173- Quinto discurso de la Montaña: el uso de las riquezas; la limosna; la confianza en Dios.

El mismo discurso de la montaña.

La muchedumbre va aumentando a medida que los días pasan. Hay hombres, mujeres, ancianos, niños, ricos, pobres. Sigue estando la pareja Esteban-Hermas, aunque todavía no hayan sido agregados y unidos a los discípulos antiguos capitaneados por Isaac. Está también presente la nueva pareja, constituida ayer, la del anciano y la mujer; están muy adelante, cerca de su Consolador; su aspecto es mucho más relajado que el de ayer. El anciano, como buscando recuperar los muchos meses o años de abandono por parte de su hija, ha puesto su mano rugosa en las rodillas de la mujer, y ella se la acaricia por esa necesidad innata de la mujer, moralmente sana, de ser maternal.

Jesús pasa al lado de ellos para subir al rústico púlpito; al pasar acaricia la cabeza del anciano, el cual mira a Jesús como si lo viera ya como Dios.

Pedro dice algo a Jesús, que le hace un gesto como diciendo: "No importa". No entiendo de todas formas lo que dice el apóstol; eso sí, se queda cerca de Jesús; luego se le unen Judas Tadeo y Mateo. Los otros se pierden entre la multitud.

-¡La paz sea con todos vosotros!

Ayer he hablado de la oración, del juramento, del ayuno. Hoy quiero instruiros acerca de otras perfecciones, que son también oración, confianza, sinceridad, amor, religión.

La primera de que voy a hablar es el justo uso de las riqueza; que se transforman, por la buena voluntad del siervo fiel, en correlativos tesoros en el Cielo. Los tesoros de la tierra no perduran; los de Cielo son eternos. ¿Amáis vuestros bienes? ¿Os da pena morir porque tendréis que dejarlos y no podréis ya dedicaros a ellos? ¡Pues, transferidlos al Cielo! Diréis: "En el Cielo no entran las cosas de la tierra. Tú mismo enseñas que el dinero es la más inmunda de estas cosas. ¿Cómo podremos transferirlo al Cielo?". No. No podéis llevar las monedas, siendo -como son -materiales, al Reino en que todo es espíritu; lo que sí podéis llevar es el fruto de las monedas.

Cuando dais a un banquero vuestro oro, ¿para qué lo dais? Para que lo haga producir, ¿no? Ciertamente no os priváis de él, aunque sea momentáneamente, para que os lo devuelva tal cual: queréis que de diez talentos os devuelva diez más uno, o más; entonces os sentís satisfechos y elogiáis al banquero. En caso contrario, decís: "Será honrado, pero es un inepto". Y si se da el caso de que, en vez de los diez más uno, os devuelve nueve diciendo: "He perdido el resto", lo denunciáis y lo mandáis a la cárcel. ¿Qué es el fruto del dinero? ¿Siembra, acaso, el banquero vuestros denarios y los riega para que crezcan? No. El fruto se produce por una sagaz negociación, de modo que, mediante hipotecas y préstamos a interés, el dinero se incrementa en el beneficio justamente requerido por el favor del oro prestado. ¿No es así?

Pues bien, escuchad: Dios os da las riquezas terrenas -a quiénes muchas, a quién apenas las que necesita para vivir -y os dice: "Ahora te toca a ti. Yo te las he dado. Haz de estos medios un fin como mi amor desea para tu bien. Te las confío, pero no para que te perjudiques con ellas. Por la estima en que te tengo, por reconocimiento hacia mis dones, haz producir a tus bienes para esta verdadera Patria” 0s voy a explicar el método para alcanzar este fin.

No deseéis acumular en la Tierra vuestros tesoros, viviendo para ellos, siendo crueles por ellos; que no os maldigan el prójimo y Dios a causa de ellos. No merece la pena. Aquí abajo están siempre inseguros. Los ladrones pueden siempre robaros; el fuego puede destruir las casas; las enfermedades de las plantas o del ganado, exterminaros los rebaños, destruiros los pomares. ¡Cuántos peligros se cela contra vuestros bienes! Ya sean estables y estén protegidos, como las cosas o el oro; ya estén sujetos a sufrir lesión en su naturaleza, como todo cuanto vive, como son los vegetales y los animales; ya se trate, incluso, de telas preciosas… todos ellos pueden sufrir merma: las casas, por el rayo, el fuego y el agua; los campos, por ladrones, roya, sequía, roedores o insectos; los animales, por vértigo, fiebres, descoyuntamientos o mortandades; las telas preciosas y muebles de valor, por la polilla o los ratones; las vajillas preciadas, lámparas y cancelas artísticas… Todo, todo puede sufrir merma.

Pero si de todo este bien terreno hacéis un bien sobrenatural, se salvará de toda lesión producida por el tiempo, por los propios hombres o la intemperie. Atesorad en el Cielo, donde no entran ladrones ni suceden infortunios. Trabajad sintiendo amor misericordioso hacia todas las miserias de la Tierra. Acariciad, sí, vuestras monedas, besadlas incluso si queréis, regocijaos por la prosperidad de las mieses, por los viñedos cargados de racimos, por los olivos plegados por el peso de infinitas aceitunas, por las ovejas fecundas y de turgentes ubres… haced todo esto, pero no estérilmente, no humanamente, sino con amor y admiración, con disfrute y cálculo sobrenatural.

"¡Gracias, Dios mío, por esta moneda, por estos sembrados y plantas y ovejas, por estas compraventas! ¡Gracias, ovejas, plantas, prados, transacciones, que tan bien me servís! ¡Benditos seáis todos, porque por tu bondad, oh Eterno, y por vuestra bondad, oh cosas, puedo hacer mucho bien a quien tiene hambre o está desnudo o no tiene casa o está enfermo o solo!… El año pasado proveí a las necesidades de diez. Este año -dado que, a pesar de que haya distribuido mucho como limosna, tengo más dinero y más pingües son las cosechas y numerosos los rebaños -daré dos o tres veces más de cuanto di el año pasado, a fin de que todos, incluso quienes no tienen nada propio, gocen de mi alegría y te bendigan conmigo Señor Eterno". Esta es la oración del justo, la oración que, unida a la acción, transfiere vuestros bienes al Cielo, y, no sólo os los conserva allí eternamente, sino que os los aumenta con los frutos santos del amor.

Tened vuestro tesoro en el Cielo para que esté allí vuestro corazón, por encima, y más allá, del peligro, no sólo de infortunios que perjudiquen al oro, casas, campos o rebaños, sino también de asechanzas contra vuestro corazón, y de que sea expoliado o agredido por el óxido o el fuego, asesinado por el espíritu de este mundo. Si así lo hacéis, tendréis vuestro tesoro en vuestro corazón, porque tendréis a Dios en vosotros, hasta que llegue el día dichoso en que vosotros estéis en Él.

No obstante, para no disminuir el fruto de la caridad, poned a tención a ser caritativos con espíritu sobrenatural. Lo que he dicho respecto a la oración y al ayuno valga para la beneficencia y para cualquier otra obra buena que podáis hacer.

Proteged el bien que hagáis de la violación de la sensualidad dei mundo, conservadlo virgen respecto a toda humana alabanza. No profanéis la rosa perfumada -verdadero incensario de perfumes gratos al Señor -de vuestra caridad y recto actuar. El espíritu de soberbia, el deseo de ser uno visto cuando hace el bien, la búsqueda de alabanzas, profanan el bien: las babosas del saciado orgullo ensucian con su secreción la rosa de la caridad y la van excavando con su boca; en el incensario caen hediondas pajas de la cama en que el soberbio, cual atiborrada bestia, retoza.

¡Ah, esas limosnas ofrecidas para que se hable de nosotros!… Mejor sería no darlas. El que no las da peca de insensibilidad; pero quien las ofrece dando a conocer la suma entregada y el nombre del destinatario, mendigando además alabanzas, peca de soberbia al dar a conocer la dádiva, porque es como si dijera: "¿Veis cuánto puedo?", pero peca también contra la caridad, porque humilla al destinatario de la limosna al publicar su nombre; y peca también de avaricia espiritual al querer acumular alabanzas humanas… que no son más que paja, paja, sólo paja. Dejad a Dios que os alabe con sus ángeles.

Cuando deis limosna, no vayáis tocando la trompeta delante de vosotros para atraer la atención de los que pasan y recibir alabanzas, como los hipócritas, que buscan el aplauso de los hombres (por eso dan limosna sólo cuando los pueden ver muchos). Éstos también han recibido ya su compensación y Dios no les dará ninguna otra. No incurráis vosotros en la misma culpa y presunción. Antes bien, cuando deis limosna, sea ésta tan pudorosa y celada que vuestra mano izquierda no sepa lo que hace la derecha; y luego olvidaos. No os detengáis a remiraros el acto realizado, hinchándoos con él como hace el sapo, que se remira en el pantano con sus ojos velados y, al ver reflejadas en el agua detenida las nubes, los árboles, el carro parado junto a la orilla, y a él mismo -tan pequeñito respecto a esas cosas tan grandes -, se hincha de aire hasta estallar. Del mismo modo vuestra caridad es nada respecto al Infinito que es la Caridad de Dios, y, si pretendierais haceros como Él convirtiendo vuestra reducida caridad en una caridad enorme para igualar a la suya, os llenaríais de aire de orgullo para terminar muriendo.

Olvidaos. Del acto en sí mismo, olvidaos. Quedará siempre en vosotros una luz, una voz, una miel, que harán vuestro día luminoso, dichoso, dulce. Pues la luz será la sonrisa de Dios; la miel, paz espiritual -Dios también-; la voz, voz del Padre-Dios diciéndoos: "Gracias". Él ve el mal oculto y el bien escondido, y os recompensará por ello. Os lo…

-¡Maestro, contradices tus propias palabras!

La ofensa, rencorosa y repentina, proviene del centro de la multitud. Todos se vuelven hacia el lugar de donde ha surgido la voz. Hay confusión.

Pedro dice:

-¡Ya te lo había dicho… cuando hay uno de ésos, no va bin nada!

De la muchedumbre se elevan silbidos y protestas contra el ofensor. Jesús es el único que conserva la calma. Ha cruzado sus brazos a la altura del pecho: alto, herida su frente por el sol, erguido sobre la piedra, con su indumento azul oscuro…

El que ha lanzado la ofensa, haciendo caso omiso de la reacción de la multitud, continúa:

-¡Eres un mal maestro porque enseñas lo que no haces y…
-¡Cállate! ¡Vete! ¡Deberías avergonzarte! -grita la multitud. -¡Vete con tus escribas! ¡A nosotros nos basta el Maestro! ¡Los hipócritas con los hipócritas! ¡Falsos maestros! ¡Usureros!…

Y seguirían, si Jesús no elevase su voz potente:

-¡Silencio! Dejadlo hablar.

La gente entonces deja de chillar, pero sigue bisbiseando sus improperios, sazonados con miradas furiosas.

-Sí, enseñas lo que no haces. Dices que se debe dar limosna, pero sin ser vistos, y Tú, ayer, delante de toda una multitud, dijiste a dos pobres: "Quedaos, que os daré de comer".

-Dije: "Que se queden los dos pobres. Serán los benditos huéspedes que darán sabor a nuestro pan". Nada más. No he dicho que quería darles de comer. ¿Qué pobre no tiene al menos un pan? Mi alegría consistía en ofrecerles buena amistad.

-¡Ya!, ¡ya! ¡Eres astuto y sabes pasar por cordero!…
El anciano pobre se pone en pie, se vuelve y, alzando su bastón, grita:

-¡Lengua infernal. Tú acusas al Santo. ¿Crees, acaso, saber todo y poder acusar por lo que sabes? De la misma forma que ignoras quién es Dios y aquel a quien insultas, así ignoras sus acciones. Sólo los ángeles y mi corazón exultante lo saben; oíd, hombres, oíd todos y juzgad después si Jesús es el embustero y soberbio de que habla este desecho del Templo. Él…

-¡Calla, Ismael! ¡Calla por amor a mí! Si he alegrado tu corazón, alegra tú el mío guardando silencio -dice Jesús en tono suplicante.

-Te obedezco, Hijo santo. Déjame decir sólo esto: la boca del anciano israelita fiel lo ha bendecido; a Él, que me ha concedido favor de parte de Dios. Dios ha puesto en mis labios la bendición por mí y por Sara, mi nueva hija; no así contigo: sobre tu cabeza no descenderá la bendición.

No te maldigo, no ensuciaré con una maldición mi boca, que debe decir a Dios:

“Acógeme". No maldije a quien me renegó y ya he recibido la recompensa divina. Pero habrá quien haga las veces del Inocente acusado y de Ismael, amigo de este Dios que concede su favor.

Gritos en coro cierran las palabras del anciano, que se sienta de nuevo, mientras un hombre, seguido de improperios, a hurtadilla, se aleja.

La muchedumbre grita:

-¡Continúa, continúa, Maestro santo! Solo te escuchamos a ti. Escúchanos a nosotros: ¡No queremos a esos malditos pájaros de mal agüero! ¡Son envidiosos! ¡Te preferimos a ti! Tú eres santo; ellos, malos. ¡Síguenos hablando, sigue! Ya ves que estamos sedientos sólo de tu palabra.

¿Casas?, ¿negocios?… No son nada en comparación con escucharte a ti.

-Seguiré hablando, pero orad por esos desdichados. No os exasperéis. Perdonad, como Yo perdono. Porque si perdonáis a los hombres sus fallos también vuestro Padre del Cielo os perdonará vuestros pecados; pero si sois rencorosos y no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras faltas. Todos tienen necesidad de perdón.

Os decía que Dios os recompensará aunque no le pidáis que premie el bien que hayáis hecho. Ahora bien, no hagáis el bien para obtener una recompensa, para disponer de un aval para el futuro. Que vuestras buenas obras no tengan la medida y límite del temor de si os quedará algo para vosotros, o de si, quedándoos sin nada, no va a haber nadie que os ayude a vosotros, o de si encontraréis a alguien que haga con vosotros lo que vosotros habéis hecho, o de si os seguirán queriendo cuando ya no podáis dar nada.

Mirad: tengo amigos poderosos entre los ricos y amigos entre los pobres de este mundo. En verdad os digo que no son los amigos poderosos los más amados; a éstos me acerco no por amor a mí mismo o por interés personal, sino porque de ellos puedo obtener mucho para quienes nada tienen. Yo soy pobre. No tengo nada. Quisiera tener todos los tesoros del mundo y convertirlos en pan para quienes padecen hambre, o en casas para quienes carecen de ellas; en vestidos para los desnudos, en medicinas para los enfermos. Diréis: "Tú puedes curar". Sí, y más cosas. Pero no siempre tienen fe, y no puedo hacer lo que haría, lo que quisiera hacer de encontrar en los corazones fe en mí.

Quisiera agraciar incluso a estos que no tienen fe; quisiera dado que no le piden el milagro al Hijo del hombre, ayudarlos como hombre que soy Yo también. Pero no tengo nada; por ello tiendo la mano a quienes tienen y les pido ayuda en nombre de Dios. Por eso tengo amigos entre los poderosos.

El día de mañana, una vez que ha ya dejado esta Tierra, seguirá habiendo pobres; Yo no estaré ya aquí para realizar milagros en favor de quien tiene fe, ni podré dar limosna para guiar hacia la fe; pero mis amigos ricos, para entonces, ya habrán aprendido por el contacto conmigo el modo de ayudar a los necesitados; y mis apóstoles, igualmente por el contacto conmigo, habrán aprendido a solicitar limosna por amor a los hermanos. Así, los pobres siempre tendrán una ayuda.

Pues bien, ayer he recibido, de una persona que no tenía nada, más de cuanto me han dado todos los que sí tienen. Es un amigo tan pobre como Yo, pero me ha dado una cosa que no se paga con moneda alguna, y que me ha sido motivo de dicha trayendo a mi memoria muchas horas serenas de mi niñez y juventud, cuando todas las noches el Justo imponía sus manos sobre mi cabeza y Yo me iba a descansar con su bendición como custodia de mi sueño. Ayer este amigo más pobre me ha hecho rey con su bendición. Ved, pues, cómo ninguno de mis amigos ricos me ha dado jamás lo que él. No temáis, por tanto: aunque perdáis el poder del dinero, os bastará el amor y la santidad para poder favorecer al pobre, al cansado o al afligido.

Por tanto, os digo: no os afanéis demasiado por temor a la escasez. Siempre tendréis lo necesario. No os apuréis demasiado por el futuro. Nadie sabe cuánto futuro tiene por delante. No os preocupéis de qué comeréis para mantener la vida, ni de qué vestiréis para -mantener caliente vuestro cuerpo. La vida de vuestro espíritu es mucho más valiosa que el vientre y los miembros, vale mucho más que la comida y el vestido, así como la vida material es más que la comida y el cuerpo más que el vestido. El Padre lo sabe, sabedlo también vosotros. Mirad los pájaros del aire: no siembran ni cosechan, no recogen en los graneros, y, sin embargo, no mueren de hambre, porque el Padre celeste los nutre. Vosotros, hombres, criaturas predilectas del Padre, valéis mucho más que ellos.

