por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
La primera escala de Jesús en Nazaret es en casa de Alfeo. Estando ya para entrar en el huerto, se encuentra con María de Alfeo, que sale con dos ánforas de cobre para ir a la fuente.
-¡La paz sea contigo, María! -dice Jesús, y abraza a su pariente, la cual, efusiva como siempre, lo besa y emite un grito de alegría.
-¡Sin duda será un día de paz y alegría, Jesús mío, porque has venido! ¡Oh, queridísimos hijos míos! ¡Qué felicidad para vuestra mamá el veros! -y besa a sus dos hijotes, que estaban inmediatamente detrás de Jesús -Estáis conmigo hoy, ¿no es verdad?
Tengo precisamente encendido el horno para el pan. Estaba yendo por agua para no tener luego que suspender la cocción.
-Mamá, vamos nosotros» dicen sus hijos mientras se apoderan de las ánforas.
-¡Qué buenos son! ¿No es verdad, Jesús?
-Muy buenos -confirma Jesús.
-Pero también contigo, ¿no es verdad? Porque si te quisieran menos de lo que me quieren a mí, los querría menos.
-No temas, María. Para mí son sólo motivo de alegría.
-¿Estás solo? María se ha ido tan al improviso… Habría ido también yo. Estaba con una mujer… ¿Una discípula?
-Sí. La hermana de Marta.
-¡Oh, bendito sea Dios! ¡He orado mucho por esto! ¿Dónde está?
-Mira, está llegando con mi Madre, Marta y Susana.
En efecto, las mujeres están apareciendo por un recodo del camino seguidas por los apóstoles. María de Alfeo corre a su encuentro y exclama:
-¡Qué feliz me siento de poder llamarte hermana! Debería amarte hija, porque tú eres joven y yo vieja, pero te llamo con ese nombre que tanto amo desde que se lo doy a mi María. ¡Querida mía! Ven, estarás cansada… aunque, bueno, también contenta -y besa a la Magdalena mientras la tiene cogida de la mano, como queriendo hacerle sentir aún más que la quiere. La belleza fresca de la Magdalena parece todavía más viva al lado de la persona gastada de la buena María de Alfeo.
-Hoy todos en mi casa. No os dejo que os marchéis -y, con un suspiro del alma que le sale involuntariamente, se le escapa la confesión: « ¡Estoy siempre muy sola! Cuando no está mi cuñada paso los días bien tristes y solitarios.
-¿No están tus hijos? -pregunta Marta.
María de Alfeo se ruboriza y suspira:
-Con el alma sí. Todavía. Ser discípulos une y divide… Pero, de la misma forma que tú, María, has venido, también ellos vendrán -y se seca una lágrima. Mira a Jesús, que la está observando con piedad, y se esfuerza en sonreír para preguntar: « ¿Son cosas largas, verdad?».
-Sí, María. Pero tú las verás…
-Tenía esta esperanza… Después de que Simón… Pero después ha sabido otras… cosas, y está otra vez en la indecisión. ¡Ámalo igualmente, Jesús!
-¿Lo pones en duda?
María, mientras habla, prepara algo de comer y beber para los peregrinos, sorda a las palabras de todos, que le aseguran que no tienen necesidad de nada.
-Vamos a dejar a las discípulas tranquilas - - dice Jesús, y añade: “Y vamos por el pueblo”. -¿Te vas? Quizás vienen mis otros hijos.
-Estaré aquí todo el día de mañana. Por tanto, estaremos juntos. Ahora voy a ver a los amigos. Paz a vosotras, mujeres. Adiós, Madre.
Nazaret ya está toda revuelta por la llegada de Jesús (y por añadidura con María de Magdala). Quién se apresura a ir a casa de María de Alfeo, quién a la de Jesús, para ver; pero, habiendo encontrado esta última cerrada, retornan todos en dirección a Jesús, que está atravesando Nazaret hacia el centro.
La ciudad sigue cerrada al Maestro. En parte irónica, en parte incrédula, con algún núcleo incluso de clara maldad que se manifiesta en ciertas frases hirientes, sigue, por curiosidad pero sin amor, a este gran Hijo suyo al que no comprende. Incluso en las preguntas que le hacen no hay amor, sino incredulidad e ironía; pero Él no hace ver que lo nota, y dulce y manso responde a quien le habla.
-A todos das. Pero pareces un hijo desvinculado de tu tierra, porque a tu tierra no le das.
-Estoy aquí para daros lo que pedís.
-Pero prefieres no estar aquí. ¿Es que somos más pecadores que los demás?
-No hay pecador, por grande que sea, al que Yo no quiera convertir. Y vosotros no sois peores que los demás.
-Pero tampoco dices que seamos mejores que los otros. Un buen hijo siempre dice que su madre es mejor que las otras, aunque no lo sea. ¿Acaso Nazaret es sólo madrastra para ti?
-Yo no digo nada. Callar es regla de caridad hacia los demás y hacia uno mismo, cuando decir que uno es bueno no se puede y no se quiere mentir. Pero diligente brotaría la alabanza a vosotros, con el solo hecho de que vinierais a mi doctrina.
-¿Buscas ser admirado?
-No. Sólo que me escuchéis y creáis en mí, por el bien de vuestras almas.
-¡Pues habla entonces! ¡Te escuchamos!
-Decidme sobre qué os debo hablar.
Un hombre de unos cuarenta o cuarenta y cinco años dice:
-Yo querría que vinieras y me explicaras un punto».
-Voy enseguida, Leví.
Y se encaminan. La gente se aglomera tras el Maestro y el arquisinagogo. La sinagoga se abarrota enseguida de gente.
El arquisinagogo toma un rollo y lee: «Él hizo subir a la hija de Faraón de la ciudad de David a la casa que había construido para ella, porque dijo: “Mi mujer no debe vivir en la casa de David, rey de Israel, que fue santificada cuando en ella entró el arca del Señor"
Bien, pues querría que dieras tu juicio acerca de si esa medida fue justa o no, y ¿por qué?
-Sin duda fue justa, porque el respeto a la casa de David, santificada por haber entrado en ella el arca del Señor, exigía aquello.
-¿Pero, el hecho de ser la mujer de Salomón no hacía a la hija del Faraón digna de vivir en la casa de David? ¿La esposa no viene a ser, según las palabras de Adán, "hueso de los huesos" de su marido y "carne de su carne”? Si es tal, ¿cómo profanará lo que no profana su esposo?
-Está escrito en el primer libro de Esdras: "Habéis pecado al casaros con mujeres extranjeras, y habéis añadido este delito a los muchos de Israel". Y una de las causas de la idolatría de Salomón precisamente se debe a estos connubios con mujeres extranjeras. Dios lo había dicho: "Ellas, las extranjeras, pervertirán vuestros corazones hasta el punto de haceros seguir a dioses extranjeros". Las consecuencias las conocemos.
-Y, sin embargo, no se había pervertido casándose con la hija del Faraón; tanto que llegó a juzgar con sabiduría que su esposa no debía permanecer en la casa santificada.
-No se puede medir la bondad de Dios con la nuestra. El hombre, después de una culpa, no perdona, aunque él mismo sea también culpable. Dios no se muestra implacable a la primera caída, pero no permite que impunemente el hombre se endurezca en el mismo pecado. A la primera caída, por tanto, no castiga, sino que habla al corazón; pero sí castiga cuando su bondad no sirve para convertir y el hombre juzga tal bondad como debilidad. Entonces desciende el castigo, porque nadie se burla de Dios.
Hueso de su hueso y carne de su carne, la hija del Faraón había depositado los primeros gérmenes de corrupción en el corazón del Sabio, y, como sabéis, una enfermedad no se declara realmente por un sólo germen en la sangre, sino cuando la sangre está corrompida por muchos gérmenes originados del primero. El hombre se viene abajo siempre a partir de una ligereza aparentemente inocua. Luego aumenta la condescendencia con el mal. Se forma el hábito de transigir con la conciencia y de descuidar lo que constituye el deber y la obediencia a Dios, y por grados, se llega al pecado grande (en Salomón incluso de idolatría, y provocó el cisma cuyas consecuencias duran hasta hoy).
-¿Estás diciendo, entonces, que es necesaria la máxima atención y respeto hacia las cosas sagradas?
-Sin duda.
-Explícame ahora otra cosa. Tú te dices el Verbo de Dios. ¿Es verdad?
-Lo soy. Él me ha enviado para traer a la tierra la buena nueva para todos los hombres, y para que los redima de todo pecado.
-Si lo eres, eres más que el Arca, pues, no ya en la gloria que está por encima del Arca, sino en ti mismo, estaría Dios.
-Tú lo dices y es verdad.
-¿Y, entonces, por qué te profanas?
-¿Y me has traído aquí para decirme esto? Me das pena, tú y quien te ha movido a hablar. No debería justificarme, porque toda justificación queda quebrada por vuestro rencor. Pero os daré una justificación, a los que me acusáis de falta de amor hacia vosotros y de profanación de mi persona. Escuchad. Sé a lo que aludís. Pues bien, os respondo: "Estáis en error".
Como extiendo los brazos hacia los moribundos para que vivan y llamo a los muertos para devolverlos a la vida, así extiendo los brazos hacia los más verdaderamente moribundos y llamo a los que están más verdaderamente muertos, los pecadores, para que vivan la Vida eterna y, si ya están corrompidos, resucitarlos para que no vuelvan a morir. Pero os voy a poner una parábola. Un hombre, por muchos vicios, enferma de lepra.
Los demás lo alejan de la comunidad. Este hombre, en medio de una soledad atroz, medita sobre su estado y sobre el pecado que lo ha conducido a ese estado mísero. Pasan así largos años, y, cuando menos se lo espera, este leproso se cura.
El Señor ha sido misericordioso con él por sus muchas oraciones y lágrimas. ¿Qué hace entonces este hombre? ¿Puede volver a su casa por el hecho de que Dios lo haya agraciado? No. Debe presentarse al sacerdote, el cual primero lo observará durante un tiempo, luego le hará purificarse tras un primer sacrificio de dos gorriones; luego, después de dos lavados -no uno de las vestiduras, el curado vuelve a presentarse al sacerdote, con los corderos sin mancha, la cordera, la harina y el aceite prescritos. El sacerdote lo conduce entonces ante la puerta del Tabernáculo. Es entonces cuando este hombre es religiosamente admitido de nuevo en el pueblo de Israel. Pero, decidme: Cuando va por primera vez al sacerdote ¿para qué va?
-¡Para pasar una primera purificación que le permitirá cumplir la otra purificación, más grande, que lo admitirá de nuevo en el pueblo santo!
Habéis respondido bien. ¿Pero entonces no está purificado del todo?».
-¡No, no! Le falta todavía mucho para estarlo; respecto a la materia y respecto al espíritu.
-¿Cómo, pues, osa acercarse al sacerdote la primera vez, completamente impuro, y la segunda al Tabernáculo?
-Porque el sacerdote es el medio necesario para que uno pueda ser readmitido entre los vivos.
-¿Y el Tabernáculo?
-Porque sólo Dios puede borrar las culpas, y es de fe el creer que tras el santo Velo descansa Dios en su gloria y desde allí otorga su perdón.
-Entonces el leproso curado tiene todavía pecado cuando se acerca al sacerdote y al Tabernáculo.
-¡Sí, ciertamente!
-¡Hombres de pensamiento retorcido y de turbio corazón! ¿Por qué, entonces, me acusáis si Yo, el Sacerdote y el Tabernáculo, dejo que se acerquen a mí los leprosos del espíritu? ¿Por qué juzgáis con dos medidas? Sí, la mujer que estaba perdida, y Leví el publicano, presente aquí ahora con su nueva alma y su nuevo oficio, y lo mismo otros y otras, que han venido antes que éstos, están ahora a mi lado, pueden estar a mi lado porque han sido readmitidos en el pueblo del Señor. La voluntad de Dios, que ha depositado en mí el poder de juzgar y absolver, curar y resucitar, me los ha acercado.
