por makf | 4 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Hay gran ambiente festivo en la ciudad de Naím: recibe a Jesús por primera vez después del milagro del joven Daniel resucitado de la muerte.
Precedido y seguido por un buen número de personas, Jesús atraviesa la ciudad bendiciendo. Además de los de Naím, hay personas de otros lugares, que vienen de Cafarnaúm, adonde habían ido a buscarlo y de donde los habían mandado a Caná, y de esta ciudad a Naím.
Tengo la impresión de que, ahora que tiene muchos discípulos, Jesús ha creado una red de informaciones, de forma que los peregrinos que lo buscan lo puedan encontrar a pesar de su continuo cambio de lugar, que, de todas maneras, es de pocas millas al día, tanto cuanto consienten la época del año y la brevedad de los días.
Entre estas personas que han venido de otros lugares buscándole, no faltan fariseos y escribas, aparentemente respetuosos…
Jesús se hospeda en casa del joven resucitado, en la que han concurrido también las personas importantes de la ciudad; y la madre de Daniel, al ver a los escribas y fariseos -siete como los pecados capitales -, toda humilde, los invita, disculpándose de no poder ofrecerles una morada más digna.
-Está el Maestro, está el Maestro, mujer. Ello daría valor incluso a una cueva. Tu casa es mucho más que una cueva. Así que entramos y decimos: "Paz a ti y a tu casa".
Efectivamente, la mujer, a pesar de que ciertamente no es
rica, ha hecho lo posible y lo imposible para dar honor a Jesús. No hay duda de que han entrado en liza todos los bienes de Naím, puestos conjuntamente en movimiento para embellecer la casa y aderezar las mesas. Las respectivas propietarias ojean, desde todos los puntos posibles, a la comitiva que pasa por el pasillo de entrada, y que se dirige a dos habitaciones situadas una frente a la otra, donde la dueña de la casa ha preparado las mesas.
Quizás han pedido sólo esto por el préstamo de vajillas, manteles, asientos, y por su ayuda en la cocina; esto sólo: ver de cerca al Maestro y respirar donde Él respira.
Y ahora se asoman acá o allá, rojas, llenas de harina o de ceniza, o goteándoles las manos, según su tarea culinaria; ojean, reciben su pedacito de mirada divina, su porcioncita de voz divina, beben la dulce bendición con el oído y la dulce figura con la mirada, y vuelven, todavía más rojas, felices, a la lumbre, a la amasadera o al fregadero.
Felices ellas. Felicísima la que, con la dueña de la casa, ofrece las jofainas de las abluciones a los invitados importantes. Es una jovencita oscura de ojos y cabellos, pero de tez tenuemente sonrosada; más rosa cuando la dueña de la casa explica a Jesús que es la prometida de su hijo y que pronto se celebrarán la boda.
-Hemos esperado a que vinieras para celebrarlas, para que toda la casa quedara por ti santificada. Ahora bendícela, para que sea una buena esposa en esta casa
Jesús la mira, y, dado que ella se inclina, le impone las manos diciendo:
-Florezcan en ti las virtudes de Sara, Rebeca y Raquel; de ti nazcan verdaderos hijos de Dios, para su gloria y para alegría de esta morada.
Ya Jesús y las personas importantes se han purificado y entran en la sala del banquete con el joven, dueño de la casa, mientras los apóstoles, con otros hombres de Naím menos influyentes, entran en la habitación de enfrente. El banquete empieza.
Comprendo, por lo que hablan, que, antes de que empezase la visión, Jesús había predicado y curado en Naím. Pero los fariseos y escribas poco se detienen en esto. En cambio llenan de preguntas a los de Naím para saber detalles sobre la enfermedad de que había muerto Daniel, sobre las horas que habían transcurrido entre la muerte y la resurrección, y sobre si había sido embalsamado completamente o no, etc. etc.
Jesús se abstrae de todas estas indagaciones hablando con el resucitado, que está magníficamente y come con un apetito formidable. Pero un fariseo llama a Jesús para preguntarle si había sabido antes de la enfermedad de Daniel.
-Venía de Endor por pura coincidencia, porque había querido complacer a Judas de Keriot, como también había complacido a Juan -le Zebedeo. Ni siquiera sabía que había de pasar por Naím cuando empecé el camino para el peregrinaje pascual -responde Jesús.
-¿Ah, no habías ido premeditadamente a Endor? -pregunta asombrado un escriba.
-No. No tenía, entonces, ni la más mínima intención de ir a Endor.
-¿Y entonces cómo es que fuiste?
