258- Jesús revela a Santiago de Alfeo cuál serásu misión de apóstol

Es la misma hora, pero del día siguiente.

Santiago está todavía retirado dentro de la grieta del monte, sentado, todo acurrucado, con la cabeza inclinada hasta tocar casi las rodillas, elevadas y ceñidas con los brazos; o está en profunda meditación o duerme, no distingo bien. Se ve claramente que no percibe lo que sucede a su alrededor, concretamente una pelea entre dos aves grandes, que, por algún motivo suyo particular combaten ferozmente en el pequeño prado.

Diría que son gallos de montaña o urogallos o faisanes, porque tienen el volumen de un gallo pequeño y plumas irisadas, pero no tienen cresta (sólo un pequeño yelmo de carne roja como un coral en la parte alta de la cabeza y en las mejillas); si la cabeza es pequeña, el pico debe ser un punzón de acero. Plumas que vuelan por el aire, sangre que cae al suelo; en medio de un guirigay muy sensible, que ha hecho callar silbos, trinos y gorjeos, en la espesura. Quizás los pajarillos observan el feroz carrusel… Santiago no oye nada.

Jesús, sin embargo, sí que oye; baja de la cima adonde había subido y, dando unas palmadas, separa a los contendientes, los cuales huyen sangrando, uno hacia la ladera del monte, el otro a la copa de un roble, y allí se pone en orden las plumas, que tiene todo erizadas y alborotadas.

Santiago no alza la cabeza tampoco por el ruido que ha hecho Jesús, quien, sonriendo, camina un poco más y se para en el centro del prado. Su túnica blanca parece teñirse de rojo en la parte derecha por la intensidad del arrebol del ocaso. Parece verdaderamente como si el cielo hubiera prendido fuego. Pues bien, a pesar de todo, Santiago no debía estar dormido, porque cuando Jesús susurra -verdaderamente sólo susurra-:

-Santiago, ven -levanta la cabeza de las rodillas, abre el cerco de sus brazos, se pone en pie y va hacia Jesús.
Se para frente a Él, a unos dos pasos de distancia, y lo mira.

Jesús también lo mira, con expresión seria aunque alentadora por una sonrisa que es visible aun no siendo ni de labios ni de miradas. Lo mira fijamente, como queriendo leer hasta las más imperceptibles reacciones y emociones de su primo y apóstol, el cual, como ayer, sintiéndose a las puertas de una revelación, palidece; y su palidez es mayor todavía, hasta parecer un continuo con su túnica de lino, cuando Jesús alza los brazos, le apoya las manos en los hombros y mantiene esta postura: Santiago asemeja entonces verdaderamente a una hostia: solamente los mansos ojos castaño oscuros y la barba castaña ponen algo de color en ese rostro atento.

-Santiago, hermano mío, ¿sabes por qué he querido que vinieras aquí, y estar a solas para hablarte, tras horas de oración y meditación?

Da la impresión de que a Santiago le cueste responder, debido a la fuerte emoción; al fin, abre los labios para responder en voz baja:

-Para darme una lección especial, o para el futuro o porque soy el menos dotado de todos; te doy las gracias de antemano, aunque se trate de una corrección. Créeme, Maestro y Señor, que si soy tardo e incapaz es por deficiencia, no por mala voluntad.

-No se trata de una corrección, sino de una lección para cuando no esté con vosotros. Durante estos meses has pensado mucho en tu corazón lo que te dije un día, al pie de este monte, cuando te prometí que vendría aquí contigo, no sólo para hablar del profeta Elías y contemplar el mar que desde allí resplandecía, infinito, sino para hablarte de otro mar, aún mayor, más mudable, más engañoso que éste, que hoy parece el más plácido de los embalses pero que, quizás, dentro de pocas horas se tragará, con hambre voraz, barcas y hombres. Nunca has separado el pensamiento de lo que te dije entonces, ni del hecho de que la venida aquí tuviera que ver con tu destino futuro. Tanto es así, que te estás poniendo cada vez más pálido, al intuir que se trata de un grave destino, de una herencia llena de tal responsabilidad, que haría temblar incluso a un héroe. Son una responsabilidad y una misión que deben ser actuadas con toda la santidad que es posible en un hombre para no defraudar el deseo de Dios.

No tengas miedo, Santiago; no quiero tu mal. Por tanto, si te destino a ella, es señal de que sé que no te dañará, sino que te dará gloria sobrenatural. Escúchame, Santiago, pon paz en ti con un vivo acto de abandono en mí, para poder oír y recordar mis palabras.
Nunca volveremos a estar tan solos, ni con el espíritu tan predispuesto a comprendernos.

Yo un día me iré, como todos los hombres, que tienen un tiempo de permanencia en la tierra. Mi permanencia cesará de una forma distinta de la de los hombres, pero cesará; entonces no me tendréis a vuestro lado sino con mi Espíritu, el cual -te lo aseguro-no os abandonará jamás.

Me iré después de daros lo necesario para hacer progresar mi Doctrina en el mundo, después de cumplir el Sacrificio y obteneros la Gracia; con ésta y con el Fuego sapiencial y heptamorfo podréis hacer lo que ahora sólo con imaginarlo os parecería locura y presunción. Yo me iré y vosotros os quedaréis. El mundo que no ha comprendido a Cristo no comprenderá a los apóstoles de Cristo. Por eso os perseguirán, os dispersarán, como si fuerais los más peligrosos para el bienestar de Israel. Pero, puesto que sois mis discípulos, debéis sentiros contentos de sufrir los mismos dolores que vuestro Maestro.

Un día de Nisán te dije: "Tú serás el que quede, de los profetas del Señor". Tu madre, por ministerio espiritual, ha intuido de alguna forma el significado de estas palabras. Pues bien, antes de que se cumplan para mis apóstoles, a ti, y para ti, se te habrán cumplido ya.

Santiago, todos serán dispersados excepto tú, hasta la llamada de Dios a su Cielo. Permanecerás en el lugar para el que te elegirá Dios por boca de tus hermanos -tú, descendiente de la estirpe real, en la ciudad real-y alzarás mi cetro y hablarás del verdadero Rey. Rey de Israel y del mundo, según una realeza sublime que sólo comprenden aquellos a quienes es revelada.

Entonces necesitarás fortaleza, constancia, paciencia y sagacidad sin límites. Tendrás que ser justo con caridad, con una fe simple y pura como la de un niño, y al mismo tiempo erudita, propia de un verdadero maestro, para sostener la fe, agredida en muchos corazones y por muchas cosas contrarias, y para refutar los errores de los falsos cristianos y las sutilezas doctrinales del viejo Israel, el cual, ciego ya desde ahora, estará más ciego que nunca cuando haya matado la Luz, y forzará las palabras proféticas e incluso los mandamientos del Padre, de quien procedo, para persuadirse a sí mismo, y así darse paz, y persuadir al mundo, de que los patriarcas y los profetas no hablaban de mí, sino que Yo era solamente un pobre hombre, un iluso, un desquiciado -esto para los mejores-o -para los menos buenos del viejo Israel-un hereje endemoniado.

Te ruego que entonces seas otro Yo. ¡No, que no es imposible! Es posible. Deberás tener presente a tu Jesús, sus actos, su palabra, sus obras; deberás vaciarte en mí como si te depositaras suavemente en el molde de arcilla que usan los fundidores de metales para darles una impronta. Yo estaré siempre presente. Tan presente y vivo con vosotros, mis fieles, que podréis uniros a mí, ser vosotros otro Yo, con sólo desearlo. Y tú, que has vivido conmigo desde la más tierna edad, que recibiste el alimento de la Sabiduría de manos de María antes que de mis propias manos, tú que eres sobrino del hombre más justo que tuvo Israel, tú debes ser un perfecto Cristo…

-¡No puedo, no puedo, Señor! Da esta misión a mi hermano, a Juan, a Simón Pedro, al otro Simón; a mí no, Señor. ¿Por qué a mí? ¿Qué he hecho para merecerlo? ¡¿No ves que soy un pobre, bien pobre, hombre que tiene sólo una capacidad: quererte mucho y creer firmemente en todo lo que dices?

Judas tiene un temperamento muy fuerte. Irá muy bien donde haya que abatir el paganismo. No aquí, donde lo que habrá que hacer será convencer del cristianismo a aquellos que, por ser ya pueblo de Dios, creen a pies juntillas que están en lo cierto; no aquí, donde lo que hay que hacer es convencer a todos aquellos que, a pesar de creer en mí, se sentirán defraudados por el desarrollo de los acontecimientos. Convencerlos de que mi Reino no es de este mundo, sino que es el Reino enteramente espiritual de los Cielos, cuyo preludio es una vida cristiana, o sea, una vida en que los valores preponderantes sean los del espíritu.

El convencimiento se obtiene con una firme dulzura. ¡Ay de aquel que echa las manos al cuello para persuadir! La víctima dirá "sí" en ese momento, para librarse del estrangulamiento, pero luego huirá, y -si no es un malvado, sino solamente una persona extraviada-no volverá hacia atrás ni querrá aceptar ya confrontaciones; o -si es un malvado o simplemente un fanático-huirá para ir a armarse y dar muerte a este que, atropellando a los demás, proclama doctrinas distintas de las suyas.

Pues bien, tú estarás rodeado de fanáticos, fanáticos cristianos y fanáticos israelitas. Los primeros querrán de ti acciones de fuerza, o al menos el permiso para llevarlas a cabo (porque el viejo Israel, con sus intransigencias y restricciones, estará todavía presente en ellos, agitando su venenosa cola). Los segundos marcharán contra ti y los otros, como si fuera una guerra santa en defensa de la vieja Fe y de sus símbolos y ceremonias. Y tú estarás en el centro de este mar tempestuoso. Tal es el sino de los líderes. Tú serás la cabeza de los cristianos de la Jerusalén cristianizada por tu Jesús.

Habrás de saber amar con perfección para poder ser líder santamente. A las armas y anatemas de los judíos no opondrás armas y anatemas, sino tu propio corazón. No te permitas nunca imitar a los fariseos considerando a los gentiles estiércol; que también para ellos he venido. En verdad, si hubiera sido sólo para Israel, el anonadamiento de Dios tomando una carne susceptible de muerte hubiera sido desproporcionado. Pues, si bien es verdad que mi Amor me habría movido a encarnarme con alegría por la salvación de una sola alma, la Justicia, que es también parte de Dios, impone que el anonadamiento del Infinito sea por una infinidad: el género humano.

Serás dulce con ellos, con esa dulzura que no rechaza, limitándote a ser inquebrantable sólo en el dogma; serás condescendiente para con otras formas materiales de vida que no menoscaban el espíritu y son distintas de las nuestras. Mucho tendrás que combatir con los hermanos por esto, porque Israel está cargado de prácticas externas e inútiles porque no cambian el espíritu. Tú, por el contrario, preocúpate únicamente del espíritu, y así enséñalo a otros. No pretendas que los gentiles muden de repente sus usanzas; tú tampoco cambiarás de golpe las tuyas.

No estés amarrado a tu escollo, porque para recoger en el mar los restos de embarcaciones y llevarlos al arsenal para reconstruirlos es necesario navegar, no estar parado; y debes ir en busca de estos restos (los hay en la gentilidad y en Israel). En el confín del mar inmenso está Dios abriendo los brazos a todos los que ha creado, sean ricos de origen santo, como los israelitas, o pobres como los paganos.

He dicho: “Amad a vuestro prójimo". Prójimo no es sólo el miembro de la familia o el compatriota, sino también el hombre hiperbóreo cuyo aspecto no conocéis, y aquel que en este momento contempla una aurora en regiones desconocidas, o recorre los neveros de las cadenas fabulosas de Asia, o está bebiendo en un río que abre su lecho entre las selvas ignotas del centro africano. Aunque te viniera un adorador del Sol, o uno que tiene por dios al voraz cocodrilo; o uno que se cree la reencarnación del Sabio y que ha sabido intuir la Verdad, pero que no ha sabido aferrar su Perfección y dársela a sus fieles como Salvación; o un asqueado ciudadano de Roma o de Atenas que te suplicara: "Dame a conocer a Dios"… no puedes, no debes, decirles: “Alejaos de mí porque llevaros a Dios sería una profanación".

Ten presente que éstos no conocen, mientras que Israel sí que conoce. Pues bien, en verdad muchos en Israel son y serán más idólatras y crueles que el más bárbaro de los idólatras del mundo; y sacrificarán víctimas humanas no a este ídolo o a aquél, sino a sí mismos, a su orgullo, ávidos de sangre una vez que se haya encendido en ellos una sed inextinguible que durará hasta el final de los siglos; sólo el beber de nuevo, y con fe, aquello que había provocado la sed atroz podría calmarla. Pero entonces será también el fin del mundo, porque el último en decir: "Creemos que eres Dios y Mesías" será Israel, a pesar de todas las pruebas que de mi Divinidad he dado y daré.