Sería profanación si perdurase su idolatría, como en el caso de la hija del Faraón; pero no lo es, porque han abrazado la doctrina que he traído a la tierra y por ella han resucitado a la Gracia del Señor. ¡Hombres de Nazaret, que me tendéis celadas porque no os parece posible que en mí esté la Sabiduría verdadera y la justicia de Verbo del Padre, Yo os digo: “Imitad a los pecadores"! En verdad os digo que saben mejor venir a la Verdad. Y también os digo:
"No recurráis a bajas celadas para poderme resistir". No lo hagáis. Pedid, y os daré, como doy a todos los que vienen a mí, la palabra vital. Acogedme como a un hijo de esta tierra nuestra. No os guardo rencor. Mis manos están llenas de caricias; mi corazón, de deseos de instruiros y de haceros felices; tanto que, si me aceptáis, pasaré con vosotros mi sábado, instruyéndoos en la Nueva Ley.
Hay contraste de ideas en la concurrencia, pero prevalece la curiosidad o el amor, y muchos gritan:
-¡Sí, sí! ¡Mañana aquí! ¡Te escucharemos!
-Haré oración para que caiga esta noche la costra que oprime vuestro corazón; para que caiga todo prejuicio y, libres de ellos, podáis comprender la Voz de Dios que viene a traer a toda la tierra el Evangelio, pero con el deseo de que la primera región capaz de recibirla sea la ciudad en que he crecido. Paz a todos vosotros.
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Van todos subiendo por frescos atajos que conducen a Nazaret. Las abruptas laderas de las colinas galileas, de tanto como la reciente tormenta las ha lavado y el rocío las mantiene lucientes y frescas, parecen creadas esa misma mañana, frenesí rutilante bajo los primeros rayos del sol. El ambiente está tan puro, que pone de manifiesto hasta los más mínimos detalles de los montes, más o menos cercanos, produciendo sensación de ligereza y lozanía.
Llegan al picacho de un monte. La vista se deleita en un pedazo de lago, bellísimo en esta luz matutina. Todos, imitando a Jesús, observan con admiración. Pero María de Magdala pronto desvía de ese punto la mirada y busca algo en otra dirección. Sus ojos se posan sobre las crestas montanas situadas al noroeste del lugar donde se encuentra; pero parece que no encuentra lo que busca.
Susana, que está con ellos, le pregunta:
-¿Qué buscas?
-Querría reconocer el monte en que encontré al Maestro.
-Pregúntaselo a Él.
-¡Oh, no es tan importante como para interrumpirlo! Está precisamente hablando con Judas de Keriot.
-¡Qué hombre ese Judas! -susurra Susana. No dice nada más, pero se entiende el resto.
-El monte aquel, ciertamente, no está por este camino; pero un día te llevaré, Marta. Había una aurora como ésta, y muchas flores… Y mucha gente… ¡Oh! ¡Marta! Y tuve la desfachatez de mostrarme a todos con aquel vestido de pecado y aquellos amigos… No, no puedes sentirte ofendida por las palabras de Judas. Me las he merecido. Todo me lo he merecido. En este sufrimiento está mi expiación. Todos recuerdan y todos tienen derecho a decirme la verdad. Yo debo guardar silencio. ¡Oh, si se reflexionara antes de pecar! Ahora quien me ofende es mi mayor amigo, porque me ayuda a expiar.
-Lo cual no quita que él haya faltado. Madre, ¿tu Hijo está realmente contento con ese hombre?
-Hay que orar mucho por él. Eso dice Jesús.
Juan deja a los apóstoles para venir a ayudar a las mujeres en un paso escabroso donde resbalan las sandalias. (Está sembrado -mucho más que el sendero-de piedras lisas, como esquirlas de pizarra rojiza, y de una hierbecilla brillante y dura, muy traicioneras para el pie que no hace presa.) Simón Zelote hace lo mismo. Apoyándose en ellos, las mujeres pasan el punto peligroso.
-Es un poco fatigoso este camino. Pero no hay polvo y no tiene gente. Y es más corto -dice el Zelote.
-Lo conozco, Simón -dice María -Vine a aquel pueblecillo de mitad de la pendiente, con los sobrinos, cuando echaron de Nazaret a Jesús -dice María Stma., y suspira.
-Pero desde aquí es bonito el mundo. Allí están el Tabor y el Hermón, y al norte los montes de Arbela, y allá en el fondo el gran Hermón. ¡Qué pena que no se vea el mar como se ve desde el Tabor!» dice Juan.
-¿Has estado alguna vez?
-Sí, con el Maestro.
-Juan, con su amor por el infinito, nos atrajo una gran dicha, porque Jesús, allá arriba, habló de Dios con un arrobamiento como nunca habíamos oído. Y luego, después de tanto como habíamos recibido, obtuvimos una gran conversión. Lo conocerás tú también María. Y se fortalecerá tu espíritu aún más de lo que ya lo está.
Encontramos a un hombre endurecido de odio, afeado por los remordimientos. Y Jesús lo transformó en una persona de la que no dudo en decir que será un gran discípulo. Como tú, María. Porque -cree en la verdad de lo que te digo-nosotros los pecadores somos más dúctiles a la acción del Bien que nos alcanza, porque sentimos la necesidad de ser perdonados incluso por nosotros mismos» dice Simón Zelote.
-Es verdad. Pero eres muy bueno diciendo "nosotros los pecadores". Tú has sido un desdichado, no un pecador.
-Todos lo somos, quién más, quién menos, y quien cree que lo es menos es el más sujeto a serlo si es que no lo es ya. Todos lo somos. Pero son los pecadores más grandes que se convierten los que saben ser absolutos en el Bien como lo fueron en el mal.
-Tu consolación me conforta. Siempre has sido un padre para con los hijos de Teófilo.
-Y como un padre exulto por teneros a los tres como amigos de Jesús.
-¿Dónde encontrasteis a ese discípulo gran pecador?
-En Endor, María. Simón quiere atribuir a mi deseo de ver el mar el mérito de tantas cosas hermosas y buenas. Pero si Juan el anciano ha venido a Jesús no ha sido por mérito de Juan el necio, sino por mérito de Judas de Simón -dice sonriendo el hijo de Zebedeo.
-¿Lo convirtió él? -pregunta con aire de incertidumbre Marta.
-No. Pero quiso ir a Endor y…
-Sí, para ver el antro de la maga… Judas de Simón es un hombre muy extraño… Hay que tomarlo como es… ¡En fin!… Y Juan de Endor nos guió a la caverna. Luego se quedó con nosotros. Pero, hijo mío, el mérito es tuyo de todas formas, porque sin tu deseo de infinito no habríamos ido por ese camino y no le habría venido a Judas de Simón el deseo de ir averiguar esa extraña cosa.
Me gustaría saber lo que dijo Jesús en el Tabor… y también reconocer el monte en que lo vi -suspira María Magdalena.
-El monte es aquel en que ahora parece encenderse un sol, por aquel pequeño estanque, usado por los rebaños, que recoge agua de manantial. Nosotros estábamos más arriba, donde la cima parece abrirse cual largo bidente que quisiera pinchar las nubes para llevarlas a otra parte. Por lo que respecta al discurso de Jesús, creo que Juan te lo puede referir.
-¡Simón! ¿Puede, acaso, un muchacho repetir las palabras de Dios?
-Un muchacho, no; tú, sí. Inténtalo. Por complacer a tus hermanas y a mí, que te quiero.
Juan se ruboriza mucho cuando empieza a repetir el discurso de Jesús.
-Dijo:
-Dijo:
-He aquí la página infinita en que las corrientes escriben la palabra “Creo”. Pensad en el caos del Universo antes de que el Creador quisiera ordenar los elementos y constituirlos en maravillosa sociedad que dio a los hombres la Tierra y cuanto contiene, y al firmamento los astros y planetas. Todo era todavía inexistente. No existía ni como caos informe ni como cosa ordenada, que Dios hizo. Hizo, pues, primero los elementos, que son necesarios, a pesar de que alguna vez parezcan nocivos.
Pero -pensadlo siempre-ni la más diminuta gota de rocío existe sin su razón buena de ser; no hay insecto, por pequeño y latoso que sea, que no tenga su razón buena de ser. Y, lo mismo, no hay monstruosa montaña que escupa fuego e incandescente lapilli de sus entrañas que no tenga su razón buena de ser. Y no hay ciclón que exista sin un motivo. Y no hay pasando de las cosas a las personas-hecho, llanto, alegría, nacimiento, muerte, esterilidad o maternidad prolífica, larga vida matrimonial o rápida viudez, desventura de miseria y de enfermedad, prosperidad de medios y de salud, que no tenga su razón buena de ser, aunque no se le presente como tal a la miopía y soberbia humanas, que ve o juzga con todas las cataratas y ofuscaciones propias de las cosas imperfectas. Mas el ojo de Dios ve, el pensamiento ilimitado de Dios sabe. El secreto para vivir exentos de estériles dudas que dan a la jornada terrena nerviosismo, agotamiento, hieles, está en saber creer que Dios todo lo hace por una razón inteligente y buena, que Dios hace lo que hace por amor, y no por un estúpido intento de mortificar por mortificar.
Dios ya había creado a los ángeles. Parte de ellos, por haber querido no creer que fuera bueno el nivel de gloria en que Dios los había colocado, se habían rebelado y, con su corazón agostado por la falta de fe en su Señor, habían tratado de asaltar el inalcanzable trono de Dios. A las armoniosas razones de los ángeles creyentes habían opuesto su desacorde, injusto y pesimista pensamiento; y el pesimismo, que es falta de fe, los había hecho pasar de espíritus de luz a espíritus entenebrecidos.
¡Vivan, eternamente, aquellos que, tanto en el Cielo como en la Tierra, saben basar su pensamiento en una premisa de optimismo lleno de luz! Nunca errarán completamente, aunque los hechos los contradigan. ¡No errarán, al menos por lo que se refiere a su espíritu, que continuará creyendo, esperando, amando sobre todo a Dios y al prójimo, permaneciendo, por tanto, en Dios por los siglos de los siglos!
El Paraíso había sido ya liberado de estos orgullosos pesimistas, que veían negrura incluso en las luminosísimas obras de Dios; de la misma forma que en la Tierra los pesimistas ven negrura hasta en las más claras y luminosas acciones del hombre, y, queriendo aislarse dentro de una torre de marfil, pues se creen los únicos perfectos, se autocondenan a una oscura prisión que termina en las tinieblas del reino infernal, el reino de la Negación; porque el pesimismo es también Negación.
Dios hizo, pues, la Creación. Y, de la misma forma que para comprender el misterio glorioso de nuestro Ser uno y trino hay que saber creer y ver que desde el principio el Verbo existía, y estaba con Dios, unidos por el Amor perfectísimo que sólo puede ser espirado por dos que Dios son siendo Uno; así, igualmente, para ver la creación como realmente es, es necesario mirarla con ojos de fe, porque en su ser -de la misma forma que un hijo lleva el imborrable reflejo de su padre-la creación tiene en sí el indeleble reflejo de su Creador. Veremos entonces que también aquí al principio fueron el cielo y la tierra, luego fue la luz, que puede ser comparada con el amor, porque la luz es alegría como lo es el amor. Y la luz es la atmósfera del Paraíso. Y Dios, incorpóreo Ser, es Luz, y es Padre de toda luz intelectiva, afectiva, material, espiritual, en el Cielo y en la Tierra.
Al principio fueron el cielo y la tierra, y les fue dada la luz y por la luz todo fue hecho. Y de la misma forma que en el Cielo altísimo habían sido separados los espíritus de luz de los de tinieblas, en la creación fueron separadas las tinieblas de la luz, y se hizo el Día y la Noche: el primer día de la creación se había cumplido, con su mañana y su tarde, su mediodía y su media noche. Y, cuando la sonrisa de Dios, la luz, pasada la noche, volvió, la mano de Dios, su poderosa voluntad, se extendió sobre la tierra informe y vacía y sobre el cielo por el que vagaban las aguas -uno de los elementos libres en el caos-y quiso que el firmamento separase el desordenado errar de las aguas entre el cielo y la tierra para que fuera entrecielo que protegiera de los rayos paradisíacos, contención de las aguas superiores para que no cayeran los diluvios sobre la fermentación de metales y átomos y erosionasen y disgregasen lo que Dios estaba reuniendo.
