154- Jesús en Cesárea Marítima habla a los galeotes. Las fatigas del apostolado

Jesús está en el centro de una plaza amplia, bastante bonita, que se prolonga en una calle muy ancha (casi es una continuación de la plaza, hasta la orilla del mar).

Una galera parece haber dejado hace poco el puerto y sale a mar abierto impulsada por el viento y los remos, mientras que otra debe estar haciendo las maniobras para atracar, como se deduce del hecho de que están plegando velas y de que los remos se mueven sólo por una banda para hacer virar a la nave en la posición conveniente. El puerto, desde la plaza, no se ve, pero debe estar cerca.

En los lados de la plaza hay series de casas grandes, con las típicas paredes exteriores casi exentas de vanos; no hay ningún establecimiento de comercio. 

-¿A dónde vamos ahora? Has querido venir aquí en vez de ir al lado oriental; éste es un lugar de paganos, ¿quién crees que te va a escuchar? -dice Pedro en tono de desaprobación.

-Vamos allí, a aquel ángulo que se abre hacia el mar; allí voy a hablar.
-A las olas.
-También las olas han sido creadas por Dios.
Y van...

Ahora están justo en ese ángulo. Ven el puerto, donde está entrando lentamente la galera vista antes. Ahora la amarran en el lugar destinado a ella. Algún marinero se da al ocio a lo largo de los espigones; algún vendedor de fruta se arriesga a ir hacia la nave romana a vender su mercancía; nada más.

Jesús, arrimado de espaldas a una pared, da verdaderamente la impresión de que estuviera hablando a las olas. Los apóstoles, poco satisfechos de la situación, están en torno a Él, parte en pie, parte sentados en piedras colocadas acá o allá con la intención de que sirvan de banquetas.

-Insensato el hombre que, viéndose poderoso, sano, feliz, dice: "¿De qué tengo necesidad?, ¿de quién? De nadie tengo necesidad. Nada me falta, me basto a mí mismo. Las leyes y decretos de Dios y de la moral, para mí, son nulos. Mi ley consiste en hacer lo que está en mi mano, sin preocuparme de si beneficia o perjudica a los demás".

Uno de los vendedores se vuelve al oír esa voz sonora y se acerca hacia Jesús, que continúa diciendo:

-Así hablan el hombre y la mujer que no tienen ni sabiduría ni fe. Con ello muestran su mayor o menor poder, mas denuncian su parentesco con el Mal.

Algunos hombres bajan de la galera y de otras barcas y se dirigen hacia Jesús.

-El hombre demuestra, no con las palabras sino con los hechos, que está emparentado con Dios y la virtud cuando considera que la vida es más mudable que las olas del mar, ahora calmas, mañana furiosas. Del mismo modo, el bienestar y poder de hoy pueden ser mañana miseria e impotencia. ¿Qué hará entonces el hombre que no vive unido a Dios? ¿Cuántos de los que ahora están en esa galera un día vivían dichosos y gozaban de poder, y ahora son esclavos y se los considera reos! Reos: por tanto, doblemente esclavos (de la ley humana, en vano burlada porque existe y castiga a sus transgresores, y de Satanás, quien para siempre se apodera de los culpables que no llegan a odiar su culpa).

-¡Hola, Maestro! ¿Cómo por aquí? ¿Sabes quién soy?

-Que Dios sea contigo, Publio Quintiliano. ¿Ves como he venido?

-Y además al barrio romano. Ya no tenía esperanzas de volver a verte. Me alegra poder escucharte.

-Yo también me alegro. ¿Hay muchos en los remos en esa galera?

-Muchos. La mayoría son prisioneros de guerra. ¿Te interesan?

-Quisiera acercarme a esa nave.

-Ven. Abrid paso vosotros -ordena a los pocos que se habían acercado y que se apartan enseguida farfullando improperios.

-Déjalos también a ellos. Estoy acostumbrado a que me apretuje la gente.

-Hasta aquí puedo, pero más no. Es una galera militar.
-Me es suficiente. Que Dios te lo pague.

Jesús reanuda su discurso. El romano, verdaderamente espléndido con el indumento que lleva, parece montar guardia a su lado.

-Esclavos por un doloroso suceso, esclavos una sola vez, esclavos mientras dura la vida. Cada una de las lágrimas que cae sobre sus cadenas, cada uno de los golpes descargados sobre sus carnes para huella escrita de un dolor, afloja los grilletes, orna lo que no muere, abre finalmente para ellos la paz de Dios, que es amigo de sus pobres hijos infelices, a los que dará copiosa alegría, puesto que aquí el dolor abundó.

En la obra muerta de la galera se ven hombres de la tripulación, que se han asomado y se han puesto a escuchar. A los galeotes, naturalmente, no se les ve, pero oyen por todos los agujeros de las cuadernas la voz potente de Jesús, que se difunde por el aire calmo de esta hora de baja marea. Publio Quintiliano se ha marchado requerido por un soldado.

-Quiero decirles a estos desdichados amados de Dios que se resignen en su dolor, que hagan de él llama que abra las cadenas de la galera y de la vida, consumiendo en el deseo de Dios este pobre día que es la vida, día oscuro, borrascoso, colmado de miedo y de fatigas, para entrar en el día de Dios, luminoso, sereno, ya sin miedos ni decaimientos. Basta con que sepáis, vosotros, mártires de una penosa suerte, ser buenos en vuestro sufrimiento, basta con que aspiréis a Dios, para que entréis en la gran paz, en la infinita libertad del Paraíso.

En esto, vuelve Publio Quintiliano con otros soldados; tras él unos esclavos traen una litera para la que los soldados consiguen un sitio.

«-¿Quién es Dios? Estoy hablando a gentiles que no saben quién es Dios, a hijos de pueblos sometidos que no saben quién es Dios. En vuestros bosques, vosotros galos, iberos, tracios, germanos, celtas, tenéis sólo una apariencia de Dios.

