185- La tempestad calmada. Una lección sobresus preliminares

Una barca de vela, ni demasiado grande ni demasiado pequeña, una barca de pesca en la que pueden moverse cómodamente cinco o seis personas, surca las aguas de un hermoso lago de color azul intenso.

Jesús duerme en la popa. Va vestido de blanco, como de costumbre. Tiene la cabeza reclinada sobre el brazo izquierdo; debajo del brazo y la cabeza, ha colocado su manto azul-gris doblado varias veces. Está sentado, no echado, en el fondo de la barca; su cabeza apoya sobre esa porción de entablado que está en el extremo de la popa (no sé cómo la llaman los marineros). Duerme plácidamente. Se le ve cansado. Está sereno.

Pedro guía el timón. Andrés se ocupa de las velas. Juan con otros dos que no conozco están poniendo en orden maromas y redes en el fondo de la barca, como si tuvieran intención de prepararse para la pesca (quizás nocturna). Yo diría que el día se encamina al atardecer, pues el sol desciende ya hacia occidente. Todos los discípulos se han subido las túnicas, de forma que, sujetas con el cinturón, están abolsadas a la altura de la cintura, para así estar más libres de movimientos y poder desplazarse mejor por la barca, salvando remos, asientos, cestas y redes, sin que las túnicas estorben; todos se han quitado el manto.

Veo que el cielo se oscurece y el sol se esconde detrás de unos nubarrones de tormenta que han aparecido al improviso detrás del pináculo de una colina. El viento los empuja velozmente hacia el lago. Por el momento, el viento está alto y el lago se mantiene sereno; eso sí, adquiere una tonalidad más oscura y su superficie se frunce: no son todavía olas, pero empieza a agitarse el agua.

Pedro y Andrés observan el cielo y el lago, y organizan las maniobras para acercarse a la orilla. Pero, he aquí que el viento se abate sobre el lago y en pocos minutos todo bulle y espumea. Olas que se embisten mutuamente, que chocan contra la barquilla, levantándola, bajándola, girándola en todas las direcciones, impiden las maniobras del timón, como el viento las de la vela, que ha de ser arriada. Jesús sigue durmiendo. No lo despiertan ni los pasos, ni las azogadas voces de los discípulos, ni el silbar del viento; ni siquiera los latigazos de las olas contra los costados y la proa. Sus cabellos ondean al viento. Le alcanza alguna salpicadura de agua. Pero Él duerme. Juan saca de debajo de un entablado su manto y, desde la proa, corre a la popa, y lo tapa; lo cubre con delicado amor.

La tempestad se hace cada vez más amenazadora. El lago está tan negro, que parece como si en él se hubiera derramado tinta; estriado por la espuma de las olas. La barca traga agua. El viento cada vez más la va empujando mar adentro. Los discípulos ya sudan haciendo la maniobra y arrojando por la borda el agua que las olas vierten dentro. Pero no sirve de nada; se ven chapoteando ya en el agua, hasta la mitad de las piernas, y la barca cada vez se hace más pesada.

Pedro pierde la calma y la paciencia. Deja a su hermano el timón y, bamboleándose, se llega a Jesús y lo menea vigorosamente.

Jesús se despierta y levanta la cabeza.
-¡Sálvanos, Maestro, que perecemos! -grita Pedro (tiene que gritar para poder ser oído). Jesús mira a su discípulo fijamente, mira a los demás y luego al lago.
-¿Tienes fe en que os puedo salvar?

-¡Rápido, Maestro! -grita Pedro mientras una verdadera montaña de agua originada en el centro del lago se dirige veloz contra la pobre barca; tan alta, espantosa, que parece una tromba de agua. Los discípulos, que la ven venir, se arrodillan y se agarran donde pueden y como pueden, convencidos de que ha llegado el final.

Jesús se alza. Está erguido sobre el entablado de la barca: figura blanca contra el color lívido de la tempestad. Extiende los brazos hacia la enfurecida ola y dice al viento:
-¡Detente y calla! -y al agua: ¡Cálmate! ¡Lo quiero!

Y el golpe se disuelve en espuma, que cae inocua: un último bramido que se apaga en susurro; y también el viento, mutándose en suspiro su último silbido. Sobre el lago pacificado vuelve el cielo despejado; la esperanza y la fe, al corazón de los discípulos.

No puedo describir la majestad de Jesús: hay que verla para comprenderla. Me deleito en ella en mi interior, pues todavía tengo su presencia, y pienso en cuán plácido era el sueño de Jesús y cuán potente su imperio sobre el viento y las olas.

Jesús dice luego (A María Valtorta):
-No te voy a comentar el Evangelio en el sentido en que lo hacen todos. Voy a ilustrarte los preliminares del pasaje evangélico.

¿Por qué dormía Yo? ¿No sabía, acaso, que la borrasca estaba llegando? Sí, Yo lo sabía, Yo sólo lo sabía. Y entonces, ¿por qué dormía? Los apóstoles eran hombres, María; animados, sí, de buena voluntad, pero todavía muy "hombres". El hombre se cree siempre capaz de todo. Y si se da el caso de que realmente sea hábil en algo, se envanece y se llena de apego a su "habilidad".

Pedro, Andrés, Santiago y Juan eran buenos pescadores y, por tanto, se creían insuperables en las maniobras marineras. Yo, para ellos, era un gran "rabí", pero no valía nada como marinero. Por ello, me juzgaban incapaz de ayudarlos, y, cuando subían a la barca para atravesar el Mar de Galilea, me rogaban que estuviera sentado porque no era capaz de nada más. También lo hacían por afecto, porque no querían darme trabajos físicos, si bien el apego a sus capacidades era el elemento más importante.

María, Yo sólo me impongo en casos excepcionales. Generalmente os dejo libres y espero. Aquel día, cansado como estaba y habiéndome solicitado que descansara, o sea, que los dejase actuar a ellos -a ellos que tan duchos eran -me puse a dormir… y a constatar cómo el hombre "es hombre" y quiere actuar por sí solo, y no percibe que Dios no pide sino ayudarle. Veía en esos "sordos espirituales", "ciegos espirituales", a todos los sordos y ciegos del espíritu que durante siglos y siglos acarrearían su propia ruina por querer "actuar por sí solos", teniéndome a mí, abierto a sus necesidades, en espera de su llamada pidiendo ayuda.

Cuando Pedro gritó: "¡Sálvanos!", mi amargura descendió como una piedra por su propio peso.

Yo no soy "hombre", soy el Dios-Hombre. No actúo como vosotros, que, cuando uno ha rechazado vuestro consejo o ayuda y luego lo veis en problemas, aunque no seáis tan malos que os alegréis de ello, sí lo sois siempre en cuanto que os lo quedáis mirando desdeñosamente y con indiferencia -y no os conmovéis ante su grito que pide ayuda -con grave ademán que significa: "¿No me has aceptado cuando te quería ayudar? Pues ahora arréglatelas solo". No, Yo soy Jesús, soy Salvador, y salvo, María; salvo siempre, en cuanto se me invoca.

Mas vosotros, bienquistos hombres, podríais objetar: "¿Y por qué permites que se formen tempestades en el individuo o en la colectividad?". Si con mi poder destruyese el Mal (del tipo que fuera), acabaríais creyéndoos autores del Bien -que en realidad es un don mío -y no os volveríais a acordar jamás de mí, jamás.
Tenéis necesidad, bienquistos hijos, del dolor para acordaros de que tenéis un Padre; como el hijo pródigo, que se acordó de que lo tenía cuando sintió hambre. Las desventuras sirven para convenceros de vuestra nada, de vuestra insipiencia ­causa de tantos errores -y de vuestra maldad -causa de tantos lutos y dolores -, de vuestras culpas -causa de castigo que vosotros mismos os proporcionáis -y de mi existencia, potencia y bondad.

Esto es lo que os dice el Evangelio de hoy, "vuestro" evangelio de la hora presente, pobres hijos míos. Llamadme. Jesús duerme sólo porque está angustiado de ver vuestro desamor hacia Él. Llamadme y acudiré.

184- El pequeño Benjamín de Magdala y dos parábolas sobre el Reino de los Cielos

El milagro debe haberse producido hace poco, porque los apóstoles hablan de ello y algunas personas de la ciudad ­señalándose unos a otros al Maestro -lo comentan. Jesús, erguido y grave, se pone en marcha en dirección a la periferia de la ciudad, que es la parte de los pobres.

Se detiene a la altura de una casuca de la que sale, dando saltos, un niño, seguido de su madre.

-Mujer, ¿me dejas entrar en tu huerta y estar un poco, hasta que el sol deje de calentar tanto?

-Entra, Señor. A la cocina incluso, si quieres. Voy a traerte agua y alguna otra cosa.

-No trajines, me basta con estar en esta tranquila huerta.

Pero la mujer se empeña en ofrecer agua con no sé qué diluido, y se mueve por la huerta, de acá para allá, como deseosa de hablar pero sin atreverse; pone atención a sus hortalizas, aunque sólo aparentemente porque en realidad está pendiente del Maestro. Pero la molesta el niño, que, con sus gritos -cuando caza una mariposa u otro insecto -le impide oír lo que Jesús está diciendo; se pone nerviosa y… le suelta un cachete al niño, el cual ahora grita más fuerte.

Jesús -que a la pregunta de Simón el Zelote: « ¿Piensas que María esté impresionada?» estaba respondiendo: «Más de lo que parece…» -se vuelve y llama al niño, el cual corre a terminar de llorar en las rodillas de Jesús.

La mujer llama a su hijo:

-¡Benjamín, ven aquí, no molestes!

Pero Jesús dice:

-Déjalo, déjalo, que va a estarse quieto y te va a dejar tranquila -luego, al niño: «No llores. No te ha hecho daño tu mamá; lo único, te ha hecho obedecer; bueno, quería hacerte obedecer. ¿Por qué gritabas si ella quería silencio? Quizás es que se siente mal y tus gritos la molestan.

Pero el niño, inmediatamente, con esa insuperable franqueza de los niños que es la desesperación de los mayores, dice:

-No. No es que se sienta mal. Lo que quería era oír lo que decías… Me lo ha dicho. Pero yo quería venir contigo, y entonces alborotaba adrede para que me mirases.

Todos se echan a reír y la mujer se pone como un tomate.

-No te ruborices, mujer. Ven aquí. ¿Me querías oír hablar?

¿Por qué?

-Porque eres el Mesías. Con el milagro que has hecho tienes que ser el Mesías… Y tenía interés en oírte. Yo no salgo nunca de Magdala, porque tengo… un marido difícil y cinco niños. El menor tiene cuatro meses… y Tú aquí no vienes nunca.

-He venido, y además a tu casa. ¿Ves?
-Por eso quería oírte.
-¿Dónde está tu marido?

-En el mar, Señor. Si no se pesca, no se come. Yo sólo tengo esta huertecilla. ¡No es suficiente para siete personas! Y, no obstante, Zaqueo quisiera que fuera suficiente…

-Ten paciencia, mujer. Todos tienen su cruz.
-¡No, no! Las desvergonzadas lo único que tienen es el placer. ¿Has visto lo que hacen las impúdicas! Gozan ellas y hacen sufrir a los demás. No se agotan, no, ni trayendo hijos a este mundo ni trabajando. No se hacen ampollas con la azada ni se despellejan las manos lavando. Se conservan guapas y frescas. La condena de Eva no es para ellas; más bien ellas son nuestra condena, porque… los hombres… Ya me entiendes.

