por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
-¡De Yabnia vamos a ir a Ecrón? -preguntan mientras van a través de unos feracísimos campos en que el trigo duerme su último sueño bajo el fuerte sol que lo ha madurado, extendido en gavillas por los campos segados y tristes, inmensos lechos de muerte, ahora que ya no están vestidos de espigas sino poblados de despojos a la espera de ser transportados a otro lugar.
Mas, si los campos están desnudos, los manzanos se visten de fiesta, con sus frutos que se dan prisa en madurar, que pasan del verde duro del fruto aún demasiado joven al tierno, amarillento, rosado, brillante como cera, del fruto que ya madura; y la piel elástica de los higos se rompe y abren éstos su cofre, su dulcísimo cofre de fruto-flor, y muestran, tras la fisura verdeblanca, o morada y blanca, la gelatina transparente, salpicada de granitos más oscuros que la pulpa. Los olivos, ante un vientecillo ligero, bambolean entre el verdeplata de sus ramas sus ovales gotas de jade colgadas del sutil pecíolo.
Los solemnes nogales mantienen, duros y erguidos en su pedúnculo, sus frutos, y los van engrosando bajo la felpa del ruezno; los almendros están terminando de madurarlos, bajo el involucro que ya frunce su terciopelo y cambia de color. Las vides abultan sus uvas; ya algún que otro racimo, en posición favorablemente orientada, anuncia tímidamente el topacio transparente y el futuro rubí del grano maduro. Las cácteas de la llanura o de las primeras pendientes exultan por los adornos, cada día que pasa más vivos, de los óvalos de coral que un decorador alegre ha posado caprichosamente en lo alto de las carnosas palas, que parecen manos, muchas manos, dentro de fundas espinosas, que elevan al cielo los frutos que ellas mismas han nutrido y madurado.
Palmeras aisladas y tupidos algarrobos recuerdan ya mucho a la cercana África: las primeras suenan las castañuelas de sus hojas duras, dispuestas en forma de peine curvo; los otros se han vestido de esmalte verde oscuro, y están engallados, señoriales con ese vestido suyo tan hermoso.
Cabras bermejas y negras, altas, gráciles, de largos cuernos retorcidos y ojos dulces y penetrantes, comen las cácteas, asaltan las carnosas pitas, esos enormes pinceles de hojas duras y espesas que, semejantes a alcachofas abiertas, desde el centro de su corazón, extraen, poderosos, el candelabro de siete brazos, digno de una catedral, de su tallo gigante, en cuyo ápice flamea su flor amarilla y roja de delicado perfume.
África y Europa se dan la mano vistiendo la tierra de bellezas vegetales. En cuanto el grupo apostólico deja la llanura para tomar el sendero que trepa por una colina literalmente cubierta de viñedos, por esta pendiente que mira al mar pendiente rocosa, calcárea, en la cual la uva creo que debe ser verdaderamente preciada, por mutación de su jugo en almíbar -, el mar, mi mar, el mar de Juan, de Dios, deja ver su desmesurado manto de seda crespa y azul, y habla de lejanías, de infinito, de poder, cantando con el cielo y el Sol: el trío de las glorias creadoras.
Y la llanura toda se abre, con toda su ondulada belleza de tímidas elevaciones de pocos metros que se alterna con zonas llanas y dunas de oro, hasta las ciudades y pueblos de la orilla del mar, blancos en el marco azul.
-¡Qué hermosura! ¡Qué hermosura! -susurra, extasiado, Juan.
-¡Mi Señor!… este muchacho vive de azul; deberás destinarlo a ello. ¡Es como si viera a su amada cuando ve el mar! dice Pedro, que no ve mucha diferencia entre agua marina y lacustre. Y ríe con bondad.
-Ya está destinado, Simón. Todos tenéis ya vuestro destino.
-¡Pues qué bien! ¿Y a mí a dónde me vas a mandar?
-¡Ah, tú…!.
-¡Anda, dímelo!
-A un lugar más grande que tu ciudad y la mía y Magdala y Tiberíades juntas».
-Pues me voy a perder.
-No temas. Parecerás una hormiga en un esqueleto de grandes dimensiones; pero, yendo y viniendo, incansable, resucitarás a ese esqueleto.
-No entiendo nada… Sé más explícito.
-¡Ya entenderás, ya entenderás!… -y Jesús sonríe.
-¿Y yo? ¿Y yo? -todos quieren saber lo mismo.
Jesús se agacha -están en la orilla guijarrosa de un torrente que lleva todavía mucha agua en su centro -y coge del suelo un puñado de grava muy fina, la tira hacia arriba y cae diseminándose en todas las direcciones. Dice:
-Esto es lo que pienso hacer; mirad, sólo una piedrecita ha terminado entre mi pelo. Pues bien, vosotros seréis diseminados así.
-Y Tú, hermano, representas Palestina, ¿verdad? -pregunta serio Santiago de Alfeo.
-Sí.
-Quisiera saber quién será el que se quede en Palestina -pregunta otra vez Santiago.
-Ten esta piedrecita. Como recuerdo -y Jesús le da a su primo Santiago el granito de grava que se le había quedado enredado entre sus cabellos, y sonríe.
-¡¿No podrías dejarme a mí en Palestina? Yo soy el más indicado, porque soy el menos cultivado y, en nuestra casa, más o menos me arreglo, ¡pero fuera…! -dice Pedro.
-Pues tú eres, al contrario, el menos indicado para quedarte aquí. 'Tenéis un prejuicio contra el resto del mundo. Creéis que es más fácil evangelizar en país de fieles que de idólatras y gentiles, y, sin embargo, la realidad es exactamente la contraria. Meditad en lo que nos ofrecen las clases altas de la verdadera Palestina, y, aunque menos, también el pueblo común; pensad luego que aquí -lugar de odio al nombre "Palestina" y de desconocimiento del nombre "Dios" en su verdadera expresión hemos sido acogidos al menos no peor que en Judea, Galilea o la Decápolis. Reflexionad en esto y veréis como caen vuestros prejuicios; comprenderéis que es exacto esto que digo, o sea, que es más fácil convencer a los que ignoran al Dios verdadero que no a los del pueblo de Dios, sutilmente idólatras, culpables, que orgullosamente se creen perfectos y que quieren seguir siendo como son.
¡Cuántas gemas, cuántas perlas ve mi mirada donde vosotros no veis sino tierra y mar! La tierra de las multitudes que no son Palestina; el mar de la Humanidad que no es Palestina: como mar, no espera sino recibir a los buscadores de perlas, para ofrecérselas; como tierra, que escarben en ella para dejarse arrebatar las gemas. En todas partes hay tesoros, pero hay que buscarlos. Todo terruño puede esconder un tesoro y dar alimento a una semilla, como también toda profundidad puede celar una perla. ¿O es que pretendéis que el mar revuelva su fondo con terribles borrascas para arrancar de los placeles las madreperlas, y abrirlas con las embestidas de sus embravecidas olas, para ofrecerlas luego en la playa a los perezosos que no quieren esforzarse o a los pusilánimes que no quieren correr peligros? ¿Pretendéis, acaso, que la tierra, sin semilla alguna, haga crecer un árbol de un grano de arena para daros frutos? No, amigos míos. Es necesario esforzarse, trabajar, tener coraje. Sobre todo, huelgan los prejuicios.
Sé que desaprobáis, quién más, quién menos, este viaje por tierras de filisteos. Ni siquiera las glorias que estas tierras rememoran, las glorias de Israel que narran estos campos fecundados con la sangre hebrea derramada para hacerlo grande, o las ciudades arrebatadas una a una de las manos de sus detentadores, para coronar a Judá y constituir una nación poderosa; ni siquiera ello basta para despertar vuestra estima por este peregrinaje; ni siquiera es suficiente la idea de preparar el terreno para recibir el Evangelio, y la esperanza de salvar espíritus. No incluyo esta última entre las razones que someto a vuestra consideración para que veáis la justicia de este viaje: sería un pensamiento, hoy por hoy, demasiado alto para vosotros, si bien llegará el día en que lo comprendáis. En aquel momento diréis: "Creíamos que era un capricho, una pretensión, poco amor del Maestro para con nosotros, el hacernos ir tan lejos por un camino largo y penoso y arriesgando pasar momentos muy desagradables; sin embargo, era amor, previsión, era allanarnos el camino, para ahora que ya no lo tenemos y que nos sentimos más desorientados; porque cuando estaba Él éramos como sarmientos que crecíamos en todas las direcciones pero sabiendo que la cepa nos nutría y que teníamos al lado el palo robusto que nos podía sujetar, mientras que ahora somos sarmientos que deben crear por sí mismos una pérgola, nutriéndose, sí, de la cepa de la vid, pero sin el madero en que apoyarse". Esto es lo que diréis, y entonces me lo agradeceréis.
Y, además… ¿es que, acaso, no es hermoso ir dejando a nuestro paso destellos de luz en tierras envueltas en tinieblas, notas sonoras en corazones mudos, corolas celestiales en almas yermas como desiertos, perfumes de verdad para anular el hedor de la Mentira, sirviendo y dando gloria a Dios, y además hacerlo juntos, así, Yo y vosotros, vosotros y Yo, el Maestro y los apóstoles, formando todos un solo corazón, un solo deseo, una sola voluntad? ¡Oh, que la esperanza y el deseo y el hambre de Dios consisten en querer que sea conocido y amado, en querer reunir a todas las gentes bajo su dosel y que estén todos donde Él está! ¡Y son la misma esperanza, deseo y hambre de los espíritus, los cuales no son de razas distintas sino de una sola: la creada por Dios! Siendo todos hijos de Uno solo, tienen los mismos deseos, esperanzas, hambre, del Cielo, de la Verdad, del Amor real…
Se diría que siglos de error han cambiado el instinto de los espíritus, pero no es así. El error envuelve a las mentes, porque éstas están fundidas con la carne y se resienten del veneno inoculado por Satanás en el animal hombre. De la misma forma, el error puede envolver también al corazón, pues, como aquéllas, está injertado en la carne y se resiente de su veneno. Una triple concupiscencia roe respectivamente la carne, el sentimiento y el pensamiento. Mas el espíritu no está injertado en la carne. Podrá sufrir un aturdimiento a causa de los golpes que le lanzan Satanás y la concupiscencia; podrá quedar casi ciego a causa de los baluartes carnales y de las salpicaduras de la sangre hirviente del animal-hombre en que ha sido infundido. Sí, pero no cambiará su aspiración al Cielo, a Dios. No puede cambiar.
¿Veis el agua pura de este torrente?: ha descendido del cielo y al cielo tornará por evaporación de las aguas bajo el efecto del viento y el sol. Baja y vuelve a subir. El elemento no se consume sino que torna a los orígenes. El espíritu torna a los orígenes. Esta agua que corre entre las piedras, si pudiera hablar, os diría que aspira a volver arriba, para -impulsada por el viento, blanda, blanca, o rosada a la aurora, cobre encendido al ocaso, violeta como una flor en los crepúsculos ya estrellados surcar los hermosos campos del firmamento; os diría que querría ser tamiz para las estrellas que se asoman por los claros de los cirros, para que recordasen a los hombres el Cielo; o hacer de velo a la Luna para que no vea las fealdades nocturnas… Sí, os diría que aspira a volver arriba, antes que estar aquí, encerrada entre los bordes de las orillas, amenazada de convertirse en barro, obligada a saber de los connubios de culebras y ranas, cuando lo que desea vehementemente es la libertad solitaria de la atmósfera. Lo mismo los espíritus; si tuvieran el valor de hablar, dirían todos lo mismo: "¡Dadnos a Dios! ¡Dadnos la Verdad!". Pero no lo dicen porque saben que el hombre o no advierte o no comprende o ridiculiza esta súplica de los "grandes mendigos", de los espíritus que con tremenda hambre -hambre de Verdad -buscan a Dios.
Estas gentes idólatras, estos romanos, estos ateos, estos desdichados que nos vamos encontrando en nuestro camino, y que siempre encontraréis, éstos -denigrados sus deseos de Dios, por política, por egoísmo familiar, o por herejía que radica en un corazón corrompido y prolifera en las naciones -, éstos tienen hambre. ¡Tienen hambre! Y Yo, piedad de ellos. ¿Podría no sentir piedad, Yo, que soy el que soy? Si doy el alimento necesario, por piedad, al hombre y al gorrión, ¿no habría de tener piedad con los espíritus a los que se han puesto obstáculos para ser del verdadero Dios, y que extienden sus brazos gritando:
"¡Tenemos hambre!'? ¿Creéis que son malos, salvajes, incapaces de llegar a amar la religión de Dios y a Dios mismo? Pues estáis en un error. Son espíritus que esperan amor y luz.
Esta mañana nos ha despertado el balido agresivo del macho cabrío, que quería alejar a ese perro grande que ha venido a olfatearme. Os habéis echado a reír al ver que orientaba sus cuernos, amenazador, hacia el perro, tras haber roto la delgada cuerda con que estaba atado al árbol bajo el que dormíamos, habiéndose puesto de un salto entre el perro y Yo, sin pensar que en la desigual liz por defenderme a mí el maloso le habría podido atacar y lo habría degollado. Pues lo mismo estos pueblos, que veis como machos cabríos salvajes, sabrán defender la fe de Cristo una vez que hayan conocido que Cristo es Amor que los invita a seguirlo. Sí, los invita. Y vosotros debéis ayudarles a venir.
