160- Encuentro con Gamaliel en el caminode Neftalí a Yiscala

-¡Maestro! ¡Maestro! ¿Sabes quién nos precede? ¡El rabí Gamaliel! Está sentado con sus servidores en la sombra del bosque, protegido del viento. Es una caravana. Están asando un cordero. ¿Y ahora qué hacemos?

-Pues lo que queríamos hacer, amigos. Nosotros vamos por nuestro camino…

-Pero Gamaliel es del Templo».

-Gamaliel no es malo. No tengáis miedo. Voy Yo adelante.

-¡Voy también yo! -dicen al unísono los dos primos, todos los galileos y Simón. Sólo el Iscariote y un poco menos Tomás muestran pocas ganas de continuar el camino, pero siguen a los otros.

Unos metros todavía por un camino montañoso encajado entre las paredes boscosas del monte… Luego el camino gira y llega a una especie de pequeña meseta, a la que atraviesa, ensanchándose, para luego volver a estrecharse y a hacerse tortuoso bajo un techo de ramas entrelazadas. En el claro soleado del bosque, amparados por la sombra de las primeras hojas de los árboles, hay, bajo una rica tienda, un nutrido número de personas, y otros que, en un ángulo, están girando el cordero que tienen puesto sobre la llama.

¿Qué decir! ¡Gamaliel se cuida bien! Para un solo hombre que viaja -es decir, él -ha movilizado un regimiento de servidores con no sé cuánto equipaje. Ahora está allí, sentado, en el centro de su tienda: un telón extendido apoyado en cuatro palos dorados, una especie de baldaquino, bajo el cual hay unos asientos bajos cubiertos de cojines, y una mesa, que es una superficie montada sobre caballetes taraceados, aparejada con un finísimo mantel sobre el que los servidores disponen una valiosa vajilla. Gamaliel parece un ídolo: con las manos abiertas sobre las rodillas, rígido, hierático, parece una estatua.

En torno a él, los servidores se mueven y giran de un lado para otro como mariposas. Él está en otras cosas, está pensando: los párpados semicierran sus ojos severos; cuando los abre, dos oscurísimos ojos profundos y llenos de pensamiento se muestran en toda su severa belleza, a ambos lados de una nariz larga y fina, bajo una frente un poco calva de viejo, alta, signada por tres arrugas paralelas, con una gruesa vena azulada que dibuja casi una V en el centro de la sien derecha.

Los sirvientes se vuelven por el rumor de los pasos de los que llegan; también Gamaliel, el cual, al ver a Jesús, que viene el primero, hace un gesto de sorpresa y se pone en pie. Se acerca al límite de la tienda, pero no lo sobrepasa. Desde allí, con los brazos recogidos sobre el pecho, se inclina con gran reverencia. Jesús responde de la misma forma.

-¿Estás aquí, Rabí? -dice Gamaliel.
-Aquí estoy, rabí -responde Jesús.
-¿Se te puede preguntar a dónde te diriges?
-Con gusto te respondo: vengo de Neftalí y voy a Yiscala.
-¿A pie? Largo y penoso es el camino por estos montes. Te vas a cansar demasiado.

-Créeme, si me aceptan y prestan oído a mis palabras, todo cansancio cesa.

-Concédeme entonces, por una vez, que sea yo quien te proporcione descanso. El cordero ya está preparado. Habríamos dejado los restos a las aves, porque no acostumbro a llevármelos conmigo, así que no me supone ninguna dificultad invitaros a ti y a los tuyos. Soy amigo tuyo, Jesús. No te considero inferior a mí; antes al contrario, mayor.

-Lo creo. Acepto.

Gamaliel habla con un sirviente, que parece el primero en autoridad. Éste transmite la orden: prolongan la tienda y descargan de los muchos mulos que hay otros asientos para los discípulos de Jesús y otros objetos del servicio de mesa.

Traen las copas para la purificación de los dedos. Jesús, con la máxima majestuosidad, procede al rito mientras los apóstoles -observados con el rabillo del ojo, agudamente, por Gamaliel -lo hacen más mal que bien, excepto Simón, Judas de Keriot, Bartolomé y Mateo, más habituados a los refinamientos judaicos.

Jesús se ha puesto junto a Gamaliel, que está solo en uno de los lados de la mesa. Frente a Jesús, Simón Zelote. Después de la oración de ofrecimiento, recitada por Gamaliel con lentitud solemne, los sirvientes trinchan el cordero y lo distribuyen a los invitados, y llenan de vino las copas, o de agua de miel para quien lo prefiere.
-El azar nos ha reunido, Maestro. No me podía imaginar que te iba a encontrar, y menos aún dirigido a Yiscala.
-Me dirijo a todo el mundo.

-Sí. Eres el Profeta infatigable. Juan es el estable; Tú, el peregrino.

-Ello facilita a las almas el encontrarme.
-No diría yo lo mismo, porque si te mueves pierden tu pista.

-La pierden los enemigos, pero quienes desean acercarse a mí, porque aman la Palabra de Dios, me encuentran. No todos pueden venir al Maestro; por lo cual, el Maestro, deseoso de todos, va a ellos, haciendo así el bien a los buenos y evitando las conjuras de quienes le odian.
-¿Lo dices por mí? No te odio.

-No lo digo por ti. Pero, siendo justo y sincero como eres, podrás corroborar lo que acabo de decir.

-Sí, así es. De todas formas… es que nosotros los viejos te comprendemos mal.

-Sí. El viejo Israel me comprende mal. Por desgracia para él… y por propia voluntad.

-¡Nooo!

-Sí, rabí; no aplica su voluntad a entender al Maestro. Y quien se limita a eso todavía hace un mal relativo. Pero es que otros aplican su voluntad a entender mal y a alterar mi palabra para dañar a Dios.

-¿A Dios? ¡Él está por encima de las insidias humanas!
-Sí, pero toda alma que se desvía, o que es desviada -y desviar es alterar mi palabra y mi obra a sí mismo o a los demás -es un daño hecho a Dios en esa alma que se pierde: toda alma que se pierde es una herida infligida a Dios.

Gamaliel baja la cabeza y piensa con los ojos cerrados. Luego se aprieta la frente entre sus largos y delgados dedos con un movimiento involuntario de aflicción. Jesús lo escudriña con su mirada. Gamaliel levanta la cabeza, abre los ojos, mira a Jesús y dice:

-Pero Tú sabes que no soy uno de ellos.
-Lo sé, pero eres uno de los primeros.

-Sí, eso es verdad. Pero no es que no me aplique a entenderte. Lo que pasa es que tu palabra se detiene en mi mente y no va más abajo. La mente la admira, cual palabra de hombre docto, pero el espíritu…

-Pero el espíritu no puede recibirla, Gamaliel, porque tiene demasiados estorbos; que además son cosas ya inservibles. Viniendo de Neftalí, hace poco he pasado por un monte que sobresale de la cadena montañosa. He querido pasar por ese lugar para contemplar la belleza de los dos lagos de Genesaret y Merón desde lo alto, como los ven las águilas y los ángeles del Señor, para decir una vez más:

"Gracias, Creador, por la belleza que nos concedes". Pues bien, mientras que toda la cadena es un fértil florecer, macollar, poblarse de hojas los prados, pomares, campos y bosques, mientras los laureles desprenden su aroma junto a los olivos, preparando ya la nieve de las mil flores, y el robusto roble parece hacerse más bueno porque se viste de las coronas de las clemátides y madreselvas… allí no, allí no hay floración ni fertilidad, ni de hombre ni de la naturaleza: todo esfuerzo del viento, todo esfuerzo de los hombres se malogra allí, porque las ruinas ciclópeas de la antigua Hatzor ocupan todo, y entre esas voluminosas piedras no puede sino crecer la ortiga y el espino y anidar la serpiente. Gamaliel…

-Comprendo. También nosotros somos escombros… Comprendo la parábola, Jesús. Pero… no puedo… no puedo cambiar de línea de actuación: las piedras están demasiado hincadas.

-Alguien en quien crees te dijo: "Las piedras se estremecerán cuando pronuncie mis últimas palabras". Pero, ¿por qué esperar a las últimas palabras del Mesías? ¿No tendrás remordimientos por no haberme querido seguir antes? ¡Oh, las últimas!… Tristes palabras, si se trata de un amigo que muere y que hemos ido a escuchar demasiado tarde. Y mis palabras son más que las de un amigo.

-Tienes razón, pero no puedo. Espero ese signo para creer.
-No basta un rayo para remover un campo yermado; no lo recibe la tierra, sino sólo las piedras que la cubren. Trabaja al menos en removerlas, Gamaliel; si no, si continúan así, en lo profundo de ti, el signo no te llevará a creer.

Gamaliel calla, absorto. La comida termina.
Jesús se levanta y dice:
-Te doy gracias, Dios mío, por esta comida y por haber podido hablar al sabio. Y gracias a ti, Gamaliel.
-Maestro, no te vayas así. Temo que estés enfadado conmigo.

-¡Oh!, ¡no! Debes creerme.

-Entonces, no vayas. Yo me estoy dirigiendo a la tumba de Hillel. ¿Desdeñarías venir conmigo? Nos llevará poco tiempo porque tengo mulos y asnos para todos. Simplemente les quitamos los bastos. Los llevarán los sirvientes. Así te será más corto el camino en el trecho más duro.

-No sólo no desdeño ir contigo, sino que me siento honrado de ello y de ir a visitar la tumba de Hillel. Vamos pues.

Gamaliel da unas órdenes y, mientras todos se ponen a trabajar para desmontar el comedor provisional, Jesús y el rabí montan a caballo de una mula, y, al lado el uno del otro, avanzan por el camino escarpado, silencioso, en que suenan fuerte las pezuñas herradas.

Gamaliel guarda silencio: sólo dos veces le pregunta a Jesús si va cómodo en la silla. Jesús responde y calla luego, absorto en su pensamiento, hasta el punto de que no ve que Gamaliel, sujetando un poco a su mula, lo deja pasar adelante -la largura de un cuello ̀para estudiar todos sus movimientos. Los ojos del anciano rabí están tan atentos y fijos, que parecen los de un halcón al acecho de la presa. Pero Jesús no se da cuenta; va sereno, acompañando el paso ondulado de la cabalgadura; piensa; y, no obstante, advierte todos los detalles de lo que le rodea. Alarga una mano para coger un péndulo racimo de codeso de oro; sonríe a dos pajarillos que se están haciendo el nido en un tupido enebro; detiene la mula para escuchar a una curruca; hace un gesto de asentimiento, como bendiciendo, al grito impaciente con que una tórtola salvaje insta a su compañero al trabajo.