El alma tiende a la adoración, espontáneamente, porque se acuerda del Cielo. Pero no sabéis encontrar al Dios verdadero que ha puesto un alma en vuestros cuerpos, un alma igual que la nuestra, israelitas, igual que la de los poderosos romanos que os han subyugado, un alma que tiene los mismos deberes y derechos respecto al Bien y a la que el Bien, es decir, el Dios verdadero, será fiel; sedlo igualmente vosotros respecto al Bien. El dios, o los dioses, a los que hasta ahora habéis adorado, aprendiendo su nombre o sus nombres en las rodillas maternas; el dios en que ahora quizás ya no pensáis porque no sentís que os consuele en nada vuestros sufrimientos, o al que quizás incluso odiáis o maldecís en vuestras jornadas desesperadas, ése, no es el Dios verdadero.

El Dios verdadero es Amor y Piedad. ¿Acaso eran esto vuestros dioses? No. Más bien manifestaban dureza, crueldad, engaño, hipocresía, vicio, latrocinio... y ahora os han dejado sin ese mínimo consuelo de la esperanza de ser amados y la certeza del descanso tras tanto sufrimiento. Esto sucede porque vuestros dioses no existen. Sin embargo, Dios, el Dios verdadero que es Amor y Piedad, cuya segura existencia Yo os declaro, es Aquel que ha hecho los cielos, los mares, montes, bosques, plantas, flores, animales... y al hombre; es Aquel que inculca al hombre victorioso la piedad y amor que Él mismo es hacia los pobres de la tierra.

Y vosotros los poderosos, los dominadores, pensad que sois todos de una única planta. No os ensañéis con aquellos a quienes la desventura ha puesto en vuestras manos; sed humanos con los que por un delito están amarrados al banco de la galera. El hombre peca muchas veces. No hay ninguno exento de culpas más o menos celadas. Si pensarais esto, ¡cuán buenos seríais para con los hermanos que, menos afortunados que vosotros, han recibido castigo por culpas en que también vosotros habéis incurrido y que no os han sido castigadas! La justicia humana adolece gravemente de exactitud cuando juzga.

¡Ay, si lo mismo fuera la justicia divina! Hay reos que no parecen tales, hay inocentes a los que se juzga reos; no indaguemos por qué: ¿sería acusación demasiado grave para el hombre injusto y lleno de odio hacia su semejante! Hay reos que efectivamente lo son, pero que cometieron el delito movidos por fuerzas imperiosas que, en parte, aligeran la culpa. Sed humanos, por tanto, vosotros que habéis sido colocados al frente de las galeras. Por encima de la justicia humana hay una Justicia divina que es mucho más alta: la del Dios verdadero, la del Creador del rey y del esclavo, de la roca y del granito de arena.

Él os mira, tanto a los que estáis en los remos como a quienes tenéis el encargo de regirlos ¡ay de vosotros si arbitrariamente sois crueles!; Yo, Jesucristo, el Mesías del Dios verdadero, os aseguro que Él, el día de vuestra muerte, os atará al banco de una galera eterna y pondrá en manos de los demonios el látigo ensangrentado y seréis torturados y azotados como vosotros torturasteis; porque, si bien es ley humana el castigo del reo, es necesario no exceder la medida. Sabed recordar esto. Quien hoy es poderoso mañana puede ser un miserable; sólo Dios es eterno.

Quisiera cambiaros el corazón y, sobre todo, romper vuestras cadenas, devolveros la libertad y patria perdidas; pero, hermanos galeotes que no veis mi rostro, hermanos galeotes cuyo corazón con todas sus heridas conozco, por la libertad y la patria terrenas que no os puedo dar, ¡oh, pobres esclavos de los poderosos!, os daré una libertad y una patria más altas. Por vosotros me he hecho prisionero, ausente estoy de mi patria, por vosotros me entregaré Yo mismo como rescate; para vosotros, sí, también para vosotros, que no sois oprobio de la Tierra como os llaman, sino signo de vergüenza para el hombre que olvida la medida del rigor de la guerra y de la justicia, haré una nueva ley sobre la Tierra y una dulce morada en el Cielo.

Recordad mi Nombre, hijos de Dios que lloráis: es el nombre del Amigo. Repetidlo en medio de vuestros padecimientos. Estad seguros de que si me amáis me tendréis, aunque no nos veamos jamás en esta Tierra. Soy Jesucristo, el Salvador, el Amigo vuestro. En nombre del Dios verdadero os consuelo. La paz descienda pronto sobre vosotros.

La gente, en su mayoría romanos, se ha agolpado en torno a Jesús, cuyos conceptos nuevos han producido el asombro de todos.

-¡Por Júpiter, me has hecho pensar en cosas en las que nunca había pensado y que siento verdaderas!

Publio Quintiliano mira a Jesús, pensativo y cautivado al mismo tiempo.

Así es, amigo. Si el hombre usara su pensamiento, no llegaría a la comisión del delito.

-¡Por Júpiter, por Júpiter, qué palabras! ¡Tengo que recordarlas! ¿Has dicho: "si el hombre usase su pensamiento..."

...No llegaría a la comisión del delito.

-¡Pues claro!, ¡es verdad! ¡Por Júpiter! ¿Sabes que eres grande?

-Todo hombre que quisiera podría serlo como Yo, si fuera enteramente uno con Dios.

El romano continúa su serie de "¡por Júpiter!", a cuál más exclamativo.

Jesús por su parte le dice:

-¿Podría dar a esos galeotes algo que los consolara? Tengo dinero... Fruta, algo que los alivie; para que sepan que los amo.

-Dámelo. Puedo hacerlo. Además ahí hay una dama muy poderosa. Voy a preguntárselo.

Publio se acerca a la litera y habla muy cerca de las cortinas en las que ha sido abierto apenas un resquicio. Vuelve.

-Tengo plenos poderes para ello. Me ocuparé yo mismo de la distribución, de forma que los esbirros no se aprovechen abusivamente. Será la única vez que un soldado imperial ejercite la piedad con los esclavos de guerra.

-La primera, no la única. Llegará el día en que no habrá esclavos; pero ya antes mis discípulos habrán descendido a los galeotes y esclavos para llamarlos hermanos.