¿Quién de vosotros, con todo su ingenio, podrá añadir a su estatura un solo codo? Si no lográis elevar vuestra estatura ni siquiera un palmo, ¿cómo pensáis que vais a poder cambiar vuestra condición futura, aumentando vuestras riquezas para garantizaros una larga y próspera vejez? ¿Podéis, acaso, decirle a la muerte: "Vendrás por mí cuando yo quiera"? No, no podéis. ¿Para qué, pues, preocuparos por el mañana?, ¿por qué ese gran dolor del temor a quedaros sin nada con que vestiros? Mirad cómo crecen los lirios del campo: no trabajan, no hilan, ni van a los vendedores de vestidos a comprar. Y, sin embargo, os aseguro que ni Salomón con toda su gloria se vistió jamás como uno de ellos. Pues bien, si Dios viste así la hierba del campo, que hoy existe y mañana sirve para calentar el horno o como pasto de los rebaños -al final, ceniza o estiércol -, ¡cuánto más os proveerá a vosotros, hijos suyos, de lo necesario!

No seáis hombres de poca fe. No os angustiéis por un futuro incierto, diciendo: "¿Cuando sea viejo, qué comeré?, ¿qué beberé?, ¿con qué me vestiré?". Dejad estas preocupaciones para los gentiles, que no tienen la sublime certeza de la paternidad divina. Vosotros la tenéis, y sabéis que el Padre conoce vuestras necesidades y que os ama. Confiad, pues, en Él. Buscad primero las cosas verdaderamente necesarias: fe, bondad, caridad, humildad, misericordia, pureza justicia, mansedumbre, las tres y las cuatro virtudes principales, y todas las demás; de forma que seáis amigos de Dios, y tengáis derecho a su Reino. Os aseguro que todo lo demás se os dará por añadidura sin necesidad siquiera de pedirlo. No hay mayor rico que el santo, ni hombre más seguro que él. Dios está con el santo y el santo está con Dios. Por su cuerpo no pide, y Dios le provee de lo necesario; trabaja, antes bien, para su espíritu, y Dios mismo se da a él ya aquí, y después de esta vida le dará el Paraíso.

No os acongojéis, pues, por lo que no merece vuestra aflicción Doleos de ser imperfectos, no de tener pocos bienes terrenos. No os atormentéis por el mañana: el mañana tendrá su propia preocupación, y vosotros tendréis que preocuparos por el mañana cuando lo viváis. ¿Por qué pensar en el mañana hoy? ¿Es que, acaso, la vida no está ya suficientemente llena de recuerdos penosos del ayer y de pesadumbres del hoy como para sentir la necesidad de cargarla además con las angustias de los "¿qué sucederá?" mañana? Dejadle a cada día su afán. Habrá siempre más penas en la vida de las que querríamos tener. No añadáis penas presentes a penas futuras. Decid siempre la gran palabra de Dios: "Hoy". Sois sus hijos, creados a su semejanza; decid, pues, con Él: "Hoy".

Y hoy os doy mi bendición. Que os acompañe hasta el comienzo del nuevo hoy, o sea, mañana; es decir, cuando os dé nuevamente la paz en nombre de Dios.

172- Cuarto discurso de la Montaña: el juramento, la oración, el ayuno. El anciano Ismael y Sara

Sigue el discurso de la Montaña.

El mismo lugar, la misma hora, la misma muchedumbre (aunque quizás más gente: hay muchos incluso donde empiezan los senderos que conducen al valle). El romano no está. Jesús habla, y dice:

-Uno de los errores que comete fácilmente el hombre es la falta de honestidad, incluso consigo mismo. Dado que el hombre difícilmente es sincero y honesto, por propia iniciativa se ha puesto un bocado para sentirse obligado a ir por el camino elegido. Pero he aquí que él mismo, cual indómito caballo, pronto descoloca el bocado, para hacer lo que más cómodo le resultare, sin pensar en la reprensión que pudiera recibir de Dios, de los hombres o de su propia conciencia. Este bocado es el juramento. Pero entre los hombres honestos no es necesario el juramento, y Dios, de por sí, no os lo ha enseñado; antes al contrario, ha encargado deciros, sin más: "No pronuncies falso testimonio". El hombre debería ser franco. No debería tener necesidad de ninguna otra cosa aparte de la fidelidad a su palabra.

El Deuteronomio, a propósito de los votos -incluso de los votos que provienen de un corazón que se supone fundido con Dios por sentimiento de necesidad o gratitud -, dice: "Debes mantener la palabra salida una vez de tus labios, cumpliendo lo que has prometido al Señor tu Dios, todo lo que de propia voluntad y con tu propia boca has dicho". Siempre se habla de palabra dada, sólo de palabra dada, sólo la palabra.

Pues bien, quien siente necesidad de jurar denota que se siente inseguro de sí mismo y del concepto que el prójimo pueda tener de él, de la misma forma que quien hace jurar testifica su desconfianza acerca de la sinceridad y honestidad de quien jura. Así, como podéis ver, esta costumbre del juramento es una consecuencia de la deshonestidad moral del hombre; es, además, una vergüenza para el hombre, doble vergüenza porque el hombre no es ni siquiera fiel al juramento -que ya de por sí es cosa vergonzosa -, y, burlándose de Dios con la misma ligereza con que se burla del prójimo, acaba perjurando con pasmosa ligereza y tranquilidad.

¿Podrá haber criatura más abyecta que el perjuro? ¡Éste, usando a menudo una fórmula sagrada, llamando por tanto a ser cómplice y garante a Dios, o invocando a los seres más amados (el padre, la madre, la esposa, los hijos, los propios difuntos, la propia vida con sus más preciosos órganos…) como apoyo de su falso testimonio, induce a su prójimo a creerle, con lo cual le engaña. Un hombre así es sacrílego, ladrón, traidor, homicida. ¿De quién? Pues de Dios, porque mezcla la Verdad con la infamia de su mentira, y, malignamente, se burla de Dios y lo desafía diciendo: "Caiga tu mano sobre mí, desmiénteme, si puedes; Tú estás allí, yo aquí, y me río".

¡Ah!, ¡bien! ¡Reíos, reíos, embusteros, vosotros que os burláis!.. que día llegará en que no reiréis, cuando Aquel en cuyas manos todo poder ha sido depositado aparezca ante vosotros con terrible majestad y sólo con su aspecto os haga temblar; bastarán sus miradas para fulminaros, antes de que su voz os precipite en vuestro destino eterno marcándoos con su maldición.

Un hombre así es un ladrón, porque se apropia de una estima inmerecida. El prójimo, impresionado por su juramento, le otorga esta estima; y la serpiente se engalana con ella fingiéndose lo que no es. Es además un traidor, porque con el juramento está prometiendo algo que no tiene intención de mantener. Es un homicida, porque mata, o el honor de un semejante, arrebatándole con el juramento falso la estima del prójimo, o la propia alma, pues el perjuro es un abyecto pecador ante los ojos de Dios, que ven la verdad aunque ningún otro la viera. A Dios no se le engaña ni con falsas palabras ni con hipócritas acciones. Él ve, no pierde de vista, ni por un instante, a cada uno de los seres humanos, y no existe fortaleza amurallada o profunda bodega donde no pueda penetrar su mirada. Incluso en vuestro interior -esa propia fortaleza dentro de la que todo hombre tiene su corazón -entra Dios, y os juzga no por lo que juráis sino por lo que hacéis.

Por ello sustituyo la orden dada a los antiguos: "No perjures; antes al contrario, mantén tus juramentos" (cuando el juramento recibió plena vigencia para poner freno a la mentira y a la facilidad de faltar a la palabra dada). La sustituyo por otra y os digo: "No juréis nunca".

No juréis por el Cielo, que es trono de Dios, ni por la Tierra, que es escabel para sus pies, ni por Jerusalén y su Templo, que son ciudad del gran Rey y la Casa del Señor nuestro Dios.

No juréis ni por las tumbas de los difuntos ni por sus espíritus: las tumbas están llenas de restos de lo que en el hombre es inferior y común con los animales; en cuanto a los espíritus, dejadlos en su morada. Si son espíritus de justos, que ya viven en estado de precognición de Dios, no hagáis que sufran y se horroricen. Aunque sea precognición, o sea, conocimiento parcial (porque hasta el momento de la Redención no poseerán a Dios en su plenitud de esplendor), no pueden no sufrir al veros pecadores. Si no son justos, no aumentéis su tormento al recordar su pecado por el vuestro. Dejadlos, dejad a los muertos: a los santos, en la paz; a los no santos, en sus penas. No arrebatéis nada a los primeros, no añadáis nada a los segundos. ¿Por qué apelar a los difuntos? No pueden hablar: los santos, porque su caridad lo impide -deberían desmentiros demasiadas veces--; los réprobos, porque el Infierno no abre sus puertas, y ellos no abren sus bocas sino para maldecir, y toda voz suya queda sofocada por el odio de Satanás y de los demonios, pues los réprobos son demonios.

No juréis ni por la cabeza del propio padre, ni de vuestra madre o esposa, ni por la cabeza de vuestros inocentes hijos; no tenéis derecho a hacerlo. ¿Son, acaso, moneda o mercancía; firma sobre papel? Pues son más y menos que esto. Son sangre y carne de tu sangre, ¡oh, hombre!; pero también son criaturas libres, y no puedes usarlas como esclavas para que avalen un testimonio falso tuyo. Al mismo tiempo, son menos que una firma tuya, porque tú eres inteligente, libre y adulto, no una persona bajo interdicto o un niño que no sabe lo que hace y que debe ser representado por sus padres. Tú eres tú: un hombre dotado de razón, por tanto responsable de tus acciones, y debes actuar autónomamente, poniendo como aval de tus acciones y palabras tu honradez y sinceridad, la estima que tú has sabido suscitar en el prójimo; no la honestidad y sinceridad de los padres
o la estima que ellos han sabido suscitar. ¿Los padres son responsables de los hijos? Sí, pero sólo mientras son menores de edad; después, cada no es responsable de sí mismo. No siempre nacen justos de justos, o siempre un hombre santo está casado con una mujer santa. ¿Y entonces, por qué usar como base de garantía la justicia del cónyuge? Del mismo modo, de un pecador pueden nacer hijos santos. Mientras son inocentes, son todos santos. ¿Y entonces, por qué invocar a una persona pura para un acto vuestro impuro, cual es el juramento que ya con antelación se piensa violar?

Ni siquiera por vuestra cabeza juréis, ni por vuestros ojos, o la lengua o las manos. No tenéis derecho a hacerlo. Todo cuanto tenéis es de Dios; vosotros no sois sino los custodios temporales de ello, administradores de los tesoros morales o materiales que Dios os ha concedido. ¿Por qué hacer uso, entonces, de lo que no os pertenece?

¿Podéis, acaso, añadir un cabello a vuestra cabeza, o cambiar su color?

¿Por qué, si no podéis hacerlo, usáis la vista, la palabra, la libertad de los miembros, para respaldar un juramento? No desafiéis a Dios; podría cogeros la palabra y secar vuestros ojos como puede secar también vuestros pomares, o arrancaros los hijos como puede arrebataros la casa, para recordaros que Él es el Señor y vosotros los súbditos, y que incurre en maldición aquel que se idolatra hasta el punto de considerarse a sí mismo más que Dios al desafiarlo mi mintiendo.

Decid: "si' "sí"; "no", "no". Nada más. Si hay más es que os lo ha sugerido el Maligno; y además para reírse de vosotros, pues no podréis retener todo y caeréis, por tanto, en renuncio, y seréis objeto de las burlas de los demás y conocidos por embusteros.

Sinceridad, hijos, en la palabra y en la oración. No hagáis como los hipócritas, que, cuando oran, quieren hacerlo en las sinagogas, en las esquinas de las plazas, para ser vistos por los hombres píos y justos, mientras que luego, hacia dentro de la familia, son culpables con Dios y el prójimo. ¿No os dais cuenta de que esto es como jurar en falso? ¿Por qué queréis sostener lo no verdadero para ganar una inmerecida estima? La finalidad de la oración hipócrita es decir: "Verdaderamente soy un santo.

Lo juro ante los ojos de quienes me ven, que deberán reconocer que me ven orar". Pues bien, semejante oración -verdadero velo extendido sobre una maldad real -hecha con una finalidad de este tipo se convierte en blasfemia.
Dejad que Dios os proclame santos. Haced que vuestra vida toda grite por vosotros: "He aquí a un siervo de Dios". Y vosotros, vosotros, por caridad hacia vosotros mismos, guardad silencio. No hagáis de vuestra lengua, movida por la soberbia, objeto de escándalo ante los ojos de los ángeles. Mejor sería que en ese mismo instante quedarais mudos, si no tenéis la fuerza de dominar el orgullo y la lengua con la que os autoproclamáis justos y gratos a Dios. Dejad a los soberbios y a los falsos esta pobre alegría, dejadles a ellos esta efímera recompensa -¡mísera recompensa! -, que en realidad es la que quieren. Pues bien, no recibirán ninguna otra, porque más de una no se puede recibir: o la verdadera, del Cielo, que es eterna y justa; o la verdadera, de la tierra, que dura lo que la vida del hombre e incluso menos, y que después, siendo injusta como es, se paga, pasada esta vida, con un castigo verdaderamente mortificador.

Oíd cómo debéis orar (con los labios, con el trabajo, con la totalidad de vosotros mismos): debéis orar por impulso de un corazón amante de Dios, a quien siente Padre; de un corazón que siempre tiene presente quién es el Creador y quién la criatura, y que se comporta con amor reverente en presencia de Dios, siempre, ya ore, ya comercie, ya camine, ya descanse, ya logre un beneficio o se lo proporcione a otros.

He dicho "por impulso del corazón": ésta es la primera y esencial cualidad; porque todo viene del corazón, y, como es el corazón, tal es la mente, la palabra, la mirada, la acción. El hombre justo extrae el bien de su corazón de justo. Cuanto más bien extrae más bien en encuentra, porque el bien realizado genera un nuevo bien, de la misma forma que la sangre se renueva en el círculo de las venas para volver al corazón enriquecida de elementos siempre nuevos, extraídos del oxígeno que ha absorbido y de la sustancia de los alimentos que ha asimilado. Por el contrario, el perverso, de su tenebroso corazón henchido de fraude y venenos, no puede extraer sino fraude y veneno, que aumentan cada vez más, corroborados por las culpas que van acumulándose (en el bueno son las bendiciones de Dios las que confirman, y también se acumulan). Creed, igualmente, que la exuberancia del corazón rebosa a través de los labios y se revela en las acciones.

Haceos un corazón humilde y puro, amoroso, confiado, sincero. Amad a Dios con el púdico amor que siente una virgen hacia su prometido. En verdad os digo que toda alma es virgen prometida al eterno Amante, a Dios nuestro Señor; esta tierra es el tiempo del noviazgo, tiempo en que el ángel custodio otorgado a cada hombre espiritual paraninfo, y todas las horas y las contingencias de la vida son otras tantas doncellas que preparan el ajuar nupcial; la hora de su muerte es la hora de la boda, es entonces cuando viene el conocimiento, el abrazo, la fusión, es entonces cuando, vestida ya de esposa cumplida, el alma puede alzar su velo y echarse en brazos de su Dios, sin que por amar así a su Esposo pueda inducir a otros al escándalo.

Pero por ahora, ¡oh, almas sacrificadas aún en el vínculo del noviazgo con Dios!, cuando queráis hablar con vuestro Prometido, entrad en la paz de vuestra casa (sobre todo en la paz de vuestra morada interior) y hablad, cual ángeles de carne acompañados por sus ángeles custodios, al Rey de los ángeles; hablad a vuestro Padre en el secreto de vuestro corazón y de vuestra estancia interior; dejad afuera todo lo que sea mundo: el frenesí de ser notados, de edificar; los escrúpulos de las largas oraciones sobresaturadas de palabras, pero monótonas, tibias, mortecinas en cuanto al amor.

¡Por favor, liberaos de prevenciones cuando oréis! En verdad, hay algunos que derrochan horas y horas repitiendo sólo con los labios un monólogo (un verdadero soliloquio porque ni siquiera el ángel custodio lo escucha, pues en efecto es un gran rumor vano que el ángel trata de remediar abismándose en ardiente oración en favor de este hombre necio que le ha sido encomendado). En verdad, hay algunos que no utilizarían de forma distinta esas horas ni aunque Dios se les apareciera y les dijese: "La salud del mundo depende de que dejes esta parola sin alma para ir simplemente a sacar agua de un pozo y verterla en la tierra por amor a mí y a tus semejantes". En verdad, hay algunos que consideran más valioso su monólogo que el acto cortés de recibir en modo acogedor una visita, o que el acto caritativo de socorrer a un necesitado: son almas que han caído en la idolatría de la oración.

