por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Están todos reunidos en la espaciosa habitación de arriba.
El violento temporal se ha resuelto en una lluvia persistente, ora leve hasta casi desaparecer, ora intensa con repentina furia. El lago, de ninguna manera, está hoy azul: amarillento con estrías de espuma en los momentos de viento y aguacero, gris plúmbico con espumas blancas en las pausas del turbión. Las colinas -todas chorreando agua, con las frondas tan cargadas de lluvia, que todavía están plegadas, algunas ramas colgando quebradas por el viento, muchas hojas arrancadas por el granizo-muestran regatillos por todas partes, aguas amarillentas que llevan al lago hojas, piedras y tierra arrancada a sus pendientes.
La luz ha quedado turbia, verdosa. En la habitación están, sentadas junto a una ventana que mira a las colinas, María con Marta y la Magdalena, y otras dos mujeres que no sé exactamente quiénes son (tengo la impresión de que ya las conocen Jesús, María y los apóstoles, porque se las ve con soltura; sin duda, más que la Magdalena, que está muy quieta, cabizbaja, entre la Virgen y Marta).
Se han vuelto a poner los vestidos que han sido secados al fuego y cepillados para quitarles el barro. No, miento, la Virgen sí se ha puesto su vestido de lana azul marino, pero la Magdalena tiene uno prestado, corto y estrecho para ella, que es alta y bien modelada. Trata de remediar la escasez del vestido envolviéndose en el manto de su hermana. La Magdalena se ha recogido la cabellera en dos gruesas trenzas más o menos anudadas a la altura de la nuca, porque para sostener ese peso no bastan, de ninguna manera, las pocas horquillas que ha podido juntar en ese momento; en efecto, después siempre he visto que ayuda a las horquillas con una cinta fina, que le hace casi de util diadema, cuyo color paja se pierde en el oro de sus cabellos.
En el otro lado de la habitación, sentados unos en taburetes y otros en los alféizares de las ventanas, están Jesús con los apóstoles y el dueño de la casa. Falta el sirviente de Marta. Pedro y los otros pescadores están estudiando el tiempo, haciendo pronósticos para el día siguiente. Jesús escucha, o responde, a unos o a otros.
-Si lo hubiera sabido, le habría dicho a mi madre que viniera. Conviene que esta mujer se sienta enseguida relajada con las compañeras -dice Santiago de Zebedeo mirando un momento hacia las mujeres.
-¡Ya! ¡Si lo hubiéramos sabido!… Pero, ¿y por qué mamá no ha venido con María? -pregunta Judas Tadeo a su hermano Santiago.
-No lo sé. Eso me pregunto también yo.
-¿No será que se siente mal?
-María lo habría dicho.
-Yo se lo pregunto -y Judas Tadeo va donde las mujeres.
Se oye la respuesta de la voz límpida de María:
-Está bien. He sido yo, que le he ahorrado la paliza de este calor. Nos hemos fugado como dos niñas, ¿no es verdad, María? María llegó ya de noche y al alba hemos salido. Sólo le he dicho a Alfeo: "Aquí está la llave. Volveré pronto. Díselo a María". Y he venido.
Volveremos juntos, Madre. Iremos todos juntos por la Galilea, en cuanto el tiempo esté bien y María tenga un vestido. Acompañaremos a las hermanas hasta el camino más seguro. Así las conocerán también Porfiria, Susana y vuestras mujeres e hijas, Felipe y Bartolomé.
Dice: «las conocerán» y ello es exquisito, es por no decir: «conocerán a María». También es fuerte, y abate todas las prevenciones y restricciones mentales de los apóstoles hacia la redimida. La impone, venciendo las resistencias de ellos, la vergüenza de ella y todo. A Marta se le ilumina el rostro, María Magdalena se ruboriza y mira suplicante, agradecida, turbada… ¿qué sé yo?… María Santísima sonríe con su delicada sonrisa.
-¿A qué lugar vamos a ir, Maestro?
-A Betsaida. Luego a Magdala, a Tiberíades, a Caná, a Nazaret. Desde allí, por Jaffa y Semerón, iremos a Belén de Galilea, luego a Sicaminón y a Cesárea…
Un acceso de llanto de la Magdalena interrumpe a Jesús. Levanta la cabeza, la mira y sigue hablando como si no hubiera sucedido nada:
-En Cesárea encontraréis vuestro carro. Se lo he ordenado al sirviente. Iréis a Betania. Nos volveremos a ver para los Tabernáculos.
(Las principales fiestas hebreas, frecuentemente mencionadas en la Obra, son: la Pascua, que se celebraba durante el plenilunio de Nisán (marzo-abril) y estaba seguida por la Pascua suplementaria, en el decimocuarto día del mes sucesivo, para aquellos que no hubieran podido celebrarla; Pentecostés o fiesta de las Semanas, cincuenta días después de la Pascua; los Tabernáculos o fiesta de las Tiendas, al final de las recolecciones de otoño; las Encenias o fiesta de las Luces o de la Purificación o de la Dedicación del Templo, el 25 de Kisléu en Noviembre-Diciembre)
Magdalena recobra la tranquilidad al cabo de poco. No responde a las preguntas de su hermana. Sale de la habitación y se retira, quizás la cocina, durante un tiempo.
-María sufre, Jesús, al oír que debe ir a ciertas ciudades. Hay que comprenderla… Lo digo más por los discípulos que por ti, Maestro -dice Marta, humilde y apurada.
-Es verdad, Marta. Pero debe suceder. Si no afronta inmediatamente el mundo, si no ahoga ese horrendo tirano del respeto humano, su heroica conversión quedará paralizada. Inmediatamente y con nosotros.
-Con nosotros nadie le dirá nada. Te lo aseguro por mí y por todos mis compañeros, Marta -promete Pedro.
-¡Pues claro! La escudaremos como a una hermana. María ha dicho que es hermana, y hermana será para nosotros confirma Judas Tadeo.
-Además… ¡somos todos pecadores y el mundo no nos ha concedido inmunidad tampoco a nosotros! Por tanto comprendemos sus luchas -dice el Zelote.
-Yo la comprendo más que todos. En los lugares donde hemos pecado es muy meritorio vivir. ¡Las personas saben quiénes somos!… Es una tortura. Pero es también justicia y gloria el resistir allí. Precisamente porque la potencia de Dios se manifiesta en nosotros con evidencia, somos medio de conversiones incluso sin hablar ̀ dice Mateo.
-Como ves, Marta, todos son comprensivos con tu hermana, todos la quieren. Y la comprenderán y la querrán cada vez más. Está llamada a ser signo indicador para muchas almas culpables y medrosas, y una gran fuerza también para los buenos. Y es que María, una vez que haya roto las últimas cadenas de su humanidad, será una llama de amor. No ha hecho otra cosa sino cambiar de dirección a la exuberancia de su sentimiento. Ha colocado a nivel sobrenatural esta poderosa facultad de amar que tiene, y en este campo hará prodigios, os lo aseguro. Ahora está todavía turbada, pero cada día que pase la veréis calmarse y fortalecerse en su nueva vida.
En casa de Simón dije: "Mucho le es perdonado porque ama mucho". En verdad os digo ahora que todo le será perdonado porque amará a su Dios con toda su fuerza, con toda su alma, con todo su pensamiento, con toda su sangre, con toda su carne, hasta el holocausto.
-¡Dichosa ella que se ha hecho merecedora de estas palabras! Quisiera merecerlas también yo -suspira Andrés.
-¿Tú? ¡Pero si ya las mereces! Ven aquí, pescador mío, que quiero narrarte una parábola que parece pensada exactamente para ti.
-Maestro, espera. Voy por María. ¡Tiene mucha sed de conocer tu doctrina! …
Mientras Marta sale, los demás colocan los asientos en semicírculo en torno al de Jesús. Vuelven las dos hermanas y se sientan al lado de María Stma.
Jesús empieza a hablar:
-Unos pescadores salieron a mar abierto y echaron en el mar su red. Pasado un tiempo la subieron a bordo.
Trabajaban fatigosamente por orden de un patrón que les había encargado de la provisión de pescado selecto para su ciudad. Les había dicho: "De los peces malsanos o de poca calidad no os preocupéis siquiera de sacarlos a tierra.
Devolvedlos al mar. Otros pescadores los pescarán, pero, al ser pescadores de otro patrón, los llevarán a su ciudad: pues allí se consumen cosas malsanas, cosas que hacen cada vez más hórrida la ciudad de mi enemigo. Pero, en la mía, bella, luminosa, santa, no debe entrar ninguna cosa malsana".
Subida, pues, a bordo la red, los pescadores empezaron su trabajo de discernimiento. Había muchos peces y de distintos aspectos, tamaños y colores. Había peces de buen aspecto, pero llenos de espinas, con mal sabor, con un grueso vientre lleno de lodo, gusanos, hierbas pútridas que hacían peor todavía el sabor, ya de por sí malo, de la carne del pez. Había otros, por el contrario, de aspecto feo, con una cabeza que parecía la fea cara de un delincuente o de un monstruo de pesadilla; pero los pescadores sabían que su carne era exquisita. Otros, por ser insignificantes, pasaban desapercibidos. Los pescadores trabajaban y trabajaban. Ya las cestas estaban repletas de pescado exquisito. En la red quedaban los peces insignificantes.
“Bueno, vale, las cestas están repletas. Vamos a tirar todo el resto al mar" dijeron muchos de los pescadores.
Pero uno, que había hablado poco mientras los otros cantaban las magnificencias, o se burlaban, de todo pez que caía en sus manos, se quedó todavía hurgando en la red, y, entre las menudencias insignificantes, descubrió todavía dos o tres peces y los puso encima de to-dos los otros en las cestas. "¿Pero qué haces?" preguntaron los otros. "Las cestas ya están completas y bien presentadas.
Las echas a perder poniendo encima, atravesado, ese pez irrisorio. Da la impresión de que lo quieres celebrar como el mejor." "Dejadme, respondió aquél, que conozco este tipo de peces, sus cualidades y su exquisitez.
Ésta es la parábola, que termina con la bendición del patrón al pescador paciente, experto y silencioso, que ha sabido discernir entre la masa los mejores peces.
Escuchad ahora su aplicación.
El soberano de la ciudad bella, luminosa y santa, es el Señor. La ciudad es el Reino de los Cielos. Los pescadores, mis apóstoles. Los peces de la mar, la humanidad, compuesta por todo tipo de personas. Los peces buenos, los santos.
El patrón de la ciudad hórrida es Satanás. La ciudad hórrida, el Infierno. Sus pescadores son el mundo, la carne, las pasiones malas encarnadas en los siervos de Satanás, bien sean espirituales (demonios), o humanos (hombres corruptores de sus semejantes). Los peces malos, la humanidad no digna del Reino de los Cielos: los réprobos. Entre los pescadores de almas para la Ciudad de Dios habrá siempre unos que emularán la capacidad paciente del pescador que sabe buscar con perseverancia, en los estratos de la humanidad, donde sus otros compañeros, más impacientes, han separado sólo los que aparecían buenos a primera vista. Y, por desgracia, habrá también pescadores que, por ser demasiado distraídos y habladores -mientras que el trabajo de discernimiento exige atención y silencio para oír las voces de las almas y las indicaciones sobrenaturales-, no verán peces buenos, y los perderán. Y habrá otros que, por demasiada intransigencia, rechazarán a almas que si bien no son perfectas en cuanto a su aspecto exterior son excelentes en todo lo demás.
No os debe importar que uno de los peces que capturéis para mí muestre signos de pasadas luchas o presente mutilaciones producidas por muchas causas, si su espíritu no está lesionado. No debe importaros que uno de éstos, por librarse del Enemigo, se haya herido y se presente con estas heridas, si su interior da muestras de una clara voluntad de querer ser de Dios. Almas probadas, almas seguras; más que esas otras, que son como niñitos protegidos por sus pañales, su cuna y su mamá, y que duermen saciados y tranquilos, pero que en e1 futuro pueden, con la razón y la edad y las vicisitudes de la vida que van viniendo, dar dolorosas sorpresas de desviaciones morales.