Otra serie de “¡Por Júpiter!" recorre el ambiente calmo; mientras, Publio espera a tener suficiente fruta y vino para los  galeotes. Luego, antes de subir a la galera, le dice a Jesús al oído:

-Ahí dentro está Claudia Prócula. Quisiera oírte hablar en otra ocasión; ahora quiere preguntarte algo. Ve.

Jesús se acerca a la litera.

-¡Hola, Maestro!

La cortina apenas se abre un poco, dejando ver a una hermosa mujer de unos treinta años.

-Descienda sobre ti el deseo de la sabiduría.

-Has dicho que el alma tiene recuerdo del Cielo. ¿Es eterna, entonces, esa cosa que decís que poseemos?

-Es eterna. Por eso tiene recuerdo de Dios, del Dios que la ha creado.

-¿Qué es el alma?

-El alma constituye la verdadera nobleza del hombre. Tú eres gloriosa por ser de los Claudios; pues más lo es el hombre, por ser de Dios. Por tus venas corre la sangre de los Claudios; poderosa familia, pero que tuvo origen y tendrá fin. Dentro del hombre, por razón del alma, fluye la sangre de Dios, porque el alma es la sangre espiritual -siendo Dios Espíritu purísimo -del Creador del hombre: de Dios eterno, potente, santo.

El hombre es, pues, eterno, potente, santo, por el alma que hay en él y que vive mientras está unida a Dios.

-Yo soy pagana, por tanto no tengo alma...

-La tienes, aunque sumida en letargo; despiértala a la Verdad y a la Vida.

-Adiós, Maestro.

-Que la Justicia te conquiste. Adiós.

-Como habéis podido ver, aquí también he tenido auditorio -dice Jesús a sus discípulos.

-Sí, pero, menos los romanos, ¿quién te habrá entendido? ¡Son bárbaros!

-¿Que quién?... Todos. Llevan consigo la paz. Se acordarán de mí mucho más que otros de Israel. Vamos a la casa que nos ofrece la comida.

-Maestro, la mujer ésa es la misma que me habló aquel día que curaste a aquel enfermo; la he reconocido -dice Juan.

-Daos cuenta, pues, que también aquí había quien nos esperaba. Pero... no os veo muy conformes. Mucho habré hecho el día que haya conseguido persuadiros de que he venido no sólo para los hebreos sino para todos los pueblos, y de que os he preparado para todos ellos. Una cosa os digo: de vuestro Maestro recordad todo; no hay hecho alguno, por insignificante que fuere, que no esté llamado a ser para vosotros, un día, regla en el apostolado.

Ninguno responde. Jesús sonríe -no sin tristeza -compasivo.

“Esta mañana me ha sonreído a mí también... (habla María Valtorta)

Estaba sumida en un desaliento tan completo, que me he echado a llorar por muchas cosas; entre ellas no la última el cansancio de estar siempre escribiendo con la convicción de que tanta bondad de Dios y tanto esfuerzo del pequeño Juan (como Jesus cariñosamente la llamaba) son completamente inútiles.

Y, llorando, he invocado a mi Maestro, y, dado que por bondad suya ha venido enteramente para mí, le he manifestado lo que había pensado.

Él se ha encogido de hombros, como queriendo decir: « ¡Bah..., déjale al mundo con sus historias!» y me ha acariciado diciendo: « ¿Y entonces? ¿No quieres seguir ayudándome? ¿Que el mundo no quiere conocer mis palabras?

Bueno, pues nos las decimos entre nosotros dos; así nos alegraremos ambos: Yo, repitiéndolas a un corazón fiel; tú, oyéndolas. ¡Ah..., las fatigas del apostolado!...

¡Abaten más que las de cualquier otro trabajo! Quitan la luz al más sereno de los días, dulzor al más dulce de los manjares. Todo se transforma en ceniza y lodo, náusea y hiel. Y, sin embargo, alma mía, las horas en que tomamos sobre nuestras espaldas el cansancio, la duda y miseria de los mundanos que mueren porque no poseen lo que nosotros tenemos son las horas en que más hacemos. Ya te lo dije el año pasado. "¿En pro de qué?", se pregunta el alma sumergida bajo lo que sumerge al mundo, es decir, las olas procedentes de Satanás. Y el mundo se ahoga, cosa que no le sucede al alma que está clavada con su Dios en la cruz; ésta pierde, sí, durante un instante la luz y se hunde bajo la ola nauseabunda del cansancio espiritual, pero luego vuelve a la superficie, más fresca y hermosa. El que digas: "Ya no valgo para nada positivo" es consecuencia de este cansancio. Jamás valdrías, pero Yo soy siempre Yo, y, por tanto, serás siempre capaz de cumplir bien tu misión de portavoz. Claro que, si viera que, cual pesada y preciosísima gema, escondieran mi don con avaricia, o lo usaran imprudentemente, o, por desidia, no se tratara de tutelar con las necesarias garantías -por las maldades humanas -propias de estos casos tanto el don como a la criatura a través de la cual es otorgado éste, Yo diría mi "¡basta!", y esta vez sin posibilidad de vuelta atrás; "¡basta!" para todos, excepto para mi pequeña alma que hoy parece una florecilla bajo un aguacero. ¿Podrás, acaso, con estas caricias mías, dudar de que te amo? ¡Venga!

¡Ánimo! Me ayudaste mientras la guerra, sígueme ayudando. Hay mucho que hacer.

Y así me he calmado, experimentando la caricia de la larga mano y de esa sonrisa tan dulce de mi Jesús, cándido como siempre cuando es enteramente para mí.

153- Las mujeres allegadas a los discípulos al servicio de Jesús

-¿Qué te pasa, Pedro? Te veo disgustado -pregunta Jesús. Van por el campo, por un camino estrecho, bajo ramas florecidas de almendros, que ya anuncian a los hombres que el tiempo peor ha terminado.

-Estoy pensando, Maestro.

-Ya te veo. Pero tu aspecto dice que no estás pensando en cosas agradables.

