V- Diversos Temas: 2. La Navidad, su verdadero significado

Fuente: apologeticauniversal.blogspot.com  

En estos días nuestro mundo está sumergido en una vorágine mercantilista que poco tiene de cristiano, recordemos el verdadero significado de la Navidad y preparemos nuestros corazonez como un pesebre adecuado para que Nuestro Señor repose en él.

1.-LA FIESTA DE LA NAVIDAD: 

La fiesta de Navidad fue instituida por la Iglesia en el siglo IV y es originaria de la Iglesia latina y mas propiamente de la Sede Apostólica de Roma. 

Por falta de documentos exactos sobre el nacimiento de nuestro Señor, no existe una certeza absoluta acerca del año, que algunos escritores sagrados y profanos señalan entre el 747 y 749 de la fundación de Roma (del 7 al 5 A.C.), y del día, que han hecho oscilar entre el 25 de marzo y el 17 de diciembre. 

Hay pruebas del este griego y del oeste latino donde los cristianos intentaban averiguar la fecha del nacimiento de Cristo mucho antes de que lo empezaran a celebrar de una forma litúrgica, incluso en los siglos II y III. De hecho, las pruebas indican que la atribución a la fecha de 25 de diciembre fue una consecuencia de los intentos por determinar cuándo se debía celebrar su muerte y resurrección.

Para profundizar más sobre este tema, pueden leer el siguiente artículo: "Calculando la Navidad: la auténtica historia del 25 de diciembre"

2.-EL 25 DE DICIEMBRE Y LA NAVIDAD: 

La Navidad se celebra el 25 de diciembre, (visitar el enlace del párrafo anterior para más información sobre el tema). Navidad no es el 24 de diciembre, es TODO el 25 de diciembre. Eso sí: Navidad NO ES LA CELEBRACION DE UNA FECHA, SINO DE UN HECHO, el nacimiento del Salvador, evento absolutamente decisivo en la historia de la salvación. Es entonces una conmemoración del significado de ese hecho. Se lee en las profecías:

Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado; le ponen en el hombro el distintivo del rey y proclaman su nombre: "Consejero admirable, Dios fuerte, Padre que no muere, príncipe de la Paz." (Is 9, 5)

Ese hecho fue de tal magnitud que todo el cielo lo celebró:

De pronto una multitud de seres celestiales aparecieron junto al ángel, y alababan a Dios con estas palabras: "Gloria a Dios en lo más alto del cielo y en la tierra paz a los hombres: ésta es la hora de su gracia". (Lc 2, 13-14)

Nosotros, los beneficiados con este hecho, tenemos no solamente motivos sino una verdadera obligación de celebrarlo. 

Como lo importante es el significado, todo lo anterior se resume en que debemos ser conscientes de que hubo un día en el que Dios encarnado llegó a nuestras vidas, las cuales deben estar listas para fructificar bajo su luz ("Yo soy la luz del mundo" dijo Jesús en Jn 8, 12), de aquí que la temporada de adviento sea de penitencia y reflexión (ese es el sentido del color morado en los trajes de los sacerdotes en las misas, el mismo color de la cuaresma). Como dijo el Santo Padre Juan Pablo II:

"Jesús nace para la humanidad que busca libertad y paz; nace para todo hombre oprimido por el pecado, necesitado de salvación y sediento de esperanza."

3.-LA NAVIDAD CRISTIANA Y LA NAVIDAD CONSUMISTA:

Navidad es una fiesta que está bajo un ataque tremendo en estos últimos tiempos. Santa Claus ha tomado el lugar de Jesús-niño y el mall o el centro comercial ha tomado el lugar del templo. Que triste que el Domingo antes de Navidad los estacionamientos de las Iglesias estén vacíos y en los centros comerciales sea una hazaña encontrar un lugar donde estacionar el automovil. Dice la Palabra de Dios:"Donde está tu tesoro, allí esta tu corazón" (Mat.6:21) ¿Dónde está tu corazón? ¿En un centro comercial?…. ¿Cuando llegue la tribulación a tu vida, a donde vas a ir a buscar consuelo y paz? ¿Al centro comercial?

Navidad es una fiesta de cumpleaños donde se le compran regalos a todos menos al niño que se festeja. Donde se hace una fiesta y no se invita al homenajeado, donde hoy -tristemente- se trata de que no se mencione el nombre del niño que nació, su nombre es Jesús. 

El Apóstol Pablo, un hombre que un día fue su enemigo y que se rindió a El, dice que: frente a ese nombre se doblará toda rodilla en el cielo, en la tierra, y hasta en el infierno y a este "nombre sobre todo nombre" lo queremos borrar de nuestras vidas.

Para más confusión y desconsuelo en los últimos años, hemos visto surgir ciertos lideres de distintas denominaciones cristianas que se han sumado a la campaña de enemigos de la Navidad. Ellos, desde estaciones radiales gritan: ¡Es una fiesta pagana!, y basan su "guerra santa" contra la celebración del nacimiento de Jesús, en la creencia de que en la antigua Roma ese día la fiesta del "sol invicto"... al diablo no le faltan "casualidades". Otros estudiosos de la Palabra de Dios reclaman que Jesús no nació en esta fecha y proponen como solución al tema el olvidarse de esta fiesta. Pobres predicadores que quieren privar al cristianismo de lo más hermoso de Aquel que le dio vida, la sensibilidad.

Para los que unen sus fuerzas con el enemigo aclaremos algunos puntos:

Los cristianos no celebramos fechas, celebramos hechos. Nosotros nos alegramos y celebramos el hecho de Aquel que no cabe en el universo quiso nacer de una virgen en este pequeño planeta del inmenso universo para reconciliar al hombre con su Creador.

Como todo hecho neotestamentario, la Navidad tiene precedencia bíblica. Inclusive, el día 25 de Diciembre ya era celebrado en el antiguo pacto.

En 1 Macabeos 4, 52-53 leemos:

"52 El día veinticinco del noveno mes, llamado Quisleu, del año ciento cuarenta y ocho, se levantaron al despuntar el alba y ofrecieron un sacrificio conforme a la Ley, sobre el nuevo altar de los holocaustos que habían erigido"

Obviamente los no católicos no incluyen este libro en su canon, no lo consideran libro de inspiración divina, pero no pueden negar su valor histórico. 

Judas Macabeo y sus hermanos ordenaron a los sacerdotes que purificaran el santuario y echaran fuera el altar profanado. En su lugar se edificó un nuevo altar y en la madrugada del 25 de Quisleu, correspondiente a nuestro mes de diciembre, fue consagrado. La fachada del templo fue adornada, se encendieron luces y fue grande la alegría en el pueblo. 

También en la madrugada del 25 de quisleu, los cristianos celebramos el nacimiento de Jesús. Así como el altar profanado fue echado fuera y se construyó un altar nuevo, así también el sacrificio antiguo y una ley profanada por preceptos humanos fueron anulados con el nacimiento del Mesías y un nuevo altar con un sacrificio perfecto fue instaurado para regocijo y salvación de toda la humanidad.

Este es el verdadero sentido de la Navidad, cuyo centro es Jesús y no un evento comercial o una fiesta pagana. Rescatemos la Navidad para Cristo y cantemos con los ángeles de Belén: "Gloria a Dios en las alturas y Paz en la tierra a los hombres que confían en Él."

¿Hemos de limitarnos a llenarnos de signos exteriores, como hermosos adornos, guirnaldas y enormes árboles de navidad?, ¿hemos de limitarnos a servir opulentas cenas y entregar costosos regalos?, ¿hemos de limitarnos a arreglarnos y vestirnos lo mejor que podamos?, todo eso tan sólo son adornos para el exterior. 

Recordemos lo que el Señor Jesús nos dijo:

"Cuiden de ustedes mismos, no sea que la vida depravada, las borracheras o las preocupaciones de este mundo los vuelvan interiormente torpes y ese día caiga sobre ustedes de improviso..." Lucas 21, 34

"¡Ay de ustedes, maestros de la Ley y fariseos, que son unos hipócritas! Ustedes son como sepulcros bien pintados, que se ven maravillosos, pero que por dentro están llenos de huesos y de toda clase de podredumbre. Ustedes también aparentan como que fueran personas muy correctas, pero en su interior están llenos de falsedad y de maldad. " (Mt 23, 27-28)

"El Señor le dijo: "Así son ustedes, los fariseos. Ustedes limpian por fuera las copas y platos, pero el interior de ustedes está lleno de rapiñas y perversidades. ¡Insensatos! " (Lc 11, 39-40)

La dureza de la expresión es significativa, porque el que se concentra tan sólo en lo exterior, está irrespetando a Dios, siendo que lo sensato es preparar nuestro corazón para que el Señor venga, hacer renovación de nuestro interior, renovación que no es posible sin el Señor. Por eso pide el salmista:

"Crea en mí, oh Dios, un corazón puro, renueva en mi interior un firme espíritu." (Sal 51, 12)

Y es que el Señor no rechaza el corazón que se convierte honestamente:

"Mi espíritu quebrantado a Dios ofreceré, pues no desdeñas a un corazón contrito." (Sal 51, 19)

En fin, que esta temporada de Adviento camino de la Navidad, y la Navidad misma, sean ocasión especial para que el Señor nos regale un corazón sensato:

"Enséñanos lo que valen nuestros días, para que adquiramos un corazón sensato." (Sal 90, 12)

"Les daré un corazón nuevo y pondré en su interior un espíritu nuevo. Quitaré de su carne su corazón de piedra y les daré un corazón de carne. Así caminarán según mis mandamientos, observarán mis leyes y las pondrán en práctica; entonces serán mi pueblo y yo seré su Dios." (Ez 11, 19-20)

Así es que tiene sentido la Navidad. Así es que tienen sentido los adornos y las celebraciones, pero en la sencillez que gusta al Señor que es la que conviene a nuestra naturaleza y todo como testigos de una realidad eterna y no pasajera.

Que esta Navidad sea otra ocasión para el nacimiento de Jesús pero en nuestro corazón, lo que supone que nazcamos a la nueva vida como El mismo nos lo enseñó:

"En verdad te digo que nadie puede ver el Reino de Dios si no nace de nuevo desde arriba". Nicodemo le dijo: "¿Cómo renacerá el hombre ya viejo? ¿Quién volverá al vientre de su madre para nacer otra vez?" Jesús le contestó: "En verdad te digo: El que no renace del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, y lo que nace del Espíritu es espíritu". (Jn 3, 4-6)

V- Diversos Temas: 1. ¿Qué es el Adviento?

Fuente: Aleteia

¿Qué significa Adviento? Este tiempo, ¿es sólo una cuenta atrás? ¿Cómo se puede aprovechar para vivir mejor la Navidad y, más allá, para preparar la segunda venida de Cristo?

Hablar sobre el Adviento en la sección de apologética a primera vista parecería algo sin sentido, pero para defender nuestra fe, debemos también conocer el porqué de la liturgia católica, es por ello que en esta oportunidad publicamos este artículo, que además busca motivarnos a vivir más cristianamente estos días previos a la Navidad.

1. El Adviento, con el que empieza el año litúrgico, es el periodo de tiempo comprendido entre el cuarto domingo antes de Navidad y el día de Nochebuena. Sus colores litúrgicos son el morado y el rosa.

En el calendario litúrgico de la Iglesia católica, el primer día del año no es el 1 de enero, sino el primer domingo de Adviento. El Adviento es el primer tiempo litúrgico del año que comienza cuatro domingos antes de Navidad y termina en Nochebuena. Según el día de la semana en que cae el día de Navidad, el tiempo de Adviento puede modificarse ligeramente.

El morado y el rosa son los dos colores litúrgicos designados para representar el tiempo de Adviento. Aparecen en las vestiduras de los sacerdotes, en los velos del tabernáculo, en la parte frontal del altar y en la corona de Adviento. El morado se usa como símbolo de penitencia y preparación, pero el tercer domingo de Adviento, conocido como "Domingo Gaudete", se usa el rosa, que representa la alegría por la venida de Jesús.