-Entiendo, sí; pero has de saber que también tienen su tremenda cruz: la más tremenda, la que no se ve: la de la condena de su conciencia; la de la burla del mundo; la de su propia sangre, que las repudia; la de la maldición de Dios. Créeme, no son felices. No se agotan trayendo hijos a este mundo ni trabajando, no se hacen llagas en las manos bregando; y, sin embargo, se sienten igualmente deshechas; y además sienten vergüenza; y su corazón es una entera llaga. No envidies su aspecto, su lozanía, su aparente serenidad. Tras ese velo, lo que hay es una desolación mordiente y que no permite paz. No envidies su sueño, tú, madre honesta que sueñas con tus inocentes, pues la pesadilla está a su cabecera; y mañana, el día de su agonía o su vejez, remordimiento y terror…

-Es verdad… Perdona… ¿Me dejas estar aquí?
-Quédate aquí. Contaremos una bonita parábola a Benjamín. Los que no son niños, que la apliquen a sí mismos y a María de Magdala. Escuchad.

Dudáis acerca de la conversión de María al bien. No da, en efecto, ningún signo que indique este cambio. Consciente de su grado y su poder, ella, descarada e impúdica, ha osado desafiar a la gente viniendo incluso hasta el umbral de la casa donde se lloraba por causa suya. Luego, al reproche de Pedro ha respondido con una carcajada; Y a mi mirada amigable, endureciéndose con soberbia. Vosotros quizás habríais deseado, quién por amor a Lázaro, quién por amor a mí, que le hubiera hablado directa y largamente, y que la hubiera subyugado con mi poder y le hubiese mostrado mi fuerza de Mesías Salvador.

No. No es necesario tanto. Ya lo dije hace muchos meses respecto a otra pecadora: las almas deben labrarse a sí mismas. Yo paso y esparzo la semilla. Ocultamente la semilla trabaja. Hay que respetar este trabajo del alma.

Si la primera semilla no arraiga en la tierra, se siembra otra, y otra… y sólo se retira uno cuando se tienen pruebas ciertas de la inutilidad de seguir sembrando. Y se ora. La oración es como el rocío, que mantiene los tormos esponjosos y nutridos, con lo que la semilla puede germinar. ¿No es lo que haces tú, mujer, con tus hortalizas?

Escuchad ahora la parábola del trabajo de Dios en los corazones para instaurar en ellos su Reino (porque cada corazón es un pequeño Reino de Dios en la tierra: después, más allá de la muerte, todos estos pequeños reinos se congregan en uno solo, en el ilimitado, santo, eterno Reino de los Cielos).

El Sembrador divino crea el Reino de Dios en los corazones. Va a su propiedad -el hombre es de Dios y, por tanto, todos los hombres inicialmente le pertenecen -y esparce su semilla; luego va a otras propiedades, a otros corazones. Suceden los días a las noches y las noches a los días: los días aportan sol y lluvias (en este caso, rayos de amor divino y efusión de la divina sabiduría que habla al espíritu); las noches, estrellas y silencio sosegado (en nuestro caso, destellos de Dios que reclaman nuestra atención y silencio para el espíritu, para que el alma se recoja y medite).

La semilla, con esta serie de favores imperceptibles -aunque potentes -, se hincha, se abre, echa raíces, arraiga fuertemente en el terreno, da sus primeras hojitas, y crece; y todo ello sin la ayuda del hombre. La tierra, espontáneamente, produce de la semilla el tierno tallo, luego se fortalece el tallo para sostener a la espiga naciente, luego la espiga se eleva, engruesa, se endurece, se dora, se hace dura, perfecta en su granazón. Una vez madura, vuelve el sembrador y mete su hoz porque a esa semilla le ha llegado el tiempo de su plenitud; no podría ganar más en perfección y por ello es cortada.

Mi palabra realiza esta misma operación en los corazones. Me refiero a los corazones que acogen la simiente. Pero el proceso es lento. No hay que actuar intempestivamente, de modo que todo se estropee. ¡Cuánto le cuesta a la pequeña semilla abrirse; cuánto, hincar en la tierra sus raíces!

Pues también le es penoso al corazón duro y salvaje este proceso: debe abrirse, dejarse hurgar, acoger cosas nuevas y alimentarlas con esfuerzo, aparecer distinto al estar revestido de cosas humildes y útiles y no ya de la atractiva, pomposa e inútil exuberante floración que antes le revestía; debe conformarse con trabajar humildemente, sin atraer hacia sí la admiración, para beneficio de la Idea divina; debe exprimir todas sus capacidades para crecer y producir espiga; debe ponerse incandescente de amor para ser trigo. Y, una vez superados respetos humanos verdaderamente muy penosos, después de haber trabajado y haber sufrido y haber tomado afecto a su nueva vestidura, entonces debe despojarse de ella con cruel tajo. Dar todo para tener todo. Acabar despojo para ser revestido en el Cielo con la estola de los santos. Yo os digo que la vida del pecador que se hace santo es el combate más largo, heroico y glorioso.

Por cuanto os acabo de decir, comprended que es justo que actúe con María como lo estoy haciendo. ¿Actué contigo, Mateo, de forma distinta?
No, mi Señor.

-Dime la verdad, ¿te persuadió más mi paciencia o las acerbas reprensiones de los fariseos?

-Tu paciencia. Tanto, que estoy aquí. Los fariseos, con sus desdenes y anatemas, me hacían desdeñoso, y, por desdén, hacía más mal aún de cuanto hasta entonces había hecho. Pasa eso; uno se endurece más cuando, estando en pecado, se siente tratado como un pecador; pero cuando, en vez de un insulto recibimos una caricia, primero nos quedamos asombrados, luego lloramos… y, cuando se llora, la armadura del pecado -desencajados sus pernos -se derrumba. Entonces nos quedamos desnudos ante la Bondad y le suplicamos con el corazón que nos revista de sí misma.

Es así, como has dicho. Benjamín, ¿te gusta la historia? ¿Sí? ¡Muy bien! Pero, ¿dónde está tu mamá?
Responde Santiago de Alfeo: «Al final de la parábola ha salido y se ha ido corriendo por aquella calle.
-Iría al mar, para ver si venía su marido -dice Tomás.
-No. Ha ido a casa de su madre, que es anciana, a recoger a mis hermanitos. Mi mamá los lleva allí para poder trabajar ­dice el niño, apoyado con confianza en las rodillas de Jesús.

-¿Y tú estás aquí, hombre? ¡Un buen áspid debes ser para que te tenga solo! -observa Bartolomé.
-Soy el mayor, y le ayudo…

-A ganarse el Paraíso. ¡Pobre mujer! ¿Cuántos años tienes? -pregunta Pedro.

-Dentro de tres años soy hijo de la Ley -dice altivo el pillín.

-¿Sabes leer? -pregunta Judas Tadeo.
-Sí… pero voy despacio porque… el maestro me echa casi todos los días…

-¡Ya lo decía yo! -observa Bartolomé.
-¡Lo hago porque el maestro es viejo y feo y siempre está diciendo las mismas cosas que le hacen dormirse a uno! Si fuera como Él -señala a Jesús -estaría atento. ¿Tú pegas, si uno se duerme o juega?

-No pego a nadie. Yo digo a mis discípulos: "Estad atentos por el bien vuestro y por amor a mí" -responde Jesús.
-¡Eso, así sí! Por amor, sí; no por miedo.

-Si cambias y eres bueno, el maestro te estimará.
-¿Tú quieres sólo al que es bueno? Hace poco has dicho que has tenido paciencia con éste, que no era bueno… -La lógica infantil es asediadora.

-Soy bueno con todos; pero a quien se hace bueno le quiero muchísimo y con él soy bueno de forma especialísima.
El niño piensa un momento… luego levanta la cabeza y le pregunta a Mateo:

-¿Cómo has conseguido hacerte bueno?
-Lo he querido a Él.
El niño se queda pensando otro poco, mira a los doce y dice a Jesús: -¡Éstos son todos buenos?

-Ciertamente.
-¿Estás seguro? A veces yo hago como que soy bueno, y es cuando quiero hacer una gamberrada mayor.

La carcajada de todos es estrepitosa; incluso se ríe él, el hombrecito en vías de confesarse; y se ríe Jesús, que lo estrecha contra su corazón y lo besa.

El niño, que ya se ha hecho muy amigo de todos, quiere jugar, y dice:
-Ahora te digo yo quién es bueno -y empieza a elegir. Mira a todos y va derecho hacia Juan y Andrés, que están juntos, y dice:

-Tú y tú. Venid aquí.
Luego elige a los dos Santiagos y los pone con ellos. Luego a Judas Tadeo. Se queda muy pensativo ante el Zelote y Bartolomé, y dice: «Sois viejos, pero buenos» y los pone con los otros. Considera a Pedro -que sufre el examen poniendo ojos amenazadores en plan de chufla -y lo ve bueno.

También pasan Mateo y Felipe. A Tomás le dice: «Tú te ríes demasiado. Yo estoy en serio. ¿No sabes que mi maestro dice que el que siempre se ríe yerra en el momento de la prueba?». Pero también pasa Tomás; con nota baja, pero pasa el examen. Luego el niño vuelve a donde Jesús.
-¡Eh, mono, que también estoy yo! ¡No soy ningún árbol. Soy joven y guapo. ¿Por qué no me examinas? -dice Judas Iscariote.

-Porque no me gustas. Mi mamá dice que cuando una cosa no gusta no se toca; se deja encima de la mesa, para que se la coman las personas a quienes les guste. Y también dice que si una persona ofrece una cosa que no nos gusta no se dice: "No me gusta", sino "Gracias, no tengo hambre". Y yo no tengo hambre de ti.

-¿Cómo es eso? Mira, si me dices que soy bueno te doy esta moneda.

-¿Y qué hago con ella? ¿Qué compro con una mentira? Mi mamá dice que el dinero conseguido con engaño es paja. Una vez conseguí de su madre anciana con una mentira un didracma para comprarme bollos de miel y por la noche se transformó en paja; lo había puesto en aquel agujero, debajo de la puerta, para cogerlo a la mañana siguiente y encontré sólo un manojo de paja.

-Pero, ¿por qué no me ves bueno? ¿Qué tengo? ¿Soy bisulco? ¿Soy feo?
-No, pero me das miedo.

-¿Por qué? -pregunta Judas acercándose al niño.
-No lo sé. Déjame. No me toques, que te araño.
-¡Qué erizo! ¡Está chalado! -Judas se ríe forzadamente.

-No estoy chalado. Tú eres malo -y el niño se refugia en el regazo de Jesús, que lo acaricia sin decir nada.
Los apóstoles hacen broma de lo sucedido, poco lisonjero para Judas.

Entretanto la mujer está ya de regreso, con unas doce personas, a las que se van añadiendo otras. Serán ahora unas cincuenta. Todas gente pobre.

-¿Quieres hablarles? Al menos un rato. Ésta es la madre de mi marido, y éstos son mis hijos. Aquel hombre de allí es mi marido. Una palabra, Señor -dice suplicante la mujer.
-Para darte las gracias por tu hospitalidad, les hablaré.

La mujer, requerida por un niño de pecho, entra en casa; luego se sienta en el umbral de la puerta y le da el pecho.

-Escuchad. Encima de mis rodillas tengo a un niño que ha hablado muy sabiamente. Ha dicho: "Todas las cosas obtenidas con engaño se vuelven paja". Su madre le ha enseñado esta verdad. No es una fábula, es una verdad eterna. Lo que se hace sin honestidad jamás sale bien, porque la mentira, en palabras, acciones o religión, es siempre signo de alianza con Satanás, maestro de embustes.