-De todas formas, Tú sabes todo sobre nosotros; ya sabes en lo que estoy pensando.

-Sí, sé en lo que estás pensando, como también Dios Padre conoce las necesidades del hombre, y, no obstante, quiere que el hombre muestre la confidencia de exponer las propias necesidades y de pedir ayuda. Lo que sí te puedo decir es que estando así, disgustado, yerras.

-¿No estimas menos a mi mujer?

-No, hombre, no, Pedro; ¿por qué iba a ser así? En el Cielo mi Padre tiene muchas moradas, como muchas son en la tierra las misiones del hombre (todas benditas si se llevan a cabo santamente). ¿Podría, acaso, decir que detesta Dios a todas las mujeres que no sigan a las Marías y a Susana?

-¡No, eso no! Mi mujer también cree en el Maestro, pero no sigue el ejemplo de las otras -dice Bartolomé.

-Ni tampoco la mía, ni mis hijas; no dejan la casa, pero siempre están dispuestas a abrir sus puertas al huésped, como hicieron ayer -dice Felipe.

-Creo que lo mismo hará mi madre. No puede dejarlo todo… está sola» -dice el Iscariote.

-¡Cierto! ¡Cierto! Estaba tan triste porque pensaba que la mía fuese tan… tan poco… ¡Oh…, no sé explicarme!
-No la critiques, Pedro. Es una mujer honrada -dice Jesús.
-Es muy tímida. Su madre las hizo plegarse a todas, hijas y nueras, como a ramitas tiernas -dice Andrés.

-¡Pero en tantos años como ha estado conmigo debería haber cambiado!

-¡Ay, hermano! No es que tú seas muy dulce, ¿sabes? A un tímido le haces el efecto de una gruesa viga entre las piernas. Mi cuñada es muy buena; el solo hecho de haber soportado con paciencia el mal carácter de su madre y el tuyo, impositivo, lo demuestra.

Todos se echan a reír de esta conclusión de Andrés hecha tan a las claras, y de la cara de asombro de Pedro al sentirse proclamar impositivo.

Jesús también se ríe a sus anchas. Luego dice:

-Las fieles que no se sientan dispuestas a dejar su casa por seguirme me servirán igualmente desde sus hogares. Si todas hubieran querido venir conmigo, habría tenido que ordenar a algunas de ellas que se quedasen. Ahora que las mujeres se van a agregar a nosotros debo preocuparme de ellas. No sería ni decente ni prudente que las mujeres se vieran sin morada yendo de un lado para otro.

Nosotros podemos echarnos a descansar en cualquier parte.

La mujer tiene otras necesidades y necesita un cobijo. Nosotros podemos estar en la misma yacija. Ellas no podrían estar entre nosotros, tanto por respeto como por prudencia respecto a su constitución más delicada. No se debe nunca tentar a la Providencia ni a la naturaleza más allá de los límites. Voy a hacer ahora de cada una de las casas amigas donde una de vuestras mujeres permanezca un cobijo para las hermanas, hermanas de vuestras mujeres: de tu casa, Pedro; de la tuya, Felipe; de la tuya, Bartolomé; de la tuya, Judas. No podemos imponer a las mujeres el infatigable ritmo que vamos a llevar nosotros. Las dejaremos en el lugar de encuentro del que partiremos todas las mañanas para volver por la noche, y allí nos esperarán. Las instruiremos durante las horas de descanso.

El mundo no podrá murmurar respecto a si otras infelices criaturas vienen a mí, y tampoco se me impedirá escucharlas. Las madres y las mujeres casadas que nos sigan serán constituidas defensoras de sus hermanas y de mí mismo contra la maledicencia del mundo. Como veis, estoy haciendo un rápido viaje de saludo por los lugares en que tengo amigos o sé que los tendré. Pero no lo hago por mí, sino por los discípulos más débiles: ellas, con su debilidad, serán soporte de nuestra fuerza y la harán útil para muchas criaturas.

-Pero ahora vamos a Cesárea, has dicho. ¿Allí quién está?
-En todas partes hay criaturas que tienden al Dios verdadero. La primavera ya se anuncia en este candor rosado de almendros florecidos. Los días del hielo han terminado. Dentro de pocos días tendré establecidos los lugares de alojamiento para las discípulas; entonces proseguiremos nuestra marcha, esparciendo la palabra de Dios sin la preocupación por las hermanas, sin miedo a la calumnia. Su paciencia y dulzura os servirán de lección.

La hora que anunciará la rehabilitación está llegando también para la mujer. En mi Iglesia habrá un gran florecimiento de vírgenes, esposas y madres santas.

152- María Salomé es recibida como discípula

Jesús está en la casa de Santiago y Juan; lo capto por lo que dicen los presentes.

Acompañan a Jesús, además de estos dos apóstoles, Pedro y Andrés, Simón Zelote, el Iscariote y Mateo. A los demás no los veo.

A Santiago y Juan se les ve felices: van y vienen, de su madre a Jesús y viceversa, como mariposas que no saben cuál flor elegir de dos igualmente apreciadas. Y María Salomé, cada vez que van a ella, acaricia con fruición, feliz, a estos hijotes suyos, mientras Jesús sonríe contento.

Deben haber comido ya, pues todavía hay cosas encima de la mesa. Santiago y Juan, a toda costa, quieren que Jesús coma unos racimos de uva blanca en conserva, preparada por su madre y que deben saber dulce como la miel. ¿Qué no le darían a Jesús?

Pero Salomé quiere ir más allá de las uvas y de las caricias, en dar y recibir. Pasado un rato, en que ha estado pensativa mirando a Jesús y a Zebedeo, toma una decisión.

Se acerca al Maestro, que está sentado, aunque con los hombros apoyados contra la mesa, y se arrodilla delante de Él.

-¿Qué quieres, mujer?

-Maestro, has decidido que tu Madre y la de Santiago y Judas vayan contigo. También va contigo Susana, y lo hará, sin duda, la gran Juana de Cusa. Todas las mujeres que te veneran irán contigo, si una sola lo hace. Yo también quisiera contarme entre ellas.

