¡Oh Reina del mundo!, a Vos levantamos nuestros ojos. Debiendo presentarnos delante de nuestro Juez, después de haber cometido tantos pecados, ¿quién podrá aplacarle?
Nadie puede hacerlo mejor que Vos, oh santa Señora; Vos, que tanto le amáis y sois de Él tan tiernamente amada. Abrid, pues, oh Madre de misericordia, vuestro corazón a nuestros suspiros y a nuestras súplicas.
Nos refugiamos bajo vuestra protección, aplacad la cólera de vuestro Hijo y haced que recobremos su gracia.
Vos no aborrecéis al pecador por más criminal que sea. Vos no le desecháis si suspira por Vos y arrepentido solicita vuestra intercesión. Vos con vuestra piadosa mano le libráis de la desesperación; le inspiráis esperanza, le infundís consuelo, y no le abandonáis hasta haberlo reconciliado con su Juez.
Vos sois la única mujer en la cual el Salvador ha hallado su descanso, y en la que ha depositado a manos llenas sus tesoros inagotables. Por esta razón, todo el mundo, oh santa Señora mía, honra vuestro casto seno como templo de Dios, en el cual se dio principio a la salvación del mundo, y se verificó la reconciliación entre Dios y los hombres.
Vos sois, oh gran Madre de Dios, el huerto cerrado en el cual jamás ha penetrado la mano del pecador para coger las flores. Vos sois el hermoso jardín en el que Dios ha colocado las flores que adornan a vuestra Iglesia, y entre otras la violeta de vuestra humildad, la azucena de vuestra pureza y la rosa de vuestra caridad.
¿Con quién podré compararos, oh Madre de gracia y hermosura? Vos sois el paraíso de Dios. De Vos ha salido el manantial de agua viva que fecunda toda la tierra. ¡Cuántos beneficios ha recibido el mundo de Vos, que habéis merecido ser un acueducto tan saludable!
De Vos se dice: ¿Quién es aquella que se levanta como la aurora, hermosa como la luna y resplandeciente como el sol? Habéis venido al mundo, oh María, como brillante aurora precediendo con la luz de vuestra santidad la aparición del Sol de justicia.
El día en que vinisteis al mundo, puede muy bien llamarse día de salud, día de gracia. Sois hermosa como la luna, porque así como no hay planeta que más se asemeje al sol, así también no hoy criatura más semejante a Dios que Vos.
La luna alumbra por la noche con la luz que recibe del sol, y Vos alumbráis nuestras tinieblas son el resplandor de vuestras virtudes; pero Vos sois más bella que la luna, porque en Vos no hay manchas ni sombras. Vos sois escogida como el sol, esto es, como el Sol que ha criado al sol. El fue escogido entre todos los hombres, y Vos habéis sido escogida entre todas las mujeres.
¡Oh dulce, oh excelsa, oh amabilísima María! No es posible pronunciarse vuestro nombre sin que Vos inflaméis el corazón en vuestro amor; y los que os aman no pueden pensar en Vos sin sentirse excitados a amaros más todavía.
¡Oh santa Señora!, fortaleced nuestra debilidad. Y ¿quién mejor que Vos puede hablar a nuestro Señor Jesucristo que gozáis tan íntimamente de su dulcísima conversación? Hablad, hablad. Señora, porque vuestro Hijo os escucha, y alcanzáis de Él todo cuanto le pedís.