por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Jesús sale con los suyos de una casa próxima a los muros de la ciudad (creo que del barrio de Beceta, porque para salir de los muros se tiene que pasar todavía por delante de la casa de José, que está cerca de una puerta que he oído que la llaman Puerta de Herodes). La ciudad está semidesierta en esta noche serena y lunar. Comprendo que la Pascua ha sido consumida en una de las casas de Lázaro -que no es, de ninguna manera, la casa del Cenáculo -.
Ésta se encuentra completamente al otro extremo respecto a aquélla: una al norte, la otra al sur de Jerusalén.
En la puerta de la casa, Jesús, con ese gesto suyo cortés, se había despedido de Juan de Endor, dejándolo como custodio de las mujeres y dándole las gracias por esto mismo; había besado a Margziam, que también había venido a la puerta.
Ahora Jesús se encamina hacia fuera de la llamada Puerta de Herodes.
-¿A dónde vamos, Señor?
-Venid conmigo. Os llevo a coronar la Pascua con una perla anhelada y singular. Por este motivo he querido estar sólo con vosotros, ¡mis apóstoles! Gracias, amigos, por el gran amor que me tenéis; si pudierais ver cómo me consuela, os asombraríais. Fijaos, Yo me muevo entre continuas contrariedades y desilusiones. Desilusiones por vosotros.
Convenceos de que por mí no tengo ninguna desilusión, pues no me ha sido concedido el don de ignorar… Por esta razón también os aconsejo que os dejéis guiar por mí. Si permito una cosa, la que sea, no opongáis resistencia a ello; si no intervengo para poner fin a algo, no os toméis la iniciativa de hacerlo vosotros. Cada cosa a su debido tiempo. Confiad en mí, en todo.
Ya están en el ángulo nordeste de la muralla; vuelven la esquina y van siguiendo la base del monte Moria hasta un punto en que, por un puentecito, pueden cruzar el Cedrón.
-¿Vamos a Getsemaní? -pregunta Santiago de Alfeo.
-No. Más arriba, a la cima del Monte de los Olivos.
-¡Qué bonito será! -dice Juan.
-También le habría gustado al niño -susurra Pedro.
-¡Tendrá oportunidad de verlo otras muchas veces! Estaba cansado, y además es un niño. Quiero ofreceros una cosa grande, porque ya es justo que la tengáis.
Suben entre los olivos, dejando Getsemaní a su derecha, subiendo más arriba por el monte, hasta alcanzar la cima, en que los olivos forman un peine susurrador.
Jesús se para y dice:
-Detengámonos aquí… Queridos, muy queridos discípulos míos, continuadores míos en el futuro, acercaos a mí. Un día, hace varios días, me habéis dicho: "Enséñanos a orar como lo haces Tú; enséñanos, como Juan enseñó a los suyos, para que nosotros, discípulos, podamos orar con las mismas palabras del Maestro".
Siempre os he respondido: "Lo haré cuando vea en vosotros un mínimo suficiente de preparación, para que la oración no sea una fórmula vana de palabras humanas, sino verdadera conversación con el Padre". Pues bien, ha llegado el momento; poseéis ahora lo suficiente para poder conocer las palabras dignas de ser elevadas a Dios, y quiero enseñároslas esta noche, en la paz y el amor que reina entre nosotros, en la paz y el amor de Dios y con Dios, porque hemos prestado obediencia al precepto pascual como verdaderos israelitas y al imperativo divino de la caridad hacia Dios y el prójimo.
Uno de vosotros ha sufrido mucho en estos días: por un hecho del que no tenía culpa alguna, y por el esfuerzo que ha tenido que hacer consigo mismo para contener la indignación que tal acción le había producido. Sí, Simón de Jonás, ven aquí. No ha habido ni una sola emoción de tu corazón que me haya pasado desapercibida; no ha habido pesar que no haya compartido contigo. Yo y tus compañeros…
-¡Pero Tú, Señor, has recibido una ofensa mucho mayor que la mía! Ello significaba para mí un sufrimiento más… más grande… no, más perceptible; no, tampoco… más… más… Quiero decir que el hecho de que Judas haya sentido repugnancia por participar en mi fiesta me ha dolido como hombre, pero el ver que Tú te sentías apenado y ofendido me ha dolido de otra forma y me ha causado doble sufrimiento… Yo… No quiero gloriarme ni quedar bien usando tus palabras… Pero tengo que decir -si cometo acto de soberbia, dímelo -, tengo que decir que he sufrido con mi alma… y duele más.
-No es soberbia, Simón. Has sufrido espiritualmente porque Simón de Jonás, pescador de Galilea, se está transformando en Pedro de Jesús, Maestro del espíritu, por el cual sus discípulos se vuelven activos y sabios en el espíritu. Por este progreso tuyo en la vida del espíritu, por este progreso vuestro, quiero enseñaros esta noche la oración.
¡Cuánto habéis cambiado desde el tiempo del retiro solitario!
-¿Todos, Señor? -pregunta Bartolomé un poco incrédulo.
-Comprendo lo que quieres decir… Pero Yo os estoy hablando a vosotros once, no a otros…
-Pero, ¿qué le pasa a Judas de Simón, Maestro? Nosotros ya no lo comprendemos… Parecía tan cambiado, y ahora, desde que hemos dejado el lago… -dice Andrés desolado.
-Calla, hermano. ¡La clave de este misterio la tengo yo!
Se ha pegado ahí un trocito de Belcebú. Fue a buscarlo a la caverna de Endor buscando poder causar impresión, y… ¡y fue servido! El Maestro lo dijo ese día… En Gamala los diablos entraron en los cerdos. En Endor, los diablos, habiendo abandonado al pobre Juan, entraron en él… Está claro que… está claro… ¡Déjame que lo diga, Maestro! Total, está aquí en la garganta, y, si no lo digo, no sale, y me enveneno…
-¡Calma, Simón!
-Sí, Maestro. Te aseguro que no me comportaré con él de forma insolente. Pero, digo y pienso que, siendo Judas un vicioso -ya nos hemos dado cuenta todos -, es un poco afín al cerdo… y se comprende que los demonios elijan de buena gana los cerdos para sus… cambios de casa. Bien, ya lo he dicho.
-¿Lo crees así? -dice Santiago de Zebedeo.
-¿Y qué otra cosa puede ser? No ha habido ningún motivo para que se haya vuelto tan intratable. ¡Peor que en Agua Especiosa! Y allí podía pensar que eran el lugar y la estación lo que lo ponían nervioso, pero ahora…
-Hay otro motivo, Simón…
-Dilo, Maestro; con gusto cambiaré de opinión acerca de mi compañero.
-Judas está celoso. Su inquietud es por celos.
-¡Celoso! ¿De quién? No tiene mujer, y, aun en el caso de que la tuviera y fuera con otras mujeres, yo creo que ninguno de nosotros manifestaría desprecio hacia este condiscípulo…
-Está celoso de mí. Observa esto: Judas se ha alterado después de Endor y de Esdrelón, o sea, cuando ha visto que me he ocupado de Juan y de Yabés; ya verás como ahora, que Juan -sobre todo Juan -dejará nuestro grupo, pasando de mí a Isaac, volverá a estar alegre y tranquilo.
-¡Bien!… ¡bien!, pero no me irás a decir que no se ha apoderado de él un diablo; y, sobre todo… ¡no!, ¡lo digo!… sobre todo, no me irás a decir que ha mejorado en estos meses. Yo también estaba celoso el año pasado… cuando quería que no fuésemos más de nosotros seis, los primeros seis, ¿te acuerdas? Sin embargo, ahora… ¡déjame invocar a Dios por una vez como testigo de mi pensamiento!… ahora digo que cuanto más discípulos hay en torno a ti más feliz me siento: ¡quisiera tener a todos los hombres y conducirlos a ti, y todos los medios para auxiliar a los que lo necesitan, para que la miseria no le significase a ninguno un obstáculo para llegarse a ti! Dios ve que digo la verdad., Pero, ¿por qué soy así ahora?: porque me he dejado cambiar por ti. Él no ha cambiado; es más… ¡que sí, Maestro!… ¡que le ha entrado un demonio, hombre!
-No digas eso. No lo pienses. Ora porque se cure: los celos son una enfermedad…
-Que a tu lado se cura, si uno quiere. ¡Lo soportaré por ti!… Pero, ¡qué difícil!…
-Ya te he dado el premio: el niño. Ahora voy a enseñarte a orar…
-Sí, hermano, hablemos de esto… Hablemos de mi homónimo sólo para recordar que es esto lo que necesita. Creo que ya ha recibido su castigo en el hecho de no estar en este momento con nosotros -dice Judas Tadeo.
-Escuchad. Cuando oréis, decid: "Padre nuestro que estás en los Cielos, santificado sea tu Nombre, venga tu Reino a la tierra como está en el Cielo, hágase tu Voluntad así en la tierra como en el Cielo. El pan nuestro de cada día dánoslo hoy, perdónanos nuestras deudas, así como nosotros se las perdonamos a nuestros deudores, no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del Maligno".
Jesús está en pie. Se había levantado para decir la oración. Todos lo han imitado, atentos y emocionados.
-No hace falta nada más, amigos míos. En estas palabras está encerrado, como en un aro de oro, todo lo que el hombre necesita, para el espíritu y para la carne y la sangre; con estas palabras pedís cuanto les es útil al espíritu, a la carne y a la sangre, y, si hacéis lo que pedís, obtendréis la vida eterna. Tan perfecta es esta oración, que no será menoscabada ni por el tempestuoso oleaje de las herejías ni por el paso de los siglos.
La mordedura de Satanás fragmentará el cristianismo; muchas partes de mi carne mística sufrirán la separación, para formar células aisladas en el vano deseo de constituirse en cuerpo perfecto, como será el Cuerpo místico de Cristo (el formado por la totalidad de los fieles unidos en la Iglesia apostólica, que será la única verdadera Iglesia mientras exista la tierra).
Estas partículas, separadas, privadas por tanto de los dones que habré de dejar a la Iglesia Madre para nutrir a mis hijos, se llamarán de todas formas cristianas, pues darán culto a Cristo, y, a pesar de su error, siempre recordarán que de Cristo han venido. Pues bien, también ellas dirán esta oración universal. Recordadla bien.
Meditadla continuamente. Aplicadla en vuestras acciones. Basta para santificarse. Si uno estuviera solo, entre paganos, sin iglesias, sin libros, tendría ya en esta oración todo lo cognoscible para meditar y una iglesia abierta en su corazón para esta oración; tendría una regla segura y una segura santificación.
“Padre nuestro"
Yo lo llamo "Padre". Es Padre del Verbo, Padre del Encarnado. Así quiero que lo llaméis vosotros, porque vosotros sois uno conmigo, si permanecéis en mí.
El hombre debía echarse rostro en tierra para exclamar, suspirando, envuelto en los temblores del miedo, la palabra "Dios". Quien no cree en mí y en mi palabra está todavía inmerso en este temblor paralizador… Observad lo que sucede en el Templo: no sólo Dios, sino incluso el recuerdo de Dios, están celados tras triple velo a los ojos de los fieles. Separaciones de espacio, separaciones con velos, todo se ha tomado y aplicado para decir al que ora: "Tú eres fango; Él, Luz. Tú, abyecto; El, Santo. Tú, esclavo; El, Rey".
-¡Mas ahora!… ¡Alzaos! ¡Acercaos! Yo soy el Sacerdote eterno, puedo tomaros de la mano y deciros: "Venid". Puedo descorrer el velo de Templo y abrir de par en par el inaccesible lugar que ha permanecido cerrado hasta ahora.
¿Y por qué cerrado?… Por la Culpa, sí; pero aún más clausurado por el pensamiento degradado de los hombres. ¿Por qué cerrado, si Dios es Amor, si Dios es Padre?… Yo puedo, debo, quiero elevaros al azul del cielo, no rebajaros al polvo; no que estéis lejanos, sino cerca; no como esclavos, sino como hijos que se reclinen sobre el pecho de Dios.
“¡Padre! ¡Padre!", decid. No os canséis de pronunciar esta palabra. ¿No sabéis que cada vez que la decís el Cielo resplandece por 1ª alegría de Dios?
Aunque no expresarais otra palabra, diciendo ésta con verdadero amor ya haríais una oración grata al Señor.
"¡Padre! ¡Padre mío!", dicen los pequeñuelos a sus padres.
Ésta es la primera palabra que dicen: "Madre, padre". Pues vosotros sois los pequeñuelos de Dios. Yo os he generado:
con mi amor he destruido el hombre viejo que erais, haciendo nacer así al hombre nuevo, al cristiano. Invocad, pues, al Padre santísimo que está en los cielos con la primera palabra que aprenden los niños.
“Santificado sea tu Nombre"
Es el Nombre más santo y tierno que existe. El terror del culpable os ha enseñado a celarlo bajo otro. No. Basta ya de decir "Adonai", basta. Es Dios. Es ese Dios que en un exceso de amor ha creado a la Humanidad. La Humanidad, de ahora en adelante, purificados sus labios con el lavacro por mí preparado, llámelo por su Nombre, esperando a comprender con plenitud de sabiduría el verdadero significado de este incomprensible Nombre cuando, fundida con Él, en sus mejores hijos, sea elevada al Reino que he venido a instaurar.