El día en que Cristo se hizo hombre para redimir al mundo fue preparado por Dios durante siglos. La Iglesia participa y actualiza esta larga preparación en este tiempo específico de preparación a la Navidad.

La Navidad -el día en el que Cristo nació para la redención del mundo- es el día en el que cambió el curso de la historia de la salvación. Santo Tomás de Aquino, Doctor de la Iglesia, lo explica de esta manera: "Es evidente que el Hijo de Dios tomó nuestra condición y vino a nosotros no por un motivo insignificante sino por nuestro bien. Él se vinculó a nosotros, por decirlo de esta manera, tomando un cuerpo y un alma humana y naciendo de una Virgen, para poder darnos su Divinidad. De esta manera, Él se hizo Hombre para que el hombre se haga Dios" (Santo Tomás de Aquino, Las tres grandes oraciones, comentarios sobre la oración del Señor, el Ave María y el Credo de los Apóstoles).

En el Catecismo podemos leer: "La venida del Hijo de Dios a la tierra es un acontecimiento tan inmenso que Dios quiso prepararlo durante siglos. Ritos y sacrificios, figuras y símbolos de la "Primera Alianza"(Hb9,15), todo lo hace converger hacia Cristo; anuncia esta venida por boca de los profetas que se suceden en Israel" (Catecismo 522). En el Antiguo Testamento aparecen varias proclamaciones de este tipo: "Espere Israel al Señor, porque en él se encuentra la misericordia y la redención en abundancia: él redimirá a Israel de todos sus pecados." (Sal 130, 7-8).

Este tiempo de espera y de preparación no se da sólo antes de la Navidad sino que se da en cada año litúrgico y también en la actualidad. El Catecismo afirma: "Al celebrar anualmente la liturgia de Adviento, la Iglesia actualiza esta espera del Mesías: participando en la larga preparación de la primera venida del Salvador" (Catecismo, 524).

2. El Adviento es también un tiempo de preparación para la segunda venida de Cristo.

Como católicos, creemos que Cristo vendrá de nuevo al final de los tiempos y así lo profesamos en el Credo cada domingo: "Y vendrá otra vez con gloria a juzgar a vivos y muertos; Y su reino no tendrá fin" (Credo Niceno-constantinopolitano). Durante el Adviento nos preparamos para la venida de Cristo en Navidad, pero también recordamos que Cristo prometió volver. El Catecismo nos dice: "Celebrando la natividad y el martirio del Precursor, la Iglesia se une al deseo de éste: "Es preciso que él crezca y yo disminuya" (Jn 3, 30)." (Catecismo 524).

El Adviento es un tiempo de espera para la segunda venida, así como un reconocimiento de que seremos juzgados por Cristo por nuestras acciones y decisiones. Por esta razón el Adviento es un tiempo de arrepentimiento; esperamos con alegría la venida de Cristo, pero también buscamos el perdón por nuestros pecados para poder estar preparados. El Evangelio de Marcos proclama: "Estén prevenidos, entonces, porque no saben cuándo llegará el dueño de casa, si al atardecer, a medianoche, al canto del gallo o por la mañana. No sea que llegue de improviso y los encuentre dormidos." (Mc 13, 35-36).

Durante un Ángelus, el Papa Benedecito XVI enseñó sobre esta llamada a la vigilancia: "¡Vigilad! Esta es la llamada de Jesús en el Evangelio de hoy. No se dirige sólo a sus discípulos sino a todos. ¡Vigilad! (Mc 13, 37). Es una exhortación saludable que nos recuerda que la vida no tiene sólo la dimensión terrena, sino que está proyectada hacia un "más allá", como una plantita que germina de la tierra y se abre hacia el cielo. Una plantita pensante, el hombre, dotada de libertad y responsabilidad, por lo que cada uno de nosotros será llamado a rendir cuentas de cómo ha vivido, de cómo ha utilizado sus propias capacidades: si las ha conservado para sí o las ha hecho fructificar también para el bien de los hermanos." (Papa Benedicto, Mensaje del Angelus, 27 de noviembre de 2011).

3. Hay muchas maneras prácticas de entrar en el Adviento.

Los tiempos litúrgicos no existen sólo para la misa de los domingos, sino también para nuestro beneficio espiritual diario. El padre John McCloskey, investigador en el instituto Fe y Razón recomienda un conjunto de cosas que podemos hacer para entrar en este espíritu del Adviento, un espíritu de expectación, vigilancia, arrepentimiento y alegría.

- Reza: "Rezar el Rosario todos los días centrándonos en los Misterios Gozosos" o "hacer una vigilia ante una clínica abortista con algunos amigos. Puedes salvar la vida de algún bebé y tal vez cambiar la mentalidad de alguno de los "Herodes" que dirigen las instalaciones".

- Ayuna: "Hacer un programa de ayuno para Adviento y ser moderado con la comida y la bebida en las fiestas de Navidad", o "ver menos la televisión durante este tiempo o, por lo menos, ver algunos clásicos de Navidad con la familia o los amigos", o "bajar el ritmo de compras".

- Dónate: "Recupera las obras corporales y espirituales de misericordia y realízalas una a una cada semana hasta que llegue la Navidad. Hay mucha gente herida que necesita sentir y recibir nuestro amor", o "háblales del sacramento de la Penitencia a tus amigos y familia y llévalos a un buen sacerdote para que se puedan confesar. ¿Cómo puede superar a eso un simple regalo de Navidad?"

- Actúa: "Compra y lee el libro del Papa Benedicto XVI sobre la infancia de Jesús", o "no tires el árbol de Navidad o quites el Belén justo después del 25 de diciembre, el tiempo de Navidad no ha hecho más que empezar", o "cumple los propósitos de Año Nuevo".

Las sugerencias del padre McCloskey son sólo unas pocas de las muchas maneras que podemos seguir para entrar en este tiempo de Adviento. La Iglesia nos ofrece este momento de espera para que nos podamos preparar más plenamente para la alegría y la gracia que recibimos en Navidad.

IV- El demonio de la acedia: 13. La Civilización del Amor

Autor: P. Horacio Bojorge

La Acedia es una tristeza por el bien, por los bienes últimos, es tristeza por el bien de Dios. Es una incapacidad de alegrarse con Dios y en Dios. Nuestra cultura está impregnada de Acedia.

Bienvenidos a este último capítulo de nuestra serie “El Demonio de la Acedia”, quiero dedicar este programa a mediar con ustedes sobre lo que los últimos Papas, en realidad los Papas desde el siglo XIX en adelante, que nos han venido hablando sobre la Civilización del Amor y ponerla –para comprenderla bien– en la clave de la revelación de Nuestro Señor Jesucristo: vivir como hijos, vivir como el Hijo.

El Papa León XIII, en tiempos en que la economía se había hecho muy inhumana, publicó la Encíclica Rerum Novarum acerca de las cosas nuevas, defendiendo precisamente una economía más humana, una economía que tuviera en cuenta al ser humano y que no explotara al ser humano en beneficio de la pura ganancia, sin otra consideración que la ganancia, una economía que se deshumanizaba.

Y así los Papas posteriores hablaron de la instauración de todas las cosas en Cristo, como era el lema de Pío X, que hablaba de instaurar las cosas en Cristo de modo que a las sociedades se las invitaba a dejarse imbuir de estos principios cristianos y no se desanimaba por encontrar en los príncipes de este mundo, en los gobernantes de este mundo, una resistencia y una sordera para escuchar sus exhortaciones a abrirse a los principios cristianos para la construcción de la sociedad, para el gobierno de los pueblos.

Así fueron siguiendo las encíclicas en los años siguientes –después de la Rerum Novarum– la Populorum Progressio, la Mater et Magistra... a los cien años de la Rerum Novarum la Sollicitudo rei socialis, hasta que llegamos a la última encíclica destinada a las cuestiones sociales de Benedicto XVI: Caritas in Veritatis, allí nos dice el Papa que la Caridad se realiza en la Verdad e invita por lo tanto a que también se tenga en cuenta la verdad revelada en los asuntos del gobierno de la sociedad.

Esta insistencia del Papa en abrirse a la verdad revelada la repite de muchas maneras, ya lo había dicho en el famoso discurso en la Universidad de Ratisbona, allí dirigiéndose al mundo universitario reflexionaba con ellos diciendo que una razón que no se reconoce limitada es irracional, que la razón racional reconoce que tiene límites en el poder alcanzar el conocimiento de las cosas y que por lo tanto es razonable abrirse a otras fuentes de conocimiento que vienen de fuera del ámbito de la razón, y especialmente el Papa se refería a la revelación cristiana, dijo que es razonable abrirse a la revelación cristiana, que ello no es algo contrario a la razón, y que de eso teníamos ejemplo en la historia de la Iglesia, así como la fe se había abierto a la razón, la razón se había abierto a la fe, y con eso se habían enriquecido mutuamente para dar origen a los siglos cristianos y a un crecimiento de la civilización occidental.

Lo que les dijo a los universitarios lo dice ahora –con la Encíclica Caritas in Veritatis– a los gobernantes de este mundo, diciéndoles que se deben abrir a la verdad.

Por lo tanto la caridad es la verdad acerca del amor, es la que inspira al ser humano, debe inspirar al individuo pero también a la sociedad, y solamente de esa manera se puede realizar el bien común.

Ya en la carta sobre el amor humano el Papa había dicho que si los gobernantes se desentienden del bien común se transforman –y asombra la dureza de estas palabras en Papa– en una mafia de ladrones. Si se desinteresan del bien común, y ponen su gobierno puramente al servicio de los intereses comerciales y económicos, entran en una mafia de ladrones.

Pero esta civilización del amor de la que nos hablo Pablo VI, este reinado social de Jesucristo, que no debemos entenderlo como un mandato utópico de una instauración de un reino mesiánico sobre la tierra; sabemos, y los Papas que nos hablan de esto lo saben perfectamente bien, que hay fuerzas históricas que se oponen al reino de Dios.

Ya el Papa Juan Pablo II en su carta sobre el Espíritu Santo había hablado de las resistencias históricas a la acción del Espíritu Santo, refiriéndose nominalmente al materialismo, como la ideología materialista es un obstáculo que se opone a la acción del Espíritu Santo y explícitamente en las ideologías que las inspira, que precisamente se oponen a la fe en el Espíritu Santo y la consideran una alienación. 

¿Cómo logramos entonces la civilización del amor?, ¿cuál es el principal camino?, es el dejarnos engendrar por el Padre, el que el Padre pueda construir con nosotros como piedras vivas esa Jerusalén celeste, esa casa de los hijos de Dios, que se va construyendo en la historia y que culminará en la Jerusalén celestial.

Y ¿cómo es que nosotros nos dejemos engendrar por el Padre celestial?, eso vino a enseñarnos Nuestro Señor Jesucristo.

Estoy predicando en muchos lados el Sermón de la Montaña precisamente como el núcleo central de la enseñanza de Nuestro Señor Jesucristo, qué el predicó sin duda no sólo en la montaña, sino en la llanura, en el lago y en muchos lados. 

¿Y que viene Nuestro Señor Jesucristo a enseñarnos?, no es una doctrina ajena a lo él mismo es como ser humano y como persona del Verbo hecho hombre, es él mismo, el Hijo eterno de Dios que vive en su naturaleza humana lo mismo que él vive divinamente en su naturaleza divina, el recibirse del Padre, es Dios capaz de recibir amor, el Padre es la fuente del amor en la Santísima Trinidad, es Dios en cuanto ese impulso de darse enteramente sin ningún interés, sin ningún deseo de dominar sino por pura donatividad. Por eso las desconfianzas frente al Padre, los miedos frente al Padre, son irracionales no son verdaderos.

