306- También Simón Zelote está en Nazaret. Lección sobre los daños del ocio

Anochece pronto en Diciembre.

Pronto se encienden las lámparas y la familia se reúne en una única habitación.

También es así en la casita de Nazaret, y, mientras las dos mujeres trabajan, una en el telar, la otra con la aguja, Jesús y Juan de Endor, sentados junto a la mesa, conversan en tono bajo, y Margziam termina de alisar dos arcones puestos en el suelo.

El niño trabaja con todo su ahínco, hasta que Jesús se levanta, se agacha a tocar la madera y dice:
-Ya basta. Está bien lisa. Mañana la podremos barnizar. Ahora mete todo en su sitio, que mañana seguiremos trabajando.

Y, mientras Margziam sale con sus instrumentos de pulimento -espátulas duras con pieles rasposas de pescado clavadas en ellas, que cumplen el oficio de nuestra lija; y una especie de cuchillos, que ciertamente no son de acero, empleados para el mismo trabajo - Jesús toma en sus fuertes brazos uno de los arcones y lo lleva al taller, donde ciertamente se ha trabajado porque hay serrín y viruta junto a uno de los bancos, que, para esta ocasión, ha sido puesto de nuevo en el centro. Margziam ya ha colocado sus herramientas en los correspondientes soportes, y ahora está recogiendo la viruta para -dice -echarla al fuego; querría también barrer el serrín, pero prefiere hacerlo Juan de Endor. Todo está ya en orden cuando Jesús vuelve con el segundo arcón y lo coloca junto al primero.

Cuando están para salir los tres, se oye llamar a la puerta de la casa; inmediatamente después, la voz grave del Zelote resuena con el reverente saludo que dirige a María:

-Te saludo, Madre de mi Señor. Bendigo vuestra bondad, que me concede habitar bajo vuestro techo.

-Ha llegado Simón. Ahora sabremos el porqué de su retraso. Vamos… -dice Jesús.
Entran en la pequeña habitación donde está el apóstol con las mujeres, cuando éste se está liberando de un voluminoso envoltorio que lleva a las espaldas.
-Paz a ti, Simón…

-¡Oh, Maestro bendito! ¿Me he retrasado, verdad? Pero he hecho todo y lo he hecho bien…

Se besan. Luego Simón sigue explicando:

-He estado en casa de la viuda del carpintero. Tus ayudas son muy oportunas. La anciana está muy enferma y, por tanto, han aumentado los gastos. El pequeño carpintero se da maña en trabajar en objetos pequeños como él, y te recuerda siempre. Todos te bendicen. Luego fui a ver a Nara, Samira y Sira. El hermano se muestra más duro que nunca, pero ellas están en paz, como santas que son, y comen su pobre pan condimentado con llanto y perdón. Te bendicen por la ayuda que les has enviado. Pero te suplican que ores para que su duro hermano se convierta.

También te bendice la anciana Raquel por el óbolo. Por último, he estado en Tiberíades para las compras. Espero haber acertado. Ahora lo verán las mujeres… Pero en Tiberíades me han retenido algunos que me creían un emisario tuyo. Me han tenido secuestrado tres días…

¡Prisión dorada, hasta cierto punto, pero prisión al fin y al cabo!… Querían saber muchas cosas… He dicho la verdad: que nos habías dejado libertad a todos y que Tú, por tu parte, te habías retirado durante el período más malo del invierno… Cuando se persuadieron de que era verdad ­incluso porque fueron a casa de Simón de Jonás y de Felipe y no te encontraron ni supieron más cosas -, me dejaron partir. Incluso la disculpa del mal tiempo, con estos bonitos días no valía ya. Por eso me he retrasado.

-No importa. Tendremos tiempo de estar juntos. Gracias por todo… Madre, mira con Síntica lo que hay en el envoltorio y dime si piensas que es suficiente para lo que ya sabes…-y, mientras las mujeres desenvuelven el envoltorio, Jesús se sienta y habla con Simón.

-¿Y Tú qué has hecho, Maestro?
-Dos arcones, para no estar ocioso y porque serán útiles. He paseado, he gozado de mi casa…
Simón lo mira muy fijamente… Pero no dice nada.
Las exclamaciones de Margziam, que ve salir del envoltorio telas, prendas de lana, sandalias, velos y cinturones, hacen que Jesús y sus dos compañeros se vuelvan en esa dirección.

María dice:

-Todo va bien, muy bien. Nos pondremos en seguida a trabajar y pronto estará todo cosido.
El niño pregunta:
-¿Te vas a casar, Jesús?

Todos se echan a reír. Jesús pregunta:
-¿Qué te lo hace suponer?

-Esta ropa de hombre y de mujer, y los dos arcones que has hecho. Son el ajuar tuyo y de la prometida. ¿Me la presentas?

-¿Quieres verdaderamente conocer a mi prometida?
-¡Oh, sí! ¡Será guapísima y muy buena! ¿Cómo se llama?…
-Es un secreto por ahora. Porque tiene dos nombres, como tú, que primero eras Yabés y luego Margziam.
-¿Y no puedo saberlos?

-Por ahora no. Pero un día los sabrás.
-¿Me invitas a los esponsales?
-No será una fiesta adecuada para niños. Te invitaré a la fiesta nupcial. Serás uno de los invitados y testigos. ¿Te parece bien?

-Pero ¿cuánto tiempo falta? ¿Un mes?
-¡Mucho más!

-¿Y entonces por qué has trabajado tan deprisa que te has provocado ampollas en las manos?

-Las ampollas me han salido porque había dejado de trabajar con las manos. ¿Ves, niño, que el ocio es penoso? Siempre. Cuando luego uno vuelve al trabajo sufre el doble, porque se ha hecho demasiado delicado. Imagínate tú: ¡si perjudica así a las manos, qué daño no hará al alma! ¿Ves? Esta misma tarde he tenido que decirte: "ayúdame", porque sufría tanto que no podía tener la escofina, mientras que hace sólo dos años trabajaba incluso catorce horas al día sin sentir dolor. Lo mismo pasa con quien se vuelve tibio en el fervor, en la voluntad. Pierde vigor, se hace débil. Más fácilmente se cansa de todo. Con mayor facilidad, siendo débil, entran en él los venenos de las enfermedades espirituales. Por el contrario, cumple con doble dificultad las obras buenas que antes no le costaba cumplir porque estaba en continuo ejercicio. ¡No conviene nunca estar ociosos diciendo: "Pasado este período volveré más fresco al trabajo"! No lo lograría nunca; o con extremo esfuerzo.

-¡Pero Tú no has estado ocioso!
-No. He hecho otro tipo de trabajo. Pero date cuenta de que el ocio de mis manos ha sido perjudicial para ellas.
Y Jesús muestra las palmas enrojecidas y con ampollas en varios puntos.

Margziam las besa diciendo:

-Mi mamá, cuando yo me hacía daño, hacía esto, porque el amor cura.

