Autor: P. Angel Peña O.A.R  

Desde muy niña, sintió un amor inmenso a Jesús Eucaristía y deseaba recibir la comunión lo antes posible; pero, en aquel tiempo, sólo podían recibir la primera comunión a los doce años.

Sus padres la llevaron a vivir con las religiosas del convento de dominicas de santa María Magdalena de Valdipietra de Bologna (Italia).

Cada vez que las religiosas se acercaban a comulgar, ella sentía unos vivos deseos de recibir a su amigo Jesús.

El 10 de mayo de 1333, fiesta de la Ascensión del Señor, la comunidad estaba oyendo la santa misa.

Cuando la misa terminó, las hermanas se retiraron y ella se quedó sola para seguir orando. Pero, entonces, ocurrió un prodigio, que vio alguna religiosa que entró a la iglesia.

Una hostia blanca y brillante aparecía suspendida encima de la cabeza de Imelda. Inmediatamente, llamaron a un sacerdote que tomó la hostia y la colocó en una patena.

El sacerdote interpretó el suceso como que el Señor quería que Imelda, que tanto lo deseaba, pudiera comulgar y le dio la hostia en comunión.

En ese momento, se sintió tan encendida en amor a su Señor que se quedó en éxtasis, del que nunca más volvió, pues murió ese mismo día. Era el 12 de mayo de 1333 y tenía 11 años.

Muchas personas comenzaron, inmediatamente después de su muerte, a considerarla como una santa y a invocarla.

Su cuerpo incorrupto se conserva en la iglesia de san Segismundo de Bologna.

Fue beatificada por el Papa León XIII en 1826.

En 1922 se fundó una Comunidad religiosa de dominicas de la beata Imelda, que tiene como carisma propagar el amor a la Eucaristía por medio de la adoración perpetua.

El Papa san Pío X la nombró patrona de los niños que hacen su primera comunión.

56 Notas sacadas de los libros de Corredor Antonio, Prodigios eucarísticos, Ed. apostolado mariano,
Sevilla, 1987, p. 45; Lord Bob y Penny, Este es mi Cuerpo, esta es mi Sangre, Ed. Journeys of faith,
1987, p. 87-91.