¡Oh Madre de misericordia!, ya que son tan ardientes vuestros deseos de acceder a las súplicas de los pecadores, yo, el más infeliz de todos, vengo hoy a las puertas de vuestra piedad.

Pidan otros lo que quisieren: salud, honores, fortuna; yo pretendo lo que Vos misma principalmente deseáis de mí y es más conforme con la bondad de vuestro amantísimo Corazón.

Vos fuisteis humildísima: alcanzadme la verdadera humildad y la alegría en los desprecios.

Vos fuisteis pacentísima en sufrir las penas de esta vida: alcanzadme paciencia en las adversidades.

Vuestro amor para con Dios fue ardentísimo: haced que yo también le ame con amor puro y santo.

Para con los prójimos fue beneficentísimo: yo solicito para con todos la caridad cristiana, mayormente con los que me son molestos y contrarios.

Vuestra voluntad estuvo siempre unida a la voluntad de Dios: pedid para mí una entera resignación en todo cuando el Señor dispusiere de mi.

En suma: Vos sois la criatura más santa de cuantas salieron de la mano de Dios; ayudadme a santificarme a mí también. Ni amor ni poder os falta, y sólo puede ser motivo para no lograr vuestros favores, o mi descuido en recurrir a Vos, o mi poca confianza en vuestra intercesión.

Pues estas dos gracias especiales son las que ahora pido y espero de vuestra bondad: acudir siempre a Vos y confiar siempre en Vos.

Vos sois mi Madre, mi esperanza, mi mor, mi vida, mi refugio y mi consuelo, y espero seréis mi gozo por toda la eternidad. Amén.