La oración es acción de amor. Ahora bien, se puede amar tanto rezando como haciendo pan, tanto meditando como asistiendo a un enfermo, tanto realizando un peregrinaje al Templo como atendiendo a la familia, tanto sacrificando un cordero como sacrificando nuestros deseos -justos -de recogernos en el Señor. Basta con que uno empape todo sí mismo y toda acción suya en el amor. ¡No tengáis miedo! El Padre ve las cosas. El Padre comprende. El Padre escucha. El Padre concede. ¡Cuántas gracias se reciben por un solo, verdadero, perfecto suspiro de amor; cuánta abundancia, por un sacrificio íntimo hecho con amor! No seáis como los gentiles. Dios no necesita que le digáis lo que debe hacer "porque lo necesitáis". Eso pueden decírselo los paganos a sus ídolos, que no pueden comprender, pero no vosotros a Dios, al verdadero, espiritual Dios que no es sólo Dios y Rey sino que además es vuestro Padre y sabe, antes de que se lo pidáis, de qué tenéis necesidad.

Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide recibe, quien busca encuentra, a quien llame se le abrirá. Cuando vuestro hijo os tiende su manita diciéndoos: "Padre, tengo hambre", ¿acaso le dais una piedra?, ¿le dais una serpiente, si os pide un pez? No; es más, no sólo le dais el pan y el pescado, sino que además le hacéis una caricia y lo bendecís, pues a un padre le resulta dulce alimentar a su hijo y verlo sonreír feliz. Pues si vosotros, que tenéis un corazón imperfecto, sabéis dar buenos dones a vuestros hijos sólo por el amor natural, que también lo posee el animal hacia su prole, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los Cielos concederá a quienes se lo pidan las cosas buenas y necesarias para su bien! ¡No tengáis miedo de pedir, ni tampoco de no obtener!

Pero quiero poneros en guardia contra un fácil error: entre los creyentes hay paganos cuya religión es un amasijo de supersticiones y fe, un edificio profanado en el que han echado raíces hierbas parásitas de todo tipo, hasta el punto de que éste se va desmoronando y al fina1 se derrumba; son paganos de la religión verdadera, débiles en la fe y el amor, que sienten que su fe muere cuando no se ven escuchados. Pues bien, no hagáis como ellos.

Sucede que pedís en un momento dado, y os parece justo hacerlo -la verdad es que para ese momento no sería injusta tampoco la gracia pedida -, pero la vida no termina en ese momento y lo que es bueno hoy puede no serlo mañana (pero vosotros, conociendo sólo el presente -lo cual es también una gracia de Dios -esto lo desconocéis). Sin embargo, Dios conoce también el futuro, y muchas veces no satisface una oración vuestra para ahorraros una pena mayor.

En este año de vida pública, más de una vez he oído corazones que referían haberse quejado de cuánto habían sufrido cuando no se habían sentido escuchados por Dios, pero que luego habían reconocido que ello significó un bien porque la gracia en cuestión les habría impedido alcanzar posteriormente a Dios. A otros les he oído decir ̀ y decirme a mí -: "Señor, ¿por qué no respondes a mi súplica?; con todos lo haces, ¿por qué conmigo no?". Y, no obstante, a pesar del dolor que me producía el sufrimiento que veía, he tenido que decir: "No puedo", porque haber condescendido a su petición habría significado poner un estorbo a su vuelo hacia la vida perfecta. Incluso el Padre -también a veces dice: "No puedo"; no porque no pueda cumplir inmediatamente ese acto, sino porque no quiere hacerlo, dado que conoce las consecuencias que se seguirían.

Escuchad: un niño tiene sus entrañas enfermas. La madre llama al médico y éste dice: "Necesita ayuno absoluto". El niño se echa a llorar, grita, suplica, parece languidecer.

La madre, compasiva siempre, une sus lamentos a los de su hijo; le parece una crueldad del médico esa prohibición absoluta, le parece que el ayuno y el llanto pueden perjudicar a su hijo… Y, a pesar de todo, el médico se muestra inexorable. Al final dice: "Mujer: yo sé; tú, no; ¿quieres perder a tu hijo o que te lo salve?". La madre grita: "¡Quiero que viva!". "Pues entonces -dice el médico- no puedo conceder alimento… significaría la muerte.” Pues bien, lo mismo dice el Padre algunas veces.

Vosotros, madres compasivas respecto a vuestro yo, no queréis oírlo llorar por no haber recibido una gracia; sin embargo, Dios dice: "No puedo. Te perjudicaría". Llegará el día, o la eternidad, en que se dirá: "¡Gracias, Dios mío, por no haber escuchado mi estupidez!".

Lo que he dicho respecto a la oración, lo digo respecto al ayuno. Cuando ayunéis, no pongáis aspecto melancólico, como hacen los hipócritas, que con arte deslucen su rostro para, que el mundo sepa y crea -aunque no sea verdad -que ayunan. Estos también han recibido ya, en la alabanza del mundo, su compensación; no recibirán ninguna otra.

Vosotros, por el contrario, cuando ayunéis, poned expresión alegre, lavaos con esmero la cara para que se vea fresca y sedosa, ungíos la barba, perfumaos el pelo, presentad esa sonrisa en los labios propia de quien ha comido bien:

¡Verdaderamente no hay alimento que sacie tanto como el amor, y quien ayuna con espíritu de amor de amor se nutre! En verdad os digo que, aunque el mundo os llame "vanidosos" o "publicanos", vuestro Padre verá vuestro secreto heroico y os recompensará doblemente, por el ayuno y por el sacrificio de no haber recibido alabanza.

Y ahora, nutrida el alma, id a dar alimento al cuerpo.

Aquellos dos pobres que se queden con nosotros: serán los benditos huéspedes que darán sabor a nuestro pan. La paz sea con vosotros.

Los dos pobres se quedan. Son una mujer muy delgada y un anciano muy viejo. No están juntos, se han encontrado allí por azar. Se habían quedado en un ángulo, acoquinados, poniendo inútilmente la mano a quienes pasaban por delante.

Ahora no se atreven a acercarse, pero Jesús va directamente hacia ellos y los coge de la mano para ponerlos en el centro del grupo de los discípulos, bajo una especie de tienda que Pedro ha montado en un ángulo (quizás les sirve de refugio durante la noche y como lugar de reunión durante las horas más calurosas del día: es un cobertizo de ramajes y de… mantos, pero sirve para su finalidad, a pesar de que sea tan bajo, que Jesús y Judas Iscariote, los dos más altos. tienen que agacharse para poder entrar).

Aquí tenéis a un padre y a una hermana nuestra. Traed todo lo que tenemos. Mientras comemos escucharemos su historia.

Y Jesús se pone personalmente a servir a los dos vergonzosos y escucha la dolorosa narración. Ambos viven solos: el viejo, desde cuando su hija se fue con su marido a un lugar lejano y se olvidó de su padre; la mujer, que además está enferma, desde que su marido murió a causa de una fiebre.

-El mundo -dice el anciano -nos desprecia porque somos pobres. Voy pidiendo limosna para juntar unos ahorrillos y poder cumplir la Pascua. Tengo ochenta años. Siempre la he cumplido. Esta puede ser la última. No quiero ir con Abraham, a su seno, con algún -remordimiento. De la misma forma que perdono a mi hija, espero ser perdonado. Quiero cumplir mi Pascua.

-Largo camino, padre.
-Más largo es el del Cielo, si se incumple el rito.

-¿Vas sólo?… ¿Y si te sientes mal por el camino?
-Me cerrará los párpados el ángel de Dios.
Jesús acaricia la cabeza temblorosa y blanca del anciano, y pregunta a la mujer:

-¿Y tú?
-Voy en busca de trabajo. Si estuviera mejor alimentada, me curaría de mis fiebres; una vez sana, podría trabajar incluso en los campos de cereales.

-¿Crees que sólo el alimento te curaría?
-No. Estás también Tú… Pero, yo soy una pobre cosa, demasiado pobre cosa como para poder pedir conmiseración.
-Y, si te curara, ¿qué pedirías después?

-Nada más. Habría recibido ya con creces cuanto puedo esperar.

Jesús sonríe y le da un trozo de pan mojado en un poco de agua y vinagre, que hace de bebida. La mujer se lo come sin hablar. Jesús continúa sonriendo.

-La comida termina pronto (¡era tan parca!…). Apóstoles y discípulos van en busca de sombra por las laderas, entre los matorrales. Jesús se queda bajo el cobertizo. El anciano se ha apoyado contra la pared herbosa; ahora, cansado, duerme.

Pasado un poco de tiempo, la mujer, que también se había alejado en busca de sombra y descanso, vuelve hacia Jesús, que le sonríe para infundirle ánimo. Ella se acerca, tímida, pero al mismo tiempo contenta, casi hasta la tienda; luego la vence la alegría y da los últimos pasos velozmente para caer finalmente rostro en tierra emitiendo un grito reprimido:

-¡Me has curado! ¡Bendito! ¡Es la hora del temblor fuerte y no se me repite!… -y besa los pies a Jesús.

-¡Estás segura de estar curada? Yo no te lo he dicho. Podría ser una casualidad…

-¡No! Ahora he comprendido tu sonrisa cuando me dabas el trozo de pan. Tu virtud ha entrado en mí con ese bocado.

No tengo nada que darte a cambio, sino mi corazón. Manda a tu sierva, Señor, que te obedecerá hasta la muerte.

-Sí. ¿Ves aquel anciano? Está solo y es un hombre justo. Tú tenías marido, pero te fue arrebatado por la muerte; él tenía una hija, pero se la quitó el egoísmo. Esto es peor.

Y, no obstante, no impreca; pero no es justo que vaya sólo en sus últimas horas. Sé hija para él.

-Sí, mi Señor.

-Fíjate que ello significa trabajar para dos.

-Ahora me siento fuerte. Lo haré.

-Ve, entonces, allí, encima de ese risco, y dile al hombre que está descansando, aquél vestido de gris, que venga aquí.

La mujer va sin demora y vuelve con Simón Zelote.
-Ven, Simón. Debo hablarte. Espera, mujer.

Jesús se aleja unos metros.

-¿Crees que a Lázaro le supondrá alguna dificultad el recibir a una trabajadora más?

-¡Lázaro! ¡Si creo que ni siquiera sabe cuántos le prestan servicio! ¡Uno más o menos…! … Pero, ¿de quién se trata?

-Es aquella mujer. La he curado y…
-No sigas, Maestro; si la has curado, es señal de que la amas, y lo que Tú amas es sagrado para Lázaro. Empeño mi palabra por él.

-Es verdad, lo que Yo amo es sagrado para Lázaro; bien dices Por este motivo, Lázaro será santo, porque, amando lo que Yo amo ama la perfección. Deseo vincular a aquel anciano con esa mujer, y que aquel patriarca pueda cumplir con júbilo su última Pascua. Quiero mucho a los ancianos santos, y, si puedo hacerles sereno el crepúsculo de la vida, me siento dichoso.

-También amas a los niños…
-Sí, y a los enfermos…
-Y a los que lloran…
-Y a los que están solos…

-¡Maestro mío!, ¿no te das cuenta de que amas a todos, incluso a tus enemigos?

-No me doy cuenta, Simón; amar es mi naturaleza. Mira, el patriarca se está despertando. Vamos a decirle que celebrará la Pascua con una hija a su lado, y sin necesidad de buscarse el pan.

Vuelven a la tienda, donde la mujer los está esperando. Acto seguido van los tres donde el anciano, que está
sentado, atándose las sandalias.

-¿Qué piensas hacer, padre?
-Voy a descender hacia el valle. Espero encontrar un refugio para la noche. Mañana pediré limosna por el camino, y luego, abajo, abajo, abajo,… dentro de un mes, si no me he muerto, estaré en el Templo.

-No.

-¿No debo hacerlo? ¿Por qué?

-Porque el buen Dios no quiere. No vas a ir solo. Esta mujer irá contigo. Te conducirá al lugar que voy a indicaros; os acogerán por amor a mí. Celebrarás tu Pascua, pero sin penalidades. Ya has llevado tu cruz, padre; pósala ahora, y recógete en acción de gracias al buen Dios.

-¿Por qué esto?… ¿Por qué esto?… No… no merezco tanto… Tú… una hija… Es más que si me dieras veinte años… ¿A dónde me quieres enviar?…

El anciano llora entre la espesura de su poblada barba.
-Con Lázaro de Teófilo. No sé si lo conoces.

-Soy de la zona confinante con Siria. ¡Claro que me
acuerdo de Teófilo! ¡Oh, Hijo bendito de Dios, deja que te bendiga!

Y Jesús, que está sentado en la hierba frente al anciano, se inclina realmente para dejar que éste le imponga, solemne, las manos sobre su cabeza y pronuncie, poderoso y con voz cavernosa de anciano venerable, la antigua bendición: «El Señor te bendiga y te guarde. El Señor te muestre su rostro y tenga misericordia de ti. El Señor vuelva a ti su rostro y te dé su paz.

Y Jesús, Simón y la mujer responden juntos:

-Y así sea.

171- Tercer discurso de la Montaña: los consejos evangélicos que perfeccionan la Ley

Sigue el discurso de la Montaña.

El lugar y la hora son los mismos, pero ha aumentado el número de personas. Retirado en un ángulo, junto a un sendero, como si quisiese oír sin suscitar repugnancias en la multitud, hay un romano. Lo distingo por la túnica corta y el manto, que es distinto. Todavía están Esteban y Hermas.

Jesús se dirige lentamente hacia su puesto y reanuda su discurso.

«De lo que os dije ayer no debéis concluir que haya venido a abolir la Ley. No. Lo único que pretendía era -puesto que soy el Hombre y comprendo las debilidades del hombre -animaros a seguir la Ley, para lo cual orientaba vuestra mirada espiritual hacia el Abismo luminoso, en vez de hacia el abismo negro; porque si el miedo a un castigo puede contener tres veces de diez, la certeza de un premio impulsa, de diez, siete veces. Por tanto, consigue más la confianza que el miedo, y quiero que la tengáis en plenitud: una confianza segura, para poder hacer, no siete partes de bien por cada diez, sino diez, y conquistar el premio santísimo del Cielo.

No modifico ni siquiera una jota de la Ley. ¿Quién la dio entre los rayos del Sinaí?: el Altísimo. ¿Quién es el Altísimo?: el Dios uno y trino. ¿De dónde la ha tomado?: de su Pensamiento. ¿Cómo la ha dado?: con su Palabra. ¿Por qué la ha dado?: por su Amor. Ved, pues, que la Trinidad estaba presente. Y el Verbo, obediente como siempre al Pensamiento y al Amor, habló por el Pensamiento y el Amor.

¿Podría Yo desmentir afirmaciones mías? No, no podría hacerlo. Lo que sí puedo -porque todo lo puedo -es completar la Ley, hacerla divinamente completa; no como los hombres, que durante siglos en vez de completa la hicieron indescifrable, imposible de cumplir, apilando leyes y preceptos hasta la saciedad, sacados de su pensamiento, según sus conveniencias, y echando encima de la santísima Ley dada por Dios todo ese montón de escombros, lapidándola, ahogándola, enterrándola, haciéndola estéril. ¿Puede, acaso, un árbol sobrevivir sumergido continuamente por aludes, escombros o inundaciones? No; el árbol muere. La Ley ha muerto en muchos corazones, ahogada bajo los aludes de demasiadas estructuras sobrepuestas: pues bien, he venido a quitar esas sobreestructuras Una vez desenterrada, resucitada, la Ley no será ya ley sino que la haré reina.

Las reinas promulgan las leyes. Las leyes son obra de las reinas, pero no están por encima de las reinas. Pues bien, hago de la Ley la soberana: la completo, la corono, ciño su cabeza con la guirnalda de los consejos evangélicos. Antes era el orden, ahora es más que el orden; antes era lo necesario, ahora es más que lo necesario. Ahora es la perfección. Quien se desposa con ella -tal y como os la ofrezco -al instante viene a ser rey, porque en ese momento habrá alcanzado lo "perfecto", porque no sólo ha sido obediente sino que ha sido un héroe, o sea, santo (siendo la santidad la suma de las virtudes llevadas al más alto vértice que una criatura puede alcanzar, heroicamente amadas y servidas con completo desapego de todo lo que sea apetencia o reflexión humana hacia cualesquiera cosas).

Podría decir que el santo es aquel a quien el amor y el deseo le obstaculizan el ver cualquier otra cosa que no sea Dios; sin distraerse con la visión de cosas inferiores, tiene las pupilas del corazón fijas en el Esplendor santísimo que Dios es, y en Él ve -puesto que todo está en Dios -a sus hermanos, inquietos y con manos implorantes Sin separar sus ojos de Dios, el santo se prodiga en favor de sus hermanos suplicantes. Contra la carne, las riquezas y las comodidades, enarbola su ideal: servir. ¿Es un ser pobre o con taras el santo? No. Ha llegado a la posesión de la sabiduría y riqueza verdaderas, por tanto, a la posesión de todo. Y no siente cansancio, porque, si bien es cierto que produce continuamente, también lo es que continuamente está siendo alimentado. En efecto, cierto es que comprende el dolor del mundo, mas cierto es también que se apacienta de la alegría del Cielo. De Dios se nutre, en Dios se alegra. Es la criatura que ha comprendido el sentido de la vida.