Tómame contigo, Jesús; te serviré con amor.

-Debes cuidar a Zebedeo. ¿Ya no lo quieres?

-¡Que si le quiero!… Pero te quiero más a ti. ¡Oh… no quiero decir que te quiera como hombre! Tengo ya sesenta años, estoy casada desde hace casi cuarenta, y jamás he visto a hombre alguno aparte de mi marido. No voy a perder la cabeza ahora que soy una anciana. No quiero decir tampoco que por ser vieja muera mi amor hacia mi Zebedeo.

Pero Tú… Yo no sé hablar. Soy una pobre mujer. Hablo como sé. Quiero decir que a Zebedeo lo quiero con todo lo que yo era antes; a ti te quiero con todo lo que Tú me has sabido dar con tus palabras y las que me han referido Santiago y Juan. Es algo completamente distinto, sin duda muy hermoso.

-Nunca será tan hermoso como el amor de un excelente esposo.

« ¡Oh, no! ¡Mucho más! No te lo tomes a mal, Zebedeo. Te sigo queriendo con toda mí misma. A Él, sin embargo, lo quiero con algo que aun siendo todavía María ya no es María, la pobre María, tu esposa, sino que es más… ¡Oh…, no sé decir!

Jesús sonríe a esta mujer que no quiere ofender a su marido pero que al mismo tiempo no puede mantener escondido su grande, nuevo amor. Zebedeo también sonríe, con gravedad, y se acerca a su mujer, la cual, todavía de rodillas, gira sobre sí misma alternativamente hacia su esposo y hacia Jesús.

-¿Te das cuentas, María, de que vas a tener que dejar tu casa? ¡Para ti es muy importante! Tus palomas… tus flores… y esta vid que da esa dulce uva de que tan orgullosa te sientes… y tus colmenas: las más renombradas del pueblo… y tendrás que dejar ese telar en que has tejido tanta tela, tanta lana para tus amados…

¿Y tus nietecitos, los hijos de tus hijas?, ¿qué vas a hacer sin ellos? (María de Salomé, además de Juan y Santiago, tenía hijas)

-Pero, mi Señor, ¿qué son las paredes de la casa, las palomas, las flores, la vid, las colmenas, el telar?…

Son cosas buenas, se les tiene cariño, sí ¡pero… son tan pequeñas comparadas contigo, comparadas con el amor a ti!… Los nietecitos… sí, sentiré no poderlos dormir en mi regazo ni oír su voz cuando me llaman. ¡Pero Tú eres mucho más; sí, sí, eres más que todo eso que me nombras! Y aun en el caso de que por mi debilidad lo estimase tanto como servirte y seguirte, o más, de todas formas prescindiría de ello, no sin llanto femenino, para seguirte con la sonrisa en el alma. ¡Acéptame, Maestro.

Decídselo vosotros, Juan, Santiago… y tú, esposo mío. ¡Sed buenos, ayudadme todos!

Bien, de acuerdo. Vendrás también tú con las otras mujeres. He querido hacerte meditar bien sobre el pasado y el presente, sobre lo que dejas y lo que tomas. Ven, Salomé; estás preparada ya para entrar en mi familia.

-¡Preparada! Pero si soy menos que un párvulo… Tú me perdonarás los errores, me sujetarás de la mano. Tú… porque, siendo tosca como soy, voy a sentir vergüenza ante tu Madre y ante Juana y ante todos, excepto ante ti, porque Tú eres el Bueno y todo lo comprendes, de todo te compadeces, todo lo perdonas.

151- En Caná en casa de Susana, que se hará discípula. El oficial del rey

Jesús se dirige, quizás, hacia el lago. En cualquier caso, lo cierto es que llega a Caná y que se encamina hacia la casa de Susana. Van con Él sus primos.

Jesús está en esta casa descansando y comiendo, adoctrinando con sencillez a los parientes o amigos de Caná: buenas personas que lo escuchan como siempre debería ser. Jesús consuela además al marido de Susana, la cual parece estar enferma como se deduce del hecho de que no esté presente y de que se hable insistentemente de su dolor.

En esto, entra un hombre bien vestido y se postra a los pies de Jesús.

-¿Quién eres? ¿Qué quieres?

Mientras el hombre está todavía suspirando y llorando, el dueño de la casa le tira de un extremo de la túnica a Jesús y susurra:

-Es un oficial del Tetrarca, no te fíes demasiado.

-Habla. ¿Qué quieres de mí?

-Maestro, he sabido que habías vuelto. Te esperaba como se espera a Dios. Ven en seguida a Cafarnaúm. Mi hijo varón yace enfermo; tanto, que sus horas están contadas. He visto a tu discípulo Juan. Por él he sabido que estabas viniendo hacia aquí. Ven, ven enseguida, antes de que sea demasiado tarde.

-¿Cómo? ¿Tú, que eres siervo del perseguidor del santo de Israel, puedes creer en mí? ¿Cómo podéis creer en el Mesías si no creéis en su Precursor?

-Es verdad. Vivimos en pecado de incredulidad y de crueldad. Pero, ¡ten piedad de este padre! Conozco a Cusa.

He visto a Juana antes y después del milagro. He creído en ti.

-¡Ya! Sois una generación tan incrédula y perversa que sin signos y prodigios no creéis. Os falta la primera cualidad que se requiere para obtener milagros.

-¡Es verdad! ¡Todo eso es verdad! Pero ya ves que ahora creo en ti y te ruego que vengas, que vengas enseguida a Cafarnaúm.

Tendrás preparada una barca en Tiberíades para que puedas ir más rápido. Ven antes de que mi niño muera -y llora desolado.

-Por ahora no iré a Cafarnaúm. Vuelve tú. Tu hijo, desde este momento, está curado y vive.

-¡Que Dios te bendiga, mi Señor! Yo creo. De todas formas, ven en otro momento a Cafarnaúm, a mi casa, que quiero que toda mi casa te festeje.

-Iré. Adiós. La paz sea contigo.

El hombre sale rápido. Inmediatamente después se oye el trote de un caballo.

