Autor: P. Angel Peña O.A.R  

Es muy conocido el caso de ANDRÉ FROSSARD (1915-1995), que se convirtió al entrar a una capilla del barrio latino de París, donde estaba expuesto el Santísimo Sacramento.

Él recibió sin esperarlo, pues era completamente ateo, una oleada de amor y de luz que venía desde la custodia, donde estaba Jesús sacramentado, lo que le hizo convertirse instantáneamente.

Y dice:

Dios estaba allí, revelado y oculto por esa embajada de luz que, sin discursos ni figuras, hacía comprenderlo todo, amarlo todo… El milagro duró un mes.

Cada mañana volvía a encontrar con éxtasis esa luz que hacía palidecer al día, esa dulzura que nunca habría de olvidar y que es toda mi ciencia teológica109.

Y, a partir de ese instante de su conversión, iba a misa todos los días, a pesar de estar enrolado en la Marina de guerra francesa.

Se sentía atraído como una imán hacia el sagrario de las iglesias católicas, donde siempre lo esperaba Jesús.

Por eso dice:

¡Dios mío! Entro en tus iglesias desiertas, veo a lo lejos vacilar en la penumbra la lamparilla roja de tus sagrarios y recuerdo mi alegría.

¡Cómo podría haberla olvidado! ¿Cómo echar en olvido el día en que se ha descubierto el amor desconocido por el que se ama y se respira?…

Hay otro mundo. Y no hablo de él por hipótesis, por razonamiento o de ideas. Hablo por experiencia110.


109 Frossard André, Dios existe, yo me lo encontré, Ed. Rialp, Madrid, 2001, p. 162.
110 Frossard André, ¿Hay otro mundo?, Ed. Rialp, Madrid, 1981, p. 11.

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