Os recuerdo la parábola del hijo pródigo. Oiréis otras parábolas, pues seguiré buscando la manera de infundiros recta inteligencia en vuestra manera de distinguir las conciencias y de elegir los modos con que guiar las conciencias, que son singulares, y cada una, por tanto, tiene su modo especial de escuchar y reaccionar respecto a las tentaciones y las enseñanzas.
No creáis que sea fácil discernir espíritus. Todo lo contrario. Se necesita ojo espiritual enteramente iluminado de luz divina, intelecto penetrado de divina sabiduría infusa, posesión de las virtudes en forma heroica, en primer lugar la caridad. Se necesita capacidad de concentrarse en la meditación, porque cada alma es un texto oscuro que hay que leer y meditar. Se necesita una unión continua con Dios, olvidando todos los intereses egoístas; vivir para las almas y para Dios; superar prevenciones, resentimientos, antipatías; ser dulces como padres y férreos como guerreros (dulces para aconsejar y animar, férreos para decir: "Eso no te es lícito y no lo harás", o: "Eso se debe hacer y tú lo harás". Porque -pensadlo bien-muchas almas serán arrojadas a los estanques infernales. Pero no serán sólo almas de pecadores. También habrá almas de pescadores evangélicos: las de aquellos que hayan faltado a su ministerio, contribuyendo a la pérdida de muchos espíritus.
Llegará el día, el último de la tierra, el primero de la Jerusalén completada y eterna, en que los ángeles, como los pescadores de la parábola, separen a los justos de los malvados, para que, tras el decreto inexorable del Juez, los buenos pasen al Cielo y los malos al fuego eterno.
Entonces será manifestada la verdad acerca de los pescadores y los pescados, caerán las hipocresías y aparecerá el pueblo de Dios como es, con sus caudillos y los salvados por los caudillos. Veremos entonces que muchos de entre los más insignificantes en su aspecto exterior, o peor tratados externamente, serán esplendor del Cielo, y que los pescadores calmos y pacientes son los que más han hecho, y emitirán resplandor de gemas por el número de sus salvados.
La parábola queda, así, dicha y explicada.
-¿Y mi hermano?… ¡Oh! ¡Pero!… -Pedro lo mira, lo mira… luego mira a la Magdalena…
-No, Simón. Respecto a ella no tengo mérito. Lo ha hecho el Maestro solo -dice Andrés con franqueza.
-¿Pero entonces los otros pescadores, los de Satanás, cogen sólo los restos? -pregunta Felipe.
-Tratan de coger los mejores, los espíritus capaces de mayor prodigio de Gracia, y se sirven para ello de los propios hombres y de las tentaciones de éstos. ¡Hay muchos en el mundo que por un plato de lentejas renuncian a su primogenitura!
-Maestro, el otro día decías que muchos son los que se dejan seducir por cosas del mundo. ¿Serían también éstos de los que pescan para Satanás? -pregunta Santiago de Alfeo.
-Sí, hermano mío. En aquella parábola, el hombre se dejó seducir por el mucho dinero, que podía proporcionar mucho placer, y perdió así todos los derechos al Tesoro del Reino. En verdad os digo que de cien hombres sólo la tercera parte sabe resistir a la tentación del oro, o a otras seducciones, y de esta tercera parte sólo la mitad sabe hacerlo heroicamente.
El mundo muere asfixiado porque se carga voluntariamente de las ataduras del pecado. Vale más estar despojado de todo, que tener riquezas irrisorias e ilusorias. Sabed hacer como los joyeros sabios, que, habiendo tenido noticia de que en un lugar ha sido pescada una perla rarísima, no se preocupan de conservar en sus cofres muchas joyas modestas, sino que se liberan de todo para comprar aquella perla maravillosa.
-¿Pero entonces por qué Tú mismo estableces diferencias entre las misiones que das a las personas que te siguen, y dices que debemos considerar las misiones don de Dios? Deberíamos renunciar también a ellas, porque respecto al Reino de los Cielos no son tampoco más que migajas -dice Bartolomé.
-No migajas: son medios. Serían migajas, o, más aún, sucias briznas de paja, si vinieran a ser objetivo humano en la vida. Quienes se afanan para conseguir un puesto con miras a una ganancia humana hacen de ese puesto, aunque sea santo, una brizna de paja sucia. Mas si la misión es para vosotros obediente aceptación, gozoso deber, total holocausto, haréis de ella una perla singularísima. La misión, si se cumple sin reservas, es holocausto, martirio, gloria. Chorrea lágrimas, sudor, sangre. Pero forma una corona de eterna regalidad.
-¡No hay nada a lo que no sepas responder!
-¿Pero, me habéis entendido? ¿Comprendéis lo que digo con comparaciones sacadas de las cosas cotidianas, iluminadas -eso sí-con una luz sobrenatural que las hace ilustrativas de cosas eternas?
-Sí, Maestro.
-Acordaos, pues, del método para instruir a las turbas; porque este es uno de los secretos de los escribas y rabíes: recordar. En verdad os digo que cada uno de vosotros, instruido en la sabiduría de poseer el Reino de los Cielos, es semejante a un padre de familia que saca de su tesoro aquello que necesita su familia, usando cosas viejas y nuevas (pero todas con la única finalidad de procurar el bienestar a sus propios hijos). Ya no llueve.
Dejemos tranquilas a las mujeres. Vamos donde el anciano Tobías, que está para abrir sus ojos espirituales en las auroras del más allá. Paz a vosotras, mujeres.
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
-Quizás haya tormenta hoy, Maestro. ¿Ves allí aquellas franjas de plomo de detrás del Hermón cómo vienen hacia aquí? ¿Ves cómo se riza el lago? Mira qué soplos de tramontana alternados con oleadas calientes de siroco.
Torbellino de viento: signo cierto de tempestad.
-¿Dentro de cuánto tiempo, Simón?
-Antes del final de la hora prima. Mira cómo se apresuran a regresar los pescadores. Sienten el rumor del lago, que dentro de poco tendrá aspecto plomizo, luego se pondrá como la pez y luego vendrá la furia.
-¡Pero si parece muy tranquilo! -dice incrédulo Tomás.
-Tú conoces el oro, yo el agua. Sucederá como digo. Además no es una tempestad repentina. Se está preparando con signos claros. El agua está tranquila en la superficie, sólo ese fruncido que parece una nadería. ¡Pero, si fueras en barca! Sentirías como miles de avellanas golpear contra el casco y sacudir extrañamente la barca. El agua hierve ya debajo. Espera la señal del cielo y luego verás… Deja que la tramontana se anude con el siroco. Y luego… ¡Eh, mujeres, retirad lo que habéis tendido y poned al seguro vuestros animales. Dentro de poco van a llover piedras y baldes de agua.
Efectivamente, el cielo se va poniendo cada vez más verdastro, veteado de esquisto por la invasión continua de estratos de nubes que parecen eruptadas por el gran Hermón y que repelen la aurora hacia el lugar de donde ha venido, como si la hora retrocediera hacia la noche en vez de avanzar hacia el mediodía. Sólo una lámina de sol, que pone una irreal pincelada de un amarillo-verde en la cima de una colina situada al suroeste de Cafarnaúm, se resiste a huir de detrás de la barricada de nubes de pez. El lago ya ha pasado de azul a negro-azul y las primeras espumas, ligeras, quebradas, de las cabrillas, sobre esa agua oscura, parecen de un blanco irreal. Ya no hay ninguna barca en el lago. Los hombres se apresuran a sacar las barcas al guijarral de la orilla, a poner en su sitio redes, cestas, velas y-remos; o, si se trata de campesinos, a retirar los productos agrícolas, a asegurar estacas y junturas, a cerrar en los establos a los animales; y las mujeres van de prisa a la fuente, antes de que empiece a llover, o reagrupan a los niños que se habían levantado con el primer sol, y los mueven hacia casa, y cierran las puertas, diligentes como cluecas que perciben próximo el granizo.
-Simón, ven conmigo. Llama también al sirviente de Marta y a Santiago, mi hermano. Coge una tela gruesa, gruesa y grande. Hay dos mujeres en el camino. Hay que salir a su encuentro.
Pedro lo mira con curiosidad, pero obedece sin perder tiempo. Sólo cuando ya están en el camino, atravesando rápidamente el pueblo hacia el Sur, Simón pregunta:
-Pero, ¿quiénes son?
-Mi Madre y María de Magdala.
La sorpresa es tal que Pedro se detiene un momento como clavado en el suelo y dice:
-¿Tú Madre y María de Magdala? ¿Juntas?
Luego reemprende el camino, corriendo, porque Jesús no se ha parado, ni tampoco Santiago y el sirviente. Pero vuelve a decir:
-¡Tú Madre y María de Magdala! ¡Juntas!… Pero, ¿desde cuándo?
-Desde cuando no es sino María de Jesús. Date prisa Simón, que empiezan a caer las primeras gotas…
Y Pedro se esfuerza en seguir el paso de sus compañeros, todos más altos y ligeros que él.
El viento alza ahora nubes de polvo del camino reseco; es un viento que por momentos se hace más fuerte, un viento que rompe el lago y lo alza en crestas de olas que ya se estrellan, con un primer estruendo, contra la playa.
Cuando es posible ver el lago, se le ve convertido en un enorme caldero en pleno furor de ebullición. Olas de, al menos, un metro de altas lo recorren en todas las direcciones, se entrechocan, crecen fundiéndose, se separan corriendo en direcciones opuestas en busca de otra ola con que chocarse: todo un duelo de espuma, de crestas, de prominencias abultadas, de estruendos, de bramidos, de embates contra las casas más cercanas a la orilla. Cuando las casas impiden la vista, el lago hace constar su presencia con su fragor, que supera al silbido del viento que comba los árboles, arranca hojas y hace caer frutos, y también al retumbo de los truenos largos, amenazadores, precedidos de relámpagos cada vez más frecuentes y potentes.
-¡A saber cuánto miedo tendrán esas mujeres! -resopla Pedro jadeando.
-Mi Madre no. No sé la otra. Pero, lo que está claro es que si no nos damos prisa se van a calar.
Ya han dejado Cafarnaúm a unos cien metros cuando, entre nubes de polvo, en medio del primer estruendo de un aguacero que cae oblicuo y violento rayando el aire oscuro, y que pronto es una verdadera catarata que se transforma en polvo, y ciega, y corta la respiración, se ve correr a una pareja de mujeres buscando amparo bajo algún árbol frondoso.
-¡Ahí están! ¡Corramos!
Pero Pedro, aunque su amor por María le ponga alas, con sus piernas cortas y ciertamente no de corredor, llega cuando Jesús y Santiago ya tienen recogidas a las mujeres bajo un tupido pedazo de vela.
-Aquí no se puede estar. Hay peligro de rayos y dentro de poco el camino será un torrente. Vamos, Maestro; al menos hasta la primera casa -dice Pedro jadeando.
Y van andando, con las mujeres en el centro, con el telón extendido apoyado sobre sus cabezas y espaldas.
La primera palabra que Jesús dice a la Magdalena, que lleva todavía el vestido de la noche del convite en casa de Simón -pero con un manto de María echado sobre los hombros- es ésta:
-¿Tienes miedo, María?
Ella, que se ha mantenido siempre con la cabeza inclinada bajo el velo de su cabellera desordenada por la carrera, se ruboriza, agacha aún más la cabeza y susurra:
-No, Señor.
También la Virgen ha perdido las horquillas y parece una niña con las trenzas cayéndole sobre los hombros. Sonríe a su Hijo, que está a su lado y le habla con esa sonrisa propia suya.
