167- Jesús concurre con las romanasen el jardín de Juana de Cusa

Jesús, con la ayuda de un barquero que lo ha recibido en su pequeña barca, llega al espigón del jardín de Cusa. Lo ve un jardinero y se apresura a abrirle la verja que intercepta a los extraños la entrada a la propiedad por la parte del lago. Es una verja alta y resistente, oculta por un seto tupidísimo y también alto (de laurel y boj por la parte externa, la que da al lago; de rosas de todos los colores por la parte interna, hacia la casa).

Los espléndidos rosales cubren de flores las frondas broncíneas de los laureles y bojes, se insinúan entre el ramaje, se asoman al otro lado, por el que, cuando rebasan del todo la verde barrera, cuelgan sus florecidas ramas. Solamente en un punto, a la altura del paseo, la verja se muestra desnuda, y se abre para dar paso a quien o viene del lago o a él va.

-Paz a esta casa y a ti, Yoanás. ¿Dónde está la señora?
-Allí, con sus amigas. Voy a llamarla. Hace tres días que te están esperando, porque temían llegar con retraso.

Jesús sonríe. El sirviente va corriendo a llamar a Juana. Mientras tanto, Jesús dirige sus pasos lentamente hacia el lugar señalado, admirando el espléndido jardín -se podría decir la espléndida rosaleda -que Cusa ha dispuesto para su mujer. Rosas de todos los olores, tamaños y formas, en esta ensenada del lago protegida, ríen ya, precoces y magníficas; hay también otras flores, pero todavía no se han abierto y su presencia es mínima comparada con la abundancia de rosales.

Acude Juana. Ni siquiera se detiene a posar en el suelo un cestillo que tenía lleno de rosas hasta la mitad, ni a dejar las tijeras con las que estaba cortando; corre así, ligera y graciosa con su rico vestido de sutil lana de un rosa tenuísimo, cuyos repliegues están sujetos por pequeños discos y fíbulas de filigrana de plata en que brillan pálidos granates.

Sobre sus cabellos negros y ondulados, una diadema en forma de mitra, también de plata y granates, sujeta un velo de lino cendalí ligerísimo, rosa igualmente, que cae hacia atrás dejando descubiertas las orejas menudas que soportan el peso de unos pendientes similares a la diadema, y que deja ver también la cara risueña y el esbelto cuello, en cuya base brilla un collar del mismo trabajo que los otros ornatos preciosos.

Deja caer su cesto a los pies de Jesús y se arrodilla a besarle la túnica entre las rosas desparramadas.

-Paz a ti, Juana. Como ves, he venido.
-Y yo me alegro de ello. También mis amigas han venido.

Pero ahora tengo la impresión de que he actuado mal haciéndolo. ¡Cómo vais a poder entenderos! ¡Son completamente paganas!

Juana esta un poco turbada.

Jesús sonríe. Le pone una mano sobre la cabeza y dice:

-No temas. Nos entenderemos muy bien. Has actuado muy bien "haciéndolo". El encuentro abundará en bienes, como tu jardín en rosas. Recoge ahora estas pobres flores que has dejado caer y vamos a donde tus amigas.

-¡Rosas hay muchas! Lo hacía por pasar el tiempo y también porque esas amigas son muy… voluptuosas… Les gustan las flores como si fueran… no sé…

-¡A mí también me gustan! Fíjate, ya hemos encontrado un tema para entenderme con ellas. ¡Venga, recojamos estas espléndidas rosas!

Jesús se agacha para dar ejemplo.

-¡Tú no, Tú no, Señor! Si es tu deseo… Mira… ya está.

Caminan hasta una pequeña pérgola hecha de un trenzado multicolor de rosas. A la entrada hay tres romanas, mirando de hito en hito; son Plautina, Valeria y Lidia. La primera y la última permanecen quietas, pero Valeria se echa a correr y, en llegando a la altura de Jesús, se inclina y dice:

-¡Salve, Salvador de mi pequeña Fausta!

-¡Paz y luz a ti y a tus amigas!

Las amigas se inclinan sin decir nada.

A Plautina la conocemos ya. Es alta, majestuosa; sus ojos negros son espléndidos, un poco imperiosos; su nariz, bajo una frente lisa y blanquísima, es recta, perfecta; boca bien dibujada, aunque un poco túmida; el mentón, redondeado y marcado: me recuerda a ciertas bellísimas estatuas de emperatrices romanas. Gruesos anillos lucen en sus preciosas manos; anchos brazaletes ciñen sus brazos, en las muñecas y por encima de los codos, brazos verdaderamente estatuarios, que, bajo la corta manga drapeada, aparecen blanco-rosados, lisos, perfectos.
Lidia, por el contrario, es rubia, más delgada y joven. Su belleza no es majestuosa como la de Plautina, pero tiene toda la gracia de una juventud femenil aún un poco inmadura. Bueno, dado que estamos en tema pagano, podría decir que si Plautina parece la estatua de una emperatriz,

Lidia podría ser una Diana o una ninfa de gentil y púdico aspecto.

Valeria, ahora que ha superado la desesperación de cuando la vimos en Cesárea, se presenta en su belleza de joven madre, de formas llenas aunque todavía muy juveniles, de mirada serena, propia de una madre que se siente feliz de poder amantar a su hijo, y verlo crecer alimentado con su leche; de tez rosada y pelo castaño, tiene una sonrisa plácida y muy dulce.

Me da la impresión de que son damas de rango inferior al de Plautina, a la que, incluso con la mirada, veneran como a una reina.

-¿Estabais recogiendo flores? Seguid, seguid. Podemos hablar mientras cogéis estas maravillosas obras del Creador que son las flores, mientras las colocáis en estas copas preciosas con la habilidad de que Roma es maestra, para alargarles la vida ­¡ay, demasiado breve! -… Si admiramos este capullo, que apenas si abre la sonrisa de sus pétalos amarillo-rosas, ¿cómo podremos no lamentar el verlo morir? ¡Ah, cuán asombrados se quedarían los hebreos si me oyeran decir esto!… Y es que también en esta criatura, en la flor, sentimos un algo que tiene vida, y nos duele presenciar su fin. Pero la planta es más sabia que nosotros: sabe que en el lugar en que se ha producido cada una de las heridas de un tallo cortado nacerá un rebrote que dará origen a una nueva rosa. Así pues, nuestra mente debe aprehender esta enseñanza y hacer del amor un poco sensual hacia la flor estímulo para un pensamiento más alto.

-¿Cuál, Maestro? -pregunta Plautina, que está escuchando atenta y seducida por el pensamiento elegante del Maestro hebreo.

-Éste: que de la misma forma que la planta, mientras su raíz reciba alimento del suelo, no muere porque se le mueran algunos tallos, así la humanidad tampoco muere porque un ser se cierre al vivir terreno, sino que siempre germinan nuevas flores; además, mientras que la flor -y éste es un pensamiento más alto aún, que nos mueve a bendecir al Creador -una vez muerta no revive -lo cual es motivo de tristeza -, el hombre cuando duerme el último sueño no está muerto, sino que posee una vida aún más fúlgida, pues recibe, en lo que constituye su parte mejor, de su Creador que lo formó, eterna vida y esplendor. Por eso, Valeria, aunque tu hija hubiera muerto, no habrías perdido su caricia: tu criatura -separada, pero no olvidada de tu amor ­siempre habría besado tu alma. ¿Te das cuenta de que es dulce creer en la vida eterna? ¿Dónde está ahora tu hijita?

-Tapada en aquella cuna. Nunca me habría separado de ella, porque el amor por mi marido y mi hija eran los dos motivos de mi vida; pero ahora, que sé lo que es verla morir, no la dejo ni por un instante.

Jesús se dirige hacia un asiento sobre el que ha sido colocada una especie de cunita de madera. Levanta la rica colcha que por entero la cubre, para mirar a la pequeñuela durmiente, la cual, dulcemente se despierta al llegarle aire más puro. Sus ojillos se abren sorprendidos. Una sonrisa angélica despega su boca, mientras sus manitas, antes cerradas, se abren ávidas de aferrar los ondeantes cabellos de Jesús; un gorjeo de gorrioncillo signa el discurrir de un contenido en su pensamiento; en fin, emite, como un trino, la grande y universal palabra:

-¡Mamá!
-Tómala, tómala -dice Jesús, apartándose para permitir que Valeria se incline hacia la cuna.

-¡Te va a molestar!… Voy a llamar a una esclava para que le dé un paseo por el jardín.

-¿Molestarme? ¡No! Nunca me molestan los niños. Son siempre mis amigos.

-¿Tienes hijos, o sobrinos, Maestro? -pregunta Plautina al observar con qué sonrisas Jesús provoca a la niña para que se ría.

-No tengo ni hijos ni sobrinos, pero amo a los niños, al igual que aprecio las flores, porque son puros y sin malicia. Trae, mujer, déjame a tu pequeñuela, que me resulta muy dulce apretar contra mi corazón a un angelito.

Y se sienta con la niñita; ella lo observa y despeina la barba de Jesús; luego encuentra más interés en las franjas del manto y en el cordón de la túnica, a los cuales dedica un largo y misterioso discurso.

Plautina dice:

-Nuestra buena y sabia amiga, una de las pocas que no se desdeña de tratar con nosotras y que, al mismo tiempo, no se corrompe con nosotras, te habrá dicho que nuestro deseo era verte y oírte para juzgarte por lo que eres, porque Roma no cree en fábulas… ¿Por qué sonríes, Maestro?

-Después te lo digo. Prosigue.

-Porque Roma no cree en fábulas y quiere juzgar con ciencia y con conciencia antes de condenar o exaltar. Tu pueblo te exalta y te calumnia con igual medida. Tus obras mueven a exaltarte; las palabras de muchos hebreos, a creerte poco menos que un delincuente. Tus palabras son solemnes y sabias como las de un filósofo. Roma se siente muy atraída por las doctrinas filosóficas, aunque reconozco que nuestros actuales filósofos no poseen una doctrina satisfactoria, incluso porque su forma de vivir no está en consonancia con la doctrina.

-No pueden vivir en consonancia con su doctrina.
-Porque son paganos, ¿no es cierto?
-No. Porque son ateos.

-¿Ateos? ¡Pero si tienen sus dioses!…

-Ya ni siquiera esos, mujer. Te recuerdo a los antiguos filósofos, a los más grandes. También eran paganos, y, a pesar de todo, ¡fíjate qué noble fue su vida!: a pesar de convivir con el error -porque el hombre gravita hacia el error-, cuando se encontraron frente a los misterios más grandes, la vida y la muerte, cuando fueron puestos ante el dilema honestidad o deshonestidad, virtud o vicio, heroísmo o cobardía, y vieron que si se volvían al mal sería en perjuicio de su patria y de los ciudadanos, entonces, con voluntad de gigante, se deshicieron de los tentáculos de los nefastos pulpos y, libres y santos, supieron querer el Bien a costa de cualquier cosa, este Bien que no es sino Dios.

-Se dice que eres Dios. ¿Es verdad?
-Yo soy el Hijo del verdadero Dios, hecho Carne sin dejar de ser Dios.

-Pero, ¿qué es Dios? A juzgar por ti, el mayor de los maestros.

-Dios es mucho más que un maestro. No rebajéis la idea sublime de la Divinidad encerrándola en los límites de la sabiduría.

-La sabiduría es una divinidad. Nosotros tenemos a Minerva, que es la diosa del saber. -También a Venus, diosa del placer. ¿Cómo podéis pensar que un dios, o sea, un ser superior a los mortales, tenga en grado perfecto todos los aspectos denigrantes de los mortales?

¿Cómo podéis pensar que un ser eterno tenga eternamente esos pequeños, mezquinos, humillantes placeres de quien tiene una hora de tiempo, y que a ello reduzca la finalidad de su vida?