Sólo puede tener miedo al Padre –tal como lo reveló Nuestro Señor Jesucristo– alguien que está en la ignorancia o en error, el Padre es deseo purísimo de donación, se lo manifiesta en el padre del hijo pródigo que ama tanto al pródigo como al acedioso (al hermano mayor), el Padre se entrega totalmente pero no hay otro Dios a quien el pueda entregarse, solo puede entregarse a sí mismo, y Dios en cuanto a que es capaz de recibirse a sí mismo, de recibir todo el amor que es capaz de dar, es el Hijo, el Hijo es por lo tanto receptividad divina pura de amor divino que se entrega puramente.

Y ese es el que se hace hombre, ese es el que toma una humanidad, y eso es el que nos quiere venir a enseñar: que también nosotros nos dispongamos, abramos todo nuestro ser y nuestro corazón para recibir ese amor de Dios en la plenitud de lo que Él quiere darnos y nosotros somos capaces de recibir. Eso viene a enseñarnos Nuestro Señor Jesucristo, toda su doctrina se resume en eso.

Desde el comienzo del Sermón de la Montaña él nos dice que los hombres deben ver nuestras obras buenas filiales para glorificar al Padre, que nosotros no debemos buscar nuestra propia gloria, que si somos hijos viviremos para glorificar al Padre de quien lo recibimos todo, y que si vivimos así entonces el Padre nos bienaventurizará.

Las ocho bienaventuranzas son las obras del Padre con los que viven como hijos, y esa bienaventuranza que el Padre da a sus hijos redunda en gloria suya, y hay una corriente entonces, como una especie de competencia, de rivalidad, por quien glorifica a quien, el Hijo glorifica al Padre y el Padre se empeña en glorificar al Hijo, por eso cuando el Hijo manifiesta en la cruz su amor de Hijo al Padre, entregándole su espíritu, entregándose totalmente en sus manos porque se reconoce totalmente venido del Padre, en ese momento el Padre también –como respondiendo a esa entrega del Hijo– le da vida nueva, lo resucita, porque no puede entregar a la muerte a quien se entrega asi al Padre.

El Hijo se entrega totalmente, “en tus manos encomiendo mi espíritu”, y el Padre lo resucita al tercer día, todo esto sucede –queridos hermanos– para nuestra enseñanza y nuestro ánimo.

Si el Padre hubiese querido instalar sobre la tierra una civilización del amor al modo mesiánico, el Hijo lo habría hecho, pero no lo quiso hacer para enseñarnos a nosotros que tampoco es esa nuestra tarea en la historia, que nuestra tarea es dejarnos engendrar por el Padre, y al Padre le corresponde decidir de que manera nuestra docilidad le permite a Él actuar también alrededor nuestro, porque volcándose en nosotros, en sus obras y en sus palabras, se hará no nuestro plan sino la voluntad divina y el plan divino el que obra a través de nosotros, obras que excede nuestro conocimiento y nuestra capacidad.

Nuestro Señor Jesucristo, verdadero hombre, se reconocía totalmente movido por el Padre. Dice en el Evangelio de San Juan, “yo no puedo hacer nada que no vea que mi Padre hace”, cuando le reprochaban que el violaba el sábado porque obraba en el sábado milagros dice “mi Padre también obra en sábado”, Jesús –por lo tanto– hace lo que recibe del Padre y cuando él habla dice “no puedo decir nada que no oiga decir a mi Padre”.

Jesús es como el reflejo perfecto del Padre, no tiene nada propio, ni necesita tenerlo, porque confía que el Padre se lo entrega y le hace ser y le mantiene en el ser. El es el Hijo de Dios desde siempre y para siempre, eternamente, sin principio ni fin, engendrado por vía del conocimiento, el Padre se conoce y ese conocimiento perfectísimo de sí mismo es el Hijo. 

Él nos viene a dar a conocer al Padre, Jesús dice “al Padre nadie lo vio jamás”, el Hijo de Dios que vive eternamente vuelto hacia el seno de la gloria del Padre, hacia el seno del amor del Padre, ese nos lo dio a conocer. Él es el revelador del Padre.

Pero nos lo revela si lo seguimos en nosotros en el proceso de la generación, dice en el capítulo 19 versículo 28 del Evangelio de San Mateo una promesa de Nuestro Señor Jesucristo: “vosotros, los que me habéis seguido en la regeneración, en los últimos tiempos, cuando venga el hijo de hombre, os sentaréis también con el Hijo en doce tronos”, en esta palabra de Nuestro Señor Jesucristo vemos que no nos pide que lo sigamos como discípulos en una doctrina teórica sino que lo sigamos como discípulos en un proceso de generación, “los que me habéis seguido en la regeneración”.

Nuestra vida cristiana es eso, dejarnos engendrar por el Padre, recibir la gracia, abrirnos a la gracia, ser dóciles a la gracia, quitar impedimentos, renunciar al pecado, es lo que hacemos en el bautismo: renunciar al pecado, al mundo, a Satanás, a sus pompas y sus obras, quedamos así disponibles para que el Padre nos engendre, es ese sacramento del bautismo que se nos concedió una vez al comienzo de nuestra vida cristiana, es el mismo sacramento que debemos seguir viviendo a lo largo de nuestra existencia, quitando los impedimentos, renunciando a Satanás, a sus pompas y sus obras, renunciando al pecado, a la carne y al mundo, quitando obstáculos e impedimentos, dejando al Padre libre para que obre con su gracia, permitiéndole obrar en nosotros. 

El Padre no puede obrar en nosotros si nosotros no lo queremos, si le ponemos obstáculos con nuestra voluntad, si nuestra voluntad prefiere otra cosa a su gracia divina, tenemos que poner nuestro deseo en Él, y si estamos así conectados –de corazón a corazón– con este vínculo amoroso a Dios Padre, entonces Él se vale de nosotros y nos hace luz del mundo y sal de la tierra, para eso nuestra justicia –dice el Señor– debe ser la justicia filial, debe ser imitar la perfección del Padre, “ser perfectos cono nuestro Padre celestial es perfecto, misericordiosos como nuestro Padre celestial es misericordioso”.

¿Y cómo es perfecto y misericordioso?, como Nuestro Señor Jesucristo, “el que me ha visto a mí ha visto al Padre”, y si nosotros –queridos hermanos– tenemos la bienaventuranza envidiable, y que todos debemos anhelar y desear, el mayor bien que podemos soñar en nuestra vida terrena, si nosotros vivimos así entonces el Padre irradia a través de nosotros, como irradió a través de su hijo Jesucristo, en la medida de cada uno, colmados de la gracia, evidentemente los recipientes son distintos, puede haber un vasito pequeño pero estará lleno, puede haber un vaso grande y estará lleno, estaremos colmados de la gracia de Dios en la medida de su deseo, de su designio eterno sobre cada uno de nosotros, pero colmados plenamente y haciendo sobre la tierra lo que el Padre desea que hagamos. ¡Qué maravilla queridos hermanos!, así se construye la civilización del amor, así se va construyendo con piedras vivas y como un templo a la gloria de Dios Padre –con piedras vivas– este templo celestial.

Esta es la vocación que Jesús vino a traernos, la de vivir como hijos, vivir como el Hijo.

Y en el Sermón de la Montaña nos va dando, como en cinco lecciones, las instrucciones para vivir como hijos, vivir para la gloria del Padre y entonces seremos bienaventurados, no querer ser dueños de nosotros mismos ni de nuestro espíritu, sino ser pobres de espíritu y entregarle nuestro espíritu al Padre como Jesús se lo entrego.

En una segunda lección que nuestra justicia supere la de los escribas y fariseos, sin abolir la ley –porque él no viene a abolirla– sino a darle cumplimiento, ya no como una ley con la cual se sirve a Dios en un servicio que puede ser de un servidor pero que todavía no es de hijo, no, ahora es servir al Padre como hijo, esa es la ley plena, y por lo tanto imitar al Padre, en la perfección del Padre, “ser perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto”, pero como eso no se puede imitar desde afuera sino desde dentro de la vinculación amorosa con el Padre, más que una ley es un permiso que se nos da, podemos ser perfectos, porque nuestro Padre, el que nos engendra es perfecto, el que nos comunica la vida es perfecto.

Y por eso en la lección central del Sermón de la Montaña Nuestro Señor Jesucristo nos dice “pero ustedes no obren su justicia de hijos de cara a los hombres, pensando lo que van a decir de ustedes los hombres, si los van a alabar, si los van a vituperar, si los van a aplaudir o los van a perseguir, no, ustedes vivan de cara al Padre”, Nuestro Señor Jesucristo nos invita a que el “tú” principal de nuestra vida sea el Padre.

Misteriosamente, paradójicamente, viviendo de cara al Padre es como iluminamos el mundo, si nos ponemos de cara al mundo nos dominan las tinieblas del mundo y no pasa la luz de Dios a través de nosotros, y por lo tanto nos dice Nuestro Señor Jesucristo: cuando ustedes haban misericordia, cuando den limosna, no anden buscando que los hombres vean su bondad, ustedes ocúltense al hacer misericordia y el Padre les enseñará a ser misericordioso como Él lo es, porque su misericordia tiene necesidad de purificación.

La misericordia, sino es la misericordia de los hijos, va a ser la misericordia de los hombres pecadores heridos por el pecado original, que siempre va infusionada de alguna mescla del propio interés o de temor por si mismo al ver la debilidad de aquel a quien se va a ayudar, a veces uno puede tener tal terror a los pobres que quiera que los pobres no existan o también puede suceder que hacemos misericordia con unos siendo injustos con otros, que le quitamos a uno lo que le estamos dando al otro. Nuestra misericordia debe ser LA del Padre, y ¿cómo la podemos recibir sino es viviendo de cara al Padre?, si vivís de cara al Padre, Él os dará de sí, hay traducciones que dicen “os premiará” es una mala traducción del griego, lo correcto es “os dará de sí”, no me va a dar una cosa distinta de lo que el Padre es, me va a dar del Padre mismo, me va a dar de su misma misericordia, de su vida.

En el centro de esta tercera lección está el Padrenuestro, en el Padrenuestro que es el corazón del Sermón de la Montaña Nuestro Señor Jesucristo, después de habernos hablado acerca del Padre, nos pone directamente ahora a hablar con el Padre, y a hablar con el Padre desde los deseos de un corazón de hijo; el Padrenuestro quiere enseñarnos deseos de hijo para poderlos expresar al Padre, tenemos que recibir del Padre también lo que deseamos, Él nos ha dado el deseo para que deseemos lo que Él desea.

¿Y qué le pedimos?, que el sea conocido, que su nombre sea santificado por todos, que la vida filial venga a todos los hombres, que su reino se instale en toda la humanidad, son los deseos del corazón de hijo, que todos te conozcan, que todos vivan como hijos, que todos hagan tu voluntad así en el cielo como en la tierra, esta es la civilización del amor que anhela el corazón de los hijos, que venga el reino del Padre así en el cielo como en la tierra, que se haga la voluntad del Padre, no hay un atajo para lograr la civilización del amor sobre la tierra que no pase por este deseo de los hijos que le ruegan al Padre que Él lo realice.

Después vienen las peticiones para nosotros porque sabemos que estamos en peligro, por que sabemos que nuestro ser filial necesita ser alimentado por el cuerpo y la sangre del Hijo, danos hoy nuestro pan de cada día, el Pan de la Eucaristía, el Pan de tu Palabra, el Pan de tu Espíritu Santo que nos hace hijos, danos también tus consuelos divinos, manifiéstate a nosotros, danos te a conocer Padre para que te conozcamos como hijos.

