por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Son las primeras horas de la mañana cuando Jesús llega a una ciudad de mar. Está ante ella. Cuatro barcas siguen a la suya.
La ciudad se adentra en el mar de una forma extraña, como si estuviera construida en un istmo, o, más exactamente, como si un estrecho istmo uniera sus dos partes: la que penetra completamente en el mar y la que se extiende sobre la orilla.
Vista desde el mar, parece un enorme hongo (acostada su cabeza en las olas, hincada su base en la costa y como pie el istmo). A los lados del istmo, dos puertos: uno, el que mira a septentrión, menos cerrado, está lleno de embarcaciones pequeñas; el otro, situado al Sur, mucho más protegido, está lleno de naves grandes, que llegan o zarpan.
-Hay que ir allá -dice Isaac señalando hacia el puerto de las embarcaciones pequeñas -Allí están los pescadores.
Costean la isla y veo que el istmo es artificial, una especie de dique ciclópeo que une la islita con tierra firme. ¡En aquellos tiempos construía sin tacañerías! Deduzco de esta obra y del número de aves que hay en los puertos que la ciudad era muy rica y comercialmente muy activa. Detrás de la ciudad, tras una zona de llanura, hay algunas colinas bajas y de gracioso aspecto. En la lejanía se pueden ver el gran Hermón y la cadena libanesa. Deduzco también que esta es una de las ciudades que veía desde el Líbano.
La barca de Jesús, entretanto, está llegando al puerto septentrional, a la rada del puerto (no atraca, sino que se mueve lentamente, con los remos hacia adelante y hacia atrás, hasta que Isaac ve a los que buscaba y los llama gritando).
Se acercan dos bonitas barcas de pesca. Los pescadores se inclinan hacia las barcas más pequeñas de los discípulos.
-El Maestro está con nosotros, amigos. Venid, si queréis oír su palabra. Esta misma tarde vuelve a Sicaminón -dice Isaac.
-Enseguida. ¿A dónde vamos?
-A un lugar tranquilo. El Maestro no baja a Tiro, ni a la ciudad de tierra firme. Hablará desde la barca. Elegid un sitio que esté a la sombra y protegido.
-Venid hacia las rocas, detrás de nosotros. Allí hay ensenadas tranquilas y con sombra. Podréis incluso bajar a tierra.
Y van a una concavidad del arrecife, más al Norte. La pared rocosa, cortada a pico, protege del sol. Es un lugar solitario, sólo poblado de gaviotas y torcazos que salen para hacer sus incursiones en el mar y vuelven emitiendo fuertes gritos a sus nidos de la roca. Pero, en esto, otras pequeñas embarcaciones se han ido uniendo a las que van en cabeza, de manera que forman ya una minúscula flotilla. En el fondo de este pequeñísimo golfo hay una insignificancia de playa, verdaderamente una insignificancia, una pequeña explanada pedregosa; pero un centenar de personas sí que cabe.
Bajan sirviéndose de un escollo ancho y liso que, cual si fuera un espigón natural, sobresale de las aguas profundas, y se colocan en la playita pedregosa y brillante de sal. Son hombres morenos, enjutos, tostados por el sol y el mar. Llevan cortas túnicas que dejan descubiertas las extremidades ágiles y delgadas. Es muy visible la diversidad de la raza respecto a los judíos presentes (diversidad que se ve menos respecto a los galileos). Yo diría que estos siro-fenicios asemejan más a los filisteos lejanos-que a los pueblos cercanos; al menos estos que veo yo.
Jesús se pone pegando a la pared rocosa y empieza a hablar.
-Se lee en el libro de los Reyes cómo el Señor mandó a Elías que fuera a Sarepta de los Sidones durante la sequía y carestía que afligieron a la Tierra durante más de tres años. No es que al Señor le faltaran recursos para dar el necesario sustento a su profeta en todos los lugares. No lo envió a Sarepta porque en esta ciudad abundasen los alimentos; es más, allí la gente ya moría de hambre. ¿Por qué, entonces, Dios mandó a Elías tesbita?
Había en Sarepta una mujer de corazón recto, viuda y santa, madre de un niño, pobre y sola, la cual, a pesar de todo, no se rebelaba contra el tremendo castigo, ni se mostraba egoísta padeciendo el hambre, ni era desobediente. Dios quiso agraciarla con tres milagros: uno por el agua que ofreció al sediento; otro por el panecillo cocido bajo la brasa, cuando ella no tenía sino un puñado de harina; otro por la hospitalidad que ofreció al profeta. Le dio pan y aceite, la vida de su hijo y el conocimiento de la palabra de Dios.
Así podéis ver cómo un acto de caridad no sólo sacia el cuerpo y aleja el dolor de la muerte, sino que también instruye al alma en la sabiduría del Señor. Vosotros habéis ofrecido alojamiento a los siervos del Señor y Él os da la palabra de la Sabiduría. He aquí, entonces, que a este lugar donde no viene la palabra del Señor una buena acción la trae. Os puedo comparar con aquella única mujer de Sarepta que recibió al profeta; vosotros aquí también sois los únicos que recibís al Profeta, porque, si hubiera bajado a la ciudad, los ricos, los poderosos, no me habrían recibido, y los atareados comerciantes y marineros de las naves no me habrían hecho caso, y mi venida aquí habría resultado ineficaz.
Yo ahora os dejaré, y diréis: "Pero, ¿qué somos nosotros? Un puñado de hombres. ¿Qué poseemos? Una gota de sabiduría". Pues bien, no obstante, os digo: "Os dejo con el encargo de anunciar la hora del Redentor". Os dejo, repitiendo las palabras de Elías profeta: ̪El ánfora de la harina no se agotará, el aceite no disminuirá hasta que venga quien lo distribuya con mayor abundancia".
Ya lo habéis hecho. Porque aquí hay fenicios mezclados con vosotros de allende el Carmelo. Señal es de que habéis hablado como se os habló a vosotros. Como podéis ver el puñado de harina y la gota de aceite no se han agotado, sino que han aumentado cada vez más. Seguid haciendo que aumente. Y si os parece extraño el que Dios os haya elegido para esta obra, porque no os sintáis capaces de llevarla a cabo, pronunciad la palabra de la profunda confianza: "Me fiaré de tu palabra y haré lo que dices".
-Maestro, ¿cómo tenemos que comportarnos con estos paganos? A éstos los conocemos por la pesca. Nos une a ellos el trabajo, que es el mismo. Pero, ¿los otros? -pregunta un pescador de Israel.
-Dices que participáis del mismo trabajo y ello os une. ¿Y no debería uniros un origen común? Dios ha creado tanto a los israelitas como a los fenicios. Los de la llanura de Sarón o los de la Alta Judea no difieren de los de esta costa. El Paraíso fue hecho para todos los hijos del hombre, y el Hijo del hombre viene para llevar al Paraíso a todos los hombres. La finalidad es conquistar el Cielo y alegrar al Padre. Caminad, pues, por el mismo camino y amaos espiritualmente de la misma forma que os amáis por razones de trabajo.
-Isaac nos ha dicho muchas cosas. Pero quisiéramos saber más.
-¿Es posible tener a un discípulo para nosotros, tan lejos como estamos?
-Mándales a Juan de Endor, Maestro. Vale mucho, y además está acostumbrado a vivir entre paganos -sugiere Judas de Keriot.
-No. Juan estará con nosotros -responde resueltamente Jesús. Y luego, volviéndose a los pescadores: « ¿Cuándo termina la pesca de la púrpura?».
-Con las borrascas de otoño. Después el mar está demasiado agitado aquí.
-¿Volveréis entonces a Sicaminón?
-Allí y a Cesárea. Abastecemos mucho a los romanos.
-Entonces podréis encontraros con los discípulos. Mientras tanto perseverad.
-A bordo de mi barca hay uno que yo no quería que viniera pero que se presentó en tu nombre, casi.
-¿Quién es?
-Un joven pescador de Ascalón.
-Dile que baje y que venga.
El hombre sube a su barca, y vuelve con un jovenzuelo al que se ve más bien azarado por ser objeto de tanta atención.
El apóstol Juan lo reconoce.
-Es uno de los que nos dieron el pescado, Maestro -y se levanta a saludarlo -¿Entonces has venido, ¡eh! Hermasteo? ¿Tú aquí? ¿Vienes solo?
-Sí, solo. En Cafarnaúm sentí vergüenza… Me quedé en la orilla, esperando…
-¿Qué esperabas?
-Ver a tu Maestro.
-¿No es todavía el tuyo? ¿Por qué, amigo, eludes la decisión todavía? Ve a la Luz, que te está esperando. Mira cómo te observa y sonríe.
-¿Cómo podrá soportarme?
-Maestro, ven un momento.
Jesús se alza y va donde Juan.
-No se atreve porque es extranjero.
-Para mí no hay extranjeros. ¿Y tus compañeros? ¿No erais muchos?… No te azares. Tú eres el único que ha sabido perseverar. Pero, aunque sea por ti sólo, me siento feliz. Ven conmigo.
Jesús vuelve con su nueva conquista a donde estaba.
-A éste sí que se lo vamos a dar a Juan de Endor -dice a Judas Iscariote. Y se pone a hablarles a todos.
Un grupo de excavadores bajaron a una mina en que sabían que había tesoros, que, de todas formas, estaban muy escondidos en las entrañas del suelo. Y empezaron a excavar. Pero el terreno era duro y el trabajo fatigoso.
Muchos se cansaron y, arrojando los picos, se marcharon. Otros se burlaron del responsable del equipo de obreros, casi tratándolo como a un estúpido. Otros imprecaron contra el estado en que se encontraban, contra el trabajo, contra la tierra, contra el metal, y, airadamente, golpearon las entrañas de la tierra y fragmentaron el filón en inservibles partículas, y, luego, visto que en vez de obtener ganancias no habían hecho sino daño, se marcharon también.
Se quedó solo el más perseverante. Con delicadeza trató los estratos de la tenaz tierra para perforarla sin hacer daños, hizo una serie de catas, siguió en profundidad, excavó… A1 final quedó al descubierto un espléndido filón precioso. La perseverancia del minero fue premiada y con el metal precioso que descubrió pudo obtener muchos trabajos y conquistar mucha gloria y muchos clientes, porque todos querían de ese metal que solamente la perseverancia había sabido encontrar donde los otros holgazanes o iracundos no habían obtenido nada.
Mas el oro hallado, para que sea bonito hasta el punto de que sirva para el orfebre, debe a su vez perseverar en su voluntad de dejarse trabajar. Si el oro, después del primer trabajo de excavación, no quisiera ya volver a sufrir penas, no pasaría de ser un metal en bruto no elaborable. Así pues, podéis ver cómo no basta el primer entusiasmo para tener éxito, ni como apóstoles, ni como discípulos, ni como fieles. Es necesario perseverar.
Eran muchos los compañeros de Hermasteo; por efecto del primer entusiasmo, todos habían prometido venir. Sólo él ha venido. Muchos son mis discípulos, y más lo serán. Pero sólo la tercera parte de la mitad sabrán serlo hasta el final. Perseverar; es la gran palabra; para todas las cosas buenas.
¿Cuando echáis el trasmallo para conseguir las conchas de la púrpura, lo hacéis una sola vez? No. Lo hacéis una y otra vez y otra, durante horas, días, meses, ya incluso con la idea de volver al año siguiente al mismo sitio… porque ello os da pan y bienestar a vosotros y a vuestras familias. Pues bien, siendo esto así, ¿os comportaréis de forma distinta en las cosas más grandes, como son los intereses de Dios y de vuestras almas, si sois fieles; vuestras y de vuestros hermanos, si sois discípulos? En verdad os digo que para conseguir la púrpura de las vestiduras eternas es necesario perseverar hasta el final.
Y ahora estemos aquí como buenos amigos hasta la hora de volver. Así nos conoceremos mejor y nos será fácil reconocernos unos a otros…
Y se dispersan por la pequeña ensenada peñascosa. Y cuecen mejillones y cangrejos arrebatados a los escollos, o peces pescados con pequeñas redes. Y duermen en lechos de algas secas, dentro de cavernas abiertas en la costa rocosa por los terremotos o las olas. Y el cielo y el mar son un azul cegador que se besa en el horizonte; las gaviotas, continuo carrusel de vuelos, del mar a los nidos, con gritos y batir de alas, únicas voces que, junto con el chapoteo de las olas, hablan en esta hora de bochorno estivo.
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Precisamente a orillas del profundo torrente, Jesús encuentra a Isaac con muchos discípulos, conocidos y desconocidos. Entre los conocidos están: el arquisinagogo de Agua Especiosa, Timoneo; José, el acusado de incesto, de Emaús; el joven que no fue a enterrar a su padre por seguir a Jesús; Esteban; el leproso Abel, curado el año anterior cerca de Corazín, con su amigo Samuel; el barquero de Jericó, Salomón; y otros muchos, que reconozco pero que de ellos no recuerdo en absoluto ni el lugar donde los vi ni el nombre. Son rostros conocidos, ya muchos, todos conocidos como rostros de discípulos. Y hay además otros, conquistas de Isaac o de los mismos discípulos que acabo de nombrar; siguen al núcleo principal con la esperanza de encontrar a Jesús.
El encuentro es afectuoso, alegre, reverente. Isaac está radiante por la alegría de ver al Maestro y de enseñarle su nuevo rebaño, y como premio pide una palabra de Jesús para la turba que tiene consigo.
-¿Conoces un lugar tranquilo donde podernos reunir?
-En el extremo del golfo hay una playa desierta. Allí hay unas casuchas de pescadores, que en este período están deshabitadas, porque son malsanas y porque, además, la época de la pesca de pescado para salazón ya ha terminado y los pescadores van a la Siro-Fenicia a la pesca de la púrpura. Muchos de ellos ya creen en ti, porque, han oído hablar en las ciudades de mar y por contactos con los discípulos; me han cedido las casitas para descansar nosotros. Después de cada misión volvemos a ellas. Porque en esta costa hay mucho que hacer; está completamente corrompida por muchas cosas. Querría llegar hasta la Siro-Fenicia. Podría hacerlo por mar, porque la costa está demasiado caldeada por el sol como para recorrerla a pie.
