por makf | 12 Ago, 2025 | Libro 2
En un día caluroso de verano, cu el sur de la Florida, un niño decidió ir a nadar en la laguna, detras de su casa. Salió corriendo, se tiró en el agua y comenzó a nadar feliz. No se dio cuenta de que un cocodrilo se le acercaba.
Su mamá desde la casa miraba por la ventana, y vio con horror lo que sucedía, enseguida corrió hacia su hijo, gritándole lo más fuerte que podía. Oyéndole, el niño se alarmó y viró nadando hacia su mamá, pero fue demasiado tarde.
Desde el muelle, la mamá agarró al niño por sus brazos, justo cuando el cocodrilo le agarraba sus pequeñas piernas. La mujer jalaba determinada, con toda la fuerza de su corazón. El cocodrilo era más fuerte, pero la mamá era mucho más apasionada, y su amor no la abandonaba. Un señor que escuchó los gritos, se apresuró hacia el lugar, con una pistola, y mató al cocodrilo. El niño sobrevivió y, aunque sus piernas sufrieron bastante, aún pudo llegar a caminar.
Cuando salió del trauma, un periodista le preguntó al niño si le quería enseñar las cicatrices de sus pies.
El niño levantó la sábana y se las mostró. Pero entonces, con gran orgullo, se remangó las mangas y señalando hacia las cicatrices en sus brazos le dijo:
«Pero las que usted debe ver son estas».
Eran las marcas de las uñas de su mamá, que habían presionado con fuerza. «Las tengo, porque mi mamá no me soltó y me salvó la vida».
Nosotros también tenemos las cicatrices de un pasado doloroso.
Algunas son causadas por nuestros propios desaciertos, pero algunas son la huella de Dios, que nos ha sostenido con fuerza para que no caigamos en las garras del mal.
Algunas veces nos conducimos tontamente en algunas situaciones peligrosas. La vida está repleta de riesgos, y nos olvidamos que el enemigo nos espera para atacarnos. Ahí es cuando empieza la lucha de halar y tirar. Si tienes las cicatrices de Su amor en tus brazos, sé muy, pero muy agradecido. El no te dejó, y no te dejará ir.
«Vivir bien y dar vida, es lo mejor que podemos hacer para no estar muertos en vida».
por makf | 12 Ago, 2025 | Libro 2
Las peleas y los problemas familiares tienen la rara característica de despertar el recuerdo de cosas que estaban, aparentemente, bien guardadas en el pasado. En especial, las peleas entre familiares, y con los amigos. Cuando uno discute por un problema, debe permanecer enfocado en ese conflicto, y no mostrar todas las «facturas» que han quedado pendientes de cobro.
Algunas de ellas podremos cobrarlas más adelante; otras, tal vez nunca y entonces, si ya no tienen solución, es mejor guardarlas en el cesto del olvido. Si tenemos un billete de lotería y ganamos, pero no nos presentamos a cobrar, lo perdemos; lo mismo ocurre con los conflictos, si no se resuelven en el momento en que se producen, ya no vale la pena hacerlo.
¿Por qué comenzar a hablar de un episodio que ocurrió hace diez años? Hoy el problema es otro, y si queremos solucionarlo, tenemos que centrarnos en la situación presente y tratar de salir adelante de la mejor manera posible. Si además queremos resolver las otras disputas que no quedaron resueltas en su momento, no lograremos remediar ni unas ni otras.
por makf | 12 Ago, 2025 | Libro 2
«Mi siempre linda mamá:
Ya va saliendo el sol. La noche queda atrás, es preciosa la aurora; a la luz de la fe las cosas se ven más claras, el corazón se fortalece y la sonrisa se ensancha.
Piense en Dios que lo demás no importa. Ámelo y pléguese con Él y por Él y, de paso, un poquito por usted misma, ¡porque usted es de Dios!
¡Ya va llegando! Ya se van abriendo ante sus ojos los infinitos horizontes del mundo de Dios. ¡Qué vista! ¡Qué grandeza! ¡Qué paz! Ya no habrá más tierra. ¡Sólo cielo! ¡Sólo Dios! Usted supo ser fiel. Dentro de poquito viene el premio y Dios da a lo Dios.
Regale, mamá, sus flores; suelte sus canarios; deje sus chucherías; adórnese el cabello; póngase buena moza; mire el crucifijo, hágale una guiñada de ojos y con la mejor de sus sonrisas extiéndale los brazos con el último de sus simpáticos regalos: su dolor.
Dígale que venga a buscarla cuando guste, que usted ya está preparada, que lo espera, y hasta puede usar la frase tan llena de amor y de fe que nuestros hermanos mayores del primitivo cristianismo tenían tan frecuentemente en sus labios: ¡Ven Señor Jesús!
Que no se le ocurra querer verme por última vez. Eso no se lo permito. Yo quiero verla muchas veces más. Y sé que usted también. No dude un segundo: la esperanza nos asegura que lo haremos, que nos veremos muchas veces más, que conversaremos largo y seguiremos juntos el resto del camino con toda la eternidad por delante.