No penséis que las obras apropiadas para conseguir el Reino de los Cielos son obras fragorosamente vistosas; son acciones continuas, normales, pero realizadas con un fin sobrenatural de amor. El amor es la simiente del árbol que, naciendo en vosotros, crece hasta el Cielo, y a su sombra nacen todas las demás virtudes. Lo compararé con un minúsculo grano de mostaza. ¡Qué pequeño es! ¡Una de las más pequeñas semillas esparcidas por el hombre! Y, no obstante, ¡fijaos qué robusto y tupido es el árbol cabal, y cuánto fruto da: no ya el cien por ciento, sino el ciento por uno! La más pequeña, pero la que trabaja más diligentemente. ¡Cuántos beneficios os proporciona!
Así es el amor. Si recogéis en vuestro seno una pequeña semilla de amor hacia nuestro santísimo Dios y vuestro prójimo, y actuáis guiados por el amor, no faltaréis contra ningún precepto del Decálogo; no mentiréis a Dios con una falsa religión (de prácticas y no de espíritu), ni al prójimo con conducta de hijos ingratos, de esposos adúlteros -o solamente demasiado exigentes -, de ladrones en las transacciones, de embusteros en la vida, de violentos hacia vuestros enemigos. Fijaos cómo, en esta hora caliente, son muchos los pajarillos que se refugian en el follaje de este huerto. Dentro de poco, ese surco plantado de mostaza -que ahora es todavía pequeña -se verá henchido de trinos de pájaros. Todas las aves vendrán al amparo y a la sombra de estos árboles tan tupidos y cómodos, y las crías de los pájaros aprenderán a usar con seguridad sus alas precisamente en medio de esa pujanza de ramas que hará de escalera para subir, de red para no caer. Así es el amor, base del Reino de Dios.

Amad y seréis amados. Amad y seréis compasivos. Amad y no seréis crueles exigiendo más de lo lícito de quien está a vosotros subordinado. Amor y sinceridad para obtener la paz y la gloria del Cielo. Si no, como ha dicho Benjamín, todas vuestras acciones realizadas mintiendo al amor y a la verdad se os transformarán en paja para vuestro lecho infernal.

No os digo nada más. Únicamente esto: tened presente el gran precepto del amor y sed fieles a Dios Verdad y a la verdad en cada una de vuestras palabras, acciones y sentimientos, porque la verdad es hija de Dios.

Se trata de una continua obra de perfeccionamiento de vosotros mismos, de la misma forma que la semilla crece continuamente hasta alcanzar su perfección; es una obra silenciosa, humilde, paciente. Tened por seguro que Dios ve vuestras luchas y os premia más por venceros en un egoísmo, por retener una palabra mezquina, por no imponer una exigencia, que no si, armados, en la batalla, matarais a vuestro enemigo. Ese Reino de los Cielos que alcanzaréis si vivís como justos está construido con las pequeñas cosas de cada día; con la bondad, la morigeración, la paciencia; contentándose con lo que uno tiene; con la mutua conmiseración; con el amor, sobre todo con el amor.

Sed buenos. Vivid en paz los unos con los otros. No murmuréis. No juzguéis. Dios estará entonces con vosotros. Os doy mi paz como bendición y agradecimiento de la fe que tenéis en mí.

Tras estas palabras, Jesús se vuelve a la mujer y dice:
-Que Dios te bendiga especialmente a ti, porque eres una santa esposa y madre. Persevera en la virtud. Adiós, Benjamín; ama cada vez más la verdad y obedece a tu madre. Descienda sobre ti y tus hermanitos la bendición. Y sobre ti, madre.

Un hombre da unos pasos hacia adelante. Se le ve confuso, balbucea; dice:
-Yo… yo… estoy impresionado por lo que dices de mi mujer… No sabía…
-¿Es que no tienes ojos e inteligencia?
-Sí.

-¿Y por qué no los usas? ¿Quieres que te los esclarezca?
-Ya lo has hecho, Señor. De todas formas, yo la amo; lo que pasa es que uno se acostumbra… y… y…

-Y cree lícito pretender demasiado porque el otro es mejor que nosotros… No lo hagas más. Tu trabajo te pone en continuo peligro. No temas las borrascas, si Dios está contigo; mas teme mucho si lo que está contigo es la Injusticia. ¿Comprendes?

-Más de lo que has dicho. Trataré de obedecerte… Yo no sabía… no sabía…-Y mira a su mujer como si la estuviera viendo por primera vez.
Jesús da su bendición y sale a la callejuela, y reanuda su camino hacia los campos.

183- La curación de un hombre herido en casa de María de Magdala

Todo el colegio apostólico está en torno a Jesús. Están sentados en la hierba, a la sombra de un sotillo, a la orilla de un regato; todos comen pan y queso, y beben agua del riachuelo, fresca y cristalina. Las sandalias polvorientas dan a entender que han recorrido mucho camino. Los discípulos quizás no pedirían otra cosa sino descansar sobre la hierba alta y fresca.

Pero el incansable Caminante no es de esta opinión. En cuanto juzga que ha pasado la hora de mayor calor, se pone en pie, sale al camino, mira… se vuelve y dice simplemente:

-Vamos.

A la altura de una bifurcación, o, más exactamente, un cuadrivio -en efecto, en ese punto se unen cuatro caminos -, Jesús toma sin vacilar dirección norte-este.
-¿Volvemos a Cafarnaúm? -pregunta Pedro.

Jesús responde:

-No.
-Únicamente "no".

-Entonces, a Tiberíades -insiste Pedro, que quiere saber.
-Tampoco.

-Pero, este camino va hacia el Mar de Galilea… y allí están Tiberíades y Cafarnaúm…

-Y también Magdala -dice Jesús con una expresión semiseria para que se aplaque la curiosidad de Pedro.

-¡Magdala!…

Pedro se muestra un poco escandalizado, lo que me hace pensar que esta ciudad tiene mala fama.

-A Magdala, sí, a Magdala. ¿Te consideras demasiado puro para entrar en ella? ¡Pedro, Pedro!… Por amor a mí tendrás que entrar, no en una ciudad de placer, sino en verdaderos prostíbulos… Cristo no ha venido para salvar a los salvados, sino para salvar a los perdidos… y tú… tú serás "Piedra", o "Cefas", y no "Simón", para esto.

¿Tienes miedo a contaminarte? ¡No, no! ¿Ves a éste?

-Indica al jovencísimo Juan -. Pues ni siquiera él sufrirá daño, porque no quiere; como tampoco quieres tú, ni quiere tu hermano ni el hermano de Juan. Ninguno de vosotros, por ahora, quiere. Mientras no se quiere, no se verifica el mal. Pero es necesario no querer fuerte y constantemente.

La fuerza y la constancia se consiguen del Padre, orando con sinceridad de propósitos. En el futuro no todos sabréis siempre orar así… ¿Qué estás diciendo, Judas? No te fíes demasiado de ti mismo. Yo, que soy el Cristo, oro constantemente, para tener fuerza contra Satanás. ¿Eres, acaso, tú más que Yo? El orgullo es como una grieta, por ella entra Satanás. Vigila y sé humilde, Judas. Mateo, tú que conoces muy bien esta zona, dime, ¿conviene entrar por este camino o hay otro mejor?

-Según, Maestro. Si quieres ir a la Magdala de los
pescadores y pobres, éste es el camino, por aquí se entra al suburbio popular; pero -no lo creo, pero te lo digo para que la respuesta mía sea amplia -si quieres ir adonde viven los ricos, hay que dejar este camino dentro de algunos centenares de metros y tomar otro, porque las casas ricas están casi a esta altura y hay que volver para atrás…

-Volvemos para atrás. Quiero ir a la Magdala de los ricos. ¿Qué has dicho, Judas?
-Nada, Maestro. Es la segunda vez en poco tiempo que me lo preguntas, cuando en realidad no he dicho nada.
-No con los labios, pero sí que has hablado, murmurando, con tu corazón. Has murmurado con tu huésped: el corazón.

Para hablar no es indispensable tener como interlocutora a otra criatura; muchas palabras nos las decimos a nosotros mismos… Pues bien, no se debe cometer murmuración o calumnia ni siquiera con el propio yo.

El grupo continúa su camino, ahora en silencio. Lo que antes era una vía de primer orden ahora es una calle de la ciudad, pavimentada con piedras de un palmo cuadrado. Las casas van siendo cada vez más ricas y bonitas, construidas entre huertos exuberantes y jardines floridos. Tengo la impresión de que la Magdala elegante fuera para los palestinos una especie de lugar de placer como ciertas pequeñas ciudades de nuestros lagos lombardos: Stresa, Gardone, Pallanza, Bellagio, etc., etc. Con los palestinos ricos están entremezclados los romanos, que sin duda proceden de otros centros, como Tiberíades o Cesárea, donde, en torno al Gobernador, habrán sido, ciertamente, funcionarios y comerciantes exportadores de los mejores productos de la colonia palestina para Roma.

Jesús se interna, seguro, como quien sabe a dónde va.

Sigue el lago, a cuya orilla se asoman las casas con sus jardines.

En esto, se oye un gran coro de llanto, proveniente del interior de una rica mansión: son voces de mujeres y niños, y, agudísima, una voz femenina que grita:

-¡Hijo! ¡Hijo!

Jesús se vuelve y mira a los apóstoles. Judas se adelanta unos pasos.

-Tú no -ordena Jesús -Tú, Mateo; ve y pregunta.
Mateo va y regresa.

-Una pelea, Maestro. Un hombre está muriendo. Es un judío. El que lo ha herido se ha escapado; era un romano. Han llegado enseguida su mujer y su madre y los niños… Está muriendo.

-Vamos.

-Maestro… Maestro… Ha ocurrido en casa de una mujer… que no es la esposa.

-Vamos.

La puerta de la casa está abierta. Entran en un largo y ancho vestíbulo que da a un bonito jardín (la casa parece estar dividida por esta especie de peristilo cubierto y muy rico en plantas verdes en macetas y con muchas estatuas y objetos taraceados; mitad sala, mitad invernáculo). Hay mujeres llorando en una habitación que da al vestíbulo y cuya puerta está abierta de par en par.

Jesús entra sin vacilaciones. No pronuncia su saludo habitual.

Entre los hombres presentes hay un mercader que debe conocer a Jesús, porque nada más verle dice:

-¡El Rabí de Nazaret -y lo saluda respetuosamente.

-José, ¿qué ha sucedido?

-Maestro, una puñalada en el corazón… Está muriendo.
-¿Cuál ha sido la causa?

Una mujer entrecana y despeinada se levanta -estaba arrodillada junto al moribundo, sujetándole una mano ya inerte ­y, con ojos de loca, dice a voz en grito:

-¡Ella!, ¡ella!… ¡Me lo ha maleado!… ¡Para él ya no había ni madre ni mujer ni hijos! ¡Al infierno has de ir, diablo!

Jesús alza los ojos siguiendo la mano que temblando acusa, y ve en el rincón, contra la pared de color rojo oscuro, a María de Magdala, más procaz que nunca; la mitad del cuerpo vestida… yo diría… de nada, porque de la cintura hacia arriba está semidesnuda, con una especie de redecilla, de malla hexagonal, de unas cositas redondas que parecen pequeñas perlas (de todas formas, estando en penumbra, no veo bien).

Jesús baja de nuevo sus ojos. A María le sienta como un bofetón esta indiferencia; se endereza -antes estaba ligeramente agachada -y finge una actitud desenvuelta.

-Mujer -dice Jesús a la madre -no impreques. Responde:

¿Por qué estaba tu hijo en esta casa?

-Ya te lo he dicho. Porque ella lo había desquiciado. Ella.

-Silencio. También él entonces -siendo adúltero y padre indigno de estos inocentes -pecaba; merece, por tanto, su castigo. Ni en esta vida ni en la otra hay misericordia para el que no se arrepiente. No obstante, siento piedad de tu dolor y de estos inocentes. ¿Está lejos tu casa?

-A unos cien metros.