Pero soy pastor, no marinero; y de éstos no hay ninguno que sepa navegar.
Jesús, que está escuchando atentamente, con una leve sonrisa, un poco agachado -¡tan alto como es Él, teniendo de frente al pequeño pastor, que refiere todo como un soldado a su general!-responde:
-Dios te ayuda por tu humildad. Si aquí me conocen es por ti, discípulo, no por los otros. Vamos a preguntar a los del lago si se sienten en condiciones de navegar en el mar, y, si podemos, iremos a Siro-Fenicia.
Y se vuelve, buscando a Pedro, Andrés, Santiago y Juan, que conversan animadamente con algunos discípulos. Mientras, Judas Iscariote está detrás congratulándose con Esteban, y Simón Zelote y Bartolomé y Felipe están con las mujeres. Los otros cuatro están con Jesús.
Los cuatro pescadores van enseguida.
-¿Seríais capaces de navegar en el mar? -pregunta Jesús. Los cuatro se miran, perplejos. Pedro se remueve el pelo mientras piensa. Luego pregunta:
-Pero, ¿dónde? ¿Muy fuera de la costa? Nosotros somos peces de agua dulce…
-No, siguiendo la costa hasta Sidón.
-¡Hombre!, pues… creo que se puede. ¿Vosotros qué pensáis?
-Yo también creo que sí. Sea mar o sea lago, será en todo caso lo mismo: agua -dice Santiago.
-Es más, será más bonito y más fácil -dice Juan.
-La verdad es que no sé de dónde sacas eso -le responde su hermano.
-De su amor por el mar. Quien ama una cosa ve en ella todas las perfecciones. Si amaras así a una mujer, serías un marido perfecto -dice Pedro bromeando y dando unos meneos afectuosos a Juan.
-No. Lo digo porque en Ascalón vi que las maniobras eran iguales y la navegación muy suave -responde Juan.
-¡Pues entonces, vamos! -exclama Pedro.
-De todas formas sería siempre mejor llevar con nosotros a uno del lugar. No conocemos ni este mar ni la profundidad de estas aguas -observa Santiago.
-¡Bah! ¡No me preocupa lo más mínimo! ¡Tenemos a Jesús con nosotros! Antes no me sentía todavía seguro, ¡pero después de quede ha calmado el lago!… Vamos, vamos con el Maestro a Sidón, que quizás hay alguna cosa buena que realizar dice Andrés.
-Pues entonces iremos. Procura las barcas para mañana. Pídele a Judas de Simón la bolsa.
Y, mezclados juntos apóstoles y discípulos -y no hay ni que decir con qué manifestaciones de alegría muchos lo están (que son los que ya Jesús conoce bien)-vuelven sobre sus pasos y se encaminan hacia la ciudad. La rodean por su periferia hasta que llegan a la punta extrema de la bahía, punta que penetra en el mar como un brazo doblado. Allí, unas pocas casuchas, esparcidas por la costa guijarrosa y breve, representan el lugar más miserable de la ciudad, el más deshabitado y menos continuamente poblado. Las pequeñas casas -cubos de muro desmoronado por la salobridad y los años-están, todas, cerradas. Cuando los discípulos las abren, dejan ver su humeada miseria y su moblaje reducido verdaderamente a lo mínimo indispensable.
-Aquí están. Son, si no bonitas, por lo menos muy cómodas y limpias -dice Isaac, que se encarga del recibimiento de los huéspedes.
-¡No, bonitas no, pobrecillas! Agua Especiosa era un palacio comparada con éstas. ¡Y había quien se quejaba!… -comenta Pedro con cierto retintín.
-Pero para nosotros son una suerte.
-¡Claro, claro! Lo importante es tener un techo y amarse.
¡Ah… mira, aquí está nuestro Juan! ¿Cómo estás? ¿Dónde estabas?
Pero Juan de Endor, no sin sonreírle a Pedro, va inmediatamente a venerar a Jesús, que lo saluda con palabras muy buenas.
No he querido que viniera porque no ha estado muy bien… Prefiero que esté aquí. Se desenvuelve muy bien con la gente de la ciudad y con quien le pide noticias acerca del Mesías… -dice Isaac.
En efecto, el hombre de Endor está mucho más delgado que antes. Pero su rostro aparece sereno. La delgadez le ennoblece los rasgos: viéndolo, se piensa en uno ya afectado por el dúplice martirio de la carne y del espíritu.
Jesús lo observa y le pregunta:
-¿Estás enfermo, Juan?
-No más de cuanto lo estaba antes de verte. Esto respecto al cuerpo, porque, si me juzgo bien, estoy curándome de mis particulares heridas.
Jesús mira todavía un momento sus ojos serenos y sus sienes hundidas, pero no dice nada más; le pone, eso sí, una mano en el hombro y entra con él en una de las casitas, a la que han traído unos cántaros de agua de mar para refrescar los pies cansados, y tinajas de agua fresca para la sed. Fuera, sobre una tosca mesa colocada a la sombra de una… ilusión de pérgola de plantas trepadoras, se preparan las cosas de comer.
Y es bonito, mientras el crepúsculo desciende y el mar musita las oraciones del atardecer con el frufrú de la resaca en la playita guijarrosa, ver la cena de Jesús con las mujeres y los apóstoles, sentados en torno a la tosca mesota, mientras los demás, quién sentado en el suelo, quién en taburetes o cestas puestas al revés, hacen círculo alrededor de la mesa principal.
Pronto termina la cena, y, más rápidamente todavía, quitan la mesa (los utensilios, para los huéspedes más importantes, eran bien pocos). El mar, en la noche aún sin luna, ha tomado un color negro-añil; toda su grandeza se manifiesta en esta hora triste y solemne de las orillas marinas.
Jesús, altura blanca entre las sombras cada vez más oscuras, se levanta de la mesa para ir al centro de una pequeña muchedumbre de discípulos, mientras las mujeres se retiran. Isaac y otro encienden sobre la arena unas pequeñas hogueras para que den luz y también para mantener a distancia las nubes de mosquitos que vienen, quizás de aguazales cercanos.
-Paz a todos vosotros.
La misericordia de Dios nos reúne antes del tiempo establecido y alegra recíprocamente nuestros corazones. He escudriñado todos vuestros corazones, moralmente buenos, como lo demuestra el hecho de estar aquí, esperándome, formándoos en mí; espiritualmente todavía imperfectos, como lo demuestran ciertas reacciones vuestras, que manifiestan que perdura en vosotros el hombre viejo de Israel, con todos sus conceptos y prejuicios, y cómo todavía no ha salido de él, cual mariposa de su larva, el hombre nuevo, el hombre del Cristo, el hombre que del Cristo tiene la grande, luminosa, misericordiosa mentalidad y la aún mayor caridad. Pero, no os avergoncéis de que haya escudriñado vuestros corazones y leído todos sus secretos. Un maestro debe conocer a sus discípulos para poderles corregir sus defectos; y, creedme, si es un buen maestro, no siente desagrado por los más defectuosos, sino que es precisamente a éstos a quienes más se dedica para mejorarlos. Y sabéis que Yo soy un buen Maestro.
Vamos a examinar ahora juntos estas reacciones y prejuicios, vamos a tratar de considerar juntos el motivo de nuestra presencia aquí; y, por la alegría que nos produce este estar unidos, sepamos bendecir al Señor, que siempre, de un bien particular, obtiene un bien colectivo.
He oído de vuestros labios la admiración por Juan de Endor; tanto más porque se profesa pecador convertido y apoya su tesis de predicación, en medio de aquellos a quienes quiere conducir a mí, en estas dos características suyas, la vieja y la nueva. Es verdad. Era un pecador.
Ahora es un discípulo. Muchos de vosotros si han venido al Mesías ha sido gracias a él. Ved, pues, cómo Dios crea el nuevo pueblo de Dios precisamente con aquellos medios que el hombre viejo de Israel despreciaría.
Ahora os voy a rogar que os abstengáis de juzgar con malsano juicio la presencia de una hermana que el viejo Israel no comprende como discípula. He ordenado a las mujeres que se fueran a descansar. Pues bien, la razón de esta orden mía, que ciertamente ha apenado a las discípulas, no era tanto la preocupación de que descansaran, cuanto la de poderos dar a vosotros una santa valoración de una conversión, y la preocupación de impediros un pecado contra el amor y la justicia.
María de Magdala, la gran pecadora de Israel, aquella que no tenía disculpa de su pecado, ha vuelto al Señor. ¿De quién podrá esperar ella fe y misericordia, sino de Dios y de los siervos de Dios? Todo Israel, y con Israel los extranjeros que viven entre nosotros, aquellos que mucho la conocen y severamente la juzgan, ahora que ya no es cómplice de sus excesos, critican y ridiculizan esta resurrección.
Resurrección. Es la palabra más exacta. Resucitar un cuerpo no es el mayor milagro; es un milagro siempre relativo, destinado a quedar un día anulado por la muerte. Yo no doy inmortalidad al resucitado en cuerpo, sí doy eternidad al resucitado en espíritu. Además, mientras que, en el caso de un muerto en el cuerpo, el muerto no une su voluntad de resucitar a la mía -por tanto, no hay mérito por su parte-, en el resucitado en el espíritu está presente su voluntad (es más, es la primera presente); por tanto hay mérito del resucitado.
No os digo esto para justificarme. Sólo a Dios debo rendir cuenta de mis acciones. (Jesús era Dios pero aquí usa un modismo lingüístico, como si nosotros dijéramos ͞sólo a mi alma, a mi conciencia, debo dar cuenta de mis actos͟).
Pero vosotros sois mis discípulos, y mis discípulos deben ser otros Jesús. No debe haber en ellos ningún desconocimiento, como tampoco ninguna de esas culpas inveteradas que hacen que muchos estén unidos a Dios sólo nominalmente.
Todo es susceptible de buenas acciones, hasta las cosas aparentemente menos apropiadas. Cuando una materia se presenta ante la voluntad de Dios -aunque se trate de la más inerte, helada y repelente-, puede transformarse en movimiento, llama y belleza pura.
Os propongo una comparación sacada del libro de los Macabeos. Cuando el rey de Persia dejó partir a Nehemías para Jerusalén, se quisieron ofrecer sacrificios en el Templo que había sido reconstruido y en el altar purificado. Nehemías recordaba cómo, en el momento de la caída en manos de los persas, los sacerdotes encargados del culto de Dios habían tomado el fuego del altar y lo habían escondido en un lugar secreto, en el fondo de un valle, en un pozo profundo y seco, y que lo hicieron tan bien y tan secretamente, que sólo ellos supieron dónde estaba el fuego sagrado. Esto recordaba Nehemías, y, recordándolo, llamó a los nietos de aquellos sacerdotes para que fueran al lugar indicado por los sacerdotes a sus hijos antes de morir -éstos a su vez se lo habían indicado a sus hijos, transmitiendo de esta forma el secreto de padres a hijos-y trajeran el sagrado fuego para encender el fuego del sacrificio. Pero, cuando bajaron los nietos al pozo secreto, no encontraron fuego sino densa agua, un lodo putrefacto, fétido, pesado, que se había filtrado allí procedente de todas las cloacas obturadas de la devastada Jerusalén. Y se lo dijeron a Nehemías. Mas éste ordenó que cogieran agua de aquella y que se la trajeran. Habiendo ordenado que se pusiera la leña encima del altar, y encima de la leña los sacrificios, roció abundantemente todo, para que todo quedara asperjado con el agua legamosa. Si el pueblo, asombrado, miraba con respeto, si los sacerdotes, escandalizados, ejecutaron con respeto, fue sólo porque era Nehemías el que lo ordenaba. Pero, ¡cuánta tristeza en sus corazones, cuánta desconfianza! De la misma forma que había nubes en el cielo que ponían triste el día, en los corazones la duda ponía melancólicos a los hombres.
Mas he aquí que el sol desgarró las nubes y descendió con sus rayos al altar, y la leña asperjada con el agua legamosa se encendió con una gran llama que enseguida inflamó el sacrificio; mientras los sacerdotes oraban con las oraciones que había compuesto Nehemías y con los más bellos himnos de Israel, hasta que todo el sacrifico quedó consumido. Y, para persuadir a la multitud de que Dios tiene poder para realizar prodigios con las materias menos adecuadas si se usan con recto fin, Nehemías ordenó que con el resto del agua se asperjara una serie de piedras grandes, y las piedras asperjadas prendieron fuego y en él se consumieron en la intensa luz que venía del altar.
Cada alma es un fuego sagrado, encendido por Dios en el altar del corazón para que consuma el holocausto de la vida con amor al Creador de la vida. Toda vida es holocausto, si se emplea bien; cada día es un holocausto que ha de arder con santidad. Pero llegan los depredadores, los opresores del hombre y de su alma.
El fuego cae en el pozo profundo. No por santa necesidad, sino por nefasta necedad. Y allí, sumergido en los desagües de todas las sentinas de los vicios, se transforma en lodo putrefacto y pesado, hasta que no desciende a esa profundidad un sacerdote y devuelve a la luz del sol aquel lodo y lo deposita sobre el holocausto de su propio sacrificio. Porque habéis de saber que no basta el heroísmo de la persona que se convierte; es necesario también el heroísmo de quien convierte (es más, éste debe preceder a aquél, porque las almas se salvan con el sacrificio nuestro). Porque así se logra que el lodo se convierta en llama, y Dios juzgue perfecto y grato a su santidad el holocausto que se consume.
Es entonces cuando, no bastando para persuadir al mundo de que el lodo arrepentido es más abrasador que el fuego común (aunque sea fuego consagrado, que sirve sólo para consumir leña y víctimas, o sea, materias combustibles), este lodo arrepentido adquiere tal potencia que puede encender y devorar hasta las piedras, material incombustible. ¿Y no os preguntáis de qué le viene a este lodo esta propiedad? ¿No lo sabéis? Os lo diré: Es porque en el fuego del arrepentimiento ellos se funden en Dios, llama con llama; llama que sube, llama que desciende; llama que se ofrece amando, llama que se concede amando; abrazo de dos que se aman, que se encuentran de nuevo, que se unen y forman una cosa sola; y, dado que la llama más fuerte es la de Dios, ésta excede, rebosa, penetra, asume… y la llama del lodo arrepentido deja de ser llama relativa de ser creado para ser llama infinita de Ser increado: del Altísimo, el Potentísimo, el Infinito, de Dios.