-Sí, el amor cura de muchas cosas… Bien… Ven, Simón.

Dormirás en el taller del carpintero. Ven, que te voy a decir dónde puedes colocar tu ropa y…
Salen y todo termina.

305- Jesús consuela a Margziam con la parábola de los pajarillos

Jesús sale de casa llevando al niño de la mano. No entran en el centro de Nazaret; al contrario, salen del centro, por la misma calle recorrida por Jesús la primera vez que dejó su casa para la vida pública; llegados a las primeras matas de olivos, dejan la vía principal para seguir senderos que van por entre los árboles, en busca del sol templado que ha seguido a días de temporal.

Jesús invita al niño a correr y a saltar. Pero Margziam responde:

-Prefiero estar a tu lado. Ya soy grande y soy un discípulo.

Jesús sonríe por esta… competente profesión de edad y dignidad. Verdaderamente, es un bien pequeño discípulo el que camina a su lado: nadie le echaría más de diez años. Pero nadie puede negar que sea un discípulo, y menos de todos Jesús, que se limita a decir: «Pero te vas a aburrir estando callado mientras Yo hago oración. Te traía conmigo con intención de que te divirtieras.

No podría divertirme estos días… Pero estar a tu lado me consuela mucho… Te he añorado mucho durante este tiempo… porque… porque…
El niño aprieta los labios temblorosos y no dice nada más.
Jesús le pone una mano en la cabeza y dice:

-Quien cree en mi palabra no debe estar triste como los que no creen. Yo digo la verdad siempre. Digo la verdad también cuando aseguro que no hay separación entre las almas de los justos que están en el seno de Abraham y las de los justos que están en la tierra. Yo soy la Resurrección y la Vida, Margziam. Y transmito la Vida incluso antes de cumplir mi misión.

Siempre me has dicho que tus padres anhelaban la venida del Mesías y le pedían a Dios vivir mucho para verlo. Por tanto creían en mí. Se han dormido en esta fe. Por tanto ya están salvados por ella, ya han resucitado y viven por ella. Porque esta fe da vida dando sed de justicia. Piensa tú cuántas veces habrán resistido a las tentaciones para ser dignos de encontrar al Salvador…

-Pero han muerto sin haberte visto, Señor… Y han muerto de esa forma… Yo vi sacar de la tierra a todos los muertos del pueblo ¿sabes?… A mi mamá, a mi padre… a mis hermanitos… ¿Qué me importa si para consolarme me decían: "Los tuyos no están así. No han sufrido"? ¡Oh, que no han sufrido!… ¿Acaso eran plumas las rocas que les cayeron encima? ¿Era aire la tierra y el agua que los ahogó? ¿Su razón acaso no habrá sufrido sintiéndose morir, pensando en mí?…

El niño está muy nervioso por el dolor. Gesticula vivamente erguido frente a Jesús, casi agresivo…
Pero Jesús comprende ese dolor, esa necesidad de expresarlo, y lo deja hablar. Jesús no es de esos que a quien delira por un verdadero dolor le dice: «Calla, que me escandalizas».

El niño prosigue:

-¿Y después? ¿Qué sucedió después? ¡Ya sabes lo que sucedió después! Si no hubieras venido Tú, me habría convertido en una fiera, o habría muerto como una serpiente en el bosque Y no habría vuelto a reunirme con mi mamá, con mi padre, con mis hermanos, porque odiaba a Doras y… y ya no amaba a Dios como antes cuando estaba mi mamá que me quería y que me hacía amar al prójimo.

Sentía casi odio por los pájaros que se llenaban el buche que tenían plumas calientes, que rehacían sus nidos… yo, que tenía hambre, que llevaba una túnica rota, que ya no tenía casa… Los alejaba de mí, yo, que siento amor por los pájaros, por la ira que me venía al compararme con ellos. Y luego lloraba porque sentía que había sido malo y que merecía el Infierno…

-¡Ah! ¿Te arrepentías, entonces, de ser malo?
-Sí, Señor. ¿Pero, cómo podía ser bueno? Mi anciano padre (el abuelo) era bueno. Pero él decía: "Dentro de poco terminará todo. Soy viejo…" ¡Pero yo no era viejo! ¿Cuántos años, antes de poder trabajar como un hombre y comer no como un perro callejero? Si no hubieras venido Tú, habría acabado siendo un maleante.

-No habrías acabado maleante, porque tu mamá oraba por ti-¿Ves como vine y te tomé conmigo? Esto es prueba de que Dios te amaba y de que tu madre velaba por ti.

El niño guarda silencio, pensando. Mira tanto al suelo que pisa, que parece como si buscara luz en él, mientras va caminando al lado de Jesús por la hierba un poco requemada a causa de la tramontana de los días anteriores. Luego levanta la cabeza y pregunta:

-¿Pero no habría sido una prueba más bonita, si no hubiera llamado de este mundo a mi mamá?

Jesús sonríe por la lógica humana de la mente infantil. Pero explica, serio y bueno:

-Mira, Margziam. Para que comprendas, te voy a poner una comparación. Tú me has dicho que te gustan los pajaritos, ¿no es verdad? Escúchame ahora. ¿Los pajaritos están hechos para volar o para estar en una jaula?

-Para volar.

-Bien. ¿Y las mamás de los pajaritos cómo los alimentan cuando son pequeños?
-Les dan la comida en el pico.
-Sí. ¿Pero qué les dan?

-Semillas, moscas, larvas, o migas de pan, o trocitos de fruta que se encuentran, volando por ahí.
-Muy bien. Ahora escúchame. Si esta primavera encontraras un nido en el suelo, con las crías dentro y la madre encima, ¿qué harías?

-Lo cogería.

-¿Todo? ¿Así como está? ¿También con la madre?
-Todo. Porque es demasiado triste ser una cría y no tener mamá. -Verdaderamente en el Deuteronomio está escrito que se coja sólo a las crías y se deje libre a la madre, sagrada para generar.

-Pero si es una buena mamá no se marcha. Corre a donde
están sus polluelos. La mía habría hecho eso. Ni siquiera a ti me habría entregado para siempre, porque todavía soy un niño. Venir también ella conmigo no habría podido, porque mis hermanitos eran todavía más pequeños que yo. Así que no me habría dejado que me fuera.

-Está bien. Pero, escucha: según tú, ¿demostrarías más amor a esa madre de los pajaritos, y a los propios polluelos, teniendo la jaula abierta para que entrara y saliera con el alimento apropiado, o teniendo prisionera también a la madre?

-¡Hombre!… Le demostraría más amor dejándola entrar y salir hasta que sus pequeñuelos fueran grandes… y le demostraría todo el amor si, quedándome con ellos, una vez que fueran grandes, la dejase libre a ella, porque el pájaro está hecho para volar… Verdaderamente… para ser bueno completamente… debería dejar que se marcharan también los polluelos ya crecidos y devolverlos al estado libre… Sería el más auténtico amor que podría demostrarles… Y el más justo… ¡Ah, sí! El más justo, porque obrando así no haría sino permitir que se cumpliera cuanto Dios ha querido para los pájaros…

-¡Exactamente, Margziam! ¿Has hablado verdaderamente como un sabio! ¡Serás un gran maestro de tu Señor, y quien te escuche te creerá porque hablarás como persona sabia! -¿Sí, Jesús?