-Quieres mucho a las plantas y a los animales, ¿no?
-Sí, mucho; es mi libro vivo. El hombre tiene siempre ante sus ojos los cimientos de la fe. El Génesis vive en la naturaleza. Y quien sabe ver sabe también creer. ¿Puede, acaso, esta flor de tan delicado perfume y delicada materia de sus colgantes corolas, y tan en contraste con este espinado enebro y con aquella aulaga de punzantes hojas, haberse hecho sola? Y, mira allí, ¿puede, acaso, haberse hecho así, solo, aquel petirrojo, con esa pincelada de sangre seca en su blando cuello? ¿Y aquellas dos tórtolas?: ¿cómo van a haber podido pintarse ese collar de ónix sobre el velo de las plumas grises? ¿Y allí, esas dos mariposas?: una, negra con su dibujo de grandes ojos de oro y rubí; blanca con rayas azules la otra: ¿dónde habrán encontrado las gemas y cintas para sus alas? ¿Y este riachuelo?: es agua, sí, pero ¿de dónde proviene?, ¿cuál es la fuente primera del agua­elemento?

¡Ah, mirar quiere decir creer, si se sabe ver!

-Mirar quiere decir creer. Miramos demasiado poco al Génesis vivo que tenemos ante nuestros ojos.

-Demasiada ciencia, Gamaliel, y demasiado poco amor, y demasiada poca humildad.

Gamaliel suspira y menea la cabeza.

Bien, he llegado, Jesús. Allí está enterrado Hillel.

Dejemos aquí las cabalgaduras y acerquémonos allí abajo. Un sirviente se hará cargo de las mulas.

Se apean. Atan a un tronco las bestias. Se encaminan hacia un pequeño sepulcro que se destaca en la ladera del monte al lado de un vasto edificio completamente cerrado.
-Aquí vengo a meditar, como preparación a las fiestas de Israel -dice Gamaliel señalando la casa.

-La Sabiduría te dé todas sus luces.
-Y aquí -y señala al sepulcro -para prepararme a la muerte: era un justo.

-Era un justo. Oro con gusto ante sus cenizas. Pero, Gamaliel, no sólo a morir debe enseñarte Hillel. Te debe enseñar a vivir.

-¿Cómo, Maestro?

-“E1 hombre es grande cuando se humilla": era su lema preferido…

-¿Cómo lo sabes, si no lo has conocido?

-Lo he conocido… Y, además, aunque no hubiera conocido personalmente a Hillel el rabí, su pensamiento lo hubiera conocido como de hecho lo conozco, porque nada ignoro del pensamiento humano.

Gamaliel inclina la cabeza y susurra:

-Sólo Dios puede decir esto.
-Dios y su Verbo. Porque el Verbo conoce al Pensamiento y el Pensamiento conoce al Verbo, y lo ama, comunicándose a Él con sus tesoros para hacerlo partícipe de sí. El Amor estrecha los lazos y hace de Ellos una sola Perfección. Es la Tríada que se ama y que divinamente se forma, se genera, procede y completa. Todo pensamiento santo ha nacido en la Mente perfecta y se refleja en la mente del justo. ¿Puede, entonces, el Verbo ignorar los pensamientos de los justos, que son los pensamientos del Pensamiento?

Oran largamente ante el sepulcro cerrado. Se llegan a ellos los discípulos y luego los sirvientes: los primeros, a caballo; los otros, bajo el peso de los equipajes. Pero se detienen en los lindes del prado que precede al sepulcro. La oración termina.

-Adiós, Gamaliel. Sube como Hillel.
-¿Qué quieres decir?

-Sube. Él te precede porque ha sabido creer más humildemente que tú. A ti la paz.

159- Discurso en Guerguesa. La respuesta sobre el ayuno a los discípulos de Juan el Bautista.

Jesús está hablando en una ciudad que no he visto nunca; al menos eso me parece (téngase en cuenta que en cuanto al estilo son todas más o menos iguales y, a primera vista, es difícil diferenciarlas). También aquí una calle bordea el lago, y hay barcas sacadas a la orilla. Del otro lado de la calle están, alineadas, las casas, más o menos grandes. Aquí las colinas están mucho más distantes, así que es una ciudad edificada en una riente llanura, que se prolonga por la orilla oriental del lago. La resguarda del viento el baluarte de los montes. Bien templada, por tanto, por el sol, que aquí, más que en otros campos, aumenta la floración de los árboles.

Parece que ya ha empezado Jesús su discurso, porque oigo:

-…Es verdad. Decís: "No te abandonaremos nunca porque sería abandonar a Dios". ¡Oh, pueblo de Guerguesa, recuerda que nada hay más mutable que el pensamiento humano! Estoy convencido de que en este momento realmente pensáis así. Mi palabra y el milagro realizado os han exaltado en este sentido y ahora sois sinceros en lo que decís. Pero quisiera recordaros un episodio -mil podría citar, lejanos y cercanos -. Os cito éste sólo.

Josué, siervo del Señor, antes de morir, reunió en torno a sí a todas las tribus con sus ancianos, príncipes, jueces y magistrados, y les habló en presencia del Señor, recordándoles a todos los beneficios y los prodigios operados por el Señor a través de su siervo. Y, tras haber enumerado todas estas cosas, los invitó a repudiar a todos los dioses que no fueran el Señor, o, cuanto menos, a ser auténticos en la fe, eligiendo con sinceridad o al verdadero Dios o a los dioses de Mesopotamia y de los amorreos, de modo que hubiera una neta separación entre los hijos de Abraham y los paganizantes.

Es preferible siempre un error valiente a una hipócrita profesión y mezcla de fes: para Dios, infamia; para los espíritus, muerte. Nada más fácil y común que esas mezcolanzas. La apariencia es buena, pero por debajo está la sustancia, que no es buena. Aún hoy, hijos, aún hoy.

Esos fieles que mezclan la observancia de la Ley con lo que la Ley prohíbe; esos desdichados que caminan dando tumbos, como los borrachos, entre la fidelidad a la Ley y las ganancias de los negocios, y viven comprometidos con quienes están al margen de la ley, de quienes esperan alguna ventaja; esos sacerdotes o escribas o fariseos que ya no tienen por finalidad de la propia vida el servicio a Dios, sino que éste se ha convertido en una astuta política para triunfar sobre los demás, se ha convertido en poder -y nada más contra sus semejantes -más honestos que ellos -, porque sirven no a Dios sino a un poder que se presenta ante sus ojos fuerte y precioso para sus fines… ésos son sólo hipócritas que mezclan a nuestro Dios con dioses extranjeros.

El pueblo respondió a Josué: "¡Jamás abandonaremos al Dios verdadero para servir a dioses extranjeros!". Y Josué les dijo lo que Yo a vosotros hace un momento acerca del santo celo del Padre, acerca de su voluntad de ser amado con exclusividad, con la totalidad de nosotros mismos, y acerca de su justicia cuando castiga a los embusteros.

-¡Castigar!… Sí, Dios, de la misma forma que puede favorecer, puede castigar. Antes de morir se puede recibir premio o castigo. ¡Mira, pueblo hebreo, mira cómo Dios -después de haberte dado tanto liberándote de los faraones, conduciéndote ileso a través del desierto y entre insidias de enemigos, permitiéndote que llegaras a ser una nación grande y temida y rica en glorias -te ha castigado por tus culpas: una, dos, diez veces! ¡Mira en qué estado te encuentras! Y Yo, que veo que te estás hundiendo en la más sacrílega de las idolatrías, veo también el abismo por el que te vas a despeñar por persistir en las mismas culpas. Y por esto te llamo, pueblo que eres dos veces mío (por ser el Redentor y por haber nacido de ti). Esta llamada mía, aunque sea severa, no es odio ni rencor ni intransigencia, es amor.
Josué dijo entonces:

"Sois testigos de que habéis elegido al Señor", y todos respondieron: "Sí". Y Josué, que era sabio además de valeroso, sabiendo cuán lábil es la voluntad del hombre, escribió en el libro todas las palabras de la Ley y de la alianza y las puso en el templo; y puso también, en este santuario del Señor, en Siquem, que contenía a la sazón el Tabernáculo, una voluminosa piedra como testimonio; luego dijo: "Esta piedra, que ha oído las palabras que habéis dirigido al Señor, quedará aquí como testimonio, para que no podáis retractaros y mentir al Señor Dios vuestro".

El hombre, el rayo o la erosión de las aguas y del tiempo pueden siempre pulverizar una piedra por grande y dura que sea. Pero Yo soy la Piedra angular y eterna y no puedo ser destruido. No le mintáis a esta Piedra viva, no la améis por el sólo hecho de que realice prodigios; amadla porque por ella tocaréis el Cielo. Yo os quisiera más espirituales, más fieles al Señor. No digo a mí. Mi única razón, aquí, es que soy la Voz del Padre. Ultrajándome, herís a aquel que me ha enviado. Yo soy el medio; Él, el Todo. Recoged de mí y conservad en vosotros lo santo para alcanzar a este Dios. No améis sólo al Hombre, amad al Mesías del Señor no por los milagros que hace, sino porque desea obrar en vosotros el milagro íntimo y sublime de vuestra santificación.

Jesús imparte su bendición y se encamina hacia una casa.
Ya casi en el umbral de la puerta, un grupo de ancianos lo detiene; lo saludan respetuosamente y dicen:

-¿Podemos preguntarte una cosa, Señor? Somos discípulos de Juan. Siempre habla de ti. Ha llegado a nuestros oídos la fama de tus prodigios. Así que hemos querido conocerte.

Ahora bien, oyéndote, se nos ha planteado una pregunta que desearíamos proponerte.

-Exponedla. Si sois discípulos de Juan estaréis ya en el camino de la justicia.

-Has dicho, hablando de las idolatrías comunes en los fieles, que en medio de nosotros hay personas que trafican entre la Ley y los que no siguen la Ley. Ahora bien, Tú también eres amigo de éstos últimos -sabemos, en efecto, que no rechazas a los romanos -. ¿Entonces?

-No lo niego, pero ¿acaso podéis afirmar que lo haga para obtener de ellos algún provecho? Ni siquiera busco su protección. ¿O podéis, acaso, afirmar lo contrario, porque los trate con benignidad?

-No, Maestro, estamos de ello más que seguros, pero el mundo no está hecho sólo de nosotros, que queremos creer solamente en el mal que vemos y no en el de que se nos habla. Explícanos las razones que pueden fundar este acercamiento a los gentiles; hazlo para instrucción nuestra y para que te podamos defender, si alguien te calumnia en nuestra presencia.