Velarás y cuidarás porque la fe de los cristianos no sea vana. Vana sería si fuera sólo una fe de palabras y de prácticas hipócritas. Lo que da vida es el espíritu. El espíritu falta en el ejercicio mecánico o farisaico, que no es otra cosa sino simulacro de fe, no verdadera fe. ¿De qué le valdría al hombre cantar alabanzas a Dios en la asamblea de los fieles, si luego cada acto suyo es una imprecación contra Él? Dios, en efecto, no se hace juguete del fiel, sino que, dentro de su paternidad, conserva siempre las prerrogativas de Dios y Rey.

Vela y cuida porque nadie usurpe un lugar que no le corresponde. Dios dará la Luz en la medida de vuestros grados. Dios no os dejará sin la Luz, a menos que no quede apagada en vosotros la Gracia por el pecado.

A muchos les placerá oír que los llaman "maestro". Sólo uno es el Maestro: quien te está hablando; sólo una es Maestra: la Iglesia que le perpetúa. En la Iglesia, serán maestros aquellos que sean consagrados con encargo especial para la enseñanza. Pero entre los fieles habrá quienes por voluntad de Dios y por su propia santidad, o sea, por su buena voluntad, serán absorbidos por el remolino de la Sabiduría y hablarán. Otros habrá -de por sí no sabios, pero sí dóciles cual instrumentos en manos del artífice-que hablarán en nombre del Artífice, repitiendo como niños buenos aquello que su Padre les dice que digan, aun sin comprender toda la amplitud de lo que dicen. En fin, habrá quienes hablen como si fueran maestros, con un esplendor que seducirá a los ingenuos, pero serán soberbios, duros de corazón, celosos, iracundos, embusteros, lujuriosos.

De la misma forma que te digo que recojas las palabras de los sabios en el Señor y de los sublimes pequeñuelos del Espíritu Santo, y que incluso los ayudes a comprender la profundidad de las divinas palabras -en efecto, si bien ellos son los portadores de la divina Voz, vosotros, mis apóstoles, seréis siempre los responsables de la enseñanza en mi Iglesia, y debéis socorrer a éstos, sobrenaturalmente cansados de la extasiante y grave riqueza que Dios ha depositado en ellos para que la transmitan a sus hermanos-, de la misma forma te digo: rechaza las palabras falaces de los falsos profetas, cuya vida no responde a mi doctrina. La bondad de vida, la mansedumbre, la pureza, la caridad y humildad no faltarán nunca en los sabios y en las pequeñas voces de Dios; siempre en los otros.

Vela y cuida porque no haya celos ni calumnias en la asamblea de los fieles, como tampoco resentimientos ni espíritu de venganza. Vela y cuida porque la carne no pase a dominar sobre el espíritu. No podría soportar las persecuciones aquel cuyo espíritu no fuera soberano de la carne.

Santiago, sé que lo harás, pero da a tu Hermano la promesa de que no lo defraudarás.
-¡Pero, Señor, Señor! Sólo una cosa me da miedo: no ser capaz. Señor mío, te ruego que le des a otro este encargo.
-No. No puedo…
-Simón de Jonás te ama, y Tú lo amas…
-Simón de Jonás no es Santiago de David.

-¡Juan! Juan, el ángel docto… hazlo a él tu siervo aquí.
-No. No puedo. Ni Simón ni Juan poseen esa nada que, a pesar de no ser nada, es mucho ante los hombres: el parentazgo. Tú eres el pariente mío. Después de haberme… después de haberme negado el debido reconocimiento, la parte mejor de Israel buscará el perdón de Dios y de sí misma, tratando de reconocer al Señor que habrán maldecido en la hora de Satanás, y les parecerá obtener el perdón -y, por tanto, fuerza para caminar por mi vía-si ven en mi lugar a uno de mi misma sangre. Santiago, en este monte se han producido cosas muy grandes. Aquí el fuego de Dios consumió no sólo el holocausto, la leña, las piedras, sino incluso la tierra y hasta el agua que había en el hoyo.

Santiago, ¿crees que Dios no puede volver a hacer algo semejante, encendiendo y consumiendo toda la materialidad del hombre-Santiago para hacer un Santiago-fuego de Dios? Hemos estado hablando mientras el ocaso ha hecho de fuego incluso nuestros indumentos. Así, ¿cómo crees que fue el fulgor del carro que raptó a Elías, no menos intenso o más intenso?

-Mucho más refulgente, porque su fuego era celestial.

-Pues piensa entonces lo que será un corazón que se haya transformado en fuego por tener en sí a Dios, porque Dios quiere que perpetúe a su Verbo en la predicación de la Nueva de Salvación.

-Pero, ¿por qué no continúas Tú, Verbo de Dios, eterno Verbo?
-Porque soy Verbo y Carne. Con el Verbo debo instruir, con la Carne redimir.

-¡Jesús mío! ¿Cómo vas a redimir? ¿Qué te espera?
-Santiago, recuerda lo que dijeron los profetas.
-¿Pero no hablan alegóricamente? ¿Podrás ser maltratado por los hombres, Tú que eres el Verbo de Dios? ¿No quieren decir, quizás, que darán tormento a tu divinidad, a tu perfección, pero nada más, nada más que eso? Mi madre se preocupa por mí y Judas, yo por ti y María, y… por nosotros, que somos muy débiles. Jesús, Jesús, si el hombre cometiera atropello contigo, ¿no crees que muchos de nosotros te considerarían reo y se alejarían de ti desilusionados?

-Estoy seguro de ello. Serán zarandeados todos los estratos de mis discípulos. Pero luego tornará la paz; es más, se producirá una aglutinación de las partes mejores, y sobre ellas, después de mi sacrificio y triunfo, descenderá el Espíritu fortalecedor y sapiente: el divino Espíritu.

-Jesús, para que yo no me desvíe ni me escandalice en esa hora tremenda, dime: ¿qué te van a hacer?
-Grande es lo que me preguntas.
-Dímelo, Señor.
-Saberlo exactamente te significará tormento.
-No importa. Por el amor que nos ha unido…
-No se debe saber.

-Dímelo y luego borra mi memoria hasta la hora en que haya de cumplirse; entonces, ponla de nuevo en mi memoria junto con esta hora. Así no me escandalizaré de nada y no pasaré a la parte de tus adversarios en el fondo de mi corazón.

-No servirá de nada, porque también tú cederás en la tempestad.

-¡Dímelo, Señor!
-Seré acusado, traicionado, apresado, torturado, crucificado.
-¡Nooo!
Santiago grita y se encorva como si lo hubieran herido de muerte.

-¡No! repite -Si te hacen esto a ti, ¿qué nos harán a nosotros? ¿Cómo vamos a poder continuar tu obra? No puedo, no puedo aceptar el puesto que me asignas… ¡No puedo!… ¡No puedo! Si Tú mueres, seré yo también un muerto, sin energía alguna. ¡Jesús! ¡Jesús! Escúchame. No me dejes sin ti. ¡Prométemelo, prométeme esto al menos!

-Te prometo que vendré a guiarte con mi Espíritu, una vez que la gloriosa Resurrección me libre de las ataduras de la materia. Seremos una cosa sola como ahora que estás entre mis brazos.

En efecto, Santiago se ha entregado al llanto apoyado en el pecho de Jesús.

-No llores más. Salgamos de esta hora de éxtasis, luminosa y penosa, como quien sale de las sombras de la muerte y recuerda todo excepto el acto-muerte, minuto de espanto helador que como hecho muerte dura siglos. Ven, te beso así, para ayudarte a olvidar el horror de mi destino de Hombre. Tendrás el recuerdo en su debido momento, como has pedido. Ten, te beso en la boca, que deberá repetir mis palabras a las gentes de Israel; en el corazón, que deberá amar como Yo he dicho; en la sien, donde cesará la vida junto con la última palabra de amorosa fe en mí.

¡Cómo vendré, hermano amado, a tu lado, en las asambleas de los fieles, en las horas de meditación, en las horas de peligro y en la hora de la muerte! Nadie, ni siquiera tu ángel, recogerá tu espíritu; seré Yo, con un beso, así…

Permanecen largo tiempo abrazados, y Santiago parece casi como adormilarse en la alegría de los besos de Dios, que le hacen olvidar su sufrimiento. Cuando levanta la cabeza, es de nuevo el Santiago de Alfeo, sereno y bueno, tan parecido a José, esposo de María. Sonríe a Jesús: es una sonrisa más madura, un poco triste, pero tan dulce como siempre.

-Vamos a comer, Santiago. Luego dormiremos bajo las estrellas. Con las primeras luces bajaremos al valle… volveremos donde los hombres…
Jesús suspira… pero termina, con una sonrisa:
-… Y con María.

-¿Qué voy a decirle a mi madre, Jesús? ¿Y a los compañeros? Me harán preguntas…

-Podrás referirles todo lo que te he dicho: lo que te he hecho considerar sobre las respuestas de Elías a Ajab, al pueblo en el monte; y sobre el poder de que goza una persona a la que Dios ama, en cuanto a conseguir de pueblos y elementos enteros lo que se quiere; sobre su celo, que lo devora, por el Señor; y cómo he ofrecido a tu consideración que con la paz se entiende a Dios y en la paz se le sirve. Les dirás que, de la misma forma que Yo os he llamado, vosotros -como Elías con su manto respecto a Eliseo-con el manto de la caridad podréis conquistar a nuevos siervos de Dios para el Señor.

Y a los que siempre tienen preocupaciones refiéreles cómo te he hecho notar la alegre libertad que muestra Eliseo respecto a las cosas del pasado, liberándose de bueyes y arado.

Diles cómo te he recordado que a quien quiere milagros mediante Belcebú le viene el mal, no el bien, como le sucedió a Ocozías, según la palabra de Elías. Diles, finalmente, cómo te he prometido que el que permanezca fiel hasta la muerte recibirá el fuego purificador del Amor para consumir las imperfecciones y llevarlo directamente al Cielo. Lo demás es sólo para ti.

257- Retiro de Jesús y Santiago de Alfeoen el monte Carmelo

-Evangelizad por la llanura de Esdrelón hasta que vuelva -ordena Jesús a sus apóstoles en una serena mañana, mientras en los márgenes del Kisón consumen un poco de comida: pan y fruta.

Los apóstoles no parecen muy entusiastas, pero Jesús los conforta dando una línea que seguir en su modo de proceder; y termina:

-Por lo demás, tenéis con vosotros a mi Madre. Será una buena consejera. Dirigíos a los campesinos de Jocanán, y tratad de hablar el sábado con los otros de Doras.

Llevadles socorros y consolad al anciano padre de Margziam con las noticias del niño; decidle que para los Tabernáculos se lo llevaremos. Dad mucho, todo lo que tengáis, a los infelices: todo lo que sepáis, todo el afecto de que seáis capaces, todo el dinero que tenemos.

No temáis. Como sale entra. De hambre no moriremos nunca, aunque vivamos sólo de pan y fruta. Y, si veis desnudez, dad los vestidos, incluso los míos; es más, los primeros los míos. No nos quedaremos nunca desnudos. Y, sobre todo, si encontráis desdichados que me buscan, no los rechacéis: no tenéis derecho a hacerlo. Adiós, Madre. Que Dios, por mi boca, os bendiga a todos. Id y sentíos seguros. Ven, Santiago.

-¿No tomas ni siquiera tu talega? -pregunta Tomás al ver que el Señor se pone en camino y no la toma.
-No es necesaria. Caminaré más libre.
Santiago también deja la suya, a pesar de que su madre, solícita, la hubiera atiborrado de pan, pequeños quesos y fruta.

Se ponen en camino. Durante un poco de tiempo siguen el ribazo del Kisón; luego, acometiendo las primeras pendientes que llevan al Carmelo, desaparecen de la vista de los que se han quedado.

-Madre, estamos en tus manos. Guíanos, porque… no somos capaces de nada -confiesa humildemente Pedro.

María regala una sonrisa tranquilizadora y dice:
-Es muy simple. Lo único es obedecer sus indicaciones, y haréis todo bien. Vamos.

-Pero yo no voy con ellos. […] sigo a Jesús […].

Jesús sube sin hablar con su primo Santiago, que tampoco habla; está concentrado en sus pensamientos. Santiago, que se siente ante las puertas de una revelación, va penetrado todo de un amor reverencial, invadido de un temblor espiritual, y mira de tanto en tanto a Jesús, el cual, en medio de su estado de concentración, de vez en cuando, muestra una luminosa sonrisa en su rostro solemne. Mira a Jesús como miraría a Dios antes de encarnarse y con todo el resplandor de su inmensa majestad, y su cara, tan parecida a la de San José, de un moreno que no impide el rojo en lo alto de los pómulos, se pone pálida de emoción. Pero respeta el silencio de Jesús.