La carita, antes inquieta y triste, luego sombría por la reflexión, concentrada en el esfuerzo de juzgar lo mejor, se tranquiliza y resplandece de alegría laudatoria.

-Sí, Margziam. Ahora observa esto: tú, sólo porque eres un niño excelente, juzgas así. Imagínate cómo juzgará Dios, que es Perfección en todo, respecto a las almas y su bien. Como pájaros son las almas, que la carne aprisiona en su jaula. La tierra es el lugar al que son conducidas con la jaula.

Pero aspiran ardientemente a la libertad del Cielo, anhelan el Sol que es Dios, el Alimento justo para ellas, que es la contemplación de Dios. Ningún amor humano, ni siquiera el santo amor de la madre por sus hijos o de los hijos por su madre, es tan fuerte como para ahogar este deseo de las almas de reunirse con su Origen, que es Dios. Como tampoco Dios, por su perfecto amor hacia nosotros, encuentra razón alguna que sea tan fuerte como para superar su deseo de reunirse con el alma que lo desea. ¿Y entonces qué sucede? Algunas veces la ama tanto que le dice:

"¡Ven! Te libero". Y lo dice aunque haya niños en torno a una madre. El ve todo, sabe todo, todo lo que hace lo hace bien. Cuando libera a un alma -podrá no parecerles así a los hombres con su intelecto relativo, pero es así, cuando libera a un alma, siempre lo hace por un bien mayor, de esa propia alma y de sus allegados. Él entonces -ya te lo he dicho otras veces -añade al ministerio del ángel custodio el ministerio de esa alma que ha llamado a sí, y que ama a sus allegados con un amor exento de lastres humanos, pues los ama en Dios. Cuando libera a un alma, Él mismo se encarga de sustituirla a ella en los cuidados hacia los que siguen en la tierra. ¿No lo ha hecho contigo acaso? ¿No ha hecho de ti, pequeño hijo de Israel, mi discípulo, mi sacerdote del mañana?

-Sí, Señor.
-Ahora, fíjate. Yo liberaré a tu madre y no tendrá necesidad de tus sufragios. Pero tú, si ella hubiera muerto después de la Redención y hubiera necesitado sufragios, habrías podido sufragarla como sacerdote. Fíjate: sólo habrías podido gastar en ofrendas a un sacerdote del Templo, para que se llevase a cabo un sacrificio por ella, de víctimas como corderos o palomas u otro producto de la tierra; esto si hubieras seguido siendo el pequeño labriego Yabés junto a tu madre. ¡Sin embargo, tú, Margziam, sacerdote de Cristo, podrías celebrar para ella directamente el Sacrificio verdadero de la Víctima perfecta, en cuyo nombre todo perdón es concedido!

-¿Y ya no lo voy a poder hacer?
-No por tu padre, tu madre y tus hermanitos; pero lo podrás hacer por amigos y discípulos tuyos. ¿No es hermoso todo esto?
-Sí, Señor.

-Volvamos, pues, a casa, sosegados.
-Sí… ¡Pero no te he dejado hacer oración!… Lo siento…

-¡Pero si hemos hecho oración, hombre! Hemos considerado las verdades, hemos contemplado a Dios en sus bondades… Todo esto es oración. Has hecho oración como un verdadero adulto. ¡Animo, ahora! Vamos a cantar un bonito salmo de alabanza por la alegría que tenemos.

Y entona: "Un bonito canto ha brotado de mi corazón…". Margziam une su voz de plata al bronce y oro de la de Jesús.

304- Con Juan de Endor, Síntica y Margziam. María es Madre y Maestra

-¡Maestro! ¡Maestro! ¡Maestro!

Los tres gritos de Juan de Endor, que al salir de su habitación para ir a la pila a lavarse se ha encontrado de frente a Jesús que de allí viene, despiertan a Margziam, el cual sale corriendo de la habitación de María, vestido sólo con una camisola sin mangas y corta, todavía descalzo, todo ojos y boca, para ver y gritar:

«¡Está aquí Jesús!», y todo piernas para correr y trepar a sus brazos. Despiertan también a Síntica (que duerme en el ex taller de José), la cual, pasados unos momentos, sale, ya vestida pero con sus obscuras trenzas todavía semisueltas y colgándole por los hombros.

Jesús, con el niño todavía en los brazos, saluda a Juan y a Síntica, y los exhorta a entrar en la casa, porque la tramontana es muy fuerte. Entra Él el primero, y lleva al semidesnudo Margziam, que castañetea los dientes a pesar de su entusiasmo, al lado de la lumbre, ya encendida, donde María se apresura a calentar leche y luego la ropa del niño para que no contraiga una enfermedad.

Los otros dos no hablan, pero parecen la personificación de la alegría extática. Jesús, que está sentado con el niño en su regazo mientras la Virgen, presurosamente, lo arreboza en la ropa calentada, alza la cara y les sonríe diciéndoles:

-Os prometí que vendría. Y hoy o mañana viene también Simón Zelote. Ha ido, por indicación mía, a otro lugar, pero pronto vendrá y estaremos juntos bastantes días.

El aseo de Margziam ha terminado; ya el color vuelve a sus carrillitos lívidos de frío. Jesús lo baja de sus rodillas y se pone de pie. Pasa a la habitación de al lado, seguido por todos. La última es María, con el niño de la mano, al cual regaña dulcemente así:

-¿Qué tendría que hacer yo ahora contigo? Has desobedecido. Te había dicho: "Estáte en la cama hasta que vuelva", y has venido antes…

-Me he despertado por los gritos de Juan… -se disculpa Margziam.

-Precisamente entonces debías saber obedecer. Estar en la cama mientras uno duerme no es obediencia, y no hay ningún mérito en hacerlo. Debías haber sabido hacerlo cuando había mérito porque exigía voluntad. Yo te habría llevado a Jesús. Lo habrías tenido todo para ti, y sin el riesgo de coger una enfermedad.

-No sabía que hacía tanto frío.

-Pero yo sí que lo sabía. Me apena el verte desobediente.

-No, Mamá. Me apena más a mí el verte así… ¡Si no hubiera sido por Jesús no me habría levantado ni aunque me hubieras olvidado en la cama sin comer, Mamá guapa, Mamá mía!… Dame un beso. Mamaíta. ¡Ya sabes que soy un pobre niño!…

María lo toma en brazos y lo besa, deteniendo así las lágrimas en su carita, a la que devuelve la sonrisa con la promesa del niño:

-No te voy a volver a desobedecer nunca, nunca, nunca!
Jesús, entretanto, habla con los dos discípulos. Se informa de sus progresos en la Sabiduría, y, dado que dicen que por la palabra de María todo se ilumina en ellos, dice:

-Lo sé. La sobrenaturalmente luminosa Sabiduría de Dios se hace comprensible luz incluso para los más duros de corazón si es ella quien la expone. Pero vosotros no sois duros de corazón, así que os beneficiáis enteramente de su enseñanza.

