179- La parábola del sembrador. En Corazíncon el nuevo discípulo Elías

Jesús -mostrándome el curso del Jordán, o mejor, la desembocadura del Jordán en el lago de Tiberíades, en el lugar en que se extiende la ciudad de Betsaida en la orilla derecha del río respecto a quien mira al norte -me dice:

-Ahora la ciudad ya no parece en las orillas del lago, sino un poco más hacia el interior. Esto desconcierta a los estudiosos. La explicación se debe buscar en el espacio cedido por el lago, por esta parte, al terreno seco, debido a veinte siglos en que el río ha ido depositando tierra suelta, y también a aluviones y desprendimientos de tierra de las colinas de Betsaida.

En aquel tiempo la ciudad estaba justamente en la desembocadura del río en el lago; es más, las barcas más pequeñas, en las estaciones más ricas en aguas, remontaban un buen trecho del río, casi hasta la altura de Corazín; las orillas del río servían siempre como embarcadero y lugar protegido para las barcas de Betsaida en los días de borrasca en el lago. Esto no te lo digo por ti, que poco te importa, sino por los doctores difíciles. Y ahora continúa.

Las barcas de los apóstoles, recorrido el breve trecho de lago que separa Cafarnaúm de Betsaida, echan amarras en esta ciudad. Pero otras barcas las han seguido y muchos bajan de ellas para unirse enseguida a los de Betsaida que han venido a saludar al Maestro. Jesús está entrando ahora en la casa de Pedro en la que… está de jefe su mujer, la cual supongo que ha preferido la soledad antes que vivir entre las continuas quejas de su madre contra su marido.

Afuera reclaman al Maestro a voces, lo cual inquieta no poco a Pedro, que sube a la terraza y con tono autoritario se dirige a la gente, de la ciudad o no, diciendo que se requiere respeto y educación (quisiera, en efecto, poder gozar un poco de la presencia del Maestro, en paz, ahora que lo tiene en su casa, y, sin embargo, no tiene el tiempo ni la satisfacción de ofrecerle ni siquiera un poco de agua y miel, entre las muchas cosas que ha dicho a su mujer que traiga), y se muestra enfadado.

Jesús lo mira, sonriente, y menea la cabeza diciendo:
-¡Parece como si no me vieras nunca y que estemos juntos de casualidad!

-¡Pues si es así! Cuando estamos por el mundo, ¿estamos, acaso, yo y Tú? ¡Ni soñarlo! Entre Tú y yo está el mundo, con sus enfermos, sus afligidos, sus oyentes, sus curiosos, sus calumniadores, sus enemigos, y no estamos nunca yo y Tú. Aquí, sin embargo, Tú estás con-migo, en mi casa, ¡y deberían comprenderlo!

Está verdaderamente alterado.

-No veo la diferencia, Simón. Mi amor es igual, mi palabra es la misma; ¿no es lo mismo que te la diga en privado o que la diga para todos?
Pedro entonces confiesa su gran pesar:

-Es que soy cerrado de mollera, y me distraigo con facilidad. Cuando hablas en una plaza, en un monte, en medio de una muchedumbre, no sé por qué, comprendo todo, pero luego no recuerdo nada. Se lo he dicho también a los compañeros y me han dado razón. La otra gente -me refiero al pueblo que te escucha -te comprende y luego se acuerda de lo que has dicho.

¡Cuántas veces hemos oído confesar a uno: "No he vuelto a hacer esto porque Tú lo has dicho", o: "He venido porque una vez te oí decir esta otra cosa y se me quedó grabado en el pensamiento". Sin embargo, nuestro caso… ¡ay!, ¡ay!, es como un curso de agua que pasa sin detenerse: la orilla ya no tiene esa agua que ha pasado. Viene otra, sí, continuamente, y mucha, pero sigue pasando, sigue pasando… Yo pienso, con gran temor, que, si es como dices, llegará el momento en que Tú ya no podrás seguir haciendo de río y… y yo… ¿Qué le voy a poder dar a quien tenga sed, si no conservo ni una gota de lo mucho que me das?

También los otros apoyan las quejas de Pedro, lamentándose de no encontrar nunca nada de lo que escuchan, cuando querrían encontrarlo para responder a los muchos que los preguntan.

Jesús sonríe y responde:

-No creo que sea así. La gente está muy contenta también de vosotros…

-¡Sí, claro, para lo que hacemos!… Abrirte paso dando codazos, llevar a los enfermos, recoger las dádivas y decir: "¡Sí, sí, aquél es el Maestro!". ¡Pues vaya una cosa, ¿no?!

-No te rebajes demasiado, Simón.

-No me estoy rebajando, es que me conozco.

-Es la más difícil de las sabidurías. De todas formas, quiero quitarte este gran miedo. Las veces que hable y veáis que no habéis podido comprender y retener todo, preguntadme, sin miedo a parecer latosos o a desanimarme.

Siempre tenemos algunas horas de intimidad; abridme en esos momentos vuestro corazón. Yo doy mucho a muchos, ¡qué no os daría a vosotros, a quienes amo con un amor que Dios no podría superar? Has hablado de la ola que va sin dejar rastro en la orilla. Llegará un día en que te darás cuenta de que cada una de las olas ha depositado en ti una semilla, y que cada una de las semillas ha producido una planta, y verás ante ti flores y árboles para todos los casos, te asombrarás de ti mismo, de lo que el Señor ha hecho contigo, porque entonces estarás redimido de la esclavitud del pecado y tus virtudes actuales habrán adquirido muy alta perfección.

-Si Tú lo dices, Señor, descanso en estas palabras tuyas.
-Ahora vamos con los que nos están esperando. Venid. Recibe la paz; mujer. Esta noche seré tu huésped.

Salen. Jesús va hacia el lago para evitar la compresión de la muchedumbre. Pedro, diligentemente, separa la barca de la orilla unos pocos metros, de modo que la voz de Jesús sea oída por todos y que haya un espacio entre el auditorio y Él.

-De Cafarnaúm a aquí he venido pensando qué podría deciros. La indicación la he encontrado en los hechos sucedidos esta mañana. Habéis visto a tres hombres que se han acercado a mí. Uno, espontáneamente, otro porque lo he llamado, el tercero por un entusiasmo repentino. Habéis podido ver también cómo de estos tres he tomado sólo a dos. ¿Por qué? ¿Será porque he visto en el tercero a un traidor? No, ciertamente no; lo que he visto en él ha sido una persona no preparada. A simple vista parecía menos preparado éste hombre que ahora está a mi lado, este hombre que iba a enterrar a su padre. Sin embargo, el menos preparado era el tercero. Éste estaba tan preparado -aún sin saberlo -que ha sabido realizar un sacrificio verdaderamente heroico.

Seguir a Dios con heroísmo es siempre prueba de una fuerte preparación espiritual. Esto explica ciertos hechos sorprendentes que se producen en torno a mí. Los que están más preparados para recibir al Cristo -cualesquiera que sean su casta o su cultura -vienen a mí con prontitud y fe absolutas. Los menos preparados me observan como a un hombre que se sale de lo habitual, o me estudian con desconfianza y curiosidad, o incluso me atacan y desacreditan acusándome de varias formas. Las distintas formas de actuar son proporcionales a la falta de preparación de los espíritus.

En el pueblo elegido deberían encontrarse por todas partes espíritus preparados para recibir a este Mesías en cuya espera se consumieron de ansiedad los Patriarcas y los Profetas; a este Mesías que por fin ha venido, precedido y acompañado por todos los signos profetizados; a este Mesías cuya figura espiritual se delinea cada vez más clara a través de los milagros visibles, en los cuerpos y en los elementos, y de los milagros invisibles en las conciencias que se convierten, y en los gentiles que se vuelven al Dios verdadero. Y, sin embargo, no es así. Precisamente en los hijos de este pueblo la prontitud para seguir al Mesías se ve fuertemente obstaculizada, y, además, aunque duela decirlo, a medida que se sube a las clases más altas, más obstaculizada está. No lo digo para escandalizaros, sino para induciros a orar y a reflexionar.

¿Por qué sucede esto? ¿Por qué gentiles y pecadores avanzan más por mi camino?, ¿por qué acogen lo que Yo digo, y los otros no? Porque los hijos de Israel están anclados; es más, incrustados como madreperlas al banco en que nacieran. Porque están saturados, henchidos de su sabiduría, que los ha engordado, y no saben abrir camino a la mía desprendiéndose de lo superfluo para hacer espacio a lo necesario. Los otros no padecen esta esclavitud: son pobres paganos, o pobres pecadores, desancorados como naves a la deriva; son pobres, que no tienen tesoros propios, sino que sólo poseen fardos de errores y pecados de los que se desprenden con gozo en cuanto logran comprender la Buena Nueva y prueban su dulzura corroborante, bien distinta del desagradable revoltijo de sus pecados.

Escuchad, y quizás entenderéis mejor cómo de una misma acción pueden surgir diversos frutos.

Salió un sembrador a sembrar. Sus tierras eran muchas y de distintos tipos. Algunas de ellas las había heredado de su padre; en éstas, su falta de atención había permitido la proliferación de plantas espinosas. Otras eran adquiridas; las había comprado a una persona descuidada y las había dejado como estaban. Otras estaban atravesadas por caminos, porque el hombre era un comodón y no quería hacer mucho recorrido para ir de un lugar a otro. En fin, había algunas, las más cercanas a la casa, que había cuidado, para que el aspecto de delante de su casa fuera agradable; éstas tierras estaban bien limpias de cantos, de espinos, de malas hierbas, etc.

Pues bien, el hombre cogió su saquito de trigo de simiente, el de mejor calidad, y empezó a sembrar. La simiente cayó en el terreno bueno, esponjoso, arado, limpio, abonado, de las tierras cercanas a la casa. Cayó en las tierras cortadas por esos caminos más o menos anchos que las fragmentaban hasta la saciedad y que, además, eran fuente de despreciable polvo árido para la tierra fértil. Otras semillas cayeron en las tierras en que la ineptitud del hombre había dejado proliferar los espinos; el arado, ahora, los había arrastrado a su paso y parecía que ya no hubiera, pero seguían estando, porque sólo el fuego, la radical destrucción de las malas plantas, les impide volver a nacer. La última semilla cayó en los campos comprados poco antes, en esos campos que el sembrador había dejado como estaban cuando los adquirió, sin roturarlos profundamente, sin levantar todas las piedras que estaban hundidas en la tierra y que formaban un pavimento duro en que no podían prender las tiernas raíces. Una vez esparcida por los campos toda la simiente, volvió a su casa y dijo: "¡Bien!, ¡bien!, ahora no hay sino que esperar a la cosecha".

Y se regocijaba al ver con el paso de los meses, primero germinar bien espeso el trigo en las tierras que estaban delante de su casa, luego crecer -¡oh, qué suave alfombra! -y producir espiga -¡qué mar! -y dorarse y cantar su hosanna al sol entrechocándose las espigas. El hombre decía: "Como estas tierras serán todas las demás.

Preparemos la hoz y los graneros. ¡Cuánto pan! ¡Cuánto oro!", y exultaba de gozo. Segó el trigo de las parcelas más cercanas y luego pasó a las tierras que había heredado de su padre y que había dejado abandonadas. A1 verlas se quedó de piedra. Mucho trigo había nacido, porque eran buenas parcelas, y la tierra, bonificada por su padre, era rica y fértil. Pero esta misma fertilidad había actuado en las plantas espinosas -arrastradas por el arado pero aún vivas -, que habían renacido creando un verdadero techo de híspidos ramajes de espinos, a cuyo través sólo algunas escasas espigas de trigo habían podido emerger, con lo cual casi todo había quedado ahogado.

El hombre dijo: "Con estas parcelas he sido negligente, pero en otras no había espinos; irá mejor la cosa". Y pasó a las tierras que había comprado recientemente. Su estupor pasó a ser dolor: delgadas hojas de trigo, ya resecas, yacían, como heno seco, diseminadas por todas partes. Heno seco. "¿Cómo es posible? ¿Cómo es posible!", se lamentaba el hombre. "¡Pues si aquí no hay espinos y el trigo era el mismo! Y había nacido bien compacto y hermoso: se ve por las hojas, bien formadas y numerosas. ¿Por qué, entonces, todo ha muerto sin formar espiga?". Y, con dolor, se puso a excavar en el suelo para ver si encontraba nidos de topos u otros flagelos. No había ni insectos ni roedores.

¡Ah, pero, cuántas piedras, cuántas piedras! Estas parcelas estaban, literalmente hablando, pavimentadas con lascas de piedra; era engañosa la poca tierra que las cubría. ¡Ah, si hubiera hincado profundamente el arado a su debido tiempo! ¡Ah, si hubiera excavado antes de aceptar esas tierras y comprarlas como buenas! ¡Ah, si, al menos, una vez cometido el error de adquirir lo que se le ofrecía sin asegurarse de su calidad, lo hubiera bonificado a fuerza de brazos! Pero ya era demasiado tarde. Inútil plañirse.