“Venga tu Reino a la tierra como está en el Cielo"
Desead con todas vuestras fuerzas que venga; si viniera, la alegría habitaría la tierra. El Reino de Dios en los corazones, en las familias, en las gentes, en las naciones. Sufrid, trabajad, sacrificaos por este Reino.
Sea la tierra espejo que refleje en las personas la vida del Cielo. Llegará. Un día llegará todo esto. Pero antes de que la tierra posea el Reino de Dios, han de venir siglos y siglos de lágrimas y sangre, de errores y persecuciones, de bruma rasgada por destellos de luz irradiados por el Faro místico de mi Iglesia (la cual, si bien es barca -y no será hundida -es también arrecife que resiste cualquier golpe de mar, y mantendrá alta la Luz, mi Luz, la Luz de Dios).
Cuando esto llegue, será como la llamarada intensa de un astro que, alcanzada la perfección de su existencia, se disgrega, cual desmesurada flor de los jardines celestes, para exhalar, en un rutilante latido, su existencia y su amor a los pies de su Creador.
Llegar, llegará; entonces comenzará el Reino perfecto, beato, eterno, del Cielo.
“Hágase tu Voluntad así en la tierra como en el Cielo"
La propia voluntad se puede anular en la de otro sólo cuando se le llega a amar con perfección. La propia voluntad se puede anular en la de Dios sólo cuando se han alcanzado las virtudes teologales en forma heroica. En el Cielo -donde no hay defectos -se hace la voluntad de Dios.
Sabed, vosotros, hijos del Cielo, hacer lo que en el Cielo se hace.
“Danos nuestro pan de cada día"
En el Cielo os nutriréis sólo de Dios. La beatitud será vuestro alimento. Mas aquí todavía tenéis necesidad de pan. Sois los párvulos de Dios; justo es entonces decir: "Padre, danos el pan".
¿Teméis no ser escuchados? ¡Oh, no! Considerad esto: si uno de vosotros tiene un amigo y ve que no tiene pan y debe dar de comer a otro amigo o pariente que ha llegado a su casa al final de la segunda vigilia, irá al primero y le dirá: "Amigo, préstame tres panes, porque tengo un huésped que ha venido ahora y no tengo qué darle de comer", ¿podrá, acaso, oír como respuesta desde el otro lado de la puerta:
"No me molestes, que ya he cerrado la puerta, la he trancado, y mis hijos duermen a mi lado; no puedo levantarme a darte lo que me pides"? No. Si es un verdadero amigo al que se ha dirigido, y si insiste, recibirá lo que pide. Lo recibiría incluso aunque el amigo fuera poco bueno, por su insistencia, porque aquel a quien se lo pidieran, con tal de que no le molestasen, se apresuraría a darle cuantos panes quisiera.
Pero vosotros, cuando dirigís vuestra oración al Padre, no os dirigís a un amigo de este mundo, sino al Amigo perfecto que es el Padre del Cielo. Por tanto, os digo:
"Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá", pues a quien pide se le da, quien busca halla, y a quien llama se le abre la puerta.
¿Qué padre, a su propio hijo que le pide un pan, le pondrá en la mano una piedra?, ¿qué padre dará a su hijo una serpiente en vez de un pez asado? Un padre que se comportase así con su prole sería un sinvergüenza. Ya lo he dicho, pero lo repito para moveros a sentimientos de bondad y confianza. Así pues, si uno que estuviera en su sano juicio no daría un escorpión en vez de un huevo, ¿cómo no os va a dar Dios con mucha mayor bondad lo que pidiereis?: en efecto, Él es bueno, mientras que vosotros, por el contrario, en más o en menos, sois malos. Pedid, pues, con amor humilde y filial vuestro pan al Padre.
"Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores"
Hay deudas materiales y deudas espirituales; las hay también morales. Deuda material es la moneda o la mercancía que deben restituirse por haber sido prestadas.
Deuda moral es la estima arrebatada y no correspondida, el amor querido y no dado. Deuda espiritual es la obediencia a Dios, de quien se exige mucho dándole bien poco, y el amor a Él. Dios nos ama y se le debe amor, como se debe amor a una madre, a la esposa, al hijo, de quienes se exigen muchas cosas. El egoísta quiere tener, pero no da.
Pero el egoísta está en las antípodas del Cielo. Tenemos deudas con todos: desde con Dios hasta con el esclavo, pasando por los familiares, los amigos, el prójimo en general, y los que están a nuestro servicio (pues todos éstos son en el fondo iguales que nosotros). ¡Ay de quien no perdone, porque no será perdonado! Dios no puede, por justicia, condonar la deuda que el hombre tiene para con Él, santísimo, si el hombre no perdona a su semejante.
"No nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del Maligno"
El hombre que no ha sentido la necesidad de compartir con nosotros la cena de Pascua me preguntó hace menos de un año: "¿Cómo? ¿Tú pediste no ser tentado?, ¿en la tentación pediste ayuda contra ella?". Estábamos nosotros dos solos.
Le respondí. Luego -esta vez éramos cuatro -en una solitaria región, repetí la respuesta; pero todavía no fue suficiente, porque en un espíritu inamovible es necesario demoler la funesta fortaleza de su obcecación para abrirse paso; por tanto, lo seguiré diciendo, una, diez, cien veces, hasta que todo se cumpla.
Vosotros, sin embargo, que no estáis acorazados dentro de infaustas doctrinas y aún más infaustas pasiones, orad así. Orad con humildad para que Dios impida las tentaciones. ¡Ah, la humildad! ¡Conocerse como uno es! Sin deprimirse, pero conocerse. Decir: "Soy juez imperfecto de mí mismo y, aunque no me lo parezca, podría ceder. Por tanto, Padre mío, tenme, si es posible, libre de las tentaciones; tan cerca de Ti que no permitas al Maligno que me dañe". Debéis recordar, en efecto, que no es Dios quien tienta al Mal, sino que es el Mal el que tienta.
Rogad al Padre para que sostenga vuestra debilidad, de forma que no pueda el Maligno introducirla en la tentación.
He terminado, queridos míos. Ésta es la segunda Pascua que paso con vosotros. El año pasado sólo partimos el pan y compartimos el cordero. Este año os doy esta oración. Os otorgaré otros dones en las otras Pascuas que pasaré con vosotros, para que, una vez que me haya ido a donde el Padre quiere, os quede de mí, que soy el Cordero, un recuerdo en las celebraciones del cordero mosaico.
Alzaos. Vamos. Estaremos en la ciudad para el alba. Es más, mañana, tú, Simón, y tú, hermano mío (señala a Judas), iréis por las mujeres y el niño; tú, Simón de Jonás, y vosotros, os quedaréis conmigo hasta que éstos vuelvan; luego iremos juntos a Betania.
Bajan hasta el Getsemaní y entran en la casa para descansar.
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Víspera de la Pascua. Jesús -sólo con los apóstoles, pues las mujeres no están con el grupo -espera a que Pedro vuelva de llevar el cordero pascual para el sacrificio.
Está hablando de Salomón al niño. En esto, hele ahí a Judas: está cruzando el patio más grande. Va con un grupo de jóvenes. Habla con grandes, ampulosos gestos y poses enfervorizadas. Su manto se agita continuamente y él se lo coloca con ademán de sabio… Creo que Cicerón no era tan pomposo cuando pronunciaba sus discursos.
-¡Mira Judas, está allí! -dice Judas Tadeo.
-Va con un grupo de saforimes -observa Felipe.
Y Tomás dice:
-Voy a oír qué dice -y va sin esperar a que Jesús exprese su previsible negativa.
¡Y Jesús!… ¡Ay, el rostro de Jesús!… Su expresión es de hondo sufrimiento y severo juicio. Margziam, que lo estaba mirando ya desde antes, mientras, delicado y levemente triste, le hablaba del gran rey de Israel, ve este cambio, y casi se asusta; entonces, agita la mano de Jesús para volver a atraer su atención, diciendo:
-¡No mires! ¡No mires! ¡Mírame a mí, que te quiero mucho!…
Tomás logra llegar hasta donde Judas sin ser visto, y así lo sigue durante unos metros. No sé lo que estará oyendo, lo que sí sé es que suelta una inesperada exclamación retumbante que hace volverse a muchos, especialmente a Judas, que se pone lívido de rabia:
-¡Pero cuántos rabíes tiene Israel! ¡Te felicito, nueva lumbrera de sabiduría!
-No soy una piedra, sino una esponja, y, por tanto, absorbo; y, cuando el deseo de los hambrientos de sabiduría lo solicita, me exprimo para darme con todos mis humores vitales.
Judas se muestra ampuloso y despreciativo.
-Se diría que eres eco fiel. Pero el eco, para subsistir, debe estar cerca de la Voz; si no, muere, amigo. Y tú, me parece que te estás alejando de ella. Él está allí. ¿No vienes?
Judas se pone de todos los colores, con esa cara suya rencorosa y repugnante de sus momentos peores; pero se domina, y dice:
-Adiós, amigos. Aquí estoy, contigo, Tomás, querido amigo mío. Vamos inmediatamente con el Maestro. No sabía que estaba en el Templo. Si lo hubiera sabido, lo hubiera buscado -y pasa el brazo por los hombros a Tomás como si sintiera un gran afecto por él.
Pero Tomás, pacífico pero no estúpido, no se deja engatusar con estas declaraciones… y pregunta, con un poco de sorna:
-¿Cómo? ¿No sabes que es Pascua? ¿Crees que el Maestro no es fiel a la Ley?
-¡No! ¡De ninguna manera! Pero el año pasado se mostraba, hablaba… Me acuerdo precisamente de este día. Me atrajo por su impetuosidad regia… Ahora… Me da la impresión de que haya perdido vigor. ¿No te parece?
-A mí no. Me da la impresión de una persona que haya perdido confianza.
-En su misión, eso es, tú lo has dicho.
-No. Entiendes mal. Ha perdido confianza en los hombres. Y tú eres uno de los que ha contribuido a ello. ¡Deberías avergonzarte!
Ya no ríe Tomás, tiene expresión sombría y su reprensión bate como un latigazo.
-¡Ten cuidado con lo que dices! -dice Judas con tono amenazador.
-¡Y tú ten cuidado con lo que haces! Aquí estamos dos judíos, sin testigos. Por eso hablo, y te vuelvo a decir que deberías avergonzarte. Y ahora guarda silencio. No te pongas trágico ni te pongas a lloriquear, porque, si no, hablo delante de todos. Ahí están el Maestro y los compañeros. Modérate.
-Paz a ti, Maestro…
-Paz a ti, Judas de Simón.
-¡Qué alivio encontrarte aquí!… Yo tendría necesidad de hablarte…
-Habla.
-Mira, es que… quería decirte… ¿No puedo decírtelo aparte?
-Estás entre tus compañeros.
-Querría hablar contigo a solas.
-En Betania estoy solo, con quien tiene interés en mí y me busca; pero tú no me buscas, sino que tratas de evitarme.
-No, Maestro, no puedes decir eso.
-¿Por qué ayer has ofendido a Simón, y con él a mí, y con nosotros a José de Arimatea, y a los compañeros, y a mi Madre y a las otras mujeres?
-¿Yo? ¡Pero si no os vi!
-No quisiste vernos. ¿Por qué no viniste, como habíamos convenido, para bendecir al Señor por un inocente que iba a ser acogido en el seno de la Ley? ¡Responde! ¿No sentiste ni siquiera la necesidad de avisar de que no ibas a venir?
-¡Ahí viene mi padre! -grita Margziam, que ha visto a Pedro de regreso con su cordero degollado, vaciado de sus vísceras y envuelto de nuevo en su piel -Vienen también Miqueas y los otros! Voy, ¿puedo ir a su encuentro para oír lo que dicen de mi anciano padre?
-Ve, hijo -dice Jesús acariciándolo; y añade, tocando a Juan de Endor en un hombro: «Por favor, acompáñalo y… entretenlo un poco». Y vuelve al punto en que estaba con Judas:
-¡Estoy esperando tu respuesta!
-Maestro… me surgió improvisamente una incumbencia… inaplazable… Lo sentí… Pero…
-¿Y no había en toda Jerusalén una persona que pudiera comunicar esta justificación tuya?… ¡Admitiendo que la tuvieras!… Y ya de por sí era reprobable. Te recuerdo que hace poco un hombre ha prescindido de ir a enterrar a su padre por seguirme, y que mis hermanos han dejado entre anatemas la casa paterna por seguirme a mí, y que Simón y Tomás, y con ellos Andrés, Santiago, Juan, Felipe y Natanael han dejado la familia, y Simón Cananeo la riqueza para dármela a mí, y Mateo el pecado para seguirme a mí. Y podría continuar con otros cien nombres.
Hay quien deja la vida, la misma vida para seguirme hasta el Reino de los Cielos. Pero, dado que estás tan privado de generosidad, al menos sé educado; dado que no tienes caridad, ten al menos elegancia; imita, puesto que te agradan, a esos fariseos falsos que me traicionan, que nos traicionan, pero que lo hacen mostrándose educados. Tu deber era reservarte para nosotros ayer, para no ofender a Pedro, que exijo sea respetado por todos. Pero, qué menos que mandar recado?