Como podéis ver, ni cambio ni mutilo la Ley, ni la corrompo con la superposición de fermentadoras teorías humanas; antes al contrario, la completo. La Ley es lo que es, y tal seguirá siendo hasta el último día, y no cambiará ni una palabra, ni se abolirá ningún precepto; antes al contrario, se ciñe de la corona de lo perfecto. Para obtener la salud, basta aceptarla como fue dada; pero, para obtener la inmediata unidad con Dios, es necesario vivirla como Yo la aconsejo.

Ahora bien, dado que los héroes son la excepción, voy a hablar para las almas comunes, para la generalidad de las almas; así no se podrá decir que en aras de lo perfecto hago que se olvide lo necesario. De cuanto digo, tened bien presente esto: quien se permita violar uno de estos mandamientos -incluso mínimo -será considerado mínimo en el Reino de los Cielos; quien induzca a otros a violarlos será mínimo por él y por aquel a quien indujo a la violación. Por el contrario, quien con la vida y las obras -más aún que con la palabra -haya persuadido a otros a obedecer será grande en el Reino de los Cielos, y su grandeza aumentará en razón de cada uno de los que hayan sido conducidos por él a obedecer y a santificarse así.
Sé que a muchos lo que voy a decir les sabrá agrio, pero no puedo mentir, a pesar de que esto que voy a decir me va a crear enemigos.

En verdad os digo que, si vuestra justicia no se renueva, separándose completamente de la pobre justicia -definida injustamente tal -que os han enseñado los escribas y fariseos; que, si no sois mucho más justos, verdaderamente, que los escribas y fariseos -que creen serlo a fuerza de aumentar las fórmulas, pero sin cambiar sustancialmente los espíritus -, no entraréis en el Reino de los Cielos.

Guardaos de los falsos profetas y de los doctores que enseñan el error. Vienen a vosotros con apariencia de corderos, siendo en realidad lobos rapaces; vienen con apariencia de santidad, cuando en realidad viven zahiriendo a Dios; dicen que aman la verdad, y se apacientan de embustes: estudiadlos antes de seguirlos.

El hombre tiene lengua para hablar, ojos para mirar, manos para señalar; pero tiene otra cosa que manifiesta de forma más fiel su verdadero ser: sus actos. ¿Qué sentido le veis a dos manos unidas en actitud de oración, si luego ese hombre es un ladrón o un fornicario?; ¿y a dos ojos que, queriendo parecer profundos, se mueven ágiles en todas las direcciones cuando, terminada la hora de la comedia, saben clavarse lujuriosos en la mujer u homicidas en el enemigo? ¿Qué sentido le veis a una lengua que sabe musitar con falsedad la canción laudatoria y seducir con sus frases melosas, si luego, a vuestras espaldas, os calumnia y es capaz de perjurar con tal de haceros pasar por gente despreciable? ¿Qué es la lengua que pronuncia largas oraciones hipócritas, si luego, sin demora, mata la estima del prójimo o seduce su buena fe? ¡Es una cosa asquerosa… como asquerosos son los ojos y manos engañadores! Sin embargo, los actos del hombre, los verdaderos actos, es decir, el modo de comportarse en la familia, en los tratos comerciales, o para con el prójimo y los siervos manifiestan esto: "Éste es un siervo del Señor". Porque las acciones santas son fruto de una verdadera religión.

Un árbol bueno no da frutos malos, un árbol malo no da frutos buenos. ¿Podrán, acaso, daros uva sabrosa estos pungentes espinos? ¿Y aquellos cardos, más mortificadores aún, pueden, acaso, maduraros blandos higos? No. En verdad, pocas y agrias moras recogeréis de los primeros e incomibles frutos producirán aquellas flores, que ya, a pesar de ser todavía flores, tienen espinas.

Un hombre no justo podrá infundir respeto con su aspecto, pero sólo con su aspecto; de la misma forma, ese esponjoso cardo parece un copo de delgados hilos argentinos decorados de diamantes por el rocío, pero, si lo tocáis sin daros cuenta, veis que no es un copo sino un conjunto de espinas, penosas para el hombre, perjudiciales para las ovejas, por lo cual los pastores lo arrancan de sus pastos y lo echan al fuego encendido por la noche, para que se consuma y ni siquiera las semillas se salven:

Justa y previsora medida. No os digo: “Matad a los falsos profetas y a los fieles hipócritas", sino que os digo: "Dejad este menester a Dios"; pero sí que os digo: "Poned atención, apartaos de ellos, para que sus humores no os intoxiquen".

Ayer expliqué cómo se debe amar a Dios; ahora voy a insistir acerca de cómo se debe amar al prójimo.

Se dijo: "Amarás a tu amigo y odiarás a tu enemigo". No. Eso no. Esto era bueno para los tiempos en que el hombre no gozaba del consuelo de la sonrisa de Dios. Ahora llegan los tiempos nuevos, los tiempos en que Dios tanto ama al hombre, que le envía a su Verbo para redimirlo. Ahora el Verbo habla, y esto es ya efusión de Gracia, después el Verbo consumará el sacrificio de paz y redención, con que la Gracia no sólo será esparcida, sino que será otorgada a todo espíritu que crea en el Cristo. Por tanto, es necesario elevar el amor del prójimo a la perfección que unifica amigo y enemigo.

¿Os calumnian? Amad y perdonad. ¿Os maltratan? Amad y ofreced la otra mejilla a quien os da una bofetada, pensando que es mejor que la ira se descargue sobre vosotros, que la sabéis soportar, que no sobre otro, que se vengaría de la afrenta. ¿Os roban? No penséis: "Este semejante mío es un avariento". Pensad, más bien, caritativamente: "Este pobre hermano mío se siente necesitado"; dadle, entonces, también la túnica, si ya os ha quitado el manto: así lo pondréis en la imposibilidad de cometer un doble hurto, porque no tendrá necesidad de robarle a otro la túnica. Decís: "Pero podría ser un vicio y una necesidad". Pues bien, aun así, dadlo: Dios os recompensará y el inicuo pagará. De todas formas, muchas veces -y esto recuerda que dije ayer sobre la mansedumbre -, viéndose tratado así, cae del corazón del pecador su vicio, repara el hurto devolviendo lo que había robado, y así se redime. Sed generosos con quienes, más honrados, en vez de sustraeros aquello de que tienen necesidad, os lo piden.

Si los ricos fueran realmente pobres de espíritu como he enseñado ayer, no existirían las penosas desigualdades sociales que son causa de tantas desventuras humanas y suprahumanas. Pensad siempre: "Si yo me encontrase en la necesidad, ¿qué efecto me causaría que me negarán ayuda?"; sobre la base de lo que vuestro yo os responda, actuad. Haced con los demás lo que quisierais que con vosotros hicieran, no hagáis a los demás lo que no quisierais que se os hiciera a vosotros.

La antigua palabra: "Ojo por ojo, diente por diente", que no está en los diez mandamientos, sino que fue pronunciada porque el hombre, sin la Gracia, es una fiera tan feroz que no puede comprender sino la venganza, queda anulada -ésta sí –por la nueva palabra: “Ama a quien te odia, pide por el que te persigue, disculpa a quien te calumnia, , bendice a quien te maldice, haz el bien a quien te perjudica, sé pacífico con el pendenciero, condescendiente con el molesto, ayuda de buena gana a quien recurre a ti, no practiques la usura, no critiques, no juzgues".

Vosotros no conocéis los datos principales de las acciones de los hombres. En cualquier tipo de ayuda que prestéis, sed generosos, misericordiosos. Cuanto más deis más se os dará. Dios verterá en el seno de quien haya sido generoso una medida colmada y compacta; no os dará sólo lo equivalente a cuanto hayáis dado sino que sobreabundará. Proponeos amar y haceros amar. Los litigios cuestan más que un arreglo amigable; la amabilidad es como la miel: su sabor permanece largo tiempo en la lengua.

¡Amad! ¡Amad! Amad a amigos y enemigos, para que seáis como vuestro Padre, que hace llover sobre buenos y malos y hace salir el sol para justos e injustos, reservándose -para cuando los buenos, cual elegidas espigas, hayan sido entresacados de las gavillas de mies -dar sol y rocío eternos, fuego y granizo infernales. No basta amar a quienes os aman, amar a aquellos de quienes esperáis compensación. Esto no puede considerarse meritorio. En efecto, es incluso motivo de alegría; los hombres naturalmente honrados lo saben hacer, y lo hacen también los publicanos y gentiles. Mas vosotros debéis amar a semejanza de Dios y por respeto a Dios, que es el Creador también de vuestros enemigos, o de quienes os son poco simpáticos. Quiero en vosotros la perfección del amor. Por tanto, os digo "Sed perfectos como perfecto es vuestro Padre que está en los Cielos".

Tan grande es el precepto de amor al prójimo, que no os digo ya lo que fue escrito: "No matéis" -los hombres condenarán al asesino -sino que os digo: "No os airéis", porque pende sobre vosotros un juicio más alto, que tiene cuenta también de las acciones inmateriales. Quien insulte a su hermano será condenado por el Sanedrín, pero quien lo trate como a un loco (perjudicándolo, por tanto) será condenado por Dios.

Es inútil llevar ofrendas al altar, si primero no se han ofrendado en lo íntimo del corazón los propios rencores por amor a Dios, y si no se ha cumplido el rito santísimo del perdón. Por ello, si, cuando estás para ofrecer un sacrificio a Dios, te acuerdas de que has faltado contra tu hermano, o de que le guardas rencor por una culpa, deja tu ofrenda ante el altar, inmola primero tu amor propio reconciliándote con tu hermano, ve después al altar; sólo entonces será santo tu sacrificio.

Llegar a un buen acuerdo es siempre el mejor de los partidos. Precario es el juicio del hombre, y quien, obstinadamente, lo desafía puede perder la causa: deberá pagar a su adversario hasta la última moneda, o consumirse en la cárcel.

Alzad en todo la mirada hacia Dios. Preguntaos si tenéis derecho a hacer lo que Dios no hace con vosotros, pues Dios no tiene esa inflexibilidad y obstinación que tenéis vosotros: ¡ay de vosotros, si fuera así!; ni uno siquiera se salvaría. Que esta reflexión promueva en vosotros sentimientos de mansedumbre, humildad, piedad. No os faltará, por parte de Dios, aquí y después, la recompensa.

Aquí, delante de mí, hay uno que me odia y que no se atreve a decirme: "¡Cúrame!", porque sabe que conozco sus pensamientos. Pues bien, a pesar de todo, digo: "Cúmplase lo que deseas, y que, de la misma forma que caen las escamas de tus ojos, se desprendan de tu corazón el rencor y las tinieblas".

Idos todos con mi paz. Mañana seguiré hablándoos.

La gente va marchándose lentamente, quizás esperando un grito que indique la consecución de un milagro, pero éste no se oye. Incluso los apóstoles y los discípulos más antiguos, que se quedan en el monte, le preguntan al Maestro:

-¿Quién era? ¿Es que no ha quedado curado?
Jesús, que permanece de pie, con los brazos cruzados, viendo descender a la gente, al principio no responde, pero luego dice:

-Los ojos han quedado curados, el alma no; no puede curarse porque está cargada de odio.
-Pero, ¿quién es? ¿El romano?
-No. Un desdichado.

-¿Y por qué lo has curado? -pregunta Pedro.

-¿Tengo que fulminar, acaso, a todos los que son como él?

-Señor… sé que no quieres que responda "sí"', por tanto no lo digo pero lo pienso… y es lo mismo…

-Es lo mismo, Simón de Jonás. Sabe que, si así fuera…

¡Oh, cuántos corazones cubiertos de escamas de odio en torno a mí! Ven. Vamos hasta la punta de la cima, a mirar desde lo alto nuestro bonito mar de Galilea. Yo y tú solos.

170- Segundo discurso de la Montaña: el don de la Gracia; las bienaventuranzas

Jesús está dando instrucciones a los apóstoles, designando a cada uno un lugar para que dirijan y controlen a la multitud que desde las primeras horas de la mañana está subiendo al monte, llevando enfermos en brazos o en andas; otros se mueven a duras penas con muletas. Entre la gente están Esteban y Hermas.

Hay un aire terso, un poco frío. De todas formas, el sol templa pronto este cortante aire montano que, si por una parte suaviza el ardor del astro, por otra saca partido de éste adquiriendo una pureza fresca moderada.

La gente se sienta en las piedras, más o menos voluminosas, que están diseminadas por el vallecillo que separa las dos cimas; otros esperan a que el sol seque la hierba aljofarada de rocío para sentarse en el suelo. Hay mucha gente, de todas las regiones de Palestina, de todas las condiciones. Los apóstoles se confunden entre la muchedumbre; pero, cual abejas que van y vienen de los prados al panal, cada cierto tiempo vuelven donde el Maestro para comunicar alguna cosa, para preguntar, o por la satisfacción de que el Maestro los mire de cerca.

Jesús sube un poco más alto que el prado, que es el fondo de la hondonada, se arrima a la pared rocosa, y empieza a hablar.

-Muchos, durante todo un año de predicación, me han planteado esta cuestión: "Tú, que te dices el Hijo de Dios, explícanos lo que es el Cielo, lo que es el Reino, lo que es Dios, pues nuestras ideas al respecto son confusas; sabemos que existe el Cielo, con Dios y los ángeles, pero nadie ha venido jamás a referirnos cómo es, pues está cerrado para los justos".

Me han preguntado también qué es el Reino y qué es Dios. Yo me he esforzado en explicároslo, no porque me resultara difícil explicarlo, sino porque es difícil, por un conjunto de factores, haceros aceptar una verdad que, por lo que se refiere al Reino, choca contra todo un edificio de ideas configuradas a través de los siglos, una verdad que, por lo que se refiere a Dios, se topa con la sublimidad de su Naturaleza.

Otros me han dicho: "De acuerdo, esto es el Reino y esto es Dios, pero ¿cómo se conquistan?". Y he tratado de explicaros, sin dar muestra de cansancio, cuál es la verdadera alma de la Ley del Sinaí; quien hace suya esa alma hace suyo el Cielo. Pero, para explicaros la Ley del Sinaí es necesario hacer llegar a vuestros oídos el potente trueno del Legislador y de su Profeta, los cuales, si bien es cierto que prometen bendiciones a los que observen aquélla, anuncian, amenazadores, tremendas penas y maldiciones a los desobedientes. La epifanía del Sinaí fue tremenda; su carácter terrible se refleja en toda la Ley, halla eco en los siglos, se refleja en todas las almas.

Mas Dios no es sólo Legislador, Dios es Padre, y además Padre de inmensa bondad.

Quizás -y sin quizás -vuestras almas, debilitadas por el pecado original, por las pasiones, los pecados y los muchos egoísmos vuestros y ajenos -los ajenos irritan vuestra alma, los propios la cierran -, no pueden elevarse a contemplar las infinitas perfecciones de Dios (y menos que todas la bondad, porque ésta es la virtud que, con el amor, es menos propiedad de los mortales).

¡La bondad…oh, qué dulce es ser buenos, sin odio ni envidias ni soberbias; tener ojos que sólo miren animados por el amor , y manos que se extiendan para gesto de amor, y labios que no profieran sino palabras de amor y corazón -sobre todo corazón -que, henchido sólo de amor, haga que los ojos y las manos y los labios se esfuercen en actos de amor!

Los más doctos de entre vosotros saben con qué dones Dios había enriquecido a Adán, para él y sus descendientes. Hasta los menos instruidos de entre los hijos de Israel saben que tenemos un espíritu (sólo los pobres paganos ignoran la existencia de este huésped regio, soplo vital, luz celeste que santifica y vivifica nuestro cuerpo). Ahora bien, los más doctos saben qué dones habían sido otorgados al hombre, a su espíritu.

No fue menos magnánimo con el espíritu que con la carne y la sangre de la criatura creada por Él con un poco de barro y su aliento. De la misma forma que otorgó los dones naturales de belleza e integridad, inteligencia y voluntad, capacidad de amarse y de amar, otorgó los dones morales, sujetando el apetito a la razón, siendo así que en la libertad y dominio de sí y de la propia voluntad con que Dios había favorecido a Adán no se introducía la maligna tiranía de los sentidos y pasiones: libre era el amarse y el desear y el gozar en justicia, sin eso que os esclaviza haciéndoos sentir el aguijón del veneno que Satanás esparció y que se extravasa, que os esclaviza sacándoos del límpido álveo para llevaros a cenagosos campos, a pantanos en putrefacción, donde fermentan las fiebres de los sentidos carnales y morales; pues habéis de saber que es sensualidad incluso la concupiscencia del pensamiento. Recibieron también dones sobrenaturales: la Gracia santificante, el destino superior, la visión de Dios.

La Gracia santificante es la vida del alma, es cosa espiritualísima depositada en la espiritual alma nuestra. Nos hace hijos de Dios porque nos preserva de la muerte del pecado, y quien no está muerto “vive” en la casa del Padre, o sea, el Paraíso; en mi Reino, es decir, el Cielo.