-¿Está curado de verdad ese muchacho? -pregunta el marido de Susana.

-¿Eres capaz de creer que Yo mienta?

-No, Señor, pero Tú estás aquí y el muchacho allá.

-Para mi espíritu no hay barreras ni distancias.

-¡Oh, mi Señor, entonces, Tú que cambiaste el agua en vino en mi boda transforma mi llanto en sonrisa: ¡cúrame a Susana!

-¿Qué me das a cambio?
-La suma que quieras.
-No ensucio lo santo con la sangre del dios Riqueza. Es a tu espíritu al que pregunto qué me dará.

-Pues incluso a mí mismo si lo deseas.

-¿Y si te pidiera, sin palabras, un gran sacrificio?

-Mi Señor, te estoy pidiendo la salud corporal de mi esposa y la santificación de todos nosotros; creo que nada puedo considerarlo excesivo si recibo esto.

-Vivísimo es tu amor hacia tu mujer. Si la devolviera a la vida, pero conquistándola Yo para siempre como discípula, ¿qué dirías?

-Que… que estás en tu derecho, y que… que imitaré a Abraham en la prontitud para el sacrificio.

-Bien has dicho. Oíd esto todos: la hora de mi sacrificio se acerca; como agua corre veloz, sin detenerse, hacia la desembocadura. Debo cumplir todo mi deber. La dureza humana me impide el acceso a mucho terreno de misión. Mi Madre y María de Alfeo vendrán conmigo a otros lugares, a las gentes que aún no me aman, o que no me amarán jamás.

Mi sabiduría sabe que las mujeres podrán ayudar al Maestro en este campo de misión impedido. He venido a redimir también a la mujer; en el siglo futuro, en mi hora, las mujeres, símiles a sacerdotisas, servirán al Señor y a los siervos de Dios. Yo he elegido a mis discípulos, pero para elegir a las mujeres, que no son libres, debo pedírselo a los padres y a los maridos. ¿Tú lo quieres?

-Señor, amo a Susana. Hasta ahora la he amado más como carne que como espíritu. Pero, influido por tu enseñanza, algo ha cambiado en mí; ahora miro a mi mujer como alma además de como cuerpo. El alma es de Dios y Tú eres el Mesías Hijo de Dios. No te puedo disputar tu derecho en lo que a Dios pertenece. Si Susana decide seguirte, no le opondré resistencia. Me basta con que -te lo ruego -obres el milagro de sanarla a ella en su carne, y a mí en mis apetitos…

-Susana está curada. Vendrá dentro de pocas horas a manifestarte su gozo. Deja que su alma siga su impulso sin hablar de cuanto ahora he dicho. Verás como su alma viene espontáneamente a mí, como la llama tiende a subir hacia arriba. No por ello fenecerá su amor de esposa; antes al contrario, subirá al grado más alto, o sea, al de amar con la parte mejor: con el espíritu.

-Susana te pertenece, Señor. Debía morir, y además lentamente, sufriendo fuertes espasmos. Una vez muerta, la habría perdido verdaderamente, aquí en la Tierra. Siendo como Tú dices, la tendré todavía a mi lado para llevarme consigo por tus caminos. Dios me la dio, Dios me la quita.

¡Bendito sea el Altísimo, en el dar y en el recibir!

150- Jesús en Nazaret, en casa de su Madre. Ella deberá seguir a su Hijo

Jesús va caminando solo, raudo, por la vía de primer orden que pasa cerca de Nazaret. Entra en la ciudad y se dirige a su casa, Cerca ya de ella ve a su Madre, que también se está dirigiendo a la casa, acompañada por su sobrino Simón, que va cargado de haces de ramas secas. La llama:

-¡Mamá!

María se vuelve y exclama:

-¡Oh, Hijo mío bendito! -y ambos corren al recíproco encuentro. Simón imita a María y, dejados los haces de ramas en el suelo, va hacia su primo, y lo saluda cordialmente.

-Mamá mía, aquí estoy; ¿estás contenta ahora?

-Mucho, Hijo mío. Pero… si sólo por mi súplica lo has hecho, te digo que ni a ti ni a mí nos es lícito seguir los dictámenes de la sangre antes que la misión.

-No, mamá; he venido también para otras cosas.

-¿Es verdad lo que dicen, Hijo mío? Yo creía, quería creer, que no te odiasen tanto, que se tratase de voces mentirosas…

Las lágrimas se patentizan en la voz y en los ojos de María.

-No llores, Mamá; no me des este dolor. Necesito tu sonrisa.

-Sí, Hijo mío, es verdad. Ves tantos rostros duros de enemigos, que necesitas sonrisas y mucho amor. No obstante, aquí, ¿ves?, aquí hay quien te ama por todos…

María, apoyándose levemente en su Hijo -quien, con el brazo sobre sus hombros, la lleva arrimada a sí -, camina lentamente hacia la casa, tratando de sonreír para eliminar todo rastro de dolor en el corazón de Jesús.

Simón, igualmente, tras haber recogido sus haces de ramas, va caminando al lado de Jesús.

-Estás pálida, Mamá. ¿Te han causado mucho dolor? ¿Has estado enferma? ¿Has trabajado demasiado?

-No, Hijo, no. A mí no me han causado ningún dolor. Mi único padecimiento eras Tú, lejano y no amado. No, no, aquí son todos muy buenos conmigo. Bueno, ya no me refiero a María y a Alfeo; ya sabes cómo son. E incluso Simón. Ya ves lo bueno que es… pues siempre así. Ha sido mi socorro durante estos meses. Es él quien ahora se encarga de traerme la leña. Es muy bueno. Y también José, ¿sabes? Muchos detalles de amabilidad con su María.

-Que Dios te bendiga, Simón, y también a José. Os perdono el que todavía no me améis como Mesías. ¡Oh, sí, llegaréis a amarme en cuanto Cristo que soy! Pero, ¿cómo podría perdonaros el no amarla a Ella?

-Querer a María es un hecho de justicia y significa paz, Jesús. Pero también te queremos a ti, sólo que… tememos demasiado por ti.