-He errado. Pero ahora venía expresamente a buscarte para decirte que -por el mismo motivo -mañana no puedo venir. Es que tengo amigos de mi padre y me…
-Basta. Puedes ir con ellos. Adiós.
-Maestro… ¿estás enfadado conmigo? Me dijiste que serías un padre para mí… Soy un muchacho incauto, pero un padre perdona…
-Te perdono, pero márchate; no hagas esperar más a los amigos de tu padre. Yo tampoco haré esperar más a los amigos del santo Jonás.
-¿Cuándo vas a dejar Betania?
-Al final de los Ázimos. Adiós.
Jesús se vuelve y va hacia los campesinos, que están extasiados ante el cambio que ven en Margziam.
Camina unos pasos, pero se detiene al oír la observación que hace Tomás:
-Por Yeohvah! Quería ver tu impetuosidad regia… ¡Pues ha quedado servido!…
-Os ruego que olvidéis todos este incidente, de la misma forma que Yo me esfuerzo en olvidarlo. Y os ordeno que guardéis silencio ante Simón de Jonás, Juan de Endor y el pequeño. Por motivos que vuestra inteligencia puede comprender, no conviene causarles a ninguno de los tres ni dolor ni escándalo. Y silencio también en Betania ante las mujeres. Que está entre ellas mi Madre, recordadlo.
-Puedes estar tranquilo, Maestro», «haremos de todo para reparar esto», «y para consolarte» dicen todos.
-¡Gracias!… ¡Oh, paz a todos vosotros! Isaac os ha encontrado Me alegro. Gozad en paz vuestra Pascua. Cada uno de mis pastores será un buen hermano para vosotros.
Isaac, antes de que se marchen tráemelos. Quiero bendecirlos otra vez. ¿Os habéis fijado, el niño?
-¡Maestro, qué bien está! ¡Ya está más lozano! Se lo diremos al anciano. ¡Qué contento se va a poner! Este justo nos ha dicho que ahora Yabés es su hijo… ¡Un hecho providencial! Lo vamos a contar todo, todo.
-También que soy hijo de la Ley, y que me siento feliz y que me acuerdo siempre de él. Que no llore ni por mí ni por mi mamá, que la tengo a mi lado, y también él como un ángel, y la tendrá siempre y en la hora de la muerte. Si Jesús ha abierto para entonces las puertas del Cielo, pues entonces mi mamá, más linda que un ángel, saldrá al encuentro del anciano padre y lo conducirá a Jesús. Lo ha dicho Él. ¿Se lo vais a decir? ¿Lo vais a saber decir bien?
-Sí, Yabés.
-No. Ahora soy Margziam. Me ha puesto este nombre la Madre del Señor. Es como si se dijera su nombre. Me quiere mucho. Me mete Ella en la cama todas las noches y me hace decir las mismas oraciones que hacía decir a su Hijo.
Por las mañanas me despierta con un beso, luego me viste. Me enseña muchas cosas… ¡Él también, eh!… Entran dentro tan suavemente, que se aprenden sin trabajo. ¡Mi Maestro!
El niño se abraza a Jesús con tal adoración de acto y de expresión que uno se conmueve.
-Sí. Diréis todo esto, y también que no pierda la esperanza el anciano: este ángel pide por él y Yo lo bendigo. También os bendigo a vosotros. Idos. La paz sea con vosotros. Los grupos se separan y van cada uno por su cuenta.
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
La comitiva de los apóstoles y las mujeres, encabezada por Jesús y María y el pequeño, que va entre ambos, se está acercando a la Puerta de los Peces. Por tanto, debe ser el miércoles por la mañana Va con ellos también José de Arimatea, que, fiel a su palabra, ha salido a su encuentro.
Jesús busca con la mirada al soldado Alejandro, pero no lo ve.
-Tampoco está hoy. Quisiera saber qué ha sido de él…
Pero la muchedumbre es tanta, que no hay modo de hablar con los soldados, y quizás sería imprudente, pues los judíos están más intransigentes que nunca ante la inminencia de la fiesta; están, además, resentidos por la captura de Juan el Bautista, y consideran cómplices a Pilatos y a sus hombres de confianza. Deduzco esto por los epítetos y las disputas que continuamente se encienden en la Puerta entre los soldados y la gente, y los insultos… pintorescos, no precisamente urbanos, que estallan a cada momento como el fuego de una girándula perpetua.
Las mujeres de Galilea se sienten escandalizadas y se arrebujan más que nunca en sus velos y mantos. María se ruboriza, pero sigue andando segura, derecha como una palma, mirando a su Hijo, el cual, por su parte, ni siquiera intenta hacer razonar a los exaltados hebreos, o aconsejar a los soldados que tengan piedad de éstos. Y, dado que algún epíteto poco bonito va también a parar al grupo de los galileos, José de Arimatea pasa adelante, al lado de Jesús; de forma que la gente, que lo conoce, calla por respeto a él. Atraviesan por fin la Puerta de los Peces. El río humano que afluye a oleadas a la ciudad, mezclado con burros y hatos de otros animales, se extiende por las calles…
-¡Aquí estamos, Maestro! -es el saludo de Tomás, que está con Felipe y Bartolomé en el otro lado de la Puerta.
-¿No está Judas?
-¿Por qué aquí? -preguntan varios.
-No. Estamos aquí desde esta mañana temprano, porque temíamos que pudieras anticipar la llegada. A Judas no lo hemos visto. Ayer me encontré con él. Estaba con Sadoq, el escriba. ¿Sabes quién, José?… ese anciano, delgado, con la verruga debajo del ojo. Y había también otros, jóvenes, con ellos. Le grité para saludarlo, pero no me respondió, haciendo como que no me conocía. Yo me dije: "¿Pero qué le pasa a éste?", y le seguí unos metros. Se separó de Sadoq -con él parecía un levita -y se fue con los otros de su edad, que… estaba claro que no eran levitas… Ahora no está… ¡Y sabía que habíamos decidido venir aquí!
Felipe no dice nada. Bartolomé aprieta los labios hasta casi meterlos hacia dentro, para poner freno al juicio que le sube del corazón.
-¡Bien! ¡Bueno! ¡Vamos igual! ¡No voy a llorar por su ausencia, eso está claro! -dice Pedro.
-Vamos a esperar todavía un poco. Quizás lo han entretenido por el camino -dice serio Jesús.
Se ponen junto al muro, de la parte de la sombra: las mujeres en un grupo, los hombres en otro.
Todos están vestidos solemnemente; Pedro, verdaderamente de gala: cubre su cabeza una relumbrante prenda novísima, cándida como la nieve, sujeta por una cinta bordada en rojo y oro; lleva su mejor túnica, de color granate oscurísimo, adornada con un cinturón nuevo (del mismo tipo que el galón que ciñe su cabeza) del que pende el cuchillo (vaina de puñal, empuñadura burilada, funda de latón toda perforada, a través de la cual se ve brillar el hierro tersísimo de la hoja). Todos los demás están también armados más o menos así. El único que no lleva armas es Jesús, que viste lino blanquísimo y un manto azulino (ciertamente lo ha tejido María durante el invierno).
Margziam está vestido de rojo pálido; un galón de tono más oscuro ciñe el cuello, el extremo inferior y las bocamangas; lleva un galón igual, bordado, en la cintura y en los bordes del manto que porta plegado en el brazo (contento, con la otra mano lo acaricia); de tanto en tanto, alza la cara, mitad risueña, mitad preocupada…
También Pedro lleva en la mano, con cuidado, un paquete.
Pasa el tiempo… y Judas no llega.
-No se ha dignado… -dice Pedro enfadado.
Quizás hubiera añadido algo, pero el apóstol Juan dice:
-A lo mejor nos está esperando en la Puerta Dorada…
Van al Templo; pero Judas no está.
A José de Arimatea se le acaba la paciencia y dice:
-¡Vamos!
Margziam se pone levemente pálido, da un beso a María y le dice:
-¡Reza!… ¡Reza!…
-Sí, bonito. No tengas miedo, que lo sabes muy bien.
Margziam se pega a Pedro, aprieta nerviosamente la mano de Pedro, pero no se siente todavía seguro y quiere también la mano de Jesús.
-Yo no voy, Margziam. Voy a rezar por ti. Nos veremos después.
-¿No vienes? ¿Por qué, Maestro? -dice Pedro sorprendido.
-Porque es mejor que no vaya…
Jesús está muy serio, diría triste. Y añade:
-José, que es justo, no puede sino aprobar mi acto.
Efectivamente, José no contesta; con su silencio, unido a un elocuente suspiro, confirma.
-Pues entonces… vamos… -Pedro está un poco afligido. Margziam se agarra a Juan. Y así van, precedidos por José, a quien continuamente saludan con gran respeto. Con ellos van Simón y Tomás; los demás se quedan con Jesús.
Entran en la misma sala en que años atrás entrara Jesús. Un joven, que está escribiendo en uno de los ángulos, se pone repentinamente en pie al ver a José, y se prosterna.
-Dios sea contigo, Zacarías. Ve rápidamente a llamar a Asrael y a Jacob.
El joven sale y, casi inmediatamente, vuelve con dos rabinos, o arquisinagogos, o escribas… no sé. Son dos desabridos personajes que sólo deponen su altivez ante José. Tras ellos entran otros ocho menos solemnes. Se sientan, dejando en pie a los aspirantes, incluido José de Arimatea.
-¿Qué quieres, José? -pregunta el más anciano.
-Presentar a vuestra perspicacia a este hijo de Abraham, que ha cumplido el tiempo prescrito para entrar en la Ley y en ella regirse por sí mismo.
-¿Es pariente tuyo? -y miran con gesto de estupor.
-En Dios todos somos parientes. Este niño es huérfano. Este hombre, de cuya honestidad me hago garante, lo ha tomado, para que su tálamo no quede sin descendencia.
-¿Quién es este hombre? Que responda él.
-Simón de Jonás, de Betsaida de Galilea, casado, sin hijos, pescador para el mundo, para el Altísimo hijo de la Ley.
-¿Y tú, siendo galileo, te asumes esta paternidad? ¿Por qué?
-Está escrito en la Ley que se debe mostrar amor hacia el huérfano y la viuda. Yo lo hago.
-¿Puede, acaso, conocer éste la Ley hasta el punto de merecer…? Mas… tú, niño, responde, ¿quién eres?
-Yabés Margziam de Juan, de los campos de Emaús, nacido hace doce años.
-Entonces, eres judío. ¿Es lícito que se responsabilice de él un galileo? Escudriñemos las leyes.
-Pero, ¿qué soy?: ¿un leproso?, ¿una persona maldita? -Le empieza a hervir la sangre en las venas a Pedro.
-Calla, Simón. Hablaré yo por él. Os he dicho que me hago garante de este hombre. Lo conozco como si fuera de mi casa. El anciano José no propondría jamás algo contrario a la Ley, y, ni siquiera, a las leyes. Examinad, pues, al niño con justicia y sin dilación; el patio está lleno de niños que esperan el examen. Por amor a todos, no seáis lentos.
-¿Quién probará que este niño tiene doce años y que fue rescatado del Templo?
-Lo puedes probar con las escrituras. Es una investigación latosa, pero se puede hacer. Niño, ¿me has dicho que eres el primogénito?
-Sí, señor. Puedes verlo porque estuve consagrado al Señor y fui rescatado con los debidos diezmos.
-Busquemos entonces estos datos… -dice José.
-No hace falta -responden cortantes los dos hombres insidiosos. ¡Ven aquí, niño!. Di el Decálogo -y el niño lo dice seguro.
-Dame ese rollo, Jacob. Lee si sabes.
-¿Dónde, rabí?
-Donde quieras. Donde te caiga la mirada -dice Asrael.
-No. Aquí. Dámelo -dice Jacob. (Y abre hasta un determinado punto el rollo y dice: «Aquí»).
-"Entonces él les dijo secretamente: Bendecid al Dios del Cielo, dadle gloria ante todos los seres vivos, porque ha sido misericordioso con vosotros. Ciertamente bueno es mantener celado el secreto del rey, pero es honorífico revelar…"
-¡Basta, basta! ¿Qué es esto? -pregunta Jacob señalando las franjas de su manto.
-Las franjas sagradas, señor; las llevamos para no olvidarnos de los preceptos del Señor altísimo.
-¿Le es lícito a un israelita nutrirse con cualquier tipo de carne?… -pregunta Asrael.
-No, señor; sólo con las que hayan sido declaradas puras.
-Dime los preceptos…
Y el niño, dócilmente, empieza a decir la letanía de los: «No harás…
-¡Basta, basta!, para ser un galileo sabe hasta demasiado. Hombre, ahora te toca a ti jurar que tu hijo es mayor de edad.
Pedro, con el mejor donaire después de tanto desaire, pronuncia su breve discurso paterno:
-Como habéis visto, mi hijo, llegado a la edad prescrita, conociendo la Ley, los preceptos, las usanzas, las tradiciones, las ceremonias, las bendiciones, las oraciones…, es capaz de guiarse a sí mismo. Por tanto, como habéis podido constatar, estamos en condiciones, yo y él, de pedir la mayoría de edad. La verdad es que debía haberlo dicho antes esto, pero aquí han sido violadas ̀ y no por nosotros, galileos -las usanzas, y se le ha preguntado al hijo antes que al padre. Y ahora os digo:
dado que lo habéis juzgado apto. desde este momento no soy ya responsable de sus acciones, ni ante Dios ni ante los hombres.