Estaba establecido el orden en el cielo. El imperativo dado por Dios a las aguas que se extendían sobre la tierra puso orden en ésta. Y tuvo origen el mar. Ahí está. En él, como en el firmamento, está escrito: “Dios existe”.
Cualquiera que sea la la capacidad intelectual de un hombre y su fe, o su no fe, ante esta página en que brilla una partícula de la infinitud que es Dios y en que está testificado su poder -porque ningún poder humano ni ninguna ordenación natural de elementos pueden repetir, ni siquiera en mínima medida, un prodigio semejante-está obligado a creer. A creer no sólo en el poder, sino también en la bondad del Señor, que a través de ese mar le da al hombre alimento y caminos, sales saludables; y mitiga el sol y da espacio al viento, semillas a las tierras lejanas entre sí; da voces de tempestades para que llamen a la hormiga que es el hombre hacia el Infinito, su Padre; y da la forma de elevarse, contemplando visiones más altas, a más altas esferas.
En la creación todo es testimonio de Dios, mas tres son las cosas que más hablan de Él: la luz, el firmamento y el mar: el orden astral y meteorológico, reflejo del Orden divino; la luz que sólo un Dios podía hacer; el mar, esa potencia que sólo Dios, tras haberla creado, podía meter en sólidos confines, y darle movimiento y voz, sin que por ello, cual turbulento elemento de desorden, dañase a la tierra, a esta tierra que lo sostiene sobre su superficie.
Penetrad el misterio de la luz que nunca se agota. Alzad la mirada al firmamento en que ríen estrellas y planetas.
Bajad vuestra mirada hacia el mar. Ved su verdadera realidad: no es algo que separe, sino puente entre los pueblos (con los que están en las otras orillas, invisibles, incluso desconocidas, pero en cuya existencia es necesario creer, por el simple hecho de que existe este mar). Dios no hace ninguna cosa inútil. Por tanto, no habría hecho esta infinitud si no tuviera como límite, más allá del horizonte que nos impide la visión, otras tierras, pobladas por otros hombres, con origen todos ellos en un único Dios, llevados allá por tempestades y corrientes, por voluntad de Dios, para poblar continentes y regiones. Este mar trae en sus ondas, en el rumor de sus olas y mareas, invocaciones lejanas; es elemento de unión, no de separación.
Esta ansia que le produce a Juan una dulce angustia es la llamada de los hermanos lejanos. Cuanto más señor de la carne se hace el espíritu más es capaz de oír las voces de los espíritus que están unidos aunque medie separación entre ellos (como están unidas las ramas nacidas de una única raíz, a pesar de que una ya ni siquiera vea a la otra porque un obstáculo se interpone entre ellas).
Mirad el mar con ojos de luz. Veréis tierras y más tierras extendidas sobre sus playas, en sus confines, y, dentro de él, más tierras todavía… Pues bien, de todas ellas llega un grito: “¡Venid! ¡Traednos esa Luz que poseéis, esa Vida que se os da! ¡Decidle a nuestro corazón esa palabra que ignoramos, pero que sabemos que es la base del Universo: amor.
Enseñadnos a leer la palabra que vemos escrita en las páginas infinitas del firmamento y el mar: Dios. Iluminadnos, porque sentimos que hay una luz aún más verdadera que la que arrebola el cielo y hace de pedrería la superficie del mar. Dad a nuestras tinieblas esa Luz que Dios os ha dado tras haberla engendrado con su amor; que os ha dado a vosotros, pero para todos, de la misma forma que se la dio a los astros para que la dieran a la Tierra. Vosotros sois los astros; nosotros, el polvo. Pero formadnos, de la misma forma que el Creador creó con el polvo la Tierra para que el hombre la poblara y lo adorase, ahora y siempre, hasta que llegue la hora en que ya no sea Tierra, sino que venga el Reino, el Reino de la luz, del amor, de la paz, como el Dios vivo os ha dicho que será.
Porque también nosotros somos hijos de este Dios y pedimos conocer a nuestro Padre.
Sabed ir por caminos de infinito, sin temores, sin sentimientos de desdén, hacia aquellos que invocan y lloran, hacia aquellos que os producirán, sí, dolor, porque sienten a Dios pero no saben adorarlo, pero que os darán también la gloria, porque seréis grandes en la medida en que, poseyendo el amor, sepáis darlo, conduciendo a la Verdad a los pueblos que esperan".
Jesús habló así. Mucho mejor de como lo he dicho yo. Pero al menos su concepto es éste.
-Juan, has dado una exacta repetición del Maestro. Sólo has dejado lo que dijo sobre tu poder de comprender a Dios por tu generosidad de donarte. Eres bueno, Juan, ¡el mejor de entre nosotros! Hemos recorrido la distancia sin darnos cuenta. Allí está Nazaret, construida sobre su terreno ondulado. El Maestro nos está mirando y sonríe. ¡Venga, vamos a alcanzarlo para entrar en la ciudad juntos!
-Gracias, Juan, por el gran regalo que has dado a la Mamá dice la Virgen.
-Yo también te doy las gracias. También a la pobre María le has abierto horizontes infinitos… -¿De qué hablabais tanto? -les pregunta Jesús cuando llegan. -Juan ha repetido tu discurso del Tabor. Perfectamente. Y hemos gozado de ello.
-Me alegro de que mi Madre, cuyo nombre tiene que ver con el mar y cuya caridad es vasta como él, lo haya oído.
-Hijo mío, Tú la posees como Hombre; y no es nada respecto a tu infinita caridad de Verbo divino. ¡Mi dulce Jesús!
-Ven, Mamá, a mi lado; como cuando volvíamos de Caná o de Jerusalén cuando era niño, que me llevabas de la mano. Y se miran con su mirada de amor.
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
En la casa de Caná la fiesta por la venida de Jesús es poco menor que cuanto lo fue por las bodas del milagro.
Faltan los músicos, no están los invitados, la casa no está enguirnaldada de flores y ramos verdes, no están las mesas para los muchos invitados, ni el maestresala junto a los aparadores y las hidrias colmadas de vino. Pero todo queda ampliamente compensado por el amor, ofrecido ahora en su forma y medida justas, o sea, no a un simple invitado -quizás también un poco pariente, pero al fin y al cabo un hombre -, sino al Invitado Maestro, cuya verdadera Naturaleza se conoce y reconoce y cuya Palabra se venera como cosa divina. Por ello los corazones de Caná aman con la totalidad de sí mismos al Gran Amigo que se ha asomado vestido de lino a la entrada del huerto, entre el verde de la tierra y el rojo de la puesta de sol, embelleciendo todas las cosas con su presencia, y comunicando su paz: no sólo a los corazones a los que dirige su saludo, sino incluso a las cosas.
Verdaderamente parece -doquiera que se dirijan sus ojos azules -extenderse un velo de paz solemne y beato. Pureza y paz manan de sus pupilas, como la sabiduría fluye de su boca y el amor de su corazón. A los que lean estas páginas quizás les parecerá imposible cuanto digo. Pues bien, el propio lugar, que antes de la llegada de Jesús era un lugar corriente, o un lugar de ajetreo que excluye la paz (que se supone exenta de angustioso trajinar), nada más llegar Él, se ennoblece, y el propio trabajo adquiere un no sé qué de ordenado que no excluye la presencia de un pensamiento sobrenatural fundido con el trabajo manual. No sé si me explico bien.
Jesús no se muestra desabrido nunca, ni siquiera en los momentos más desagradables por algún hecho que le haya sucedido; se le ve, por el contrario, siempre majestuosamente digno, y comunica esta dignidad sobrenatural al lugar en que se mueve.
Jesús no se muestra nunca jocoso, riéndose a mandíbula batiente, ni siquiera en los momentos de mayor alegría; tampoco quejumbroso, con expresión hipocondríaca, ni siquiera en los momentos de mayor desconsuelo.
Su sonrisa es inimitable. Ningún pintor podrá jamás representarla. Parece una luz que emanara de su corazón, luz radiante en las horas de mayor alegría por alguna alma que se redime o alguna otra que se acerca más a la perfección; es una sonrisa que yo diría rósea, cuando aprueba las acciones espontáneas de sus amigos o discípulos y goza de su presencia; una sonrisa -siguiendo en los colores-azul, angélica, cuando se inclina hacia los niños para escucharlos, adoctrinarlos o bendecirlos; modelada de piedad cuando observa alguna miseria de la carne o del espíritu; en fin, divina cuando habla del Padre o de su Madre, o mira y escucha a esta Madre purísima.
No puedo decir que lo haya visto hipocondríaco ni siquiera en los momentos más angustiosos. En medio de las torturas de la traición sufrida, en medio de las angustias del sudor de sangre, en medio de los espasmos de la Pasión, aunque la tristeza sumerja el fulgor dulcísimo de su sonrisa, no es suficiente para borrar esa paz que parece diadema de paradisíacas gemas, fúlgida en su frente lisa, y que ilumina con su luz toda la divina persona. De la misma forma, no puedo decir que lo haya visto alguna vez entregarse a alegrías desmedidas. No contrario a una franca carcajada si el caso lo requiere, vuelve enseguida a su honorable serenidad. Y cuando ríe rejuvenece prodigiosamente hasta asumir un rostro de joven de veinte años, y el mundo parece también rejuvenecer por su hermosa risa, franca, sonora, entonada.
Igualmente, no puedo decir que lo haya visto hacer las cosas apresuradamente. Sea que hable, sea que se mueva, lo hace siempre con sosiego, si bien nunca es lento ni actúa con desgana. Quizás sea porque, siendo alto, puede dar pasos largos sin tener por ello que correr para recorrer mucho camino, de la misma forma que puede alcanzar con facilidad objetos distantes sin tener necesidad para ello de levantarse. Lo cierto es que hasta en su modo de moverse es señorial y majestuoso.
¿Y la voz?… Va a hacer dos años que lo oigo hablar, y, no obstante, algunas veces casi pierdo el hilo de lo que dice, de tanto como me abismo en el estudio de su voz. Y el buen Jesús, paciente, repite lo que ha dicho y me mira con su sonrisa de Maestro bueno, para no hacer que en los dictados resulten mutilaciones debidas a mi dicha de escuchar su voz, deleitarme en ella y estudiar su tono y hechizo.
Pero, después de dos años, todavía no sé decir con exactitud qué tono tiene.
Excluyo en términos absolutos el tono de bajo, como también el de tenor ligero. Pero me queda siempre la duda de si se trata de una potente voz de tenor o de la voz de un perfecto barítono de gama vocal amplísima. Yo diría que es esto último, porque su voz adquiere a veces notas broncíneas, casi apagadas de tan profundas como son, especialmente cuando habla de tú a tú con un pecador para restablecerlo en la Gracia, o señala las desviaciones humanas a las turbas; mientras que, cuando se trata de analizar y poner en el índice las cosas prohibidas y descubrir las hipocresías, el bronce se hace más claro; y, cuando impone la Verdad y su voluntad, se hace cortante como impacto de un rayo; adquiere canto de lámina de oro golpeada con martillo de cristal, cuando se eleva para celebrar la Misericordia o para exaltar las obras de Dios; o envuelve de amor este timbre cuando habla con su Madre o de su Madre (verdaderamente esta voz suya entonces queda envuelta en amor, en amor reverencial de hijo, y de Dios cantando las alabanzas de su obra mejor). Este tono, si bien menos marcado, es el que usa para hablar a sus predilectos, a los convertidos o a los niños. Y no cansa nunca, ni siquiera en su más largo discurso, porque es una voz que reviste y completa el pensamiento y la palabra, poniendo de relieve su potencia o su dulzura, según las necesidades.