¿Qué es esta Gracia que santifica, que da Vida y Reino? ¡No uséis muchas palabras… la Gracia es amor! La Gracia es, pues, Dios; es Dios, que, mirándose embelesado a sí mismo en la criatura creada perfecta, se ama, se contempla, se desea, se da a sí mismo lo que es suyo para multiplicar esta riqueza suya, para gozarse de esta multiplicación, para amarse en razón de todos los que son otros Él-mismo.

¡Oh, hijos, no despojéis a Dios de este derecho suyo, no le robéis esta riqueza, no defraudéis este deseo de Dios! Pensad que actúa por amor. Aunque vosotros no existierais, Él sería en cualquier caso el Infinito, su poder no se vería disminuido; mas Él, a pesar de ser completo en su medida infinita, inconmensurable, quiere, no para sí y en sí -no podría porque ya es el Infinito -sino para la Creación, criatura suya, aumentar el amor en la proporción de todas las criaturas contenidas en ella; y es así que os da la Gracia: el Amor, para que vosotros, en vosotros, lo llevéis a la perfección de los santos, y vertáis este tesoro -sacado del tesoro que Dios os ha otorgado con su Gracia, y aumentado con todas vuestras obras santas, con toda vuestra vida heroica de santos -en el Océano infinito donde Dios está: en el Cielo.

¡Divinas, divinas cisternas del Amor!… ¡Oh, vosotras sois, y no conocerá la muerte vuestro ser, porque sois eternas como Dios, siendo así que sois dioses; ( María Valtorta añade las referencias a: Salmo 82 (Vulgata 81), 6; Romanos 8, 16; 2 Pedro 1, 4) vosotras seréis, y no se pondrá término a vuestro ser, porque sois inmortales como los espíritus santos que os han supernutrido volviendo a vosotras enriquecidos con los propios méritos: vivís y nutrís, vivís y enriquecéis, vivís y formáis esa santísima cosa que es la Comunión de los espíritus, desde Dios, Espíritu perfectísimo, hasta el niño recién nacido que por primera vez mama del materno seno!

No me critiquéis en vuestro corazón, vosotros los doctos! No digáis: "Está fuera de sí, habla como un desquiciado cuando dice que la Gracia está en nosotros, siendo así que por la Culpa estamos privados de ella; miente al decir que ya somos uno con Dios". Sí, la Culpa existe, como también existe la separación. Pero, ante el poder del Redentor, la Culpa, cruel separación entre el Padre y los hijos, caerá cual muralla sacudida por el nuevo Sansón; ya la he aferrado, ya la remuevo violentamente, ya se muestra endeble, ya tiembla de ira Satanás, y de impotencia, al no poder nada contra mi poder, al sentirse arrebatar tantas presas y hacérsele más difícil arrastrar al hombre al pecado. En efecto, una vez que os haya conducido a mi Padre a través de mí, una vez que, al empaparos mi Sangre y mi dolor, hayáis quedado purificados y fortalecidos, la Gracia renacerá en vosotros, se despertará de nuevo, recuperará su poder, y triunfaréis, si queréis.

Dios no fuerza vuestro pensamiento, ni tampoco os fuerza a santificaros. Sois libres. Lo que hace es daros de nuevo la fuerza, devolveros la libertad respecto al dominio de Satanás. Os toca ahora a vosotros colocaros otra vez el yugo infernal o ponerle a vuestra alma alas angélicas; todo depende ahora de vosotros, conmigo como hermano para guiaros y alimentaros con alimento inmortal.

Decís: "¿Cómo se conquista a Dios y su Reino por un camino más dulce que no el severo camino del Sinaí?".

No hay otro camino, ése es; mirémoslo, no obstante, no a través del color de la amenaza sino del amor. No digamos: "¡Ay de mí si no hago tal cosa!", temblorosos esperando pecar, esperando no ser capaces de no pecar; digamos, por el contrario: "¡Bienaventurado seré si hago tal cosa!", y con arrebato de sobrenatural alegría, gozosos, lancémonos hacia estas bienaventuranzas nacidas de la observancia de la Ley cual corolas de rosa de una mata de espinas. Digamos:

"¡Bienaventurado seré si soy pobre de espíritu, porque será mío el Reino de los Cielos!

¡Bienaventurado seré si soy manso, porque heredaré la Tierra!
¡Bienaventurado seré si soy capaz de llorar sin rebelarme, porque seré consolado!

¡Bienaventurado seré si tengo hambre y sed de justicia, más que de pan y vino para saciar la carne: la Justicia me saciará!

¡Bienaventurado seré si soy misericordioso, porque se usará conmigo divina misericordia!

¡Bienaventurado seré si soy puro de corazón, porque Dios se inclinará hacia mi corazón puro, y lo veré!

¡Bienaventurado seré si tengo espíritu de paz, porque Dios me llamará hijo suyo, pues en la paz está el amor y Dios es Amor amante de quien se asemeja a Él!

¡Bienaventurado seré si soy perseguido por amor a la justicia, porque Dios, Padre mío, como compensación por las persecuciones terrenas, me dará el Reino de los Cielos!

¡Bienaventurado seré si, por saber ser hijo tuyo, oh Dios, me ultrajan y acusan con mentira! Ello no deberá hacerme sentir desolado, sino alegre, porque me pone al nivel de tus mejores siervos, al nivel de los Profetas, perseguidos por el mismo motivo; con ellos compartiré -lo creo firmemente -la misma recompensa, grande, eterna en ese Cielo que ya es mío!".

Veamos así el camino de la salud, a través de la alegría de los santos.

“Bienaventurado seré si soy pobre de espíritu"

¡Oh riquezas, quemazón satánica, cuántos delirios producís!… en los ricos y en los pobres: en el rico que vive para su oro (ídolo infame de su espíritu misérrimo); en el pobre que vive del odio al rico porque tiene el oro, y que, aunque no cometa materialmente un homicidio, lanza sus maldiciones contra la cabeza de los ricos, deseándoles todo tipo de males. No basta no hacer el mal, hay que no desear hacerlo. Quien maldice, deseando tragedias y muertes, no es muy distinto de quien físicamente mata, porque dentro de sí desea la muerte de aquel a quien odia.

En verdad os digo que el deseo no es sino un acto retenido; como el que ha sido concebido en un vientre: ya ha si formado pero aún permanece dentro. El deseo malvado envenena y destruye, porque persiste más que el acto violento y más profundamente que el acto mismo.

El pobre de espíritu, aunque sea rico, no peca a causa del oro; antes bien, se santifica con él porque lo convierte en amor. Amado y bendecido, es semejante a esos manantiales salvíficos de los desiertos, que se dan sin escatimar agua, felices de poderse ofrecer para alivio de los desesperados. El pobre de espíritu, si es pobre, se siente dichoso en su pobreza; come su sabroso pan (el de la alegría de quien vive libre del febril apego al oro), duerme su sueño exento de pesadilla alguna, se levanta, habiendo descansado, para ir a su sereno trabajo, que parece siempre ligero si se realiza sin avidez ni envidia.

Las cosas que hacen rico al hombre son: materialmente, el oro; moralmente, los afectos. En el oro están comprendidos no sólo las monedas sino también casas, campos, joyas, muebles, ganado… en definitiva, todo aquello que hace, desde el punto de vista material, vivir en la abundancia; en cuanto al mundo de los afectos, los vínculos de sangre o de matrimonio, amistades, sobreabundancia intelectual, cargos públicos. Como veis, por lo que se refiere al primer grupo de cosas, el pobre puede decir: "¡Bueno!, ¡bien!, basta con que no envidie al que posee; y además… yo no tengo ese problema, porque soy pobre y, por fuerza, no tengo ese problema"; sin embargo, por lo que respecta al segundo grupo de cosas, el pobre debe vigilarse a sí mismo, pues hasta el más mísero de los hombres puede hacerse pecaminosamente rico de espíritu: en efecto, peca quien pone su corazón desmedidamente en una cosa.

Diréis: "¿Entonces debemos odiar el bien que Dios nos ha concedido? ¿Por qué manda, entonces, amar al padre y a la madre, a la esposa y a los hijos, y dice: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo?".

Distinguid. Debemos amar al padre, a la madre, a la esposa, al prójimo, pero con la medida establecida por Dios ("como a nosotros mismos"). Sin embargo, a Dios ha de amársele sobre todas las cosas y con todo nuestro ser. No se ama a Dios como amamos a los más queridos de nuestros prójimos: a ésta porque nos ha amamantado, a esta otra porque duerme con su cabeza apoyada sobre nuestro pecho y procrea nuestros hijos. No, a Dios se le ama con todo nuestro ser, o sea, con toda la capacidad de amar que hay en el hombre: amor de hijo, de esposo, de amigo, y -¡no os escandalicéis! -amor de padre sí, debemos cuidar los intereses de Dios igual que un padre cuida a su prole, por la cual, con amor, tutela los bienes y los aumenta, y de cuyo crecimiento físico y cultural, así como de que los hijos alcancen felizmente su finalidad en el mundo, se ocupa y se preocupa.

El amor no es un mal, ni debe llegar a serlo. Las gracias que Dios nos concede tampoco son un mal o deben llegar a serlo; son amor; por amor son otorgadas. Tenemos que usar con amor estas riquezas que Dios nos concede -afectos y bienes -. Solamente quien no las eleva a ídolos, sino que las hace medios de servicio a Dios en santidad, muestra no tener apego pecaminoso a ellas; practica, pues, esa santa pobreza del espíritu que de todo se despoja para ser más libre en la conquista de Dios santo, suprema Riqueza. Y conquistar a Dios significa poseer el Reino de los Cielos.

“Bienaventurado seré si soy manso"

Los ejemplos de la vida cotidiana pudieran parecer en contraste con esta afirmación. Los no mansos parecen triunfar en las familias ciudades y naciones. Pero, ¿se trata de un verdadero triunfo? No. Lo que mantiene sometidos, aparentemente, a los hombres dominados por un tirano es el miedo; se trata en realidad sólo de un velo que cubre la efervescencia rebelde contra el dominador.

Los iracundos, los que van cometiendo atropellos, no poseen los corazones de sus familiares, conciudadanos o súbditos. Los maestros del "porque lo digo yo" no convierten ni los intelectos ni los espíritus a sus doctrinas; lo único que crean son autodidactas, personas que buscan una llave que pueda abrir las puertas cerradas de una sabiduría o ciencia que sienten que existe y que es contraria a la que se les impone.

Los sacerdotes que no van a la conquista de los espíritus con la dulzura paciente, humilde, amorosa, sino que, por el ímpetu avasallador y la gran intransigencia con que marchan contra las almas parecen guerreros armados lanzados a feroz asalto, no conducen a Dios. ¡Pobres almas! Si fueran santas, no tendrían necesidad de vosotros para alcanzar la Luz; la poseerían ya en sí. Si fueran justos, no tendrían necesidad de vosotros, jueces, para estar sujetos por el freno de la justicia, porque ya la poseerían en sí. Si estuvieran sanos, no tendrían necesidad de quien los curase. Sed, pues, mansos. No pongáis en fuga a las almas. Atraedlas con amor; porque la mansedumbre es amor, como lo es también la pobreza de espíritu.

Si sois así, heredaréis la Tierra y llevaréis a Dios este lugar (precedentemente propiedad de Satanás), porque vuestra mansedumbre, -además de amor es humildad, habrá vencido al odio y la soberbia: dando muerte en los corazones al abyecto rey de la soberbia y el odio; el mundo será vuestro (que es como decir de Dios, porque vosotros seréis justos que reconocerán a Dios como Dueño absoluto de la creación, digno de alabanza y bendición, a cuyas manos debe volver lo que le pertenece).

“Bienaventurado seré si sé llorar sin rebelarme"

Existe el dolor en la tierra, y arranca lágrimas de los ojos del hombre. Mas el dolor no existía. El hombre lo introdujo en este mundo. Pero es que, además, por depravación de su intelecto, se aplica cada vez más a aumentarlo con todos los medios a su alcance. En efecto, a las enfermedades y desventuras producidos por rayos, tempestades, aludes, terremotos… el hombre, para sufrir -para hacer -sufrir, pues quisiéramos que fueran los demás y no nosotros los que sufrieran con los medios estudiados para tal fin -añade, como fruto de su mente, las armas mortíferas (cada vez más terribles) y la crueldad moral (cada vez más astuta). ¡Cuántas lágrimas hace brotar el hombre a sus semejantes por instigación de su secreto rey:

Satanás! Pues bien, os digo que estas lágrimas no son una tara sino una perfección del hombre.

El hombre es un niño que sólo piensa en divertirse, un despreocupado superficial, una criatura a la que le falta desarrollo intelectual, hasta que el llanto lo hace adulto, reflexivo, inteligente. Sólo los que lloran -o han llorado -saben amar y comprender; amar a los hermanos, que como ellos lloran, comprender sus sufrimientos, ayudarlos con su bondad, experta en lo mucho que se sufre cuando se llora en soledad. Y saben amar a Dios porque han comprendido que, excepto Dios, todo lo demás es dolor; porque han comprendido que el dolor se aplaca si es llorado sobre el corazón de Dios; porque han comprendido que el llanto resignado que no quebranta la fe, que no hace árida la oración, que no conoce la rebeldía, cambia de naturaleza, transformándose en consuelo.
Sí, los que lloran amando al Señor serán consolados.

“Bienaventurado seré si tengo hambre y sed de justicia"

Desde su nacimiento hasta su muerte, el hombre tiende, ávido, a la comida. Abre la boca, cuando nace, para apresar el pezón; abre los labios, cuando le oprime la agonía, para tragar algo que lo alivie. Trabaja para nutrirse. Hace de la tierra un enorme pezón del que insaciablemente chupa, extrayendo aquello mismo por lo que muere. Pero, ¿qué es el hombre? ¿Un animal? No; es un hijo de Dios. Vive un destierro de pocos o muchos años. De todas formas, su vida no cesa al cambiar de morada.

Hay una vida en la vida, de la misma manera que en una nuez está la pulpa; la nuez no es la cáscara, la pulpa interna es la nuez: si sembráis una cáscara de nuez no nace nada, pero si sembráis la cáscara con la pulpa nace un árbol grande. Pues así es el hombre: no es la carne la que viene a ser inmortal, sino el alma, que debe ser alimentada para que llegue a la inmortalidad, adonde ella, por amor, llevará a la carne en la bienaventurada resurrección. Alimento del alma son la Sabiduría y la Justicia, las cuales se incorporan a ella como alimento líquido o sólido y la fortalecen, y cuanto más se saborean más crece la santa avidez de poseer la Sabiduría y de conocer la Justicia.

Llegará, de todas formas, un día en que el alma, insaciable con esta santa hambre, será saciada; llegará. Dios se dará a su vástago, se lo llevará directamente a su pecho, y el nuevo vástago del Paraíso se saciará con esa Madre admirable que es el mismo Dios, y no volverá a sentir hambre jamás, sino que descansará feliz sobre el pecho divino. Ninguna ciencia humana equivale a esta ciencia divina. La curiosidad de la mente puede ser calmada, la del espíritu no; es más, si el sabor es distinto, el espíritu siente desagrado y separa la boca del pezón amargo, prefiriendo padecer hambre antes que llenarse de un alimento que no proceda de Dios.

¡No temáis, vosotros, sedientos o hambrientos de Dios! Sed fieles y el que os ama os saciará.

"Bienaventurado seré si soy misericordioso"

¿Quién de entre los hombres puede decir: "No necesito misericordia"? Ninguno. Y si en la antigua Ley está escrito: "Ojo por ojo y diente por diente", ¿por qué no debería decirse en la nueva: " Quien haya sido misericordioso alcanzará misericordia"? Todos tienen necesidad de perdón.

Pues bien, no es la fórmula y forma de un rito -figuras externas concedidas a causa de la opacidad del pensamiento humano -lo que obtiene el perdón; lo obtiene el rito interno del amor, o sea una vez más, de la misericordia.

De hecho, si se impuso sacrificar un macho cabrío o un cordero, así como la ofrenda de algunas monedas, se hizo porque en la base de todos los males se encuentran siempre dos raíces: codicia y soberbia; la codicia queda castigada con el gasto de la compra de la víctima, la soberbia recibe su castigo en la abierta confesión del rito:

"Celebro este sacrificio porque he pecado". Además el rito tenía el sentido de anticipar los tiempos y sus signos: la sangre derramada es figura de la Sangre que será vertida para borrar los pecados de los hombres.

Dichoso, pues, aquel que sabe ser misericordioso para con los hambrientos, los desnudos, los que carecen de casa, los que padecen la miseria -aún mayor -de tener un carácter malo, que hace sufrir al mismo que lo tiene y a quien con él convive. Tened misericordia. Perdonad, sed compasivos, ayudad, enseñad, apoyad. No os encerréis en una torre de cristal diciendo: "Soy puro, no desciendo a vivir con los pecadores". No digáis: "Soy rico, vivo feliz; no quiero oír hablar de las miserias de los demás".

Mirad que vuestra riqueza, salud, bienestar familiar, pueden desvanecerse en menos tiempo que un fuerte viento disipa el humo. Recordad también que el cristal hace de lente, siendo así que lo que pasaría desapercibido si os mezcláis entre la gente no podéis mantenerlo escondido si os metéis en una torre de cristal y allí estáis solos, separados, recibiendo luz de todas partes.

