por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
La hora del incienso
Pedro entra en el recinto del Templo, en funciones de padre, con aspecto verdaderamente solemne; lleva de la mano a Yabés. Camina con tanta gallardía, que hasta parece más alto.
Detrás, en grupo, todos los demás. Jesús va el último, ocupado en una animada conversación con Juan de Endor, al cual parece que le da vergüenza entrar en el Templo.
Pedro pregunta a su pupilo:
-¿Has venido aquí alguna vez?
-Cuando nací, padre; pero no me acuerdo -o cual hace reír de satisfacción a Pedro, que repite la respuesta a los compañeros, y éstos se echan a reír también, y dicen, con bondad y perspicacia:
-Quizás es que dormías y por eso… -o: «Estamos todos como tú. No nos acordamos de cuando vinimos aquí recién nacidos».
Igualmente hace Jesús con su protegido, y recibe una respuesta análoga (poco más o menos). Juan de Endor, en efecto, dice:
-Éramos prosélitos. Vine en brazos de mi madre, precisamente en una Pascua, porque nací a principios de Adar; mi madre -era de Judea -se puso en viaje en cuanto pudo, para ofrecer dentro del tiempo establecido a su hijo varón al Señor… Quizás demasiado prematuramente… De hecho, enfermó y no volvió a recuperar la salud. Yo tenía menos de dos años cuando me quedé sin madre; fue la primera desventura de mi vida. Pero, siendo su primogénito -unigénito, por su enfermedad -, se sentía orgullosa de morir por haber obedecido a la Ley. Mi padre me decía: "Ha muerto contenta por haberte ofrecido al Templo"… ¡Pobre madre mía! ¿Qué ofreciste?: un futuro asesino…
-Juan, no digas eso. Entonces eras Félix, ahora eres Juan. Ten siempre presente la gran gracia que Dios te ha donado, eso sí; pero que no te desaliente ya más lo que fuiste… -¿No volviste ninguna vez al Templo?
-¡Sí, sí, a los doce años! Y, a partir de entonces, siempre, mientras… mientras pude hacerlo… Después, aun pudiendo venir, ya no volví, porque… bueno, ya te he dicho cuál era mi único culto: el Odio. Incluso por este motivo no me atrevo a entrar aquí. Me siento extranjero en la Casa del Padre… Lo he abandonado durante demasiado tiempo…
-Tú vuelves al Templo de mi mano, y soy el Hijo del Padre; si Yo te conduzco ante el altar es porque sé que todo está perdonado.
Juan de Endor siente una brusca convulsión de llanto, y dice:
-Gracias, Dios mío.
-Sí, da gracias al Altísimo. ¿Ves cómo tu madre, una verdadera israelita, tenía espíritu profético? Eres el varón consagrado al Señor, y que no será rescatado. Eres mío, eres de Dios, discípulo y, por tanto, futuro sacerdote de tu Señor en la nueva era y religión que de mí recibirán el nombre. Yo te absuelvo de todo, Juan. Camina sereno hacia el Santo. En verdad te digo que entre los que viven en este recinto hay muchos más culpables que tú, más indignos que tú, de acercarse al altar…
Pedro, entretanto, se las ingenia para explicarle al niño las cosas más dignas de relieve en el Templo, y pide ayuda a los otros más cultos, especialmente a Bartolomé y a Simón, porque, siendo ancianos, se encuentra a gusto con ellos en su papel de padre.
En esto, ya ante el gazofilacio para hacer las ofrendas, los llama José de Arimatea.
-¿Estáis aquí? ¿Cuándo habéis llegado? -dice después de los recíprocos saludos.
-Ayer por la tarde.
-¿Y el Maestro?
-Está allí, con un discípulo nuevo. Ahora vendrá.
José mira al niño y le pregunta a Pedro:
-¿Un sobrinito tuyo?
-No… sí. Bueno, quiero decir que, nada en cuanto a la sangre mucho en cuanto a la fe, todo en cuanto al amor.
-No te comprendo…
-Un huerfanito… por tanto, nada en cuanto a la sangre. Un discípulo… por tanto, mucho en cuanto a la fe. Un hijo… por tanto, todo en cuanto al amor. El Maestro lo ha recogido… y yo le doy mi cariño. Debe alcanzar la mayoría de edad en estos días…
-¿Tan pequeño y ya doce años?
-Es que… bueno, ya te lo contará el Maestro… José, tú eres bueno, uno de los pocos buenos que hay aquí dentro… Dime, ¿estarías dispuesto a ayudarme en esta cuestión? Ya sabes… lo presento come si fuera mi hijo, pero soy galileo y tengo una fea lepra…
-¿Lepra?! -exclama y pregunta aterrorizado José, separándose.
-¡No tengas miedo!… Mi lepra es la de ser de Jesús: la más odiosa para los del Templo, salvo pocas excepciones.
-¡No, hombre, no; no digas eso!
-Es la verdad y hay que decirla… Por tanto, temo que se comporten cruelmente con el pequeño por causa mía y de Jesús. Además, no sé qué conocimientos tendrá de la Ley, la Halasia, la Haggada y los Midrasiots. Jesús dice que sabe mucho…
-¡Bueno, pues si lo dice Jesús, entonces no tengas miedo!
-Aquéllos… con tal de amargarme…
-¿Quieres mucho a este niño, ¿eh!? ¿Lo llevas siempre contigo?
-¡No puedo!… Yo estoy siempre en camino; él es pequeño y frágil…
-Pero iría contigo con gusto… -dice Yabés, que, con las caricias de José, está más tranquilo.
Pedro rebosa de alegría… Pero añade:
-El Maestro dice que no se debe, y no lo haremos. De todas formas, nos veremos… José, ¿me vas a ayudar?
-¡Claro, hombre! Estaré contigo. Delante de mí no harán injusticias. ¿Cuándo? ¡Oh, Maestro! ¡Dame tu bendición!
-Paz a ti, José. Me alegro de verte; y, además, saludable.
-También yo, Maestro. Los amigos se alegrarán de verte.
¿Estás en Getsemaní?
-Estaba. Después de la oración voy a Betania.
-¿A casa de Lázaro?
-No, donde Simón. Tengo también allí a mi Madre y a la madre de mis hermanos y a la de Juan y Santiago. ¿Irás a verme?
-¿Lo preguntas? Será una gran alegría y un gran honor. Te lo agradezco. Iré con muchos amigos…
-¡Prudente, José, con los amigos!… -aconseja Simón Zelote.
-¡No, hombre… ya los conocéis! Es verdad que la prudencia dice: “Que no oiga el aire". Pero, cuando los veáis,
-Entonces…
-Maestro, Simón de Jonás me estaba hablando de la ceremonia del niño. Has llegado cuando estaba preguntando cuándo pensáis llevarla a cabo. Quiero estar presente también yo.
-El miércoles que precede a la Pascua. Quiero que celebre su Pascua ya como hijo de la Ley.
-Muy bien. Comprendido. Iré a recogeros a Betania. Pero antes, el lunes, iré con los amigos.
-De acuerdo, no se hable más.
-Maestro, te dejo. La paz sea contigo. Es la hora del incienso.
-Adiós, José. La paz sea contigo. Ven, Yabés, que es la hora más solemne del día. Hay otra análoga por la mañana, pero ésta es todavía más solemne. El día empieza con la mañana: justo es que el hombre bendiga al Señor para que el Señor lo bendiga durante todo el día en todas sus obras. Pero al atardecer es aún más solemne: declina la luz, cesa el trabajo, llega la noche. La luz que declina recuerda la caída en el mal, y verdaderamente las acciones de pecado se producen generalmente por la noche. ¿Por qué?
Porque el hombre ya no está ocupado en el trabajo y más fácilmente se ve envuelto por el Maligno, que proyecta sus propuestas y pesadillas. Bueno es, por tanto, después de haberle agradecido a Dios su protección durante el día, elevarle nuestra súplica para que se alejen de nosotros los fantasmas de la noche y las tentaciones. La noche con su sueño, símbolo de la muerte…
Dichosos aquellos que, habiendo vivido con la bendición del Señor se duermen no en las tinieblas sino en una fúlgida aurora. El sacerdote ofrece el incienso por todos nosotros, ora por todo el pueblo, en comunión con Dios, y Dios le confía su bendición para que la imparta al pueblo de sus hijos. ¿Te das cuenta de lo grande que es el ministerio del sacerdote?
-Yo quisiera… Me sentiría todavía más cerca de mi madre…
-Si eres siempre un buen discípulo e hijo de Pedro, lo serás. Mas ahora ven; mira, las trompetas anuncian que ha llegado la hora. Vamos con veneración a alabar a Yeohveh.
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
La mayor parte de la mañana del sábado ha estado ocupada en dejar descansar a los cansados cuerpos y en arreglar la ropa, polvorienta y arrugada por el viaje. En las vastas cisternas del Getsemaní -colmadas de agua de lluvia -y en el Cedrón verdadera sinfonía entre los cantos, espumoso, lleno, por los chaparrones de los últimos días -hay tanta agua que es una verdadera incitación. Uno tras otro, los peregrinos, desafiando el fresco, bajan a zambullirse en el torrente; luego se ponen vestidos nuevos, de los pies a la cabeza, y, con el pelo todavía un poco tieso por las rociadas del torrente, van a sacar agua de las cisternas y la vierten en unas pilas grandes donde tienen la ropa, separada por colores.
-¡Bien! ¡Bien! -dice Pedro contento -Ahí se purgará y María la podrá lavar con menos esfuerzo -Supongo que es la mujer que está en Getsemaní.
-Pequeñuelo, tú eres el único que no puede ponerse vestidos nuevos. Pero mañana…
En efecto, el niño tiene una tuniquita limpia que ha sacado de su talego (tan pequeño, que le podría ir bien a una muñeca), pero está aún más descolorida y rota que la otra. Pedro observa, preocupado, la túnica, diciendo en tono apenas perceptible:
-¿Cómo lo llevo así a la ciudad? Estoy por dividir en dos mi manto… con un manto se taparía todo.