El hombre se enderezó, desanimado, y fue a ver los campos cortados por los caminos que él mismo, buscando la comodidad, había trazado… Y se rasgó las vestiduras del dolor. Aquí no había nada, absolutamente nada. La tierra oscura del campo estaba cubierta por un leve estrato de polvo blanco. El hombre se desplomó gimiendo: "Pero aquí, ¿por qué? Aquí no hay ni espinos ni piedras, porque estos campos son nuestros; mi abuelo, mi padre, yo, los hemos tenido siempre y durante muchos lustros los hemos hecho producir y han sido fértiles. Yo he abierto los caminos; habré quitado espacio a las parcelas, pero ello no puede haberlas hecho tan improductivas…". Estaba llorando cuando un nutrido conjunto de pájaros, que con frenesí se lanzaban de los senderos a la tierra de labor y de ésta a los senderos, para buscar, buscar, buscar semillas, semillas, semillas… le dieron la respuesta a su dolor: esta tierra se había convertido en una red de caminos, a cuyos bordes habían ido a parar granos de trigo, atrayendo así a muchos pájaros, los cuales primero se habían comido los granos que habían caído en el camino y luego lo que había caído dentro, hasta el último grano.

De esta forma, la simiente, igual para todas las parcelas, había producido, en unas, cien, en otras, sesenta o treinta o nada. El que tenga oídos para oír que oiga. La semilla es la Palabra, que es igual para todos; los lugares donde cae la simiente son vuestros corazones. Que cada cual lo aplique y lo comprenda. La paz sea con vosotros.

Luego, volviéndose a Pedro, dice:

-Remonta el río hasta donde te sea posible y amarra al otro lado.

Y mientras las dos barcas recorren un corto trecho por el río para luego detenerse junto a la orilla, Jesús se sienta y le pregunta al nuevo discípulo:

-¿Quién queda ahora en tu casa?
-Mi madre con mi hermano mayor, que está casado desde hace cinco años. Mis hermanas están en distintos puntos de esta región. Mi padre era muy bueno. Mi madre lo llora desconsoladamente.

El joven calla bruscamente al sentir que un sollozo le sube del corazón. Jesús lo agarra de una mano y dice:

-Yo también he experimentado este dolor y he visto llorar a mi Madre. Por tanto, te comprendo…

El fondo restriega contra el guijarral. Ello hace que la conversación se interrumpa, para permitir bajar de la barca. Ya no se ven las bajas colinas de Betsaida que casi se introducen en el lago; aquí hay una llanura rica en gramíneas que se extiende desde esta orilla, opuesta a Betsaida, hacia el Norte.

-¿Vamos a Merón? -pregunta Pedro.

-No. Cogemos este sendero que va por entre las tierras.
Los campos, hermosos y bien cuidados, muestran las espigas aún tiernas pero ya formadas. Todas a la misma altura y cimbreándose levemente por el viento fresco que viene del norte, parecen otro lago, pequeño, en que las velas son los árboles que esporádicamente se yerguen, llenos de trinos de pájaros.

-Estos campos no son como los de la parábola -observa el primo Santiago.

-¡No, sin duda! No han sido devastados por los pájaros, ni hay espinos ni piedras. ¡Hermoso trigo! Dentro de un mes ya estará dorado… y dentro de dos estará maduro para la hoz y el granero -dice Judas Iscariote.

-Maestro… Te recuerdo lo que has dicho en mi casa. Has hablado muy bien, pero yo empiezo ya a tener en la cabeza nubes desmadejadas como ésas del cielo… -dice Pedro.
-Esta noche te lo explicaré. Ahora tenemos ante nuestros ojos a Corazín.

Y Jesús mira fijamente al neodiscípulo diciendo: «A quien tiene se le da. El hecho de recibir no quita el mérito a la ofrenda. Llévame a vuestro sepulcro y a casa de tu madre.

El joven se arrodilla y besa entre lágrimas la mano de Jesús.

-Levántate. Vamos. Mi espíritu ha oído tu llanto. Quiero fortalecerte en el heroísmo con mi amor.

-Isaac el Adulto me había hablado de tu gran bondad.

¿Sabes qué Isaac, no? Aquel al que le curaste la hija. Ha sido el apóstol para mí. Pero veo que tu bondad es aún mayor de cuanto me habían referido.

-Iremos a saludar también al Adulto para darle las gracias por haberme dado un discípulo.

Llegan a Corazín. La primera casa es precisamente la de Isaac. El anciano, que está volviendo a casa, cuando ve al grupo de Jesús con los suyos, y entre ellos al joven de Corazín, levanta los brazos con su bastoncito en la mano.

Se queda sin respiración, a boca abierta. Jesús sonríe y su sonrisa devuelve la voz al anciano.
-¡Dios te bendiga, Maestro! ¿A qué se debe este honor?
-Para decirte "gracias".

-¿Por qué motivo, Dios mío? Soy yo quien debe decirte esta palabra. Pasa, pasa. ¿Qué pena que mi hija esté lejos asistiendo a su suegra! Porque se ha casado, ¿sabes? Toda suerte de bendiciones tras el encuentro mío contigo. Ella, curada; inmediatamente después, ese rico pariente, que regresaba de lejos, viudo, con unos pequeñuelos necesitados de una madre… ¡Bueno, pero si ya te he contado estas cosas! ¡Mi cabeza es anciana también! Perdona.

-Tu cabeza es sabia, se olvida además de gloriarse del bien que hace por su Maestro. Olvidarse del bien realizado es sabiduría; demuestra humildad y confianza en Dios.
-Bueno… yo… no sabría…

-¿Acaso no tengo este discípulo por ti?

-Bueno, no he hecho nada; sólo, decir la verdad… Me alegro de que Elías esté contigo.

Y se vuelve hacia Elías y dice:

-Tu madre, pasado el primer momento de estupor, vio enjugado su llanto al saber que eras del Maestro. Tu padre tuvo un digno duelo. Se le ha enterrado hace poco.
-¿Y mi hermano?

-Guarda silencio… Ya sabes… Le ha sido un poco duro el no verte… Por el pueblo… Piensa todavía así…
El joven se vuelve hacia Jesús:

-Es lo que dijiste. Pero no quiero que esté muerto… Haz que venga a la vida como yo, y a tu servicio.
Los otros no entienden y miran con ademán de pregunta a Jesús, quien sólo responde:

-No pierdas la esperanza y persevera.

Luego bendice a Isaac y se marcha, a pesar de todas las presiones en contra. Se detienen primero a orar junto a la tumba cerrada. Luego, atravesando un majuelo aún semideshojado, se dirigen a la casa de Elías. El encuentro entre los dos hermanos es más bien circunspecto: el mayor se siente ofendido y lo quiere poner de manifiesto; el menor se siente humanamente culpable y no reacciona. Pero cuando aparece la madre -la cual, sin mediar palabra, se postra y besa el extremo del vestido de Jesús -el ambiente y los ánimos se calman; tanto, que quieren hacer los honores al Maestro.

Pero Jesús no acepta nada, limitándose a decir:
-Sean justos vuestros corazones recíprocamente, como justo era el hombre al que lloráis. No deis impronta humana a lo sobrehumano: la muerte y la elección para una misión. El alma del justo no ha sufrido turbación al ver la ausencia del hijo en el entierro de su cadáver; es más, la seguridad sobre el futuro de su Elías le ha dado paz. No turbe el pensamiento del mundo la gracia de la elección.

Si el mundo se ha podido quedar sorprendido al no ver a éste junto al féretro paterno, los ángeles han exultado al verlo al lado del Mesías. Sed justos. Y a ti, madre, que esto te consuele; has educado sabiamente y tu hijo ha sido llamado por la Sabiduría. Os bendigo a todos. La paz os acompañe ahora y siempre.

Vuelven al camino que los ha de llevar al río y después a Betsaida. El hombre, Elías, no ha perdido ni un instante en el umbral de la casa paterna; tras el beso de despedida a su madre ha seguido al Maestro con la sencillez con que un niño sigue a su verdadero padre.

178- Tres hombres que quieren seguir a Jesús

Veo a Jesús con sus once apóstoles -sigue faltando Juan -dirigiéndose hacia la orilla del lago. Mucha gente se aglomera en torno a Él: muchas de estas personas, en su mayor parte hombres, son las mismas que estaban en el Monte y que ahora se han llegado de nuevo a Él, a Cafarnaúm, para seguir escuchando su palabra. Intentan retenerlo, pero Jesús dice: -Yo soy de todos. Debo ir a otros muchos. Volveré. Ya os reuniréis de nuevo conmigo.

Ahora dejadme que me vaya.

Con mucha dificultad logra andar entre la muchedumbre que se comprime por la estrecha callecilla. Los apóstoles empujan para abrirle paso, pero es como incidir contra una sustancia blanduzca, que enseguida recupera la forma que tenía; incluso se irritan, pero inútilmente.
Ya se ve la orilla, cuando, tras un feroz esfuerzo, un hombre de mediana edad y de aspecto distinguido se acerca al Maestro y, para atraer su atención, le toca en el hombro.

Jesús se para, se vuelve y pregunta:
-¿Qué quieres?

-Soy escriba. Lo que hay en tus palabras supera toda comparación con lo que hay en nuestros preceptos. A mí me ha conquistado. Maestro, ya no te dejo. Te seguiré a dondequiera que vayas. ¿Cuál es tu camino?

-El del Cielo.

-No me refiero a ése. Lo que te pregunto es a dónde vas: después de ésta, ¿cuáles son tus casas, para poderte encontrar siempre?

-Las raposas tienen sus huras y las aves nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar su cabeza. Mi casa es el mundo, está dondequiera que haya espíritus a los que enseñar, miserias que aliviar, pecadores que redimir.

-Entonces, por todas partes.
-Tú lo has dicho. ¿Serías capaz de hacer, tú, doctor de Israel, lo que éstos, los últimos, hacen por amor mío? Aquí se requiere sacrificio y obediencia, y caridad para con todos, espíritu de adaptación a todo y con todos.

Porque la condescendencia atrae. Porque quien quiere curar debe curvarse hacia todas las llagas. Luego vendrá la pureza del Cielo; aquí estamos en el fango, y hay que arrancarle al barro en que pisamos las víctimas que ya ha succionado. No subirse las vestiduras y apartarse porque ahí el barro cubre más. La pureza debe estar en nosotros. Tenemos que estar henchidos de ella de forma que nada más pueda entrar. ¿Puedes hacer todo esto?

-Prueba. Rogaré porque seas capaz de ello.

Jesús reanuda su camino. Luego, captada su atención por dos ojos que lo están mirando, dice a un joven alto y fuerte que se ha detenido para dejar pasar a la multitud, pero que parece llevar otra dirección:

-Sígueme.

El joven siente un sobresalto, cambia de color, parpadea como si hubiera sido deslumbrado por un resplandor, abre la boca para hablar, pero no encuentra en ese momento qué responder; al final dice:

-Te seguiré. Pero, se me ha muerto mi padre en Corazín; tengo que enterrarlo. Volveré después del entierro.

-Sígueme. Deja que los muertos entierren a sus muertos. La Vida ya te ha succionado; por otra parte, tú lo has deseado. No llores por el vacío que en torno a ti te ha creado la Vida, para tenerte como discípulo suyo. Las mutilaciones del afecto son raíces de las alas que nacen en el hombre que se ha hecho siervo de la Verdad. Deja la corrupción a su suerte. Elévate hacia el Reino de lo incorrupto. Allí encontrarás también la perla incorruptible de tu padre. Dios llama y pasa. Mañana ya no encontrarías ni tu corazón de hoy ni la llamada de Dios.

Ven. Ve a anunciar el Reino de Dios.

El hombre, que está apoyado en una pared baja, con los brazos colgando, de los cuales penden las bolsas (que contienen sin duda los aromas y las vendas), tiene la cabeza agachada, y medita, en pugna entre los dos amores: el de Dios y el de su padre.

Jesús lo mira y aguarda, luego coge a un pequeñuelo y lo aprieta contra su corazón diciendo:

-Repite conmigo: "Te bendigo, Padre, e invoco tu luz para los que lloran envueltos por las ofuscaciones de la vida.

Te bendigo, Padre, e invoco tu fuerza para quien es semejante a un niño que necesita de alguien que lo sostenga. Te bendigo, Padre, e invoco tu amor para que canceles el recuerdo de todo lo que no seas Tú de la memoria de todos aquellos que en ti encontrarían -y no saben creerlo -todo bien propio, aquí y en el Cielo".

Y el niño -un inocente de unos cuatro años -repite con su vocecita las palabras santas, mientras Jesús le mantiene con su derecha las manitas unidas, en oración, cogidas por las muñecas regordetas, como si fueran éstas dos tallitos de flor.

El hombre se decide. Da a un compañero sus envoltorios y se acerca a Jesús, que pone en el suelo al niño tras haberlo bendecido y echa su brazo sobre los hombros del joven y sigue caminando así, para confortarlo y sostenerlo en su esfuerzo.

Otro hombre le interpela:
-También yo quisiera ir contigo como ese joven, pero antes de seguirte querría despedirme de mis familiares. ¿Me lo permites?

Jesús lo mira fijamente y responde:
-Demasiado arraigado en lo humano. Arranca las raíces, y, si no eres capaz de ello, córtalas. Al servicio de Dios se viene con espiritual libertad. Nada debe atar a quien se entrega.

-Pero, Señor, ¡la carne y la sangre son siempre carne y sangre! Alcanzaré lentamente la libertad de que hablas…

-No. Jamás lo lograrías. Dios, de la misma forma que es infinitamente generoso cuando premia, es también exigente.

