209- La fecundidad del dolor, en el discurso de Jesús junto a la casa de Elisa en Betsur

La noticia de que Elisa está decidida a salir de su trágica melancolía se ha debido difundir por el pueblo; tanto que, cuando Jesús, seguido de apóstoles y discípulos, va hacia la casa atravesando el pueblo, mucha gente se le queda mirando atentamente e incluso preguntan a uno u otro pastor para que les den más detalles acerca de Él, acerca del motivo de su visita, o para saber quiénes son los que van con Él, y quién es el niño, y quiénes las mujeres, y para saber qué medicina ha dado a Elisa, que la ha sacado de las tinieblas de la locura de forma tan inmediata, nada más llegar, y para interesarse por el plan que tiene o las palabras que va a decir… Y todas las otras preguntas que queramos añadir.

La última pregunta es:

-¿No podemos ir también nosotros?

La respuesta de los pastores es:

-No sabemos. Esto se lo tenéis que preguntar al Maestro. Acercaos a Él.

-¿Y si nos trata mal?
-No trata mal ni siquiera a los pecadores. Id, id, que le daréis una satisfacción.
Un grupo de personas hablan entre sí -son hombres y mujeres, en general mayores, de la edad de Elisa -; luego van hacia adelante, se acercan a Jesús, que está hablando con Pedro y Bartolomé, y, un poco tímidos, lo llaman:

-¡Maestro!…

-¿Qué queréis? -pregunta Bartolomé.

-Hablar con el Maestro para pedirle…
-Paz a vosotros. ¿Qué queréis de mí?
La sonrisa de Jesús los tranquiliza y dicen:

-Somos todos amigos de Elisa, de su casa. Hemos oído que está curada. Querríamos verla. También querríamos oírte hablar. ¿Podemos ir?

-A oírme a mí, sí; a verla, no, amigos. Mortificad el sentimiento de amistad y la curiosidad, porque también hay curiosidad en vuestra actitud. No se puede disturbar este gran dolor; respetadlo.
-¿Pero, no está curada?

-Se vuelve hacia la Luz. Pero, ¿acaso terminada la noche llega inmediatamente el mediodía, o, cuando se enciende una llama en el hogar apagado, en seguida arde viva? Pues lo mismo Elisa. ¡Si una ráfaga intempestiva de viento enviste la leve llama que está naciendo, no la apagará? Por tanto, sed prudentes. Esa mujer es toda ella una llaga. Hasta los amigos podrían exasperarla; necesita sosiego silencio, soledad, aunque no una soledad trágica como la que vivía hasta ayer, sino resignada, para volver a ser lo que era…

-¿Y entonces, ¿cuándo la vamos a ver?
-Antes de lo que creéis, porque ha encontrado la estela de la salud. ¡Si supierais lo que significa salir de esas tinieblas! Son peores que la muerte, y quien se libra de ellas, en el fondo, siente vergüenza de su estado anterior y de que el mundo lo sepa.

-¿Eres médico?

-Soy el Maestro.

En esto, ya están frente a la casa.
Jesús se vuelve a los pastores:

-Pasad al patio. Que vaya con vosotros quien lo desee, pero que nadie haga ruido ni siga más allá del patio. Cuidad vosotros también -dice a los apóstoles -de que esto se cumpla. Y vosotros -habla a Salomé y a María de Alfeo ̀ tened cuidado de que el niño no haga jaleo. Hasta luego. Y llama a la puerta. Los otros desaparecen por una callejuela para ir a donde deben. La sirvienta abre. Jesús entra mientras la mujer repite una y otra vez sus reverencias. -¿Dónde está tu patrona?

-Con tu Madre… ¡Fíjate, ha bajado al jardín! ¡Es una cosa…!, ¡una cosa…! Y ayer por la noche fue al comedor… Lloraba, pero volvió. ¡Intenté que comiera, en vez de tomar el consabido sorbo de leche, pero no lo conseguí!

-Ya comerá. No insistas. Sé paciente también en el amor hacia tu patrona.
-Sí, Salvador. Haré todo lo que dices.

En efecto, yo creo que la mujer está tan convencida de quién es Jesús y de que todo lo que Él hace está bien hecho, que haría las más extrañas cosas si Jesús se lo dijera.
Por el momento lo acompaña a un vasto huerto jardín lleno de árboles frutales y flores. Pero, si bien los árboles frutales se han encargado por sí mismos de vestirse de hojas y florecer, de formar los pequeños frutos y hacerlos crecer, las pobres plantas de flores, abandonadas desde hace más de un año, se han transformado en un bosque enano y enmarañado en que las plantas de tallo más débil y corto están sofocadas bajo el peso de las más fuertes. Los cuadros, los senderos… confundidos en una única, caótica maraña. Solamente en el fondo, donde la necesidad de la sirvienta ha sembrado verduras y legumbres, hay un poco de orden.

María está con Elisa, bajo una pérgola, una enredadísima parra que deja caer, hasta tocar el suelo, sarmientos y zarcillos. Jesús se detiene y mira a su joven Madre, que, con finísimo arte despierta y dirige la mente de Elisa a cosas muy distintas de las que hasta ayer habían sido los pensamientos de esta desconsolada mujer.

La sirvienta se acerca a la patrona y dice:

-Ha venido el Salvador.
Las mujeres se vuelven y van a su encuentro: una con su dulce sonrisa, la otra con su rostro cansino y desorientado.

-Paz a vosotras. Este jardín es bonito… Era bonito… -dice Elisa. -Y la tierra fértil. ¡Mira cuánta fruta en vías de maduración! ¡Mira cuántas flores tienen estos rosales! ¿Y allí? ¿Son azucenas? -Sí, alrededor de un estanque donde jugaban mucho mis hijos. Entonces estaba ordenado… Ahora aquí todo está desastrado, ya no lo veo como el jardín de mis hijos. -En pocos días volverá a tener el aspecto de entonces. Te ayudaré yo, ¿verdad, Jesús? Déjame unos días aquí con Elisa.
Tenemos muchas cosas que hacer…
-Todo lo que tú quieres Yo lo quiero.

Elisa lo mira y susurra:

-Gracias.

Jesús acaricia su cabeza canosa y luego se despide para ir con los pastores.

Las mujeres se quedan en el jardín, pero, poco después, cuando se oye la voz de Jesús esparcirse por el aire sereno al saludar a los presentes, Elisa, como atraída por una fuerza irresistible, se acerca lentamente a un seto muy alto tras el cual está el patio.

Jesús habla primero a los tres pastores. Está cerquísima del seto. Tiene frente a sí a los apóstoles y a los habitantes de Betsur que lo habían seguido. Las Marías con el niño están sentadas en un ángulo. Jesús dice:
-¿Pero estáis ligados por contrato o podéis en cualquier momento liberaros del compromiso?

-Mira, la verdad es que somos dependientes libres, pero dejarlo inmediatamente, ahora que los rebaños requieren tantos cuidados y que es difícil encontrar pastores, no parece una cosa bonita.

-Efectivamente. De todas formas, no es necesario que lo hagáis ahora; os lo digo con tiempo para que, con justicia, toméis en su momento las medidas oportunas, porque os quiero libres para uniros a los discípulos; así me ayudaréis también vosotros…

-¡Oh, Maestro!…Los tres se extasían por la alegría -Pero, ¿vamos a ser capaces? -añaden luego.
-No lo pongo en duda. Entonces está entendido, ¿no? Apenas os sea posible os unís a Isaac.
-Sí, Maestro.
-Podéis ir con los demás. Voy a decir dos palabras a la gente.

Deja a los pastores y se dirige a todos los presentes:
-La paz sea con vosotros.

Ayer he oído hablar a dos personas muy desdichadas: el uno, en la aurora de la vida; la otra, en el ocaso: dos almas que lloraban su desolación: Y he llorado en mi corazón con ellos, al ver cuánto dolor hay en la tierra, y cómo sólo Dios lo puede aliviar, sólo el conocimiento exacto de Dios, de su grandeza e infinita bondad, de su constante presencia y sus promesas. He visto cómo el hombre puede ser torturado por sus semejantes y cómo la muerte lo puede arrastrar a estados de desolación en los que Satanás trabaja para aumentar el dolor y devastar.

Entonces me he dicho: "No deben sufrir los hijos de los hombres esta tortura añadida a las otras torturas. Demos el conocimiento de Dios a quien no lo tiene, devolvámoselo a quien lo ha olvidado en medio de tempestades de dolor". Pero también he visto cómo Yo solo no doy abasto a cubrir las infinitas necesidades de mis hermanos; y he decidido llamar a muchos, para que todos los que tienen necesidad del consuelo del conocimiento de Dios lo puedan recibir.

Estos doce son los primeros; son segundos Cristos, y, como tales, capaces de conducir a mí, y, por tanto, al consuelo, a todos los que se sienten oprimidos bajo pesos de dolor demasiado grandes. En verdad os digo: Venid a mí los que estéis afligidos, desazonados, los que tengáis el corazón herido o estéis cansados, que compartiré con vosotros vuestro dolor y os daré paz; venid a través de mis apóstoles, a través de mis discípulos y discípulas, que cada día aumentan con nuevas personas voluntariosas: encontraréis consuelo en vuestras penas, compañía en vuestras soledades, el amor de vuestros hermanos con que olvidar el odio del mundo; encontraréis, por encima de todos, consolador por encima de todos, compañero perfecto, el amor de Dios; ya no dudaréis de nada; no volveréis a decir: "¡Todo está

"¡Todo está acabado para mí!”, sino: “Ahora todo empieza para mí en un mundo sobrenatural que cancela toda distancia y separación"; y los hijos huérfanos volverán a unirse con sus padres, ya sublimados en el seno de Abraham, y padres y madres, esposas y viudos, encontrarán a los hijos o al consorte perdidos.

En esta tierra de Judea, no lejos de Belén de Noemí, os recuerdo que el amor alivia el dolor y devuelve la alegría. Pensad, vosotros que lloráis, en la desolación de Noemí después de que su casa se hubiese quedado sin hombres. Escuchad sus palabras de desconsolado adiós a Orpá y Rut: "Volved a casa de vuestra madre. El Señor se muestre misericordioso con vosotras, como vosotras lo habéis sido con los que han muerto y conmigo…". Escuchad cómo no se cansaba de insistir. La que había sido Noemí, la bella, y que ahora no era sino la desdichada Noemí, quebrantada por el dolor, ya no esperaba nada de la vida; solamente quería volver, para morir, a los lugares en que había sido feliz, cuando era joven, rodeada del amor de su marido y de los besos de sus hijos. Decía: "Marchaos, marchaos. Es inútil que vengáis conmigo… Yo soy como una muerta… Mi vida ya no está aquí, sino allá, al otro lado de la vida, donde ellos están. Dejad ya de sacrificar vuestra juventud al lado de una cosa que muere, porque realmente yo soy `una cosa'. Todo me resulta indiferente. Dios ha tomado todo lo que tenía… Soy pura angustia y sólo angustia os acarrearía… y ello pesaría en mi corazón, y el Señor me pediría cuenta.-Él, que tanto ha descargado su mano sobre mí-; porque teneros a vosotras, que vivís, junto a mí, que estoy muerta, sería egoísmo. Id con vuestras madres…".

Pero Rut se quedó, como apoyo de la doliente vejez. Rut había comprendido que siempre hay dolores mayores que el propio, y que su pena de joven viuda era más ligera que la de esta mujer que había perdido a sus dos hijos además del marido. De la misma forma el dolor del niño huérfano que se ve obligado a vivir mendigando privado ya de caricias, privado ya de buenos consejos, es mucho mayor que el de la madre que ha sido despojada para siempre de sus hijos. De la misma forma, el dolor de quien, por diversos motivos, llega a odiar al género humano y ve en todos los hombres un enemigo de quien defenderse y a quien temer, es aún mayor que los otros dolores, porque envuelve no sólo carne, sangre y mente, sino también al espíritu con sus deberes y derechos sobrenaturales y lo lleva a la perdición.

¡Cuántas madres sin hijos para los hijos sin madres hay en el mundo! ¡Cuántas viudas sin descendencia, para que ejerzan su piedad para con los ancianos solitarios! ¡Cuántos han sido privados de amor para que se den enteramente a los infelices, con su necesidad de amar, y combatan así el odio, dando, dando, dando amor a la Humanidad infeliz, que sufre cada vez más porque cada vez odia más!

El dolor es cruz, pero también es ala. El luto despoja, pero para volver a vestir. ¡Alzaos, vosotros que lloráis! ¡Abrid los ojos, abandonad pesadillas, tinieblas y egoísmos! Mirad… el mundo es la landa donde se llora y se muere. El mundo suplica auxilio por boca de huérfanos y enfermos, por boca de los que viven en soledad, de los que vacilan, por boca de los que viven prisioneros del rencor por causa de una traición o de un acto de crueldad. Id a estos que gritan. ¡Olvidaos entre los olvidados! ¡Sanad entre los enfermos! ¡Esperad entre los desesperados! El mundo está abierto a las buenas voluntades que desean servir a Dios en el prójimo y conquistarse el Cielo: unión con Dios, reunión con aquellos cuya ausencia lloramos. Aquí nos ejercitamos, allí será la victoria. Venid. Estad cerca de todos los dolores, como Rut. Decid también vosotros: "Estaré con vosotros hasta la muerte". Persistid aunque oigáis esta respuesta de los desgraciados que se consideran insanables: "No me llaméis ya Noemí, llamadme Mará, porque Dios me ha colmado de amargura". En verdad os digo que un día, por vuestra persistencia, estas calamidades exclamarán: "Bendito sea el Señor, que me ha liberado de la amargura, de la desolación, de la soledad, por obra de una criatura que ha sabido hacer que su dolor diera un fruto bueno; que Dios la bendiga eternamente por haberme salvado".

Fijaos: aquella buena acción de Rut hacia Noemí dio al Mesías al mundo, porque de David de Jesé, de Jesé de Obed, viene el Mesías, como Obed de Booz, Booz de Salmón, Salmón de Naassón, Naassón de Aminadab, Aminadab de Aram, Aram de Esrom, Esrom de Fares, para poblar los campos de Belén, preparando los antepasados del Señor: toda buena acción es origen de cosas grandes, que ni siquiera os imagináis; el esfuerzo de uno contra su propio egoísmo puede provocar una ola de amor tal, que puede subir, subir, llevando entre su transparencia a aquel que la provocó, hasta conducirlo a los pies del altar, al corazón de Dios. Que Dios os conceda la paz».

Y Jesús, sin volver al jardín por la puertecita abierta en el seto, vigila para que nadie se acerque a éste -del otro lado proviene un largo llanto… Y espera a que todos los de Betsur se hayan marchado para alejarse acompañado de los suyos sin turbar ese llanto saludable…

208- María Santísima ve de nuevo al pastor Elías y con Jesús va a Betsur donde Elisa

-Es casi seguro que los encontraremos, si durante un trecho volvemos al camino de Hebrón. Por favor, id de dos en dos a buscarlos, por las veredas de las montañas; de aquí a las piscinas de Salomón y de allí a Betsur.

Nosotros os seguiremos. Ésta es su zona de pastos -dice el Señor a los doce. Comprendo que está hablando de los pastores.

Los apóstoles se apresuran a ir cada uno con el compañero preferido; sólo la pareja casi inseparable de Juan y Andrés no se une, porque los dos van a Judas Iscariote y le dicen:

-Voy contigo y Judas responde:

-Sí, ven, Andrés. Es mejor así, Juan. Tú y yo seríamos dos que ya conocemos a los pastores; es mejor que vayas con algún otro.

-Entonces conmigo el muchacho -dice Pedro, dejando a Santiago de Zebedeo, que, sin protestar, va con Tomás, mientras Simón Zelote va con Judas Tadeo, Santiago de Alfeo con Mateo, y los dos inseparables Felipe y Bartolomé por su cuenta. El niño se queda con Jesús y las dos Marías.

El camino es fresco y bonito, entre montes llenos de verdor por las distintas parcelas pobladas de bosque o destinadas a prado. Se ven pasar rebaños que van bajo la luz dorada de la aurora hacia los pastos.

A cada sonido de esquila Jesús guarda silencio y mira, luego pregunta a los pastores si Elías, el pastor betlemita, está por esos lugares. Me doy cuenta de que a Elías se le conoce ya como "el betlemita" (aunque otros pastores lo sean también, él es, seria o burlonamente "el betlemita"). Hacen detenerse al rebaño, dejan de tocar sus toscas flautas, y responden…
Ninguno lo sabe.

Los jóvenes tienen, casi todos, estas flautas primordiales de cañas, cosa que hace extasiarse a Margziam, hasta que un pastor anciano y bueno le da el de su nieto diciendo:

-Él se hará otra flauta Y Margziam se va contento con su instrumento, en bandolera, a pesar de que todavía no lo sepa usar.
-¡Me agradaría mucho encontrarlos! -exclama María.
-Los encontraremos. Seguro. Durante esta estación van siempre en dirección a Hebrón.

El niño se interesa por estos pastores que vieron al niño Jesús y hace mil preguntas a María, la cual, con bondad y paciencia, le explica todo.

-Pero, ¿por qué los castigaron? ¡No habían hecho sino el bien!-pregunta el niño tras oír la narración de sus desventuras.

-Porque muchas veces el hombre comete errores y acusa al inocente de un mal que en realidad ha hecho otro. Pero, por haber sido buenos y haber sabido perdonar, Jesús los quiere mucho. Hay que saber perdonar siempre.
-Pero, ¿y todos esos niños asesinados?, ¿cómo han logrado perdonar a Herodes?

-Son pequeñuelos mártires, Margziam, y los mártires son santos, y no sólo perdonan a su verdugo sino que lo aman porque les abre la puerta del Cielo.

-Pero, ¿están en el Cielo?
-No, todavía no. Están en el Limbo para alegría de los patriarcas y los justos.
-¿Por qué?

-Porque, cuando han llegado, con su alma roja de sangre, han dicho: "Somos los heraldos del Cristo Salvador. Alegraos, vosotros que esperáis, porque ya está en la tierra". Y todos los aman por haberles llevado esta buena nueva.