Escuchad una parábola.
Un hombre se casó y tuvo muchos hijos de su mujer. Pero, uno de éstos nació con deformidades físicas; parecía, además, de raza distinta. El hombre lo consideró un deshonor y no lo amó, a pesar de que la criatura fuera inocente. El niño creció desatendido, apartado con los últimos siervos (en efecto, se le juzgaba inferior a sus hermanos). No tenía madre -pues había muerto al darle a luz -que pudiera moderar la dureza del padre, o impedir la burla de sus hermanos, o corregir las ideas equivocadas que nacían en la mente salvaje del niño: una pequeña fiera mal soportada en la casa de los otros hijos bien queridos.
El niño, así, se hizo hombre. Entonces su razón, que, aunque se hubiera desarrollado con retardo, había llegado a la madurez, comprendió que no era ser hijo vivir en las cuadras, recibir un mendrugo de pan y un andrajo, y nunca un beso, una palabra, una invitación a entrar en la casa paterna… Y sufría, sufría, lamentándose en su cuchitril: "¡Padre! ¡Padre!". Mordía su pan, pero continuaba la gran hambre de su corazón; se cubría con sus andrajos, pero seguía el gran frío de su corazón; tenía como amigos a los animales y a algunas personas compasivas del pueblo, pero su corazón estaba solo. "¡Padre! ¡Padre!"… Lo oían gemir siempre así, como fuera de sí, los siervos, los propios hermanos, sus paisanos; y lo llamaban "el loco".
Por fin, un día uno de los siervos tuvo el coraje de ir a verlo -estaba casi convertido en una fiera -y le dijo: "¿Por qué no
te arrojas a los pies de tu padre?". "Lo haría. Pero no me atrevo…". "¿Por qué no vienes a la casa?” "Tengo miedo.” "Pero,¿desearías hacerlo?” "¡Sí, ciertamente! Es de esto de lo que tengo hambre, ésta es la causa del frío que paso, por eso me siento solo como en un desierto; pero no sé cómo se vive en la casa de mi padre". Entonces el siervo bueno se puso a instruirle, a hacer que tuviera mejor aspecto, a quitarle el terror a que su padre le tuviera aversión, diciéndole: "Tu padre te querría a su lado, pero no sabe si tú lo quieres, porque siempre lo evitas… Quita a tu padre el remordimiento de haber actuado demasiado severamente y su dolor de verte errante. Ven. Tus hermanos tampoco tienen ya intención de burlarse de ti porque les he referido tu dolor".
Y así el pobre hijo, una tarde, guiado por el siervo bueno, fue a la puerta paterna, y gritó: "¡Padre, yo te quiero! ¡Déjame entrar!…". El padre, que, viejo y triste, pensaba en su pasado y en su futuro eterno, sintió un sobresalto cuando oyó esa voz, y dijo: "¡Oh, mi dolor se aplaca al fin, porque en la voz de mi hijo deforme he oído la mía, y su amor prueba que es sangre de mi sangre y carne de mi carne! Entre, pues, a ocupar su lugar junto a sus hermanos. ¡Bendito sea el siervo bueno que ha hecho posible que mi familia se completase, integrando al hijo repudiado con todos mis otros hijos".
Ésta es la parábola. Ahora bien, al aplicarla debéis pensar que el Padre de los deformes espirituales -que son los cismáticos, los herejes, los separados -, Dios, se ha visto obligado a la severidad por las deformidades voluntarias que ellos mismos han querido. Pero su amor jamás ha abdicado. Los espera. Llevadlos a él. Es vuestro deber.
Os he enseñado a decir: "Danos hoy nuestro pan, Padre nuestro". Pero, ¿sabéis qué significa "nuestro"? No quiere decir vuestro en el sentido de vosotros doce. No es vuestro como discípulos de Cristo, sino vuestro como hombres. He puesto en vuestros labios la oración por todos. Por todos los hombres: los presentes y los que vendrán; los que conocen a Dios y los que no lo conocen; los que aman a Dios y a su Cristo y los que no lo aman o lo aman mal. Éste es vuestro ministerio. Vosotros, que conocéis a Dios, a su Cristo, y los amáis, debéis orar por todos.
Os he dicho que mi oración es universal, durará cuanto dure la tierra. Pues bien, vosotros debéis orar universalmente, uniendo vuestras voces de apóstoles y vuestros corazones de discípulos de la Iglesia de Jesús a las voces y a los corazones de los que pertenezcan a otras iglesias, cristianas pero no apostólicas. Y tenéis que insistir, porque sois hermanos -vosotros en la casa del Padre, ellos fuera de la casa del Padre común, con su hambre, su nostalgia… -hasta que se les conceda, como a vosotros, el "pan" verdadero, que es el Cristo del Señor, administrado en las mesas apostólicas, no en otras donde está mezclado con, alimentos impuros. Tenéis que insistir hasta que el Padre diga a estos hermanos "deformes": "Mi dolor se aplaca, porque en vosotros, en vuestra voz, he oído la voz y las palabras de mi Unigénito y Primogénito.
¡Benditos sean los siervos que os han traído a la Casa de vuestro Padre para que quedara completa mi Familia". Sois siervos de un Dios infinito y tenéis que poner la infinitud en todas vuestras intenciones.
¿Habéis comprendido? Ahí se ve Yabnia. En una ocasión pasó por este lugar el Arca para ir a Ecrón, pero esta ciudad no pudo custodiarla y la envió a Betsemes. El Arca vuelve a Ecrón. Juan, ven conmigo. Vosotros quedaos en Yabnia.
Sabed reflexionar y hablar. La paz esté con vosotros.
Y Jesús se marcha con Juan y con el macho cabrío, el cual, balando, le sigue como un perro.
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Ascalón y sus huertas son ya sólo un recuerdo. En las horas frescas de una espléndida mañana, dando la espalda al mar, Jesús, con los suyos, se dirige hacia las colinas enteramente verdes, poco altas pero graciosas, que se elevan en la feraz llanura. Los apóstoles, descansados y satisfechos, están llenos de contento; van hablando de Ananías, de sus esclavas, de Ascalón, del jaleo que había en la ciudad cuando volvieron para llevar los denarios a Dina.
-Estaba escrito que tenía que experimentar los apretones de los filisteos. Se podría decir que el amor y el odio tienen las mismas manifestaciones. Yo, que no había tenido que sufrir por el odio de los filisteos, por poco si me hieren por el amor; faltó poco para que los que estaban exaltados por el milagro nos apresaran para obligarnos a decirles dónde estaba el Maestro.
¡Qué forma de chillar! ¿Verdad, Juan? La ciudad hervía como un caldero. Los que estaban agitados no querían atender a razones, buscaban a los judíos para darles de palos; los agraciados, o sus amigos, querían persuadir a los primeros de que por la ciudad había pasado un dios. ¡Qué barullo! Tienen para discutir durante meses; lo malo es que discuten más con estacas que con palabras.
¡Bueno… son cosas suyas! ¡Que hagan lo que quieran! -dice Tomás.
-De todas formas, no son malos… -observa Juan.
-No. Lo único es que están cegados por muchas cosas -responde Simón Zelote.
Jesús, durante un buen trecho de camino, no habla. Luego dice -Mirad, voy a ir a aquel pueblecillo del monte; vosotros proseguid hacia Azoto. Sed prudentes, amables, delicados, pacientes. Aunque os injurien, soportadlo con paz, como ayer hizo Mateo, y Dios os ayudará. A la puesta del sol salid, id al estanque que está en los aledaños de Azoto. Allí nos encontraremos.
-Señor, ¡no te dejo ir solo! -exclama Judas Iscariote -¡Son gente violenta!… Es una imprudencia.
-No temáis nada por mí. Ve, ve, Judas, y sé tú prudente. Adiós La paz sea con vosotros.
Los doce se marchan, si bien no demasiado entusiastas. Jesús se queda mirándolos mientras se alejan, luego toma el sendero fresco y umbrío que lleva a la colina (un collado cubierto de bosques de olivos, nogales, higueras, y de viñedos bien cuidados que ya prometen pingüe cosecha). En los rellanos hay pequeñas parcelas dedicadas a cereales, mientras que en las zonas de pendiente pacen cabras rubias en la hierba verde.
Jesús llega a las primeras casas del pueblo. Estando ya para entrar en él se topa con un extraño cortejo: mujeres gritando y clamor de hombres alternándose en una verdadera composición fúnebre, todos haciendo una especie de danza en torno a un macho cabrío, que camina con los ojos vendados y recibiendo golpes, y que ya sangra por las rodillas por haber tropezado y haber caído sobre las piedras del sendero: luego otro grupo, también con su vocerío y sus gritos, que se mueve inquieto alrededor de un fetiche esculpido, verdaderamente muy feo, manteniendo alzadas unas páteras con brasas encendidas que alimentan echando encima resinas y sal -por lo menos me lo parece, porque las primeras despiden un olor a trementina y la segunda crepita como hace la sal-; un último grupo va alrededor de un santón, ante el que continuamente se arrodillan gritando: «¡Por tu fuerza!» (hombres), « ¡sólo tú lo puedes!» (mujeres), «¡ora al dios!» (hombres), «¡rompe el sortilegio!» (mujeres), « ¡da la orden a la matriz!», «¡salva a la mujer!»… y luego, todos juntos, con un alarido de aquelarre: « ¡Muerte a la maga!»… y vuelven a empezar, con la variante: «Por tu fuerza!», «¡sólo tú lo puedes!», «da la orden al dios!», «¡que haga ver!», «¡da la orden al macho cabrío!», «¡que diga dónde está la maga!»… y, con un alarido de réprobos: «¡Que odia la casa de Fara!».
Jesús para a uno del último grupo y pregunta con dulzura:
-¿Qué está sucediendo? Soy forastero…
El hombre, puesto que la procesión se ha detenido un momento para golpear al macho cabrío, echar resina en las brasas y coger aliento, explica:
-La mujer de Fara, el primero de Magdalgad, está muriendo de parto. Una que la odia le ha lanzado un maleficio. Sus entrañas se han anudado y el hijo no puede nacer. Estamos buscando a la maga para matarla. Sólo así la mujer de Fara se salvará. Si no encontramos a la maga, sacrificaremos el macho cabrío para impetrar misericordia de la diosa Madre» (¡se ve que ese espantajo es una diosa!…).
-Deteneos. Yo puedo curar a la mujer y salvar al niño. Decídselo al sacerdote -dice Jesús al hombre y a otros dos que entretanto se habían acercado.
-¿Eres médico?
-Más que médico.
Los tres hombres se abren paso entre la muchedumbre y se llegan hasta el sacerdote idólatra. Le hablan. La voz corre. La procesión, que había reanudado la marcha, se detiene.
El sacerdote, solemne con sus andrajos multicolores, hace una seña a Jesús y dice en tono imperativo:
-¡Joven, ven aquí!
Cuando Jesús llega a él añade:
-¿Es verdad lo que dices? Ten en cuenta que si lo que dices no se cumple pensaremos que el espíritu de la maga se ha personificado en ti y te mataremos en vez de a ella.
-Es verdad. Llevadme inmediatamente a donde la mujer. Entretanto, dadme el macho cabrío, que me hace falta. Quitadle la venda y traédmelo aquí.
Llevan a Jesús al pobre animal, aturdido, tambaleándose, sangrando, y Jesús le acaricia su tupido pelo negro.
-Pero es preciso que me obedezcáis sin reserva alguna. ¿Lo vais a hacer?
-¡Sí! -grita la muchedumbre.
-Vamos. Dejad de gritar, dejad de quemar resina. Lo ordeno.
Se ponen en marcha. Entran en el pueblo. Por una calle, la mejor, se dirigen hacia una casa construida en medio de un pomar. Gritos y llantos salen a través de la puerta abierta de par en par; lúgubre, destaca el atroz lamento de la mujer que no puede dar a luz a su hijo.
Corren a advertir a Fara, el cual acude, térreo, desgreñado, entre mujeres que lloran e inútiles santones que vienen quemando incienso y hojas en unas páteras de cobre.
-« ¡Salva a mi mujer!», « ¡salva a mi hija!», « ¡sálvala, sálvala!» -gritan sucesivamente el hombre, una anciana, la muchedumbre.
-La salvaré, y también a tu hijo, porque es varón, y además espléndido, con dos dulces ojos del color de la aceituna cuando madura, y su cabeza recubierta de cabellos negros como esta lana.
-¿Cómo lo sabes? ¿Es que ves, acaso, el interior de las entrañas?
-Todo lo veo y lo penetro. Todo lo conozco. Todo lo puedo. Soy Dios.
Si hubiera enviado un rayo habría hecho menos efecto. Todos se echan al suelo como muertos.
-Alzaos. Escuchad. Yo soy el Dios poderoso y no tolero delante mí a otros dioses. ¡Encended una hoguera y arrojad a ella la estatua». La muchedumbre se rebela. Empieza a dudar de ese "dios" misterioso que ordena quemar a la diosa. Los más exaltados son los sacerdotes.
Pero Fara y la madre de la mujer, que están angustiados por la vida de ésta, se oponen a la muchedumbre hostil; como Fara es el primero de la ciudad, la muchedumbre contiene su ira. De todas formas, el hombre pregunta:
-¿En virtud de qué puedo creer que eres un dios? Dame un signo de ello y mandaré que se haga lo que deseas.