Si quieres ser discípulo debes abrazar la cruz y venir; si no, te quedarás en el número de los simples fieles. El camino de los siervos de Dios no es de pétalos de rosa; es de exigencia absoluta. Nadie, habiendo puesto la mano sobre el arado para arar los campos de los corazones y esparcir en ellos la semilla de la doctrina de Dios, puede volverse para observar lo que ha dejado y lo que ha perdido, o lo que tendría si siguiera un camino común; quien así actúa no es apto para el Reino de Dios.

Trabájate a ti mismo, hazte viril y luego ven. Ahora no.

Llegan a la orilla. Jesús sube a la barca de Pedro y le susurra unas palabras; veo que Jesús sonríe y que Pedro hace un gesto de admiración, pero no dice nada. Sube también el hombre que ha dejado de ir a enterrar a su padre por seguir a Jesús.

177- La curación del siervo del centurión

Jesús entra en Cafarnaúm. Viene de los campos. Le acompañan sólo los doce; es más, los once, porque Juan no está. Se producen los consabidos saludos de la gente: una gama muy variada de expresiones (desde los sencillísimos saludos de los niños, hasta los de las mujeres, un poco tímidos, o los de quienes han recibido la gracia de un milagro, extáticos, o incluso los curiosos o irónicos: los hay para todos los gustos). Jesús responde a todos según el modo en que es saludado: caricias para los pequeños; bendiciones para las mujeres; sonrisas para los agraciados; respeto profundo para los demás.

Pero esta vez a la serie se une el saludo del centurión del lugar -creo -. Su saludo es:
-¡Salve, Maestro!
Jesús responde con su expresión:
-¡Que Dios vaya a ti!
El romano prosigue:
-Hace varios días que te espero. Si no me reconoces como uno de los que te escuchaban en el Monte es porque estaba vestido de paisano. ¿No me preguntas por qué estaba allí?
Mientras, la gente se ha acercado, curiosa por ver cómo se desarrolla este encuentro.
-No te lo pregunto. ¿Qué quieres de mí?

-La orden recibida es seguir a quienes reúnen en torno a sí a la gente, porque demasiadas veces Roma ha tenido que arrepentirse de haber concedido reuniones aparentemente justas. Pero, viendo y oyendo, he pensado en ti como en… como en… Tengo un siervo que está enfermo, Señor. Yace en su lecho, en mi casa, paralizado a causa de un mal de huesos, y sufre terriblemente. Nuestros médicos no lo curan. He invitado a los vuestros a venir a mi casa, porque estas enfermedades se originan en los aires corrompidos de estas regiones y vosotros las sabéis curar con las hierbas del suelo que produce la fiebre, el suelo de la orilla donde se estancan las aguas antes de ser absorbidas por las arenas del mar; pero se han negado a venir. Me apena porque es un siervo fiel.

-Iré y te lo curaré.

-No, Señor. No te pido tanto. Soy pagano, inmundicia para vosotros. Si los médicos hebreos temen contaminarse por poner pie en mi casa, con mayor razón será contaminadora para ti, que eres divino. No soy digno de que entres en mi casa. Si dices desde aquí una palabra, una sola, mi siervo quedará curado, porque tienes mando sobre todo lo que existe.

Si yo -que soy un hombre que depende de muchas autoridades, la primera de las cuales es César (por lo cual tengo que obrar, pensar, actuar como se me dice) -puedo dar órdenes a los soldados que tengo bajo mi mando, de forma que si a uno le digo: "Ve", al otro: "Ven", y al siervo: "Haz esto", el uno va a donde le mando, el otro viene porque lo llamo, el tercero hace lo que le digo, pues Tú, que eres quien eres, serás inmediatamente obedecido por la enfermedad y desaparecerá.

-La enfermedad no es un hombre…-objeta Jesús.

-Tú tampoco eres un hombre, eres el Hombre; puedes, por tanto, imperar sobre los elementos y las fiebres, porque todo está sujeto a tu poder.

Algunas personalidades de Cafarnaúm se llevan un poco aparte a Jesús y le dicen:

-Aunque sea un romano, atiéndelo, porque es un hombre de bien y nos respeta y ayuda. Fíjate que ha sido él quien ha hecho construir nuestra sinagoga; además tiene controlados a sus soldados los sábados para que no nos ultrajen. Concédele, pues, esta gracia por amor a tu ciudad, a fin de que no se sienta defraudado y no se irrite y su amor hacia nosotros se vuelva odio.

Jesús, habiendo escuchado a éstos y al centurión, se vuelve a este último sonriendo y le dice:
-Ve caminando, que ahora voy yo.

Pero el centurión insiste:

-No, Señor. Como he dicho, el hecho de que vinieses a mi casa sería un gran honor, pero no merezco tanto; di sólo una palabra y mi siervo quedará curado.

-Pues así sea. Ve con fe. En este instante la fiebre lo está dejando y la vida está volviendo a sus miembros; haz que también llegue a tu alma la Vida. Ve.

El centurión saluda militarmente, se inclina y se marcha.

Jesús se le queda mirando mientras se marcha, luego se vuelve hacia los presentes y dice:

-En verdad os digo que no he encontrado tanta fe en Israel. Es verdad: "El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz. Sobre los que habitaban en la oscura región de muerte ha surgido la Luz", y: "El Mesías, alzada su bandera sobre las naciones, las reunirá". ¡Oh, Reino mío, verdaderamente será incontable el número de los que a ti afluyan! Más que todos los camellos y dromedarios de Madián y de Efá, y que los transportadores de oro e incienso de Saba, más que todos los rebaños de Quedar y los carneros de Nebayot, serán los que a ti vayan, y mi corazón se dilatará de júbilo al ver venir a mí a los pueblos del mar y a las potencias de las naciones.

Las islas me esperan para adorarme, los hijos de los extranjeros edificarán los muros de mi Iglesia, cuyas puertas siempre estarán abiertas para acoger a los reyes y a las potencias de las naciones y para santificarlos en mí. ¡Lo que Isaías vio se cumplirá! Os digo que muchos vendrán de oriente y occidente y se sentarán con Abraham, Isaac y Jacob en el Reino de los Cielos, mientras que los hijos del Reino serán arrojados a las tinieblas exteriores; allí habrá llanto y rechinar de dientes.

-¿Estás profetizando que los gentiles estarán al mismo nivel que los hijos de Abraham?

-No al mismo nivel, sino a nivel superior. Que esto os duela sólo por el hecho de que es culpa vuestra. No lo digo Yo, lo dicen los Profetas, y los signos ya lo están confirmando. Ahora que alguno de vosotros vaya a casa del centurión para constatar que el siervo ha sido curado, como lo merecía la fe del romano. Venid. Quizás en la casa hay enfermos que esperan mi llegada.

Y Jesús, con los apóstoles y algún otro -la mayoría se ha lanzado, curiosa y alborotadora, hacia la casa del centurión -se dirige a la casa de siempre, a la casa en que se aloja los días que está en Cafarnaúm.

176- Durante el descanso sabático, el último discurso de la Montaña: amar la voluntad de Dios

Jesús, durante la noche, subiendo por el monte, se ha alejado bastante. La aurora lo muestra erguido sobre el borde de un despeñadero. Pedro lo ve y se lo indica a sus compañeros. Se encaminan hacia arriba en dirección a Él.

-Maestro -preguntan bastantes de ellos -¿por qué no has venido con nosotros?

-Necesitaba orar.

-Pero también tienes mucha necesidad de descansar.

-Amigos, durante la noche una voz venida del Cielo pedía oración por los buenos y por los malos, y también por mí mismo.

-¿Por qué? ¿Es que acaso la necesitas?

-Como los demás. Mi fuerza se nutre de oración; mi alegría, de hacer lo que mi Padre quiere. El Padre me ha dicho dos nombres de personas, y, para mí, un hecho doloroso. Estas tres cosas tienen necesidad de oración.

Jesús está muy triste. Mira a los suyos con una mirada que parece suplicar o querer preguntar algo; se posa en éste o en aquél y, finalmente, en Judas Iscariote, y en él se detiene.

El apóstol lo nota y pregunta:

-¿Por qué me miras así?

-No te veía a ti. Mis ojos contemplaban otra cosa…
-¿Y qué es?…

-La naturaleza del discípulo. Todo el bien y el mal que un discípulo puede dar a su Maestro y hacer por Él.

Pensaba en los discípulos de los Profetas y en los de Juan; y en los míos. Y rogaba por Juan, por los discípulos y por mí…

-Esta mañana estás triste y cansado, Maestro. Manifiesta tu pesar a quien te ama.

Es Santiago de Zebedeo el que lo invita a expresarse.

-Sí, dínoslo; que, si se puede hacer algo para aliviártelo, lo haremos -dice Judas Tadeo, el primo de Jesús.

Pedro habla con Bartolomé y Felipe, pero no comprendo lo que dicen.
Jesús responde:

-Sed buenos, esforzaos por ser buenos y fieles: ése será mi consuelo. No existe ningún otro, Pedro, ¿comprendes?; abandona esa sospecha. Queredme. Quereos. No os dejéis seducir por quien me odia. Amad sobre todo la voluntad de Dios.

-¡Sí, pero, si todo viene de ella, también de ella vendrán nuestros errores! -exclama Tomás con aire de filósofo.
-¿Tú crees? No es así. Pero… vamos, que muchos se han despertado ya y están mirando hacia aquí. Vamos a bajar. Santifiquemos el día santo con la palabra de Dios.

Descienden mientras los que dormían se van despertando en número cada vez mayor. Los niños, alegres como gorrioncillos, ya gorjean corriendo y saltando por los prados, y mojándose de rocío a base de bien; tanto que se ganan algún que otro pescozón, con el correspondiente lloro. Pero luego los niños corren hacia Jesús, que los acaricia, y recupera su sonrisa (como si reflejase en sí esas manifestaciones inocentes de alborozo).

Una niña quiere colgarle del cinturón un ramito de flores que ha cogido de los prados, «porque así es más bonita la túnica», y Jesús se lo consiente a pesar de que los apóstoles refunfuñen; es más, dice:

-¡Alegraos de que me quieran! El rocío se lleva el polvo de las flores, el amor de los niños aleja las tristezas de mi corazón.
Llegan contemporáneamente donde Jesús, que viene del monte, los peregrinos y el escriba Juan, que viene de su casa acompañado de muchos siervos cargados de canastos de pan, y con aceitunas, quesos pequeños y un corderito -quizás es un cabritillo -ya asado para el Maestro.

Todo lo depositan a los pies de Jesús, el cual se ocupa de repartirlo, dando a cada uno un pan y una tajada de queso con un puñado de aceitunas; llegado el turno de una madre que lleva todavía al pecho a un niñito regordete que ríe con sus dientecitos de leche, le da con el pan un pedazo de cordero asado, y esto lo repite con otros dos o tres que le parecen necesitados de reponer fuerzas en modo especial.

-Es para ti, Maestro -dice el escriba.
-Lo probaré, no lo dudes. Mira, el saber que tu bondad llega a muchos me mejora su sabor.

Termina el reparto. La gente come una parte de su pan y se reserva el resto para otro momento. Jesús bebe un poco de leche. El escriba ha querido servírsela personalmente en una taza valiosa, vertiéndola de una garrafilla que lleva uno de los siervos (es como una pequeña orza). -Pero tienes que concederme la alegría de poderte escuchar -dice el escriba Juan, a quien ha saludado Hermas con el mismo respeto con que Juan lo ha saludado, y Esteban con más respeto aún. -No te lo niego. Ven, arrímate aquí -y Jesús se pone junto a la pared del monte. Empieza a hablar.

-La voluntad de Dios nos ha retenido en este lugar porque alargar el camino ya recorrido hubiera sido lesivo contra los preceptos, con el correspondiente escándalo; tal cosa no debe suceder jamás hasta que no se escriba el nuevo Pacto.

Justo es santificar las fiestas y alabar al Señor en los lugares de oración, mas toda la creación puede ser lugar de oración si la criatura sabe convertirla en eso con su elevación hacia el Padre. Lugar de oración fue el Arca de Noé, a la deriva sobre las olas; y el vientre de la ballena de Jonás; lugar de oración fue la casa del Faraón cuando José vivió en ella; y la tienda de Holofernes para la casta Judit. ¿Y no era, acaso, sagrado para el Señor el lugar corrompido en que, esclavo, vivía el profeta Daniel; sagrado por la santidad de su siervo, que santificaba el lugar, hasta el punto de merecer las altas profecías del Cristo y el Anticristo, clave de estos momentos y de los últimos tiempos? Pues con mayor razón será santo este lugar que, con los colores, los perfumes, la pureza del aire, la riqueza de los cereales, las perlas del rocío, habla de Dios Padre y Creador y dice: "Creo; quered creer vosotros, pues de Dios damos testimonio". Sea, por tanto, la sinagoga de este sábado; leamos en ella las páginas eternas escritas sobre las corolas y las espigas, teniendo como sagrada lámpara el Sol.

He nombrado a Daniel. Os he dicho: "Sea este lugar nuestra sinagoga". Esto trae a la memoria el gozoso "benedicite" de los tres santos jóvenes entre las llamas del horno: "Cielos y aguas, rocío y escarcha, hielos y nieves, fuegos y colores, luces y tinieblas, relámpagos y nubes, montes y colinas, todo vegetal nacido, pájaros, peces, animales todos, alabad y bendecid al Señor, junto con los hombres de humilde y santo corazón". Éste es el resumen de este cántico santo que tanto enseña a los humildes y santos. Podemos orar y merecer el Cielo en cualquier lugar. Lo merecemos cuando hacemos la voluntad del Padre.