Y perdona nuestras ofensas, las nuestras, las que más te duelen, las de tus hijos, nuestras desconfianzas, nuestros pecados, nuestras reticencias, nuestros miedos, ¿cómo es posible que tengamos miedo al Padre?, y sin embargo Padre –hoy en día– que poco se habla de ti, a veces que poco incluso en las predicaciones de algunas confesiones cristianas pero también en la Iglesia católica, a veces tú pasas a un segundo plano, se habla de tu Hijo Jesucristo, a veces como Cristo o como Jesús, incluso como el Señor, pero sin poner de relieve de que es el Hijo que nos manifiesta al Padre.

Perdónanos estas ofensas Padre de vivir de espaldas a ti y no conocerte lo suficiente, de no nombrarte, de no anunciarte a los hombres como la Vida, como la fuente de la vida. Y, no nos dejes entrar en la tentación saliendo de la condición de hijos, porque nos acecha el malo líbranos de el.

Estos son los deseos filiales que se nos enseña son lo que tenemos, pero ahora de tú a Tú con el Padre, ¡qué maravilla!, hemos sido introducidos, iniciados en el dialogo con el Padre, queridos hijos, y ahora podemos pedir como dice en el Sermón: pedid y recibiréis, todo lo que pedís como hijos el Padre os lo va a conceder, todo lo que pedís como hijos... ¡pedid la civilización del amor!, claro que si, pedidla, desearla, llorar sobre Jerusalén como el Hijo lloró sobre Jerusalén.

Si conocieras el don de Dios, si esta ciudad conociera el don de Dios, lo que le está prometido, lo que le está ofrecido...

Si nuestra madre Eva pecó por quererse apoderar del amor antes de que el amor le fuera ofrecido y dado, si quiso arrebatar el amor al margen de la libertad divina que iba a donárselo cuando Dios quisiera, en el momento oportuno y predeterminado en su designio eterno, si Eva pecó así,, sus hijos ahora pecamos por menosprecio de un amor que se nos ofrece.

Desde el árbol de la cruz, el fruto del amor de Dios, el cuerpo del amor divino para alimentar nuestro amor filial nos está ofrecido, con que indiferencia lo tratamos.

San Francisco decía llorando, saliendo de una iglesia, “el amor no es amado”, estas palabras me lo recordaba recientemente un amigo comentando estos temas, el amor no es amado, el Padre no es amado, la oferta del amor divino es menospreciada, se da vuelta la cara a la mano tendida... como decía San Pablo, “dejaos reconciliar, yo soy ministro de la reconciliación, Dios viene a vosotros como un suplicante a que os reconciliéis con Él”, y queridos hermanos esta sociedad de la acedia está ireconciliada, es indiferente ante Dios con una indiferencia que esconde el miedo, que esconde la aversión, la incapacidad de darse en Dios, la tristeza y al fin el odio.

Los mártires del siglo pasado en México, en España, en Rusia y en tantos otros lados me asombran –queridos hermanos– porque muchísimos de ellos murieron gritando “¡Viva Cristo Rey!”.

Si yo hubiera pensado lo que voy a gritar cuando me maten, posiblemente gritaría no me maten, y esto que gritaron nuestros mártires no era una consigna, no era algo que llevaban al martirio para que en el momento de estar frente al pelotón de fusilamiento pudieran decirlo, sino que era algo que yo pienso que ellos mismos se sorprendían al sentir brotar de sus labios esas palabras, porque eran dadas por Dios, no eran una consigna ni social ni de la Acción Católica, ni un propósito propio, sino que era algo que el Espíritu Santo gritó a los perseguidores por la voz de los mártires para conversión de los perseguidores, les grito que Cristo es Rey en la muerte de los suyos, que él reina en esos corazones que llegan hasta la muerte, esa es la civilización del amor y está construida, y sigue siendo construida, con esos mártires, ciento cuarenta mil cristianos por año, ciento cuarenta mil católicos por año, dan su vida por Cristo en situaciones de martirio, uno cada cinco minutos, así se está construyendo la civilización del amor sobre la tierra, y de ese reino que se construye con piedras vivas que aman a Dios más que a su propia vida, más que a esta vida terrena, porque saben que el Padre les va a dar vida eterna, con esas piedras se construye la civilización del amor, ¡qué maravilla!.

Queridos hermanos, pidamos al Señor ser piedras vivas de esa Jerusalén celeste y con esa petición me despido de ustedes, pidiendo la bendición del Padre, que Dios todopoderoso los bendiga en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, no nos dejes caer en la tentación, en esta civilización de la acedia donde tú nos colocaste, líbranos del malo, del príncipe de la acedia, Amén.

IV- El demonio de la acedia: 12. Lucha y victoria sobre la acedia

Autor: P. Horacio Bojorge 

La Acedia es una tristeza por el bien, por los bienes últimos, es tristeza por el bien de Dios. Es una incapacidad de alegrarse con Dios y en Dios. Nuestra cultura está impregnada de Acedia.

A lo largo de nuestros encuentros en que nos hemos ido ocupando de este fenómeno, hemos ido apreciando la importancia que tiene y como y como ignorar la acedia es ignorar un aspecto esencial del mensaje cristiano, de la revelación de Dios, de la revelación cristiana.

En este espacio nos vamos a ocupar por lo tanto de la lucha que implica la acedia para el hombre creyente, la lucha espiritual, que a comenzado con Cristo pero sigue empeñándose con la Iglesia a lo largo de los siglos, y la victoria sobre la acedia que Nuestro Señor Jesucristo nos promete y nos asegura si permanecemos fieles a Él y lo seguimos.

Victoria que es el triunfo del amor sobre el desamor, porque, hemos visto al comienzo de esta serie, que la acedia es el pecado contra la caridad.

Recordemos como el Catecismo de la Iglesia Católica enumeraba los pecados contra la caridad diciendo que eran: indiferencia, ingratitud, tibieza, acedia y odio a Dios.

Y decíamos que, en el fondo, todos ellos se reducen a la acedia o son distintas formas de la acedia, son defectos del amor.

1.- La indiferencia ante el que nos ama;
2.- La ingratitud ante el que nos ama;
3.- La tibieza en el amor al que nos ama; o
4.- El odio al que nos ama.

Son todas formas de la debilidad del conocimiento del bien, o de confundir el bien con el mal. Esa es la acedia.

Pero esta descripciones teóricas que hemos hecho nos pueden hacer olvidar o perder de vista que estos son fenómenos personales, que lo que está en juego aquí es la lucha entre el creador y la creatura libre que puede rebelarse contra el creador, y Satanás es eso, el demonio es eso, es un ángel de luz que se revela contra Dios y dice no serviré, que considera que Dios es malo, y que por lo tanto trata de destruir la obra creadora de Dios, especialmente destruir al ser humano, al varón y a la mujer, abolir la obra de Dios.

Ya en el comienzo de la Sagrada Escritura aparece esta lucha. Dios, en el primer acto de la creación del Paraíso, crea al barón y a la mujer, los destina a un destino glorioso, a gobernar todas las cosas, a entregarle el mundo como regalo de bodas... y en el segundo acto aparece inmediatamente la serpiente oponiéndose a este plan de Dios y tratando de destruirlo, trata de abolir el plan, pero no sólo el plan, sino de abolir al varón como varón, y a la mujer como mujer.

Y logra, parece, en un tercer acto vemos las penas de lo que ha logrado ese ataque demoníaco intentando abolir al varón y a la mujer, y por lo tanto su amor, y su descendencia, y gobierna una humanidad amorosa de Dios sobre las criaturas, participando en el gobierno de la Divina Providencia.

Esa lucha está entablada, en esa lucha llegamos hasta nuestros tiempos, pero ha habido un acto nuevo que es el de la encarnación del Verbo, en el que el Verbo ha venido para remediar y para desarticular ese esfuerzo de demolición de las fuerzas demoníacas. 

Nuestro Señor Jesucristo en su última cena, cuando está por despedirse de sus discípulos rumbo a la pasión, les dice:

Yo no estoy solo porque el Padre está conmigo. Estas cosas las he hablado con ustedes para que tengáis paz. En el mundo tendréis tribulación, pero ¡confiad! yo he vencido al mundo.

Jesús nos anuncia que tendremos tribulaciones en este mundo, no podemos ilusionarnos los cristianos, no es el discípulo mayor que su maestro, anuncia Jesús en otro pasaje del Evangelio, “sí a mi me han perseguido, a vosotros os perseguirán”, “el que a vosotros desprecia, a mi me desprecia, y el que me desprecia a mí desprecia a aquel que me envió”, estamos en esa comunión con el Padre y con el Hijo y por lo tanto “si por eso queréis matarme –va a decir Jesús– es porque no conocéis al Padre”. Y por lo tanto, la oposición a Cristo, la oposición en el martirio, es consecuencia de esta lucha que está entablada.

Jesús nos anuncia la lucha pero nos anuncia la victoria, y es a esto a lo que quería dedicar con ustedes este tiempo, leyendo algunos textos de la Sagrada Escritura que nos iluminan sobre esto.

Otro texto de la victoria, en la primera carta de Juan, en el capítulo V, dice:

Porque este es el amor de Dios que guardemos sus mandamientos. Y sus mandamientos no son pesados. (1 Jn 5, 3)

Claro, para los hijos no son pesados los mandamientos del Padre, porque si amamos al Padre hacer su voluntad no es pesado, el amor hace liviano inclusive aquello que para otros puede parecer imposible, el amor facilita todas las cosas, y continúa San Juan:

Porque todo –todo hijo de Dios– el que ha nacido de Dios vence al mundo (1 Jn 5, 4)

El Hijo de Dios vence al mundo, Cristo ha vencido al mundo, y nosotros participamos en esa victoria si vivimos como hijos.

Y esta es la victoria que venció al mundo, nuestra fe.(1 Jn 5, 4).

¡Qué profundidad la de este texto, queridos hermanos!, hay que dejar que este texto ilumine nuestra vida, nuestra fe nos da la victoria sobre el mundo, no nos la da acciones exteriores, podemos aparecer como derrotados ante el mundo por mantenernos creyentes y vivir nuestra fe, como los mártires parecieron quizás débiles o vencidos ante el mundo pero fueron vencedores porque mantuvieron su fe hasta el final.

Esta es la visión que Cristo tiene acerca de la victoria, hay una revelación acerca de nuestra lucha, de las características de nuestra lucha, de la naturaleza teológica, religiosa, de nuestra lucha, y de cual es también la victoria que se nos promete, si nosotros permanecemos creyentes hasta el fin vencemos al mundo, el mundo no ha podido nada en nosotros.

Cuando más el mundo parece poderoso ante nosotros, cada uno de nosotros puede experimentar y decirse pero a mí no me ha vencido, ¿como es posible que un mundo tan poderoso, ante el cual sucumben tantos que yo he conocido, incluso sacerdotes o gente que parecía santa y ha sucumbido ante el mundo, qué pasa conmigo que no he sucumbido?, ¿a qué se debe esta victoria de la gracia en mí, que yo experimento como algo superior a mis fuerzas porque soy bien consciente de mi debilidad?.

Nuestra lucha, queridos hermanos, nos la explica San Pablo en la carta a los efesios, en el capítulo VI, versículo 10 y siguientes, diciéndonos, exhortándonos a que nos fortalezcamos en el Señor, en su ejemplo, en la comunión con Él, diciendo:

Por lo demás, confortaos en el Señor y en el poder de su fuerza. (Efesios 6, 10)

Fíjense en la redundancia esta: la fuerza nos viene del Señor, y continúa:

Revestidos de la armadura de Dios –como los antiguos soldados que se revestían para el combate con una armadura–, para que podáis sosteneros ante las asechanzas del diablo.(Efesios 6, 11)

¿Cómo?, ¿acechanzas del diablo?, ¿vamos a luchar contra el diablo?, sí, nos dice Pablo, y nos explica:

Porque nuestra lucha no es contra no es contra carne y sangre. (Efesios 6, 12)

Es decir no es contra seres humanos, podrán parecer pero son servidores de una fuerza superior que los mueve y que de pronto ellos mismos ignoran.