-Me ha dicho mi padre que la buena nueva es también la Palabra de Jesús. Entonces, cuando mi padre vaya al Limbo, después de haberla transmitido en la tierra, y cuando vaya yo también, ¿nos amarán como a ellos?

-Pequeñuelo, tú no irás al Limbo.
-¿Por qué?
-Porque para entonces Jesús ya habrá vuelto al Cielo y lo habrá abierto, así que todos los buenos, cuando mueran, irán inmediatamente al Cielo.

-Yo seré bueno. Lo prometo. ¿Y Simón de Jonás? ¡También él, eh! Que no quiero ser huérfano por segunda vez.
-Estáte seguro de que también él irá al Cielo. De todas formas, en el Cielo no hay huérfanos. Allí tenemos a Dios, y Dios es todo. Aquí tampoco somos huérfanos, porque el Padre está siempre con nosotros.

-Pero Jesús, en esa bonita oración que tú durante el día y mi madre durante la noche me habéis enseñado, dice: "Padre nuestro que estás en los Cielos". Nosotros no estamos en el Cielo todavía. ¿Cómo podemos estar con Él?

-Porque Dios está en todas partes, hijo mío. Dios vela por el niño que nace y por el anciano que muere. Sobre cualquier niño que esté naciendo en este momento en el lugar más remoto de la tierra están la mirada y el amor de Dios, y estarán hasta su muerte.

-¿Aun en el caso de que sean malos, como Doras?
-Sí.
-¿Pero puede Dios, que es bueno, amar a Doras, que es muy malo y hace llorar a mi anciano padre?
-Lo mira con dolor e indignación. Pero, si se arrepintiera, le diría lo mismo que el padre de la parábola al hijo arrepentido. 'Deberías rezar para que se arrepintiera y…

-¡No, Madre! ¡Voy a rezar para que se muera! -dice con furia el niño. A pesar de que esta reacción sea poco… angélica, su ímpetu es tal, y tan sincero, que los presentes no pueden hacer menos que echarse a reír.
María, recobrando su dulce seriedad de maestra, dice:
-No, bonito; no debes hacer eso con un pecador. Si lo hicieras, Dios no te escucharía y te miraría a ti también con severidad. Incluso al perverso debemos desearle el mayor bien. La vida es un bien porque da al hombre la oportunidad de adquirir méritos ante los ojos de Dios.

-Pero el malo lo que gana son pecados.

-Se reza para que se vuelva bueno.

El niño medita un poco… pero no se le ve muy dispuesto a digerir esta lección sublime y concluye:

-Doras no se volverá bueno aunque yo rece. Es demasiado malo. No se volvería bueno ni aunque conmigo rezasen todos los niños mártires de Belén. Pero, ¿sabes que… sabes que… un día pegó con una barra de hierro a mi anciano padre porque lo encontró sentado durante el tiempo de trabajo? No podía ponerse en pie porque se sentía mal, y él… le pegó y lo dejó como muerto, y luego le dio una patada en la cara… Yo lo estaba viendo, porque estaba escondido detrás de un seto… Me había acercado porque hacía dos días que ninguno me llevaba pan y tenía hambre… Tuve que alejarme para que no me oyeran, porque lloraba al ver a mi padre con la barba manchada de sangre, tendido en el suelo, como muerto… Me alejé llorando; mendigué un pan… pero ese pan lo conservo todavía aquí… y sabe a sangre y a lágrimas de mi padre y mías, y de todos los que padecen tortura y no pueden amar a sus verdugos. Yo quisiera apalear a Doras para que sintiera lo que son los palos, y quisiera dejarlo sin pan para que supiera lo que es el hambre y hacerle trabajar al sol, metido en el barro, bajo la amenaza del vigilante, sin comer, para que supiera lo que está dando él a los pobres… No puedo amarlo, porque… porque me está matando a mi anciano padre, y porque… yo, si no os hubiera encontrado a vosotros ¿de quién hubiera sido después?

El niño, presa de una convulsión de dolor, grita y llora, temblando, todo alterado, dando golpes al aire -pues no puede dárselos al verdugo -con sus pequeños puños. Las mujeres están perplejas y conmovidas y tratan de calmarlo; pero el niño está verdaderamente envuelto en una crisis de dolor y no oye. Grita:

-¡No puedo, no puedo quererlo ni perdonarlo! ¡Lo odio, lo odio por todos, lo odio, lo odio!..

Da pena y miedo. Es la reacción de un niño que ha sufrido demasiado.

Y Jesús lo dice: -El mayor delito de Doras es éste, inducir a un inocente a odiar…

Y toma en brazos al niño y le habla:

-Escúchame, Marziam. ¿Quieres reunirte un día con mamá y papá, con tus hermanitos y con el anciano padre?
-¡Síii!…

-Pues entonces no debes odiar a nadie. En el Cielo no entra quien odia. ¿No puedes orar, por ahora, por Doras? Bueno, pues no ores, pero no odies. ¿Sabes lo que tienes que hacer? No debes nunca volver hacia atrás a pensar en el pasado…

-Pero el sufrimiento de mi padre no es el pasado…

-Eso es verdad. Pero, mira, Marziam, ora sólo así: "Padre nuestro que estás en los Cielos, en tus manos encomiendo el deseo de mi corazón…". Verás cómo el Padre te escucha en el mejor de los modos. ¿Qué conseguirías matando a Doras? Perderías el amor de Dios, el Cielo, la unión con tu padre y tu madre, y no librarías de los sufrimientos al anciano que amas. Eres demasiado pequeño para poderlo hacer. Pero Dios sí puede hacerlo. Díselo a Él. Dile:

"¡Sabes cuánto quiero a mi anciano padre y a todos los que son infelices! Tú lo puedes todo, lo dejo en tus manos".

¿No quieres predicar la Buena Nueva, que habla de amor y perdón? ¿Cómo vas a decirle a uno: "No odies. Perdona", si tú no sabes amar y perdonar? Déjalo, déjalo en manos de Dios y verás lo bien que Él dispone todo. ¿Lo vas a hacer así?

-Sí, porque te quiero.
Jesús besa al niño y lo baja al suelo. Así se concluye este episodio, también el camino.

Resplandecen las tres balsas excavadas en la roca del monte, obra verdaderamente grandiosa: resplandece su superficie cristalina y la cola de agua que del primer estanque baja al segundo (más grande), y de éste al tercero (realmente un pequeño lago que dirige, a través de los conductos, hacia ciudades lejanas, el agua). Por la humedad del suelo, en esta zona, todo el monte, desde el manantial hasta los estanques y de éstos al pie, es de una bellísima fertilidad; flores, en combinación más rica que las silvestres, ríen, por las pendientes verdes, junto a hierbas perfumadas y singulares: en efecto, da la impresión de que estas flores fueran de jardín y que hubieran sido sembradas por el hombre, como también las hierbas olorosas, y difunden por el aire, con el sol que las calienta, su perfume (canela, alcanfor, clavel, espliego, y otros aromas penetrantes, fragantes, fuertes, delicados…) en una fusión maravillosa de los mejores olores de la tierra; yo diría "sinfonía de perfumes"; es la gran composición poética de hierbas y flores, con sus colores y fragancias.

Todos los apóstoles están sentados a la sombra de un árbol cargado de grandes flores blancas cuyo nombre desconozco, con sus enormes campanillas colgantes de esmalte blanco, que ondean ante el mínimo soplo de viento; cada vaivén esparce por el aire una ola de fragancia. Desconozco el nombre de este árbol, pero por su tipo de flor me recuerda a un arbusto de Calabria, que allí le llaman "bottaro”; no por lo que respecta al tallo, ya que éste es un árbol alto, de tronco recio, no un
arbusto

Jesús los llama y ellos acuden.
-Hemos encontrado, al poco rato de separarnos, a José, que estaba regresando de un mercado. Esta tarde estarán todos en Betsur. Nos hemos reunido llamándonos a voces, y luego hemos estado aquí, al fresco -explica Pedro.
-¡Qué bonito lugar! ¡Parece un jardín! No había acuerdo entre nosotros respecto a si era, o no, natural; unos se obstinaban en una cosa y otros en la otra -dice Tomás.

-La tierra de Judea tiene estas maravillas -dice Judas Iscariote, inevitablemente llevado por todas las cosas, incluso por las flores y las hierbas, a la soberbia.
-Sí, pero… yo creo que si, por ejemplo, el jardín de Juana, en Tiberíades, quedase abandonado y pasase al estado natural, Galilea tendría también la maravilla de espléndidas rosas entre ruinas» rebate Santiago de Zebedeo.

-Y no estás en error. En esta zona estaban los jardines de Salomón, célebres en el mundo de entonces como sus palacios. Quizás soñó aquí el Cantar de los Cantares y aplicó a la Ciudad santa todas las bellezas que por voluntad suya habían crecido aquí -dice Jesús
-¡Entonces tenía razón yo! -dice Judas Tadeo.
-Sí, tenías razón. Fíjate, Maestro, Judas citaba el Eclesiastés y unía la idea de los jardines con la de los depósitos y terminaba diciendo: "Pero se dio cuenta de que todo es vanidad y de que nada dura bajo el sol, excepto la Palabra de mi Jesús" ­dice el otro hermano Santiago.

-Gracias. Demos también las gracias a Salomón, sean o no suyas las flores originarias; sí lo son, sin duda, los estanques, que proveen de agua a las plantas y a los hombres. Bendito sea por este motivo. Vamos allá, a aquel rosal grande y descuidado que ha entretejido una galería florida de árbol a árbol. Allí nos detendremos. Estamos casi a mitad de camino….

Y reanudan el camino hacia la hora nona, cuando ya las sombras de cada árbol de esta zona -toda ella muy bien cultivada ̀ se alargan. Da la impresión de estar en un inmenso jardín botánico porque todas las especies de árboles, maderables, frutales, ornamentales, están en él representadas. Abundan los labriegos, pero no se interesan de esta comitiva, que, por otra parte, no es la única; otros grupos de hebreos recorren el trayecto de retorno de las fiestas pascuales.

El camino, quebrado entre los montes, es, a pesar de ello, bastante bueno, y las vistas, continuamente variadas, le quitan monotonía. Regatos y torrentes dibujan comas de plata líquida, y escriben palabras, para después cantarlas con sus mil meandros intersecados, que se expanden entre los árboles del bosque, o desaparecen en el interior de cavernas para después volver a la luz más bellos: parece como si jugaran con los árboles y las piedras, como niños amenos.

También Marziam ahora, completamente tranquilizado, juega, y trata de tocar su instrumento para imitar a los pajarillos. Pero, la verdad es que no emite canto de pájaros, sino lamentos muy desentonados, y me parece que los más difíciles de la comitiva -Bartolomé por su edad, Judas de Keriot por muchos motivos -no los reciben con ningún agrado. Pero no dicen nada claramente, y el niño sigue chiflando y saltando de un lado para otro. Sólo en dos ocasiones se interrumpe para señalar hacia un pueblecito anidado en medio del bosque, y dice: « ¿Es el mío?», y se pone palidísimo. Pero Simón, que va bien cerca de él, responde: «El tuyo está muy lejos de aquí. Ven, ven; vamos a ver si cogemos esa bonita flor y se la llevamos a María» y así lo distrae.

Empieza el ocaso. Betsur se muestra en lo alto de su colina y, casi inmediatamente, por el camino de segundo orden que los peregrinos han tomado para ir a la ciudad, aparecen los rebaños, y los pastores, que vienen rápidos a su encuentro.

Cuando Elías ve que en el grupo está también María, alza los brazos con gesto de asombro, y se queda así, sin atreverse a creer en lo que ve.

-La paz sea contigo, Elías. Sí, soy yo. Era una promesa y en Jerusalén no ha sido posible vernos… Pero… no te preocupes, el caso es que ahora nos vemos -dice dulcemente María.

-¡Oh! ¡Madre! ¡Madre!…

Elías no sabe qué decir. A1 final encuentra las palabras:
-Ahora celebro mi Pascua. Es igual… incluso mejor
-¡Claro que sí, Elías! -confirman sus compañeros.

-Hemos hecho una buena venta y podemos matar un corderito. Venid a nuestra pobre mesa… -dice con tono de súplica Leví, y también José.

-Hoy estamos cansados. Mañana. Escuchad: ¿conocéis a una cierta Elisa, casada con Abraham de Samuel?
-Sí. Está en su casa de Betsur. Pero Abraham ha muerto, y, el año pasado murieron también sus hijos: el primero por una enfermedad que duró pocas horas -nunca se ha sabido de qué murió -; el otro fue lentamente, pero nada logró detener el mal. Nosotros le dábamos leche de cabra recién formada porque los médicos decían que le iba bien al enfermo. Bebía mucha leche, recogida de todos los pastores, pues la pobre madre había pedido que localizaran a quienes tuvieran en el rebaño una cabra lechal. Pero no sirvió de nada. Cuando volvimos al llano, el joven ya no tomaba alimento, y, cuando volvimos en Adar, había muerto desde hacía dos lunas.

-¡Pobre amiga mía! En el Templo me tenía amor… incluso éramos un poco parientes en nuestros antecesores… Era buena… Salió dos años antes que yo del Templo para casarse con Abraham, a quien estaba prometida desde su infancia; me acuerdo de ella, cuando vino para ofrecer a su primogénito al Señor. Me avisó; no sólo a mí… pero luego quiso estar un tiempo conmigo a solas… Ahora está sola… ¡Debo apresurarme, para consolarla! Vosotros quedaos aquí. Voy con Elías. Entraré sola. El dolor exige un ambiente respetuoso…

-¡¿Yo tampoco, Madre?

-Tú siempre. Pero los demás… Ni siquiera tú, pequeñuelo, porque sería un dolor para ella. ¡Ven, ven, Jesús!
-Esperadnos en la plaza del pueblo. Buscad un alojamiento para la noche. Adiós -ordena Jesús a todos.

Y, sólo con Elías, Jesús y su Madre caminan hasta una casa grande, completamente cerrada y silenciosa. El pastor llama con su cayado. Una sierva asoma su cabeza a una pequeña ventana y pregunta que quién ha llamado.
María se adelanta y responde:

-María de Joaquín, y su Hijo, de Nazaret. Díselo a la seora».
-Es inútil. No quiere ver a nadie. No hace sino llorar esperando la muerte.
-Inténtalo.

-No. Ya sé cómo me va a rechazar si trato de distraerla. No quiere a nadie a su lado, no quiere ver a nadie, no quiere hablar con nadie; sólo habla con el propio recuerdo de sus hijos.

-Ve, mujer. Te lo ordeno. Dile: "Está afuera la pequeña María de Nazaret, la que era como una hija para ti en el Templo…". Verás como me quiere recibir.
La mujer se marcha meneando la cabeza.

María explica a su Hijo y al pastor:

-Elisa era bastante mayor que yo. Estaba en el Templo esperando el regreso de su prometido que había ido a Egipto por asuntos de una herencia; por eso estaba en el Templo hasta una edad no común. Tiene casi diez años más que yo. Las maestras acostumbraban a asignar a las pequeñas a alumnas adultas para que las guiaran… Ella fue mi compañera-maestra. Era buena y… ¡Ah, ahí está la mujer!

Efectivamente, la sirvienta ha vuelto sin pérdida de tiempo, asombrada, y ha abierto de par en par la puerta de la entrada:

-¡Entra, entra! -dice. Luego, bajando la voz, añade: «Bendita seas por hacerla salir de esa habitación».
Elías se despide de María y su Hijo, que entran.
-Pero este hombre, verdaderamente… ¡sería inhumano!… ¡tiene la edad de Leví!…

-Déjalo entrar. Es mi Hijo y la consolará más que yo.
La mujer se encoge de hombros y los precede por el largo corredor de una casa que es bonita pero se siente triste: todo está limpio, mas todo parece muerto…

Una mujer alta, aunque camina curvada, vestida de oscuro, viene hacia ellos en la penumbra del vestíbulo.

-¡Elisa, amiga mía, soy María! -dice María mientras corre a su encuentro. Y la abraza.
-¡María! Tú… Creía que habías muerto tú también. Me habían dicho… ¿Cuándo?… No me acuerdo… Tengo un vacío en la memoria. Me habían dicho que habías muerto junto a otras muchas madres después de la visita de los Magos. Pero, ¿quién me ha dicho que eras la Madre del Salvador?

-Quizás los pastores…

-¡Oh, los pastores!

La mujer rompe a llorar angustiosamente.

-No pronuncies esa palabra. Me recuerda la última esperanza para la vida de Leví… De todas formas… sí… un pastor me habló del Salvador. Yo maté a mi hijo llevándolo al Jordán, al lugar en que se decía que estaba el Mesías; allí no había nadie… y mi hijo volvió justo para morir… El cansancio, el frío… yo lo maté… a pesar de que no lo hice con voluntad asesina. Me decían que el Mesías curaba las enfermedades… Por eso lo llevé… Ahora mi hijo me acusa de haberlo matado…

-No, Elisa; es tu pensamiento. Escúchame. Yo pienso, por el contrario, que tu hijo me ha tomado realmente de la mano y me ha dicho: "Ve a ver a mi querida madre. Lleva contigo al Salvador. Yo estoy aquí mejor que en la tierra, pero ella lo único que oye es su llanto, no puede oír las palabras que le susurro entre besos. ¡Pobre mamá, está como poseída por un demonio que la tienta a la desesperación porque quiere separarnos! Sin embargo, si se resigna y cree que Dios todo lo hace para bien, estaremos unidos para siempre, con mi madre y mi hermano. Jesús puede hacerlo". Y he venido… con Él… ¿No quieres verlo?…

María, mientras hablaba, tenía entre sus brazos a la desdichada mujer, y la besaba en su pelo gris, con una dulzura que sólo Ella puede tener.

