve las mismas cosas que vemos cuando estamos en la Misa.
Ve un altar (cfr. Apoc. 8:3); candelabros (1:12); incienso (5:8); sacerdotes (presbyteroi) con vestiduras blancas (4:4). Y ve pan o maná (2:17), y copas o cálices de sangre (capítulo 16). Ve a santos y ángeles cantando “Santo, Santo, Santo” (4:8), entonando un himno a la gloria de Dios, el rey celestial (15:3) y diciendo “Aleluya” (19:1, 3,6) y haciendo la señal de la cruz en la frente (14:1).
Hay lecturas de la Escritura (capítulos 2-3) y finalmente, “el banquete de bodas del Cordero” (19:9).
- La Misa revelada en el Apocalipsis -
De hecho, hay más ejemplos de semejanzas entre el libro de Apocalipsis y la Misa.
El mismo libro fue escrito para ser proclamado en la liturgia (cfr. Apoc. 1:3). Además, el libro es dividido en dos partes que corresponden más o menos a la Liturgia de la Palabra y a la Liturgia de la Eucaristía como la celebramos en la Misa.
Los primeros once capítulos tratan de la lectura de cartas que deben de ser escritas en un pergamino por San Juan “el cual ha atestiguado la palabra de Dios y el testimonio de Jesucristo: todo lo que vio” fue dictado por alguien, descrito “como un Hijo de hombre” (cfr. Apoc. 1:2, 11-13).
El sujeto que es llamado “como un Hijo de hombre” es Jesucristo, que se autonombraba frecuentemente como el “Hijo de hombre” (cfr. Mt. 25:31, Mc. 8:31, Lc. 12:8, Jn. 3:13). Esa imagen también nos recuerda la visión del profeta Daniel, que vio que venía “uno como un Hijo de hombre” sobre las nubes del cielo, quien recibió un “poder eterno” de Dios (cfr. Dan. 7:13-14).
El Apocalipsis identifica a Jesús exactamente “su nombre es: La Palabra de Dios” (Apoc. 19:13).
San Juan es el autor humano de esta parte de la Biblia. Pero como toda Escritura, tiene un autor divino, la Palabra de Dios.
Es significativo que los primeros tres capítulos de Apocalipsis comiencen como la Misa, con un tipo de rito penitencial. Jesús ocupa la palabra “arrepentimiento” ocho veces en las siete cartas (cfr. Apoc. 2:16).
Cuando la Palabra de Dios ha sido proclamada, el Hijo declara: “Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguien oye mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo” (Apoc. 3:20).
Con esta invitación a cenar con Cristo mismo, pasamos de la Liturgia de la Palabra celestial, al banquete de la Eucaristía celestial. Como en la Misa, la “liturgia de la Palabra” del Apocalipsis nos prepara a recibir al Cordero de Dios. Todos los que tienen oídos para oír saben que Jesús mismo les dará el “maná escondido.”
Hay una referencia al “pan celestial” que Dios dio a Israel como comida de su peregrinación en el Éxodo (cfr. Sal. 78:23-25). Pero este pan celestial era una figura del pan que Cristo vino a dar—su propio cuerpo, dado por la vida del mundo (cfr. Jn. 6:32-33; 49- 51).
Este es el pan cotidiano que Él nos enseñó a pedir en la oración que rezamos en cada Misa y que consideraremos en detalle en la próxima lección.
La segunda parte del Apocalipsis empieza con el capítulo 11, cuando se abre el santuario de Dios en el cielo, y termina con el deprame de, y con el banquete de bodas del Cordero, una imagen extraordinaria de la Liturgia de la Eucaristía.
III. Culto en la nueva Jerusalén
- Con los ángeles y santos -
Se invita a San Juan “sube acá” (Apoc. 4:1). Nosotros estamos invitados a subir hasta el cielo también, levantando nuestros corazones, al inicio de la Liturgia de la Eucaristía.