Misericordia para cumplir un continuo, secreto, santo sacrificio de expiación y obtener misericordia.

"Bienaventurado seré si soy puro de corazón"

Dios es Pureza. El Paraíso es Reino de Pureza. Nada impuro puede entrar en el Cielo donde está Dios. Por tanto, si sois impuros, no podréis entrar en el Reino de Dios. ¡Por el contrario, qué anticipada alegría la que el Padre concede a sus hijos!, pues quien es puro ya desde la tierra posee un principio de Cielo, porque Dios se inclina hacia el hombre puro y éste, desde la tierra, ve a su Dios; no conoce labor de amores humanos, sino que degusta, hasta extasiarse, el sabor del amor divino, y puede decir:

"Yo estoy contigo y Tú estás en mí, por lo cual te poseo y conozco como esposo amabilísimo de mi alma". Pues bien, creed que quien tiene a Dios experimenta transformaciones sustanciales, inexplicables incluso para él mismo, que le hacen santo, sabio, fuerte; en sus labios florecen palabras, y sus actos asumen capacidades, que no son de la criatura sino de Dios, que en ella vive.

¿Qué es la vida del hombre que ve a Dios?: beatitud. ¿Os privaréis de semejante don por hediondas impurezas?

"Bienaventurado seré si tengo espíritu de paz"

La paz es una de las características de Dios. Dios sólo está en la paz, porque la paz es amor, mientras que la guerra es odio. Satanás es Odio, Dios es Paz. No puede uno decirse hijo de Dios, ni puede Dios llamar hijo suyo a un hombre de espíritu irascible, siempre dispuesto a crear trifulcas. Y tampoco puede llamarse hijo de Dios aquel que, aun no siendo él el origen de estas broncas, no contribuye con su gran paz a calmar las que crean otros.

El hombre pacífico transmite la paz incluso sin palabras. Él lleva a Dios -no sólo es dueño de sí, sino que hasta diría que lo es de Dios -como una lámpara lleva su fuente de luz, como un incensario emana su perfume como un odre contiene su líquido… Se hace luz entre las brumas fumíferas de los rencores, se purifica el aire de los miasmas de los odios, se calman las embravecidas olas de las disputas con este aceite suave que es el espíritu de paz emanado por los hijos de Dios.
Haced que Dios y los hombres puedan decir esto de vosotros.

"Bienaventurado seré si padezco persecución por amor a Justicia"

El hombre en su mayor parte está tan lleno de mal, que odia el bien dondequiera que éste se encuentre, y que odia al bueno, como si el bueno lo estuviera acusando o reprendiendo, aunque de hecho no diga nada. En efecto: la bondad de una persona hace ver todavía más negra la maldad del malvado; la fe del creyente verdadero hace aparecer aún más viva la hipocresía del falso creyente; aquel que con su modo de vida está dando continuamente testimonio de la justicia no puede no ser odiado por los injustos. Y por eso se ataca a los amantes de la justicia.

Pasa lo mismo que con las guerras. El hombre progresa en el arte satánico de la persecución más que en el arte santo del amor. Pero sólo puede perseguir a lo que tiene breve vida; lo que de eterno hay en el hombre, escapa a la asechanza; es más, adquiere una vitalidad más vigorosa por la persecución. La vida se escapa o a través de las heridas que abren las venas o a causa de las fatigas que van consumiendo al perseguido; mas la sangre teje la púrpura del rey futuro, las fatigas son los peldaños para subir a los tronos que el Padre tiene preparados para sus mártires, a quienes están reservados los regios sítiales del Reino de los Cielos.

"Bienaventurado seré si me ultrajan y calumnian"

Preocupaos sólo de que vuestro nombre pueda ser recogido en libros celestes, en los cuales no se escriben los nombres según el criterio de los embustes humanos, que alaban a quienes son menos merecedores de elogio; en aquéllos, con justicia y amor, se reflejan las obras de los buenos, para darles el premio que Dios tiene prometido a los justos.

En el pasado fueron calumniados y ultrajados los Profetas. Cuando se abran las puertas de los Cielos, cual majestuosos reyes, entrarán en la Ciudad de Dios, y recibirán el saludo reverenciador de los ángeles, cantando de alegría. Vosotros también, vosotros también, ultrajados y calumniados por haber pertenecido a Dios, recibiréis el galardón celeste, y, cumplido el tiempo, completo ya el Paraíso, amaréis cada una de las lágrimas que vertisteis, porque por ellas habréis conquistado esa gloria eterna que en nombre del Padre os prometo.

Podéis marcharos. Mañana os seguiré hablando. Que se queden sólo los enfermos, porque quiero ayudarlos en sus dolores. La paz permanezca con vosotros y que la meditación sobre la salvación, a través del amor, os introduzca en el camino que lleva al Cielo.

169- Primer discurso de la Montaña: la misión de los apóstoles y de los discípulos

Jesús va solo, a paso rápido, por un camino principal, hacia un monte.
Este monte se alza a uno de los lados del camino, que va del lago hacia el oeste; del lago lo separa un poco de terreno llano. Empieza con una suave y baja elevación que se prolonga por mucho espacio (una meseta, desde la que se ve todo el lago, con la ciudad de Tiberíades hacia el Sur, y las otras, menos hermosas, que suben hacia el norte); después el monte se eleva con pendiente más bien pronunciada, hasta un pico, y luego desciende para volver a elevarse hasta otro pico semejante, formando una curiosa figura de silla de montar.

Jesús emprende la subida al rellano por una senda para mulas todavía bastante aceptable. Llega a un pueblecito cuyos habitantes se dedican a la explotación agrícola de esta meseta. Empiezan ya a brotar espigas de trigo. Cruza el pueblo. Sigue por campos y prados llenos de flores y frufrú de cereales. El día está sereno y muestra todas las bellezas de la naturaleza de los alrededores.

Siguiendo más allá del otero al que se dirige Jesús, está -al norte -la cima imponente del Hermón, la verde llanura del lago Merón -que desde aquí no se ve -y luego otros montes orientados hacia el lado noroccidental del lago de Tiberíades, y, al otro lado del lago, más montes -suavizados sus perfiles por la lejanía -y delicadas llanuras. Hacia el sur, al otro lado del camino principal, las colinas que creo que ocultan a Nazaret. Cuanto más se sube, más se extiende la vista. No veo lo que hay al oeste, porque el monte hace de pared.

Al primero que encuentra Jesús es al apóstol Felipe, que parece estar de guardia en ese sitio.

-¿Cómo, Maestro? ¿Tú aquí? Te esperábamos en el camino. Estoy esperando a los compañeros, que han ido a buscar leche donde los pastores que están por estas cimas. Abajo, en el camino, están Simón y Judas de Simón, y con ellos Isaac y…

-¡Ah, ahí vienen! ¡Venid! ¡Venid! ¡Está aquí el Maestro!
Los apóstoles, que bajan con frascos y cantimploras, se echan a correr; los más jóvenes, naturalmente, llegan antes. Su acogida al Maestro es conmovedora. Ya reunidos, todos quieren hablar, contar cosas. Jesús sonríe.

-¡Te esperábamos en el camino!
-¡Pensábamos que hoy tampoco venías!
-Hay mucha gente, ¿sabes?
-Nos turbaba mucho el hecho de que hubiera escribas, y hasta discípulos de Gamaliel…

-¡Claro, Señor, es que nos has dejado justo en el momento más inoportuno! No he tenido nunca tanto miedo como ahí. ¡No me vuelvas a gastar una broma como ésta!

Pedro se queja. Jesús sonríe y pregunta:
-Pero, ¿os ha pasado algo malo?

-¡No! ¡No! Es más… ¡Oh, Maestro mío!, ¿no sabes que ha hablado Juan?… Parecía como si hablaras Tú en él. Yo… nosotros estábamos asombrados… ¡Este muchacho, que hace no más de un año de lo único que era capaz era de echar la red!…

Pedro manifiesta todavía admiración y tira enérgicamente hacia sí al risueño Juan, que guarda silencio, y le da unos meneos afectuosos.
-Mirad. Juzgad si os parece posible que este niño haya dicho con esta boca risueña esas palabras. ¡Parecía Salomón!

-También Simón ha hablado bien, mi Señor; se ha comportado exactamente como "cabeza"» dice Juan.
-¡Claro! ¡Me ha cogido y me ha puesto allí! ¡En fin!… Dicen que he hablado bien. Será así. No lo sé, porque, entre el asombro por las palabras de Juan y el miedo a hablar en medio de tanta gente y a hacerte quedar mal, estaba aturdido…
-¿A mí? Tú eras el que hablabas. Habrías quedado mal tú, Simón -dice Jesús para pincharle.
-¡Por mí…! De mí no me importaba nada. Lo que no quería era que se mofasen de ti, considerándote estúpido por haber elegido como apóstol a un tarado mental.
Jesús se ilumina de alegría por la humildad y el amor de Pedro, pero lo único que pregunta es:
-¿Y los demás?

-También Simón Zelote ha hablado bien; pero bueno, es lógico en él. ¡Éste ha sido la sorpresa! La verdad es que, desde que hemos estado en oración, este muchacho parece tener continuamente el alma en el Cielo.
-¡Es cierto! ¡Es cierto!
Todos confirman las palabras de Pedro. Y luego siguen hablando de las cosas que han sucedido.

-¿Sabes? Entre los discípulos, ahora hay dos que, según Judas de Simón, son muy importantes. Judas está actuando mucho. ¡Claro, conoce a mucha gente importante, y además sabe tratar a estas personas! Y le gusta hablar… Habla bien. No obstante, la gente prefiere escuchar a Simón, a tus hermanos y, sobre todo, a este muchacho. Ayer me dijo un hombre: "Habla bien ese joven -se refería a Judas -pero prefiero escucharte a ti". ¡Pobre hombre, mira que preferir escucharme a mí, que no sé decir más que cuatro palabras!… Pero… ¿cómo es que has venido hasta aquí?; el lugar de la cita era el camino. Hemos estado allí.

-Porque sabía que os encontraría aquí. Ahora escuchadme. Bajad y decid a los otros que vengan; también a los discípulos ya conocidos. La gente no, que no vengo hoy, que quiero hablaros sólo a vosotros.

-Es mejor entonces dejar pasar un rato, esperar a que caiga la tarde, porque cuando empieza a declinar el sol la gente comienza a distribuirse por los caseríos cercanos, para volver al día siguiente por la mañana a esperarte. Si no… ¿quién va a ser capaz de contenerlos?

-De acuerdo, hacedlo así. Os espero allá, en lo alto de aquella cima. Las noches son ya suaves y podemos dormir al raso.

-Donde quieras, Maestro, con tal de que estés con nosotros.

Los discípulos se ponen en camino. Jesús reanuda la subida del monte hasta la cima (la misma de la visión del año pasado respecto al final del discurso de la Montaña y respecto al primer encuentro con la Magdalena). El panorama, que empieza a encenderse a causa del principio del ocaso, se hace más amplio todavía.

Jesús se sienta en una voluminosa piedra y se recoge en estado de meditación. Así permanece hasta que el ruido de los pasos provenientes del sendero le avisa de que los apóstoles están ya de regreso. Declina la tarde. No obstante, a la altura en que están, todavía el sol resiste, extrayendo perfume de todo hilo de hierba y de toda florecilla. Muguetes silvestres emanan intenso perfume, mientras los altos tallos de los narcisos agitan sus estrellas y sus capullos como para atraer el rocío.

Jesús se pone en pie y los recibe con su saludo:
-La paz sea con vosotros.

Son muchos los discípulos que han subido con los apóstoles; Isaac los capitanea, con esa sonrisa suya de asceta en su rostro enjuto. Se arremolinan todos en torno a Jesús, que ahora está saludando en particular a Judas Iscariote y a Simón Zelote.

-He querido reuniros a todos conmigo para estar unas horas sólo con vosotros, para hablaros sólo a vosotros. Tengo algo que deciros para prepararos más a vuestra misión. Comamos. Luego hablaremos; durante el sueño el alma seguirá saboreando la doctrina.

Tras consumir la parca cena, se disponen en círculo alrededor de Jesús, que está sentado en una piedra grande. Son, aproximadamente, un centenar -quizás más -entre discípulos y apóstoles: una corona de rostros atentos iluminados fantasmagóricamente por la llama de dos fuegos.

Jesús habla despacio, gesticulando sereno; su rostro, destacándose de su vestidura azul oscura, y bajo el rayo de la Luna nueva -pequeña coma de luna en el cielo, filo de luz que acaricia al Dueño del Cielo y de la tierra -que cae justo donde está Él, parece más blanco.

-He querido que vinierais aquí, aparte, porque sois mis amigos. Os he llamado después de la primera prueba de los doce, para ampliar el círculo de mis discípulos operantes, y también para oír de vuestros labios las primeras reacciones ante el hecho de que os dirijan estos continuadores míos que os he designado. Sé que todo ha ido bien. Yo sostenía, con la oración, las almas de los apóstoles, que han salido del retiro con una fuerza nueva en la mente y en el corazón una fuerza que no proviene de industria humana sino del completo abandono en Dios.

Los que más han dado son los que más se han olvidado de sí, que es cosa ardua. El hombre está hecho de recuerdos.

Los recuerdos del propio yo son los que tienen más voz. Hay que distinguir dos yoes. Existe el yo espiritual dado por el alma que se acuerda de Dios y de su origen divino, y existe también el yo inferior de la carne que se acuerda de esas mil exigencias que todo lo abrazan de sí misma y de las pasiones y que -puesto que son tantas voces como para formar un coro -se imponen, si el espíritu no está bien firme, a la voz solitaria del espíritu que recuerda su nobleza de hijo de Dios. Es por ello por lo que -excepto en este recuerdo santo, que habría que estimular cada vez más y mantener vivo y fuerte -, para ser perfectos como discípulos, hay que saber olvidarse de uno mismo, en todos los recuerdos, las exigencias, las pávidas reflexiones del yo humano.

En esta primera prueba, los que, de los doce, han dado más han sido los que más se han olvidado (no sólo de su pasado, sino también de los límites de su personalidad); han sido los que se han olvidado de lo que eran y se han fundido con Dios de tal forma que nada temían.

¿A qué eran debidas las reservas de algunos? Pues a que se han acordado de sus escrúpulos, consideraciones y prevenciones habituales. ¿Por qué el laconismo de otros?: pues porque se han acordado de su falta de preparación doctrinal y han tenido miedo a quedar mal o hacerme quedar mal a mí. ¿Por qué las vistosas exhibiciones de otros?: porque se han acordado de sus soberbias habituales, de sus deseos de que los miren y los aplaudan, de sobresalir, de ser "algo". Finalmente, por el contrario, ¿por qué la improvisa manifestación en otros de una oratoria rabínica segura, persuasiva, triunfal?: porque éstos, y sólo éstos -así como también aquellos que hasta ese momento se han comportado con humildad y han tratado de pasar inadvertidos y que, llegado el momento, han sabido, al instante, asumir la dignidad de primado que se les había conferido y que nunca habían querido ejercitar por temor a presumir demasiado -, éstos han sabido acordarse de Dios. Las primeras tres categorías se han acordado del yo inferior; la otra (la cuarta), del yo superior, y no han tenido miedo. Sentían a Dios con ellos, a Dios en ellos, y no han tenido miedo: ¡Santa osadía que viene del hecho de estar con Dios!

Escuchad entonces, apóstoles y discípulos: vosotros, apóstoles, ya habéis oído estos conceptos, pero ahora los entenderéis con mayor profundidad; vosotros, discípulos, no los habéis oído todavía, o habéis oído sólo alguna parte, y necesitáis que se os graben en el corazón. Voy a hacer cada vez más uso de vosotros, dado que continuamente se va agrandando el rebaño de Cristo; el mundo os va a agredir cada vez más, pues aumenta el número de lobos contra mí, el Pastor, y contra mi rebaño… Pues bien, quiero armar vuestras manos para que podáis defender mi Doctrina y mi rebaño. Lo que es suficiente para el rebaño no lo es para vosotros, pequeños pastores. Si a las ovejas les es lícito cometer errores, comiendo hierbas que amargan la sangre o enloquecen el deseo, no es lícito que vosotros cometáis los mismos errores, llevando a muchas ovejas a la perdición; pues debéis pensar que donde hay un pastor ídolo perecen las ovejas, o por efecto de sustancias venenosas o por la agresión de los lobos.

Vosotros sois la sal de la tierra y la luz del mundo. Mas, si no respondierais a vuestra misión, os convertiríais en sal insípida e inútil; ya nada podría devolveros el sabor, pues ni siquiera Dios os lo habría podido dar, puesto que, habiéndola recibido como don vosotros la habríais desalado, introduciéndola en las insípidas y sucias aguas de la humanidad, dulcificándola con el dulzor corrompido de la sensualidad, mezclando con la pura sal de Dios un cúmulo de detritos de soberbia, avaricia, gula, lujuria, ira, pereza (de manera que viene a resultar que hay un grano de sal por cada siete veces siete granos de cada uno de los vicios). Vuestra sal, entonces, no sería sino una mezcla de arenas (entre las cuales se habría perdido el pobre grano de sal solo), de arenas que rechinarían en los dientes, dejando en la boca sabor a tierra y haciendo el alimento repugnante y detestable. Ya ni siquiera serviría para otros usos inferiores, porque un saber empapado en los siete vicios dañaría incluso a las misiones humanas. Pues bien, en ese caso, la sal no serviría sino para diseminarla por el suelo y que la pisaran los indiferentes pies del pueblo.