-Estos contactos son malos cuando la finalidad es humana, no lo son cuando la intención es llevarlos al Señor Dios nuestro. Así actúo Yo. Si fuerais gentiles, podría detenerme a explicaros cómo todo hombre procede de un único Dios; pero sois hebreos, y además discípulos de Juan; sois, por tanto, la flor de los hebreos, y no es necesario que os lo explique. Estáis, pues, ya en condiciones de entender y creer que, siendo el Verbo de Dios, es mi deber llevar su Verbo a todos los hombres, hijos del Padre universal.

-Pero no son hijos, porque son paganos…

-Por lo que se refiere a la Gracia no lo son; por su errada fe no lo son: esto es verdad; pero, hasta que no os haya redimido, el hombre -incluyo al hebreo -ha perdido la Gracia, está privado de ella, porque la Mancha de origen es obstáculo para que el rayo inefable de la Gracia descienda a los corazones. De todas formas, por la creación el hombre es siempre hijo. De Adán, cabeza de toda la humanidad, proceden tanto los hebreos como los romanos; y Adán es hijo del Padre, que le dio su semejanza espiritual.

-Es verdad. Otra pregunta, Maestro. ¿Por qué los discípulos de Juan hacen grandes ayunos y los tuyos no? No decimos que Tú no tengas que comer -también el profeta Daniel, aun siendo grande en la corte de Babilonia, fue santo a los ojos de Dios, y Tú eres superior a él -, pero ellos…

-La cordialidad obtiene muchas veces lo que no se consigue con el rigorismo. Algunos no se acercarían jamás al Maestro, debe ser el Maestro quien vaya a ellos; otros sí se acercarían, pero se avergüenzan de hacerlo en público: también a ellos debe ir el Maestro. Y, puesto que me dicen: "Sé huésped mío para poderte conocer", acepto, teniendo presente no el placer de una mesa opulenta o el placer de los discursos -que a veces me resultan muy penosos -sino una vez más y siempre el interés de Dios.

Esto por lo que respecta a mí. Frecuentemente al menos una de las almas con las que tengo contacto de esta manera se convierte -toda conversión significa una fiesta nupcial para mi alma, una gran fiesta en la que participan todos los ángeles del Cielo, bendecida por el eterno Dios -, y mis discípulos, o sea, los amigos del Esposo, exultan con el Esposo y Amigo.

¿Os parecería lógico que mis amigos hicieran duelo mientras Yo exulto de gozo y estoy con ellos? Día llegará en que no me tendrán. Entonces ayunarán, y mucho. A nuevos tiempos, nuevos métodos. Hasta ayer, hasta Juan el Bautista, era el tiempo de la ceniza de la Penitencia; hoy -en mi hoy -se hace presente el dulce maná de la Redención, de la Misericordia, del Amor. Los métodos anteriores no podrían vivir injertados en el mío, como tampoco se habría podido usar el mío entonces -sólo ayer ­porque la Misericordia todavía no estaba en la Tierra.

Ahora sí que está. Ya no es el Profeta el que está en el mundo, sino el Mesías, en quien Dios ha delegado todo. A cada tiempo las cosas que le son útiles. Nadie cose un pedazo de paño nuevo en un vestido viejo, porque si lo hace -sobre todo al lavarlo -la tela nueva encoge y rompe la tela vieja, con lo cual el roto se hace todavía mayor.

De la misma forma, nadie mete vino nuevo en odres viejos, porque el vino rompe los odres, que no son capaces de soportar la efervescencia del vino nuevo, los desgarra y se derrama. Por el contrario, el vino viejo, que ya ha sufrido todas las mutaciones, hay que meterlo en odres viejos, y el nuevo en nuevos, para que a una fuerza se oponga otra igual. Esto es lo que sucede ahora: la fuerza de la nueva doctrina aconseja métodos nuevos para difundirla, y Yo, conocedor como soy, los uso.

-Gracias, Señor. Ahora estamos satisfechos. Ruega por nosotros. Somos odres viejos. ¿Seremos capaces de contener tu fuerza?

-Sí, porque habéis sido curtidos por Juan el Bautista, y porque sus oraciones, unidas a las mías, os darán la necesaria capacidad. Marchaos con mi paz y decidle a Juan que lo bendigo.

-Pero Tú ¿qué piensas, que es mejor permanecer con Juan o ir contigo?

-Mientras haya vino viejo, bebedlo, si ya a vuestro paladar le gusta su sabor; después… el agua putrefacta que en todas partes se encuentra os dará asco y entonces desearéis el vino nuevo.

-¿Crees que volverán a prender al Bautista?

-Sí. Sin duda. De todas formas ya le he enviado una misiva. Marchaos, marchaos, gozad de vuestro Juan mientras podáis, y hacedlo feliz; luego me amaréis a mí, aunque os resultará trabajoso, porque nadie que haya gustado el vino viejo desea de repente el vino nuevo, sino que dice: "El viejo era mejor". Efectivamente, Yo tendré sabores especiales, que os parecerán ásperos. No obstante, vuestro paladar, de día en día, irá apreciando su sabor vital.

Adiós, amigos. Que Dios esté con vosotros.

158- En el lago de Genesaret con Juana de Cusa

Jesús está en el lago, en la barca de Pedro, que va detrás de otras dos barcas: una de ellas, normal, de pesca, gemela de la de Pedro; otra, graciosa, rica, de recreo, la de Juana de Cusa; pero la dueña no va en ella, sino que está a los pies de Jesús en la tosca barca de Pedro. Yo diría que han coincidido en un punto de la orilla florida de Genesaret (hermosísima con la primera manifestación de la primavera palestina, que esparce sus nubes de almendros en flor y deposita perlas de futuras flores en perales y manzanos, granados, membrilleros…) todos, todos los más ricos y delicados árboles, en flores y frutos. Cuando la barca acaricia una determinada zona de la orilla, bajo el sol ya aparecen los millones de capullos que están engrosándose en las ramas en espera de florecer, mientras los pétalos de los almendros precoces revolotean, cual mariposas, en el aire quieto, hasta posarse sobre las claras olas.

Las orillas -entre los tallitos de hierba nueva que parece seda de un color verde alegre -están rociadas de ojos de oro de ranúnculos, de estrellas radiadas de pequeñas margaritas; junto a éstas, erguidas sobre su pedúnculo, como reinecitas coronadas, sonríen leves, pacíficas como iris infantiles, las miosotas sutiles, celestes, delicadísimas, que parecen decir "sí, sí" al Sol, al lago, a su hermana hierba, y que se sienten contentas de florecer (y de florecer ante los ojos cerúleos de su Señor).

En este comienzo de primavera, el lago no presenta todavía esa riqueza triunfante de los siguientes meses; no tiene todavía ese fasto suntuoso -hasta sensual, diría -de los millares de rosales rígidos o flexuosos que forman mata en los jardines o velo en los muros; de los millares de corimbos de los codesos y de las acacias; de los millares de filas de nardos en flor; de los millares de estrellas enceradas de los agrios; de todo este entremezclarse de colores, de perfumes violentos, delicados, embriagadores, que se presentan ante el frenesí humano de gozar y lo estimulan, un frenesí que profana, demasiado, este rincón de la Tierra tan puro como es el lago de Tiberíades, lugar elegido desde el comienzo de los siglos para teatro del mayor número de prodigios de Jesús, Señor nuestro.
Juana está mirando a Jesús, que está ensimismado en la gracia de su lago galileo. El rostro de ella sonríe repitiendo como espejo fiel la sonrisa de Él.

En las otras barcas van hablando, aquí hay silencio; el único ruido es el rumor sordo de los pies desnudos de Pedro y Andrés, que regulan las maniobras de la barca, y el suspiro del agua que la proa va abriendo, y que susurra su dolor en los lados de la barca, para después transformarse en risa en la popa, cuando la herida se cierra formando una estela argentina que el sol enciende como polvo diamantino.

Pasado este tiempo, Jesús deja su contemplación. Vuelve su mirada hacia su discípula. Le sonríe. Le pregunta:
-Hemos llegado casi, ¿no? Dirás que tu Maestro es un compañero muy poco afable, no te he dirigido ni una palabra.

-Pero las he leído en tu rostro, Maestro, y he oído todo lo que decías a las cosas que nos rodean.
-¿Y qué es lo que les decía?
-Amad, sed puras, sed buenas, porque venís de Dios y de su mano nada salió malo o impuro.

-Has leído bien.

-Señor mío, las hierbas lo hacen y los animales también; ¿por qué no lo hace el hombre, que es el más perfecto?

Porque el diente de Satanás ha entrado sólo en el hombre; su pretensión ha sido destruir al Creador en su mayor prodigio, en el más semejante a Él.

Juana agacha la cabeza y medita. Da la impresión de ser una persona que no afronta algo o que vacila entre dos tendencias opuestas. Jesús la observa. Al final, levanta la cabeza y dice:

-Señor, ¿tendrías inconveniente en conocer a unas amigas mías paganas? Ya sabes que Cusa es de la Corte; y Herodes y Herodías, sobre todo ella, que es la verdadera dueña de la Corte y a cuya voluntad se someten todos los deseos de Herodes, por… moda, por mostrarse más refinados que los demás palestinos, para ser protegidos por Roma adorando a Roma y a todo lo romano, se muestran complacientes con los romanos de la casa proconsular y casi nos los imponen.

Verdaderamente debo decir que no son mujeres peores que nosotras; también entre nosotras, en estas orillas, hay algunas que han caído muy bajo. ¿Y de qué podemos hablar, si no hablamos por Herodías?… Cuando perdí a mi criatura y enfermé, fueron muy buenas conmigo. Además no las había buscado. Luego la amistad ha seguido. Pero, si me dices que no es correcto, la disuelvo. ¿No? Gracias, Señor.

Anteayer estaba en casa de una de estas amigas. Por mi parte era una visita de amistad; por parte de Cusa era una visita obligada. Era una orden del Tetrarca, que.., quisiera volver aquí y que no se siente demasiado seguro, y entonces… quiere estrechar vínculos más interesados con Roma para tener cubiertas las espaldas. Bueno, incluso… ¿Tú eres pariente del Bautista, verdad?; bueno, pues te ruego que le digas que no se fíe demasiado, que no abandone nunca las fronteras de Samaria, o, mejor, si no siente repulsa, que se oculte allí un tiempo. La serpiente se acerca al cordero y el cordero tiene mucho de qué temer; de todo. Que esté atento, Maestro. Que no se sepa que lo he dicho yo, porque significaría el fin de Cusa.