Esto son los grandes pecadores verdaderamente convertidos, totalmente convertidos, generosamente entregados a la conversión sin quedarse con nada del pasado, consumiéndose primero ellos mismos, su parte más pesada, con la llama que se alza de su propio barro, que ha acudido a la Gracia y que por ella ha sido tocado. En verdad, en verdad os digo que muchas piedras de Israel recibirán el impacto del fuego de Dios por estos hornos de fuego que arderán cada vez más, hasta la consumición de la criatura humana; y que seguirán devorando con su fuego las piedras, las tibiezas, las incertidumbres, las timideces de la Tierra, desde su trono del Cielo, verdaderos espejos sobrenaturales que recogen las Luces Unas y Trinas para hacerlas converger en la Humanidad y encenderla de Dios.
Os repito que no tenía necesidad de justificar mis actos, pero he querido que entrarais en mi concepto y lo hicierais vuestro. Para ahora y para otros casos futuros semejantes, cuando Yo ya no esté con vosotros. Que nunca un concepto desviado, una sospecha farisaica de contaminar a Dios llevándole un pecador arrepentido, os detenga en esta obra, que es coronación perfecta de la misión a que os destino. Tened siempre presente que no he venido a salvar a los santos, sino a los pecadores.
Y haced vosotros lo mismo, porque el discípulo no está por encima del Maestro, y si Yo no aborrezco el tomar de la mano los desechos de la Tierra que sienten necesidad del Cielo -que la sienten por fin-y, jubiloso, los conduzco a Dios (porque ésta es mi misión y cada conquista es una justificación de mi Encarnación humilladora del Infinito), pues no lo aborrezcáis tampoco vosotros, hombres limitados, que en mayor o menor grado habéis conocido, todos, la imperfección; hechos de la misma naturaleza que vuestros hermanos pecadores, hombres que elijo como salvadores para que continúen mi obra por todos los siglos de la Tierra, de forma que -sea como si Yo siguiera viviendo en ella con secular existencia.
Y así será porque la unión de mis sacerdotes será como la parte vital en el gran cuerpo de mi Iglesia, de que Yo seré el Espíritu animador; y, hacia esta parte vital, convergerán las infinitas partículas de los creyentes para constituir un único cuerpo que recibirá su nombre de mi Nombre. Pero si faltara la vitalidad en la parte sacerdotal, ¿podrían las infinitas partículas tener vida? Verdad es que Yo, estando en el cuerpo, podría impulsar mi Vida hasta las partículas más lejanas, sin hacer caso de las cisternas y canales obturados o inútiles, indóciles a su ministerio. Porque la lluvia penetra hasta donde quiere, y las partículas buenas, capaces por sí mismas de querer la vida, vivirían igualmente mi Vida. Pero, ¿qué sería entonces el Cristianismo? Cercanía de almas; cercanas, pero separadas por canales y cisternas que ya no serían lazos de unión distribuidores de la sangre vital proveniente de un único centro para cada una de las partículas; serían, más bien, muros y precipicios de separación, y las partículas se mirarían, humanamente hostiles, sobrenaturalmente afligidas, de una orilla a otra, diciendo en sus espíritus: "¡Y éramos hermanos, y tales nos sentimos todavía, a pesar de que nos hayan separado!". Cercanía. No fusión. No un organismo. Y por encima de esta ruina resplandecería doliente mi amor…
Y añado: No penséis que esto vale sólo para los cismas religiosos. No. Sirve también para todas las almas que quedan solas porque los sacerdotes no quieren sostenerlas, ocuparse de ellas, amarlas, contraviniendo con ello a su misión, que es la de decir y hacer lo que Yo digo y hago, o sea: "Venid a mí todos vosotros, que os conduciré a Dios".
Idos en paz ahora, y que Dios esté con vosotros.
Los presentes, en conjunto, lentamente se marchan, cada uno hacia la casa que lo hospeda; se levanta también Juan de Endor, el cual ha estado siempre tomando apuntes mientras Jesús hablaba, exponiéndose al calor abrasador del fuego para poder ver lo que escribía. Pero Jesús lo para y le dice:
-Estáte un poco con tu Maestro.
Y lo tiene junto a sí hasta que todos terminan de marcharse.
-Vamos hasta aquella peña que está a la orilla del mar. La Luna cada vez está más alta. Se ve el camino.
Juan acepta sin decir palabra.
Se alejan de las casas aproximadamente unos doscientos metros. Se sientan encima de una voluminosa peña (no sé si se trata de un resto de un espigón, o de la extrema punta de un arrecife sumergido en el mar; o, tal vez, pertenece a las ruinas de alguna casucha semi-sumida por las aguas, que quizás con el paso de los siglos han penetrado tierra adentro). Sí sé que, mientras desde la pequeña playa se puede subir, apoyando el pie en entrantes y salientes de la piedra, que hacen de peldaños, desde la parte del mar la pared desciende casi recta para hundirse en el agua verde-clara.
Es más, ahora, por la marea, está semicircundada por el agua, que borbotea y azota ligeramente este obstáculo, para huir luego con un sonido de enorme aspiración, y luego calla un momento, para volver de nuevo, con movimiento y sonido regulares, hecho de golpes y de aspiraciones y silencios como una música sincopada. Se sientan en el punto más alto de este volumen azotado por el mar. La Luna dibuja sobre las aguas un camino de plata y da un color azul oscurísimo al mar, que antes de que ella saliera no era sino una extensión negruzca en el negro de la noche.
-Juan, ¿no le dices a tu Maestro la razón por la que sufre tu cuerpo?
-Ya la conoces, Señor. De todas formas, no digas "sufre", di "se consume"; es más exacto, y Tú lo sabes, como también sabes que se consume con gozo. Gracias, Señor. Me he reconocido yo también en el barro que se hace llama. Pero no voy a tener tiempo de encender las piedras. Mi Señor, moriré pronto. Demasiado he sufrido por el odio del mundo, demasiado exulto de júbilo por el amor de Dios. Pero no añoro la vida. Aquí podría pecar todavía, podría fallar en la misión a que nos destinas. Ya dos veces he fallado en mi vida: en mi misión de maestro, porque en ella habría debido saber encontrar de qué formarme a mí mismo, y, sin embargo, no me formé; en mi misión de marido, porque no supe formar a mi mujer. Lógicamente: no había sabido formarme a mí mismo, no podía saber formarla a ella. Podría fallar también en mi misión como discípulo… y a ti no quiero fallarte. ¡Bendita sea, por tanto, la muerte, si viene a llevarme a donde no se puede ya pecar! Si bien mi destino no será el de discípulo-maestro, tendré el de discípulo-víctima, el que más asemeja al tuyo. Lo has dicho esta misma noche: "Consumiéndose primero ellos mismos".
-Juan, ¿es un destino que sufres o es un ofrecimiento tuyo?
-Es un ofrecimiento, si Dios no rechaza el barro hecho fuego.
-Juan, haces muchas penitencias.
-Las hacen los santos, Tú el primero; es justo que las haga quien tanto debe pagar. Pero… quizás es que las mías no las ves gratas a Dios… ¿Me las prohíbes?
-No pongo jamás obstáculo a las buenas aspiraciones de un alma enamorada. He venido a predicar, con los hechos, que en el sufrimiento hay expiación y en el dolor redención.
No puedo contradecirme.
-Gracias, Señor. Será mi misión.
-¿Qué escribías, Juan?
-¡Oh, Maestro! A veces el viejo Félix emerge todavía con sus costumbres de maestro. Pienso en Margziam. Tiene toda una vida para predicarte, y, por su edad, no está presente en tus predicaciones. He pensado tomar nota de algunas enseñanzas con que nos has adoctrinado y que el niño no ha oído, o por estar en sus juegos o por estar lejos con uno de nosotros. ¡Hasta en las más mínimas palabras tuyas hay mucha sabiduría! Tus conversaciones familiares son ya de por sí adoctrinamiento, y precisamente en las cosas de cada día, de cada hombre, en esas cosas mínimas que en el fondo son las más grandes de la vida, porque, acumulándose, forman una gran suma que exige paciencia, constancia, resignación, si se quiere llevar con santidad.
Es más fácil realizar un grande pero único acto heroico, que no millares de pequeñas cosas que exijan una constante presencia de virtud. No obstante, no se llega al acto grande, tanto en el mal como en el bien yo lo sé por lo que se refiere al mal-, si no se va largamente acumulando actos pequeños aparentemente insignificantes.
Yo empecé a matar cuando, cansado de la frivolidad de mi mujer, le lancé la primera mirada de desprecio. Para Margziam he anotado tus pequeñas lecciones. Y esta noche he sentido el deseo de anotar tu gran lección. Dejaré este trabajo mío al niño para que se acuerde de mí, el viejo maestro, y para que tenga aquello que de otro modo no tendría. Su espléndido tesoro. Tus palabras. ¿Me das permiso?
-Sí, Juan. Pero está en paz en todo, como este mar. ¿Ves? Para ti sería demasiado abrasador el caminar bajo el ardor del sol, y la vida apostólica es verdaderamente ardor. Has luchado mucho en tu vida. Ahora Dios te convoca a su presencia en este plácido radiar de luna que todo calma y hace puro. Camina bajo la dulzura de Dios. Te digo que Dios está contento de ti.
Juan de Endor toma la mano de Jesús, la besa y musita:
-Pero también habría sido hermoso decirle al mundo: "¡Acércate a Jesús!".
-Lo dirás desde el Paraíso. Tú serás también un espejo reflector de la Llama de Dios. Vamos, Juan. Quisiera leer lo que has escrito.
-Aquí está, Señor. Y mañana te doy el otro rollo en que he anotado las otras palabras.
Bajan de su escollo y, en medio de una esplendorosísima, dilatada luz blanca de luna, que ha transformado en plata la grava de la orilla, vuelven a las casas. Se saludan: Juan, arrodillándose; Jesús, bendiciéndolo con la mano puesta sobre su cabeza y dándole su paz.
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
La mañana calma y luminosa favorece la marcha. Van salvando colinas orientadas hacia el oeste, o sea, hacia el mar.
-Hemos hecho bien en llegar a los montes a las primeras horas de la mañana. Con este sol no habríamos podido estar en la llanura. Aquí hay sombra y frescor. Me dan pena los que siguen la vía romana. Buena para el invierno -dice Mateo.
-Después de estas colinas tendremos el viento del mar, que siempre templa el aire -dice Jesús.
-Comeremos allá, en aquella cima. El otro día era muy bonito, y desde aquí debe serlo todavía más porque el Carmelo está más cerca, .y también el mar -añade Santiago de Alfeo.
-¡Es verdaderamente bonita nuestra tierra! -exclama Andrés.
-Sí, hay de todo en ella; montes nevados, suaves colinas, lagos, ríos, todo tipo de plantas; y no falta el mar. Realmente es la tierra de delicias celebrada por nuestros salmistas, nuestros profetas, nuestros grandes guerreros y poetas -dice Judas Tadeo.
-Recítanos algún fragmento, tú que sabes tantas cosas -ruega Santiago de Zebedeo.
“Con la belleza del Paraíso Él ha formado la tierra de Judá.
Con la sonrisa de sus ángeles ha decorado la tierra de Neftalí, con los ríos de miel del cielo ha dado sabor a los frutos de su tierra. La Creación entera se refleja en ti, gema de Dios, don de Dios a su pueblo santo.
Más dulce que los pingües racimos que maduran en las laderas de tus montes, más suave que la leche que llena las ubres de tus corderas, más embriagadora que la miel que lleva el sabor de las flores que te visten, tierra bienaventurada, es tu belleza para el corazón de tus hijos.
El cielo ha descendido y se ha hecho río para unir dos gemas, se ha hecho colgante y cinturón sobre tu verde vestido.
Tu Jordán canta. Uno de tus mares ríe, el otro recuerda que Dios es terrible, mientras las colinas parecen danzar al atardecer, cual donosas muchachas en un prado; tus montes rezan en las auroras angélicas o cantan el aleluya bajo el ardor del sol, o adoran con las estrellas tu poder, Señor altísimo.
No nos has encerrado entre apretados confines, delante nos has dejado el abierto mar para decirnos que el mundo es nuestro".
-¡Bonito, ¿eh?! ¡Precioso! Sólo he estado en la parte del lago y en Jerusalén; durante muchos años no he visto nada más. Ahora conozco sólo Palestina. Pero estoy seguro de que no hay nada más bonito en el mundo -dice Pedro lleno de orgullo nacional.
-María me decía que también es muy bonito el valle del Nilo -dice Juan.
-Y el hombre de Endor habla de Chipre como de un paraíso -añade Simón.
-¡Ya, pero nuestra tierra!…
Y los apóstoles -todos menos Judas Iscariote y Tomás, que están con Jesús un poco más adelante-siguen cantando las bellezas de Palestina.
Las mujeres van las últimas. No pueden contenerse de recoger semillas de flores para plantarlas en sus huertos y jardines (porque son bonitas y porque serán un recuerdo de su viaje).
Hay algunas águilas -creo que marítimas-o buitres, que dibujan amplios círculos por encima de las crestas de las colinas y de vez en cuando descienden en busca de alguna presa. Surge una lucha entre dos buitres. Giran, giran, perdiendo plumas, en un elegante y fiero duelo que termina con la huida del perdedor, que quizás va a morir a lo alto de algún remoto pico; al menos así lo juzgan todos, pues su vuelo es muy cansado, un vuelo de moribundo.
-Le ha hecho daño la avidez -comenta Tomás.
-La avidez y la obstinación siempre hacen daño. ¡También a los tres de ayer!… ¡Misericordia eterna! ¡Qué triste destino! -dice Mateo.