-Pasad a la sinagoga.
El pequeño cortejo entra en la sinagoga, entre los adustos rostros de los rabinos a los que Pedro ha puesto firmes.
Erguido, frente a los ambones y a las lámparas, cortan los cabellos a Margziam; antes le llegaban hasta los hombros, ahora quedan a la altura de las orejas. Pedro abre su taleguillo y saca un bonito cinturón de lana roja, bordada en amarillo oro, y con él ciñe la cintura del niño, luego, mientras los sacerdotes hacen lo propio en la frente y el brazo con cintas de cuero, Pedro está tratando de prender en el manto -Margziam se lo ha pasado -las sagradas franjas. ¡Qué emocionado está Pedro cuando entona la alabanza al Señor!…
Con esto se pone fin a la ceremonia. Ahuecan el ala ligeros; Pedro dice:
-¡Menos mal! ¡No podía más! ¿Has visto, José? Ni siquiera han completado el rito. No importa. Tú… tú, hijo mío, tienes a otro que te consagra… Vamos a adquirir un corderito para el sacrificio de alabanza al Señor; un corderito encantador, como tú. Gracias, José. Dile tú también "gracias" a este gran amigo. Sin ti, nos hubieran tratado mal del todo.
-Simón, me siento contento de haber sido útil a un justo como tú. Te ruego que vengas a mi casa de Beceta, para el banquete, y contigo todos, como es lógico.
-Vamos a decírselo al Maestro. Para mí… ¡demasiado honor! -dice, humilde, Pedro (pero se le ve radiante de alegría).
Cruzan en sentido inverso claustros y atrios hasta llegar al patio de las mujeres; allí todas felicitan a Margziam.
Luego los hombres pasan al atrio de los israelitas, donde está Jesús acompañado de los suyos. Se reúnen todos -armónica comunión de felicidad -y, mientras Pedro va a sacrificar el cordero, se encaminan entre pórticos y patios hasta el muro exterior.
¡Qué feliz se le ve a Pedro con su hijo, que ahora es ya un israelita perfecto! Tanto, que no advierte la arruga que se dibuja en la frente de Jesús, ni percibe el silencio, más bien angustioso, de sus compañeros. Sólo cuando están en la sala de la casa de José -cuando el niño, ante la pregunta de rigor acerca de lo que hará en el futuro, declara: «Seré pescador como mi padre» -Pedro, entre lágrimas, se da cuenta y comprende…
-La verdad es que Judas nos ha metido una gota de acíbar en esta fiesta… Estás preocupado, Maestro… y los demás están tristes por esto. Perdonad todos si no me he dado cuenta antes… ¡Ay…, este Judas!…
Su suspiro creo que está presente en todos los corazones… Pero Jesús, para disolver la amargura, se esfuerza en sonreír, y dice:
-No te apenes por esto, Simón. Sólo falta tu mujer en esta fiesta… Estaba pensando también en ella, tan buena y sacrificada como es siempre. Pronto recibirá su parte de alegría, inesperada: ¿te imaginas con qué gozo? Pensemos en lo bueno que hay en el mundo. Ven. Así que Margziam ha respondido perfectamente, ¿eh? Sabía que sería así…
José da indicaciones a los servidores y luego vuelve a la sala:
-Os doy a todos las gracias -dice -por haberme rejuvenecido con esta ceremonia y por haberme concedido el honor de poder recibir en mi casa al Maestro, a su Madre, a los parientes, y a vosotros, queridos condiscípulos. Venid al jardín a disfrutar de aire puro y flores…
Y todo termina.
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Jesús vuelve, solo, a casa de Simón Zelote. La tarde cae, apacible y serena después de tanto sol. Jesús se asoma a la puerta de la cocina, saluda, y sube a meditar a la habitación de arriba, que ya está preparada para la cena.
El Señor no parece muy contento. Suspira bastante y pasea de un lado para otro por la sala, lanzando de vez en cuando una mirada hacia las tierras de los alrededores, visibles desde las muchas puertas de esta amplia habitación, que es un cubo construido encima del piso bajo. Sale también a pasear por la terraza, dando la vuelta a toda la casa, y se queda inmóvil, en el lado posterior, mirando a Juan de Endor, el cual, amablemente, está sacando agua de un pozo para ofrecérsela a Salomé, que está muy atareada. Mira, menea la cabeza y suspira.
La potencia de su mirada despierta la atención de Juan, que se vuelve a mirar, y pregunta:
-Maestro, ¿me quieres para algo?
-No, sólo te estaba mirando.
-Juan es bueno. Me ayuda -dice Salomé -Dios le recompensará también esa ayuda.
Jesús, después de estas palabras, entra de nuevo en la habitación y se sienta. Está tan absorto, que no advierte el rumor de muchas voces y numerosos pasos en el pasillo de entrada, y luego una pisada ligera que sube la escalerita exterior y se acerca a la sala. Sólo cuando María lo llama, levanta la cabeza.
-Hijo, ha llegado a Jerusalén Susana y ha venido inmediatamente acompañando a Áglae. ¿Quieres escucharla ahora que estamos solos?
-Sí, Madre. Enseguida. Y que no suba nadie hasta que haya terminado todo, lo cual espero que sea antes del regreso de los demás. Te ruego que vigiles para que no haya curiosidades indiscretas… en ninguno… y especialmente por lo que se refiere a Judas de Simón.
-Vigilaré con esmero…
María sale, y vuelve poco después trayendo de la mano a Áglae, que ya no está arrebozada en su grueso manto gris y en su velo echado que le cubría el rostro; ya no lleva las sandalias altas, con su complicado sistema de hebillas y correas. Ahora está transformada; parece en todo una hebrea, con sus sandalias bajas y lisas, simplísimas como las de María; con su túnica azul oscura, y el manto encima formando elegantes pliegues; con un velo blanco colocado como lo usan las mujeres hebreas de clase llana (sencillamente sobre la cabeza y con uno de los extremos echado hacia atrás, de forma que cubre el rostro pero no del todo). Este indumento (como el de una infinidad de mujeres) y el hecho de estar en un grupo de galileos, la han guardado a Áglae de ser reconocida.
Entra con la cabeza baja. Cada paso que da se pone más colorada. Si María no tirase delicadamente de ella hacia Jesús, creo que se habría arrodillado en el umbral de la puerta.
-Mira, Hijo, aquí está la mujer que desde hace tanto tiempo te está buscando. Escúchala -dice María cuando llega adonde Jesús; y se retira, corriendo las cortinas para cubrir los vanos de las puertas, que están abiertas de par en par, y cierra la puerta más cercana a la escalera.
Áglae deja a un lado el fardo que llevaba a la espalda, se arrodilla a los pies de Jesús, rompe a llorar impetuosamente. Se curva hasta el suelo y sigue llorando con la cabeza apoyada sobre los brazos cruzados.
-No llores de ese modo. Ya no es momento de llanto. Sí debías haberlo hecho cuando estabas enemistada con Dios; no ahora, que lo amas y te ama.
Pero Áglae sigue llorando…
-¿No crees que es así?
La voz se abre paso entre los sollozos:
-Lo amo, es verdad, como sé hacerlo, como puedo… Pero, a pesar de que yo sepa y crea que Dios es Bondad, no puedo atreverme a esperar recibir su amor. He pecado demasiado… Un día, quizás, lo tendré, pero todavía me queda mucho que llorar… Por ahora estoy sola en mi amor.
Estoy sola, no es la desesperada soledad de estos años. Es una soledad llena de deseo de Dios, y, por tanto, ya no es soledad desesperada… Pero, es tan triste, tan triste…
-Áglae, ¡qué mal conoces todavía al Señor! Este deseo que tienes de Él te es prueba de que Dios responde a tu amor, es amigo tuyo, te llama, te invita, le interesas. Dios es incapaz de permanecer inerte ante el deseo de una criatura, porque ese deseo lo ha encendido Él -Creador y Señor de toda criatura -en ese corazón. Y lo ha encendido Él porque ha amado con privilegiado amor a esa alma que ahora lo anhela. El deseo de Dios siempre precede al deseo de la criatura porque Él es el Perfectísimo y, por tanto, su amor es mucho más diligente e intenso que el de la criatura.
-Pero, ¿cómo puede amar Dios mi fango?
-No trates de entender con tu inteligencia. Es una inmensidad de misericordia, incomprensible para la mente humana. Pero lo que no puede ser comprendido por la inteligencia del hombre, lo comprende la inteligencia del amor, el amor del espíritu. Éste comprende y entra seguramente en el misterio de Dios y en el de las relaciones del alma con Dios. Entra, Yo te lo digo. Entra, porque Dios lo quiere.
-Oh, Salvador mío! Pero entonces… ¿estoy realmente perdonada? ¿Me ama verdaderamente Dios? ¿Debo creerlo?
-¿Te he mentido alguna vez?
-¡Oh, no, Señor! Todo lo que me dijiste en Hebrón se ha cumplido. Me has salvado, como dice tu Nombre. Yo era una pobre alma perdida y Tú me has buscado. Llevaba mi propia alma muerta y Tú me la has devuelto a la vida. Me dijiste que si te buscaba te encontraría. Y fue verdad. Me dijiste que estás dondequiera que el hombre tenga necesidad de un médico y de medicinas. Y es verdad. Todo le que le dijiste a la pobre Áglae, desde las palabras de aquella mañana de Junio hasta las otras de Agua Especiosa…
-Debes creer, entonces, también en éstas.
-¡Sí! ¡Creo! ¡Creo! ¡Pero, dime: "Yo te perdono"!
-Yo te perdono en nombre de Dios y de Jesús.
-Gracias… Y.. ¿ahora qué tengo que hacer? Dime, Salvador mío, ¿qué tengo que hacer para obtener la Vida eterna? Los hombres se corrompen sólo con mirarme… No puedo vivir temblando continuamente por el miedo a ser descubierta y asediada… Durante el viaje que he hecho para venir aquí, me he sentido temblar a cada mirada de hombre… No quiero ni pecar ni hacer pecar. Indícame el camino que debo seguir; el que sea, que lo seguiré. Como puedes ver, soy fuerte incluso en la penuria… Si por excesiva penuria encontrase la muerte, no por ello tendría miedo: la llamaré "amiga mía" porque me alejará de los peligros de este mundo, y para siempre. Habla, Salvador mío.
-Ve a un lugar desierto.
-¿A dónde, Señor?
-A donde quieras. A donde te conduzca tu espíritu.
-¿Será capaz de tanto mi espíritu apenas formado?
-Sí, porque Dios te guía.
-¿Y quién me va a hablar en lo sucesivo de Dios?
-Por ahora, tu alma resucitada.
-¿Te volveré a ver?
-No en este mundo. Pero dentro de poco te redimiré del todo y entonces visitaré tu espíritu para prepararte a la ascensión hacia Dios.
-¿Cómo se producirá mi completa redención si no te voy a volver a ver? ¿Cómo me la vas a dar?
-Muriendo por todos los pecadores».
-¡Oh,… morir!… ¡No, Tú no!
-Para daros la Vida debo darme la muerte. Por esto he venido en cuerpo humano. No llores… Vendrás conmigo pronto después de nuestro sacrificio.
-¡Mi Señor! ¿Voy a morir yo también por ti?
-Sí; pero de otra forma. Hora a hora morirá tu carne por deseo de tu voluntad. Hace ya casi un año que está muriendo. Cuando haya muerto del todo, te llamaré.
-¿Tendré la fuerza suficiente para destruir mi carne culpable?
-En la soledad donde estarás -y donde Satanás, en la medida en que tú vayas siendo cada vez más del Cielo, te atacará, cada vez más, rencoroso y violento -, encontrarás a un apóstol mío, primero pecador, luego redimido.
-Entonces no es aquel hombre bendito que me hablaba de ti, ¿no? Demasiado honesto es como para haber sido pecador.
-No es él, es otro. Irá a ti en su momento. Entonces te hablará de lo que ahora no puedes conocer. Ve en paz. Y que la bendición de Dios te acompañe.
Áglae ha estado de rodillas durante todo el tiempo, se curva para besar los pies del Señor. No se atreve a más. Luego coge su fardo y lo vuelca: caen al suelo unos vestidos sencillos, un saquito pequeño que suena al chocar contra el suelo, y un frasco de un delicado alabastro rosa.
Áglae vuelve a meter los vestidos en el fardo, recoge del suelo el saquito y dice:
-Esto es para tus pobres. Es el resto de mis joyas. Sólo me he reservado algunas monedas como viático… Aunque no me lo hubieras dicho, ya tenía pensado irme lejos. Y esto es para ti. No es tan suave como el perfume de tu santidad, pero es lo mejor que puede dar la tierra, aunque me servía para hacer lo peor… Que Dios me conceda perfumar al menos como esto en tu presencia en el Cielo -quitando el tapón precioso del frasco, esparce su contenido por el suelo. La preciosa esencia impregna las baldosas, sube a oleadas un penetrante olor a rosas.