-No te preocupes, Juana. Le advertiré al Bautista a través de un medio eficaz, sin que perjudique a nadie.
-Gracias, Señor. Deseo servirte… lo que pasa es que no quisiera que ello creara extorsiones a mi marido. La verdad es que… no siempre voy a poder ir contigo; algunas veces tendré que quedarme en casa porque él así lo desea, y es razonable.

-Sí, te quedarás, Juana; lo comprendo todo. No sigas hablando, que no es necesario.

-Pero, en los momentos de mayor peligro para ti, ¿me querrás a tu lado?

-Sí, Juana, por supuesto.

-¡Cuánto peso el tener que decir esto, y el hecho mismo de decirlo! Ahora me siento aliviada.

-Si tienes fe en mí, vivirás un consuelo continuo. Pero… me estabas hablando de una amiga tuya romana.

-Sí. Es amiga íntima de Claudia. Creo que incluso son parientes. Tendría interés en hablar contigo, por lo menos en escucharte. Y no es ella sólo. Además, ahora que has curado a la niña de Valeria -la noticia ha llegado a la velocidad del relámpago -su interés es mayor. La otra noche, en un banquete, había muchas voces a favor y muchas en contra de ti. Había también algunos herodianos y saduceos -aunque lo negarían sí se lo preguntasen -y también mujeres… ricas y… y no honestas.

Estaba -siento decirlo porque sé que eres amigo de su hermano -, estaba María de Magdala, con su nuevo amigo y con otra mujer, griega creo, tan licenciosa como ella. Ya sabes cómo hacen los paganos, ¿no? Las mujeres se sientan a la mesa con los hombres. Bueno esto es muy… muy…

¡Oh, qué situación más violenta! Mi amiga, que es una mujer delicada, me eligió como compañero a mi propio marido, lo cual me significó un gran alivio. Pero las otras… Bien, pues se hablaba de ti, porque impresionó el milagro que hiciste a Faustina. Los romanos mostraban admiración hacia ti como un gran médico y mago ­perdona, Señor -, pero los herodianos y saduceos escupían veneno contra tu Nombre. Y María… ¡qué horror, María!… Empezó con burlas y luego… No, no quiero decirte esto. Estuve llorando toda la noche.

-¡Déjala! ¡Sanará!

-¡No, no, si está sana!

-En cuanto al cuerpo; lo demás está todo intoxicado. Pero sanará.

-Si Tú lo dices… Ya sabes cómo son las romanas… Sus palabras fueron: "No nos asustan las brujerías, ni creemos en fábulas. Queremos juzgar por nosotras mismas"; y luego a mí me dijeron: "¿No podríamos oírle hablar?"

-Diles que al final de la luna de Sabat estaré en tu casa.

-Se lo diré, Señor. ¿Crees que se acercarán a ti?
-En ellas hay todo un mundo que rehacer. Lo primero es derribar, luego edificar. No es imposible. Ahí está tu casa, Juana, el jardín; trabaja en ella para tu Maestro como te he dicho. Adiós, Juana. El Señor sea contigo. Yo te bendigo en su nombre.

La barca se arrima. Juana dice en tono de ruego:

-¿Entonces no pasas siquiera?

-Ahora no. Debo reavivar las llamas. En unos pocos meses de ausencia casi se han apagado. Y el tiempo vuela.

La barca se detiene en el recodo que penetra en el jardín de Cusa. Unos domésticos acuden para ayudar a su señora a bajar. La barca de Juana -ya Juan, Mateo, el Iscariote y Felipe la han dejado para subir a la de Pedro -está detrás de la de Pedro en el embarcadero, la cual luego se separa lentamente y reanuda su navegación hacia la orilla opuesta.

157- Instrucciones a las discípulas en Nazaret

Jesús sigue en su casa de Nazaret, y más exactamente en lo que fuera el taller de carpintería.

Con Él están los doce apóstoles y María, María madre de Santiago y Judas, Salomé, Susana y -cosa nueva -Marta (una Marta muy apenada, con claros signos de llanto bajo sus ojos, una Marta desacoplada en este ambiente, tímida al verse muy sola ante otras personas y, sobre todo, ante la Madre del Señor). María trata de armonizarla con las otras mujeres y de quitarle ese sentido de molestia que ve que padece; pero, su ternura parece dilatar cada vez más el corazón de la pobre Marta. Rubor y gotazas de llanto se alternan bajo ese velo, muy caído, que quiere cubrir dolor y desazón.

Entran Juan con Santiago de Alfeo.

-No estaba, Señor. Ha ido con su marido a casa de una amiga que la ha invitado. Eso han referido los domésticos -dice Juan.

-Lo sentirá mucho, sin duda; de todas formas, ya recibirá tus instrucciones y te verá -concluye Santiago de Alfeo.

-Bien. No es el grupo de discípulas exactamente como lo había pensado. De todas formas, ya veis que en vez de Juana está Marta, hija de Teófilo, hermana de Lázaro.

Los discípulos ya conocen a Marta. Mi Madre también. Tú, María, y tú, Salomé, quizás también, ya sabéis por vuestros hijos quién es Marta, no tanto como mujer según los criterios de este mundo cuanto como criatura ante los ojos de Dios. Tú, Marta, por tu parte, ya conoces a estas mujeres, que te consideran hermana y te van a querer mucho. Hermana e hija. Tú tienes mucha necesidad de esto, buena Marta, para sentir -¿por qué no? -la consolación humana de nobles afectos que Dios no sólo no condena sino que los ha puesto en el hombre como apoyo del trabajo que la vida supone. Dios te ha traído justo en la hora por mí elegida para poner la base, diría el cañamazo en que vais a bordar vuestra perfección de discípulas.

Discípulo quiere decir aquel que sigue la disciplina del Maestro, de su doctrina. Por tanto, en sentido amplio serán llamados discípulos todos aquellos que ahora y en el transcurso de los siglos sigan mi doctrina. Y, para no dar muchos nombres diciendo "discípulos de Jesús según la enseñanza de Pedro o de Andrés, de Santiago o Juan, de Simón o Felipe, de Judas o de Bartolomé o de Tomás y Mateo", se utilizará un solo nombre, que los aglomerará bajo un único signo: "cristianos" (Cristo mismo predice aquí y en otros lugares de esta Obra que a sus discípulos se les llamará “cristianos” (que será dado a los discípulos por primera vez en Antioquía (Hechos 11, 26) o “católicos”) Pero entre el gran número de quienes se sujeten a mi disciplina ya he elegido a los primeros, y luego a los segundos, y así se hará a lo largo de los siglos en memoria mía. De la misma forma que en el Templo -y aún antes, desde Moisés -hubo un Pontífice, hubo sacerdotes, levitas y responsables de los distintos servicios, funciones o tareas, hubo cantores, etc., así en mi Templo nuevo, que será tan grande y duradero como toda la Tierra, habrá mayores y menores, todos útiles, todos amados por mí, y también mujeres, esa categoría nueva que Israel siempre ha despreciado confinándola, destinada sólo a los cantos virginales en el Templo o a la instrucción de las vírgenes en el Templo y nada más.

No argumentéis acerca de si ello era justo o no; en la religión cerrada de Israel y en el tiempo de ira, era justo. Todo el deshonor recaía sobre la mujer, origen del pecado. En la religión universal de Cristo y en el tiempo del perdón todo esto cambia. Toda la Gracia se ha reunido en una mujer y Ella la ha dado a luz al mundo para redención de éste.

La mujer, por tanto, ya no representa el desdén de Dios sino la ayuda de Dios. Por la Mujer, la amada del Señor, todas las mujeres pueden ser discípulas del Señor, no sólo como la masa sino incluso como sacerdotisas menores, coadjutoras de los sacerdotes, a los cuales pueden servir de gran ayuda, respecto a ellos mismos y respecto a los fieles y no fieles, respecto a aquellos que no serán conducidos a Dios tanto por el rugido de la palabra santa cuanto por la sonrisa santa de una discípula mía.

Vosotras me habéis pedido seguirme, como me siguen los hombres. Ahora bien, sólo seguirme, escucharme o poner en práctica es demasiado poco para lo que quiero de vosotras: os santificaríais, lo cual es grande, pero no me es suficiente. Soy Hijo del Absoluto y de mis predilectos quiero lo absoluto. Quiero todo, porque he dado todo.

Además, no sólo existo Yo, también existe el mundo, esta cosa impresionante que es el mundo. Debería ser impresionante en santidad: una santidad inmensa de la multitud de los hijos de Dios en número y en magnitud. Sin embargo, lo impresionante del mundo es su iniquidad; su compleja iniquidad es verdaderamente inmensa, en el número de manifestaciones y en la magnitud del vicio. Todos los pecados están asentados en el mundo, el cual, en vez de ser multitud de hijos de Dios, lo es de hijos de Satanás.

En el mundo está presente de forma especial el pecado de más claro signo de filiación satánica: el odio. El mundo odia, y quien odia ve -y quiere hacérselo ver a quien no lo ve -el mal incluso en lo más santo. Si le preguntarais al mundo para qué he venido Yo, no os diría: "Para hacer el bien, para redimir", sino que os diría: "Para corromper y usurpar"; y si le preguntarais qué piensa de vosotras, las que me seguís, no os diría: "Le seguís para santificaros, para confortar al Maestro, con santidad y pureza", sino que diría: "Le seguís porque estáis seducidas por ese hombre".

Así es el mundo. Os hablo de estas cosas para que calculéis todo antes de manifestaros al mundo como discípulas elegidas, las primeras del linaje de las discípulas futuras, cooperadoras de los siervos del Señor.

Tomad el corazón en vuestras propias manos, ese corazón sensible de mujer, y decidle que vosotras, y él con vosotras, habréis de soportar burlas y calumnias; que os escupirán y pisotearán; que todo esto lo recibiréis del mundo, del desprecio, de la mentira, de la crueldad del mundo. Preguntadle si será capaz de recibir todas estas heridas sin gritar de indignación maldiciendo a quienes lo hieren. Preguntadle si se siente con fuerzas de afrontar el martirio moral de la calumnia sin llegar a odiar a los calumniadores y a la Causa por que será calumniado. Y, puesto que deberá beber el odio del mundo, que lo circundará, preguntadle si va a saber emanar siempre amor; si, henchido de amargura de ajenjo, va a saber sacar dulzura; si, sufriendo todo tipo de tortura de incomprensión, escarnio, murmuración, va a saber sonreír señalando con la mano al Cielo, su meta, a la que queréis conducir a los demás (conducirlos por esa caridad de mujer, que es materna incluso en tierna edad, que es materna incluso para con ancianos que podrían ser abuelos vuestros y que de hecho son niños espirituales, recién nacidos, incapaces de comprender y conducirse por el camino, por la vida y la verdad y la sabiduría que he venido a dar con el ofrecimiento de mí mismo: Camino, Vida, Verdad, Sabiduría divina). De todas formas, aunque me dijerais: "No me siento con fuerzas, Señor, para desafiar al mundo entero por ti", os amaría igualmente.