-Ahora estás Tú, Hijo. La maestra se convierte de nuevo en alumna.

-¡No! Tú sigues siendo maestra. Yo te escucharé como ellos. Estos días soy sólo "el Hijo". Nada más. Tú serás la Madre y Maestra de los cristianos. Lo eres ya desde ahora: Yo, tu Primogénito y primer alumno; éstos, y con ellos Simón cuando venga, los otros… ¿Ves, Madre? El mundo está aquí: el mundo del mañana en el pequeño israelita puro que ni siquiera se dará cuenta de hacerse "el cristiano"; el mundo, el viejo mundo de Israel, en el Zelote; la humanidad en Juan; los gentiles en Síntica.

Y vienen todos a ti, santa Criadora que das leche de Sabiduría y Vida al mundo y a los siglos. ¡Cuántas bocas han deseado prenderse a tu pezón! ¡Y cuántas lo harán en el futuro! Te anhelaron los Patriarcas y los Profetas, porque de tu seno fecundo había de venir el Alimento del hombre. Y te buscarán, como otro Margziam cada uno de ellos, los "míos", para ser perdonados, instruidos, defendidos, amados. ¡Y dichosos los que lo hagan! Porque no será posible perseverar en Cristo si no se fortalece la gracia con tu ayuda, Madre llena de Gracia.

María parece una rosa vestida de oscuro, de tanto como se le ha encendido el rostro por la alabanza de su Hijo: una espléndida rosa muy humildemente vestida, de gruesa lana marrón oscura…

-Llaman y entran en grupo María de Alfeo, Santiago y Judas, cargados, estos últimos, de ánforas de agua y haces de leña. La alegría de verse es recíproca, y aumenta cuando vienen a saber que pronto llegará el Zelote. El afecto de los hijos de Alfeo por él es claro, incluso sin tener en cuenta la frase que Judas dice como respuesta a la observación de su madre, que repara en esta alegría de ellos:

-María, precisamente en esta casa, una noche muy triste para nosotros, nos dio afecto de padre, y lo mantiene. Esto no podemos olvidarlo. Para nosotros es "el padre"; nosotros para él "los hijos". ¿Qué hijos no exultan al volver a ver a un padre bueno?

María de Alfeo reflexiona y suspira… Luego, muy práctica incluso en medio de sus penas, pregunta:
-¿Y dónde lo vais a meter para dormir? No tenéis sitio. Mandadlo a mi casa.

-No, María. Estará bajo mi techo. Se resuelve pronto. Síntica duerme con mi Madre, Yo con Margziam, Simón en el taller. Es más, lo mejor será preparar las cosas enseguida. Vamos.

Y los hombres salen al huerto con Síntica, mientras las dos Marías van a la cocina para sus tareas.

303- Jesús donde su Madre en Nazaret

Una noche oscura de Diciembre. Fría, ventosa. Aparte de las hojas arrancadas de aquellos árboles que todavía las tienen y que zurren con los silbidos del viento, no se siente ruido alguno por las calles de Nazaret, oscuras como las de una ciudad muerta.

A través de las casas trancadas no se filtran ni luz ni ruidos. Es verdaderamente una noche de lobos…

Y, no obstante, por las calles desiertas de Nazaret, se mueve el Cordero de Dios, en dirección a su casa. Alta sombra oscura con su vestido oscuro, casi se pierde en la tiniebla de esta noche sin estrellas, y su paso es sólo un leve crujido cuando su pie apoya sobre un conjunto de hojas que el viento, tras haberlas remolineado en el aire, ha depositado en el suelo, para, inmediatamente, volver a tomarlas y llevarlas a otro sitio.

Llega a la casa de María Cleofás. Un momento duda si entrar en el huerto y llamar a la puerta de la cocina o si seguir… Pero luego sigue, sin detenerse. Ya está en la callecita de su casa. Ya se ve el atormentado ondear de los olivos en el promontorio contra el que está construida la casa: un ondear negro en el cielo negro. Acelera el paso. Llega a la puerta. Escucha atentamente. ¡Tan fácil es oír lo que sucede en esa casa tan pequeña! Basta arrimarse a las jambas para tener sólo los pocos centímetros de la madera de la puerta entre quien escucha y quien habla… Y, no obstante, no oye ninguna voz.

-Es tarde suspira -Esperaré a que amanezca para llamar.
Pero mientras está para irse llega hasta Él el rítmico sonido del telar. Sonríe. Dice: -Está levantada. Teje. Sin duda es Ella… Es la cadencia de Mamá.
Yo no puedo ver su cara, pero estoy segura de que sonríe, porque la sonrisa se oye en su voz, antes triste, ahora alegre.

Llama. El sonido cesa un momento; luego, el ruido de una silla echada para atrás; luego, la voz argentina que pregunta:
-¿Quién llama?
-¡Yo, Mamá!
-¡Hijo mío!

Un dulce grito de alegría (grito, aunque mantenido en tono bajo). Se oye el rumor confuso de las manos en los cerrojos… se oye descorrerlos… y la puerta se abre, poniendo un recorte de oro en el color negro de la noche. María cae en los brazos de Jesús, allí mismo, en el umbral de la puerta… como si no pudieran retrasar un minuto:

Él, recibirla; Ella, abandonarse en ese Corazón.
-¡Hijo! ¡Hijo! ¡Hijo mío!

Besos, las dulces palabras «Mamá -Hijo»… Luego entran y la puerta se cierra de nuevo, despacio.
María, en voz baja, explica:

-Están todos durmiendo. Yo velaba… Desde que han vuelto Santiago y Judas y han dicho que Tú venías detrás, te he esperado siempre hasta tarde. ¿Tienes frío, Jesús? Sí. Estás de hielo. Ven. He mantenido encendida la lumbre. Voy a echar un haz de ramas. Así te calentarás.
Y lo lleva de la mano como si siguiera siendo el pequeño Jesús…

La llama resplandece alegre y crepitante en la lumbre avivada. María mira a Jesús, que extiende las manos hacia la llama para calentárselas.
-¡Qué pálido estás! No estabas así cuando nos separamos… Cada vez estás más delgado y pálido, Hijo mío. Tiempo atrás eras de leche y rosas; ahora pareces hecho de marfil añoso. ¿Qué otras cosas te han sucedido, Hijo mío? ¿Otra vez los fariseos?

-Sí… y más cosas. Pero ahora me siento feliz, aquí contigo; muy pronto estaré perfectamente. ¡Este año se celebran aquí las Encenias, Mamá! Cumplo la edad perfecta aquí a tu lado. ¿Te sientes contenta?