Jesús oye este soliloquio paterno y dice:
-Ahora es mejor que descanse. A1 atardecer iremos a Betania…
-Quiero comprarle la túnica. Se lo he prometido.
-Lo harás. Ciertamente. Pero es mejor pedirle a mi Madre su opinión. Ya sabes… las mujeres… están más dotadas que nosotros para las compras… además, será una satisfacción para Ella ocuparse de un niño… ¿Iréis juntos!
El apóstol se siente raptado al séptimo cielo por la idea de ir con María a comprar. No sé si Jesús ha expresado todo lo que piensa o si se reserva una parte (es decir, que su Madre tiene un gusto más fino que evitaría desentonos de colores horrendos); comoquiera que sea, obtiene el fin sin que su Pedro se sienta humillado.
Se diseminan por el olivar, muy hermoso en este sereno día abrileño. La lluvia de los días precedentes parece haber plateado los olivos y sembrado la tierra de flores, de tanto como resplandecen al sol las frondas, de tantas florecillas como hay al pie de los olivos. Los pájaros cantan y vuelan por todas partes.
No se ve el bullir de gente, pero sí las caravanas que se dirigen hacia la Puerta de los Peces -y hacia otras puertas cuyo nombre desconozco -, desde el lado este. La ciudad se las traga como si fuera un famélico vientre.
Jesús pasea y observa a Yabés, que está jugando, alegre, con Juan y los más jóvenes. También Judas Iscariote -ya se le ha pasado el enojo de ayer -está alegre y juega. Los más mayores observan sonriendo.
-¿Qué dirá tu Madre de este niño? -pregunta Bartolomé.
-Yo digo que dirá: "Está muy delgado"-dice Tomás.
-¡No! Dirá: "¡Pobre niño!" -responde Pedro.
-No, lo que dirá es: "Me alegro de que lo quieras" -objeta Felipe.
-La Madre no lo pondría nunca en duda. Yo creo que no hablará. Lo estrechará contra su corazón -dice Simón el Zelote.
-¿Y Tú, Maestro, qué dices que dirá?
-Hará lo que habéis dicho, pero lo pensará y lo dirá sólo en su corazón; al besarlo no dirá sino: "¡Bendito seas!", y lo cuidará como si fuera un pajarillo caído del nido.
Escuchad. Un día me habló de cuando era pequeñita. Todavía no tenía tres años, pues no estaba aún en el Templo, y ya se le rompía el corazón de amor y exhalaba, cual flor y aceituna, aplastada o rota en la prensa, todos sus óleos y perfumes.
En un delirio de amor, le decía a su madre que quería ser virgen para agradar más al Salvador, pero que querría ser pecadora para poder ser salvada, y casi lloraba porque su madre no la entendía y no sabía darle la solución para ser la "pura" y la "pecadora" al mismo tiempo. Le trajo la paz su padre, con un pajarillo que había salvado del peligro que corría en el borde de una fuente: le contó la parábola del pajarillo, diciéndole que Dios la había salvado anticipadamente y que, por tanto, Ella debía bendecirlo por doble motivo.
Y la pequeña Virgen de Dios, la grandísima Virgen María, ejercitó su primera maternidad espiritual hacia ese pajarillo caído del nido, y lo echó a volar cuando fue fuerte; este pajarillo no dejó ya jamás el huerto de Nazaret, consoló con sus vuelos y trinos la casa triste y los corazones tristes de Ana y Joaquín cuando María fue al Templo; murió poco antes de que expirase Ana: había concluido su misión.
Mi Madre se había consagrado a la virginidad por amor, pero, siendo criatura perfecta, poseía en su sangre y en su espíritu la maternidad; porque la mujer está hecha para ser madre, y comete aberración cuando se hace sorda a este sentimiento, que es amor de segunda potencia…
Poco a poco se han ido acercando también los demás.
-¿Qué quieres decir, Maestro, con "amor de segunda potencia"? -pregunta Judas Tadeo.
-Hermano mío, hay muchos amores, y de distintas potencias. Está el amor de primera potencia: el que se da a Dios. Luego, el amor de segunda potencia: el materno, o paterno.
Porque, si el primero es enteramente espiritual, éste es en dos partes espiritual y en una carnal se mezcla, sí, el sentimiento afectivo humano, pero predomina lo superior, porque un padre o una madre, sana y santamente tales, no dan sólo alimento y caricias a la carne de su hijo, sino que también nutren y aman su mente y su espíritu. Es tan cierto esto que estoy diciendo, que, quien se consagra a la infancia -aunque sólo fuere para instruirla -termina por amarla como si fuera su propia carne.
-Efectivamente yo quería mucho a mis discípulos -dice Juan de Endor.
-Debías ser un buen maestro… lo veo por cómo te comportas con Yabés.
El hombre de Endor, sin hablar, se inclina a besar la mano de Jesús.
-¡Sigue, te lo ruego, tu clasificación de los amores! -dice Simón Zelote.
-Existe amor hacia la compañera: es amor de tercera potencia, porque es -me refiero también en este caso a los sanos y santos amores -mitad espíritu mitad carne. El hombre para su esposa es maestro y padre, además de esposo; la mujer para su esposo es ángel y madre, además de esposa. Éstos son los tres amores más elevados.
-¿Y el amor al prójimo? ¿No te estás equivocando? ¿O es que te has olvidado de él? -pregunta Judas Iscariote.
Los demás lo miran perplejos y… con fiereza por la observación que ha hecho.
Jesús, sin embargo, responde sereno:
-No, Judas. Pero observa lo que te digo. A Dios se le debe amar porque es Dios, por tanto, no es necesaria ninguna explicación para persuadir de este amor. Él es el que es, o sea, el Todo; el hombre (la nada que viene a ser partícipe del Todo por el alma infundida por el Eterno -sin ella el hombre sería uno de tantos animales brutos que viven sobre la faz de la tierra o en las aguas o en el aire -) debe adorar por deber y para merecer sobrevivir en el Todo, es decir, para merecer venir a ser parte del Pueblo santo de Dios en el Cielo, ciudadano de la Jerusalén que no conocerá profanación o destrucción algunas por los siglos de los siglos.
El amor del hombre, y especialmente de la mujer, a la prole tiene indicación de precepto en las palabras de Dios a Adán y Eva, después de bendecirlos, viendo que era "bueno" lo que había hecho, en un lejano sexto día, el primer sexto día de lo creado. Les dijo: "Creced y multiplicaos y poblad la tierra…".
Veo tu tácita objeción… Te respondo inmediatamente: puesto que en la creación, antes de la culpa, todo estaba regulado y basado sobre el amor, este multiplicarse de los hijos habría sido amor, santo, puro, poderoso, perfecto. Fue el primer mandamiento de Dios al hombre: "Creced, multiplicaos". "Amad, por tanto, después de mí, a vuestros hijos.” El amor como es ahora, el actual generador de los hijos, entonces no existía. La malicia no existía y, por tanto -porque va con ella -, tampoco la execrable hambre carnal. El hombre amaba a la mujer, y la mujer al hombre, naturalmente, pero no naturalmente según la naturaleza como nosotros la entendemos -o, mejor, como vosotros, hombres, la entendéis -, sino según la naturaleza de hijos de Dios, o sea, sobrenaturalmente. Muy dulces fueron los primeros días de amor entre los dos, hermanos -habían nacido de un Padre común -y, no obstante, esposos; de esos dos que amándose se miraban con sus inocentes ojos como dos gemelos en su cuna. El hombre sentía amor de padre hacia su compañera "hueso de sus huesos y carne de su carne" (como un hijo lo es para un padre). La mujer conocía la alegría de ser hija -por tanto, protegida por un amor muy elevado -, porque sentía que tenía en sí algo de aquel espléndido hombre que la amaba, con inocencia y angélico ardor, en los hermosos prados del Edén.
Luego, en el orden de los preceptos dados por Dios con una sonrisa a sus amados párvulos, viene aquel que el mismo Adán, dotado por la Gracia de una inteligencia sólo inferior a la de Dios, hablando de su compañera -y, en ella, de todas las mujeres -, decreta (el decreto del pensamiento de Dios, que se reflejaba límpido en el terso espejo del espíritu de Adán y que florecía en forma de pensamiento y de palabra): "El hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y los dos serán una carne sola".
De no haber existido los tres pilares de los amores que he mencionado, ¿habría podido, acaso, existir amor al prójimo? No, no hubiera podido existir. El amor a Dios hace a Dios amigo y enseña el amor; quien no ama a Dios, que es bueno, no puede ciertamente amar al prójimo que en su mayoría es defectuoso. Si no hubieran existido el amor conyugal y la paternidad en el mundo, no habría podido existir el prójimo, porque el prójimo está hecho de los hijos nacidos de los hombres. ¿Estás convencido de esto?
-Sí maestro. No había reflexionado.
-Efectivamente, es difícil remontarse al hontanar. El hombre está bien hincado ya desde hace siglos, milenios, en el fango, y el hontanar está en las cimas, muy alto. Además, el primero de los manantiales viene de una inmensa altura: Dios… No obstante, de la mano, os conduciré a los manantiales; sé dónde están…
-¿Y los otros amores? -preguntan al unísono Simón Zelote y el hombre de Endor.
-El primero de la segunda serie es el amor al prójimo. En realidad es el cuarto en potencia. Luego viene el amor a la ciencia. Después el amor al trabajo.
-¿Y basta?
-Basta.
-¡Hay otros muchos amores! -exclama Judas Iscariote.
-No. Lo que hay es otros apetitos, pero no son amores; son "desamores"; niegan a Dios y niegan al hombre; no pueden ser, por tanto, amores, porque son negaciones y la negación es odio.