Van subiendo por empinados atajos, casi sin ver a los pastores que han sacado a pastar a sus rebaños a los verdes pastos de los bosques de acebos, robles, fresnos y otros árboles agrestes. Van subiendo, rozando con sus mantos las matas verdes -claras de los enebros, las matas de oro de las ginestas, o los matorrales de esmeralda salpicada de perlas de los mirtos, o las cortinas semovientes de las madreselvas y las clemátides en flor.

Van subiendo, dejando atrás a leñadores y pastores, hasta llegar, tras incansable camino, a la cresta del monte, más exactamente un pequeño rellano adosado a una cresta coronada por robles gigantescos: limitado por una balaustrada de troncos que tienen por base las copas de los otros árboles de la pronunciada pendiente, de modo que es como si el pequeño prado estuviera apoyado sobre este susurrante soporte; aislado del resto del monte, que no se puede ver por las frondas de más abajo; a sus espaldas el pico, que lanza sus árboles hacia el cielo; encima, el cielo abierto; de frente, el abierto horizonte, arrebolado a esta hora del ocaso, y que se derrama en el mar enteramente encendido.

Una grieta (de amplitud apenas suficiente para que quepa un hombre no corpulento) de la tierra -si no hay desprendimiento es porque las raíces de los robles gigantes mantienen el terreno en una red de tenazas-se abre en este rellano que un matorral de ramajes enredados parece prolongar extendiéndose horizontalmente desde su borde.

Jesús abre la boca para decir:
-Santiago, hermano mío, pasaremos esta noche aquí. A pesar de que sea mucho el cansancio de la carne, te pido pasar la noche en oración, la noche y todo el día de mañana hasta esta hora. Una jornada completa no es demasiado para recibir lo que quiero darte.

-Jesús, Señor y Maestro mío, haré siempre lo que quieras -responde Santiago, que había palidecido aún más cuando Jesús había empezado a hablar.

-Lo sé. Vamos ahora a coger moras y mirtilos para nuestro estómago y a refrescarnos a una fuente que he oído aquí abajo. Deja, si quieres, el manto en esa oquedad. Nadie lo cogerá.

Y junto con su primo da la vuelta al rellano, cogiendo frutos silvestres de las zarzas del matorral; luego, unos metros más abajo, en la parte opuesta a la que han seguido para subir, llenan las cantimploras -única cosa que llevaban consigo-en una cantarina fuente que surge de detrás de una maraña de gruesas raíces, y se lavan para refrescarse del calor que, a pesar de la altura, es todavía fuerte.

Luego vuelven a subir a su rellano, y, mientras el aire aparece todo arrebolado sobre la pingorota herida por el sol -que está para desaparecer por el occidente-, comen lo que han recogido, y beben de nuevo, sonriéndose como dos niños felices, o como dos ángeles.

Pocas palabras: un recuerdo de los que han dejado en la llanura, una exclamación de embeleso por la extrema belleza del día, el nombre de las dos madres… nada más.

Luego Jesús acerca hacia sí a su primo, que toma la postura habitual de Juan: la cabeza apoyada en la parte más alta del pecho de Jesús, una mano relajada sobre el regazo, la otra en la mano de su Primo; y están así, mientras la tarde declina en medio de un intenso trinar de pájaros que se van retirando a la espesura, en medio de un resonar de esquilas que se aleja y se hace cada vez más confuso, en medio del rumor leve del viento, que acaricia las cimas, las refresca y vivifica, tras el calor inmóvil del día, y anuncia ya el rocío.

Están así largo tiempo. Creo que es silencio sólo de labios, y que los espíritus, más activos que nunca, están entrelazando sobrenaturales conversaciones.

255- Despedida de las hermanas Marta y María, que parten con Síntica. Una lección a Judas Iscariote

Y de nuevo en camino, volviendo hacia el este, en dirección a los campos.

Ahora los apóstoles y los dos discípulos están con María Cleofás (María de Alfeo) y -Susana, algunos metros detrás de Jesús, que va con su Madre y las dos hermanas de Lázaro. Jesús va hablando locuazmente. Los apóstoles, por el contrario, no hablan: parecen cansados o deprimidos.

No les llama la atención ni siquiera la belleza de los campos, verdaderamente espléndida: con sus leves ondulaciones arrojadas a la llanura como cojines verdes a los pies de un rey gigante; con sus collados de poca altura, esparcidos acá o allá, anunciadores de las cadenas del Carmelo y de Samaria. Tanto en la llanura, la reina del lugar, como en el decorado de sus pequeñas colinas y ondulaciones, se ve todo un florecer de hierba y madurar de fruta. Debe abundar en agua este sitio, a pesar de la región y el período del año, porque está demasiado pujante como para no tener copiosidad de agua. Comprendo ahora por qué la Sagrada Escritura menciona tantas veces con entusiasmo la llanura de Sarón. Pero los apóstoles no comparten de ninguna manera este entusiasmo, y caminan como un poco malhumorados: son los únicos de malhumor en este día sereno y en esta comarca riente.

Muy bien conservada, la vía consular, con su cinta blanca, corta esta campiña fertilísima, y, dado que es temprano, todavía es fácil encontrarse con campesinos cargados de productos del campo, o viajeros que van a Cesárea. Uno, que alcanza con una recua de asnos cargados de sacos a los apóstoles y los obliga a apartarse para dejar paso a la caravana asnal, pregunta con arrogancia:

-¿El Kisón está aquí?

-Más atrás -responde secamente Tomás, y barbota entre dientes: « ¡Cacho patán!».

-¡Es un samaritano, ya está dicho todo! -responde Felipe. Vuelven a sumergirse en el silencio.
Después de algunos metros, así, como terminando una conversación interna, Pedro dice:
-¡Para lo que ha servido! ¡Pues sí que valía la pena recorrer tanto camino!…

-¡Sí, eso! ¿Para qué hemos ido a Cesárea si luego no ha dicho una palabra? Yo pensaba que es que quería hacer algún milagro sorprendente para convencer a los romanos. Sin embargo… -dice Santiago de Zebedeo.
-Nos ha expuesto en la picota y nada más -comenta Tomás.
Y Judas Iscariote echa leña al fuego:

-Y nos ha hecho sufrir. A Él le gustan las ofensas y piensa que nos gustan también a nosotros.
-La verdad es que quien ha sufrido en este caso ha sido María de Teófilo -observa mesuradamente el Zelote.

-¡María! ¡María! ¿Es que ahora es el centro del universo, María? Sólo sufre ella, sólo ella es heroica, sólo se la debe formar a ella. De haberlo sabido hubiera sido ladrón y homicida, para ser luego objeto de tantas atenciones -responde repentinamente Judas Iscariote.

-Verdaderamente la otra vez que vinimos a Cesárea, que hizo un milagro y evangelizó, lo torturamos con nuestros descontentos por haberlo hecho -observa el primo del Señor.

-Es que no sabemos lo que queremos… Hace una cosa y rezongamos; hace lo contrario y rezongamos. Somos imperfectos -dice serio Juan.

-¡Ya habló el otro sabio! Una cosa es cierta: hace tiempo que no se hace nada provechoso.

-¿Nada, Judas? ¿Y esa griega y Hermasteo y Abel y María y…?

-No será con estas nulidades con los que El fundará su Reino -replica Judas Iscariote, obsesionado por la idea de un triunfo terreno.

-Judas, te ruego que no juzgues las obras de mi Hermano.

Es una ridícula pretensión. Un niño que quiere juzgar a su maestro, por no decir: una nulidad que quiere ponerse en alto -dice Judas Tadeo, e1 cual, si tiene en común el nombre, tiene también una indomable antipatía hacia su homónimo.

-Te agradezco que te hayas limitado a llamarme niño. Verdaderamente, después de haber vivido en el Templo, creía que se me consideraba al menos mayor de edad -responde sarcástico Judas Iscariote.

-¡Qué gravosas se hacen estas discusiones! -suspira Andrés.

-¡Verdaderamente! En vez de unirnos a medida que vamos viviendo más tiempo juntos, nos separamos. ¡Y pensar que en Sicaminón dijo que teníamos que estar unidos al rebaño!… ¿Cómo lo vamos a estar, si ya entre pastores no lo estamos? ­observa Mateo.

-¿Entonces no se debe hablar? ¿Jamás expresar nuestro pensamiento? ¡No creo que seamos esclavos!…

-No, Judas, no somos esclavos; pero sí somos indignos de seguirle, porque no lo comprendemos -dice sereno el Zelote.

-Yo lo comprendo maravillosamente.

-No. No lo comprendes. Y contigo no lo comprenden en mayor o menor grado todos los que lo critican. Comprender es obedecer sin discutir, por estar persuadidos de la santidad de quien va a la cabeza -dice el Zelote.

-¡Ah, te refieres a comprender su santidad… yo decía sus palabras! Su santidad no se pone en duda, ni se podría poner ­se apresura a decir Judas Iscariote.

-¿Y puedes separar ésta de aquéllas? Un santo será siempre posesor de la Sabiduría y sus palabras serán sabias.

-Eso es verdad. Pero algunos actos suyos son perjudiciales. Admito que por exceso de santidad, claro. Pero el mundo no es santo, y E1 se busca complicaciones. Ahora, por ejemplo, este filisteo y esta griega. ¿Crees que nos van a beneficiar?

-Si voy a causar algún perjuicio, me marcho -dice compungido Hermasteo -Había venido con la idea de darle honor y de hacer algo correcto.
-Si te marcharas por este motivo, le causarías un dolor -le responde Santiago de Alfeo.

-Daré a entender que he cambiado de idea. Voy a saludarlo y… me marcho.

Pedro reacciona inmediatamente:

-¡No, no! Tú no te marchas. No es justo que, por nerviosismos ajenos, el Maestro pierda un discípulo bueno.
-Pues si se quiere ir por tan poca cosa es señal de que no está seguro de lo que quiere; por tanto, déjalo que se marche -responde Judas Iscariote.

Pedro pierde la paciencia:

-Le prometí, cuando me dio a Margziam, que sería paterno con todos, y siento faltar a la promesa. Pero es que me obligas. Hermasteo está aquí y aquí se quedará. ¿Sabes lo que tengo que decirte? Que eres tú quien perturba las voluntades de los demás y las hace vacilar. Divides y creas desorden, eso es lo que haces; y deberías avergonzarte.

-¿Qué eres? ¿El protector de los…?
-¡Sí, señor! Tú lo has dicho. Sé a lo que te refieres. Protector de la Velada, protector de Juan de Endor, protector de Hermasteo, protector de aquella esclava, protector de todos los que encuentra Jesús, aunque no sean los espléndidos ejemplares paviles del Templo, los elementos construidos con la sagrada argamasa y las telarañas del Templo, los pabilos con olor a morga de las lámparas del Templo, los… como tú, en definitiva, para hacer más clara la parábola; porque, si el Templo es mucho -a menos que yo me haya vuelto imbécil-el Maestro es más que el Templo y tú le faltas…

-Grita tanto que Jesús se detiene y se vuelve, y hace ademán de dejar a las mujeres y tornar atrás.

-¡Lo ha oído! ¡Ahora se va a entristecer! -dice el apóstol Juan.

-No, Maestro. No vengas. Discutíamos… para matar el aburrimiento del camino -dice Tomás sin dilación.

Pero Jesús se para y espera a que lleguen donde Él.

-¿De qué discutíais? ¿Os voy a tener que decir otra vez que las mujeres os preceden?

La dulce corrección toca el corazón de todos. Callan y agachan la cabeza.

-¡Amigos, amigos! ¡No seáis objeto de escándalo para los que están naciendo ahora a la Luz! ¡No sabéis que una imperfección vuestra perjudica a la redención de un pagano o de un pecador más que todos los errores del paganismo?

Ninguno responde, porque no saben qué decir para justificarse o para no acusar.

Junto a un puente de un torrente seco está parado el carro de las hermanas de Lázaro. Los dos caballos pastan la abundante hierba de las márgenes del torrente (quizás seco desde hace poco; por tanto, con orillas bien nutridas de hierba). El sirviente de Marta y otro hombre -quizás el conductor del carro -están en el margen guijarroso, y las mujeres dentro del carro, completamente cubierto por un tupido toldo hecho con pieles curtidas, que caen, a manera de gruesas cortinas, hasta el suelo del carro.

Las mujeres discípulas aceleran el paso en dirección a él.

El sirviente, que es el primero que las ve, avisa a la nodriza; el otro se apresura a llevar los caballos a las varas. Entretanto, el sirviente va corriendo hacia sus señoras y, en llegando, hace una reverencia muy pronunciada.

La anciana nodriza (una mujer de buen tipo y tez aceitunada, de aspecto agradable) baja presurosa y se dirige hacia sus amas. Pero María de Magdala le dice algo y ella va inmediatamente donde la Virgen diciendo:

-Perdona… pero es que siento una alegría tan grande de verla, que sólo la veo a ella. Ven, bendita. El sol quema. Dentro del carro hay sombra.