-Sí. Pero la edad perfecta para ti, corazón mío, está todavía lejana… Eres joven, y para mí sigues siendo mi Niño. Mira, ya está caliente la leche. ¿Quieres beberla aquí o allí en la otra habitación?
-Allí, Mamá. Ahora tengo calor. Me la bebo mientras cubres tu telar.

-Vuelven a la pequeña habitación. Jesús se sienta en el arquibanco, junto a la mesa, y se bebe la leche. María lo mira y sonríe. Sonríe más todavía cuando toca el talego de Jesús y lo pone encima de una repisa. Sonríe tanto que Jesús pregunta:

-¿En qué piensas?

-Estoy pensando en que has llegado precisamente en el aniversario de nuestra partida para Belén. También entonces había talegos y arquetas abiertas y llenas de ropa, especialmente de ropa pequeña… para un Pequeñuelo que podía nacer -decía a José -, que debía nacer -me decía a mí misma -, en Belén de Judá… Los tenía escondidos en el fondo, porque José tenía miedo de esto… No sabía todavía que el nacimiento del Hijo de Dios no estaría sujeto, ni para Él mismo ni para su Mamá, a las comunes miserias de dar a luz y de nacer.

No sabía… y tenía miedo de estar lejos de Nazaret conmigo en ese estado. Estaba segura de que iba a ser Puérpera allí… Exultabas demasiado en mí por la alegría de haber llegado a tu Natalicio, y, por tanto, al Natalicio de la Redención, como para que pudiera equivocarme. Los ángeles remolineaban en torno a la Mujer que te llevaba a ti, mi Dios… Ya no era el sublime Arcángel, ni el dulcísimo Ángel custodio mío, como meses antes. En ese momento era un sinfín de coros de ángeles, que, como saetas, venían del Cielo de Dios a mi pequeño Cielo: mi seno, donde estabas Tú… Los oía cantar y hablarse con sus palabras de luz… palabras ansiosas de verte a ti, Encarnado Dios… Los oía en esas fugas suyas de amor, fugas del Paraíso para venir a adorarte, Amor del Padre, escondido en mi seno. Y yo trataba de aprender sus palabras… sus cantos… sus ardores… Pero una criatura humana no puede ni decir ni tener cosas de Cielo…

Jesús la escucha, sentado. Ella está de pie, junto a la mesa. El, muy feliz; ella, soñando… una mano relajada sobre la oscura madera; la otra, apoyada contra el corazón… Jesús cubre su mano blanca y delicada con la suya, larga y más oscura; y aprieta en su puño esa mano santa… Y cuando ella calla, casi deplorando el no haber podido aprender de los ángeles palabras, cantos y ardores, Jesús dice:

-¡Todas las palabras de los ángeles, todos sus cantos, todos sus ardores, no me habrían hecho feliz en la tierra, si no hubiera gozado de los tuyos, Mamá mía! Tú me dijiste y me diste aquello que ellos no pudieron darme. De ti, ellos aprendieron, no tú de ellos… Ven aquí, Mamá, a mi lado; sígueme contando cosas… No de entonces, sino de ahora. ¿Qué estabas haciendo?
-Estaba trabajando…

-Lo sé. Pero, ¿qué era? De seguro que te estabas fatigando por mí. Déjame ver…
María se pone más colorada que la tela que está sobre el telar y que está siendo observada por Jesús, que se ha levantado.

-¿Púrpura? ¿Quién te la ha dado?
-Judas de Keriot. La consiguió de los pescadores de Sidón, creo. Quiere que te haga una túnica regia… Te voy a hacer la túnica, pero Tú no necesitas la púrpura para ser rey.

«Judas es más tozudo que un mulo» es el único comentario respecto a la púrpura regalada…

Luego se vuelve a su Madre:
-¿Y se hace una túnica entera con eso que te ha dado?
-¡No Hijo! Podrá servir para las orlas de la túnica y del manto. Más no.

-Bien. Entiendo por qué tejes franjas estrechas. Entonces… Mamá, me parece muy bien esta idea. Consérvame aparte estas franjas; un día te diré que las uses para un bonito vestido. Pero todavía hay tiempo. No te mates a trabajar.

-Trabajo cuando estoy en Nazaret…
-Es verdad… ¿Y los otros qué han hecho en este tiempo?
-Se han instruido.

-Es decir, los has instruido. ¿Qué te parecen?
-¡Oh, son tres personas buenas! Aparte de ti, nunca he tenido alumnos más dulces y atentos. He tratado también de dar un poco de fuerzas a Juan. Está muy enfermo. No vivirá mucho…

-Lo sé. Pero para él es un bien. Por lo demás, él mismo lo desea. Ha comprendido espontáneamente el valor del sufrimiento y de la muerte. ¿Y Síntica?
-Es una pena mandarla lejos. Vale por cien discípulos por santidad y por capacidad de entender lo sobrenatural.
-Comprendo. Pero tengo que hacerlo.
-Lo que haces está siempre bien hecho, Hijo.
-¿Y el niño?

-También aprende. Pero estos días está muy triste… Se acuerda de la desgracia de la que ahora se cumple un año… ¡Oh, no ha habido mucha alegría aquí!… Juan y Síntica están afligidos pensando en la partida de aquí, el niño llora pensando en su mamá muerta…
-¿Y tú?

-Yo… ya sabes, Hijo. No hay sol cuando estás lejos de mí. No lo habría ni aunque el mundo te amara; pero, al menos, habría cielo sereno… Sin embargo…
-Hay llanto. ¡Pobre Mamá!… ¿No te han hecho preguntas acerca de Juan y Síntica?

-¿Quién crees que iba a hacerlas? María de Alfeo sabe, pero guarda silencio. Alfeo de Sara ha visto ya a Juan, pero no se siente curioso. Lo llama "el discípulo".
-¿Y los demás?

-Menos María y Alfeo, ninguno viene a esta casa. Alguna mujer, para algún trabajo o consejo. Pero los hombres de Nazaret ya no atraviesan mi puerta.

-¿Ni siquiera José y Simón?
-…No… Simón me manda aceite, harina, aceitunas, leña, huevos… como para subsanar el hecho de no comprenderte, como para hablar a través de estos presentes. Pero se los da a María, su madre, y aquí no viene. Pero es que además viniera quien viniere solamente me vería a mí, porque Síntica y Juan se retiran cuando llama alguna persona…
-Una vida muy triste.

-Sí. Y el niño sufre un poco por ello; tanto es así que ahora María de Alfeo se lo lleva consigo cuando me hace las compras. Pero ahora ya no estaremos tristes, mi Jesús: ¡estás Tú!

-Estoy Yo… Ahora vamos a dormir. Bendíceme, Mamá, como cuando era niño.

-Bendíceme, Hijo. Soy tu discípula.
Se besan… Encienden una nueva lamparita y salen para ir a descansar.