Hoy al amanecer se me ha hecho la observación de que, si todo viene de voluntad divina, también ésta quiere los errores de los hombres. Es un error, un error además muy difundido. ¿Puede, acaso, un padre querer que el hijo se haga merecedor de condena? No, no puede. Y, a pesar de ello, vemos en las familias que algunos hijos se hacen tales, incluso teniendo un padre justo que les señala el bien que hay que hacer y el mal que hay que evitar: ninguna persona recta acusará a ese padre de haber estimulado al hijo al mal.

Dios es el Padre, los hombres son los hijos. Dios señala el bien, y dice: "Mira, te pongo en esta circunstancia para tu bien"; o también, cuando el Maligno y los hombres que le sirven procuran desgracias a los hombres, Dios dice: "Mira, en esta hora penosa actúa así, de forma que este mal sirva para eterno bien". Os aconseja, pero no os fuerza. Pues bien, entonces, si uno, aun conociendo lo que sería la voluntad de Dios, prefiere hacer todo lo contrario, ¿se puede decir que tal cosa contraria es voluntad de Dios? No, no se puede.

Amad la voluntad de Dios; amadla más que a la vuestra, y seguidla contra las seducciones y los poderes de las fuerzas del mundo, de la carne y el demonio. También estas cosas tienen su voluntad, mas en verdad os digo que bien infeliz es quien ante ellas se doblega.

Me llamáis Mesías y Señor. Decís que me amáis y me entonáis alabanzas. Me seguís, y tal cosa parece amor. Y, sin embargo, en verdad os digo que no todos de entre vosotros entrarán conmigo en el Reino de los Cielos. Incluso entre mis más próximos y antiguos discípulos habrá quien no entre, porque muchos harán su voluntad, o la de la carne, el mundo y el demonio; no la de mi Padre. No quien me dice: "¡Señor! ¡Señor!" entrará en el Reino de los Cielos, sino aquellos que hacen la voluntad del Padre mío; sólo éstos entrarán en el Reino de Dios.

Llegará un día en que Yo, quien os está hablando, tras haber sido Pastor, seré Juez. No os confiéis ilusamente en mi aspecto actual. Ahora mi cayado congrega a todas las almas dispersas y se muestra dulce para invitaros a venir a los pastos de la Verdad; entonces, el cayado será substituido por el cetro del Juez Rey y muy distinta será mi potencia. Entonces, separaré, no con dulzura sino con justicia inexorable, las ovejas que se alimentaron de Verdad de aquellas otras que mezclaron Verdad y Error o se nutrieron sólo de Error. Una primera vez y luego otra haré esto.

¡Ay de aquellos que entre la primera y la segunda comparecencia ante el Juez no se hayan purgado, no puedan purgarse de los venenos. La tercera categoría no se purgará. Ninguna pena podría purgarla. Ha querido sólo el Error. En el Error permanezca.

Pues en ese momento habrá incluso, entre éstos, quien gima: "¿Cómo es esto, Señor? ¿No hemos profetizado en tu nombre, no hemos arrojado demonios y realizado muchos prodigios en tu nombre?". Pero Yo, en ese momento, muy claramente les diré: "Sí, habéis osado revestiros de mi Nombre para aparecer como no erais; habéis querido hacer pasar por vida en Jesús vuestro satanismo. El fruto de vuestras obras os acusa. ¿Dónde están los salvados por vosotros? ¿Dónde se cumplieron vuestras profecías? ¿A qué llevaron vuestros exorcismos? ¿Quién fue el cómplice de vuestros prodigios? ¡Oh, sí, muy potente es mi Enemigo, pero no está por encima de mí! Os ayudó, sí, para aumentar su botín; por obra vuestra se ensanchó el círculo de los que fueron arrastrados a la herejía. Realizasteis prodigios, sí, incluso aparentemente mayores que los de los verdaderos siervos de Dios, que no son histriones que dejan estupefactas a las muchedumbres, sino que son humildad y obediencia que dejan estupefactos a los ángeles. Mis siervos verdaderos, con sus inmolaciones, no crean fantasmas, sino que los cancelan de los corazones; ellos, mis verdaderos siervos, no se imponen a los hombres, sino que muestran a Dios a los corazones de los hombres; lo único que hacen es cumplir la voluntad del Padre y llevan a otros a cumplirla (de la misma forma que una ola impulsa a la que la precede y atrae a la que la sigue), sin colocarse sobre un trono para decir: `Mirad'.

Ellos, mis siervos verdaderos, hacen lo que Yo digo, sin pensar sino en hacerlo, y sus obras llevan ese signo mío de paz inconfundible, de mansedumbre, de orden. Por tanto puedo deciros: éstos son mis siervos; a vosotros no os conozco. Alejaos de mí todos vosotros, obradores de iniquidad".

Esto diré entonces. Tremenda palabra será. Estad atentos a no merecérosla. Id por el camino seguro de la obediencia ­aunque sea penoso -hacia la gloria del Reino de los Cielos.
Ahora gozaos vuestro reposo del sábado alabando a Dios con todo vuestro ser. La paz sea con todos vosotros.

Y Jesús bendice a la muchedumbre antes de que ésta se disperse en busca de sombra, hablando en grupos, comentando las palabras oídas. Con Jesús se quedan los apóstoles y el escriba Juan, que no habla pero medita profundamente, escudriñando todos los gestos de Jesús. Concluye así el ciclo del Monte.

175- El leproso curado al pie del Monte. Generosidad del escriba Juan

Entre las muchas flores que perfuman el suelo y alegran la vista, se yergue el horrendo espectro de un leproso, llagado, maloliente, corroído.

La gente grita de espanto y se vuelca de nuevo hacia las primeras pendientes del monte. Hay quien incluso agarra piedras para tirárselas al imprudente.

Pero Jesús se vuelve, con los brazos abiertos, gritando:

-¡Paz! ¡Quedaos donde estáis y no tengáis miedo! Dejad las piedras. Tened piedad de este pobre hermano. También él es hijo de Dios.

La gente obedece dominada por el poder del Maestro, que se acerca a través de las altas hierbas en flor hasta pocos pasos del leproso, el cual a su vez, habiendo comprendido que está bajo la protección de Jesús, se ha acercado también.

Ya próximo a Jesús, se postra: la hierba florecida lo acoge, lo sumerge, cual fresca y perfumada agua. Las flores ondean y se agrupan, como haciendo de velo a la miseria celada tras ellas. Sólo la voz quejumbrosa que de allí dentro proviene recuerda la presencia de un pobre ser. La voz dice:

-Señor, si Tú quieres puedes limpiarme. ¡Ten piedad también de mí!

Jesús responde:

-Alza tu rostro y mírame. El hombre debe saber mirar al Cielo cuando cree en él; y tú crees, porque pides.

Las hierbas se agitan y se abren de nuevo. Aparece, cual cabeza de náufrago sobre la superficie del mar, el rostro del leproso, despojado de cabellos y de barba. Es una cabeza de calavera con restos de carne todavía.

Sin embargo, Jesús se atreve a colocar la punta de sus dedos en esa frente, en el punto en que está limpia, o sea, sin llagas, donde sólo es piel cinérea, escamosa, entre dos erosiones purulentas, de las cuales una ha destruido el cuero cabelludo y la otra ha abierto un hueco donde antes estaba el ojo derecho, de manera que no sabría decir si dentro de ese enorme agujero lleno de porquería, que va desde la sien hasta la nariz, dejando al descubierto el pómulo y el cartílago nasal, está o no todavía el globo ocular.

Y dice Jesús, manteniendo apoyada ahí la punta de su bonita mano:

-Lo quiero. Queda limpio.

Y, como si el hombre no estuviera corroído por la lepra y llagado, sino sólo recubierto de porquería, y sobre él se arrojasen aguas purificadoras, el mal desaparece.

Primero se cierran las llagas, luego recupera su color claro la piel, el ojo derecho vuelve a aparecer bajo el renacido párpado, los labios vuelven a cerrarse delante de los dientes amarillentos. Sólo le siguen faltando el pelo y la barba (aparecen escasos mechones de pelo en los lugares donde antes existía todavía un trocito de epidermis sana).

La muchedumbre grita de estupor. El hombre, por esos gritos de júbilo, comprende que ha quedado curado. Levanta las manos, que hasta este momento habían quedado escondidas entre la hierba, y se toca el ojo, en el lugar en que antes estaba el enorme agujero; se toca la cabeza, donde antes estaba la extensa llaga que dejaba al descubierto el hueso craneal, y siente la nueva piel. Entonces se pone en pie y se mira el pecho, las caderas… Todo ha quedado curado y limpio… El hombre se deja caer de nuevo sobre el prado florido llorando de alegría.

-No llores. Levántate y escúchame. Cumple el rito y vuelve a la vida; no hables a nadie hasta que no lo hayas cumplido. Preséntate lo antes posible al sacerdote, haz la ofrenda prescrita por Moisés como testimonio del milagro de tu curación.

-¡A ti te debería presentar mi testimonio, Señor!
-Así lo harás amando mi doctrina. Ve.

La muchedumbre se ha acercado de nuevo, y, aun guardando debida distancia, se congratula con el hombre que ha sido curado. No falta quien siente la necesidad de arrojarle, como viático, unas monedas. Otros le lanzan unos panes y otras provisiones, y uno, viendo que el vestido del leproso no es sino un harapo reducido a jirones que deja todo al descubierto, se quita el manto, lo anuda como si fuese un pañuelo muy grande y se lo arroja al leproso, el cual puede así taparse de forma decente. Otro -pues la caridad es contagiosa cuando se hace en común -no resiste al deseo de procurarle las sandalias: se las quita y las lanza hacia el leproso.

-¿Y tú? -pregunta Jesús al ver el gesto.

-Estoy aquí cerca. Puedo andar descalzo. Él tiene que recorrer mucho camino.

-La bendición de Dios descienda sobre ti y sobre todos los que han favorecido a este hermano. Hombre: pedirás por ellos.

-Sí, sí; por ellos y por ti: para que el mundo tenga fe en ti.
-Adiós. Ve en paz.

El hombre anda unos metros y luego se vuelve y grita:
-¿Puedo decirle al sacerdote que Tú me has curado?
-No hace falta. Di solamente: "El Señor ha tenido misericordia de mí". Dices toda la verdad y no hace falta más.

La gente se arremolina en torno al Maestro. Es un círculo que bajo ningún concepto quiere abrirse. Pero, entretanto, el sol se ha ocultado y comienza el reposo del sábado. Los centros habitados están lejos. De todas formas, la gente no echa de menos ni el pueblo ni la comida ni nada. No sucede lo mismo con los apóstoles, y se lo comentan a Jesús. También los discípulos ancianos están preocupados.

Hay mujeres y niños, y, si bien la temperatura de la noche es moderada y la hierba de los campos está blanda, las estrellas no son pan ni se transforman en alimentos las piedras de las laderas.

Jesús es el único que se lo toma con tranquilidad. La gente, mientras, come lo que les había sobrado, sin mayores problemas. Jesús llama la atención de los discípulos sobre este hecho:

-¡En verdad os digo que éstos están más adelantados que vosotros! Mirad con qué despreocupación consumen todo lo que tienen. Les he dicho: "El que no sea capaz de creer que mañana Dios dará el alimento a sus hijos que se retire", y se han quedado aquí. Dios no desmentirá a su Mesías ni defraudará a quien en Él espera.

Los apóstoles se encogen de hombros y ya no se ocupan de nada más.

Se pone la tarde, después de un intenso rojo de ocaso, serena y bella; el silencio del campo se extiende sobre todas las cosas, tras el último coro de los pájaros. Algún frufrú del viento y luego el primer vuelo mudo de ave nocturna junto a la primera estrella y la primera rana que croa.

Los niños ya duermen. Los adultos hablan entre sí. De vez en cuando alguno va a donde el Maestro a pedirle alguna aclaración. Es así que no se produce estupor cuando, por un sendero entre dos campos de trigo, se ve venir a una persona que impone por su aspecto, indumento y edad. Le siguen algunos hombres. Todos se vuelven a mirarlo y se lo señalan unos a otros bisbiseando. El bisbiseo se transmite de grupo a grupo. Se aviva y se atenúa. Los grupos más lejanos se acercan atraídos por la curiosidad.

El hombre de noble aspecto llega hasta donde Jesús, que está sentado al pie de un árbol escuchando a unos hombres, y lo saluda con toda reverencia. Jesús se alza enseguida y responde al saludo con igual respeto. Los presentes se centran completamente en ellos.

-Estaba en el monte. Quizás has pensado que no tenía fe, que me iba por miedo a tener que ayunar. La verdad es que me fui por otro motivo. Quería comportarme como hermano con los hermanos, como el hermano mayor. Quisiera manifestarte aparte lo que pienso. ¿Podrías escucharme? A pesar de ser un escriba, no soy enemigo tuyo.

-Vamos un poco lejos… -y se meten entre los cereales.

-Quería proveer de alimento a los peregrinos, así que bajé para encargar que hicieran pan para una multitud. Respecto a la distancia estoy dentro de la Ley, porque estos campos son míos y de aquí a la cima se puede recorrer en día de sábado. Mi intención era venir mañana con los siervos, pero he sabido que estabas aquí con la muchedumbre. Te ruego que me permitas surtir de lo necesario a la muchedumbre este sábado; si no, sentiría demasiado el haber renunciado a tus palabras por nada.