-Mira. ¿Ves las heridas de este macho cabrío? ¿Están abiertas, verdad?, ¿sangran, verdad?, ¿este animal está moribundo, no? Pues bien, no quiero que esto suceda… ¿Ves? Mira.
El hombre sé inclina a mirar… y grita:
-¡No tiene heridas! -y se arroja al suelo suplicante: « ¡Mi mujer, mi mujer!».
Mas el sacerdote que venía en la procesión dice:
-¡Cuidado, Fara! ¿No sabemos quién es éste! ¡Teme la venganza de los dioses!
El hombre se ve entre dos sentimientos de temor: los dioses, su esposa… -Pregunta:
-¿Quién eres?
-Yo soy el que soy, en el Cielo y en la tierra. Toda fuerza me está sujeta, ningún pensamiento me es secreto. Los que viven en el Cielo me adoran, los que están en el Infierno me temen, y los que crean en mí verán todo prodigio cumplido.
-¡Yo creo! ¡Creo!… ¡Cuál es tu Nombre?
-Jesucristo, el Señor encarnado. ¡Ese ídolo! ¡A las llamas! ¡No soporto dioses en mi presencia! ¡Apagad esos turíbulos! ¡Sólo mi Fuego puede y quiere! ¡Obedeced! ¡Si no, os reduzco a cenizas vuestro vano ídolo y me voy sin hacer la curación!
Jesús se muestra terrible, con su indumento de lino, pendiéndole de los hombros el manto azul, que roza el suelo, el brazo en alto en ademán imperativo, fulgurante el rostro. La gente siente miedo de Él. Ya nadie habla… En el silencio, se oye el grito, cada vez más apagado, cada vez más desgarrador, de la mujer, que está sufriendo. Pero no se resuelven a obedecer.
El rostro de Jesús cada vez se hace más irresistible para los que lo miran; es verdaderamente un fuego que quema las cosas y las entrañas de los corazones. Las páteras de cobre son las primeras que sufren su voluntad. Los que las sujetan las tienen que soltar porque no resisten su ardor.
Y, no obstante, las brasas se ven apagadas… Luego son los que llevan el ídolo quienes tienen que posar en el suelo las andas que llevaban apoyadas por las barras sobre los hombros, porque la madera se está carbonizando como lamida por una misteriosa llama. En cuanto las depositan en el suelo, las angarillas del ídolo comienzan a arder. La gente huye aterrorizada…
Jesús se vuelve a Fara:
-¿Puedes creer realmente en mi poder?
-Creo, creo. Tú eres Dios, eres el Dios Jesús.
-No. Yo soy el Verbo del Padre, de Yeohveh de Israel, venido en Carne, Sangre, Alma y Divinidad a redimir al mundo y a darle la fe en el Dios verdadero, uno, trino que está en lo alto del Cielo. Vengo a ayudar a los hombres, a usar con ellos misericordia, para que dejen el Error y vengan a la Verdad, único Dios de Moisés y los Profetas. Puedes creer?
-¡Creo, creo!
-He venido a traer Camino, Verdad, Vida a los hombres; a derrocar los ídolos, a enseñar la sabiduría. El mundo tendrá por mí su redención, porque moriré por amor al mundo, moriré para la salvación eterna de los hombres. ¿Puedes creer?
-¡Creo, creo!
-He venido para decirles a los hombres que si creen en el Dios verdadero poseerán la vida eterna en el Cielo, al lado del Altísimo, que es el Creador de todos los hombres, los animales, las plantas, los planetas. ¿Puedes creer?
-¡Creo, creo!
Jesús no entra siquiera en la casa, se limita a extender sus brazos hacia la habitación en que está la afligida, con las manos abiertas como en la resurrección de Lázaro, y grita:
-¡Ven a la luz para conocer la Luz divina, por orden de la Luz que es Dios!
Y al fragor de esta orden, pasado un momento, hace de eco un grito de triunfo, que lleva en su sonido lamento y alegría… y luego el leve llanto de un recién nacido, leve pero bien nítido, y cada vez más fuerte como por fuerza cada vez mayor.
-Tu hijo saluda a esta tierra llorando. Ve y dile, ahora y en el futuro, que la patria no es la tierra, sino el Cielo. Provee a su crecimiento y educación para el Cielo, y al hacerlo con él hazlo también contigo. Te está hablando la Verdad, mientras que aquellas cosas (señala a las páteras de cobre, arrugadas como hojas secas, inservibles ya, tiradas por el suelo; y a la ceniza, que marca el lugar donde estaban las angarillas con el ídolo) son la Mentira, que ni ayuda ni salva. Adiós.
Jesús hace ademán de marcharse, cuando he aquí que una mujer acude ligera con un recién nacido vivaracho envuelto en un lienzo, y grita:
-¡Es niño, Fara! ¡Guapo, fuerte, de ojos oscuros como la aceituna cuando madura; tiene rizos, más negros y delicados que los de un cabritillo sagrado. Tu mujer está descansando feliz. Ya no sufre. Como si no hubiera pasado nada. Ha sido una cosa inesperada, cuando estaba ya en la agonía… después de esas palabras…
Jesús sonríe. El hombre le muestra al recién nacido, y Él le toca en la cabeza con el extremo de sus dedos. La gente excepto los sacerdotes, que se han marchado indignados al ver la defección de Fara -se acerca, curiosa por ver al recién nacido y, sobre todo, a Jesús.
Fara quisiera ofrecerle algún presente y dinero por el milagro, pero Jesús dice, con dulzura y firmeza:
-Nada. El milagro no se paga sino con la fidelidad a Dios por haberlo otorgado. Me llevo solamente a este macho cabrío, en recuerdo de tu ciudad.
Y se marcha con el animal, que va trotando a su lado como si Jesús fuera su amo; curado, contento, expresando con su balitar la alegría de estar con alguien que no le pega…
Bajan así los rellanos del monte y llegan a la vía principal que conduce a Azoto…
Ya por la tarde, Jesús, al lado del estanque umbrío, ve venir a sus discípulos: el asombro es recíproco, al ver ellos a Jesús con ese macho cabrío, y Él a ellos con rostros apesadumbrados, propios de personas a las que no les han salido las cosas en modo satisfactorio.
-¡Un desastre, Maestro! No han llegado a pegarnos, pero nos han arrojado de la ciudad. Luego hemos estado vagando por los campos. Si hemos podido procurarnos comida, ha sido pagándola muy cara. Y no es que no nos hayamos comportado con dulzura… -dicen desconsolados.
-No importa. El año pasado también nos echaron de Hebrón y esta vez, nos han recibido con honores. No debéis desanimaros».
-¿Y Tú, Maestro? ¿Ese animal? -preguntan.
-He estado en Magdalgad. Allí he quemado un ídolo y sus turíbulos, he hecho nacer a un niño, he predicado al Dios verdadero a través de milagros, y me he traído como retribución a esta cabra que estaba destinada al rito idolátrico. ¡Pobre animal; era todo una llaga!
-¡Pero ahora está bien! ¡Es un espléndido animal!
-Es animal sagrado, destinado al ídolo… Sano. Sí. Ha sido el primer milagro para convencerlos de que Yo era el Poderoso, y no su pedazo de madera.
-¿Y qué vas a hacer con él?
-Se lo llevo a Marziam; ayer un muñeco, hoy una cabra. Se pondrá contento.
-¿Pero lo vas a llevar contigo hasta Béter?
-¡Sí, ciertamente! ¡No veo el horror de esto! ¡Si soy el Pastor, podré tener un macho cabrío! Luego se lo damos a las mujeres, que se lo llevarán a Galilea. Encontraremos una cabra. Simón, serás pastor le cabras… Mejor sería que fueran ovejas, pero la verdad es que el mundo es más de cabras que de corderos… Es un símbolo, Pedro mío. Acuérdate de esto: con tu sacrificio convertirás a muchos machos cabríos en corderos. Venid. Vamos hasta ese pueblecito que está entre árboles frutales. Allí encontraremos dónde pasar la noche, o en las asas o sobre las gavillas de los campos. Y mañana iremos a Yabnia.
Los apóstoles están asombrados, apenados, descorazonados: asombrados de los milagros; apenados por no haber estado con Él; descorazonados porque… sí, Jesús lo puede todo, pero ellos… se sienten incapaces.
Él, sin embargo, está muy contento, y logra convencerlos de esto: nada es inútil, ni siquiera la derrota, porque sirve para formaros en la humildad; y hablar sirve para que se vaya difundiendo mi nombre y dejar un recuerdo en los corazones.
Jesús se muestra tan convincente y luminoso de alegría, que ellos también se tranquilizan.
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Obedientes a la orden recibida, los grupos de los apóstoles van llegando a la puerta de la ciudad. Jesús todavía no está, pero pronto aparece por una callecita que sigue el trazado de la muralla.
-Debe haberle ido bien al Maestro -dice Mateo -¡Mirad cómo sonríe!
Van hacia Él. Luego salen por la puerta y toman la vía principal A ambos lados hay huertas del suburbio.
Jesús les pregunta:
-¿Entonces?… ¿cómo os ha ido?, ¿qué habéis hecho?
-Muy mal -dicen al unísono Judas Iscariote y Bartolomé.
-¿Por qué? ¿Qué os ha sucedido?
-Que por poco nos apedrean. Hemos tenido que salir corriendo Vámonos de esta ciudad de bárbaros. Volvamos a donde nos estiman. Yo aquí ya no hablo más. De hecho no quería hablar, pero… me he dejado vencer, y Tú no me has frenado, a pesar de que sabes todo… -Judas está inquieto.
-Pero, ¿qué te ha pasado?
-Pues… Yo he estado con Mateo, Santiago y Andrés. Hemos ido a la plaza de los Juicios, porque allí hay gente fina y que tiene tiempo que perder escuchando a una persona que hable. Hemos decidido dejarle a Mateo hablar, porque era el más idóneo para hablar a publicanos y a clientes de publicanos. Entonces él ha empezado dirigiéndose a dos que estaban discutiendo por un campo, en una cuestión poco clara de una herencia: "No os odiéis por causa de cosas perecederas y que no podéis llevaros con vosotros a la otra vida; antes bien, amaos, para poder gozar de bienes eternos, conseguidos sin más guerras que la que combate las malas pasiones que debemos subyugar para ser vencedores y poseer el Bien". Dijiste esto, ¿no? Y luego siguió,que ha llegado el
mientras otros dos o tres se acercaban para oír: “Abrid vuestros oídos a la Verdad, que enseña estas cosas al mundo, para que el
mundo tenga paz.
Ya veis que se sufre por esto, por este excesivo interés por las cosas perecederas. Mas la tierra no es todo. Está también el Cielo, y en el Cielo está Dios, de la misma forma que, ahora, en la tierra está el Mesías de Dios, que nos envía para anunciaros que ha llegad͉o tiempo de la Misericordia, y que ningún pecador puede decir: “No seré escuchado”, pues si uno tiene verdadero arrepentimiento, recibe el perdón, es escuchado y amado y se le ofrece el Reino de Dios".
A todo esto, ya mucha gente había venido. Había quien escuchaba con respeto y había quien interrumpía y molestaba a Mateo con preguntas. Yo ya de hecho no respondo nunca para no estropear el discurso. Hablo y respondo en particular al final. Que se tengan en la memoria lo que quieran decir y que guarden silencio. ¡Pero Mateo quería responder inmediatamente!… Nos preguntaban también a nosotros. Pero había también quien hacía risitas sarcásticas y decía: "¡Otro loco! Está claro que viene de la guarida de Israel. Los judíos son como malas hierbas que se difunden por todas partes. ¡Ahí tenemos otra vez sus eternas patrañas! Dios es su protector. ¡Escucha, escucha! Está en el filo de su espada, en la mordacidad de su lengua. ¡Mira, mira, ahora sacan a colación a su Mesías! Algún otro exaltado que, como de costumbre, nos va a atormentar. ¡Maldición a Él y a su raza!". Entonces he perdido la paciencia, he tirado de Mateo -que seguía hablando sonriente como si le estuvieran haciendo honores -, y he empezado a hablar yo, tomando a Jeremías como base de mi discurso: "Crecen las aguas a septentrión; torrente desbordado serán…". "Ante su rumor" he dicho "pues el castigo que Dios os dará, raza maléfica, producirá el rumor de muchas aguas, aunque serán armas y soldados de la tierra y celestes honderos de los Cielos, en movimiento todos ellos por orden de los Jefes del Pueblo de Dios, los que se abatirán sobre vosotros como castigo de vuestra obstinación; ante su fragor se desvanecerán vuestras fuerzas, caerá vuestra soberbia y vuestros corazones y vuestros brazos y sentimientos, todo.
¡Seréis exterminados, residuos de la isla del pecado, puerta del Infierno! ¿Se os han subido de nuevo los humos porque Herodes os haya reconstruido? Pues más rasos todavía quedaréis, calvos sin remedio; toda suerte de castigos caerá sobre vuestras ciudades y poblados, sobre valles y llanuras. Que la profecía no ha muerto aún…"; y quería seguir, pero se nos han echado encima, y si nos hemos podido salvar ha sido por una caravana, providencial, que pasaba por una calle, pues ya empezaban a volar las piedras. Han dado a camellos y camelleros y se ha formado un verdadero guirigay. Nosotros nos hemos escabullido. Después hemos estado parados en un pequeño patio de suburbio. ¡Ah, yo ya no vuelvo aquí…!