Cuando levantamos nuestros corazones, nos invitan a cantar “con los ángeles y los san- tos.”
Esto no es simplemente una expresión de un fino sentimiento. Como en todo lo demás en la Misa, funciona aquí un “realismo sacramental”.
En este punto de la Misa, juntamos en una manera misteriosa nuestro canto al que San Juan—y antes que él, el profeta Isaías—escuchó en el cielo: “Santo, Santo, Santo...” (cfr. Apoc. 4:8; Is. 6:3).
La segunda parte de nuestro canto (“Bendito él que viene...”) es del salmo que los peregrinos a Jerusalén cantaban en Pascua. También era el salmo que cantaban los que se encontraban presentes durante la entrada triunfal de Cristo a Jerusalén (cfr. Mc. 11:10; Sal. 118:26).
Las palabras bíblicas nos orientan acerca de lo que pasa en la Misa. Estamos juntos alrededor del altar—no solamente el altar terrenal sino el celestial también. Hemos llegado al monte Sión, la nueva Jerusalén celestial.
Esto es lo que San Juan vio—”el Cordero en pie sobre el monte Sión” (Apoc. 14:1).
La Carta a los Hebreos (cfr. Heb. 12:22-24) también habla de la celebración eucarística terrenal como entrada y participación en la liturgia celestial en la Nueva Jerusalén.
En la Misa, dice Hebreos, nos acercamos al “monte Sión, ciudad de Dios vivo, la Jerusalén celestial”. Además, allá, nos juntamos con “miríadas de ángeles”, con la “asamblea de los primogénitos”, y con Jesús, “mediador de una nueva alianza y de la aspersión purificadora de una sangre” en una “reunión festiva” o “banquete”.
Este pasaje está lleno de referencias y alusiones bíblicas. Es Interesante notar que la palabra para “asamblea” en griego es ekklesia—la palabra de donde viene “iglesia”.
También es de notar las similitudes entre la descripción de la Misa según Hebreos y según el Apocalipsis de Juan. En ambos libros vemos una nueva Jerusalén, un nuevo monte Sión, la morada del Señor (cfr. Sal. 132:13-14). En ambos se ven los ángeles y a Jesús como el cordero cuya sangre quita el pecado del mundo. En ambos vemos una fiesta de los “primogénitos” o “primicias” de los que creen en Jesús (cfr. Apoc. 14:4). Y en los dos se entiende que esta fiesta en el templo del cielo es señal de la nueva alianza hecha en la sangre de Jesús (cfr. Apoc. 11:19).
Lo que estas Escrituras nos enseñan es que la Misa es la cumbre de la historia de la salvación que narra la Biblia.
Y esto es exactamente lo que las oraciones de la Misa nos dicen.
- Orar la historia de la salvación -
La Plegaria Eucarística de la Misa es una oración de acción de gracias en que las ofrendas del altar—pan y vino, y todas las obras de nuestras manos y mentes—son santificadas por el poder del Espíritu. Como todo en la Misa, las plegarias son oraciones bíblicas, con lenguaje bíblico, que resumen la historia de la Biblia.
Pero son mucho más que oraciones bíblicas. Las plegarias cuentan la historia de salvación, y nos hacen parte de esa historia, por el cambio sacramental del pan y vino en el cuerpo y sangre de Cristo.
Los varios prefacios de las plegarias eucarísticas nos recuerdan entera la historia de la Biblia, mostrándonos siempre cómo el plan completo de la salvación llegó a su cumbre con la muerte y la resurrección de Jesucristo, lo que conmemoramos en la Misa.
“Manifestaste admirablemente tu poder” oramos en el Prefacio Dominical III, uno de varias opciones para las misas celebradas fuera de los tiempos de Cuaresma, Pascua, Adviento y Navidad.