-¿No se curarán jamás? -pregunta Andrés.
-Pregúntaselo al Maestro.
Le preguntan a Jesús, y responde:
-Mejor sería preguntar si se van a convertir. Porque en verdad os digo que es preferible morir leproso y santo que no sano y pecador. La lepra queda en la Tierra, en la tumba; el pecado, en la eternidad.
-A mí me gustó mucho ayer tu discurso de por la noche -dice Simón Zelote.
-Pues a mí no. Era muy duro para demasiados israelitas ̀ dice Judas Iscariote.
-¿Estás tú entre ellos?
-No, Maestro.
-¿Y entonces? ¿Por qué esta susceptibilidad?
-Porque te puede perjudicar.
-¿Entonces, para evitar perjuicios, debería hacer tratos con los pecadores y hacerme su cómplice?
-No digo eso. No podrías hacerlo. Pero sí guardar silencio. No buscarte la enemistad de los grandes…
-Callar es otorgar. No doy mi visto bueno a los pecados; ni de los pequeños ni de los grandes.
-¿Ves lo que le ha pasado al Bautista?
-Su gloria.
-¿Su gloria? A mí me parece que es su ruina.
-Persecución y muerte por fidelidad a nuestro deber son gloria para el hombre. El mártir es siempre glorioso.
-Pero con la muerte se impide a sí mismo ser maestro, y aflige a sus discípulos y familiares; él se quita las penas, pero deja a los otros sumergidos en penas mucho mayores. El Bautista no tiene a sus más cercanos familiares, es verdad, pero tiene, de todas formas, deberes para con sus discípulos.
-Aunque tuviera a esos familiares sería igual. La vocación está por encima de la sangre.
-¿Y el cuarto mandamiento?
-Viene después de los dedicados a Dios.
-Una madre ya has visto ayer cómo sufre por un hijo…
-¡Madre! Ven.
María va donde Jesús y pregunta:
-¿Qué quieres, Hijo mío?
-Madre, Judas de Keriot está perorando en defensa de tu causa, por amor a ti y a mí.
-¿Mi causa? ¿En qué?
-Quiere persuadirme de que sea más prudente para no caer como nuestro pariente Juan. Y me está diciendo que hay que tener compasión de las madres y no arriesgar la propia vida, por ellas, porque así lo quiere el cuarto mandamiento. ¿Tú qué piensas de ello? Te cedo la palabra, Madre, para que adoctrines con dulzura a nuestro Judas.
-Yo digo que dejaría de amar a mi Hijo como Dios, que pensaría que siempre me he equivocado, que he sufrido siempre error acerca de su Naturaleza, si lo viera perder su perfección rebajando su pensamiento a consideraciones humanas perdiendo de vista las consideraciones sobrehumanas, o sea: redimir, tratar de redimir a los hombres, por amor a ellos y para gloria de Dios, a costa de crearse penas y rencores. Lo seguiría queriendo como a un hijo descarriado por efecto de una fuerza maligna, lo seguiría queriendo por piedad, por el hecho de ser hijo mío, porque sería un desdichado, pero no ya con esa plenitud de amor con que lo amo ahora viéndolo fiel al Señor.
-A sí mismo, quieres decir.
-Al Señor. Ahora Él es el Mesías del Señor, y debe ser fiel al Señor como todos los demás, es más, más que ninguno, porque su misión es mayor que toda otra misión que haya existido, existe y existirá, en la Tierra; ciertamente recibe de Dios la ayuda proporcional a tan alta misión.
-Pero, ¿no llorarías si le sucediera algún mal?
-Todas mis lágrimas. Pero lloraría lágrimas y sangre, si lo viera desleal a Dios.
-Ello disminuirá mucho el pecado de los que lo persigan.
-¿Por qué?
-Porque tanto Él como tú casi los justificáis.
-No lo creas. Los pecados serán siempre iguales a los ojos de Dios, tanto si nosotros juzgamos que ello es inevitable, como si juzgamos que ningún hombre de Israel debería obrar mal respecto al Mesías.
-¿Hombre de Israel? ¿Y si fueran gentiles no sería lo mismo?
-No. Para los gentiles sólo habría pecado hacia un semejante. Israel sabe quién es Jesús.
-Mucho Israel no lo sabe.
-No lo quiere saber. Es incrédulo voluntariamente; a la anticaridad, por tanto, une la incredulidad y niega la esperanza. Pisotear las tres virtudes principales no es un pecado mínimo, Judas; es grave, espiritualmente más grave que el acto material respecto a mi Hijo.
Judas, ya sin argumentos suficientes, se agacha para atarse una sandalia y se queda retrasado.
Llegan a la cima (o mejor, a un risco que está casi en la cima y que se extiende por entero hacia adelante, como si quisiera correr hacia la sonrisa azul del mar infinito).
Un tupido encinar proyecta una luz de color esmeralda claro, en que inciden leves agujas de sol, en este picacho bonito, aireado, abierto a la costa ya cercana, frente a la majestuosa cadena del Carmelo. Hacia abajo, al pie del monte del risco saliente como por anhelo de volar, más abajo de unos pequeños campos a mitad de la pendiente, hay un valle estrecho con un torrente profundo (ciertamente respetable, por la violencia de las aguas, en tiempo de crecida, mas ahora reducido a un espumaje de plata en el centro del lecho). El torrente corre hacia el mar rozando la base del Carmelo. Un camino realzado sigue su orilla derecha, un camino que une una ciudad construida en el centro de la bahía con las del interior (si me oriento bien, de Samaria).
-Aquella ciudad es Sicaminón -dice Jesús -Llegaremos en la noche. Ahora descansaremos porque el descenso, aunque fresco y corto, es difícil.
Y, sentados en círculo, mientras se asa en una tosca brocheta un cordero -sin duda regalo de los pastores-hablan entre sí y con las mujeres…
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Declina el día cuando llegan a Belén de Galilea. Se ve que es destino de las ciudades de este nombre el extenderse plácidas sobre onduladas colinas cubiertas de verdor, de bosques, de prados en que pastan rebaños que luego, para la noche, bajan hacia los apriscos. Una música pastoral hecha de esquilas y un leve vibrar de balidos, a los que se unen los gritos alegres de los niños que juegan y de las madres que los llaman, llenan el ambiente arrebolado, vestigio del potente ocaso que acaba de cumplirse.
-Judas de Simón, ve con Simón a buscar alojamiento para nosotros y las mujeres. En el centro del pueblo está la posada; luego iremos nosotros.
Mientras Judas y el Zelote obedecen, Jesús se vuelve a su Madre y le dice:
-Esta vez no sucederá como en la otra Belén. Encontrarás dónde descansar, Madre mía. En este tiempo viajan pocos, y no hay ningún edicto.
-En este tiempo sería dulce incluso dormir en los prados, en medio de estos pastores, entre sus corderitos -y María sonríe a su Hijo, y a unos pastorcillos curiosos que la miran fijamente.
Sonríe de tal forma, que uno de ellos da un codazo al otro y le dice en voz baja:
-Seguro que es Ella -y se acerca sin vacilar y dice: «Salve, María llena de gracia. ¡El Señor está contigo!
María responde con una sonrisa aún más dulce:
-Aquí está el Señor -y señala a Jesús, que se ha vuelto para hablar con sus primos, para decirles que den limosnas a los pobres que se acercan pidiendo quejumbrosamente. Y toca levemente a su Hijo, la Madre, y le dice: «Hijo mío, estos pastorcitos te buscan, y me han reconocido; no sé cómo…
-Está claro que por aquí ha pasado Isaac dejando el perfume de la revelación. Jovencito, ven aquí.
El pastorcillo, un morenito de unos doce o catorce años, fuerte a pesar de ser delgado, de ojos vivos, negrísimos, y cabellos que le caen lacios formando una melena de ébano, envuelto en su piel de oveja -me da la impresión de una copia, muy joven, del Precursor-, se acerca a Jesús, como embelesado, con sonrisa beatífica.
-Paz a ti, niño. ¿Cómo has reconocido a María?
-Porque sólo la Madre del Salvador podía tener esa sonrisa y ese rostro. Me dijeron: "Una cara de ángel, ojos de estrella, sonrisa más dulce que el beso de una madre, dulce como su nombre, María; una cara tan santa, que pudo inclinarse hacia el Dios recién nacido". He visto esto en Ella y la he saludado porque te buscaba. Te buscábamos, Señor, y… no me atrevía a saludarte a ti el primero.
-¿Quién te ha hablado de nosotros?
-Isaac de la otra Belén. Y prometió que nos llevaría a ti en cuanto llegara el otoño.
-¿Ha estado aquí Isaac?
-Está todavía por estas regiones, con muchos discípulos. A nosotros, los pastores, fue él quien nos habló. Creímos en su palabra. Señor, deja que te adoremos nosotros también, como nuestros compañeros en aquella noche dichosa -y se arrodilla en el polvo del camino y lanza un grito a los otros pastores, que han detenido el rebaño a las puertas de la ciudad (puertas por llamarlas de alguna manera, porque en realidad no es una ciudad ceñida de muros), en el mismo lugar en que Jesús se había parado para esperar a las mujeres y entrar con ellas en el pueblo.
El pastorcillo grita:
-Padre, hermanos, amigos: hemos encontrado al Señor. Venid. Adorémoslo.
Y los pastores vienen, se arremolinan con su rebaño en torno a Jesús y le ruegan que no busque alojamiento en otro lugar, sino que acepte su pobre casa, que está a poca distancia, para él y sus amigos.
-Es un aprisco grande ̀ explican -Dios nos protege, y tenemos habitaciones, y cobertizos llenos de heno fragante. Las habitaciones para tu Madre y sus hermanas, porque son mujeres. De todas formas, también hay una habitación para ti. Los otros pueden dormir con nosotros en los cobertizos, sobre el heno.
-Yo también estaré con vosotros. Será para mí un descanso más agradable que si durmiera en la habitación de un rey. Pero vamos antes a avisar a Judas y a Simón.
-Voy yo, Maestro -dice Pedro, y se marcha junto con Santiago de Zebedeo.
Se quedan al borde del camino esperando a que regresen los cuatro apóstoles.
Los pastores miran a Jesús como si fuera ya Dios en su gloria. A los más jóvenes se les ve verdaderamente felices; da la impresión de que quisieran grabarse en la mente hasta los más mínimos detalles de Jesús y María, la cual se ha agachado a acariciar a unos corderos que han venido a empinar su morrito, balando, contra sus rodillas.
-Había uno, en casa de mi pariente Isabel, que me lamía las trenzas cada vez que me veía. Le llamaba "amigo", porque era verdaderamente amigo mío, como un niño; en cuanto podía, venía a mí corriendo. Éste me lo recuerda completamente, con estos dos ojos suyos de dos colores. ¡No lo matéis! A1 otro también se le dejó en vida por el amor que me tenía.
-Es una cordera, Mujer; la queríamos vender porque tiene los ojos de dos colores y creo que por uno ve poco. Pero nos quedaremos con ella si tú lo quieres.
-¡Oh, sí! Ya de por sí quisiera que nunca se matará a ningún corderito… Son tan inocentes… y tienen una voz como la de un niño llamando a su mamá. Matar a uno de éstos me parecería como matar a un niño.
-Pero entonces, Mujer, no habría sitio para nosotros en la tierra, si vivieran todos los corderitos -dice el pastor más anciano.
-Lo sé. Pero pienso en su dolor y en el de las ovejas madres. Lloran mucho cuando les quitan a sus hijos. Parecen realmente madres como nosotras. No puedo ver sufrir a nadie, y ante una madre deshecha de dolor yo también siento un desgarro interior. Es un dolor distinto de todos los otros dolores, porque a nosotras el golpe de la muerte de un hijo nos lacera no sólo el corazón y el cerebro sino las propias vísceras. Nosotras, las madres, permanecemos unidas a nuestro hijo siempre; quitárnoslo significa lacerarnos completamente.
Ya no sonríe María; tiene un brillo de llanto en sus ojos azules, y mira a su Jesús (que a su vez la está escuchando y mirando) y pone una mano sobre el brazo de Él, como si temiera que fueran a arrebatárselo de su lado de un momento a otro.
Por el camino polvoriento se acerca una pequeña guarnición de soldados -seis hombres-junto con otras personas que vienen hablando a voces. Los pastores miran y hablan en tono bajo entre sí. Luego miran a María y a Jesús.
El más anciano habla:
-Entonces ha sido acertado el que no entraras en Belén esta tarde.
-¿Por qué?
-Porque aquella gente que ha pasado y ha entrado en la ciudad va para arrebatar un hijo a una madre.
-¿Pero, por qué?
-Para matarlo.
-¡Oh, no! ¿Qué ha hecho?
Jesús también lo pregunta. Los apóstoles se arremolinan para oír.
-Han encontrado muerto en el camino del monte al rico Joel. Volvía de Sicaminón lleno de dinero. De todas formas, no han sido los ladrones, porque el muerto tenía todavía el dinero. El siervo que lo acompañaba dice que su señor le había dicho que se adelantase deprisa para avisar de su regreso; pues bien, por el camino, y dirigido hacia el lugar en que se cometió el homicidio, vio solamente al joven que ahora van a matar. Además, dos del pueblo juran que lo han visto agredir a Joel. Ahora los parientes de la víctima exigen su muerte. Y si es homicida…
-¿No lo crees?
-No lo creo posible. El joven es poco más que un muchacho.
Es bueno. Es hijo único y vive siempre con su madre, que es viuda, y además una viuda santa. No pasa necesidad ni piensa en las mujeres ni es un pendenciero, no está desquiciado… ¿Por qué iba a haber matado?
-¿Tiene enemigos?
-¿Quién: Joel, el muerto, o Abel, el acusado?
-El acusado.
-¡Ah! No sabría decirte… Pero… No sé qué decirte.
-Sé franco.
-Señor, es una cosa que pienso; Isaac dice que no se debe pensar mal del prójimo.
-Pero se debe tener la valentía de hablar para salvar a un inocente.