-¡Ojalá fuera verdad! Pero, si es así, ¿por qué no fue Daniel a decirte que vinieras antes?… ¿Quién me dijo hace tiempo que habías muerto? No me acuerdo… no me acuerdo… Esto fue también motivo ͂ que yo esperase quizás demasiado a ir al Mesías. Es que habían dicho que había muerto Él, tú, todos en Belén…

-No te preocupes de recordar quién te lo dijo. Ven, mira, aquí está mi Hijo. Acércate a Él. Contenta a tus hijos y a tu María. ¿No te das cuenta de que sufrimos al verte así?
María la lleva a Jesús, que se ha puesto en un ángulo oscuro y que sólo ahora se acerca a ellas, hasta una lámpara que la mujer de servicio ha colocado sobre una alta arca.

La pobre madre alza la cabeza… Veo entonces que es Elisa, la que estaba en el Calvario entre las santas mujeres. Jesús tiende hacia ella sus manos con un gesto de acogida que es todo amor. La desdichada combate consigo misma un poco, luego le confía sus manos, y luego, de golpe, se abandona sobre el pecho de Jesús y dice gimiendo:

-¡Dime que no soy culpable de la muerte de Leví, dímelo! ¡Dime que no los he perdido para siempre! ¡Dime que pronto estaré con ellos!…

-Sí, sí. Escúchame. Ellos exultan ahora que estás en mis brazos. Iré pronto a ellos. ¿Qué les voy a decir?, ¿que no aceptas con resignación la voluntad del Señor? ¿Tendré que decir esto? ¿Van a tener que quedar en mal lugar las mujeres de Israel, las mujeres de David, tan fuertes y prudentes? No. Sufres pero es porque has sufrido sola. Tu dolor y tú, tú y el dolor. Así no puede soportarse. ¿No recuerdas las palabras de esperanza a nuestros difuntos?: "Os sacaré de los sepulcros y os conduciré a la tierra de Israel, y sabréis que soy el Señor cuando abra vuestras tumbas y os saque de vuestros sepulcros. Cuando infunda en vosotros mi espíritu viviréis". La tierra de Israel, para los justos que se han dormido en el Señor, es el Reino de Dios: Yo lo abriré y se lo daré a los que esperan.
-¿También a mi Daniel? ¿También a mi Leví?… ¡Le daba verdadero horror la muerte!… No podía pensar siquiera en el hecho de estar lejos de su madre. Por eso yo quería morir para estar a su lado en el sepulcro…

-No estaban en el sepulcro con su parte viva, sino con las cosas muertas que no podían oírte. Ellos están en el lugar de espera…

-¿Pero existe ese lugar? ¡Oh, no te escandalices de mí, que mi memoria se ha disuelto en el llanto! Tengo la cabeza henchida del sonido del llanto y de los estertores de mis hijos. ¡Esos estertores! ¡Esos estertores!… Me han disuelto el cerebro. Sólo tengo esos estertores aquí dentro…

-Pues Yo te meteré ahí las palabras de la vida. Sembraré la Vid -porque Yo soy Vida -donde ahora hay fragor de muerte. Ten presente al gran Judas Macabeo, que quiso que se ofreciera un sacrificio por los muertos, pensando acertadamente que están destinados a resucitar y que hay que adelantarles la paz con oportunos sacrificios. Si Judas Macabeo no hubiera estado seguro de la resurrección, ¿habría orado por los muertos?, ¿habría hecho que oraran por ellos? Él, como está escrito, pensó que, a los que mueren píamente, les está reservada una gran recompensa; y, sin duda, así murieron tus hijos. ¿Ves como asientes? Pues Yo te digo que no te desesperes. Antes al contrario, ruega por tus muertos, para que sus pecados sean cancelados antes de mi llegada. Si es así, sin mediar un instante de espera irán conmigo al Cielo, porque Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida y -digo la Verdad -a quien cree en mi Verdad y me sigue, le guío y le doy Vida. Dime, ¿tus hijos creían en la venida del Mesías?

-Sí, sin duda, Señor. Esta fe la habían aprendido de mí.
-¿Y Leví creía posible su curación por un acto de mi voluntad?

-Sí, Señor. Teníamos puesta en ti nuestra esperanza, pero… no ha servido… y ha muerto desconsolado después de tanta esperanza…

El llanto de la mujer toma nueva fuerza (más sereno, pero, a pesar de la serenidad, más desolado ahora que en la vehemencia de antes).

-No digas que no ha servido. Quien cree en mí, aunque haya muerto, vivirá eternamente… "Declina la tarde, mujer.

Voy con mis apóstoles. Te dejo a mi Madre…

-¡Quédate Tú también!… Tengo miedo a que, si te marchas, me invada de nuevo ese tormento… Ahora, con el sonido de tus palabras, está levemente empezando a calmarse la tempestad…
-¡No temas! Tienes a María contigo. Mañana vuelvo. Tengo que decir algunas cosas a los pastores. ¿Puedo decirles que vengan aquí a tu casa?…

-Sí, claro! Venían también el año pasado, por mi hijo… Detrás de la casa hay un huerto y, más allá, un patio rústico. Pueden estar allí, como hacían cuando venían para que los rebaños estuvieran recogidos…
-De acuerdo. Vendré. Sé buena. Recuerda que en el Templo María estaba bajo tu tutela; te la confío también esta noche.

-Sí. Ve tranquilo. Cuidaré de ella… Tendré que pensar en que cene y descanse… ¡Cuánto tiempo hace que no pienso en estas cosas! María, ¿quieres dormir en mi habitación, como hacía Leví durante su enfermedad? Yo en la cama de mi hijo, tú en la mía. Me parecerá volver a oír su respiro ligero… Tenía siempre cogida mi mano…

207- En la gruta de Belén la Madre evoca el nacimiento de Jesús

Dejada Betania con la primera sonrisa de la aurora, Jesús se dirige a Belén; a su lado van su Madre, María de Alfeo y María Salomé; le siguen los apóstoles; el niño, por el contrario, le precede, y encuentra motivo de contento en todo lo que ve: las mariposas que se están despertando, los pajaritos que cantan o picotean en el sendero, las flores que resplandecen por los diamantes del rocío, el hecho de que aparezca un rebaño en que se oye el balido de muchos corderitos. Una vez atravesado el torrente que está al sur de Betania -todo espuma risueña entre los cantos -, la comitiva se dirige hacia Belén, pasando entre dos órdenes de colinas enteramente verdes de olivos y viñedos con algunos -pequeños -campos dorados de grano aviado ya a la siega. El valle es fresco; el camino, bastante cómodo.

Simón de Jonás se adelanta y alcanza al grupo de Jesús. Pregunta:

-¿Por aquí se va a Belén? Juan dice que la otra vez habéis ido por otro camino.

-Es verdad -responde Jesús -pero porque veníamos de Jerusalén. Por aquí es más corto. Cuando lleguemos al sepulcro de Raquel, que quieren verlo las mujeres, nos separaremos, como hace tiempo habéis decidido. Mi Madre quiere ir a Betsur. Allí nos reuniremos de nuevo.

-Sí, lo dijimos… ¡Pero, sería tan hermoso que estuviéramos todos presentes!… especialmente la Madre… que, a fin de cuentas, es la Reina de Belén y de la Gruta, y conoce todo a la perfección. Si lo contara Ella, creo que sería distinto.

Jesús mira a Simón, que insinúa dulcemente su deseo, y sonríe.

-¿Qué gruta, padre? -pregunta Marziam.
-La gruta donde nació Jesús.
-¡Ah, muy bien! ¡Voy yo también!…
-¡Sería precioso! -dicen María de Alfeo y Salomé.

-¡Precioso!… Significaría volver al pasado, a cuando el mundo te ignoraba… Te ignoraba, sí, pero todavía no te odiaba. Significaría encontrar de nuevo el amor de las personas sencillas que supieron sólo creer y amar, con humildad y fe… Significaría depositar en el pesebre este peso de amargura que oprime mi corazón desde que sé lo mucho que te odian… Debe haber quedado todavía en el pesebre la dulzura de tu mirada, de tu respirar, de tu titubeante sonrisa… y ello me acariciaría el corazón, ¡este corazón mío tan lleno de amargura!…

María habla despacio, entre anhelante y afligida.

-Pues entonces vamos a ir, Mamá. Condúcenos tú al lugar. Hoy eres tú la Maestra y Yo el Niño que ha de aprender.
-¡No, Hijo! Tú eres siempre el Maestro…

-No, Mamá. Simón de Jonás tiene razón en lo que ha dicho. En la tierra de Belén tú eres la Reina. Es tu primer castillo. María, de la estirpe de David, guía a este pequeño pueblo a tu morada.

Judas Iscariote hace ademán de hablar, pero no dice nada. Jesús que se ha dado cuenta del gesto y lo ha interpretado, dice:

-Si alguno, por cansancio u otro motivo, no quiere venir, que libremente prosiga hacia Betsur.
Pero ninguno habla.

Prosiguen el camino por este fresco valle que va en dirección este-oeste. Luego giran levemente hacia el norte para bordear un entrante de un collado, y llegan así al camino que de Jerusalén conduce a Belén, justo a la altura de un cubo -la tumba de Raquel -que culmina en una pequeña cúpula orbicular. Todos se acercan para orar con reverencia.

-Aquí nos detuvimos yo y José… Está todo igual. Lo único distinto es la estación: en aquel entonces era un frío día de Kisléu. Había llovido, los caminos estaban embarrados; luego se había levantado un viento helador y quizás había caído escarcha durante la noche Los caminos estaban endurecidos, pero, recorridos todos ellos por carros y por mucha gente, parecían un mar lleno de hoyos. Se hacía muy trabajoso para mi burrito…

-¿Y para ti no, Madre?
-¡Yo te tenía a ti!… -La expresión de beatitud con que lo mira es verdaderamente conmovedora.

Unos instantes después, sigue hablando:

-Atardecía. José estaba muy preocupado… Se estaba levantando un viento que cortaba, y cada vez soplaba más fuerte… La gente que iba hacia Belén apresuraba su paso.

Chocaban unos con otros. Muchos decían insolencias contra mi burrito, por lo despacio que iba, buscando el lugar donde apoyar sus pezuñas… Parecía como si supiera que Tú estabas ahí… durmiendo el último sueño en la cuna de mis entrañas. Hacía frío… pero yo ardía por dentro. Te sentía llegar… ¿Llegar? Podrías decir: "Mamá, Yo ya estaba desde hacía nueve meses". Sí. Pero ahora era como si vinieras del Cielo. El Cielo descendía, se plegaba hacia mí, y yo veía sus resplandores… Veía a la Divinidad arder de gozo por tu inminente nacimiento, y ese fuego me traspasaba, me incendiaba, me abstraía… de todo… Frío… viento… gente… ¡Nada! Yo veía a Dios… De tanto en tanto, con esfuerzo, lograba volver con mi espíritu a esta tierra, y sonreía a José, que temía al frío y al cansancio por mí, y que iba guiando al burrito por temor a que tropezase, y que me arropaba con la manta porque temía que me enfriase… Mas nada podía suceder. No sentía los bamboleos. Me parecía ir por un camino de estrellas, entre nubes cándidas, sujetada por ángeles… Y sonreía… Primero a ti… Te veía dormir, capullo mío de azucena, a través de la barrera de la carne, con los puñitos apretados en tu camita de rosas vivas… Luego sonreía a mi esposo, que estaba profundamente afligido, para infundirle ánimo… Luego a la gente, que no sabía que estaba respirando ya en el aura del Salvador…

Nos detuvimos cerca de la tumba de Raquel, para que descansase un momento el borriquillo y para comer un poco de pan y unas aceitunas, nuestras provisiones de pobres. Pero yo no tenía hambre. No podía tener hambre… Me alimentaba mi alegría… Reanudamos el camino… Venid, os voy a decir dónde encontramos al pastor… No penséis que puedo equivocarme; estoy reviviendo aquella hora, veo y reconozco cada uno de los lugares porque veo a través de una gran luz angélica. Quizás la muchedumbre angélica está de nuevo aquí, invisible para los cuerpos, pero visible para las almas con su luminoso candor, y todo se hace patente, todo queda señalado. Ellos no pueden equivocarse, y me guían… para alegría mía y vuestra. Mirad, desde aquel campo a éste vino Elías con sus ovejas. José le pidió un poco de leche para mí. Allí, en aquel prado, estuvimos detenidos mientras él extraía la leche tibia, reconstituyente, y daba algunos consejos a José. Venid, venid… Mirad, éste es el sendero de la última hondonada antes de Belén. Lo elegimos porque el camino principal, en las cercanías de la ciudad, era todo un barullo de gente y cabalgaduras…

¡Ahí está Belén! ¡Oh, entrañable tierra de mis padres, que me diste el primer beso de mi Hijo! ¡Te abriste, buena y fragante, como el pan que te da el nombre, (Belén significa ͞casa del pan͟) para dar Pan verdadero al mundo mortalmente hambriento! ¡Me abrazaste, tú, tierra que conservas el materno amor de Raquel, como una madre; tierra santa de la davídica Belén; primer templo del Salvador, de la Estrella de la mañana nacida de Jacob para señalar la ruta del Cielo a toda la Humanidad! ¡Fijaos cuán bella está en esta primavera! ¡También entonces, a pesar de que los campos y los viñedos aparecieran desnudos, era hermosa! Un velo leve de escarcha tornaba a resplandecer en las desnudas ramas, que aparecían espolvoreadas de diamantes, como envueltas en un impalpable cendal paradisíaco. Las chimeneas de todas las casas humeaban, pues llegaba la hora de la cena. El humo, subiendo escalonadamente los rellanos hasta llegar a este límite, mostraba a la propia ciudad también velada…
Todo se sentía casto, recogido, en espera… ¡de ti, de ti, Hijo! La tierra te sentía llegar… Te habrían sentido también los betlemitas, porque no son malos, a pesar de que no lo creáis. No podían ofrecernos alojamiento… En las casas honradas y buenas de Belén, se apiñaban, arrogantes como siempre, sordos y soberbios, los que hoy lo siguen siendo; ésos no podían sentirte a ti… ¡Cuántos fariseos, saduceos, herodianos, escribas, esenios había!

¡Cuántos!… Su embotamiento de ahora sigue siendo manifestación de su dureza de corazón de entonces.

Cerraron su corazón al amor a su pobre hermana aquella noche y se quedaron -y todavía lo están -en las tinieblas.

Desde aquél momento, rechazando el amor al prójimo, rechazaron a Dios. Venid. Vamos a la gruta. Es inútil entrar en la ciudad. Los mejores amigos de mi Niño ya no están. Queda la naturaleza amiga, con sus piedras, su riachuelo, su leña para encender fuego; la naturaleza que sintió la llegada de su Señor… Sí, venid sin vacilación.

Se tuerce por aquí… Allí están las ruinas de la Torre de David: ¡la aprecio más que a un palacio! ¡Benditas ruinas! ¡Bendito riachuelo! ¡Bendito árbol que, como por milagro, te despojaste, con el viento, de muchas de tus ramas para que encontrásemos leña y pudiéramos encender fuego!

María baja ligera hacia la gruta, atraviesa el pequeño riachuelo por una tabla que hace de puente, corre hacia el espacio abierto que hay delante de las ruinas y cae de rodillas a la entrada de la gruta, y se curva para besar su suelo. La siguen todos los demás. Están emocionados…

El niño, que no la deja ni un instante, parece estar escuchando una historia maravillosa; sus ojitos negros beben las palabras y los gestos de María sin perderse ni uno solo.

María se pone en pie y entra diciendo:

-¡Todo, todo como entonces!… Pero en aquella ocasión era
de noche… José me hizo luz para que entrase. Entonces, sólo entonces desmontando del borriquillo, sentí lo cansada y helada que estaba. Un buey nos saludó. Me acerqué a él para sentir un poco de calor para apoyarme sobre el heno… José, aquí, donde estoy yo, extendió heno para hacerme un lecho. Lo había secado a la llama que estaba encendida en aquel rincón; para mí y para ti, Hijo… porque era bueno como un padre, con su amor de esposo-ángel… Y los dos de la mano, como dos hermanos perdidos en la oscuridad de la noche, comimos nuestro pan y nuestro queso; luego él fue allí, a alimentar el fuego, y se quitó el manto para tapar la abertura… En realidad, había corrido el velo ante la gloria de Dios que descendía del Cielo, Tú mi Jesús… Y yo permanecí allí, encima del heno, al calorcito de los dos animales, arropada en mi manto y con la manta de lana… ¡Mi amado esposo!… En la conmoción de aquella hora, en que me encontraba sola ante el misterio de la primera maternidad, siempre henchida de lo desconocido para una mujer, y para mí -en mi maternidad única -henchida además del misterio del qué sería ver al Hijo de Dios surgir de carne mortal, José fue para mí como una madre, como un ángel… mi consuelo… entonces y siempre…

Luego, silencio y sueño descendieron y circundaron al Justo… para que no viera lo que para mí era el beso de Dios de cada día… Y, tras el intermedio de las humanas necesidades, he aquí que me llegan las desmesuradas olas del éxtasis, que vienen del mar paradisíaco, y que me elevan de nuevo a lo alto de las crestas luminosas, cada vez más altas, y me llevan arriba, arriba, con ellas, a un océano de luz, de luz, de alegría, paz, amor, hasta verme perdida en el mar de Dios, del seno de Dios… Oigo todavía una voz de la tierra: "¿Duermes, María?". ¡Qué lejana!… ¡Es un eco, un recuerdo de la tierra!… Tan débil que el alma no reacciona. No sé lo que respondo.