-Levantad a este hombre y llevadlo.

-No es posible, Maestro -dice el mercader José -Está para morir de un momento a otro.

-Haz lo que digo.

Pasan una tabla por debajo del cuerpo del moribundo. El cortejo sale lentamente, cruza la calle, entra en un sombreado jardín. Las mujeres siguen llorando rumorosamente.

Nada más entrar el cortejo en el jardín, Jesús se vuelve a la madre:

-¿Puedes perdonar? Si tú perdonas, Dios perdona. Es necesario hacerse bueno el corazón para obtener gracia.

Este hombre ha pecado y pecará más veces; mejor le sería morir, porque, viviendo, volverá a caer en el pecado y tendrá que responder además de la ingratitud hacia Dios salvador. Pero, tú y estos inocentes -y señala a la esposa y a los niños -caeríais en la desesperación. Yo he venido para salvar y no perder. Hombre, Yo te lo digo: ¡vuelve y queda curado!

El hombre reemprende vida y abre los ojos; ve a su madre, a sus hijos, a su mujer, e inclina la cabeza avergonzado.

-Hijo, hijo -dice la madre -Hubieras muerto si no te hubiera salvado El. Torna en ti. No delires por una…
Jesús interrumpe a la anciana.

-Mujer, calla. Sé misericordiosa como contigo se ha sido.

Tu casa ha sido santificada por el milagro, que es siempre prueba de la presencia de Dios. Por este motivo no lo he podido cumplir donde había pecado. Que al menos tú sepas conservarla, aunque este hombre no sepa hacerlo. Cuidadlo ahora. Es justo que sufra un poco. Sé buena, mujer. Y tú. Y vosotros, pequeños. Adiós.

Jesús ha posado la mano sobre la cabeza de las dos mujeres y de los pequeñuelos.

Luego sale, pasando por delante de la Magdalena, que ha seguido al cortejo hasta el otro lado de la calle y se ha quedado apoyada contra un árbol. Jesús aminora el paso como aguardando a los discípulos, pero creo que su verdadera intención es la de darle a María ocasión de hacer un gesto; pero ella no lo hace.

Los discípulos se unen a Jesús. Pedro no puede contenerse y entre dientes dice a María un epíteto adecuado. Ella, que quiere aparentar desenvoltura, rompe a reír con una carcajada de mísera victoria.

Pero Jesús ha oído la palabra de Pedro y se vuelve a él severo:

-Pedro, Yo no insulto; no insultes tú. Ruega por los pecadores, nada más.

María quiebra el gorjeo de su risa, agacha la cabeza y huye como una gacela en dirección a su casa.

182- Palabras a algunos pastorescon el huerfanito Zacarías

Pedro no vuelve hasta la mañana siguiente. El regreso es más sereno que la partida, porque no ha encontrado sino buena acogida en Cafarnaúm, y en la ciudad ya no están ni Elí ni Joaquín.

-Deben ser ellos los del complot ̀ dice Pedro -He preguntado a unos amigos que cuándo se habían marchado, y he comprendido que habían ido a visitar al Bautista como penitentes y no habían vuelto; y creo que no volverán tan pronto, ahora que he dicho que estaban presentes durante el arresto… Ha producido revuelo este arresto del Bautista… Y me las ingeniaré para que lo sepan hasta los mosquitos… Es nuestra mejor arma. He visto también al fariseo Simón… Bueno… si es como se me ha presentado, su actitud me parece buena. Me dijo, remarcando las palabras: "Aconséjale al Maestro que no siga el curso del Jordán por el valle occidental. Es más segura la otra parte". Y terminó: "Yo no te he visto, no he hablado contigo. Recuérdalo. Obra en consecuencia, por el bien mío, tuyo y de todos. Di al Maestro que soy amigo suyo", y miraba hacia arriba, como si estuviera hablándole al viento. Siempre -incluso cuando hacen cosas buenas -son falsos y… y… bueno, digo "extraños" para que no me reprendas. Eso sí… fui a dar un toquecito al centurión… Así… diciendo: "¿Está bien tu siervo?". Y, habiéndome sido confirmado, respondí: "¡Menos mal! Pues estáte atento a tenerlo sano, porque están al acecho del Maestro. Ya han cogido prisionero a Juan el Bautista…". El romano lo ha cazado al vuelo. ¡Es sagaz! Me respondió:

"Dondequiera que haya una enseña, estará protegido y habrá quien recuerde a los israelitas que bajo el signo de Roma no se permiten complots, so pena de muerte o cárcel". Son paganos… pero lo habría besado. ¡Me gusta la gente que comprende y que hace! Así que podemos ir. -Vamos. Pero no hacía falta todo esto -dice Jesús. -¡Hacía falta, hacía falta!

Jesús se despide de la hospitalaria familia que lo ha acogido, como también del neodiscípulo, al cual parece que le ha dado instrucciones.

De nuevo están solos el Maestro y sus apóstoles. Van andando por la campiña fresca, por un camino que ha tomado Jesús, no sin estupor de Pedro, que quería tomar otro distinto:

-Nos alejamos del lago…
-Llegaremos, de todas formas, a tiempo para lo que debo hacer.
Los apóstoles ya no hablan más. Se dirigen hacia un pequeño pueblecillo, un puñado de casas perdido en la campiña.

Se oye un vivo cascabeleo de rebaños que van a pacer a los montes. Habiéndose detenido Jesús para dejar pasar a un rebaño numeroso, los pastores se lo señalan unos a otros y se reúnen en grupo. Se consultan unos a otros, pero no se atreven a más.

Es Jesús quien elimina irresoluciones e incertidumbres atravesando el rebaño, que se ha detenido a pacer en el pingüe pasto. Va derecho a acariciar a un pastorcito que está hacia el centro de la lanuda aglomeración de ovejas y balidos. Le pregunta:

-¿Son tuyas?

Bien sabe Jesús que no son del niño, pero lo que quiere es que hable.

-No, Señor; estoy con aquéllos. Los rebaños son de muchos dueños. Nos hemos unido por los bandidos.

-¿Cómo te llamas?

-Zacarías, hijo de Isaac. Pero mi padre se murió; yo sirvo porque somos pobres y mi madre tiene a otros tres más pequeños que yo.

-¿Hace mucho tiempo que murió?

-Tres años, Señor… y desde entonces no he vuelto a reír porque mi madre llora continuamente y yo ya no tengo a nadie que me acaricie… Soy el primogénito, y la muerte de mi padre, siendo todavía un niño, me ha hecho hombre… No debo llorar, sino ganar… Pero, ¡qué difícil es!
Efectivamente, descienden ahora también las lágrimas por esa carita demasiado seria para su edad.
Entretanto, los pastores se han acercado, y también los apóstoles: un grupo de hombres en medio de un bullir de ovejas.

-Tienes padre, Zacarías. Tienes un Padre santo en el Cielo y te ama siempre, si eres bueno; y tu padre no te ha dejado de querer, porque está con Abraham, en su seno.

Debes creerlo, y, por esta fe, debes ser cada vez mejor.

Jesús habla con dulzura mientras acaricia al niño.

Uno de los pastores, intrépido, pregunta:
-Eres el Mesías, ¿no es verdad?
-Sí, lo soy. ¿De qué me conoces?
-Sé que estás por Palestina y que pronuncias palabras santas. Por esto te reconozco.

-¿Vais lejos?

-A las montañas altas… Llega el calor… ¿No nos vas a hablar? Allá en las cimas, donde estamos, hablan sólo los vientos, y algunas veces el lobo haciendo una carnicería, como en el caso del padre de Zacarías. Hemos estado deseando verte todo el invierno, pero no te hemos encontrado nunca.

-Venid conmigo a la sombra de esa arboleda. Voy a hablaros.

Jesús va a la cabeza, llevando de la mano al pastorcillo; acaricia con la mano libre a las corderas, que, balando, levantan el morro.

Los pastores reúnen el rebaño a la sombra del soto maderable, y mientras las ovejas se acueclan y rumian, o pacen y se restriegan contra los troncos, Jesús habla.

-Habéis dicho: “Allá en las cimas, donde estamos, hablan sólo el viento, y algunas veces el lobo haciendo una
carnicería".

Lo mismo que sucede allá en las cimas sucede en los corazones por obra de Dios, del hombre y de Satanás; por tanto, allá arriba podéis tener lo mismo que tendríais en cualquier parte.

¿Tenéis suficiente conocimiento de la Ley como para saber sus diez mandamientos? ¿Tú también, niño? ¿Sí? Pues entonces ya sabéis suficiente. Si practicáis fielmente cuanto Dios ha mandado, seréis santos. No os quejéis de estar lejos del mundo, porque ello os preserva de mucha corrupción. Dios no está lejos de vosotros, sino más cerca, en esa soledad donde habla su voz en el viento que Él ha creado, o en las hierbas y las aguas… más cerca que no entre los hombres. Este rebaño os enseña una gran virtud, es más, muchas grandes virtudes: es manso y obediente; se conforma con poco y agradece lo que tiene; sabe amar a quien lo cuida y reconocer a quien lo quiere. Haced vosotros lo mismo, diciendo: "Dios es nuestro Padre; nosotros, sus ovejas. Su ojo vela por nosotros. Nos tutela. Nos concede no lo que es fuente de vicio, sino lo que es necesario para la vida".

Y mantened lejos de vuestro corazón al lobo, que representa a los hombres malos, que tal vez os instigan y seducen a malas acciones por orden de Satanás, y al mismo Satanás, que os tienta para que pequéis y así despedazaros. Vigilad. Vosotros, pastores, conocéis las costumbres del lobo. Tan astuto es él como sencillas e inocentes son las ovejas. Primero observa desde lo alto las costumbres del rebaño, luego se acerca despacio, deslizándose entre los matorrales. Para no llamar la atención, permanece inmóvil en posiciones pétreas: ¿no parece, acaso, un bloque de piedra que ha rodado hacia abajo para caer entre las matas? Pero luego, una vez que se ha asegurado de que nadie vigila, salta y apresa con sus dientes. Lo mismo hace Satanás: os vigila para conocer vuestros puntos flacos, merodea alrededor de vosotros, parece inocuo, ausente, atento a otras cosas, cuando en realidad os está vigilando; luego, de repente, salta para arrastraros al pecado; y alguna vez lo consigue.

Pero tenéis cerca a un médico y a un ser compasivo: Dios y vuestro ángel. Si os habéis herido, si habéis enfermado, no os separéis de ellos, cual perro afecto de rabia; antes bien, llorando, elevad a ellos vuestro grito de ayuda. Dios perdona al arrepentido, vuestro ángel está dispuesto a suplicar por vosotros y con vosotros a Dios.

Amaos entre vosotros y amad a este niño. Todos os debéis sentir un poco padres de este huérfano. Que la presencia de un niño entre vosotros modere vuestras acciones con el freno santo del respeto hacia los niños. Y que vuestra presencia a su lado supla lo que la muerte le ha arrebatado. Hay que amar al prójimo. Este niño es el prójimo que Dios os confía de manera especial. Educadlo bueno y creyente, honesto y sin vicios. Vale mucho más que una de estas ovejas. Pues bien, si cuidáis de ellas porque son del patrono y os castigaría si las dejaseis morir, ¡cuánto mayor habrá de ser vuestro cuidado para con esta alma que Dios os confía por Él mismo y por el difunto padre! Bien triste es su condición de huérfano, no la agravéis aprovechándoos de su tierna edad y de su orfandad para avasallarlo. Pensad que Dios ve las acciones y las lágrimas de todos los hombres, y todo lo tiene en cuenta para premiar y castigar.