-Estás muy mojada, María -dice Santiago de Alfeo tocando el velo y el manto de la Virgen.
-No importa. Ahora ya no nos mojamos. ¿Verdad, María? Él nos ha salvado también de la lluvia -dice dulcemente María a la Magdalena (comprende el penoso empacho que siente).
Ésta asiente con la cabeza.
-Tu hermana se pondrá contenta al verte otra vez. Está en Cafarnaúm. Te buscaba -dice Jesús.
María alza un momento la cabeza y fija sus espléndidos ojos en el rostro de Jesús -que le habla con la misma naturalidad que usa con las otras discípulas-, pero no dice nada. Siente un nudo en la garganta por demasiadas emociones.
Jesús termina:
-Me alegro de haberla retenido. Podréis marcharos después de que os bendiga.
La palabra se pierde en el estallido seco de un rayo que ha caído cerca. La Magdalena reacciona con un gesto de miedo. Se lleva las manos a la cara, se pliega y rompe a llorar.
-¡No tengas miedo, que ya ha pasado! Además, con Jesús no se debe tener miedo nunca -conforta Pedro.
También Santiago, que está al lado de la Magdalena, dice:
-No llores, que ya están cerca las casas.
-No lloro de miedo… Lloro porque me ha dicho que me va a bendecir… Yo… yo… -y no puede decir nada más.
La Virgen interviene para calmarla diciendo:
-Tú, María, ya has pasado tu tempestad. No pienses más en ello. Ahora todo es cielo sereno y paz. ¿No es verdad, Hijo mío?
-Sí, Madre. Es todo verdad. Dentro de poco saldrá de nuevo el sol y todo se verá más hermoso, limpio, fresco, que ayer. Pues igual para ti, María.
La Madre interviene de nuevo, apretando la mano de la Magdalena:
-Referiré a Marta tus palabras. Me siento feliz de poderla ver enseguida y decirle cuán llena de buena voluntad está su María.
Pedro, chapoteando en el lodo y tomándose con paciencia el diluvio, sale de debajo del toldo para ir hacia una casa a pedir cobijo.
-No, Simón. Preferimos todos volver a nuestra casa. ¿No es verdad? -dice Jesús.
Todos asienten y Pedro regresa al toldo.
Cafarnaúm es un desierto. Se han adueñado de ella viento, lluvia, truenos, relámpagos, y ahora el granizo, que suena y rebota en terrazas y fachadas. El lago está de una terribilidad imponente. Las casas cercanas a él sufren las embestidas de las olas, pues la playita ya no existe. Las barcas, aseguradas cerca de las casas, están tan llenas de agua, que parece hubieran naufragado, y cada nuevo golpe de mar aumenta el agua, haciendo que rebose la que ya tenían.
Entran corriendo en el huerto, que ahora es un enorme charco en que flotan detritos en el agua fangosa; del huerto van a la cocina, donde están todos reunidos.
El grito de Marta, cuando ve a su hermana de la mano de María, es agudo. Se echa a su cuello -sin sentir cuánto se moja al hacerlo-, la besa, le dice:
-¡Mirí, Mirí, tesoro mío!
Quizás es el diminutivo afectuoso que usaban para la Magdalena cuando era pequeñita.
María llora, encorvada, con la cabeza apoyada en el hombro fraterno, revistiendo el indumento oscuro de Marta con un tupido velo de oro (única cosa que resplandece en la oscura cocina, en que sólo hay un fueguecillo de hornija para romper las tinieblas que no es capaz de vencer por sí sola una lamparita encendida).
Los apóstoles se han quedado de piedra, y también el dueño de la casa, y la dueña, que se han asomado al oír el grito de Marta; pero éstos, pasado el primer momento de curiosidad comprensible, se retiran discretamente.
Sedada un poco la vehemencia de los abrazos, Marta se acuerda de Jesús, de María, del hecho llamativo de que hayan venido todos juntos, y pregunta a su hermana, a la Virgen, a Jesús (no sabría decir a quién de ellos con más insistencia):
-¿Pero cómo es que venís todos juntos?
-Marta, la tormenta estaba llegando. He salido, con Simón, Santiago y tu sirviente, al encuentro de las dos peregrinas.
Marta está tan atónita que no se para a pensar en el hecho de que Jesús haya salido con tanta seguridad al encuentro de ellas y no pregunta: « ¿Pero lo sabías?».
Es Tomás quien se lo pregunta a Jesús. Pero no obtiene respuesta, porque Marta le dice a su hermana:
-¿Pero cómo es que estabas con María?
La Magdalena agacha la cabeza.
La socorre la Virgen, tomándola de la mano y diciendo:
-Vino a verme como la peregrina que se dirige a donde le pueden indicar el camino que debe recorrer para llegar a la meta; y me dijo: "Enséñame lo que debo hacer para ser de Jesús". Dado que en ella hay voluntad verdadera y total, enseguida ha comprendido y captado esta sabiduría.
Y yo la he visto enseguida preparada para tomarla de la mano, así, y traerla a tu presencia, Hijo mío, a tu presencia, Marta buena, a vuestra presencia, hermanos discípulos, y deciros: "He aquí a la discípula y hermana que no dará sino alegrías espirituales a su Señor y a sus hermanos". Os pido a todos que me creáis y que la améis como Jesús y yo la amamos.
Entonces los apóstoles se acercan y saludan a la nueva hermana. No se puede decir que no haya algo de curiosidad… ¡Pues claro! Todavía queda su humanidad…
Es el buen sentido de Pedro el que dice:
-Todo bien, sí. Vosotros le aseguráis ayuda y santa amistad; pero habría que pensar en que esta Madre y esta hermana están caladas… También nosotros, verdaderamente… Pero para ellas es peor. Su pelo chorrea agua como sauces después de un huracán; sus vestidos están mojados y embarrados. Vamos a hacer fuego, pidamos otros vestidos, preparemos comida caliente…
Todos colaboran. Marta lleva a la habitación a las dos caladas viajeras. Mientras tanto, avivan el fuego, tienden delante de la llama los mantos, los velos y vestidos empapados. No sé qué preparan allí. Sí sé que Marta, recuperada su energía de magnífica mujer de casa, va y viene solícita, con baldes de agua caliente, tazas de leche humeantes, vestidos prestados por la dueña de la casa… para socorrer a las dos Marías…
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Jesús se encuentra en el camino que desde el lago Merón va hacia el de Galilea. Con Él están Simón Zelote y Bartolomé. Parece que esperan a los demás, junto a un torrente que, aunque esté reducido a un hilo de agua, alimenta frondosos árboles; los otros están llegando desde dos partes distintas.
Es un día tórrido. No obstante, mucha gente ha seguido a los tres grupos, que deben haber predicado por los campos, encaminando a los enfermos hacia el grupo de Jesús y reservándose predicar sobre Él a los sanos. Hay muchos que han sido agraciados con milagros y forman ahora un grupo feliz, sentado entre los árboles; su alegría es tal, que no sienten siquiera el cansancio producido por el calor, el polvo, la luz cegadora; mientras que todas estas cosas hacen sufrir, y no poco, a los demás.
Cuando el grupo capitaneado por Judas Tadeo llega -es el primero-adonde Jesús, se manifiesta evidente el cansancio de todos los que lo forman y de los que vienen detrás. El último es el grupo capitaneado por Pedro; vienen en él muchos de Corazín y Betsaida.
-Hemos hecho lo que estaba previsto, Maestro. Pero haría falta ser muchos grupos… Ya ves… andar mucho no se puede, por el calor. ¿Qué hacemos, entonces? El mundo parece ensancharse más cuantas más cosas tenemos que hacer, porque los pueblos se desperdigan y se alargan las distancias. No me había percatado nunca de que fuera tan grande Galilea. Estamos sólo en un rincón de ella, realmente en un rincón, y no logramos evangelizarla, de tan grande como es y de tantas necesidades y tanto deseo de ti como hay -suspira Pedro.
-No es que el mundo crezca, Simón. Lo que crece es el conocimiento de nuestro Maestro -responde Tadeo.
-Sí, es verdad. Mira cuánta gente. Algunos nos siguen desde esta mañana. Durante las horas de calor, nos hemos refugiado en un bosque. Pero incluso ahora, que se acerca el atardecer, es un sufrimiento el caminar. Y estos pobrecillos están mucho más lejos de casa que nosotros. No sé cómo nos las vamos a arreglar si sigue aumentando todo a este ritmo… -dice Santiago de Zebedeo.
-En Octubre vendrán también los pastores -dice Andrés para consolar.
-¡Sí! ¡Ya! Pastores, discípulos… ¡maravillosos! Pero son útiles sólo para decir: “Jesús es el Salvador. Está allí". Nada más -
responde Pedro. -Al menos la gente sabrá dónde encontrarlo. Ahora, sin embargo… nosotros venimos aquí y ellos corren aquí; mientras ellos vienen aquí, nosotros vamos allá, y ellos tienen que correr detrás de nosotros… Y con niños y enfermos no es muy cómodo. Jesús habla:
-Tienes razón, Simón-Pedro. También siento Yo compasión de estas almas y de estas turbas. Para muchos el no encontrarme en un momento dado puede ser causa irreparable de desventura. Observad qué cansados están y cuán desorientados se sienten los que no poseen aún la certeza de mi Verdad; y cuán hambrientos los que han gustado mi palabra y ya no saben estar sin ella, y ninguna otra palabra los satisface. Asemejan a ovejas sin pastor, que vagan no encontrando a alguien que las guíe y lleve a pastar. Yo les seré próvido. Pero vosotros tenéis que ayudarme, con todas vuestras fuerzas espirituales, morales y físicas.
Dejaréis de formar grupos numerosos; debéis saber ir de dos en dos. Mandaremos en parejas a los discípulos mejores. La mies es verdaderamente mucha. En verano os prepararé para esta gran misión.
Para Tammuz contaremos con Isaac, que vendrá con los mejores discípulos; y os prepararé. De todas formas, no seréis todavía suficientes, porque la mies es verdaderamente mucha y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la tierra que envíe muchos obreros a su mies.
-Sí, mi Señor, pero ello no modificará mucho la situación de éstos que te buscan -dice Santiago de Alfeo.
-¿Por qué, hermano?
-Porque buscan no sólo doctrina y palabra de Vida, sino también remedio a sus flaquezas, a sus enfermedades, a toda tara de su parte inferior o superior causada por la vida o por Satanás. Y esto sólo Tú lo puedes hacer, porque en ti está el Poder.
-Los que son una sola cosa conmigo llegarán a hacer lo que Yo hago, y los pobres recibirán ayuda en todas sus miserias. Pero aún no tenéis en vosotros lo necesario para esto. Esforzaos en superaros a vosotros mismos, en aplastar vuestra humanidad para que triunfe el espíritu. No asimiléis sólo mi palabra sino también su espíritu, o sea, santificaos por ella; entonces todo lo podréis. Mas ahora vamos a manifestarles mi palabra, dado que no quieren marcharse sin que Yo les dé la palabra de Dios. Luego volveremos a Cafarnaúm. También allí habrá quien nos esté esperando…
Señor, pero ¿es verdad que María de Magdala te ha pedido perdón en casa del fariseo?
-Es verdad, Tomás.
-¿Y se lo has dado? -pregunta Felipe.
-Se lo he dado.
-Pero… ¡has hecho mal, ¿no?! -exclama Bartolomé.
-¿Por qué? Era un arrepentimiento sincero y merecía perdón.
-Pero no debías darlo en esa casa, públicamente… -dice en tono de reproche Judas Iscariote.
-No veo en qué he errado.
-En esto: Tú sabes quiénes son los fariseos, cuántas argucias tienen en su cabeza, cómo te vigilan; cómo te calumnian, cómo te odian. Tenías uno de ellos, en Cafarnaúm, que era amigo tuyo: Simón. Y llamas a su casa a una prostituta para profanar la casa y escandalizar al amigo Simón.