¿No pensáis en lo sucio que es ese Cielo al que llamáis Olimpo, donde fermentan los más acerbos extractos de la humanidad? Si miráis a vuestro Cielo, ¿qué veis?: lujuria, delitos, odios, guerras, robos, crápula, celadas, venganzas.

¿Qué hacéis para celebrar las fiestas de vuestros dioses?: orgías. ¿Qué culto les dais? ¿Dónde está la verdadera castidad de las consagradas a Vesta? ¿En qué código divino se basan vuestros pontífices para juzgar? ¿Qué palabras pueden leer vuestros augures en el vuelo de las aves o en el fragor del trueno?

¿Qué respuestas pueden dar a vuestros arúspices las sangrantes entrañas de los animales sacrificados? Me acabas de decir hace un momento:

"Roma no cree en historietas". Y entonces, ¿por qué creéis que doce pobres hombres, haciendo dar una vuelta en torno a los campos a un cerdo, una oveja y un toro, e inmolándolos después, pueden atraerse a Ceres, si tenéis infinitas deidades, que se odian entre sí, y además vengativas, según creéis?

No. Dios es muy distinto de eso, es eterno, único y espiritual.

-Pero Tú dices ser Dios, y eres carne.
-Hay un altar sin dios en la patria de los dioses. La sabiduría humana lo ha dedicado al Dios desconocido, porque los sabios, los verdaderos filósofos, intuyeron que había algo más detrás del escenario historiado producido por esos eternos niños que son los hombres cuyos espíritus están fajados por el error. Ahora bien, si esos sabios -que intuyeron que tras el engañoso escenario había algo más, algo verdaderamente sublime y divino que ha hecho todo cuanto existe; de quien procede todo lo que de bueno hay en el mundo -, si esos sabios quisieron un altar para el Dios desconocido, sentido por ellos como el verdadero Dios, ¿cómo es que vosotros llamáis dioses a lo que no es dios, y afirmáis saber lo que en realidad no sabéis? Sabed pues, lo que es Dios, para poderlo conocer y honrar. 'Dios es Aquel que con su pensamiento ha hecho de la Nada el Todo.

¿Tiene poder persuasivo para vosotros la fábula de las piedras que se transforman en hombres?, ¿os satisface? En verdad, hay hombres más duros y malos que una piedra y piedras más útiles que ciertos hombres. Valeria, ¿qué te resulta más dulce, mirando a esta hijita tuya, pensar "Es un deseo de Dios hecho vida, creado y formado por Él, dotado por Él de una segunda vida imperecedera -de forma que seguiré teniendo a mi pequeña Fausta, y además para toda la eternidad, si creo en el Dios verdadero", en vez de decir: "Esta carne de rosa, estos cabellos más sutiles que hilo de araña, estas pupilas serenas proceden de una piedra"; o pensar: "Soy semejante en todo a la loba o a la yegua; me uno carnalmente como los animales, animalescamente engendro y crío; esta hija mía es fruto de mi instinto animalesco y es un animal como yo, y mañana, muerta ella y muerta yo, seremos dos cadáveres que habrán de descomponerse y oler, y que nunca jamás se habrán de volver a ver"?

Dime, tu corazón de madre, ¿cuál de los dos razonamientos elegiría?

-Desde luego, el segundo no, Señor. Si hubiera sabido que Fausta no podía corromperse para siempre, mi dolor frente a su agonía habría sido menos cruel, porque habría pensado: "He perdido una perla, pero sigue existiendo y la encontraré"

-Tú lo has dicho. Cuando he llegado aquí, vuestra amiga me ha manifestado su perplejidad ante vuestra gran pasión por las flores, y temía que Yo me pudiera incomodar por ello; pero la he tranquilizado diciéndole: ¡A mí también me gustan, así que nos entenderemos muy bien". Es más, quisiera elevar vuestra estima de las flores come hago con Valeria respecto a su hija, a quien -estoy seguro -otorgará aún mayores atenciones ahora que sabe que tiene alma, que es un soplo de Dios que está dentro de la carne generada por su madre; un alma que no muere, y que su madre, si cree en el Dios verdadero, volverá a encontrar en el Cielo.

Pues de la misma forma ahora vosotras observad esta magnífica rosa: la púrpura que embellece las vestiduras imperiales no es tan espléndida como este pétalo, que deleita no sólo los ojos, por su color, sino también el tacto, por su suavidad, y el olfato por su perfume. Observad también esa otra… y ésa… y esa otra…: la primera es sangre emanada de un corazón; la segunda, nieve reciente; la tercera, pálido oro; la última parece como si reflejase esta dulce cara infantil que me sonríe apoyada sobre mi pecho. Se podría decir aún más: la primera se yergue rígida sobre un grueso tallo exento casi de espinas, rojizas sus hojas, como salpicadas de sangre; la segunda tiene a lo largo del tallo raras espinas en forma de gancho y opacas y pálidas hojas; la tercera es flexible como un junco, sus hojas son pequeñas y brillantes como si de cera verde se tratase; la última, con tantas espinas como tiene, parece estar impidiendo cualquier tipo de asalto a su rósea corola: parece una lima de agudísimas puntas.

Volved vuestro pensamiento hacia esta realidad, pensad: ¿quién lo ha hecho?, ¿cómo?, ¿cuándo?, ¿dónde?; ¿qué era este lugar en la noche de los tiempos? No era nada. Era una agitación informe de elementos. Dios dijo primero:

"Quiero", y los elementos se separaron para reunirse por familias. Luego tronó otro "quiero", y se dispusieron con orden: uno en otro (el agua entre las tierras); uno sobre otro el aire y la luz sobre el planeta ya ordenado). Otro "quiero", y comenzaron a existir las plantas, y luego las estrellas, y los animales, luego el hombre. Dios donó sin tacañería las flores y los astros, cual espléndidos juguetes, para gozo del hombre, su predilecto, y por último le otorgó la alegría de procrear, no algo que muriese, sino algo que sobreviviese a la muerte por el don de Dios que es el alma. Estas rosas son expresión de otros tantos deseos del Padre: su infinito poder se despliega en infinidad de bellezas.

El flujo de mi palabra encuentra impedimento al chocar contra el compacto bronce de vuestra creencia. De todas formas, espero que, para ser éste nuestro primer encuentro, ya algo nos hayamos entendido. Ahora es vuestra alma la que debe trabajar con cuanto os he dicho.

¿Tenéis alguna pregunta que hacer? Si es así, hacedlas; estoy aquí para aclarar las cosas. La ignorancia no es motivo de vergüenza; lo es, sí, el persistir en la ignorancia cuando se tiene a alguien dispuesto a aclarar las dudas. Dicho esto, Jesús, como si fuera el más experto de los papás, sale de la pequeña pérgola sujetando a la niñita, que está dando sus primeros pasitos y quiere ir hacia un surtidor que ondea bajo el sol. Las damas permanecen en su sitio hablando entre sí en voz baja.

Juana, en pugna con dos deseos, está en el umbral de la pérgola… Al final Lidia se decide -y tras ella las otras -y va a donde Jesús, que ríe porque la niñita pretende agarrar el espectro solar del agua y lo único que coge es luz, y, no obstante, insiste, insiste con todo un piar de polluelo en sus labios de rosa.

-Maestro… no he entendido por qué has dicho que nuestros maestros no pueden conducir formas de vida buenas, siendo ateos; creen en un Olimpo, pero creen.

-Ese creer suyo no es sino una forma externa. Mientras han creído verdaderamente, como los verdaderos sabios creyeron en aquel Desconocido de que os he hablado, en aquel Dios que satisfacía su alma aunque no tuviera nombre, incluso sin conciencia de la voluntad: mientras han dirigido su pensamiento a este Ente, muy superior, muy superior a los pobres dioses llenos de humanidad, de baja humanidad, que el paganismo se ha procurado; mientras han hecho esto, necesariamente han reflejado un poco de Dios: el alma es espejo que refleja, eco que repite.

-¿Qué, Maestro?
-A Dios.
-¡Gran palabra es ésa.

-Es una gran verdad.

Valeria, seducida por el pensamiento de la inmortalidad, pregunta:

-Maestro, explícame dónde está el alma de mi hija; besaré ese lugar como a un sagrario; la adoraré, dado que es soplo de Dios.

-¡El alma! Es como esta luz que tu Faustita quiere coger y no puede porque es incorpórea, pero que está ahí, como podemos ver Yo, tú y tus amigas. De la misma forma, el alma es visible en todo aquello que diferencia al hombre del animal. Cuando tu hijita te diga sus primeros pensamientos, piensa que esa inteligencia es su alma que se revela; cuando te quiera, no ya con su instinto sino con su razón, piensa que ese amor es su alma. Cuando crezca a tu lado hermosa, no tanto de cuerpo cuanto de virtud, piensa que esa belleza es su alma. Y no adores al alma, sino a Dios, que es el Creador del alma; a Dios, que de toda alma buena quiere hacerse un trono.

-¿Donde está esta cosa sublime?: ¿en el corazón?, ¿en el cerebro?

-Está en el todo que es el hombre. Os contiene y está en vosotros contenida. Cuando os deja, sois cadáveres; cuando cae muerta (por un delito del hombre contra sí mismo), sois réprobos, estáis separados para siempre de Dios.

-¿Entonces admites que el filósofo que dijo que éramos inmortales, a pesar de ser pagano, tenía razón? -pregunta Plautina.

-No es que lo admita. Voy más allá. Digo que es un artículo de fe. La inmortalidad del alma, o sea, la inmortalidad de la parte superior del hombre, es el misterio más cierto y consolador del acto de creer; es el que nos asegura de dónde venimos, a dónde vamos, de quién somos, y disuelve en nosotros la amargura de cualquier tipo de separación.

Plautina piensa profundamente -Jesús la observa, pero guarda silencio -y al final pregunta:

-¿Tú tienes alma?
Jesús responde:
-Sí, ciertamente.
-Pero, ¿eres, o no, Dios?

-Soy Dios, ya te lo he dicho, pero ahora he tomado naturaleza de hombre. Y, ¿sabes por qué? Porque sólo con este sacrificio mío podía resolver los puntos que para vuestra razón son inalcanzables; y, tras ser abatido el error, liberando el pensamiento, liberar también al alma de una esclavitud que por ahora no te puedo explicar. Por ello he introducido la Sabiduría en un cuerpo, la Santidad en un cuerpo: Yo esparzo por la tierra como una semilla la Sabiduría, como polen al viento; la Santidad se desparramará por el mundo en la hora de la Gracia -como si fuera quebrada la preciosa ánfora que la contenía -y santificará a los hombres. Entonces el Dios desconocido será conocido.

-Pero si ya eres conocido… El que pone en duda tu poder y sabiduría es malo o falso.

-Soy conocido, pero es como si fuera sólo un amanecer; a la meridiana habrá plena cognición de mí.

-¿Cómo será tu mediodía? ¿Un triunfo? ¿Lo veré yo?
-Verdaderamente será un triunfo, y tú lo presenciarás porque sientes náusea de lo que conoces y apetito de lo que desconoces; tu alma tiene hambre.

-¡Es verdad! Es de verdad de lo que tengo hambre.
-Yo soy la Verdad.
-Date entonces a la hambrienta.

-Basta con que vengas a mi mesa. Mi palabra es pan hecho con verdad.

-¿Qué dirán nuestros dioses si los abandonamos? ¿No se vengarán de nosotros? -pregunta Lidia asustada.