Y tú, niño, recuerda que nunca estás solo. Dios te ve, y también el espíritu de tu padre. Cuando algo te turbe y te proponga hacer el mal, di: "No, no quiero la eterna orfandad". Huérfano para siempre serías, en efecto, si condenaras tu corazón con el pecado.

Sed buenos. Yo os bendigo para que todo el bien os acompañe. Si siguiéramos el mismo camino, continuaría hablando todavía mucho; pero el sol ya va estando alto y tenéis que partir, y Yo también: vosotros, a resguardar de este fuego a las ovejas; Yo, a apartar de otro fuego, más tremendo, a algunos corazones. Orad para que vean en mí el Pastor. Adiós, Zacarías. Sé bueno. Paz a vosotros.

Jesús besa al pastorcito y da su bendición; y, mientras el rebaño se encamina lentamente, Él lo sigue con la mirada, para volver luego a su camino.

-Has hablado de apartar a los corazones de otro fuego… ¿A dónde vamos? -pregunta Judas Iscariote.

-Por el momento, a aquel sitio con más sombra, donde aquel riachuelo. Comeremos allí. Luego sabréis a dónde vamos.

181- La parábola del trigo y la cizaña

Una aurora clara aljofara el lago y envuelve las colinas en niebla, ligera como velo de muselina, tras la cual se ven más graciosos los olivos y nogales y las casas y las cimas de los pueblos ribereños. Las barcas se deslizan serenas, silenciosas, en dirección a Cafarnaúm. Pero, en un momento dado, Pedro gira la caña del timón; tan bruscamente, que la barca se ladea.

-¿Qué haces? -dice Andrés.

-Allí hay una barca de uno de esos avestruces. Está saliendo de Cafarnaúm. Tengo buenos ojos, y, desde ayer noche, olfato de perro rastrero. No quiero que nos vean. Vuelvo al río. Iremos a pie.

La otra barca ha hecho la misma maniobra, pero Santiago, que va al timón, pregunta a Pedro:
-¿Por qué haces esto?
-Ya te lo diré. Ven detrás de mí.

Jesús, que está sentado en la popa, vuelve de su ensimismamiento ya casi a la altura del Jordán.

-Pero ¿qué haces, Simón? -pregunta.
-Bajamos aquí. Hay un chacal merodeando. No podemos ir a Cafarnaúm hoy. Primero voy yo a ver el ambiente; yo con Simón y Natanael. Tres personas dignas contra tres indignas... si es que no son más las indignas.

-¡No veas ahora asechanzas por todas partes! ¿No es la barca de Simón el fariseo?
-Sí, justamente ésa.
-No estaba cuando la captura de Juan.
-No sé nada.

-Siempre es respetuoso conmigo.
-No sé nada.
-Me haces aparecer como una persona que huye.
-No sé nada.
A pesar de que Jesús no tenga ganas de reír, debe por fuerza sonreír ante la santa testarudez de Pedro.
-Pero tendremos que ir a Cafarnaúm, ¿no?! Si no es hoy, será en otro momento

-Ya te he dicho que voy antes yo y veo cómo está el ambiente, y... si es necesario... sí, lo haré también... será un malísimo trago... pero lo haré por amor a ti... Iré... iré donde el centurión a solicitar protección...

-¡No, hombre, no hace falta!

La barca se detiene en la pequeña playa desierta que está en el lado opuesto a Betsaida. Bajan todos.
-Venid vosotros dos. Tú también, Felipe. Los jóvenes quedaos aquí. Tardaremos poco.

El neodiscípulo Elías suplica:

-Ven a mi casa, Maestro. Para mí sería un motivo de gran alegría que te hospedases en ella...
-Voy a tu casa. Simón, nos encontraremos en casa de Elías. Adiós, Simón. Ve, pero sé bueno, prudente y misericordioso. Ven, que quiero besarte y bendecirte.

Pedro no da seguridad de que será bueno, ni paciente ni misericordioso; se limita a guardar silencio. Se besan recíprocamente. Es el mismo gesto de saludo de Jesús con el Zelote, Bartolomé y Felipe. Y las dos comitivas se separan ya, tomando direcciones opuestas.

Entran en Corazín en pleno día, terminada ya la aurora. No hay tallito que no brille con gemas de rocío. Los pájaros cantan por todas partes. El aire es puro, fresco: parece saber incluso a leche, a una leche más vegetal que animal.

Y hay olor a cereales formándose dentro de las espigas, a almendros cargados de frutos... un olor ya experimentado por mí en las frescas mañanas en los óptimos campos de la llanura paduana.

Llegan pronto a casa de Elías. Pero ya muchos en Corazín saben que ha llegado el Maestro, y, cuando Jesús está para atravesar el umbral, una madre acude gritando:
-Jesús, Hijo de David, piedad de mi hijita!
Lleva en brazos a una niña de unos diez años, cérea y flaquísima (más que cérea, amarillenta).
-¿Qué le pasa a tu hija?

-Tiene fiebres. Se las ha cogido pastoreando por la ribera del Jordán. Porque somos los pastores de un hombre rico. Su padre me ha llamado para que acompañara a la niña, que estaba enferma. Él ha vuelto a los montes. Pero, como sabes, con esta enfermedad no se puede subir a lugares elevados. Y no puedo quedarme aquí. El amo me lo ha permitido hasta ahora. Pero yo estoy encargada de esquilar a las ovejas y de ayudar en los partos. Llega el tiempo de nuestra labor, la de los pastores. Si me quedo, nos despedirán o estaremos divididos; veré morir a mi hija, si subo al Hermón.

-¿Tienes fe en que puedo hacerlo?
-Hablé con Daniel, pastor de Eliseo. Me dijo: "Nuestro Niño cura todos los males. Ve al Mesías". Desde más allá de Merón vengo con ésta en brazos, buscándote a ti. Y habría seguido caminando hasta encontrarte...
-No camines más, sino para regresar a casa, al trabajo sereno. Tu hija está curada porque Yo lo quiero. Ve en paz.
La mujer mira a su hija y a Jesús. Quizás espera ver que instantáneamente la niña engorde de nuevo y recupere el color. Ésta también mira al rostro de Jesús, con ojos como platos, aunque cansados, y sonríe.

-No temas, mujer. No te estoy engañando. La fiebre ha desaparecido para siempre. Según vayan pasando los días, la niña recuperará su lozanía. Déjala que camine, no se tambaleará ya, ni sentirá cansancio.
La madre deja en el suelo a la niña, la cual se tiene bien derecha y sonríe cada vez más contenta, y acaba gorjeando con su voz argentina:

-¡Bendice al Señor, mamá! ¡Siento que estoy perfectamente sana! -y con sencillez de pastorcita y de niña se lanza al cuello de Jesús y lo besa. La madre, reservada como la edad enseña, se prosterna y besa el vestido bendiciendo al Señor.

-Marchaos. Recordad el beneficio que habéis recibido del Señor y sed buenas. La paz esté con vosotras.
En esto, la gente ya se ha agolpado en el huertecillo de la casa de Elías, ya reclama la palabra del Maestro. Y Jesús cede, a pesar de que no tenga muchas ganas de hacerlo, entristecido como está por la captura del Bautista y por el modo en que se ha producido, y empieza a hablar bajo la sombra de los árboles.

Durando todavía este hermoso tiempo de cereales que espigan, quisiera proponeros una parábola tomada de ellos.

Escuchad.

El Reino de los Cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo. Pero, mientras el hombre y sus siervos dormían, vino su enemigo y esparció semilla de cizaña en los surcos, y se fue. Nadie al principio se dio cuenta de nada. Llegó el invierno y con él las lluvias y escarchas; llegó el final de Tébet y brotó el trigo: un verde tierno de hojitas apenas despuntadas; parecían todas iguales en su inocente infancia. Llegó Sabat y luego Adar y se formaron las plantas y luego granaron las espigas.

Entonces se vio que el verde no era todo de trigo, sino que también había cizaña, y bien enroscada a los tallitos del trigo con sus zarcillos finos y tenaces.

Los siervos del amo fueron a su casa y dijeron:
-Señor, ¿qué semilla has sembrado? ¿No era simiente selecta, sin semilla alguna que no fuera de trigo?
-Claro que lo era. He elegido los granos, todos de igual formación: me hubiera dado cuenta, si hubiera habido otras semillas.

-¿Y entonces, cómo es que ha nacido tanta cizaña entre tu trigo?
El patrono pensó y respondió:

-Algún enemigo mío me ha hecho esto para perjudicarme.

Los siervos preguntaron entonces:

-¿Quieres que recorramos los surcos y, con paciencia, arranquemos la cizaña para liberar las espigas? Mándalo y lo haremos.

Pero el patrono respondió:

-No. Al hacerlo, podríais extirpar también el trigo y, casi seguro, dañar las espigas, que están aún tiernas.

Dejad que estén juntos ambos hasta la siega; entonces diré a los segadores: “Segad todo junto. Antes de atar las gavillas  , ahora que los zarcillos de la cizaña al secarse se han hecho friables, y, por el contrario, las apretadas espigas están más fuertes y duras, separad del trigo la cizaña y haced con ella haces aparte; después los quemaréis: servirán de abono para el terreno. Pero el buen trigo llevadlo a los graneros: servirá para hacer un excelente pan, con bochorno para mi enemigo, que lo único que habrá ganado será resultar abyecto a Dios por su odio'".

Ahora reflexionad en vuestro interior acerca de lo frecuente y numerosa que es la siembra del Enemigo en vuestros corazones. Comprended, pues, cuán necesario es vigilar con paciencia y constancia para que poca cizaña se mezcle con el trigo seleccionado. El destino de la cizaña es arder. ¿Queréis arder o llegar a ser ciudadanos del Reino? Decís que queréis ser ciudadanos del Reino. Pues sabedlo ser. El buen Dios os da la Palabra. El Enemigo vigila para transformarla en nociva, porque harina de trigo mezclada con harina de cizaña da pan amargo, nocivo para el vientre. Si tenéis cizaña en vuestra alma, sabed con vuestra buena voluntad separarla, para arrojarla fuera y no ser indignos de Dios.

-Podéis iros, hijos. La paz sea con vosotros.
La gente va despejando el lugar lentamente. A1 final, en el huerto no quedan sino los ocho apóstoles, Elías, el hermano y la madre de éste y el anciano Isaac, que apacienta su alma mirando de hito en hito a su Salvador.
-Venid aquí, en torno a mí, y escuchad. Os voy a explicar el sentido completo de esta parábola, que tiene otros dos aspectos además del que he dicho a la muchedumbre.

En el sentido universal, la parábola tiene esta aplicación: el campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del Reino de Dios, sembrados por Dios en el mundo en espera de que alcancen su máximo desarrollo y sean cortados por la Guadaña, y los lleven al Amo del mundo para que los almacene en sus graneros; la cizaña son los hijos del Maligno, esparcidos a su vez por el campo de Dios con la intención de causar dolor al Amo del mundo y de perjudicar a las espigas de Dios -el Enemigo de Dios, por un sortilegio, los ha sembrado de propósito (porque verdaderamente el Diablo desnaturaliza al hombre hasta hacer de éste una criatura suya, y siembra la cizaña para apartar de la recta vía a los que no ha podido someter de otra manera)-; la siega, o, más exactamente, la formación de las gavillas y su transporte a los graneros, es el fin del mundo, y quienes la llevan a cabo son los ángeles: a ellos les ha sido encargado reunir a las segadas criaturas, y separar el trigo de la cizaña; y, de la misma forma que ésta es arrojada a las llamas en la parábola, así serán arrojados al fuego eterno los condenados, en el Ultimo Juicio.