Mientras, sigo subiendo, subiendo, en esta inmensidad de fuego, de beatitud infinita, de precognición de Dios… hasta Él, hasta Él. ¡Oh!, pero, ¿te alumbré yo a ti, o fui yo alumbrada por los trinitarios Fulgores aquella noche?, ¿te alumbré yo a ti, o Tú me aspiraste para alumbrarme? No lo sé… Luego el regreso, de coro en coro, de astro en astro, de estrato en estrato, dulce, lento, feliz, sereno, como el de una flor que el águila ha llevado a las alturas para dejarla caer después, y desciende lentamente, en las alas del aire, embellecida por una gema de lluvia, por un pedacito de arco iris arrebatado al cielo, para encontrarse al final en la tierra que la viera nacer… Mi diadema: ¡Tú! Tú sobre mi corazón…

Aquí, sentada, después de haberte adorado, te amé. Por fin pude amarte sin la barrera de la carne; de aquí me desplacé para llevarte al amor de aquel que como yo era digno de estar entre los primeros que te amasen. Aquí, entre estas dos toscas columnas, te ofrecí al Padre. Aquí descansaste por primera vez sobre el pecho de José… Aquí te envolví en pañales y, los dos, te colocamos aquí… Yo te acunaba mientras José secaba el heno al fuego y se lo metía en su pecho para mantenerlo caliente. Luego, allí… adorándote los dos, así, así, inclinados hacia ti, como yo ahora; bebiendo tu respiración, contemplando hasta qué anonadamiento puede conducir el amor; llorando las lágrimas que, ciertamente, se lloran en el Cielo por el gozo inagotable de ver a Dios.

Maria, que ha estado yendo a un lado o a otro mientras evocaba los hechos, señalando los lugares, jadeante de amor, con un destello de llanto en sus ojos azules y una sonrisa en los labios, se inclina realmente hacia Jesús -que está sentado en una piedra grande mientras Ella cuenta -y lo besa en el pelo, llorando, adorándole como entonces.

-Y luego los pastores… dentro, aquí, adorando con su buen corazón, con el intenso hálito de la tierra que con ellos entraba en su olor humano, de rebaños, de heno; y afuera, y por todas partes, los ángeles, adorándote con su amor, con sus cantos (que ninguna criatura humana puede reproducir) y con el amor del Cielo, con la brisa del Cielo que con ellos entraba, que ellos portaban, entre sus fulgores ¡Tu nacimiento, bendito mío!

María se ha arrodillado al lado de su Hijo y llora de emoción con la cabeza reclinada en las rodillas de Jesús.

Ninguno de los presentes se atreve a decir nada durante un rato; emocionados en mayor o menor grado, miran en torno a sí, como esperando ver pintada, entre las telas de araña y las ásperas piedras, la escena descrita…

María sale de este momento particular y torna a hablar:
-Bien, he descrito el nacimiento, infinitamente sencillo, infinitamente grande, de mi Hijo. Lo he hecho con mi corazón de mujer, no con la sabiduría de un maestro. No hay más; en efecto, fue la cosa más grande de la tierra, si bien velada bajo las apariencias más comunes.
-Pero, ¿y al día siguiente?, ¿y después? -preguntan muchos de los presentes, entre los cuales las dos Marías.

-¿El día siguiente? ¡Muy sencillo! Hice lo que todas las madres: dar de mamar al niño, lavarlo, ponerle los pañales. Yo calentaba agua del río en el fuego que ardía ahí afuera (para que el humo no hiciera llorar a esos dos ojitos azules); y luego, en el rincón más amparado, en una vieja artesa, lavaba a mi Hijo y le ponía ropita fresca; iba al río a lavar los pañales y los tendía al sol… y luego la alegría más grande, darle el pecho a Jesús… y Él mamaba y tomaba más color y se sentía contento… El primer día, durante la hora más caliente, fui a sentarme ahí afuera para verlo bien. Aquí la luz sólo se filtra, no entra verdaderamente. La lámpara y la llama daban un caprichoso aspecto a las cosas. Salí afuera, al sol… y miré al Verbo encarnado. La Madre conoció entonces a su Hijo; la sierva de Dios, a su Señor: fui mujer y adoradora… Después, la casa de Ana… los días ante tu cuna… los primeros pasos… la primera palabra… Pero esto fue después, en su momento… Nada, nada fue tan grande como la hora de tu nacimiento… Sólo cuando regrese a Dios, volveré a encontrar aquella plenitud…
María de Alfeo dice:

-¡Sí, pero, ponerse en camino al final…! ¡Qué imprudencia! ¿Por qué no esperasteis? El decreto preveía un alargamiento del plazo para los casos especiales, como partos o enfermedades. Alfeo lo dijo…

-¿Esperar? ¡No! Aquella tarde, cuando José trajo la noticia, yo y Tú, Hijo, exultamos de alegría. Era la llamada… porque tenías que nacer necesariamente aquí, como habían dicho los Profetas; aquel decreto llegado al improviso fue para José piadoso Cielo, cancelador incluso del recuerdo de su sospecha. Era lo que esperaba, por ti, por él, por el mundo judaico y por el mundo futuro, hasta el final de los siglos. Estaba escrito, y sucedió como había sido escrito. ¡Esperar! ¿Podrá la novia hacer esperar su sueño nupcial? ¿Por qué esperar?

-Pues… por todo lo que podía suceder… -insiste todavía María de Alfeo.

-No tenía ningún miedo. Reposaba en Dios.
-Pero, ¿sabías que todo habría de suceder así?
-Nadie me lo había dicho, y yo no pensaba en absoluto en ello; tanto es así, que, para dar ánimos a José, lo dejé pensar, y os dejé pensar, que todavía faltaba tiempo para el nacimiento. Sabía -esto sí que lo sabía -que la Luz del mundo nacería en la fiesta de las luces.

-Madre, la pregunta sería, más bien, ¿por qué no acompañaste a María? Y, mi padre, ¿por qué no pensó en esto? ¡Teníais que haber venido también vosotros! ¡No vinimos aquí todos? -pregunta, severo, Judas Tadeo.

-Tu padre había decidido venir después de la fiesta de las Luminarias y se lo dijo a su hermano, pero José no quiso esperar.

-Pero, tú al menos… -rebate aún Judas Tadeo.
-No la censures, Judas. De común acuerdo, consideramos que era justo correr un velo sobre el misterio de este nacimiento.

-Pero, ¿José sabía con qué signos había de producirse? Si tú no lo sabías, ¿podía saberlo él?

-No sabíamos nada, sino que Él debía nacer.
-¿Y entonces…?

-Entonces la Sabiduría divina nos guió así, como era justo. El nacimiento de Jesús, su presencia en el mundo, debían manifestarse exentos de todo lo que pudiera saber a maravilloso y que hubiera provocado a Satanás… Mirad cómo la aversión actual de Belén hacia el Mesías es una consecuencia de la primera epifanía del Cristo. El livor demoníaco se sirvió de la revelación para producir derramamiento de sangre, y para diseminar, por la sangre derramada, odio… ¿Estás contento, Simón de Jonás? No hablas. Casi ni respiras…

-Tanto… tanto que me parece estar fuera del mundo, en un lugar más santo que si hubiera traspasado el velo del Templo… Tanto que… que ahora, después de haberte visto en este sitio y con la luz de entonces, me produce temblor el haberte tratado… con respeto, sí, pero sólo como a una gran mujer; eso, como a una simple mujer. A partir de ahora no osaré ya decirte como antes: "María". Antes eras para mí la Madre de mi Maestro, ahora te he visto en la cima de aquellas olas celestiales, te he visto Reina; y yo, miserable, hago esto, como esclavo que soy -y se arroja al suelo y besa los pies de María.

Ahora es Jesús quien habla:

-Simón, álzate; ven aquí, a mi lado.
Pedro se pone en la izquierda de Jesús, María está a la derecha.

-¿Qué somos ahora nosotros? -pregunta Jesús.
-¿Nosotros? ¡Hombre, pues Jesús, María y Simón!
-De acuerdo, pero ¿cuántos somos?

-Tres, Maestro.

-Entonces somos una trinidad. Un día, en el Cielo, la divina Trinidad pensó: "Es el momento de que el Verbo vaya a la tierra". En un latido de amor, el Verbo vino a la tierra. Se separó por ello del Padre y del Espíritu Santo. Vino a actuar en la tierra. En el Cielo, los otros Dos contemplaron las obras del Verbo, permaneciendo más unidos que nunca para fundir Pensamiento y Amor en ayuda de la Palabra operante en la tierra.

Nota: (Se separó… Palabra, operante en la tierra. Las expresiones antropomórficas contenidas en este fragmento están en función del paralelismo entre Trinidad celeste y Trinidad terrena. En una copia mecanografiada, María Valtorta las corrige del Nota: (Se separó… Palabra, operante en la tierra. Las expresiones antropomórficas contenidas en este fragmento están en función del paralelismo entre Trinidad celeste y Trinidad terrena. En una copia mecanografiada, María Valtorta las corrige del modo siguiente “͉

Dejó por ello el seno del Padre, el abrazo recíproco que forma el Espíritu Santo. Vino a actuar en la tierra. En el Cielo las otras dos Personas contemplaron las obras del Verbo, permaneciendo, de todas formas, igualmente unidas a Él para fundirse Pensamiento y !mor, con la Palabra operante en la tierra Y las completa con la observación siguiente: “La unión hipostática por la cual el Verbo, estando realmente en la carne del Hijo de Dios y [de] María, no cesó de ser Uno con el Padre y, por tanto, con el Amor; no cesó de ser el Santo de los Santos, porque lo era por divina Naturaleza y lo fue en la Naturaleza humana, por Gracia y Voluntad perfectísimas. De los muchos atributos divinos, durante el tiempo mortal y como Verbo hecho Hombre, no perdió sino la eternidad, pues que debió conocer la muerte, y la inmensidad, pues que estaba limitado en una humanidad, siempre y sólo durante los 33 años que fue en todo como nosotros excepto en el pecado.

María Valtorta explicará también más adelante que la Divinidad, unida siempre hipostáticamente en Jesús-Hombre, no siempre era sensible para el Hombre-Redentor, el cual debía experimentar también este dolor)

Llegará un día en que vendrá del Cielo esta orden: "Es el momento de que vuelvas, porque todo está cumplido -Entonces el Verbo volverá al Cielo, así… (y Jesús se retira un paso hacia atrás dejando a Pedro y a María donde estaban), y desde lo alto del Cielo contemplará las obras de los otros dos de la tierra, los cuales, por santo impulso, se unirán más que nunca, para fundir poder y amor y hacer de ello un medio para cumplir el deseo del Verbo: la redención del mundo a través de la perpetua enseñanza de su Iglesia. Y el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo harán con sus rayos una cadena para estrechar, estrechar cada vez más a los dos que estarán todavía en esta tierra: mi Madre, el amor; tú, el poder. Por tanto, ciertamente tendrás que tratar a María como a una Reina, pero no como esclavo. ¿No te parece?

-Me parece todo lo que quieras. ¡Me siento anonadado! ¡Yo el poder? ¡Ah, pues si tengo que ser el poder entonces sí que me debo apoyar en Ella! ¡Madre de mi Señor, no me abandones nunca, nunca, nunca…!

-No temas. Te tendré siempre cogido de la mano; así, como hacía con mi Niño hasta que fue capaz de andar solo.
-¿Y después?

-Después te sostendré con la oración. ¡Ánimo, Simón; no dudes nunca del poder de Dios! Ni yo ni José dudamos de su poder, tú tampoco debes dudar. Dios otorga su ayuda en cada hora, si permanecemos humildes y fieles…

-Ahora venid aquí afuera, junto al riachuelo, a la sombra del árbol bueno que, si el verano estuviera más adelantado, os daría además de su sombra sus manzanas. Venid. Comeremos antes de partir…

-¿A dónde, Hijo mío?

-A Jala. Está cerca. Y mañana iremos a Betsur.

Se sientan a la sombra del manzano. María se apoya contra el recio tronco.

Bartolomé mira fijamente cómo Ella -tan joven y todavía celestemente enardecida por los hechos que ha revivido ­acepta de su Hijo el alimento que previamente ha bendecido, y cómo le sonríe con ojos de amor. Y susurra:

-“A su sombra he tomado asiento, su alimento sabe delicado a mi paladar.

Le responde Judas Tadeo:

-Es verdad. Se consume de amor. Pero no se puede decir que "fuese despertada bajo un manzano"».

-¿Y por qué no, hermano? ¿Qué sabemos nosotros de los secretos del Rey? -responde Santiago de Alfeo.

Y Jesús, sonriendo, dice:

-La nueva Eva fue concebida por el Pensamiento al pie del paradisíaco manzano, para que, con su sonrisa y su llanto, pusiera en fuga a la serpiente y desenvenenara el fruto envenenado. Ella se ha hecho árbol de fruto redentor.

Venid, amigos, comed de su fruto; que nutrirse con su dulzura es nutrirse con la miel de Dios.

-Maestro, hace tiempo que deseo saber una cosa: ¿el Cántico que estamos citando se refiere a Ella? -pregunta en voz baja Bartolomé. María está ocupándose del niño y hablando con las otras mujeres.

-Desde el principio del Libro se habla de Ella y de Ella se hablará en los libros futuros, hasta la transformación de la palabra del hombre en la sempiterna alabanza de la eterna Ciudad de Dios -y Jesús se vuelve a las mujeres.

-¡Cómo se nota que es de David! ¡Qué sabiduría! ¡Qué poesía! -dice Simón Zelote a sus compañeros.
Interviene Judas Iscariote, que, aún bajo la impresión del día anterior, a pesar de que esté tratando de recuperar la libertad que tenía antes, habla poco:

-Yo quisiera entender el por qué de esta necesidad de la Encarnación. De acuerdo que el único que con su palabra puede vencer a Satanás es Dios, de acuerdo que Dios es el unico que puede tener capacidad de redimir, no lo pongo en duda; pero, en fin, me parece que el Verbo habría podido humillarse menos de lo que lo ha hecho naciendo como todos los hombres, sujetándose a las miserias de la infancia, etc. ¿No habría podido aparecer con forma humana ya adulta, o, si es que quería tener una madre, elegírsela adoptiva, como hizo para el padre? Creo que una vez se lo pregunté pero no me respondió ampliamente,
o al menos no lo recuerdo. -¡Pregúntaselo, dado que estamos en el tema…! -dice Tomás. -Yo no. Ya le he hecho disgustarse y todavía no me siento perdonado. Preguntadlo vosotros por mí. -¡Pero hombre, nosotros aceptamos todo sin pedir tantas dilucidaciones!, ¿y tenemos que ser nosotros quienes hagan preguntas? ¡No es justo! -replica Santiago de Zebedeo.

-¿Qué es lo que no es justo? -pregunta Jesús.
Hay un momento de silencio; luego Simón Zelote, haciéndose intérprete de todos, repite las preguntas de Judas de Keriot y las respuestas de los otros.

-No soy rencoroso; esto lo primero. Hago las observaciones que debo hacer, sufro y perdono. Lo digo para quien todavía tiene miedo: fruto de su turbación. Por lo que se refiere a mi real Encarnación, digo: es justo que haya sido en este modo. Vendrán días en que muchos, muchos, caerán en errores acerca de mi Encarnación, atribuyéndome precisamente esas formas erradas que Judas querría que Yo hubiera asumido: Hombre compacto en cuanto al cuerpo, pero, en realidad, volátil como un juego de luces, siendo, por tanto, y no siendo al mismo tiempo, carne. Y la maternidad de María sería tal, y al mismo tiempo no lo sería. Yo soy verdaderamente carne, María es verdaderamente la Madre del Verbo encarnado. Si la hora del nacimiento fue sólo un éxtasis, se debió al hecho de ser la nueva Eva, sin peso de culpa ni herencia de castigo. Descansar en Ella no fue una humillación para mí.

¿Rebajaba acaso al maná el tenerlo dentro de. Tabernáculo? Al contrario: estar en esa morada era un honor Otros dirán que Yo, no siendo carne real, no padecí ni morí durante mi paso por la tierra. Sí, no pudiendo negar que estuve en la tierra se negará mi Encarnación real o mi Divinidad verdadera. La realidad es que Yo soy Uno con el Padre eternamente, y estoy unido a Dios como Carne, pues en verdad le era posible al Amor en su Perfección alcanzar lo inalcanzable revistiéndose de Carne para salvar a la carne. A todos estos errores responde mi entera vida, que da sangre desde el nacimiento hasta la muerte, y que se ha sujetado a todo lo humano, excepto al pecado. Sí, he nacido de Ella, por vuestro bien. ¿No sabéis cuánto se mitiga la Justicia desde que tiene a la Mujer como su colaboradora! ¿Estás satisfecho, Judas?

-Sí, Maestro.

-Haz tú también lo propio conmigo.

Judas Iscariote agacha la cabeza, confundido, y… quizás realmente tocado por tanta bondad.

Todavía permanecen a la sombra fresca del manzano. Unos dormitan, otros duermen verdaderamente. María se
levanta y vuelve a la gruta. Jesús la sigue…

206- Con dos parábolas sobre el Reino de los Cielos, termina la permanencia en Betania

Jesús está hablando en presencia de los campesinos de Jocanán -en presencia de Isaac y muchos discípulos, de las mujeres, entre las cuales se encuentran María Stma. y Marta, y en presencia de muchos de Betania. Todos los apóstoles están escuchando. El niño, sentado frente a Jesús, no se pierde ni una palabra. El discurso ha debido empezar poco antes porque todavía está llegando gente…
Dice Jesús:

-…Por este temor que tan vivo siento en muchos, es por lo que hoy quiero proponeros una dulce parábola; dulce para los hombres de buena voluntad, amarga para los otros; de todas formas, estos últimos disponen del modo de abolir esa amargura: transformarse en hombres de buena voluntad, pues, si así lo hacen, cesará el reproche que la parábola suscita en la conciencia.

El Reino de los Cielos es la casa del desposorio que Dios celebra con las almas: el momento de entrada en aquél se identifica con el día de la boda.

Pues bien, escuchad. Entre nosotros es costumbre que las doncellas sigan en cortejo al novio cuando va a la casa nupcial, para conducirlo, entre luces y cantos, adonde su dulce novia. El cortejo, entonces, deja la casa de la novia. Ésta, velada, llena de emoción, se dirige, acompañada del novio, como verdadera reina, a su lugar; a una casa que no es suya, pero que lo será desde el momento en que se haga una sola carne con su esposo. El cortejo, en su mayoría compuesto por amigas de la novia, corre a recibir a esta pareja feliz, para rodearlos de una aureola de luces.