-Si hablo, tenga razón o esté equivocado, me veré obligado a huir de aquí porque Aser y Jacob son poderosos.
-Habla sin miedo. No tendrás que huir.
-Señor, la madre de Abel es joven, guapa y sensata. Aser no es sensato, ni tampoco Jacob; al primero le gusta la viuda y al segundo… bueno, el pueblo sabe que el segundo es un cuco en el tálamo de Joel. Yo pienso que…
-Comprendo. Vamos, amigos. Vosotras quedaos con los pastores. Volveré pronto.
-No, Hijo. Voy contigo.
Jesús ya se ha echado a andar, diligentemente, hacia el interior de la ciudad. Los pastores permanecen indecisos, pero luego dejan el rebaño a los más jóvenes, que se quedan con todas las mujeres (menos la Madre y María de Alfeo, que siguen a Jesús) y se ponen a caminar para alcanzar al grupo apostólico.
En la tercera travesía de la calle central de Belén se encuentran con Judas Iscariote, Simón, Pedro y Santiago, los cuales vienen ya hacia abajo gesticulando y hablando alto.
-¡Ay, lo que está sucediendo, Maestro… lo que está sucediendo! ¡Qué cosa más triste! -dice Pedro todo impresionado.
-Están quitándole el hijo a una madre por la fuerza para matarlo, y ella lo defiende como una hiena; pero es sólo una mujer contra soldados -añade Simón Zelote.
-Sangra ya por muchas partes -dice Judas.
-Le han echado abajo la puerta porque se había encerrado en su casa -termina Santiago de Zebedeo.
-Voy donde esa mujer.
-¡Oh! ¡Sí! Sólo Tú puedes confortarla.
Giran hacia la derecha, luego a la izquierda, hacia el centro del pueblo. Ya se ve la tumultuosa aglomeración de gente que se mueve agitada y hace presión ante la casa de Abel, y hasta aquí llegan los gritos desgarradores de una mujer, infrahumanos, feroces y lastimosos al mismo tiempo.
Jesús acelera el paso y llega a una placita diminuta -más que una plaza es una curva del camino, que aquí se ensanchaen la cual el tumulto es máximo.
La mujer, aferrada con una mano (que ahora es verdadera garra de hierro) a lo que queda de la puerta abatida, circundando con el otro brazo la cintura del muchacho, disputa su hijo a los soldados; y, si uno trata de separarla, muerde furiosamente, sin hacer caso de los golpes que recibe ni de los tirones de pelo que le dan (tan bestiales, que le vuelven hacia atrás la cabeza); y, cuando no muerde, grita: «¡Dejadlo! ¡Asesinos! ¡Es inocente! ¡La noche del asesinato de Joel dormía a mi lado! ¡Asesinos! ¡Asesinos! ¡Calumniadores! Inmundos! ¡Perjuros!
Y el muchacho, aferrado de los hombros por los que lo capturan, arrastrado por los brazos, se vuelve y, con rostro desencajado, grita:
-¡Mamá! ¡Mamá! ¿Por qué tengo que morir si no he hecho nada?
Es un jovencito de buena presencia, alto, grácil, de ojos oscuros y tiernos, pelo negro un poco ondulado. El vestido desgarrado deja ver su cuerpo ágil y juvenil, casi todavía de niño.
Jesús, con la ayuda de los que lo acompañan, incide en la multitud, compacta como una roca, y se abre paso hasta el penoso grupo, precisamente en el momento en que logran separar de la puerta a la mujer, derrengada, y se la llevan, arrastrándola, como un saco unido al cuerpo de su hijo, por el camino pedregoso.
Esto dura poco de todas formas, porque, con un tirón más violento, separan la mano materna de la cintura de su hijo, y la mujer cae boca abajo y se golpea fuertemente la cara contra el suelo, con lo cual sangra más todavía.
Enseguida se alza otra vez, sólo de rodillas, y tiende hacia adelante los brazos, mientras su hijo -se lo llevan rápidamente, en la medida en que lo permite la muchedumbre, que se abre con dificultad-logra liberar el brazo izquierdo, lo agita y, torciéndose hacia atrás, grita:
-¡Mamá! ¡Adiós! ¡Recuerda, tú al menos, que soy inocente!
La mujer lo mira con ojos de loca y cae al suelo sin conocimiento.
Jesús se presenta delante del grupo de apresadores.
-Deteneos un momento. ¡Os lo ordeno! (Su rostro no admite réplica).
-¿Quién eres? -dice, agresivo, uno de la ciudad que está en el grupo -No te conocemos. Apártate y déjanos seguir para que muera antes de que se haga de noche.
-Soy un Rabí. El más grande. En nombre de Jeohveh, deteneos, u os fulminará. (Ya parece fulminar Él). ¿Quién testifica contra éste?
-Yo, él y él -responde el que había hablado antes.
-Vuestro testimonio no es válido porque no es verdadero.
-¿Qué te autoriza a decirlo? Podemos jurarlo.
-Vuestro juramento es pecado.
-¿Pecar nosotros? ¿Nosotros?
-Vosotros. De la misma forma que albergáis lujuria, nutrís odio, ambicionáis riquezas y sois homicidas, sois también perjuros. Os habéis vendido a la Inmundicia. Podéis cumplir cualquier indecencia.
-¡Ten cuidado con lo que dices! Soy Aser…
-Y Yo soy Jesús.
-No eres de aquí, no eres ni sacerdote ni juez. No eres nada. Eres un extranjero.
-Sí, soy el Extranjero porque la tierra no es mi Reino. Pero soy Juez y Sacerdote, no sólo de esta pequeña parte de Israel, sino de todo Israel y de todo el mundo.
-¡Vamos, vamos, que éste es un loco! -dice el otro testigo, y da un empujón a Jesús para apartarlo.
-Tú no das un solo paso más -dice Jesús con voz de trueno y mirándolo con una mirada de milagro, que, de la misma forma que devuelve vida y alegría, también subyuga y paraliza cuando quiere -¡Tú no das un solo paso más! ¿No crees en lo que digo? Pues bien, entonces mira. Aquí no hay ni tierra ni agua del Templo, (Tierra… agua… juicio de celos y adulterio: se trata del juicio de Dios según la prescripción mosaica de Números 5, 11-31) ni hay palabras escritas con tinta para hacer amarguísima al agua que es juicio de celos y adulterio. Pero estoy Yo, y Yo juzgo.
La voz de Jesús es tan penetrante, que suena como toque de trompeta.
La gente se arremolina tratando de ver. Sólo María Santísima y María de Alfeo se han quedado a socorrer a la madre desvanecida.
-Y hago juicio así: dadme un puñado de tierra del camino y un poco de agua en una orza; mientras me lo traen, vosotros, los acusadores, y tú, el acusado, respondedme.
Hijo, ¿eres inocente?; dilo con sinceridad a tu Salvador.
-Lo soy, Señor.
-Aser, ¿puedes jurar que no has dicho sino la verdad?
-Lo juro. No tendría motivo para mentir. Lo juro por el altar. Baje del Cielo un fuego que me queme si no digo la verdad.
-Jacob, ¿puedes jurar que tu acusación es sincera y que no te impulsa a mentir un motivo secreto?
-Lo juro por Yeohveh. Si hablo es sólo por amor a mi amigo asesinado. No tengo nada personal contra éste.
-Y tú, siervo, ¿puedes jurar que has dicho la verdad?
-¡Si hace falta lo juro mil veces! ¡Mi amo, mi pobre amo!…-y llora cubriéndose la cabeza con el manto.
-Bien. Aquí están el agua y la tierra. Las palabras son éstas: "Tú, Padre santo y Dios altísimo, cumple juicio verdadero por medio de mí. Para que reciban: el inocente, vida; honor, la madre desolada. Para que reciba digno castigo quien no es inocente. Pero, por la gracia de que gozo ante tus ojos, no les venga a los que han cometido pecado ni llama ni muerte, sí una larga expiación"
Dice estas palabras mientras mantiene extendidas las manos sobre la orza, como hace el sacerdote en el altar durante la Misa, en el ofertorio. Luego mete la derecha en la orza y, con la mano mojada de agua asperja a los cuatro que sufren el juicio, y les hace beber un sorbo de esa agua; primero al joven, luego a los otros tres. Después cruza los brazos y los mira.
También la gente mira, pero, pasados unos momentos, lanzan un grito y se arrojan rostro en tierra. Entonces los cuatro, que estaban en fila, se miran unos a otros, y a su vez gritan: el primero, el joven, de estupor; los otros, de horror (en efecto, han visto cubierto su rostro de repentina lepra, una lepra de la que el joven ha quedado inmune).
El siervo se arroja a los pies de Jesús, el cual se aparta como todos, soldados incluidos (y se aparta, además, cogiendo de la mano al jovencito Abel, para que no se contamine con la cercanía de los tres leprosos). El siervo grita:
-¡No! ¡No! ¡Perdón! ¡Estoy leproso! Han sido ellos, que me pagaron para que retrasara hasta la noche a mi señor, y así agredirle en el camino desierto. Me hicieron expresamente quitarle las herraduras a la mula. Me enseñaron la mentira de que me había adelantado, cuando la realidad era que estaba con ellos para matarlo. Y digo también por qué lo han hecho: porque Joel se había dado cuenta de que Jacob amaba a su joven esposa, y porque Aser deseaba a la madre de éste y ella lo rechazaba. Se pusieron de acuerdo para liberarse de Joel y de Abel juntos y gozarse las mujeres. He dicho. ¡Quítame la lepra, quítamela! ¡Abel, tú que eres bueno ruega por mí!
-Ve adonde tu madre. Que cuando se recobre vea tu cara y vuelva a la vida serena. Y vosotros… A vosotros os debería decir: "Hágase con vosotros lo que vosotros habéis hecho". Sería humanamente justo. Pero quiero confiaros a una expiación sobrehumana. La lepra de que os horrorizáis os salva de que os prendan y os maten, como merecéis.
Pueblo de Belén, apártate, ábrete como las aguas del mar para dejar que éstos partan para su larga condena, ¡Tremenda condena! Más terrible que una muerte rápida. Y es misericordia divina, para darles el modo de enmendarse, si quieren. ¡Idos!
La gente se retira hacia las paredes de las casas, dejando así libre el centro de la calle; y los tres, cubiertos de lepra como si ya desde años atrás estuviesen enfermos, van, uno tras otro, hacia la montaña. Y en el silencio y el crepúsculo que descienden y han hecho callar toda voz de aves y cuadrúpedos, sólo se oye su llanto.
-Purificad el camino con fuego y abundante agua. Vosotros, soldados, id y referid cómo se ha hecho justicia según la más perfecta ley mosaica.
Y Jesús hace ademán de querer volver hacia donde están su Madre y María Cleofás socorriendo todavía a la mujer, que lentamente vuelve en sí mientras su hijo acaricia y besa sus manos heladas; pero la gente de Belén, con un respeto que es casi terror, ruega:
-¡Háblanos, Señor! Eres realmente poderoso. Eres, sin duda, aquel de quien habló el hombre que pasó por aquí anunciando al Mesías.
-Hablaré por la noche cerca del aprisco de los pastores. Ahora voy a confortar a la madre de Abel.
Y va hacia la mujer, la cual, sentada en el regazo de María de Alfeo, vuelve cada vez más en sí, y mira al rostro amoroso de María, que le sonríe. Pero no comprende… hasta que baja su mirada y la fija en la cabeza morena de su hijo, que está inclinado hacia sus manos temblorosas, y pregunta:
-¿Yo también estoy muerta? ¿Esto es el Limbo?
-No, mujer, es la Tierra; éste es tu hijo, salvado de la muerte; y este es Jesús, mi Hijo, el Salvador.
La primera reacción de la mujer es un movimiento lleno de humanidad: reúne sus fuerzas y alarga su cuerpo hacia su hijo, le coge la cabeza agachada, lo ve vivo y sano, y lo besa frenéticamente, llorando, riendo, recordando todos los nombres de la cuna para expresarle su alegría.
-Sí, mamá, sí; pero ahora no me mires a mí, sino a Él, a Él, que me ha salvado. Bendice al Señor.
La mujer, aún demasiado débil para ponerse en pie o arrodillarse, alarga sus manos, todavía temblorosas y sangrantes, toma la mano de Jesús y la cubre de besos y lágrimas.
Jesús le pone la mano izquierda sobre la cabeza y le dice:
-Sé feliz. En paz. Sé siempre buena. Y tú también, Abel.
-No, Señor mío. Mi vida y la de mi hijo son tuyas, porque
Tú las has salvado. Deja que él vaya con los discípulos, como ya deseaba desde que estuvieron aquí. Te lo doy con gran alegría, y te ruego que me permitas seguirle para servirle a él y a los siervos de Dios.
-¿Y tu casa?
-Señor, ¿puede acaso uno que ha resucitado de la muerte seguir teniendo los mismos afectos que tenía antes de morir?! Mirta ha resurgido por ti de la muerte y del infierno. Si permanezco en esta ciudad, podría llegar a odiar a los que me han torturado en mi hijo, y Tú sé que predicas el amor. Deja, pues, que la pobre Mirta ame al Único que merece amor, y a su misión y a sus siervos. Ahora me siento todavía agotada, no podría seguirte; pero, en cuanto pueda, permítemelo, Señor. Te seguiré a ti y estaré con mi Abel…
-Seguirás a tu hijo y a mí con él. Sé feliz. Queda en paz ahora, con mi paz. Adiós.
Y, mientras la mujer con la ayuda de su hijo y de algunos otros compasivos entra en su casa, Jesús, con los pastores, los apóstoles, su Madre y María de Alfeo, sale del pueblo y se dirige hacia el aprisco, sito al extremo de una calle que termina en los campos…
… Una gran fogata está encendida para iluminar la reunión. Sentados en semicírculos en los campos, muchas personas esperan a que Jesús vaya y les hable. Entretanto ellos conversan de las cosas que han pasado durante el día. Entre ellos está también Abel, con el cual muchos se felicitan diciendo que todos creían en su inocencia.