El Hijo del hombre ordenará eliminar de su Reino a todos los que hayan cometido escándalos y a los inicuos. Porque el Reino estará en la tierra y en el Cielo y entre los miembros del Reino de la tierra habrá, mezclados, muchos hijos del Enemigo, los cuales, como dijeron también los Profetas, alcanzarán la perfección del escándalo y de la abominación en cada uno de los ministerios de la tierra y atormentarán gravemente a los hijos del espíritu. Del Reino de Dios, de los Cielos, ya habrán sido alejados los pervertidos, porque en el Cielo no cabe corrupción. Así pues, los ángeles del Señor, batiendo la hoz por entre las hileras de la última cosecha, segarán y luego separarán el trigo de la cizaña; ésta será arrojada al horno ardiente, donde habrá llanto y rechinar de dientes; los justos -el trigo selecto -, sin embargo, serán conducidos a la Jerusalén eterna, donde brillarán como soles en el Reino del Padre mío y vuestro.

Esto en el sentido universal. Pero, para vosotros, hay otro sentido más, que responde a las preguntas que en distintas ocasiones, especialmente desde ayer noche, os estáis haciendo. Vosotros os preguntáis: ¿Pero, entonces, entre la masa de los discípulos puede haber traidores?", y se estremece vuestro interior de horror y turbación. Pues bien, puede haberlos; es más, los hay.

El Sembrador esparce la buena semilla. En este caso, más que "esparcir" se podría decir: "coge", porque el maestro, sea Yo o sea Juan el Bautista, había elegido a sus discípulos. ¿Cómo es que, entonces, se han pervertido? No, no, digo mal llamando "semilla" a los discípulos; podríais entenderlo mal; diré "campo". Cada discípulo es un campo, elegido por el maestro para constituir el área del Reino de Dios, los bienes de Dios. A ellos dedica el maestro su esfuerzo para cultivarlos y que den todo el fruto. Todos los cuidados, todos; con paciencia, amor, sabiduría, esfuerzo, constancia; ve también sus tendencias malas, sus sequedades y avideces, obcecaciones y debilidades. Y espera, siempre espera, corroborando su esperanza con la oración y la penitencia, porque quiere llevarlos a la perfección.

Pero las parcelas de terreno están abiertas; no son un jardín cerrado, amurallado, cuyo patrono sea sólo el maestro y en las cuales pueda entrar sólo él. Están abiertas. Puestas en el centro del mundo, en medio del mundo; todos se pueden acercar y entrar en ellas. Todos y todo. ¿No es la cizaña la única mala semilla sembrada! La cizaña podría ser símbolo de la ligereza amarga del espíritu del mundo. No, en estos campos nacen, arrojadas por el Enemigo, todas las otras semillas: ortigas, esteba, cuscuta, convólvulos, cicuta y otras plantas venenosas. ¿Por qué? ¿Qué son?

Las ortigas son los espíritus punzantes, indomables, que hieren por exceso de veneno y causan mucho malestar. La esteba son los parásitos, que agotan al maestro sin saber hacer cosa alguna que no Sea arrastrarse y chupar, gozando del trabajo de éste y perjudicando a los que ponen su mejor voluntad, que verdaderamente sacarían mayor provecho si el maestro no se viera turbado y distraído por las atenciones que exige la esteba. Los convólvulos ociosos que no se levantan del suelo si no es aprovechándose de los demás. Las cuscutas son tormento en el camino ya de por sí penoso del maestro, tormento también para los discípulos fieles que le siguen; son como garfios, se hincan, desgarran, arañan, introducen desconfianza y sufrimiento. Las plantas venenosas representan a los delincuentes entre los demás discípulos, aquellos que incluso traicionan o matan, como la cicuta y otras plantas tóxicas. ¿Habéis visto alguna vez qué bonitas son, con sus florecillas que se transforman en bolitas blancas, rojas, o de color cerúleo-violeta? ¿Quién puede pensar que esa corola estelar, cándida o apenas rosada, con su corazoncito de oro... quién puede pensar que esos corales multicolores, tan semejantes a otros tantos pequeños frutos -delicia de pájaros y niños -, pueden, una vez maduros, ocasionar la muerte? Nadie. Y los inocentes caen en la trampa: creen que todos son buenos como ellos, los cogen... y mueren.

¡Creen que todos son buenos como ellos! ¡Oh, qué verdad que sublima al maestro y condena a quien lo traiciona! ¿Cómo? ¿La bondad no desarma?, ¡no hace inocua a la mala voluntad? No, no la hace inocua porque el hombre que ha caído en manos del Enemigo es in-sensible a todo lo superior, y cualquier cosa superior, para él, cambia de aspecto: la bondad será entonces debilidad que puede ser lícitamente pisoteada, y agudiza su mala voluntad, como el olor de la sangre agudiza en una fiera el deseo de degollar. También el maestro es siempre inocente... y deja que el traidor lo envenene, porque no quiere, y no puede dejar pensar a los otros que un hombre pueda llegar a matar a un inocente.

En los campos del maestro (los discípulos) penetran los enemigos, que son muchos (el primero, Satanás; los otros, sus siervos, o sea, los hombres, las pasiones, el mundo y la carne). El discípulo más vulnerable frente a aquéllos es el que no está enteramente con su maestro, sino a caballo entre el maestro y el mundo. No sabe, no quiere separarse enteramente de lo que constituye mundo, carne, pasiones y demonio, para ser enteramente de aquel que a Dios lo lleva. Sobre éste esparcen sus semillas el mundo y la carne, las pasiones y el demonio. Oro, poder, mujer, orgullo, miedo a un juicio negativo del mundo, espíritu de utilitarismo: "Los grandes son los más fuertes. Los sirvo para tener su amistad"... ¡Y uno se hace un delincuente, se condena, por estas míseras cosas!...

¡Por qué el maestro, viendo la imperfección de su discípulo -si bien no quiere rendirse ante el pensamiento de que será su asesino -, no le cercena inmediatamente de sus filas? Esta es la pregunta que os hacéis.

La respuesta es: "Porque hacerlo sería inútil". Haciéndolo no lo suprimiría como enemigo; antes al contrario, su enemistad se duplicaría y se haría más diligente, por la rabia de haber sido descubierto o el dolor de haber sido expulsado. Dolor, sí, porque a veces el discípulo malo no se da cuenta de que lo es; tan sutil es la obra demoníaca que no la advierte (viene a ser poseído por el demonio sin sospechar que está siendo sometido a esta operación). Rabia, sí, rabia por haber sido conocido en lo que es; esto sucede cuando no es inconsciente de la operación de Satanás y sus adeptos (los hombres que tientan al débil en sus debilidades para quitar del mundo al santo que ofende sus maldades con el contraste de su bondad).

Y entonces el santo ora y se abandona en Dios: "hágase lo que permites que se haga", dice, añadiendo sólo la cláusula: "si sirve para tu finalidad". El santo sabe que ha de llegar la hora en que serán separadas de sus espigas las malas plantas de cizaña. ¿Y quién lo hará? Dios mismo, que no permite más de cuanto es útil para la victoria de su voluntad de amor.

-Pero si admites que siempre son Satanás y sus adeptos... me parece que disminuye la responsabilidad del discípulo ­dice Mateo.

-No lo creas. Si el Mal existe, también existe el Bien, y en el hombre existe el discernimiento y con éste la libertad.

-Dices que Dios no permite más de cuanto es útil al triunfo de su voluntad de amor. Por tanto, este error incluso es útil, si lo permite, y sirve para que triunfe la voluntad divina-dice Judas Iscariote.

-Con lo cual arguyes, como Mateo, que ello justifica el delito del discípulo.

(Dios no permite más de cuanto es útil al triunfo de su voluntad de amor. Si bien Dios permite que el hombre lleve a cabo lo que voluntariamente elige realizar-y ello es para depurarlo y confirmarlo en gracia, o juzgarlo merecedor de castigo -la culpabilidad del hombre no se ve disminuida por ningún motivo. Porque, si bien es verdad que el hombre, bajo el impulso de Dios o el impulso de Satanás, puede hacer el bien o el mal, no es menos cierto que sólo Dios debería ser seguido, en sus incitaciones de amor, por el hombre, que de El ha recibido todos aquellos dones naturales, morales y sobrenaturales, capaces de hacer de él un hijo de Dios heredero del. Cielo)

Dios había creado al león exento de saña y a la serpiente sin veneno; ahora el primero es feroz y la segunda venenosa. Pero Dios, por este motivo, los ha separado del hombre. Medita en esto y aplica apropiadamente. Vamos a la casa. El sol ya es intenso, demasiado; como si estuviera para venir una tormenta; y estáis cansados por la noche pasada sin dormir.

-La habitación alta de la casa es amplia y fresca. Podréis descansar -dice Elías.

Suben por la escalera exterior. Pero sólo los apóstoles se echan sobre las esteras para descansar; Jesús sale a la terraza, sombreada en un ángulo, bajo un altísimo roble, y se sumerge en sus pensamientos.

180- Controversia en la cocina de Pedro en Betsaida. Explicación de la parábola del sembrador. La noticia de la segunda captura de Juan el Bautista

Estamos de nuevo en la cocina de la casa de Pedro. La cena debe haber sido abundante, como se deduce de los platos con los restos de pescado y carne, de quesos, de diversos tipos de fruta seca -o pasa al menos -, de bollos de miel, amontonados sobre una especie de bazar que recuerda un poco a nuestros aparadores toscanos en que se amasa y conserva el pan; y de las ánforas y copas que están todavía encima de la mesa.

La mujer de Pedro debe haber hecho milagros para que su marido se sintiera contento, y debe haber estado trabajando todo la jornada. Ahora, cansada pero contenta, está en su rinconcillo mientras escucha lo que dice su marido y los demás; está mirando a su Simón, que para ella debe ser un gran hombre, aunque un poco exigente; cuando le oye hablar con palabras nuevas, con esa boca que antes no hablaba sino de barcas, redes, pescado y dinero, parpadea incluso, como deslumbrada por una luz demasiado intensa. Pedro esta noche, sea por la alegría de tener a su mesa a Jesús, sea por la alegría de la abundante comida consumida, está verdaderamente inspirado: se revela en él el futuro Pedro predicando a las muchedumbres.

No sé qué observación de uno de los compañeros ha originado la respuesta escultórica de Pedro:

-Les sucederá como a los constructores de la torre de Babel: su misma soberbia provocará la destrucción de sus teorías y morirán aplastados.
Andrés objeta a su hermano:

-Pero Dios es Misericordia. Impedirá que se derrumben para darles tiempo de arrepentirse.

-¡Que te crees tú eso! Coronarán su soberbia con la calumnia y la persecución. Ya lo veo venir. Nos perseguirán, cual testigos odiosos, para disgregarnos. Y, por su ataque insidioso contra la Verdad, Dios tomará venganza y perecerán.

-¿Tendremos la fuerza suficiente para resistir? -pregunta Tomás.

-Por mí mismo no la tendría, pero confío en Él -dice Pedro señalando al Maestro, el cual está escuchando y guarda silencio, con la cabeza un poco inclinada como para tener escondida la expresión de su rostro.

-.Yo pienso que Dios no nos someterá a pruebas superiores a nuestras fuerzas -dice Mateo.
-O que, cuando menos, aumentará las fuerzas proporcionalmente a la magnitud de las pruebas -concluye Santiago de Alfeo.