Y algunas veces me quedo con la pluma en la mano, escuchando, y luego vuelvo al pensamiento cuando va ya demasiado adelantado, imposible de ser aferrado… y ahí me quedo, hasta que el buen Jesús lo repite, como hace cuando me interrumpen, para enseñarme a soportar pacientemente las cosas o personas molestas.
Ahora, en Caná, está agradeciéndole a Susana la hospitalidad prestada a Áglae. Están aparte, bajo una tupida parra cargada de racimos de uva que ya está enverando. Mientras, los demás comen algo en la amplia cocina.
-Esa mujer era muy buena, Maestro. No nos fue, de ninguna manera, gravosa. Quería ayudarme siempre en la colada, en la limpieza de la casa para la Pascua, como si fuera una doméstica; y te puedo decir con conocimiento de causa que trabajó como una esclava para ayudarme a terminar los vestidos pascuales. Era prudente y se retiraba siempre cuando venía alguna persona. Incluso con mi marido trataba de no estar. Hablaba poco en presencia de la familia.
Comía poco. Se levantaba antes del alba para estar ya aseada cuando se despertaran los hombres. Yo encontraba siempre el fuego encendido y barrida la casa. Pero, cuando estábamos solas me preguntaba acerca de ti, y me pedía que le enseñase los salmos de nuestra religión. Decía: "Para saber orar como lo hace el Maestro". ¿Ahora ha terminado de penar? Porque sufrir sufría mucho. De todo tenía miedo y mucho suspiraba y lloraba. ¿Es feliz ahora?».
-Sí. Sobrenaturalmente feliz. Libre de sus miedos. En paz. Te agradezco una vez más el bien que le has hecho.
-¡Oh, mi Señor! ¿Qué bien? No le di sino amor en tu nombre, porque no sé hacer otra cosa. Era una pobre hermana. Yo esto lo comprendía. La amé por gratitud hacia el Altísimo, que me ha tenido en su gracia.
-Has hecho más que si hubieras predicado en el Bel Nidrás. Ahora tienes aquí a otra. ¿La has reconocido?
-¿Quién no la conoce por esta región?
-Nadie, es verdad. Pero todavía no conocéis, ni vosotros ni la región, a la segunda María, la que será siempre de su vocación. Siempre. Te ruego que lo creas.
-Tú lo dices. Tú sabes. Yo creo.
-Di también: "Yo amo". Sé que es más difícil sentir compasión de uno que ha faltado y perdonarlo cuando es de los nuestros, que no si es uno que tiene la disculpa de ser pagano. De todas formas, si el dolor de ver apostasías familiares fue fuerte, sean más fuertes la compasión y el perdón. Yo he perdonado por todo Israel -termina Jesús, remarcando las palabras.
-Yo también perdonaré por mi parte, pues creo que un discípulo debe hacer lo que hace su Maestro.
-Estás en la verdad y Dios exulta por ello. Vamos con los otros. Muere la tarde. Dulce será el descanso en el silencio de la noche.
-¿No nos vas a decir nada, Maestro?
-No lo sé todavía.
Entran en la cocina, donde ya están preparadas comida y bebida para la cena que pronto tendrá lugar.
Susana entra más y, no sin un ligero rubor en su rostro juvenil, dice:
-¿Quieren mis hermanas venir conmigo a la habitación de arriba? Tenemos que preparar pronto las mesas porque luego tenemos que colocar los lechos para los hombres. Podría hacerlo sola, pero emplearía más tiempo.
-Voy también yo, Susana -dice la Virgen.
-No. Somos suficientes nosotras; además servirá para conocernos, porque el trabajo hermana».
Salen juntas mientras Jesús, después de beber agua aderezada no sé qué jarabe, va a sentarse con su Madre, con los apóstoles y los hombres de la casa, al fresco de la pérgola, dejando así libres a las domésticas y la señora para ultimar las viandas.
Proveniente de la habitación de arriba, se oye la voz de las tres discípulas que están preparando las mesas. Susana está contando el milagro que tuvo lugar en su boda. María de Magdala responde:
-Transformar el agua en vino es grande, pero transformar a una pecadora en discípula es más grande aún; quiera Dios que yo haga como aquel vino: ser del mejor.
-No lo dudes. Él transforma todo de forma perfecta. Aquí estuvo una, que además era pagana, que había sido convertida por El en el sentimiento y en la fe. ¿Podrás dudar que suceda esto contigo, que ya eres de Israel?
-¿Una? ¿Joven?
-Joven. Guapísima.
-¿Y dónde está ahora? -pregunta Marta.
-Lo sabe sólo el Maestro.
-¡Ah, entonces es aquella de que te hablé! Lázaro había ido en aquel atardecer a ver a Jesús y oyó las palabras que se dijeron por ella. ¡Qué perfume había en la habitación! Lázaro lo llevó en la ropa durante varios días. Pues bien, Jesús dijo que era superior el corazón de la convertida con su perfume de arrepentimiento. ¿Quién sabe a dónde habrá ido? Creo que a vivir en soledad…
-Ella en soledad, y era extranjera; yo aquí, y me conocen bien. Su expiación en la soledad, la mía viviendo en medio del mundo que me conoce. No envidio su suerte, porque estoy con el Maestro, pero espero poderla imitar un día para no tener nada que me distraiga de El.
-¿Serías capaz de dejarlo?
-No. Pero El dice que se marcha. Mi espíritu entonces lo seguirá. Con Él puedo desafiar al mundo. Sin El tendría miedo del mundo. Abriré el desierto entre mí y el mundo.
-¿Y yo y Lázaro? ¿Qué hacemos?
-Como antes en el tiempo del dolor. Os amaréis y me amaréis. Y sin tener que avergonzaros. Porque entonces estaréis solos, pero sabiendo que estoy con el Señor y que en el Señor os amo.
-Es fuerte y tajante, María, en sus decisiones -comenta Pedro, que lo ha oído.
Y Simón Zelote responde:
-Una cuchilla recta como su padre. De su madre tiene las facciones; de su padre, el espíritu indómito.
He aquí que la que tiene el espíritu indómito está bajando rápidamente ahora y viene hacia sus compañeros para comunicar que las mesas están preparadas…
…El campo se borra en la noche serena aunque por ahora sin luna. Sólo un tenue claror de astros permite distinguir las masas oscuras de los árboles y las blancas de las casas. Nada más. Algunas aves nocturnas revolotean con su vuelo mudo alrededor de la casa de Susana, en busca de moscas, y pasan casi rozando a las personas que están sentadas en la terraza en torno a una luz amarillenta que ilumina levemente los rostros congregados en torno a Jesús. Marta, que debe tener mucho miedo a los murciélagos, lanza un grito cada vez que uno de ellos la roza. Jesús, sin embargo, se preocupa de las mariposas que vienen atraídas por la luz, y con su larga mano trata de alejarlas de la llama.
-Son animales muy tontos, tanto las mariposas como los murciélagos -dice Tomás. -Los primeros nos confunden con moscones, las segundas creen que la llama es un sol y se queman. No tienen ni sombra de cerebro.
-Son animales. ¿Pretendes que razonen? -pregunta Judas Iscariote.
-No. Pretendo que al menos tengan instinto.
-No les da tiempo a tenerlo -me refiero a las mariposas-, porque después de la primera prueba ya están bien muertas. El instinto se despierta y se hace fuerte después de las primeras, penosas sorpresas -comenta Santiago de Alfeo.
-¿Y los murciélagos? Deberían tenerlo, porque viven varios años. Lo que pasa es que son tontos -replica Tomás.
-No, Tomás. No lo son más que los hombres. Los hombres parecen también, muchas veces, murciélagos tontos. Vuelan, o mejor: revolotean, como borrachos, en torno a cosas que lo único que procuran es dolor. Mirad: mi hermano, con una buena sacudida del manto, ha echado a tierra uno. Dádmelo -dice Jesús.
El murciélago ha caído a los pies de Santiago de Zebedeo, y ahora, atontado, se agita en el suelo con movimientos torpes. Santiago lo coge con dos dedos por una de las alas membranosas y, teniéndole suspendido como si fuera un pingajo sucio, lo deposita en el regazo de Jesús.
-Aquí tenemos al imprudente. Vamos a ver lo que hace. Se recuperará, pero no se corregirá.
-Un rescate singular, Maestro. Yo lo mataría del todo -dice Judas Iscariote.
-No. ¿Por qué? También él tiene una vida y la quiere conservar -le responde Jesús.
-No creo. O no sabe que la tiene o no le preocupa conservarla. ¡La pone en peligro!
-¡Oh, Judas! ¡Judas! ¡Qué severo serías con los pecadores, con los hombres! Es el mismo caso de los hombres, que saben que tienen dos vidas y osan poner en peligro una y otra.
-¿Tenemos dos vidas?
-La del cuerpo y la del espíritu, como sabes.
-¡Ah! Creía que te referías a reencarnaciones. Hay quien cree en ello.
-No hay reencarnación, pero sí que hay dos vidas. Y, no obstante, el hombre pone en peligro sus dos vidas. Si fueras Dios, ¿cómo juzgarías a los hombres, que están dotados de instinto y, además, de razón?
-Severamente. A menos que no fuera un hombre tarado mental.
-¿No considerarías las circunstancias que enloquecen moralmente?
-No las consideraría.
-De forma que, de uno que sabe de Dios y de la Ley y que no obstante peca, no tendrías piedad.
-No tendría piedad, porque el hombre debe saberse conducir.
-Debería.
-Debe, Maestro. Es una vergüenza imperdonable que un adulto caiga en ciertos pecados; sobre todo, mucho más, si no le impulsa a ello ninguna fuerza.
-¿Cuáles son esos pecados para ti?
-En primer lugar los carnales. Es un degradarse sin remedio…
María de Magdala inclina la cabeza… Judas prosigue:
-… Es corromper también a los demás, porque del cuerpo de los impuros brota como un fermento que turba hasta a los más puros y los mueve a imitarlos. . .
Mientras la Magdalena inclina cada vez más la cabeza, Pedro dice:
-¡Hala! ¡No seas tan severo, hombre! La primera que cometió esta imperdonable vergüenza fue Eva, y no me vas a decir ahora que la corrompió el fermento impuro proveniente de un lujurioso. Y has de saber que, por lo que a mí respecta, aunque me siente al lado de un lujurioso, no siento ninguna turbación en absoluto. Asunto suyo…
-La proximidad ensucia siempre; si no la carne, el alma, que es todavía peor.
-¡Me pareces un fariseo! Pero… perdona… entonces, si eso fuera así, tendríamos que encerrarnos en una torre de cristal y quedarnos dentro, precintados.
-Y no te pienses, Simón, que te beneficiaría; en soledad son más temibles las tentaciones -dice el Zelote.
-¡Bueno! Quedarían como sueños. Nada malo -responde Pedro.
-¿Nada malo? ¿No sabes que la tentación lleva a pensar, lo cual, a su vez, conduce a buscar un arreglo para satisfacer de alguna manera el instinto que grita, y este arreglo allana el camino a un refinamiento pecaminoso en que se unen sentido y pensamiento? -pregunta Judas Iscariote.
-No sé nada de esto, amigo Judas. Quizás porque nunca he sido pensador, como tú dices, respecto a ciertas cosas.
Sé, eso sí, que me parece que nos hemos alejado mucho de los murciélagos, y que mejor que tú no seas Dios, porque, si no, en el Paraíso te quedarías solo, con toda tu severidad. ¿Tú que dices, Maestro?
-Digo que es bueno no ser demasiado absolutos, porque los ángeles del Señor escuchan las palabras de los hombres y las anotan en los libros eternos, y un día podría resultar desagradable el oírse decir: "Hágase contigo según juzgaste". Digo que si Dios me ha enviado es porque quiere perdonar todas las culpas de que un hombre se arrepiente, sabiendo lo débil que es el hombre por causa de Satanás. Judas, respóndeme: ¿admites que Satanás pueda apoderarse de un alma de forma que ejercite sobre ella una coacción que de hecho le aminora el pecado a los ojos de Dios?