-En ningún caso hubiera sido por nada, porque el Padre te habría recompensado con sus luces. Yo por mi parte te doy las gracias. No te defraudaré. Lo único que quisiera observarte es que la gente es mucha.

-He encargado que enciendan todos los hornos, incluso los que se usan para secar productos agrícolas. Conseguiré pan para todos.

-No lo digo por eso, lo digo por la cantidad de pan…
-No me causa problema. El año pasado recogí mucho trigo, y este año ya ves qué espigas. Déjame, que sé lo que hago. ¡Qué mayor seguridad para mis tierras! Y, además,

Maestro… ¡El pan que me has dado hoy!… ¡Tú sí que eres Pan del espíritu!…

-Sea entonces como quieres. Ven, vamos a decírselo a los peregrinos.

-No. Tú lo has dicho.
-¿Y eres escriba?

-Sí, lo soy.

-Que el Señor te lleve a donde tu corazón merece.

-Comprendo lo que no dices. Quieres decir: a la Verdad. Porque en nosotros hay mucho error y.., y mucha mala fe.
-¿Quién eres?

-Un hijo de Dios. Ruega al Padre por mí. Adiós.

-La paz sea contigo.

Jesús regresa lentamente hacia los suyos mientras el hombre se aleja con los siervos.

-¿Quién era? ¿Qué quería? ¿Te ha dicho alguna cosa desagradable? ¿Tiene algún enfermo?

Jesús se ve asaltado de preguntas.

-No sé quién es. Bueno, quiero decir, tiene buen corazón y esto me…

-Es Juan el escriba -dice uno de la multitud.

-Bien, pues ahora lo sé por tus palabras. Quería sencillamente ser el siervo de Dios para con los hijos de Dios. Orad por él porque mañana todos comeremos gracias a su bondad.

-Verdaderamente es un justo» dice uno.

-Sí. Lo que no sé es cómo puede ser amigo de otros -comenta otro.

-Fajado de escrúpulos y de reglas como un recién nacido; pero no es malo -concluye otro.

-¿Son éstas sus tierras? -preguntan muchos, que no son de la zona.

-Sí. Creo que el leproso era uno de sus siervos o de sus labriegos; pero permitía que estuviera en las cercanías, e incluso creo que le daba de comer.

La crónica continúa, pero Jesús se abstrae de ello y llama a sí a los doce y les pregunta:

-¿Y ahora qué tengo que deciros por vuestra incredulidad? ¿No ha puesto, acaso, el Padre pan para todos nosotros en las manos de una persona que, por su casta, está contra mí?

¡Oh, hombres de poca fe!… Id, id allí, al mullido heno y dormid. Yo voy a orar al Padre para que abra vuestros corazones y para darle las gracias por su bondad. Paz a vosotros.

Y va a las primeras pendientes del monte. Se sienta y se recoge en su oración. Alza los ojos y ve el rebaño de las estrellas que abarrotan el cielo; los baja y ve el rebaño de los que duermen echados en los prados. Nada más; mas es tal la alegría que siente en su corazón, que parece transfigurarse de luz…

174- Sexto discurso de la Montaña: la elección entre el Bien y el Mal; el adulterio; el divorcio. La llegada importuna de María de Magdala.

Es una mañana espléndida.

El aire tiene una nitidez aún más viva de la habitual; debido a ello, parece que las distancias se acortan o que las cosas se ven a través de un ocular, que hace nítidos incluso sus más pequeños detalles. En este ambiente, la muchedumbre se prepara a escuchar a Jesús.

Cada día que pasa, la naturaleza se va haciendo más hermosa, cubriéndose con el vestido opulento de la plena primavera, que en Palestina me parece que es justamente entre Marzo y Abril, porque después adquiere aspecto estivo, con las mieses maduras y las hojas abundantes y completas.

Ahora está todo florido. Desde lo alto del monte, vestido de flores incluso en los puntos aparentemente menos aptos para florecer, se ve la llanura, con su cimbrear de cereales todavía flexibles movidos por el viento, que les imprime un vaivén de ola verde claro, apenas teñida de oro pálido en los ápices de las espigas, que granan bajo sus ásperas aristas. Por encima de este ondear de cereales al viento leve, se ven enhiestos, vestidos de pétalos (parecen numerosas, enormes borlas de tocador, o bolas de gasa blanca, o de color rosa tenuísimo, o rosa fuerte, o rojo vivo), los árboles frutales. Recogidos, como ascetas penitentes, los olivos oran, y su oración se transforma en una nieve de florecillas blancas que cae, por ahora todavía incierta.

El Hermón es, en su cima, alabastro rosa que el sol besa y del que descienden dos hilos de diamante (desde aquí parecen hilos). De ellos el astro arranca fulgores casi irreales. Luego se hunden por debajo de las galerías verdes de los bosques y dejan de verse hasta que llegan abajo, al valle, donde forman cursos de agua, que sin duda desembocan en el lago Merón (no visible desde aquí), del que, a su vez, salen en las bellas aguas del Jordán, para hundirse nuevamente, ésta vez en el zafiro claro del mar de Galilea, que es todo un rielar de lascas -piedras preciosas -a las que el sol hace de engaste y llama. Parece como si las barcas de vela que surcan este lago, sereno y espléndido con su marco de jardines y campos maravillosos, estuvieran guiadas por las nubecillas ligeras que navegan en el otro mar del cielo.
Verdaderamente la creación ríe en este día de primavera, a esta hora de la mañana.

La gente va afluyendo sin interrupción. Sube por todos los lados. Hay ancianos, personas sanas, enfermos, niños, recién casados que quisieran comenzar su vida con la bendición de la palabra de Dios, mendigos, gente bien situada (que llaman a los apóstoles para darles donativos para los necesitados; y tanto buscan un lugar escondido para ello, que parece que se estuvieran confesando).
Tomás ha cogido una de las alforjas de viaje y está echando en ella tranquilamente todo este tesoro de monedas, como si fuera comida para pollos; luego lo lleva todo junto a la piedra desde donde Jesús habla; y ríe alegre diciendo:

-¡Mira qué bien, Maestro! ¡Hoy tienes para todos!
Jesús sonríe y dice:

-Vamos a empezar para que inmediatamente se alegren los que están tristes. Tú y los otros compañeros escoged a los enfermos y a los pobres y traedlos aquí delante.
Esta operación se realiza en un tiempo relativamente breve, pues se deben escuchar los casos de unos u otros; de todas formas, duraría mucho más sin la ayuda de Tomás, que, con su potente vozarrón, encima de una piedra para que lo vean, grita:

-¡Todos los que tengan padecimientos en su cuerpo que vayan a mi derecha, allí, a aquella sombra.
A Tomás lo imita Judas Iscariote -que también tiene una voz no común en cuanto a potencia y belleza -y a su vez grita:

-¡Y todos los que crean tener derecho al óbolo que vengan aquí, alrededor de mí. Y atentos a no mentir porque el ojo del Maestro lee dentro de los corazones.
La muchedumbre comienza a fluir para separarse en tres partes: los enfermos, los pobres y los que sólo desean doctrina.

Entre estos últimos, dos -luego tres -parecen necesitar algo que no es ni salud ni dinero, pero que es más necesario que estas cosas: son una mujer y dos hombres. Miran, miran a los apóstoles sin atreverse a hablar.

Pasa Simón Zelote con su aspecto grave; pasa Pedro con su aspecto de persona atareada, exhortando a un grupo de unos diez rapacillos a que se porten bien hasta el final, prometiéndoles que si así lo hacen les dará unas aceitunas, pero que, si arman jaleo mientras habla el Maestro, les dará unos cachetes; pasa Bartolomé, anciano y serio; pasa Mateo con Felipe, llevando en brazos a un tullido, el cual, si no, hubiera tenido demasiada dificultad para abrirse paso entre la apiñada muchedumbre; pasan los primos del Señor, ofreciendo el brazo a un mendigo casi ciego, y a una pobre que quién sabe cuántos años podrá tener y que llora mientras le cuenta a Santiago todas sus desventuras; pasa Santiago de Zebedeo llevando en brazos a una pobre niña enferma que ha tomado de su madre -que lo sigue angustiada -para impedir que la muchedumbre le haga daño; por último, pasan Andrés y Juan, quienes yo diría que son indivisibles (si bien Juan, con su serena naturalidad de niño santo, va por igual con todos los compañeros, mientras que Andrés, debido a su carácter fuertemente reservado, prefiere ir con su antiguo compañero de pesca y de fe en Juan el Bautista). Ambos se habían quedado a la entrada de los dos senderos principales para dirigir a la muchedumbre hacia su puesto, pero, como ahora ya no se ven más peregrinos por las veredas pedregosas del monte, se han vuelto a reunir para ir donde el Maestro con las últimas limosnas recibidas.

Jesús está ya dedicándose a los enfermos, y los gritos de hosanna de la multitud se intercalan entre cada uno de los milagros.
La mujer, que parece llena de pena, por fin se decide a tirar de la túnica a Juan, que está hablando con Andrés y sonríe; Juan se inclina hacia ella y le pregunta:

-¿Qué quieres, mujer?

-Quisiera hablar con el Maestro…
-¿Tienes alguna dolencia? No eres pobre…

-Ni tengo dolencias ni soy pobre, pero lo necesito, porque hay enfermedades sin fiebre, como también miserias sin pobreza, y la mía… la mía… -y se echa a llorar.

-Andrés, mira, esta mujer lleva una pena en su corazón y querría manifestársela al Maestro; ¿cómo podemos resolverlo?

Andrés mira a la mujer y dice:

-Claro, se tratará de algo que te duele manifestar…
La mujer asiente con la cabeza. Andrés prosigue:

-No llores… Juan, preocúpate de que vaya a la parte de atrás de la tienda; yo llevaré allí al Maestro.

Juan, con su sonrisa, ruega a la gente que se abra para dejar paso. Andrés va, en dirección contraria, hacia Jesús.

Pero los dos hombres de aspecto afligido han observado este propósito y uno detiene a Juan y el otro a Andrés; poco después, tanto el uno como el otro están con Juan y la mujer detrás de la pared de ramajes que protege la tienda.

Andrés llega donde Jesús en el momento en que está curando al tullido, el cual levanta las muletas como si fueran dos trofeos, lozano como un bailarín, bendiciendo a gritos. Andrés susurra:

-Maestro, atrás de nuestro cobertizo hay tres personas afligidas. Su angustia es por un asunto íntimo que no puede ser dado a conocer públicamente…

-Bien. Todavía tengo a esta niña y a esta mujer. Luego voy. Ve a decirles que tengan fe.

Andrés se marcha mientras Jesús se inclina hacia la niña, a la que su madre ha tomado de nuevo sobre su regazo.
-¿Cómo te llamas -le pregunta Jesús.

-María.
-¿Y Yo cómo me llamo?
-Jesús -responde la niña.
-¿Y quién soy?

-El Mesías del Señor, venido para curar los cuerpos y las almas.

-¿Quién te lo ha dicho?

-Mi mamá y mi papá, que tienen puesta en ti la esperanza de mi vida.
-Vive y sé buena.

La niña -yo creo que estaba enferma de la columna, pues a pesar de tener ya unos siete años, o más, sólo movía las manos y estaba toda envuelta en gruesas y duras fajas desde las axilas hasta la caderas, que se ven porque su madre ha abierto el vestidito de la niña para mostrarlas -permanece así como estaba, durante unos minutos; luego, bruscamente, desciende del regazo materno al suelo: se echa a correr hasta Jesús, que ahora está curando a la mujer cuyo caso no alcanzo a entender.

Todas las expectativas de los enfermos han quedado satisfechas: ellos son los que más gritan entre la numerosa muchedumbre que aplaude al «Hijo de David, gloria de Dios y nuestra.

Jesús se dirige hacia el cobertizo.

Judas de Keriot grita:
-¡Maestro!, ¿y éstos?

Jesús se vuelve y dice:

-Que esperen ahí; también serán consolados -y continúa su camino, con paso veloz, hacia la parte de atrás del entramado de ramajes, donde están, con Andrés y Juan, los tres afligidos.

-Primero la mujer. Ven conmigo. Entre esos matorrales. Habla sin temor.

-Señor, mi marido me abandona por una prostituta. Tengo cinco hijos; el último tiene dos años. Mi dolor es grande.

Pienso en mis hijos… no sé si los querrá él ó si me los dejará a mí. Querrá los varones, al menos el primero… ¿Y yo, que le he dado a luz, habré de privarme en el futuro de la alegría de verlo? ¿Qué pensarán ellos de padre y de mí? De uno de los dos tienen que pensar mal. No quisiera que juzgaran a su padre…

-No llores. Soy el Dueño de la Vida y de la Muerte. Tu marido no se casará con esa mujer. Ve en paz y sigue siendo buena.

-Pero, ¿No lo irás a matar, no? ¿Yo lo amo, Señor!
Jesús sonríe:

-No mataré a ninguno; eso sí, habrá alguien que actuará en lo que es su oficio. Debes saber que el demonio no está por encima de Dios. Regresando a tu ciudad vendrás a tener noticia de que alguien mató a la criatura maléfica, y de un modo tal que tu marido comprenderá lo que estaba haciendo, y su amor por ti renacerá.