-¡Pero, hombre, si los has ofendido! ¡La culpa es tuya! ¡Ahora se entiende por qué han venido con tanta hostilidad a echarnos! -exclama Natanael. Y prosigue: «Escucha, Maestro. Nosotros, o sea, Simón de Jonás, yo y Felipe habíamos ido hacia la torre que está orientada al mar.
Allí había unos marineros y jefes de barcos cargando mercancías para Chipre, para Grecia e incluso para más lejos. Imprecaban contra el sol, el polvo y el trabajo, y proferían maldiciones contra su condición de filisteos, esclavos -decían -de los tiranos, pudiendo ser reyes; y contra los Profetas, el Templo y todos nosotros. Yo quería alejarme de allí, pero Simón no quiso, porque decía: "¡No' ¡Todo lo contrario! ¡Es precisamente a estos pecadores a los que tenemos que ir! El Maestro lo haría así, y así tenemos que hacerlo nosotros". "Habla tú, entonces" hemos dicho yo y Felipe. "¿Y si no lo sé hacer?" ha dicho Simón. "Pues te ayudamos nosotros" hemos respondido. Entonces Simón se ha dirigido sonriente hacia dos hombres que, sudorosos, estaban sentados encima de una voluminosa paca que no lograban izar para cargarla en el barco, y ha dicho: "¿Pesa, verdad?". "Más que pesar, es que estamos cansados. Y tenemos que ultimar la carga. El patrón quiere zarpar en la hora de la bonanza, porque por la tarde el mar va a estar bravo y para esa hora tenemos que haber pasado ya los escollos para no correr peligro". "¿Hay escollos?” "Sí, allí, donde se ve que el agua borbota. Son zonas feas". "¡Corrientes, eh! ¡Claro!
El viento sur vuelve la punta y allí choca con aquella corriente
"¿Eres marinero?” "Pescador. De agua dulce. Pero el agua es siempre agua, y el viento, viento.
Yo también más de una vez he tragado agua y la carga se me ha vuelto al fondo más de una vez. Este oficio nuestro por una parte tiene sus atractivos pero por otra es fastidioso, de todas formas en todo hay una parte agradable y otra desagradable, buena y mala; en ningún sitio todos son malos, como ninguna raza es toda cruel.
Con un poco de buena voluntad siempre se llega a un acuerdo y se encuentra que en todas partes hay gente buena. ¡Venga, que os hecho una mano!". Entonces Simón ha llamado a Felipe diciendo: "¡Ánimo! Tú coge de ahí que yo cojo de aquí, y esta buena gente nos lleva a la nave, a las bodegas'". Los filisteos no querían, pero luego lo han permitido. Una vez en su sitio el fardo y otros que estaban en el puente, Simón se ha puesto, como él sabe hacer, a cantar las excelencias de la nave y el mar y la belleza de la ciudad vista desde el mar, y ha empezado a interesarse por la navegación marina y las ciudades de otras naciones. Así que todos alrededor, a darle las gracias y a celebrarlo… Por fin, uno pregunta: "Pero, ¿tú de dónde eres?, ¿del país del Nilo?". "No, del mar de Galilea; pero, como veis, no soy
como veis, no soy ningún tigre". "Sí, cierto. ¿Buscas trabajo?". "Sí". "Yo te tomo conmigo, si quieres. Veo que eres un hábil marinero" dice el patrón. "Soy yo el que te toma a ti.” "¿A mí? Pero, ¿no has dicho que buscas trabajo?". "Es verdad. Mi trabajo es llevar a los hombres al Mesías de Dios. Tú eres un hombre. Eres, por tanto, un trabajo para mí". "¡Pero si soy filisteo!” "¿Y qué significa eso?” "Significa que vosotros nos odiáis, nos perseguís, desde siempre; siempre lo han dicho vuestros caudillos…". "Los Profetas, ¿no? Pero ahora los Profetas son voces que ya no gritan; ahora está el único, grande, santo, Jesús. Él no grita, sino que llama con voz de amigo; no maldice, sino bendice; no trae desgracias, las elimina. No odia y no quiere que se odie; antes al contrario, ama a todos y quiere que amemos, incluso a nuestros enemigos. En su Reino no habrá vencidos vencedores, libres y esclavos, amigos y enemigos. No, no habrá estas distinciones, que dañan, que provienen de la maldad humana; sólo habrá seguidores suyos, es decir, personas que viven en el amor, en la libertad, vencedores del peso y del dolor. Os ruego que prestéis fe a mis palabras y que tengáis deseos del Mesías. Las profecías están escritas, sí, pero El es mayor que los Profetas, y, para el que lo ama quedan anuladas las profecías. ¿Veis esta bonita ciudad vuestra? Pues si llegaseis a amar al Señor nuestro, Jesús, el Cristo de Dios, aún más hermosa la volveríais a ver en el Cielo". Así hablaba Simón, afable e inspirado, y todos lo escuchaban con atención y respeto. Sí, respeto. Pero, por una calle ha aparecido de repente, gritando, gente de la ciudad, armados de palos y piedras. Nos han visto y, por el modo de vestir, nos han reconocido como forasteros, y -ahora comprendo -forasteros de tu raza, Judas, y nos han creído gente de tu ralea. ¡Sin la protección de los del barco, estábamos aviados!: han descolgado una chalupa y nos han alejado de allí por mar, hasta la playa de la zona de los jardines del Sur, desde donde hemos venido, junto con los que cultivan flores para los ricos de aquí. “¡Pero, tú, Judas es que todo lo chafas! ¿Es ésa la manera, insolente, de actuar? -Es la verdad.
-Hay que saber usarla. Pedro tampoco ha dicho mentiras, pero ha sabido hablar -objeta Natanael.
-¿Yo?… He tratado de ponerme en el lugar del Maestro. He pensado: "El actuaría con esta dulzura, así que yo también…" -dice Pedro con sencillez.
-A mí me gusta la manera fuerte. Es más regia
-¡Tu idea de siempre! Estás en un error, Judas. Hace un año que el Maestro está corrigiéndote esa idea, pero tú no te prestas a correcciones; te obstinas en el error como estos filisteos contra los que arremetes -dice en tono de reprensión Simón Zelote.
-¿Acaso alguna vez me ha corregido por esto? Además, cada uno tiene su modo y lo usa.
Al oír estas palabras, Simón Zelote se estremece, y mira a Jesús, el cual no dice nada pero asiente a la mirada evocadora de Simón con una leve sonrisa.
-¡Pues vaya una razón!… -dice con serenidad Santiago de Alfeo, y continúa: «Estamos aquí para corregirnos a nosotros mismos antes que a los demás. El Maestro ha sido antes nuestro maestro; no lo habría hecho si no hubiera querido que cambiásemos nuestros hábitos e ideas.
-Era Maestro respecto a la sabiduría…
-¿Era?… ¡Es! -dice serio Judas Tadeo.
-¡Cuántas sutilezas! Es, sí, es.
-También respecto a todo lo demás es Maestro, no sólo en sabiduría; su adoctrinamiento se dirige a toda nuestra realidad. Él es perfecto; nosotros, imperfectos.
Esforcémonos, pues, en ser perfectos -dice Santiago de Alfeo en tono de dulce consejo.
-No me siento culpable de lo que he hecho. Es que es una raza maldita. Todos perversos.
-No. No hay razón para que digas eso -interviene bruscamente Tomás -Juan se ha dirigido a los últimos, a los pescadores que llevaban el pescado a los mercados, y mira este talego húmedo. Es pescado de lo más fino: han renunciado a su ganancia por dárnoslo. Por miedo a que no fuera fresco a la tarde el de la mañana, han regresado al mar, y han querido que nosotros estuviéramos con ellos.
Parecía como estar en el lago de Galilea, y te aseguro que si ya de por sí el lugar lo recordaba, y las barcas llenas de rostros atentos, más aún lo recordaba Juan: parecía otro Jesús; las palabras le salían, dulces como la miel, de su boca sonriente; su rostro resplandecía como otro sol. ¡Cómo se parecía a ti, Maestro! ¡Yo estaba emocionado! Hemos estado tres horas en el mar, esperando a que las redes, extendidas entre las boyas, estuvieran llenas de peces: han sido tres horas de beatitud. Luego querían verte a ti, y Juan ha dicho: "Nos veremos en Cafarnaúm", así, como si hubiera dicho: "Nos veremos en la plaza de vuestra ciudad". ¡Han prometido que irán, han tomado nota! ¡Y hemos tenido que oponernos a que nos cargaran con demasiado pescado! Nos han dado el más selecto. Vamos a guisarlo. Esta noche un gran banquete, para compensar el ayuno de ayer.
-Pero, ¿y qué es lo que les has dicho? ̀ pregunta, confundido Judas Iscariote.
-Nada especial. He hablado de Jesús -responde Juan.
-¡Sí, pero como tú lo haces!… También Juan ha citado a los Profetas, pero les ha dado la vuelta -explica Tomás.
-¿Les ha dado la vuelta? -pregunta estupefacto Judas.
-Sí. Tú, de los Profetas, has sacado el acíbar; él, el almíbar. Porque, a fin de cuentas, incluso el mismo rigor de los Profetas es amor, exclusivo, violento si quieres, pero amor hacia todas las almas, a las que querrían ver fieles al Señor. No sé si tú, educado entre los escribas, has meditado alguna vez esto; yo sí, a pesar de ser orfebre. Al oro también se le golpea con el martillo y se le pasa por el crisol, pero es para afinarlo. No por aversión, sino por aprecio. Así actúan los Profetas con las almas. Yo lo entiendo; quizás por eso, porque soy orfebre. Pues bien, Juan ha citado a Zacarías, en su profecía a cargo de Jadrak y Damasco, y llegado al punto:
“A la vista de ello Ascalón quedará aterrorizada, Gaza experimentará una gran aflicción, y también Ecrón, porque su esperanza se ha desvanecido. Gaza quedará sin rey", se ha puesto a explicar cómo todo esto era porque el hombre se había separado de Dios, y, hablando de la venida del Mesías, que -decía -es perdón amoroso, ha prometido que, de una pobre realeza como la que desean para su nación los hijos de la tierra, los que sigan la Doctrina del Mesías alcanzarán una realeza eterna e infinita en el Cielo.
Dicho así no parece nada, pero ¡había que oírlo!… Se tenía la impresión de estar oyendo una música y de subir de manos de los ángeles. Y, mira por dónde, a ti los Profetas te han dado palos y a nosotros un pescado exquisito.
Judas guarda silencio desconcertado.
-¿Y vosotros? -pregunta el Maestro a sus primos y a Simón Zelote.
-Hemos ido a los arsenales donde trabajan los calafates.
Nosotros también hemos preferido ir a los pobres. De todas formas, había igualmente filisteos ricos, velando por la construcción de sus naves. Como no sabíamos quién iba a hablar, como los niños, hemos echado s dedos; Judas ha sacado siete dedos, yo cuatro, Simón dos. Le tocaba, por tanto, a Judas; y ha hablado -explica Santiago de Alfeo.
-¿Qué has dicho? -preguntan todos.
-Me he dado a conocer, con franqueza, por lo que soy. Les he dicho que recurría a su hospitalidad para pedir la bondad de acoger la palabra de un peregrino que en cada uno de ellos veía a un hermano suyo, teniendo un origen y un término comunes, y la esperanza no común, pero llena de amor, de poderlos conducir consigo a la casa del Padre, y llamarlos "hermanos" por los siglos de los siglos en la gran dicha del Cielo. Luego he dicho: "Está escrito en Sofonías, nuestro Profeta: “La región del mar será lugar de pastores… allí tendrán sus pastos, al atardecer descansarán en las casas de Ascalón”, y he desarrollado este pensamiento diciendo: "El Pastor supremo ha venido a vosotros, no armado de flechas sino de amor; os abre los brazos, os señala sus santos pastos; no se acuerda del pasado, si no es para mostrarse compasivo para con los hombres, por el gran daño que se han hecho unos a otros, como niños alocados, odiándose, cuando, amándose -pues son hermanos -habrían podido disolver muchos dolores. Esta tierra" he dicho "será lugar de pastores santos, los siervos del Pastor supremo, los cuales ya saben que aquí tendrán sus pastos más fértiles y las greyes mejores, y su corazón, cuando decline su vida, podrá descansar pensando en los vuestros y en los de vuestros hijos, más íntimos que casas amigas porque su Señor será Jesús, nuestro Señor". Me han comprendido. Me han preguntado; o, mejor, nos han preguntado. Simón ha hablado de su curación, mi hermano de tu bondad para con los pobres. De esto último es prueba esta nutrida bolsa para los pobres que encontramos por el camino. Tampoco a nosotros nos han hecho ningún daño los Profetas…
Judas Iscariote no abre la boca.
-Bueno -dice Jesús en tono consolador -, para otra vez Judas lo hará mejor. Creía que actuaba correctamente, así que, habiendo obrado con un fin honesto, no ha cometido en modo alguno pecado. Estoy contento también de él. El oficio de apóstol no es fácil, pero se aprende. Lo que sí siento es no haber tenido estos denarios antes y no haberos encontrado; me habrían hecho falta para una familia desdichada.