-Sí. Me queréis humanamente. Alcanzaréis el otro amor.
-Tú también, Hijo mío, estás pálido; y más delgado.
-Sí, también lo veo yo. Pareces como más mayor -observa Simón. Entran en la casa. Simón deja en su sitio los haces de leña y, discretamente, se retira.

-Hijo, ahora que estamos solos, dime la verdad, toda. ¿Por qué te han expulsado?

María tiene sus manos en los hombros de su Jesús y fija la mirada en su rostro enflaquecido.

Jesús sonríe -una sonrisa dulce pero cansada -y dice:

-Por tratar de conducir al hombre a la honestidad, a la justicia, a la verdadera religión.

-Pero, ¿quién te acusa?, ¿el pueblo?

-No, Madre; los fariseos y escribas… excepto algún que otro justo que hay entre ellos.

-¿Qué has hecho para atraerte sus acusaciones?
-Decir la verdad. ¿No sabes que éste es el mayor error que uno puede cometer ante los hombres?

-¿Y qué han podido argüir para justificar sus acusaciones?

-Embustes. Los que ya sabes y otros.

-Díselos a tu Madre. Deposita todo tu dolor en mi pecho.

El pecho de una madre está acostumbrado al dolor y se siente feliz de beberlo hasta la hez si con ello lo elimina del corazón de su hijo. Dame tu dolor, Jesús. Ponte aquí, como cuando eras pequeño; deposita toda tu amargura.

Jesús se sienta en una pequeña banqueta a los pies de su Madre y cuenta todo lo acaecido durante los meses pasados en Judea; sin rencor, pero sin velo alguno.

María acaricia sus cabellos, con una heroica sonrisa en los labios, que combate contra el brillo de llanto de sus ojos azules.

Jesús habla también de la necesidad de entrar en contacto con mujeres, para redimirlas, y de su dolor de no poderlo hacer a causa de la malignidad humana.

María escucha anuente y decide:

-Hijo, no debes negarme lo que deseo. A partir de ahora iré contigo cuando Tú te alejes; en cualquier época o estación del año, en cualquier lugar. Te defenderé de la calumnia. Bastará mi presencia para hacer caer el lodo. Y María vendrá conmigo; lo desea ardientemente. El corazón de las madres es necesario junto al Santo; y también contra el demonio y el mundo.

149- La visita a Juan el Bautista, motivo de instrucción a los apóstoles

Señor, ¿por qué no duermes durante la noche? Hoy me he levantado, he ido a tu sitio y lo he visto vacío -dice Simón Zelote.

-¿Para qué me querías, Simón?

-Para dejarte mi manto. Temía que tuvieses frío: la noche estaba serena, pero muy fresca.

-¿Y tú no tenías frío?

-Yo, durante muchos años de miseria, me he acostumbrado a vestido, comida y vivienda insuficientes… ¡Ah…, qué horror ese valle de los muertos! No era apropiado en esta ocasión, pero otra vez que bajemos a Jerusalén -es evidente que volveremos, ¿no? -visita, mi Señor, esos lugares de muerte. Allí hay muchos desdichados… Y la miseria corporal no es la más grave… Lo que allí más carcome y consume es la desesperación… ¿No crees, mi Señor, que somos demasiado duros con los leprosos?

Pero antes de que responda Jesús a Simón Zelote, que está hablando en favor de sus antiguos compañeros, lo hace el Iscariote. Dice:

-¿Y entonces propones dejarlos mezclados con el pueblo?

¡Si son leprosos peor para ellos!
-¡Lo único que faltaba para hacer de los hebreos mártires!

¡Hasta la lepra paseándose por las calles, con los soldados y las otras cosas!… -exclama Pedro.

-Separarlos me parece una medida de justa prudencia

-observa Santiago de Alfeo.

-Sí, pero con piedad. No sabes lo que es ser leproso. No puedes opinar sobre ello. Justo es cuidar de nuestros cuerpos, pero ¿por qué no ejercitamos la misma justicia con las almas de los leprosos? ¿Quién les habla de Dios?

¡Y sólo Dios sabe cuán grande es su necesidad de pensar en un Dios y en la paz, en la atroz desolación en que viven!

-Tienes razón, Simón. Iré a visitarlos, tanto en razón de la justicia como por enseñaros este acto de misericordia.

Hasta ahora he curado a los leprosos que se han cruzado en mi camino. Hasta este momento, o sea, hasta cuando me han echado de Judá, me he dirigido a los grandes de Judá como a los más lejanos y necesitados de redención, para que colaborasen con el Redentor. Pues bien, ahora dejo este propósito, convencido como estoy de su inutilidad. Iré a los más pequeños, no a los grandes; a los míseros de Israel, y entre éstos a los leprosos del valle de los muertos. No pienso defraudar la fe que tienen en mí estos hombres evangelizados por un leproso agradecido.

-¿Cómo has sabido que lo hice, Señor?
-De la misma forma que sé lo que de mí piensan amigos o enemigos, porque escruto su corazón.

-¡Misericordia! Pero entonces, ¿sabes absolutamente todo de nosotros, Maestro? -grita Pedro.

-Sí. También que tú -y no sólo tú-querías alejar a Fotinai. ¿No sabes que no te es lícito alejar a un alma del bien? ¿No sabes que para entrar en un territorio necesariamente se debe tener piedad, llena de dulzura, extensiva incluso a aquellos a quienes la sociedad que no es santa porque no está ensimismada en Dios -llama y juzga indignos de piedad?

De todas formas, no te turbes porque Yo sepa esto. Duélate sólo el que tu corazón tenga movimientos que Dios no aprueba, y esfuérzate por no volver a tenerlos.

Ya os lo he dicho: el primer año ha terminado, en éste seguiré adelante por mi camino, con nuevas formas; vosotros también tenéis que progresar durante este segundo año; si no, sería inútil que me cansase evangelizándoos, hiperevangelizándoos, a vosotros, mis futuros sacerdotes.

-¿Habías ido a orar, Maestro? Nos prometiste que nos enseñarías tus oraciones. ¿Lo piensas hacer este año?