La mujer besa la mano que Jesús le había puesto sobre la cabeza y se marcha.

Viene uno de los hombres.

-Tengo una hija, Señor. Desgraciadamente, fue a Tiberíades con unas amigas. Fue como si hubiera respirado un gas tóxico. Volvió a mí como ebria. Quiere irse con un griego… y luego… Pero, ¿por qué tuvo que nacer? Su madre está enferma a causa de este dolor, hasta el punto de que quizás morirá. Sólo las palabras que te oí pronunciar el invierno pasado me disuaden de matarla. Pero -te lo confieso -mi corazón la ha maldecido ya.

-No. Dios, que es Padre, no maldice sino tras el pecado cumplido y obstinado. ¿Qué quieres de mí?

-Que la conviertas.

-No la conozco, y está claro que ella no va a venir a mí.

-¡Tú puedes cambiar su corazón a distancia! ¿Sabes quién me ha enviado a ti? Juana de Cusa. Llegué a su palacio en el momento en que estaba saliendo para Jerusalén, para preguntarle si conocía a ese griego infame. Pensaba que Juana no lo conocería, porque, aunque viva en Tiberíades, es buena; pero, dado que Cusa trata con los gentiles…

Efectivamente no lo conocía, pero me dijo: "Ve donde Jesús, que me llamó el espíritu desde muy lejos y, al llamarme, me curó de mi enfermedad: curará también el corazón de tu hija. Yo haré oración, tú ten fe". Tengo fe, ya lo ves; ¡ten piedad, Maestro!

-Tu hija, antes de que acabe el día, llorará sobre las rodillas de su madre; tú, por tu parte, sé bueno como la madre: perdona. El pasado ha muerto.

-Sí, Maestro. Será como Tú quieres. Bendito seas.

Se vuelve para irse… Luego torna sobre sus pasos:

-Perdona, Maestro, pero… tengo mucho miedo… ¡La lujuria es un demonio tan…! ¡Dame un hilo de tu vestido para meterlo bajo el cabezal de mi hija, para que el demonio no la tiente mientras duerme.

Jesús sonríe y menea la cabeza… Pero, para que el hombre se quede satisfecho, da su consentimiento y dice:

-De acuerdo, para que estés más tranquilo. De todas formas, debes creer que cuando Dios dice: “quiero" el diablo se aleja sin necesidad de más cosas. Significa que conservarás esto como recuerdo mío -Y le da un fleco de una orla.

Viene el tercer hombre:

-Maestro, mi padre ha muerto. Creíamos que tenía riquezas en dinero, pero no las hemos encontrado. El mal no sería grave porque entre los hermanos no nos falta el pan. Lo que sucede es que yo vivía con mi padre, porque soy el primogénito, y mis hermanos me acusan de haber hecho desaparecer las monedas, y quieren proceder contra mí por ladrón. Tú, que ves mi corazón, sabes que no he robado ni una perra. Mi padre conservaba sus denarios en un cofre, en una cajita de hierro. Cuando ha muerto hemos abierto el cofre, y ya no estaba la cajita. Ellos dicen: "Esa noche, mientras dormíamos, la has robado". No es verdad. Ayúdame a poner paz y afecto entre nosotros.

Jesús lo mira muy fijamente y sonríe.

-¿Por qué sonríes, Maestro?

-Porque el culpable es tu padre. Su culpa ha sido como la de un niño que esconde su juguete por miedo a que se lo cojan.

-Pero si no era avaro. Créeme. Hacía el bien.

-Lo sé; pero era muy anciano… Son las enfermedades de los ancianos… Quería conservar su dinero para vosotros, y, por excesivo amor, ha provocado un choque entre tus hermanos y tú. La cajita está enterrada al pie de la escalera de la bodega. Esto te lo digo para que sepas que sé las cosas. Mientras te estoy hablando, por pura casualidad tu hermano menor, golpeando airado el suelo, ha hecho quebrar la cajita y la han descubierto; ahora se sienten confundidos y arrepentidos por haberte acusado.

Vuelve a casa sereno y sé bueno con ellos. No les recrimines nada por su falta de estima.

-No, Señor. Ni siquiera iré. Me quedo aquí escuchándote. Ya iré mañana.

-¿Y si te quitan el dinero?
-Tú dices que no debemos ser codiciosos. No quiero serlo. Me basta con que la paz reine entre nosotros. Por lo demás… ni siquiera sabía cuánto dinero había en la caja.

No sentiré ningún pesar porque no me digan la verdad. Pienso que ese dinero se podría haber perdido… Como habría vivido, viviré, si me lo niegan. Me basta con que no me llamen ladrón.

-Estás muy avanzado en el camino de Dios. Sigue así. La paz sea contigo.

Y también éste se va contento.

Jesús vuelve con la multitud, con los pobres, y distribuye, según su propio criterio, los óbolos. Ahora todos están satisfechos y Jesús puede hablar.

-La paz esté con vosotros.

Jesús está en pie, subido a una voluminosa piedra. Está hablando a una gran muchedumbre. El paisaje es alpestre. Una colina solitaria entre dos valles. La cima de la colina tiene forma de yugo, o, aún más exactamente, forma de joroba de camello; de forma que a pocos metros de la cumbre tiene un anfiteatro natural donde la voz retumba neta como en una sala de conciertos muy bien construida. La colina está toda florida. Debe ser el final de la primavera; los cereales de las llanuras tienden ya a dorarse y a madurar para la siega. A1 Norte, un alto monte resplandece con su nevero expuesto al sol.

Inmediatamente más abajo, al Este, el Mar de Galilea parece un espejo reducido a innumerables fragmentos (cada uno de ellos, un zafiro encendido por el sol). Deslumbra con su cabrílleo azul y oro y no se refleja en su superficie sino alguna que otra esponjosa nube que surca el purísimo cielo, o la furtiva sombra de alguna barca de vela. A1 otro lado del lago de Genesaret, un alejarse de llanuras que debido a una leve niebla al ras del suelo (quizás vaporación de rocío, pues deben ser todavía las primeras horas de la mañana, dado que la hierba montana tiene todavía algún diamante de rocío disperso entre sus tallitos), parecen continuar el lago, aunque con tonalidades casi de ópalo veteado de verde; más lejos todavía, una cadena montañosa de perfil muy caprichoso, que hace pensar en un diseño de nubes en el cielo sereno.

La gente está sentada, quién en la hierba, quién en gruesas piedras; otros están de pie. El colegio apostólico no está completo. Veo a Pedro y a Andrés, a Juan y a Santiago, y oigo llamar a otros dos, Natanael y Felipe. Luego hay otro, que está y no está en el grupo; quizás es el último llegado: le llaman Simón. Los otros no están, a menos que sea que no los veo entre la masa de gente.

-Si os enseño los caminos del Señor-habla Jesús-es para que los sigáis. ¿Podéis acaso, recorrer el sendero que baja por la derecha y el que baja por e izquierda juntos? No podéis porque, si tomáis uno, debéis dejar el otro. Ni siquiera tratándose de dos senderos adyacentes podríais manteneros caminando siempre con un pie en cada uno. Acabaríais cansándoos, y equivocándoos, aunque se tratara de una apuesta. Pero es que entre el sendero de Dios y el de Satanás hay una gran distancia, que además cada vez se ahonda más, exactamente como sucede con esos dos senderos que terminan aquí: a medida que van descendiendo se alejan el uno del otro; uno en dirección a Cafarnaúm, el otro en dirección a Tolemaida.

La vida es así, fluye como arco a caballo entre el pasado y el futuro, entre el mal y el bien. En el centro está el hombre con su voluntad y su libre albedrío. En los extremos están: en una parte, Dios en su Cielo; en la otra, Satanás con su Infierno. El hombre puede elegir. Nadie lo obliga.

Que no se me diga: "Pero Satanás tienta" como disculpa de bajar hacia el sendero bajo. Dios también tienta con su amor, que es bien fuerte; con sus palabras, que son muy santas; con sus promesas, que son muy seductoras. ¿Por qué, entonces, dejarse tentar por uno sólo de los dos, y además por el que no merece ser escuchado?

Palabras, promesas, amor de Dios: ¿no son suficientes para neutralizar el veneno de Satanás? Fijaos que ello no testifica a favor de vosotros. Una persona que tenga fuerte salud física supera con facilidad los contagios aun no siendo inmune a ellos. Sin embargo, si uno está ya de por sí enfermo, y por tanto débil, es casi seguro que perecerá si cae en una nueva infección, o, si sobrevive, quedará más enfermo que en el estadio precedente, porque no tiene fuerza en su sangre para destruir completamente los gérmenes infecciosos. Pues lo mismo sucede con la parte superior. Si una persona está moral y espiritualmente sana y fuerte, no es que esté exenta de ser tentada, creedlo, pero el mal no echará raíces en ella.

Cuando oigo a alguno que me dice: "He conocido a tal o cual persona, he leído tal o cual libro, he tratado de llevar a éste o a aquél al bien, pero ha sucedido que el mal que había en su mente y en su corazón, el mal que había en el libro, ha entrado en mí", Yo concluyo: “Lo que demuestra que ya habías creado en ti el terreno favorable para que entrase; lo que demuestra que eres una persona débil, completamente carente de nervio moral y espiritual. Porque incluso de nuestros enemigos debemos sacar cosas buenas. Observando sus errores debemos aprender a no caer en ellos. El hombre inteligente no es juguete de la primera doctrina que llega a sus oídos.

Quien está saturado de una doctrina no puede hacer espacio dentro de sí para otras. Esto explica las dificultades que uno encuentra cuando trata de persuadir de seguir la verdadera Doctrina a quienes están convencidos de otras. Pero, si me confiesas que tu pensamiento cambia al mínimo soplo del viento, veo que estás lleno de vacíos, veo que tu fortaleza espiritual está llena de fisuras, los diques de tu pensamiento están agrietados en mil puntos por los que salen las aguas buenas y entran las contaminadas. Y eres tan necio y apático, que ni siquiera te das cuenta y no pones el necesario remedio. Eres un desdichado".

Sabed elegir, pues, entre los dos senderos, el bueno; y proseguir en él, resistiendo, resistiendo, oponiendo resistencia a las seducciones de la carne, del mundo, de la ciencia y del demonio. Las fes a medias, compromisos o pactos hechos con dos (el uno contrario al otro) dejádselos a los hombres del mundo. Ni siquiera en ellos deberían existir, si los hombres fueran honestos. Pero, al menos vosotros, hombres de Dios, no los tengáis.

Ni con Dios ni con Satanás, podríais tenerlos; pero es que ni con vosotros mismos debéis tenerlos, porque no tendrían valor. Vuestras acciones, compuestas de bien y mal, no tendrían valor alguno. Además, las que fueran enteramente buenas quedarían anuladas por las no buenas.

Las malas os conducirían directamente a los brazos del Enemigo. No sean, por tanto, así vuestras acciones; antes bien, sed leales en vuestro servicio. Nadie puede servir a dos señores que piensan de forma distinta: amará a uno y odiará al otro, o viceversa. No podéis ser, al mismo tiempo, de Dios y de Satanás. El espíritu de Dios no puede conciliarse con el espíritu del mundo: el uno sube, el otro baja; el uno santifica, el otro corrompe. Y, si estáis corrompidos, ¿cómo podréis actuar con pureza?

Ya sabéis cómo se corrompió Eva, y Adán por ella. Satanás besó los ojos de la mujer y los embrujó, de modo que todo lo que veía puro hasta ese momento para ella tomó aspecto impuro y despertó curiosidades extrañas. Luego Satanás le besó los oídos, y se los abrió a palabras de una ciencia ignota, la suya. También la mente de Eva quiso conocer lo que no era necesario. Luego Satanás mostró a los ojos y la mente, despertados al Mal, aquello que antes no habían visto ni entendido, y todo en Eva quedó despertado y corrompido; y la Mujer fue al Hombre y le reveló su secreto, y persuadió a Adán de que saborease el nuevo fruto, tan hermoso para la vista, tan prohibido hasta ese momento. Y lo besó y lo miró, con la boca y las pupilas, estando ya presente la mezquindad de Satanás. Y la corrupción penetró en Adán, que vio, y que a través de los ojos sintió el apetito de lo prohibido y lo mordió con su compañera, y cayó desde tanta altura al lodo.

Cuando uno está corrompido arrastra hacia la corrupción, a menos que el otro sea un santo en el verdadero sentido de la palabra. Atención, hombres, con la mirada, la de los ojos y la de la mente: una vez corrompidas, por fuerza corromperán lo demás. Los ojos son faro del cuerpo; del corazón, tu pensamiento. Si tu ojo no es puro -ten en cuenta que por la sujeción de los órganos al pensamiento los sentidos se corrompen por un pensamiento corrompido -todo en ti será tenebroso, seductores velos crearán impuros fantasmas en ti. Todo es puro en quien tiene pensamiento puro, que a su vez da una mirada pura; entonces la luz de Dios, señora, desciende donde no encuentra el obstáculo de la carne. Pero si por mala voluntad has educado tu ojo a torpes imágenes, todo en ti se transformará en tinieblas. Inútilmente mirarás incluso a las cosas más santas; en la oscuridad no serán sino tinieblas, y harás obras de tinieblas.