Pues bien, en un pueblo se celebró una boda. Mientras los novios, con los parientes y amigos, lo festejaban en casa de la novia, diez vírgenes se dirigieron al lugar establecido (el vestíbulo de la casa del novio) para estar preparadas a salir al encuentro de éste cuando llegase a sus oídos el lejano toque de címbalos, anunciador de que los novios ya habrían dejado la casa de la novia para ir hacia la del novio. Pero… el banquete se prolongaba en la casa de la ceremonia nupcial… y llegó la noche.
Como sabéis, las vírgenes mantienen continuamente encendidas las lámparas para no perder tiempo en el momento señalado. Ahora bien, de estas diez vírgenes, todas con sus lámparas bien encendidas y resplandecientes, había cinco sensatas y cinco necias. Las sensatas, llenas de prudencia, se habían proveído de pequeños recipientes llenos de aceite, para poder alimentar las lámparas si la espera se hubiera alargado más de lo previsible; las necias se habían limitado a llenar bien las lamparitas.
Y pasaron las horas… La espera estuvo animada de alegres conversaciones, agudezas, relatos; pero llegó un momento en que ya no supieron más cosas que decir ni que hacer. Aburridas, o simplemente cansadas, las diez jóvenes se sentaron más cómodamente, con sus lámparas encendidas, bien cerca de ellas, y poco a poco se fueron quedando dormidas.

A media noche se oyó un grito: "¡Está llegando el novio, salid a su encuentro!". Ante esto, las diez jóvenes se pusieron en pie, cogieron sus velos y las guirnaldas, se arreglaron y, sin pérdida de tiempo, fueron por las lámparas a la repisa en que las habían dejado: cinco de ellas ya languidecían: la mecha, sin aceite que la alimentase, consumida toda, despedía relumbros cada vez más débiles, y humo, y amenazaba con apagarse al mínimo movimiento del aire. Las otras cinco lámparas, por el contrario, alimentadas por las vírgenes prudentes antes de entregarse al sueño, mantenían vivas sus llamas, y más se avivaron aún porque añadieron aceite nuevo al vasito de la lámpara.

Entonces las vírgenes necias suplicaron: "¡Dadnos un poco de vuestro aceite, que, si no, las lámparas se nos van a apagar con solo moverlas; las vuestras lucen ya bien!…". Mas las prudentes respondieron: `Afuera sopla el viento de la noche, desciende denso rocío; nunca es suficiente el aceite para alimentar una llama fuerte, capaz de resistir el viento y el relente. Si os damos una parte, también vacilará nuestra luz. ¡Sería muy triste un cortejo de vírgenes sin el titileo de las lamparillas! Id corriendo a donde el proveedor más cercano; suplicadle, llamad a su puerta, haced que se levante de la cama para daros aceite". Y, corriendo y tropezando, angustiadas, siguieron el consejo de sus compañeras; ajando los velos, manchándose los vestidos, perdiendo las guirnaldas.

He aquí que, mientras éstas iban a comprar el aceite, apareció en el fondo del camino la figura del novio, que venía con la novia. Entonces, las cinco vírgenes que tenían las lámparas encendidas corrieron a su encuentro; circundados por ellas, los novios entraron en la casa para la conclusión de la ceremonia (el acompañamiento de la novia por parte de las vírgenes hasta el aposento nupcial). Entraron los novios en la casa y la puerta fue cerrada: quien estaba fuera, fuera se quedó. Esto les pasó a las cinco vírgenes necias, las cuales regresaron con el aceite, pero se encontraron con la puerta cerrada: fue inútil que golpearan hasta herirse las manos y gimiendo: "¡Señor, señor, ábrenos! Somos del cortejo de la boda; somos las vírgenes propiciatorias, elegidas para dar honor y buena fortuna a tu tálamo".

El novio, desde la parte alta de la casa, dejando un momento solos a los invitados más íntimos, de los que se estaba despidiendo mientras la novia entraba en la cámara nupcial, dijo: "En verdad os digo que no os conozco. No sé quiénes sois. No he visto vuestros rostros jubilosos alrededor de mi amada. Sois usurpadoras. Quedaos pues, fuera de la casa de la boda". Y las cinco necias se marcharon llorando, por los caminos oscuros, con sus lámparas, que ya no le hacían falta, con sus vestiduras ajadas, los velos rasgados, las guirnaldas deshechas, o incluso sin guirnaldas…

Escuchad ahora el significado contenido en la parábola.
A1 principio os he dicho que el Reino de los Cielos es la casa del desposorio que Dios celebra con las almas. Todos los fieles están llamados al desposorio celeste, porque Dios ama a todos sus hijos: para unos antes, para otros después, se presenta el momento del desposorio; y el hecho de haber llegado a él es gran ventura. Escuchad lo que os digo ahora. No ignoráis que las jóvenes consideran un honor y una suerte el ser llamadas para formar el cortejo de la novia. Apliquemos a nuestro caso concreto los personajes; veréis como entenderéis mejor.

El Esposo es Dios; la esposa, el alma de un justo a la que -habiendo cumplido el período de su noviazgo en la casa del Padre, es decir, velando por la doctrina de Dios y obedeciéndola y viviendo según la justicia -acompañan a la casa del Novio para celebrar el matrimonio. Las vírgenes del cortejo son las almas de los fieles que, siguiendo el ejemplo de la novia -haber sido elegida por su Prometido por sus virtudes es signo de que era un ejemplo vivo de santidad -tratan de alcanzar este mismo honor santificándose.

Su vestido es blanco, está limpio, lozano; blancos son sus velos; están coronadas de flores. Llevan lámparas encendidas en sus manos. Las lámparas están muy limpias; su mecha, embebida del más puro aceite, para que no despida mal olor.

Su vestido es blanco. La justicia, cuando se practica firmemente, da vestido blanco (que -pronto -un día se hará blanquísimo, sin el más lejano recuerdo de mancha alguna, de una blancura supranatural, angélica).

Su vestido está limpio. Es necesario tener, con la humildad, siempre limpio el vestido. Es muy fácil empañar la pureza del corazón. Quien no tiene corazón limpio no puede ver a Dios. La humildad es como agua que lava. Quien es humilde se da cuenta enseguida ̀ su ojo no está empañado por el humo del orgullo -de que ha manchado su vestido y corre hacia su Señor y dice: "He privado de pureza a mi corazón. Lloro para purificarme. A tus pies lloro. ¡Sol mío, da blancura con tu benigno perdón, con tu amor paterno, a este vestido mío!".

Un vestido lozano. ¡Ah, la lozanía del corazón!: los niños la tienen por don de Dios; los justos, por don de Dios y por su propia voluntad; los santos, por don de Dios y por la voluntad llevada al heroísmo… ¿Y los pecadores, que tienen el alma lacerada, quemada, envenenada, sucia?, ¿no podrán volver a tener jamás un vestido lozano? No, no, sí que pueden. Ya desde el momento en que se miran con repulsa empiezan a tener esta lozanía; la aumentan cuando deciden cambiar de vida; la perfeccionan cuando, con la penitencia, se lavan, se desintoxican, se medican, reconstituyen su pobre alma. Con la ayuda de Dios -que no niega su santo auxilio a quien se lo pide -, con su propia superheroica voluntad -su trabajo es doble, triple, o séxtuplo, pues en ellos no se trata de tutelar lo que tienen, sino de reconstruir lo que ellos mismos han echado por tierra -y con penitencia incansable, implacable, respecto a ese yo que fue pecador, los pecadores restituyen la lozanía infantil a su alma, preciosa ahora por su experiencia, que los hace maestros de otros que son como eran ellos, es decir, pecadores.

Velos blancos. ¡Es la humildad! Tengo dicho: "Cuando oréis o hagáis penitencia, que el mundo no se percate de ello".

En los libros sapienciales está escrito: "No se debe revelar el secreto del Rey". La humildad es ese velo cándido y protector que recubre el bien que hacemos y el bien que Dios nos concede. No se gloríe -necia gloria humana -el corazón por el amor de privilegio concedido por Dios: inmediatamente le sería arrebatado el don; cante, más bien, internamente a su Dios: "Mi alma te ensalza, Señor… porque has vuelto tu mirada a la pequeñez de tu sierva"».

Jesús interrumpe brevemente su discurso y fija su mirada en su Madre, que, muy ruborizada bajo su velo, se inclina mucho como si quisiera ordenar los cabellos del niño, que está sentado a sus pies, en realidad lo que quiere es celar la emoción que siente a causa de su recuerdo…

Coronada de flores. El alma debe trenzarse diariamente su propia guirnalda de actos virtuosos, porque en presencia del Altísimo no debe haber nada ajado, ni se puede tener aspecto desaliñado. Diariamente, he dicho. El alma, efectivamente, no sabe cuándo Dios-Esposo puede aparecer para decir: "Ven". Así que no puede uno cansarse jamás de renovar la corona. No tengáis miedo. Las flores marchitan pero las de las coronas de virtudes no marchitan. El ángel de Dios que todo hombre tiene a su lado recoge a diario estas guirnaldas y las lleva al Cielo: allí harán de trono al nuevo bienaventurado cuando, como esposa en la casa nupcial, entre.

Tienen las lámparas encendidas. Para honrar a su Esposo y como luz para el camino. ¡Qué fúlgida es la fe, qué dulce amiga! Su llama es radiante como una estrella, risueña por la seguridad que le da su certidumbre; hace luminoso incluso al instrumento que la sujeta. La carne del hombre alimentado de fe, incluso la carne, parece, ya en este mundo, hacerse más luminosa y espiritual, inmune a una depauperación precoz; porque quien cree se apoya en las palabras y 1os mandamientos de Dios, que es su fin, para alcanzarlo, siendo así que se mantiene lejos de todo tipo de corrupción, y no sufre turbaciones, miedos, remordimientos, ni se ve obligado a recordar sus mentiras o a esconder sus malas acciones, y se conserva en la lozanía y juventud de la hermosa incorrupción del santo.

Su carne, su sangre, su mente, su corazón están limpios de toda lujuria, para contener así el aceite de la fe, para lucir sin producir humo. La voluntad constante nutrirá siempre esta luz. La vida de cada día, con sus desilusiones, constataciones, contactos, tentaciones, roces, tiende a reducir la fe ¡Esto no debe suceder! Id cada día a la fuente del óleo suave, sapiencial, de Dios.

Mas la lámpara escasamente alimentada puede apagarse con el más ligero viento o por el relente denso de la noche. La noche… la hora de las tinieblas, del pecado, de la tentación, les llega a todos: es la noche, para el alma. Pero, si ésta está henchida de fe la llama no podrá ser apagada por el viento del mundo o por la calina de las sensualidades.

En fin, vigilancia, vigilancia, vigilancia. Aquel que, imprudente, se confía diciendo: "Dios llegará antes de que me quede sin luz", o quien se induce a sí mismo a dormir antes que a velar (¡además duerme sin aquello que necesitaría para estar listo inmediatamente a la primera llamada!), o aquel que espera al último momento para procurarse el aceite de la fe o la mecha fuerte de la buena voluntad… incurren en el peligro de quedarse fuera cuando llegue el Esposo. Velad, por tanto, con prudencia, constancia, pureza, confianza, para estar siempre preparados cuando llame Dios, porque en realidad no sabéis cuándo vendrá Él.

Queridos discípulos míos, no quiero induciros a temblar ante Dios; antes bien, quiero promover en vosotros la fe en su bondad. Tanto los que os quedáis como los que os marcháis, pensad que, si hacéis lo que hicieron las vírgenes sensatas, seréis llamados no solamente a formar el cortejo del Esposo, sino que -como en el caso de la joven Ester, que fue nombrada reina en sustitución de Vastí -seréis escogidos y elegidos como esposas, pues el Esposo "habrá encontrado en vosotros toda gracia y la mayor complacencia". A los que os marcháis os bendigo; llevad en vosotros estas palabras mías, transmitídselas a vuestros compañeros. La paz del Señor esté siempre con vosotros.

Jesús se acerca a los campesinos para reiterarles su saludo. Juan de Endor le susurra:

-Maestro, ya está aquí Judas…
-No importa. Acompáñalos al carro y haz lo que te he indicado.

La asamblea se disuelve lentamente. Muchos hablan con Lázaro… el cual se vuelve a Jesús -que, habiendo dejado ya a los campesinos, estaba viniendo en este sentido -y le dice:

-Maestro, los corazones de Betania quieren oír todavía tu palabra; háblanos antes de marcharte.

-Declina el día, pero el ambiente está tranquilo y sereno… Si queréis reuniros en los prados recientemente segados, os hablaré antes de marcharme de esta ciudad amiga. O, si no, mañana, al alba. Sí, llega la hora de despedirnos.

-¡Luego! ¡Esta noche! -gritan todos.
-Como queráis. Ahora retiraos. A la mitad de la primera vigilia os hablaré…

Y, en efecto, incansable -mientras el sol y el recuerdo del arrebol de la tarde desaparecen y se alza el primer estridor de grillos inseguro y solitario -Jesús va adentrándose en un prado segado recientemente, en que la languideciente hierba crea una alfombra de penetrante y suave fragancia. Le siguen los apóstoles, las Marías, Marta y Lázaro con los de su casa -entre los sirvientes veo a 1os dos que en el Monte de las Bienaventuranzas hallaron consuelo para sus días: el anciano y la mujer -, Isaac con los discípulos, y… yo diría que toda Betania.

Jesús se detiene para bendecir al patriarca; éste le besa la mano llorando y acariciando al niño, que va al lado de Jesús; al niño le dice: -¡Dichoso tú, que lo puedes seguir siempre! ¡Escúchame, hijo: sé bueno; gran ventura la tuya, gran ventura; sobre tu cabeza pende una corona!… ¡Dichoso tú!

Una vez que han terminado todos de colocarse, Jesús empieza e hablar.

-Ahora que se han marchado estos pobres amigos necesitados con mucho consuelo en la esperanza, o mejor, en la certeza, de que basta conocer poco para ser admitidos en el Reino de Dios, en la certeza de que basta un mínimo de verdad sobre cuyo fundamento trabaje la buena voluntad, me dirijo a vosotros, mucho menos infelices que ellos, porque os encontráis en condiciones materiales mucho mejores y, además, recibís más ayuda del Verbo: mi amor va a ellos sólo con el pensamiento; aquí, a vosotros, mi amor os llega también con mi palabra. Por tanto, tanto en la tierra como en el Cielo, recibiréis un trato más riguroso, pues a quien más se le dio más se le ha de pedir. Mínimo es el bien de que estos pobres amigos que están regresando a su galera pueden disponer; por el contrario, su dolor es máximo ¿Qué se les puede dar sino promesas de bien? Cualquier carga sería superflua, pues os digo en verdad que de por sí su vida es penitencia y santidad y nada más se les debe imponer. En verdad os digo también que, como verdaderas vírgenes sensatas, ellos no dejarán que sus lámparas se apaguen antes de la hora de su llamada. No, no la dejarán apagarse; esta luz es todo el bien que poseen y no pueden dejar que se apague.

En verdad os digo que, como Yo estoy en el Padre, así los pobres están en Dios. Por esto, Yo, Verbo del Padre, he querido nacer y permanecer pobre. En efecto, entre los pobres me siento más cerca del Padre, que ama a los más pequeños, y es amado por ellos con todas sus fuerzas. Los ricos poseen muchas cosas; los pobres, sólo a Dios. Los ricos tienen amigos, los pobres están solos. Los ricos tienen muchas consolaciones, los pobres no. Los ricos se divierten, los pobres sólo trabajan. Todo es fácil para los ricos, por su dinero. Los pobres tienen, además, la cruz del temor a las enfermedades y a las carestías, pues significarían para ellos hambre y muerte. Mas los pobres poseen a Dios. Dios, amigo suyo, Consolador suyo; É1 los distrae de su penoso presente con esperanzas celestiales; a El se le puede decir (y ellos saben decirlo, lo dicen precisamente por ser pobres y humildes y estar solos): "Padre, socórrenos con tu misericordia".

Esto lo estoy diciendo aquí, en esta tierra, que es de Lázaro, amigo mío y de Dios a pesar de que sea muy rico.

Puede parecer extraño. Lázaro es la excepción de los ricos. Lázaro ha alcanzado esa virtud, dificilísima de encontrar en la tierra y aún más difícil de practicarse por enseñanza ajena, que es la virtud de la libertad respecto a las riquezas. Lázaro es un hombre justo, no se ofende, no se puede ofender porque sabe que es el rico-pobre, por lo cual mi crítica celada no le toca. Lázaro es justo y reconoce que en el mundo de los grandes sucede como Yo digo. Por lo cual afirmo: en verdad, en verdad os digo que es mucho más fácil que esté en Dios un pobre que un rico, y os digo que en el Cielo del Padre mío y vuestro muchos asientos serán ocupados por aquellos que en la tierra sufrieron, cual polvo que se pisa, el desprecio, por ser los más pequeños.

Los pobres guardan en su corazón las perlas de las palabras de Dios; son su único tesoro. Quien no tiene más que un bien lo custodia; el que tiene muchos se aburre, se distrae, es soberbio y sensual. Así, este último no admira con ojos humildes y enamorados el tesoro ofrecido por Dios; lo confunde con otros tesoros -las riquezas de la tierra -, valiosos sólo en apariencia, y piensa: "¡Si escucho a éste, que es semejante a mí en cuanto a la carne, será por condescendencia!"; y hace insensible, con los sabores fuertes de la sensualidad, su capacidad de distinguir el sabor de lo sobrenatural: sabores fuertes… cargados de especias para confundir su hedor y su sabor a cosa podrida…

Escuchad, y entenderéis mejor cómo los cuidados de este mundo, las riquezas, la crápula, impiden entrar en el Reino de los Cielos. Un rey celebraba las nupcias de su hijo. ¡Imaginaos qué fiesta habría en palacio! Era su único hijo, que, llegado a la plena edad, se casaba con su amada. El padre y rey quiso que todo fuera alegría en torno a la de su amado hijo, que por fin se casaba con su elegida. Entre las muchas celebraciones nupciales organizó un gran banquete; lo preparó con tiempo, cuidando de todos los detalles, para que resultase espléndido y digno de las bodas del hijo del rey.