-No la llamé Yo; vino ella. No era una prostituta; era una mujer arrepentida. Todo esto cambia mucho la cosa. Si antes no sentían asco de estar a su lado, si no han sentido nunca asco de desearla, incluso en mi presencia, tampoco ahora que ella ya no es una carne sino un alma deben sentirlo por verla entrar para arrodillarse a mis pies y llorar acusándose, humillándose con su pública, humilde confesión totalmente presente en su llanto.
La casa de Simón fariseo ha recibido santificación por un milagro grande: la resurrección de un alma. En la plaza de Cafarnaúm, hace cinco días, me preguntaba: "¿Has hecho sólo ese milagro?", y me respondía por su cuenta: "¡No, claro!", porque había deseado mucho ver uno. Pues se lo he dado. Lo he elegido para testigo, paraninfo, de estos esponsales del alma con la Gracia. Debería sentirse orgulloso.
-Pues, sin embargo, está escandalizado. Quizás has perdido un amigo.
-He encontrado un alma. Merece la pena perder la amistad de un hombre, su pobre amistad de hombre, con tal de devolver a un alma la amistad con Dios.
-Es inútil. Contigo no se puede mantener humana reflexión. ¡Estamos en la tierra, Maestro! Recuérdalo. Aquí mandan las leyes y las ideas de la tierra. Tú actúas con el método del Cielo, te mueves en el Cielo que tienes en tu corazón, ves todo a través de luces de Cielo. ¡Pobre Maestro mío! ¡Cuán divinamente inepto eres para vivir entre nosotros los perversos! -Judas Iscariote lo abraza -maravillado y desolado-y termina: «Y me duele el que te crees tantos enemigos por demasiada perfección.
-No te duela, Judas. Está escrito que debe ser así. Pero, ¿cómo sabes que Simón se siente ofendido?
-No ha dicho que se sienta ofendido, pero, a mí y a Tomás, nos ha dado a entender que aquello no se debía haber hecho; no debías haberla invitado a su casa, donde sólo entran personas honestas.
-¡Bueno, sobre la honestidad de los que van a casa de Simón mejor no seguir! -dice Pedro.
Y Mateo:
-Yo podría decir que el sudor de las prostitutas ha goteado en repetidas ocasiones en los suelos, en las mesas y… en otros s itios, de la casa de Simón el fariseo.
-Pero no públicamente -rebate Judas Iscariote.
-No. Con hipocresía para esconderlo.
-Pues cambia la cosa.
-Cambia también la entrada de una prostituta que entra para decir: "Dejo mi pecado infame", respecto a la de una que entra para decir: "Aquí me tienes para cumplir el pecado juntos".
-Mateo tiene razón -dicen todos.
-Sí, tiene razón. Pero ellos no piensan como nosotros, y es necesario llegar a un acuerdo con ellos, adaptarse a ellos para tenerlos como amigos.
-Eso nunca, Judas. En la verdad, en la honestidad, en la conducta moral, no hay ni adaptaciones ni acuerdos -dice imperioso Jesús, para terminar: «Y, además, Yo sé que he actuado bien y para el bien, y basta. Vamos a despedir a estas personas cansadas.
Y se acerca a los que, diseminados bajo los árboles, miran en dirección a Él con ansia de oírlo.
-Paz a todos vosotros que, salvando estadios y soportando el intenso sol, habéis venido a oír la Buena Nueva.
En verdad os digo que estáis empezando a entender realmente lo que es el Reino de Dios y también cuán valioso es poseerlo y cuán dichoso pertenecer a él. De forma que cualquier tipo de esfuerzo pierde para vosotros ese valor que para otros tiene, porque el espíritu impera en vosotros y dice a la carne: "Regocíjate si te oprimo, porque lo hago por tu bienaventuranza. Cuando te reúnas conmigo, después de la resurrección final, me amarás por todo cuanto te subyugué y verás en mí a tu segundo salvador". ¿No habla así vuestro espíritu?
-¡Sí, sí que habla así!
Al presente, basáis vuestro comportamiento en la enseñanza de mis lejanas parábolas, pero ahora os voy a ofrecer otras luces para que os enamoréis, cada vez más, de este Reino de valor inconmensurable que os espera.
Escuchad: Un hombre, que había ido a un campo por casualidad a buscar mantillo para llevarlo a su huerta, al excavar fatigosamente en la tierra dura, debajo de algún estrato, se encuentra un filón de metal precioso. ¿Qué hace entonces aquel hombre? Vuelve a tapar con tierra lo que ha encontrado. No le importa tener que trabajar más, porque el descubrimiento compensa la fatiga. Luego va a su casa, empieza a juntar todos sus bienes en dinero y en objetos, y estos últimos los vende para sacar mucho dinero. Cuando logra juntar todo, se presenta al dueño del campo y le dice: "Me gusta tu campo. ¿Cuánto quieres por vendérmelo?". "No, no lo vendo" responde el otro. Mas el hombre ofrece sumas cada vez más fuertes, exageradas en relación al valor del campo, y termina convenciendo al dueño, que piensa: "¡Este hombre es un loco! Bien, pues, dado que está loco, me aprovecho. Tomo la suma que me ofrece. No es engaño porque es él quien me la quiere dar.
Con el dinero me compraré al menos otros tres campos, y de mayor calidad". Y vende, convencido de haber cerrado un espléndido trato. Sin embargo, es el otro el que cierra un espléndido trato, porque se priva de objetos que puede robar el ladrón o que puede perder o que se consumirán, pero se procura un tesoro que, por ser verdadero, natural, es inagotable. Le compensa, por tanto, el haber sacrificado todo lo que tenía por esta compra; se queda durante algo de tiempo sólo con la propiedad del campo, pero en realidad posee para siempre el tesoro que allí se esconde.
Vosotros habéis entendido esto y hacéis como el hombre de la parábola. Dejáis las efímeras riquezas para poseer el Reino de los Cielos. Se las vendéis a los necios del mundo; se las cedéis y aceptáis el escarnio del mundo, que juzga estúpido vuestro modo de actuar. Actuad así, siempre así, y vuestro Padre que está en los Cielos, jubiloso, un día os dará vuestro lugar en el Reino.
Volved a vuestras casas antes de que llegue el sábado. En el día del Señor, pensad en la parábola del tesoro del Reino celeste. La paz sea con vosotros.
La gente se dispersa, lentamente, por los caminos y senderos de la campiña, mientras Jesús se dirige a Cafarnaúm en la tarde que declina.
Llega ya de noche. Atraviesan en silencio la ciudad silenciosa bajo la luz de la luna, única fuente luminosa existente en las callejuelas oscuras y mal pavimentadas. Entran, también en silencio, en el pequeño huerto de al lado de la casa, creyendo que todos están acostados. Pero una luz arde en la cocina, y tres sombras, móviles por el movimiento de la leve llama, se proyectan sobre la pared blanca del horno cercano.
-Te esperan, Maestro. ¡Así no se puede continuar! Ahora mismo voy a decirles que estás demasiado cansado. Tú, mientras, sube a la terraza.
-No, Simón. Voy a entrar en la cocina. Si Tomás tiene a estas personas esperando, es señal de que hay un serio motivo.
Pero los que estaban dentro ya han oído el bisbiseo, y Tomás, que es el dueño de la casa, se asoma al umbral de la puerta.
-Maestro, está aquí la dama de otras veces. Te está esperando desde ayer a la hora del ocaso. Ha venido con un sirviente -y añade en voz baja: «Está muy inquieta y no para de llorar…».
-Bien. Dile que suba arriba. ¿Dónde ha dormido?
-No quería dormir, pero, al final, durante unas horas, se retiró, ya casi al alba, a mi habitación. A1 sirviente le he ofrecido una de vuestras camas para dormir.
-Bien. Dormirá también esta noche, y tú dormirás en la mía.
-No, Maestro. En la terraza, sobre unas esteras. Dormiré bien igualmente.
Jesús sube a la terraza… y Marta también.
-Paz a ti, Marta.
Un sollozo como respuesta.
-¿Todavía llanto? ¿Pero no estás contenta?
Marta niega con la cabeza.
-¿Y por qué?…
Larga pausa llena de sollozos. A1 final, gimiendo, dice:
-Han pasado muchas tardes y María no ha vuelto. No sabemos dónde está. No la hemos encontrado ni yo ni Marcela ni la nodriza… Había pedido el carro y había salido. Iba vestida pomposamente… ¡Oh, no había querido llevar otra vez mi vestido!… No iba semidesnuda-tiene también de esos vestidos-, pero iba muy provocativa… Y tomó consigo joyas y perfumes… Y no ha vuelto. A1 llegar a las primeras casas de Cafarnaúm se despidió del sirviente diciéndole: "Volveré con otra compañía". Pero no ha vuelto. ¡Nos ha engañado!… o se ha sentido sola, quizás tentada… o le ha sucedido algo malo… No ha vuelto…
Y Marta cae de rodillas, y llora apoyando la cabeza sobre el antebrazo, apoyado a su vez en un montón de sacos vacíos.
Jesús la mira y dice lentamente y seguro, dominador:
-No llores. Hace tres noches María fue a donde Yo estaba. Me ungió los pies, depositó a mis pies todas sus joyas. Así se ha consagrado, y para siempre, y ha entrado a formar parte de mis discípulas. No la denigres en tu corazón. Te ha superado.
-¿Pero dónde está mi hermana? -grita Marta alzando un rostro desencajado -¿Por qué no ha vuelto a casa? ¿Es que la han agredido? ¿Ha tomado una barca y se ha ahogado? ¿Algún amante repelido la ha raptado? ¡Oh, María, mi María! ¡Acababa de hallarla y ya la he perdido!
Marta está realmente fuera de sí. Ya no piensa siquiera en que los que están abajo la pueden oír; no piensa ya que Jesús le puede decir dónde está su hermana; se desespera sin reflexionar en nada.
Jesús la sujeta por las muñecas y la obliga a estar quieta, a escucharlo, dominándola con su alta estatura y su mirada magnética:
-¡Basta! Quiero de ti fe en mis palabras. Quiero de ti generosidad. ¿Comprendido?
No la suelta hasta que Marta se serena un poco.
-Tu hermana ha ido a saborear su gozo rodeándose de santa soledad, porque experimenta el supersensible pudor de los
redimidos. Ya te lo había dicho. No puede soportar la mirada, dulce pero escrutadora, de su familia, que observa su nuevo vestido de novia de la Gracia. Y lo que Yo digo es siempre verdad. Debes creerme.
-Sí, Señor, sí. Pero mi María ha pertenecido demasiado al demonio. Enseguida la ha atrapado de nuevo, él…
-Él se venga en ti de la presa que ha perdido para siempre. ¿Voy a tener que presenciar cómo tú, la fuerte, caes víctima suya por un momento de abatimiento demente que no tiene razón de ser? ¿Tendré que presenciar cómo, por ella que ahora cree en mí, pierdes esa hermosa fe que siempre he visto en ti? ¡Marta! ¡Mírame bien! ¡Escúchame a mí, no a Satanás!
¿No sabes que cuando se ve obligado a soltar la presa por una victoria de Dios sobre él, este incansable torturador de los seres, este incansable depredador de los derechos de Dios, se pone inmediatamente manos a la obra para encontrar otras víctimas? ¿No sabes que lo que afianza la curación del espíritu de otro son las torturas que sufre un tercero, que resiste a los asaltos porque es bueno y fiel?