-Ya lo está haciendo. Yo era rico y poderoso. Si Dios no me hubiera querido conservar para un fin suyo, yo me habría hundido en la desesperación cuando estaba leproso y me perseguían. Me habría ensañado conmigo mismo… Y, sin embargo, en medio del abatimiento completo en que me encontraba, recibí de lo alto una riqueza nueva que nunca antes había poseído, la riqueza de una persuasión: "Dios existe". Antes… Dios… Sí… era creyente, era un fiel israelita… pero era una fe de formalismos. Y me parecía que el premio a esta fe fuera siempre inferior a mis virtudes. Me permitía polemizar con Dios porque me sentía todavía algo sobre la faz de la tierra. Simón Pedro tiene razón. Yo también estaba construyendo una torre de Babel con las autoalabanzas y las satisfacciones a mi yo. Cuando se me vino todo encima y quedé, como un gusano, aplastado por el peso de toda esta inutilidad humana, dejé de polemizar con Dios, para pasar a hacerlo conmigo mismo, con mi loco yo-mismo, y acabé de demolerlo. Y, a medida que lo hacía, abriendo paso a lo que yo creo que es el Dios inmanente en nuestro ser de terrestres, obtenía una fuerza, una riqueza, nueva: la certeza de que no estaba solo y de que Dios velaba por el hombre vencido por el hombre y por el mal.

-¿Para ti qué es Dios; esto que has dicho: "el Dios inmanente en nuestro ser de terrestres”? ¿Qué quieres decir con eso?

No te comprendo, y además me parece una herejía.

A Dios lo conocemos a través de la Ley y los Profetas, y no hay otro Dios ­dice un poco severo Judas Iscariote.
-Si aquí estuviera Juan, te lo diría mejor que yo. De todas formas, te lo diré como sé. Es verdad que a Dios lo conocemos a través de la Ley y los Profetas. Pero, ¿en qué lo conocemos?, ¿cómo?

Judas de Alfeo interviene inmediatamente:

-Poco y mal. Los Profetas que nos lo describieron… lo conocían; pero nosotros tenemos de Él la idea confusa filtrada a través de todo un montón de estorbos acumulados por las sectas…

-¿Sectas? ¿Qué palabras son ésas? Nosotros no tenemos sectas. Nosotros somos los hijos de la Ley… todos -dice Judas Iscariote, indignado y agresivo.

-Los hijos de las leyes. No de la Ley. Hay una ligera diferencia. Del singular al plural. Pero en realidad ello significa que ya no somos hijos de lo que Dios nos ha dado sino de lo que nosotros hemos creado -rebate Judas Tadeo.

-Las leyes han nacido de la Ley -dice Judas Iscariote.

-También las enfermedades nacen de nuestro cuerpo, y no me vas a decir ahora que son cosas buenas -replica Judas Tadeo.

-Bueno, dejadme saber lo que es el Dios inmanente de Simón Zelote.

Judas Iscariote, que no puede replicar a esta observación de Judas de Alfeo, trata de llevar de nuevo la cuestión al punto de partida.

Simón Zelote dice:

-Nuestros sentidos necesitan siempre un término para aferrar una idea. Cada uno de nosotros -me refiero a nosotros creyentes -cree, claro está, por la misma fe, en el Altísimo, Señor y Creador, eterno Dios que está en el Cielo. Pero todos necesitamos algo más que esta fe desnuda, virgen incorpórea, adecuada y suficiente para los ángeles, que ven y aman a Dios espiritualmente compartiendo con Él la naturaleza espiritual y teniendo la capacidad de ver a Dios. Nosotros necesitamos crearnos una "figura" de Dios, figura que está hecha de las cualidades esenciales que ponemos en Dios para dar un nombre a su perfección absoluta, infinita. Cuanto más se concentra el alma más alcanza la exactitud en el conocimiento de Dios.

Pues bien, lo que yo digo es esto: el Dios inmanente. No soy un filósofo. Quizás haya aplicado mal la palabra. Lo que quiero decir, en definitiva, es que para mí el Dios inmanente es el hecho de sentir, de percibir, a Dios en nuestro espíritu, y sentirlo y percibirlo no ya como una idea abstracta sino como real presencia que da fortaleza y paz nuevas.

-De acuerdo. Pero, en definitiva, ¿cómo lo sentías? ¿Qué diferencia hay entre sentir por fe y sentir por inmanencia? ­pregunta un poco irónico Judas Iscariote.

-Dios es seguridad, muchacho -interviene Pedro -. Cuando lo sientes como dice Simón, con esa palabra cuyo espíritu comprendo aunque no la entienda como tal palabra -y, créeme, nuestro mal consiste en entender sólo la letra y no el espíritu de las palabras de Dios -, quiere decir que logras aferrar no sólo el concepto de la majestad terrible sino de la paternidad dulcísima de Dios; quiere decir que sientes que, aunque todo el mundo te juzgara y condenara injustamente, Uno sólo, El, el Eterno, que te es padre, no te juzga sino que te absuelve y te consuela; quiere decir que sientes que, aunque todo el mundo te odiase, sentirías en ti la presencia de un amor más grande que todo el mundo; quiere decir que, segregado de los demás, en una cárcel o en un desierto, sentirías siempre que Uno te habla y te dice: "Sé santo para ser como tu Padre"; quiere decir que por el amor verdadero a este Padre Dios -que por fin uno llega a sentir tal -se acepta, se obra, se toma o se deja, sin medidas humanas, pensando sólo en devolver amor por amor, en copiar lo más posible a Dios en las propias acciones.

-¡Eres soberbio! ¡Copiar a Dios! No te es concedido -juzga Judas Iscariote.

-No es soberbia. El amor lleva a la obediencia. Copiar a Dios me parece también una forma de obediencia porque Dios dice que nos ha hecho a su imagen y semejanza -replica Pedro.

-Nos ha hecho. Nosotros no debemos ir más arriba.

-¡Mira chico, eres un desdichado si piensas así! Olvidas que caímos y que Dios nos quiere volver a elevar a lo que éramos.

Jesús toma la palabra:

-Más todavía, Pedro, Judas, y vosotros todos, más todavía.

La perfección de Adán era susceptible de aumento mediante el amor que le habría conducido a una imagen progresivamente más exacta de su Creador. Adán, sin la mancha del pecado, habría sido un tersísimo espejo de Dios. Por esto digo:

"Sed perfectos como perfecto es el Padre que está en los Cielos". Como el Padre, por tanto, como Dios. Pedro ha hablado muy bien, y Simón también. Os ruego que recordéis las palabras de ambos y que las apliquéis a vuestras almas.

Falta poco para que la mujer de Pedro se desmaye de la alegría de sentir alabar de este modo a su marido. Llora en su velo, serena y dichosa.

Pedro se pone tan colorado, que da la impresión de que le esté viniendo un ataque apopléjico. Permanece mudo durante unos momentos y luego dice:

-Bueno, pues entonces dame el premio. La parábola de esta mañana…

También los otros se unen a Pedro diciendo:

-Sí. Lo has prometido. Las parábolas sirven para hacer comprender la comparación, pero nosotros comprendemos que su espíritu supera la comparación.

-¿Por qué les hablas en parábolas?

-Porque a ellos no se les concede entender más de lo que explico. A vosotros se os tiene que dar mucho más, porque vosotros, mis apóstoles, debéis conocer el misterio; por tanto, se os concede entender los misterios del Reino de los Cielos. Por esto os digo: "Preguntad, si no comprendéis el espíritu de la parábola". Vosotros dais todo, y todo se os debe dar, para que a vuestra vez podáis dar todo. Vosotros dais todo a Dios: afectos, tiempo, intereses, libertad, vida. Y Dios os da todo, para compensaros y haceros capaces de dar todo en nombre de Dios a quienes vienen después de vosotros. De este modo, a quien ha dado le será dado, y con abundancia; pero, a quien sólo ha dado parcialmente o no ha dado en absoluto, le será incluso quitado lo que tenga.

Les hablo en parábolas para que viendo vean sólo lo que les ilumina su voluntad de seguir a Dios; para que oyendo ­con la misma voluntad de adhesión -oigan y comprendan. ¡Vosotros veis! Muchos oyen mi palabra, pocos se adhieren a Dios; es incompleta la buena voluntad de sus espíritus. En ellos se cumple la profecía de Isaías: "Oiréis con los oídos pero no comprenderéis, miraréis con los ojos pero no veréis". Porque este pueblo tiene un corazón insensible; sus oídos son duros y han cerrado los ojos para no oír y para no ver, para no comprender con el corazón y no convertirse para que los cure. ¡Pero, dichosos vosotros por vuestros ojos que ven, por vuestros oídos que oyen, por vuestra buena voluntad!

En verdad os digo que muchos profetas y justos desearon ver lo que vosotros veis y no lo vieron y oír lo que vosotros oís pero no lo oyeron. Se consumieron en el deseo de comprender el misterio de las palabras, pero, apagada la luz de la profecía, las palabras permanecieron como carbones apagados, incluso para el santo que las había recibido.

Sólo Dios se devela a sí mismo. Cuando su luz se retira, terminada su intención de iluminar el misterio, la incapacidad de comprender envuelve -como las vendas de una momia -la regia verdad de la palabra recibida. Por esto te he dicho esta mañana: "Un día volverás a encontrar todo lo que te he dado". Ahora no puedes retenerlo. Pero tiempo llegará en que recibirás la luz, no sólo por un instante sino en un inseparable desposorio del Espíritu eterno con el tuyo, por lo que será infalible tu magisterio respecto a las cosas del Reino de Dios. Y, como en ti, en tus sucesores, si viven de Dios como su único pan.

(Si viven de Dios como su único pan: es una condición puesta a la infalibilidad pontificia. Tal condición debió provocar una objeción por parte del Padre Migliorini, sacerdote que revisaba y escribía a máquina los escritos de María Valtorta, quien le especificó la nota aclaratoria de Jesús al respecto:

Es cierto que la existencia de la infalibilidad papal en cosas de espíritu, en cualquier Vicario mío, prescindiendo de su forma de vida y posesión de virtud, es verdad definida. Pero es también cierto que no podréis encontrar un dogma definido y proclamado por Papas privados -notoriamente o no -de mi Gracia. El alma privada de la Gracia no puede tener como amigo al Espíritu Santo. […] Descansad, por tanto, en esta certeza: que los dogmas son verdaderos, que la infalibilidad existe, porque Yo no concedo dogmas a quien no lo mereciera. Y esto estaba incluido en la frase que ha suscitado la objeción".

El mismo concepto está presente en las palabras de Jesús al apóstol Santiago de Alfeo: Dios dará la Luz según los grados que tengáis. Dios no os dejará sin la Luz, a menos que la Gracia no quede apagada en vosotros por el pecado͟)

Escuchad ahora el espíritu de la parábola.

Tenemos cuatro tipos de campos: los fértiles, los espinosos, los pedregosos y los que están llenos de senderos. Tenemos también cuatro tipos de espíritus.
Por una parte, están los espíritus honestos, los espíritus de buena voluntad, preparados por esta misma buena voluntad y por la obra buena de un apóstol, de un "verdadero" apóstol. Porque hay apóstoles que tienen el nombre pero no el espíritu de apóstoles: su efecto sobre las voluntades que se están formando es más mortífero que los propios pájaros, espinos y piedras; con sus intransigencias, prisas, reprensiones y amenazas, trastocan todo, de tal forma, que alejan para siempre de Dios. Hay otros que, al contrario, por regar continuamente benevolencia desfasada, ajan la semilla en un terreno demasiado blando. Enervan, con su enervamiento, las almas que están bajo su custodia.

Mas refirámonos a los verdaderos apóstoles, es decir, a los espejos límpidos de Dios: son paternos, misericordiosos, pacientes, y, al mismo tiempo, fuertes como su Señor. Pues bien, los espíritus preparados por éstos y por la propia voluntad se pueden comparar a los campos fértiles, exentos de piedras y zarzas, limpios de malas hierbas y cizaña; en ellos prospera la palabra de Dios; cada palabra -una semilla -produce una macolla y luego espigas maduras, y da en unos casos el cien, en otros el sesenta, en otros el treinta por ciento. ¿Entre los que me siguen hay de éstos? Sin duda. Y serán santos.