Áglae retira el frasco vacío:
-Como recuerdo de este momento -dice; luego se agacha una vez más a besar los pies de Jesús; se levanta, se retira caminando hacia atrás, sale, cierra la puerta…
Se oye su paso alejándose en dirección a la escalera, y su voz, que intercambia unas pocas palabras con María, luego el ruido de las sandalias contra los escalones… y nada más. De Áglae sólo queda, a los pies de Jesús, el saquito y, por toda la sala, el intensísimo aroma.
Jesús se alza… recoge el saquito y se lo lleva al pecho; va a uno de los vanos que mira al camino, y sonríe al ver a la mujer, sola, alejándose, con su manto hebreo, en dirección a Belén. Hace un gesto de bendición; luego va a la terraza y desde allí llama a su Madre.
María sube ágilmente la escalera:
-La has hecho feliz, Hijo mío. Se ha marchado con fortaleza y paz.
-Sí, Madre. Mándame, el primero, a Andrés, cuando vuelva.
Pasa un tiempo y se oye la voz de los apóstoles, que vuelven hablando…
Andrés va donde Jesús:
-¿Maestro, me has llamado?
-Sí. Ven. Ninguno lo va a saber, pero a ti es de justicia decírtelo Andrés, gracias en nombre de Dios y de un alma.
-¿Gracias? ¿Por qué?
-¿No hueles este perfume? Es el recuerdo de la Velada. Ha venido. Está salvada.
Andrés se pone colorado como una fresa, se derrumba de
rodillas y no encuentra ni una palabra… Por fin dice:
-Ahora estoy contento ¡Bendito sea el Señor!
-Sí. Levántate. No les digas a los demás que ha estado aquí.
-Guardaré silencio, Señor.
-Ahora puedes marcharte. Escucha… ¿Está todavía Judas de Simón?
-Sí, ha querido acompañarnos… diciendo… muchas mentiras. Por qué actúa así, Señor?
-Porque es un muchacho consentido. Dime la verdad: ¿habéis reñido?
-No. Mi hermano está demasiado contento con su hijo como para tener ganas de discutir. Los demás… ya sabes… son más prudentes. Pero, eso sí, en nuestro interior estamos todos molestos. De todas formas, después de la cena se vuelve a marchar… Otros amigos… dice. ¡Oh, y desprecia a las meretrices!…
-Tranquilo, Andrés, que tú también te debes sentir feliz esta tarde…
-Sí, Maestro. Yo también tengo mi invisible pero tierna paternidad. Hasta luego.
Pasa todavía otro rato más y suben en grupo los apóstoles con el niño y Juan de Endor. Los siguen las mujeres con las viandas y las candelas. Por último, Lázaro y Simón. Nada más entrar en la sala exclaman:
-¡Ah,… entonces provenía de aquí! -y olfatean el ambiente saturado de perfume de rosas, saturado a pesar de que las puertas estén abiertas de par en par -Pero, ¿quién ha perfumado de este modo esta habitación? ¿Marta, quizás?
-preguntan muchos de los presentes.
-Mi hermana no se ha movido de casa hoy después de la comida -responde Lázaro.
-¿Y quién ha sido entonces? ¿Algún sátrapa asirio? -dice Pedro bromeando.
-El amor de una redimida -dice serio Jesús.
-Podía haberse ahorrado esta inútil ostentosidad de redención y haber dado el coste a los pobres. Son muchos, y saben que nosotros damos. Yo no tengo ya ni un ochavo -dice enfadado Judas Iscariote -Y tenemos que comprar el cordero, alquilar la sala para el Cenáculo y…
-Pero si os he ofrecido yo todo… -dice Lázaro.
-No es justo. Pierde su belleza el rito. La Ley dice: "Tomarás el cordero para ti y para tu casa". No dice: “Aceptarás el cordero".
Bartolomé se vuelve como movido por un resorte, abre la boca, pero… la cierra. Pedro se pone carmesí por el esfuerzo de guardar silencio. Pero Simón Zelote, que está en su casa, siente que puede hablar y dice:
-Eso son sutilezas rabínicas… Te ruego que las olvides y que, eso sí, guardes respeto a mi amigo Lázaro.
-¡Sí señor, Simón! -Pedro, si no habla, explota -Sí señor! Me parece, además, que nos olvidamos demasiado de que el Maestro es el único que tiene derecho a enseñar…
-Pedro dice ese "nos olvidamos" haciendo un esfuerzo heroico por no decir:“Judas se olvida".
-Es verdad… pero… es que estoy nervioso. Perdona, Maestro.
-Sí. Y también te respondo. La gratitud es una gran virtud. Yo le estoy agradecido a Lázaro. Como también esta mujer redimida me ha dado las gracias. Derramo sobre Lázaro el perfume de mi bendición, incluso por aquellos, de entre mis apóstoles, que no lo saben hacer; Yo, que soy cabeza de todos vosotros. Esta mujer ha derramado a mis pies el perfume de la alegría por su redención. Ha reconocido al Rey y a Él ha venido, antes que otros muchos, sobre quienes el Rey ha derramado mucho más amor que no sobre ella. Dejadla actuar libremente y no la critiquéis. No podrá estar presente en el momento que me aclamen, como tampoco en el momento de mi unción Ya lleva sobre sus espaldas su cruz. Pedro, has preguntado que si había venido aquí un sátrapa asirio. Pues bien, en verdad te digo que ni siquiera el incienso de los Magos -tan puro y precioso como era -igualaba en suavidad y valor a éste.
La esencia está diluida en el llanto; por eso es tan penetrante: la humildad sostiene al amor y lo hace perfecto. Sentémonos a la mesa, amigos…
Con el ofrecimiento de la comida la visión concluye.
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Una mañana espléndida, que invita verdaderamente a pasear dejando cama y casa. Los que están en la casa de Simón Zelote, cual abejas con los primeros rayos solares, se levantan muy temprano y salen a respirar el aire puro al huerto de Lázaro, que circunda la casita hospitalaria.
Pronto se suman a ellos los que están alojados en casa de Lázaro, es decir: Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Andrés y Santiago de Zebedeo. El sol entra alegre por las ventanas y puertas abiertas de par en par, y las habitaciones, sencillas y limpias, se visten de un tono oro que aviva los colores de los vestidos y hace más brillantes los de los cabellos y las pupilas.
María de Alfeo y Salomé están centradas en servir a estos hombres de vigoroso apetito. María está atenta a cómo un servidor de la casa de Lázaro le arregla a Margziam sus delicados cabellos, igualándoselos con más destreza que su precedente peluquero.
-Por ahora va bien así -dice el sirviente -luego, después del ofrecimiento a Dios de tu melena de niño, te dejaré el pelo bien cortito. Está llegando el calor y estarás mejor sin pelos que te cubran el cuello; además se te pondrán más fuertes; ahora están secos y quebradizos; son cabellos descuidados. ¿Ves, María?, necesitan un cuidado; ahora los unjo para que no se alboroten. ¿Ves, niño, que buen olor? Es el ungüento que usa Marta: almendra, palma y médula finísima -y esencia exótica. Es muy bueno. Mi ama ha dicho que se conserve este tarrito para el niño. ¡Ah! ¡Eso es!… ¡Ahora pareces el hijo del rey.
Y el sirviente -que quizás es el barbero de la casa de Lázaro -le da un cachetito a Margziam en un carrillo, se despide de María y se marcha satisfecho.
-Ven que te visto -dice María al niño, que en este momento no tiene sino una prenda de mangas cortas (creo que es la camisa, o 1o que en aquellos tiempos la suplía: por lo fino que es el lino, deduzco que pertenecía al vestuario de Lázaro niño). María le quita la toalla en que estaba casi completamente envuelto y le pone una vestidura de lino, fruncida en la base del cuello y en las muñecas, y luego la sobreveste roja, de lana, de amplio escote y anchas mangas. El lino esplendoroso sobresale, blanquísimo, por el escote y las mangas del indumento rojo y opaco. Las manos de María deben haberse encargado por la noche del problema de la largura de la túnica y de las mangas; ahora va bien todo, especialmente cuando María le ciñe la cintura con la suave banda del cinturón, terminada en una borla de lana blanca y roja. El niño ya no parece ese pobre ser insignificante de pocos días antes.
-Ve a jugar mientras me preparo, pero sin mancharte -dice María acariciándolo. Y el niño sale, saltando contento, a buscar a sus grandes amigos.
El primero en verlo es Tomás:
-¡Pero qué guapo estás! ¡De boda! Yo ahora, comparado contigo, es que desaparezco -dice Tomás, siempre alegre, metido en carnes, tranquilo; y lo coge de la mano y dice:
-Ven. Vamos con las mujeres. Te estaban buscando para darte la comida.
Entran en la cocina. Tomás, con su vozarrón, gritando, hace pegar un salto a las dos Marías, que estaban agachadas hacia los anafres:
-¡Aquí hay un jovencito que os estaba buscando! -y, riendo, presenta al niño, que se había escondido detrás de su robusta persona.
-¡Cariño! ¡Ven, que te dé un beso! ¡Mira, Salomé, qué bien está así! -exclama María de Alfeo.
-¡Verdaderamente! Ahora sólo le falta hacerse más fuerte. Me encargaré yo de ello. Ven, que te bese también yo» dice Salomé.
-Jesús quiere confiárselo a los pastores… -objeta Tomás.
-¡Ni soñarlo! En esto mi Jesús se equivoca. Pero, vosotros, los hombres, ¿qué podéis pretender?, ¿qué sabéis hacer?: discutir -porque, dicho sea de paso, sois más bien dados a discutir… como los chivos, que se quieren pero se dan cornadas -, comer, hablar; tenéis mil necesidades, y pretendéis del Maestro total atención a vosotros… si no, malas caras… Los niños tienen necesidad de sus madres. ¿No es verdad?… ¿Cómo te llamas?
-Margziam.
-¡Vaya! ¡Bendita María mía! ¡Podía haberte puesto un nombre más fácil!
-¡Es casi como el suyo! -exclama Salomé.
-Sí, pero el suyo es más simple. No tiene esas tres letras en medio… Tres son demasiadas…
Judas Iscariote, que acaba de entrar, dice:
-Ha puesto el nombre de significado exacto según la genuina lengua antigua.
-Bueno, bien, pero… es difícil; yo quito una letra y digo Marziam.
-Es más fácil, y no creo que se vaya a hundir el mundo por eso. ¿Verdad, Simón?
Pedro, que pasaba en ese momento por delante de la ventana hablando con Juan de Endor, se asoma y dice:
-¿Qué quieres?
-Decía que pienso llamar Marziam al niño, porque es más fácil. -Tienes razón, mujer. Si la Madre me lo permite yo también lo llamaré Marziam. Pero… ¡Estás perfectamente así!… ¡Yo también! ¿Eh?!… ¡Observad!
En efecto, está bien cepillado, tiene afeitados los carrillos, arreglados y ungidos pelo y barba, el vestido sin arrugas; ¿y las sandalias?: las ha limpiado tanto y les ha sacado tanto brillo -no sé con qué -, que parecen nuevas. Las mujeres lo admiran y él ríe contento.
El niño, que ha terminado ya de comer, sale para ir con su gran amigo, al que llama siempre "padre".
Viene Jesús de la casa de Lázaro. El niño corre a su encuentro y Jesús le dice:
-La paz entre nosotros, Margziam. Démonos el beso de la paz.
El niño saluda también a Lázaro, que venía con Jesús, y recibe una caricia y un dulce. Todos se reúnen en torno a Jesús. También María, que lleva ahora una túnica de lino color turquesa y un manto más oscuro de elegantes pliegues, viene sonriendo hacia su Hijo.
-Entonces, podemos empezar a marcharnos -dice Jesús -. Tú-Simón, con mi Madre y el niño, si es que estás empeñado todavía en comprar, aunque ya Lázaro haya resuelto el problema. -¡Ciertamente! Además… podré decir que una vez pude caminar al lado de tu Madre, lo cual es un gran honor. -Pues ve. Tú, Simón, me acompañarás a hacer una visita a tus amigos leprosos… -¡Sí, Maestro! Entonces, si me lo permites, me adelanto, corriendo, para reunirlos… Me verás allí; total… ya sabes dónde están… -De acuerdo. Ve. Los demás, haced lo que os parezca más conveniente; disponed libremente todos hasta el miércoles por la mañana A la hora tercera todos ante la Puerta Dorada.
-Yo voy contigo, Maestro -dice Juan.
-Yo también -dice Santiago, su hermano.
-Y también nosotros -dicen los dos primos.
-Yo también -dice Mateo, y con él Andrés.
-¿Y yo? También quisiera ir contigo… pero, si voy a hacer las compras, no puedo… -dice Pedro sujeto a dos deseos.
-Hay una solución. Primero vamos a ver a los leprosos. Entretanto, mi Madre va con el niño a una casa amiga de Ofel. Luego la alcanzamos y vas con Ella mientras Yo y los demás vamos a casa de Juana. Luego nos reunimos en Getsemaní para comer, y luego, al atardecer, volvemos aquí.
-Yo, con tu permiso, voy a donde unos amigos… -dice Judas Iscariote.
-Pero si ya he dicho que hagáis lo que creáis más conveniente.
-Entonces yo voy a ver a la familia. Quizás ha vuelto ya mi padre. Si es así, te lo traigo -dice Tomás.
-¿Qué te parece, Felipe, si nosotros dos vamos a ver a Samuel?
-¿Me parece bien -responde éste a Bartolomé.