-Podemos volver. Todavía es pronto… Pero… perdona, Maestro, ¿cómo la has conocido? ¿Tú que has hecho? ¿No has hecho nada de nada? ¿No has evangelizado?
-¿Yo? He dado un paseo. Con el silencio he dicho a una meretriz: "Abandona tu pecado". He encontrado a un niño, bastante gamberro, y lo he evangelizado, y nos hemos hecho mutuamente un regalo: Yo, la fíbula que María Salomé me había prendido en el vestido en Betania; él, este trabajo suyo» -y Jesús saca de entre sus vestiduras el muñeco de caricatura. Todos lo miran y ríen -Luego he ido a ver unas espléndidas alfombras que uno de Ascalón elabora para venderlas en Egipto y en otros lugares… Luego he consolado a una niña huérfana de padre curándole a su madre. Y nada más.
-¿Te parece poco?
-Sí, porque hacía falta también dinero y no tenía.
-Pues volvemos dentro de la ciudad nosotros, que no hemos incomodado a nadie -dice Tomás.
-¿Y tu pescado? -dice de broma Santiago de Zebedeo.
-¿El pescado?… Pues, vosotros que tenéis el anatema encima id donde el anciano que nos ha acogido en su casa y empezad a preparar las cosas. Nosotros vamos a la ciudad.
-Sí -dice Jesús -De todas formas os voy a indicar la casa desde lejos. Habrá gente. Yo no voy porque me entretendrían. No quiero ofender al huésped que nos está esperando, faltando a su invitación. La descortesía es siempre falta de caridad.
Judas agacha todavía más la cabeza y, de tanto como cambia de color al recordar las muchas veces que él ha caído en esa falta, se pone violado.
Jesús añade:
-Vosotros id a esa casa. Buscad a la niña. No os podéis equivocar porque es la única niña. Le daréis esta bolsa y le diréis: "Esto te lo manda Dios por haber sabido creer. Es para ti, tu mamá y tus hermanitos". No digáis nada más.
Y regresad enseguida. Vamos.
Así, el grupo se divide: Jesús con Juan, Tomás y los primos suyos hacia la ciudad; los otros, hacia la casa del hortelano filisteo.
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
La aurora despierta con su hálito fresco a los durmientes. Se alzan del lecho de arena en que han dormido al abrigo de una duna salpicada de escasas hierbas resecas. Trepan hasta la cima. Ante ellos se abre una profunda pendiente arenosa, mientras que un poco más allá y acá de ella hay parcelas cultivadas y bonitas. Un torrente carente de agua marca con sus guijarros blancos el oro de la arena, y ya con este blancor de huesos resecos hasta el mar, que cabrillea a lo lejos con sus olas llenas por la marea de la mañana, más llenas por un ligero mistral que peina el océano. Caminan por el borde de la duna, hasta el torrente desecado; lo pasan; siguen caminando, en diagonal, por las dunas, que ceden bajo sus pies y que, con su superficie toda ondulada, parecen continuación del océano, de materia sólida y seca en vez de las móviles aguas.
Llegan a la húmeda playa. Ahora andan más deprisa. Juan se queda como hipnotizado ante la visión del mar sin límites, labrado en infinitas caras encendidas por los primeros destellos del sol; parece beber esa belleza, parecen teñirse aún más de azul sus ojos. Mientras, Pedro, más práctico, se descalza, se sube un poco la ropa y chapotea por las suaves olas de la orilla, con la esperanza de encontrar algún cangrejillo o alguna concha de molusco que chupar.
A dos kilómetros largos de distancia se ve una bonita ciudad marítima, edificada en la orilla, siguiendo el arrecife de forma de media luna al otro lado del cual el viento y las borrascas han transportado las arenas. El arrecife, ahora que el agua con la baja marea se está retirando, emerge también aquí, obligando a volver a la arena seca para no torturar con los escollos los pies desnudos.
-¿Por dónde entramos, Señor? Por este lado se ve sólo una muralla bien sólida. Por el mar no se puede entrar. La ciudad está en el punto más hondo del arco -dice Felipe.
-Venid. Sé por donde se entra.
-¿Has estado alguna otra vez aquí?
-Una vez, de niño; no creo que recuerde cómo es, pero sé por dónde se pasa.
-¡Extraño! He notado muchas veces que Tú no yerras nunca el camino; alguna vez te lo hacemos confundir nosotros.
¡Tú… parece como si hubieras estado en todos los sitios por donde te mueves! -observa Santiago de Zebedeo.
Jesús sonríe, pero no responde; va, sin vacilar, hasta un pequeño suburbio rural donde los hortelanos cultivan verduras para la ciudad. Las parcelas, las huertas, son de trazado regular y están bien cuidadas. Mujeres y hombres las cultivan; ahora están regando los surcos, extrayendo el agua de los pozos, o a fuerza de brazos o con el viejo -y chirriante -sistema del pobre burrito vendado que eleva los arcaduces dando vueltas en torno al pozo. Los cultivadores no dicen nada. Jesús saluda:
-Paz a vosotros.
Pero la gente permanece, si no hostil, al menos indiferente.
-Señor, aquí se corre el riesgo de morir de hambre. No comprenden tu saludo. Voy a probar yo -dice Tomás, y aborda al primer hortelano que ve, diciéndole:
-¿Cuesta cara tu verdura?
-No más que la de otras huertas. Es cara o no, según lo nutrida que esté la bolsa.
-Bien has dicho, pero, como puedes ver, yo no muero de inanición; estoy gordo y tengo buen color, a pesar de no comer tus verduras, lo que significa que mi bolsa es una buena ubre. En pocas palabras: somos trece y podemos comprar, ¿qué nos vendes?
-Huevos, verduras, almendras tempranas, manzanas (pasas porque son de hace bastante tiempo), aceitunas… Lo que quieras.
-Dame huevos, manzanas y pan, para todos.
-Pan no tengo. En la ciudad lo encuentras.
-Tengo hambre ahora, no hambre dentro de una hora. No creo eso de que no tienes pan.
-No tengo. La mujer lo está haciendo. Mira, ¿ves allí a ese viejo? Siempre tiene mucho pan porque, estando más cerca del camino, a menudo se lo piden los peregrinos. Ve donde Ananías y pídeselo. Ahora te traigo los huevos. De todas formas, ten en cuenta que cuestan a un denario el par.
-¡Ladrón! ¿Qué pasa, que tus gallinas ponen huevos de oro?
-No. Pero uno no está en medio del hedor de los pollos por nada; que no es agradable. Además, ¿no sois judíos? Pues pagad.
-Quédate con los huevos y considérate bien pagado -y Tomás le vuelve la espalda.
-¡Eh, hombre! ¡Ven! Te los doy por menos: tres al denario.
-Ni cuatro; bébetelos, y a ver si se te atragantan.
-Ven. Escúchame. ¿Cuánto me quieres dar? -el hortelano sigue a Tomás.
-Nada. Ya no los quiero. Quería tomar un tentempié antes de entrar en la ciudad. Será mejor que no coma nada, así no pierdo ni la voz para cantar las crónicas del rey ni el apetito para comer bien en la hostería.
-Te los doy a un didracma el par.
-¡Uf, eres peor que un tábano! ¡Dame esos huevos! ¡Que sean frescos! Si no, vuelvo y te pongo el morro más amarillo de lo que lo tienes -y Tomás va con el hombre y vuelve con, al menos, dos docenas de huevos en el vuelo del manto.
-¿Has visto? A partir de ahora en este pueblo de ladrones hago yo las compras; sé cómo tratarlos. Ellos vienen cargados de dinero a comprar a nuestra tierra, para sus mujeres: los brazaletes nunca son lo suficientemente gruesos, y se pasan enteras jornadas regateando el precio.
Ahora me vengo. Vamos a ese otro escorpión. Ven Pedro. Ten estos huevos, Juan.
Se dirigen a donde el anciano que tiene la huerta a lo largo de la vía principal, que, desde el norte, siguiendo el trazado de las casas del suburbio, conduce a la ciudad.
Es una vía bien adoquinada (sin lugar a dudas, hecha por los romanos). Ya está cerca la puerta del lado oriental de la ciudad. Dentro, se ve que la vía prosigue derecha verdaderamente artística, transformada en un doble soportal umbrío sostenido por columnas de mármol por cuya fresca sombra la gente camina, dejando el centro de la calle para los asnos, camellos carros y caballos.
-¡Salud! ¿Nos vendes pan? -pregunta Tomás.
El anciano o no oye o no quiere oír. La verdad es que el chirrido de la noria es tal, que puede crear confusión.
Pedro pierde la paciencia y grita:
-¡Para a tu Sansón! A1 meno podrá coger respiro para no morir ante mi vista. ¡Escúchanos!
El hombre para el burro y mira a su interlocutor con cara de pocos amigos, pero Pedro le desarma diciendo: -¿No te parece acertado llamar Sansón a un burro? Si eres filisteo te dará gusto porque ofendería a Sansón, y si eres israelita te gustará también porque recordaría una derrota de los filisteos. Así que…
-Soy filisteo, ¡y a mucha honra!
-Me parece bien. Yo también te ensalzaré si nos das pan.
-Pero, ¿no eres judío?
-Soy cristiano.
-¿Qué lugar es?
-No es un lugar. Es una persona. Y yo soy de esa persona.
-¿Eres esclavo suyo?
-Soy más libre que ningún otro hombre, porque quien es de esa persona ya no depende sino de Dios.
-¿Es verdad eso que dices? ¿Ni siquiera del César?
-¡Bah!, ¿cómo vas a comparar al César con aquel a quien yo sigo, al cual pertenezco y en cuyo nombre te pido un pan!
-Pero, ¿dónde está esta persona poderosa?
-Es aquel hombre de allí, el que mira hacia aquí y sonríe.
Es el Cristo, el Mesías. ¿No le has oído nunca mencionar?
-Sí. El rey de Israel. ¿Derrotará a Roma?
-¡Roma! ¡Al mundo entero, y hasta al Infierno!
-¿Sois sus generales? ¿Vestidos así? Quizás lo hacéis para evitar el hostigamiento de los pérfidos judíos…
-Sí y no. Pero… dame pan y mientras comemos te explico.
-¿Pan? ¡Hombre y también agua y vino y unos bancos, aquí a la sombra, para ti, tú compañero y tu Mesías! ¡Llámalo!
Pedro trota ligero hacia Jesús:
-¡Ven, ven! Ese filisteo anciano nos da lo que queramos. Pero creo que te va a asaltar a preguntas… Le he dicho quién eres, más o menos. Tiene buena disposición.
Todo el grupo se dirige hacia la huerta. Cuando llegan, el hombre tiene ya preparados unos bancos en torno a una tosca mesa, a la sombra de una tupida pérgola de vid.
-Paz, Ananías. Prosperidad a tus tierras por tu caridad. Que te produzcan pingües frutos.
-Gracias. Paz a ti. Siéntate, sentaos. ¡Anibé! ¡Nubi! Pan, vino, agua. Inmediatamente -ordena el anciano a dos mujeres que se ve que son africanas (una es completamente negra, de labios gruesos y pelo crespo; la otra, muy oscura, aunque de tipo más europeo). El anciano explica:
«Son las hijas de las esclavas de mi difunta mujer; también han muerto ya las que vinieron con ella. Las hijas han quedado. Son del Alto y Bajo Nilo. Mi mujer era de allí. Prohibido, ¿no? no me preocupa. No soy de Israel, y las mujeres de raza inferior son dóciles.
-¿No eres de Israel?
-Lo soy a la fuerza, porque a Israel lo tenemos al cuello como un yugo. Pero… Tú eres israelita… ¿te ofendes por esto que digo?
-No. No me ofendo. Lo único que querría es que escucharas la voz de Dios.
-A nosotros no nos habla.
-Eso lo dices tú. Yo te estoy hablando, y es su voz.
-¡Pero Tú eres el Rey de Israel!.
Las mujeres, que están llegando con el pan, el agua y el vino, y que oyen hablar de "rey", se detienen turbadas, mirando al joven rubio, sonriente, honorable, al que el amo llama "rey", y deciden retirarse, casi arrastrando los pies por el respeto.
-Gracias, mujeres. Paz también a vosotras.
Luego, vuelto al anciano:
-Son jóvenes… Sigue, sigue tu trabajo.
-No. La tierra está mojada y puede esperar. Habla un poco. Anibé, suelta al burro y llévalo a su sitio; tú, Nubi, vuelca los últimos arcaduces y luego… ¿Te vas a detener un tiempo, Señor?
-No te tomes más molestias; me basta con un poco de comida, luego entro en Ascalón.
-No es molestia. Ve a la ciudad si tienes esos planes, pero vuelve a la noche; partiremos el pan y compartiremos la sal. ¡Venga, vosotras, daos prisa! Tú ocúpate del pan, tú llama a Yeteo y que mate un cabritillo y lo preparas para la cena. Poneos en marcha -y las dos mujeres se van sin hablar.
-¿Así que eres Rey? ¿Y las armas? Herodes es cruel en todas sus manifestaciones; nos ha reconstruido Ascalón, pero lo ha hecho buscando su propia gloria. ¡Y ahora!… Bueno, conoces mejor que yo las vergüenzas de Israel. ¿Cómo te las vas a arreglar?
-Sólo tengo el arma que viene de Dios.