Por tanto, hijos de Dios, tutelaos contra vosotros mismos. Vigilaos atentamente contra todas las tentaciones. No hay mal en el hecho de ser tentados. El atleta se prepara para la victoria con la lucha. El mal está en ser vencidos por falta de preparación o de atención. Sé que todo puede servir de tentación. Sé que defenderse debilita. Sé que la lucha cansa. De todas formas, ¡ánimo!; pensad en lo que conseguís por estas cosas. ¿Estaríais dispuestos a perder una eternidad de paz por una hora de placer, del tipo que sea? ¿Qué os deja el placer de la carne, del oro y del pensamiento? Nada. ¿Qué conseguís de repudiarlos? Todo.

Hablo a pecadores, porque el hombre es pecador. Bien, decidme, de verdad: ¿una vez aquietado el apetito de la carne o el orgullo o la avaricia, os sentís más lozanos, contentos, seguros? ¿En el tiempo que sigue a la satisfacción del deseo -que es siempre tiempo de reflexión -verdaderamente os habéis sentido felices? Yo no he probado este pan de la carne, pero respondo por vosotros: no; lo que habéis sentido es decaimiento, desagrado, incertidumbre, náusea, miedo, desasosiego: ése ha sido el contenido sacado a la hora transcurrida.

Ahora bien, de la misma forma que os digo: "No hagáis eso nunca” os digo también: "No seáis crueles para con los que yerran", os lo ruego. Recordad que todos sois hermanos, hechos de una carne y un alma. Pensad que muchas son las causas que inducen a pecar. Sed misericordiosos para con los pecadores; levantadlos bondadosamente y conducidlos a Dios, mostrando que el camino que han recorrido está erizado de peligros para la carne, la mente y el espíritu. Si hacéis esto, obtendréis un alto premio, porque el Padre que -está en los cielos es misericordioso con los buenos y sabe dar el céntuplo por uno. Por lo cual os digo…

Un fuerte movimiento entre la muchedumbre, que se agolpa hacia el sendero que sube al rellano. Las cabezas de los que están más cercanos a Jesús se vuelven. La atención se orienta hacia otro objeto. Jesús suspende su discurso y vuelve su mirada hacia donde los demás. Está serio; su aspecto es hermoso, con su indumento azul oscuro, los brazos recogidos sobre el pecho, y el sol rozándole la cabeza con el primer rayo que sobrepasa la cresta oriental del monte.

-¡Haceos a un lado, plebeyos! -grita una voz iracunda de hombre -¡Haceos a un lado, que pasa esta belleza!…

Y se presentan cuatro petimetres todo acicalados -de los cuales uno es ciertamente romano porque viste toga romana ­llevando como en triunfo, sobre sus manos cruzadas a manera de asiento, a María de Magdala, gran pecadora todavía.

Ella ríe con su bellísima boca, echando hacia atrás la cabeza de cabellera de oro, toda rizos y trenzas sujetos con horquillas preciosas y con una lámina de oro aljofarada con perlas que le ciñe la parte alta de la frente, diadema bajo la cual cuelgan sutiles rizos que velan los espléndidos ojos a los que un estudiado artificio hace aún más grandes y seductores de lo que ya de por sí son. La diadema queda celada detrás de las orejas, bajo la masa de trenzas que pesa sobre el cuello candidísimo y totalmente descubierto.

Es más… lo descubierto es mucho más que el cuello. La espalda está descubierta hasta los omóplatos y el pecho mucho más. El vestido está sujeto a los hombros por dos cadenitas de oro. No tiene mangas. Todo está cubierto por decirlo de alguna forma -por un velo cuyo único objetivo es el de proteger la piel para evitar que el sol la tueste demasiado. El vestido es muy ligero, de forma que la mujer, echándose -como hace, zalamera, sobre uno u otro de sus adoradores, es como si se echara sobre ellos desnuda.

Tengo la impresión de que el romano es preferido porque es al que preferentemente dirige risitas y miradas y es quien más fácilmente recibe su cabeza sobre el hombro.

-Y así estará contenta la diosa -dice el romano -Roma ha hecho de cabalgadura a la nueva Venus, y ahí está el Apolo que has querido ver.

Sedúcelo, pues… pero déjanos a nosotros también algunas migajas de tus halagos.

María ríe y con ágil y procaz movimiento salta al suelo, descubriendo los pequeños pies, calzados con sandalias blancas con hebillas de oro, y un buen trozo de pierna.

Luego el vestido cubre todo; es amplísimo, de lana ligera como un velo, y blanquísima, sujeto a la cintura, muy abajo, a la altura de las caderas, por un cinturón cuajado de bullones sueltos de oro. La mujer está ahí, como una flor de carne -impura -que por un sortilegio hubiera florecido en la verde llanura poblada de muguetes y narcisos silvestres.

Está más hermosa que nunca. Su boca, pequeña y purpurina, parece un clavel florecido sobre el candor de su dentadura perfecta. El rostro y el cuerpo podrían satisfacer al más exigente de los pintores o escultores, tanto por tonalidad como por las formas. Su pecho y sus caderas tienen la amplitud justa. La cintura es flexuosa de modo natural, delgada en relación a las caderas y al pecho. Parece una diosa como ha dicho el romano, una diosa esculpida en un mármol levemente rosado. La leve tela cubre las caderas para luego pender por delante formando una masa de pliegues. Todo está estudiado para gustar.

Jesús la mira fijamente. Ella, con arrogancia, resiste su mirada mientras ríe y se contorsiona ligeramente por las cosquillas que el romano le está haciendo con un muguete cortado de entre la hierba pasándoselo por la espalda y el pecho, que tiene descubiertos. María, con un gesto estudiado y fingido de enojo, se coloca el velo diciendo:

«Respeto hacia mi candor», lo cual hace a los cuatro prorrumpir en una fragorosa carcajada.

Jesús sigue mirándola fijamente. Apenas desvanecido el ruido de las carcajadas, Jesús, como si la aparición de la mujer hubiera reavivado llamas en el discurso que para terminar se adormecía, lo continúa con nueva fuerza, y ya no la mira a ella, sino a los que lo estaban escuchando, que parecen sentirse en embarazo y escandalizados por esto que ha sucedido.

Jesús continúa:

-He hablado de fidelidad a la Ley, humildad, misericordia, amor, no sólo hacia los hermanos de sangre sino hacia quien por el simple hecho de haber nacido, como vosotros, de hombre, es hermano vuestro. Os he dicho que el perdón es más útil que el rencor, que la compasión es mejor que la intransigencia. Mas ahora os digo que no se debe condenar si no se está exento del pecado por el que se tiende a condenar. No hagáis como los escribas y fariseos, que son severos con todos pero no consigo mismos; que llaman impuro a lo externo, que sólo puede contaminar lo externo, y luego dan cabida a la impureza en su más profundo interior: su corazón.

Dios no está con los impuros, porque la impureza corrompe lo que es propiedad de Dios: las almas, especialmente las de los pequeñuelos, que son los ángeles dispersos por la faz de la tierra. ¡Ay de aquellos que les arrancan las alas con crueldad de fieras demoníacas y abaten a estas flores del Cielo para hundirlas en el lodo, haciéndoles así conocer el sabor de la materia! ¡Ay de ellos!…

¡Mejor sería que muriesen abrasados por un rayo antes que cometer tal pecado!

¡Ay de vosotros, los ricos, los que os gozáis la vida y nada más, porque precisamente entre vosotros fermenta la mayor impureza, recostada sobre el ocio y el dinero! Ahora estáis ahítos; hasta la garganta os llega el alimento de las concupiscencias, y os estrangula.

Un día sentiréis hambre, un hambre espantosa, insaciable, sin posibilidad de ser atenuada, para toda la eternidad.

Ahora sois ricos. ¡Cuánto bien podríais hacer con vuestra riqueza! Sin embargo, con ella hacéis un gran daño, a vosotros y a los demás. Un día sin final conoceréis una pobreza atroz. Ahora reís; os creéis los triunfadores; sin embargo, vuestras lágrimas llenarán los estanques de la Gehena, y no se enjugarán jamás.

¿Dónde anida el adulterio? ¿Dónde, la corrupción de muchachas?

¿Quién tiene dos o tres lechos licenciosos, además del suyo propio como esposo, en los cuales disipa su dinero y el vigor de un cuerpo dado por Dios para que trabaje para su familia y no para debilitarse en repelentes uniones que lo rebajan a nivel inferior al de una bestia inmunda?

Habéis oído que se dijo: "No cometas adulterio". Pues Yo os digo que quien mire a una mujer con concupiscencia, o quien vaya a un hombre con deseo, aun sólo con esto, ha cometido ya adulterio en su corazón. Ninguna razón justifica la fornicación. Ninguna; ni el abandono o repudio del marido, ni la conmiseración hacia la repudiada.

Tenéis sólo un alma: no mienta, una vez que se ha unido a otra por pacto de fidelidad; pues, de ser así, ese hermoso cuerpo a través del cual pecáis irá con vosotros, almas impuras, a las inexhaustas llamas. Mutiladlo, antes que matarlo eternamente condenándolo.

Vosotros, los ricos, sentinas de vicio llenas de gusanos, sed de nuevo hombres, para que el Cielo no sienta repulsa de vosotros…

María, que al principio ha estado escuchando con una expresión que era todo un cuadro de seducción e ironía, con risitas de burla de vez en cuando, en llegando el discurso a su final, muestra una cara hosca de despecho.

Ha comprendido que Jesús le está hablando a ella sin mirarla. Su enfado se hace cada vez más hosco y rebelde y a lo último no resiste: desdeñosa, se arrolla en su velo y, seguida por las miradas escarnecedoras de la muchedumbre y perseguida por la voz de Jesús, se echa a correr hacia abajo por la pendiente, dejando jirones de su vestido en los cardos y en las matas de escaramujo de los lados del sendero; y va riéndose, rabiosa y burlona.

Jesús reanuda su discurso:

-Estáis indignados por lo sucedido. Ya hace dos días que el pitido de Satanás turba nuestro refugio, que está muy por encima del fango; por tanto ya no es un refugio. Así que lo abandonaremos. Pero antes quisiera completaros este código de "lo más perfecto" en el marco de esta amplitud de luces y horizontes.

Aquí realmente Dios se muestra en su majestad de Creador; viendo sus maravillas, podemos llegar a creer firmemente que el Dueño es Él y no Satanás. El Maligno no podría crear ni siquiera un tallito de hierba. Por el contrario, Dios lo puede todo.

Que esto nos sea motivo de consuelo. Pero… ya estáis todos al sol. Puede haceros daño. Esparcíos hacia arriba por las laderas; ahí hay sombra y frescor. Comed, si queréis. Yo, mientras, os seguiré hablando sobre el mismo tema. La hora se ha hecho tarde por muchos motivos. De todas formas no os duela, que aquí estáis con Dios.

La muchedumbre grita: «Sí, sí, contigo». Y cambia de sitio, hacia la sombra de los bosquecillos diseminados que hay en el lado oriental, de modo que la pared montañosa y el follaje protegen del sol, que ya calienta demasiado.

Jesús dice entretanto a Pedro que desmonte el cobertizo.
-Pero… ¿realmente nos marchamos?
-Sí.
-¿Porque ha venido ella?…

-Sí; pero no se lo digas a nadie, y menos todavía a Simón Zelote: se entristecería por Lázaro. No puedo permitir que la palabra de Dios se transforme en juguete de paganos…

-Comprendo, comprendo…

-Pues comprende también otra cosa.

-¿Cuál, Maestro?

-La necesidad de callar en ciertos casos. ¡Cuidado!; eres maravilloso, pero tu impulsividad es tanta que te lleva a hacer observaciones punzantes.

-Comprendo… No quieres por Lázaro y Simón…

-Y por otros.

-¿Crees que también estarán hoy algunos de éstos?

-Hoy, mañana, pasado mañana, siempre; como también siempre será necesario controlar la impulsividad de mi Simón de Jonás. Ve, ve a hacer lo que te he dicho.

Pedro se pone en movimiento y pide ayuda a sus compañeros.

Judas Iscariote está en un ángulo, pensativo. Jesús lo llama; tres veces, porque no oye. Al final se vuelve:

-¿Me querías, Maestro?

-Sí; ve tú también a comer y a ayudar a tus compañeros.
-No tengo hambre, como tampoco Tú.

-Yo tampoco, pero por motivos opuestos. ¿Estás preocupado, Judas?

-No, Maestro. Cansado…

-Ahora vamos a ir al lago y luego a Judea, Judas. Y donde tu madre. Te lo prometí…

Judas se reanima.

-¿Vas a ir realmente conmigo solo?
-¡Sí, hombre! Ámame, Judas. Quisiera que mi amor estuviera en ti hasta preservarte de todo mal.

-Maestro… soy hombre; no soy ángel; tengo momentos de cansancio. ¿Es pecado tener necesidad de dormir?

-No, si duermes sobre mi pecho. Mira allá, qué feliz se ve a la gente, y qué alegre es el paisaje desde aquí. Pero también debe ser muy bonita Judea en primavera.

-Preciosa, Maestro; sólo allí, en las alturas de las montañas, que superan a las de aquí, es más tardía. Hay flores preciosas. Los pomares son un esplendor. El mío, atendido en particular por mi madre, es uno de los más bonitos. Créeme que verla pasear por él, con las palomas corriendo detrás esperando el grano, aplaca el corazón.
-Lo creo. Si mi Madre no se siente demasiado cansada, me gustaría llevarla a que viera a la tuya. Se querrían, porque son buenas las dos.