-Lo haré. De todas formas, quiero enseñaros a que seáis buenos; la bondad es ya oración. Pero lo haré, Juan.

-¿Este año nos vas a enseñar también a hacer milagros? -pregunta el Iscariote.

-El milagro no se enseña, no es un juego malabar; el milagro viene de Dios y lo obtiene quien goza de gracia ante Dios. Si aprendéis a ser buenos, gozaréis de gracia y obtendréis el don de milagros.

Sigues sin dar respuesta a nuestra pregunta. Lo ha preguntado Simón, lo ha preguntado Juan, y no nos has dicho a dónde has ido esta noche. Salir tan solo, en una región pagana, puede ser peligroso.

-He ido a llevar dicha a un corazón recto, y, puesto que está abocado a la muerte, a recoger su herencia.

-¿Sí? ¿Era mucha?
-Mucha, Pedro, y de mucho valor, fruto del trabajo de un verdadero justo.

-Pues… no he visto tu bolsa más llena. ¿Son joyas? ¿Las llevas en el pecho?
-Sí, son joyas muy estimadas por mi corazón.
-Enséñanoslas, Señor.
-Las tendré cuando muera el que está para morir. Por el momento, dejándolas donde están, son útiles a ambos, a él y a mí.

-¿Las has puesto a producir interés?
-¿Pero tú crees que lo único que tiene valor es el dinero!

El dinero es la cosa más inútil y sucia que hay sobre la faz de la Tierra; sólo sirve para la materia, para cometer delitos y para el infierno. Raramente el hombre lo usa para el bien.

-Entonces, si no es dinero, ¿qué es?
-Tres discípulos formados por un santo.
-¿Has estado donde Juan el Bautista? ¡Oh!, ¿por qué?
-¿Por qué!… Vosotros siempre me tenéis, y entre todos valéis menos que una sola uña del Profeta. ¿No era, acaso, justo ir a llevarle al santo de Israel la bendición de Dios para fortalecerlo en orden al martirio?

-Pero, si es santo… no necesita fortalecimiento; ¡se basta a sí mismo!…

-Llegará el día en que "mis" santos serán conducidos ante los jueces y a la muerte. Serán santos, estarán en gracia de Dios, tendrán el refrigerio de la fe, la esperanza y la caridad; sin embargo, ya oigo su grito, el de su espíritu:

"¡Señor, ayúdanos en esta hora!". Necesitan mi ayuda, mis santos, para ser fuertes en las persecuciones.

Pero… nosotros no seremos éstos, ¿no es verdad?, porque yo no tengo, de ninguna manera, capacidad de sufrir.

-Eso es cierto; no tienes la capacidad de sufrir; pero no has sido todavía bautizado, Bartolomé».

-Sí, lo he sido.

-Con agua. Te falta otro bautismo. Entonces sabrás sufrir.
-Soy ya viejo.
-Pasarán los años y, siendo mucho más viejo que ahora, serás más fuerte que un joven.
-Pero nos seguirás ayudando, ¿no?
-Estaré siempre con vosotros».

-Intentaré acostumbrarme al sufrimiento -dice Bartolomé.

-Yo oraré siempre, ya desde este momento, para obtener de ti esta gracia -dice Santiago de Alfeo.

-Yo soy viejo; sólo pido precederte y entrar contigo en la paz -dice Simón Zelote.

-Yo… no sé lo que preferiría, si precederte o estar a tu lado para morir juntos -dice Judas de Alfeo.

-A mí me dolería sobrevivirte, pero me consolaría predicándote a las gentes -profesa el Iscariote.

-Yo soy de la idea de tu primo -dice Tomás.
-Yo, sin embargo, pienso como Simón el Zelote -dice Santiago de Zebedeo.

-¿Y tú, Felipe?

-Bueno… no quiero pensar en ello. El Eterno me dará lo que sea mejor.
-¡Oh…, callad! ¡Parece como si el Maestro debiera morir pronto! ¡No me hagáis pensar en su muerte! -exclama Andrés.
-Es así, como has dicho, hermano mío. Eres joven y estás sano, Jesús; debes enterrarnos a todos los de más edad que Tú.
-¿Y si me mataran?
-¡Que no te suceda jamás! ¡Te vengaría!
-¿Cómo? ¿Con venganza de sangre?
-¡Hombre, pues… incluso con sangre si me autorizas! Si no, cancelando las acusaciones lanzadas contra ti con mi profesión de fe ante las gentes. El mundo te amará por mi infatigable predicación -termina Pedro.

-Es cierto. Así será. ¿Y tú, Juan? ¿Y tú, Mateo?
-Yo debo sufrir y esperar a haber lavado mi espíritu con abundancia de dolor -dice Mateo.

-Y yo… no sé. Yo quisiera morir inmediatamente para no verte sufrir; quisiera estar a tu lado para consolar tu agonía; quisiera vivir mucho para servirte durante mucho tiempo; quisiera morir contigo para entrar contigo en el Cielo. Cualquier cosa querría, porque te amo. Y yo, que soy el menor entre mis hermanos, pienso que todo esto me será posible con tal de que sepa amarte a la perfección. ¡Jesús, aumenta tu amor! -dice Juan.

-Querrás decir: “Aumenta mi amor" - comenta el Iscariote -, porque somos nosotros quienes debemos amar cada vez más…

-No. Digo: "Aumenta tu amor", porque nosotros amaremos en la medida en que Él nos encienda cada vez más con su amor.

Jesús arrima hacia sí al puro y apasionado Juan, lo besa en la frente y le dice:

-Has revelado un misterio de Dios sobre la santificación de los corazones. Dios se efunde sobre los justos, y, en la medida en que éstos se rinden a su amor, Él lo va aumentando, y así crece la santidad. Éste es el misterioso e inefable actuar de Dios y de los espíritus; se cumple en los silencios místicos, y, su potencia, indescriptible con humanas palabras, crea indescriptibles obras maestras de santidad. No es un error, sino palabra sabia, pedir que Dios aumente su amor en un corazón.

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