-Lo acabo de decir: porque Judas de Simón quería ir.
-¿Y por qué este capricho?
-Para ver la gruta de la maga.
-Quizás es que Tú habías hablado de eso,…
-¡Jamás! No tenía motivo para hablar de eso.
-Lo que quiero decir es que… quizás habías explicado con ese episodio otros sortilegios, para iniciar a tus discípulos en…
-¿En qué? Para iniciar en la santidad no se necesitan peregrinajes. Una celda o una landa desierta, un pico de montaña o una casa solitaria van bien igualmente. Basta, en quien enseña, autoridad y santidad, y, en quien escucha, voluntad de santificarse. Yo enseño esto y no otras cosas.
-Pero los milagros que ahora hacen ellos, los discípulos, qué son sino prodigios y…
-Y voluntad de Dios. Sólo eso. Y cuanto más santos vayan siendo más harán. Con la oración, con el sacrificio y con su obediencia a Dios. No con otras cosas.
-¿Estás seguro de eso? -pregunta un escriba, con la mano en el mentón y mirando de reojo, y de abajo arriba, a Jesús, con tono discretamente irónico y no sin un sentido de conmiseración.
-Son las armas y las doctrinas que les he dado. Si luego alguno de ellos, y son muchos, se corrompe con innobles prácticas, por soberbia o por otra cosa, el consejo no habrá provenido de mí. Puedo orar para tratar de redimir al culpable.
Puedo imponerme duras penitencias expiatorias para obtener que Dios le ayude especialmente con luces de su sabiduría para que vea el error. Puedo arrojarme a sus pies para suplicarle que abandone el pecado, con todo mi amor de Hermano, Maestro y Amigo.
Y no pensaría que me estaría rebajando al hacer eso, porque el precio de un alma es tal, que merece la pena sufrir cualquier humillación para ganarla. Pero no puedo hacer más. Si, a pesar de eso, continúa el pecado, llanto y sangre rezumarán de los ojos y el corazón del traicionado e incomprendido Maestro y Amigo.
¡Qué dulzura y qué tristeza en la voz y en la expresión de Jesús!
Los escribas y fariseos se miran entre sí. Es todo un juego de miradas. Pero no hacen ningún comentario al respecto.
En cambio, eso sí, hacen preguntas al joven Daniel: ¿se acuerda de qué es la muerte?; ¿qué sintió al volver a la vida?; ¿qué vio en el espacio entre la muerte y la vida?
-Yo sé que estaba enfermo y que sufrí la agonía. ¡Oh, qué cosa más tremenda! ¡No me hagáis recordarlo!… Y, no obstante, llegará el día en que tendré que volverla a sufrir. ¡Oh, Maestro!… -Lo mira aterrorizado, y empalidece ante el pensamiento de que tendrá que morir otra vez.
Jesús lo consuela dulcemente diciendo:
-La muerte es de por sí expiación. Tú, muriendo dos veces, quedarás purificado de toda mancha y gozarás enseguida del Cielo. Pero que este pensamiento te haga vivir una vida santa, de forma que sólo haya en ti involuntarias y veniales culpas.
Pero los fariseos vuelven al ataque:
-¿Pero qué experimentaste al volver a la vida?
-Nada. Me he encontré vivo y sano como si me hubiera despertado de un largo sueño pesado.
-¿Pero te acordabas de haber muerto?
-Me acordaba de que había estado muy mal, hasta la agonía, y nada más.
-¿Y qué recuerdas del otro mundo?
-Nada. No hay nada. Un agujero negro, un espacio vacío en mi vida… Nada.
-¿Entonces para ti no hay Limbo, ni Purgatorio ni Infierno?
-¿Quién ha dicho que no existen? Claro que existen. Pero yo no los recuerdo.
-¿Pero estás seguro de haber estado muerto?
Reaccionan todos los que hay de Naím:
-¿Que si estaba muerto? ¿Qué más queréis? Cuando lo pusimos en la lechiga estaba casi empezando a oler. ¡Y,
además!… con todos esos bálsamos y vendas habría muerto hasta un coloso. -¿Pero tú no te acuerdas de haber muerto? -Os he dicho que no. El joven se impacienta y añade:
-¿Pero qué es lo que queréis establecer con estas lúgubres argumentaciones?: ¿que un entero pueblo aparentaba que me tenía muerto a mí, incluida mi madre, incluida mi mujer, que estaba en la cama muriendo de dolor, incluido yo, atado y embalsamado, y que no era verdad?