302- En Magdala, antes de mandar a todos a sus respectivas familias para las Encenias

Agua, agua, agua… Los apóstoles, poco satisfechos de ir bajo la lluvia, insinúan a Jesús que si no sería mejor buscar refugio en Nazaret, que no está lejos… y Pedro dice: --Luego podríamos reanudar la marcha con el niño…
El «no» de Jesús es tan seco, que ninguno se atreve a insistir.

Jesús va delante, completamente solo… Los otros van detrás, mohínos, en dos grupos.
Luego Pedro, no sabiendo resistir más, se acerca a Jesús.

-Maestro, ¿me aceptas aquí? -pregunta un poco apesadumbrado.

-Siempre me eres grato, Simón. Ven.

Pedro se tranquiliza. Camina con paso forzado al lado de Jesús, que con sus largos pasos recorre mucho camino fácilmente. Al poco rato dice:

-Maestro… ¡qué bonito si hubiéramos traído con nosotros al niño para la fiesta…!
Jesús no responde.

-Maestro, ¿por qué no me das esta satisfacción?
-Simón, te estás arriesgando a que te quite el niño.

-¡No! ¡Señor! ¿Por qué?
Pedro está aterrorizado por la amenaza y desolado.
-Porque no quiero que estés atado a nada. Te lo dije cuando te concedí a Margziam. Tú, sin embargo, te estás encallando en este afecto.

-No es pecado amar. Y amar a Margziam… Tú también lo quieres…

-Pero este amor no me impide darme enteramente a mi misión. ¿No tienes presentes mis palabras sobre los afectos humanos?, ¿mis consejos -tan claros que son órdenes -acerca de quien quiere poner la mano en el arado? ¿Te estás cansando, Simón de Jonás, de ser heroicamente mi discípulo?

Pedro responde con voz ronca de llanto:
-No, Señor. Tengo presente todo y no estoy cansado. Me da la impresión de que sea lo contrario… Que Tú estés cansado de mí, del pobre Simón que ha dejado todo por seguirte…

-Que ha hallado todo siguiéndome, querrás decir.
-No… Sí… Maestro… Yo soy un pobre hombre…
-Lo sé. Precisamente por eso te labro. Para hacer del pobre hombre un hombre, y de éste un santo, mi Apóstol, mi Piedra. Soy duro para hacerte duro. No quiero que seas blando como este fango, sino un bloque escuadrado, perfecto: la Piedra de base. ¿No comprendes que esto es amor? ¿No recuerdas lo que dice el Sabio? Dice que quien ama es severo. ¡Pero compréndeme, hombre! ¡Compréndeme tú, al menos! ¿No ves cómo estoy agobiado, desolado por tantas incomprensiones, por demasiadas simulaciones, por la mucha indiferencia, y por las aún más numerosas desilusiones?

-¿Te sientes… te sientes así, Maestro? ¡Oh! ¡Divina Misericordia! ¡Y yo sin darme cuenta! ¡Pero qué animal soy!… Pero, ¿desde cuándo? ¡Por causa de quién? Dímelo…

-No se gana nada con decírtelo. No podrías hacer nada. Ni siquiera Yo puedo hacer nada…

-¿No podría hacer absolutamente nada para aliviarte?
-Ya te lo he dicho: comprender que mi severidad es amor. Ver el amor en todo acto mío respecto a ti.
-Sí, sí. Ya no hablo más. ¡Mi amado Maestro! Ya no hablo más. Perdona a este completo animal que soy. Dame una prueba de que realmente me perdonas…

-¡La prueba! Verdaderamente debería bastarte mi sí. De todas formas te doy la prueba. Mira: no puedo ir a Nazaret porque en Nazaret están Juan de Endor y Síntica además de Margziam, y no se debe saber.

-¡¿Ni siquiera nosotros? ¿Por qué?… ¡Ah! ¡¿Maestro?! ¡¿Maestro?! ¿Desconfías de alguno de nosotros?
-La prudencia enseña que cuando se debe guardar secreto de una cosa demasiado es que dos la sepan. Se puede hacer daño también con una palabra dicha a la ligera. Y no todos ni siempre sois reflexivos.

-Es verdad… no lo soy tampoco yo. Pero cuando quiero sé callar. Y en este caso callaré. ¡Sin duda callaré! Dejaré de ser Simón de Jonás si no sé callar! Gracias, Maestro, por tu estima. Esto sí que es una gran prueba de amor… ¿Entonces ahora vamos a Tariquea?

-Sí. Luego a Magdala con las barcas. Tengo que retirar el oro de las joyas…
-¡Ves como sé guardar silencio! ¡No le he dicho nada a Judas, eh!

Jesús no comenta la interrupción. Continúa:
-Una vez que haya retirado el oro, os dejo a todos libres hasta el día de las Encenias. Si necesito a alguno de vosotros, os llamo para que vayáis a Nazaret. Los judíos, excepto Simón Zelote, acompañarán a las hermanas de Lázaro y a sus criadas, más Elisa de Betsur, a la casa de Betania. Luego irán para las Encenias a sus casas. Me bastará con que estén de regreso para el final de Sabat; entonces reanudaremos la marcha. Esto lo sabes tú sólo, ¿verdad, Simón Pedro?

-Lo sé yo sólo. Pero… de todas formas, tendrás que decirlo…
-Lo diré en su momento. Ahora regresa con los compañeros y estáte seguro de mi amor.

Pedro obedece contento, y Jesús se vuelve a ensimismar en sus pensamientos.

Las olas se rompen contra la playita de Magdala, cuando las dos barcas tocan tierra al caer de una tarde del mes de Noviembre. No son olas grandes. En todo caso, son molestas para quien desembarca, porque los vestidos se mojan. Pero la perspectiva del ya próximo alojamiento en casa de María de Magdala hace soportar sin refunfuños el no deseado baño.

-Poned en seguro las barcas y luego nos alcanzáis -dice Jesús a los mozos. Y, enseguida, se pone en camino siguiendo el litoral, porque han desembarcado en una pequeña ensenada que está un poco fuera de la ciudad y en la que hay otras barcas de pescadores de Magdala.

-Judas de Simón y Tomás, venid aquí conmigo -llama Jesús. Los dos van sin demora. -He decidido daros un encargo de confianza y, al mismo tiempo, una alegría. El cometido es éste: que acompañéis a las hermanas de Lázaro a Betania. Y, con ellas, a Elisa. Os estimo lo suficiente como para confiaros las discípulas. Aprovecharéis para llevar una carta mía a Lázaro. Luego, una vez cumplido este cometido, iréis a vuestras casas, para las Encenias… No interrumpas, Judas. Todos pasaremos las Encenias en nuestra casa, este año. Es un invierno demasiado lluvioso para poder viajar.

Como podéis ver, incluso los enfermos son más escasos. Por tanto, aprovecharemos de ello para descansar y dar una satisfacción a nuestras familias. Os espero en Cafarnaúm para el final de Sabat.

-¿Pero vas a estar en Cafarnaúm? -pregunta Tomás.