Ayer una jovencita me ha pedido que la inmole antes de que se cumpla la hora de su matrimonio, porque siente que me ama como se debe amar a Dios, o sea, con la totalidad de sí misma, hasta la perfección absoluta en la entrega. Y lo voy a hacer. Le he ocultado la hora para que el alma no tiemble a causa del miedo; o, más que el alma, la carne.

Su muerte será como la de una flor que un atardecer cierra su corola pensando abrirla al día siguiente, pero que no la vuelve a abrir porque el beso de la noche le ha aspirado la vida. Además, lo haré, según su deseo, de forma que su sueño de muerte preceda en pocos días al mío; para no hacer esperar en el Limbo a esta primera virgen mía; para encontrarla enseguida en cuanto muera Yo.

¡No lloréis! Soy el Redentor… Fijaos cómo esta joven santa, que no se limitó al hosanna inmediatamente después del milagro, sino que, cumplido éste, como moneda que puede producir intereses, ha sabido trabajarlo, pasando de la gratitud humana a la sobrenatural, del deseo terreno al ultraterreno, mostrando poseer una madurez de espíritu superior a la de casi todos -digo "casi", pues entre vosotros que me estáis oyendo hay niveles de perfección iguales e incluso superiores -; fijaos, digo, cómo no me ha pedido seguirme, antes bien, ha manifestado su deseo de cumplir su evolución -de niña a ángel -en el secreto de su casa. Bueno, pues, siento tanto amor por ella, que en las horas de amargura, causadas por lo que el mundo es, evocaré a esta dulce criatura y bendeciré al Padre, que me enjuga con estas flores de amor y pureza las lágrimas y sudores de Maestro de un mundo que no me recibe.

Bien, pues -si tenéis el coraje de perseverar como discípulas escogidas -, he aquí que os señalo la tarea que debéis cumplir para justificar vuestra elección y presencia conmigo y con los santos del Señor.

Mucho podéis hacer en ayuda de vuestros semejantes y de los ministros del Señor. Ya se lo dejé entrever a María de Alfeo hace muchos meses. ¡Cuánta necesidad de la mujer ante el altar de Cristo! Una mujer puede -mucho más y mejor que el hombre -tratar las infinitas miserias del mundo, que luego pasarán al hombre para su completa curación. Se os abrirán muchos corazones, especialmente femeninos, a vosotras, mujeres discípulas; los acogeréis como a amados hijos extraviados que vuelven a la casa paterna y que no tienen el coraje de ponerse ante su padre; infundiréis nueva fuerza al culpable, aplacaréis al que condena. Muchos se acercarán a vosotras buscando a Dios: los acogeréis como a fatigados peregrinos, diciendo:

"Ésta es la casa del Señor, Él vendrá enseguida", y, entretanto, los circundaréis de vuestro amor: si no llego Yo, llegará un sacerdote mío.

La mujer sabe amar, está hecha para el amor. Envileció, sí, el amor haciéndolo deseo del sentido, pero, en el fondo de su carne, atrapado vive aún el verdadero amor, la gema de su alma: el amor que no sabe del lodo acre del sentido, el amor hecho de alas y perfumes angélicos, de llama pura, de recuerdos de Dios y de su procedencia de Dios, de recuerdos de que es obra creada por Él. La mujer es la obra maestra de la bondad junto a la obra maestra de la creación, que es el hombre: "Que tenga Adán ahora una compañera para que no se sienta solo". La mujer no debe abandonar a Adán. Aprovechad, pues, esta facultad de amar.

Amad con ella al Cristo y, por El, al prójimo.
Sed plena caridad para con los culpables arrepentidos;

decidles que no tengan miedo de Dios. ¿Cómo no habríais de saber hacerlo vosotras, que sois madres y hermanas? ¿Cuántas veces vuestros pequeñuelos, vuestros hermanitos, estuvieron enfermos y tuvieron necesidad del médico! Y tenían miedo. Pero vosotras, con caricias y palabras de amor, les quitasteis el miedo; y ellos, con su manita en la vuestra, recibieron vuestros cuidados, perdido ya el terror que tenían. Los culpables son vuestros hermanos e hijos enfermos que temen la mano del médico y su sentencia… No, no ha de ser así; vosotras que sabéis lo bueno que es Dios decid que Dios es bueno y que no hay que tenerle miedo. A pesar de que, en tono firme y tajante, dirá: "No volverás a hacer esto jamás", no arrojará de su presencia a aquel que consumó el hecho y enfermó, sino que le asistirá para curarle.

Sed madres y hermanas con los santos, que también necesitan amor. Ellos se fatigarán, se consumirán en la evangelización. Los desbordará la cantidad de cosas que tendrán que hacer. Ayudadlos vosotras con discreción y diligencia. La mujer sabe trabajar, en la casa, sirviendo a las mesas, con las camas, en los telares y en todo aquello que es necesario para la vida cotidiana. El futuro de la Iglesia será un continuo dirigirse de los peregrinos a los lugares de Dios; sed vosotras sus pías hospederas, asumiéndoos los trabajos más humildes para dejar libres a los ministros de Dios para continuar la obra del Maestro.

Vendrán tiempos difíciles, sangrientos, crueles. Los cristianos -incluso los santos -vivirán horas de terror, de debilidad. El hombre no es nunca muy fuerte en el sufrimiento; en cambio, la mujer posee respecto al hombre esta verdadera regalidad del saber sufrir: enseñad esta cualidad al hombre, sosteniéndole en estas horas de temor, de abatimiento, de lágrimas, de cansancio, de sangre. En nuestra historia tenemos ejemplos de magníficas mujeres que supieron cumplir actos de audacia liberadora. Tenemos a Judit, a Yael. De todas formas -debéis creerlo -ninguna es mayor, por ahora, que la madre ocho veces mártir (siete en sus hijos y una en sí misma) del tiempo de los Macabeos. Pero ha de venir otra, a la que seguirán muchas mujeres heroínas del dolor y en el dolor, consuelo de mártires, mártires ellas mismas, ángeles de los perseguidos; mujeres que, cual mudas sacerdotisas, predicarán a Dios con su modo de vivir y que, sin más consagración que la recibida del Dios-Amor, serán verdaderamente personas consagradas y dignas de serlo.

Éstos son, a grandes rasgos, vuestros principales deberes.

No voy a disponer de mucho tiempo para vosotras en particular; os formaréis oyéndome, profundizaréis en vuestra formación bajo la guía perfecta de mi Madre.

Ayer, esta mano materna -Jesús coge con su mano la mano de María -ha conducido a mí a la niña de que os he hablado, la cual me dijo que el solo hecho de escucharla y de estar unas pocas horas a su lado le había servido para madurar el fruto de la gracia recibida, llevándolo a la perfección. No es la primera vez que mi Madre trabaja para el Cristo, su Hijo. Tú y tú, primos míos además de discípulos, sabéis lo que María significa para la formación de las almas en Dios, y se lo podréis decir a quienes -hombres o mujeres -sientan el temor de no haber sido preparados por mí para la misión, o de una insuficiente preparación, cuando Yo ya no esté con vosotros.

Mi Madre estará con vosotros ahora y cuando Yo no esté; y después, una vez que me haya marchado definitivamente.

Ella os queda, y con Ella la Sabiduría en todas sus virtudes; seguid desde ahora todos sus consejos.

Ayer noche, ya solos, estando sentado al lado de mi Madre, como cuando era niño, con mi cabeza apoyada sobre ese hombro suyo tan dulce y fuerte, me dijo -habíamos estado hablando de la jovencita que se había puesto en camino en las primeras horas de la tarde llevándose en su corazón virginal un sol más radiante que el del firmamento: su secreto santo -, me dijo: "¡Qué dulce es ser la Madre del Redentor!".

Sí, qué dulce es cuando la criatura que al Redentor se acerca es ya una criatura de Dios, una criatura en que la única mancha es la de origen -la cual no puede ser lavada sino por mí -y todas las otras manchas de imperfección humana han sido lavadas por el amor. Sí, dulce Madre mía, purísima Guía de las almas hacia tu Hijo, Estrella santa de orientación, Madre suave de los santos, compasiva Criadora de los más pequeños, saludable Cura de los enfermos; sí, pero no siempre vendrán a ti estas criaturas que no contrastan con la santidad: lepras y horrores y hedores y amasijo de serpientes en torno a cosas inmundas se arrastrarán hasta tus pies, ¡oh Reina del género humano!, para gritarte:

"¡Piedad! ¡Socórrenos! ¡Llévanos a tu Hijo!". Entonces habrás de poner esta cándida mano tuya sobre las llagas, inclinarte con tus ojos de paloma paradisíaca hacia las deformidades infernales, aspirar el hedor del pecado, y no huir, antes al contrario, acoger en tu corazón a estos mutilados a causa de Satanás, a estos abortos, a esta podredumbre humana, y lavarlos con el llanto, y traerlos a mí… Entonces dirás: "¡Qué difícil es ser la Madre del Redentor!". Pero tú lo harás, porque eres la Madre… Beso y bendigo estas manos tuyas que tantas criaturas traerán a mí. Cada una será una gloria mía; aunque, antes que mías, Madre santa, tuyas serán estas glorias.

Vosotras, amadas discípulas, seguid el ejemplo de mi Maestra, y de Santiago y Judas, y de todos aquellos que quieran formarse en la gracia y en la sabiduría. Seguid su palabra: es la mía, pero más dulce; nada que añadir a ella, porque es la palabra de la Madre de la Sabiduría.

Y vosotros, amigos míos, sabed tener de las mujeres la humildad y la constancia. Deponiendo la soberbia propia del varón, no despreciéis a las mujeres discípulas, sino, más bien, templad vuestra fuerza -podría incluso añadir "vuestra dureza e intransigencia" -en contacto con la dulzura de las mujeres; pero, sobre todo, aprended de ellas a amar, creer y sufrir por el Señor, pues en verdad os digo que ellas, las débiles, serán las más fuertes en la fe, amor y audacia, en el sacrificio por su Maestro, al que aman con total integridad de sí mismas, sin pedir ni pretender nada, satisfechas sólo de amar para darme conforte y alegría.