-¡Pero me habríais matado! Incluso tú -no puede contenerse de responder el jovencito, que me habías saludado delante de la puerta de casa precisamente a la hora en que asesinaron a Joel.
Y añade:
-Pero te perdono en nombre de Jesús.
Jesús ya ha salido del aprisco y está yendo hacia ellos. Alto, vestido de blanco, en medio de los apóstoles, seguido por los pastores y las mujeres.
-Paz a todos vosotros.
-Si el hecho de haber venido ha valido para instaurar el Reino de Dios entre vosotros, bendito sea el Señor; si haber venido ha valido para hacer brillar la inocencia, bendito sea el Señor; si haber llegado a tiempo de impedir un delito sirve para dar a tres que son culpables el modo de redimirse, bendito sea el Señor. Ahora bien, de entre todas las cosas que esta jornada sugiere meditar, y que meditaremos mientras la noche desciende a envolver en tinieblas la alegría de dos corazones y el remordimiento de otros tres -y en sus tinieblas esconde, como bajo un púdico velo, las lágrimas de gozo de los primeros y las lágrimas abrasadoras de los otros; mas Dios las ve-, entre todas estas cosas, está la que indica que nada de lo que Dios ha dado como Ley es inútil.
Israel observa mucho, sólo nominalmente, la Ley que Dios ha dado; en realidad no la observa. Ahí está la Ley. La analizan, la escrutan, la descuartizan… hasta que muere torturada con minuciosas sutilezas. Ahí está. Pues bien, de la misma forma que un cadáver momificado no tiene vida ni respiración ni circulación de sangre (a pesar de tener la apariencia de alguien que, inmóvil, duerme), la Ley tampoco tiene vida ni respiración ni sangre en demasiados corazones; demasiados, demasiados. En una momia uno se puede sentar como si fuera una banqueta; en ella se pueden apoyar objetos, vestidos o inmundicias, si se quiere, y no se rebela porque no tiene vida. Así, muchos hacen de la Ley una banqueta, un apoyo, un lugar donde arrojar sus porquerías, seguros como están de que no se rebelará en su conciencia, porque para ellos ha muerto.
Podría comparar a buena parte de Israel con los bosques petrificados que se ven diseminados por el valle del Nilo y en el desierto egipcio. Eran verdaderos bosques, de árboles vivos nutridos de savia, susurrante su follaje bajo el sol, bellos con sus abundantes frondas, flores y frutos. Hacían del lugar en que se alzaban un pequeño paraíso terrenal, grato a hombres y animales, que olvidaban la aridez desolada del desierto, la sed abrasadora que las arenas, penetrando en la garganta con su polvo ardiente, producen en el hombre; olvidaban al despiadado sol que calcifica en poco tiempo los cadáveres, descargándolos, consumiendo sus carnes y convirtiéndolas en polvo, dejando yacentes, entre las curvas de las arenas, abundantes esqueletos, limpios como por la mano de un atento artesano; olvidaban todo en la verde sombra, susurrante, rica de frutos y agua que daban nuevas fuerzas, aliviaban, devolvían el coraje para nuevos trayectos.
Luego, por causa desconocida, cual cosas malditas, no sólo se secaron, como los árboles que cuando mueren sirven todavía para encender fuego en los hogares del hombre, o sirven a los peregrinos de países lejanos para hacer hogueras que iluminen la oscuridad, mantengan alejadas a las fieras y disipen la humedad de la noche; no sólo se secaron, sino que no sirvieron tampoco para leña: se hicieron de piedra; piedra. Parecía como si, por un sortilegio, la sílice del suelo hubiera subido de las raíces al tronco, a las ramas, a las hojas; luego, los vientos quebraron las ramitas más delgadas, que se habían hecho como de alabastro, duro y frágil al mismo tiempo.
Pero las ramas más resistentes están allí, unidas a sus fuertes troncos, para engaño de las cansadas caravanas, que con el reflejo cegador del sol o la luz espectral de la luna ven perfilarse las sombras de los troncos que se alzan enhiestos en las llanuras elevadas o en el fondo de esos valles que reciben el agua sólo durante las fecundas crecidas; caravanas que, por el ansia de un refugio, de alivio, de un pozo, de frutos frescos, y por el cansancio de los ojos cegados por el sol en las arenas desprotegidas, se lanzan hacia los bosques fantasmas, ¡verdaderamente fantasmas!: ilusoria apariencia de cuerpos vivos; real presencia de cosas muertas.
Yo los he visto. Me quedaron impresos, a pesar de que fuera poco más de un párvulo, como una de las cosas más tristes de la Tierra; así me parecieron hasta que no toqué, medí, pesé, las cosas totalmente tristes de la Tierra, totalmente tristes por estar completamente muertas. Las cosas inmateriales, o sea, las virtudes y almas muertas: las primeras, muertas en las almas; las almas, muertas por haberse matado.
"La Ley está en Israel, pero su presencia es como la de los árboles petrificados en el desierto. Han venido a ser sílice. Muertos. Objeto de engaño. Objeto destinado a disgregarse sin servir; antes al contrario, perjudicando, porque crean espejismos que seducen y, atrayendo hacia su muerte, alejan de los verdaderos oasis, y hacen morir de sed, de hambre, de desolación. Es una muerte que atrae a otros a la muerte, como se lee en algunas fábulas de mitos paganos.
Hoy habéis tenido un ejemplo de lo que es una Ley reducida a piedra en un alma también petrificada: es pecado de todo tipo, creador de desventura. Que os sirva para saber vivir, y saber hacer revivir la Ley en vosotros, con toda su integridad iluminada por mí con luces de misericordia.
La noche está solemne. Las estrellas nos miran y con ellas Dios. Alzad la mirada al cielo estrellado y elevad el espíritu a Dios. Y, sin críticas hacia esos desdichados que ya han recibido el castigo de Dios, y sin orgullos por no tener su pecado, prometed a Dios y prometeos a vosotros mismos no caer en la aridez de los árboles malditos de los desiertos y valles de Egipto.
La paz sea con vosotros.
Los bendice y luego se retira al vasto recinto del aprisco, rodeado de rústicos pórticos, bajo los cuales los pastores han extendido mucho heno para que sirva de lecho a los siervos del Señor
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
-¿Dónde vamos a detenernos, mi Señor? -pregunta Santiago de Zebedeo mientras van caminando por un paso entre dos colinas enteramente cultivadas y verdes desde la base hasta la cima.
-En Belén de Galilea. Pero durante las horas más calurosas haremos una pausa en el monte que domina Meraba. Así tu hermano se sentirá otra vez dichoso al ver el mar -y Jesús sonríe; luego concluye: «Los hombres habríamos podido caminar más, pero llevamos detrás de nosotros a las discípulas, y, aunque no se quejen nunca, no tenemos que cansarlas excesivamente.
-No se quejan nunca. Es verdad. Nosotros nos quejamos más fácilmente -admite Bartolomé.
-Y eso que están menos acostumbradas que nosotros a esta vida… -dice Pedro.
-Quizás por eso lo hacen con gusto -dice Tomás.
-No, Tomás. Lo hacen de buen grado y por amor. Convéncete de que ni mi Madre ni las otras mujeres de casa, como María de Alfeo, Salomé y Susana, dejan… así, con gusto, la casa para ir por los caminos del mundo y con la gente. Ni tampoco Marta y Juana -cuando venga-, que no están acostumbradas a estas fatigas, lo harían con gusto si no las moviera el amor. Respecto a María de Magdala, sólo un poderoso amor le puede dar la fuerza para sufrir esta tortura -dice Jesús.
-Y, si sabes que es una tortura, ¿por qué se la has impuesto? -pregunta Judas Iscariote -No es buena cosa ni para ella ni para nosotros.
-Sólo la demostración evidente, indudable, de su cambio podía persuadir al mundo. María quiere persuadir al mundo de esto. Su separación del pasado ha sido completa. Es completa.
-Eso habrá que verlo. Todavía es pronto para decirlo. Una vez que uno se ha acostumbrado a un tipo de vida, difícilmente se separa del todo. Nos hacen volver a él amistades y nostalgias -dice Judas Iscariote.
-¿Entonces sientes nostalgia por la vida de antes? -pregunta Mateo.
-Yo… no. Hablo en general. Yo soy yo: hombre, amo al Maestro…. Bueno, quiero decir que dispongo de elementos que me sirven para resistir en mi propósito; sin embargo, ella es una mujer, ¡y… qué mujer! Y, además, aunque su actitud fuera bien firme, es siempre poco agradable tenerla con nosotros. Si nos encontrásemos con rabíes, sacerdotes o fariseos importantes, podéis estar seguros de que sus comentarios no serían agradables. Con sólo pensarlo, ya me pongo colorado.
-No te contradigas, Judas. Si realmente has roto los puentes con el pasado, como pretendes decir, ¿por qué te duele tanto el que una pobre alma nos siga para completar su transformación en el Bien?
-¡Por amor, Maestro! Yo también hago todo por amor, por amor hacia ti.
-Pues entonces perfecciónate en este amor tuyo. Un amor, para serlo verdaderamente, jamás debe ser exclusivismo. Cuando uno sabe amar sólo un objeto y no sabe amar ningún otro, amado por el objeto de su amor, demuestra que no está en el verdadero amor. El amor perfecto ama, con las debidas gradaciones, a todo el género humano, a los animales y plantas, estrellas y agua, porque todo lo ve en Dios. Ama a Dios como conviene y ama todo en Dios. Mira que el exclusivismo en amor es muchas veces egoísmo. Sabe, por tanto, llegar a amar también a los demás por amor.
-Sí, Maestro.
Entretanto, el objeto del contraste de opiniones va con las otras mujeres, al lado de María, sin pensar que es la causa de todo ese debate.
Llegan a Yafia. La atraviesan. La dejan atrás. Ninguno de sus habitantes ha dado muestras de desear seguir al Maestro, ni de tratar de que se detuviera. Prosiguen: los apóstoles inquietos, por la indiferencia del lugar; Jesús tratando de calmarlos.
El valle continúa en dirección oeste. Al fondo se ve otro pueblo dispuesto al pie de otro monte. Y también este pueblo oigo que le llaman "Meraba"-se muestra indiferente. Los únicos que se acercan a los apóstoles -mientras sacan agua de una fuente clara que está pegada a una casa-son unos niños. Jesús los acaricia y les pregunta cómo se llaman; los niños, por su parte, también le preguntan su nombre, y quién es y a dónde va y qué hace. Se acerca también un mendigo semiciego, viejo, encorvado, y alarga la mano para pedir una limosna… y, efectivamente, la recibe.
Se reanuda la marcha con la subida de un monte, el que cierra el valle, en el que vierte las aguas de sus riachuelos, ahora reducidos a un hilo de agua o sólo a piedras resecas por el sol. Pero el camino es bueno: se abre, primero, entre bosques de olivos, luego bosques de otros árboles, que entrelazan sus ramas formando una galería verde por encima.
Llegan a la cima, coronada por un susurrante bosque de fresnos, si no me equivoco. Se sientan para descansar y alimentarse. Además de reposar y comer, deleitan la vista, porque el panorama es bellísimo, con la cadena del Carmelo a la izquierda de quien mira hacia el oeste. Y, donde la verdísima cadena del Carmelo, en que pueden verse las más bellas tonalidades del verde, termina, allí brilla el mar, abierto, ilimitado, que se extiende con su velo movido por leves olas hacia el norte, para bañar las orillas que, desde la punta del promontorio formado por el ramal extremo del Carmelo, suben hasta Tolemaida y las otras ciudades, y se pierde en una ligera niebla hacia la región sirofenicia. Sin embargo, al sur del promontorio del Carmelo, no se ve el mar, porque la cadena, que es más alta que el monte donde están, oculta su visión.
Pasan las horas en la sombra susurrante del aireado bosque. Quién duerme, quién habla en voz baja, quién mira.
Juan se aleja de sus compañeros y va al punto más alto posible, para ver más. Jesús se aparta, adentrándose en una zona frondosa para orar y meditar. Las mujeres, a su vez, se han retirado tras una cortina de ondeante madreselva toda en flor; allí se han refrescado, en un minúsculo manantial que, reducido a un hilo de agua, forma en la tierra un charco que no logra transformarse en arroyo. Luego las más mayores, cansadas, se han quedado dormidas; mientras tato, María Santísima, con Marta y Susana están hablando de su casa, ya lejana, y María dice que querría tener esa hermosa mata toda en flor como revestimiento de su gruta.
La Magdalena, que se había soltado el pelo porque no podía resistir su peso, se lo recoge de nuevo y dice:
-Voy adonde Juan, ahora que está con Simón, a mirar con ellos el mar.
-Yo también voy -responde María Stma.
Marta y Susana se quedan con las otras compañeras, que están durmiendo.
Para llegar a donde los dos apóstoles, deben pasar cerca de la zarza que Jesús ha elegido para retirarse en oración.
-Mi Hijo descansa con la oración -dice en voz baja María.
La Magdalena le responde:
-Pienso que será indispensable para Él retirarse para mantener ese maravilloso dominio que tiene y que el mundo somete a dura prueba. ¿Sabes, Madre? He hecho como me dijiste. Todas las noches me retiro durante un tiempo más o menos largo para poder restablecer en mí misma esa calma que se ve turbada por muchas cosas; después me siento mucho más fuerte.
-Por ahora, fuerte; más adelante te sentirás bienaventurada. Créelo, María: tanto en la alegría corno en el dolor, en la paz como en la lucha, nuestro espíritu necesita zambullirse enteramente en el océano de la meditación para reconstruir aquello que el mundo y las diversas vicisitudes derriban, y para crear nuevas fuerzas para subir cada vez más. En Israel se hace uso y abuso de la oración vocal. No quiero decir que sea inútil, ni que Dios la deteste; pero sí digo que siempre es mucho más útil para el espíritu la elevación mental a Dios, la meditación, en que, contemplando su divina perfección y nuestra miseria, o la miseria de tantas pobres almas -no ya para criticarlas, sino para compadecernos de ellas y comprenderlas, y para mostrarnos gratas con el Señor, que nos ha sostenido para que no pecásemos, o nos ha perdonado para no dejarnos caídas-, llegamos realmente a orar, o sea, a amar. Porque la oración, para que sea realmente oración, debe ser amor. Si no, es un farfullar de labios del que el alma está ausente.