¿No sabes que todo lo que acaece y lo que existe en la Creación está relacionado y sigue una ley eterna de dependencias y consecuencias, de forma que el acto de uno produce vastísimas repercusiones naturales y sobrenaturales? Tú estás llorando aquí, aquí estás conociendo la duda atroz, y, a pesar de todo, permaneces fiel a tu Cristo en esta hora de tinieblas; allá, en un lugar que desconoces, María está sintiendo disolverse la última duda sobre la infinitud del perdón que ha recibido, y su llanto se transforma en sonrisa, sus sombras en luz.
Tu tormento la ha guiado al lugar de la paz, al lugar de regeneración de las almas, al lado de la Generadora sin mancha, junto a Aquella que tanto es Vida, que le ha sido otorgado dar al mundo al Cristo, que es la Vida. Tu hermana está con mi Madre. No es la primera que pliega velas en ese puerto de paz habiéndola llamado el rayo de la viva Estrella María a aquel seno de amor, por amor, mudo y activo, de su Hijo. Tu hermana está en Nazaret.
-Pero, ¿cómo ha ido si no conoce a tu Madre, ni tu casa?… Sola… De noche… Sin los medios necesarios… Vestida así… Mucho camino… ¿Cómo?
-¿Cómo? Como va la golondrina cansada al nido natal, atravesando mares y montes, contra tempestades, nieblas y viento contrario; como van las golondrinas a los lugares donde pasan el invierno: por el instinto que las guía, el suave calor que las invita, el sol que las reclama. Pues también ella ha acudido al rayo que la convocaba… a la Madre universal. Y la veremos regresar a la aurora, feliz… dejadas para siempre las tinieblas, con una madre a su lado, la mía, y para no volver a ser huérfana nunca más. ¿Puedes creer esto?
-Sí, mi Señor.
Marta está como embelesada. En efecto, Jesús se ha mostrado verdaderamente dominador: alto, erguido -y, no obstante, un poco curvado hacia Marta, que estaba arrodillada -, ha hablado lenta pero incisivamente, casi como para transfundir su propio ser en la agitada discípula. Pocas veces lo he visto con esta potencia para persuadir con la palabra a alguien que lo escucha. ¡Pero, al final, qué luz, qué sonrisa en su cara! Marta lo refleja con una sonrisa y una luz más difuminada en su propio rostro.
-Y ahora ve a descansar. Con paz.
Y Marta le besa las manos y baja tranquilizada…
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Veo una sala riquísima.
De su centro pende una valiosa lámpara de muchas boquillas, toda encendida. En las paredes hay tapices bellísimos; hay también sillas taraceadas, revestidas de marfil y ricas láminas; y muebles muy bonitos.
En el centro hay una mesa de grandes dimensiones, formada por cuatro tablas unidas en forma de rectángulo. La mesa está preparada con esta disposición a causa de los muchos convidados (todos hombres) y aparejada con bellísimos manteles y rica vajilla.
Hay ánforas y copas preciosas. Muchos son los servidores que se mueven en torno a ella, trayendo manjares y escanciando vinos. En el centro del cuadrado no hay nadie; veo el suelo (es muy bonito y refleja la luz de la lámpara, que es de aceite). Por la parte externa, sin embargo, hay muchos lechos-asiento, todos ocupados por los comensales.
Tengo la impresión de estar en el ángulo semioscuro situado en el fondo de la sala, junto a una puerta que está abierta de par en par hacia el exterior, pero, al mismo tiempo, cerrada con una tupida cortina, o tapiz, que cuelga de su dintel.
En el lado más alejado de la puerta, está el jefe de la casa con los invitados más importantes. Es un hombre más bien anciano, vestido con una amplia túnica blanca ceñida a la cintura con un cinturón recamado. La túnica tiene también, en el cuello, bocamangas y bajos, las orillas bordadas (aplicadas como cintas bordadas; o galones, si prefiere llamarlos así). Pero la cara de este hombre no me gusta: es una cara maligna, fría, soberbia y ávida.
En el lado opuesto, frente a él, está mi Jesús. Lo veo de costado, diría que casi por detrás, a espaldas de Él.
Lleva su habitual túnica blanca, las sandalias, los cabellos bipartidos sobre la frente y largos como siempre.
Noto que tanto Él como los demás comensales no se sientan como creía que uno se sentase en esos lechos-asiento, o sea, perpendicularmente respecto a la mesa, sino paralelamente. En la visión de las bodas de Caná no había prestado mucha atención a este detalle; había visto que comían apoyados sobre el codo izquierdo, pero me parecía que estaban menos echados (quizás porque los lechos eran menos lujosos y mucho más cortos). Éstos son verdaderos lechos, asemejan a los modernos divanes de tipo turco.
Jesús tiene a su lado a Juan y, dado que Jesús está apoyado con el codo izquierdo (como todos). Juan está metido entre la mesa y el cuerpo del Señor; llegando con su codo a la altura de la ingle del Maestro, de modo que no le estorba a Jesús para comer y puede, si quiere, apoyarse confidencialmente en su pecho.
No hay ninguna mujer. Todos hablan. El dueño de la casa, de vez en cuando, con afectada condescendencia y evidente ostentación de complacencia, se dirige a Jesús (se ve claramente que quiere demostrarle -y demostrárselo a todos los presentes que le ha hecho un gran honor invitándolo a su rica casa, a Él, un pobre profeta a quien se le considera, incluso, un poco exaltado)… Veo que Jesús responde con cortesía y sosiego. A quien le pregunta, le sonríe con su leve sonrisa; pero, si quien le habla es Juan -o aunque sólo lo mire-, entonces su sonrisa es luminosa.
Veo que alguien descorre la rica cortina que cubre el vano de la puerta. Entra una mujer joven, guapísima, ricamente vestida, peinada con esmero. Su abundantísima cabellera rubia forma sobre su cabeza un verdadero ornamento de mechones artísticamente entrecruzados; tan abundante es y tanto resplandece, que parece como si llevara un yelmo de oro labrado todo en relieve. Su indumento, si lo comparo con el que le he visto siempre a la Virgen María, diría que es muy excéntrico y complicado.
Hebillas en los hombros, joyas para sujetar los frunces de la parte superior del pecho, cadenitas de oro para delinear el pecho mismo, cinturón hecho de bullones de oro y gemas. Es un vestido audaz, que hace resaltar las líneas del bellísimo cuerpo de la mujer. En la cabeza lleva un velo, tan fino que… no vela nada; es sólo un detalle añadido a sus gracias, nada más. Calzan sus pies sandalias rojas muy ricas, de piel, con hebillas de oro, sujetas con lazos a la altura del tobillo.
Todos, menos Jesús, se vuelven a mirarla. Juan la observa un instante y luego se vuelve hacia Jesús. Los demás fijan su mirada en ella con visible y maligno deseo. Pero la mujer no los mira en absoluto, ni se preocupa del murmullo que ha levantado su presencia ni de las señas que hacen todos, excepto Jesús y el discípulo. Jesús se comporta como si no se hubiera dado cuenta de nada; sigue hablando hasta terminar la conversación que había entablado con el dueño de la casa.
La mujer va hacia Jesús, se arrodilla junto a los pies del Maestro. Deja en el suelo un pequeño recipiente de forma de ánfora de panza muy marcada, se quita el velo de la cabeza sacando el alfiler precioso que lo tenía prendido al pelo, se saca de los dedos los anillos, y deposita todo encima del lecho-asiento, junto a los pies de Jesús; luego toma entre sus manos los pies, primero el derecho, luego el izquierdo, desata las sandalias y los posa de nuevo en el suelo; luego, prorrumpiendo en grandes sollozos, besa estos pies, apoya en ellos su frente, se los acaricia para sí, y las lágrimas caen como una lluvia, que brilla bajo la llama de la lámpara y que recorre, formando hilos, la piel de estos pies adorables.
Jesús vuelve --casi nada-lentamente la cabeza, y su mirada azul oscura se deposita un instante sobre la cabeza vencida. Es una mirada absolutoria. Luego vuelve a la posición de mirar hacia el centro, mientras deja a la mujer que se desahogue libremente.
Los demás, no; ellos se intercambian comentarios mordaces, señas, sonrisas malignas. El fariseo se pone un momento en posición de sentado, para ver mejor; su mirada es entre ávida, preocupada e irónica: ávida de la mujer (este sentimiento es patente); preocupada por el hecho de que la mujer haya entrado con tanta libertad, lo cual podría hacer pensar a los otros que la recibe frecuentemente en su casa; irónica respecto a Jesús…
Pero la mujer no se percata de nada. Llora a mares, aunque sin gritos; sólo lagrimones y algún que otro sollozo. Luego se suelta los cabellos, extrayendo las horquillas de oro que sostenían el complejo peinado.
Deposita también estas horquillas al lado de los anillos y del alfiler de cabeza. Las madejas de oro se despliegan recorriendo la espalda de la mujer. Coge sus cabellos con las dos manos, se los lleva al pecho y los pasa por los pies mojados de Jesús, hasta que los ve secos. Luego mete sus dedos en la pequeña vasija y saca una pomada levemente amarillenta y olorosísima. Un perfume entre de azucena y nardo se propaga por toda la sala. La mujer extrae sin escatimar; extiende, unta, besa, acaricia.
Jesús, de tanto en tanto, la mira lleno de amorosa piedad. Juan, que se había vuelto sorprendido al oír el estallido de llanto, no sabe separar la mirada del grupo de Jesús y la mujer y mira alternativamente a uno y otro.
La cara del fariseo tiene una expresión cada vez más desabrida.
Oigo aquí las ya conocidas palabras del Evangelio, las oigo acompañadas de un tono y una mirada que le hacen agachar la cabeza al viejo resentido.
Oigo las palabras de absolución a la mujer, que se ha enrollado el velo alrededor de la cabeza, quedando más o menos recogida su cabellera despeinada, y ahora se marcha dejando a los pies de Jesús sus joyas. Jesús, al decirle:
«Ve en paz», le pone un instante la mano sobre su cabeza inclinada. Pero lo hace con grandísima dulzura.
Jesús ahora me dice:
-Lo que le ha hecho bajar la cabeza al fariseo -y también a sus compañeros-, y que no está escrito en el Evangelio, han sido las palabras que mi espíritu, a través de mi mirada, ha lanzado y clavado en esa alma yerma y ávida. He respondido mucho más de lo que está escrito, porque ningún pensamiento de los hombres me estaba celado. Y él ha entendido mi mudo lenguaje, más cargado aún de reproche que cuanto lo estaban mis palabras.
Le he dicho: "No. No hagas insinuaciones malvadas para justificarte ante ti mismo. Yo no tengo tu lujuria. Esta mujer no viene a mí por atracción sensual. Yo no soy tú, ni soy como tus semejantes. Viene a mí porque mi mirada y mi palabra, oída por pura coincidencia, le han iluminado el alma en que la lujuria había creado tinieblas. Y viene porque quiere vencer sobre la carne y ha comprendido, ¡pobre criatura!, que por sí sola no lo lograría nunca.
Ella ama en mí el espíritu, nada más que el espíritu, que siente sobrenaturalmente bueno. Después de tanto mal como ha recibido de todos vosotros, que os habéis aprovechado de su debilidad para vuestros vicios, correspondiéndole luego con los latigazos de vuestro desprecio, viene a mí porque percibe que ha encontrado el Bien, la Alegría, la Paz, que inútilmente ha buscado entre las pompas del mundo.