Sino que nuestra lucha es contra los principados, las potestades, los poderes de las tinieblas de este mundo y de este siglo (Efesios 6, 12)

Es decir los ángeles caídos, el príncipe de este mundo que lo maneja. Claro porque el demonio en el Paraíso se anotó una victoria que fue hacer que nuestros primeros padres pecaran y que todos nosotros naciéramos con el pecado original, por lo tanto los hombres pecadores, que nacen con el pecado original, ya desde Babel, desde esa ciudad que se quiere levantar hasta alcanzar a Dios y usurpar el poder divino, está herida por el pecado original, y por lo tanto nuestra lucha es contra esos hombres carnales que no han sido redimidos, que no conocen el amor de Dios, y que se oponen al amor de Dios movidos por el espíritu de acedia que los hace considerarnos malos.

Nuestra lucha no es contra ellos, es contra los poderes de las tinieblas, y entonces nos exhorta San Pablo a:

Por eso, tomen la armadura de Dios para que puedan oponer resistencia en el día malo –y, así, prevenidos con todos los aprestos de un militar–,y sosténganse firmes en esta lucha.
Pónganse de pie, ceñidos vuestros lomos con la verdad, revestidos con la coraza de la justicia, calzados los pies con la preparación pronta para el evangelio de la paz, embrazando en todas ocasiones el escudo de la fe, con que podéis apagar todos los dardos encendidos del malvado.
Tomad también el yelmo de la salvación, la espada del Espíritu Santo, que es la palabra de Dios; siempre en oración y súplica.
En todo tiempo en el Espíritu, y para ello velando con toda perseverancia y súplica.
(Efesios 6, 13-18)

Claramente aquí Pablo nos pone que nuestro enemigo principal es el príncipe de este mundo, es el demonio, pero nosotros luchamos con el Espíritu Santo. Todas esas alegorías que hace Pablo, esas corazas, son las obras del Espíritu Santo, el Espíritu Santo nos fortalece, él es el gozo del Señor en nuestra fortaleza en este combate.

Pero nuestro combate –nos dice la tradición cristiana– es contra el príncipe de este mundo en primer lugar, pero el príncipe de este mundo organiza a los hombres que le pertenecen, a la raza de serpientes que dice Nuestro Señor Jesucristo, a los hijos de Satanás; los organiza en lo que la Escritura llama el mundo, la sociedad perversa, la Babilonia.

San Agustín va a hablar de que existen en la historia dos ciudades, la Babilonia y la Jerusalén, la Jerusalén es la Iglesia, es la que ama a Dios y aborrece el mundo y la Babilonia es la que ama el mundo y aborrece a Dios. Nosotros pertenecemos a la Jerusalén celestial, queremos pertenecer a ella, estamos en lucha con la Babilonia.

Pero también, en ultimo lugar, nuestro enemigo es nuestra propia carne herida por el pecado original, de modo que nosotros luchamos contra la carne, contra el mundo y contra el príncipe de este mundo.

La lucha contra la carne nos la explica San Pablo principalmente en el capítulo VII de la carta a los romanos, donde habla de esa lucha que experimenta el hombre en si mismo:

Porqie se que no habita en mi el bien –quiere decir la carne, la carne para San Pablo es el hombre herido por el pecado original y todavía no sanado por la gracia–, quiere decir, en mi carne cosa buena; porque querer el bien lo tengo a mano, pero el poner en obra lo bueno no. (Romanos 7,18)

Conozco los valores, pero me falta la virtud para ponerlo en práctica.

Porque no es el bien que quiero lo que hago, antes el mal que no quiero es lo que obro.(Romanos 7, 19)

Quiero hacer el bien y obror el mal, se que obro el mal y no me puedo corregir. Los adictos sí podrán comprender esta ley que tienen en su corazón, quisieran dejar la adicción y no logran salir de ella porque se ha convertido como en una cárcel, eso es la prisión de la carne, de eso nos tiene que librar el Señor también, del desorden de nuestras pasiones que nos quitan la libertad y nos hace adictos al mal, a un mal que reconocemos pero que no podemos zafar. 

Esa es la lucha contra la carne, también sobre eso el Señor nos asegura la victoria, dice San Pablo al final del capítulo VIII, precisamente después de hablar de la vida en el espíritu y la libertad de los hijos de Dios, animando a los cristianos a esta lucha, diciendo:

¿Qué diremos pues a estas cosas? Si Dios está por nosotros, ¿quién contra nosotros? Aquel que a su propio hijo no le perdonó, sino que que por nosotros lo entregó. (Romanos 8, 31-32)

Como no juntamente con el nos dará la gracia en todas las cosas. Un mensaje hermoso para quienes están sufriendo la adicción, no deben bajar los brazos, deben acercarse al Cristo victorioso para participar en su victoria.

¿Quien presentará acusación contra los elegidos de Dios? Dios es quien justifica ¿Quién será el que condene?.
¿Acaso Cristo Jesús, el que murió; o más bien el que resucitó, quien así mismo esta a la diestra de Dios e intercede por nosotros? 
(Romanos 8, 33-34)

¿Quién nos apartará de este amor de Cristo?, el espíritu de la acedia es quien nos quiere apartar de Cristo, la tribulación de las persecuciones, la angustia, el hambre, desnudez, el peligro, la espada, las carencias humanas. Según está escrito:

Por tu causa somos matados todo el día. (Romanos 8, 36) 
En todas estas cosas –dice Pablo, y esta es la frase que culmina todo esto–, soberanamente vencemos por obra de aquél que nos amo. (Romanos 8, 37)

Aquí esta la victoria, después de hacer la enumeración de las cosas que pueden erosionar nuestro amor a Dios y frenarnos en el camino que vamos corriendo hacia el amor de Dios que nos alcanzó primero, en todas estas cosas el Cristiano súper vence.

En griego usa una expresión muy fuerte hypernicomen súper vencemos por aquel que nos amó.

Acá tenemos entonces la victoria sobre la carne, la victoria sobre el mundo, la victoria sobre Satanás.

Otro texto que quiero comentar con ustedes, es el de la carta a los gálatas, capítulo 5, que nos explica muy bien la causa de la acedia y la naturaleza de esta lucha que se entabla en nosotros, que tenemos entablada también a nivel de nuestra carne, pero que podemos ver después entablada en el mundo y dirigida, teledirigida, por el príncipe de este mundo.

En el capítulo V de la carta a los gálatas San Pablo nos dice:

Vosotros fuisteis llamados a la libertad hermanos, sólo que no toméis esa libertad –la libertad de ser hijos para hacer la voluntad del Padre– como pretexto para soltar las riendas a la carne –es decir a las pasiones–. Sino que por la caridad –por el amor al Padre– haceros servidores los unos de los otros –servirnos como hermanos en el camino al Padre–.Porque la ley entera condensa su plenitud en una sola palabra: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. 
Pero si los unos a los otros os mordéis y devoráis, mirad no os aniquiléis los unos a los otros.
 (Gálatas 5, 13-15)

Este es el escándalo de la división entre los cristianos que se debe a una debilidad en su espíritu filial, ¿por qué no nos sentimos y vivimos como hermanos?, ¿por qué no vivimos con intensidad nuestro ser hijos?, y muchas veces nos esforzamos en remediar las divisiones tratando de cultivar la fraternidad y eso es inútil, tenemos que tratar de fomentar y cultivar nuestra filialidad, unirnos al Padre como hijos, eso nos une como con redundancia, a los demás como hermanos. Si no estamos unidos todos al Padre, no podemos estar unidos entre nosotros.

La debilidad de la unidad de los cristianos se debe a esa debilidad de su unión amorosa con Dios Padre. Y esto ocurre por la acedia, por la tibieza, por la tibieza del amor al Padre somos tibios en nuestro amor fraterno.

Si los unos a los otros os mordéis... os aniquilaréis. Digo pues, caminad en Espíritu y no daréis satisfacción a las concupiscencias de la carne. (Gálatas 5, 16)

Acá están los dos polos que hay en nosotros a los que se refería San Pablo cuando hablaba de esa lucha que hago el mal que no quiero y no hago el bien que quiero, y continua:

Porque la carne tiene deseos contrarios al Espíritu, y el Espíritu deseos contrarios a la carne.

Este antagonismo entre carne y Espíritu que es una lucha que está dentro de nosotros, porque en nosotros está el pecado original y en nosotros está la gracia luchando uno contra el otro.

Esta oposición entre la carne y el Espíritu nos divide interiormente y explica por lo tanto los momentos de acedia y las tentaciones de acedia que nosotros podemos padecer, la que vimos que padecían los monjes, ,la que vimos que padecían los perseguidores y los perseguidos.

Hay apetitos contrarios de la carne y del Espíritu, el Espíritu ama a Dios y quiere el amor de Dios, y ese amor de Dios muchas veces implica el sacrificio de los apetitos de la carne, implica sufrimiento, el amor sacrifica. El amor sacrifica.

Esta oposición de los deseos de la carne opuestos a los deseos del Espíritu, y los deseos del Espíritu opuestos a los deseos de la carne, son los que explican la posibilidad de que el demonio intervenga en nosotros, oponiendo precisamente nuestros buenos deseos espirituales, oponiéndoles la rebeldía de nuestra carne, la rebelión de la carne, como vimos que sucedía en la acedia en los monasterios.

Para terminar este espacio, veamos un poco lo que nos dice San Pablo acerca de las obras de la carne y los frutos del Espíritu. Fíjense que va a oponer obras de carne –por que son obras nuestras– y frutos del Espíritu porque son lo que la gracia produce en nosotros como un fruto, como un fruto espiritual, fructifica en nosotros la vida divina. No son obras nuestras, son obras que recibimos. Son nuestras pero las recibimos del Padre.

Dice Pablo: Si os dejáis llevar por el Espíritu no estáis bajo la presión de la ley. Porque son patentes las obras de la carne: fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, enemistades, contiendas –discusiones, riñas, divisiones–, envidias, furores –ira–, provocaciones, maltrato, banderías –partidos, sectas, separaciones de personas–, homicidios –se puede matar de hecho o de palabra–, borracheras, adicciones, comilonas y cosas semejantes a estas, sobre cuales os prevengo, como yo os previne que los que tales obras hacen no entrarán en el Reino de Dios. (Gálatas 5, 18-21)

Es decir no serán hijos, los que hacen estas cosas no viven como hijos, el Reino de Dios es la condición filial misma, es ser hijo, el que obra estas cosas no es hijo.

Pero los frutos del Espíritu son: caridad, gozo, paz, paciencia –longanimidad–, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, continencia. Frente a tales cosas no tiene objeto la ley.(Gálatas 5, 22-23)

Y en todas estas cosas vencemos por aquel que nos amó.

Hasta el próximo espacio en que nos despediremos de esta serie dedicada al demonio de la acedia.

IV- El demonio de la acedia: 11. Causas y Remedios al mal de la Acedia

Autor: P. Horacio Bojorge 

La Acedia es una tristeza por el bien, por los bienes últimos, es tristeza por el bien de Dios. Es una incapacidad de alegrarse con Dios y en Dios. Nuestra cultura está impregnada de Acedia.

Hoy nos toca ocuparnos, en este capítulo 11 de esta serie, de las causas y los remedios para este mal de la acedia que es un mal espiritual, que se manifiesta en males morales y hasta físicos, pero cuya raíz es espiritual.

Los profetas Jeremías e Isaías nos han enseñado, como vimos en uno de los espacios anteriores, lo que es la acedia como ceguera para el bien o como confusión del bien y el mal, tomar el mal por bien y el bien por mal.

La acedia, como ceguera, se encuentra más bien situada como un fenómeno de la inteligencia, es una ignorancia, no se conoce el bien, se es ciego para el bien, y es consecuencia por lo tanto del pecado original.