-No lo admito. Satanás sólo puede incidir en la parte inferior. -¡Blasfemas, Judas de Simón! -dicen casi al unísono Simón Zelote y Bartolomé. -¿Por qué? ¿En qué?
-Desmintiendo a Dios y al Libro. En él se lee que Lucifer incidió también en la parte superior, y Dios, por boca de su Verbo, nos lo ha dicho una infinidad de veces -responde Bartolomé.
-También está escrito que el hombre tiene libre albedrío, lo que significa que sobre la libertad humana del pensamiento y del sentimiento Satanás no puede ejercer violencia. No lo hace ni siquiera Dios.
-Dios no, porque es Orden y Lealtad. Satanás sí, porque es Desorden y Odio -rebate Simón Zelote.
-El odio no es el sentimiento opuesto a la lealtad. Dices mal.
-Digo bien, porque Dios es Lealtad y, por tanto, no falta a su palabra de dejar al hombre libre de actuar, mientras que el demonio, no habiendo prometido al hombre libertad de arbitrio, no puede traicionar esta palabra. Es verdad, por otra parte, que el demonio es Odio y que, por tanto, arremete contra Dios y el hombre; arremete asaltando su libertad intelectiva, además de su carne, y conduciendo esta libertad de pensamiento a esclavitud, a estados de posesión por los que el hombre hace cosas que no haría si estuviera libre de Satanás -sostiene Simón Zelote.
-No lo admito.
-¿Y entonces los endemoniados? ¡Niegas la evidencia! -grita Judas Tadeo.
-Los endemoniados son sordos o mudos o dementes, no lujuriosos.
-¿Tienes presente sólo este vicio? -pregunta con ironía Tomás.
-Porque es el más extendido y además bajo.
-¡Ah, creía que era el que conocías mejor -dice Tomás riendo. Pero Judas se pone en pie súbitamente, como si quisiera reaccionar. Luego se domina, baja la pequeña escalera y se aleja por los campos.
Silencio… Luego Andrés dice:
-Su idea no está equivocada en todo. Se diría que, en efecto, Satanás tiene dominio sólo sobre los sentidos: ojos, oído, habla, y sobre el cerebro. Pero entonces, Maestro, ¡cómo se explican ciertas maldades? ¿No son acaso posesiones? Un Doras, por ejemplo…
-Un Doras, como tú dices para no faltar a la caridad a nadie -que Dios te premie por ello-, o una María, como todos, ella la primera, pensamos, después de las claras y anticaritativas alusiones de Judas, son los poseídos más completamente por Satanás, que extiende su poder a los tres grados del hombre. Son las posesiones más tiránicas y sutiles, y de ellas se liberan sólo aquellos que permanecen tan poco degradados en su espíritu, que saben todavía comprender la llamada de la Luz. Doras no fue un lujurioso, y, a pesar de todo, no supo ir al Libertador.
En esto está la diferencia: que, mientras que en el caso de los lunáticos, mudos, sordos o ciegos por obra demoníaca son los familiares los que se preocupan de conducirlos a mí, en el caso de éstos, poseídos en su espíritu, sólo es su espíritu el que se ocupa de buscar la libertad. Por este motivo reciben el perdón además de la libertad. Porque su voluntad ha tomado la iniciativa de liberarse de la posesión del Demonio. Y ahora vamos a descansar. María, tú que sabes lo que significa estar uno poseído, ruega por los que se prestan intermitentemente al Enemigo, pecando y produciendo dolor.
-Sí, Maestro mío, y sin rencor.
-La paz a todos. Dejamos aquí la causa de tanta discusión.
Tinieblas con tinieblas fuera en la noche. Y volvemos a la casa, a dormir bajo la mirada de los ángeles.
Y encima de un banco deposita el murciélago, el cual hace sus primeros intentos de volar. Luego se retira con los apóstoles a la habitación alta mientras las mujeres con los dueños de la casa van a la planta baja.
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Cuando la barca se detiene en el pequeño puerto de Tiberíades, algunos ociosos que estaban paseando cerca del modesto espigón se acercan enseguida para ver quién ha llegado.
Hay personas de todas las condiciones sociales y nacionalidades. Por eso, las largas vestiduras hebreas de los más variados colores, las melenas y las barbas majestuosas de los israelitas se mezclan con los indumentos de lana cándida, más cortos y sin mangas, y con los rostros rasurados y cabelleras cortas de los robustos romanos; y también con los vestidos aún más cortos-que cubren los cuerpos esbeltos y afeminados de los griegos, que parece hubieran asimilado hasta en las poses el arte de su lejana nación: son como estatuas de dioses que hubieran bajado a la tierra en cuerpos de hombres: envueltos en esponjosas túnicas, rostros clásicos bajo melenas ensortijadas y perfumadas, brazos cargados de pulseras que destellan al ejecutar estudiados ademanes.
Entremezcladas con estos dos últimos géneros de personas, hay muchas mujeres públicas, porque ni los romanos ni los helenos vacilan en mostrar a sus amores en las plazas y caminos. Los palestinos, sin embargo, se abstienen de esto, aunque luego, dentro de sus casas, practiquen alegremente el amor libre con mujeres públicas (se ve claramente porque las cortesanas, a pesar de las miradas amenazadoras de los interpelados, llaman familiarmente por el nombre a no pocos hebreos, entre los que no falta un engalanado fariseo).
Jesús se dirige hacia la ciudad, y precisamente hacia el lugar en que la gente más elegante concurre más; la gente elegante, o sea, por lo general, romanos y griegos y algún que otro cortesano de Herodes, y otros, también pocos, que creo que son ricos mercantes de la costa fenicia, hacia la parte de Sidón y Tiro, porque están hablando de esas ciudades y de comercios y barcos. Los pórticos exteriores de las termas están llenos de esta gente elegante y ociosa, que pierde así su tiempo discutiendo de temas muy banales, como el discóbolo favorito o el atleta más ágil y armónico de la lucha greco-romana; o simplemente están de palique, hablando de modas y banquetes, y conciertan citas para alegres excursiones invitando a las más hermosas cortesanas o a las damas que salen perfumadas y enrizadas de las termas o de sus residencias para afluir a este centro de Tiberíades, marmóreo, artístico como un salón.
Naturalmente, el paso del grupo suscita curiosidad intensa, que se hace incluso morbosa cuando hay quien reconoce a Jesús, porque lo había visto en Cesárea, y quien reconoce a la Magdalena, a pesar de que camine toda arrebozada en su manto y con el velo blanco muy caído sobre la frente y la cara (de modo que, tan velada y, además, con la cabeza baja, muy poco de su rostro se ve).
-Es el Nazareno que curó a la hija de Valeria -dice un romano.
-Me gustaría ver un milagro -le responde otro romano.
-Yo querría oírle hablar. Dicen que es un gran filósofo.
-¿Le decimos que hable? -propone un griego.
-No te entrometas, Teodato. Predica nubes. Le habría gustado al trágico para una sátira -responde otro griego.
-Cálmate, Aristóbulo. Parece que ahora está bajando de las nubes y va a lo concreto. ¿No ves que lleva un séquito de mujeres jóvenes y bonitas? -observa jocosamente un romano.
¡Pero si ésa es María de Magdala! -grita un griego, y luego llama:
«¡Lucio! ¡Cornelio! ¡Tito! ¡Oye, mirad a María, está ahí!
-¡No hombre no, no es ella! ¡María así! ¿Pero estás borracho?
-¡Te digo que es ella! ¡No me puedo equivocar, a pesar de que vaya tan cubierta!
Romanos y griegos se dirigen en masa hacia el grupo apostólico, que está atravesando al sesgo la plaza llena de pórticos y fuentes. Hay también mujeres que se unen a estos curiosos. Precisamente es una mujer la que va a ponerse casi debajo de la cara de María para verla mejor y… al ver que es ella y no otra, se queda de piedra. Pregunta: « ¿Qué haces así?»-y ríe burlona.
María se para, se endereza, levanta una mano y, echando hacia atrás el velo, se descubre el rostro. Aparece una María de Magdala dominadora poderosa sobre todo lo despreciable, y dueña, dueña ya de sus impresiones.
-Soy yo, sí -dice con su espléndida voz y con resplandores en sus preciosos ojos -Soy yo. Y me quito el velo para que no penséis que me avergüenzo de estar con estos santos.
-¡Oh! ¡María con los santos! ¡Pero mujer, ven, déjalos!
¡No te degrades a ti misma! -dice la mujer.
-Hasta ahora he vivido degradada. Pero ya no más.
-¿Pero estás loca? ¿O es un capricho? -dice.
-Ven conmigo, que soy más guapo y alegre que esa plañidera con bigotes que mortifica la vida y la convierte en un funeral. ¡Bella es la vida! ¡Es un triunfo! ¡Una orgía de júbilo! Ven, que sabré estar por encima de todos en hacerte feliz -dice un joven morenito, de cara zorruna -pero, no obstante, guapo -, y hace ademán de tocarla.
-¡Atrás! ¡No me toques! Bien has dicho: vuestra vida es una orgía, y además de entre las más vergonzosas; y me produce náuseas.
-¡Hasta hace poco era tu vida, eh! -responde el griego.
-¡Ahora… como una virgen! -dice un herodiano con una risita maliciosa.
-¡Tú desacreditas a los santos! Tu Nazareno va a perder la aureola contigo. Ven con nosotros -insiste un romano.
-Venid vosotros a seguirlo conmigo. Dejad de ser animales y haceos al menos hombres.
La respuesta es un coro de risotadas y burlas.
Sólo un anciano romano dice:
-Respetad a esa mujer. Es libre para hacer lo que quiera.
Yo la defiendo.
-¡El demagogo! ¡Mira lo que dice! ¿Te ha sentado mal el vino de ayer por la noche? -pregunta un joven.
-No, lo que pasa es que está hipocondríaco porque le duele la espalda» le responde otro.
Ve donde el Nazareno a que te la rasque.
-Voy a que me rasque el fango que se me ha pegado por estar con vosotros -responde el anciano.
-¡Oh, Crispo se ha pervertido a los sesenta años! -dicen muchos riéndose y haciendo un círculo en torno a él.
Mas el hombre al que han llamado Crispo no se preocupa de que se burlen de él y se echa a andar detrás de la Magdalena, la cual llega donde el Maestro, que se ha puesto a la sombra de un edificio bellísimo dispuesto en forma de exedra en dos lados de una plaza.
Y Jesús ya está batallando con un escriba que le está recriminando el hecho de su presencia en Tiberíades, y… con esa compañía.
-¿Y tú? ¿Por qué estás aquí? Esto respecto al hecho de estar en Tiberíades. Te digo, además, que en Tiberíades también hay almas a las que salvar, y más que en otros lugares -le responde Jesús.
-No se les puede salvar: son gentiles, paganos, pecadores.
-He venido para los pecadores. Para dar a conocer al Dios verdadero. A todos. También para ti he venido.
-No necesito maestros ni redentores: soy puro y docto.
-¡Si al menos lo fueras como para conocer tu estado!
-¡Y Tú como para saber cuánto te comprometes con la compañía de una meretriz!
-Te perdono. También en su nombre. Ella, humilde, anula su pecado; tú, por tu soberbia, doblas tus culpas.
-No tengo culpas.
-Tienes la culpa capital. No tienes amor.
El escriba dice:
-¡Raca! -y se vuelve.
-¡Por mi culpa, Maestro! -dice la Magdalena. Y, al ver la palidez de María Virgen, gime: «Perdóname. Hago que insulten a tu Hijo. Me retiraré…
-No. Tú te quedas donde estás. Lo quiero -dice Jesús con voz incisiva y con un centelleo tal en los ojos, un no sé qué de dominio en toda su persona, que le hace casi irresistible a la mirada. Y luego, más suavemente: «Tu te quedas donde estás, y si alguno no te soporta a su lado será él, sólo él, quien se marchará.
Y Jesús reanuda el paso en dirección a la parte occidental de la ciudad.
-¡Maestro! -llama el romano corpulento y entrado ya en años que ha defendido a la Magdalena.
Jesús se vuelve.