-¡Si niego el consentimiento al mal es odio? -insiste Judas Iscariote.
-¡Pobres de nosotros! Eres más insidioso que un escriba.
¿Me quieres decir lo que te pasa? ¿Es culpa del aire fino de Judea, que te pinza los nervios como un calambre? -exclama Pedro.
-No. Me gusta instruirme y tener muchas ideas, y claras. Dado que has mencionado a los escribas, aquí es fácil hablar con ellos; no quiero quedarme corto de argumentos.
-¿Y piensas que vas a poder, en el momento en que te haga falta, extraer del saco en que estás acumulando esos trapajos la hilacha del color deseado? -pregunta Pedro.
-¿Trapajos las palabras del Maestro? ¡Blasfemas!
-No te me hagas el escandalizado. En su boca no hay trapajos, pero después de maltratarlas nosotros se transforman en eso. Pon un pedazo de valioso lino cendalí en manos de un niño… Pasado un rato, será un trapajo sucio y roto. Pues es lo mismo que nos pasa a nosotros… Ahora que, si pretendes pescar en el momento oportuno el pingajillo que necesitas, entre que es un pingajillo y que está sucio… pues… ¡en fin… no sé yo cuál va a ser el resultado!
-¡Tú no te metas, que son cosas mías!
-¡Ah!, ¡claro! Ten por seguro que no me voy a meter en tus cosas. ¡Tengo ya bastante con las mías! Y además, a fin de cuentas, me conformo con que no perjudiques al Maestro; porque, si lo hicieras, entonces me metería también en tus cosas…
-Cuando actúe mal, lo harás; pero eso no sucederá nunca porque sé actuar… No soy un ignorante…
-Yo lo soy, ya lo sé. Pero, precisamente porque lo sé, no acumulo lastre para, en su momento, exhibirlo, sino que me pongo en manos de Dios… y Dios me ayudará por amor a su Mesías, de quien soy el siervo más pequeño y más fiel.
-¡Todos somos fieles! -contrapone, arrogante, Judas.
-¡Malo! ¿Por qué ofendes a mi padre? Es ya mayor. Es bueno. No debes hacerlo. Eres un hombre malo. Me das miedo dice, severo, Yabés, rompiendo el atento silencio en que estaba.
-¡Y van dos! -exclama en voz baja Santiago de Zebedeo dándole con el codo a Andrés. A pesar de que haya hablado bajo, Judas lo ha oído.
-¿Ves, Maestro, como las palabras de aquel estúpido niño de Magdala han dejado huella? -dice Judas encendido de rabia.
-¡Pero no sería más bonito continuar la lección del Maestro, más bien que estar como chivos enojados?
-Pregunta el pacífico Tomás.
-Sí, claro. Maestro, síguenos hablando de tu Madre. ¡Es tan luminosa su infancia!: de reflejo hace vírgenes a nuestras almas. Y yo, pobre de mí, tengo mucha necesidad de ello! -exclama Mateo.
-¿Qué queréis que os diga… si son muchos los episodios, y a cuál más delicioso…!
-¿Te los ha contado Ella?
-Alguno sí, pero muchos más José, que me los contaba, siendo Yo niño, como los más bellos cuentos; y también Alfeo de Sara, que, siendo pocos años más mayor que mi Madre, fue amigo suyo durante los breves años en que Ella estuvo en Nazaret.
-¡Háblanos…! -dice Juan en tono suplicante.
Se han colocado todos en círculo, sentados a la sombra de los olivos; Yabés está en el centro, mirando fijamente a Jesús, como si fuera a escuchar una fábula paradisíaca.
-Os voy a narrar la lección de castidad que dio mi Madre, pocos días antes de entrar en el Templo, a su pequeño amigo y a muchos otros.
Aquel día se había casado un joven de Nazaret, pariente de Sara. -Joaquín y Ana también habían sido invitados a la boda, y con ellos la pequeña María, que, junto con otros niños, tenía el encargo de echar pétalos deshojados por el camino de la novia. Dicen que era una niña guapísima.
Todos se la disputaban después de la festiva entrada de la novia. Era muy difícil ver a María, porque pasaba mucho tiempo en casa (amaba más que cualquier otro lugar una pequeña gruta que incluso hoy día se sigue llamando "la gruta de su desposorio"). Así que, cuando se la veía, rubia, rosada, delicada, la anegaban en caricias. La llamaban "la flor de Nazaret", o "la perla de Galilea", o también "la paz de Dios", en memoria de un enorme arco iris que apareció improvisamente con su primer vagido. En efecto, era, y es, todo eso y más aún: es la Flor del Cielo y de la creación, es la Perla de: Paraíso, es la Paz de Dios… Sí, la Paz. Yo soy el Pacífico porque soy Hijo del Padre e hijo de María: la Paz infinita y la Paz suave.
Pues bien, aquel día todos querían besarla y tenerla en el regazo Entonces Ella, mostrándose reacia a besos y demás contactos, con delicada gravedad, dijo: "Por favor, no me chaféis". Creyeron que se refería a su vestido de lino, ceñido con una cinta azul en la cintura en los estrechos puños, en el cuello…; o a la pequeña guirnalda de florecillas azules con que Ana la había coronado para mantener sus leves ricitos. Entonces, le aseguraron que no le iban a chafar ni el vestido ni la guirnalda. Pero Ella, segura, mujercita de tres años, erguida, rodeada de un corro de adultos, dijo seria: "No me refiero a lo que se puede reparar. Estoy hablando de mi alma. Es de Dios y no quiere ser tocada sino por Dios". Objetaron: "Pero si te besamos a ti no a tu alma". Y Ella replicó: "Mi cuerpo es templo del alma y su sa-cerdote es el Espíritu; el pueblo no es admitido al recinto sacerdotal Por favor, no entréis en el recinto de Dios".
A Alfeo, que había superado ya los ocho años y que la quería mucho, le impresionó esta respuesta, y, al día siguiente, habiéndola encontrado junto a su pequeña gruta buscando flores, le preguntó "María, cuando seas mujer, ¿me querrías por esposo?" (todavía le duraba la emoción de la fiesta nupcial a la que había asistido).
Ella respondió: "Yo te quiero mucho, pero no te veo como hombre. Te diré un secreto: yo veo sólo las almas de los seres vivientes, y las amo mucho, con todo mi corazón. Y veo sólo a Dios como `verdadero Ser viviente' a quien ofrecerme". Bien, éste es un episodio.
-¡”Verdadero Ser viviente"! ¿Sabes que es profunda esa palabra? - exclama Bartolomé.
Y Jesús, humildemente y con una sonrisa:
-Era la Madre de la Sabiduría.
-¿Era?… ¿Pero no tenía tres años?
-Era. Yo vivía ya en Ella, siendo Dios en Ella, desde su concepción, en la Unidad y Trinidad perfectísima.
-Pero -y perdona si yo, culpable, oso hablar -, pero, ¡Joaquín y Ana sabían que era la Virgen predestinada?
-pregunta Judas Iscariote.
-No lo sabían.
-Y entonces, ¿cómo es que Joaquín dijo que Dios la había salvado anticipadamente? ¿No alude ello, acaso, a su privilegio respecto a la culpa?
-Alude a ello. Pero Joaquín prestaba su boca a Dios, como todos los profetas. Tampoco él comprendió la sublime verdad sobrenatural que el Espíritu había puesto en sus labios. Joaquín era un justo; tanto que mereció esa paternidad. Y era humilde. En efecto, no hay justicia donde hay soberbia. Él era justo y humilde. Consoló a su hija por amor de padre. En su sabiduría de sacerdote, la instruyó: que sacerdote era, siendo tutor del Arca de Dios. Como pontífice, la consagró con el título más dulce:
"La Sin Mancha". Día llegará en que otro sabio pontífice dirá al mundo: "Ella es la Concebida sin Mancha", y dará esta verdad al mundo de los creyentes, como artículo de fe irrebatible, para que en el mundo de entonces -que se irá hundiendo cada vez más en una neblinosa monotonía de herejías y vicios -resplandezca, ante la vista de todos, la Toda Hermosa de Dios, coronada de estrellas, vestida de rayos de luna (menos puros que Ella); la Reina de lo creado y del Increado, apoyada en los astros. Porque Dios-Rey tiene por Reina, en su Reino, a María.
-¿Entonces, Joaquín era profeta?
-Era un justo. Su alma dijo, como hace el eco, lo que Dios decía a su alma, por Dios amada.
-¿Cuándo vamos a ir a ver a esta Mamá, Señor? -pregunta con ojos anhelantes Yabés.
-Esta tarde, cuando la veas, ¿qué le vas a decir?
-¿Estaría bien: "Te saludo, Madre del Salvador"?
-Muy bien -confirma Jesús mientras lo acaricia.
-Pero, ¿no vamos a ir hoy al Templo? -pregunta Felipe.
-Iremos antes de salir para Betania. Y tú, ¿estarás aquí tranquilo, no?
-Sí, Señor.
La mujer de Jonás (el arrendatario del olivar), que lentamente se ha ido acercando, dice:
-¿Por qué no lo llevas contigo? Lo está deseando…
Jesús la mira fijamente y con insistencia, aunque sin decir nada. La mujer comprende, y lo manifiesta:
-¡Comprendo!… Creo que tengo todavía un pequeño manto, de Marcos. Voy a buscarlo -y, ligera, se ausenta.
Yabés, tirándole a Juan de una manga, dice:
-¿Serán severos los maestros?
A lo que Juan, confortándolo, contesta:
-¡No, hombre, no! No tengas miedo. Y, además, no es hoy. En pocos días, con la Madre, sabrás más que un doctor.
Los demás, que lo han oído, sonríen por la preocupación de Yabés.
-Pero, ¿quién va a presentarlo haciendo las veces de padre? -pregunta Mateo.