El pecado original hirió a la naturaleza humana entre otras cosas con la ignorancia, principalmente con la ignorancia acerca de Dios, y eso permitió que Eva, por ejemplo, tomara a Dios por malo según la sugerencia que la serpiente le hacía de que Dios era egoísta y que no quería darles del fruto del árbol del amor de Dios, el árbol del conocimiento del bien y del mal, y que pensando que Dios no se lo daría se adelantó en querer tomarlo ella, por ignorancia.

La consecuencia del pecado original, en el comienzo, fue esa ignorancia acerca de los designios divinos que eran el darle –al ser humano– el fruto del amor, del árbol del amor divino que es la Santa Cruz, donde se daba el amor de Dios, como el amor del Hijo, para todos nosotros en forma eximia, maravillosa, casi asombrosa, y hasta atemorizante por ese adelanto, ese atropello del amor de Dios que viene a buscarnos y que puede hacernos vacilar. 

Esa ignorancia es causa de la acedia, no se conoce el bien de Dios, se está ciego para el bien de Dios, no se conocen tampoco los caminos de Dios, se ignoran los caminos de Dios en esta revelación histórica y se busca a Dios por otros caminos por los cuales el hombre no lo puede alcanzar, por ejemplo los caminos psicológicos, los caminos del sentimiento, los caminos de la imaginación, los caminos puramente naturales, de las potencias naturales del hombre.

Las potencias naturales del hombre nunca pueden llegar al conocimiento de Dios sin una revelación divina en la historia, y Él eligió revelársenos en forma aprensible para nuestra condición humana, en forma de hombre, para que pudiéramos conocer el amor de Dios hecho hombre, lo hemos conocido en Nuestro Señor Jesucristo, es la fe en Nuestro Señor Jesucristo la que nos pone en conocimiento ahora del amor de Dios y del bien de Dios.

Dudar del amor de Dios es un efecto de la acedia, es una raíz de la acedia, por lo tanto es una falta de percepción, una apercepción de Dios, del bien divino.

Pero también se puede tomar el mal por bien y el bien por mal, existieron contemporáneos de Nuestro Señor Jesucristo y a lo largo de toda la historia han existido muchos que han pensado que la revelación de Jesucristo era una mentira, era una mal. Otros han pensado que su doctrina era un daño para la madurez del hombre o para el bien social, o el bien de la cultura o el bien de la historia, que era necesario emanciparse de esta fe en Jesucristo y emancipar a los hombres de esta fe en Jesucristo para alcanzar el bien.

Otros han querido aceptar solamente lo que el hombre puede alcanzar por medio de la razón y negarse a toda otra fuente de conocimiento que fuera la razón, desconociendo que la razón es limitada y que una razón que no conoce sus propias limitaciones es irracional.

Por lo tanto allí tenemos otra consecuencia de esta ignorancia que es una de las raíces de la acedia, uno de los motivos –en la naturaleza caída por el pecado original- del mal de acedia en el hombre.

La acedia se presenta como una corrupción de la inteligencia, pero si bien miramos, esta corrupción de la inteligencia tiene a su vez su raíz en una corrupción de los apetitos. Hay, a consecuencia del pecado original, una corrupción de los apetitos del hombre, de modo que el apetito de los bienes se desordena y no obedece a la razón, y puede incidir en que la razón se distraiga de los verdaderos bienes y quede la inteligencia limitada a la consideración de algunos bienes solamente, de los bienes creados, apartándose de la consideración de los bienes divinos, ya sea por ignorancia, ya sea por distracción.

Esas son las causas que hay en las potencias humanas para que el hombre pierda de vista el bien divino, se entretenga o se distraiga con los bienes creados o simplemente no piense en los bienes divinos o los ignore.

Pero hay una circulación entre los apetitos del hombre, desordenados por el pecado original, y también la herida en la inteligencia del hombre, que es la ignorancia acerca de los bienes verdaderos, de los bienes divinos.

De estas cosas nos habla también la Sagrada Escritura, San Pablo nos da en la carta a los Gálatas en el capítulo V una enseñanza que nos permite comprender este conflicto que hay en el hombre entre sus potencias, las potencias intelectuales y espirituales y las potencias sensibles, las potencias que están más próximas a su naturaleza instintiva, a su naturaleza pasional.

Dice San Pablo en la carta a los Gálatas, en el capítulo V, versículos 16 y 17:

Si vivís según el Espíritu, [como hijos de Dios, en el Espíritu Santo, conociendo al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Vivir en el Espíritu en Pablo es vivir según la fe, es vivir como discípulo de Cristo aceptando la revelación histórica].
Si vivís según el Espíritu, [como hijos de cara al Padre, según ese Espíritu que nos enseña a decir “Abba Padre”], no daréis satisfacción a las apetencias de la carne [a los apetitos desordenados de la carne]. Pues la carne tiene apetencias contrarias al espíritu, y el espíritu contrarias a la carne [los apetitos del Espíritu son Dios, las cosas santas, la eternidad; los apetitos de la carne son las cosas de este mundo, los bienes terrenos y perecibles]. Porque los apetitos de la carne y los apetitos del espíritu son antagónicos entre sí, de forma que no hacéis lo que quisierais [nuestro espíritu desea una cosa, pero los apetitos de la carne lo distraen de esos deseos espirituales].

Nuestros apetitos se clasifican, se especifican, por objeto del apetito. Hay un apetito de la comida, un apetito de sexo, un apetito de las cosas santas, también un apetito del espíritu, un apetito de ser amado, un apetito de amor.

Los apetitos de los bienes son aquellas cosas que nos llevan a los bienes, y cada uno se especifica por el bien al que se refiere.

Los dos apetitos de los que nos habla aquí San Pablo son antagónicos porque tienen objetos contrarios, unos son los objetos espirituales, santos y eternos, y otros son los objetos perecederos de esta vida. Nosotros estamos naturalmente en esta historia y necesitamos esos apetitos y dirigirlos con nuestra inteligencia.

Esos dos amores opuestos los encontramos también, expresados de una forma algo diferente, en la Primera Carta de San Juan, donde en el capítulo II, versículos 15 al 16, San Juan nos dice:

Hijitos míos, no améis al mundo ni lo que hay en el mundo. Si alguien ama al mundo, el amor del Padre no está en él [son dos amores antagónicos, no se puede amar al Padre y amar al mundo. El mundo es la organización social y la civilización que crean los hombres que están sumergidos en la ignorancia de Dios, en el pecado, incluso en el rechazo de la revelación histórica del Hijo. El amor del Padre, entonces, es incompatible con el amor del mundo, no se puede amar al Padre –que conocemos a través de Nuestro Señor Jesucristo– y amar al mundo que Jesucristo nos ha mostrado como malo, equivocado y ciego para los bienes de Dios. Son amores incompatibles, como los apetitos de Pablo eran incompatibles].
Y sigue San Juan: Todo lo que hay en el mundo –la concupiscencia de la carne [que son los apetitos instintivos], la concupiscencia de los ojos [que son los apetitos más espirituales] y la vanagloria de la riqueza– [o la soberbia de la vida] no viene del Padre sino del mundo.

¿Y que es lo que nos puede orientar en la elección entre un apetito y otro?, ¿por qué no podemos amar al uno y al otro?, nos lo explica inmediatamente San Juan a continuación diciendo:

Porque el mundo y sus concupiscencias pasan, pero quien cumple la voluntad de Dios permanece para siempre. Hay que elegir entre lo perecedero y lo eterno, esa es la elección ante la cual nos pone el orden de la caridad.

Tenemos que elegir lo eterno, lo que no pasa, todo lo perecedero pasa. San Pablo va a decir que el que vive para la carne muere con la carne, en cambio quien vive para el Espíritu vivirá eternamente, es una elección entre lo transitorio, lo fugas, lo temporal puramente, lo intraterreno, y esta otra dimensión que, sin arrebatarnos de la tierra ni del tiempo, no coloca en ella en plena verdad, poniéndolo a la luz de la verdad.

La acedia tiene, por lo tanto, como fundamento este conflicto de los amores, este conflicto de las pasiones que tiene su raíz en el desorden del pecado original, que desordenó a las potencias que ya no obedecen a la razón.

En su libro “Cruzando el Umbral de la Esperanza” decía Juan Pablo II, refiriéndose a esta acedia tal como se manifiesta en la cultura, que:

El pecado original es verdaderamente la clave para interpretar la realidad. El pecado original no es tan sólo la violación de una voluntad positiva de Dios [no es solo la desobediencia], sino también, y sobre todo, la motivación que está detrás. La cual tiende a abolir la paternidad de Dios [es decir hay una mirada sobre Dios de ignorancia, que se lo ve como rival, no como Padre no como amoroso].
Poniendo en duda la verdad de Dios que es amor, y dejando la sola conciencia de amo y de esclavo [eso explica que esta cultura mire a Dios no como bueno sino como amo].

Aquí se refiere a la filosofía de Hegel, a la dialéctica del amo y del esclavo, a Dios como rival del hombre y al hombre como rival de Dios, un poco como la visión del mito de Prometeo, que Prometeo tenía que robarle el fuego a unos dioses avaros.

Así el Señor aparece como celoso de su poder sobre el mundo y sobre el hombre, en consecuencia el hombre se siente inducido a la lucha contra Dios [lo ve como un enemigo a Dios, por eso le teme].

Y este mismo sentimiento contradictorio en el hombre, en el ser humano, entre una atracción –por un lado– hacia Dios y un temor hacia Dios, la afirma el historiador de las religiones Mircea Eliade diciendo que hay en el hombre una fascinación hacia Dios y al mismo tiempo hay como un temor de Dios.

Temor que no es el temor bíblico de Dios, el temor bíblico de Dios es el respeto, sino un miedo a Dios, como posiblemente amenazador y malo, como algo que amenaza a una parte de mi ser.

A esto se refiere San Juan también con su sabiduría, en su primera carta, en el capítulo IV, versículo 18, donde nos dice: El amor perfecto exorciza el miedo. La caridad perfecta que es la caridad filial, cuando conocemos a Dios como Padre, como el Padre de Nuestro Señor Jesucristo, y cuando participamos nosotros en el amor de Cristo, eso exorciza el miedo, exorciza la acedia, lo que nos hace ver a Dios como malo. Acá tenemos, entonces, la confirmación de que este fenómeno de la acedia es un fenómeno demoníaco un fenómeno diabólico.

Cuando se pregunta sobre los remedios para la acedia puede haber dos pre-comprensiones acerca de lo que es un remedio, que parten de dos visiones del hecho cristiano: Habrá que pensar en remediar la acedia o habrá que pensar, más bien, en cultivar y preservar la gracia de la caridad allí Dios la ha puesto y nos ha encargado cultivarla.

El mejor remedio es conservar la salud, así el mejor remedio contra la acedia es conservar la gracia y por lo tanto ser fieles a la gracia. Es lo que Nuestro Señor Jesucristo nos dice: “Permaneced en mi amor, yo os he dado ya el don del amor, permaneced en ese don”, lo habéis encontrado, hay que ser fieles a la gracia primera.

En eso está toda la vida cristiana, y en el permanecer fieles a la gracia primera está también la posibilidad de que Dios siga obrando en nosotros para concedernos los bienes que vienen, que no son tampoco fruto de nuestro esfuerzo, sino que son dados por nuestra fidelidad a la gracia primera, el permanecer fieles a lo que Él comenzó a hacer permite que Dios siga actuando en nosotros.

En la otra visión, parece como que Dios ha hecho algo en nosotros y nos ha largado a caminar por nuestra cuenta y todo dependería ahora de nuestro esfuerzo.

Dependería de nuestro esfuerzo el sanarnos de una acedia que nos ha sucedido en el camino como una especie de episodio.