Id ahora a vuestras casas o a las en que estáis alojados.

Yo me quedo aquí con mi Madre. Dios sea con vosotros.

Se marchan todos excepto Marta.

-Quédate tú, Marta. Ya he hablado con tu sirviente. Hoy no hospeda Betania, sino la pequeña casa de Jesús. Ven.

Comerás con María y dormirás en el cuarto pequeño que está al lado del suyo. El espíritu de José, conforte nuestro, te confortará mientras duermes, y mañana volverás a Betania más fuerte y más segura, a preparar también allí a mujeres discípulas, en espera de la otra, que tú y Yo amamos más. No dudes, Marta. Nunca prometo en vano. Ahora bien, para transformar un desierto lleno de víboras en un huerto paradisíaco, se requiere tiempo… El primer trabajo no se ve; parece como si nada hubiera cambiado… y sin embargo, la semilla está ya depositada; todas las semillas. Luego vendrá la lluvia del llanto y las abrirá… y los árboles buenos crecerán. ¡Ven! ¡No llores más!

156- Analía, la primera de las vírgenes consagradas

Jesús está con Pedro, Andrés y Juan. Llama a la puerta de la casa de Nazaret. Su Madre abre en seguida. Su rostro, al ver a su Jesús, se ilumina con refulgente sonrisa.
-Regresas en un momento oportuno, Hijo mío. Desde ayer tengo conmigo una paloma pura que te está esperando. Ha venido de lejos. La persona que la ha acompañado no podía quedarse más tiempo. Yo, dado que ella solicitaba consejo, he dicho lo que podía, pero sólo Tú, Hijo mío, eres Sabiduría. Bienvenidos de nuevo también vosotros. Entrad inmediatamente para descansar y reponer fuerzas.

-Sí, quedaos aquí; voy sin demora con esta criatura que me está esperando.

Los tres sienten viva curiosidad, pero en modo diverso: Pedro, como si esperase poder ver a través de las paredes, observa con el rabillo del ojo en todas las direcciones; Juan parece como si quisiera leer en el sonriente rostro de María el nombre de la desconocida; Andrés, que está intensamente ruborizado, clava su mirada en Jesús con toda la fuerza de sus pupilas y una muda súplica tiembla en su mirada y en sus labios.

Pero Jesús no detiene su atención en ninguno. Mientras los tres discípulos se deciden a entrar en la cocina, donde María les ofrece comida y calor de lumbre, Jesús levanta la cortina que tapa la puerta que conduce al huerto jardín, y sale.

Un delicado sol da a las ramas enteramente florecidas del alto almendro del huerto un aspecto más esponjoso e irreal del que ya de por sí tienen; es el único árbol florecido, el más alto de los árboles del huerto, pingüe con su vestido de seda blanco-rosácea entre la desnuda pobreza de los otros (peral, manzano, higuera, parra, granado), estériles y desnudos; pomposo con su velo espumoso y vivo que contrasta con la gris humildad monótona de los olivos… parece como si hubiera atrapado con sus largas ramas una tenuísima nube perdida en el campo zarco del cielo, y que con sus vedijas se hubiera engalanado para decir a todos: «Llega la primavera, tiempo de desposorio. Exultad, plantas y animales. Es el tiempo de los besos con el viento o las abejas, ¡oh flores!; es la hora de los besos bajo las tejas o entre la densa vegetación, ¡oh pajarillos de Dios!, ¡oh cándidas ovejas!: hoy besos, mañana prole, para perpetuar la obra del Creador Dios nuestro.

Jesús, erguido bajo el sol, con las manos cruzadas sobre el pecho, sonríe a la pura y serena gracia del huerto materno, con sus cuadros plantados de azucenas que muestran ya sus primeros haces de hojas, con sus rosales aún desnudos y el olivo tan de plata, con otras familias de flores desperdigadas entre los humildes cuadros de legumbres y verduras en brote; puro, ordenado, delicado, parece espirar también él candor de virginidad perfecta.

-Hijo, ven a mi habitación. Te la traigo, porque al oír tantas voces ha huido a aquel extremo.

Jesús entra en la habitación materna, esa casta, castísima habitacioncita que oyó las palabras del angélico coloquio y que emana, más aún que el huerto, la esencia virginal, angélica, santa, de la Mujer que en ella mora desde hace años y del Arcángel que en ella veneró a su Reina. ¿Han pasado ya treinta años o ayer se produjo el encuentro? Hoy también se ve una rueca con su blando y casi argentino copo de estambre, y en el huso hilo, y, encima de la repisa que está junto a la puerta, un bordado plegado, entre un rollo de pergamino y un jarrón de cobre con una tupida ramita de almendro florecido; hoy también palpita con un ligero vientecillo la cortina de rayas, la que cela el misterio de esta virginal morada; el lecho, ordenado, en su ángulo, sigue teniendo ese aspecto delicado propio del de una niña que apenas haya llegado al umbral de la juventud. ¡Qué sueños se producirán y se habrán producido en esa almohada de escaso grosor!…

La mano de María levanta lentamente la cortina. Jesús, que, en pie, de espaldas a la puerta, estaba contemplando ese nido de pureza, se vuelve.

-Mira, Hijo mío, la traigo a ti; es una cordera y Tú eres su Pastor -y, dicho esto, María -que había entrado llevando de la mano a una jovencita morenita, esbelta, que al verse en presencia de Jesús se ruboriza intensamente -se retira con delicadeza dejando caer la cortina.

Paz a ti, niña.
-La paz… Señor…
La jovencita, muy emocionada, no puede seguir hablando, y se arrodilla rostro en tierra.

-Levántate. ¿Qué deseas de mí? No temas…

-No es miedo… pero… ahora, delante de ti, después de que lo he deseado tanto… todo lo que veía fácil y necesario decirte… ya no me vienen las palabras… ya no me parece eso… Soy tonta… Perdóname, mi Señor…
-¿Estás pidiendo gracia para este mundo? ¿Necesitas un milagro? ¿Tienes que convertir a alguna alma? ¿No? ¿Entonces? ¿Ánimo, habla! Tanto valor como has tenido ¿y ahora te falta? ¿No sabes que Yo soy quien aumenta la fortaleza? ¿Sí? ¿Lo sabes? Pues entonces, ¡venga, habla!; como si Yo fuera un padre para ti. Veo que eres joven.

¿Cuántos años tienes?

-Dieciséis, Señor mío.
-¿De dónde vienes?

-De Jerusalén.

-¿Cuál es tu nombre?

-Analía…

-El amado nombre de mi abuela y de muchas otras santas mujeres de Israel, y, formando uno solo con él, el de la buena, fiel, amorosa y mansa esposa de Jacob. Te traerá buen augurio. Serás una esposa y madre ejemplar. ¿No?

¿Meneas la cabeza? ¿Lloras? ¿Es que te han rechazado?

¿Tampoco es eso? ¿Ha muerto tu prometido? ¿No has sido elegida todavía?

La jovencita sigue meneando la cabeza en señal de negación. Jesús da un paso hacia ella, la acaricia y la fuerza a que levante la cabeza y a que lo mire… La sonrisa de Jesús vence el estado de turbación de la muchacha, que ahora se siente más segura y dice:

-Mi Señor, yo estaría casada y viviría feliz, y además por mérito tuyo. ¿No me reconoces, mi Señor? Soy la enferma de tisis, la novia moribunda que curaste por la oración de tu Juan… Después de tu gracia, yo… mi cuerpo era distinto (sano en lugar del otro, moribundo, que tenía antes); mi alma también era distinta… No sé, pero yo ya no me sentía yo… La alegría de estar curada, la certeza, por tanto, de poder casarme -el hecho de no llegar al matrimonio era lo que de mi muerte me apenaba -no duraron sino las primeras horas. Luego…

La jovencita se siente cada vez más segura, le vuelven las palabras y las ideas que había perdido en el estado de turbación de verse sola con el Maestro…

-…Luego sentí que no debía ser sólo egoísta, pensar sólo: “Ahora seré feliz", sino que debía pensar en algo mayor e ir a ti, a Dios, Padre tuyo y mío. Alguna pequeña cosa, pero que expresase mi gratitud. Pensé mucho y, cuando el sábado siguiente vi a mi prometido, le dije: "Escucha, Samuel.

"Escucha, Samuel. Sin el milagro, yo, pasados unos meses, habría muerto, y me habrías perdido para siempre. Quisiera ofrecerle a Dios un sacrificio -yo contigo -para decirle que lo alabo y le estoy agradecida". Y Samuel respondió enseguida, porque me quiere: "Vamos al Templo juntos a inmolar la víctima". Pero no era eso lo que yo quería. Soy pobre, aldeana, mi Señor; poco sé y menos aún puedo; pero, a través de la mano que habías depositado en mi pecho enfermo, algo había llegado no sólo a mis pulmones horadados sino también adentro del corazón: a los pulmones, salud; al corazón, sabiduría. Yo comprendía que el sacrificio de un cordero no era el que deseaba mi espíritu que te… que te amaba.

La muchacha calla y se sonroja tras esta profesión de amor.

-¡Sigue, sin miedo! ¿Qué quería tu espíritu?

-Sacrificarte algo que fuera digno de ti, ¡oh Hijo de Dios! Y entonces… y entonces yo pensaba que debería ser una cosa espiritual, como corresponde a Dios, o sea, mi sacrificio de alargar la espera del matrimonio por amor a ti, mi Salvador. Gran alegría comporta el matrimonio, ¿sabes? ¡Cuando hay amor es una cosa grande! ¡Un deseo, una ansiedad por casarse!…

Pero yo ya no era la misma de unos días antes. No era para mí ya lo más hermoso… Se lo dije a Samuel y él me comprendió. El también ha decidido hacerse nazareo durante un año, a contar desde el día que debería haber sido la boda, o sea, el día siguiente de las calendas de Adar. Entretanto se puso a buscarte para testificarte su amor por haberle restituido a su prometida, testificarte su amor y conocerte. Y te encontró, pasados muchos meses, en Agua Especiosa. Yo también fui… Tu palabra terminó de cambiarme el corazón.

Ya no me es suficiente el voto de antes… Como ese almendro de ahí fuera, que bajo el sol cada vez más caluroso ha vuelto a la vida tras meses de muerte, y ha florecido y luego dará hojas y luego frutos, así yo también he ido progresando en el conocimiento de lo mejor.