-No estoy todavía seguro de dónde voy a estar. En un sitio o en otro, para mí es igual. Basta con tener cerca a mi Madre.
-Yo prefería pasar las Encenias contigo -dice el Iscariote.

-Te creo. Pero, si me amas, obedece; mucho más, considerando que vuestra obediencia os proporcionará la manera de ayudar a los discípulos que se han vuelto a esparcir por todas partes. ¡Sí que tenéis que ayudarme en esto! En las familias los hijos mayores son los que ayudan a los padres en la formación de los hijos menores. Vosotros sois los hermanos mayores de los discípulos, que son los menores, y os debéis sentir contentos de que Yo me ponga en vuestras manos. Ello es señal de que he quedado contento de vuestra reciente actuación.

Tomás dice sencillamente:

-Demasiado bueno, Maestro. Pero, por lo que a mí respecta, trataré de hacer las cosas ahora todavía mejor. De todas formas, siento dejarte… Bueno… pasará pronto… Y mi anciano padre se sentirá contento de tenerme para la fiesta… y también mis hermanas… ¿Y mi hermana gemela?… Debe haber tenido un niño, o estará para tenerlo… Mi primer sobrino… Si es varón y nace cuando estoy yo, ¿qué nombre le pongo?

-José.
-¿Y si es niña?
-María. No hay nombres más dulces.

Judas, sin embargo, orgulloso del encargo recibido, ya
está pavoneándose y haciendo proyectos, y más proyectos… Se ha olvidado completamente de que se aleja de Jesús, mientras que, poco tiempo antes (hacia los Tabernáculos, si bien recuerdo), había protestado como un potro salvaje ante la disposición de Jesús de separarse de Él por un tiempo. Pierde también de vista completamente la sospecha de entonces de que era un deseo de Jesús de apartarlo. Todo lo olvida… y está contento de ser considerado una persona a la que se le pueden confiar cometidos delicados.

Promete:
-Te traeré mucho dinero para los pobres -y, mientras, saca la bolsa y dice: «Toma éstos. Es todo lo que tenemos. No tengo más. Tú dame el viático para nuestro viaje de Betania a nuestra casa.

-Pero no partimos esta noche -objeta Tomás.
-No importa. En casa de María no hace falta más dinero, por tanto… Bien contento estoy de no tener más dinero que manejar… Cuando vuelva le traeré a tu Madre semillas de flores. Se las pediré a mi madre. Quiero también traer un regalo a Margziam… -Judas está exaltado. Jesús lo mira…

Ya llegan a la casa de María de Magdala. Se dan a conocer y entran todos. Las mujeres acuden llenas de alegría al encuentro del Maestro, que ha venido a alojarse en su hogar.

Después de la cena, cuando ya los apóstoles, cansados, se han retirado, Jesús, sentado en el centro de una sala, rodeado por el círculo de las discípulas, comunica a éstas su deseo de que partan cuanto antes. Al contrario de los apóstoles, ninguna de ellas protesta. Inclinan la cabeza en señal de asentimiento y salen para preparar sus equipajes.

Jesús llama a la Magdalena cuando está para atravesar el umbral de la puerta. -¿Entonces, María? ¿Por qué me has susurrado a mi llegada: "Tengo que hablarte en secreto"?
-Maestro, he vendido las piedras preciosas. En Tiberíades. Las ha vendido Marcela con la ayuda de Isaac. Tengo la suma en mi habitación. No he querido que Judas viera nada… -y se pone muy colorada.

Jesús la mira fijamente, pero no dice nada.
La Magdalena sale… y vuelve con una pesada bolsa y se la da a Jesús.

-Aquí tienes ̀ dice -Las han pagado bien.
-Gracias, María.
-Gracias, Rabbuní, por haberme pedido este favor. ¿Deseas pedirme alguna cosa más?…

-No, María. Y tú, ¿tienes algo más que decirme?
-No, Señor. Bendíceme, Maestro mío.
-Sí. Te bendigo… María… ¿estás contenta de volver donde Lázaro? Imagínate que Yo ya no estuviera en Palestina. ¿Volverías gustosa a casa, entonces?

-Sí, Señor. Pero…
-Termina, María. No tengas miedo nunca de manifestarme lo que piensas.

-Pero estaría más contenta de volver a casa si en vez de Judas de Keriot viniera Simón el Zelote, gran amigo de familia.

-Lo necesito para una seria misión.
-Entonces tus hermanos, o Juan, de corazón de paloma. Bueno, todos menos él… Señor no me mires con severidad… Quien se ha alimentado de lujuria siente su proximidad… No la temo. Sé controlar a alguien que supera ampliamente a Judas. Es mi terror a no ser perdonada, es mi yo, es Satanás, que ciertamente da vueltas en torno a mí, es el mundo… Pero si María de Teófilo no tiene miedo de ninguno, María de Jesús siente repulsa por el vicio que la había subyugado, y la… Señor… El hombre que brega por la carnalidad me da asco…

-No estás sola en el viaje, María. Y contigo estoy seguro de que no se volverá para atrás… Ten presente que debo proveer para la partida de Síntica y Juan para Antioquía, y que ello no debe saberlo quien es un imprudente…

-Es verdad. Iré entonces… Maestro, ¿cuándo nos volveremos a ver?

-No lo sé, María. Quizás no antes de la Pascua. Ve en paz ahora. Te bendigo esta noche y todas las noches, y, contigo, a tu hermana y al buen Lázaro.

María se agacha para besar los pies de Jesús y sale, dejando solo a Jesús en la silenciosa habitación.

301- Ola de las frentes destronadas y explicación de la parábola sobre lo no puro

Jesús regresa solamente a Endor. Se detiene en la primera casa del pueblo, que es más un aprisco que una casa; pero, precisamente por serlo, con establos bajos, cerrados, colmados de heno, puede alojar a los trece peregrinos. El dueño, un hombre rudo pero bueno, se apresura a llevar una lámpara y un pequeño cubo de leche espumosa, y unos panes muy oscuros.

Luego se retira, con la bendición de Jesús, que se queda sólo con los doce apóstoles. Jesús ofrece el pan y lo distribuye. A falta de escudillas o tazas, cada uno moja sus rebanadas de pan en el cubo y, cuando tiene sed, bebe directamente de él. Jesús sólo bebe un poco de leche. Está serio, silencioso… Tanto que, acabada la comida, saciada el hambre que en los apóstoles nunca falta, terminan por darse cuenta de su mutismo.

Andrés es el primero que pregunta:
-¿Qué te sucede, Maestro? Te veo triste o cansado…
-No niego que lo esté.

-¿Por qué? ¿Por esos fariseos? Pues si ya deberías estar acostumbrado a ellos… ¡Casi, casi que me he acostumbrado yo que…! Ya sabes cómo era yo las primeras veces con ellos. ¡Cantan siempre la misma canción!… La verdad es que las serpientes sólo pueden silbar; jamás ninguna logrará imitar el canto del ruiseñor. Se termina por no hacer caso -dice Pedro, parte convencido, parte queriendo liberar de preocupaciones a Jesús.