Pienso que en la primera visión nos mantenemos en el gozo inicial, y que la segunda visión, puede ser –sin que lo advirtamos– muchas veces causada por una acedia que se extiende entre los creyentes y crece porque se pierde de vista el gozo de la obra divina realizada en nosotros, el gozo de la salvación, que es lo que debemos celebrar en nuestro culto.

Nos ocupamos ahora de pensar un poco sobre los remedios para la acedia. Una parte del remedio del mal está en conocer el mal, el Arcipreste Alfonso Martínez de Toledo, el Arcipreste de Talavera allá por el siglo XV, que el bien no seria sentido si el mal no fuese conocido, porque alguien puede decir “bueno, pero esta extensa disertación del mal de la acedia, ¿no es algo negativo, algo un poco pesimista, hablar tanto del mal?”, yo creo que la sabiduría del Arcipreste nos dice que ocuparse del mal nos permite conocer el bien y nos permite sobre todo defender el bien contra el mal que lo ataca.

Y ya, como sucede en psicología, conocer el mal espiritual que afecta a una persona, es ya parte de la curación. Un buen diagnostico es la mitad del tratamiento, conocer bien el mal es ya un principio para darle remedio.

Y los Santos Padres, que lo conocían bien, nos dan el remedio de la acedia diciendo que para conocer la bondad de Dios, y defenderse de la acusación contra Dios, hay que reconocer los bienes concretos que hemos recibido del Señor, y por lo tanto hay contemplar los bienes, los bienes particulares de creación, de salvación personal, lo que nos ha dado nuestra vida espiritual, la gracia que hemos recibido en los sacramentos, lo que hemos recibido –también- de las personas creyentes, todo el bien que hemos recibido en la Iglesia, pero también el bien que Cristo ha hecho históricamente, y por eso la Santa Madre Iglesia nos recuerda –con el año y el ciclo litúrgico– una y otra vez la revelación histórica de Dios, los misterios de su revelación en la historia.

Volver a recordar la encarnación del Verbo, su nacimiento, su Pasión y Muerte, su Resurrección, la contemplación de estos misterios, y la gratitud por estos misterios que la Iglesia celebra es un remedio contra la acedia, lo mismo que la contemplación de las gracias personales.

Pero no bastan los remedios individuales que apuntan a las personas, hemos dicho ya en esta serie, que la acedia es un mal de la cultura, que hay una civilización de la acedia, una civilización de la acedia que enseña que Dios es malo, que la religión es mala, que la revelación histórica es falsa o dañosa, y que eso lo hace, en las cátedras académicas o populares, de muchas maneras.

Vivimos en una sociedad que tiene sus resortes ya armados para rechazar la fe, la vida cristiana, la Iglesia, con calumnias muchas veces, con persecuciones violentas o solapadas.

Por lo tanto, para remediar la acedia también tenemos que pensar en que este mal también tiene que ser tomado en cuenta en la dirección espiritual, tiene que ser tenido en cuenta en la teología pastoral, tiene que ser tenido en cuenta en su carácter demoníaco, también en el envío misionero. Si Nuestro Señor Jesucristo nos envía a predicar, nos envía con poder de expulsar demonios. 

Si no conocemos a aquel demonio que hace que las hace que las almas pueda considerar malo el Dios que nuestro mensaje les presenta, sino conocemos ese demonio, no podemos exorcizarlo, y muchas veces él –como ha sucedido en algunos casos que uno puede conocer– se apodera del mismo evangelizador, lo desanima, lo convence de que ese mensaje del que es portador no es interesante para el mundo de hoy, que debe adaptarlo o transformarlo a la medida de la aceptación de las personas que con acedia rechazan los aspectos de ese mensaje que su mal interior les impide recibir.

La acedia tiene dimensiones de civilización, el remedio de los vicios de una civilización debe investir dimensiones de civilización, es una tarea que excede nuestra capacidad individual, es una tarea –diríamos– de la Iglesia, de los medios que Cristo le ha dejado a la Iglesia, de los sacramentos, de la santidad de la Iglesia.

Hablando del remedio para la civilización de la acedia pensamos espontáneamente en la civilización del amor que vienen reclamando proféticamente los Papas, ellos han intuido –de pronto– que contra una civilización que peca contra el amor el único remedio está en procurar una civilización del amor.

Con esto queridos hermanos hemos tratado de resumir brevemente estas reflexiones, esta doctrina de los Santos Padres acerca de las causas de la acedia y de sus remedios, los esperamos en el próximo episodio, hasta entonces nos despedimos deseándoles la bendición de Dios.

IV- El demonio de la acedia: 10. La acedia y el martirio

Autor: P. Horacio Bojorge

La Acedia es una tristeza por el bien, por los bienes últimos, es tristeza por el bien de Dios. Es una incapacidad de alegrarse con Dios y en Dios. Nuestra cultura está impregnada de Acedia.

Bienvenidos nuevamente a este programa dedicado a estudiar y a comprender el fenómeno demoníaco de la acedia: a este décimo programa en esta serie.

Vamos a tratar ahora del misterio de la acedia (este misterio demoníaco de la acedia) en el contexto del martirio de los cristianos. 

En el contexto del martirio de los cristianos, la reflexión teológica, la reflexión de fe de los mártires, de los santos pastores mártires, que hicieron una teología del martirio porque ellos mismos pasaron por esa experiencia.

Es decir tenemos la doctrina de los santos obispos y mártires y teólogos cristianos que pasaron el martirio y que fueron testigos de la vida de los mártires y que nos dan una enseñanza acerca del martirio como un lugar donde la acedia desempeña un rol que nos permite conocerla muy bien.

Se presenta la acedia 
1) en los perseguidores, 
2) en los perseguidos 
3) y en aquél que –según la experiencia de nuestros maestros en la fe– incita a la persecución de los cristianos y a matar a los cristianos: que es el demonio. 

El príncipe de este mundo. Es el instigador del martirio. Instiga al martirio. 

Es él quien instiga a los perseguidores, trata de acobardar a los mártires y él es quien desea la destrucción de los mártires; desea su apostasía. 

Pero no desea su triunfo aceptando el martirio, de modo que también trata de acobardarlos para el martirio.

Me ocuparé, en primer lugar, de la acedia de los perseguidores. 

Y me parece que hay como una figura arquetípica del perseguidor en el Santo Evangelio que es Herodes. Aquel Herodes que, cuando se entera de que ha nacido el niño Mesías –el Rey de los judíos–, quiere buscarlo para matarlo. 

No se alegra de la venida del Mesías sino que lo ve como un rival posible a su poderío en este mundo, a su reino. Siente que este Dios que viene, este Mesías, davídico, es un competidor en el poder: para él y para su dinastía, para sus sucesores. Lo ve como un peligro y quiere matarlo.

Y noten ustedes que el Mesías era el prometido de Dios. Era el enviado de Dios. Aunque todavía no se conocía su aspecto divino – que Jesús nos va a revelar – pero ya era un oponerse a la obra de Dios por motivos puramente humanos. Hay una acedia en Herodes que le hace ver los planes de Dios como opuestos a su poder terreno.

Esa acedia del perseguidor es la que explica la matanza de los inocentes. 

Es, por lo tanto, como un arquetipo del poderoso que se opone a los planes divinos y que, más tarde, se va a oponer a los hijos de Dios, a los santos, inocentes también –porque los hijos de Dios son inocentes– y va a tratar de destruirlos; de borrarlos de la faz de la tierra; que los va a considerar enemigos de Dios.

No sólo los reyes antiguos, nosotros hemos ido conociendo a lo largo de la historia los ideólogos que se opusieron a Dios y persiguieron a la Iglesia. Hemos conocido a quienes acusaban a la fe de ser el opio del pueblo. 

Y que por lo tanto –para que viniera la sociedad ideal– era necesario que desapareciera de la Tierra el hombre creyente, el hombre de la familia, el hombre de la tradición cristiana.

Era necesario cambiar el sentido común de las personas para que se pudiera instalar sobre la Tierra el orden social perfecto; un orden inmanente y perfecto sobre la Tierra. El principal obstáculo que veían –y ese es un argumento de la acedia– es la fe. Considerar el mal como un bien y el bien como un mal: eso es la acedia, dijimos en otro de los capítulos de esta serie.

Esa acedia la vemos, entonces, reflejada en estas ideologías que acusan a la Iglesia; que se oponen al cuerpo místico de Cristo sobre la Tierra; al cuerpo histórico de Cristo. Que tienen una visión puramente política de la Iglesia y que la consideran un mal que debe ser erradicado de la humanidad. O que, por lo menos, debe ser mantenido alejado de toda interferencia, o de toda posibilidad de influencia política sobre la configuración de la vida humana sobre la Tierra de acuerdo a los principios cristianos. No respetando ni siquiera la posibilidad de que, quienes deseen configurar espacios de vida humana de acuerdo a su fe, puedan hacerlo, dándoles la libertad para ello.

Esta persecución, por lo tanto, no es sólo la persecución sangrienta, sino que tiene muchas formas de persecución que, sin destruir la vida misma, la vida física misma, coartan la libertad de los creyentes para configurar su vida de acuerdo a su fe, y para vivir esta vida terrena de acuerdo a su condición cristiana. Se los considera un mal.

Eso ha sucedido desde los primeros tiempos, desde los emperadores romanos que persiguieron a los cristianos y les dieron pena de muerte. Desde Nerón en adelante. Nerón fue el primero de los emperadores romanos que – para apartar de sí la sospecha de haber sido el causante del incendio de Roma les echó la culpa a los cristianos; y quemó a los primeros cristianos, los arrojó a las fieras. Y emitió un decreto por el cual el ser cristiano era un delito. Un decreto contrario a los principios elementales del derecho romano que no podía juzgar a una persona sino tan sólo por sus hechos, por sus acciones. Aquí, sin haber hecho nada malo, se declaraba que por el solo hecho de ser cristiano debía ser condenado a muerte.

Tenemos aquí entonces el origen de la acedia en los perseguidores, en aquellos que consideraron que los cristianos eran un mal. Nerón declaró que el cristiano era enemigo del género humano, por serlo, simplemente.

Queridos hermanos hemos visto algo sobre la acedia de los perseguidores, veamos ahora algo sobre la acedia de los perseguidos. También en los perseguidos hay la posibilidad de la acedia.

En otro espacio nos hemos referido a la acedia de Pedro ante la Cruz; ante Nuestro Señor Jesucristo, que anunció que iba a morir en cruz. Y Pedro le dice “¡de ninguna manera Señor!”. Y luego, cuando el Señor es aprisionado y llevado a la pasión, Pedro se avergüenza de la Cruz y abandona al Señor. Lo niega. No comprende. Pedro es el primero que sufre la acedia por la persecución, y ve a la Cruz como un mal.

Porque es verdad que el martirio es una gracia. No es un programa. Nadie puede saber “qué es lo que voy a decir cuando me maten”. Va a decir “¡no me maten!”.
En cambio vemos que una pléyade de mártires por ejemplo:

►En las revoluciones marxistas en Rusia, 
►En México en la guerra de los cristeros, en la persecución terrible que hubo en México contra la Iglesia, cuando se destruyó la estatua del Sagrado Corazón de Nuestro Señor Jesucristo, cuando los templos fueron incautados, cuando se persiguió tan violenta, cruel y arbitrariamente a los cristianos, contra todos los derechos humanos se persiguió a los católicos por ser católicos, donde fueron martirizados el Padre Pro, José Luis Sanchez del Río, ese niñito de catorce años que tuvo la gracia del martirio, de morir voluntaria mente y animosamente dando ejemplo de esta gracia del martirio que el Señor concede a su Iglesia. Es una gracia. No es un programa.
►Los mártires de la revolución española, no están tan lejos de nosotros.
►En este momento mismo se ha informado en una reunión en Hungría que están muriendo anualmente 140 mil católicos, 140.000 cristianos, de modo que en estos momentos hay un mártir cristiano cada cinco minutos.