Y suben todas en espera de los hombres, que vienen muy retrasados. Mientras esperan y mientras Síntica, que lleva el vestido que ayer tenía la Magdalena, besa los pies de sus amas -como se obstina en llamarlas, a pesar de que ellas le digan que no es ni su sierva ni su esclava, sino sólo su huésped en nombre de Jesús-, la Virgen muestra el precioso taleguillo de la púrpura, y pregunta cómo se puede hilar ese mechón cuyos cortísimos filamentos no admiten ni humedad ni torsión.

-No se usa así, Mujer. Se pulveriza y se usa como cualquier otra tintura. Esto es la bava de la concha, no es una hebra ni un pelo. ¿Ves qué quebradiza es ahora que está seca? La tienes que reducir a polvo fino, luego la pasas por un tamiz para que no quede ningún fragmento largo, que mancharía el hilado o el paño. Es mejor si tiñes el hilado en madejas. Una vez segura de que esté completamente pulverizada, la deslías como se hace con la cochinilla o el azafrán o el polvo de añil o con otros polvos de otras cortezas o raíces o frutos, y luego la usas. Fija el color con vinagre fuerte para el último aclarado.

-Gracias, Noemí. Seguiré tus indicaciones. He bordado con hilos teñidos de púrpura, pero me los habían dado ya preparados… Ya está ahí Jesús. Llega la hora de despedirnos. Os bendigo a todas en el nombre del Señor. Id en paz y llevad la paz y la alegría a Lázaro. Adiós, María. Recuerda que lloraste sobre mi pecho tu primer llanto dichoso. Por eso soy para ti madre, porque una pequeñuela llora su primer llanto sobre el pecho de su mamá. Soy para ti madre, y lo seré siempre.

Lo que te resulte duro de manifestar incluso a la más dulce hermana o a la más amorosa nodriza, ven a decírmelo a mí; te comprenderé siempre. Si hay algo que, por estar impregnado de una humanidad que en ti Jesús no quiere, no te atreves a decírselo a Él, ven a decírmelo a mí; me mostraré siempre compasiva contigo. Y si quieres hablarme también de tus victorias -aunque prefiero que se las presentes a Él, cual fragantes flores, porque El, no yo, es tu Salvador-exultaré contigo. Adiós, Marta.

Ahora te marchas feliz y te mantendrás en esta felicidad sobrenatural. Por tanto, sólo necesitas progresar en la justicia, en medio de esa paz por nada en ti ya perturbada. Hazlo por amor a Jesús, que te ha amado incluso queriendo a ésta que quieres sin reservas. Adiós, Noemí. Ve con tu tesoro recuperado. Tú dabas a María tu leche en alimento. Nútrete ahora con las palabras que ella y Marta te digan. Ve en mi Hijo mucho más que un exorcista que libera a los corazones del Mal. Adiós, Síntica, flor de Grecia, que has sabido por ti misma sentir que hay algo más que la carne; florece ahora en Dios y sé la primera de las nuevas flores de la Grecia de Cristo. Me siento muy dichosa de despedirme de vosotras viéndoos unidas así. Os bendigo con amor.

Ya se oye cercano el rumor de los pasos. Levantan el tupido toldo y ven a Jesús a dos metros del carro. Bajan, en medio del sol ardiente que invade el camino.
María de Magdala se arrodilla a los pies de Jesús y dice:
-Te doy gracias por todo. Muchas gracias por haberme permitido realizar este peregrinaje. Sólo Tú eres sabio. Parto despojada de las reliquias de la María del pasado. Bendíceme, Señor, para fortalecerme más.

-Sí, te bendigo. Goza de la compañía de tus hermanos; con tus hermanos, fórmate cada vez más en mí. Adiós, María. Adiós, Marta. Dile a Lázaro que lo bendigo. Os confío esta mujer. No os la doy. Es discípula mía. Quiero que le deis un mínimo de capacidad de entender mi doctrina. Luego iré Yo. Noemí, te bendigo, y también a vosotras dos.

A Marta y María se les humedecen los ojos. El Zelote las saluda personalmente y les da un escrito para su sirviente; los demás las saludan conjuntamente. Y el carro se pone en movimiento.

-Vamos a buscar algo de sombra. Que Dios las acompañe… ¿Tanto te entristece, María, el que se hayan marchado? ­pregunta a María de Alfeo, que llora toda en silencio.
-Sí. Eran muy buenas…

-Las volveremos a ver pronto. Y, numéricamente, más. Tendrás muchas hermanas… o hijas, si lo prefieres. Amor es tanto el materno como el fraterno -la consuela Jesús.

-Con tal de que no cree conflictos… -murmura Judas Iscariote.

-¿Conflictos amarse?
-No. Conflictos el tener a personas de otra raza y de otra proveniencia.
-¿Síntica, quieres decir?
-Sí, Maestro. A fin de cuentas, era propiedad del romano, y no es lícito apoderarse de ella. Ello lo incitará contra nosotros y nos atraeremos el rigor de Poncio Pilatos.
-Pero, ¿qué le va a importar a Pilatos el que uno de sus subordinados pierda una esclava? ¡Sabrá cómo es! Si es un poco honesto, como se piensa, al menos en familia, dirá que esta mujer ha hecho bien en escaparse. Y si es un deshonesto dirá: "Te está bien empleado. Así quizás la encuentro yo". Los deshonestos no son sensibles a las penas ajenas. ¡Y además… pobre Poncio… con la lata que le damos, fíjate tú si no va a tener otra cosa que hacer que perder el tiempo con la pataleta de uno que deja que se le escape una esclava! -dice Pedro, y muchos de los presentes le dan la razón mientras ridiculizan las rabietas del lúbrico romano.

Pero Jesús lleva la cuestión a un nivel más alto.
-Judas, ¿conoces el Deuteronomio?
-Seguro, Maestro, y además -lo digo convencido-como pocos.
-¿Cómo lo juzgas?
-Vehículo de la voz de Dios.
-¿Vehículo? Entonces repetidor de la palabra de Dios, ¿no?
-Exactamente.
-Has juzgado bien. Entonces, ¿por qué no juzgas que se deba hacer lo que ordena?
-No he dicho nunca eso. Es más, me parece que precisamente nosotros, siguiendo la nueva Ley, lo desatendemos demasiado.

-La nueva Ley es el fruto de la antigua, o sea, es la perfección alcanzada por el árbol de la Fe. Pero ninguno de nosotros lo desatiende, que Yo sepa. Soy el primero que lo respeta y que impide que otros lo desatiendan.

Jesús es muy incisivo al decir estas palabras. Y añade:
-El Deuteronomio es intocable. Incluso cuando triunfe mi Reino, y con mi Reino la nueva Ley, con sus nuevos códigos y disposiciones, seguirá aplicándose en los nuevos dictámenes, de la misma forma que los sillares de las antiguas construcciones se usan para las nuevas porque son piedras perfectas con que se hacen fuertes murallas. Pero todavía no ha llegado mi Reino, y Yo, como fiel israelita, no ofendo al libro mosaico ni lo desatiendo, que base es de mi modo de actuar y de mi enseñanza; sobre la base del Hombre y del Maestro, el Hijo del Padre edifica la celeste construcción de su Naturaleza y Sabiduría.

En el Deuteronomio está escrito: "No entregarás a su amo el esclavo que ha buscado refugio en ti. Vivirá contigo donde él quiera, estará tranquilo en una de tus ciudades, no lo molestarás".

Esto en el caso de que uno se vea obligado a huir de una esclavitud inhumana. En mi caso, en el de Síntica, la fuga no persigue una libertad limitada, sino la libertad ilimitada del Hijo de Dios. ¿Y pretendes que a esta alondra que ha huido del lazo de los cazadores le meta de nuevo el cordel y la devuelva a su prisión para quitarle no sólo la libertad sino también la esperanza? ¡No! ¡Jamás! Bendigo a Dios, porque, como el viaje a Endor llevó a este hijo al Padre, el viaje a Cesárea ha traído a esta criatura a mí para que la lleve al Padre.

En Sicaminón os hablé del poder de la Fe; hoy os voy a hablar de la luz de la Esperanza. Mas ahora, a la sombra de este tupido pomar, detengámonos a comer y descansar. Porque el sol arde como si el infierno estuviera abierto.

254- El encuentro con Síntica, esclava griega y la llegada a Cesárea Marítima

No veo la ciudad de Dora. Declina el sol. Los peregrinos se dirigen a Cesárea. La permanencia en Dora no la he visto. Quizás ha sido sólo un alto en el camino sin nada especial que señalar. El mar parece al rojo vivo, de tanto como refleja, en su calma, el rojo del cielo; un rojo, éste, tan violento, que aparece casi irreal: es como si hubieran vertido sangre en la bóveda del firmamento. Hace todavía calor, pero el aire del mar lo hace soportable.

Caminan siguiendo la orilla para evitar el ardor del terreno seco; bastantes, incluso, se han quitado las sandalias y se han remangado los vestidos para entrar en el agua.

Pedro declara:

-Si no hubieran estado las discípulas, me habría desnudado y me habría metido dentro del agua hasta el cuello.
Pero… hasta de donde está debe salir, porque la Magdalena, que iba adelante con las otras, vuelve y dice:
-Maestro, conozco bien esta zona. ¿Ves allí ese hilo amarillo en el azul del mar? Allí descarga un río, perenne, incluso en este tiempo de verano. Y hay que saberle atravesar…

-¡Hemos atravesado muchos ríos! ¡No será el Nilo!

Atravesaremos también éste -dice Pedro.
-No es el Nilo. Pero en sus aguas y sus orillas hay animales de agua peligrosos. No se puede pasar a la ligera y descalzos, porque entonces te hieren.

-¿Pero bueno, qué son, leviatanes?
-Bien has dicho, Simón, son verdaderamente cocodrilos; pequeños, pero suficiente como para que no puedas caminar un buen trecho.
-¿Y qué hacen allí?

-Los trajeron por motivos de culto, creo, desde cuando aquí reinaban los fenicios. Y aquí se han quedado. Cada vez más pequeños, pero no por ello menos agresivos.

Pasaron de los templos al limo del río. Ahora son lagartones grandes, ¡pero con unos dientes! Los romanos vienen para celebrar partidas de caza y para otra serie de diversiones… Yo también he venido con ellos. Todo sirve para… llenar el tiempo. Además las pieles son bonitas y se usan para muchas cosas. Por la experiencia que tengo, dejad que os guíe.

-Bien. Me gustaría verlos… -dice Pedro.
-Quizás vemos alguno, aunque de hecho los han cazado tanto que están casi exterminados.

Dejan la orilla y se dirigen hacia el interior. Encuentran un camino de primer orden entre medias de las colinas y el mar. Llegan pronto a un puente muy arqueado, tendido sobre un río pequeño, aunque de cauce más bien grande, ahora pobre de aguas, reducidas al centro del lecho. Donde no hay agua se ven juncales y cañizares ahora semiagostados por el verano, aunque en otras estaciones del año, sin duda, forman minúsculas islas en medio de las aguas). En las orillas hay matorrales y árboles frondosos.

A pesar de escrutar mucho con la mirada, no ven ningún animal, y muchos sufren un desencanto. Pero, estando ya para terminar el paso del puente (una recia construcción, tal vez romana, con un único arco muy alto; quizás para que no lo invadan las aguas en tiempo de crecida), Marta da un grito agudísimo y se hace atrás aterrorizada: un enorme lagartón -es lo que parece, no más, pero con la clásica cabeza de los cocodrilos-está atravesado en el camino haciéndose el dormido.

-¡No tengas miedo, mujer! -grita la Magdalena. Cuando están ahí no son peligrosos. Lo malo es cuando están
escondidos y se mete el pie sin verlos.

Pero Marta se mantiene prudentemente atrás. También Susana se lo toma muy en serio… María de Alfeo es más valiente, no sin prudencia: al lado de sus hijos, sigue adelante mientras mira. Los apóstoles no tienen ningún miedo; miran y hacen comentarios sobre el feo animal, el cual se digna girar lentamente la cabeza para que lo vean también de frente, y luego hace ademán de moverse, como si quisiera ir en dirección a estos importunos viandantes. Otro grito de Marta, que se hace atrás más todavía, imitada esta vez por Susana y María Cleofás. Pero María de Magdala coge un canto, se lo tira al animal y le da en un costado, y éste huye hacia abajo por el guijarral para encenagarse en el agua.

-Ven, acércate, miedosa. Ya no está -dice a su hermana. Las mujeres se juntan de nuevo.

-Pero es feo con ganas, ¡eh! -comenta Pedro.