Déle un beso a Jesucristo. El la quiere, ¡dígale muchas veces que usted también! Hasta luego, mamita. Que Dios le bendiga. Un beso grande».
Su hijo Sacerdote.
Ricardo Ferreira Achaval, S.J.
«QUIZÁ DIOS QUIERA QUE CONOZCAS MUCHA GENTE EQUIVOCADA, ANTES DE QUE CONOZCAS A LA PERSONA ADECUADA, PARA CUANDO AL FIN LA CONOZCAS SEPAS ESTAR.»
AGRADECIDO.
Gabriel García
por makf | 12 Ago, 2025 | Libro 2
Era una mañana como cualquier otra. Yo, como siempre, me hallaba de mal humor. Te regañé porque te estabas tardando demasiado en desayunar, te grité porque no parabas de jugar con los cubiertos, y te reprendí porque masticabas con la boca abierta. Comenzaste a refunfuñar, y entonces derramaste la leche sobre tu ropa. Furioso, te levanté por los cabellos y te empujé violentamente para que fueras a cambiarte de inmediato.
Camino a la escuela, no hablaste. Sentado en el asiento del auto, llevabas la mirada perdida. Te despediste de mí tímidamente, y yo sólo te advertí que no te portaras mal.
Por la tarde, cuando regresé a casa después de un día de mucho trabajo, te encontré jugando en el jardín. Llevabas puestos unos pantalones nuevos y estabas sucio y mojado. Frente a tus amiguitos, te dije que debías cuidar la ropa y los zapatos, que parecía no interesarte mucho el sacrificio de tus padres para vestirte. Te hice entrar a la casa para que te cambiaras de ropa, y mientras marchabas delante de mí, te indiqué que caminaras erguido.
Más tarde, continuaste haciendo ruido, y corriendo por toda la casa. A la hora de cenar, arrojé la servilleta sobre la mesa, y me puse de pie furioso, porque no parabas de jugar. Con un golpe sobre la mesa, grité que no soportaba más ese escándalo, y subí a mi cuarto.
Al poco rato, mi ira comenzó a apagarse. Me di cuenta de que había exagerado mi postura, y tuve el deseo de bajar para darte una caricia, pero no pude. ¿Cómo podía un padre, después de hacer tal escena de indignación, mostrarse sumiso y arrepentido? Luego escuché unos golpecitos en la puerta. «Adelante», dije, adivinando que eras tú. Abriste muy despacio, y te detuviste indeciso en el umbral de la habitación. Te miré con seriedad y pregunté: ¿Te vas a dormir?, ¿vienes a despedirte? No contestaste. Caminaste lentamente con tus pequeños pasitos y, sin que me lo esperara, aceleraste tu andar, para echarte en mis brazos cariñosamente. Te abracé, y con un nudo en la garganta percibí la ligereza de tu delgado cuerpecito. Tus manitas rodearon fuertemente mi cuello, y me diste un beso suavemente en la mejilla. Sentí que mi alma se quebrantaba. «Hasta mañana, papito» me dijiste.
¿Qué es lo que estaba haciendo?, ¿Por qué me desesperaba tan fácilmente? Me había acostumbrado a tratarte como a una persona adulta, a exigirte como si fueras igual a mí, y ciertamente no eras igual. Tú tenías unas cualidades de las que yo carecía: eras legítimo, puro, bueno y, sobre todo, sabías demostrar amor. ¿Por qué me costaba tanto trabajo?, ¿Por qué tenía el hábito de estar siempre enojado? ¿Qué es lo que me estaba pasando? ¡Yo también fui niño! ¿Cuándo fue que comencé a contaminarme?
Después de un rato entré a tu habitación, y encendí una lámpara con cuidado. Dormías profundamente. Tu hermoso rostro estaba ruborizado, tu boca entreabierta, tu frente húmeda, tu aspecto indefenso como el de un bebé. Me incliné para rozar con mis labios tu mejilla, respiré tu aroma limpio y dulce. No pude contener el sollozo, y cerré los ojos.
Una de mis lágrimas cayó en tu piel. No te inmutaste. Me puse de rodillas y te pedí perdón en silencio. Te cubrí cuidadosamente con las cobijas, y salí de la habitación.
Si Dios me escucha y te permite vivir muchos años, algún día sabrás que los padres no somos perfectos, pero sobre todo, ojalá te des cuenta de que, pese a todos mis errores…,
¡Te amo más que a mi vida!
por makf | 12 Ago, 2025 | Libro 2
MAMA:
Aunque tú no quisiste que yo naciera, no puedo dejar de decirte mamá. Te escribo desde el cielo, para explicarte lo feliz que yo estaba desde que comencé a vivir en tu vientre. Yo deseaba nacer, conocerte y pensaba que algún día llegaría a ser un niño alegre.
Soñaba con ir a la escuela y llegar a ser un hombre importante. Yo creía que cuando cumpliera los nueve meses de estar junto a tu corazón y naciera, todos se iban a alegrar en casa con mi llegada. Pero tú no pensabas igual que yo, ¿verdad mamá?, y un día,
cuando yo estaba contento jugando en lo más recóndito de tus entrañas, sentí algo extraño…, que no sabría explicarlo…, algo que me hizo temblar.