Y sin embargo esto no es deplorado. Hay una indiferencia en los medios acerca del martirio cristiano, que es precisamente una de las características de la acedia: la indiferencia ante el mal, la tibieza en la reacción y en la corrección de este mal tan terrible. No se los ama, y por lo tanto no se deplora su desaparición sino que, al contrario, como se los ve como un mal, aunque quizás se ve con complacencia su muerte, y [por eso] no se dice nada de ella. 
Esta es la acedia... 

He continuado un poco con la acedia de los perseguidores, como para completar.

Pero, todos nosotros tememos el martirio. Es lógico que temamos el martirio, Nuestro Señor Jesucristo en el huerto se angustió y oró al Padre para que si era posible pasara de él este cáliz pero que no se hiciera su voluntad sino la Suya. En ese someter su voluntad a la voluntad del Padre - hasta la muerte y muerte de cruz – Jesús culminó, como hombre sobre la Tierra, su filialización hasta el fin. Hasta que en la Cruz dijo: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.

Jesús es el primer mártir.

Jesús es el Hijo de Dios, que por hacer la voluntad del Padre y por cumplir su misión sobre la Tierra, por la gracia del Espíritu Santo, por el don del Espíritu Santo, es capaz de llegar a la muerte por hacer la voluntad del Padre, y nos da así ejemplo a todos los mártires cristianos que ha habido a lo largo de la historia. Ellos han vivido la gracia que vieron vivir a Jesús, aprendieron de su maestro y lo siguieron también por el camino de la cruz, por el camino de camino de entregar la vida hasta el fin por amor a Dios.

Pero, así como hemos visto que en la vida religiosa había algunos monjes que no podían vencer la acedia ante la vida monacal tan dura, y retrocedían a la tibieza, así también ante el martirio, ante las persecuciones, hubieron también muchos apóstatas: muchos que se acobardaron ante el martirio, no pudieron dar ese paso.

Tampoco tenemos que condenarlos nosotros, sino que el juicio le toca al Señor, por esa debilidad que tuvieron. Pero ya dice San Cipriano sobre acerca de estos lapsi, de estos que habían caído en la prueba, que era necesario que hicieran penitencia y reconocieran y se corrigieran. 

Porque muchos de ellos habían caído –explica San Cipriano– ¿por qué? porque no huyeron a tiempo de la situación que los llevó al juicio. ¿Y por qué se quedaron en la ciudad? Muchas veces porque no supieron renunciar a sus riquezas. Tenían bienes en esa ciudad –explica San Cipriano, analizando las causas de esta caída en la fe–; estaban aferrados a bienes de esta vida, que no supieron renunciar para huir e irse a otro lado llevándose el tesoro de la fe. Y por eso, siendo débiles, se quedaron temerariamente en un lugar donde iban a ser probados más allá de sus fuerzas.

Tenían que haberse ido para salvar el tesoro de la fe, dice Cipriano. Por eso, como se quedaron por tener bienes en este mundo, - bienes a los que la huida les hubiera obligado a renunciar -, se pusieron en una situación temeraria y por eso cayeron los lapsi. Y es necesario que ellos hagan penitencia y se purifiquen; que sean iluminados por esta experiencia para comprender que deben despegarse de los bienes de este mundo. Es por lo tanto el apego a esta vida y a las cosas mundanas - también a cosas lícitas como los amores -, la raíz de esa acedia que puede darse en los perseguidos.

¡Y que se da! Quiero citar ahora a un mártir maravilloso de la vida cristiana: Ignacio de Antioquía. Es un mártir que en su vida hace la apología del martirio: «quiero ser molido por los dientes de los leones como trigo de Cristo». 

Sin embargo, él reconoce que había acedia en él y en los cristianos amigos, que querían impedirle el martirio, que querían interceder para que no fuera martirizado.

Dice en una de sus cartas que escribe a los romanos este mártir maravilloso:

Perdonadme, yo sé lo que me conviene. [Porque ellos le decían: ¡No! Vamos a interceder aquí en Roma para que no te maten] 
Perdonadme, yo sé lo que me conviene. Ahora empiezo a ser discípulo. [ahora que voy al martirio empiezo a ser discípulo]. 
Que ninguna cosa, visible ni invisible, se me oponga por acedia.

Acá tienen la palabra de un mártir. Oponerse a su martirio del mártir él lo ve como acedia Es ver el martirio como un mal y no como un bien.

Que nadie se me oponga por acedia a que yo alcance a Jesucristo [En esa carrera en la que él va detrás]. 

Como Pablo dice: “voy corriendo detrás de Jesucristo después de haber sido alcanzado por él”, para ver si lo alcanzo; a ver si me asemejo a él.

Esa semejanza con Cristo es la obra del Espíritu Santo en nosotros. Todos debemos estar deseosos de ser asemejados al Hijo.

Y prosigue:

Fuego y cruz, manadas de fieras, quebrantamientos de mis huesos, descoyuntamientos de miembros, trituraciones de todo mi cuerpo, tormentos atroces del diablo.

Ven ustedes aquí la enumeración de los tormentos a los que se sometía a los cristianos en el Coliseo en aquel tiempo y cómo también aquí Ignacio dice que el ejecutor de estos tormentos es el diablo.

Que vengan sobre mí, a condición sólo de que yo alcance a Jesucristo, [que me asemeje a Él. Que sea asemejado al Hijo obediente al Padre, hasta el fin].

Y continúa Ignacio diciendo:

De nada me aprovecharán los confines del mundo ni los reinos todos de este siglo [¡para qué quiero las cosas de acá!]. Para mí es mejor morir en Jesucristo que ser rey hasta los términos de la tierra [Es decir tener poder en este mundo para hacer el bien ¡incluso eso!].

Asemejarse a Cristo. Porque precisamente Cristo no tuvo un reino este mundo para hacer el bien. Aquí está la refutación del mesianismo cristiano, podríamos decir. De la ilusión cristiana de influir en el mundo. Dice: ¡No! ¡Es asemejándome con Cristo como yo tengo la eficacia incluso en la tierra!

Perdonadme hermanos, perdonadme, no me impidáis vivir, 
[¡Qué maravilla! no les dice: ‘no me impidáis morir’. Les dice: ‘no me impidáis vivir’. Porque el martirio siguiendo a Jesucristo es vivir como hijo]. 
No os empeñéis en que yo muera [Que yo muera a mi ser filial, a mi ser cristiano] 
No entreguéis al mundo a quien no anhela sino ser de Dios 
[Si ustedes me dejan acá: me entregan al mundo].

¡Cómo corrige este santo obispo la óptica de los cristianos que, con buena voluntad, querían apartarle del martirio, porque tenían acedia del martirio también ellos!

No me tratéis de engañar con lo terreno. Dejadme contemplar la luz pura. Llegado allí, seré de verdad hombre.

“Seré hijo”. En el abrazo del Padre alcanzaré la imagen y semejanza de Dios, que me hace hombre según el designio del principio. 

¡Qué visión de fe tan profunda, que maravillosa! Son cartas que hay que leer, queridos hermanos, cuando más atribulados estemos en este mundo por nuestra condición cristiana y por la oposición y los sufrimientos que debemos padecer por permanecer y ser cristianos. 

A veces quedarnos sin empleo. He conocido chicas que por ser puras han perdido el empleo. Las han echado por no ceder a las instancias del jefe. Aunque no sea resistir hasta la muerte. ¡Pero cuantos otros sufrimientos! Profesionales que por ser católicos son excluidos o son injustamente preteridos en los concursos y en las oposiciones. Simplemente porque son católicos. Algunos que se quedan sin empleo por eso, y que pasan necesidades con su familia, esos sufrimientos.

Llegado allí, seré de verdad hombre. ¡Permitidme ser imitador de la pasión de mi Dios! ¡Si alguno Lo tiene dentro de sí, que comprenda lo que yo quiero y, si sabe lo que a mí me apremia, que tenga lástima de mí! (San Ignacio de Antioquía)

El tercer personaje de este drama del martirio es el Príncipe de este mundo. Que es el Príncipe de la acedia, precisamente. Es el acedioso por excelencia. Satanás es el acedioso, que considera que Dios es malo. Considera mal el bien y bien el mal.

Todos los que han elaborado la visión teológica del martirio, y los que han tenido la experiencia [de la persecución], no como una doctrina abstracta sino que han comprendido en sus vidas las razones espirituales del martirio, como Ignacio de Antioquía, ¡todos! reconocen que el que azuza al martirio y a la persecución es Satanás.

San Justino dice, reprochándole a los perseguidores: Nosotros hacemos profesión de no cometer injusticia alguna y no admitir opiniones impías, pero vosotros no lo tenéis en cuenta y movidos de irracional pasión y azuzados por perversos demonios, nos castigáis sin proceso alguno y sin sentir por ello remordimiento.

Aquí está Justino mostrando cómo los que instigan a los perseguidores son los demonios.

Lo mismo leemos en el martirio de San Policarpo, el anciano obispo: ¿Qué mal hay en decir: ¡Señor César! y sacrificar? [Le dicen los que lo quieren convencer de ofrecer incienso al César] Y todo lo demás que por instigación de del Diablo se suele en estos casos sugerir [“todo lo demás” son las razones con las que el Diablo quiere debilitar la decisión del creyente].

San Policarpo decía: “¿Cómo voy a negar a Jesucristo si yo, con mis ochenta años, de Él sólo he recibido beneficios? ¡No podría negarlo!”

También en el martirio de Perpetua y Felicidad,- que es un relato hermosísimo de estas dos mujeres – dice Perpetua que se ve en la prisión y dice el acta del martirio: 

Contra estas mujeres preparó el Diablo una vaca bravísima, comprada expresamente contra la costumbre.

Vean ustedes cómo el actor aquí, el que dirige el martirio es el Diablo: que compró una vaca bravísima. Lo hizo a través de sus servidores, pero lo hizo él. Acá está personificado claramente. 

Y Perpetua, - que era una joven recién casada, que tenía recién su niñito de pecho, y que va a dejar todos esos amores, va a tener que sufrir que su papá no comprenda su martirio -, Perpetua sueña en la prisión una noche, que ella tiene una lucha con el demonio y que Cristo la fortalece en esa lucha de modo que lo puede vencer.

Dice el acta de Perpetua: 

Le tomé la cabeza y cayó de bruces, entonces le pisé la cabeza [Una lucha con el demonio en forma de un gladiador egipcio]
El pueblo prorrumpió en vítores y mis partidarios entonaron un himno. Yo me acerqué al lanista [el maestro de gladiadores] y recibí el ramo de premio. Y Él [que es Cristo] me besó y me dijo: “Hija, la paz sea contigo”. Y me dirigí radiante hacia la puerta Sanavivaria [que era por donde salían los vencedores en el combate] o de los vivos, y en aquel momento me desperté. Entendí entonces que mi combate no había de ser tanto contra las fieras, cuanto contra el Diablo, pero estaba segura de que la victoria estaba de mi parte.

Ven ustedes entonces, queridos hermanos, cómo todos estos mártires tienen una conciencia clara de que su lucha no es contra hombres, como dice San Pablo en la carta a los Efesios, sino contra las potestades de las tinieblas que están en los aires, contra los principados, contra las fuerzas demoníacas (Efesios 6, 12).

Es la lucha que empeñó y emprendió Nuestro Señor Jesucristo y que, si somos miembros de su cuerpo, si somos su Iglesia, tendremos que luchar a lo largo de todos los tiempos. Y no nos tenemos que asombrar entonces de que la persecución se encarnice con nosotros.

¿Y cómo podemos vencer el temor y la acedia ante el martirio?, pues despreocupándonos de esto y preocupándonos de amar a Dios sobre todas las cosas.

Que el Señor nos conceda esta gracia porque el gozo del Señor será siempre nuestra fortaleza. Me despido de ustedes hasta el próximo capítulo.

Categorías