La última vez, ya segura de mí y de lo que quería -durante todos estos meses he estado meditando -, la última vez que estuve en Agua Especiosa ya no estabas, te habían obligado a irte. Mucho lloré y oré, de forma que el Altísimo me escuchó, persuadiendo a mi madre a mandarme aquí con un familiar que iba a Tiberíades para hablar con los cortesanos del Tetrarca. El capataz me había dicho que aquí te encontraría. Encontré a tu Madre. Sus palabras, el simple hecho de escucharla y de estar a su lado estos dos días, han hecho madurar completamente el fruto de tu gracia».

La muchacha se ha arrodillado como si estuviera ante un altar, con las manos cruzadas sobre el pecho.
-Bien, pero, exactamente ¿qué deseas?, ¿qué puedo hacer por ti?

-Señor, querría… querría una cosa muy importante, que solamente Tú, que das la vida y la salud, me la puedes otorgar, pues pienso que lo que puedes dar lo puedes quitar… Yo quisiera que la vida que me has dado me la quitases antes de que termine el año de mi voto…

-Pero, ¿por qué? ¿No te sientes agradecida a Dios por haber recuperado la salud?

-¡Mucho! ¡Infinitamente! Es por una sola cosa: porque viviendo por su gracia y por tu milagro he comprendido lo mejor.

-¿Que es…?

-Que es vivir como los ángeles, como tu Madre, mi Señor, como Tú… como vive tu Juan… Las tres azucenas, las tres llamas blancas, las tres bienaventuranzas de la Tierra, Señor. Sí, porque creo que es una bienaventuranza el poseer a Dios y el que Dios sea propiedad de los puros. Creo que quien es puro es un cielo con su Dios en el centro y los ángeles alrededor… ¡Oh, mi Señor, yo desearía esto!… Poco te he oído, poco he oído a tu Madre, al discípulo y a Isaac, y no he conocido a otros que me dijeran tus palabras, pero es como si mi espíritu te oyera siempre y fueras Tú su Maestro… He dicho, mi Señor…

-Analía, mucho es lo que pides y mucho es lo que das. Hija, has comprendido a Dios y la perfección a que la criatura puede ascender para parecerse y agradar al Purísimo.

Jesús ha cogido entre sus manos la cabeza morena de la muchacha, que sigue arrodillada, y le está hablando inclinado hacia ella.

-El que nació de una Virgen -porque no podía prepararse un nido no hecho de azucenas -se siente nauseado, hija, de la triple libídine del mundo; se curvaría aplastado por tanta náusea si el Padre, que sabe de qué vive su Hijo, no interviniera con sus amorosos auxilios para sostener a su alma angustiada. Los puros son mi alegría; tú me devuelves lo que el mundo me quita con su inexhausta bajeza: ¡benditos seáis por ello el Padre y tú, niña! Ve tranquila. Algo intervendrá y hará eterno tu voto. Sé una de las azucenas esparcidas por los sangrientos caminos del Cristo.

Mi Señor, quisiera también otra cosa…
-¿Cuál?
-No estar cuando llegue tu muerte… No podría ver morir a quien es mi Vida.
Jesús sonríe dulcemente y seca con su mano dos hilos de lágrimas que descienden por la carita morena de la muchacha.
-No llores. Las azucenas nunca están de luto. Reirás con todas las perlas de tu corona angélica cuando veas al Rey coronado entrar en su Reino. Ve. Que el Espíritu del Señor te adoctrine entre una venida mía y la otra. Te bendigo con el fuego del Eterno Amor.

Jesús se asoma al huerto y dice:

-¡Madre! Aquí tienes a una hijita toda para ti. Ahora es feliz. Sumérgela en tus candores, ahora y cada vez que vayamos a la Ciudad Santa, para que sea nieve de pétalos ce-lestes esparcida sobre el trono del Cordero.
Y Jesús vuelve con los suyos mientras María se queda con la muchacha, acariciándola.

Pedro, Andrés y Juan lo miran con ademán interrogativo. El rostro resplandeciente de Jesús les manifiesta su alegría.
Pedro no se contiene y pregunta:

-¿Con quién has estado hablando tanto, Maestro mío? ¿Qué has oído para estar tan radiante de alegría?

-Con una mujer que está en el alba de la vida; con la mujer que será el alba de muchas otras que han de venir.

-¿Quiénes?
-Las vírgenes.

Andrés dice en voz baja para sí mismo:
-No es ella…

-No, no es ella. De todas formas, no te canses de orar, con paciencia y bondad. Cada palabra de tu oración es como un reclamo, una luz en la noche; la sostienen y la guían.

-Pero, ¿a quién espera mi hermano?
-Espera a un alma, Pedro. Es una gran miseria que quiere transformar en una gran riqueza.

-¿Y dónde la ha encontrado Andrés, que no se mueve nunca, no habla nunca y no tiene nunca iniciativas?

-En mi camino. Ven conmigo, Andrés, vamos a donde Alfeo, a bendecirlo en compañía de sus muchos nietos. Vosotros esperadme en casa de Santiago y Judas. Mi Madre necesita estar sola todo el día.

Y yendo así, unos a una parte otros a otra, el secreto envuelve la alegría de la primera consagrada a la virginidad por amor a Cristo.

155- Curación de la niña romana en Cesárea

Dice Jesús:

-Pequeño Juan, (María Valtorta) ven conmigo, que quiero que escribas una lección para los consagrados de hoy.

Observa y escribe.

Jesús está todavía en Cesárea Marítima. Ya no es la plaza de ayer sino un lugar situado más en el interior de la ciudad, desde el cual, no obstante, se ven todavía el puerto y las naves. Aquí hay muchos fondaques y establecimientos comerciales; si a ello añadimos que en este espacio terroso hay, además, esteras extendidas en el suelo con mercancías varias, deduzco que se trata de zona de mercados (quizás estaban cerca del puerto y de los almacenes por comodidad de navegantes y compradores de las mercancías traídas por mar). Hay un fuerte runruneo e ir y venir de gente.

Jesús está esperando con Simón y sus primos a que los otros consigan las provisiones necesarias. Unos niños miran con curiosidad a Jesús, el cual los acaricia dulcemente mientras habla con sus apóstoles. Dice Jesús:

-Me duele este descontento por el hecho de que Yo entable relaciones con los gentiles, pero no puedo hacer sino lo que debo y debo ser bueno con todos. Esforzaos en ser buenos al menos vosotros tres y Juan; los otros os seguirán por imitación.

-Pero ¿cómo se puede ser bueno con todos? A fin de cuentas, ellos nos desprecian y nos oprimen; no nos comprenden, están llenos de vicios… -dice Santiago de Alfeo justificándose.

-¿Que cómo puede ser? ¿Tú estás contento de haber nacido de Alfeo y María?

-Sí, claro. ¿Por qué me preguntas esto?

-Y si Dios te hubiera preguntado antes de tu concepción, ¿habrías querido nacer de ellos?

-Pues claro. No comprendo…

-Y si en vez de ello hubieras nacido de un pagano, al oírte acusar de haber querido nacer de un pagano, ¿qué habrías dicho?

-Habría dicho… habría dicho: "No tengo la culpa. He nacido de él, pero podría haber nacido de otro". Habría dicho: "Vuestra acusación es injusta; si no obro el mal, ¿por qué me odiáis?"

-Tú lo has dicho. También éstos, que despreciáis por ser paganos, pueden decir lo mismo. No por méritos propios has nacido de Alfeo, que es un verdadero israelita. Lo que tienes que hacer es agradecérselo al Eterno, nada más, porque te ha otorgado un gran regalo, y, como signo de gratitud y con humildad, tratar de conducir al Dios verdadero a otros que no tienen este don. Hay que ser bueno.

-¡Es difícil amar a quien no se conoce!

-No. Mira. Tú, pequeñuelo, ven aquí.

Se acerca un niño de unos ocho años, que estaba jugando en un ángulo con otros dos chiquillos. Es un niño robusto, de pelo muy moreno aunque de tez blanquísima.

-¿Quién eres?

-Soy Lucio, Cayo Lucio de Cayo Mario, romano, hijo del decurión de guardia, que se quedó aquí después de la herida».

-¿Y ésos quiénes son?

-Isaac y Tobías; pero no se debe decir porque no se puede. Les pegarían.

-¿Por qué?
-Porque son hebreos y yo romano. No se puede.

-Pero tú vas con ellos… ¿Por qué?

-Porque somos amigos; jugamos siempre a los dados y al saltarel juntos; pero no deben vernos.

-¿Y a mí me querríais? Yo soy también hebreo, y no soy un niño. Fíjate, soy un maestro, como si dijéramos un sacerdote.

-¡Qué más da! Si me quieres, te quiero; y te quiero, porque me quieres.

-¿Por qué lo sabes?

-Porque eres bueno y quien es bueno quiere a los demás.

-Ved, amigos: el secreto para amar es ser buenos; si se es bueno se ama, sin pensar si éste es o no de una determinada fe.

Y Jesús, llevando de la mano al pequeño Cayo Lucio, va a donde los niños hebreos, que se habían escondido asustados tras el atrio de una casa, a acariciarlos, y les dice:

-Los niños buenos son ángeles. Los ángeles tienen una sola patria: el Paraíso; una sola religión: la del único Dios; un solo Templo: el corazón de Dios. Quereos como ángeles siempre.

-Pero, si nos ven nos pegan…

Jesús no responde; se limita a mover la cabeza con un sentimiento de amargura.

Una mujer alta y de buen tipo llama a Lucio. El niño deja a Jesús mientras grita:

-¡Es mi mamá! -y a la mujer le grita: « ¡Mira el amigo que tengo! ¡Es grande! ¡Es un maestro!…

La mujer no se marcha con su hijo, sino que se acerca a Jesús y le pregunta:

-¡Hola! ¿Eres el hombre de Galilea que ayer habló en el puerto?

-Soy Yo.

-Espérame aquí entonces. Tardo poco. Y se va con su pequeñuelo. Entretanto han llegado también los otros apóstoles, excepto Mateo y Juan, y preguntan:

-¿Quién era?

-Una romana, creo -responden Simón y los demás.
-¿Y qué quería?

-Ha dicho que espere aquí. Lo sabremos.
Entretanto, algunas personas, curiosas, se han acercado y se ponen a esperar también.

Vuelve la mujer con otros romanos:
-¿Entonces eres Tú el Maestro? -pregunta uno que tiene apariencias de doméstico de una casa señorial. Habiéndole sido confirmado, pregunta:

« ¿Sentirías aversión por curar a una hijita de una amiga de Claudia? La niña está agonizando. Se ahoga. El médico no sabe de qué se está muriendo. Ayer tarde estaba sana, esta mañana ya estaba agonizando.
-Vamos.