Procúrate la curación de esta lepra tuya de alma, ¡oh, fariseo hipócrita!, y recta visión en las cosas; depón la soberbia de la mente y la lujuria de la carne. Estas son lepras mucho más fétidas que las de vuestro cuerpo. De las últimas mi toque os puede curar porque por ellas me invocáis, pero de la lepra del espíritu no, porque no queréis liberaros de ella porque os gusta. Esta mujer, sin embargo, sí quiere. Por eso Yo la limpio, por eso la libero de las cadenas de su esclavitud. La pecadora ha muerto, ha quedado allí, en los adornos que ella se avergüenza de ofrecerme para que los santifique usándolos para atender mis necesidades y las de mis discípulos, para los pobres a quienes socorro con lo que a otros les es superfluo; porque se da el caso de que Yo, Dueño del Universo, ahora que soy el Salvador del hombre, no poseo nada. Ella está allí, en el perfume con que ha ungido mis pies, disminuido -como sus cabellos-en esa parte del cuerpo que tú no te has dignado refrescar con el agua de tu pozo, después de que he recorrido tanto camino para venir a traerte también a ti luz. La pecadora ha muerto, y ha renacido María, que ahora, por su vivo dolor y recto amor, tiene nuevamente la hermosura de una púdica muchacha. Ella se ha lavado en su llanto.
En verdad te digo, fariseo, que entre éste, que me ama con su juventud pura, y ésta, que me ama con la sincera contrición de un corazón renacido a la Gracia, no establezco diferencia, y que al Puro y a la Arrepentida les confío una misión, respectivamente: comprender mi pensamiento como nadie y dar a mi Cuerpo los últimos honores y el primer saludo (no cuento el saludo especial de mi Madre) cuando resucite".
Esto es cuanto quería decir con mi mirada al fariseo. Pero a ti te manifiesto otra cosa, para alegría tuya y de muchos.
En Betania, María repitió este gesto que signó el alba de su redención. Hay gestos personales que se repiten, y que denuncian el estilo propio de una persona. Son gestos inconfundibles. En Betania, de todas formas -y ello era justo-el gesto fue menos humillante y más confidencial, dentro de su actitud de reverente adoración. Mucho había caminado María desde aquel amanecer de su redención.
Mucho.
El amor, como viento veloz, la había impulsado consigo hacia arriba y hacia delante; el amor, como una hoguera, la había devorado y había destruido en ella la carne impura, y había proclamado señor en ella a un espíritu purificado. María, distinta por su renacida dignidad de mujer, distinta en su vestido, sencillo como el de mi Madre, y en su peinado; de mirada sencilla, de actitud sencilla, de palabra sencilla y nueva, ahora me honraba con el mismo gesto, pero de forma nueva: cogió el último de sus vasos de perfume, que había reservado para mí; me lo esparció sobre los pies, sin llanto, con mirada dichosa, por el amor y la seguridad de haber sido perdonada, y también sobre mi cabeza.
Ahora María podía, sí, ungirme y tocarme la cabeza. El arrepentimiento y el amor la habían purificado con el fuego de los serafines, y ella misma era un serafín.
Dítelo a ti misma, María (se dirige a María Valtorta), mi pequeña "voz", díselo a las almas. Ve, díselo a las almas que no se atreven a venir a mí porque se sienten culpables. Mucho, mucho, mucho se le perdona a quien mucho ama, a quien mucho me ama.
¿No sabéis, pobres almas, cómo os ama el Salvador! No tengáis miedo de mí. Venid. Con confianza. Con coraje. Que Yo os abro el Corazón y los brazos.
Recordad siempre esto: "No establezco diferencia entre aquel que me ama con su pureza íntegra y aquel que me ama en la sincera contrición de un corazón renacido a la Gracia". Soy el Salvador. No lo olvidéis nunca.
Ve en paz. Te bendigo.
Haciendo una digresión (explica María Valtorta), los temas de que hablaban los comensales -por lo que respecta a los que yo comprendía, o sea, aquellos que iban más específicamente dirigidos a Jesús-trataban sobre hechos de actualidad: los romanos; la Ley, que encontraba oposición en los romanos; también la misión de Jesús como Maestro de una nueva escuela.
Pero, detrás de la aparente benevolencia, se comprendía que eran preguntas viciosas y capciosas, para embrollarlo (cosa no fácil, porque Jesús, con pocas palabras, daba una respuesta precisa y concluyente a cada una de las cuestiones).
Por ejemplo, a la pregunta sobre cuál fuera en concreto la escuela o secta de que se había hecho nuevo maestro, respondió sencillamente:
-De la escuela de Dios. Es a Él a quien sigo en su santa Ley; de Dios me preocupo, para hacer que estos pequeñuelos -y miraba con amor a Juan, y en Juan a todos los rectos de corazón-la tengan renovada en toda su esencia, tal como era el día en que el Señor la promulgara en el Sinaí.
Devuelvo a los hombres a la Luz de Dios.
A otra pregunta, sobre qué pensaba del abuso del César, que se había hecho dominador de Palestina, había respondido:
-César es lo que es porque así lo quiere Dios. Recuerda lo que dice el profeta Isaías. ¿No llama, acaso, a Asur, por inspiración divina, "bastón" de su cólera, vara que azota al pueblo de Dios, que se ha separado demasiado de Él y finge externamente y en su espíritu? ¿Y no dice que, después de usarlo como castigo, lo quebrantará, porque abusará de su misión siendo demasiado soberbio y cruel?
Éstas son las dos respuestas que más me han impresionado.
Y esta noche mi Jesús me dice sonriendo:
-Te debería llamar como a Daniel. Eres la mujer de los deseos, te amo porque deseas intensamente a tu Dios.
Podría seguir diciéndote lo que mi ángel dijo a Daniel:
"No temas, porque desde el primer día en que aplicaste tu corazón a comprender y a afligirte en la presencia de Dios, han sido escuchadas tus oraciones; por ellas he venido". Pero no te está hablando el ángel; soy Yo: Jesús.
María: siempre que una persona "aplica su corazón a comprender", Yo me acerco. No soy un Dios duro y severo. Soy Misericordia viva. Más rápido que el pensamiento me acerco a quien a mí se vuelve. Y me acerqué veloz con mi espíritu también a la pobre María de Magdala, tan inmersa en su pecar, en cuanto sentí que surgía en ella el deseo de comprender: comprender la luz de Dios y su estado de tinieblas; y me hice Luz para ella.
Hablaba a muchos aquel día, pero verdad es que hablaba para ella sola. Sólo la veía a ella, que se había acercado movida por un violento repente de su alma, que se rebelaba contra la carne que la tenía sujeta. Sólo la veía a ella, con su rostro atormentado, con su forzada sonrisa, que escondía, bajo apariencia de falsa seguridad y alegría, que no eran sino desafío al mundo y a sí misma, mucho llanto íntimo. Sólo la veía a ella, mucho más enredada en las zarzas que la oveja extraviada de la parábola; a ella, que se anegaba en la náusea de su vida, náusea que emergía como esos embates profundos que sacan consigo el agua del fondo.
No dije grandes palabras, ni toqué un tema referido a ella, pecadora bien conocida, para no humillarla y obligarla a huir, a avergonzarse o a venir. La dejé tranquila. Dejé que mi palabra y mi mirada descendieran a su interior y que allí fermentasen para hacer de aquel impulso de un momento su glorioso futuro de santa.
Hablé con una de las más dulces parábolas, rayo de luz y bondad emanado exactamente para ella. "Y aquella noche, mientras ponía pie en casa del rico soberbio -en quien mi palabra no podía fermentar para transformarse en futura gloria, pues la mataba la soberbia farisaica-, ya sabía que ella vendría, después de haber llorado mucho en su habitación de vicio, después de haber decidido, a la luz de ese llanto, su futuro.
Los hombres, devorados por la lujuria, al verla entrar, se estremecieron en la carne y acusaron con el pensamiento. Todos la desearon, excepto los dos "puros" del convite: Yo y Juan. Todos pensaron que venía por uno de esos fáciles caprichos que verdadera posesión diabólica-la arrojaban a repentinas aventuras. Pero Satanás ya estaba vencido. Y todos, con envidia, pensaron, viendo que no se dirigía a ellos, que era Yo por quien venía.
El hombre, cuando no es sino hombre de carne y sangre, mancha siempre hasta las cosas más puras. Sólo los puros ven bien, porque el pecado no les turba el pensamiento.
Pero, María, no debe ser motivo de abatimiento el que el hombre no comprenda. Dios comprende, y es suficiente para el Cielo. La gloria que viene de los hombres no aumenta ni en un gramo la gloria que es destino de los elegidos en el Paraíso. Recuérdalo siempre.
La pobre María de Magdala fue siempre mal juzgada en sus actos buenos; no lo había sido en sus malas acciones, porque eran bocados de lujuria ofrecidos a la insaciable hambre de los lascivos. Fue criticada y juzgada mal en Naím, en casa del fariseo; criticada y objeto de reproche en Betania, en su casa.
Pero Juan, diciendo una gran palabra, da la clave de esta última crítica:
”Judas, porque era ladrón. Yo digo: "El fariseo y sus amigos porque eran lujuriosos". ¿Ves? La avidez de la carne, la avidez por el dinero, alzan su voz y critican el acto bueno. Los buenos no critican. Nunca. Comprenden.
Pero, repito, no importa la crítica del mundo; lo que importa es el juicio de Dios.
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Una clara aurora de verano que deshoja rosas en la seda crespa del lago. Jesús está para subir a la barca, cuando he aquí que llega Marta con su sierva:
-¡Maestro, escúchame por amor de Dios!
Jesús baja de nuevo a la orilla y dice a los apóstoles:
-Poneos en movimiento. Esperadme cerca del torrente.
Entretanto, preparad todo para la misión hacia Magedán. La Decápolis también espera la Palabra. Marchaos.
Y, mientras la barca zarpa y sale a zona abierta, Jesús va andando al lado de Marta, a quien Marcela sigue respetuosamente.
Se van alejando así del pueblo, caminando por la orilla: primero una faja arenosa, aunque ya salpicada de matas silvestres; enseguida, cubierta de vegetación, no ya horizontal sino asumiendo la dirección vertical, acometiendo las pendientes que se reflejan en el lago.
Cuando llegan a un lugar solitario, Jesús dice sonriendo:
-¿Qué me querías decir?
-Maestro, esta noche, poco después de la segunda vigilia, María ha vuelto a casa. ¡Ah… se me olvidaba decirte que, mientras estábamos comiendo, a la hora sexta, me había dicho: "¿Te importaría prestarme tu vestido y un manto?
Serán un poco cortos, pero si dejo suelta la túnica y llevo bajo el manto…". Yo le dije: "Coge lo que quieras, hermana mía".
El corazón me latía fuerte, porque antes en el jardín yo había dicho, hablando con Marcela: “Al atardecer tenemos que estar en Cafarnaúm, porque esta noche el Maestro va a hablar a la multitud", y había visto que María se sobresaltaba, que cambiaba de color; no sabía ya estar quieta, iba y venía de un lado para otro, sola, como angustiada, en vilo, como una persona que estuviera para tomar una decisión sin saber todavía qué aceptar y qué rechazar.
Después de la comida ha venido a mi habitación, ha cogido el vestido más oscuro que tenía, el más modesto; se lo ha probado y le ha pedido a la nodriza que bajase todo el jaletón porque era demasiado corto. Primero lo intentó ella, pero me confesó llorando: "Ya no sé coser. Todo lo útil y bueno lo he olvidado…", y me echó los brazos al cuello diciendo: "Reza por mí".
Salió de casa sola, hacia la hora del ocaso… ¡Cuánto oré para que no se encontrase con ninguno que le estorbara venir aquí, para que comprendiera tu palabra, para que lograse definitivamente estrangular al monstruo que la esclaviza!… Mira: me he puesto tu cinturón, bien ceñido debajo de los otros; cuando sentía la opresión del cuero duro en mi cintura, que no está habituada a cinturones tan recios, decía: "Él es más fuerte que todo".
Luego vinimos yo y Marcela. Con el carro es poco tiempo.
No sé si nos viste entre la gente… Pero, ¡qué dolor, qué espina en el corazón, al no ver a María! Pensaba: "Ha cambiado de idea. Se ha vuelto a casa..o ha huido porque no podía resistir mi imposición sobre ella, la que ella misma me había pedido".