Este prefacio traza el plan amoroso de Dios, resumiendo en dos líneas toda la Biblia: “al prever el remedio en la misma debilidad humana, y así, de lo que fue causa de nuestra ruina hiciste el principio de nuestra salvación.”
Otro prefacio del tiempo ordinario (VIII) nos da un resumen de la historia de la salvación que termina con la Iglesia y la liturgia:
Pues quisiste reunir de nuevo
por la sangre de tu Hijo y la acción del Espíritu Santo,
a los hijos dispersos por el pecado;
y de este modo tu Iglesia,
unificada a imagen de tu unidad trinitaria,
aparece ante el mundo como cuerpo de Cristo y templo del Espíritu...
La Cuarta Plegaria Eucarística nos da la completa historia del mundo, empezando con la creación del hombre y de la mujer a imagen de Dios y cómo perdieron la amistad con Él por la desobediencia. La oración continua trazando la historia del Antiguo Testamento—”para que te encuentre el que te busca... reiteraste tu alianza a los hombres.” Se reza: “Al cumplirse la plenitud de los tiempos Dios envió a su único Hijo”.
El punto culminante de la historia de la salvación presentada en las plegarias eucarísticas—y en la misma Biblia—es la Última Cena.
- En conmemoración de Él -
Como señalamos en nuestra primera lección, las palabras de consagración de la Plegaria Eucarística son tomadas directamente de las narraciones bíblicas de la Última Cena, como San Pablo recuerda (cfr. 1 Cor. 11:23-29; Mt. 26:26-29; Mc. 14:22-25; Lc. 22:15-20).
La Iglesia, en la Eucaristía, cumple el mandato de Cristo, escrito en las Escrituras, “Haced esto en conmemoración mía.”
En este punto de la Plegaria Eucarística es muy significativo que el sacerdote ocupe las palabras exactas de la Escritura “Esto es mi cuerpo...” y “Este es el cáliz de mi sangre...”
¿Porque es esto tan significativo? Porque, como hemos señalado en nuestra primera lección, solamente la Palabra de Dios puede “hacer” lo que Jesús ha mandado: transformar el pan y el vino en su cuerpo y sangre. Nuestro culto puede ser transformador porque la Palabra bíblica que escuchamos no es “palabra de hombre sino... palabra de Dios” (1 Tes. 2:13).
Solamente la Palabra de Dios tiene el poder de cumplir lo que promete. Tiene el poder de hacernos entrar en comunión con la verdadera y viva presencia de Jesús. Solamente el sagrado discurso de Dios puede hacer la divina acción de transformar pan y vino en el cuerpo y sangre de nuestro Señor. Solamente el sagrado discurso de Dios puede ofrecernos comunión con el Dios vivo.
En la Misa, respondemos al gran misterio de nuestra fe en palabras de la Escritura. Las aclamaciones memoriales (“Anunciamos tu muerte”) son oraciones bíblicas. Con San Pablo decimos “Cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz, anunciamos tu muerte Señor, hasta que vuelvas” (cfr. 1 Cor. 11:26).
IV. Preguntas para reflexionar
☼Menciona dos o tres ejemplos de cómo el Credo cita o refiere pasajes de la Biblia.
☼¿Cuál es el “precedente bíblico” para la profesión de fe después de oír la Palabra de Dios?
☼¿Cuando “levantamos nuestro corazón” en la Misa, adonde estamos levantándolo?
☼Proporciona algunos ejemplos de cómo el Libro de Apocalipsis revela la liturgia celestial.
☼¿Cuál es la función de las plegarias eucarísticas y los prefacios de la Santa Misa?
☼¿Cuál es la cumbre de la historia de la salvación, según es recordada y resumida en las plegarias eucarísticas?
- Para meditación personal -
►¿Escuchamos con suficiente atención las palabras de la Santa Misa? ¿Reconocemos la historia de nuestro pecado y nuestra redención en el prefacio? ¿Recordamos la historia de nuestra salvación en la plegaria eucarística?