-Yo. ¡Es natural! A menos que lo quiera presentar el Maestro -dice Pedro.
-No, Simón, no lo haré Yo. Te dejo este honor.
-Gracias, Maestro. Pero… ¿vas a estar presente también Tú?
-Ciertamente. Todos estaremos presentes: es "nuestro" niño…
Vuelve María de Jonás con un manto color morado oscuro que todavía está en buenas condiciones. ¡Qué color! Ella misma lo dice:
-Marco no lo quiso usar nunca porque no le gustaba el color. ¡Mira tú éste! ¡Es atroz! Y el pobre Yabés, con esa tez suya tan aceitunada, dentro de ese morado violento, parece un ahogado. Pero él no se ve… y se siente feliz con ese manto con que cubrirse como una persona mayor…
-La comida está lista, Maestro. La criada ha sacado ya del asador el cordero.
-Vamos, entonces.
Y, bajando del lugar en que se encuentran, entran en la amplia cocina para comer.
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Jornada lluviosa. Pedro me parece un Eneas al revés, porque, en vez de cargar con su padre, lleva sobre sus hombros al pequeño Yabés, que va todo arropado en el manto del apóstol. Se ve sobresalir la cabecita por encima de la cabeza cana de Pedro, y los brazos del niño en torno al cuello. Pedro ríe, chapoteando en los charcos.
-Nos podía haber ahorrado este inconveniente -dice malhumorado Judas Iscariote, nervioso por el agua que viene del cielo y rebota contra el suelo y salpica los vestidos.
-¡Ya! ¡Se podrían ahorrar muchas cosas! -responde Juan de Endor, mirando fijamente con su único ojo -que creo que ve por dos -al guapo de Judas.
-¿Qué quieres decir?
-Quiero decir que es inútil pretender que los elementos sean delicados con nosotros, cuando nosotros no lo somos con nuestros semejantes, y además en materia mucho más grave que no dos gotas de agua o una salpicadura de barro.
-Cierto. Pero yo quiero entrar en la ciudad limpio y en orden; tengo muchas amistades, y además de alta categoría.
-Pues estáte atento a no caer.
-¿Me estás provocando?
-¡No, no! Pero es que soy veterano, como maestro… y como alumno. Llevo toda mi vida aprendiendo. Primero aprendí a vegetar, luego observé la vida, después conocí la amargura de la vida. Ejercité una justicia inútil, la del "solo" contra Dios y contra la sociedad: Dios me castigó con el remordimiento; la sociedad, con las cadenas. Con lo cual, el ajusticiado, en el fondo, fui yo. Finalmente, ahora, he aprendido, estoy aprendiendo, a "vivir". Así que, como comprenderás, por mi condición de maestro y de alumno, me viene natural repetir las lecciones.
-Pero yo soy el apóstol…
-Y yo un desgraciado, ya lo sé, y no debería permitirme enseñarte a ti. Pero, mira, nunca se sabe lo que puede uno ser el día de mañana. Tenía la idea de que moriría como un hombre honrado y un maestro respetado en Chipre, y vine a ser un homicida y un condenado a cadena perpetua. Cuando alzaba el cuchillo para vengarme, cuando arrastraba las cadenas odiando al universo, si me hubieran dicho que sería discípulo del Santo, habría dudado del estado mental de quien me lo hubiera dicho. Y, a pesar de todo… ya lo ves. Por eso, quién sabe, a lo mejor puedo darte alguna lección buena a ti, que eres apóstol; por mi experiencia, no por santidad, que esto último ni siquiera se me pasa por la mente.
-Tiene razón ese romano al llamarte Diógenes.
-Bien… sí. Pero Diógenes buscaba al hombre y no lo encontró; yo, sin embargo, más afortunado que él, encontré, sí, primero una serpiente donde creía que estaba la mujer y un cuco donde veía al hombre amigo, pero luego, tras haber vagado muchos años, ya enloquecido por este conocimiento, he encontrado al Hombre, al Santo.
-Yo no conozco otra sabiduría sino la de Israel.
-Si es así, ya tienes con qué salvarte; pero ahora tienes también la ciencia, o mejor, la sabiduría, de Dios.
-Es lo mismo.
-¡No, no! Sería como comparar un día neblinoso con uno lleno de sol.
-En definitiva, ¿quieres darme lecciones? Pues yo no me siento con ganas de ello.
-¡Déjame hablar! Al principio, hablaba a los niños: se distraían; luego a los espectros: me maldecían; luego a los pollos: eran mucho mejores que los dos primeros grupos, mucho mejores; ahora hablo conmigo mismo, porque todavía no puedo hablar con Dios. ¿Por qué quieres impedírmelo? Tengo la vista reducida a la mitad, la vida quebrada por el esfuerzo hecho en las minas, el corazón enfermo desde hace muchos años: deja, al menos, que mi mente no se vuelva estéril.
-Jesús es Dios.
-Lo sé, lo creo; más que tú, porque yo he renacido por obra suya, tú no. Pero, aunque Él sea el Bueno, es siempre Él, o sea, Dios, y ese pobre desgraciado que soy yo no se atreve a tratarlo con la familiaridad con que tú lo tratas. Le habla mi alma, pero los labios no se atreven; el alma… y creo que Él siente cómo llora de amor agradecido y penitente.
-Es verdad, Juan. Siento tu alma -Jesús entra en la conversación; Judas se pone colorado de vergüenza y el hombre de Endor de alegría -Es verdad, siento tu alma, como siento también el trabajo de tu mente. Bien has hablado. Cuando estés formado en mí, sacarás mucho beneficio de haber sido maestro y atento alumno. Habla, habla, aun contigo mismo…
Judas, impertinente, observa:
-Una vez, Maestro, además no hace mucho, me dijiste que uno no debe hablar con el propio yo.
-Es verdad, lo dije, pero era porque murmurabas con tu propio yo. Este hombre no murmura, medita, y con buen fin: no hace mal.
-¡En definitiva, que estoy en error!
Judas se muestra agresivo.
-No, lo que tienes es tedio en el corazón. Considera que no siempre puede haber cielo sereno. Los campesinos desean la lluvia y también es caridad orar para que llueva; también ella es caridad. Pero, mira, se ve un bonito arco iris, que describe su curva desde Atarot hasta Ramá. Hemos sobrepasado Atarot, la triste hoz ha quedado atrás, aquí ya todo está cultivado y ríe bajo este sol que rasga las nubes. Cuando lleguemos a Rama estaremos a treinta y seis estadios de Jerusalén. Aparecerá de nuevo ante nuestra vista tras ese collado, que señala el lugar del horrendo acto de lujuria cometido por los guibeítas. Tremenda cosa es que la carne haga presa, Judas…
Judas no responde, sino que se aleja chapoteando con ira en los charcos.
-¿Pero qué le pasa hoy a ése? -pregunta Bartolomé.
-Calla. Que no lo oiga Simón de Jonás. Evitemos cuestiones y…no amarguemos a Simón, que está muy contento con su niño.
-Sí, Maestro, pero eso no está bien, y se lo pienso decir.
-Es joven, Natanael. Tú también lo fuiste…
-Sí… pero… ¡No debe faltarte al respeto!
Sin querer, alza la voz. Acude Pedro enseguida:
-¿Qué pasa? ¿Quién falta al respeto? ¿El nuevo discípulo? -y mira a Juan de Endor, que se había retirado discretamente al comprender que Jesús estaba corrigiendo al apóstol, y que ahora está hablando con Santiago de Alfeo y Simón Zelote.
-No, ni por sueños. Es respetuoso como una niña.
-¡Ah!, ¡bien!, porque si no… peligraba su ojo.
Entonces… ¿entonces es Judas?
-Mira, Simón, ¿por qué no te ocupas de tu niño? Me lo has arrebatado, y ahora quieres meterte en una conversación amistosa entre mí y Natanael… ¿No te parece que quieres hacer demasiadas cosas?
La tranquilidad con que sonríe Jesús es tanta, que Pedro siente vacilar su juicio; mira a Bartolomé… mas éste tiene levantado su rostro aguileño al cielo… Pedro siente que se desvanece su sospecha. La vista de la Ciudad, ya cercana, visible en toda la belleza de sus colinas, olivares, casas, y, especialmente, del Templo; esta vista, que debía ser siempre fuente de emoción y de orgullo para los israelitas, acaba de distraerlo del todo.
El sol abrileño de Judea, bien fuerte, ha secado pronto el empedrado de la vía consular. Ahora es difícil encontrar un charco. Los apóstoles se aderezan al borde del camino: bajan las túnicas, pues las habían abolsado, se lavan los pies llenos de barro en un riachuelo de aguas claras, se ponen en orden el pelo, se cubren con sus mantos. Y lo mismo hace Jesús. Veo que todos hacen lo mismo.
La entrada en Jerusalén debía ser una cosa importante. Presentarse ante estos muros en tiempo de fiesta era como presentarse ante un soberano. La Ciudad santa era la "verdadera" reina de los israelitas; lo veo con claridad este año en que observo, en esta vía consular, las turbas y su comportamiento: los componentes de las distintas familias se disponen según un orden (las mujeres por su parte, solas, los hombres en otro grupo, los niños con uno u otro grupo, pero todos serios y, al mismo tiempo, tranquilos); algunos doblan el manto más usado y sacan otro, nuevo, de los fardos de viaje, o se cambian de sandalias; el paso se hace solemne, ya hierático; en cada grupo hay un solista que da el tono, se cantan himnos, los antiguos, gloriosos himnos de David… Y la gente se mira con más bondad en los ojos, como más tiernos ahora que han visto la Casa de Dios, y mira a esta Casa santa, enorme cubo de mármol coronado por las cúpulas de oro, colocado, como una perla, en el centro del recinto majestuoso del Templo.