Te escuchaba y lloraba bajo mi velo. Tus palabras parecían exactamente para ella… ¡y no las estaba oyendo! Lo pensaba porque no la veía. Volví a casa desconsolada. Es verdad que te he desobedecido, porque me habías dicho: "Si viene, espérala en casa". Pero considera el estado de mi corazón, Maestro. ¡Era mi hermana, que iba a ti! ¿Podía faltar yo y no verla a tu lado? Además… me habías dicho:
"Estará quebrantada". Quería estar al lado de ella antes, para apoyarla…
Estaba de rodillas, llorando y orando en mi habitación -hacía mucho que había terminado ya la segunda vigilia-, y ella ha entrado tan suavemente, que no me he dado cuenta de su presencia sino cuando se ha arrojado a mí y me ha abrazado fuertemente diciéndome:
"Es verdad todo lo que dices, bendita hermana mía; y supera con mucho lo que tú dices, su misericordia es mucho mayor.
¡Oh, Marta mía, ya no es necesario que me tengas sujeta!
Ya no me verás ni cínica ni desesperada. Ya no me oirás decir: `¡Para no pensar!'. Ahora quiero pensar, sé en qué pensar: en la Bondad hecha carne. Tú rezabas, hermana mía, sin duda rezabas por mí. Pues bien, tienes tu victoria ya en tu puño, tu María, que no quiere pecar más y que renace ahora. Aquí está. Mírala bien a la cara. Porque es una María nueva. Su cara ha sido lavada por el llanto de la esperanza y del arrepentimiento. Puedes besarme, hermana mía pura. Ya no hay señales de amores vergonzosos en mi rostro. El ha dicho que ama mi alma. Porque hablaba a mi alma y de mi alma. La oveja extraviada era yo. Ha dicho… escucha, mira a ver si lo digo bien, tú que conoces el modo de hablar del Salvador…". Y me ha repetido perfectamente tu parábola.
¡María es muy inteligente, mucho más que yo! Y sabe recordar. Así, te he oído dos veces; y, si en tu labio esas palabras eran santas y adorables, en el suyo me eran santas, adorables, encantadoras, porque me las decía un labio de hermana, de mi hermana hallada, que había vuelto al redil familiar. Estábamos abrazadas las dos, sentadas en la estera, como cuando éramos niñas y estábamos así en la habitación de nuestra madre, o junto al telar donde ella tejía o bordaba sus espléndidas telas; estábamos así, desaparecida ya la división del pecado, y me parecía como si nuestra madre estuviera también con su espíritu.
Llorábamos sin dolor; es más, con una gran paz. Nos besábamos felices… Luego María, cansada por el camino recorrido a pie, por la emoción y muchas otras cosas, se ha dormido entre mis brazos. Con la ayuda de la nodriza la he echado en mi cama… y la he dejado. Luego he venido corriendo aquí -y Marta besa toda feliz las manos de Jesús.
-Yo también te digo lo mismo que te ha dicho María:
"Tienes tu victoria en tu puño". Ve y sé feliz. Ve en paz. Sigue una conducta llena de dulzura y de prudencia para con la renacida. Adiós, Marta. Comunícaselo a Lázaro, que está preocupado allá abajo.
-Sí, Maestro. Pero María ¿cuándo va a venir con nosotras discípulas?
Jesús sonríe y dice:
-El Creador hizo la creación en seis días y el séptimo descansó.
-Entiendo. Hay que tener paciencia.
-Paciencia, sí. No suspires. Esta también es una virtud.
Paz a vosotras, mujeres. Nos volveremos a ver pronto -y Jesús las deja y se dirige hacia el lugar en que la barca está esperando, en la orilla.
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Dice Jesús:
-Desde el mes de Enero, desde que te di a ver la cena en casa de Simón el fariseo, tú y quien te guía habéis deseado saber más de María de Magdala, y cuáles palabras me dirigió.
Siete meses después os desvelo estas páginas del pasado, para satisfacción vuestra y para dar una norma a los que deben saberse plegar hacia estas leprosas del alma, y para brindar a estas infelices que se ahogan en su sepulcro de vicio una voz que quiere invitarlas a salir de él.
Dios es bueno. Con todos es bueno. No mide con medidas humanas. No hace diferencias entre pecado y pecado mortal.
El pecado, cualquiera que sea, lo entristece; el arrepentimiento lo alegra y le dispone a conceder solícito el perdón. La resistencia a la Gracia lo pone inexorablemente severo, porque la Justicia no puede perdonar al impenitente que muere siéndolo a pesar de todas las ayudas que tuvo para convertirse.
Pero, causa primera de las conversiones no maduradas, si no en la mitad de los casos al menos en cuatro décimos, es la falta de dedicación de los que están designados para esta misión de convertir; un mal entendido y falso celo, que no es sino cortina que cubre un real egoísmo y orgullo, en virtud de lo cual se quedan tranquilos en su propio refugio y no descienden al lodo para arrancar de él un corazón. "Yo soy puro, digno de respeto. No voy a la porquería ni a donde se me pueda faltar al respeto". Quien se expresa en estos términos ¿no ha leído la parte del Evangelio donde se dice que el Hijo de Dios fue a convertir a publicanos y meretrices además de a los justos que sólo estaban en el ámbito de la Ley antigua? ¿No piensa que el orgullo es impureza de mente y que la anticaridad es impureza del corazón? ¿Que sufrirás humillación? Yo la sufrí primero y más que tú, y era el Hijo de Dios. ¿Que tendrás que arrastrar tus vestiduras por la inmundicia? ¿Y no toqué Yo, acaso, con mis manos, esta inmundicia para ponerla en pie y decirle: "Anda por este nuevo camino"?
¿No recordáis lo que dije a vuestros primeros predecesores? "En cualquier ciudad o pueblo en que entréis informaos acerca de quién hay merecedor de vuestra presencia, y quedaos en su casa". Esto lo dije para evitar la murmuración del mundo, del mundo que con demasiada facilidad ve el mal en todas las cosas. Pero añadí: "Cuando entréis en las casas –“casas” dije, no “casa”- saludadlas diciendo: “Paz a esta casa”. Si la casa es digna de recibirla, la paz descenderá sobre ella; si no, volverá a vosotros".
Esto lo dije para enseñaros que, a falta de prueba segura de impenitencia, debéis tener para con todos un mismo corazón. Y completé la enseñanza diciendo: "Y si alguno no os recibe y no escucha vuestras palabras, al salir de esas casas o ciudades, sacudid el polvo que se os haya quedado pegado a las suelas". Y la fornicación (de los pecadores que queramos ayudar a salir del fango), para los buenos, para aquellos a quienes la Bondad constantemente amada hace semejantes a un cubo de cristal liso, no es sino polvo que basta sacudirlo o soplar para que vuele sin dejar lesión.
Sed verdaderamente buenos. Formad un bloque único con la Bondad eterna en el centro, y ningún género de corrupción podrá subir a mancharos más arriba de las suelas que apoyan en la tierra. ¡Tan alta está el alma!… El alma del bueno y del que forma por entero una cosa con Dios. El alma está en el Cielo. Allí no llega ni el polvo ni el fango (ni siquiera si lo lanzan con odio contra el espíritu del apóstol). Puede afectar a vuestra carne, es decir, heriros material y moralmente, persiguiéndoos, porque el Mal odia al Bien, u ofendiéndoos. ¿Y qué? ¿No me ofendieron a mí? ¿No fui herido? Pero, ¿aquellos golpes y aquellas palabras indecentes incidieron en mi espíritu?, ¿lo turbaron? No. Resbalaron sin penetrar, como esputo en un espejo o piedra lanzada contra la jugosa pulpa de un fruto. O penetraron sólo Superficialmente, sin herir el germen de la semilla que estaba encerrado en el hueso; es más, favoreciendo su germinación, porque es más fácil surgir de una masa hendida que no de una íntegra.
Muriendo, el trigo germina y el apóstol produce. Muriendo a veces materialmente; casi muriendo, a diario, en sentido metafórico (porque el yo humano resulta sólo fragmentado). Pues bien, no es muerte, sino Vida. Triunfa el espíritu sobre la muerte de la humanidad.
Había venido a mí (María Magdalena) por simple capricho de la mujer ociosa que no sabe cómo llenar sus horas de ocio. Pues bien, en sus oídos -embotados de falsas lisonjas de quien con himnos a la carnalidad la mecía para tenerla esclavizada-sonó la voz límpida y severa de la Verdad, de la Verdad que no tiene miedo a burlas e incomprensiones y expresa sus palabras mirando a Dios. Y, cual coro de campanas tocando a fiesta, fundiéronse en la Palabra las voces habituadas a cantar en el cielo, en el azul libre del aire, propagándose por valles y colinas, llanuras y lagos, para recordar las glorias y delicias del Señor.
¿Recordáis el doble festivo que en los tiempos de paz tanto alegraba el día dedicado al Señor? La campana mayor daba, con el badajo sonoro, el primer toque en nombre de la Ley divina. Decía: "Hablo en nombre de Dios, Juez y Rey". Y luego las campanas menores, con sus arpegios: "que es bueno, misericordioso y paciente". Para terminar luego la campana más argentina, con voz de ángel, diciendo: "y su caridad mueve al perdón y a la compasión, para enseñarnos que el perdón es más útil que el rencor, y la compasión más que la implacabilidad; venid a aquel que perdona, tened fe en él, que es compasivo".
También Yo, tras haber recordado la Ley, pisoteada por la pecadora, he hecho cantar la esperanza del perdón. Como sérica cinta de verde y azul, la he agitado entre las tonalidades negras para que ahí introdujera sus consoladoras palabras. ¡Oh, el perdón! Es rocío para la quemazón que siente la persona culpable. El rocío no es como el granizo, que asaetea, golpea, rebota y se aleja, sin penetrar, y destruye la flor. El rocío desciende tan levemente, que ni la más delicada flor lo siente posarse sobre sus pétalos de seda; pero luego ésta bebe su frescor y se sacia. El rocío se posa junto a las raíces, encima de la gleba abrasada, y penetra aún más… Es una humedad de lágrimas, llanto de las estrellas, amoroso llanto de madres criando a sus hijos que tienen sed, y que desciende sobre ellos junto con la dulce y fecunda leche. ¡Oh, los misterios de los elementos que actúan incluso cuando el hombre descansa o peca! El perdón es como este rocío. Aporta no sólo limpieza, sino también savias vitales, extraídas no de los elementos sino de las moradas divinas.
Luego, tras la promesa de perdón, he aquí que habla la Sabiduría y dice lo que es lícito y lo que no lo es, y conmina y remueve, no por severidad sino por materna diligencia de salvar. ¡Cuántas veces vuestro sílex se hace aún más impenetrable y cortante para con la Caridad que se inclina hacia vosotros! ¡Cuántas veces huís mientras ella os habla; cuántas, os burláis de ella; cuántas, la odiáis!… Si la Caridad usara con vosotros los modos que vosotros usáis con ella, ¿qué sería de vuestras almas! Sin embargo, ya veis que la Caridad es la incansable Caminante que va en busca de vosotros; quiere llegarse a vosotros, aunque os guarezcáis en asquerosas guaridas.
¿Por qué quise ir a aquella casa? ¿Por qué no obré en ella el milagro? Para enseñar a los apóstoles a comportarse desafiando prejuicios y críticas cuando se trata de cumplir un deber tan alto y que está lejos de estas cosuchas del mundo.
¿Por qué le dije a Judas aquellas palabras? Los apóstoles eran muy humanos. Todos los cristianos son muy humanos, incluso los santos de la tierra, aunque en grado menor. Algo de humano persiste incluso en los perfectos. Mas los apóstoles no eran todavía perfectos. Lo humano estaba filtrado en sus pensamientos. Yo los elevaba, pero el peso de su humanidad les hacía descender de nuevo. Para que cada vez bajaran menos, tenía que meter en el camino de subida cosas que sirvieran para detener su descenso, de manera que se parasen en éstas meditando y descansando, para luego subir más arriba del límite anterior.