-Te llaman Maestro. Yo también te llamo así. Deseaba oírte hablar. Soy medio filósofo, medio hombre de mundo. Quizás puedas hacer de mí un hombre honesto.
Jesús lo mira fijamente y dice:
-Dejo la ciudad en que reina la bajeza de la animalidad humana, la ciudad de que es soberana la burla». Y reanuda su camino.
El hombre va detrás, sudando y con dificultad porque el paso de Jesús es ligero y él es gordo y ya mayor y gravado también por los vicios. Pedro, que se ha vuelto, advierte a Jesús.
-Déjalo que camine. No te preocupes de él.
Después de un poco es Judas Iscariote el que dice:
-Pero ese hombre nos viene siguiendo. ¡No está bien!
-¿Por qué? ¿Por piedad o por otro motivo?
-¿Piedad de él? No. Porque a más distancia nos sigue el escriba de antes con otros judíos.
-Déjalos. Pero hubiera sido mejor haber tenido piedad de él y no de ti.
-De ti, Maestro.
-No: de ti, Judas. Sé franco en comprender tus sentimientos y en confesarlos.
-Yo la verdad es que siento piedad también por el viejo.
Seguir tu paso es fatigoso, ¿sabes? -dice Pedro sudando.
-Ir tras la Perfección siempre es fatigoso, Simón.
El hombre los sigue incansable, tratando de estar cerca de las mujeres, aunque no les dirige nunca la palabra.
La Magdalena llora silenciosamente bajo su velo.
-No llores, María -la consuela la Virgen tomándola de la mano -Después el mundo te respetará. Los primeros días son los más penosos.
-¡Oh, no es por mí! ¡Es por Él! Si le procurase algún mal, yo no me lo perdonaría. ¿Has oído lo que ha dicho el escriba? Lo comprometo.
-¡Pobre hija! ¿No sabes que estas palabras silban como serpientes alrededor de Jesús desde cuando todavía no pensabas venir a Él? Me ha dicho Simón que ya desde el año pasado lo acusaban de esto, porque curó a una leprosa que había sido pecadora, vista en el momento del milagro y nunca más, y más mayor que yo, que soy su Madre. ¿No sabes que tuvo que huir de Agua Especiosa porque una desdichada hermana tuya había ido allí para redimirse? No teniendo pecado, ¿cómo crees que lo pueden acusar? Con embustes.
¿Dónde los pueden encontrar? En su misión entre los hombres. Esgrimen la buena acción como prueba de pecado.
Cualquier cosa que hiciera mi Hijo para ellos sería siempre pecado. Si se clausurase en una vida eremítica, sería culpable de desatender al pueblo de Dios; desciende a vivir en medio de su pueblo y es culpable de hacerlo.
Para ellos siempre es culpable.
-¿Entonces son odiosamente malos?
-No. Están obstinadamente cerrados a la Luz. Él, mi Jesús, es el eterno Incomprendido; y siempre, y cada vez más, lo será.
-¿Y no padeces por ello? Te veo muy serena.
-Calla. Es como si mi corazón estuviera envuelto en espinas incandescentes. Cada vez que respiro sufro sus pinchazos. ¡Pero que no lo sepa! Me muestro así para sostenerlo con mi serenidad. Si no lo conforta su Mamá, ¿dónde podrá hallar alivio mi Jesús? ¿En qué pecho podrá reclinar su cabeza sin que lo hieran o calumnien por hacerlo? Bien justo es, pues, que, pasando por encima de las espinas que ya me laceran el corazón y de las lágrimas que bebo en las horas de soledad, deposite un suave manto de amor, ponga una sonrisa, cueste lo que cueste, para tranquilizarlo más, tranquilizarlo más hasta… hasta cuando la ola del odio sea tal, que ya nada le sirva, ni siquiera el amor de su Mamá…
María tiene dos surcos de llanto en su pálido rostro. (Es como si mi corazón estuviera envuelto en espinas incandescentes. En una larga nota autógrafa, que ocupa las cuatro caras de un folio doblado e introducido en este lugar de la copia mecanografiada, María Valtorta, entre otras cosas, explica que […] De la misma forma que es verdad que María, por ser inmaculada, había debido quedar exenta del dolor, así como quedó exenta de la corrupción de la muerte, es también verdad que, como Corredentora debió padecer, en su corazón y espíritu inmaculados, cuanto su Hijo padeció en la carne, en el corazón y espíritu santísimos. Es más, precisamente por la plenitud que había en Ella de todos los dones divinos, comprendió que sus privilegiadas y "únicas" condiciones de Inmaculada y de Madre de Dios le habían sido concedidas en previsión de la Pasión del Redentor, y que, por tanto, esta especialísima condición suya de gloria -segunda sólo respecto a la infinita gloria de Dios-le había sido dada a precio del Sacrificio del Hijo de Dios y suyo, del derramamiento total de esa Sangre divina y de la inmolación de esa Carne divina que se habían formado en su seno virginal, con su sangre virginal, y que habían sido nutridos con su leche virginal. También el conocer esto era causa de dolor. Un dolor que se fundía con el gozo, tan vasto y profundo como el dolor. […] Y no sólo eso, sino que, también por la plenitud que había en Ella de los dones divinos, María conoció anticipadamente o contemporáneamente e intelectivamente todo el complejo sufrimiento de su Hijo. Sobre su alma de Inmaculada, llena de la Luz de Dios, se proyectó siempre la sombra dolorosa de la Cruz y de todas las luchas y obstáculos que precederían a la Pasión y afligirían su Jesús […).
Las dos hermanas la miran conmovidas.
-Pero nos tiene a nosotras, que lo queremos. Y a los apóstoles… -dice Marta para consolarla.
-Os tiene a vosotras, sí. Tiene a los apóstoles… Todavía muy por debajo de su misión… Y mi dolor es más fuerte aún porque sé que El no ignora nada…
-¿Entonces sabrá también que yo lo quiero obedecer hasta el holocausto si es necesario? -pregunta la Magdalena.
-Lo sabe. Eres una gran alegría en su duro camino.
-¡Oh, Madre! -y la Magdalena toma la mano de María y la besa con visible afecto.
Tiberíades termina en las huertas del arrabal. Más allá está el camino polvoriento que conduce a Caná, entre huertos de árboles frutales por un lado y, por el otro lado, una serie de prados y campos agostados por el verano.
Jesús se adentra en uno de los huertos. Se detiene bajo la sombra de los tupidos árboles. Llegan las mujeres y luego el jadeante romano, que realmente ya no puede más. Se pone un poco separado; no habla, pero mira.
-Mientras descansamos comemos -dice Jesús -Allí hay un pozo y al lado un campesino. Id a pedirle agua.
Van Juan y Judas Tadeo. Vuelven con una jarra que gotea seguidos del campesino, el cual ofrece unos espléndidos higos.
-Que Dios te lo compense en salud y en cosecha.
-Dios te proteja. ¿Eres el Maestro, verdad?
-Lo soy.
-¿Vas a hablar aquí?
-Nadie lo desea.
-Yo, Maestro. Más que el agua, que tan buena es para quien tiene sed -grita el romano.
-¿Tienes sed?
-Mucha. He venido detrás de ti desde la ciudad.
-No faltan en Tiberíades fuentes de agua fresca.
-No me entiendas mal, Maestro, o no aparentes que me entiendes mal. He venido siguiéndote para oírte hablar.
-¿Y por qué?
-No sé ni por qué ni cómo. Ha sido viéndola a ella (y señala a la Magdalena). No sé. Algo me ha dicho: "Ese hombre te dirá lo que todavía no sabes". Y he venido».
-Dad a este hombre agua e higos. Que conforte su cuerpo.
-¿Y la mente?
-La mente encuentra refrigerio en la Verdad.
-Por esto te he seguido. He buscado la Verdad en lo cognoscible. He encontrado la corrupción. Incluso en las mejores doctrinas hay siempre algo que no es bueno. Me he rebajado hasta acabar siendo un hombre nauseado y nauseabundo, sin más futuro que la hora que vivo.
Jesús lo mira fijamente mientras come el pan y los higos que le han traído los apóstoles.
Pronto termina la comida.
Jesús, permaneciendo sentado, empieza a hablar, como si estuviera exponiendo una simple lección a sus apóstoles.
El campesino también se queda cerca.
-Muchos son los que se pasan la vida buscando la Verdad sin llegar a encontrarla. Parecen dementes que quieren ver teniendo una coraza de bronce que les tapa los ojos, y buscan con aspavientos espasmódicos, tan convulsamente, que se alejan cada vez más de la Verdad, o la tapan arrojando encima de ella cosas que su propia búsqueda frenética remueve y hace caer. No puede sucederles sino esto, porque buscan donde la Verdad no puede estar. Para encontrar la Verdad es necesario unir el intelecto con el amor y mirar las cosas no sólo con ojos sabios sino también con ojos buenos, porque la bondad vale más que la sabiduría.
El que ama siempre encuentra una huella que conduce a la Verdad.
Amar no quiere decir gozar (sólo) de una carne y para la carne. Eso no es amor. Es sensualidad. Amor es el afecto de corazón a corazón, de parte superior a parte superior, por el que en la compañera no se ve esclava sino la generadora de los hijos, sólo eso, o sea, la mitad que forma con el hombre un todo que es capaz de crear una vida, varias vidas; o sea, la compañera que es madre, hermana, hija del hombre, que es más débil que un recién nacido o más fuerte que un león, según los casos, y que, como madre, hermana, hija, debe ser amada con respeto confidencial y protector. Lo que no es cuanto Yo digo no es amor, es vicio. No conduce hacia arriba sino hacia abajo, no a la Luz sino a las Tinieblas, no a las estrellas sino al fango. Amar a la mujer para saber amar al prójimo, amar al prójimo para saber amar a Dios.
He aquí la vía de la Verdad. La verdad está aquí, hombres que la buscáis. La Verdad es Dios. La clave para comprender lo cognoscible está aquí. Doctrina, sin defecto sólo la de Dios. ¿Cómo podrá el hombre dar respuesta a sus porqués, si no tiene a Dios que le responda? ¿Quién podrá descubrir los misterios de la creación -aun sólo y simplemente éstos -sino el Hacedor supremo que lo ha hecho? ¿Cómo comprender el prodigio vivo que es el hombre, ser en que se fusiona perfección animal con aquella perfección inmortal que es el alma? Si, dioses somos si tenemos viva en nosotros el alma, es decir, libre aquellas culpas que envilecerían incluso al animal y que, no obstante, el hombre cumple y se gloría de cumplir.
A vosotros, buscadores de la Verdad, os digo las palabras de Job: “Pregunta a los jumentos y te instruirán, a las aves y te lo indicarán. Habla a la tierra y ella te responderá, a los peces y te lo darán a conocer".
Sí, la tierra, esta tierra que verdece, esta tierra florida, esta fruta le va creciendo en los árboles, estas aves que procrean, estas corrientes de viento que distribuyen las nubes, este Sol que no yerra su alba desde hace siglos y milenios… todo habla de Dios, todo da explicación de Dios, todo descubre y revela a Dios. Si la ciencia no se apoya en Dios viene a ser error, y no eleva; antes bien, degrada. El saber no es corrupción si es religión. Quien sabe en Dios no cae porque siente su dignidad, porque cree en su futuro eterno. Mas es necesario buscar al Dios real, no fantasmas, que no son dioses sino sólo delirios de hombres envueltos en las vendas de la ignorancia espiritual, por lo cual no hay traza de sabiduría en sus religiones ni de verdad en sus fes.
Toda edad es buena para venir a la sabiduría. Es más, siguiendo con Job, se lee: Al atardecer te nacerá como una luz meridiana; cuando te creas acabado, surgirás como la estrella de la mañana. Te verás lleno de confianza por la esperanza a ti reservada".