¡Cuántos, cuántos del pueblo podrán por este motivo pisotear a los hombres de Dios! Y todo porque éstos, que habían sido llamados, permitirán al pueblo pisotearlos sin ninguna consideración. En efecto, en ese caso, no serían ya sustancia de la que se echa mano para obtener sabor de cosas selectas, celestes, sino que serían únicamente, eso, detritos.

Vosotros sois la luz del mundo; sois como esta cima, que ha sido la última en perder el sol y es la primera en platearse de luna. Cuando uno está en un lugar elevado, destaca, y se le ve, porque hasta el ojo más distraído se detiene alguna vez a mirar a los lugares altos (yo diría que el ojo físico -considerado comúnmente espejo del alma -refleja el anhelo de ésta, ese anhelo que muchas veces pasa desapercibido pero que permanece siempre vivo, con sólo que el hombre no se haya convertido en un demonio; ese anhelo de lo alto, donde la instintiva razón coloca al Altísimo; y, buscando el Cielo, levanta, alguna vez al menos en la vida, la mirada hacia lo alto).

Por favor, traed a vuestra memoria lo que todos, desde nuestra niñez, hacemos al entrar en Jerusalén. ¿Hacia dónde se dirigen, ágiles, nuestros ojos? Hacia el monte Moria, coronado por el triunfo de mármol y oro del Templo.

¿Y una vez dentro del recinto sagrado?… Miramos a las preciosas cúpulas que resplandecen heridas por el sol. ¡Cuán bello es este astro esparcido por los atrios, pórticos y claustros del recinto del Templo! Sin embargo, el ojo corre hacia las cúpulas. Evocad también, os lo ruego, los momentos en que vamos de camino: ¿hacia dónde se dirige nuestra mirada, como queriendo olvidarnos de lo largo del recorrido, de su monotonía, cansancio, calor o barro?: se dirige hacia las cimas, aunque sean pequeñas o estén lejos. ¡Cuánto nos consuela su vista, si vamos por una llanura rasa y uniforme! ¿Encontramos barro en nuestro camino?; allí, esplendor. ¿Aquí, aire sofocante?; allí, frescura. ¿Aquí, límite a nuestra vista?; allí, amplitud.

Por el simple hecho de mirar a las cimas, ya nos parece menos caluroso el día, menos cenagoso el barro, menos tristes nuestros pasos. Si, además, resplandece una ciudad en la cúspide del monte, entonces no hay ojos que no se detengan a admirarla. Podemos decir que incluso construcciones de poca importancia ganan en belleza si están, casi como suspendidas en el aire, en la cima de una montaña. Por esta razón, no sólo en la verdadera sino también en las falsas religiones, siempre que ha sido posible, se han edificado los templos en lugares altos, y, si no había colinas o montes, se han construido, a fuerza de brazos, sobre bases de piedra realzadas. ¿Por qué esto? Porque se quiere que el templo sea visto, para, viéndolo, mover el pensamiento hacia Dios.

Os he comparado a una luz. El que enciende de noche una lámpara en una casa, ¿dónde la pone?: ¿en el agujero de debajo del horno?, ¿en la cueva que usa como bodega?, ¿cerrada dentro de un arquibanco?, ¿única y simplemente, sofocada bajo el celemín? No, porque sería inútil encenderla. Por el contrario, la lámpara se coloca sobre una repisa, o se cuelga en su soporte para que, estando en un punto alto, dé luz a toda la habitación y a los que en ella están. Ahora bien, precisamente por el hecho de que lo que ocupa un lugar elevado debe recordar a Dios y dar luz, tiene que estar a la altura de su función.

Vosotros debéis recordar al Dios verdadero. Preocupaos, pues, de que no anide en vosotros el septipartito paganismo, porque, de ser así, vendríais a ser lugares elevados profanos, con sagrados bosquecillos dedicados a un dios, y arrastraríais en vuestro paganismo a los que os mirasen como a templos de Dios. Debéis ser portadores de la luz de Dios; ahora bien, una mecha sucia, o no embebida de aceite, produce humo y no da luz, emana mal olor y no ilumina. Una luz celada tras un cuarzo sucio no crea ese primoroso resplandor, ese juego de reflejos en el brillante mineral, sino que languidece tras el velo de negro humo que hace opaca a la diamantina protección.

La luz de Dios resplandece donde la voluntad se muestra solícita en limpiar a diario, quitando las escorias que el mismo trabajo produce, con sus contactos, reacciones y desilusiones. La luz de Dios resplandece donde la mecha está empapada de abundante líquido de oración y caridad.

La luz de Dios se multiplica en infinitos resplandores -como infinitas son las perfecciones de Dios, cada una de las cuales suscita en el santo una virtud ejercitada heroicamente -si el siervo de Dios conserva limpio del negro hollín de toda humeante mala pasión el cuarzo invulnerable de su alma; cuarzo invulnerable, invulnerable! (La voz de Jesús truena en este final, retumbando en el anfiteatro natural).

Sólo Dios tiene el derecho y el poder de incidir trazos sobre ese cristal, de escribir en él su santísimo Nombre con el diamante de su voluntad; viniendo su Nombre, así, a ser ornamento determinante de una más viva refracción de sobrenaturales bellezas sobre el cuarzo purísimo. Mas si el necio siervo del Señor, perdiendo el control de sí mismo y distrayéndose de su misión -entera y únicamente sobrenatural --, se deja incidir falsas decoraciones rayones, no incisiones -, misteriosas y satánicas claves grabadas por la zarpa de fuego de Satanás… entonces no, entonces la admirable lámpara deja de resplandecer con hermosura y permanente integridad; se raja y se rompe y sofoca la llama con los restos del cristal fragmentado; o, si no se raja, queda en ella, al menos, una intricada red de signos de inequivocable naturaleza en los cuales el hollín se deposita y se introduce, ejerciendo acción corrosiva.

¡Desdichados, tres veces desdichados esos pastores que pierden la caridad, que se niegan a subir, día tras día, para conducir a zonas elevadas al rebaño que, para subir, espera a que emprendan su ascesis: yo descargaré mi mano sobre ellos, los derrocaré de su puesto y apagaré del todo su humo!

¡Desdichados, tres veces desdichados esos maestros que repudian la Sabiduría para saturarse de una ciencia no pocas veces contraria, siempre soberbia, alguna vez satánica; porque los hace hombres'. Pensad -escuchad esto y conservadlo -que si los hombres tienen como destino hacerse como Dios (con la santificación, que hace del hombre un hijo de Dios), el maestro, el sacerdote, debería tener ya desde este mundo sólo el aspecto de hijo de Dios, de criatura resuelta toda en alma y perfección; debería tener, digo, para llevar a Dios a sus discípulos. ¡Anatema a los maestros de sobrenatural doctrina que se transforman en ídolos de humano saber!

¡Desdichados, siete veces desdichados, mis sacerdotes muertos al espíritu, aquellos que con su insipidez, con su tibieza de carne medio muerta, con su sueño lleno de alucinaciones de todo lo que no es el Dios uno y trino, y de cálculos de todo lo que no es el sobrehumano deseo de aumentar las riquezas de los corazones y de Dios, conducen una vida mezquina, humana, abúlica, arrastrando hacia sus aguas muertas a quienes, considerándolos "vida", los siguen! ¡Maldición divina sobre los corruptores de mi pequeño, amado rebaño! Os pediré justificación, ¡oh incumplidores siervos del Señor!, de todo el tiempo que habéis tenido, de cada una de las horas, de cada contingencia, de todas las consecuencias; a vosotros os la pediré, no a los que perecen por vuestra indolencia… y exigiré castigo.

Recordad estas palabras. Ahora marchaos. Yo voy a subir hasta la cima. Dormid si queréis. Mañana el Pastor abrirá para el rebaño los pastos de la Verdad.

168- Áglae en casa de María, en Nazaret

María está trabajando serena una tela. Es ya de noche.

Todas las puertas están cerradas. Una lamparita de tres bocas ilumina una pequeña habitación de Nazaret, especialmente la mesa junto a la que está sentada la Virgen. La tela -quizás es una sábana ̀pende del arquibanco y desde las rodillas hasta el suelo. Así, María, que está vestida de azul oscuro, parece emerger de un cúmulo de nieve. Está sola. Cose ligera, con la cabeza inclinada hacia su trabajo. La luz enciende la parte más alta de su cabeza con reflejos de pálido oro, el resto de su rostro está en la penumbra.

En la habitación, bien ordenada, reina el máximo silencio. De la calle, desierta en la noche, no llega ningún ruido; tampoco del huerto. La pesada puerta que a éste conduce desde la habitación en que María está trabajando -la misma en que generalmente come y recibe a las personas amigas -está cerrada, impidiendo que el ruido que hace el agua de la fuente al caer en la pila pueda entrar. Reina verdaderamente el más profundo silencio.

Desearía saber en qué piensa la Virgen mientras sus manos trabajan veloces…

Llaman discretamente a la puerta de la calle. María levanta la cabeza y escucha (tan ligero ha sido el sonido, que María debe pensar que lo ha producido algún animal nocturno, o un ligero viento que haya golpeado la puerta, y vuelve a inclinar la cabeza hacia su trabajo). Pero el sonido se repite, esta vez de forma más perceptible. María se levanta y va hacia la puerta. Pregunta antes de abrir:

-¿Quién llama?

Responde una voz fina:

-Una mujer. ¡En nombre de Jesús, piedad de mí!
María abre inmediatamente. Mantiene en alto la lámpara para conocer a esta peregrina. Ve sólo un amasijo de tela, una maraña que no deja traslucir nada; una pobre maraña curvada con profunda reverencia y que dice:

-¡Ave! ¡Señora! -y repite: « ¡En nombre de Jesús, piedad de mí!».

-Entra. Dime qué quieres. No te conozco.

-Ninguno me conoce y al mismo tiempo muchos me conocen, Señora. Me conoce el Vicio y me conoce la Santidad.

Necesito que la Piedad me abra ahora sus brazos. La Piedad eres tú… -y se echa a llorar.

-Entra, entra. Dime. Me basta lo que has dicho para comprender que eres una desdichada. Pero no sé todavía quién eres. Tu nombre, hermana.
-¡No, hermana no! No puedo ser hermana tuya… Tú eres la Madre del Bien… yo… yo soy el Mal… -y llora cada vez más fuerte bajo su manto, echado incluso sobre la cara para esconderla enteramente

María deja la lámpara en un asiento, coge la mano de la desconocida, que está arrodillada en el umbral de la puerta, y la obliga a levantarse.

María no la conoce… yo sí: es la velada de Agua Especiosa.

Se pone en pie, avergonzada, temblorosa, estremecida por su propio llanto, pero se sigue resistiendo a entrar, y dice:

-Soy pagana Señora. Para vosotros, hebreos, sería basura aunque fuera santa, soy doblemente basura porque soy una meretriz.

-Si vienes a mí, si buscas a mi Hijo a través de mí, no puedes ser sino un corazón arrepentido. Esta casa acoge a todo el que lleve por nombre Dolor -y tira de ella hacia dentro y cierra la puerta. Pone la lámpara de nuevo en la mesa, le ofrece un asiento y le dice:

-Habla.

Pero la velada no se quiere sentar; un poco cabizbaja, continúa llorando. María está frente a ella, dulce y majestuosa; está esperando a que el llanto se calme; entretanto ora. La veo orar con todo su aspecto, aunque nada en Ella tome actitud de oración (ni las manos que no sueltan la pequeña mano de la velada, ni los labios, que están cerrados).

Por fin el llanto se calma. La velada se enjuga el rostro con su velo y dice:

-Pero no he venido desde tan lejos para seguir estando en el anonimato. Ésta es la hora de mi redención y debo desnudar mi corazón para… para mostrarte cuántas llagas lo cubren. Tú eres una madre, y además… su Madre, por eso tendrás piedad de mí.

-Sí, hija.

-¡Sí!, ¡llámame hija!… Tenía a mi madre, pero la abandoné. Me dijeron que había muerto de dolor. Tenía a mi padre, pero me maldijo, y todavía hoy dice a sus conciudadanos: "No tengo ya ninguna hija"…

Rompe de nuevo a llorar impetuosamente. María palidece de pena y le pone una mano en la cabeza para consolarla. La velada sigue diciendo:

-No tendré ya a nadie que me llame hija… Sí, acaríciame así, como hacía mi madre cuando yo era pura y buena…

Deja que te bese esta mano y que con ella enjugue mi llanto. Mi llanto solo no me lava. ¡Cuánto he llorado desde que he comprendido!… Ya antes había llorado, es horroroso no ser sino carne utilizada e insultada por el hombre.

Pero eran lloros de animal apaleado, que odia a quien lo tortura, y contra él se revuelve; y esos lloros ensuciaban cada vez más, porque… yo cambiaba de dueño pero no cambiaba de animalidad… Hace ocho meses que lloro… porque he comprendido… He comprendo mi miseria y podredumbre, que me cubren y me hastían y me producen náuseas… Pero mi llanto, que cada vez es más consciente, no me lava; se mezcla con mi inmundicia, pero no la quita.

¡Oh Madre, seca tú mi llanto, y quedaré limpia y podré acercarme a mi Salvador!

-Sí, hija, sí. Siéntate. Aquí, conmigo. Habla con serenidad. Deposita aquí, sobre mis rodillas maternas, todo tu peso. María se sienta.

Pero la velada se desliza hasta el suelo, a sus pies, porque quiere hablarle en esa postura. Comienza suavemente:

-Soy de Siracusa… Tengo veintiséis años… Era hija de un administrador -como diríais vosotros; nosotros decimos procurador -de un noble señor romano. Era hija única.

Vivía feliz. Residíamos cerca de la marina, en el bellísimo chalet de la propiedad que administraba mi padre. De vez en cuando venía el dueño, o su mujer, y los hijos… Nos trataban bien. Conmigo eran buenos. Las niñas jugaban conmigo… Mi madre era feliz… se sentía orgullosa de mí. Yo era guapa… inteligente… Todo me salía bien y sin dificultad… Pero estimaba más lo frívolo que lo bueno. En Siracusa hay un teatro notable….bonito….grande….En él se celebran los juegos y se representan comedias… En las comedias y tragedias actúan mucho los mimos, para poner de relieve, con sus muchas danzas, el significado del coro. Tú no lo sabes… pero también con las manos y movimientos del cuerpo podemos expresar los sentimientos del hombre turbado por alguna pasión… Jovencitos y niñas se forman en un gimnasio especial para ser mimos; deben ser hermosos como dioses, ágiles como mariposas… A mí me gustaba mucho subir a una especie de altura desde la que se dominaba este lugar y ver las danzas de los mimos; luego las repetía yo por mi cuenta en los prados floridos, en las doradas arenas de mi terreno, en el jardín del chalet. Parecía una estatua de arte, o un viento surcando los espacios: sí, sabía muy bien pararme en poses estatuarias o trasvolar sin tocar casi el suelo. Mis amigas ricas me admiraban y mi madre se sentía orgullosa…

La velada habla, recuerda, se representa de nuevo, ve como en un sueño el pasado, y llora; sus sollozos son las comas de sus palabras.

-Un día -era el mes de mayo -Siracusa estaba toda florida.

Hacía poco que habían concluido las fiestas. Me había entusiasmado una de las danzas representadas en el teatro… Los dueños de la propiedad me habían llevado a este espectáculo con sus hijas. Tenía entonces catorce años… En aquella danza, los mimos, que debían representar a las ninfas de primavera acudiendo a adorar a Ceres, bailaban coronadas de rosas, vestidas de rosas… sólo de rosas, porque el vestido era un velo sutilísimo, una red de tela de araña sobre la que habían sido esparcidas rosas… Bailando, parecían aladas Hebes, de tan ligeras como se movían, y aparecían sus espléndidos cuerpos, separadas como estaban las franjas de velo florido para poner a sus espaldas alas… Estudié esa danza… y un día… y un día…

La velada llora aún más intensamente… Luego toma nuevas fuerzas.

-Era hermosa. Lo soy. Mira.

Se pone de pie echando rápida hacia atrás el velo y dejando caer el manto. Yo me quedo estupefacta porque veo aparecer, tras las ropas desechadas, a Áglae, bellísima incluso así: con una humilde túnica, peinado sencillo de trenzas, sin joyas, sin pomposas vestiduras; una verdadera flor de carne, flor esbelta y perfecta; su cara, bellísima, es de un moreno pálido; sus ojos, de terciopelo, llenos de fuego.

Vuelve a arrodillarse delante de María:

-Era bonita, por desgracia para mí. Y estaba desquiciada.