Maestro, ¿es verdad que en el pasado les daban de comer víctimas humanas? -pregunta Judas Iscariote.
-Se le consideraba animal sagrado. Representaba a un dios, y, de la misma forma que nosotros ofrecemos el sacrificio a nuestro Dios, ellos, los pobres idólatras, lo hacían con las formas y errores que su condición comportaba.
-¿Pero todavía se hace ahora? -pregunta Susana.

-Creo que no hay que descartar que todavía se haga en lugares idólatras -dice Juan de Endor.

-¡Dios mío! Pero se los darán muertos, ¿no?!
-No. Si se los dan es vivos. Jovencitas, niños, en general: las primicias del pueblo. Al menos eso es lo que he leído ­responde Juan de Endor a las mujeres, las cuales miran a su alrededor todo asustadas.

-Yo, si tuviera que acercarme a él, me moriría de miedo -dice Marta.
-¿Sí? Pues ése no es nada, mujer, respecto al verdadero cocodrilo: es, al menos, tres veces más largo y ancho.
-Y además hambriento. Ése ciertamente estaba ya lleno de culebras o conejos montaraces.

-¡Misericordia! ¡También culebras! Pero, ¿a dónde nos has traído, Señor?! -dice quejumbrosa Marta, tan asustada que la risa se apodera irresistiblemente de todos.
Hermasteo, que hasta ahora ha guardado siempre silencio, dice:

-No tengas ningún miedo. Basta hacer mucho ruido y todos huyen. Tengo experiencia. He estado en repetidas ocasiones en el bajo Egipto.

Reanudan la marcha dando palmadas o golpeando en los troncos… La parte peligrosa queda atrás.
Marta se ha juntado a Jesús y pregunta frecuentemente:

-¿Es seguro que ya no habrá más?
Jesús la mira y menea la cabeza sonriendo, pero la tranquiliza:

-Estamos ya muy cerca de la llanura de Sarón, que no es sino belleza. ¡De todas formas, sí que me teníais reservadas hoy sorpresas las discípulas! No sé verdaderamente por qué eres tan asustadiza.

-Yo tampoco lo sé. Pero todo lo que repta me aterroriza. Tengo la impresión como de sentir el frío de esos cuerpos fríos y legamosos -sobre mí. Y me pregunto por qué existen. ¿Son, acaso, necesarios?

-Esto habría que preguntárselo a Aquel que los hizo. Tú cree que si los ha hecho es señal de que son útiles… aunque sólo fuera para hacer brillar el heroísmo de Marta -dice Jesús con un brillo perspicaz en sus ojos.
-¡Oh, Señor! Tienes razón en bromear, pero yo tengo miedo y no me venceré jamás.

-Eso lo veremos… ¿Qué se mueve allí entre aquellos matorrales? -dice Jesús levantando la cabeza y dirigiendo su mirada adelante, hacia una maraña de zarzas y otras plantas de largas ramas lanzadas al asalto de una voluminosa barrera de chumberas, situada más atrás, con sus palas tan duras cuanto flexibles son las ramas agresoras.

-¿Otro cocodrilo, Señor?… -gime Marta aterrorizada.
Pero el crujir de frondas aumenta y tras ellas aparece un rostro humano, de mujer. Mira. Ve a todos estos hombres. Duda entre huir por el campo o introducirse en la agreste galería. Vence lo primero y, dando un grito, huye.

-¿Leprosa?, ¿Loca?, ¿Endemoniada? -se preguntan, sin salir de su asombro.

Pero la mujer vuelve sobre sus pasos, porque de Cesárea -ya cercana-está viniendo un carro romano. La mujer se ve como un ratón sin escapatoria. No sabe a dónde ir, porque Jesús con los suyos están ahora junto al matorral que le servía de refugio y no puede volver, y hacia el carro no quiere ir… Entre las primeras calígines del anochecer -la noche se acerca de prisa tras el intenso ocaso-se ve que es joven y donosa, a pesar de estar harapienta y despeinada.

-¡Mujer! Ven aquí!-ordena Jesús imperiosamente.

La mujer tiende los brazos hacia Él suplicando:

-¡No me hagas daño!
-Ven aquí. ¿Quién eres? No te voy a hacer ningún daño -lo dice tan dulcemente, que logra persuadirla.

La mujer se acerca encorvada y se arroja al suelo diciendo:

-Quienquiera que seas, ten piedad. Mátame, pero no me devuelvas a mi amo. Soy una esclava que ha huido…

-¿Quién era tu amo? ¿De dónde eres? Se ve que no eres hebrea, por tu modo de hablar y tu vestido.

-Soy griega. La esclava griega de… ¡Piedad!

¡Escondedme! ¡El carro está llegando!…

Todos forman grupo en torno a la infeliz, que se acurruca en el suelo. El vestido desgarrado por los espinos deja ver los hombros surcados de golpes y ornados de arañazos.

El carro pasa sin que ninguno de sus ocupantes muestre interés por este grupo parado junto al matorral.

-Han pasado de largo, habla. Si podemos, te ayudamos -dice Jesús tocando con la punta de los dedos su cabellera despeinada.

Soy Síntica, la esclava griega de un noble romano del séquito del Procónsul.

-¡Entonces eres la esclava de Valeriano! -exclama María de Magdala.

-¡Piedad, piedad! No me denuncies a él -suplica la infeliz.

-No temas. No volveré a hablar nunca más con Valeriano -responde la Magdalena, y explica a Jesús: «Es uno de los más ricos y sucios romanos que tenemos aquí. Y, lo mismo que es sucio, es cruel».

-¿Por qué has huido? -pregunta Jesús.
-Porque tengo un alma. No soy una mercancía… -la mujer siente seguridad al ver que ha encontrado a personas compasivas -No soy una mercancía. Mi amo me compró, es verdad, pero podrá haber comprado mi persona para embellecer su casa, para que le alegre las horas con la lectura, para que le sirva, sí, pero nada más. ¡El alma es

mía! No es una cosa que se compre. Y quería también mi alma.

-¿Cómo tienes conocimiento del alma?

-No soy iletrada, Señor; botín de guerra desde la más tierna edad, pero no plebeya. Éste es mi tercer amo, un indecente fauno. Pero conservo las palabras de nuestros filósofos, y sé que en nosotros hay algo más que carne.

Dentro de nosotros hay algo que es inmortal, algo que no tiene exacto nombre para nosotros… Pero hace poco he sabido su nombre. Un día ha pasado por Cesárea un hombre, que hacía prodigios y hablaba mejor que Sócrates y Platón.

Fue objeto de muchos comentarios, en termas y triclinios, o en los dorados peristilos. Ensuciaron su augusto nombre pronunciándolo en las salas de sus inmundas orgías. Y mi amo me mandó leer otra vez -precisamente a mí, que ya sentía en mí algo inmortal que sólo le corresponde a Dios y no se compra como mercancía en un mercado de esclavos-las obras de los filósofos, para cotejar y buscar si esta cosa ignorada, que el hombre que había venido a Cesárea había llamado "alma", estaba ahí descrita.

¡A mí me lo hizo leer, a mí a quien quería someter a su carnalidad! Así he venido a saber que esta cosa inmortal es el alma. Y, mientras Valeriano con los otros como él escuchaba mi voz, y, entre un eructo y un bostezo, trataba de entender, comparar y discutir, yo unía lo que decían, refiriendo las palabras del Desconocido, a las palabras de los filósofos, y me las metía aquí, y con ellas me construía una dignidad cada vez más fuerte, para rechazar su libídine… Hace unos días, una noche, me pegó salvajemente, porque lo rechacé a dentelladas… Al día siguiente me escapé…

Hace cinco días que vivo en esa espesura, cogiendo de noche moras e higos chumbos. Pero al final dará conmigo.

Ciertamente me está buscando. Cuesto mucho dinero, y gusto demasiado a su carnalidad, como para que se desentienda de mí… ¡Ten piedad! Te pido -eres hebreo y, sin duda, sabes dónde está-, te pido que me conduzcas a ese Desconocido que habla a los esclavos y que habla del alma. Me han dicho que es pobre. Pasaré hambre, pero quiero estar a su lado para que me instruya y me eleve: vivir con los brutos embrutece, aunque se les oponga resistencia. Quiero volver a poseer la dignidad moral mía.

-Ese hombre, el Desconocido al que buscas, está frente a ti.

-¿Tú? ¡Oh, ignoto Dios de la Acrópolis! ¡Ave! -y se postra hasta tocar con la frente el suelo.

-Aquí no puedes estar. Pero Yo voy a Cesárea…

-¡No me dejes, Señor!

-No te dejo… Estoy pensando…

-Maestro, nuestro carro está, sin duda, en el lugar convenido, esperándonos. Manda a avisar. En el carro estará segura como en nuestra casa -aconseja María de Magdala.

-¡Sí, confíanosla a nosotras, Señor! Ocupará el lugar del anciano Ismael. La instruiremos sobre ti. Será una mujer arrebatada al paganismo -suplica Marta.

-¿Quieres venir con nosotros? -pregunta Jesús.
-Con cualquiera de los tuyos, con tal de no volver con aquel hombre. ¡Pero… pero aquí una mujer ha dicho que lo conoce! ¿No me traicionará? ¿No irán romanos a su casa? ¿No…?

-No tengas miedo. A Betania no van romanos; sobre todo, de esa clase -dice la Magdalena para tranquilizar.

-Simón y Simón Pedro, id a buscar el carro. Os esperamos aquí. Entraremos en la ciudad después -ordena Jesús.

…Cuando el pesado carro cubierto anuncia su presencia con el ruido de los cascos y las ruedas y con el farol oscilante colgado de su techo, los que esperaban se levantan del ribazo donde han cenado y bajan al camino.

El carro se para, bamboleándose, en la orilla del camino deformado. Bajan Pedro y Simón; inmediatamente después, baja una mujer anciana, que corre a abrazar a la Magdalena diciendo:

-Ni siquiera un momento, no quiero dejar pasar ni un momento sin decirte que soy feliz, que tu madre exulta conmigo, que eres de nuevo la rubia rosa de nuestra casa, como cuando dormías en la cuna después de haber mamado de mi pecho -y la besa una y otra vez. María llora entre sus brazos.

-Mujer, te confío a esta joven y te pido el sacrificio de esperar aquí toda la noche. Mañana podrás ir al primer pueblo de la vía consular y esperar allí. Nosotros iremos antes del final de la tercia -dice Jesús a la nodriza.

-Todo sea como Tú quieras. ¡Bendito seas! Déjame sólo darle a María los vestidos que le he traído.

Y vuelve a subir al carro, con María Santísima, María y Marta.

Cuando vuelven a salir, la Magdalena aparece como la veremos en lo sucesivo siempre: con una túnica sencilla, un lienzo fino y grande de lino como velo y un manto sin adornos.

-Ve tranquila, Síntica. Mañana vendremos nosotros. Adiós.
Es el saludo de Jesús, que reanuda su camino hacia Cesárea…

Mucha gente, a la luz de antorchas o faroles llevados por esclavos, pasea por la orilla del mar, respirando el aire marino: gran alivio para los pulmones cansados del bochorno del estío. Los que pasean son precisamente la clase de los ricos romanos. Los hebreos están dentro de sus casas y gozan del fresco en la parte alta de éstas.

La orilla del mar parece un larguísimo salón en hora de visitas. Pasar por ahí significa literalmente ser sometido a detallado análisis. Pues bien, a pesar de ello, Jesús pasa precisamente por ahí, todo a lo largo de la orilla, sin hacer caso de miradas, comentarios o ironías.

-Maestro, ¿Tú por aquí? ¿A esta hora? -pregunta Lidia (que está sentada en una especie de sillón o triclinio que le han llevado los esclavos al margen de la vía), y se pone en pie.

-Vengo de Dora y se me ha hecho tarde. Estoy buscando un lugar de alojamiento.

-Te diría: ahí está mi casa -y señala un bonito edificio a espaldas suyas -Pero no sé si…

-No. Te lo agradezco, pero no acepto. Traigo a muchos conmigo y ya dos de ellos se han adelantado para avisar a personas que conozco. Creo que me darán hospedaje.

Los ojos de Lidia se fijan también en las mujeres a las que ha señalado Jesús junto con los discípulos. Enseguida reconoce a la Magdalena.

-¡María! ¿Tú? ¡Entonces es verdad!

La mirada de María es como la de una gacela acorralada: denota suplicio. No sin motivo, porque no es Lidia la única a quien afrontar; hay muchos otros que se están fijando en ella… Pero mira a Jesús y se siente segura de nuevo.

-Es verdad.

-¡Entonces te hemos perdido!

-No. Me habéis encontrado. Al menos espero hallaros un día, y con una amistad mejor, en este camino que por fin he encontrado. Díselo esto, te lo ruego, a todos los que me conocen. Adiós, Lidia. Olvida todo el mal que me viste hacer. Te pido perdón por ello…

-¡Pero María! ¿Por qué te humillas? Hemos vivido la misma vida, de ricos y ociosos, y no hay…
-No. Yo he vivido una vida peor. Pero la he dejado. Y además para siempre.

