-Juan, ya ha llegado la aurora. Álzate y vamos -dice Jesús, meneando al apóstol para que se despierte.
-¡Maestro! ¡Ya ha salido el Sol! ¡Cuánto he dormido! ¿Y Tú?
-Yo también, a tu lado, debajo de nuestros mantos.
-¡Ah! ¡Te convenciste de que los campesinos no venían y te acostaste! Lo había previsto…
Jesús sonríe y responde:
-Han venido cuando la posición de las estrellas de la Osa decía que empezaba el galicinio.
-¡No he oído nada!…
Juan está afligido.
-¿Por qué no me has tenido despierto?
-Estabas muy cansado. Parecías un niño durmiendo en una cuna. ¿Para qué despertarte?
-¡Pues para hacerte compañía!
-Me hacías compañía con tu sueño sereno. Te dormiste hablando de ángeles, estrellas, almas, luz… y ciertamente seguiste viendo en el sueño ángeles y estrellas, y a tu Jesús… ¿Por qué traerte de nuevo a las maldades del mundo cuando estabas tan lejos de ellas?
-¿Y si… si en vez de los campesinos hubieran subido aquí maleantes?
-Entonces te habría llamado. Pero ¿quién iba a venir?
-Pues… No sé… Jocanán, por ejemplo… Te odia… -Lo sé. Pero han venido sólo sus siervos. Nadie ha traicionado… porque tú sospechas también que alguno haya hablado para perjudicarme a mí y a ellos. Pero ninguno ha traicionado. Y he hecho bien esperándolos aquí.
El nuevo administrador es digno de su jefe y ha recibido órdenes severísimas; no falto a la caridad calificándolas de crueles; otro nombre sería falsedad… Salieron en cuanto la noche se adensó, rogando al Señor que les hiciera encontrarse conmigo.
Dios premia siempre la fe y consuela a sus hijos infelices. Si no me hubieran encontrado, habrían estado aquí hasta los primeros albores: luego habrían regresado para que los vieran a la aurora en las tierras… Así, los he visto y bendecido…
-Y estás triste por haberlos visto tan oprimidos.
-Es verdad. Muchas tristezas… Por eso que dices, por no haber tenido nada que dar a sus cuerpos extenuados, por el pensamiento de que no los volveré a ver…
-¿Se lo has dicho?
-No. ¿Por qué poner un dolor donde ya todo es dolor?
-Los habría saludado yo también con gusto por última vez.
-Para ti no es la última vez. Es más, tú, junto con los condiscípulos, te ocuparás mucho de ellos cuando Yo me haya marchado. Os confío mis seguidores a todos vosotros, especialmente aquellos que son los más infelices y que tienen en la fe su único apoyo y en la esperanza del Cielo su única alegría.
-¡Oh, Maestro mío! Digo también yo como tu hermano José: ve en paz, Maestro. Yo, créeme, como sepa hacerlo, te continuaré.
-Estoy seguro de ello. Vamos… El camino se anima de gente. Las nubes se encabalgan en el cielo, y la luz, en vez de aumentar, disminuye. Hoy va a llover y todos se apresuran para acabar la etapa. Pero las nubes se han portado bien con nosotros. La noche ha sido tibia y no ha habido lluvia, por nosotros que estábamos al raso. El
Padre siempre vela por sus hijos entrañablemente amados.
-Entrañablemente amado Tú, Maestro. Yo…
-Tú lo eres para Él, porque me amas…
-¡Oh, eso sí! Hasta la muerte…
Y, mezclados entre la gente, se alejan hacia el sur…