-Mujer: ¿has visto alguna vez una mañana neblinosa? Los prados se pierden detrás del vapor que los oculta. Viene el sol y el vapor desaparece, y los prados resplandecen más hermosos. Pues vuestro dioses no son sino niebla del pobre pensamiento humano que, ignorando a Dios, pero al mismo tiempo necesitando creer -la fe es el estado permanente y necesario del hombre -, se ha creado este Olimpo, verdadera fábula sin fundamento alguno; vuestros dioses, de la misma forma, cuando salga el Sol, Dios verdadero, desaparecerán de vuestros corazones sin poder causar mal alguno, porque no tienen existencia.

-Tendremos que escucharte todavía mucho. Nos encontramos completamente ante lo desconocido. Todo lo que dices es nuevo.

-¿Te da repulsa? ¿Te es imposible aceptarlo?
Plautina responde con seguridad:

-No. Me siento más orgullosa de lo poquísimo que ahora sé, y que César no sabe, que de mi nombre.

-Pues persevera. "Os dejo con mi paz».

-¿Pero, cómo? ¿No te quedas más tiempo, Señor? -Juana esta desolada.

-No. Tengo muchas cosas que hacer…

-¡Yo que quería manifestarte una cosa que me aflige!…

Jesús, que ya se estaba marchando tras el respetuoso saludo de las romanas, se vuelve y dice:

-Ven hasta la barca, así podrás hablarme de lo que te aflige.

Juana lo acompaña, y dice:

-Cusa me quiere mandar un tiempo a Jerusalén. Esto me duele. Lo hace porque no me quiere seguir viendo relegada, ahora que estoy curada…

-Tú también te creas nieblas inútiles -Jesús ya ha puesto un pie en la barca -Si pensaras que así puedes recibirme en tu casa o seguirme con mayor facilidad, estarías contenta, y dirías: "La Bondad ha pensado en nosotros".

-¡Es verdad, Señor! No tenía esto en cuenta.

-¿Ves? Obedece como una buena esposa. La obediencia te aportará el premio de tenerme para la próxima Pascua y el honor de ayudarme a evangelizar a tus amigas.
¡La paz sea siempre contigo!

La barca se separa del embarcadero y así todo termina.

166- Los milagros después de la elección apostólica. Simón el Zelote y Juan predican por primera vez

Jesús desciende a media altura de la escarpada ladera y encuentra a muchos discípulos y a otros muchos que poco a poco se han ido añadiendo, a quienes la necesidad de un milagro o el deseo de la palabra de Jesús han conducido a este lugar apartado del tránsito: han venido seguros, o por las indicaciones de la gente o por el instinto del alma.

Pienso que sus ángeles, los de estos hombres deseosos de Dios los guiaban al Hijo de Dios. No creo que al decir esto me ponga al nivel de la leyenda: en efecto, si se piensa con qué pronta y astuta constancia Satanás conducía a los enemigos hacia Dios y hacia su Verbo en los momentos en que el espíritu demoníaco podía mostrarles a los hombres una apariencia de culpa en Cristo, se podrá pensar también -y más que lícito, es justo -que los ángeles no fueran inferiores a los demonios, y que llevaran a los espíritus no demoníacos a Cristo.

Jesús se prodiga en favores (milagros y la propia palabra) para estas personas que le han esperado sin cansancio ni temor. ¡Cuántos milagros! (una riqueza semejante a la de las flores que decoran los rodales del abrupto monte). Milagros grandes, como el de un niño al que han extraído, con atroces quemaduras, de un pajar en llamas: es un amasijo de carne quemada que gime lastimeramente bajo el lienzo con que lo han cubierto para ocultar su horrible aspecto; ya agoniza. Lo han traído en una camilla. Jesús, infundiéndole su respiro, regenerando las zonas quemadas, lo devuelve a su estado precedente: las quemaduras han desaparecido completamente; tanto es así que el jovencito se pone en pie, completamente desnudo, y corre feliz hacia su madre, la cual, llorando de alegría, acaricia su carne totalmente sana, sin huellas de quemaduras, y besa sus ojos ­que deberían estar quemados y que, sin embargo, se muestran vivaces y resplandecientes de alegría -y su cabello, muy corto pero no destruido (cual si una llamarada hubiera actuado como una navaja). También milagros pequeños, como el de un viejecillo tosegoso que dice:

-No por mí, sino porque tengo que hacer de padre con mis nietecillos huérfanos y no puedo labrar la tierra teniendo esta mucosidad que me ahoga aquí parada en la garganta»… o el milagro -no visible, aunque, sin duda, real -que provoca estas palabras de Jesús: «Entre vosotros hay uno que llora con el alma y que no se atreve a decir de palabra: "Ten piedad". Mi respuesta es: "Sea como pides.

Toda la piedad. Para que sepas que soy la Misericordia".

Lo único que por mi parte digo es que seas generoso. Sé generoso con Dios, rompe toda atadura con el pasado, y, pues que sientes a Dios, ve a El con corazón libre, con total amor». (No sé, entre la muchedumbre, a qué hombre o mujer van dirigidas estas palabras).

Jesús sigue diciendo:

-Éstos son mis apóstoles. Cada uno de ellos es otro Cristo, porque los he elegido tales. Dirigíos a ellos con confianza. Conocen de mí todo lo de que tenéis necesidad para vuestras almas…

Los apóstoles miran a Jesús que más asustados no podrían, pero Jesús sonríe y prosigue:

«… Y la intensa luz astral y el copioso rocío reconfortante que darán a vuestras almas impedirán que languidezcáis en las tinieblas; después vendré Yo y os daré plenitud de sol y de agua, toda la sabiduría para haceros sobrenaturalmente fuertes y felices. Paz a vosotros, hijos. Otros me esperan, otros más infelices y pobres que vosotros. No os dejo solos, os dejo a mis apóstoles: es como si confiara a los hijos de mi amor a los cuidados de las más amorosas y fiables nodrizas.

Jesús hace un gesto de despedida y bendición, y se pone en camino incidiendo en la masa de la muchedumbre, que no quiere dejarlo partir; es entonces cuando se produce el último milagro, el de una ancianita semiparalizada. La había traído su nieto. Pues bien, ahora agita jovialmente su brazo derecho, que antes estaba inerte, y grita:

-¡Me ha rozado con su manto al pasar y he quedado curada! Ni siquiera se lo había pedido, porque ya soy vieja… pero ha tenido piedad incluso de mi secreto deseo y me ha curado con el manto, con un extremo del manto que apenas si me ha tocado el brazo perdido! ¡Oh, qué gran Hijo ha tenido nuestro santo David! ¡Gloria a su Mesías! ¡Fijaos!, ¡fijaos!, la pierna también, como el brazo, se mueve ligera… ¡Estoy como a los veinte años!

Gracias a que muchos de los presentes se arremolinan en torno a la viejecita, que proclama a voz en grito su dicha, Jesús puede escabullirse, y, desde ese momento ya no le vuelven a interceptar el paso. Los apóstoles lo siguen.

Llegados casi al llano, a un espacio desierto, entre las matas de un espeso brezal que desciende hacia el lago, se detienen un momento y Jesús dice:

-¡Os bendigo! Volved a vuestro trabajo y hacedlo hasta que regrese como he dicho.

Pedro, que hasta ese momento había estado callado, rompe a hablar:

-Pero, mi Señor, ¿qué has hecho? ¿Por qué has dicho que tenemos todo aquello de que tienen necesidad las almas? Es verdad que nos has dicho muchas cosas, pero somos duros de mollera -al menos yo -, y… y de lo que te he oído me ha quedado poco, realmente poco. Me pasa como a aquel que lo que le queda en el estómago después de una comida es la parte más consistente; lo demás ya no está.

Jesús sonríe abiertamente:

-¿Y dónde está el resto de la comida?
-Bueno, pues… no sé. Lo que sé es que si como cositas delicadas, pasada una hora no siento nada en el estómago, mientras que si como raíces pesadas o lentejas con aceite, sé que me cuesta digerirlo.

-Cuesta. Pues piensa que esas raíces y esas lentejas, que parece que te llenan más, son las que menos sustancia te dejan: es todo paja que pasa sin aprovechar gran cosa.

Sin embargo, los alimentos delicados, que ya no los sientes después de una hora, pasado ese tiempo ya no están en el estómago, pero sí en tu sangre.

Una vez digerido un alimento, ya no está en el estómago, pero su sustancia está en la sangre y aprovecha más. Ahora os parece, tanto a ti como a tus compañeros, que, de todo lo que os he ido diciendo, nada o muy poco os queda. Quizás -o sin quizás -tenéis bien presentes los aspectos que se conforman más a vuestro modo particular de ser: los de carácter impulsivo, los aspectos impulsivos; los de carácter meditativo, pues los aspectos meditativos; los afectuosos, los aspectos cargados de amor. No. Creedme: todo está en vosotros, aunque os parezca que se haya perdido. La verdad es que lo habéis absorbido. Vuestro pensamiento se irá desenvolviendo cual hilo multicolor, aportándoos las tonalidades suaves o severas, según las vayáis necesitando. No temáis. Pensad también que Yo sé las cosas y que nunca os encargaría algo para lo que os viera incapaces. Adiós, Pedro. ¡Venga, hombre, sonríe!

¡Ten fe! ¡Pon un buen acto de fe en la Sabiduría omnipresente! Adiós a todos. El Señor queda con vosotros.

Y, rápido, los deja, todavía atónitos y turbados por todo lo que han oído que tienen que hacer.

-Lo que está claro es que hay que obedecer -dice Tomás.
-¡Sí… claro!… ¡Pobre de mí! Casi que le doy alcance corriendo… -comenta Pedro.

-No, no lo hagas; la obediencia es amor a Él -dice Santiago de Alfeo.

-Es elemental, y señal de santa prudencia, empezar ahora que todavía lo tenemos cercano y puede darnos un consejo si nos equivocamos. Tenemos que ayudarle -aconseja Simón Zelote.

-Es verdad. Jesús está visiblemente cansado. Tenemos que aliviarle en lo que podamos; no basta con transportar los talegos y preparar las camas y la comida; estas cosas las puede hacer cualquiera. Hay que ayudarle en su misión, como Él quiere -confirma Bartolomé.

-Tú sabes hablar porque eres una persona instruida; pero yo… soy casi un completo ignorante… -dice en tono quejumbroso Santiago de Zebedeo.
-¡Ay, Dios!, ¡están llegando los que estaban arriba! ¿Qué hacemos? -exclama Andrés.

Mateo interviene:
-Perdonad si yo, que soy el más mísero, doy un consejo, pero ¡no sería mejor orar al Señor en vez de estar aquí plañendo por cosas que no se arreglan con lamentaciones? ¡Venga, Judas, tú que sabes tan bien la Escritura, di por todos la oración de Salomón para obtener la Sabiduría. ¡Rápido, antes de que lleguen!

Y Judas Tadeo, con su hermosa voz de barítono, comienza:
-Dios de mis padres, Señor de misericordia que todo lo has creado… -etc., etc.,… hasta donde dice: «… por la Sabiduría se salvaron todos los pueblos fueron gratos al Señor desde los orígenes.

Termina justo un instante antes de que la gente llegue, los circunde, los asalte con mil preguntas sobre el lugar a dónde ha ido el Maestro, sobre cuándo piensa volver…; y -lo que es más difícil de conseguir -pretendiendo una respuesta satisfactoria a la pregunta: «¿Cómo se las arregla uno para seguir al Maestro no con las piernas sino con el alma, por los caminos del Camino que Él indica?».

Esta pregunta pone en apuro a los apóstoles. Se miran unos a otros. Al final, Judas Iscariote responde:
-Siguiendo la perfección -como si fuera una respuesta que pudiera explicar todo (!).

Santiago de Alfeo, más humilde y sereno, piensa un poco y dice:

-La perfección a que alude mi compañero se alcanza obedeciendo a la Ley, porque la Ley es justicia y la justicia es perfección.