-Adiós, Lidia -abrevia el Señor, y se mueve hacia su primo Judas, que, con Tomás, está viniendo hacia Él.
Lidia retiene un momento más a la Magdalena.

-Ahora que estamos entre nosotras, dime la verdad: ¿estás realmente convencida?

-No convencida: dichosa de ser la discípula. Sólo lloro una cosa: no haber conocido antes la Luz y haber comido el lodo en vez de nutrirme de Ella. Adiós, Lidia.

La respuesta resuena límpida en el silencio que se ha hecho en torno a las dos mujeres. Ninguno de los muchos presentes dice ya nada más… María se vuelve y, rápida, trata de alcanzar al Maestro.

Un joven se le pone delante:

-¿Es tu última locura? -dice, y hace ademán de abrazarla, pero, estando medio borracho, no lo logra y María lo evita mientras le grita: «No, es mi único acto de cordura». Y se llega hasta donde sus compañeras, que sienten tanta repulsa de las miradas de esos viciosos, que van veladas como mahometanas.

-María -dice temblorosa Marta -¿has sufrido mucho?
-No. Y, tiene razón, y ahora ya no volveré a sufrir por esto, tiene razón Él…

Tuercen todos hacia una callejuela oscura, para entrar luego en una casa grande -se ve que es una posada-donde pasar la noche.

253- María Santísima devela a María de Alfeo el sentido de la maternidad espiritualizada. La Magdalena debe forjarse sufriendo

Todavía es de noche (una preciosa noche de Luna menguante) cuando, silenciosamente, Jesús con los apóstoles y las mujeres, Juan de Endor y Hermasteo, se despiden de Isaac, que es el único que está despierto, para emprender el camino siguiendo la orilla del mar.

El rumor de los pasos es sólo un leve crujido de grava comprimida por las sandalias. Ninguno habla hasta que no dejan unos metros atrás la última de las casitas. Quien en ella duerme, o en las otras anteriores, ciertamente no ha advertido la silenciosa partida del Señor y sus amigos. El silencio es profundo. Sólo el mar habla: a la Luna, que ya se encamina hacia el poniente, empezando a declinar; a las arenas, y les cuenta las historias de las profundidades, con su larga ola de marea alta incipiente que va dejando cada vez menos margen seco al litoral.

Esta vez las mujeres van adelante, con Juan, Simón Zelote, Judas Tadeo y Santiago de Alfeo, los cuales ayudan a las discípulas a pasar pequeños escollos que aparecen acá o allá, húmedos de agua salubre y resbaladizos. El Zelote va con la Magdalena, Juan con Marta, mientras que Santiago de Alfeo se ocupa de su madre y de Susana y Judas Tadeo no cede a ninguno el honor de tomar en su recia y larga mano -otra parte en que asemeja a Jesús-la mano menuda de María, para sostenerla en los pasos difíciles. Cada uno de ellos habla en voz baja con su compañera. Parece como si todos quisieran respetar el sueño de la Tierra.

El Zelote habla muy animadamente con María de Magdala, y veo que más de una vez Simón abre los brazos con el gesto de quien dijera: «Así es y no hay otra posibilidad». Pero, dado que son los que van más adelantados, no oigo lo que dicen.

Juan habla sólo de vez en cuando con su compañera, señalándole el mar y el Carmelo, cuya ladera occidental está todavía blanca de luna. Quizás está hablando del camino que recorrieron la otra vez bordeando el Carmelo por la otra parte.

También Santiago, entre María de Alfeo y Susana, habla del Carmelo. Dice a su madre:

-Jesús me ha prometido que subiríamos allá arriba los dos solos, y que me diría una cosa sólo a mí.
-¿Qué querrá decirte, hijo? ¿Me lo participas luego?
-Mamá, si es un secreto, no te lo puedo decir -responde sonriendo, con esa sonrisa suya tan afectuosa, Santiago, cuya semejanza con José, el esposo de María, es muy sensible en las facciones y, más aún, en la serena dulzura.

-Para la madre no hay secretos.
-No los tengo, la verdad. Pero si Jesús me quiere allá arriba solo, y sólo para hablarme, es señal de que no quiere que sepa nadie lo que quiere decirme. Tú, mamá, eres mi querida mamá a la que quiero mucho, pero Jesús está por encima de ti y su voluntad también. De todas formas, le preguntaré, cuando llegue el momento, si te puedo decir a ti sus palabras. ¿Estás contenta ahora?

-Te olvidarás de preguntarlo…
-No, mamá; no te olvido nunca, aunque estés lejos de mí. Siempre que oigo o veo algo bonito pienso: "¡Si estuviera aquí mi madre!"
-¡Amor! Dame un beso, hijo mío.

María de Alfeo está emocionada. Pero la emoción no mata la curiosidad. Vuelve al asalto después de unos momentos de silencio.

-Has dicho: su voluntad. Entonces es que has comprendido que te quiere manifestar algún designio suyo. ¡Venga, hombre, al menos esto lo puedes decir! ¡Esto te lo habrá dicho estando presentes los demás!
-La verdad es que iba delante sólo con Él -dice sonriendo Santiago.

-Pero los otros podían oír.
-No me dijo mucho, mamá. Me recordó las palabras y la oración de Elías en el Carmelo: "De los profetas del Señor he quedado yo sólo"; "sé propicio a mi oración, para que este pueblo reconozca que Tú eres el Señor Dios"».
-¿Y qué quería decir?

-¡Cuántas cosas quieres saber, mamá! Ve donde Jesús, entonces; que te las diga -se defiende Santiago.
-Habrá querido decir que, dado que el Bautista ha sido apresado, queda sólo El como profeta en Israel, y que Dios deberá conservarlo mucho tiempo para que el pueblo sea adoctrinado -dice Susana.

-¡Mmm! Dudo que Jesús pida ser conservado mucho tiempo. Para sí mismo no pide nada… ¡Venga, Santiago mío, díselo a tu madre!

-La curiosidad es un defecto, mamá; es cosa inútil, peligrosa y a veces dolorosa. Haz un buen acto de mortificación…

-¡Ay, pobre de mí! ¿No habrá querido decir que me van a encarcelar a tu hermano, o… quizás… matarlo? -pregunta toda agitada María de Alfeo.
-Judas no es "todos los profetas", mamá, aunque, por tu amor, cada uno de tus hijos representa al mundo…

-Pienso también en los demás, porque… porque entre los profetas futuros estáis ciertamente vosotros. Entonces… entonces, si sólo quedas tú… Si sólo quedas tú es señal de que los otros, mi Judas… ¡oh!

María de Alfeo deja al improviso donde están a Santiago y a Susana y, ligera como una jovencilla, vuelve hacia atrás corriendo, sin hacer caso a la pregunta que le dirige Judas Tadeo. Llega, como si alguien la estuviera persiguiendo, al grupo de Jesús.

-Jesús mío,…estaba hablando con mi hijo… de lo que le dijiste… del Carmelo… de Elías… de los profetas… Dijiste… que Santiago se quedará solo… ¿Qué será de Judas, entonces? ¡Es mi hijo, sabes! -dice toda jadeante por la congoja y por la carrera realizada.
-Lo sé, María; como también sé que te sientes feliz de que sea mi apóstol. Date cuenta de que tú tienes todos los derechos como madre y Yo los tengo como Maestro y Señor.
-¡Es verdad… es verdad… pero Judas es mi hijito!… y María, vislumbrando un momento futuro, se echa a llorar con ganas.

-¡Oh, son lágrimas muy mal empleadas! Pero todo se le comprende a un corazón de madre. Ven aquí, María. No llores. Ya te consolé otra vez. En aquel momento te prometí que aquel dolor te alcanzaría de Dios grandes gracias, para ti, para tu Alfeo, para tus hijos… (Jesús ha pasado su brazo por encima de los hombros de su tía y la ha juntado estrechamente a sí… Ahora ordena a los que iban con Él:

-Vosotros id adelante…

Luego, ya sólo con María de Alfeo, sigue diciendo:
-Y no mentí. Alfeo murió invocándome. Por tanto, toda deuda suya hacia Dios quedó cancelada. María, tu dolor obtuvo esta conversión hacia el pariente que antes Alfeo no había comprendido, hacia el Mesías que no había querido reconocer; ahora, este dolor tuyo obtendrá que el vacilante Simón y el reacio José imiten a tu Alfeo.
-Sí, pero… ¿Qué vas a hacer con Judas, con mi Judas?
-Lo amaré más aún de cuanto le amo ahora.

-No, no. Hay un presagio amenazador en esas palabras. ¡Oh, Jesús! ¡Oh, Jesús!…

María Virgen vuelve hacia atrás porque, ante ese dolor cuya naturaleza todavía desconoce, quiere consolar también a su cuñada. En cuanto sabe de qué dolor se trata -porque su cuñada, al verla a su lado, llora aún más fuerte y se lo dice-se pone más pálida que la misma Luna.
María de Alfeo gime:

-Dile tú que no, que no… la muerte para mi Judas…
María Virgen, aún más pálida, le dice:

-¿Podría pedir esto para ti, si ni siquiera para mi Hijo pido que sea salvado de la muerte? María, di conmigo: "Hágase tu voluntad, Padre, en el Cielo, en la Tierra y en el corazón de las madres". Hacer la voluntad de Dios a través del destino de nuestros hijos es el martirio redentor de nosotras las madres… Además… nadie ha confirmado que vayan a matarlo a Judas, o matarlo antes de que tú mueras.

¡Tu oración de ahora por que alcance la mayor longevidad cómo te pesaría entonces, cuando, en un Reino de Verdad y Amor, veas todas las cosas a través de las luces de Dios y a través de tu maternidad espiritualizada! Entonces -estoy seguro de ello-, como bienaventurada y como madre, querrías que Judas fuera semejante a mi Jesús en su destino de redentor, y anhelarías vivamente tenerlo pronto contigo, de nuevo, para siempre. Porque el tormento de las madres es verse separadas de sus hijos: un tormento tan grande, que creo que perdurará, como ansia amorosa, incluso en el Cielo que nos acogerá.

El llanto de María -tan fuerte y en medio del silencio de un primer barrunto de alba-ha hecho que todos vuelvan atrás para saber lo que pasa, con lo cual han oído las palabras de María Virgen y la emoción se extiende: llora María de Magdala susurrando:

«Y yo le he procurado ese tormento a mi madre ya desde esta Tierra»; llora Marta diciendo: «La separación de los hijos y la madre significa dolor recíproco»; brillan también los ojos de Pedro. Por su parte el Zelote dice a Bartolomé: « ¡Qué palabras de sabiduría para explicar lo que será la maternidad de una bienaventurada!»; « ¿Y cómo -le responde Natanael valorará las cosas una madre bienaventurada: a través de las luces de Dios y de la maternidad espiritualizada…! Se queda uno sin respiración, como ante un luminoso misterio».

Judas Iscariote dice a Andrés:

-La maternidad, expresada en esos términos, se despoja de todo sentido de peso para ser pura ala. Da la impresión de estar viendo ya a nuestras madres transformadas en una inimaginable belleza.

-Es verdad. La nuestra, Santiago, nos amará así. ¿Te imaginas lo perfecto que será entonces su amor? -dice Juan a su hermano, y es el único en que se dibuja una luz de sonrisa (¡tanto le emociona gozosamente la idea de que su madre llegue a amar en modo perfecto!).

Siento haber causado tanto dolor -dice Santiago de Alfeo en tono de pedir disculpas. Ha intuido más de lo que he dicho… Créeme, Jesús.
-Lo sé. Lo sé. María se está labrando a sí misma, y éste ha sido un golpe más fuerte de cincel; pero le quita mucho peso muerto -dice Jesús.

-¡Venga, madre! ¡Deja ya de llorar! Esto me duele. Que sufras como una pobre mujercita que no conoce las certezas del Reino de Dios. No te pareces en nada a la madre de los niños Macabeos -recrimina a su madre Judas Tadeo, severo, aunque abrazándola… Y, besándola en la cabeza, en sus cabellos entrecanos, añade: «Pareces una niña con miedo a las sombras y a las fábulas que le cuentan para asustarla.

Pero tú sabes dónde encontrarme: en Jesús. ¡Qué mamá! ¡Qué mamá! Deberías llorar si se te hubiera dicho que, en un futuro, fuera a traicionar a Jesús, a abandonarlo, o fuera a ser un réprobo. Entonces sí, entonces deberías llorar incluso sangre. Pero, si Dios me ayuda, no te daré nunca ese dolor, madre mía. Quiero estar contigo por toda la eternidad…

El reproche, primero; las caricias, después… terminan por enjugar el llanto de María de Alfeo, que ahora se siente -y se la ve-toda avergonzada de su debilidad.