Envió a los siervos, también con suficiente tiempo, para decir a los amigos, a los aliados y a los grandes del reino, que habían sido fijadas las nupcias para esa fecha, por la tarde, y que estaban invitados; que vinieran para dar un digno marco a la figura del hijo del rey. Pero… ni amigos, ni aliados, ni grandes del reino aceptaron la invitación.

Entonces el rey, dudando de que los primeros siervos hubieran referido las cosas correctamente, envió a otros siervos, para que insistieran con estas palabras: "¡Os rogamos que vengáis! Todo está preparado. La sala está aparejada, hemos traído de los más distintos lugares vinos preciados, en las cocinas están amontonados bueyes y animales cebados en espera de ser guisados, las esclavas ya están amasando la harina para hacer dulces, o machacando en los morteros las almendras para hacer finísimas gollerías enriquecidas con los más exóticos aromas. Las mejores bailarinas y los mejores músicos han sido ya contratados para la fiesta. Venid, pues, para no hacer vano tanto aparato".

Pero los amigos, los aliados y los grandes del reino o rechazaron la invitación, o dijeron: "Tenemos otros quehaceres", o fingieron aceptar la invitación pero luego fueron a sus cosas (quién al campo, quién a sus ocupaciones, quién a cosas menos nobles). Incluso hubo quien, molesto por tanta insistencia -porque el siervo del rey insistía: "No le niegues al rey esto, pues te podría causar algún mal" -mató al siervo para hacerlo callar.

Los siervos volvieron y refirieron al rey todo. El rey se encendió de cólera y mandó a su ejército para castigar a los asesinos de sus siervos y a los que habían despreciado su invitación; se reservó premiar a los que habían prometido que irían. Pero llegada la tarde de la fiesta, a la hora establecida, no vino ninguno.

E1 rey, indignado, llamó a los siervos y dijo: "No ha de suceder que mi hijo no tenga a nadie que le celebre en esta tarde de sus nupcias. El banquete está preparado. Los invitados no son dignos de él. A pesar de todo, el banquete nupcial de mi hijo ha de celebrarse. Id pues, a las plazas y a los caminos, colocaos en los cruces, parad a los que pasan, congregad a los que veáis ociosos; traedlos aquí; que la sala se llene de gente festiva".

Y fueron los siervos, y recorrieron los caminos, se diseminaron por las plazas, por los cruces, y reunieron a todos los que encontraron, buenos o malos, ricos o pobres, y los condujeron a la morada real (previamente les habían procurado los medios para estar en condicione dignas de entrar en la sala del banquete de bodas). Los guiaron hasta la sala, y la sala se llenó, como el rey quería, de gente festiva.

Mas he aquí que, habiendo entrado el rey en la sala, para ver si ya podía empezar la fiesta, vio a uno que, a pesar de las facilidades que le dieron los siervos de ir bien presentado, no llevaba vestido de bodas. Le preguntó: "¿Cómo es que has entrado aquí sin el vestido de bodas?".

Este no supo qué responder, porque, en efecto, no tenía nada que lo pudiera disculpar. Entonces el rey llamó a los siervos y les dijo: "Tomad a éste, atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera de mi casa, a las tinieblas y al lodo helador: ahí llorará y le rechinarán los dientes, como ha merecido por su ingratitud y por la ofensa que me ha infligido -más que a mí a mi hijo -al entrar con vestido pobre y sucio en la sala del banquete, donde no debe entrar nada que no sea digno de la sala y de mi hijo".

Como podéis ver, los cuidados de este mundo, la avaricia, la sensualidad, la crueldad, provocan la ira del rey y hacen que jamás estos hijos de las preocupaciones vuelvan a entrar en la casa del Rey. Podéis también ver cómo entre los llamados, por amor al hijo, hay quien recibe castigo.

¡Cuántos, hoy día, en esta tierra a la que Dios ha enviado a su Verbo! Dios verdaderamente ha invitado, a través de sus siervos -y los seguirá invitando, cada vez más impelentemente a medida que se va acercando la hora de mi Desposorio -, a amigos, a aliados, a los grandes de su pueblo. Mas no responderán a la invitación, porque son falsos aliados, falsos amigos, grandes sólo de nombre pues son mezquinos.

Jesús va elevando cada vez más la voz. Sus ojos -a la luz del fuego que ha sido encendido entre Él y los que le escuchan, para iluminar esta noche en que todavía falta la Luna, que está en fase menguante -lanzan destellos de luz como si fueran dos gemas.

Sí, son mezquinos. Ya se ve por qué no comprenden el deber y el honor que supone la adhesión a la invitación del Rey. Soberbia, dureza, lujuria crean un baluarte en torno a su corazón. Siendo malos, me odian a mí, a mí, y por eso no quieren venir a mis bodas. No quieren venir. Prefieren unirse a la sucia política, al dinero (más sucio todavía), a la sensualidad (sucísima). Prefieren el cálculo astuto, la conjura, la ratera conjura, la celada, el delito.

Yo condeno todo esto en nombre de Dios. Se odia por tanto la voz que habla y la misma fiesta, objeto de la invitación. En este pueblo han de ser identificados los que matan a los siervos de Dios (los profetas, siervos hasta este momento; mis discípulos, siervos de hoy en adelante), aquí están; y también los que, pretendiendo burlarse de Dios, dicen: "Sí. Iremos", pensando para sus adentros: "^Ni soñarlo!". Todo esto es una realidad en Israel.

Y el Rey del Cielo, para que su Hijo goce de un digno aderezo de bodas, dispondrá que vayan a los cruces de caminos para congregar a todos aquellos que no son amigos o grandes o aliados sino simplemente pueblo que pasa. La convocatoria ha comenzado ya, de mi propia mano, de mi mano de Hijo y siervo de Dios. Indiscriminadamente vendrán… De hecho ya han venido. Yo los ayudo a asearse y engalanarse para la fiesta de bodas.

¡Ah, pero habrá, para desgracia propia, quien se aproveche indignamente de esta magnificencia de Dios -que le ofrece perfumes y vestiduras regias para que pueda aparecer como en realidad no es, o sea, rico y noble -, y se aproveche para seducir, para obtener una ganancia…! ¡Oh, individuo de alma torva, atrapado por el repugnante pulpo de todos los vicios…! Éste sustraerá perfumes y vestidos para obtener una ilícita ganancia, para usarlos no en las bodas del Hijo sino en sus bodas con Satanás.

Sí, esto sucederá -en efecto, muchos son los llamados, mas pocos los que, por saber perseverar en la llamada, alcanzan la elección-; pero también sucederá que estas hienas, que prefieren la carroña al alimento fresco, serán arrojados, como castigo, fuera de la sala del Banquete, a las tinieblas y al fango de un lodazal eterno en que Satanás emite su horrible risa estridente por cada triunfo sobre un alma, y en que resuena, eterno, el llanto desesperado de los mentecatos que siguieron al Delito en vez de seguir a la Bondad que los había llamado.

Alzaos. Vamos a descansar. Os bendigo a todos, habitantes de Betania. Os bendigo y os doy mi paz. Te bendigo a ti especialmente Lázaro, amigo mío, y a ti, Marta. Bendigo a mis discípulos, a los primeros y a los nuevos. Yo los envío por el mundo, a invitar para las bodas del Rey. Arrodillaos, que voy a bendeciros a todos. Pedro, di 1a oración que os he enseñado, dila aquí, a mi lado, en pie, porque así debe decirla quien ha sido destinado por Dios para ello.

Toda la asamblea se arrodilla sobre la hierba. En pie sólo están Jesús, con su vestidura de lino, alto, guapísimo, y Pedro, vestido de marrón oscuro, encendido de emoción, casi tembloroso, recitando la oración con esa voz suya no bonita pero sí viril, lentamente por miedo a equivocarse: «Padre nuestro…».

Se oye algún sollozo… de hombre, de mujer…
Margziam, arrodillado justo delante de María, que le mantiene unidas sus manitas, mira con una sonrisa de ángel a Jesús, y dice bajo:

-¡Mira, Madre, qué guapo!; y también mi padre, ¡qué guapo' Parece estar en el Cielo… ¿Estará aquí mi madre viendo?
María susurra:

-Sí, tesoro, está aquí; está aprendiendo la oración -y le da un beso.

-¿Y yo? ¿La voy a aprender?

-Ella te la susurrará en el alma mientras duermes, y yo te la repetiré de día.

El niño echa hacia atrás su cabecita morena y la apoya en el pecho de María, y se queda así mientras Jesús lleva a cabo la siempre solemne bendición mosaica.

Acabado el gesto, todos se ponen en pie, y se marcha cada uno a su casa; sólo Lázaro sigue todavía a Jesús. Luego entra con Él en la casa de Simón para estar aún en su compañía. Entran también todos los demás. Judas Iscariote, avergonzado, se pone en un rincón semioscuro: no se atreve a acercarse a Jesús, como hacen los demás…
Lázaro se congratula con Jesús. Dice:

-Siento que te marches, pero estoy más contento que si te hubiera visto marcharte anteayer.

-¿Por qué, Lázaro?

-Porque te veía muy triste y cansado… No hablabas, sonreías poco… Ayer y hoy has vuelto a ser mi santo y dulce Maestro. Me alegro mucho…

-Lo era, aunque guardase silencio…

-Lo eras, sí; pero Tú eres no sólo serenidad sino también palabra. Esto buscamos en Ti. En estas fuentes bebemos nuestra fuerza, y estas fuentes parecían sin agua…

Penosa era nuestra sed… Ya ves cómo hasta incluso a los gentiles los ha sorprendido, y han venido a buscarlas…
Judas Iscariote, al cual se había acercado Juan de Zebedeo, se decide a hablar:

-Sí, me habían preguntado también a mí… porque muchas veces estaba cerca de la Torre Antonia, con la esperanza de verte.

-Sabías dónde estaba -responde escuetamente Jesús.
-Lo sabía. Pero no pensaba que pudieras decepcionar a quienes te esperaban. Los romanos también se sintieron decepcionados. No entiendo por qué has actuado así…

-¿Y tú me lo preguntas? ¿No estás al corriente del estado de ánimo del Sanedrín, de los fariseos y de otros, respecto a mí?

-¿Quieres decir que tenías miedo!
-No. Náusea. E1 año pasado, estando solo -uno solo contra todo un mundo que ni siquiera sabía si Yo era profeta -, mostré que no tenía miedo. Y tú fuiste ganado con mi audacia. Hice oír mi voz contra todo un mundo de gente que gritaba; hice oír la voz de Dios a un pueblo que se había olvidado de ella; purifiqué la Casa de Dios de las inmundicias materiales que tenía. No pretendía limpiarla de las bajezas morales, mucho más graves, que en ella anidan, porque no ignoro el futuro de los hombres. Lo hice para cumplir mi deber; por celo de la Casa del Señor eterno, la cual se había convertido en una plaza vociferadora de mercachifles, usureros y ladrones; lo hice para remover de su sopor a quienes siglos de abandono sacerdotal habían hecho caer en el letargo espiritual. Fue el reclamo que debía congregar a mi pueblo, para llevarlo a Dios… Este año he vuelto… He visto que el Templo sigue lo mismo… Incluso ha empeorado. Ha pasado de ser cueva de ladrones a ser sede de conjura, y será sede del Delito, y luego lupanar, para terminar destruido a manos de una fuerza más poderosa que la de Sansón que aplastará a una casta indigna de llamarse santa. Es inútil hablar en ese lugar, en el cual, además ̀ te lo recuerdo -se me prohibió hablar. ¡Pueblo desleal a la palabra dada, envenenado en sus cabezas, pueblo que osa poner veto a que la Palabra de Dios hable en su Casa! Sí, me fue prohibido.

He guardado silencio por amor a los más pequeños. No ha llegado todavía la hora en que habrán de matarme. Son demasiados los que tienen necesidad de mí, y mis apóstoles no son todavía suficientemente fuertes como para recibir en sus brazos a mi prole: el Mundo. No llores, Madre buena; perdona esta necesidad de tu Hijo de decir, a quien quiere o puede engañarse, la verdad que sé… Yo callo… pero, ¡ay de aquellos por los cuales Dios calla!…

¡Madre, Margziam, no lloréis!… ¡Que nadie llore! ¡Os lo ruego!

Pero en realidad todos, con más o menos pena, lloran.
Judas, pálido como un muerto, con ese indumento suyo de rayas amarillas y rojas, tiene la osadía de insistir, con una voz gimoteadora y ridícula:

-Créeme, Maestro, que estoy sorprendido y apenado No sé qué quieres decir… Yo no sé nada… La verdad es que no he visto a ninguno de los del Templo, pues he roto los contactos con todos Pero, si Tú lo dices, será verdad…

-¡Judas!… ¿Tampoco has visto a Sadoq?

Judas baja la cabeza y farfulla:

-Es un amigo… Lo he visto como amigo, no como uno del Templo…

Jesús no le responde; se vuelve a Isaac y a Juan de Endor para darles algunas recomendaciones relativas a su trabajo. Entretanto las mujeres consuelan a María, que está llorando, y al niño, que llora al ver llorar a María.

También a Lázaro y a los apóstoles se les ve apenados.
Jesús, que presenta de nuevo su dulce sonrisa, se acerca a ellos, y mientras abraza a su Madre y acaricia al niño, dice:

-Me despido de los que se quedan, porque mañana al alba nos pondremos en camino. Adiós, Lázaro; adiós, Maximino. José, te agradezco todos los detalles que has tenido con mi Madre y con las discípulas en este período de espera mientras Yo llegaba. Gracias por todo. Tú, Lázaro, bendice de nuevo a Marta en mi nombre. Volveré pronto. Ven, Madre, a descansar; también vosotras, María y Salomé, si queréis venir.

-¡Sí, claro que vamos! -dicen las dos Marías.

-¡Pues, hala, a la cama! Paz a todos. Dios esté con vosotros. Hace un gesto de bendición y sale, llevando de la mano al niño y estrechando a su Madre…

La estancia en Betania ha terminado.

205- La parábola del hijo pródigo

-Juan de Endor, ven aquí, que tengo que hablarte -dice Jesús asomándose a la puerta.

El hombre estaba enseñando algo al niño. Lo deja y va inmediatamente. Pregunta: --¿Qué me quieres decir, Maestro?

-Ven conmigo aquí arriba.

Suben a la terraza y se sientan en la parte más protegida, porque, a pesar de que sea por la mañana, ya el sol calienta fuerte. Jesús recorre con su mirada los campos cultivados en que los cereales se van dorando más cada día que pasa y los árboles frutales van llenando sus frutos; parece como si quisiera extraer su pensamiento de esa metamorfosis vegetal.

-Mira, Juan. Hoy creo que va a venir Isaac para traerme a los campesinos de Jocanán antes de que regresen a sus campos. Ya le he dicho a Lázaro que le preste a Isaac un carro para que puedan acelerar su regreso sin miedo a llegar con un retardo que les acarreara un castigo. Lázaro lo va a hacer, porque Lázaro hace todo lo que digo. Ahora bien, de ti quiero otra cosa. Tengo aquí una suma que una persona me ha dado para los pobres del Señor. Generalmente el encargado de guardar las monedas y de distribuir los óbolos es uno de los apóstoles; generalmente es Judas de Keriot, aunque alguna vez son los otros. Judas no está aquí. Por lo que se refiere a los otros apóstoles, no quiero que sepan lo que tengo intención de hacer. Tampoco Judas debería saberlo esta vez. Lo harás tú, en mi nombre…

-¿Yo, Señor?… ¿Yo? ¡No soy digno de ello!…

-Debes irte acostumbrando a trabajar en mi nombre. ¿No has venido para esto?

-Sí, pero pensaba que en lo que tenía que trabajar era en reconstruir mi pobre alma.

Pues Yo te procuro el medio para hacerlo. ¿En qué has pecado? Contra la misericordia y el amor. ¿Con odio demoliste tu alma?… Pues con amor y misericordia la reconstruirás. Te doy el material necesario. Te voy a destinar de forma especial a las obras de misericordia y amor. Tienes capacidad para el cuidado y la palabra, así que estás en condiciones de cuidar desdichas físicas y morales, tienes capacidad para hacerlo. Empezarás con esta obra. Ten la bolsa. Se la darás a Miqueas y a sus amigos. Divídelo en partes iguales, siguiendo estas instrucciones: divide el total en diez partes; da cuatro a Miqueas, una para él, una para Saulo, una para Joel y una para Isaías las otras seis partes, se las das a Miqueas para el anciano padre de Yabés y sus compañeros. Así recibirán al menos un consuelo.

-De acuerdo, pero ¿qué razón les doy?

-Dirás: "Esto es para que os acordéis de orar por un alma que se está redimiendo".

-¡A lo mejor piensan que soy yo! ¡No sería justo!».
-¿Por qué? ¿No quieres redimirte?

-Lo que no sería justo es que creyeran que yo soy el donador.

-No te preocupes. Haz como te digo.

-Obedezco… Concédeme, al menos, aportar algo también yo. To-al… ahora ya no tengo ninguna necesidad. Ya no compro más libros, ya no tengo pollos que alimentar, a mí con muy poco me basta, así que… nada. Ten, Maestro. Me quedo sólo con una mínima cantidad, para el gasto de las sandalias… -y saca de una bolsa que llevaba en la cintura muchas monedas, y las añade a las monedas de Jesús.

-Que Dios te bendiga por tu misericordia… Juan, dentro de poco nos tendremos que despedir, porque tienes que ir con Isaac.

-Lo lamento, Señor. De todas formas obedezco.

-Yo también siento separarme de ti. Tengo mucha necesidad de discípulos itinerantes. Ya no doy abasto. Dentro de poco enviaré a los apóstoles, luego a los discípulos. Tú lo harás muy bien. Te reservaré para misiones especiales.