Pero la gente no se da todavía por satisfecha y, por boca de uno de ellos que parece un dirigente, objeta:
-Nosotros somos pequeños como niños por lo que respecta al Bien. Los niños no conocen todavía el significado del Bien y del Mal; no distinguen. Igualmente nosotros, en este Camino que Jesús indica estamos tan poco formados que somos incapaces de distinguir. Conocíamos un camino, el viejo, el que se nos ha enseñado en las escuelas: ¿qué camino tan difícil, largo y amedrentador! Ahora, por sus palabras, sentimos que es como aquel acueducto que se ve desde aquí: abajo está el camino de los animales y del hombre; arriba, encima de los ligeros arcos, alto, inscrito en sol y azul cielo, cercano a las ramas más altas, con su frufrú de viento y su canto de aves, hay otro, tan liso, limpio y luminoso, cuanto escabroso, sucio, oscuro es el inferior, un camino para el agua límpida y sonorosa -esa agua que es bendición -,un camino para el agua que viene de Dios, acariciada por lo que de Dios es: rayos de sol y de estrellas, frondas nuevas, flores, alas de golondrina. Quisiéramos subir a ese camino alto, el suyo, pero no sabemos cómo, porque estamos aquí clavados, bajo el peso de toda la vieja construcción -y añade: «No sabemos cómo hacer».

El que ha hablado es un joven de unos veinticinco años, moreno, de complexión recia, mirada inteligente, de aspecto menos llano que la mayoría de los presentes. Está respaldado por otro más maduro.

Judas Iscariote, que, siendo alto, lo ve, susurra a sus compañeros:

-¡Rápido, hablad bien! Está Hermas con Esteban; a Esteban lo aprecia Gamaliel.

Ello termina de azorar a los apóstoles.
En fin, Simón Zelote responde:

-No habría arco si no hubiera base en el camino oscuro; ésta es matriz de aquél, que sobre ella se yergue y sube a ese azul que anhelas. No pienses que las piedras hincadas en el suelo, que soportan el peso y no gozan de rayos ni vuelos, ignoran la existencia de éstos, pues de vez en cuando una golondrina desciende con su piada hasta el barro y acaricia la base del arco, y desciende también un rayo de sol, o de estrella, para expresar la gran belleza del firmamento. De la misma forma, en los siglos pasados, de vez en cuando, ha descendido una palabra celeste portadora de promesa, un rayo celeste de sabiduría para acariciar las piedras que estaban oprimidas por el enojo divino. Porque las piedras eran necesarias, y no son -ni fueron, ni serán -jamás inútiles. Sobre ellas, lentamente, se ha elevado el tiempo y la perfección del conocimiento humano hasta alcanzar la libertad del tiempo presente y la sabiduría del conocimiento sobrehumano.

Veo escrita en tu rostro la objeción; es la misma que todos hemos puesto antes de saber comprender que ésta es la Nueva Doctrina, la Buena Nueva que ahora se predica a los que, por un proceso de retrogradación, en vez de hacerse adultos paralelamente a la ascensión de las piedras del saber, se han ido entenebreciendo cada vez más, cual muro que se hunde en un abismo ciego.

Para curarnos de esta enfermedad de oscurecimiento sobrenatural, tenemos que liberar valientemente la piedra basilar de todas las otras que están encima. No tengáis miedo de demoler ese alto muro que -a pesar de serlo -no porta la savia pura del manantial eterno. Volved a la base, que no debe ser cambiada porque es de Dios y es inmóvil. De todas formas, antes de desechar las piedras probadlas una a una con el sonido de la palabra de Dios -porque no todas son desechables e inútiles-; si su sonido no desentona, conservadlas, construid de nuevo con ellas; mas si es el sonido desacorde de la voz humana, o lacerante de la voz satánica -y no podéis equivocaros porque si es voz de Dios es sonido de amor, si es voz humana es sonido del sentido, si es satánica es voz de odio -, rompedlas. Y digo -rompedlas", porque es un acto de caridad el no dejar tras uno mismo semillas u objetos portadores de mal que puedan seducir al viandante e inducirle a usarlos en perjuicio propio.

Romped literalmente toda cosa no buena que haya sido vuestra, en obras, escritos, enseñanzas o actos. Es mejor quedarse con poco, elevarse apenas un codo, pero con buenas piedras, que no varios metros con piedras malas. Los rayos y las golondrinas descienden también hasta las albarradas que apenas sobresalen del suelo, y las humildes florecillas de los lindazos con facilidad llegan a acariciar las piedras bajas; mientras que las soberbias piedras, que, inútiles y ásperas, quieren elevarse, no reciben sino azote de espinos y adhesiva ponzoña. Demoled para construir, para subir, probando la calidad de vuestras viejas piedras con la voz de Dios.

  • Hablas bien. ¡Pero, subir!… ¿Cómo? Te hemos dicho que somos incluso menos que los niños. ¿Quién nos ayudará a subir a la enhiesta columna? Probaremos las piedras con el sonido de Dios, romperemos las menos buenas, pero, ¿cómo podremos subir? ¿Sólo el hecho de pensarlo ya da vértigo! -dice Esteban.

Juan, que ha estado escuchando con la cabeza agachada, sonriendo para sí, levanta su rostro luminoso y toma la palabra:

-¡Hermanos! Da vértigo el solo hecho de pensar en subir.

Cierto. Pero ¿quién ha dicho que debemos afrontar la altura directamente? Esto no sólo los niños sino ni siquiera los adultos pueden hacerlo; sólo los ángeles pueden lanzarse a los cielos, pues están libres de todo peso material; y, de entre los hombres, sólo los héroes de la santidad pueden hacerlo.

Hoy todavía, en este mundo decaído, entre nosotros vive uno que sabe ser héroe de santidad como los antiguos ­ornato de Israel -, cuando los Patriarcas eran amigos de Dios y la palabra del Código era la única, la que toda criatura recta obedecía. Juan, el Precursor, enseña cómo afrontar la altura directamente. Juan es un hombre. Pero la Gracia que el Fuego de Dios le ha comunicado, purificándolo desde el vientre de su madre -de la misma forma que el Serafín purificó el labio del Profeta -para que pudiera preceder al Mesías sin dejar hedor de culpa original por el camino regio del Cristo, ha dado a Juan alas de ángel; luego la penitencia las ha hecho crecer, aboliendo al mismo tiempo el peso de humanidad que su naturaleza, propia de los nacidos de mujer, todavía poseía. Por lo cual, Juan, desde su gruta donde predica la penitencia y desde su cuerpo donde arde el espíritu desposado con la Gracia, se lanza, puede lanzarse a sí mismo, al ápice del arco, por encima del cual está Dios, el altísimo Señor Dios nuestro; y puede, dominando los siglos pasados, el tiempo presente y el futuro, anunciar con voz de profeta (y con ojo de águila capaz de clavar la mirada en el Sol eterno y reconocerlo):

"Éste es el Cordero de Dios, el que quita los pecados del mundo"; y morir tras este canto suyo sublime que será repetido no sólo durante el transcurso del tiempo limitado sino también durante el tiempo sin fin, en la Jerusalén sempiterna y para siempre beata, para aclamar a la Segunda Persona, para invocarla por las miserias humanas, para cantar sus alabanzas entre los fulgores eternos.

Pero el Cordero de Dios, el dulcísimo Cordero que ha dejado su luminosa morada del Cielo en que es Fuego de Dios en abrazo de fuego -¡oh, eterna generación del Padre que concibe con el pensamiento ilimitado y santísimo a su Verbo, y lo atrae hacia sí produciendo una fusión de amor de que procede el Espíritu de Amor, en que se centran la Potencia y la Sabiduría! -, el Cordero de Dios que ha dejado su purísima, incorpórea forma para cerrar dentro de carne mortal su pureza infinita, su santidad, su naturaleza divina, sabe que no estamos todavía purificados por la Gracia, y que no podríamos -como esa águila que es Juan ­lanzarnos a las alturas, a ese ápice en que Dios Uno y Trino se encuentra.

Nosotros somos los pajarillos de tejados y caminos; golondrinas que tocan el cielo, pero se alimentan de insectos; calandrias que quieren cantar para imitar a los ángeles y que, ¡ay!, respecto al canto de los ángeles, el suyo no es sino desentonado runrún de cigarra estiva. Esto lo sabe el dulce Cordero de Dios, venido para quitar los pecados del mundo, porque, a pesar de no ser ya el Espíritu infinito del Cielo por haberse confinado a sí mismo dentro de una carne mortal, su infinitud no ha quedado disminuida, y todo lo sabe, siendo siempre -como lo es -infinita su sabiduría.

Así pues, Él nos enseña su camino, el camino del amor. Él es el amor que por misericordia hacia nosotros se hace carne. Y es así que este Amor misericordioso nos crea un camino por el que pueden subir también los pequeñuelos; y Él mismo -no por propia necesidad sino para enseñárnoslo -es el primero en recorrerlo. Él no tendría tan siquiera necesidad de abrir las alas para fundirse de nuevo con el Padre. Su espíritu, os lo juro, está cerrado aquí, dentro de esta mísera tierra, pero está siempre con el Padre, porque Dios todo lo puede, y Él es Dios. Camina dejando tras sí el perfume de su santidad, Y fuego de su amor.

Observad su camino: a pesar de llegar al ápice el arco, ¡cuán sosegado y seguro es! No es una recta sino una espiral. Es más largo, sí, pero precisamente su sacrificio de amor se revela en esta distancia, demorándose por amor a nosotros los débiles, más largo, pero más adecuado a nuestra miseria. La subida hacia el Amor, hacia Dios, es simple, como simple es el Amor; pero, al mismo tiempo, es profunda, porque Dios es un abismo ̀ inalcanzable, yo diría, si Él no se rebajase y nos diera la posibilidad de alcanzarlo, para sentir el beso de las almas que lo aman -(mientras está hablando, Juan llora, aunque su boca sonríe, envuelto en el éxtasis de la revelación que está haciendo de Dios). Largo es el sencillo camino del Amor, porque Dios es Profundidad sin fondo, en que uno podría adentrarse cuanto quisiera; mas la Profundidad admirable llama a la profundidad miserable, llama con sus luces y dice: "¡Venid a mí!" ¡Oh, invitación de Dios! ¡Oh, invitación de Padre!

¡Escuchad! ¡Escuchad! Del Cielo nos llegan palabras suavísimas de ese Cielo que está abierto porque Cristo ha abierto de par en par sus puertas y ha puesto ante ellas, para que así las mantengan, a los ángeles de la Misericordia y el Perdón, a fin de que, en espera de la Gracia, de él broten al menos las luces, perfumes, cantos y quietud, capaces de seducir santamente a los corazones humanos, y sobre éstos se depositen. Habla la voz de Dios y la voz dice: “¿Vuestra puericia?… ¡Pero si es vuestra mejor moneda!

Yo quisiera que os hicierais enteramente niños para que poseyerais la humildad, sinceridad y amor de los pequeñuelos, su confidente amor para con su padre. ¿Vuestra incapacidad?… ¡Pero si es mi gloria! ¡Venid! Ni siquiera os pido que seáis vosotros mismos quienes comprobéis el sonido de las piedras buenas o malas.

¡Dádmelas a mí! Yo las elegiré, vosotros os reconstruiréis. ¿La subida hacia la perfección?… ¡Oh, no, hijos míos! Poned vuestra mano en la de mi Hijo y Hermano vuestro, ahora, así, y subid a su lado…".