Sentí que me quitaban la vida. Yo quise defenderme… pero la muerte, con su implacable y metálica voz, me sorprendió cuando en tu vientre jugaba tan contento y sólo pensaba en nacer para besarte.
Entonces no comprendí quién me quitaba la vida. Dime, mamá, ¿Quién podría entrar impunemente dentro de ti y llegar hasta donde tan seguro me hallaba para matarme?
¿Quién sabía que estaba ahí?
¿Quién fue mamá, quién?
¿Dónde estabas tú, que no me defendiste?
No sé lo que llegué a pensar… perdóname, pero por un momento, el negro cuerpo de la duda pasó por mi mente, y creí que tú sólo habrías podido hacerlo.
Pero no, perdona mi mal pensamiento. ¿Cómo iba yo a comprender que una madre mataría a su hijo, cuando en la casa no estorban ni el gato, ni el perro, ni el televisor?
Ahora, mamá, yo lo sé todo. Se que hay madres que matan a sus hijos antes de nacer. Madre ¿Cómo pudiste matarme? ¿Cómo es posible que hiciste tal cosa conmigo?
¿Pensabas acaso comprar un lavaplatos, o una lavadora con los gastos que yo ocasionaría? El mal consejo que te dieron lo escuchaste antes de oír tu corazón.
Yo, que tenía tantas ilusiones. Y tú me las quitaste todas. Yo, que pensaba ser un buen ingeniero, un patriota, un revolucionario digno y capaz. Hubiera podido ser un buen hijo y un buen padre, pero tú me lo negaste todo.
¿Sabes una cosa mamá?, ayer estuve hablando con Dios y le pedí que, por favor, me aclarase la verdad de mi muerte. Él me abrazó con cariño y me dijo muchas cosas… Las palabras más maravillosas y alentadoras que jamás escuché; las mismas que siempre soñé escuchar en tus labios de madre, cuando todavía esperaba que me arrullaras en tus brazos. Me dijo también, que sólo El es el dueño de la vida, y que nadie tiene derecho, ni poder, para quitarla.
Por mis ojos caían torrentes de lágrimas, pero Dios me estrechó contra su pecho y me susurró tiernamente: «Pequeño mío, si tú no tienes madre, Yo te daré la Mía». Y me llevó a la Virgen, quien me ha dado todo lo que tú me negaste.
Mamá, antes de despedirme de tí, voy a pedirte un favor: Que esta carta que te escribo se la leas a tus amigas y futuras mamás, para que no cometan el monstruoso error que tú cometiste conmigo.
Te envío todo el cariño que hubiera querido darte con mi vida, y te pido te arrepientas de lo que hiciste con…
Tu hijo que nunca nació.
por makf | 12 Ago, 2025 | Libro 2
Ayer fue el día más triste de mi vida: enterré a mi madre. Cuando miré su dulce y adorable cara y su cabello plateado por el tiempo, me di cuenta que esa sería la última vez que la vería. Muchos pensamientos vinieron entonces a mi mente: Cuando por las tardes o las noches no teníamos quien nos cuidara a los niños, acudíamos a mi madre, porque no queríamos perdernos la función de cine, o la fiesta en casa del amigo. Ella nunca se negó, jamás nos dijo que tenía otros planes o yo no quise darme cuenta. En una ocasión, me prometí comprar un boleto extra, y llevarla a ver las películas que le gustaban. Pero nunca compré el boleto.
Una vez nos encontramos en la panadería y vi que su suéter estaba un poco desteñido y viejo. Entonces pensé que debería llevarla al centro, y comprarle uno nuevo. Sabía que, aunque ella lo necesitaba, nunca me lo pediría, así era ella. Pero siempre tuve otras cosas que hacer, y mi madre siguió con su suéter viejo Recuerdo su último cumpleaños. Le mandamos unas azaleas blancas bellísimas, con una nota que decía:
«Lamentamos no poder estar contigo en esta fecha, pero con estas flores te enviamos todo nuestro amor». Esa tarde, había un programa de televisión muy importante, y por la noche estábamos invitados a una fiesta.
Recuerdo la última vez que vi a mi madre viva; fue en la boda de un primo, se veía más viejecita y cansada. Entonces pensé en mandarla a unas vacaciones con su hermano en la costa. Que se asoleara un poco, para que no se viera tan pálida. Pero nunca lo hice, siempre tuve, supuestamente, cosas más importantes que hacer.
Si yo pudiera regresar las hojas del almanaque, le compraría todos los suéteres del mundo, la llevaría al cine, y pasaría todos sus cumpleaños a su lado. Si yo pudiera regresar en el tiempo, la mandaría a ver a su hermano, y a todos los sitios que quisiera ir.
Pero es muy tarde ya. Ella está en el Cielo, y yo estoy aquí, enfermo del corazón por todas las oportunidades perdidas. Qué diferente hubiera sido, si hubiera leído una carta como ésta.
Un hijo
«Sólo una cosa torna un sueño imposible, el miedo a fracasar»