La comitiva apostólica se forma así: delante, con el niño en medio, Jesús y Pedro; detrás de ellos, Simón, Judas Iscariote y Juan; luego Andrés con Santiago de Zebedeo, y, entre ellos, obligado por Andrés, Juan de Endor; en la cuarta fila, los dos primos del Señor con Mateo; los últimos, Tomás, Felipe y Bartolomé. Aquí es Jesús quien entona el canto, y lo hace con esa potente y preciosa voz suya, con un ligero tono de barítono que se armoniza con las vibraciones de tenor para hacerlas aún más estimables; responden Judas Iscariote, tenor puro, y Juan, de voz límpida propia de su muy joven edad, y las dos voces de barítono de los primos de Jesús, y Tomás (casi bajo: un barítono tan profundo, que casi no se le puede catalogar como tal). Los demás, dotados de voces menos hermosas, acompañan, en forma menos perceptible al coro lleno de los más virtuosos. Los salmos son los ya conocidos, llamados graduales.
El pequeño Yabés -voz de ángel entre las recias de los hombres -canta muy bien -quizás porque lo sabe mejor que los demás el salmo 122: «Estoy alegre porque me han dicho: "Iremos a la casa lel Señor"». Verdaderamente, su carita, tan triste pocos días antes, es todo un esplendor de alegría.
Ya están cerca de los muros, ya se ve la Puerta de los Peces, y las calles, llenísimas de gente.
Enseguida, al Templo, para una primera oración; luego, la paz en la paz del Getsemaní; la cena; el descanso. El viaje hacia Jerusalén ha terminado.
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Como un río que se va enriqueciendo cada vez más por nuevos afluentes, así la vía que conduce de Siquem a Jerusalén se va haciendo cada vez más espesa de gente, en la medida en que los distintos pueblos van aportando, por los caminos secundarios, los fieles que van hacia la Ciudad santa; ello ayuda no poco a Pedro a tener distraído al niño, que pasa muy cerca de las colinas de su tierra natal (bajo cuyos bancales deslizados están sepultados sus padres) sin darse cuenta.
Los viajeros han dejado a su izquierda Silo, enhiesta en la cumbre de su monte. Interrumpen ahora, tras largo camino, su marcha, para descansar y comer en un vasto y verde valle con murmullo de aguas puras y cristalinas.
Luego reanudan la marcha. Salvan un montecillo calcáreo, bastante pelado, sobre el cual incide sin misericordia el sol. Se empieza a bajar atravesando una serie de viñedos preciosos que festonean las escarpadas de estos montes calcáreos soleados en sus cimas.
Pedro sonríe con perspicacia y hace una seña a Jesús, que también sonríe. El niño no se da cuenta de nada, centrado como está en escuchar a Juan de Endor, que le está hablando de otras tierras que ha visto, en las que se dan uvas dulcísimas, las cuales, a pesar de serlo, no sirven tanto para vino cuanto para dulces mejores que las tortas de miel.
Una nueva subida, muy empinada: la comitiva ha dejado el camino principal, polvoriento y lleno de gente, y ha preferido tomar este atajo boscoso. Llegados a la cima, se ve ya claramente en la lejanía resplandecer un mar luminoso suspendido sobre una conglomeración blanca, quizás esplendorosas casas encaladas.
Jesús llama a Yabés:
-Ven. ¿Ves aquel punto de oro? Es la Casa del Señor. Allí vas a jurar obediencia a la Ley. ¿Pero la conoces bien?
-Mi mamá me hablaba de la Ley y mi padre me enseñaba los preceptos. Sé leer y… y creo que sé lo que "ellos" me han dicho… antes de morir». El niño, que había acudido a la llamada de Jesús con una sonrisa, ahora llora, con su cabecita agachada y con su mano, temblorosa, en la mano de Jesús.
-No llores. Mira. ¿Sabes dónde estamos? Esto es Betel. Aquí el santo Jacob tuvo su sueño angélico. ¿Lo sabías? ¿Te acuerdas?
-Sí, Señor. Vio una escalera que tocaba el Cielo desde la tierra, y subían y bajaban ángeles; mi madre me decía que en el momento de la muerte, si habíamos sido buenos, veríamos eso mismo y que iríamos por esa escalera a la Casa de Dios. Mi madre me decía muchas cosas… pero… ahora ya no me las dirá… Las tengo todas aquí dentro, esto es todo lo que tengo de ella…
Las lágrimas se deslizan por su tristísima carita.
-¡No llores de ese modo, hombre! Mira, Yabés, Yo tengo a mi Madre, que se llama María y que es santa y buena y que sabe también decir muchas cosas. Es más sabia que un maestro, más buena y hermosa que un ángel. Estamos yendo a verla. Te querrá mucho. Te dirá muchas cosas. Y además, con Ella, está la mamá de Juan, que también es muy buena y se llama María, y la madre de mi hermano Judas, dulce igualmente como un pan de miel, y que se llama también María. Te van a querer mucho, muchísimo, porque eres un niño excelente y porque Yo te quiero mucho y ellas me quieren a mí. Luego, crecerás con ellas, y cuando seas mayor serás un santo de Dios, predicarás como un doctor a ese Jesús que te dio de nuevo una madre aquí y que habrá abierto las puertas de los Cielos a tu madre muerta, y a tu padre, y que te las abrirá también a ti a tu hora. Tú no tendrás siquiera necesidad de subir la larga escalera de los Cielos a la hora de la muerte, porque ya la habrás subido durante tu vida, siendo un buen discípulo, y te verás allí, ante la puerta abierta del Paraíso, y Yo estaré allí y te diré: "Ven, amigo mío e hijo de María", y estaremos juntos.
La fúlgida sonrisa de Jesús, que camina un poco curvado para estar más cerca de la carita alzada del niño -que va andando a su lado con su manita en la de Jesús -, y estas palabras maravillosas, enjugan las lágrimas y hacen brotar una sonrisa.
El niño, que de necio no debe tener un pelo, aunque, eso sí, está aturdido por tanto dolor y privaciones como ha sufrido, interesado en la historia, observa:
-¿Dices que abrirás las puertas de los Cielos? ¿No están cerradas por el gran Pecado? Mi mamá me decía que ninguno podría entrar hasta que no viniera el perdón y que los justos lo esperaban en el Limbo.
-Así es. Pero Yo, tras predicar la palabra de Dios y obteneros el perdón, iré al Padre, y le diré: "He cumplido toda tu voluntad, ahora quiero mi premio por mi sacrificio. Que vengan los justos que están esperando tu Reino". Y el Padre me dirá: "Sea como quieres". Entonces descenderé a llamar a todos los justos y el Limbo abrirá sus puertas al oír mi voz, y saldrán jubilosos los santos Patriarcas, los luminosos Profetas, las mujeres benditas de Israel y… ¿te imaginas cuántos niños? ¡Será como un prado florecido de niños de todas las edades! Y me seguirán, cantando, ascendiendo al hermoso Paraíso.
-¿Mi mamá estará entre ellos?
-Sin duda.
-Pues no me has dicho que estará contigo en la puerta del Cielo cuando yo muera…
-Ni ella ni tu padre tendrán necesidad de estar en esa puerta; cual fúlgidos ángeles, con sus vuelos siempre estarán uniendo estrechamente el Cielo y la tierra, a Jesús con su hijo Yabés, y cuando estés cercano a la muerte harán como aquellos dos pajaritos en aquel seto.
¿Los ves? -Jesús sube en brazos al niño para que vea mejor -¿Ves cómo cubren sus huevecillos? Esperan a que se abran; después extenderán sus alas para proteger a su nidada de cualquier mal, y luego, cuando se hayan desarrollado y estén preparados para podervolar, servirán de apoyo a sus crías con sus robustas alas y las llevarán hacia arriba, muy arriba… hacia el Sol. Tus padres harán lo mismo contigo.
-¿Se cumplirá exactamente así?
-Exactamente así.
-¿Les vas a decir que se acuerden de venir?
-No será necesario, porque te quieren. De todas formas se lo diré.
-¡Cuánto te quiero!
El niño, que está todavía en brazos de Jesús, se le agarra fuertemente al cuello y lo besa, con una efusión tan jubilosa, que verdaderamente conmueve.
Jesús le devuelve el beso y lo baja al suelo.
-¡Bueno! ¡Bien! Vamos adelante, a la Ciudad santa. Tenemos que llegar hacia el atardecer de mañana.
-¿Por qué tanta prisa? ¿Me lo sabrías responder? ¿No sería lo mismo llegar pasado mañana?
-No, no sería lo mismo. Mañana es la Parasceve. Después del ocaso sólo se puede andar seis estadios; más no se puede, porque ya ha empezado el sábado con su correspondiente reposo.
-¿Se está entonces sin hacer nada los sábados?
-No. Se reza al Señor altísimo.
-¿Cómo se llama?
-Adonai. Pero los santos pueden pronunciar su Nombre.
-También los niños buenos. Dilo, si lo sabes.
-Iaavé.
-Y, ¿por qué se reza al Señor altísimo el sábado?
-Porque El se lo dijo a Moisés cuando le dio las tablas de la Ley.
-¡Ah! ¿Sí? ¿Y qué dijo?
-Dijo que se santificara el sábado. "Trabajarás durante seis días, pero el séptimo descansarás tú, y los demás contigo, porque es lo que hice Yo después de la creación".
-¿Cómo? ¿El Señor descansó? ¿Estaba cansado por haber creado? ¿Creó realmente Él? ¿Por qué lo sabes? Yo sé que Dios no se cansa nunca.
-No se había cansado porque Dios no anda ni mueve los brazos. Lo hizo para enseñar a Adán y enseñarnos a nosotros, y para que tuviéramos un día en el que no pensásemos en otra cosa sino en Él. Y Él lo ha creado todo; seguro. Lo dice el Libro del Señor.
-Pero, ¿el Libro lo ha escrito Él?
-No, pero es la Verdad, y hay que prestarle fe para no ir con Lucifer.