Entretanto, te formarás con Isaac: es muy bueno; el Espíritu de Dios lo ha instruido profundamente durante su larga enfermedad; es un hombre que ha perdonado todo siempre… Por lo demás, dejarnos no significa no volvernos a ver. Nos encontraremos frecuentemente, y siempre que nos encontremos hablaré para ti; acuérdate de esto…

Juan se repliega sobre sí mismo, esconde su cara entre las manos y, rompiendo bruscamente a llorar, dice quejumbroso:
-¡Oh, entonces dime ya ahora algo que me persuada de que estoy perdonado… de que puedo servir a Dios… Si supieras cómo veo mi alma, ahora que se ha desvanecido el humo del odio… y cómo… y cómo pienso en Dios…
-Lo sé. No llores. Permanece en la humildad, pero sin descorazonarte. Si hay desaliento, hay todavía soberbia.

Ten sólo humildad, solamente humildad. ¡Venga, ánimo, no llores!…

Juan de Endor se va calmando poco a poco…

Cuando lo ve ya calmado, Jesús dice:

-Ven, vamos a la sombra de aquel grupo de manzanos; reunamos a los compañeros y a las mujeres. Voy a hablarles a todos. A ti en particular te voy a decir cómo te ama Dios.

Bajan hacia el lugar indicado y, a medida que se van acercando, los demás se van reuniendo en torno a ellos.

Llegan. Se sientan en círculo a la sombra de los manzanos. Lázaro, que estaba hablando con Simón Zelote, también se une al grupo. Son en total veinte personas.

Escuchad. Se trata de una hermosa parábola que os guiará con su luz en muchos casos.

Un hombre tenía dos hijos. El mayor era serio, trabajador, inclinado al afecto, obediente. El segundo era más inteligente que el mayor -el cual realmente era un poco tardo y se dejaba guiar para no tener que esforzarse en decidir por sí -, si bien era rebelde, distraído, amante del lujo y el placer, gastador, ocioso. La inteligencia es un gran don de Dios, pero debe ser usado con sabiduría; si no, es como ciertas medicinas, que, si se usan mal, en vez de curar matan. Su padre -estaba en su derecho y cumplía su deber -le instaba para que viviera con más sensatez. Mas no obtenía ningún resultado, aparte del de recibir contestaciones y de que el hijo se solidificara más en sus torcidas ideas.

Finalmente, un día, tras una discusión más acalorada que las precedentes, el hijo menor dijo: "Dame la parte de los bienes que me corresponde; así ya no tendré que oír ni tus reprensiones ni las quejas de mi hermano; a cada uno lo suyo y se acabó". "Piensa -respondió el padre -que dentro de poco te quedarás sin nada; ¿qué harás entonces? Ten en cuenta que no me voy a comportar con injusticia para favorecerte y que no voy a coger ni un céntimo de la parte de tu hermano para dártelo a ti".

-No te pediré nada, puedes estar seguro; dame mi parte.
El padre encargó la valoración de las tierras y de los objetos preciosos, y, viendo que dinero y joyas sumaban lo que las tierras, dio al mayor los campos y las viñas, hatos de ganado y olivos, y al menor el dinero y las joyas. El más joven lo vendió inmediatamente, transformando así todo en dinero. Hecho esto, pasados pocos días, se marchó a un país lejano. Allí vivió como un gran señor, despilfarrando todo lo que tenía en todo tipo de juergas, haciéndose pasar por el hijo de un rey (pues se avergonzaba de decir: "soy un aldeano"), con lo cual renegaba de su padre. Festines, amigos y amigas, vestidos, vino, juego… vida disoluta… Pronto vio mermar sus fondos y aproximársele la pobreza; además, para agravar la pobreza, se abatió sobre la región una gran carestía, con lo cual se agotaron los pocos fondos que le quedaban.

Habría podido volver con su padre, pero, como era soberbio, no quiso. Se dirigió entonces a un hombre rico de la región, que había sido amigo suyo en los buenos tiempos, y le suplicó: `Acuérdate de cuando gozaste de mi riqueza, acógeme como siervo tuyo". ¡Daos cuenta de lo necio que es el hombre!: prefiere someterse al látigo de un patrón antes que decir a un padre: "¡Perdón, reconozco mi error!" Aquel joven había aprendido muchas cosas inútiles con su despierta inteligencia, pero no había querido aprender lo que dice el Libro del Eclesiástico:

"Qué infame es el que abandona a su padre!, ¡cuánto maldice Dios a quien angustia el corazón de su madre!". Era inteligente, pero no sabio.

Aquel hombre a quien se había dirigido, como paga de lo mucho que había recibido del joven necio, lo puso a cuidar los cerdos (estaban en una región pagana y había muchos cerdos); le encargó de llevar las piaras a sus pastos. El joven, todo sucio, andrajoso, maloliente, hambriento -la comida escaseaba para todos los siervos y especialmente para los ínfimos (él, porquerizo, extranjero, escarnecido estaba entre los ínfimos) -, veía que los cerdos se saciaban de bellotas, y suspiraba: "¡Si al menos pudiera llenar mi estómago de estos frutos! ¡Pero son demasiado amargos! Ni siquiera el hambre me los hace apetecer!".

Y lloraba al pensar en los ricos festines de sátrapa, que poco tiempo antes celebraba entre risas, canciones, bailes… y también en la honrada y bien provista mesa de su casa, ahora lejana y en cómo su padre dividía para todos imparcialmente, reservándose para sí siempre la parte menor, contento de ver en sus hijos un sano apetito… y pensaba también en la parte que aquel hombre justo reservaba para los siervos; y suspiraba: "Los peones que trabajan para mi padre, incluso los ínfimos, tienen pan en abundancia.., y yo aquí me estoy muriendo de hambre…". Siguió un largo y trabajoso proceso de reflexión, un largo combate para estrangular a la soberbia…

Por fin llegó el día en que, renacido en humildad y sabiduría, se alzó y dijo: "¡Iré donde mi padre! Es una necedad este orgullo que me tiene apresado. ¿Orgullo por qué? ¿Por qué ha de seguir sufriendo mi cuerpo, y más aún mi corazón, pudiendo obtener perdón y consuelo? Iré donde mi padre. Ya está decidido. ¿Que qué le voy a decir? ¡Pues lo que me ha nacido aquí dentro, en esta abyección, entre esta inmundicia, por las dentelladas del hambre! Le diré: “Padre, he pecado contra el Cielo y contra ti, ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo; trátame, pues, como al último de tus peones… pero déjame estar bajo tu techo.

Que yo te vea pasar…” No podré decirle: “…porque te quiero”. No lo creería. Se lo dirá mi vida. Él lo comprenderá, y antes de morir me volverá a bendecir… ¡Sí, lo espero, porque mi padre me quiere!". Habiendo decidido esto, cuando regresó al atardecer al pueblo, se despidió del patrón y se puso en camino hacia su casa, mendigando…

Ya ve los campos paternos, ya la casa… y a su padre, dirigiendo el trabajo de los hombres… ¡Oh, está más viejo y más delgado, por el dolor, pero sigue emanando bondad!… ¡Ah, el transgresor, al ver el deterioro que había causado, se detuvo atemorizado! Pero el padre, volviendo la mirada, lo vio… ¡Ah, fue corriendo a su encuentro, pues todavía estaba lejos; se llegó a él, le echó los brazos al cuello, lo besó! El padre fue el único que lo reconoció, que vio en ese mendigo abatido a su hijo, y fue el único que tuvo hacia él un movimiento de amor. El hijo, abarcado por esos brazos, con la cabeza apoyada en el hombro paterno, susurró sollozando: "Padre, deja que me postre a tus pies". "¡No, hijo mío, a mis pies no; reclina tu cabeza en este pecho mío que tanto ha sufrido por tu ausencia y necesita revivir sintiendo tu calor!".

El hijo, llorando más fuerte, dijo: "¡Padre mío, he pecado contra el Cielo y contra ti, ya no soy digno de que me llames hijo; permíteme vivir con tus siervos, bajo tu techo; que pueda verte y comer tu pan y servirte y aspirar tu respiro: con cada uno de los bocados de tu pan, con cada movimiento de tu respiración, mi corazón, harto corrompido ahora, se reformará, y yo me haré honesto…!".

Pero el padre, sin dejar de abrazarlo, lo condujo a donde estaban los siervos, que se habían arremolinado a distancia a observar lo que sucedía, y les dijo: "Rápido, traed el vestido mejor, palanganas con agua perfumada; lavadlo, perfumadlo, vestidlo, ponedle calzado nuevo y un anillo en el dedo. Luego, tomad un ternero cebado, matadlo, y preparad un banquete. Porque este hijo mío había muerto y ahora ha resucitado, lo había perdido y ha sido hallado. Quiero que encuentre de nuevo su sencillo amor de cuando era niño; mi amor y la fiesta de la casa por su regreso se lo deben dar. Debe comprender que sigue siendo para mí el amado hijo último en nacer, como era en su ya lejana infancia, cuando caminaba a mi lado alegrándome con su sonrisa y con sus balbuceos". Y así lo hicieron los siervos.

El hijo mayor estaba en el campo. No supo nada de lo sucedido hasta su regreso. A1 anochecer, de vuelta al hogar, vio que la casa estaba radiante de luces, y oyó que de ella provenían música y rumor de danzas. Llamó a uno de la servidumbre, que corría atareado, y le dijo: "¿Qué sucede?". El siervo respondió: "Ha vuelto tu hermano”. Tu padre ha mandado matar el ternero cebado porque ha recuperad a su hijo, y sano, curado de su grave mal. Y ha ordenado celebrar un banquete. Sólo faltas tú para que empiece la fiesta". Mas el hijo primogénito montó en cólera, porque le parecía una injusticia el que se hiciera tanta fiesta por el menor, el cual, además de ser el menor, había sido malo; y no quiso entrar; no sólo eso, sino que quería alejarse de la casa.

Advirtieron al padre de lo que estaba sucediendo. Se apresuró a salir, siguió al hijo y le dio alcance. Trató de convencerlo y le rogó que no amargase su gozo. Pero el primogénito respondió a su padre "¿Cómo quieres que no me altere? Estás actuando injustamente con tu primogénito, lo estás despreciando. Desde que he podido empezar a trabajar, hace ya muchos años, te he servido. No he transgredido nunca ninguna disposición tuya, no he contrariado tan siquiera un deseo tuyo; he estado siempre a tu lado, y te he amado por dos para que sanara la llaga que te había producido mi hermano… Y no me has dado ni siquiera un cabritillo para que lo disfrutara con mis amigos. Sin embargo, a este que te ha ofendido, que te ha abandonado, haragán y gastador, y que vuelve ahora traído por el hambre, ~ haces los honores y matas para él el mejor ternero. ¿Vale la pena, entonces, ser trabajador y abstenerse de los vicios? ¡No has actuado correctamente conmigo!".

Entonces dijo el padre, estrechándolo contra su pecho: "¡Oh, hijo mío, ¿cómo puedes creer que no te quiero, por el hecho de que no haya extendido sobre tus obras un velo de fiesta? Tus obras son de por sí santas. Por tus obras te alaba el mundo. Sin embargo, este hermano tuyo necesita que su imagen, ante el mundo y ante sí mismo, sea restaurada. ¿Acaso crees que no te quiero por el hecho de que no te recompense visiblemente? Durante todo el día, en cada movimiento de mi respiración, en cada pensamiento, te tengo presente en mi corazón; cada instante que pasa yo te bendigo. Tienes el premio continuo de estar siempre conmigo. Todo lo mío es tuyo… Era justo hacer un banquete, celebrar una fiesta, por este hermano tuyo que había muerto y ha resucitado para el Bien; que se había extraviado y ha sido restituido a nuestro amor". Y el primogénito cedió.

Lo mismo, amigos míos, sucede en la Casa del Padre. Todo aquel que se vea como el hijo menor de la parábola piense igualmente que si le imita en su retorno al Padre, el Padre le dirá: "No te arrojes a mis pies. Reclina tu cabeza sobre este corazón mío que ha sufrido por tu ausencia y que ahora goza con tu regreso". El que esté en la condición del hijo primogénito, sin culpa ante el Padre, que no se muestre celoso de la alegría paterna; antes bien, se una a ella amando a su hermano redimido. He dicho.

Quédate aquí, Juan de Endor; tú también, Lázaro. Los demás que vayan a aparejar las mesas. Dentro de poco vamos también nosotros. Todos se retiran. Una vez que se han quedado solos Jesús, Lázaro y Juan, Jesús les dice: «Así sucederá con la querida alma que esperas, Lázaro; así sucede con tu alma, Juan. La bondad de Dios rebasa todo límite… Los apóstoles, la Madre de Jesús y las otras mujeres se dirigen hacia la casa, precedidos todos por Margziam, que va saltando, presuroso, delante. No obstante, el niño enseguida vuelve hacia atrás, toma a María de la mano y le dice:

-Ven conmigo, que te tengo que decir a solas una cosa.
Ella accede a su petición; así que tuercen hacia el pozo, que está en un ángulo del patio, enteramente cubierto por una tupida pérgola, que desde el nivel del suelo sube, formando un arco, hasta la terraza. Detrás está Judas Iscariote.

-Judas, ¿qué quieres? Déjanos, Margziam… Habla. ¿Qué quieres?

-He obrado mal… No me atrevo a ir al Maestro, ni a presentarme ante mis compañeros… Ayúdame…

-Te ayudaré. Sí. De todas formas, ¿es que no piensas en el mucho dolor que causas? Mi Hijo ha llorado por causa tuya, lo cual a su vez ha hecho sufrir a tus compañeros. Ven, de todas formas, que ninguno te dirá nada. Y, si puedes, no vuelvas a caer en esto mismo, que es indigno de un hombre y sacrílego respecto al Verbo de Dios.

-¿Tú, Madre, me perdonas?

-¿Yo? Yo no cuento nada al lado de ti, que te sientes tan grande.

-Soy la menor de las siervas del Señor. ¿Por qué te preocupas de mí, si no tienes piedad de mi Hijo?

-Pienso en mi madre, pienso que si tú me perdonas ella también me perdonará.

-No sabe lo que has hecho.

-Pero me había hecho jurar que sería bueno con el Maestro. Soy un perjuro. Percibo la reprensión del alma de mi madre.

-¿Eso es lo que sientes? ¿Y no percibes la queja y la desaprobación del Padre y del Verbo? ¡Oh, eres un desdichado, Judas! Vas sembrando el dolor en ti y en quienes te quieren.

María está muy seria y triste. Habla sin acritud, pero muy seria. Judas llora.

-No llores; más bien, cambia. Ven -y lo toma de la mano y entra así con él en la cocina.

Vivísimo es el estupor de todos. María previene posibles reacciones poco compasivas diciendo:

-Judas ha vuelto. Haced como el primogénito después de que le habló su padre. Juan, ve a avisar a Jesús.
Juan de Zebedeo sale a la carrera.

El silencio gravita sobre la cocina… Lo rompe Judas diciendo:

-Perdonadme. Tú el primero, Simón, tú que tienes un gran corazón paternal. Yo también soy huérfano. -Sí, sí, te perdono. Por favor, no hables más de ello. Somos hermanos… y no me gustan estos altibajos de pedir perdón y volver a caer; son denigrantes, tanto para quien lo comete como para quien lo concede. Ahí viene Jesús. Ve a Él y basta. Judas va hacia Jesús. Mientras, Pedro, no pudiendo hacer otra cosa, se pone a partir con vehemencia madera seca…

204- La fe y el alma explicadas a los paganos con la parábola de los templos

En la paz del sábado, Jesús está descansando junto a un campo de lino todo florecido, propiedad de Lázaro. Más que estar junto al campo, yo diría que está sumergido en el alto lino. Sentado en un caballón, se absorbe en sus pensamientos. Con Él no hay sino alguna silenciosa mariposa o alguna rumorosa lagartija, que lo mira con sus ojitos de azabache, levantando su cabecita triangular de garganta clara y palpitante. Nada más. En la tarde caliente, calla hasta el más mínimo soplo de viento por entre los altos tallos.

De lejos, quizás del jardín de Lázaro, llega la canción de una mujer, y con ella los alegres gritos del niño, que está jugando con alguien. Luego una, dos, tres voces:

-Maestro! ¡Jesús!

Jesús sale bruscamente de su ensimismamiento y se pone en pie. A pesar de que el lino, ya completamente crecido, esté muy alto, Jesús descuella ampliamente por encima de este mar verde y azul.

-¡Ahí está, Juan! -grita Simón Zelote. Y Juan, a su vez:
-¡Madre, el Maestro está aquí, en el lino!
Mientras Jesús se acerca al sendero que conduce a las casas, llega María.

-¿Qué quieres, Madre?

-Hijo mío, han llegado unos gentiles, con algunas mujeres. Dicen que han sabido por Juana que estabas aquí, y que durante todos estos días te han esperado junto a la Antonia…

-¡Ah, ya sé! Voy enseguida. ¿Dónde están?

-En casa de Lázaro, en el jardín. A Lázaro lo estiman los romanos; él, por su parte, no siente por ellos esa aversión propia de nuestro pueblo. Los ha introducido en su casa, con sus carros; en el vasto jardín, para no dar escándalo a nadie.

-De acuerdo, Madre. Son soldados y damas romanas, lo sé.
-¿Qué quieren de ti?

-Lo que muchos en Israel no quieren: Luz».

-¿Cómo creen en ti? ¿Qué te creen: Dios, quizás?
-A su manera, sí. Para ellos, más que para nosotros, es fácil aceptar la idea de la encarnación de un dios en carne mortal.

-Entonces ya creen en tu fe…

-Todavía no, Mamá. Primero debo demoler la suya. Por el momento soy para ellos un hombre sabio, un filósofo, como ellos dicen. De todas formas, tanto ese deseo de conocer doctrinas filosóficas, como su tendencia a creer posible la encarnación de un dios, me ayudan mucho a conducirlos a la verdadera Fe. Créeme que son más simples en su modo de pensar que muchos de Israel.

-Pero, ¿serán sinceros? Se dice que Juan el Bautista…
-No. Si de ellos hubiera dependido, Juan estaría libre y seguro. Dejan tranquilos a todos, con tal de que no sean rebeldes. Es más, te diré que con ellos el hecho de ser profeta -usan la palabra "filósofo" porque la altura propia de la sabiduría sobrenatural es igualmente filosofía para ellos -es una garantía de que te respetarán. No estés preocupada, Mamá, que el mal no me vendrá por esa vía…

-Pero los fariseos… Si vienen a saberlo, ¿que dirán de Lázaro? Tú… eres Tú y debes manifestar la Palabra al mundo. ¡Pero Lázaro… ya de por sí lo ofenden mucho…!
-Pero es intocable. Saben que Roma lo protege.