Judas, seducido por esta idea, se sosiega, y, olvidándose de "no tener hambre y de estar cansado", corre adonde sus compañeros riendo alegre, y, siendo alto como es, desata los nudos más altos sin dificultad, y come su pan y sus aceitunas, alegre como un niño.

Jesús lo mira con compasión y luego se dirige hacia los apóstoles.

-Aquí está el pan, Maestro, y también un huevo; se lo he pedido a aquel rico de allí que está vestido de rojo. Le he dicho: "Tú estás aquí todo tranquilo y contento escuchando; El habla y está derrengado. Dame uno de esos huevecillos, que le aprovecharán más a Él que a ti".

-¡Pero Pedro!

-¡No, Señor! Estás pálido como un niño que mama en pecho vacío. Te estás quedando tan delgado como un pez después de los amores. Déjame a mí. No quiero tener luego cargos de conciencia. Lo pongo sobre esta ceniza caliente. Son las fajinas que he quemado. Tú te lo bebes. ¿Sabes que hace… cuántos hace… ¡bueno… semanas!, que no comemos más que pan y aceitunas y un poco de suero?… ¡Parece como si nos estuviéramos purgando! Y Tú comes menos que ninguno y hablas por todos. Aquí tienes el huevo. Bébetelo tibio, que te vendrá bien.

Jesús obedece, pero, viendo que Pedro come sólo pan, pregunta:

-¿Y tú? ¿Las aceitunas?

-¡Chisss! Me hacen falta para después. Las tengo prometidas.

-¿A quién?

-A unos niños. Pero, si no están formales hasta el final,
me como las aceitunas y a ellos les doy los huesos, o sea, tortazos.
-¡Hombre, qué bien!

-¡Hombre, nunca se los daría; pero es que si no se hace así…! A mí me han dado muchos, y si me hubieran dado todos los que merecía por mis gamberradas, habría recibido diez veces más. Pero vienen bien. Soy como soy, precisamente porque me los han dado.

Todos se echan a reír por la sinceridad del apóstol.
-Maestro -dice Bartolomé -querría decir que hoy es viernes y que esta gente… no sé si va a tener tiempo de procurarse de comer para mañana o de llegar a sus casas.

-¡Es verdad! ¡Es viernes! -dicen varios.
-No importa. Dios proveerá. De todas formas vamos a decírselo.

Jesús se levanta y va hacia su nuevo puesto, o sea, con la gente que está diseminada entre los grupos de árboles.
-Lo primero es recordaros que hoy es viernes. Quien tema no poder llegar a tiempo a su casa y no sea capaz de creer que Dios mañana dará alimento a sus hijos, puede irse inmediatamente, de modo que no se le haga de noche por el camino.

De toda la gente se levantan unas cincuenta personas. Todos los demás permanecen donde están.

Jesús sonríe y empieza a hablar:

-Habéis oído que fue dicho antiguamente: "No cometerás adulterio". Los que, de vosotros, ya me han oído en otros lugares saben que en varias ocasiones he hablado de este pecado. Pues bien, fijaos, para mí se trata de un pecado que no toca sólo a una persona sino a dos y tres. Me explico. El adúltero peca respecto a sí mismo, peca respecto a su cómplice, peca al llevar a su mujer al pecado, o al marido traicionado, el cual, o la cual, pueden a su vez desesperarse o cometer un delito. Esto por lo que se refiere al pecado ya consumado. Pero digo más; digo que no sólo el pecado consumado, sino el deseo de consumarlo, es ya pecado.

¿Qué es el adulterio? Es desear febrilmente a aquel que no es nuestro, o a aquella que no es nuestra. Se empieza a pecar con el deseo, se continúa con la seducción, se completa con la persuasión, se corona con el acto.

¿Cómo se empieza? Generalmente con una mirada impura. Esto se enlaza con lo que antes decía. El ojo impuro ve lo que a los puros les está celado; por el ojo entra la sed en la garganta, el hambre en el cuerpo, la fiebre en la sangre: sed, hambre, fiebre carnales. Comienza el delirio. Ahora bien, el que padece este delirio, si el otro -la persona objeto de la mirada -es honesto, se queda sólo, revolcándose en sus carbones encendidos, o termina difamando, para vengarse; pero si el otro es deshonesto responderá a la mirada, empezando así el descenso hacia el pecado.

Por tanto, os digo: "El que haya mirado a una mujer con concupiscencia ha cometido ya adulterio con ella, porque su pensamiento ha cometido ya el acto de su deseo". Antes que esto, si tu ojo derecho te ha sido motivo de escándalo, sácatelo y arrójalo lejos de ti. Más te vale quedarte tuerto que hundirte en las tinieblas infernales para siempre. Y si tu mano derecha ha pecado, ampútala y arrójala. Más te vale tener un miembro menos que pertenecer entero al infierno. Es verdad que ha sido dicho que los deformes no podrán seguir sirviendo a Dios en el Templo; pero, pasada esta vida, los deformes de nacimiento santos, o los deformes por virtud, serán más hermosos que los ángeles y servirán a Dios amándolo en el gozo del Cielo.

Se os dijo también: "Quienquiera que repudie a su mujer le dará libelo de divorcio". Pues bien, esto debe ser reprobado. No viene de Dios. Dios dijo a Adán: "Ésta es la compañera que te he formado. Creced y multiplicaos sobre la tierra, llenadla y dominadla". Y Adán, lleno de inteligencia superior porque el pecado todavía no había ofuscado su razón -que había salido de Dios perfecta -, exclamó:

"¡Por fin el hueso de mis huesos y la carne de mi carne! Ésta se llamará Varona, o sea, otro yo, porque fue sacada del hombre. Por eso el hombre dejará a su padre y a su madre y serán los dos una sola carne". Y la eterna Luz, en un creciente esplendor de luces, aprobó con una sonrisa lo que había dicho Adán, lo cual vino a ser la primera, imborrable ley. Pues bien, el hecho de que, por la dureza cada vez mayor del hombre, el legislador tuviera que estatuir un nuevo código; el hecho de que, por la versatilidad cada vez mayor del hombre, tuviera que poner un freno y decir: "Pero si la has repudiado no puedes volver a tomarla"; ello no cancela la primera, genuina ley, nacida en el Paraíso terrenal y aprobada por Dios.

Os digo: "Quienquiera que repudie a su propia mujer, excepto el caso de probada fornicación, la expone al adulterio". Porque, efectivamente, ¿qué hará en el noventa por ciento de los casos la mujer repudiada? Se casará de nuevo. ¿Con qué consecuencias? ¡Mucho habría que decir acerca de esto! ¿No sabéis que podéis provocar con este sistema incestos involuntarios? ¡Cuántas lágrimas derramadas por la lujuria! Sí, lujuria. No tiene otro nombre. Sed francos. Todo se puede superar cuando el espíritu es recto, mas todo se presta a ser motivo de satisfacción de la carnalidad cuando el espíritu es lujurioso. La frigidez femenina, la pesadez de ella, la falta de habilidad respecto a las labores de la casa, la lengua criticona, el amor al lujo… todo se supera, incluso las enfermedades, e incluso la irascibilidad, si se ama santamente. Pero, dado que después de un tiempo no se ama como el primer día, lo que es más que posible se ve imposible, y se pone en la calle a una pobre mujer, abocada a la perdición. Comete adulterio quien la rechaza.

Comete adulterio quien se casa con ella después del repudio.

Sólo la muerte rompe el matrimonio. Recordad esto. Y, si vuestra elección ha sido desafortunada, cargad con las consecuencias como cruz, siendo dos infelices, pero santos, y sin hacer de los hijos -que, siendo inocentes, son los que más sufren por estas situaciones desgraciadas -unos infelices aún mayores que vosotros. El amor a los hijos debería haceros meditar muchas veces, muchas, incluso en el caso de la muerte del cónyuge.

¡Oh, si supierais contentaros con aquel que habéis tenido y al que Dios ha dicho: ¡“Basta"! ¡Oh, si supierais, vosotros viudos, vosotras viudas, ver en la muerte no una mengua sino una elevación a mayor perfección como procreadores! Ser padre o madre -además de lo que ya se es -en lugar de la madre o el padre muertos. Ser dos almas en una. Recoger el amor hacia los hijos del labio helado del cónyuge agonizante y decir: "Ve en paz. No temas por los que de ti vinieron. Yo los seguiré amando por ti y por mí, amándolos doblemente. Seré padre y madre. No se sentirán infelices bajo el peso de su orfandad, ni sentirán los innatos celos de los hijos de cónyuges unidos en segundas nupcias respecto a aquel, o a aquella, que ocupa el sagrado lugar de la madre, o del padre, que Dios llamó a otra morada".

Hijos, mi discurso comienza a declinar, como está para declinar el día que se pone, con el sol, hacia occidente. Quiero que de este encuentro en el monte conservéis estas palabras. Esculpidlas en vuestros corazones; en él leedlas a menudo. Que os sean guía perenne. Mas, sobre todo, sed buenos para con los débiles. No juzguéis, para no ser juzgados. Acordaos de que podría llegar el momento en que Dios os recordase: "Así juzgaste. Por tanto, sabías que estaba mal hecho. Cometiste, entonces, pecado teniendo conciencia de lo que hacías. Paga ahora tu pena".

La caridad es ya absolución. Tened la caridad en vosotros para todos y hacia todo. No os enorgullezcáis por el hecho de que Dios os mantenga en pie con abundantes ayudas; tratad, más bien, de subir toda la larga escalera de la perfección, y ofreced la ayuda de vuestra mano a los que están cansados, al que no sabe, a quienes se encuentran en las redes de súbitas desilusiones. ¿Por qué observar con tanta atención la pajuela en el ojo de tu hermano, si antes no te preocupas de quitar la viga del tuyo? ¿Cómo puedes decir a tu prójimo "deja que te quite del ojo esta pajuela", cuando te ciega la viga que tienes en el tuyo? No seas hipócrita, hijo. Quítate primero la viga de tu ojo; sólo entonces podrás quitar la pajuela a tu hermano sin malograrlo del todo.

No tengáis anticaridad, pero tampoco imprudencia. Os acabo de decir: "Extended vuestra mano a los que están cansados, a los que no saben, a los que se encuentran en las redes de súbitas desilusiones". Mas si es caridad enseñar a los que no saben, infundir ánimo a los que están cansados, dar nuevas alas a aquellos que por muchas cosas las han quebrantado, es imprudencia revelar las verdades eternas a los que están infectados de satanismo, que se apoderan de ellas para pasarse por profetas, infiltrarse entre las personas sencillas, corromper, descarriar, ensuciar sacrílegamente las cosas de Dios. Respeto absoluto, saber hablar y callar, saber reflexionar y actuar: éstas son las virtudes del verdadero discípulo para hacer prosélitos y servir a Dios. Tenéis una razón. Si sois justos, Dios os dará todas sus luces para guiar aún mejor vuestra razón. Pensad que las verdades eternas son semejantes a perlas, y nunca se ha visto arrojar las perlas a los cerdos, que prefieren las bellotas y una papilla fétida antes que perlas preciosas: las pisotearían sin piedad, para, después, con la furia propia de quien hubiera sido objeto de burla, revolverse contra vosotros para despedazaros. No deis las cosas santas a los perros. Esto vale para ahora y para el futuro.

Muchas cosas os he dicho, hijos míos. Escuchad mis palabras: quien las escucha y las pone en práctica es comparable a un hombre reflexivo que, queriendo construir una casa, eligió un lugar rocoso. Sin duda le costó construir los cimientos. Tuvo que trabajar a base de pico y cincel, hacerse callos en las manos, cansar sus lomos.

Pero luego pudo colar su argamasa en los huecos abiertos en la roca, y meter en ellos los ladrillos bien apretados, como en muralla de baluarte, y así la casa se fue alzando sólida como un monte. Vinieron las inclemencias del tiempo, los turbiones; las lluvias desbordaron los ríos, silbaron los vientos, azotaron las olas… y la casa resistió todo. Así es el hombre que tiene una fe bien cimentada. Sin embargo, quien escucha con superficialidad y no se esfuerza en grabar en su corazón mis palabras -porque sabe que para hacerlo debería esforzarse, padecer dolor, extirpar demasiadas cosas -es semejante a aquel hombre que por pereza y necedad edifica su casa sobre la arena. En cuanto llegan las inclemencias, la casa, pronto construida, cae pronto, y el necio se queda mirando, desolado, sus ruinas y la quiebra de su capital. Pues bien, en nuestro caso es peor que un derrumbamiento -que se podría, no sin gastos y esfuerzos, reparar todavía-; en este caso, una vez derrumbado el edificio mal construido de un espíritu, nada queda para volver a edificarlo. En la otra vida no se construye. ¡Ay de quien se presente allí con escombros!

He terminado. Me encamino hacia abajo, hacia el lago. Os bendigo en nombre de Dios uno y trino. Mi paz descienda sobre vosotros.

Pero la muchedumbre grita:

-¡Vamos también nosotros! ¡Déjanos ir contigo! ¡Nadie habla como Tú!

Y se encamina también la gente siguiendo a Jesús, que baja no por la parte por la que ha subido sino por la opuesta, que va en línea recta hacia Cafarnaúm.
La bajada es muy inclinada, pero se recorre muy rápidamente, y pronto llegan a los pies del monte, arrellanado sobre la planada verde y florida.

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