-Así es como se pierde el control y se cae en sus roscas. Os ruego que no os habituéis nunca a las voces del Mal como si fueran voces inocuas.

-¡Ah, sí! Pero no deberías estar triste, si es sólo por eso. Ya ves cómo te ama el mundo -dice Mateo.

-¿Pero es sólo por eso por lo que estás triste de esa forma? Dímelo, Maestro bueno. ¿O es que te han referido mentiras, o te han insinuado calumnias, o sospechas, o qué sé yo… respecto a nosotros, que te queremos? -pregunta presuroso y lisonjero el Iscariote, pasando un brazo por detrás de Jesús, que está sentado en el heno a su lado.

Jesús vuelve la cara en la dirección de Judas. Sus ojos emanan un relámpago fosfórico a la luz trémula de la lámpara colocada en el suelo, en medio del círculo de los que están sentados en el heno dispuesto como bajo asiento en redondel. Jesús mira muy fijamente a Judas de Keriot, y mirándolo, le pregunta:

-¿Y me crees tan necio como para recibir como verdaderas las insinuaciones de cualquiera, hasta el punto de preocuparme por ellas? Son las realidades, Judas de Simón, las que me preocupan -y su mirada no deja ni un momento de hincarse, derecha como un calador, en la pupila oscura de Judas.

-¿Qué realidades te turban, entonces? -pregunta seguro el Iscariote.
-Las que veo en el fondo de los corazones y leo en las frentes destronadas.
Jesús marca mucho esta palabra.

Todos se agitan:

-¿Destronadas? ¿Por qué? ¿Qué quieres decir?
-Un rey pierde el trono cuando es indigno de permanecer en él. Lo primero que se le quita es la corona que tiene en su frente como en el lugar más noble del hombre, único animal que -siendo animal como materia, pero sobrenatural como ser dotado de alma -tiene la frente erguida hacia el cielo. Pero no es necesario ser rey con un trono terreno para poder ser destronados. Todo hombre es rey por el alma y su trono está en el Cielo.

Pero cuando un hombre prostituye su alma y viene a ser un animal, y viene a ser un demonio, entonces pierde el trono. El mundo está lleno de frentes destronadas, que ya no están erguidas hacia el Cielo, sino agachadas hacia el Abismo, gravadas con la palabra que en ellas ha esculpido Satanás.

¿Queréis saber qué palabra es? Es la que leo en las frentes. Está escrito en ellas: "¡Vendido!". Y, para que no tengáis dudas acerca de quién es el comprador, os digo que es Satanás, en sí mismo y en los siervos que tiene en el mundo».

-¡Comprendo! Esos fariseos, por ejemplo, son siervos de un siervo que está por encima de ellos y que a su vez es siervo de Satanás -dice convencido Pedro.
Jesús no rebate.

-Pero, ¿sabes, Maestro, que esos fariseos, cuando han oído tus palabras, se han marchado escandalizados? Al salir se han chocado conmigo y lo decían… Has estado muy tajante -observa Bartolomé.

Y Jesús replica:

-Pero muy verdadero. Si se tienen que decir estas cosas, es culpa de ellos, no mía. Es más, decirlas es un acto de caridad por mi parte. Toda planta que no haya plantado mi Padre celeste debe ser arrancada; y plantas no plantadas por Él es el improductivo brezal de parásitas hierbas, sofocantes, espinosas, que ahogan la semilla de la Verdad santa.

Caridad es extirpar las tradiciones y preceptos que ahogan el Decálogo, lo enmascaran, hacen de él una cosa ineficaz e imposible de ser observado. Para las almas honestas, es caridad hacerlo.

Respecto a ésos, a los alteros obstinados, cerrados a toda acción y consejo del Amor, dejadlos; que los sigan los que por corazón y por tendencias son semejantes a ellos. Son ciegos, guías de ciegos. Si un ciego guía a otro ciego, por fuerza caerán los dos en la fosa. Dejadlos que se nutran de esas cosas contaminadas a las que dan el nombre "pureza"; ya no pueden contaminarlos más, porque lo único que hacen es colocarse bien en la matriz de que provienen.

-Esto que dices ahora empalma con cuanto dijiste en casa de Daniel, ¿no es verdad? Que no es lo que entra en el hombre lo que contamina, sino lo que sale del hombre» pregunta, pensativo, Simón el Zelote.

-Sí -dice escuetamente Jesús.
Pedro, después de un silencio, porque la seriedad de Jesús congela hasta el carácter más exuberante, solicita:

-Maestro, yo -y no sólo yo -no he comprendido bien la parábola. Explícanosla un poco. ¿Cómo es que lo que entra no contamina y lo que sale contamina? Yo, si tomo un ánfora limpia y meto en ella agua sucia, la ensucio. Por tanto, lo que entra en el ánfora la ensucia. Pero si de un ánfora llena de agua pura arrojo agua al suelo, no ensucio el ánfora, porque del ánfora sale agua pura. ¿Y entonces?

Y Jesús:
-Nosotros no somos ánforas, Simón. No somos ánforas, amigos. ¡Y en el hombre no todo es puro! ¿Entonces también vosotros estáis sin inteligencia? Reflexionad sobre el caso que esgrimían contra vosotros los fariseos. Vosotros, decían, os contaminabais porque llevabais alimento a vuestra boca con manos polvorientas, sudadas… bueno, sin lavar. Pero, ¿esa comida a dónde iba? De la boca al estómago, de éste al vientre, del vientre a la cloaca.

¿Podrá, pues, portar impureza a todo el cuerpo, y a lo que en él está contenido, pasando sólo por el canal a ello destinado, cumpliendo su oficio de nutrir a la carne, sólo a ella, para terminar, como conviene, en una cloaca? ¡No es esto lo que contamina al hombre! Lo que contamina al hombre es lo que es suyo, únicamente suyo, aquello que suyo ha engendrado y dado a la luz. O sea, aquello que tiene en el corazón y del corazón sube a los labios y a la cabeza y corrompe el pensamiento y la palabra y contamina a todo el hombre. Del corazón vienen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los robos, los falsos testimonios y las blasfemias.

Del corazón vienen avaricias, lujurias, soberbias, envidias, iras, apetitos intemperados, ocios pecaminosos. Del corazón viene el fómite de las distintas acciones; si el corazón es malo, malas serán éstas como el corazón.

Todas las acciones: desde los actos de idolatría a las murmuraciones insinceras…

Todas estas cosas malas que van del interior hacia afuera contaminan al hombre, no el comer sin lavarse las manos.

La ciencia de Dios no es cosa del suelo, lodo para ser pisado por todo pie; es algo sublime, que habita en las regiones de las estrellas, de donde desciende con rayos de luz para informar de sí a los justos.

No queráis, vosotros al menos, arrancarla de los cielos para envilecerla en el fango… Id a descansar ahora. Yo salgo para orar.

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