En el tránsito de la noche al día -habiéndose ocultado la Luna sin haber empezado todavía a amanecer-la luz ha disminuido. Pero es sólo un breve intermedio incierto.

Inmediatamente después, la luz -primero plomiza, luego levemente gris, luego verdastra, luego láctea con transparencias de azul, finalmente clara, casi incorpórea plata-se afirma, cada vez más, facilitando el camino por el guijarral húmedo que las olas han dejado descubierto; mientras, los ojos se alegran con la vista del mar, ya de un azul más claro, pronto a encenderse de visos de gema.

Y luego el aire embebe su plata de un rosa cada vez más seguro, hasta que este rosa-oro de la aurora se hace lluvia rosa-roja que cae en el mar, en los rostros, en los campos, formando contrastes de tonalidades cada vez más vivos, los cuales alcanzan el punto perfecto -para mí siempre el más bonito del día cuando el Sol, saltando los confines del oriente, lanza su primer rayo hacia montes y laderas, bosques, prados y vastas llanuras marinas y celestes, y acentúa todos los colores: la blancura de las nieves o de las lejanías montañosas, con un color añil entreverado de verde diaspro; o el cobalto del cielo, que palidece para acoger el rosa; o el zafiro veteado de jaspe y orlado de perlas del mar. Y hoy el mar es un verdadero milagro de belleza: no muerto en la calmaría pesada ni agitado bajo la lucha de los vientos, sino majestuosamente vivo con su reñir de leves olas, apenas señaladas con una ondulación coronada por una crestita de espuma.

Llegaremos a Dora antes de que el sol queme. Reanudaremos la marcha al declinar del sol. Mañana, en Cesárea, terminará vuestro esfuerzo, hermanas. También nosotros descansaremos. Allí estará ciertamente vuestro carro. Nos separaremos… ¿Por qué lloras, María? ¿Voy a tener que ver hoy llorar a todas las Marías? -dice Jesús a la Magdalena.

-Le apena dejarte -dice su hermana para disculparla.

-No quiere decir que no nos vayamos a volver a ver, y además pronto.
María hace gesto de negación con la cabeza. No llora por eso.

El Zelote explica:
-Teme no saber ser buena sin tenerte a su lado. Teme… ser tentada demasiado fuertemente una vez que Tú ya no estés cerca manteniendo alejado al demonio. Me hablaba de esto hace poco.

-No tengas este temor. Yo no retiro nunca una gracia que he concedido. ¿Quieres pecar? ¿No? Pues estáte tranquila. Vigila, eso sí, pero no tengas miedo.

-Señor… lloro también porque en Cesárea… Cesárea está llena de mis pecados. Ahora los veo todos… Me espera mucho que sufrir en mi humanidad…

-Me alegro; cuanto más sufras mejor será, porque después ya no tendrás que sufrir con estas inútiles penas. María de Teófilo, te recuerdo que eres hija de un padre fuerte, y que eres un alma fuerte y que Yo te quiero hacer fortísima. En las otras compadezco las debilidades, porque han sido siempre mujeres mansas y tímidas, incluso tu hermana. En ti no lo soporto. Te labraré con fuego y yunque. Porque eres temple que debe labrarse así, para no deteriorar el milagro de tu voluntad y la mía. Esto debéis saberlo tú y los que -de entre los presentes o los ausentes-pensasen que podría ser débil contigo por lo mucho que te he amado. Te concedo que llores por arrepentimiento y por amor; no por ninguna otra cosa. ¿Comprendes? -Jesús se muestra sugestivo y severo.

María de Magdala se esfuerza en tragar lágrimas y sollozos y cae de rodillas, besa los pies de Jesús; e intentando hablar con voz firme, dice:
-Sí, mi Señor. Haré como Tú quieres.

-Álzate, pues, y está serena.

252- El regreso de Tiro. Milagros.Parábola de la vid y el olmo

La gente de Sicaminón, movida por la curiosidad de ver, en espera del Maestro, ha estado asediando todo el día el lugar en que están asentados los discípulos. Pero las discípulas, mientras tanto, no han perdido el tiempo; se han dedicado a lavar la ropa, polvorienta y sudada. Así pues, en la pequeña playa hay toda una alegre exposición de ropa secándose al viento y al sol. Ahora, que está cercano el atardecer, y con él se percibiría ya la humedad salobreña, se apresuran a recoger la ropa, aunque esté todavía un poco húmeda, y a sacudirla y estirarla en todas las direcciones antes de doblarla, para que los respectivos propietarios la encuentren bien ordenada.

-Vamos a llevarle a María enseguida su ropa -dice María de Alfeo. Y termina: «¡Ha estado muy sacrificada ayer y hoy en ese cuartito sin aire!…».

Por esto me doy cuenta de que la ausencia de Jesús ha sido de más de un día, y de que en ese tiempo María de Magdala, propietaria de un solo vestido, que además es prestado, ha tenido que estar escondida hasta que estuviera seco.
Susana responde:

-¡Menos mal que no se queja nunca! No pensaba que fuera tan buena.

-Y tan humilde, debes decir, y reservada. ¡Pobre hija! ¡Verdaderamente era el diablo el que la atormentaba! Una vez que mi Jesús la ha librado, ha vuelto a ser ella como sin duda era de niña.

Y hablando entre ellas vuelven a casa a llevar la ropa lavada. Entretanto, en la cocina, Marta trabaja en preparar las viandas. La Virgen está limpiando las verduras en un barreño de cobre y poniéndolas a hervir para la cena.

-Aquí está todo ya seco, limpio y doblado. Hacía falta. Ve donde María y dale su ropa -dice Susana mientras da el vestido a Marta.

Pasa un rato y las dos hermanas vuelven juntas.
-Gracias a las dos. El sacrificio del vestido sin cambiar desde hace días me era el más penoso -dice María de Magdala sonriendo -Ahora me siento toda fresca.

-Sal afuera a sentarte, que hay un buen vientecillo y te vendrá muy bien después de tanto tiempo encerrada -observa Marta, la cual, siendo menos alta y de formas menos esculturales que su hermana, ha podido ponerse un vestido de Susana o de María de Alfeo mientras su ropa se lavaba.

-Esta vez se ha hecho así, pero para el futuro nos haremos nuestro pequeño saco, como las otras, y no tendremos esta incomodidad -dice la Magdalena.

-¿Cómo? ¿Tienes intención de seguirlo como nosotras?
-Por supuesto. A menos que Él me ordene lo contrario. Ahora voy a la orilla del mar a ver si vienen. ¿Vuelven esta tarde?

-Eso espero -responde María Santísima -Estoy preocupada porque ha ido a Fenicia. Pero pienso que está con los apóstoles, y también que los fenicios quizás son mejores que otros muchos. Pero querría que volviera, incluso por la gente que está esperando. Cuando he ido a la fuente, una mujer me ha parado y me ha dicho: "¿Estás con el Maestro galileo, el que llaman el Mesías? Ven entonces y mira cómo está mi hijo. Hace un año que le atormenta la fiebre". He entrado en una casita. ¡Pobre criatura! ¡Parecía una florecilla agonizante! Se lo diré a Jesús.

-Hay otros también que piden igualmente la curación; más curación que enseñanza -dice Marta.
-El hombre difícilmente es todo espiritual. Siente con mayor fuerza la llamada de la carne y sus necesidades -responde la Virgen.
-Pero muchos, después del milagro, nacen a la vida del espíritu.

-Sí, Marta. Y ese también es un motivo por el que mi Hijo hace tantos milagros. Por bondad hacia el hombre, pero también para atraerlo, con ese medio, a este camino suyo que, si no, demasiados no lo seguirían.
En esto, vuelve a casa Juan de Endor (que no había ido con Jesús) y con él muchos discípulos en dirección a sus respectivas casas. Casi contemporáneamente, regresa la Magdalena diciendo:

-Están llegando. Son las cinco barcas que zarparon al alba de ayer. Las he reconocido muy bien.
-Estarán cansados y sedientos. Voy por más agua. La fuente es muy fresca.

María de Alfeo sale con las tinajas.

-Vamos a recibir a Jesús. Venid -dice la Virgen. Y sale con la Magdalena y Juan de Endor, porque Marta y Susana se quedan trabajando en los fuegos, rojas y muy ocupadas de ultimar la cena. Costeando la orilla, llegan a un pequeño espigón, donde ya otras barcas de pesca que han regresado están detenidas; desde su punta se ve bien todo el golfo, así como la ciudad de que recibe el nombre; y se ven también las cinco barcas que avanzan ligeras, un poco inclinadas por la veloz marcha, la vela bien tirante debido a un ligero viento boreal que favorece a las barcas y alivia a los hombres fatigados por el calor.

-Mira qué bien se manejan Simón y los otros. Siguen que es una maravilla la barca del guía. Fijaos, ya han sobrepasado el rompiente; ahora se internan hacia mar abierto para rodear la corriente, que es fuerte en ese punto. Fijaos… Ahora va todo bien. Dentro de poco están aquí -dice Juan de Endor.

En efecto, las barcas se van acercando cada vez más y ya se puede ver a los que vienen en ellas.
Jesús viene en la primera, junto con Isaac. Se ha puesto en pie y su alta estatura se manifiesta en toda su majestuosidad, hasta que la vela, al arriarla, lo esconde durante unos minutos. Dado que la barca, virando, pasa de proa a costado para entrar y ponerse al amparo del muelle, pasando así frente a las mujeres, que están encima del espigón, Jesús las saluda con una sonrisa y ellas se echan a andar deprisa para llegar al punto de arribo cuando la barca.

-¡Dios te bendiga, Hijo! -dice María como saludo a Jesús, el cual pone pie en el andén.

-Dios te bendiga, Mamá. ¿Has estado preocupada? En Sidón no hemos encontrado a quien buscábamos, así que hemos ido hasta Tiro. Allí hemos encontrado. Ven, Hermasteo… Mira, Juan, este joven quiere ser adoctrinado. Te le confío.
-Lo adoctrinaré sobre tu palabra, no te defraudaré.

¡Gracias, Maestro! Hay muchos que te están esperando -responde Juan de Endor.
-Hay también un pobre niño enfermo, Hijo mío. La madre te espera ansiosa.
-Voy enseguida a verla.

-Sé quién es, Maestro. Te acompaño. Ven, Hermasteo; así empezarás a conocer la bondad infinita de nuestro Señor ­dice el hombre de Endor.
Bajan: de la segunda barca, Pedro; de la tercera, Santiago; de la cuarta, Andrés; de la quinta, Juan: los cuatro pilotos, seguidos luego por los otros apóstoles o discípulos que venían con ellos. Ahora se agolpan alrededor de Jesús y María.

-Id a casa. Vuelvo enseguida. Preparad, entretanto, lo necesario para la cena y decid a las personas que están esperando que al anochecer hablaré.
-¿Y si hay enfermos?

-Primero los curaré. Incluso antes de la cena, para que puedan regresar a sus casas felices.

Se separan: Jesús va con el hombre de Endor y Hermasteo hacia la ciudad; los otros vuelven por el camino de la playa guijarrosa, narrando todo lo que han visto y oído, contentos como niños que regresaran con sus mamás.
También Judas de Keriot está contento. Enseña todas las limosnas que le han dado los pescadores de púrpura; sobre todo, un buen taleguillo de la preciosa materia.

-Esto para el Maestro. Si no la lleva El, ¿quién la podría llevar? Me llamaron aparte y me dijeron: "Tenemos madréporas de valor en la barca, y -¡fíjate!-una perla también. Un tesoro. No sé cómo hemos tenido tanta suerte.

Te las regalamos con mucho gusto para el Maestro. Ven a verlas". Fui, dado que me lo habían pedido, mientras el Maestro estaba retirado en una gruta orando. Eran corales bellísimos, y una perla… no grande pero sí bonita. Les dije: "No os privéis de estas cosas. El Maestro no lleva ninguna joya. Más bien, dadme un poco de esa púrpura, para embellecer su túnica". Tenían este montoncito. Se empeñaron en dármela toda. Ten, Madre, haz con ella un bonito trabajo, como tú sabes hacer, para nuestro Señor.

¡Pero hazlo! Si se da cuenta querrá que se venda para los pobres, y queremos verlo vestido como merece; ¿no es verdad?

-¡Sí, sí, cierto! Yo sufro cuando lo veo vestido con esa simplicidad en medio de otros; Él, que es Rey, mientras que ellos son peor que esclavos, y todo emperifollados y acicalados. ¡Y lo miran como a un pobre, indigno de ellos! -dice Pedro.

-¿Te diste cuenta de cómo se reían esos… señores de Tiro cuando nos estábamos despidiendo de los pescadores?-le dice su hermano -Les dije: "¡Os debería dar vergüenza, perros, que es lo que sois! Vale más un hilo de su túnica blanca que no todos vuestros perifollos" -dice Santiago de Zebedeo.