-¿Y tú, Juan? -le pregunta Jesús al hombre de Endor -¿Prefieres quedarte aquí a ordenar tus libros o venir conmigo?
-Verdaderamente preferiría ir contigo… Los libros… ahora ya me gustan menos. Prefiero leerte a ti, Libro vivo.
-Pues ven. Adiós, Lázaro, hasta…
-No, no; también voy yo. Las piernas están un poco mejor. Después de los leprosos te dejo y voy a Getsemaní a esperarte.
-Vamos. La paz a vosotras, mujeres.
Hasta las cercanías de Jerusalén van todos juntos. Luego se separan: Judas se va por su cuenta (entra en la ciudad, probablemente por la Puerta que está hacia la Torre Antonia); Tomás, Felipe y Natanael, con María y el niño, caminan todavía con Jesús y los otros compañeros unas cuantas decenas de metros para luego entrar en la ciudad por la parte del suburbio de Ofel.
-¡Bien! ¡Encaminémonos hacia estos infelices! -dice Jesús, y, volviendo las espaldas a la ciudad, empieza a andar en dirección a un lugar desolado, situado en las laderas de un cerro rocoso que está entre los dos caminos que de Jericó van a Jerusalén. Es un lugar extraño: después de la primera subida por la que trepa un escarpado sendero, presenta una estructura escalonada, de forma que, hasta el primer desnivel, hay al menos tres metros a pico, y así el segundo desnivel… Es un lugar árido, muerto…tristísimo.
-Maestro -grita Simón Zelote -estoy aquí; párate, que te enseño yo el camino… -y Simón, que estaba apoyado en la roca buscando un poco de sombra, viene, y conduce a Jesús por una vereda también escalonada, que va en dirección a Getsemaní, aunque del otro lado del camino que une el Monte de los Olivos con Betania.
-Hemos llegado. Yo viví entre los sepulcros de Siloán. Aquí están mis amigos; parte de ellos, porque los otros están en Ben Hinnom y no han podido venir porque habrían tenido que atravesar el camino y los habrían visto.
-Iremos a verlos también a ellos.
-¡Gracias!, por ellos y por mí.
-¿Son muchos?
-El invierno ha matado a la mayoría. Aquí, de todas formas, hay todavía cinco de aquellos con los que había hablado. Te esperan. Mira, allí están, en el borde de su presidio…
Serán diez monstruos. Digo "serán" porque, si bien a cinco de ellos se los distingue en pie, a los otros -sea por el color grisáceo de su piel, sea por la deformidad de su rostro, sea porque apenas descuellan del pedregal -se los distingue tan mal, que su número podría ser mayor o menor.
Entre los que están en pie, hay sólo una mujer: dicen que es mujer sólo sus encanecidos cabellos, descuidados, duros y sucios, que le caen por la espalda hasta la cintura; por lo demás, no se distingue su sexo, pues la enfermedad, ya muy avanzada, la ha reducido a los huesos, anulando todo resto de femenina forma. Igualmente, respecto a los hombres, sólo uno muestra todavía un remanente de bigote y barba; a los demás los ha rasurado la destructora enfermedad.
Gritan:
-¡Piedad de nosotros, Jesús, Salvador nuestro! -y tienden hacia Él sus manos, deformes y llagadas.
-¡Jesús, Hijo de David ten piedad!
-¿Qué deseáis que os haga? -pregunta Jesús alzando el rostro hacia esas ruinas humanas.
-Que nos liberes del pecado y de la enfermedad.
-Del pecado libera la voluntad y el arrepentimiento…
-Pero, si Tú quieres, puedes cancelar nuestros pecados. A1 menos eso, si no quieres curar nuestros cuerpos.
-Si os digo: "Elegid entre las dos cosas", ¿cuál queréis?
-El perdón de Dios, Señor; para sentirnos menos desolados.
Jesús hace un gesto de aprobación, sonriendo luminosamente, luego alza los brazos y grita:
-¡Sea como queréis! ¡Lo quiero!
¡Como queréis!: puede referirse al pecado o a la enfermedad, o a las dos cosas; los cinco desdichados quedan en la incertidumbre; ellos sí, pero no los apóstoles, que no pueden menos que gritar su hosanna cuando ven que la lepra desaparece rápidamente, como el copo de nieve caído en la llama. Entonces los cinco comprenden que se les ha concedido todo lo que habían pedido… y su grito resuena como un tañido de victoria: se abrazan entre sí, lanzan besos a Jesús -no pueden arrojarse a sus pies -, y luego se vuelven a sus compañeros:
-¿No queréis todavía creer? ¡Qué desdichados sois!
-¡Calma! ¡Tranquilos! Estos pobres hermanos necesitan pensar. No les digáis nada. La fe no se impone; se predica con paz, dulzura, paciencia, constancia, que es lo que haréis después de vuestra purificación, como hizo Simón con vosotros. Por lo demás, el milagro predica ya por sí mismo. Vosotros, los curados, iréis a presentaros al sacerdote lo antes posible; vosotros, los enfermos, esperad para esta tarde nuestro regreso: os traeremos comida. La paz sea con vosotros.
Jesús, seguido de las bendiciones de todos, baja de nuevo al camino.
-Ahora vamos a Ben Hinnom -dice Jesús.
-Maestro… quisiera ir contigo, pero comprendo que no puedo. Voy al Getsemaní -dice Lázaro.
-Ve, ve, Lázaro. La paz sea contigo.
Mientras Lázaro lentamente se pone en camino, Juan apóstol dice:
-Maestro, lo acompaño: camina con dificultad y la vereda no es muy buena. Te alcanzo en Ben Hinnom.
-Bien, ve. Vamos.
Pasan el Cedrón. Siguen el lado sur del monte Tofet. Llegan a un vallecillo sembrado de tumbas e inmundicias, sin un solo árbol, sin nada que proteja del sol, que en este lado meridional cae implacable con su fuego poniendo al rojo el pedrisco de estos nuevos escalones de infierno, en cuya base aumentan el calor inflamadas emanaciones fétidas. Dentro de estas tumbas, que asemejan a hornos crematorios, míseros cuerpos se consumen… Siloán, siendo húmedo y estando orientado casi al Norte, será feo en invierno, pero este lugar debe ser terrorífico en verano…
Simón Zelote lanza una llamada… y, primero tres, luego dos, luego uno, y todavía otro más, se acercan, como pueden, hasta el límite prescrito. Aquí hay dos mujeres; una de ellas lleva de la mano a un esperpento de niño al que la lepra se le ha fijado especialmente en la cara y ya está ciego…
Uno de ellos es un hombre de aspecto noble a pesar de su mísera condición, el cual toma la palabra en nombre de todos:
-Bendito sea el Mesías del Señor, que ha descendido a esta Gehena para sacar de ella a los que en él esperan. ¡Sálvanos, Señor, que perecemos! ¡Sálvanos, Salvador! ¡Rey de la estirpe de David, Rey de Israel, ten piedad de tus súbditos! ¡Oh, Vástago de la estirpe de Jesé, de quien se dijo que cuando llegase su tiempo desaparecería todo mal, extiende tu mano para recoger estos desperdicios de tu pueblo! Aleja de nosotros esta muerte, enjuga nuestras lágrimas, pues que de ti así está escrito. Condúcenos, Señor, con tu voz, a tus pastos excelentes, a tus frescas aguas, pues estamos sedientos; condúcenos a lo alto de las eternas colinas, donde ya no existen ni la culpa ni el dolor! ¡Ten piedad Señor…!
-¿Quién eres?
-Juan, miembro del Templo; quizás he sido contaminado por un leproso. Hace poco, como puedes ver, tengo la enfermedad. ¡Pero estos otros!… Entre ellos hay algunos que ya hace años que esperan la muerte. Esta pequeñuela está aquí desde antes de saber andar, no conoce el mundo creado por Dios; cuanto conoce o recuerda de las maravillas de Dios son estas tumbas, este sol despiadado y las estrellas de la noche. ¡Ten piedad de los culpables y de los inocentes, Señor, Salvador nuestro!
Están todos arrodillados con los brazos extendidos.
Jesús llora ante tanta miseria, abre sus brazos y grita:
-Padre Yo lo quiero: curación, vida, vista y santidad para ellos.
Y permanece así, con los brazos abiertos, orando ardorosamente con todo su espíritu: parece estilizarse y elevarse en su oración, llama de amor, blanca e intensa, bañada en el intenso oro del sol.
-¡Mamá! ¡Veo! -es el primer grito.
Se oye también el correlativo grito de la madre estrechando contra su pecho a su niña curada. Luego el de los otros y los apóstoles… El milagro ha quedado cumplido.
-Juan, tú, sacerdote, guiarás a tus compañeros en el rito. Paz a vosotros. Os traeremos esta tarde comida también a vosotros.
Jesús bendice y hace ademán de emprender el camino.
Pero el leproso Juan grita:
-¡Quiero seguir tus pasos! ¡Dime qué tengo que hacer, dónde tengo que ir para predicarte!
-Sea esta tierra desolada y desnuda, que necesita convertirse al Señor, tu campo; sea tu campo la ciudad de
Jerusalén. Adiós.
-Vamos ahora adonde mi Madre -dice a los apóstoles.
Y muchos de los presentes preguntan:
-Pero, ¿dónde está?
-En una casa que Juan conoce; la de la niña curada el año pasado.
Entran en la ciudad y recorren una buena parte del populoso suburbio de Ofel, hasta una casita blanca.
Saluda dulcemente al entrar en la casa (la puerta estaba entornada). Proveniente del interior de la casa, se oye la dulce voz de María y la voz argentina de Analía, y también la voz de su madre, más áspera. La niña se inclina profundamente para adorar, la madre se arrodilla. María se alza.
Quisieran retenerlos, al Maestro y a su Madre. No obstante, Jesús, prometiendo volver otro día, bendice y se despide.
Pedro se marcha contento con María; llevan los dos de la mano al niño: parecen una pequeña familia feliz. Muchos se vuelven a mirarlos. Jesús, sonriendo, observa cómo van.
-¡Simón se siente feliz! -exclama el Zelote.
-¿Por qué sonríes, Maestro? -pregunta Santiago de Zebedeo.
-Porque en ese pequeño grupo veo una gran promesa.
-¿Cuál, Hermano? ¿Qué es lo que ves? -pregunta Judas Tadeo.
-Veo que me podré marchar tranquilo cuando llegue la hora; no debo temer por mi Iglesia. Entonces será pequeña y débil como Margziam. Pero estará mi Madre, cual Madre suya, para sujetarla de la mano; y, cual padre suyo, estará Pedro, en cuya mano honesta y callosa puedo depositar sin preocupación la mano de mi naciente Iglesia.
Pedro le dará la fuerza de su protección; mi Madre, la fuerza de su amor. Así la Iglesia se desarrollará… como Margziam… ¡Verdaderamente es un niñosímbolo! ¡Dios bendiga a mi Madre, a mi Pedro y al niño de ellos y nuestro! Vamos a casa de Juana…
Por la tarde, de nuevo estamos en la casita de Betania. Muchos, cansados, se han retirado ya; Pedro no, que va y viene paseando por el sendero, levantando la cabeza muy frecuentemente hacia la terraza donde están sentados, hablando, Jesús y María. Juan de Endor por su parte está hablando con Simón Zelote, sentados los dos bajo un granado todo en flor.
Se ve que María ha hablado ya mucho porque le oigo decir a Jesús:
-Todo lo que me has dicho es muy cabal. Tendré presente la equidad de tus palabras. También estimo exacto tu consejo por lo que se refiere a Analía. Es buena señal que ese hombre lo haya recibido con tanta disposición. Es verdad que en la alta Jerusalén hay mucho embotamiento y odio -porquería se puede decir-; pero, entre sus gentes humildes hay perlas de ignorado valor. Me alegro de que Analía se sienta feliz. Es una criatura que es más del Cielo que de la tierra. Quizás ese hombre, ahora que ha entrado en el concepto del espíritu, lo ha intuido y por eso manifiesta hacia ella una gran veneración. Su idea de marcharse a otro lugar, para no turbar con un latido humano el cándido voto de la muchacha, lo demuestra.
-Sí, Hijo mío. El hombre advierte el perfume de quienes son vírgenes… Me viene José a la memoria. Yo no sabía qué palabras usar. El no sabía mi secreto… y, no obstante, con percepción de santo, me ayudó a manifestarlo: había detectado el perfume de mi alma… Fíjate también Juan: ¡Qué paz! Todos quieren estar a su lado… hasta el mismo Judas de Keriot, a pesar de que…
No, Hijo, Judas no ha cambiado; yo lo sé y Tú lo sabes. No hablamos porque no queremos encender la guerra; pero, aunque no hablemos, sabemos… y, aunque no hablemos, los demás intuyen… ¡Oh, Jesús mío, los jóvenes me han contado hoy en Getsemaní el episodio de Magdala y el del sábado por la mañana… La inocencia habla… porque ve con los ojos de su ángel. Pero también los ancianos vislumbran… No se equivocan: es un ser huidizo… todo en él es huidizo. Le tengo miedo, y tengo en mis labios las mismas palabras de Benjamín en Magdala y de Margziam en Getsemaní, porque siento ante Judas el mismo escalofrío que sienten los niños.