-Me has dicho que Dios ni anda ni mueve los brazos. ¿Entonces, como creó? ¿Cómo es? ¿Es una estatua?
-No es un ídolo, es Dios; y Dios es… Dios es… déjame pensar y recordar cómo decía mi mamá y, mejor todavía, ese hombre que va en tu nombre a visitar a los pobres de Esdrelón… Mi mamá decía, para hacerme comprender a Dios:
"Dios es como mi amor por ti; no tiene cuerpo, y, sin embargo, existe".
Y ese hombre pequeño, con una sonrisa muy dulce, decía: "Dios es un Espíritu eterno, uno y trino, y la segunda Persona se ha encarnado por amor a nosotros, que somos pobres, y su nombre…". -¡Oh, mi Señor! Pero… ahora que me doy cuenta… ¡eres Tú!». El niño, lleno de estupor, se arroja al suelo adorando.
Todos acuden, creyendo que se ha caído; pero Jesús hace un gesto de silencio llevándose el dedo a los labios, y dice:
-¡Levántate, Yabés! ¡Los niños no deben tener miedo de mí!
El niño levanta la cabeza, lleno de veneración, y mira a Jesús con expresión cambiada, casi de miedo.
Jesús sonríe y le tiende la mano diciendo: -Eres sabio, pequeño israelita. Continuemos el examen entre nosotros. Ahora que me has reconocido, ¿sabes si se habla de mí en el Libro? -¡Oh, sí, Señor! Desde el principio hasta ahora.
Todo habla de ti Tú eres el Salvador prometido. Ahora entiendo que abras las puertas del Limbo. ¡Oh, Señor… Señor! ¿Y me quieres mucho? -Sí, Yabés.
-No. No me llames ya Yabés. Dame un nombre que signifique que me has querido, que me has salvado…
-El nombre lo elegiré junto con mi Madre. ¿Te parece bien?
-Pero que quiera decir exactamente eso. Lo tomaré desde el mismo día que me haga hijo de la Ley.
-Lo tomarás ese día.
Betel ha quedado ya atrás. Se detienen a comer en un vallecillo fresco y rico en agua.
Yabés está medio aturdido después de la revelación; come en silencio, aceptando con veneración los bocados que le ofrece Jesús; poco a poco se va recobrando, especialmente después de jugar intensamente con Juan mientras los otros descansan sobre la hierba verde; luego vuelve donde Jesús, junto con el risueño Juan, y tienen una pequeña tertulia de tres personas.
-A1 final no me has dicho quién habla de mí en el Libro.
-Los Profetas, Señor; y antes todavía. Habla de ti el Libro desde la expulsión de Adán del Paraíso. Luego cuando Jacob y cuando Abraham y Moisés… Me decía mi padre, que había ido a visitar a Juan -no a éste, sino al otro Juan, al del Jordán -, que él, el gran Profeta, te llamaba el Cordero… Ahora entiendo, sí, el cordero de Moisés… ¡La Pascua eres Tú!
Juan lo anima:
-Pero, ¿qué Profeta es el que profetizó mejor de Él?
-Isaías y Daniel. Pero prefiero a Daniel, ahora que te quiero como a mi padre. ¿Puedo decir que te quiero como he querido a mi padre? ¿Sí? Pues ahora prefiero a Daniel.
-¿Por qué, si quien habla mucho del Cristo es Isaías?…
-Sí, pero habla de los dolores del Cristo; sin embargo, Daniel habla del ángel hermoso y de tu venida. Es verdad que también Daniel dice que el Cristo será inmolado, pero yo creo que el Cordero será inmolado de un sólo golpe, no como dicen Isaías y David. Yo lloraba siempre al oírlos, así que mi madre no volvió a leérmelos. Casi llora también en este momento, mientras acaricia una mano de Jesús.
-No pienses en eso por ahora. Escucha, ¿sabes los mandamientos?
-Sí, Señor. Creo saberlos. En el bosque me los repetía a mí mismo para no olvidarlos y para oír las palabras de mi madre y de mi padre. Pero ahora ya no lloro -la verdad es que sus pupilas brillan intensamente -porque ahora te tengo a ti.
Juan sonríe y se abraza a su Jesús diciendo:
-¡Son mis mismas Palabras! Todos los niños de corazón hablan igual.
-Sí, porque sus palabras provienen de una única sabiduría. Bien, tendríamos que ponernos en camino para llegar muy pronto a Berot. La gente aumenta y el tiempo se pone amenazador. Tomarán al asalto los alojamientos, y no quiero que caigáis enfermos.
Juan llama a los compañeros y se reanuda la marcha hasta Berot, a través de una llanura no muy cultivada, aunque tampoco completamente yerma como estaba el montecillo que salvaron después de Silo.
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Jesús prosigue hacia Jerusalén. Cada vez transita mayor número de peregrinos por los caminos, que están un poco embarrados por un chaparrón nocturno; como contrapartida, haciendo precipitar el polvo, el agua ha dejado terso el aire. Los campos parecen un jardín bien cuidado por su jardinero.
La comitiva apostólica camina ligera, pues se sienten descansados por el alto que han hecho y, además, porque el niño, con sus sandalias nuevas, ya no sufre al andar (es más, sintiendo cada vez más confianza, va charlando con unos u otros; y le hace a Juan la confidencia de que su padre se llamaba también Juan y su madre María y de que, por ello, lo quiere también a él mucho).
-Pero, bueno -termina diciendo -la verdad es que os quiero a todos; en el Templo voy a rezar mucho, mucho, por vosotros y por el Señor Jesús.
Es conmovedor ver cómo estos hombres, que en su mayor parte no tienen hijos, se muestran paternales y maravillosamente próvidos para con el más pequeño de los discípulos de Jesús. Hasta el hombre de Endor muestra un rostro delicado cuando debe obligar al pequeño a beberse un huevo, o cuando trepa por entre los arbolados que visten de verde las colinas y las montañas -cada vez más altas, cortadas por profundas hoces cuyo fondo sigue el camino principal -para coger ramitas acídulas de zarzamora o perfumados tallitos de hinojo silvestre, y se lo lleva al niño para mitigarle la sed sin que se llene demasiado de agua. Es conmovedor ver cómo lo distraen del largo recorrido llamando su atención hacia los distintos detalles o panoramas.
El que muchos años antes fuera pedagogo en Cintium, destruido posteriormente por la maldad humana, ahora renace por este niño, mísero como él, y alisa las arrugas del infortunio y de la amargura asumiendo una sonrisa buena. El aspecto de Yabés, con sus sandalias nuevas y la carita menos triste, es ya menos menesteroso. No sé qué mano apostólica se ha preocupado de borrar de esa carita todas las señales de muchos meses de vida agreste, poniéndole en orden incluso el pelo, antes descuidado y polvoriento, ahora esponjoso e igualado por una enérgica lavada. También el hombre de Endor, que todavía se queda un poco perplejo cuando oye que le llaman Juan (si bien, cuando esto le sucede, en seguida menea la cabeza con una sonrisa compasiva hacia su poca memoria), está muy cambiado: cada día que pasa, su rostro va perdiendo esa cierta dureza que tenía y va adquiriendo una seriedad que no infunde miedo.
Naturalmente, estas dos miserias renacidas por la bondad de Jesús gravitan amantes hacia el Maestro; quieren a los compañeros, sí, ¡pero a Jesús!… Cuando Él los mira o les habla directamente, su expresión se vuelve dichosísima.
Salvan una hoz y luego un collado verde, bellísimo, desde cuya cima todavía se entrevé la llanura de Esdrelón, lo cual hace suspirar al niño:
-¿Qué estará haciendo mi anciano padre? -para terminar diciendo, con un suspiro muy triste y un brillo de llanto en sus ojos castaños: «Es mucho menos feliz que yo!… ¡con lo bueno que es!».
Este lamento, a su vez, extiende sobre todos un velo de tristeza. Luego bajan por un valle fértil, lleno de olivares o campos cultivados. Un leve viento hace caer la nieve de las florecillas de las vides y de los olivos más precoces. Y pierden de vista definitivamente la llanura de Esdrelón.
Se detienen en el prado para proseguir después la marcha hacia Jerusalén. Debe haber llovido mucho -quizás es que es una zona muy rica en aguas subterráneas -porque las praderas parecen un aguazal poco profundo: en efecto, el agua brilla intensamente entre la tupida hierba y sube hasta lamer el camino, un poco más elevado para salvar otro; pero, no obstante, muy embarrado. Los mayores se suben las túnicas, para que no acaben transformándose en una costra de barro. Judas Tadeo sube a hombros al niño, para que descanse y para atravesar más rápidamente la zona inundada, que quizás es insalubre.
Bordean otras colinas, atraviesan otro valle, pequeño, rocoso, seco. El día declina. Entran en un pueblo situado en lo alto de un ribazo rocoso y, abriéndose paso entre los muchos peregrinos, buscan alojamiento en una especie de albergue muy rústico (un cobertizo grande bajo el cual hay abundante paja extendida, nada más). Pequeñas lamparitas, encendidas acá o allá, iluminan las cenas de las familias de peregrinos; familias pobres, como la apostólica, porque los ricos, por lo general, han levantado sus tiendas fuera del pueblo, desdeñando todo contacto con los lugareños y con los peregrinos pobres.
Desciende noche y silencio… El primero que cae dormido es el niño, que se ha reclinado, cansado, en el regazo de Pedro, el cual, luego lo pone bien sobre la paja y lo tapa solícito.
Jesús reúne a los mayores para hacer una oración, después cada uno va a echarse encima de la capa de paja para reponerse del mucho camino recorrido.