¡Subir! ¡Ir a ti, eterno Amor! ¡Adquirir tu semejanza, o sea, el amor!… ¡Amar! ¡Éste es el secreto!… ¡Amar! ¡Darse…! ¡Amar! ¡Abolirse…! ¡Amar! Fundirse… ¿La carne?: nada; ¿el dolor?: nada; ¿el tiempo?: nada. Nada es el pecado mismo, si lo disuelvo en tu fuego, ¡oh, Dios! Sólo es el Amor. ¡El Amor! El Amor que nos ha dado el Dios encarnado nos otorgará todo perdón. Pues bien, amar es un acto que nadie sabe hacer mejor que los niños, y nadie es más amado que un niño.

¡Oh, tú, a quien no conozco, pero que quieres conocer el Bien para distinguirlo del Mal, para poseer el azul del cielo, el sol celeste, todo aquello que signifique contento sobrenatural… ama y lo tendrás. Ama a Cristo.

Morirás en la vida, pero resucitarás en el espíritu. Con un nuevo espíritu, sin necesidad ya de usar piedras, serás eternamente un fuego que no muere. La llama sube, no necesita ni peldaños ni alas para subir. Libera tu yo de toda construcción, pon en el Amor, y resplandecerás. Deja que ello sea sin restricciones, más, atiza la llama echándole como pasto todo tu pasado de pasiones y conocimientos: quedará consumido lo menos bueno, puro se hará el metal ya de por sí noble. Arrójate, hermano, al amor activo y gozoso de la Trinidad: comprenderás lo que ahora te parece incomprensible porque comprenderás a Dios, que es el Comprensible (pero sólo para quienes se dan sin medida a su fuego sacrificador). Quedarás finalmente fijo en Dios, en un abrazo de llama… y rogarás por mí, el niño de Cristo que ha osado hablarte del Amor.

Se han quedado todos de piedra: apóstoles, discípulos, fieles… El interlocutor está pálido; Juan, por el contrario, está de color púrpura, no tanto por el esfuerzo cuanto por el amor.

En fin, Esteban grita:

-¡Bendito tú! Dime: ¿Quién eres?
Y Juan, por su parte -con un gesto que me recuerda mucho a Virgen en el acto de la Anunciación -dice en tono bajo, inclinándose como adorando a Aquel a quien nombra:
-Soy Juan. Estás viendo al menor de los siervos del Señor.

-Pero, ¿quién ha sido tu maestro antes?
-Nadie aparte de Dios. He recibido la leche espiritual de manos de Juan, el presantificado de Dios; me alimento del pan de Cristo, Verbo de Dios; bebo el fuego de Dios que me viene del Cielo. ¡Gloria al Señor!

-Pues yo ya no me separo de vosotros, ni de ti, ni de éste, ni ninguno de vosotros! Recibidme.
-Cuando… Bueno, aquí entre nosotros el jefe es Pedro -y Juan toma a Pedro, que está atónito, y lo proclama así "el primero". Pedro reacciona y se pone en el lugar que le corresponde diciendo:

-Hijo, puesto que se trata de una gran misión, es necesaria una severa reflexión. Éste es nuestro ángel. Él enciende, pero es necesario saber si la llama va a poder durar en nosotros. Mídete a ti mismo, luego ven al Señor.

Nosotros te abriremos nuestro corazón como hermano nuestro queridísimo. Por el momento, si quieres conocer mejor nuestra vida, quédate; las greyes de Cristo pueden crecer sin medida para ser separados -perfectos e imperfectos -los verdaderos corderos de los falsos carneros.

Y con esto termina la primera manifestación apostólica.

165- Elección de los doce Apóstoles

La alborada blanquea los montes y parece atenuar las escabrosidades de esta agreste ladera en que la única voz es la del pequeño torrente espumante de su fondo; la cual, reflejada por los montes, llenos de cuevas, emite un rumor singular. Allí, en el lugar en que se han instalado los discípulos, no se oye sino algún que otro cauto frú-frú entre el ramaje o las hierbas: de los primeros pájaros que se despiertan, de los últimos animales nocturnos que van a su madriguera.

Un grupo de liebres o conejos montaraces, que están royendo una mata baja de moras, huyen porque los ha asustado una piedra al caer, luego vuelven prudentemente, moviendo sus orejas para detectar todos los sonidos, y, viendo que todo está en calma, regresan a su mata. El abundante rocío lava todas las hojas y las piedras; el bosque adquiere un intenso aroma de musgo, poleo y mejorana.

Un petirrojo baja a posarse justo en el borde de una caverna a que hace de techo una gruesa lasca salediza; moviendo la cabecita, bien erguido sobre sus patitas de seda, preparado para huir, se asoma hacia dentro, mira hacia el suelo y susurra unos «chip» «chip»
interrogativos, y… golosos, provocados por unas migas de pan que hay en la tierra; de todas formas, no se decide a bajar sino cuando ve que le está precediendo un mirlo grande, que se acerca saltando al sesgo, cómico con esa actitud suya de picaruelo y perfil de viejo notario al que, para serlo completo, le faltan sólo las gafas.

Entonces baja también el petirrojo y se coloca detrás de su señoría -muy corajinosa -, que cada cierto tiempo hinca el pico amarillo en la tierra húmeda en busca de… arqueología alimenticia, para seguir adentrándose, después de emitir un «chop» o un silbido breve realmente de granuja. El petirrojo llena su buche con las miguitas y se queda atónito al ver que el mirlo, penetrando seguro en la caverna silenciosa, sale luego con una corteza de queso y la golpea una y otra vez contra una piedra para desmenuzarla y procurarse una opípara comida. Luego el mirlo vuelve a entrar, da una ojeada y, no encontrando ya nada más, emite un brioso silbido burlón y alza el vuelo, para terminar su canto en la copa de un roble que sumerge su cima en el azul matutino. También echa a volar el petirrojo, a causa de un ruido que ha oído venir del interior de la caverna… y se posa sobre una ramita delgada que se mece en el vacío.

Jesús sale hasta la boca de la cueva y se pone a desmigajar un poco de pan, llamando muy suavemente a los pajarillos con un silbido modulado que bien imita el gorjear de muchas avecillas. Después se separa de la cueva y va más arriba, y se queda inmóvil contra una pared rocosa, para no asustar a estos amigos suyos que al poco rato descienden: primero el petirrojo, luego otros de distintas especies. La inmovilidad -de Jesús, o también su mirada -quiero pensar así porque tengo la experiencia de que los animales, incluso los más desconfiados, se acercan a quienes por instinto sienten protectores, no enemigos -, hacen que, pasado un poco de tiempo, a pocos centímetros de El, estén saltando ya los pajarillos, y que el petirrojo, ya saciado, vuele hacia la parte alta de la roca en que está apoyado Jesús y se agarre a una delgadísima ramita de clemátide y se columpie por encima de su rubia cabeza con deseos de posarse en ella o en uno de sus hombros… La comida ha terminado. El sol dora, primero, la cima del monte; luego, las ramas más altas de los árboles; mientras que, hacia abajo, todavía todo recibe la pálida luz del alba. Las avecillas vuelan, satisfechas, saciadas, bajo el sol, y cantan con la plenitud de sus pequeñas gargantas.

-Ahora a despertar a estos otros hijos míos» dice Jesús -y desciende -porque su cueva es la más alta -, y va entrando en las distintas cuevas y llamando por su nombre a los doce, que duermen. Simón, Bartolomé, Felipe, Santiago, Andrés, responden enseguida; Mateo, Pedro y Tomás se muestran más tardos en responder. Judas Tadeo, ya listo y bien despierto, va hacia Jesús en cuanto lo ve asomarse a la entrada; el otro primo, sin embargo, y con él Judas Iscariote y Juan están profundamente dormidos (tanto es así, que Jesús debe moverlos en su cama de hojas para que se despierten). Juan, que ha sido el último al que Jesús ha ido a llamar, está tan profundamente dormido que no se centra bien respecto a quien es el que lo está llamando, y, entre las nieblas del sueño interrumpido a mitad, susurra: «Sí, mamá, voy enseguida…». Pero luego se da la vuelta para el otro lado…

Jesús sonríe, se sienta en el rústico jergón hecho de follaje recogido en el bosque, se inclina y da un beso en la mejilla a su Juan, que abre los ojos y se queda atónito al ver allí a Jesús. Se sienta como impulsado por un resorte y dice:

-¿Me necesitas? Aquí estoy.

-No. Te he despertado como a todos, pero creías que era tu madre; entonces te he dado un beso, como hacen las madres.

Juan, sólo con la camisola interior (por haber utilizado como cobijas la túnica y el manto), se echa al cuello de Jesús, y ahí se refugia, con la cabeza entre el hombro y la cara, diciendo:

-¡Tú eres mucho más que mi madre! La he dejado por ti, lo contrario no lo haría; ella me ha traído a este mundo, Tú me has dado a luz para el Cielo. Yo esto lo sé.

-¿Qué otras cosas sabes más que los otros?

-Lo que me ha dicho el Señor en esta gruta. Jesús, no he ido ninguna vez a tu cueva, lo cual creo que habrá sido interpretado por los compañeros como indiferencia y soberbia, pero no me importa lo que piensen. Sé que sabes la verdad. No iba donde Jesucristo, Hijo de Dios encarnado, pero lo que Tú eres en el seno del Fuego que es el Amor eterno de la Trinidad Santísima, su Naturaleza, su Esencia, su verdadera Esencia -¡la verdad es que no sé expresar todo lo que he comprendido en esta tétrica cueva oscura que de tantas luces se ha llenado para mí; en esta fría caverna en que he ardido en un fuego que no tenía forma sensible pero que ha entrado a mis adentros encendiéndolos con llama de dulce martirio; en este antro silencioso, que me ha cantado verdades celestiales! -, lo que Tú eres, Segunda Persona del inefable Misterio que es Dios y que yo penetro porque Dios me ha aspirado hacia sí, eso, lo he tenido siempre conmigo.

Todos mis deseos, lágrimas, preguntas se han derramado sobre tu pecho divino, Verbo de Dios. Y ninguna de las palabras, entre las tantas que te he escuchado, ha tenido la amplitud de la que aquí me has dicho, Tú, Dios Hijo, Tú, Dios como el Padre, Tú, Dios como el Espíritu Santo, Tú, Tú que eres el perno de la Tríada… ¡Oh, quizás es una blasfemia, pero me parece que es así, porque sin ti, amor del Padre y al Padre, faltaría el Amor, el Divino Amor, y la Divinidad ya no sería Trina, y le faltaría el atributo más propio de Dios: su amor! ¡Oh, mucho tengo aquí dentro, pero es como agua que gorgotea contra un dique sin poder salir… y me da la impresión de que fuera a morir por lo violento y sublime de la convulsión que ha penetrado mi corazón desde que te he comprendido… Y por nada del mundo querría verme despojado de ello… ¡Haz que muera de este amor, mi dulce Dios!

Juan sonríe y llora, agitado, de su amor encendido, abandonado sobre el pecho de Jesús, como si la llama lo dejase sin fuerzas. Y Jesús, lleno también de amor, lo acaricia con ternura.

Juan se recobra en un repente de humildad que le hace suplicar:

-No les digas a los otros lo que te he manifestado, aunque ellos también habrán sabido vivir de Dios como yo he vivido estos días; deja sobre mi secreto la piedra del silencio.

-Puedes estar seguro, Juan; ninguno sabrá de tu desposorio con el Amor. Vístete, ven, que tenemos que marcharnos.

Jesús sale y va al sendero donde ya esperan los otros. Los rostros muestran un aspecto más venerable, más recogido; los ancianos parecen patriarcas, los jóvenes tienen traza de madurez, de dignidad, celada antes bajo la juventud.

Judas Iscariote mira a Jesús con una tímida sonrisa en su rostro signado por el llanto, y Jesús lo acaricia al pasar. Pedro no habla -cosa tan extraña en él, que llama la atención más que cualquier otro cambio-; mira atentamente a Jesús con una dignidad nueva, que parece despejarle más esa frente suya ya con entrantes, más severo esa mirada fina que antes brillaba todo de perspicacia. Jesús lo llama a su lado, y lo tiene ahí, junto a sí, en espera de Juan, que por fin sale, con un rostro que no sé si decir que está más pálido o más rojo (eso sí, encendido por una llama que, aun no mudando el color, es patente). Todos lo miran.