-¡No todos pueden ser Juan!…
-¡No lo pretendo! ¡Sería un paraíso esta tierra! Pero, mira, me has hablado del otro Juan… Un hombre que incluso ha matado. Pues bien, me da sólo pena; Judas, sin embargo, me da miedo.
-¡Ámalo, Madre! ¡Ámalo, por amor a mí!
-Sí, Hijo; pero ni siquiera servirá mi amor, significará solamente sufrimiento para mí y culpa para él. ¿Pero por qué ha entrado? Turba a todos; ofende a Pedro, que merece todo respeto.
-Sí. Pedro es muy bueno. Por él haría cualquier cosa, porque lo merece.
-Si te oyera, diría con esa sonrisa suya buena y franca: "¡Ah, Señor, eso no es verdad!". Y tendría razón.
-¿Por qué, Madre?». Pero Jesús ya sonríe, porque ha comprendido
-Porque no lo complaces dándole un hijo. Me ha hablado de todas sus esperanzas, sus deseos… y tus negativas.
-¿No te ha explicado las razones con que las he justificado.
-Sí. Me las ha dicho, y ha añadido: "Es verdad… pero yo soy un hombre, un pobre hombre. Jesús se obstina en ver en mí a un gran hombre. Pero sé que soy muy mísero, así que… me podría dar un hijo. Me casé para tenerlos… y me voy a morir sin tenerlos". Y ha dicho -aludiendo al niño, que, contento con el bonito vestido que Pedro le había comprado, lo había besado y le había llamado "padre querido, ha dicho: "Mira, cuando este pequeñuelo -hace diez días no lo conocía -me llama así, siento que me vuelvo más blando que la mantequilla y más dulce que la miel, y me echo a llorar, porque cada día que pasa se me lleva a este hijo…"
María guarda silencio observando a Jesús, estudiando su rostro, en espera de una palabra… Pero Jesús ha puesto el codo en la rodilla, y la cabeza apoyada sobre la mano, y guarda también silencio mientras mira a la explanada verde del pomar.
María toma una mano de Jesús, se la acaricia, y dice:
-Simón tiene este gran deseo… Mientras íbamos juntos, no ha hecho otra cosa sino hablarme de ello, y exponiendo razones tan justas, que… no he podido objetarle nada.
Eran las mismas razones que pensamos todas nosotras, mujeres y madres. El niño no es fuerte. Si fuera como eras Tú… ¡Ah, entonces podría afrontar la vida de discípulo sin miedo! ¡Pero, es físicamente tan delicado!… Muy inteligente, muy bueno… Pero nada más. A un pichoncillo delicado no se le puede lanzar pronto a volar, como se hace con los fuertes. Los pastores son buenos… pero son hombres; los niños tienen necesidad de las mujeres. ¿Por qué no se lo dejas a Simón? Comprendo que le niegues una criatura nacida de él. Un hijo propio es como un ancla, y Simón -destinado a tan alto sino -no puede estar retenido por ninguna ancla. Pero estarás de acuerdo en que él debe ser "el padre" de todos los hijos que le vas a confiar.
¿Cómo va a poder ser padre si no ha aprendido antes con un niño? Un padre debe ser dulce.
Simón es bueno, pero no dulce; es impulsivo e intransigente. Sólo una criaturita le puede enseñar el sutil arte de la compasión hacia el débil… Considera este destino de Simón… ¡Nada menos que tu sucesor! ¡Oh, esta atroz palabra también tengo que decirla! Escúchame, por todo el dolor que me causa el pronunciarla. Jamás te aconsejaría algo que no fuera bueno. Margziam… quieres hacer de él un discípulo perfecto… pero es todavía un niño. Tú… te marcharás antes de que se haga hombre. ¿A quién mejor que a Simón se le podrá entregar para que complete su formación? Y además… ¡pobre Simón!… ya sabes el tormento que ha recibido de su suegra, incluso por causa tuya; pues bien, a pesar de ello, no se ha apropiado ni siquiera de una partícula de su pasado, de su libertad de hace ya un año, para que lo dejase en paz su suegra, a la que ni siquiera Tú has podido cambiar. ¿Y su esposa?: ¡pobre mujer!… ¡Desea tanto amar y ser amada…!
Su madre… ¡oh!… ¿Y el marido?: encantador pero autoritario… Jamás recibió afecto sin que se le exigiera a cambio demasiado… ¡Pobre mujer!… Confíale el niño.
Escúchame, Hijo. Por ahora lo llevamos con nosotros. Yo también iré por Judea. Me llevarás contigo a casa de una compañera mía del Templo, y casi pariente porque procede de David. Está en Betsur. Me alegrará volver a verla, si vive todavía. Luego, cuando volvamos a Galilea, se lo damos a Púrpura: cuando estemos cerca de Betsaida, Pedro lo tomará consigo; cuando estemos aquí, lejos, el niño se quedará con ella. ¡Ah!,… te veo sonreír… Entonces es que vas a contentar a tu Madre.
Gracias, Jesús mío.
Sí, sea como Tú quieres.
Jesús se levanta y llama con voz potente:
-¡Simón de Jonás, ven!
Pedro reacciona instantáneamente y sube corriendo las escaleras
-¿Qué quieres, Maestro?
-¡Ven aquí, hombre usurpador y corruptor!
-¿Yo? ¿Por qué? ¿Qué he hecho, Señor?
-Has coaccionado a mi Madre. Por este motivo quisiste estar solo.¿Qué debo hacer contigo?
Pero Jesús sonríe, y Pedro se tranquiliza
-Me has asustado verdaderamente. Menos mal que te veo sonreír. ¿Qué quieres de mí, Maestro? ¿La vida? Ya sólo me queda la vida porque me has tomado todo lo demás… Pero, si quieres, te la doy.
-No quiero tomarte nada; quiero darte algo. De todas formas, no te aproveches de la victoria, y no digas este secreto a los demás, astutísimo hombre, que vences al Maestro con el arma de la palabra materna. Tendrás el niño, pero…
Jesús no puede seguir hablando, porque Pedro -que se había arrodillado -se pone en pie de un salto y besa a Jesús con tal ímpetu que le corta la palabra.
-Agradéceselo a Ella; pero recuerda que esto debe ser una ayuda para ti, no un obstáculo…
-Señor, no te arrepentirás de este regalo… ¡Oh, María,
santa y buena, bendita seas siempre!…
Y Pedro, que de nuevo ha caído de rodillas, llora abiertamente, besando la mano de María…
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Por el umbrío camino que une el Monte de los Olivos con Betania -podría decir que el monte llega, con sus prolongaciones verdes, hasta los campos de Betania -, Jesús con los suyos camina ligero hacia la ciudad de Lázaro.
No ha entrado aún y ya lo han reconocido: emisarios, que lo son por propia iniciativa, corren en todas las direcciones para avisar de su llegada, de forma que empiezan a aparecer: por un lado, Lázaro y Maximino; por otro, Isaac con Timoneo y José; la tercera es Marta con Marcela (que alza su velo para inclinarse a besar la túnica de Jesús); inmediatamente después, llegan María de Alfeo y María Salomé, las cuales reciben al Maestro con un gesto de veneración y luego abrazan efusivamente a los propios hijos. El pequeño Yabés, a quien Jesús sigue llevando de la mano, zarandeado por todas estas impetuosas llegadas, observa esto lleno de asombro. Juan de Endor, sintiéndose extraño, se retira hacia la cola del grupo, aparte. Y, por el sendero que conduce a la casa de Simón, viene la Madre.
Jesús suelta la mano de Yabés y, delicadamente, elude a los amigos para apresurarse a ir a su encuentro. Las ya conocidas palabras rompen el aire, tañendo como un solo de amor que se destaca de entre el murmullo de la gente:
« ¡Hijo! », « ¡Mamá! ». Se besan. María expresa en su beso una angustia como de quien ha estado temiendo durante mucho tiempo y llega el momento -éste -en que, al desvanecerse el terror que la tenía apresada, siente el cansancio del esfuerzo realizado y valora en toda su profundidad el peligro que ha corrido…
Jesús la acaricia. Ha comprendido. Dice:
-Además de mi ángel, velaba por mí el tuyo, Madre. No podía sucederme nada malo.
-Gloria al Señor por ello. De todas formas he sufrido mucho.
-Mi deseo ha sido venir antes, pero he seguido otro camino por prestarte obediencia a ti. Y ha sido positivo: tu indicación, Madre mía, como siempre, ha sido fructífera.
-¡Tu obediencia, Hijo!
-Tu sabia indicación, Madre…
Se sonríen mutuamente como dos enamorados. ¿Pero es posible que esta Mujer sea la Madre de este Hombre? ¿Dónde están los dieciséis años de diferencia? La frescura de su rostro y la gracia de su cuerpo virginal hacen de María la hermana de su Hijo, que está en la plenitud de su bellísima virilidad.
-¿No me preguntas por qué ha sido fructífera? -pregunta Jesús, que sigue sonriendo.
-Sé que mi Jesús no me oculta nada.
-¡Qué encanto eres, Mamá!… -y la vuelve a besar…
La gente se ha mantenido a unos metros de distancia haciendo como que no observa la escena, pero estoy segurísima de que ninguno de estos ojos, que parecen atentos a otra parte, se abstiene de mirar de reojo a este tierno cuadro.
E1 que más mira es Yabés. Jesús lo había soltado para darse prisa en abrazar a su Madre. Se ha quedado solo. Ahora, con el agolparse de preguntas y respuestas, el pobre niño pasa inadvertido. Mira fijamente, agacha la cabeza, lucha contra el llanto… pero, al final, no pudiendo más, rompe a llorar gimiendo:
-¡Mamá! ¡Mamá!
Todos -los primeros, Jesús y María -se vuelven, todos tratan le poner remedio de alguna forma, o de saber quién es el niño. María de Alfeo y Pedro se acercan inmediatamente -estaban juntos -y dicen:
-¿Por qué lloras?
Pero, antes de que Yabés, embargado en su llanto, pueda tomar respiro para hablar, ya ha venido María y, tomándolo en brazos, ha dicho:
-¡Sí, hijito mío, Mamá! No llores más… y perdona si no te he visto antes… Os presento, amigos, a mi hijito…
Se ve que Jesús, en los pocos metros que mediaban, debe haberle dicho:
-Es un huerfanito que he tomado conmigo -El resto lo ha intuido María.
El niño llora, pero ya con menos desolación. Al final, dado que María lo tiene en brazos y lo está besando, sonríe incluso, con esa carita suya todavía bañada de llanto.
-Deja que te seque todas estas lágrimas. ¡No debes llorar más! Dame un beso…
Era precisamente lo que estaba deseando Yabés; después de tantas caricias de hombres barbudos, se deleita verdaderamente besando la mejilla lisa de María.
Jesús por su parte busca con su mirada a Juan de Endor, y lo ve allá, apartado. Se dirige a él y lo lleva hacia María -que está siendo saludada por todos los apóstoles -, y, teniendo sujeta su mano, dice:
-Mira, Madre, el otro discípulo. Estos son los dos hijos que has ganado por la indicación que me diste.
-Tu obediencia, Hijo -repite María. Luego saluda al hombre, diciendo: «La Paz está contigo».
El hombre, el rudo, inquieto hombre de Endor, que tanto ha cambiado ya desde aquella mañana en que el capricho de Judas Iscariote llevó a Jesús a Endor, termina de despojarse de su pasado al inclinarse ante María (yo lo creo así, a juzgar por lo sereno, verdaderamente "pacificado" que se ve su rostro cuando lo alza, una vez cumplido el respetuosísimo saludo).
Se encaminan todos hacia la casa de Simón: María llevando en brazos a Yabés, Jesús -cogida su mano -con Juan de Endor. Luego, a los lados o detrás, Lázaro y Marta, los apóstoles y Maximino, Isaac, José, Timoneo.
En el umbral de la puerta, el anciano servidor de Simón hace un gesto de veneración a Jesús y a su jefe. Entran en la casa.
-La paz a ti, José, y a esta casa -dice Jesús, alzando su mano para bendecir, después de haberla puesto en la cabeza blanca del anciano servidor.
Lázaro y Marta, después del primer impacto alegre, se muestran un poco tristes, de forma que Jesús pregunta:
-¿Por qué, amigos?
-Porque no estás con nosotros y porque todos se allegan a ti excepto esa alma que quisiéramos que fuera tuya.
-Fortificad la paciencia, la esperanza y la oración.
Además, Yo estoy con vosotros. ¿Esta casa?… esta casa no es sino el nido desde el que el Hijo del hombre cada día volará para ir a ver a sus queridos amigos, que están muy cerca en distancia y -si se considera la cosa sobrenaturalmente -infinitamente más cercanos en el amor.
Vosotros estáis en mi corazón y Yo en el vuestro. ¿Acaso se puede estar más cerca? De todas formas, esta tarde la pasaremos juntos. Sentaos, sentaos a mi mesa.
-¡Ay, pobre de mí! ¡Y yo aquí holgazaneando! ¡Ven, Salomé, que tenemos cosas que hacer!
La exclamación de María de Alfeo, que se levanta diligentemente para ir a su trabajo, hace sonreír a todos.
Pero Marta la alcanza y le dice:
-No te preocupes, María, por la comida. Voy a dar las disposiciones oportunas para que tú tengas que preparar sólo las mesas. Te traerán sillas suficientes y todo lo que se necesita. Ven, Marcela. Vuelvo enseguida, Maestro.