Es ya de día otra vez. La comitiva apostólica, que se ha puesto en marcha por la mañana, está para entrar, al declinar el día, en Siquem, dejada ya atrás Samaria. Es una ciudad de bonito aspecto, rodeada de muros, coronada de edificios bellos y majestuosos en torno a los cuales se concentran casas lindas y ordenadas. (Me da la impresión de que esta ciudad, como Tiberíades, haya sido reconstruida poco antes y con sistemas tomados de Roma). Extramuros, alrededor, una faja de tierras fertilísimas y bien cultivadas.
El camino que de Samaria conduce a Siquem desciende sinuosamente, con un sistema de muros de contención del terreno que me recuerda a las colinas fiesolanas, y con una magnífica vista de verdes montañas al sur y una llanura preciosa que va hacia el oeste.
El camino tiende a descender, pero alguna que otra vez gana altura, para salvar otros collados desde cuyas cimas se domina la tierra de Samaria, con sus lindas plantaciones de olivos, cereales y vides, guardadas, desde lo alto de los collados, por bosques de encinas y de otros árboles agrestes, que deben ser providenciales como defensa contra los vientos -los cuales, pasando por los desfiladeros, tienden ciertamente a formar remolinos -, que malograrían las plantaciones. Esta región me recuerda mucho a los lugares de nuestro Apenino, aquí, hacia Amiata, cuando la mirada contempla contemporáneamente los cultivos llanos y cerealistas de la Maremma y las esplendorosas colinas y los austeros montes que se yerguen más altos hacia el interior. No sé cómo será ahora Samaria; en aquel tiempo era preciosa.
Pues bien, entre dos altos montes -de los más altos de esta zona -la vista enfila un valle en cuyo centro, fertilísima, bien irrigada, aparece Siquem. En este punto precisamente, la alegre caravana de la corte del Cónsul que va a Jerusalén para las fiestas alcanza a Jesús y los suyos. Esclavos a pie y en carros para tutelar el transporte de los distintos pertrechos… ¡Dios mío, cuántas cosas llevaban consigo en aquellos tiempos! Con los esclavos, carros en toda regla, cargados con un poco de todo (hasta incluso literas enteras) y coches de viaje (amplios carros de cuatro ruedas, bien amortiguados, cubiertos) en los que viajan, resguardadas, las damas. Y más carros, y más esclavos…
He aquí que una mano enjoyada de mujer levanta levemente una cortina y aparece el perfil grave de Plautina, que saluda sin hablar pero con una sonrisa; lo mismo hace Valeria, quien lleva sobre sus rodillas a su pequeñuela, toda gorjeos, toda riente. El otro carro de viaje, aún más pomposo, pasa sin que ninguna cortina se separe, pero, una vez que ha pasado, por la parte de detrás, entre las cortinas anudadas, Lidia asoma su rosado rostro y hace un gesto de reverencia. La caravana se aleja…
-¡Viajan bien! -dice Pedro, cansado y sudoroso -Pero, si Dios nos ayuda, pasado mañana por la tarde estaremos en Jerusalén.
-No, Simón. No tengo otra alternativa, tengo que cambiar de dirección e ir hacia el Jordán.
-¿Pero, por qué, Señor?
-Por el niño. Está muy triste, y mucho más aumentaría su tristeza si viera el monte donde sucedió la catástrofe.
-¡No, no lo vemos! Mejor dicho, vemos la otra parte del monte… Y… bueno, yo me encargaré de tenerlo distraído; yo y Juan… Esta pobre tortolita sin nido se distrae enseguida. ¡Ir hacia el Jordán!… ¡No, hombre, mejor por aquí, el camino recto, más corto y más seguro!; ¡no, no, éste, éste! ¿Ves como es el que siguen las romanas? Por la costa y por el río estas primeras aguas de verano exhalan fiebres. Este camino es sano. Además… ¿cuándo vamos a llegar si alargamos todavía más el recorrido? ¡Piensa en qué estado de ansiedad estará tu Madre después del funesto suceso del Bautista!…
Pedro lo consigue; Jesús da su consentimiento.
-Pues entonces vámonos pronto a descansar, y descansemos bien, porque mañana al alba partiremos, para estar pasado mañana por la tarde en Getsemaní. Iremos, pasado el viernes, al día siguiente, a ver a mi Madre, a Betania; allí descargaremos esos libros de Juan que os han hecho trabajar no poco; veremos también a Isaac y le confiaremos este pobre hermano…
-¿Y el niño? ¿Lo vas a asignar ya?
Jesús sonríe:
-No. Se lo dejaré a mi Madre, para que lo prepare para "su" fiesta. Luego volverá con nosotros para la Pascua. Pero después tendremos que desprendernos de él… ¡No te encariñes demasiado! O, mejor, ámalo como si fuera tu hijo, pero con espíritu sobrenatural. Ya ves que es débil y que se cansa. También a mí me habría gustado instruirlo y criarlo, nutriéndolo Yo mismo con la Sabiduría. Pero Yo soy el Incansable, y Yabés es demasiado joven y débil para acompañarnos en nuestras fatigas. Nos moveremos por Judea; luego, para Pentecostés, volveremos a Jerusalén; luego caminaremos… caminaremos, evangelizando… Volveremos a verlo en el verano, en nuestra patria chica. Bien, ya estamos ante las puertas de Siquem. Adelántate con tu hermano y con Judas de Simón para buscar dónde alojarnos.
Yo voy a la plaza del mercado; allí te espero.
Se separan. Pedro galopa en busca de un alojamiento. Los demás caminan fatigosamente por los caminos llenos de gente que grita y gesticula, llenos de asnos, carros… todos dirigidos hacia Jerusalén para la Pascua ya inminente. Voces, unos que llaman a otros, imprecaciones… se mezclan con los rebuznos asnales, creando un bullicio que retumba fuerte bajo los atrios tendidos entre casa y casa: es un ruido que recuerda al murmullo de ciertas conchas cuando se arriman a la oreja.
El eco va de una bóveda a otra, donde ya las sombras se dan cita, y la gente, como un flujo continuo de agua, se da a caminar por las calles, se adentra en búsqueda de un techo, de una plaza, de un prado, para pasar la noche…
Jesús, con el niño de la mano, apoyado en un árbol, espera a Pedro en la plaza, que con esta ocasión está continuamente llena de vendedores.
-¡Que no nos vea nadie y nos reconozca! -dice Judas Iscariote.
-¿Cómo se puede reconocer un grano entre la arena? -responde Tomás -¿No ves qué gentío?
Vuelve Pedro:
-Fuera de la ciudad hay un cobertizo con heno. No he encontrado nada más.
-No vamos a buscar nada más. Es hasta demasiado para el Hijo del hombre.
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
-¿Señor, aquella cima es el Carmelo? -pregunta Santiago, el primo de Jesús. -Sí, hermano. Aquélla es la cadena montañosa del Carmelo. La cúspide más alta le da el nombre. -Debe ser bonito también desde allí el mundo. ¿Has estado alguna vez?
-Una vez, Yo solo, al principio de mi predicación. Al pie de ese monte curé a mi primer leproso. Pero iremos de nuevo, juntos, para rememorar a Elías…
-Gracias, Jesús. Me has comprendido, como siempre.
-Y, como siempre, te perfecciono, Santiago.
-¿Por qué?
-El porqué está escrito en el Cielo.
-¿No me lo dices, hermano, Tú que lees lo que está escrito en el Cielo?
Jesús y Santiago van caminando el uno al lado del otro; sólo el pequeño Yabés, que va también ahora de la mano de Jesús, puede oír la conversación confidencial de los dos primos, que se sonríen mirándose a los ojos.
Jesús, pasando un brazo por encima de los hombros de Santiago para acercárselo aún más, pregunta:
-¿Realmente quieres saberlo? Pues bien, te lo voy a decir en forma de adivinanza; cuando encuentres la clave serás ͜sabio. Escucha: "Habiéndose reunido los falsos profetas en el monte Carmelo, se acercó Elías y dijo al pueblo:
“¿Hasta cuándo seguiréis cojeando de dos partes? Si el Señor es Dios, seguidlo; si Baal, seguid a éste”. El pueblo no respondió. Entonces Elías siguió diciendo al pueblo: “De los profetas del Señor he quedado yo sólo”, y la única fuerza de este hombre solo era el grito :
“Escúchame, Señor, escúchame, para que este pueblo reconozca que eres el Señor Dios y que has convertido de nuevo sus corazones”. Entonces el fuego del Señor cayó y devoró el holocausto". Hermano, adivina. Santiago agacha la cabeza y se pone a pensar. Jesús lo mira sonriendo.
Caminan unos metros así, luego Santiago dice:
-¿Tiene que ver con Elías o con mi futuro?
-Con tu futuro, naturalmente…
Santiago se queda de nuevo pensativo y susurra:
-¿Seré destinado a invitar a Israel a que siga con autenticidad un camino? ¿Seré llamado a quedarme solo en Israel? Si la respuesta es afirmativa, quieres decir que los otros serán perseguidos y que los dispersarán y que… que… elevaré mi oración a ti por la conversión de este pueblo… como sacerdote… como… víctima… Si es así, ¡oh, inflámame ya desde este momento, Jesús!…
-Lo estás ya. Mas ha de raptarte el Fuego, como a Elías; por este motivo subiremos al Carmelo tú y Yo solos, y hablaremos.
-¿Cuándo? ¿Después de la Pascua?
-Después de una Pascua, sí. Entonces te diré muchas cosas…
Un lindo riachuelillo, que fluye hacia el mar, colmado su caudal por las lluvias primaverales y la disolución de las nieves, se interpone en su camino.
Acude Pedro y dice:
-El puente está más arriba, por donde pasa el camino que va de Tolemaida a Enganmín (o Engannim).
Jesús, dócilmente, vuelve sobre sus pasos. Cruza el riachuelo por un sólido puente de piedra. Enseguida vuelven a verse montañas pequeñas y colinas de poca entidad.
-¿Llegaremos a Engannim antes de que anochezca? -pregunta Felipe.