-Ven aquí, Juan, junto a mí; y tú, Andrés, y tú, Santiago de Zebedeo; también tú, Simón, y tú, Bartolomé, y Felipe y vosotros, hermanos míos, y Mateo. Judas de Simón, aquí, frente a mí. Tomás, ven aquí. Sentaos. Tengo que hablaros.
Se sientan, apacibles como niños, todos un poco absortos en su mundo interior, y, a pesar de todo, más atentos que nunca a Jesús.

-¿Sabéis lo que he hecho con vosotros? Todos lo sabéis. El alma se lo ha dicho a la razón. El alma, que ha sido reina estos días, le ha enseñado a la razón dos grandes virtudes: la humildad y el silencio, hijo de la humildad y de la prudencia, que a su vez son hijas de la caridad.

Hace sólo ocho días, habríais venido a proclamar -cual hábiles niños cuyo deseo es dejar asombrados a los demás, superar a su rival -vuestras capacidades, vuestros nuevos conocimientos; sin embargo, ahora calláis. De niños habéis pasado a adolescentes, y sabéis que un tipo de proclamación como el que he mencionado podría hacerle sentirse poco al otro, quizás menos favorecido por Dios, y por eso no habláis.

Sois como muchachas que han dejado de ser impúberes: ha nacido en vosotros el santo pudor de la metamorfosis que os ha revelado el misterio nupcial de las almas con Dios.

Estas cuevas el primer día os parecieron frías, hostiles, repelentes… ahora las miráis como a perfumadas y luminosas cámaras nupciales. En ellas habéis conocido a Dios. Antes sabíais acerca de Él, pero no lo conocíais en esa intimidad que hace de dos uno. Entre vosotros hay hombres que están casados desde hace años; otros que tuvieron sólo falaces relaciones con mujeres; algunos que, por distintas causas, son castos. Mas los castos ahora saben como los casados lo que es el amor perfecto; es más, puedo decir que ninguno como quien desconoce todo apetito carnal sabe lo que es el amor perfecto, porque Dios se revela a los vírgenes en toda su plenitud, tanto por la propia delicia de darse a quien es puro -reconociendo parte de sí mismo, Purísimo, en la criatura exenta de toda lujuria -, como para compensarle por cuan-to se niega por amor a Él.

En verdad os digo que por el amor que os tengo y por la sabiduría que poseo, si no debiera llevar a cabo la obra del Padre, querría teneros aquí, estar con vosotros, alejados de la gente; ciertamente haría de vosotros, solícito, grandes santos; ya no tendríais momentos de desconcierto, o defecciones, caídas o perdidas de ritmo o vueltas atrás. Pero no puedo. Debo continuar mi camino, y también vosotros. El mundo nos espera, este mundo profanado y profanador que necesita maestros y redentores.

Yo os he querido dar a conocer a Dios para que lo amarais mucho más que al mundo, el cual con todos sus afectos no vale lo que una sola sonrisa de Dios. He querido que pudierais meditar sobre lo que es el mundo y sobre lo que es Dios para que aspirarais a lo mejor. En este momento aspiráis sólo a Dios.

¡Oh, si pudiera dejaros fijos en esta hora, en esta aspiración! Pero el mundo nos espera, e iremos a ese mundo que espera, por la santa Caridad, que, de igual modo que me ha enviado a mí al mundo, os envía a vosotros por imperativo mío. Pero -os lo suplico -como se guarda una perla en un cofre, guardaos bien el tesoro de estos días en que vuestra mirada y vuestros cuidados han estado dirigidos a vosotros mismos, de estos días en que os habéis erguido, y procurado vestiduras nuevas, y habéis contraído esponsales con Dios… en vuestro corazón; como las piedras del testimonio, elevadas por los Patriarcas a recuerdo de las alianzas con Dios, conservad y custodiad estos preciosos recuerdos en vuestro corazón.

A partir de hoy ya no sois sólo los discípulos predilectos, sino que sois los apóstoles, cabezas de mi Iglesia; de vosotros brotarán -y esto siempre -todas sus jerarquías; seréis llamados maestros, teniendo como Maestro a vuestro Dios en su triple potencia, sabiduría y caridad.

No os he elegido porque seáis los que más lo merecéis, sino por un complejo de causas que no es necesario que conozcáis ahora. Os he elegido en vez de a los pastores, que son mis discípulos desde mis primeros vagidos. ¿Por qué lo he hecho? Porque era lo correcto. Entre vosotros hay galileos y judíos, instruidos y no instruidos, ricos y pobres; esto por el mundo, para que no diga que he preferido a una sola categoría… Mas vosotros no daríais abasto a todo lo que hay que hacer, ni ahora ni en el futuro.

Quizás no todos os acordéis de un punto del Libro. Os lo recuerdo. En el segundo libro de los Paralipómenos, capítulo 29, se narra cómo Ezequías, rey de Judá, hizo purificar el Templo, y cómo, una vez purificado, ordenó sacrificar por el pecado, por el reino, por el santuario y por Judá; y cómo luego comenzaron las ofrendas individuales…; mas, no siendo suficientes los sacerdotes para las inmolaciones, se recurrió a los levitas, consagrados con rito más breve que el de los sacerdotes.

Esto mismo haré Yo. Vosotros sois los sacerdotes, a quienes Yo, Pontífice eterno, he preparado larga y atentamente; pero no dais abasto al trabajo, cada vez mayor, de inmolación de cada hombre en particular al Señor su Dios, por lo cual asocio a vosotros a los discípulos, a los que siguen siendo, eso, discípulos: los que nos esperan al pie del monte, los que ya están más arriba, los que ahora se encuentran esparcidos por la tierra de Israel y que llegará el momento en que lo estén por todas las partes de la Tierra. Ellos recibirán encargos iguales -porque una es la misión -, pero ante los ojos del mundo estarán encuadrados de forma distinta (no ante los ojos de Dios, que es justo, de forma que el discípulo oculto, ignorado por los apóstoles y por sus compañeros, si vive santamente, llevando almas a Dios, será mayor que aquel otro apóstol, conocido, que de apóstol no tiene sino el nombre y que rebaja su dignidad de apóstol al nivel de intereses humanos).

La tarea de los apóstoles y discípulos será siempre la de los sacerdotes y levitas de Ezequías: practicar el culto, derribar las idolatrías, purificar los corazones y los lugares, predicar al Señor y su Palabra. No existe tarea más santa sobre la faz de la tierra, ni tampoco dignidad más alta que la vuestra. Precisamente por esto es por lo que os dicho: "Escuchaos. Examinaos".

¡Ay del apóstol que caiga!: arrastrará consigo a muchos discípulos, y a su vez éstos arrastrarán a un número aún mayor de fieles, y la ruina será cada vez mayor, cual alud en movimiento o círculo que va extendiéndose cada vez más en la superficie de un lago cuando una y otra vez lanzan piedras al mismo punto.

¿Vais a ser todos perfectos? No. ¿Va a durar el espíritu de ahora? No. El mundo lanzará sus tentáculos para ahogar vuestra alma. La victoria del mundo -que es hijo de Satanás en cinco de sus partes, siervo de Satanás en otras tres partes, apático respecto a Dios en las otras dos -consiste en extinguir las luces en los corazones de los santos. Defendeos por vosotros mismos contra vosotros, contra el mundo, la carne y el demonio; pero, sobre todo, defendeos de vosotros mismos. ¡Alerta, hijos, contra la soberbia, la sensualidad, la doblez, la tibieza, el sopor espiritual, la avaricia! Cuando el yo inferior hable de supuestas crueldades que le perjudican, y lloriquee, imponedle silencio diciendo: "Por un brevísimo tiempo de privación a que te someto, te procuro para siempre el banquete extático que recibí en la cueva de la montaña al terminar la luna de Sabat".

Vamos. Vamos a donde los demás, que en gran número me esperan. Luego iré unas horas a Tiberíades. Vosotros, predicándome, iréis a esperarme al pie del monte que está en el camino de Tiberíades al mar; os alcanzaré y subiré para predicar. Tomad alforjas y mantos. La estancia aquí ha terminado, la elección se ha cumplido.

164- El retiro en el monte para la elecciónde los Apóstoles

Las barcas de Pedro y Juan surcan las aguas serenas del lago. Van seguidas -yo creo -de todas las embarcaciones de las orillas de Tiberíades. Son muchísimas las barcas, más o menos grandes, que van y vienen, tratando de alcanzar o pasar a la barca de Jesús para volverse a poner luego detrás. Ruegos, súplicas, clamor, peticiones… se entrecruzan sobre las azules olas.

Jesús, que lleva en su barca a María y a la madre de Santiago y Judas (mientras que en la otra barca están María Salomé con su hijo Juan y Susana), promete, responde, bendice… incansablemente. «Volveré, sí, os lo prometo. Sed buenos. Recordad mis palabras para unirlas a las que en otro momento os diré. La separación será breve. No seáis egoístas, he venido también para los otros. ¡Calma, calma, que os vais a hacer daño! Sí, oraré por vosotros, siempre me tendréis a vuestro lado. El Señor sea con vosotros. Sí, me acordaré de tus lágrimas; serás consolado. Ten esperanza, ten fe».

Así, avanzando, bendiciendo, prometiendo, la barca llega a la orilla. No es Tiberíades. Es un pueblecillo minúsculo: un puñado de casas, pobres, casi abandonadas. Jesús y los suyos ponen pie en tierra. Las barcas regresan guiadas por los peones y por Zebedeo. Las otras hacen lo mismo, aunque muchos de los que venían bajan y quieren a toda costa seguir a Jesús; entre éstos veo a Isaac con los dos que le han sido confiados, o sea, José y Timoneo. No reconozco a otros de entre la mucha gente que hay, de todas las edades (desde adolescentes a ancianos).

Los pocos habitantes del pueblecillo, andrajosos, para quienes Jesús había indicado que se dieran unas limosnas, se quedan más o menos indiferentes a su paso. Jesús vuelve al camino principal, se detiene y dice:

-Separémonos ahora. Madre, tú con María y Salomé marchad a Nazaret. Susana puede volver a Caná. Regresaré pronto.
-Ya sabéis lo que hay que hacer. ¡Que Dios sea con vosotras!

Y de su Madre se despide de forma especial, con una sonrisa llena; luego vuelve a sonreír cuando María, dando ejemplo a las otras, se arrodilla para que Jesús la bendiga.

Las mujeres que van con Alfeo de Sara y con Simón se ponen en camino hacia sus ciudades.
Jesús se vuelve hacia los restantes:

-Os dejo. No es que os despida. Os dejo sólo un tiempo. Me retiro con éstos a aquellos desfiladeros que veis allá. Quien me quiera esperar que se quede en esta llanura; el que no, que vuelva a su casa. Me retiro a orar porque es la vigilia de grandes cosas. Quien ama la causa del Padre que ore unido en espíritu a mí. La paz sea con vosotros, hijos. Isaac, ya sabes lo que debes hacer. Te bendigo, pequeño pastor.

Jesús sonríe al enjuto Isaac, ahora pastor de hombres reagrupados en torno a él.

Jesús se echa a andar dando las espaldas al lago, dirigiéndose con decisión hacia uno de los desfiladeros que hay entre las colinas que van en líneas, yo diría casi paralelas, desde el lago hacia el Oeste. Entre las dos colinas rocosas, escabrosas, abiertas a pico como un fiordo, desciende, con no poco ruido, un torrentillo espumoso; hacia arriba, el monte agreste, con míseras plantas que crecen en todas las direcciones -como pueden -entre piedra y piedra. Un sendero de cabras acomete la colina más abrupta; es precisamente el que toma Jesús.