Andan un poco por una calle que lleva al lugar de ayer.

Llegan al portal de una casa que parece habitada por romanos y que está abierta de par en par.

-Espera un momento.

El hombre entra rápido. Casi inmediatamente se asoma de nuevo y dice:
-Ven.

Pero, sin darle ni siquiera tiempo a Jesús de entrar, sale de la casa una joven de aspecto señorial, aunque con una angustia más que evidente. Lleva en brazos a una criaturita de pocos meses, como muerta, ya cárdena, como una persona que se esté ahogando. Yo diría que tiene una difteria mortal y que está en los últimos instantes de su vida. La mujer busca amparo en el pecho de Jesús como un náufrago en un escollo. Su llanto es tan grande, que no es capaz de hablar.

Jesús toma a la criaturita, que manifiesta pequeños movimientos convulsivos en las manitas céreas, con sus uñitas ya violáceas. La alza. La cabecita queda colgando hacia atrás sin fuerza. La madre, perdida su soberbia de romana frente a un hebreo, se ha deslizado hasta los pies de Jesús, al suelo, y llora con el rostro alzado, los cabellos medio desgreñados, los brazos extendidos, estrujando la túnica y el manto de Jesús. Detrás y alrededor, mirando, hay romanos de la casa y mujeres hebreas de la ciudad.

Jesús moja en su saliva su dedo índice derecho y lo mete en la boquita jadeante. Lo introduce hacia abajo. La niña forcejea. Su tez se ennegrece aún más. La madre grita:

-¡No! ¡No! -y se contuerce como traspasada por un puñal.

La gente contiene la respiración…

Pero el dedo de Jesús sale junto con un amasijo de membranas purulentas. La niña deja de forcejear. Luego, emite un tierno gemido de llanto y se calma con inocente sonrisa, manoteando y moviendo los labios como un pajarillo cuando pía y agita las alitas en espera del cebo.

-Toma, mujer. Dale la leche. Está curada.

La madre está en tal modo turbada, que coge a la pequeñuela y, así como estaba, en el suelo, la besa, la acaricia toda para sí, le da el pecho, enajenada, olvidada de todo lo que no sea su hijita.

Un romano le pregunta a Jesús:

-Pero ¿cómo lo has conseguido? Soy el médico del Procónsul, soy docto, he tratado de quitar la obstrucción, pero estaba muy abajo, demasiado abajo… Y Tú… así…
-Eres docto, pero no tienes contigo al Dios verdadero.

¡Sea Él en esto glorificado! ¡Adiós!

Y Jesús hace ademán de querer marcharse. Pero he aquí que un pequeño grupo de israelitas siente la necesidad de intervenir:

-¿Cómo te has permitido acercarte a extranjeros? Son impuros, están corrompidos, quienquiera que se acerque a ellos queda contaminado.

Jesús mira fijamente, severamente, a los tres, y dice:

-¡No eres tú Ageo, el hombre de Azoto que vino aquí el pasado Tisrí para negociar con el mercader que está al pie de los muros del viejo fontanar?

¿Y tú no eres José de Rama, que vino también aquí -y tú sabes, como Yo, por qué -a consulta del médico romano? ¿Y entonces? ¿No os sentís vosotros impuros?

-Un médico no es nunca extranjero. Cura el cuerpo, que es igual para todos.

-A mayor razón lo es el alma. Pero además, ¿Qué he curado Yo? El cuerpo inocente de un párvulo, medio con que espero curar las almas no inocentes de los extranjeros. Como médico y Mesías, por tanto, puedo tratar con cualquiera.

-No puedes.
-¿No, Ageo? ¿Y tú por qué tratas con el mercader romano?

-Mi contacto con él es sólo a través de la mercancía y del dinero.

-Y entonces, dado que no tocas su carne, sino solamente lo que ha tocado su mano, no te parece que te contamines…

¡Oh, ciegos y crueles!

Escuchad todos. Precisamente en el libro del Profeta cuyo nombre lleva éste está escrito: "Plantea a los sacerdotes esta cuestión sobre la Ley: “Si un hombre lleva carne santificada en el vuelo de su túnica y con él toca luego viandas, pan o aceite u otros alimentos, ¿quedarán estas cosas santificadas?” (Ageo 2, 11 y siguientes). Y los sacerdotes respondieron: “No”. Entonces Ageo dijo: `Si uno, impuro a causa de un muerto, toca una de estas cosas, ¿quedará contaminada?'. Y los sacerdotes respondieron: Si"'.

Por esta subrepticia, engañosa, incoherente manera de actuar ponéis obstáculo al Bien y lo condenáis y sólo aceptáis lo que os produce algún beneficio; en ese caso cesan indignación, asco y aversión.

Distinguís -si no os acarrea un perjuicio personal -lo impuro, que hace a uno impuro, de lo que no lo es. ¿Cómo sois capaces, bocas mentirosas, de profesar que lo que ha sido santificado por haber tocado carne santa o cosa santa no santifica lo que toca, y lo que ha tocado una cosa impura puede convertir en impuro lo que toca?

¿No comprendéis que os contradecís, ministros embusteros de una Ley de Verdad de la que os aprovecháis? Vosotros la retorcéis como si fuera una soga, según que os lo pida vuestro anhelo de obtener de ella algún provecho.

Fariseos hipócritas, que bajo pretexto religioso dais rienda suelta a vuestra rencorosa envidia humana, enteramente humana; profanadores de lo que a Dios pertenece; insultadores y enemigos del Mensajero de Dios.

En verdad, en verdad os digo que todo acto vuestro, toda conclusión vuestra, todo movimiento vuestro tiene en la base todo un mecanismo astuto constituido por ruedas, resortes, contrapesos, tirantes, que son vuestros egoísmos, pasiones, insinceridad, odios, anhelo de imponerse a los demás, envidias.

¡Deberíais avergonzaros! Codiciosos, cobardes, rencorosos, que vivís en el miedo orgulloso de que alguno, aun no siendo de vuestra casta, os aventaje. ¡Mereced ser como ese que os infunde miedo y os produce ira! Como dice Ageo, de un montón de veinte celemines hacéis uno de diez, y de cincuenta barriles veinte, y os quedáis con la diferencia, mientras que, tanto por dar ejemplo a los demás como por el amor debido a Dios, deberíais no quitar sino añadir de lo vuestro al conjunto de los celemines y barriles en pro de quien pasa hambre; y es así que merecéis que el viento abrasador, la herrumbre y el granizo hagan infecundas toda obra de vuestras manos.

¿Quién de entre vosotros viene a mí? Éstos, estos que para vosotros son estiércol y desecho, estos supremos ignorantes que ni siquiera saben que existe el verdadero Dios vienen a quien lleva en las palabras y en las obras a este Dios.

Sin embargo, vosotros… ¡Ah, os habéis hecho un nicho y en él estáis! Secos, fríos como ídolos que esperan incienso y adoración. Dado que os creéis dioses, os parece inútil pensar en el verdadero Dios en el modo debido, y veis peligroso el que otros se propongan lo que vosotros no os proponéis.

En verdad, no podéis proponéroslo porque sois ídolos, y porque sois siervos del ídolo. Pero quien intenta puede, porque no obra él, sino Dios en él.

¡Idos! Referid a quien os ha enviado a pisarme los talones que detesto a los mercaderes que juzgan que el vender mercancías, patria o Templo a quienes les ofrecen dinero no contamina. Decidles que siento repugnancia por los degenerados cuyo único culto es la propia carne y sangre y juzgan que el trato con el médico extranjero para curación de éstas no contamina. Decidles que la medida es igual, que no hay dos medidas. Decidles que Yo, el Mesías, el Justo, el Consejero, el Admirable, aquel sobre quien descenderá el Espíritu del Señor en sus siete dones, aquel que no juzgará por lo que se presenta ante los ojos sino por lo secreto de los corazones, aquel que no condenará por lo que oiga con los oídos sino por las voces espirituales que oiga en el interior de cada hombre, aquel que se pondrá de la parte de los humildes y juzgará con justicia a los pobres, aquel que soy Yo, porque esto soy Yo, ya está juzgando y castigando a los que en este mundo son sólo tierra; el soplo de mi respiro hará morir al impío y devastará su guarida, mientras que para quienes, deseosos de justicia y fe, vengan a mi monte santo a saciarse de la Ciencia del Señor, será Vida y Luz, Libertad y Paz. Esto es Isaías, ¿no es verdad? (11, 1 y siguientes)

¡El pueblo de mi propiedad! Enteramente viene de Adán y Adán viene de mi Padre; todo él es, por tanto, obra del Padre, y a todos debo reunir en torno al Padre. Yo los conduzco a ti, Padre santo, eterno, potente; conduzco a ti a los hijos errantes después de congregarlos con la voz del amor, bajo mi cayado pastoral, semejante al que Moisés levantó contra las serpientes de muerte. Para que Tú tengas tu Reino y tu pueblo. Y no hago distinciones, porque en el fondo de todos los vivientes veo un punto que resplandece más que el fuego: el alma, una chispa tuya, eterno Esplendor. ¡Oh, eterno deseo mío! ¡Oh, voluntad incansable mía!

Esto quiero, en esto ardo: una tierra que por entero cante tu Nombre, una humanidad que te llame Padre, una redención que a todos salve, una voluntad fortalecida que haga a todos obedientes a tu voluntad, un triunfo eterno que llene el Paraíso de un hosanna sin fin… ¡Oh, multitud de los Cielos!… Sí, veo la sonrisa de Dios… y es el premio contra toda dureza humana.

Mas los tres israelitas ya han huido bajo la granizada de reproches. Los otros, todos, romanos o hebreos, se han quedado boquiabiertos. En cuanto a la mujer romana, con su pequeñuela ya satisfecha de leche y durmiendo plácidamente sobre el regazo materno, está allí, en el mismo sitio de antes, casi a los pies de Jesús, y llora de alegría materna y de emoción espiritual. Muchos lloran por el arrollador cierre de Jesús, que en este éxtasis parece llamear.

Y Jesús, bajando los ojos y el espíritu del Cielo a la tierra, ve a la gente, ve a la madre… y, al pasar, tras un gesto de adiós a todos, roza con su mano a la joven romana, como para bendecirla por su fe. Y se marcha con los suyos, mientras la gente, todavía estupefacta, permanece en el lugar…

(La joven romana, si no es una semejanza fortuita, es una de las romanas, Valeria y su hija Faustina, que estaban con Juana de Cusa en el camino del Calvario. Pero, puesto que aquí nadie la ha llamado por su nombre, no puedo asegurarlo).

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