Basta la buena voluntad de encontrar la Verdad, y antes o después la Verdad se dejará encontrar. Pero, una vez hallada, ¡ay de quien no la siga! imitando a los obstinados de Israel, los cuales, teniendo ya en su mano el hilo conductor para encontrar a Dios -todas las cosas que de mí afirma el Libro -, no quieren someterse a la Verdad, y la odian, acumulando en su intelecto y en su corazón los cúmulos del odio y las fórmulas, y no saben que la tierra, a causa del excesivo peso, se abrirá bajo su paso -que se cree victorioso cuando en realidad no es sino un paso de esclavo de los legalismos, del rencor, de los egoísmos -y se los tragará y caerán al lugar de los culpables conscientes de un paganismo que es más culpable que el que algunos pueblos se han dado a sí mismos para tener una religión con que conducirse.
Yo, de la misma forma que no rechazo al hijo de Israel que se arrepiente, no rechazo tampoco a estos idólatras que creen en aquello que les fue propuesto para que lo creyeran, y que, dentro, en su interior, gimen: "¡Dadnos la Verdad!".
He dicho. Ahora descansemos en esta hierba, si este hombre lo permite. Al atardecer iremos a Caná».
-Señor, te dejo. Esta misma noche me iré de Tiberíades, pues no quiero profanar la ciencia que me has dado. Dejo esta tierra. Me retiraré con mi siervo a las costas de Lucania. Tengo allá una casa. Mucho es lo que me has dado.
Comprendo que más no puedes darle al viejo epicúreo. Pero con lo que me has dado ya tengo como para reconstruir un pensamiento. Y… pide a tu Dios por el viejo Crispo, el único de Tiberíades que te escuchó. Ruega porque antes del desfiladero de Líbítina pueda volver a escucharte, y, con la capacidad que espero poder crear en mí sobre la base de tus palabras, comprenderte mejor y comprender mejor la Verdad. Adiós, Maestro». Y hace un saludo a la romana.
Pero luego, al pasar junto a las mujeres, que están sentadas un poco aparte, se inclina ante María de Magdala y le dice:
-Gracias, María. Fue un bien el conocerte. A tu viejo compañero de festines le has dado el tesoro que buscaba.
Si llego a donde tú ya estás, será gracias a ti. Adiós.
Y se marcha.
La Magdalena se cruza las manos sobre su corazón con expresión asombrada y radiante. Luego, de rodillas, se arrastra hasta donde Jesús.
-¡Oh! ¡Señor! ¡Señor! ¿Entonces es verdad que puedo conducir otros al Bien? ¡Oh, mi Señor! ¡Esto es demasiada bondad!
Y, curvándose hasta meter su rostro en la hierba, besa los pies de Jesús y los humedece de nuevo con el llanto -ahora de agradecimiento-de la gran enamorada de Magdala.
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
La barca costea el trecho que va de Cafarnaúm a Magdala. María de Magdala está, por primera vez, en su postura habitual de convertida: sentada en el fondo de la barca a los pies de Jesús, el cual está sentado, con porte grave, en uno de los bancos de la barca. El rostro de la Magdalena tiene hoy un aspecto muy distinto del de ayer; no es todavía ese rostro radiante de la Magdalena que sale al encuentro de su Jesús cada vez que Él va a Betania, pero es ya un rostro liberado de temores y tormentos; y su mirada, que antes reflejaba humillación -antes aún, desfachatez-, ahora es seria, pero segura, y en su noble seriedad brilla de vez en cuando una chispa de alegría escuchando a Jesús, que habla con los apóstoles o con su Madre y Marta.
Van hablando de la bondad de Porfiria, tan sencilla y amorosa, y de la afectuosa acogida de Salomé, y de las mujeres e hijas de Bartolomé y Felipe. Éste dice:
-Si no fuera porque son todavía muy niñas, y su madre es contraria a que estén por los caminos, también te seguirían, Maestro.
-Me sigue su alma; es igualmente santo amor. Felipe, escúchame. Tu hija mayor está para prometerse, ¿no?
-Sí, Maestro. Dignos esponsales y un buen esposo, ¿no es verdad, Bartolomé?
-Es verdad. Lo puedo garantizar porque conozco a la familia. No he podido aceptar hacer yo la propuesta, pero lo habría hecho si no estuviera ocupado en el seguimiento del Maestro, con plena tranquilidad de crear una santa familia.
-Pero la muchacha me ha rogado que te dijera que no hicieras nada.
-¿No le gusta el novio? Está en un error. De todas formas, la juventud no tiene seso. Espero que se persuada. No hay razón para rechazar a un excelente esposo. A menos que…
¡No, no es posible! -dice Felipe.
-¿A menos que…? Termina, Felipe -incita Jesús.
-A menos que ame a otro. Pero eso no es posible. No sale nunca de casa y en casa vive muy retirada. ¡No es posible!
-Felipe, hay amadores que penetran hasta en las casas más cerradas y saben hablar a sus amadas a pesar de todas las barreras y vigilancias; derriban cualquier obstáculo (viudez o juventud bien custodiadas… u otros) y las consiguen. Hay amadores que no pueden ser rechazados, porque su anhelo es impositivo, porque vencen seductoramente toda posible resistencia, hasta la del mismo diablo. Pues bien, tu hija ama a uno de éstos, y además al más poderoso.
-¿Y quién es? ¿Uno de la corte de Herodes?
-¡Eso no es poder!
-¿Uno… uno de la casa del Procónsul?, ¿un patricio romano? No lo permitiré de ninguna manera. La sangre pura de Israel no tendrá contacto con la impura. Aunque tuviera que matar a mi hija. ¡No sonrías, Maestro, que yo sufro!
-Porque estás como un caballo encabritado. Ves sombras donde sólo hay luz. ¡Tranquilízate, hombre! El Procónsul no es más que un siervo también, como lo son también sus amigos patricios; y siervo es el César.
-¡Estás bromeando, Maestro! Querías meterme miedo. Nadie hay mayor que César, ni con más autoridad que él.
-¿Y Yo, Felipe?
-¡Tú! ¿Tú quieres casarte con mi hija!
-No. Con su alma. Soy Yo el amante que penetra en las casas más cerradas y en los corazones -más cerrados aún: con un sinfín de llaves-. Soy Yo el que sabe hablar a pesar de todas las barreras y vigilancias, el que abate todo obstáculo y toma lo que anhela: puros o pecadores, vírgenes o viudos, de vicios libres o esclavos. Doy a todos ellos un alma única y nueva, regenerada, beatificada, eternamente joven. Son mis esponsales. Y nadie puede negarme mis dulces presas; ni el padre, ni la madre, ni los hijos, ni siquiera Satanás. Sea que hable al alma de una joven como tu hija, sea que se trate de un pecador envuelto en el pecado y encadenado por Satanás con siete cadenas, el alma viene a mí. Y nada ni nadie me las arrebatará. No hay riqueza, ni poder, ni alegría del mundo, que comunique esa leticia perfecta, propia de quienes se desposan con mi pobreza, con mi mortificación: despojados de todo pobre bien; vestidos de todo bien celeste. Jubilosos, con esa beatitud de ser de Dios, sólo de Dios… son los señores de la tierra y del Cielo: de la primera, porque la dominan; del segundo, porque lo conquistan.
-¡Nunca ha sido así en nuestra Ley! -exclama Bartolomé.
-Despójate del hombre viejo, Natanael. La primera vez que te vi te saludé definiéndote perfecto israelita sin engaño. Pero ahora eres de Cristo, no de Israel. Sélo sin engaño y sin ataduras. Revístete de esta nueva mentalidad.
Si no, habrá muchas bellezas de la redención que he venido a traer a toda la Humanidad que no podrás entender.
Felipe interviene diciendo:
-¿Y dices que has llamado a mi hija? ¿Y ahora qué hará? Yo ciertamente no me voy a oponer, pero quisiera saber, incluso para ayudarla, en qué consiste su llamada…
-En llevar a las azucenas de amor virginal al jardín de Cristo. ¡Habrá muchas en los siglos futuros!… ¡Muchas! Macizos de incienso para contrapesar las sentinas de vicios; almas orantes para contrapesar a blasfemos y ateos; auxilio en todas las desdichas humanas: alegría de Dios.
María de Magdala abre los labios para preguntar (lo hace ruborizándose todavía, aunque con más soltura que los otros días):
-¿Y nosotros, las ruinas que Tú reconstruyes, qué acabamos siendo?
-Lo mismo que las hermanas vírgenes…
-¡Oh, no es posible! Hemos pisado demasiado fango y… y… no puede ser.
-¡María, María! Jesús no perdona nunca a medias. Te ha dicho que te ha perdonado y así es. Tú, y todos los que como tú han pecado y han sido perdonados por mi amor, que con vosotros se desposa, perfumaréis, oraréis, amaréis, consolaréis, siendo conscientes ya del mal y aptos para curarlo donde se encuentra, siendo almas mártires ante los ojos de Dios, y amadas, por tanto, como las vírgenes».
-¿Mártires? ¿En qué, Maestro?
-Contra vosotras mismas y los recuerdos del pasado, y por sed de amor y expiación.
-¿Lo debo creer?…
La Magdalena mira a todos los que están en la barca, pidiendo confirmación a la esperanza que se enciende en ella.
-Pregúntaselo a Simón. Una noche estrellada, en tu jardín, hablé de ti y de vosotros pecadores en general. Todos tus hermanos te pueden decir si mi palabra no cantó los prodigios de la misericordia y la inversión respecto a todos los redimidos.
-Me lo ha expresado también el niño, con voz de ángel. He vuelto con el alma confortada después de su lección. Por él te he conocido mejor aún que por mi hermana, tanto que hoy me sentía más fuerte de afrontar el regreso a Magdala. Y, ahora que me dices esto, siento crecer mi fortaleza. He dado escándalo al mundo, pero te juro, mi Señor, que ahora el mundo al mirarme comprenderá tu poder.
Jesús deposita un momento la mano sobre su cabeza, mientras María Santísima le sonríe como ella sabe hacer: paradisíacamente.
-Ya se ve Magdala, que se extiende en el borde del lago. De frente, el sol naciente; a sus espaldas, la montaña de Arbela, que la protege del viento, y el estrecho valle peñascoso y agreste (por el que desemboca un pequeño torrente en el lago) que se adentra hacia el occidente, con sus paredes rocosas a pico, llenas de una belleza seductora y severa.
-¡Maestro! -grita Juan desde la otra barca -ahí está el valle de nuestro retiro… -y se ilumina su rostro como si se hubiera encendido un sol en su interior.
-Nuestro valle. Sí, lo has reconocido bien.
-No se puede no recordar los lugares en que se ha conocido a Dios -responde Juan.
-Entonces yo recordaré siempre este lago, porque aquí te he conocido. ¿Sabes, Marta, que aquí vi al Maestro una mañana?…
-Sí, y por poco si no nos vamos todos al fondo, nosotros y vosotros. Mujer, créeme, tus remadores no valían un comino -dice Pedro, que está haciendo la maniobra para tomar tierra.
-No valían nada ni los remadores ni quienes con ellos iban… Pero de todas formas fue el primer encuentro y eso vale mucho. Luego te vi en el monte, luego en Magdala, luego en Cafarnaúm… Muchos encuentros, muchas cadenas rotas… Pero Cafarnaúm ha sido el lugar más hermoso porque allí me has liberado…
Ponen pie en tierra. Ya han bajado los de la otra barca. Entran en la ciudad.
La curiosidad simple o… no simple de los habitantes de Magdala debe ser como una tortura para la Magdalena. Pero ella la soporta heroicamente, siguiendo al Maestro, que va delante, en medio de todos sus apóstoles, mientras que las tres mujeres van detrás de ellos. El cuchicheo es fuerte; no falta la ironía. Todos los que, aparentemente, por temor a represalias, respetaban a María cuando era la poderosa dominadora de Magdala, ahora, que la ven separada para siempre de sus amigos pudientes, humilde y casta, se permiten manifestaciones de desprecio y epítetos poco lisonjeros.
Marta, que sufre tanto como ella por esto, le pregunta:
-¿Quieres retirarte a casa?
-No. No dejo al Maestro. Y antes de que la casa no haya sido purificada de todo recuerdo del pasado no lo invito a entrar.