Los discípulos le siguen fatigosamente, en fila india, en el más absoluto de los silencios. Sólo cuando Jesús se detiene para que cojan respiro -en un lugar, un poco más ancho, de este sendero que asemeja a un arañazo en la riscosa ladera intransitable -ellos se miran, aunque sin hablarse. Sus miradas dicen: « ¿Y a dónde nos lleva?».

Pero no hablan, sólo se miran, y cada vez con más desconsuelo a medida que ven que Jesús reemprende una y otra vez la marcha por la agreste garganta, llena de cuevas, de resquebrajaduras en las peñas, de rocas por las que es difícil andar porque además hay espinos y mil otras matas en que se enzarzan los pies, y que aferran los vestidos por todas partes y arañan, y dan en la cara. Incluso los más jóvenes, con pesados fardos a las espaldas, han perdido el buen humor. Finalmente Jesús se para y dice:

-Aquí nos vamos a quedar una semana en oración… para prepararos a algo muy importante. Por eso he deseado un lugar como éste, aislado, desierto, lejos de todo tránsito de caravanas y de todo lugar habitado. Aquí hay cuevas ya utilizadas otras veces por otros hombres; nos servirán también a nosotros. Aquí hay agua fresca y abundante, aunque el terreno sea seco. Tenemos pan y comida suficiente para el tiempo que vamos a estar. Los que el año pasado estuvieron conmigo en el desierto saben cómo viví Yo; esto es un palacio respecto a aquel lugar, y además la estación -ya agradable -nos ahorrará las inclemencias del hielo y del sol. Tened buen ánimo, pues. Quizás no volvamos a estar así, todos juntos y solos. Este tiempo que vamos a pasar aquí debe uniros, haciendo de vosotros no ya doce hombres sino una sola institución.

-¿No decís nada? ¿No me preguntáis nada? Colocad en esa peña los pesos que lleváis y despeñad ese otro peso que tenéis en el corazón: vuestra humanidad. Os he traído aquí para hablaros al espíritu, para nutriros el espíritu, para haceros espíritu. No diré muchas palabras; ¡muchas os he dicho ya en aproximadamente un año que llevo con vosotros! Ahora ya basta. Si tuviera que cambiaros con la palabra debería teneros diez, cien años, y aun así seríais siempre imperfectos.

Ha llegado el momento de que haga uso de vosotros, pero para ello os debo formar. Recurro a la medicina de la oración, que es el arma por antonomasia. Siempre he orado por vosotros, ahora quiero que seáis vosotros mismos quienes oréis. Todavía no os enseño mi oración, pero sí os doy a conocer ya el modo de orar y lo que es la oración:
coloquio de hijos con su Padre, de espíritus a Espíritu, abierto, cálido, confidencial, recogido, franco.

La oración lo es todo: confesión, conocimiento de nosotros mismos, llanto por nosotros mismos, promesa a nosotros mismos y a Dios, petición a Dios; todo hecho a los pies del Padre. No puede hacerse en medio del bullicio, entre distracciones, a menos que se sea un coloso en la oración (y, aun así, incluso los colosos se resienten de este choque y ruido del mundo en sus horas de oración).

Vosotros no sois colosos, sois pigmeos; sois sólo párvulos en el espíritu, parvos del espíritu. Aquí alcanzaréis la edad de la razón espiritual. Lo demás vendrá después. Por la mañana temprano, a la meridiana y al atardecer, nos reuniremos para orar juntos, con las antiguas palabras de Israel, y para partir el pan; luego cada uno volverá a su cueva y estará en presencia de Dios y de su alma, en presencia de cuanto os he dicho acerca de vuestra misión y en presencia de vuestras capacidades.

Medíos, escuchad, decidid. Esta será la última vez que os lo diga.

Luego tendréis que ser perfectos, hasta donde podéis, sin cansancio ni humanidad; luego ya no seréis Simón de Jonás o Judas de Simón, ni Andrés o Juan, Mateo o Tomás, sino que seréis mis ministros. Marchad. Cada uno solo. Yo estaré en aquella cueva, siempre presente. No vengáis sin serio motivo. Tenéis que aprender a valeros por vosotros mismos y a estar solos. Porque, en verdad os digo que hace un año estábamos para conocernos y dentro de dos estaremos para dejarnos. ¡Ay de vosotros y ay de mí si no hubierais aprendido a valeros por vosotros mismos! Dios sea con vosotros.

Judas, Juan, llevad a mi cueva, a aquélla, las provisiones; deben durar, así que las distribuiré Yo.
-¡Serán pocas!… -objeta alguien.

Lo suficiente para no morir. El vientre demasiado sacio carga el espíritu. Yo deseo elevaros, que no haceros lastre.

163- Comiendo en casa del fariseo Elí de Cafarnaúm

Hay muchas cosas que hacer hoy en casa de Elí. Siervos y siervos que van y vienen, y, entre ellos -granujilla feliz -, el pequeño Eliseo. Aparecen dos personajes pomposos, y luego otros dos más; reconozco a los dos primeros: son los que habían ido con Elí a casa de Mateo. A los otros dos no los conozco, pero sí oigo sus nombres: Samuel y Joaquín. El último en llegar es Jesús, que viene con Judas Iscariote.

Grandes saludos recíprocos y luego la pregunta:
-¿Sólo con éste? ¿Y los otros?
-Están en la campiña. Regresan a la noche.

-Lo siento. Creía que fuera… Ayer por la tarde te invité sólo a ti, pero en ti estaban comprendidos todos los tuyos. Ahora me viene el temor de que se hayan sentido ofendidos, o… o que se desdeñen de venir a mi casa… por animosidades del pasado, claro». (El anciano ríe).

-¡No, no! Mis discípulos no conocen susceptibilidades de orgullo ni rencores incurables.

-¡Claro, claro! Muy bien. Entremos pues.

El consabido ceremonial de purificaciones para luego ir hacia la sala del convite, que da al vasto patio en que las primeras rosas ponen ya una nota alegre.

Jesús acaricia al pequeño Eliseo, que está jugando en el patio y que del pasado peligro no tiene sino cuatro señales rojas en la manita. Ya no le queda ni siquiera el recuerdo del miedo pasado; sí se acuerda, eso sí, de Jesús, y quiere besarlo y que Jesús lo bese, con la espontaneidad de los niños; le habla entre su pelo, circundando con sus bracitos el cuello de Jesús, confiándole que cuando sea mayor irá con Él; y pregunta:

-¿Me aceptas?

-Yo acepto a todos. Sé bueno y vendrás conmigo.

El niño se va dando brincos.

Se sientan a la mesa. Elí quiere ser tan perfecto, que pone a su lado a Jesús y al otro lado a Judas, el cual se encuentra así entre Elí y Simón, como Jesús entre Elí y Urías.

Empieza la comida. Al principio, temas de conversación un tanto vagos; luego, más interesantes; y, dado que las heridas duelen y las cadenas pesan, sale la eterna cuestión de la esclavitud de Palestina respecto a Roma. No sé si es fingimiento, no sé si hay mala intención o no, lo que sí sé es que los cinco fariseos se quejan de nuevos atropellos -que catalogan de sacrílegos -por parte de los romanos, y que quieren interesar a Jesús en la discusión.

-¿Comprendes? ¿Quieren conocer con todo detalle nuestras ganancias! Y, como han visto que nos reunimos en las sinagogas para hablar de esto y de ellos, pues amenazan con entrar en ellas sin respeto. ¡Temo que un buen día entren incluso en las casas de los sacerdotes! -grita Joaquín.

-¿Y Tú qué dices? ¿No te disgusta?» pregunta Elí.

Jesús, interpelado directamente, responde:

-Como israelita, sí; como hombre, no.

-¿Por qué esta distinción? No comprendo. ¿Eres dos en uno?
-No. Pero en mí se dan la carne y la sangre, lo animal en pocas palabras, y el espíritu. El espíritu de israelita deferente para con la Ley se resiente por estas profanaciones, mas la carne y la sangre no, porque no tengo el aguijón que os punza a vosotros.

-¿Cuál?

-El interés. Decís que os reunís en las sinagogas para hablar también de negocios sin temor a oídos indiscretos, y teméis no poder seguir haciéndolo -y, por tanto, no poder esconderle al fisco ni una miaja, con lo cual la tasación estaría en proporción exacta al haber -. Yo no poseo nada. Vivo de la bondad del prójimo y amando al prójimo. No tengo objetos de oro, ni campos ni viñas ni casas, aparte de la casita materna de Nazaret, que es tan pequeña y pobre, que el fisco ni la considera. Por eso no me punza el temor a ser descubierto en declaración mendaz, ni a que tasen mis bienes y me castiguen. Sólo poseo la Palabra que Dios me ha dado y que Yo doy, y ésta es una cosa tan alta, que en manera alguna puede verse afectada por el hombre.

-Pero, si estuvieras en nuestro lugar, ¿cómo te comportarías?

-Mirad, no os lo toméis a mal si os digo claramente lo que pienso, que es muy distinto de lo que pensáis vosotros. En verdad os digo que Yo actuaría de distinta forma.

-¿Cómo?

-Sin lesionar la santa verdad, que es siempre una sublime virtud, aunque se aplique a cosas tan humanas como son los impuestos.

-¿Y entonces? ¡Y entonces? ¡Nos desollarían! ¿No te das cuenta de que tenemos mucho y de que deberíamos dar mucho?

-Vosotros lo habéis dicho: Dios os ha concedido mucho; en proporción, mucho debéis dar. ¿Por qué actuar mal -como por desgracia sucede -, tanto que al final sea el pobre quien reciba tasación desproporcionada?

La verdad es que sabemos que en Israel hay muchos impuestos injustos, impuestos nuestros y que son para beneficio de los grandes, que ya tienen mucho, y para desesperación de los pobres que deben pagarlos, estrujándose hasta pasar incluso hambre. La caridad para con el prójimo no aconseja esto.

Nosotros israelitas deberíamos preocuparnos porque nuestras espaldas soportasen el peso del pobre.

-¡Hablas así porque eres pobre!

-No, Urías; hablo así porque es lo justo. ¿Por qué Roma igualmente nos ha podido -y sigue pudiendo -esquilmar de esta manera?

Porque hemos pecado y porque los rencores nos dividen (el rico odia al pobre y el pobre al rico), y porque no hay justicia y el enemigo se aprovecha de ello para subyugarnos.

-Has hecho alusión a más de un motivo… ¿Cuáles otros?

-Yo no iría contra la verdad alterando el carácter del local consagrado al culto, haciendo de él un seguro refugio de cosas humanas.

-Nos estás censurando.

-No. Estoy respondiendo. Escuchad más bien vuestra conciencia. Sois maestros, por tanto…

-Pienso que ya sería hora de sublevarse, de rebelarse, de castigar al invasor y restablecer nuestro reinado.

-¡Cierto! ¡Cierto! Tienes razón, Simón. Pero aquí está el Mesías; debe hacerlo Él-responde Elí.

-Pero el Mesías, por ahora -perdona, Jesús -es sólo Bondad; anima a todo excepto a la insurrección. Actuaremos nosotros y…

-Simón, escucha. Piensa en el libro de los Reyes. Saúl estaba en Guilgal; los filisteos en Mikmás; el pueblo tenía miedo, se desbandaba; el profeta Samuel no venía.

Saúl quiso adelantarse al siervo de Dios y ofreció por su cuenta el sacrificio. Piensa en la respuesta que Samuel, que se presentó al improviso, dio al imprudente rey Saúl:

"Te has comportado neciamente, no has observado las órdenes que el Señor te había dado. Si no hubieses hecho esto, ahora el Señor habría establecido para siempre tu reinado en Israel. Sin embargo, ahora tu reino no perdurará".