Tenían que ser cosas de un tenor adecuado para convencerlos de que Yo era Dios. Por tanto: penetración de almas, victorias sobre los elementos, milagros, transfiguración, resurrección y ubicuidad. Estuve contemporáneamente en el camino de Emaús y en el Cenáculo.
Las horas de las dos presencias, cotejadas por los apóstoles y los discípulos, fue una de las razones que más los estremeció; los arrancó de sus lazos y los lanzó al camino de Cristo. Más que por Judas -miembro que incubaba ya en sí la muerte-hablé para los otros once. El hecho de ser Dios tenía necesariamente que hacérselo lucir ante sus ojos, no por orgullo sino por necesidad suya de formación. Era Dios y Maestro; aquellas palabras lo manifiestan de mí: revelo una facultad extrahumana y enseño una perfección: no tener conversaciones malas ni siquiera con nuestro interior.
Porque Dios ve, y debe ver puro el interior para poder descender a él y morar en él.
¿Por qué no obré el milagro en aquella casa? Para que todos entendieran que la presencia de Dios exige un ambiente puro. Por respeto a su excelsa majestad. Para hablar -no con palabras pronunciadas con la boca, sino con una palabra aún más profunda-al espíritu de la pecadora y decirle: "¿Lo ves, desdichada? Estás tan sucia, que todo lo que te rodea se vuelve sucio; tan sucio, que en torno a ti Dios no puede actuar. Tú más sucia que éste. En efecto, repites la culpa de Eva y ofreces el fruto a Adán, tentándolo y alejándolo del Deber. Eres ministra de Satanás".
Pero, ¿por qué no quise que la llamara "satanás" la angustiada madre? Porque ninguna razón justifica el insulto ni el odio. Lo primero que se necesita para tener a Dios con nosotros, la primera condición, es no tener rencor y saber perdonar. Lo segundo que se necesita es saber reconocer la propia culpabilidad, o de quien es nuestro; no ver sólo las culpas de los demás.
La tercera cosa necesaria es saber conservarnos, por justicia hacia el Eterno, agradecidos y fieles después de haber recibido una gracia. Quienes, tras haber recibido una gracia, son peores que los perros y no se acuerdan de su Benefactor -mientras que el animal sí se acuerda-son unos desdichados.
No dije ni una palabra a la Magdalena. La miré un instante como si se tratase de una estatua; luego la dejé.
Volví a los "vivos" que quería salvar. A ella, materia muerta como un mármol esculpido -y más aún-, la circundé de indiferencia aparente. En realidad, no dije una palabra, no hice nada, que no tuviera como principal objetivo esa pobre alma suya que quería redimir. La última palabra: "Yo no insulto, no insultes tú; limítate a orar por los pecadores", como guirnalda de flores que se completa, se fundió con la primera, la que dije en el monte:
"El perdón es más útil que el rencor; ser compasivos, más que ser implacables". Las dos frases envolvieron a la pobre infeliz en un círculo aterciopelado, fresco, perfumado de bondad, y le hicieron sentir cuán distinto de la feroz esclavitud de Satanás es el amoroso servicio a Dios, y lo suave que es el perfume celeste respecto al hedor de la culpa, y cuánto sosiega sentirse uno amado santamente, respecto a ser poseído satánicamente.
Observad cómo el deseo del Señor es comedido. No exige conversiones fulminantes. No pretende de un corazón lo absoluto. Sabe esperar. Sabe conformarse: se conformó con lo que le pudo dar la turbada madre, mientras esperaba a que la extraviada encontrara de nuevo el camino, la loca la razón. No le pregunté sino: "¿Eres capaz de perdonar?". ¡Cuántas otras cosas habría podido pedirle para hacerla digna del milagro, si hubiera juzgado con patrón humano! Pero Yo mido divinamente vuestras fuerzas. Para aquella pobre madre exasperada, ya era mucho el que fuera capaz de perdonar. En aquella hora sólo le pedí eso. Después, cuando le restituí a su hijo, le dije:
"Sé santa y santifica tu casa". Pero, en medio del espasmo estremecedor, no le pedí sino el perdón para la culpable.
No se debe exigir todo de quien poco antes ha estado en la nada de las Tinieblas. Aquella madre luego iba a salir a la Luz total, y con ella la esposa y los hijos. Pero, en ese momento, lo que hacía falta era portar a sus ojos ciegos de llanto el primer crepúsculo de la Luz: el perdón, alba del día de Dios.
De los presentes, uno sólo -no cuento a Judas, me refiero a los de la ciudad que estaban presentes en ese lugar, no me refiero a mis discípulos-no iba a alcanzar la Luz. Estas derrotas van unidas a las victorias del apostolado. Siempre hay alguno por quien el apóstol se esfuerza en vano. Pero no se debe perder el vigor por estas derrotas. El apóstol no debe pretender conseguir todo. Contra él se alzan fuerzas adversas de muchos nombres, las cuales, como tentáculos de pulpos gigantes, atrapan otra vez la misma víctima que el apóstol les había arrebatado. De todas formas el mérito del apóstol permanece. ¡Pobre apóstol el que dice: "No voy a ese lugar porque sé que no voy a poder convertir"! Es un apóstol de muy escaso valor. Es necesario ir a ese lugar, aunque se vaya a salvar sólo uno de mil. Su jornada apostólica será fructuosa tanto por ese uno como por mil, porque él ha hecho todo lo que podía hacer, y Dios premia eso. Además, se debe pensar que puede intervenir Dios en los casos en que el apóstol no puede convertir porque la persona esté demasiado en las zarpas de Satanás y las fuerzas del apóstol sean inferiores a las que se necesitan. ¿Y si es así?… ¿quién superior a Dios?
Otra cosa que el apóstol debe necesariamente practicar es el amor. Amor visible, no sólo el secreto amor del corazón de los hermanos. Sería suficiente para los hermanos buenos. Pero el apóstol es un obrero de Dios y no debe limitarse a orar, debe actuar. Actúe con amor, con amor grande. El rigor paraliza el trabajo del apóstol y el movimiento de las almas hacia la Luz. No rigor, sino amor. El amor es ese indumento de amianto que le hace a uno inalterable frente a la mordedura de las llamaradas de las malas pasiones. El amor es saturación de esencias que os preservan de que la podredumbre humano-satánica pueda entrar en vosotros. Para conquistar a un alma es necesario saber amar. Para conquistar a un alma es necesario conducirla a que ame, a que ame el Bien y repudie sus pobres amores pecaminosos.
Yo quería el alma de María. Igual que para ti, pequeño Juan, no me limité a hablar desde mi cátedra de Maestro. Bajé a buscarla en los caminos del pecado. La seguí, la perseguí con mi amor. ¡Oh, dulce perseguir! Yo-Pureza entré donde estaba ellaimpureza. No temí el escándalo ni en mí ni en los demás. El escándalo en mí no podía entrar, porque Yo era la Misericordia, y ésta llora por las culpas pero no se escandaliza de ellas. ¡Desventurado aquel pastor que se escandalice y, tras esta barrera, se atrinchere para abandonar a un alma! ¿No sabéis que las almas resurgen más fácilmente que los cuerpos y que la palabra piadosa y amorosa que dice: "Hermana, por tu bien, ¡álzate!" obra a menudo el milagro? Tampoco temía el escándalo en los demás. Ante la mirada de Dios lo que hacía estaba justificado; la mirada de los buenos lo comprendía; la mirada maligna, donde fermenta la malicia, que emana de entrañas corrompidas, no tiene valor; encuentra culpas hasta en Dios; sólo ve la perfección dentro de sí. Por eso no hacía caso de ella.
Las tres fases de la salvación de un alma son:
Ser integrísimos para poder hablar sin temor a que nos hagan callarnos. Hablar a toda una multitud, de forma que nuestra apostólica palabra, dirigida a las turbas que se aglomeran en torno a la mística barca, vaya, en círculos de ola, cada vez más lejos, hasta la orilla cenagosa donde están echados los que viven inertes sobre el barro sin preocuparse de conocer la Verdad. Éste es el primer trabajo para romper la costra del duro terruño y prepararlo para la semilla. Es el trabajo más severo, tanto para quien lo hace como para quien lo recibe, porque la palabra debe, cual penetrante reja de arado, herir para abrir. En verdad os digo que el corazón del apóstol bueno se hiere y sangra por el dolor que le supone tener que herir para abrir; mas también este dolor es fecundo. Con la sangre y el llanto del apóstol se hace fértil el terruño agreste.
Segunda cualidad: trabajar incluso donde otro, menos conquistado por su misión, huiría. Quebrantarse en el esfuerzo de arrancar cizaña, esteba y espinas, para poner al desnudo el terreno arado y que resplandezca sobre él, como sol, el poder de Dios y su bondad. Al mismo tiempo, con maneras de juez y de médico, ser severo y, no obstante, compasivo; firme en un período de espera para dar tiempo a las almas de superar la crisis, meditar y decidir.
Tercer punto: en el momento en que el alma que en el silencio se ha arrepentido, llorando y pensando en sus errores, se atreve a venir tímidamente, con miedo a ser rechazada, hacia el apóstol, el apóstol ha de tener un corazón más grande que el mar, más dulce que un corazón de madre, más enamorado que un corazón de esposo, y ha de abrirlo de par en par para que broten de él olas de ternura. Si tenéis a Dios en vosotros -Dios que es Caridad-, encontraréis fácilmente las palabras de caridad para las almas. Dios hablará en vosotros y por vosotros, y el amor llegará, cual miel que rezuma de un panal, para alivio de los labios ardientes y nauseados; cual bálsamo que fluye de una ampolla, para medicina de los espíritus heridos.
Doctores de las almas, haced que los pecadores os amen, haced que gusten el sabor de la caridad celeste y lo ansíen tanto que no busquen ya ningún otro alimento, haced que sientan en vuestra dulzura un alivio tan grande que lo busquen para todas sus heridas. Es necesario que vuestra caridad aleje de ellos todo temor, porque, como dice la epístola (I Juan 4, 18) que has leído hoy: "El temor supone el castigo, el que teme no es perfecto en la caridad". Pero tampoco es perfecto en la caridad el que produce el temor. No digáis: "¿Qué has hecho?". No digáis: "Vete". No digáis: "Tú no puedes degustar el amor bueno". Antes al contrario, decid, decid en mi nombre: “Ama y yo te perdono"; decid: "Ven, Jesús te abre los brazos"; decid: "Gusta este Pan angélico y esta Palabra y olvida la pez de infierno y las burlas de Satanás". Haceos acémilas para llevar las debilidades de los demás. El apóstol debe llevar las suyas y las de los demás, junto con sus cruces y las de los demás. Y, mientras venís a mí, cargados con estas ovejas heridas, tranquilizad a estas ovejas errantes, decid: "Todo está olvidado en este momento"; decid: "No tengas miedo del Salvador, que ha venido del Cielo por ti, exactamente por ti; yo sólo soy el puente para llevarte a Él, que te está esperando, al otro lado del arroyo de la absolución penitencial, para conducirte a sus pastos santos, cuyos comienzos están aquí, en la tierra, pero que luego prosiguen, con Belleza eterna que alimenta y embelesa, en los Cielos".
Éste es el comentario. A vosotras, ovejas fieles al Pastor Bueno, poco os toca. Pero si, para ti, pequeña esposa, significará un aumento de confianza, para el Padre será aún más luz en su luz de juez, y para muchos actuará, no como un aguijón para ir al Bien, sino como el rocío de que he hablado, que penetra y nutre y da nuevo vigor a las flores lacias.
Levantad la cabeza. El Cielo está arriba.