Los hay de todas las castas, de todos los países, incluso gentiles hay (que darán también el cien por ciento por su buena voluntad; por ella únicamente, o también, además de por ella, por la de un apóstol o discípulo que me los prepara).

Los campos espinosos son aquellos en que la indolencia ha dejado penetrar espinosas marañas de intereses personales que ahogan la buena semilla. Es necesaria siempre una vigilancia sobre uno mismo; siempre, siempre… Nunca decir: "¡Ya estoy formado, he recibido ya la semilla, puedo estar tranquilo porque daré semilla de vida eterna!". Es necesaria siempre una vigilancia: la lucha entre el Bien y el Mal es continua. ¿Alguna vez os habéis parado a observar una colonia de hormigas que se establece en una casa? Ya se las ve junto al hogar.

La mujer ya no vuelve a dejar alimentos allí sino que los pone encima de la mesa; mas el olfato de las hormigas examina el aire y asaltan la mesa. La mujer pone los alimentos en el aparador, pero ellas pasan adentro a través de la cerradura. Entonces la mujer cuelga del techo esos alimentos, pero las hormigas recorren un largo camino por paredes y viguetas, bajan por la cuerda y comen. Entonces la mujer las quema, las envenena… y se queda tranquila creyendo que las ha destruido. ¡Ah, si no vigila, qué sorpresa! Ya salen las otras nuevas que han nacido… y vuelta a empezar. Esto durante el tiempo que dura la vida.

Es necesario vigilarse para extirpar las plantas malas desde el primer momento en que aparecen; si no, harán un techo de zarzas y ahogarán el trigo. Los cuidados mundanos, el engaño de las riquezas, crean la maraña, ahogan la planta de la semilla de Dios y no dejan que llegue a hacerse espiga.

¿Y las tierras pedregosas?… ¡Cuántas hay en Israel!… Son las que pertenecen a los "hijos de las leyes" como muy acertadamente ha dicho mi hermano Judas. Estas tierras no tienen la piedra única del Testimonio; no, la piedra de la Ley, sino el pedregal de las pequeñas, pobres, humanas leyes creadas por los hombres; muchas, tantas, que con su peso han reducido a lascas incluso la piedra de la Ley. Se trata de un deterioro que impide completamente la radicación de las semillas. La raíz no tiene ya alimento.

No hay tierra, no hay sustancia. El agua, estancándose sobre el suelo de piedras, pudre; el sol se pone al rojo en esas piedras y quema las plantas tiernas. Son los espíritus de los que en lugar de la sencilla doctrina de Dios ponen complicadas doctrinas humanas. Reciben mi palabra hasta incluso con alegría; momentáneamente se sienten impresionados y seducidos por ella; pero luego…

Sería necesario tener el heroísmo de trabajar duro para limpiar el campo, el espíritu y la mente de todo el pedregal de los oradores vacíos. Entonces la semilla echaría raíz y se haría una fuerte macolla. Sin embargo, así no es nada. Es suficiente un temor a represalias humanas, es suficiente la reflexión: "¿Y luego?, ¿qué respuesta voy a recibir de los poderosos?", para que la pobre semilla, carente de alimento, languidezca. Es suficiente con que todo el pedregal se remueva con el sonido vano de los centenares de preceptos que han reemplazado al Precepto, para que el hombre perezca con la semilla recibida… Israel está lleno de ello. Esto explica por qué el ir a Dios está en razón inversa del poder humano.

Por último, las tierras surcadas de caminos, polvorientas, desnudas. Las de los mundanos, las de los egoístas. Su comodidad es su ley; su fin, gozar. No trabajar, sino vivir en la indolencia, reír, comer… En ellos reina el espíritu del mundo. El polvo de la mundanidad recubre el terreno y éste se hace arenoso. Los pájaros, o sea, el producto de su molicie, se lanzan hacia esos mil senderos que han sido abiertos para hacer más fácil la vida; luego el espíritu del mundo, o sea, el Maligno, picotea y destruye todas las semillas caídas en este terreno abierto a toda sensualidad y ligereza.

¿Habéis comprendido? ¿Tenéis algo más que preguntar? ¿No? Pues entonces podemos retirarnos a descansar para salir mañana para Cafarnaúm. Tengo que visitar todavía un lugar antes de emprender el viaje hacia Jerusalén para la Pascua.

-¿Vamos a pasar otra vez por Arimatea? -pregunta Judas Iscariote.

-No es seguro. Según que los…

Llaman enérgicamente a la puerta.

-¿Quién podrá ser a esta hora? -dice Pedro levantándose para ir a abrir.
.. Son las
Se presenta Juan. Agitado, lleno de polvo, con claros signos de llanto en su rostro.

-¿Tú aquí? -gritan todos -¿Pero qué ha pasado?
Jesús, que se ha puesto en pie, se limita a decir:

-¿Dónde está mi Madre?

Juan, dando unos pasos y yendo a arrodillarse a los pies de su Maestro, tendiendo los brazos hacia delante como pidiendo ayuda, dice:

-Tu Madre está bien, pero llorando como yo, como muchos otros, y te ruega que no vayas donde Ella siguiendo el curso del Jordán por la parte nuestra. Me ha hecho regresar por este motivo, porque… porque Juan, tu primo, ha sido apresado…

Y Juan llora mientras entre los presentes se forma un gran alboroto.

Jesús se pone muy pálido, pero no se agita; solamente dice:

-Levántate y habla.

-Iba hacia abajo con la Madre y las mujeres. También estaban con nosotros Isaac y Timoneo. Tres mujeres y tres hombres. Cumplí tu orden de conducir a María donde Juan…

¡Ah, sabías que era el último adiós… que debía ser el último adiós!… La tormenta de hace unos días nos obligó a detenernos unas horas, pocas pero suficientes para que Juan no pudiera ya ver a María… Llegamos a la hora sexta. Él había sido capturado en la hora del galicinio…

-¿Dónde? ¿Cómo? ¿Quién? ¿En su cueva?». Todos preguntan, todos quieren saber.

Lo han traicionado… ¡El que lo ha hecho ha usado tu Nombre para traicionarlo!

-¡Qué horror! ¿Quién habrá sido? -gritan todos.

Juan, estremeciéndose, manifestando levemente este horror que ni siquiera el aire debería oír, declara:

-Un discípulo suyo…

El alboroto se hace máximo: quién maldice, quién llora, quién está estupefacto, como estatuario.

Juan se echa al cuello de Jesús y grita:

-¡Tengo miedo por ti!, ¡por ti!, ¡por ti! Los traidores acompañan a los santos y por oro se venden, por oro y por miedo a los poderosos, por sed de premio, por… por obediencia a Satanás. ¡Por mil cosas!, ¡por mil! ¡Oh!
¡Jesús! ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Qué dolor! ¡Mi primer maestro! ¡Mi Juan! ¡Tú me has sido dado por él!

-¡Tranquilo! ¡Tranquilo! No me sucederá nada por ahora.
-¿Y después? ¿Y después? Me miro… miro a éstos… tengo miedo de todos, incluso de mí mismo. Estará entre nosotros tu traidor…

-¿Pero estás loco? ¡Lo haríamos trizas! -grita Pedro.
Y Judas Iscariote:

-¡Loco de verdad! No seré yo jamás ése. Pero, si me sintiera debilitado hasta el punto de poderlo ser, me quitaría la vida: sería mejor que ser deicida. Jesús se libera del abrazo de Juan y zarandea rudamente a Judas Iscariote, diciendo: -­-¡No blasfemes! Nada te podrá debilitar, si tú no quieres. Y si así sucediera, llora, y no cometas otro delito además del deicidio. Se hace débil quien, motu propio, se vacía de Dios.

Luego vuelve donde Juan, que está llorando con la cabeza apoyada sobre la mesa, y dice:

-Habla con orden. Yo también estoy sufriendo. Era mi propia sangre, y además mi Precursor.

-Sólo he visto a los discípulos, a una parte de ellos, consternados y enfurecidos contra el traidor; los otros habían acompañado a Juan hacia la prisión para estar junto a él en la hora de la muerte.

-Pero todavía no ha muerto… La otra vez pudo huir -dice Simón Zelote, que estima mucho a Juan, queriendo consolar.
-No ha muerto todavía, pero morirá -responde Juan.

-Sí. Morirá. Él lo sabe y Yo también. Nada ni nadie lo salvará esta vez. ¿Cuándo? No lo sé. Sé que no saldrá vivo de las manos de Herodes.

-Sí, de Herodes. Escucha. Juan fue hacia esa hoz por donde pasamos también nosotros regresando a Galilea, entre el Ebal y el Garizim, porque el traidor le había dicho:

"El Mesías ha sido agredido por unos enemigos y está muriendo. Quiere verte para confiarte un secreto". Y Juan fue, con el traidor y con algún otro. Acechaban en la hoz los soldados de Herodes, y lo prendieron. Los otros huyeron y llevaron la noticia a los discípulos que se habían quedado cerca de Enón. Acababan de llegar, cuando me presenté yo con la Madre. Lo que es horrible es que era uno de nuestras ciudades… y que a la cabeza del complot preparado para apresarlo estaban los fariseos de Cafarnaúm. Habían ido a verlo diciendo que Tú habías estado en su casa y que de allí partías para Judea… No habría abandonado su refugio sino por ti…

Un silencio de tumba sigue a la narración de Juan. Jesús parece desangrado, con los ojos de un color azul oscurísimo y como empañados. Tiene la cabeza agachada, la mano -recorrida por un ligero temblor -en el hombro de

Juan. Ninguno se atreve a hablar.

Jesús rompe el silencio:

-Iremos a Judea por otro camino. Pero mañana tengo que ir a Cafarnaúm. Lo antes posible. Descansad. Voy a subir por entre los olivos. Necesito estar solo.
Y sale sin decir nada más.

-Sin duda va allí a llorar -musita Santiago de Alfeo -Sigámoslo, hermano -dice Judas Tadeo.
-No. Dejadlo llorar. Vayamos sólo a la escucha, caminando despacio, porque temo asechanzas por todas partes ­responde el Zelote.

-Sí. Vamos. Los pescadores, siguiendo la orilla; así, si alguien viene por el lago lo veremos; y vosotros por los olivos. Estará, sin duda, en su sitio de costumbre, junto al nogal. Al alba prepararemos las barcas para salir temprano. ¡Esas serpientes! ¡Ya lo decía yo! Pero… ¡di, muchacho!, ¡la Madre está verdaderamente a salvo?
-¡Sí, sí; se han quedado con Ella también los pastores discípulos de Juan! ¡Andrés… no volveremos a ver a nuestro Juan!

-¡Calla! ¡Calla! Me parece el canto del cuco… Uno precede al otro y…y…

-¡Por el Arca santa! ¡Callad! ¡Si seguís hablando de desgracias respecto al Maestro, empiezo por vosotros a haceros probar el sabor de mi remo en los lomos! -grita Pedro enfurecido -Vosotros -dice luego a los que van a estar entre los olivos ­coged garrotes, ramas gordas… allí hay, en la leñera; diseminaos armados. El primero que se acerque a Jesús para causarle daño es hombre muerto.

-¡Discípulos! ¡Discípulos! ¡Hay que ser cautos con los nuevos! -exclama Felipe.

El nuevo discípulo se siente herido y pregunta:

-¿Dudas de mí? Él me ha elegido y me ha llamado.

-No lo digo de ti. Lo digo de los que son escribas y fariseos y de sus adoradores. De ahí vendrá la ruina, creedlo.

Salen y se diseminan, o en las barcas o entre los olivos de las colinas, y todo termina.

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