Una acción intempestiva y soberbia no benefició ni al rey ni al pueblo. Dios sabe la hora, no el hombre; Dios conoce los medios, el hombre no. Dejad actuar a Dios, mereciendo su ayuda con una conducta santa. Mi Reino no es ni de rebelión ni de brutalidad, pero se establecerá; no será para pocos, será universal. Dichosos los que a él se agreguen -no inducidos a error por mi apariencia humilde según el espíritu terreno -y me sientan el Salvador. No temáis. Seré Rey, el Rey nacido de Israel, el que ha de extender su Reino sobre toda la Humanidad. Vosotros, maestros de Israel, no interpretéis mal mis palabras, ni las de los Profetas que me anunciaron. Ningún reino humano, por muy poderoso que sea, es ni universal ni eterno.

Los Profetas dicen que el mío tendrá estas características. Que esto os dé luz acerca de la verdad y espiritualidad de mi Reino. Ahora os dejo. De todas formas quisiera pedirle una cosa a Elí.

Aquí está tu bolsa. Simón de Jonás tiene alojada a una pobre gente proveniente de los más distintos lugares. Ven conmigo para darles el óbolo del amor. La paz sea con todos vosotros.

-No te marches todavía -le ruegan los fariseos.

-Debo hacerlo; hay enfermos de la carne y del corazón que esperan consuelo. Mañana iré lejos. No quiero que ninguno me vea partir y se sienta desilusionado.

-Maestro, soy viejo y estoy ya cansado. Ve Tú en nombre mío. Llevas contigo a Judas de Simón. Lo conocemos bien…

Haz como mejor creas. Que Dios te acompañe.

Jesús sale con Judas, el cual, en cuanto ponen pie en la plaza, dice:

-¡Vieja víbora! ¿Qué habrá querido decir?

-¡Pero hombre no te preocupes! O, mejor aún, piensa que ha querido alabarte.

-¡Imposible, Maestro! Esas bocas jamás alaban a quien hace el bien; quiero decir que nunca elogian con sinceridad. ¿Y respecto a no venir?… Es porque siente repugnancia de los pobres y tiene miedo a que lo maldigan. Efectivamente, ha atormentado mucho a los pobres de esta zona; lo puedo jurar sin temor. Por eso…

-Tranquilo, Judas, tranquilo. Déjale a Dios que juzgue.

161- Curación del nieto del fariseo Elí de Cafarnaúm

Jesús está llegando en barca a Cafarnaúm. El ocaso está muy próximo. Todo el lago es un cabrilleo amarillo-rojo.

Mientras las dos barcas realizan las maniobras para arrimarse a la orilla, Juan dice: -Voy enseguida a la fuente por agua para que puedas calmar tu sed.

Y Andrés exclama:

-El agua aquí es buena.
-Sí, es buena, y vuestro amor me la hace todavía mejor.
-Yo llevo el pescado a casa. Las mujeres lo prepararán para la cena. ¿Nos vas a hablar después a nosotros y a ellos?
-Sí, Pedro.

-Ahora volver a casa es más agradable. Antes parecíamos un grupo de nómadas; ahora, con las mujeres, hay más orden, más amor. ¡Y además… ver a tu Madre me quita inmediatamente el cansancio! No sé…

Jesús sonríe y guarda silencio.

La barca roza ya en la grava de la orilla. Juan y Andrés, vestidos solo con las camisolas cortas, saltan al agua y, ayudados por los mozos, tiran de la barca hacia la orilla, y para bajar ponen una tabla como puente. El primero en hacerlo es Jesús, que espera a que llegue a la orilla la segunda barca para unirse a todos los suyos. Luego se dirigen hacia la fuente caminando despacio: es una fuente natural, un manantial que está un poco fuera del pueblo.

Brota un agua fresca, abundante, argentina, que va a caer a una pileta de piedra; es muy cristalina e invita a beber. Juan, que se ha adelantado corriendo con el ánfora, vuelve ya y ofrece a Jesús el cántaro, que todavía gotea. Jesús bebe copiosamente.

-¡Cuánta sed tenías, Maestro mío! Y yo, estúpido de mí, no me había procurado agua.

-No tiene importancia, Juan; ahora ya todo ha pasado -y le hace una caricia.
Ya van a volverse cuando ven que llega, a toda la velocidad de que es capaz, Simón Pedro, que había ido a casa a llevar su pescado.

-¡Maestro! ¡Maestro! -grita con el respiro entrecortado -El pueblo está revolucionado porque el único nieto de Elí el fariseo se está muriendo. Le ha mordido una serpiente. Había ido, precisamente con su abuelo -aunque contra la voluntad de su madre -, al olivar que tienen. Elí estaba vigilando unos trabajos mientras el niño jugaba al lado de las raíces de un viejo olivo; ha metido la mano en un agujero esperando encontrar una lagartija y ha encontrado esa serpiente. El anciano está como enloquecido. La madre del niño -que, dicho sea de paso, odia a su suegro, y con razón -le acusa de ser un asesino. El niño se está enfriando por momentos. Son parientes, pero no se han querido; ¡y más allegados que ellos…!

-¡Mala cosa los odios entre familiares!

-Maestro, yo digo, de todas formas, que es que las serpientes no han querido a la serpiente, o sea, a Elí, y le han matado a su serpientita. Siento que me haya visto, porque me ha gritado a mis espaldas preguntándome si estabas Tú. También lo siento por el pequeño; era un niño hermoso y no tiene la culpa de ser nieto de un fariseo.

-Sí, no tiene culpa de ello…
Dirigen sus pasos hacia el pueblo. En esto, ven que viene hacia ellos mucha gente gritando y llorando, encabezados por el anciano Elí.

-¡Ha dado con nosotros! ¡Regresemos!
-¿Por qué? Ese anciano está sufriendo.

-Recuerda que ese anciano te odia. Es uno de los primeros y más feroces acusadores tuyos ante el Templo.

-Lo que recuerdo es que soy la Misericordia.

E1 anciano Elí, despeinado, profundamente turbado, con todos sus indumentos en desorden, corre hacia Jesús, con los brazos tendidos hacia adelante, y se derrumba a sus pies gritando:

-¡Piedad! ¡Piedad! ¡Perdón! No te vengues de mi dureza en el inocente. ¡Sólo Tú puedes salvarlo! Dios, tu Padre, te ha traído aquí. ¡Yo creo en ti! ¡Te venero! ¡Te amo! ¡Perdón! He sido injusto, un embustero… Pero ya he recibido mi castigo. Estas horas son ya suficiente castigo. ¡Socórreme! ¡Es el varón, el único hijo de mi hijo varón ya difunto! Y ella me acusa de haberlo matado -y llora mientras golpea repetidas veces su cabeza contra el suelo.

-¡Ánimo! No llores de ese modo. ¿Es que quieres morir? No te podrás ocupar del crecimiento de tu nieto.

-¡Se está muriendo! ¡Se está muriendo! Quizás ya esté muerto. No te opongas a que muera yo también. Todo, menos vivir en esa casa vacía. ¡Oh…, qué tristes mis últimos días!

-Elí, levántate. Vamos…

-¿Vienes? ¿Vienes Tú? ¿Pero sabes quién soy yo?
-Un desdichado. Vamos.

El anciano se pone en pie y dice:

-Te precedo. ¡Corre, corre, no te demores! -y se marcha veloz a causa de la desesperación que le punza el corazón.

-Pero, Señor, ¿crees que lo vas a cambiar con esto? ¡Oh…, es un milagro desperdiciado! ¡Deja que muera esa serpientita! Se morirá también el viejo de un ataque al corazón, y… así uno menos se te cruzará en tu camino.
Dios ha resuelto…

-¡Simón! En verdad te digo que ahora la serpiente eres tú.

Jesús rechaza severamente a Pedro, el cual se queda cabizbajo, pero sigue andando.

En la plaza más grande de Cafarnaúm hay una hermosa casa, delante de la cual hay mucha gente produciendo un verdadero estrépito… Jesús se dirige a esta casa.

Estando ya para llegar, el anciano sale por la puerta, que está abierta de par en par, seguido de una mujer toda desgreñada que lleva estrechado entre sus brazos a una criaturita agonizante. El veneno ya paraliza los órganos, ya está cercana la muerte. La manita herida pende con la señal del mordisco en la base del dedo pulgar. Elí no hace sino gritar:

-¡Jesús! ¡Jesús!

Y Jesús, estrujado, rodeado por una multitud que se le echa materialmente encima, casi impedido en sus movimientos, coge la manita y se la lleva a la boca, succiona en la herida, sopla ligeramente en la carita cérea de ojos entrecerrados y vítreos; luego se endereza y dice:

-Ahora el niño se está despertando. No lo asustéis con esos rostros desencajados, que ya de por sí tendrá miedo por el recuerdo de la serpiente.

Así es. El pequeño, cuyo rostro se sonrosa, abre la boca emitiendo un prolongado bostezo, se restriega los ojillos, los abre y… se queda atónito al verse entre tanta gente.

Luego le viene el recuerdo y trata de salir corriendo, dando un salto tan repentino que se habría caído si Jesús no hubiera estado preparado para recibirlo en sus brazos.

-¡Tranquilo, tranquilo! ¿De qué tienes miedo? ¡Mira qué bonito sol! Allí está el lago; allí, tu casa; aquí, tu mamá y tu abuelo.

-¿Y la serpiente?
-Ya no está. Estoy Yo.
-Tú. Sí…

El niño se para a pensar un poco. Luego -voz de la verdad inocente -dice:

-Me decía mi abuelo que te llamase "maldito", pero no lo quiero hacer; yo te quiero.

-¿Yo? ¿Yo he dicho esto? Este niño delira. No creas esto, Maestro. Yo te he respetado siempre. (Va desapareciendo el miedo y reemerge el viejo modo de ser).

-Las palabras tienen y no tienen valor; las tomo por lo que valen. Adiós, pequeño; adiós, mujer; adiós, Elí.

Quereos, y queredme, si podéis.
Jesús se vuelve y se dirige hacia la casa en que reside.

-Maestro, ¿por qué no has hecho un milagro espectacular? Habrías debido mandar al veneno que saliera del niño, mostrarte Dios. Sin embargo, te has limitado a succionar el veneno como un pobre hombre cualquiera -Judas de Keriot está poco contento; quería una cosa espectacular.

También otros son de la misma opinión.

-Deberías haberle aplastado a ese enemigo con tu poder.

¿Has visto cómo enseguida ha vuelto a segregar veneno?

-No importa el veneno; considerad, más bien, que si hubiera actuado como queríais vosotros, habría dicho que me ayudaba Belcebú. Esa alma suya en estado calamitoso puede admitir mi potencia de médico, pero no más. El milagro conduce a la fe a quienes ya van por ese camino, mas en los que no tienen humildad -la fe prueba siempre la existencia de humildad en un alma -conduce a blasfemar; mejor, por tanto, evitar incurrir en este peligro recurriendo a formas de vistosidad humana. Es la miseria de los incrédulos, la incurable miseria; ninguna moneda la elimina, porque ningún milagro los lleva a creer ni a ser buenos. No importa: Yo, mi misión; ellos, su adversa ventura.

-¿Y entonces por qué lo has hecho?

-Porque soy la Bondad, y para que no se pueda decir que he usado venganza con los enemigos o que he provocado a los provocadores. Acumulo carbones sobre su cabeza, y ellos me los dan para que los acumule. Tranquilo, Judas de Simón.

Tú trata de no hacer como ellos basta. Y basta. Vamos con mi Madre; se alegrará al saber que he curado a un pequeñuelo.

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