Aquel día me vestí de velos. Me ayudaron las niñas, que eran mis señoras, a las cuales les gustaba verme bailar…

Me vestí en una estría de playa dorada, frente al mar azul. En la playa -que en ese lugar estaba desierta -había silvestres flores blancas y amarillas, con su penetrante perfume de almendra, vainilla, de carne recién lavada; también de las agruras provenían oleadas de penetrante perfume, y olían las rosaleras siracusanas, y el mar y la arena; el sol extraía olor de todas las cosas… una sensación de grandeza cósmica que me embriagaba. Me sentía ninfa también yo, y adoraba… ¿a quién?: ¿a la Tierra fecunda?, ¿al Sol fecundador? No lo sé. Siendo pagana entre los paganos, supongo que adoraría al Sentido, a mi despótico rey, desconocido para mí como tal rey y más poderoso que un dios… Me puse una corona de rosas cortadas del jardín… y bailé… Me sentía ebria de luz, de aromas, del placer de ser joven, ágil y bonita.

Bailé… y fui vista. Vi que me miraban… mas no me avergoncé de aparecer desnuda ante dos ojos concupiscentes de hombre; antes al contrario, me complací en aumentar mis vuelos… La complacencia en ser admirada me ponía verdaderamente alas… Ello habría de significar mi perdición. Pasados tres días, como los dueños de la propiedad se habían ido de regreso a su patricia morada de Roma, me quedé sola. No me quedé en casa… Aquellos dos ojos admiradores me habían revelado otra cosa más allá de la danza, me habían revelado el sentido y el sexo.

Áglae advierte en María un gesto involuntario de disgusto.

-¡Quizás es que te repugno, porque tú eres pura…!

-Habla, habla, hija. Mejor a María que a Él. María es un mar que lava…

-Sí, mejor a ti. Me lo dije yo a mí misma también, cuando supe que Él tenía una madre… Porque antes, viéndolo tan distinto de todos demás hombres (el único que es todo espíritu) -ahora sé que el espíritu existe y qué es -, antes, no habría podido decir de qué estaba formado tu Hijo, tan sin sensualidad a pesar de ser hombre, y para mis adentros pensaba que no tenía madre sino que había descendido a esta Tierra así, sin más, para salvar a estas horrendas ruinas humanas, de las cuales yo soy la más grande…

Todos los días volví a aquel lugar, con la esperanza de volver a ver a aquel hombre joven, moreno, guapo… Pasado un tiempo, lo vi de nuevo… Me habló y me dijo: "Ven conmigo a Roma. Te llevaré a la corte imperial. Serás la perla de Roma". Dije: "Sí, seré tu esposa fiel. Ven a casa de mi padre". Se echó a reír burlonamente, y me besó.

Dijo: "No, no esposa sino diosa; yo seré tu sacerdote y te revelaré los secretos de la vida y del placer". Yo estaba fuera de mis cabales. Era una niña. Lo que no quitaba para que no ignorase lo que era la vida… Era astuta. De todas formas, aunque no estaba en mis cabales, no era todavía una depravada… así que me dio asco su propuesta. Me libré de sus brazos y corrí hacia mi casa… Pero no le dije nada a mi madre… y no supe resistir al deseo de volver a ver a ese hombre…Sus besos me habían hecho enloquecer más aún… Volví… Apenas llegué a la playa solitaria, me abrazó, besándome con frenesí: una lluvia de besos, de palabras de amor, de preguntas ("¿acaso no está ya todo en este amor?", "¿no es más dulce que un vínculo?", "¿qué más quieres?", "¿puedes, acaso, vivir sin esto?").

Oh, Madre! Esa misma noche huí con ese sucio patricio… Y vine a ser un andrajo bajo el pie de su animalidad (no una diosa, sino barro; no una perla, sino estiércol). No se me reveló la vida, sino las porquerías de la vida, la infamia, el asco, el dolor, la vergüenza, la infinita miseria de no ser ya ni siquiera mía… Y luego, la caída total. Después de seis meses de orgía, cansado de mí, ese hombre pasó a nuevos amores; yo pasé a ser una mujer pública. Saqué partido a mis dotes de bailarina… Para aquel entonces ya sabía que mi madre había muerto de dolor y que ya no tenía ni casa ni padre… Me recibió en su escuela un maestro de baile. Me perfeccionó… me gozó… y me lanzó, cual flor experta en todas las artes de la sensualidad, al ambiente del corrompido patriciado de Roma; así, la flor -ya sucia -cayó en una cloaca. Durante diez años he ido descendiendo cada vez más al abismo. Luego me trajeron aquí para alegrar los tiempos libres de Herodes. Aquí pasé a ser del nuevo patrón. ¡Oh, cualquiera de nosotras es como un perro atado con una cadena; más atada incluso que los propios perros! ¡Y no hay amo de jauría más brutal que el hombre que posee a una mujer! ¡Madre… estás temblando!… Sientes horror de mí, ¿no?
María se ha llevado la mano a su corazón, como si lo tuviera herido. Y responde:

-No, de ti no. Lo que me horroriza es el Mal, que tanto domina la tierra. Sigue, desventurada criatura.

-Me llevó a Hebrón… ¿Vivía libre?, ¿era rica? Sí, digámoslo así, en cuanto que no estaba encarcelada y en cuanto que nadaba en joyas; pero la realidad era que sólo podía ver a quien él quería que viese, y no tenía derecho ni siquiera a mí misma.

Un día vino a Hebrón un hombre, el Hombre, tu Hijo. Él estimaba aquella casa. Lo supe y lo invité a entrar. Samay no estaba… Desde la ventana ya había oído palabras y había visto un aspecto que habían conmovido mi corazón.

Pero, Madre; te juro que no fue la carne la que me movió hacia tu Jesús. Lo que El me reveló fue la causa de que me acercara al umbral de la puerta, desafiando las burlas del vulgo, para decirle: "Entra"; fue el alma, esa alma que hasta entonces no sabía que tenía. Me dijo: "Mi Nombre quiere decir Salvador. Salvo a quien tiene buena voluntad de ser salvado; salvo enseñando a ser puros, a querer el dolor por el honor, a querer el Bien a toda costa. Yo soy Aquel que busca a los perdidos, Aquel que da la Vida; soy Pureza y Verdad". Me dijo que yo también tenía un alma, pero que la había matado con mi modo de vivir. No obstante, no me maldijo ni se burló de mí. ¡Y no puso en mí sus ojos un solo momento! Es el primer hombre que no me ha comido con su ávida mirada, porque llevo conmigo la tremenda maldición de atraer al hombre… Me dijo que quien lo busca lo encuentra, porque está donde hay necesidad de médico, medicinas. Y se marchó. Pero sus palabras quedaron aquí y aquí han permanecido. Yo me decía: "Su Nombre quiere decir Salvador", como queriendo empezar a curarme. De su visita me habían quedado sus palabras y sus amigos, los pastores. Mi primer paso fue darles a los pastores limosna y pedirles oraciones… Luego… me escapé…

Fue una fuga santa: huí del pecado yendo en busca del Salvador Busqué, busqué, segura de que lo encontraría porque así me lo había prometido. Me mandaron a donde un hombre de nombre Juan, creyendo que era Él, pero no era. Posteriormente, un hebreo me indicó el camino de Agua Especiosa. Vivía de la venta del oro que tenía, que era mucho. Durante los meses en que viví errante tuve que mantener cubierto mi rostro para que no me atrapasen de nuevo, y porque además Áglae realmente estaba sepultada bajo ese velo; había muerto la vieja Áglae, quedaba sólo esa alma suya herida y desangrada que iba en busca de su médico. Muchas veces tuve que huir de la sensualidad del varón, que me perseguía a pesar de estar tan oculta bajo mis vestiduras. Incluso uno de los amigos de tu Hijo…

En Agua Especiosa vivía como un animal. Vivía pobre pero feliz. Ni el rocío ni el río me limpiaron como sus palabras. ¡Oh, ni una sola perdí! Una vez perdonó a un asesino. Oí sus palabras y estuve por decirle: "¡Perdóname también a mí!". Otra vez habló de la inocencia perdida.

¡Oh, qué llanto de nostalgia! Otra vez curó a un leproso… y estuve por gritar: "¡Límpiame a mí de mi pecado…!". Otra vez curó a un demente romano… y lloré… y mandó que me dijeran que las patrias pasan pero el Cielo permanece. Una noche de tormenta me ofreció la casa… y se preocupó de que el encargado me diera posada… a través de un niño, me dijo: "No llores"…

¡Oh, qué bondad la suya! ¡Qué miseria la mía!: tan grandes ambas, que no me atreví a portar mi miseria a sus pies, a pesar de que uno de los suyos, de noche, me instruyera acerca de la infinita misericordia de tu Hijo. Luego, mi Salvador se fue, insidiado por quienes veían pecado en el deseo de un alma renacida… Lo esperé… Pero lo esperaba también la venganza de aquellos que son aun mucho más indignos que yo de mirarlo, porque yo he pecado como pagana contra mí misma, pero ellos pecan, conociendo ya a Dios, contra el Hijo de Dios… Y me maltrataron. Pero me hirieron más sus acusaciones que las piedras; hirieron más ellos mi alma que mi carne, hundiéndola en la desesperación.

¡Oh, qué tremenda lucha conmigo misma! Andrajosa, sangrante, herida, febril, ya sin Médico, sin techo ni pan, miré hacia atrás, miré al futuro… El pasado me decía: "Vuelve"; el presente: "Mátate"; el futuro: "Ten esperanza". He tenido esperanza. No me he quitado la vida; lo haría, eso sí, si Él me rechazara, porque no quiero volver a ser lo que era. A duras penas llegué a un pueblo pidiendo asilo. Me reconocieron. Tuve que salir huyendo como un animal, y he tenido que seguir huyendo de todos los lugares, perseguida siempre, siempre ultrajada, siempre maldecida, porque quería ser honesta y porque se esfumaban las esperanzas de quienes por medio de mí querían asestar sus golpes contra tu Hijo. Subí hasta Galilea siguiendo el curso del río y vine hasta aquí… Tú no estabas… Fui a Cafarnaúm: acababas de partir. Pero me vio un anciano, uno de sus enemigos, y me habló de mí como prueba evidente contra Él -tu Hijo -y, dado que yo lloraba y no reaccionaba, me dijo: "Todo podría cambiar para ti si quisieras ser mi amante y mi cómplice para acusar al Rabí nazareno. Bastaría con que dijeras, ante mis amigos, que Él era tu amante…".

Huí como quien ve abrirse una mata florida al desenroscarse una serpiente.

Y comprendí que ya no podía ir a postrarme a sus pies. Por eso vengo a ti. Aquí estoy: pisotéame; soy sólo fango.

Aquí me tienes: aléjame de tu presencia, porque soy pecadora. Dime mi nombre: meretriz. Estoy dispuesta a aceptar todo lo que me digas o hagas. Pero, ten piedad, Madre; toma mi pobre alma sucia y llévala a El. Cierto es que poner en tus manos mi lujuria es delito, pero son el único lugar en que estará protegida del mundo -que la quiere para sí -y se hará penitente. Dime cómo he de comportarme. Dime qué tengo que hacer. Dime cuál es el medio que debo seguir para dejar de ser Aglae.

¿Qué debo amputarme? ¿Qué debo arrancarme para dejar de ser pecado, seducción, para no tener que temer ni a mí misma ni al hombre? ¿Tengo que arrancarme los ojos? ¿Tengo que quemarme los labios? ¿Tengo que cortarme la lengua?
Ojos, labios, lengua… me han servido en el mal; no quiero ya más el mal; estoy dispuesta a sacrificarlos para castigarme a mí y a ellos mismos. ¿o quieres que me ampute estas concupiscentes caderas que me han impulsado a depravados amores, o que me arranque estas vísceras insaciables, de las que siempre temo un nuevo despertar? Dime, dime, ¿cuál es la vía para olvidarse de que se es hembra, y para hacérselo olvidar a los demás?

María está estremecida. Llora, sufre… pero el único signo de su dolor son las lágrimas que caen sobre la arrepentida.

-Quiero morir perdonada. Quiero morir sin otro recuerdo sino el del Salvador. Quiero morir con su Sabiduría como amiga… ¡Y no puedo acercarme a Él, porque el mundo nos acecha, a mí y a Él, para acusarnos…».

Áglae llora, tirada en el suelo como un trapo.

María se pone en pie y casi jadeando, susurra:

-¡Qué difícil es ser redentores!

Áglae, que lo ha oído, intuyendo el movimiento de María, dice quejumbrosamente:

-¿Ves cómo tú también sientes repulsa? Me marcho. Todo está perdido.

-No, hija, no está perdido todo; ahora empieza todo para ti. Escúchame, alma abatida: no gimo por ti, sino por este mundo cruel; no te dejo marcharte; te acojo, pobre golondrina lanzada contra mis paredes por la ventisca; te llevaré a donde Jesús y Él te señalará el camino de tu redención…

-Ya no tengo esperanza… El mundo tiene razón, no puedo ser perdonada.

-No te puede perdonar el mundo, pero sí Dios. Déjame que te hable en nombre del supremo Amor, que me ha dado un Hijo para que yo lo dé al mundo; que me ha sacado de la feliz ignorancia de mi virginidad consagrada, para que el mundo tuviera el Perdón, y me ha sacado sangre, pero no en el parto sino del corazón, al revelarme que mi Hijo es la gran Víctima.

Mírame, hija. En este corazón hay una gran herida, que me punza desde hace más de treinta años, que se abre cada vez más y me consume. ¿Sabes cuál es su nombre?

-Dolor.

-No. Amor. El amor es lo que abre mis venas para hacer que no esté solo el Hijo en su acto salvador; es el amor lo que me da fuego para que yo purifique a quienes no se atreven a ir a mi Hijo; el amor hace brotar lágrimas con que lavar a los pecadores. Tú querías mis caricias; te doy mis lágrimas, que te hacen ya blanca para poder mirar a mi Señor. ¡No llores de ese modo! No eres la única pecadora que se acerca al Señor y se despide de Él ya redimida; otras hubo y otras habrá.

¿Dudas, acaso, de que Él te pueda perdonar? ¿No ves en todo lo que te ha ocurrido un misterioso designio de la Bondad Divina?

¿Quién te condujo a Judea?, ¿y a la casa de Juan? ¿Quién te movió a asomarte a la ventana aquella mañana? ¿Quién encendió en ti una luz para ilustrarte sus palabras?

¿Quién te dio la capacidad de entender que la caridad, unida a la oración del favorecido, obtienen auxilio divino? ¿Quién te dio fuerzas para huir de la casa de Samay?, ¿quién, de perseverar los primeros días hasta su llegada? ¿Quién te puso en su camino? ¿Quién te capacitó para vivir como una penitente a fin de que se fuera purificando tu alma? ¿Quién ha hecho en ti alma de mártir, de creyente, de mujer perseverante, de mujer pura?…

Sí, no menees la cabeza. ¿Piensas, acaso, que sólo es puro quien no ha conocido la sensualidad? ¿O piensas que el alma no puede jamás volver a ser virgen y bella?

¡Hija, créeme que entre mi pureza, toda ella gracia del Señor, y tu heroica ascensión, rehaciendo el camino, hacia la cima de tu pureza perdida, es mayor la tuya! Tú la construyes, contra el apetito de los sentidos, la necesidad y el hábito; en mí es dote natural, como respirar. Tú debes cercenar tu pensamiento, los sentimientos, la carne, para no recordar, para no desear, para no secundar; yo… ¿puede, acaso, una criaturita de pocas horas desear la carne?, ¿tiene mérito por no hacerlo? Pues así yo.

Yo no conozco esa trágica hambre que ha hecho de la humanidad una víctima, no conozco sino la santísima hambre de Dios; tú, sin embargo, ésta no la conocías, y has conseguido aprenderla, y has domado la otra, trágica y horrenda, por amor a Dios, que ahora es tu único amor.

¡Sonríe, hija de la Misericordia divina! ¡Mi Hijo está haciendo en ti lo que te dijo en Hebrón. Ya lo ha hecho. Estás ya salvada, porque has tenido buena voluntad de salvarte, porque has aprendido la pureza, el dolor, el Bien. Tu alma ha renacido. Sí, necesitas su palabra, que te diga en nombre de Dios: "Estás perdonada". Eso yo no lo puedo decir, pero ya desde ahora te doy mi beso como promesa, como principio de perdón…

¡Oh, Espíritu eterno, un poco de ti siempre está en tu María! ¡Deja que Ella te infunda, Espíritu santificador, sobre esta criatura que llora y espera! ¡Por nuestro Hijo, oh Dios de amor, salva a ésta que de Dios espera salvación! ¡Que la Gracia, de que dijo el ángel Dios me ha colmado, se pose milagrosamente sobre esta mujer, y la mantenga hasta que Jesús, el Salvador bendito, el supremo Sacerdote, la absuelva en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu!…

Es de noche, hija. Estás cansada. Tus vestidos, hechos jirones. Ven. Descansa. Mañana te pondrás en camino… Te enviaré a una familia de personas honradas, porque aquí ya vienen demasiados. Te daré un vestido en todo igual al mío.

Categorías