-He visto a José de Arimatea, Lázaro. El lunes va a venir con unos amigos.
-¡Ah, entonces ese día eres todo para mí!
-Sí. Viene para estar juntos, y también para preparar una ceremonia relativa a Yabés. Juan, lleva al niño a la terraza, que se divertirá. Juan de Zebedeo, siempre obediente, se alza enseguida de su sitio… Poco después, se oye el gorjeo del niño y sus pataditas en la terraza que rodea la casa. -Este niño -explica Jesús a su Madre, a los amigos, a las mujeres (entre las cuales está Marta, que ha volado para no perder un solo minuto de alegría junto al Maestro) -es nieto de un campesino de Doras. He pasado por Esdrelón… -¿Es verdad que los campos están desolados y que quiere venderlos? -Están desolados. Lo de la venta no lo sé. Un campesino de Jocanán me ha aludido a ello, pero no sé si es seguro. -Si los vendiera… los compraría de buena gana para disponer de un lugar de refugio para ti incluso en medio de ese nido de serpientes.
-No creo que lo consigas. Jocanán ya está pensando en adquirirlos.
-Veremos… Pero… continúa tu narración. ¿Qué campesinos son?
-¡A todos los de antes los ha desperdigado por distintos sitios!
-Sí. Éstos vienen de sus tierras de Judea, por lo menos el anciano que es pariente del niño. Lo tenía en el bosque, como a un animal salvaje, para que Doras no lo descubriera… Y estaba allí desde el invierno…
-¡Pobre niño! ¿Y por qué?
Las mujeres están profundamente conmovidas.
-Porque su padre y su madre quedaron sepultados por el desprendimiento de tierra de las cercanías de Emaús. Todos: padre, madre, hermanitos. Él se salvó porque no estaba en casa. Lo llevaron con su abuelo. Pero, ¿qué podía hacer un campesino de Doras? Tú, Isaac, has hablado de mí, como un salvador, incluso referido a este caso.
-¿He hecho mal, Señor? -pregunta humildemente Isaac.
-Has hecho bien. Dios lo quería. El anciano me ha entregado al niño, que además ha de hacerse mayor de edad en estos días.
-¡Pobrecito! ¿Tan pequeño con doce años? Mi Judas era casi el doble de alto a su edad… ¿Y Jesús? ¡Qué flor! -dice María de Alfeo.
Y Salomé:
-¡También mis hijos eran mucho más robustos!
Marta susurra:
-Verdaderamente es muy pequeñito. Pensaba que no tenía ni siquiera diez años.
-¡Claro! ¡Triste cosa es el hambre! Y debe haberla sufrido desde que vino a este mundo. Y además… ¿qué le iba a dar el anciano si allí todos se mueren de hambre? -dice Pedro.
-Sí, ha sufrido mucho; pero es muy bueno e inteligente. Me he hecho cargo de él para consolar al anciano y al niño.
-¿Lo vas a adoptar? -pregunta Lázaro.
-No. No puedo.
-Entonces me responsabilizo yo.
-Pedro, que ve desvanecerse su esperanza, se lamenta abiertamente:
-¡Señor! ¿Todo a él?
Jesús sonríe y dice:
-Lázaro, has hecho ya mucho, y te lo agradezco; no te puedo confiar a este niño. Es "nuestro" niño; de todos nosotros; alegría de los apóstoles y del Maestro. Además, aquí crecería rodeado de lujo, mientras que Yo quiero ofrecerle como don mi manto regio: "la honesta pobreza", la que el Hijo del hombre ha elegido pare sí, para poder acercarse a las mayores miserias sin humillar a ninguno.
Tú, recientemente, has recibido también un regalo mío…
-¡Ah, sí! El anciano patriarca y su hija. La mujer es muy activa y el anciano es muy bueno.
-¿Dónde están ahora?, ¿en qué sitio?
-¡Aquí, claro!, en Betania. ¿Cómo crees que iba a querer alejar la bendición que Tú enviabas? La mujer está en el lino, pues para ese tipo de trabajo hacen falta manos ligeras y expertas. El anciano, dado que se ha emperrado en que quiere trabajar, le he destinado a los panales.
Ayer -¿verdad, hermana mía? -tenía una larga barba toda de oro. Las abejas, enjambrando, se habían colgado todas de esa barbaza, y les hablaba como si fueran hijas suyas. Se le ve feliz.
-¡Lo creo! ¡Bendito seas! -dice Jesús.
-Gracias, Maestro… Pero… ese niño te costará… Permíteme a menos…
-¡Ya me encargo yo de su vestido de fiesta! -grita Pedro, y todos se echan a reír por la impulsividad del grito.
-Bien; pero necesitará otros indumentos. Simón, sé condescendiente, yo tampoco tengo hijos. Para mí y para Marta es una consolación encargarnos de hacer unos vestiditos: ¡concédenosla!
Pedro, ante tan insistente súplica, se enternece enseguida y dice:
-Los vestidos… sí… pero del del miércoles me encargo yo; me lo ha prometido e1 Maestro. Ha dicho que iré con su Madre a comprarlo mañana -Pedro dice todo por miedo a que haya algún cambio et perjuicio suyo.
Jesús sonríe y dice:
-Sí, Madre; te ruego que vayas mañana con Simón. Si no, este hombre se me muere de angustia. Así le podrás aconsejar para escoger.
-Yo he dicho: túnica roja y cinturón verde. Estará muy bien. Mejor que con ese color que tiene ahora.
-Rojo irá muy bien. Jesús también fue vestido de rojo. Pero yo diría que iría mejor encima del rojo un cinturón rojo, o, al menos, bordado en rojo -dice dulcemente María.
-Yo decía el verde porque veo que Judas, que es moreno, esta muy bien con esas franjas verdes encima de la túnica roja.
-¡Pero si no son verdes! -dice, riéndose, Judas Iscariote.
-¿No? ¿Y, entonces, de qué color son?
-Este color se conoce con el nombre de "vena de ágata".
-¿Y qué voy a saber yo? A mí me parecía verde. Ese color lo he visto también en las hojas…
María Santísima interviene benigna:
-Simón tiene razón. Es el color exacto que toman las hojas con las primeras aguas de Tisri…
-¡Eso es! Y, dado que las hojas son verdes, decía que era verde -termina diciendo, contento, Pedro.
La Dulce ha introducido paz y alegría también en esta pequeña cosa.
María pide que llamen al niño. Y éste viene enseguida, con Juan.
-¿Cómo te llamas? -pregunta María acariciándolo.
-Soy… era Yabés, pero estoy esperando el nombre…
-¿Estás esperándolo?
-Sí, Yabés quiere un nombre que quiera decir que Yo lo he salvado. Búscaselo, Madre; que sea un nombre de amor y salvación.
María se para a pensar un momento y dice: «Maryiam (Maarhciam). Eres la gotita en el mar de los salvados de Jesús. ¿Te gusta? Así seré recordada también yo además de la Salvación.
-Es muy bonito -dice contento el niño.
-Pero, ¿no es un nombre de mujer? -pregunta Bartolomé. Cuando esta gotita de Humanidad sea adulto, podréis cambiar su nombre por un nombre de hombre con una ele al final, en vez de la eme. (Esta prevista transformación del nombre puede hacer pensar en un futuro Marcial) Ahora lleva el nombre que le ha dado su Mamá. ¿No es verdad?
El niño responde afirmativamente y María lo acaricia.
La cuñada le dice:
-Esta lana es de calidad -y toca el pequeño manto de Yabés -; pero… ¡el color!… Yo la teñiría de rojo muy oscuro. Quedaría bien. ¿Qué opinas?
-Mañana por la tarde lo hacemos, porque mañana tendrá su prenda nueva. Ahora no se lo podemos quitar.
Marta dice:
-¿Quieres venir conmigo, niño? Te llevo aquí cerca a ver muchas cosas. Después volvemos…
Yabés no se opone. Nunca dice que no a nada… pero se le ve un poco asustado por la idea de ir con esta mujer casi desconocida. Dice, tímido y educado:
-¿Podría venir conmigo Juan?
-¡Pues claro!.
Se marchan. En su ausencia las conversaciones entre los varios grupos continúan. Relatos, comentarios, suspiros por la dureza humana.
Isaac relata todo lo que ha podido saber acerca de Juan el Bautista. Quién dice que está en Maqueronte, quién, que en Tiberíades Los discípulos no han vuelto aún…
Pero, ¿no lo habían seguido?
-Sí, pero, cerca de Doco, los que habían prendido a Juan cruzaron el río con el prisionero, y no se sabe si luego subieron hacia el lago o bajaron a Maqueronte. Juan, Matías y Simeón se han lanzado a la búsqueda, para saber a dónde lo llevan. Ciertamente, no lo abandonarán.
-Como tú tampoco, Isaac, me abandonarás a este nuevo discípulo. Por ahora estará conmigo. Quiero que pase la Pascua conmigo.
-Yo la celebraré en Jerusalén, en casa de Juana. Me ha visto y me ha ofrecido una dependencia de la casa para mí y mis compañeros. Este año vienen todos; y estaremos con Jonatán.
-¿También los del Líbano?
-También. Pero quizás no puedan venir los discípulos de Juan.
-¿Sabes que vienen los de Jocanán?
-¿De verdad? Pues estaré a la puerta, junto a los sacerdotes encargados de las inmolaciones. Así, cuando los vea, me los llevaré conmigo.
-Espéralos para última hora, pues tienen el tiempo contado. Pero traen el cordero.
-Yo también. Uno espléndido, que me ha dado Lázaro. Inmolaremos éste, de forma que el suyo les servirá para la vuelta.
Regresan Marta, Juan y el niño; éste lleva un vestidito de lino blanco y una sobreveste roja; en el brazo, un manto, también rojo.
-¿Los reconoces, Lázaro? ¿Te das cuenta como todo sirve?
Los dos hermanos se sonríen mutuamente. Jesús dice:
-Gracias, Marta.
-Señor mío, tengo la enfermedad de guardar todo. Es herencia de mi madre. Conservo todavía muchas prendas de mi hermano, prendas a las que guardo afecto porque fueron tocadas por nuestra madre. De vez en cuando cojo una de ellas para algún niño. Ahora para Margziam. Son un poco largas, pero se pueden remeter. Lázaro, alcanzada la mayoría de edad, ya no los quiso… Fue un capricho en toda regla, verdaderamente de niño… Y se salió con la suya, porque mi madre adoraba a su Lázaro.
La hermana lo acaricia, amorosa; Lázaro, por su parte, le coge su bellísima mano, se la besa y dice:
-¿Y tú no?
Se sonríen de nuevo.
-Ha sido providencial -observan muchos de los presentes.
-Sí, mi capricho ha servido para un bien; quizás me será perdonado por esto.
La cena está ya preparada. Cada uno va a su sitio…
Hasta la plena noche Jesús no puede hablar en paz con su Madre. Han subido a la terraza. Están sentados en un asiento, uno junto al otro, cogidos de la mano. Se hablan. Se escuchan.
Primero es Jesús quien cuenta las cosas que han sucedido. Luego, María; y dice: -Hijo, nada más marcharte, vino a verme una mujer… Te buscaba. Gran miseria y gran redención. Esta criatura necesita tu perdón para ser tenaz en su resolución. La he enviado a Susana, se la he confiado diciendo que había sido curada por ti. Es verdad.
Se habría podido quedar conmigo, si nuestra casa no se hubiera convertido en un mar en que todos navegan… y muchos con malas intenciones… La mujer ahora siente repugnancia por el mundo. ¿Quieres saber quién es?
-Es un alma. De todas formas, dime su nombre para que la pueda acoger sin error.
-Es Aglae, la romana mimo y pecadora que empezaste a salvar en Hebrón, que te buscó y te encontró en Agua Especiosa, y que ha sufrido -¡oh, cuánto! -por recuperar su honestidad. Me ha dicho todo… ¡Qué horror!
-¿Su pecado?
-Esto y… yo diría más: ¡Qué horror es el mundo! ¡Hijo mío, no te fíes de los fariseos de Cafarnaúm! Se querían servir de esta desdichada contra ti. ¡Hasta de ésta!…
-Lo sé, Madre… ¿Dónde está Áglae?
-Vendrá con Susana antes de la Pascua.
-Bien. Hablaré con ella. Estaré aquí todas las tardes esperándola, excepto la tarde pascual, que dedicaré a la familia. Si viene, no la dejes que se marche. Es una gran redención, tú lo has dicho. ¡Y tan espontánea! En verdad te digo que en pocos corazones mi semilla ha echado raíces con la fuerza con que lo ha hecho en este terreno infeliz. Andrés la ayudó a crecer hasta su completa formación.
-Sí, me lo ha dicho.
-Madre, ¿qué has sentido en presencia de esa miseria?
-Repugnancia y alegría. Me parecía estar en el borde de un abismo de infierno, pero, al mismo tiempo, me sentía transportada al azul del cielo. ¡Cuán Dios eres, Jesús mío, cuando realizas estos milagros!
Y quedan en silencio, bajo las luminosísimas estrellas y el candor de un cuarto de Luna que ya tiende a Luna llena; en silencio, amándose, descansando en su mutuo amor.