-¿La espada de David?
-La espada de mi palabra.
-¡Pobre iluso! Perderá la punta y el filo contra el bronce de los corazones.
-¿Tú crees? Mi mirada no se dirige a un reino de este mundo, sino, por todos vosotros, al Reino de los Cielos.
-¿Todos nosotros? ¿También yo, que soy filisteo? ¿También mis esclavas?
-Todos. Tú y ellas, y hasta por el más salvaje que haya en el centro de las selvas africanas.
-¿Quieres construir un reino tan grande? ¿Por qué dices "de los Cielos"? Podrías llamarlo: Reino de la Tierra.
-No. No comprendas en modo errado. Mi Reino es el Reino del verdadero Dios. Dios está en el Cielo. Por eso es Reino del Cielo. Todo hombre es un alma vestida de cuerpo, y el alma no puede vivir sino en el Cielo. Yo os quiero curar el alma, eliminar en vuestra alma errores y odios, conducirla a Dios a través de la bondad y el amor.
-Me agrada mucho esto. Aunque no vaya a Jerusalén, sé que los de Jerusalén no hablan así desde hace siglos. ¿De modo que no nos odias?
-No odio a nadie.
El anciano se queda pensando un momento… luego pregunta:
-¿Y las dos esclavas tienen también alma como vosotros los de Israel?
-Ciertamente. No son fieras capturadas. Son criaturas desdichadas. Se las debe amar. ¿Tú lo haces?
-No las trato mal. Exijo obediencia, pero no uso el látigo, y además las alimento bien. Animal mal nutrido no trabaja, se dice. Tampoco es buen partido el hombre mal alimentado. Además… han nacido en casa. Las he visto niñas. Ahora se quedarán ellas solas, porque soy muy viejo. Casi ochenta, ¿sabes? Ellas y Yeteo son lo que me queda de mi casa de otros tiempos. Les tengo afecto, como a muebles míos. Serán ellos quienes cierren mis ojos…
-¿Y luego?
-Y luego… ¡Psss!… No lo sé. Irán a servir, y la casa se disgregará. Lo siento. La he hecho próspera con mi trabajo. Esta tierra volverá a ser arenosa, estéril… Esta viña… la plantamos yo y mi mujer. Aquel rosal… es egipcio, Señor; en él siento el perfume de mi esposa… Es para mí como un hijo, como mi hijo único, ya polvo, que está enterrado a sus pies… Esto son penas… Mejor morir de joven y no ver esto y la muerte que se acerca…
-Tu hijo no ha muerto, ni tampoco tu mujer; sobrevive su espíritu, sólo la carne está muerta. La muerte no debe causar terror. La muerte es vida para quien espera en Dios y vive en la justicia. Piensa en esto. Ahora voy a la ciudad. Volveré esta noche y te pediré ese pórtico para dormir Yo y los míos.
-No, Señor. Tengo muchas habitaciones vacías. Te las ofrezco.
Judas pone encima de la mesa unas monedas.
-No. No las acepto. Soy de esta tierra que os es hostil, pero quizás soy mejor que los que nos dominan. Adiós, Señor».
-Paz a ti, Ananías.
Las dos esclavas y Yeteo, un musculoso y anciano campesino, acuden para verlo marcharse.
-Paz también a vosotros. Sed buenos. Adiós.
Jesús roza con su mano los cabellos crespos de Nubi y los lisos y brillantes de Anibé, sonríe al hombre y se marcha.
Poco después entran en Ascalón por la calle del doble pórtico, que va recta hasta el centro de la ciudad.
Ascalón es un torpe remedo de Roma, con estanques y fuentes, plazas usadas como foro, torres distribuidas a lo largo de la muralla y, por todas partes, el nombre de Herodes (que él mismo ha hecho colocar para autoaplaudirse, dado que los de Ascalón no lo aplauden).
Hay mucho movimiento, que crece en la medida en que la hora avanza y se va acercando la parte más céntrica de la ciudad, abierta, aireada, con el mar luminoso como fondo (parece una turquesa en una tenaza de coral rosa, por las casas esparcidas en el arco profundo que aquí dibuja la costa: no es un golfo, es un verdadero arco, una porción de círculo teñida toda de un rosa palidísimo a causa del sol).
-Nos separamos en cuatro grupos. Yo aquí me separo, o, más bien idos vosotros; luego ya decidiré. Marchad. Después de la hora nona nos encontraremos de nuevo en la Puerta por la que hemos entrado. Sed prudentes y pacientes.
Jesús los mira mientras los apóstoles se alejan. Con Él se ha quedado sólo Judas Iscariote, que ha declarado que a éstos no les va a decir nada porque son peores que los paganos. Pero, cuando oye que Jesús va a ir aquí o allá y no va a hablar, entonces cambia de idea y dice:
-¿Te molesta si te dejo solo? Querría ir con Mateo, Santiago y Andrés… Son los menos dotados…
-Ve, ve. Adiós.
Jesús, solo, va por la ciudad, sin rumbo fijo, a lo largo y a lo ancho, anónimo entre la atareada gente. Ni siquiera se fijan en El, salvo dos o tres niños que levantan, curiosos, la cabeza, y una mujer provocadoramente vestida, que viene resueltamente hacia Él con una sonrisa llena de insinuaciones; pero Jesús la mira tan severamente, que ella se pone roja como la púrpura, baja los ojos y cambia de dirección; llegada a la esquina, se vuelve, pero, dado que uno del lugar, que ha observado la escena, la hiere con una observación mordaz y burlona por su derrota, se envuelve en su manto y huye.
Los niños, sin embargo, se quedan un poco alrededor de Jesús, lo miran, sonríen ante su sonrisa. Uno de ellos, más audaz, pregunta:
-¿Quién eres?
-Jesús -responde acariciándolo.
-¿Qué haces?
-Estoy esperando a unos amigos.
-¿De Ascalón?
-No, de mi tierra y de Judea.
-¿Eres rico? Yo sí. Mi padre tiene una casa bonita. Dentro traba alfombras. Ven a ver. Está aquí cerca.
Y Jesús va con el niño, y entra en un largo atrio que forma con una calle cubierta. En el fondo resplandece, avivado por la penumbra del atrio, un retazo de mar todo encendido de sol.
Encuentran a una niña demacrada que llora.
-Es Dina. Es pobre, ¿sabes? Mi madre le da comida. Su madre ya no está en condiciones de ganar. Su padre murió en el mar. Fue una tormenta, mientras iba de Gaza al puerto del Gran Río a llevar y recoger mercancías. Como la mercancía era de mi padre y el padre de Dina era uno de nuestros marineros, mi madre se ocupa ahora de ellos.
Muchos se han quedado sin padre así… ¿Tú que opinas? Debe ser duro ser huérfano y pobre. Ahí está mi casa. No digas que estaba en la calle, porque tenía que estar en la escuela; pero es que me han echado porque hacía reír a los compañeros con esto… -y saca de debajo del vestido un monigote tallado en madera, en una delgada tablita de madera realmente muy cómico, con unas narices y una barbilla puntiaguda muy caricaturescas.
A Jesús le vibra una sonrisa entre los labios, pero se frena y dice:
-¿No será el maestro, verdad? Ni ningún pariente, ¿no? No estaría bien.
-No. Es el jefe de la sinagoga de los judíos. Es viejo y feo y siempre nos mofamos de él.
-Eso tampoco está bien. Fíjate que es mucho mayor que tú y…
-¡Bueno… es muy viejo, medio cheposo y casi ciego; y tan feo… ¡Yo no tengo ninguna culpa de que él sea feo!
-No, pero sí tienes culpa de burlarte de un anciano. Tú también de viejo serás feo, porque te encorvarás; tendrás poco pelo, estarás medio ciego, caminarás con bastones, tendrás esa cara así. ¿Y entonces? ¿Te va a gustar que se burle de ti un niño irrespetuoso? Y, además, ¿por qué hacerle ponerse nervioso al maestro?, ¿por qué molestar a los compañeros? No está bien hecho. Si tu padre viniera a saberlo te castigaría, y tu madre se apenaría. Yo no les voy a decir nada, pero tú me das inmediatamente dos cosas: la promesa de no volver a cometer estas faltas y el muñeco. ¿Quién lo ha hecho?
-Yo, Señor… -dice afligido el niño, consciente ya de la gravedad de sus… fechorías… Y añade: «¡Me gusta mucho trabajar la madera! A veces reproduzco las flores o animales de las alfombras. ¡Fíjate… dragones, esfinges… y más animales!
-Esos animales sí los puedes hacer. ¡Tantas cosas bonitas hay en la tierra! Entonces, ¿prometes?, ¿me das ese fantoche? Si no, dejamos de ser amigos. Lo guardaré como recuerdo tuyo y rezaré por ti. ¿Cómo te llamas?
-Alejandro. ¿Y Tú qué me das?
Jesús se ve en dificultad: ¡Tiene siempre tan pocas cosas!… Pero luego se acuerda de que tiene una fíbula muy bonita prendida al cuello de uno de los indumentos. Busca en el talego, la encuentra, la quita, se la da al niño.
-Vamos. Pero ten en cuenta que incluso cuando me haya marchado sigo lo mismo sabiendo todo, y si sé que eres malo vuelvo y le digo todo a tu madre.
El pacto queda hecho.
Entran en la casa. A1 otro lado del vestíbulo hay un espacioso patio limitado en tres de sus lados por unas naves en que están los telares.
La criada que ha abierto, al ver al niño con un desconocido, se queda sorprendida y va a avisar a la señora. Ésta -una mujer alta y de dulce aspecto -viene inmediatamente y pregunta:
-¿Se ha sentido mal mi hijo?
-No, mujer; me ha conducido aquí para mostrarme tus telares. Soy forastero.
-¿Quieres comprar?
-No. Yo no tengo dinero, pero tengo amigos a los que les gustan las cosas estéticas, y que tienen dinero.
La mujer mira sorprendida a este hombre que confiesa así, sin rodeos, que es pobre, y dice:
-Pues te creía un señor, tienes modos y aspecto de gran señor.
-Pues mira, soy simplemente un rabí galileo, Jesús, el Nazareno.
-Somos comerciantes. No tenemos prejuicios. Pasa y mira -Y le acompaña a que vea sus telares, donde trabajan muchachas bajo su dirección.
Las alfombras son verdaderamente de valor en cuanto a dibujo y flores; espesas, blandas, parecen pequeños cuadros de jardín llenos de flores, o una imagen calidoscópica de gemas. Otras, mezcladas con las flores, tienen figuras alegóricas: hipogrifos, sirenas, dragones, o grifos heráldicos semejantes a los nuestros.
Jesús admira estas obras:
-Eres muy hábil. Me alegro de haber visto todo esto, como me alegra el que seas buena.
-¿Cómo sabes eso?
-Se ve en la cara. Además el niño me ha hablado de Dina. Dios te lo pague. Aunque no lo creas, teniendo, como tienes, en ti la caridad, estás muy cerca de la Verdad.
-¿Qué verdad?
-Muy cerca del Señor altísimo. El que ama al prójimo y ejercita la caridad con su familia y sus subordinados, y la extiende a los pobres, tiene ya en sí la Religión. Aquélla es Dina, ¿no?
-Sí. Su madre se está muriendo. Después la tomaré yo conmigo, pero no para los telares; es demasiado pequeña y débil para ello Ven, Dina, acércate a este señor.
La niña, con la carita triste propia de los niños infelices, se acerca tímidamente.
Jesús la acaricia y dice:
-¿Me llevas a ver a tu madre? Querrías que se pusiera buena, ¿verdad? Bueno, pues llévame a ella. Adiós, mujer. Adiós, Alejandro; y sé bueno. Sale llevando a la niña de la mano. -¿Tienes hermanos? -pregunta. -Tengo tres hermanos pequeños. El último no conoció a nuestro padre.
-No llores. ¿Eres capaz de creer que Dios puede curar a tu madre? ¿Sabes, verdad, que hay un solo Dios, que quiere a los hombres que ha creado y especialmente a los niños buenos; y que lo puede todo?
-Sí, lo sé, Señor. Antes iba a la escuela mi hermano Tolmé. Allí están mezclados con los judíos y aprenden muchas cosas. Sé que existe y que se llama Yeohveh, y que nos castigó porque los filisteos fueron malos con Él. Siempre nos lo echan en cara los niños hebreos. Pero yo no vivía en aquella época, ni mi mamá ni mi padre. Entonces, ¿por qué…? -el llanto hace de barrera a la palabra.
-No llores. Dios te quiere también a ti y me ha traído aquí por ti y por tu mamá. ¿Sabes que los israelitas esperan al Mesías, que debe venir para fundar el Reino de los Cielos, el Reino de Jesús, Redentor y Salvador del mundo?
-Lo sé, Señor. Nos amenazan diciendo: "¡Ay de vosotros cuando llegue!"
-¿Sabes lo que hará el Mesías?
-Hará grande a Israel y a nosotros nos tratará muy mal.
-No. Dará redención al mundo, quitará el pecado, enseñará a no pecar; querrá a los pobres, a los enfermos, a los afligidos; se acercará a ellos; enseñará a los ricos, a los sanos y a los que viven felices, a quererlos; recomendará la bondad para obtener la Vida eterna y bienaventurada en el Cielo. Esto es lo que hará… Y no será tirano con nadie.