-¿Pero es lícito hablar con Dios teniendo los labios todavía sucios de muchas palabras profanas? Yo, en mis horas de recogimiento, que hago como me has enseñado tú, mi dulcísima apóstol, hago violencia a mi corazón, que querría decirle a Dios: "Te amo"…
-¡No! ¡Eso no! ¿Por qué?
-Porque me parece que sería un ofrecimiento sacrílego por mi parte ofrecerle mi corazón…
-No hagas eso, hija, no lo hagas. Tu corazón, ante todo, ha sido consagrado de nuevo por el perdón del Hijo, y el Padre no ve sino este perdón. Pero, aunque Jesús no te hubiera perdonado todavía, y tú, en ignorada soledad -que puede ser tanto material como moral-, gritaras a Dios: "Te amo, Padre. Perdona mis miserias, porque me duelen por el pesar que te causan", cree, María, que el Padre Dios por su parte te absolvería, y le sería grato tu grito de amor.
Abandónate, abandónate al amor sin oponerle violencia; antes al contrario, deja que el amor adquiera la violencia de un fuego devorador. El fuego consume todo lo material, pero no destruye nada de aire, porque el aire es incorpóreo (al contrario: lo purifica de los detritos minúsculos que en él esparce el viento, lo hace más ligero). Así es el amor para el espíritu: consume antes la materia del hombre, si Dios lo permite, mas no destruye el espíritu, sino que acrecienta su vitalidad y lo hace puro y ágil para que suba a Dios. ¿Ves allí a Juan? Es sólo un muchacho, y, sin embargo, es un águila; es el más fuerte de todos los apóstoles; porque ha comprendido el secreto de la fortaleza, de la formación espiritual: la amorosa meditación.
-Pero él es puro, yo… él es un muchacho, yo…
-Pues mira entonces al Zelote, que no es un muchacho. Ha vivido, ha luchado, ha odiado; lo confiesa con sinceridad.
Pero ha aprendido a meditar. Y créeme que él también está muy arriba. ¿Ves? Se buscan ellos dos. Porque se sienten iguales. Han alcanzado la misma edad perfecta del espíritu, y con el mismo medio: la oración mental: por ella, el muchacho se ha hecho viril en el espíritu; por ella, el otro, ya mayor y cansado, ha vuelto a una fuerte virilidad. Y, ¿sabes otro que, sin ser apóstol, adelantará mucho -es más, ya está muy adelantado-por su tendencia natural a la meditación, que desde que es amigo de Jesús se ha hecho en él una necesidad espiritual? Pues tu hermano.
-¿Mi Lázaro?… ¡Oh, Madre, tú que sabes tantas cosas, porque Dios te las muestra, dime cómo me tratará Lázaro la primera vez que me vea? Antes guardaba silencio con desdén. Pero lo hacía porque yo no admitía que me hicieran observaciones. He sido muy cruel con mis hermanos… Ahora lo comprendo. Ahora que sabe que puede hablar, ¿qué me dirá? Temo una abierta recriminación suya. Ciertamente me recordará todas las penas que he causado. Quisiera presentarme ante él inmediatamente. Pero tengo miedo.
Antes iba, y no me inquietaba siquiera el recuerdo de nuestra madre muerta, ni sus lágrimas, vivas aún sobre los objetos que usó, lágrimas vertidas por mí, por mi culpa. Mi corazón era cínico, altanero, cerrado a cualquier voz que no fuera "mal". Pero ahora yo no tengo ya la malvada fuerza del Mal, y tiemblo… ¿Qué me hará Lázaro?
-Te abrirá los brazos y te llamará, más con el corazón que con los labios, "hermana amada". Está tan formado en Dios, que no puede usar otros modos. No temas. No te dirá nada que haga referencia al pasado. Está -es como si lo estuviera viendo allí, en Betania, y se le hacen muy largos los días de su espera. Te está esperando a ti, para estrecharte contra su corazón, para saciar su amor de hermano. Si quieres gustar la dulzura de haber nacido del mismo seno, no tienes que hacer nada más que quererlo como él te quiere.
-Lo querría aunque me reprendiera. Me lo merezco.
-No. Te amará y nada más. Sólo te querrá.
Ya han llegado donde Juan y Simón, que están hablando de los futuros viajes. Ambos se ponen en pie, en signo de reverencia, cuando llega la Madre del Señor.
-Venimos también nosotras a glorificar al Señor por las hermosas obras de su creación.
-¿Has visto alguna vez el mar, Madre?
-Sí, lo he visto. Entonces el mar, a pesar de la tempestad, estaba menos turbado que mi corazón, y sus aguas menos saladas que mi llanto, mientras huía siguiendo el litoral desde Gaza hacia el Mar Rojo, con mi Niño en brazos y el miedo a Herodes detrás. Lo vi también al regreso. Entonces era primavera en la tierra y en mi corazón. La primavera del regreso a la patria. Jesús daba palmadas con sus manitas, contento de ver cosas nuevas… Yo y José también nos sentimos felices. De todas formas, la bondad del Señor, en mil modos, nos había aligerado el exilio en Matarea.
Su conversación sigue mientras me cesa la capacidad de ver y oír.
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Todavía la sinagoga de Nazaret, pero hoy es sábado.
Jesús ha leído el apólogo contra Abimelec (Jueces 9, 8-15) y termina con las palabras: «"salga de él fuego y devore los cedros del Líbano"». Luego restituye el rollo al arquisinagogo.
-¿No lees lo demás? Sería conveniente para comprender el apólogo -dice el jefe de la sinagoga.
-No hace falta. El tiempo de Abimelec está ya muy lejano. Yo aplico al momento presente el viejo apólogo.
Escuchad, gentes de Nazaret. Ya sabéis, por la instrucción recibida de vuestro arquisinagogo -el cual, en su momento, fue instruido a su vez por un rabí, y éste a su vez por otro, y así sucesivamente desde hace siglos, siempre con el mismo método y las mismas conclusiones-, ya sabéis las aplicaciones del apólogo contra Abimelec. Yo os voy a hablar de otra aplicación. Y… os ruego que sepáis usar vuestra inteligencia, que no seáis como esas cuerdas que pasan por la polea de un pozo, que hasta que no se gastan van de la polea al agua y del agua a la polea, sin poder jamás cambiar.
El hombre no es una soga obligada, ni un instrumento mecánico. El hombre está dotado de cerebro inteligente y debe saber usarlo por sí mismo, según las necesidades y circunstancias. Porque, si bien la letra de la palabra es eterna, las circunstancias cambian. Son raquíticos esos maestros que no saben saber querer el esfuerzo y satisfacción que supone el ir extrayendo gradualmente la enseñanza nueva, es decir, el espíritu que siempre está contenido en las palabras antiguas y sabias.
Serán semejantes al eco, que lo único que puede hacer es repetir, incluso hasta el infinito, una sola palabra, sin decir ni siquiera una de su propia cosecha.
Los árboles, es decir, la Humanidad representada en el bosque en que están reunidas todas las especies de árboles, arbustos y hierbas, sienten la necesidad de que los guíe uno que cargue no sólo con todas las glorias, sino también -y es peso mucho mayor-con todas las cargas de la autoridad, y con la responsabilidad de la felicidad o infelicidad de los súbditos, la responsabilidad ante los propios súbditos, ante los pueblos vecinos y, lo que es terrible, ante Dios. Porque los hombres otorgan todo tipo de coronas o preeminencias sociales, es verdad, pero también es verdad que Dios lo permite, y, sin su condescendencia, ninguna fuerza humana puede imponerse.
Esto explica los cambios inimaginables e imprevistos de dinastías que parecían eternas, o de poderes que parecían intocables: cuando sobrepasaron la medida, en castigo o prueba para los pueblos, fueron derrocados por los propios súbditos, con el permiso de Dios, y vinieron a ser nada, polvo, o incluso fango de mísera cloaca.
He dicho que los pueblos sienten la necesidad de elegirse a uno que cargue con todas las responsabilidades para con sus súbditos, para con las naciones vecinas y, lo que es más tremendo, para con Dios. En efecto, si el juicio de la historia es terrible en vano los intereses de los pueblos tratan de mutarlo, pues hechos y pueblos futuros lo devolverán a su primera, tremenda verdad-, todavía peor es el juicio de Dios, quien no sufre presiones de nadie, ni está sujeto a cambios de humor o de juicio -como demasiadas veces les sucede a los hombres-, ni -todavía mucho menos-a errores de juicio. Por tanto, los elegidos para dirigir pueblos y crear historia tendrían que actuar con la justicia heroica propia de los santos, para no caer en la ignominia en los siglos futuros y recibir el castigo de Dios por los siglos de los siglos.
Pero volvamos al apólogo de Abimelec. Los árboles, pues, queriendo elegir un rey, fueron donde el olivo. Mas éste, árbol sagrado y consagrado para usos sobrenaturales, por el aceite que arde ante el Señor y es parte preponderante en los diezmos y sacrificios; éste, que presta su líquido para elaborar el bálsamo santo con que se ungirán altares, sacerdotes y reyes, líquido que desciende al interior de los cuerpos enfermos, o que se aplica sobre ellos, con propiedades, diría, casi taumatúrgicas, respondió: "¿Cómo puedo desatender mi vocación santa y sobrenatural para rebajarme a cosas de la tierra?".
¡Oh, dulce respuesta del olivo! ¿Por qué será que no la aprenden y practican todos aquellos a quienes Dios elige para santa misión, al menos estos? En verdad, deberían responder así todos los hombres a las sugestiones del demonio, dado que todo hombre es rey e hijo de Dios, dotado de un alma que lo hace tal: regio, filialmente divino, y llamado a sobrenatural destino. Tiene un alma que es altar y casa: el altar de Dios, la casa a donde el Padre de los Cielos desciende a recibir amor y reverencia del hijo y súbdito. Todo hombre tiene un alma, y toda alma, siendo altar, hace del hombre que la contiene un sacerdote, custodio del altar; y está escrito en el Levítico: "El Sacerdote no se contamine". El hombre, pues, tendría el deber de responder a la tentación del demonio, del mundo y la carne: "¿Puedo yo dejar de ser espiritual para ocuparme de cosas materiales y pecaminosas?".
"Los árboles fueron entonces donde la higuera, y la invitaron a que reinara sobre ellos. Pero la higuera respondió: "¿Cómo puedo renunciar a mi dulzura y a mis suavísimos frutos por reinar sobre vosotros?".
Muchos se dirigen a la persona dulce para tenerla como rey; no tanto por admiración de su dulzura, cuanto porque esperan que, siendo muy dulce, acabe transformándose en un rey de tres al cuarto, del cual podrán obtener todo tipo de consenso y con el cual podrán permitirse todo tipo de licencias. Pero la dulzura no es debilidad; es bondad, justa, inteligente, firme. No confundáis nunca la dulzura con la debilidad: la primera es virtud; la segunda, defecto. Y, precisamente por ser virtud, comunica a quien la posee una rectitud de conciencia que le permite resistir a las solicitaciones y seducciones humanas (que pretenden doblegarlo a sus intereses, que no son los de Dios) y permanece fiel a su destino, a toda costa. El dulce de espíritu no rebatirá nunca con acritud las recriminaciones de los demás, no rechazará nunca con dureza a quien lo solicita; no obstante, perdonando y sonriendo, dirá siempre: "Hermano, déjame a mi dulce suerte.
Estoy aquí para consolarte y ayudarte, pero no puedo ser rey como tú lo concibes, porque una sola realeza me interesa y me preocupa, por mi alma y por la tuya: la espiritual".
Los árboles fueron a la vid y le pidieron que reinara sobre ellos. Pero la vid respondió: "¿Cómo puedo renunciar a ser alegría y fuerza para ir a reinar sobre vosotros?".
Ser rey, tanto por las responsabilidades como por los remordimientos -es más raro que un diamante negro el rey que no peca y no se crea remordimientos-, lleva siempre a estados espirituales sombríos. El poder seduce mientras resplandece como un faro de lejos; una vez que uno lo alcanza, se ve que no es sino resplandor de luciérnaga, no de estrella. Y también: el poder no es sino una fuerza ligada por mil sogas (las de los mil intereses que bullen en torno a un rey). Intereses de los cortesanos, intereses de los aliados, intereses personales y de la parentela. ¿Cuántos reyes se juran a sí mismos, mientras el óleo los consagra: "Seré imparcial", y luego no saben serlo? Cual árbol robusto que no se rebela contra el primer abrazo de la hiedra débil y delgada, sino que dice: "Es tan frágil, que no me puede causar daño", antes al contrario se complace de que la hiedra lo enguirnalde, se complace de ser el protector que la sujeta mientras sube; así, tan frecuentemente -podría decir que siempre-, el rey cede al primer abrazo del interés que a él se dirige, de cortesano o de aliado, personal o de parentela, y se complace en ser su munífico protector. "¡Es tan poca cosa!", dice, aunque la conciencia le grite: "¡Ten cuidado!". Y piensa que no le podrá perjudicar ni en cuanto al poder ni en cuanto al buen nombre.
Lo mismo piensa el árbol. Mas llega el día en que, robusteciéndose y extendiéndose, aumentando su voracidad de succionar linfa del suelo y subir a la conquista de luz y sol, la hiedra abraza, rama tras rama, todo ese árbol fuerte, y prevalece sobre él, lo ahoga, lo mata, ¡Y era tan frágil; y él, tan fuerte! Sucede igual con los reyes.
Un primer compromiso con la propia misión, un primer gesto de encogerse de hombros ante la voz de la conciencia (y ello porque las alabanzas son dulces y porque agrada ese aire de protector solicitado)… llega un momento en que ya no es el rey el que reina, sino los intereses de los demás. Estos intereses atan al rey, lo amordazan, hasta ahogarlo; Y lo matan si, siendo ya más fuertes que él, ven que no se da prisa en morir. También el hombre común, que es lo mismo un rey en el espíritu, se pierde si acepta realezas menores por soberbia o ambición. Y pierde su serenidad espiritual, la que le viene de la unión con Dios. Porque el demonio, el mundo y la carne pueden dar un poder y gozo ilusorios, pero a costa de la alegría espiritual que viene de la unión con Dios.