-Yo quisiera -dado que le han dado esto a Judas -que lo preparases para los Tabernáculos -dice el otro Judas, el Tadeo.

-Nunca he hilado con la púrpura. Pero lo intentaré, a ver si soy capaz -dice María Santísima mientras toca las séricas hebras, esponjosas, de espléndido color.
-La que fue mi nodriza es experta en esto. La encontraremos en Cesárea. Te enseñará. Aprenderás enseguida porque tú sabes hacer todo bien. Yo haría una cenefa para el cuello, para las bocamangas y para la parte baja de la túnica: púrpura sobre lino o lana blanquísimos, con palmas y rosetones, como los de los mármoles del Santo, y con el nudo de David en el centro. Estaría muy bien -dice la Magdalena, experta de cosas bonitas en general.

Marta dice:
-Nuestra madre hizo ese dibujo, por lo bonito que era, en la túnica destinada a Lázaro para el viaje de toma de posesión de sus tierras de Siria. Lo he conservado porque fue la última labor de nuestra madre. Te lo mandaré.
-Lo haré orando por vuestra madre.

En esto, han llegado ya a las casas. Los apóstoles se reparten para reunir a los que esperan al Maestro, especialmente a los enfermos…

Y vuelve Jesús con Juan de Endor y Hermasteo. Pasa saludando a la gente que está apiñada delante de las pequeñas casas. Su sonrisa es una bendición.
No podía faltar el enfermo de los ojos, casi ciego por las oftalmías ulcerosas. Se lo presentan y Él lo cura. Luego es el turno de uno que está sin duda palúdico, consumido y amarillo como un chino, y lo cura.

Luego es una mujer, que le pide un milagro singular: leche para su pecho, que no la tiene; y muestra un niño de pocos días, desnutrido y todo colorado, inflamado, como por un trastorno interno. Llora:

-Fíjate. Se nos manda obedecer al hombre y procrear. Pero ¿para qué sirve, si luego vemos apagarse a nuestros hijos? Es el tercero que doy a luz. A dos ya los he recostado en el sepulcro, por este pecho ciego. Éste ya se está muriendo porque ha nacido en la época de mayor calor. Los otros vivieron: uno diez lunas y el otro seis; para, al final, hacerme llorar más todavía, porque murieron por enfermedad de la tripa. Si tuviera mi leche esto no pasaría…

Jesús la mira y dice:
-Tu hijo vivirá. Ten fe. Ve a tu casa. En cuanto llegues dale el pecho al niño. Ten fe.
La mujer, obediente, se marcha, estrechando contra su corazón al menesteroso, que refunfuña como un gatito.
-Pero, ¿le va a venir la leche?
-Claro que le vendrá.

-Yo digo que le va a vivir el niño, pero que la leche no le viene, y ya si vive será un milagro… Está casi muerto de penuria.

-Pues yo digo que le viene la leche.
-Sí.
-No.
Las opiniones son múltiples como las personas.

Mientras tanto, Jesús se retira a cenar. Cuando sale para predicar de nuevo, hay todavía más gente, porque la noticia del milagro del niño enfermo de fiebres, realizado por Jesús al poco de desembarcar, se ha extendido por la ciudad.

-Os doy mi paz para que prepare vuestro espíritu a comprender. En la tempestad no se puede oír la voz del Señor. Cualquier tipo de desasosiego es nocivo a la Sabiduría, porque la Sabiduría, siendo así que viene de Dios, es pacífica; el desasosiego, por el contrario, no viene de Dios, porque los agobios, las ansias, las dudas, son obras del Maligno para inquietar a los hijos del hombre y separarlos de Dios.

Os propongo esta parábola para que entendáis mejor la enseñanza.

Un agricultor tenía en sus campos muchos árboles y vides que daban mucho fruto; entre éstas, una, de la que se sentía muy orgulloso, de calidad selecta. Un año esta vid dio muchas hojas, pero pocos racimos. Un amigo le dijo al agricultor: "Es porque la has podado demasiado poco". Al año siguiente el hombre la podó mucho: la vid dio pocos sarmientos y de racimos todavía menos. Otro amigo dijo:

"Es porque la has podado demasiado". El tercer año el hombre no la tocó: la vid no dio ni un solo racimo, y muy pocas hojas, delgadas, acartonadas, orinientas. Un tercer amigo sentenció: "Muere porque la tierra no es buena.

Quémala". "Pero ¿por qué, si es la misma tierra de las otras y la cuido como a las demás? ¡Antes iba bien!". El amigo se encogió de hombros y se fue.

Pasó un desconocido viandante y se detuvo a observar al agricultor que estaba apoyado con tristeza en el tronco de la pobre vid. "¿Qué te pasa?" le preguntó. "¿Algún difunto en tu casa?".

-No. Pero se me está muriendo esta vid. La apreciaba mucho. Se ha quedado sin savia para dar fruto. Un año, poco; al otro, menos; éste, nada. He hecho lo que me han aconsejado, pero no ha servido de nada.

El desconocido entró en el campo y se acercó a la vid. Tocó las hojas, cogió un terrón del suelo, lo olió, lo desmenuzó con sus dedos, alzó su mirada hacia el tronco del árbol que servía de apoyo a la vid…

-Tienes que contarlo. Esta vid está consumida por causa del tronco.

-¡Pero si es su apoyo desde hace años!
-Respóndeme, hombre: cuando plantaste esta vid, ¿cómo era ella y cómo era el tronco?

-¡Oh, era un hermoso majuelo de tres años! Lo saqué de otra cepa mía. Para traerlo aquí hice un agujero profundo, para no dañar las raíces al sacarlo del terruño natal. También aquí había hecho un agujero igual; más grande todavía, para que estuviera enseguida a sus anchas. Antes había excavado bien con la azada toda la tierra de alrededor para que estuviera esponjosa, de forma que las raíces pudieran extenderse enseguida sin esfuerzo. Metí en el fondo grato abono y coloqué el majuelo con todo cuidado --como sabes, las raíces se fortifican si encuentran inmediatamente algo que las nutra-.

Del olmo me ocupé menos. Era un arbolito cuya única función era la de servir de apoyo al majuelo. Por eso, lo puse, casi superficialmente, al lado del majuelo, lo afiancé y me fui. Arraigaron los dos, porque la tierra es buena. De todas formas, mientras que la vid crecía de un año para otro -estimada, podada, rejacada-, el olmo crecía con dificultad (¡para lo que servía!…)… Pero luego se ha hecho recio. ¿Ves qué hermoso está ahora? Cuando vuelvo de lejos veo destacar alta su copa como una torre, y me parece la enseña de mi pequeño reino. Al principio la vid lo tapaba y no se veían sus hermosas frondas. ¡Ahora, mira qué hermosa su copa allá arriba bajo el sol! ¡Y qué tronco! Derecho, fuerte. Podía sujetar esta vid durante años y años, aunque hubiera crecido como aquellas que cogieron los exploradores de Israel en el torrente del Racimo. Sin embargo…".

-Sin embargo… te la ha matado. La ha rendido. Todo favorecía su vida: el terreno, la posición, la luz, el sol, tu forma de cuidarla. Pero éste la ha matado. Se ha hecho demasiado fuerte. Ha atenazado sus raíces y las ha ahogado. Le ha quitado todo jugo proveniente del suelo, ha estrangulado su respiración, le ha vedado la luz que necesitaba. Tala inmediatamente este inútil y recio árbol, y tu vid renacerá. Y renacerá mejor aún si, con paciencia, excavas la tierra para poner al desnudo las raíces del olmo y las siegas, para asegurarte que no echen rebrotes.

Se pudrirán en el suelo con sus últimas ramificaciones: de muerte se transformarán en vida, porque se transformarán en sustancia fertilizante: digno castigo a su egoísmo. El tronco lo echarás al fuego, y así te será útil. Una planta inútil y nociva sólo sirve para el fuego, y debe ser arrancada, para que todo el bien lo reciba la planta buena y útil. Ten fe en lo que te digo y te sentirás feliz.

-Pero… ¿quién eres tú? Dímelo, para que pueda tener fe.
-Yo soy el Sapiente. Quien cree en mí estará seguro.
Y se marchó.

El hombre tuvo un momento de indecisión. Luego se decidió y echó mano a la sierra; es más, llamó a sus amigos para que le ayudaran.
-¡Qué sandez!
-¡Perderás vid y olmo!

-¡Yo me limitaría a podarle la copa para dar aire a la vid! ¡No más! En todo caso deberá tener un soporte. Es un trabajo inútil. ¿Quién sabe quién era! Quizás uno que te odia y tú no lo sabes.
-¡O quizás es un loco!
…Y así sucesivamente

-Haré lo que me ha dicho. Tengo fe en él.
Y segó el olmo por la base; y, no contento con ello, en un amplio radio puso al desnudo las raíces de las dos plantas, y segó con paciencia las del olmo, poniendo cuidado en no dañar las de la vid. Luego volvió a tapar el vasto agujero que había hecho. A la vid, que se había quedado sin soporte, le puso al lado una fuerte barra de hierro; luego escribió en una tabla la palabra "Fe" y la ató en la parte alta de la barra.

Los otros se marcharon meneando la cabeza.

Pasó el otoño y el invierno. Vino la primavera. Los sarmientos, enroscados en el apoyo se adornaron de abundantes gemas (primero apiñadas como en un estuche de terciopelo plateado; luego entreabiertas, sobre la esmeralda de las nacientes hojitas; luego abiertas del todo). Y nuevos sarmientos fuertes a partir del tronco (todos ellos un verdadero floreteo de florecillas… y luego todo un fructificar de granos de uva). Más racimos que hojas. Y éstas, grandes, verdes, fuertes, tan fuertes como los conjuntos de dos, tres o más racimos. Cada racimo, una densa concentración de granos carnosos, jugosos, espléndidos.

-¿Y ahora qué decís? ¿Era o no el árbol la razón por la cual mi vid moría? ¿Era acertado o no lo que dijo el Sapiente?

¿Tuve o no razón cuando escribí en esa tabla la palabra “Fe”?" -
-dijo el hombre a sus amigos incrédulos.
-Has tenido razón. ¡Dichoso tú que has sabido tener fe y has sido capaz de destruir el pasado y lo que de nocivo se te dijo.

Esta es la parábola.

Y, por lo que respecta a la mujer del pecho seco, ahí tenéis la respuesta. Mirad hacia la ciudad.

Todos se vuelven hacia la ciudad y ven que viene corriendo la mujer de antes, la cual, a pesar de que venga corriendo no separa a su hijito del pecho, de su pecho lleno, bien lleno, de leche, del que el pequeño hambriento mama con tal voracidad, que casi se ahoga. Y la mujer no se detiene sino a los pies de Jesús; sólo entonces separa un momento del pezón al niño y grita:

-¡Tu bendición, tu bendición, para que viva para ti!
Pasado este momento, Jesús continúa:

-Habéis recibido la respuesta a vuestras hipótesis acerca del milagro. De todas formas, la parábola tiene un sentido más amplio del pequeño episodio de una fe premiada. El sentido es éste:

Dios había plantado su vid, su pueblo, en un lugar apropiado, y le había procurado todo lo que necesitaba para crecer y dar frutos cada vez mayores; y había apoyado a su pueblo en los maestros, para que pudiera comprender más fácilmente la Ley y para que fueran su fuerza. Pero los maestros quisieron ser más que el Legislador; crecieron, crecieron, crecieron… hasta hacerse valer por encima de la eterna palabra. Y así Israel ha quedado estéril. El Señor ha enviado entonces al Sapiente, para que los israelitas que, con recto corazón, sienten el dolor de esta infecundidad y prueban los remedios que les vienen de los dictámenes o consejos de los maestros -doctos humanamente, indoctos sobrenaturalmente, y, por tanto, lejanos del conocimiento de lo que se debe hacer para devolver la vida al espíritu de Israel-puedan disponer de un consejo verdaderamente beneficioso.

Ahora bien, ¿qué sucede? ¿Por qué no recupera las fuerzas Israel y vuelve a ser vigoroso como en los tiempos áureos de su fidelidad al Señor? Porque el consejo es: eliminar todas las cosas parasitarias que han crecido en detrimento de la Cosa santa -la Ley del Decálogo-tal y como fue dada; eliminarlas para dejar aire, espacio, alimento a la Vid, al Pueblo de Dios, y darle un apoyo recio, derecho, que no pueda ser plegado, soporte único, de nombre luminoso: la Fe. Pues bien, este consejo no se acepta. Por eso os digo que Israel caerá, siendo así que podría renacer y ganar el Reino de Dios, si supiera creer y generosamente corregirse y modificarse substancialmente. Podéis marcharos en paz.

Que el Señor esté con vosotros.

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