-¡Pero estás sufriendo, hermana!…
-Me lo he merecido.
Y la verdad es que debe sufrir: el sudor que aljofara su rostro y el rubor que la cubre -incluso en el cuello-no se deben sólo al calor.
Cruzan toda Magdala y van a los barrios pobres, a la casa en que se detuvieron la otra vez. La mujer se queda de piedra cuando alza la cabeza del lavadero para ver quién la saluda y se encuentra de frente a Jesús y a la bien conocida señora de Magdala, y ve que ésta ya no tiene apariencia pomposa, ni va cargada de joyas, sino que tiene la cabeza cubierta con un velo ligero de lino, y lleva un vestido de color brusela, de cuello cerrado, estrecho (se ve claramente que no es suyo, a pesar del trabajo realizado para transformarlo), y va envuelta en un tupido manto que con ese calor debe ser un suplicio.
-¿Me permites estar en tu casa y hablar desde aquí a los que me siguen? (0 sea, a toda Magdala, porque toda la población se ha ido agregando al grupo apostólico).
-¿Me lo preguntas, Señor? ¡Pero si mi casa es tuya!
La mujer se pone en movimiento para traer sillas y bancos para las mujeres y los apóstoles.
Cuando pasa delante de la Magdalena hace una reverencia de esclava. «Paz a ti, hermana» responde ésta. La sorpresa de la mujer es tal que deja caer el pequeño banco que tenía cogido; pero guarda silencio (de todas formas, esta reacción me hace pensar que María trataba a sus súbditos en forma más bien soberbia); y se queda ya completamente pasmada cuando oye que le pregunta cómo están sus hijos, dónde están, y si la pesca ha sido abundante.
-Están bien… en la escuela o con mi madre. Sólo el pequeño está aquí, durmiendo en la cuna. La pesca es buena. Mi marido te llevará el diezmo…
-Ya no es el caso. Úsalo para tus niños. ¿Me dejas ver al pequeñín?
-Ven….
La gente se ha ido aglomerando en la calle. Jesús empieza a hablar:
Una mujer tenía diez dracmas en su bolsa. Pero, con un movimiento, la bolsa cayó de su pecho, se abrió y las monedas rodaron por el suelo. Las recogió con la ayuda de las vecinas que estaban presentes; las contó: eran nueve. La décima no se encontraba. Dado que se acercaba la noche y la luz empezaba a faltar, la mujer encendió una lámpara, la puso en el suelo y, tomando una escoba, se puso a barrer atentamente para ver si había rodado lejos del lugar donde había caído. Pero la dracma no aparecía. Las amigas, cansadas de buscar, se marcharon.
La mujer corrió entonces el arquibanco, el bazar, el pesado baúl, movió las ánforas y orzas que estaban en el nicho de la pared. La dracma no aparecía. Entonces se puso a gatas y buscó en el montón de la barredura que estaba puesto contra la puerta de la casa, para ver si la dracma había rodado afuera y se había mezclado con los desperdicios de las verduras. Y por fin encontró la dracma, toda sucia, casi sepultada por los desperdicios que le habían caído encima.
Llena de alegría, la mujer cogió la dracma, la lavó, la secó. Ahora era más bonita que antes. Gritó para llamar a las vecinas de nuevo -que se habían ido después de haberla ayudado en los primeros momentos de la búsqueda-y se la enseñó diciendo: "¿Veis? Me aconsejabais que no me cansara más. Pero he insistido y he encontrado la dracma perdida. Alegraos, pues, conmigo, que no he perdido ninguno de mis bienes".
Pues vuestro Maestro, y con Él sus apóstoles, hace como la mujer de la parábola. Sabe que un movimiento puede hacer que caiga al suelo un tesoro. Toda alma es un tesoro. Y Satanás, envidioso de Dios, provoca los falsos movimientos para que caigan las pobres almas. Hay quien en la caída se queda junto a la bolsa, o sea, se aleja poco de la Ley de Dios que recoge las almas en la salvaguardia de los Mandamientos; hay quien se aleja más, o sea, se aleja más de Dios y de su Ley; en fin, hay quien va rodando hasta caer en la barredura, en la inmundicia, en el barro… y ahí acabaría pereciendo, ardiendo en el fuego eterno, de la misma forma que la basura se quema en los lugares apropiados.
El Maestro lo sabe y busca incansable las monedas perdidas. Las busca por todas partes, con amor. Son sus tesoros. Y no se cansa ni nace ascos de nada; antes al contrario, hurga, hurga, remueve, barre… hasta que encuentra. Una vez que ha encontrado, lava con su -perdón al alma hallada, y convoca a los amigos -todo el Paraíso y todos los buenos de la tierra-, y dice: "Alegraos conmigo porque he encontrado lo que se había perdido, y es más hermoso que antes porque mi perdón lo hace nuevo".
En verdad os digo que hay gran regocijo en el Cielo y exultan los ángeles de Dios y los buenos de la Tierra por un pecador que se convierte. En verdad os digo que no hay cosa más hermosa que las lágrimas del arrepentimiento. En verdad os digo que los únicos que ni saben ni pueden exultar por esta conversión, que es un triunfo de Dios, son los demonios. Y también os digo que el modo en que un hombre acoge la conversión de un pecador es medida de su bondad y unión con Dios.
La paz sea con vosotros.
La gente comprende la lección y mira a la Magdalena, que se había sentado en la puerta con el lactante en sus brazos (quizás para cubrir su azoramiento), y se van marchando lentamente, de forma que quedan sólo la dueña de la casuca y la madre, que había venido con los niños. Falta Benjamín, porque está todavía en la escuela.
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Ha vuelto el cielo sereno sobre el mar de Galilea. Todo está incluso más hermoso que antes de la tormenta porque ha quedado limpio de polvo. El aire presenta una nitidez absoluta, y el ojo, mirando al firmamento, recibe la impresión de que haya sido retirado, hecho más ligero… un velo casi transparente extendido entre la tierra y los fulgores del Paraíso. El lago refleja este azul perfecto y ríe sosegado con sus aguas de turquesa.
Está comenzando la aurora. Jesús con María, Marta y Magdalena, sube a la barca de Pedro y Andrés; también Simón Zelote, Felipe y Bartolomé. Mateo, Tomás, los primos de Jesús y Judas Iscariote están, sin embargo, en la barca de Santiago y Juan. Se enfilan hacia Betsaida: un breve trayecto favorecido por el viento. En pocos minutos hacen el recorrido.
Cuando están ya para llegar, Jesús dice a Bartolomé y al inseparable Felipe:
-Iréis a avisar a vuestras mujeres e hijas. Hoy visitare vuestra casa.
Y mira fijamente a los dos en manera elocuente.
-Así lo haremos, Maestro. ¿No nos vas a conceder ni a mí ni a Felipe hospedarte?
-Nos detendremos sólo hasta la puesta del sol, y no quiero privar a Simón Pedro de la delicia de estar con Margziam.
La barca roza en la orilla y se detiene. Bajan. Felipe y Bartolomé se separan de los compañeros para ir al pueblo.
-¿A dónde van esos dos? -pregunta Pedro al Maestro, que ha sido el primero en bajar y está a su lado.
-A avisar a sus mujeres e hijas.
-Voy yo también entonces a avisar a Porfiria.
-No hace falta. Porfiria es tan buena que no hace falta prepararla para nada. Su corazón sólo sabe dar dulzura.
A Simón Pedro se le ilumina el rostro al oír la alabanza a su esposa y no dice nada más. Entretanto han bajado también las mujeres (para ellas han puesto una tabla como puente). Van a casa de Simón.
El primero que los ve es Margziam, que en ese momento estaba saliendo con sus ovejas para llevarlas a pastar a la hierba fresca de las primeras pendientes de Betsaida. El niño da el anuncio de esta visita con un grito de alegría, y corre a refugiarse en el pecho de Jesús, que se agacha para besarlo. Luego va a Pedro. Porfiria viene diligentemente, con las manos llenas de harina, y se inclina para saludar.
-Paz a ti, Porfiria. ¿No nos esperabas tan pronto, verdad? Es que te he querido traer a mi Madre y a dos discípulas, además de mi bendición. Mi Madre deseaba ver de nuevo al niño… Ahí está ya entre sus brazos. Y las discípulas querían conocerte… Ésta es la esposa de Simón, la discípula buena y silenciosa, más activa en su obediencia que muchos otros. Éstas son Marta y María de Betania. Dos hermanas. Quereos.
-A las personas que Tú traes las quiero más que a mi propia sangre, Maestro. Ven. Mi casa se embellece cada vez que pones pie en ella.
María se acerca sonriente y abraza a Porfiria diciéndole:
-Veo que tienes en ti verdaderamente viva la maternidad. El niño ha prosperado y se le ve feliz. Gracias.
-¡Oh, Mujer más bendita que ninguna otra! Sé que por ti he recibido la alegría de ser llamada mamá. Te digo que no te daré el dolor de no serlo con todo lo mejor que hay en mí. Pasa, pasa con las hermanas…
Margziam mira con curiosidad a la Magdalena. En su cabeza se forma todo un laborío de pensamientos. Al final dice:
-Pero… en Betania no estabas…
-No estaba. Pero ahora estaré siempre -dice la Magdalena ruborizándose y dibujando una sonrisa. Y acaricia al niño mientras le dice:
-¿A pesar de que no nos hayamos conocido hasta ahora, me quieres?
-Sí, porque eres buena. ¿Has llorado, verdad? Por eso eres buena. ¿Te llamas María, verdad? También mi mamá se llamaba así y era buena. Todas las mujeres que se llaman María son buenas. Pero -termina diciendo, para no entristecer a Marta y a Porfiria -pero también hay mujeres buenas que tienen otro nombre. Tu mamá cómo se llamaba?
-Euqueria… y era muy buena -dos lagrimones caen de los ojos de María de Magdala.
-¿Lloras porque ha muerto? -pregunta el niño, y le acaricia sus bellísimas manos, cruzadas sobre el vestido oscuro (sin duda es uno de Marta adaptado a ella, porque tiene el jaretón bajado).
Y añade:
No debes llorar. ¿Sabes?, no estamos solos. Nuestras mamás están siempre a nuestro lado. Lo dice Jesús. Y son como ángeles custodios. Esto también lo dice Jesús. Y, si somos buenos, vienen a nuestro encuentro cuando morimos y subimos a Dios en brazos de nuestras mamás. Es verdad ¿eh?
¡Lo ha dicho Él!
María de Magdala abraza fuertemente al pequeño consolador y lo besa diciendo: «Reza entonces para que yo sea buena de esa forma».
-¿Pero no lo eres? Con Jesús van sólo los que son buenos… Y si uno no es del todo bueno progresa hasta serlo, para poder ser discípulos de Jesús, porque no se puede enseñar si no se sabe. No se puede decir "perdona" si primero no perdonamos nosotros. No se puede decir: "Tienes que amar a tu prójimo", si antes no lo amamos nosotros. ¿Sabes la oración de Jesús?
-No.
-¡Ah, claro, que hace poco que estás con Él! Es muy bonita, ¿sabes? Dice todo esto. Escucha qué bonita es.
Y Margziam dice lentamente el "Pater noster", con sentimiento y fe.
-¡Qué bien la sabes! -dice admirada María de Magdala.
-Me la han enseñado mi mamá por la noche y la Mamá de Jesús durante el día. Si quieres te la enseño. ¿Quieres venir conmigo? Las ovejitas balan. Tienen hambre. Ahora las llevo al pasto. Ven conmigo. Te enseño a rezar y así serás buena del todo -y la toma de la mano.
-Pero, no sé si el Maestro quiere…
-Ve, ve, María. Tienes a un inocente por amigo, y corderitos… Ve. Serenamente.
María de Magdala sale con el niño y se le ve alejarse precedida de las tres ovejitas. Jesús mira… y también los otros.
-¡Pobre hermana mía! -dice Marta.
-No la compadezcas. Es una flor que está enderezando su tallo después del huracán. ¿Oyes?… Ríe… La inocencia siempre conforta.