¡Alegría y fuerza de los pobres de espíritu, bien merecéis que el hombre sepa decir: "¿Cómo podré aceptar la realeza sobre la parte inferior, si aliándome con vosotros, pierdo fuerza y alegría internas y el Cielo y su verdadera realeza?" Y pueden decir también estos bienaventurados pobres de espíritu -que tienen como único objetivo la posesión del Reino de los Cielos y desprecian todas las demás riquezas que no sean el Reino-, pueden decir:
"¿Cómo decaer en nuestra misión, que consiste en producir maduros jugos fortalecedores y de alegría para esta Humanidad, hermana nuestra, que vive en el desierto de la animalidad, y que necesita apagar su sed para no morir, y para nutrirse de jugos vitales, cual niño que no tiene a nadie que lo alimente? Nosotros somos las nodrizas de esta Humanidad que ha perdido el seno de Dios, esta Humanidad que vaga estéril y enferma, y que encontraría la muerte desesperada, el negro escepticismo, si no nos encontrase a nosotros, que, con la alegre laboriosidad de quien está libre de todo lazo terreno, los persuadiéramos de que hay una Vida, una Alegría, una Libertad, una Paz. No podemos renunciar a la Caridad por un interés mezquino.
Los árboles se dirigieron entonces al espino. Éste no los rechazó. Pero impuso pactos severos: "Si me queréis como rey, venid aquí debajo de mí. Si me elegís y luego no queréis venir, haré de cada espina encendido tormento y os quemaré a todos, incluso a los cedros del Líbano".
¡He aquí cuáles son las realezas que el mundo acepta como verdaderas! La corrupción de la Humanidad es causa de que se tomen por verdadera realeza la tiranía y la crueldad; la mansedumbre y bondad, por estupidez y bajos sentimientos. El hombre no se somete al Bien, pero sí se somete al Mal. El Mal lo seduce. La consecuencia es que el Mal lo consume con fuego.
Éste es el apólogo de Abimelec. Pues bien, voy a proponeros otro; no lejano ni referido a hechos lejanos, sino cercano, presente.
Los animales pensaron en elegir a un rey. Como eran astutos, pensaron elegir a uno del que no debiera temerse fuerza o ferocidad; descartaron, por tanto, al león y a todos los otros felinos. Dijeron que no querían a las rostradas águilas, ni a ninguna otra ave rapaz. Desconfiaron del caballo, que podía llegarse hasta ellos con rapidez, y ver sus acciones; desconfiaron todavía más del burro, del que conocían la paciencia, sí, pero también los repentinos arranques de furia y las fuertes pezuñas.
Se horrorizaron ante la idea de tener por rey al mono, pues era demasiado inteligente y vengativo. Con respecto a la serpiente, con la disculpa de que se había prestado a Satanás para seducir al hombre, dijeron que no la querían como rey, a pesar de sus graciosos colores y la elegancia de sus movimientos; en realidad no la quisieron porque conocían su silencioso paso majestuoso, la fuerza de sus músculos, el terrible efecto de su veneno. ¿Elegir rey a un toro o a otro animal provisto de aguzados cuernos? ¡No hombre, no! "Que el diablo también los tiene" dijeron; pero en realidad pensaban: "Si nos rebelamos, un día nos extermina con sus cuernos".
Eliminando a unos y eliminando a otros, he aquí que vieron a un corderito regordete y blanco que triscaba alegre por un prado verde, hocicando en la rechoncha mama materna. No tenía cuernos; antes al contrario, unos ojos mansos como cielo de Abril. Era manso y sencillo. De todo estaba contento: del agua de un pequeño riachuelo donde bebía hundiendo su morrillo rosado; de las florecillas de variados sabores que satisfacían el ojo y el paladar; de la tupida hierba, sobre la cual era bonito estar tumbado después de haber comido bien; y de las nubes, que parecían otros corderitos que correteasen por aquellos prados azules, allá arriba, y le invitaran a jugar, corriendo por el prado como ellas por el cielo; y, sobre todo, de las caricias de su mamá, la cual todavía le consentía alguna sobria chupada, lamiéndole, mientras tanto, la blanca lana con su rosada lengua; y del aprisco, seguro y protegido del viento, y de la cama, bien esponjosa y fragante, en que le era dulce dormir junto a su madre. "Es fácil contentarlo. Y no tiene ni armas ni veneno. Es ingenuo.
Hagámoslo rey". Y lo hicieron rey. Y se gloriaban de él, porque era hermoso y bueno y porque lo admiraban los pueblos vecinos y lo amaban los súbditos por su paciente mansedumbre.
Pasó un tiempo. El cordero se hizo carnero, y dijo: "Llega el momento de gobernar realmente. Ahora tengo pleno conocimiento de mi misión. La voluntad de Dios -que permitió que fuera elegido rey-me ha formado para esta misión y me ha dado capacidad de reinar; justo es, por tanto, que la ejercite en forma plena, incluso porque, si no, sería desperdiciar los dones de Dios".
Viendo, pues, a súbditos hacer cosas contrarias a la honestidad de las costumbres, o a la caridad, dulzura, lealtad, morigeración, obediencia, respeto, prudencia, etc. alzó su voz para amonestar. Pero he aquí que los súbditos se rieron de su balido sabio y dulce, que no atemorizaba como el rugido de los felinos, ni como el chillido de los buitres cuando se lanzan veloces sobre la presa, ni como el silbido de la serpiente… ni siquiera como los ladridos del perro que infunde temor.
El cordero, ya carnero, no se limitó a balar; fue donde los culpables para conducirlos de nuevo al cumplimiento del deber. Ahora bien, la serpiente se le escurrió por entre las patas; el águila se alzó en vuelo y lo dejó plantado; los felinos, con una manotada, lo apartaron amenazándole: "¿Ves lo que hay en esta mano afelpada que por ahora se limita a apartarte? Son garras"; los caballos, y todos los animales corredores en general, se pusieron a girar al galope alrededor de él en plan de burla; los robustos elefantes, u otros paquidermos, con un golpe del morro, lo tiraron a un lado o a otro; los monos, desde encima de los árboles, lo hicieron blanco de sus proyectiles.
El cordero, ya carnero, acabó por inquietarse, y dijo: "No quería usar ni mis cuernos ni mi fuerza; porque también yo tengo fuerza en este cuello (tanto que será modelo para abatir obstáculos de guerra). No quería usarla porque prefiero usar el amor y la persuasión. Pero, dado que ante estas armas no os doblegáis, haré uso de la fuerza, porque no quiero faltar a mi deber para con Dios y para con vosotros, a pesar de que vosotros faltéis al vuestro para con Dios y para conmigo. He sido establecido aquí por vosotros y Dios para guiaros a la Justicia y al Bien, y aquí quiero que Justicia y Bien (es decir, Orden) reinen". Y castigó con los cuernos -ligeramente, porque era bueno ̀ a un gozquejillo que seguía molestando a los que estaban a su lado; y luego, con su fortísimo cuello, echó abajo la puerta de la guarida donde un cerdo glotón y egoísta había almacenado provisiones en perjuicio de los demás; y tiró abajo también la mata de lianas que los jóvenes monos habían elegido para sus ilícitos amores.
“Este rey se ha hecho demasiado fuerte. Quiere realmente reinar y que vivamos una vida sabia. Esto no nos agrada. Hay que destronarlo" dijeron.
̪Mas -un mono joven y astuto aconsejó: "Hagámoslo de forma que parezca que ha sido por un motivo justo; si no, quedaremos mal ante -otros pueblos y nos atraeremos la enemistad de Dios. Vamos a espiar todo lo que hace el carnero para poderlo acusar bajo apariencia de justicia".
-Me encargo de ello yo -dijo la serpiente.
-Y yo -dijo el mono.
Una arrastrándose por entre la hierba, el otro desde las copas de los árboles, no perdieron ni un momento de vista al cordero. Y todas las noches, cuando él se retiraba para descansar de las fatigas de la misión y meditar en las medidas que debería tomar y en las palabras que tendría que usar, para domar la rebelión y vencer los pecados de los súbditos, entonces éstos, excepto alguno -raro-honesto y fiel, se reunían para escuchar el relato de los dos espías y traidores (pues traidores eran también).
La serpiente decía a su rey: "Te sigo porque te amo, para defenderte en caso de que te agredieran". El mono decía a su rey: "¡Como te admiro! Quiero ayudarte. Mira, desde aquí veo que más allá de este prado se está pecando. ¡Corre!" y luego decía a sus compañeros: "Hoy también ha tomado parte en el banquete de algunos pecadores. Ha simulado que iba allí para convertirlos, pero luego en realidad ha sido cómplice de sus orgías". Y la serpiente refería: "Se ha alejado incluso allende los confines de su pueblo, y ha entablado conversación con mariposas, moscardones y babosas. Es un infiel. Trata con extranjeros impuros".
Así hablaban a espaldas del inocente, creyendo que él lo ignorase. Pero el espíritu del Señor, que lo había formado para su misión, lo iluminaba también respecto a las conjuras de sus súbditos. Habría podido huir, indignado, maldiciéndolos. Pero el cordero era manso y humilde de corazón. Amaba: éste era su error. Y cometía un error aún mayor: el de perseverar en su misión, amando y perdonando, a costa de la vida, para cumplir la voluntad de Dios. ¡Oh, qué errores éstos ante los hombres! ¡Imperdonables! Tanto que le procuraron la condena.
"Muera. Para liberarnos de su opresión". Y la serpiente se encargó de matarlo, porque siempre la traidora es la serpiente…
Éste es el otro apólogo. ¡Ahora te toca a ti entenderlo, pueblo de Nazaret! Yo, por el amor que me une a ti, te deseo, al menos, que no pases del grado de pueblo hostil. El amor de la tierra a la que vine cuando era niño, en que crecí amándoos y siendo amado, me hace deciros a todos vosotros:
"No seáis más que hostiles. No hagáis que la historia diga: “De Nazaret vinieron su traidor y sus jueces inicuos"'.
Adiós. Juzgad con rectitud y quered con constancia: lo primero, todos vosotros; lo segundo, aquellos de entre vosotros que no vivan disturbados por pensamientos deshonestos. Me marcho… La paz sea con vosotros.
Y Jesús, en medio de un silencio penoso, quebrado sólo por dos o tres voces que lo aprueban, sale, triste, cabizbajo, de la sinagoga de Nazaret.
Le siguen los apóstoles. Al final de todos van los hijos de Alfeo (y sus ojos no son, ciertamente, ojos de manso cordero)… Miran severamente a la multitud hostil, y Judas Tadeo, sin vacilaciones, se planta erguido ante su hermano Simón y le dice:
-Creía que tenía un hermano más honesto y de carácter más fuerte.
Simón agacha la cabeza y calla. Pero el otro hermano, José, respaldado por otros de Nazaret, dice:
-¡Deberías avergonzarte de ofender a tu hermano mayor!
-No. Me avergüenzo de vosotros. De todos vosotros. Esta Nazaret no es simplemente una madrastra para el Mesías, es una madrastra depravada. Oíd mi profecía: Lloraréis tantas lágrimas como para alimentar una fuente, pero no servirán para lavar de los libros de la Historia el verdadero nombre de esta ciudad y de vosotros. ¿Sabéis cuál es?
"Estupidez". Adiós.
Santiago añade un saludo más amplio augurando luz de sabiduría. Y salen, junto con Alfeo de Sara y otros dos jóvenes que, si los reconozco bien, son los dos cuidadores de asnos que acompañaron a los jumentos usados para ir al encuentro de Juana de Cusa cuando estaba moribunda.
La gente, que ha quedado confundida, murmura:
-¿Pero de dónde le viene tanta sabiduría?
-¿Y de dónde los milagros que hace? Porque hacerlos los hace. Toda Palestina lo dice.
-¿No es el hijo de José el carpintero? Todos le hemos visto hacer mesas y camas en el banco del artesano de Nazaret, y arreglar ruedas y cierres. Ni siquiera fue a la escuela. Su Madre fue su única maestra.
-Eso también fue un escándalo, que nuestro padre criticó -dice José de Alfeo.
-Pero también tus hermanos terminaron la escuela con María de José.
-¡Ya! Mi padre fue débil ante su mujer… -responde José.
-Entonces, ¿también el hermano de tu padre?
-También.
-¿Pero es realmente el hijo del carpintero?
-¿Pero es que no lo ves?
-Hay muchos que se parecen. Creo que es uno que se hace pasar por él pero no lo es.
-¿Y dónde está entonces Jesús de José?
-¿Pero tú crees que su Madre no lo va a conocer?
-Aquí están sus hermanos y hermanas, y todos ellos lo reconocen como pariente. ¿No es verdad, vosotros dos?
Los dos ancianos hijos de Alfeo asienten.
-Entonces se ha vuelto loco o está endemoniado, porque lo que dice no puede provenir de un obrero.
-Lo que habría que hacer es no escucharlo. Su pretendida doctrina es delirio o posesión…
…Jesús está parado en la plaza esperando a Alfeo de Sara, que habla con un hombre. Mientras espera, uno de los arrieros, que se había quedado cerca de la puerta de la sinagoga, le trae las calumnias que allí se han dicho.
-No te apenes por esto. Un profeta, generalmente, no recibe honor ni de su patria ni de su casa. El hombre es tan necio que cree que para ser profetas es necesario casi estar fuera de la vida; y los coterráneos y familiares, más que todos los demás, conocen y recuerdan la humanidad de su paisano y pariente. Pero la verdad triunfa siempre. Adiós. La paz sea contigo.
-Gracias, Maestro, por haber curado a mi madre.
-Lo merecías, porque supiste creer. Mi poder aquí es inoperante, porque aquí no hay fe. Vamos, amigos. Mañana al alba nos marchamos.