-Te dejo, Hijo mío. Aquí está Maximino que te llevará adonde los gentiles.

Y María, que había caminado al lado de Jesús durante todo este tiempo, ahora se retira, ligera, y se encamina hacia la casa de Simón Zelote. Jesús, por su parte, entra por una puertecita de hierro abierta en el muro que rodea el jardín, en una parte alejada, en que ya no es jardín sino pomar, es decir, cerca del lugar en que, pasado el tiempo, sería enterrado Lázaro.

Ahora está allí Lázaro, nadie más:

-Maestro, he tomado la iniciativa de acogerlos en mi casa…

-Has hecho bien. ¿Dónde están?

-Allá, a la sombra de aquellos bojes y laureles. Como puedes observar, están a no menos de quinientos pasos de la casa.

-Bien, bien, bueno… ¡La Luz descienda sobre todos vosotros!

-¡Salve, Maestro! -es el saludo de Quintiliano, que está vestido de paisano.

Las damas se ponen en pie para saludar a Jesús (son Plautina. Valeria y Lidia, y otra, anciana, que no sé ni quién es ni qué es, o sea, si es del mismo grado o de grado inferior; están todas vestidas con mucha sencillez y nada las distingue.

-Hemos venido porque queríamos oírte hablar. No has venido nunca. Estaba de guardia cuando llegaste, pero no te he visto nunca.

-Yo tampoco he visto nunca en la Puerta de los Peces a un soldado amigo mío. Se llamaba Alejandro…

-¿Alejandro? No sé exactamente si es él, pero sé que hace un tiempo tuvimos que quitar, para calmar a los judíos, a un soldado acusado de… haber hablado de ti. Ahora está en Antioquía. Quizás vuelva. ¡Caray, qué molestos son esos… los que quieren mandar incluso ahora, que están sometidos! Y no hay más remedio que moverse con maña para no provocar cosas graves… Nos hacen la vida difícil, créelo… Sin embargo, Tú eres bueno y sabio. ¿Nos hablas? Quizás pronto tenga que irme de Palestina, quisiera llevarme conmigo algo tuyo que recordar.

-Os hablaré, sí. No decepciono nunca a nadie. ¿Qué es lo que queréis saber?

Quintiliano mira a las damas con ademán interrogativo…
-Lo que Tú quieras, Maestro -dice Valeria.

Plautina se pone de nuevo en pie y dice:

-He pensado mucho… debería conocer muchas cosas… todo, para poder juzgar. No obstante, si se puede preguntar, yo querría saber cómo se construye una fe, la tuya, por ejemplo, sobre un terreno que dices que está privado de verdadera fe. Dices que nuestras creencias son vanas. Si es así nos quedamos vacíos. ¿Cómo se puede… tener?

-Tomaré como ejemplo una cosa que vosotros tenéis: los templos. Vuestros edificios sagrados, verdaderamente bonitos, cuya única imperfección es el hecho de estar dedicados a la Nada, os pueden enseñar cómo se puede alcanzar una fe y dónde colocarla. Observad: ¿Dónde los construís?, ¿qué lugar se prefiere para construirlos?, ¿cómo los construís? El lugar, generalmente, es espacioso, abierto, elevado; para este fin incluso se derriba lo que estorba o aprisiona; y, si no es un lugar elevado, se construye sobre un estereóbato más eleva-do del común de tres gradas que se usa para los templos que ya de por sí se alzan en un elevación natural. Están rodeados de muros sagrados, por lo general, y formados por columnatas y pórticos. Dentro están los árboles consagrados a los dioses, hay fuentes y altares, estatuas y estelas.

Generalmente les precede el propileo, pasado el cual se yergue el altar en que se elevan las preces al numen; frente a éste, está el lugar del sacrificio, porque el sacrificio precede a la oración. Muchas veces, especialmente en los templos más grandiosos, el peristilo los rodea con una guirnalda de preciosos mármoles. En su interior está el vestíbulo anterior, externo o interno respecto al peristilo, la celda del numen, el vestíbulo posterior… Mármoles, estatuas, frontones, acroteras, tímpanos, perfectamente acicalados, de gran valor, perfectamente decorados, hacen del templo un edificio nobilísimo para todos, incluso para el ojo más inculto.

¿No es así?

-Así es, Maestro. Los has visto y estudiado muy bien -dice Plautina, confirmando y en tono de alabanza.
-¡Pero si nos consta que no ha salido nunca de Palestina! -exclama Quintiliano.

-Nunca he salido para ir a Roma o a Atenas, pero no ignoro la arquitectura de Grecia ni la de Roma. En el genio del hombre que decoró el Partenón Yo estaba presente, porque Yo estoy dondequiera que haya vida y manifestación de vida; dondequiera que un sabio piense, un escultor esculpa, un poeta componga, una madre cante curvada hacia una cuna, un hombre trabaje los surcos, un médico luche contra las enfermedades, un ser vivo respire, un animal viva, un árbol vegete, allí estoy Yo, junto a aquel de quien procedo. En el estruendo del terremoto o el fragor de los rayos, en la luz de las estrellas o en el curso de las mareas, en el vuelo del águila y en el zumbido del mosquito, Yo estoy presente con el Creador altísimo.

-¿Entonces… Tú… Tú sabes todo?, ¿conoces tanto el pensamiento como las obras humanas? -pregunta Quintiliano.

-Yo sé.
Los romanos se miran estupefactos.

Se produce un largo silencio. Luego, tímidamente, Valeria solicita:

-Expón tu pensamiento, Maestro, para que sepamos qué debemos hacer.

-Sí. La Fe se construye como se construyen esos templos de que os sentís tan orgullosos: se hace espacio al templo, se libera la zona de alrededor, se eleva el templo.

-Pero, ¿y el templo para colocar la fe, esta deidad verdadera, dónde está? -pregunta Plautina.

-Plautina, la fe no es deidad; es una virtud. En la fe verdadera no hay deidades; sólo hay un único y verdadero Dios.

-¿Entonces… Él está allá arriba, solo, en su Olimpo? ¿Y qué hace si está solo?

-Se basta a sí mismo, aunque se ocupa de todas las cosas de la creación. Te he dicho que hasta en el zumbido del mosquito Dios está presente. No se aburre, no lo pongas en duda. No es un pobre hombre, dueño de un inmenso imperio en que se siente odiado y vive temblando. Él es el Amor y vive amando. Su Vida es Amor continuo. Se basta a sí mismo porque es infinito y potentísimo; es la Perfección. Y tantas son las cosas creadas, las cuales viven porque Él continuamente lo quiere, que no tiene tiempo de aburrirse.

El aburrimiento es fruto del ocio y del vicio. En el Cielo del verdadero Dios no hay ni ocio ni vicio. Pronto tendrá, además de los ángeles que ahora le sirven, un pueblo de justos que en Él exultarán, y este pueblo irá creciendo cada vez más por los que en el futuro creerán en el verdadero Dios.

-¿Los ángeles son los genios? -pregunta Lidia.

-No. Son seres espirituales, como lo es Dios, que los ha creado.

-¿Y los genios qué son entonces?
-Como vosotros los imagináis son una falsedad. Como los imagináis vosotros no existen. Lo que sucede es que, por esa instintiva necesidad del hombre de buscar la verdad, también vosotros habéis sentido que el hombre no es sólo carne y que una realidad inmortal está unida a su cuerpo perecedero. El hombre busca la verdad aguijoneado por el alma, que vive y está presente también en los paganos, aunque atribulada porque en ellos su deseo está ahogado, porque se siente hambrienta en su nostalgia del Dios verdadero, que sólo ella recuerda, en ese cuerpo en que vive, gobernado por una mente pagana. Y también las ciudades y las naciones posean una realidad inmortal. Por eso creéis, sentís la necesidad de creer, en los "genios"; y os dais el genio individual, el de la familia, el de la ciudad, el de las naciones. Así, tenéis el "genio de Roma", el "genio del emperador"… y los adoráis como divinidades menores. Entrad en la verdadera fe: conoceréis a vuestro ángel, seréis amigos de él y lo veneraréis, aunque sin ad sin adorarlo, porque sólo a Dios se le adora.

-Has dicho: “Aguijón del alma, viva y presente también en los paganos, atribulada en ellos porque su deseo está
frustrado".

Pero, ¿de quién procede el alma? - pregunta Publio Quintiliano. orarlo, porque sólo a Dios se le adora.

Pero, ¿de quién procede el alma? -pregunta Publio Quintiliano.

-De Dios. Él es el Creador.

-¿Pero no nacemos de mujer, por unión con el hombre? Nuestros dioses también han sido engendrados de la misma manera.

-Vuestros dioses no son reales: son los fantasmas de vuestro pensamiento, que tiene necesidad de creer. En efecto, esta necesidad es más imperiosa que la de respirar. Aun quien dice que no cree, cree, en algo cree; el simple hecho de decir "no creo en Dios" presupone otra fe, que puede ser fe en sí mismo, en su propia, soberbia mente. Creer, se cree siempre. Es como el pensamiento. Si decís "no quiero pensar" o "no creo en Dios", con el simple hecho de decir estas dos frases manifestáis vuestro pensamiento de no querer pensar, o de no querer creer en Aquel que sabéis que existe. Y acerca del hombre, para ser exactos en la expresión del concepto, debéis decir: "El hombre es engendrado, como todos los animales, por unión de macho y hembra, de varón y mujer. Pero el alma, o sea, lo que diferencia al animal-hombre del animal-bruto, viene de Dios, que la crea cada vez que un hombre es engendrado -o, mejor, es concebido -en un seno, y la inserta en esa carne que, si no, sería solamente animal".

-¿Y nosotros, que somos paganos, la tenemos? Según lo que dicen tus connacionales no lo parece… -dice Quintiliano irónico.

-Todo nacido de mujer la tiene.

-Pero Tú dices que el pecado la mata. ¿Cómo es que entonces en nosotros, pecadores, está viva? -pregunta Plautina.

-Vosotros no pecáis en la fe, pues creéis que estáis en la Verdad. Cuando conozcáis la Verdad, si persistís en el error, cometeréis pecado. De la misma forma, muchas cosas que para los israelitas son pecado, para vosotros no lo son, porque ninguna ley divina os lo prohíbe. Existe pecado cuando uno, a sabiendas, se rebela contra el mandato de Dios y dice: "Sé que lo que hago está mal, pero lo quiero hacer de todas formas". Dios es justo. No puede castigar a quien hace el mal creyendo que está haciendo el bien; castiga a quien habiendo tenido cómo conocer el Bien y el Mal, elige este último y en él persiste.

-¿Entonces el alma está en nosotros, viva y presente?

-Sí.

-¿Atribulada? ¿Pero estás seguro de que se acuerda de Dios? No nos acordamos del seno que nos crió, no podríamos describirlo internamente. El alma, si no he entendido mal, es engendrada espiritualmente por Dios. ¿Podrá acordarse de esto último, si el cuerpo no recuerda su larga permanencia en el seno materno?

-El alma no es animal, Plautina; el embrión, sí. El alma es, a semejanza de Dios, eterna y espiritual; eterna desde el momento en que es creada; sin embargo, Dios es el perfectísimo Eterno, y, por tanto, no tiene principio en el tiempo, como tampoco tendrá fin. El alma, lúcida, inteligente, espiritual, obra de Dios, recuerda… y sufre, porque desea a Dios, al verdadero Dios de que procede… y tiene hambre de Dios: por eso aguijonea al cuerpo, torpe en lo que se refiere a tratar de acercarse a Dios.

-Entonces, ¿tenemos un alma exactamente igual que la de los israelitas que llamáis "justos”?.

-No, Plautina. Cambia según a lo que te refieras; si te refieres al origen y naturaleza, es exactamente igual que la de nuestros santos. Si te refieres a la formación, entonces te digo que es distinta; si te refieres a la perfección que alcanza antes de la muerte, entonces la diversidad puede ser absoluta. No obstante, esto no sucede sólo con vosotros, paganos: un hijo de este pueblo puede también ser absolutamente distinto de un santo en la vida futura.

El alma sufre tres fases. La primera es de creación; la segunda, de nueva creación; la tercera, de perfección. La primera es común a todos los hombres. La segunda es propia de los justos que con su voluntad llevan a su alma hacia un renacimiento más lleno, uniendo sus buenas acciones a la bondad de la obra de Dios; edifican, por tanto, un alma que ya es espiritualmente más perfecta que la primera: son, así, eslabón entre la primera y la tercera. Ésta, la tercera, es propia de los beatos, o santos si lo preferís, los cuales han superado en miles de grados a su alma inicial, adecuada sólo al hombre, y han hecho de ella una cosa que puede descansar en Dios.

-¿Y cuál es el modo de dar espacio, libertad y elevación al alma?

-Derribando las cosas inútiles que tenéis en vuestro yo; liberándolo de todas las ideas erradas; construyendo, con los fragmentos resultantes de la demolición, la elevación para el templo soberano. Se ha de conducir al alma cada vez más arriba subiendo los tres peldaños. ¡Oh, a vosotros, romanos, os gustan los símbolos! Ved los tres peldaños a la luz del símbolo. Os pueden decir sus nombres: penitencia, paciencia, constancia; o: humildad, pureza, justicia; o: sabiduría, generosidad, misericordia; o, en fin, el trinomio espléndido: fe, esperanza, caridad. Fijaos qué simbolizan los muros que, ornamentados y al mismo tiempo resistentes, rodean el área del templo. Es necesario saber circundar al alma, reina del cuerpo, templo del Espíritu eterno, con una barrera que la defienda, sin quitarle la luz, y no agobiarla con la visión de cosas inmundas. Sea muralla segura, y cincelada con el deseo del amor para, quitando las esquirlas de lo que es inferior, la carne y la sangre, formar lo superior, el espíritu. Cincelar con la voluntad: eliminar aristas, desportilladuras, manchas, vetas de debilidad, del mármol de nuestro yo, para que sea perfecto en torno al alma.

Al mismo tiempo, hacer, de la muralla que habrá de proteger al templo, misericordioso refugio para los desdichados que no conocen lo que es Caridad. ¿Y los pórticos?: la expansión del amor, la piedad, el deseo de que otros vayan a Dios; son semejantes a amorosos brazos que se extienden para amparar la cuna de un huérfano. En el interior del recinto están, como ofrenda al Creador, los más bellos y olorosos árboles. Sembrad en el terreno que antes estaba desnudo, cultivad luego estos árboles, que son las virtudes de todo tipo, segundo círculo protector, vivo y florido, en torno al sagrario; y, entre los árboles, entre las virtudes, las fuentes (que son también amor, purificación), antes de acercarse al propileo, junto al cual, antes de subir al altar, se debe cumplir el sacrificio de la carnalidad, vaciarse de toda lujuria. Luego, continuar más adentro, hasta el altar, para depositar la ofrenda, y seguir, atravesando el vestíbulo, hasta la celda de Dios. ¿Qué será esta morada?: copiosidad de riquezas espirituales, porque nunca es demasiado como marco para Dios. ¿Habéis comprendido esto? Me habéis pedido que os explique cómo se construye la Fe.

Os he dicho: "Según el método con que se elevan los templos".

Como podéis observar, es así. ¿Alguna otra cosa más?

-No, Maestro. Creo que Flavia ha escrito lo que has dicho.

Claudia lo quiere saber. ¿Has escrito?

-Fielmente -dice la mujer mientras pasa las tablas enceradas.
-Las tendremos para poderlo leer otras veces -dice Plautina.

-Es cera. Se borra. Escribidlo en vuestros corazones y no se borrará.

-Maestro, están ocupados por una serie de templos inútiles, contra los cuales, sí, lanzamos tu Palabra para demolerlos, pero es un trabajo largo -dice Plautina con un suspiro; y termina: «Acuérdate de nosotros en tu Cielo…

-Marchaos con la seguridad de que lo haré. Os dejo. Sabed que vuestra visita me ha sido grata. Adiós, Publio Quintiliano. Acuérdate de Jesús de Nazaret.

Las damas se despiden y son las primeras en marcharse; luego pensativo, se marcha Quintiliano. Jesús los mira mientras se van en compañía de Maximino, que los acompaña hasta sus carros. -¿Qué piensas, Maestro? -pregunta Lázaro.

-Que hay muchos infelices en el mundo.

-Y yo soy uno de ellos.

-¿Por qué, amigo mío?

-Porque todos vienen a ti, pero María no. Será que su miseria es mayor, ¿no?

Jesús lo mira y sonríe.

-¡Sonríes! ¿No te duele que María sea inconvertible y que yo sufra! Marta no ha dejado de llorar desde la tarde del lunes. ¿Quién era aquella mujer? ¿Sabes que durante todo el día tuvimos la esperanza de que fuera ella?

-Sonrío porque eres un niño impaciente… y porque pienso que malgastáis energías y lágrimas; si hubiera sido ella, habría ido inmediatamente a decíroslo

-¿Entonces?… ¡No era ella!».

-¡Lázaro!

« -Tienes razón. ¡Paciencia!, ¡más paciencia!… Mira, Maestro, las joyas que me diste para venderlas: aquí está el dinero que me han dado por ellas, para los pobres. Eran muy bonitas. De mujer.

-¡Eran de "esa" mujer.

-Lo había imaginado. ¡Ah, si hubieran sido de María…!

¡Pero ella… pero ella!… ¡Mi Señor, pierdo la esperanza!…

Jesús lo abraza y guarda silencio durante unos momentos. Luego dice:

-Te ruego que no hables a nadie de esas joyas. Esa mujer debe desaparecer de admiraciones y apetitos, como una nube trasportada por el viento sin que quede rastro de ella en el cielo.

-Puedes estar tranquilo, Maestro… A cambio tráeme a María, a nuestra pobre María…

-La paz descienda sobre ti, Lázaro. Haré lo que he prometido.

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