-Ciertamente. Pero… ahora tenemos con nosotros a un niño. ¿Estás cansado Yabés? -pregunta amorosamente Jesús -Sé sincero como un ángel.
-Un poco, Señor. De todas formas, me esforzaré en seguir caminando.
-Este niño está débil -dice con su voz gutural el hombre de Endor.
-¡Mira tú éste!… -exclama Pedro -¡Con la vida que lleva desde hace algunos meses!… ¡Ven que te coja en brazos!
-¡Oh, no, señor! No, que te cansas. Todavía puedo andar yo.
-¡Ven, ven, que no pesas. Pareces un pajarillo desnutrido -Pedro lo sube en vilo, lo sienta sobre sus anchos y fuertes hombros, a caballo, y lo sujeta por las piernas.
Caminan ligeros porque el sol ya es fuerte e invita y estimula a llegar a las umbrías colinas.
Se detienen en un pueblo -oigo que lo llaman Meguido -, para comer y descansar, junto a una fuente muy fresca y ruidosa (por la mucha agua que de ella brota y que cae en una pila de piedra oscura). Ninguno del pueblo se interesa por los peregrinos, anónimos entre los muchos otros que, más o menos ricos, van a pie o en burros o mulas hacia Jerusalén para la Pascua. Se respira ya aire de fiesta. Muchos niños -pensando ya, jubilosos, en la ceremonia de su mayoría de edad -van con los viajeros.
Dos jovenzuelos de holgada condición vienen a jugar junto a la fuente. Yabés está con Pedro, que lo tiene conquistado con mil zarandajas. Preguntan al muchacho:
-¿Vas tú también para ser hijo de la Ley?
Yabés responde tímidamente: «Sí», casi escondiéndose detrás de Pedro.
-¿Es tu padre éste? Eres pobre, ¿verdad?».
-Soy pobre, sí.
Los dos niños -quizás hijos de fariseos -lo escudriñan irónicos y curiosos, y dicen: -Se ve.
En efecto, se ve… ¡Su vestidito es bien mísero! Quizás es que el niño ha crecido y, a pesar de que hayan sacado el jaletón, el vestido (marrón y descolorido por las inclemencias del tiempo) apenas si le llega a la mitad de las delgadas piernecitas morenas, dejando completamente descubiertos los pequeños pies, mal calzados con dos informes sandalias sujetas con unas cuerdas que deben torturarlos.
Los niños, despiadados con ese egoísmo propio de muchos niños, con la crueldad de los niños no buenos, dicen:
-¡Pues entonces no tendrás un vestido nuevo para tu fiesta! ¡Nosotros sí!… ¿Verdad, Joaquín? Yo, todo rojo, con el manto igual; él, de color cielo; y llevaremos sandalias con hebillas de plata y un cinturón muy valioso y un taled sujeto con un aro de oro y…
-¡…Y un corazón de piedra, digo yo! -salta Pedro, que ha terminado de refrescarse los pies y de llenar de agua todas las cantimploras -Sois malos, muchachos. Ni la ceremonia ni el vestido valen un pito si el corazón no es bueno. Prefiero a este niño mío. ¡Largaos, soberbios! ¡Id con los ricos, y tened respeto a los pobres y honrados! ¡Ven, Yabés! Esta agua es buena para los pies cansados. Ven, que te los voy a lavar, así caminarás mejor después. ¡Ay, cuánto daño te han hecho estas cuerdas! Pero no tendrás que seguir caminando; te voy a llevar en brazos hasta Engannim. Allí encontraré a uno que haga sandalias y te compraré un par nuevo.
Y Pedro lava y seca esos piececitos, que desde hace mucho tiempo no han vuelto a ser acariciados tanto como ahora.
El niño lo mira… titubea… y acaba por echarse sobre este hombre que le está atando las sandalias, y lo aprieta con sus bracitos flacos, y dice:
-¡Qué bueno eres! -y le besa su pelo entrecano.
Pedro se conmueve; se sienta en el suelo, sin cambiar de sitio aunque esté mojado; se pone sobre su regazo al niño y le dice:
-Pues entonces llámame "padre".
La escena es delicada. Jesús y los demás se acercan.
Los dos soberbiosillos de antes, que, curiosos, no se habían marchado todavía, preguntan:
-¿Pero no es tu padre?
A lo que Yabés responde sin vacilar:
-Padre y madre para mí.
-Sí, querido mío, bien has dicho: padre y madre; y os aseguro, señoritingos, que no irá mal vestido a la ceremonia. También él tendrá un vestido de rey, rojo como el fuego y con un cinturón verde como la hierba, y el taled blanco como la nieve.
Aunque sea un batiburrillo de colores, deja asombrados a los dos vanidosos y los pone en fuga.
-¿Qué haces, Simón, en el suelo mojado? -pregunta Jesús sonriendo.
-¿Mojado? ¡Ah, sí; ahora me doy cuenta! ¿Que qué hago? Con la inocencia apoyada en mi pecho vuelvo a ser como un cordero. ¡Ah!… ¡Maestro, Maestro! Bien, vamos. Pero debes dejarme que me ocupe de este pequeño; después lo cederé; pero hasta que no sea un verdadero israelita es mío.
-¡Sí, hombre, sí! Y serás siempre su tutor, como un anciano padre. ¿De acuerdo? Vamos, para estar por la tarde en Engannim sin hacer correr demasiado al niño.
-Lo llevo yo. Pesa más mi red. No puede caminar con estas dos suelas rotas. Ven.
Y, cargándose encima a su ahijado, Pedro reanuda contento su camino, cada vez más umbrío entre arbolados de frutas varias, en un ascender suave de colinas, desde las cuales la vista se dilata hacia la fecunda llanura de Esdrelón.
Engannim debe ser una bonita ciudad, no grande, bien abastecida de agua de las colinas a través de un acueducto elevado que es probablemente obra romana. Jesús y los suyos están ya en las cercanías de la ciudad. En esto, perciben el rumor de una patrulla militar que está acercándose. Deben ponerse al seguro arrimándose al borde del camino. Los cascos de los caballos resuenan contra el suelo, que aquí, en las cercanías de la ciudad, muestra apenas la pavimentación bajo la tierra que se ha ido acumulando junto con detritos; en efecto, jamás una escoba ha limpiado este camino.
-¡Salve, Maestro! ¿Cómo por aquí? -exclama Publio Quintiliano, mientras se apea y se acerca a Jesús con una abierta sonrisa, llevando de la brida al caballo. Sus soldados, al ver esto en su superior, aminoran la marcha.
-Voy a Jerusalén por la Pascua.
-Yo también. Se refuerza la guardia para estas fiestas, incluso porque estará en la ciudad Poncio Pilatos, y también está Claudia. Nosotros patrullamos los caminos para protegerla a ella. ¡Son caminos tan inseguros!… Las águilas ponen en fuga a los chacales-dice riendo el soldado mientras mira a Jesús, y sigue diciendo en tono más bajo: -Este año, doble guardia para guardar las espaldas del sucio Antipas. Hay mucho descontento por el arresto del Profeta; descontento en Israel y, como consecuencia, entre nosotros. Pero, ya nos hemos encargado de hacer llegar a oídos del Sumo Sacerdote y demás compadres un… benigno toque de… flautas -y concluye en voz baja:
«Ve seguro, que las uñas ahora están metidas en las zarpas. ¡Ja! ¡Ja! Nos tienen miedo. Carraspea uno y creen que ha rugido. ¿Vas a hablar en Jerusalén? Acércate al Pretorio. Claudia habla de ti como de un gran filósofo.
Te conviene porque… el procónsul es Claudia».
Quintiliano mira a su alrededor y ve a Pedro cargado, rojo y sudado.
-¿Y ese niño?
-Un huérfano que he tomado conmigo.
-¡Pero… ese hombre tuyo se está esforzando demasiado!
Niño, ¿tienes miedo a ir unos metros a caballo? Te pongo aquí, bajo mi clámide; iré suave. Cuando lleguemos a las puertas, te dejo que sigas con ese hombre.
El niño no ofrece resistencia; debe ser dulce como un cordero. Publio lo levanta en vilo y lo sienta consigo en su montura.
A1 dar la orden de ir despacio a los soldados, ve también al hombre de Endor. Lo mira fijamente y dice:
-¿Tú también por aquí?
-Sí. Ya no vendo huevos a los romanos, pero los pollos están todavía allí. Ahora estoy con el Maestro…
-¡Bien para ti! Así te sentirás más confortado. ¡Adiós! ¡Salve, Maestro, te espero en aquel pequeño grupo de árboles.
Y espolea a su cabalgadura.
-¿Os conocéis? -le preguntan muchos de los presentes a Juan de Endor.
-Sí, como proveedor de pollos. Antes no me conocía. Una vez fui llamado a la comandancia a Naím, para fijar los precios, y estaba él. Desde entonces, cuando iba a Cesárea a comprar libros o algún utensilio siempre me saludaba. Me llama o Cíclope o Diógenes. No es malo. A pesar de mi odio por los romanos, no me mostré nunca agresivo con él porque me podía ser útil.
-¿Has oído, Maestro? ¿Ves?, han surtido buen efecto mis palabras al centurión de Cafarnaúm. Ahora voy más tranquilo -dice Pedro.
Y llegan a la mata de árboles a cuya sombra se ha apeado la patrulla.
-Mira, te devuelvo el niño. ¿Mandas algo, Maestro?
-No, Publio. Dios te muestre su rostro.
-¡Salve!
Monta y espolea, seguido por los suyos con un gran rumor metálico de herraduras y corazas que se entrechocan. Entran en la ciudad. Pedro con su pequeño amigo va a comprar las sandalitas.
-Este hombre muere de deseos de un hijo -dice Simón Zelote; y añade: «Con razón».
-Os daré millares de hijos. Busquemos ahora cobijo, para seguir mañana al despuntar el alba.