-¿Y cómo se sabrá que es Él?
-Porque querrá a todos y curará a los enfermos que crean en Él, redimirá a los pecadores y enseñará el amor.
-¡Ah, si viniera antes de que mi mamá muriese! ¡Cómo creería yo! ¡Cómo le suplicaría! Iría a buscarlo hasta encontrarlo y le diría: "Soy una pobre niña sin padre. Mi madre se está muriendo. Yo espero en ti". Estoy segura de que, aun siendo filistea, me escucharía.
Toda una fe sencilla y fuerte vibra en la voz de la niña. Jesús sonríe mirando a esta pobrecita que camina a su lado, pero ella no ve esta fúlgida sonrisa, porque va mirando hacia delante, hacia la casa, que ya está cerca…
Llegan a una casucha muy pobre que está al final de un callejón sin salida.
-Es aquí, Señor. Pasa….
Una mezquina habitacioncita, un cuerpo agotado extendido sobre un costal, tres pequeñuelos sentados al lado, de edad entre tres y diez años; todo deja transparentar miseria y hambre.
-La paz sea contigo, mujer. Tranquila. No te sientas incómoda ni hagas esfuerzos. He conocido a tu hija y sé que estás enferma, y he venido. ¿Quieres recobrar la salud?
La mujer, con un hilo de voz, responde:
-¡Oh, Señor!… Pero, para mí ya todo ha terminado… -y llora.
-Tu hija ha sido capaz de creer que el Mesías podría curarte. ¿Tú?
-¡Oh, yo también lo creería! Pero… ¿dónde está el Mesías?
-Es el que te está hablando.
Entonces Jesús, que estaba curvado hacia el jergón susurrando sus palabras junto a la cara de la enferma mortecina, se endereza y grita:« -¡Lo quiero! ¡Queda curada!
Los niños sienten casi miedo de la gravedad de Jesús; están tres rostros de estupor -haciendo de corona a la yacija materna. Dina aprieta las manos contra su pequeño pecho; una luz de esperanza, de beatitud, refulge en su carita; de tanta emoción como siente, casi jadea; tiene la boca abierta, preparada para una palabra que ya su corazón le susurra, y, cuando ve que su madre, antes cérea y completamente sin fuerzas, como atraída por una fuerza que le hubiera sido trasvasada, se incorpora y se sienta, y luego, sin quitar un momento los ojos de los del Salvador, se pone en pie, profiere un grito de júbilo:
-¡Mamá!
Ha sido pronunciada la palabra que llenaba su corazón… Y luego otra: « ¡Jesús!».
Entonces, abrazando a su madre, la obliga a arrodillarse mientras dice:
-¡Adora, adora! Es el Salvador profetizado al que se refería el maestro de Tolmé.
-Adorad al verdadero Dios. Sed buenos. Acordaos de mí. Adiós.
Y Jesús sale rápidamente, mientras las dos, felices, siguen prosternadas…
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
El lugar es todavía el mismo, pero el sol se muestra menos implacable porque se encamina al ocaso.
-Tenemos que andar hasta aquella casa -dice Jesús.
Van hacia la casa. Llegan. Piden pan y posibilidad de descanso, pero el guarda los rechaza con dureza.
-¡Raza de filisteos! ¡Víboras! ¡Son todos iguales! Han nacido de esa cepa y dan frutos envenenados -dicen con enfado los discípulos, hambrientos y cansados -¡Que recibáis lo mismo que dais!
-¿Por qué faltáis a la caridad? El tiempo del talión ya ha quedado atrás. Caminemos. Todavía no ha oscurecido y no os estáis muriendo de hambre. Un poco de sacrificio, para que estas almas lleguen a sentir hambre de mí -exhorta Jesús.
Pero los discípulos -creo que más por despecho que por hambre verdaderamente insoportable -entran en todo el medio de una de las parcelas cultivadas y se dan a coger espigas, las desgranan en las palmas de las manos y se ponen a comerse los granos.
-Están buenos, Maestro -grita Pedro -¿Tú no coges espigas? Además tienen doble sabor… Me comería todo el campo.
-¡Tienes razón! ¡Así se arrepentirían de no habernos dado ni un pan! -dicen los otros, que van caminando entre las espigas y comiendo con gusto.
Jesús va solo por el camino polvoriento. Unos cinco o seis metros más atrás le siguen Simón Zelote y Bartolomé, pero van hablando entre sí.
Otra encrucijada de caminos: un camino secundario que atraviesa el camino de primer orden. Parados en ese punto, hay un grupo de desabridos fariseos, que, sin duda, vuelven de haber asistido a las funciones del sábado en el pueblo ancho y achatado que se ve en el fondo de este camino secundario: parece un animal grande acochado en su madriguera.
Jesús los ve, los mira manso y sonriente, y los saluda:
-Paz a vosotros.
En vez de la respuesta al saludo, uno de los fariseos, arrogantemente, pregunta:
-¿Quién eres?
-Jesús de Nazaret.
-¿Veis como es Él? -dice uno de ellos a los otros.
Entretanto, Natanael y Simón se han acercado al Maestro. Los demás, caminando por los surcos, están viniendo hacia el camino; todavía vienen masticando y tienen en el cuenco de la mano granos de trigo.
Jesús se detiene para acabar de escuchar el resto de lo que quieren decirle. El primer fariseo que ha hablado -quizás el más representativo -le habla otra vez:
-¡Ah!, ¿entonces eres el famoso Jesús de Nazaret?; ¿y cómo es que estás por aquí?
-Porque también aquí hay almas que salvar.
-Para eso nos bastamos nosotros; sabemos salvar las nuestras y las de nuestros súbditos.
-Si es así, hacéis bien. Pero Yo he sido enviado para evangelizar y salvar.
-¡Enviado! ¡Enviado! ¿Y quién nos lo prueba? ¡Tus obras no!
-¿Por qué dices eso? ¿No te preocupa tu vida?
-¡Ah! ¡Ya! Tú eres ese que administra la muerte a quienes no lo adoran. De forma que quieres matar a toda la clase sacerdotal, ¿no?, y a la de los fariseos, y a la de los escribas, y a muchas otras, porque ni te adoran ni te adorarán nunca; nunca, ¿comprendes? Nunca te adoraremos nosotros, los elegidos de Israel, ni te amaremos.
-No os fuerzo a amarme; os digo: “Adorad a Dios" porque…
-O sea, a ti, porque Tú eres Dios, ¿no es así? Pero se da el caso de que nosotros no somos ni los piojosos paletos galileos ni esos estúpidos de Judá que te siguen olvidando a nuestros rabíes…
-No te agites. Yo no pido nada. Cumplo mi misión. Enseño a amar a Dios y repito el Decálogo porque está muy olvidado, y se aplica peor. Lo que quiero ofrecer es la Vida, la eterna; no le deseo a nadie la muerte corporal, y menos todavía la espiritual. La vida sobre la que te preguntaba si no te preocupaba perderla era la de tu alma, porque amo tu alma a pesar de que ella no me ame, y me apena el ver que la estás matando al ofender al Señor con el desprecio de su Mesías.
Tanto se agita el fariseo que parece víctima de una convulsión: se descoloca sus vestiduras, se arranca las cintas, se quita la prenda que cubre su cabeza y se alborota los pelos, y grita:
-¡Oíd! ¡Oíd! ¡Esto que me dice a mí, a Jonatán de Uziel, descendiente directo de Simón el Justo, a mí!… ¡Ofender yo al Señor! ¿No se quién me frena para que no te maldiga, pero…
-Es el miedo. Hazlo, si quieres, que no quedarás por ello reducido a cenizas. A su debido tiempo, sí; entonces me invocarás, pero entre y Yo habrá, entonces, un arroyo rojo: mi Sangre.
-Bien, pero, mientras, Tú, que te dices santo, permites ciertas cosas… Tú, que te dices Maestro, no instruyes primero a tus apóstoles… ¡Míralos, ahí, detrás de ti!…
¡Ahí están, todavía con el instrumento de su pecado entre sus manos! ¿Ves? Han cogido espigas, y es -sábado; han cogido espigas que no son suyas: han violado el sábado y han robado.
-Teníamos hambre. En el pueblo al que llegamos ayer por la tarde, hemos pedido alojamiento y comida. Hemos sido rechazados. La única que nos dio algo, parte de su pan y un puñado de aceitunas, fue una viejecita; que Dios se lo pague, multiplicado por cien, pues ha dado todo lo que tenía, pidiendo sólo una bendición. Luego caminamos durante una milla y nos detuvimos, como establece la ley, y bebimos agua de un regato. Después de la puesta de sol, fuimos a aquella casa… Nos rechazaron también. Como puedes ver, en nosotros ha habido voluntad de obedecer a la Ley -responde Pedro.
-Pero no lo habéis hecho. No es lícito, en sábado, hacer obra manual; nunca es lícito coger lo que es de otros. Estamos escandalizados yo y mis amigos.
-Pues Yo no lo estoy. ¿No habéis leído nunca cómo David, en Nob cogió los panes de la Proposición para alimento suyo y de sus compañeros? Los panes sagrados eran de Dios, estaban en la casa de Dios reservados, por dictamen eterno, a los sacerdotes.
En efecto, está escrito: "Serán de Aarón y de sus hijos, que los comerán en lugar santo porque son cosa santísima". Y, sin embargo, David los cogió para sí y sus compañeros, porque tenía hambre. Entonces, si el santo rey entró en la casa de Dios y comió los panes de la Proposición en sábado, y ello no le fue imputado como pecado, pues siguió siendo grato a Dios después de ello, ¿cómo dices tú que somos pecadores por coger del suelo de Dios las espigas que por su voluntad han crecido y madurado, las espigas que pertenecen incluso a las aves, las que tú niegas para alimento de los hombres, que son hijos del Padre? -pregunta Jesús.
-Esos panes los pidieron, no los cogieron sin pedirlos, lo cual cambia la situación; y, además, no es verdad que Dios no imputara a David este pecado, porque lo castigó con mucha severidad.
-Pero no por eso, sino por la lujuria, por el empadronamiento, no por… -contesta Judas Tadeo.
-¡Basta! No es lícito y no es lícito. No tenéis derecho a hacerlo y no lo haréis. Marchaos. No queremos teneros en nuestras tierras. No os necesitamos. No sabemos qué hacer con vosotros.
-Nos iremos -dice Jesús, impidiendo a los suyos seguir replicando.
-Y para siempre, no lo olvides; que Jonatán de Uziel no vuelva a encontrarse contigo. ¡Fuera!
-Sí. Me voy. No obstante, nos volveremos a ver. Será Jonatán el que me querrá ver para repetir la condena y para librar para siempre al mundo de mí. Pero entonces será el Cielo el que te dirá: "No te es lícito hacerlo", y ese "no te es lícito" lo oirás en tu corazón, como pitido de cuerna, durante toda la vida, y después de la vida. De la misma forma que en sábado los sacerdotes del Templo violan el reposo sabático sin cometer por ello pecado, nosotros, siervos del Señor, podemos, dado que el hombre nos niega el amor, tomar del Padre santísimo el amor y el auxilio, sin cometer pecado por ello. Aquí hay Uno que es mucho mayor que el Templo y puede coger lo que quiera de la creación, porque Dios ha puesto todo como escabel de la Palabra. Así que Yo tomo y doy: tomo y doy las espigas del Padre, depositadas en la inmensa mesa que es la Tierra, así como tomo y doy la Palabra. Tomo y doy: a los buenos y a los malos; porque soy Misericordia. Pero vosotros no sabéis qué es la Misericordia. Si supierais qué quiere decir que soy Misericordia, comprenderíais que no quiero sino misericordia. Si supierais qué es la Misericordia, no condenaríais a los inocentes. Pero no lo sabéis. Ni siquiera sabéis que no os condeno. No sabéis que os perdonaré, o, más bien, que pediré al Padre que os perdone. Quiero misericordia, no castigo. No, no sabéis, no queréis saber; y éste es un pecado mayor que el que me imputáis a mí, mayor que el que decís que han cometido estos inocentes. Y sabed que el sábado fue hecho para el hombre, no el hombre para el sábado; sabed que el Hijo del hombre es también señor del sábado. Adiós…
Se vuelve a los discípulos:
-Venid. Vamos a buscar un lecho entre las arenas, que ya están cercanas. Las estrellas serán nuestras compañeras; nos procurará alivio el rocío. Dios, que mandó el maná para Israel, proveerá a nutrirnos también a nosotros, que somos pobres y le somos fieles.
Y Jesús deja plantado al grupo de rencorosos y se marcha con los suyos mientras declina la tarde con las primeras sombras violetas… Por fin, encuentran una mata de higos picos (chumbos), en cuya parte más alta, erizada de palas espinosas, están los frutos, que ya empiezan a madurar.
Pero… todo es bueno para quien tiene hambre, y, pinchándose, cogen los más hechos y caminan hasta el punto en que los caminos terminan en dunas arenosas. En la lejanía se oye el rumor del mar.
-Nos paramos aquí. La arena es blanda y está caliente. Mañana entraremos en Ascalón -dice Jesús…
Y todos caen, derrengados, al pie de una alta duna.
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Una llanura martilleada por el sol, que encandece los cereales maduros y extrae de ellos un olor que ya recuerda al pan. Huele a sol, a ropa lavada, a mieses en sazón… a verano. Sí, cada estación -podría decir incluso cada mes y cada hora del día -tiene su olor, como también lo tiene cada lugar, para una persona de sentidos bien afinados y agudo espíritu de observación.
El olor de un día invernal con viento cortante es muy distinto del olor suave de un día neblinoso de invierno, o del olor que la nieve esparce. Qué distinto de éstos es el olor de la primavera que llega, que anuncia su presencia antes de llegar, como un perfume que no es perfume, muy distinto del olor del invierno. Una buena mañana nos levantamos y… el aire tiene un olor distinto: es el primer suspiro de la primavera. Y así se va adelante: olores de los pomares en flor, luego olores de los jardines, de las mieses, hasta llegar a ese olor caliente de vendimia, pasando, como un intermedio, por el olor de la tierra después de una tormenta…
¿Y las horas? Sería necedad decir que el olor de la aurora es como el del mediodía, y éste como el de la tarde o el de la noche. El primero, fresco y virginal. El segundo, riente y lleno de vitalidad. El otro, cansado y saturado de todo lo que exhaló durante el día: sus olores.
El último, el nocturno, es moderado, recogido, como si la tierra fuera una enorme cuna abierta para recibir el sueño de sus pequeñuelos.
¿Y los lugares? ¡Oh, el olor del litoral, tan distinto desde el alba a la tarde, del mediodía a la noche, de la tempestad a la calma, de las zonas de arrecife a las de playa baja! ¿Y el olor de las algas cuando quedan al aire después de las mareas, y parece como si el mar hubiera abierto sus entrañas para hacernos aspirar el olor acre de su fondo?: ¡qué distinto del de las llanuras de tierra adentro!, como éste lo es del de los lugares de colinas, y éste último del olor de los altos montes.
Grande es la infinitud del Creador, que ha imprimido una señal de luz o color o perfume o sonido o forma o altura en cada una de las infinitas cosas que ha creado. ¡Oh, belleza infinita del Universo -que no te veo sino… así, a través de las visiones y el recuerdo de lo que vi, amando a Dios y elevando a Él mi oración a través de tus obras y de la alegría que me producía el verlas -, cuán grande eres, potente, inagotable, exenta de monotonía! No, no eres monótono, ni inspiras monotonía, Universo de mi Señor; antes al contrario, el hombre al mirarte se renueva, se hace más bueno, más puro, se eleva, olvida… ¡Oh, deseo de mirarte continuamente y de olvidar lo bajo de los hombres, y amarlos en su alma y por su alma, para llevarlos a Dios!…
Así, siguiendo a Jesús, que va con sus apóstoles por esta llanura llena de mieses, me pongo de nuevo a divagar y me dejo apresar por la alegría de hablar de mi Dios en sus espléndidas obras; pues amor es, porque la criatura alaba en las criaturas aquello que en ellas ama, o, simplemente, alaba a las criaturas que ama. Lo mismo se da de la criatura al Creador: quien lo ama lo alaba, y cuanto más le ama más lo alaba, por Él y por sus obras. Mas ahora impongo silencio a mi corazón para seguir a Jesús no como adoradora sino como fiel cronista.
Decía que Jesús iba por los campos de cereales en sazón. El día está caluroso; el paraje, desierto. No se ve un solo hombre por los campos; sólo espigas maduras y árboles diseminados acá o allá. Sol, mieses, pájaros, lagartijas, matas verdes y quietas en el aire tranquilo: esto es lo que hay en torno a Jesús, que va por un camino de primer orden -cinta polvorienta y cegadora entre el cimbreo de las espigas -a cuyos lados hay respectivamente un pueblecillo y una alquería; nada más.
Todos caminan en silencio, sudorosos. Se han despojado de sus mantos, pero, ciertamente, sufren igualmente bajo sus vestidos, que son ligeros pero de lana. Solamente Jesús con sus dos primos y Judas Iscariote llevan indumentos de lino o de cáñamo: los de Jesús y este último, sin duda, son de lino blanco; los de los hijos de Alfeo, por su compacidad, me parecen demasiado pesados como para ser de lino, y son además de color marfil intenso, justo como el del cáñamo sin blanquear. Los otros apóstoles llevan los indumentos habituales y van secándose el sudor con el lienzo que les sirve de velo.
Llegan a un pequeño grupo de árboles que hay en un cruce de caminos. Bajo su saludable sombra se detienen, y, ávidamente, beben de los odres.
-Está caliente como recién apartada del fuego -dice Pedro con descontento.
-¡Si hubiera al menos un regatillo! Pero… ¡nada, nada! -suspira Bartolomé -Dentro de poco me quedaré sin agua.
-Casi digo que es mejor la montaña -gime Santiago de Zebedeo, congestionado por el calor.
-Lo mejor es la barca: fresca, sedante, limpia, ¡ah! -El corazón de Pedro va hacia su lago y su barca.
-Tenéis razón todos, pero los pecadores están tanto en la montaña como en la llanura. Si no nos hubieran echado de Agua Especiosa y no nos hubieran seguido pisándonos los talones, habría venido aquí entre Tébet y Sabat. De todas formas, pronto estaremos en el litoral, donde la brisa del mar abierto refresca el aire -dice Jesús para confortar a los suyos.
-¡Sí, claro! Aquí parecemos lucios agonizantes. Pero, ¿cómo es que están tan hermosas las mieses si no hay agua? pregunta Pedro.
-Hay agua subterránea que mantiene húmedo el terreno -explica Jesús.
-Mejor hubiera sido que hubiera estado en la superficie, no debajo. ¿De qué me sirve si está bajo tierra? ¡Yo no soy una raíz! -dice Pedro sin reflexionar, y todos se echan a reír.
Pero, un momento después, Judas Tadeo se pone serio y dice:
-El suelo es egoísta, como los corazones, y, como ellos, es árido; si nos hubieran dejado estar en aquel pueblo y pasar el sábado allí, habríamos tenido sombra, agua, posibilidad de descanso… pero nos han echado…
-También habríamos tenido comida, pero ni siquiera eso. Yo tengo hambre. ¡Si hubiera fruta! Los árboles frutales están cerca de las casas. ¿Quién se atreve a acercarse? Si todos tienen el humor de aquellos… -dice Tomás, señalando al pueblo que han dejado a las espaldas, a oriente.
-Toma mi comida. Yo nunca tengo mucha hambre -dice Simón Zelote.
-Coged también mi comida -dice Jesús -Quien se sienta más hambriento que coma.
Pero, aun juntando las provisiones de Jesús, Simón y Natanael, se ve que son muy escasas. La mirada zozobrante de Tomás y de los jóvenes lo confirma; no obstante, guardan silencio y, a pequeños mordiscos, se comen las microscópicas raciones.
El Zelote, paciente, va hacia un punto en que una verde hilera sobre la tierra quemada hace suponer la existencia de humedad. Y, efectivamente, en ese lugar hay un hilo de agua que discurre por el fondo guijarroso de un arroyuelo; es realmente un hilo, destinado a desaparecer al cabo de poco. Simón da un grito a los compañeros, que han quedado ya lejos, para que vengan a gozar de este alivio. Todos van, corriendo, por la sombra discontinua de una hilera de árboles que sigue la ribera del arroyuelo semiseco. Una vez allí, pueden refrescarse los pies polvorientos, lavarse la cara sudorosa. Antes llenan los odres, que ya estaban vacíos, y los apoyan en el agua, en donde se proyecta sombra, para tenerlos más frescos.
Se sientan al pie de un árbol y, con el cansancio que tienen, se quedan adormilados.
Jesús los mira con amor y compasión y menea la cabeza.
Simón Zelote, que había ido otra vez a beber, ve el gesto y le pregunta:
-¿Qué te pasa, Maestro?
Jesús se pone en pie, va donde Simón, le rodea los hombros con un brazo y lo lleva consigo hacia otro árbol, diciendo:
-¿Que qué me pasa? Me aflijo por vuestro cansancio. Si no supiera lo que estoy haciendo de vosotros, no me perdonaría el produciros tantas molestias.
-¿Molestias? ¡No, Maestro! Son nuestra alegría. Todo es nada yendo contigo. Todos estamos contentos, créeme. No echamos de menos nada, no…
-Calla, Simón. La humanidad grita incluso en los buenos. Y, humanamente hablando, tenéis razón en gritar; os he separado de vuestras casas, de vuestras familias, de vuestros intereses; habéis venido conmigo pensando que seguirme sería una cosa muy distinta… De todas formas, un día este grito vuestro de ahora, este grito íntimo, se aplacará; entonces comprenderéis la belleza de haber caminado entre niebla, barro, polvo, o con un calor asfixiante, perseguidos, sedientos, cansados, hambrientos, tras el Maestro perseguido, odiado, calumniado… y… y otras cosas. Entonces todo os parecerá hermoso, porque entonces tendréis otro pensamiento y todo lo veréis con otra luz. Y me bendeciréis por haberos conducido por mi camino difícil…
-Estás triste, Maestro. El mundo justificaría tu tristeza, de acuerdo; pero nosotros no. Nosotros estamos todos contentos…
-¿Todos? ¿Estás seguro?
-¿Tú lo ves de otra forma?
-Sí, Simón, de otra forma. Tú estás siempre contento. Tú has comprendido; muchos otros, no. ¿Ves aquellos que duermen? ¿Sabes cuántos pensamientos rumian incluso en el sueño? ¿Y los otros discípulos? ¿Crees que serán fieles hasta la consumación de todo? Mira. Vamos a hacer ese viejo juego que tú también has hecho, sin duda de niño (Jesús coge un diente de león que se yergue entre las piedras y que ha alcanzado ya la plena maduración, se lo lleva delicadamente a la altura de la boca, sopla y… se disgrega en minúsculos vilanos que se esparcen por el aire, vagando con su borlita mantenida derecha por el minúsculo manguito). ¿Ves? Mira… ¿Cuántos han caído en mis rodillas, cual enamorados de mí? Cuéntalos… Son veintitrés. Eran, por lo menos, el triple. ¿Y los otros? Mira. Unos siguen vagando por el aire; otros, como por demasiado peso, han caído ya al suelo; algunos, orgullosos, suben, vanagloriándose de su penacho de plata; otros caen en ese barrillo que hemos formado con nuestros odres. Sólo… Mira, mira… incluso de los veintitrés que tenía en mis rodillas siete se han ido; ha sido suficiente el vuelo de ese abejorro para que se marcharan… ¿Temían algo?: quizás el aguijón; ¡los ha seducido algo?: quizás los hermosos colores negros y amarillos, o el aspecto gallardo, o las alas irisadas… Se han ido… tras una belleza falaz… Simón, lo mismo sucederá con mis discípulos. Unos por nerviosismo, otros por inconstancia, o por estar demasiado cargados, o por orgullo, o por ligereza, por amor al fango, por miedo o ingenuidad, se irán.
¿Tú crees que a todos los que ahora me dicen: "Voy contigo" los veré a mi lado cuando llegue la hora decisiva de mi misión? Los vilanos de ese diente de león que creó mi Padre eran más de setenta… ahora, en mis rodillas, hay sólo siete, pues otros se han ido también, por este movimiento del aire que ha hecho decir "sí" a los tallitos más delgados. Así será. Y pienso en las luchas que libráis por manteneros fieles a mí… Ven, Simón, vamos a ver esas libélulas que danzan sobre la superficie del agua, a menos que prefieras descansar.
-No, Maestro. Tus palabras me han entristecido. Espero que no te abandone el leproso curado, el perseguido al que Tú rehabilitaste, el hombre solitario a quien has dado compañía, el nostálgico de afecto al que has abierto el Cielo para que encontrase amor y el mundo para que lo diera… Maestro… ¿qué piensas de Judas? El año pasado lloraste conmigo por él. Luego… no sé… Maestro, deja esas dos libélulas, mírame a mí, escúchame, esto que te voy a decir no se lo diría a ningún otro, ni a los compañeros ni a ningún amigo, pero a ti sí: no logro amar a Judas; lo confieso. Es él quien rechaza mi deseo de amarlo. No quiero decir que me trate con desprecio, no; es más, hasta incluso se muestra cortés con el viejo Zelote, al que intuye más experto que los demás en el conocimiento de los hombres. Es su modo de actuar. ¿Te parece sincero? Dímelo.
Jesús guarda silencio durante unos momentos, como cautivado por las dos libélulas, que se han posado apenas tocando el agua y que con sus élitros irisados dibujan un pequeño arco iris, un especioso arco iris que sirve para atraer a un mosquito curioso, que acaba devorado por uno de los voraces insectos, el cual a su vez cae en vuelo víctima de un sapo que estaba agazapado (sapo o rana, no lo sé), que se la come junto con el mosquito que había cazado.
Jesús se mueve, se levanta, pues casi se había echado para observar estos pequeños dramas de la naturaleza, y dice:
-Así es: la libélula tiene fuertes mandíbulas para nutrirse de hierbas, y alas fuertes para derribar a los mosquitos; la rana, garganta ancha para tragarse a las libélulas. Cada uno tiene lo suyo, y lo suyo usa. Vamos, Simón, que los otros se están despertando.
-No me has respondido, Señor; no has querido hacerlo.
-¡Pero si te he respondido! Mi sabio senequita, medita y hallarás…
Y Jesús, remontando el lecho guijarroso, va donde los discípulos, que se están despertando y ya lo buscan.