¿Qué estáis diciendo?: ¿que en Naím éramos todos niños o imbéciles con ganas de bromas? Mi madre se puso blanca en pocas horas, mi mujer tuvo que ser asistida porque el dolor y la subsiguiente alegría la habían como enloquecido. ¿Y vosotros dudáis? ¿Y por qué lo íbamos a haber hecho?
-¿Por qué? ¡Es verdad! ¿Por qué lo íbamos a haber hecho? -dicen los de Naím.
-Jesús no habla. Se entretiene con el mantel como si estuviera ausente. Los fariseos no saben qué decir… Pero Jesús, al improviso, cuando la conversación y el asunto parecían concluidos, abre su boca y dice:
-El porqué es el siguiente. Ellos (y señala a los fariseos y escribas) quieren establecer que tu resurrección no fue sino una artimaña bien montada para aumentar mi estima ante las multitudes: Yo, el que la ideó; vosotros, cómplices para traicionar a Dios y al prójimo. No. Yo dejo las fullerías a los innobles.
No necesito hechicerías ni estratagemas, ni artimañas o complicidades, para ser lo que soy. ¿Por qué queréis negar a Dios el poder de devolver e1 alma a una carne? Si El la da cuando la carne se forma, y crea una a una las almas, ¿no podrá restablecerla cuando, volviendo a la carne por la oración de su Mesías, puede ser incentivo para que multitud de gente se acerque a la Verdad? ¿Podéis negar a Dios e1 poder del milagro? ¿Por qué 1o queréis negar?
-¿Eres Tú Dios?
-Yo soy quien soy. Mis milagros y mi doctrina dicen quién soy.
-¿Y entonces por qué éste no recuerda, mientras que los espíritus invocados saben decir lo que es el más allá?
-Porque esta alma, ya santificada por la penitencia de una primera muerte, habla la verdad; mientras que lo que sale de los labios de los nigromantes no es verdad.
-Pero Samuel…
-Pero Samuel fue, por mandato de Dios y no de la maga, a llevar al desleal para con la Ley el veredicto del Señor cuyas disposiciones no se hacen objeto de burla.
-¿Y entonces, por qué tus discípulos lo hacen?
La voz arrogante de un fariseo, que ha alzado el tono porque se ha sentido tocado en la herida, llama la atención de los apóstoles, que están en la habitación de enfrente, separados por un pasillo de poco más de un metro de ancho y sin separación de puertas o cortinas gruesas.
Sintiendo que es algo que los atañe, se levantan y van al pasillo sin hacer ruido, y se poner a escuchar.
-¿En qué lo hacen? Explícate. Si tu acusación es verdadera, les advertiré que no vuelvan a obrar contra la Ley.
-Yo sé en qué, y como yo muchos otros. Pero descúbrelo Tú por ti mismo, Tú, que resucitas a los muertos y te dices más que profeta. Nosotros, puedes estar seguro, no te lo vamos a decir. Además, tienes ojos para ver también muchas otras cosas cometidas por tus discípulos, hechas cuando no se debe o no hechas cuando se deben hacer. Y Tú no le das importancia a esto.
-¿Queréis indicarme algunas de estas cosas?
-¿Por qué tus discípulos violan las tradiciones de los antepasados? Hoy los hemos observado. ¡Hoy otra vez! ¡No hace más de una hora! ¡Han entrado en su sala para comer y antes no se han purificado las manos!» (Si los fariseos hubieran dicho: «y antes han degollado a unos cuantos de la ciudad» no habrían expresado un tono tan profundamente lleno de horror).
-Sí, los habéis observado. Hay muchas cosas que ver. Cosas hermosas y buenas, cosas que mueven a bendecir al Señor por habernos dado la vida, para que pudiéramos verlas, y por haberlas creado o consentido. Esas no las veis. Y, como vosotros, otros muchos. Y la verdad es que perdéis el tiempo y la paz yendo detrás de las cosas no buenas.
Parecéis chacales, o mejor, hienas que corren tras la estela de una pestilencia y no se cuidan de la afluencia de perfumes que vienen en el viento desde jardines llenos de aromas.
A las hienas no les gustan las azucenas ni las rosas, jazmines ni alcanfores, cinamomos ni claveles. Para ellas significan olores desagradables.
Pero el hedor de un cuerpo en putrefacción en el fondo de un barranco, o en un camino, sepultado bajo los espinos a que lo ha arrojado un asesino, o lanzado a una playa desierta por la tempestad, hinchado, cárdeno, agrietado, horrendo, ¡ah, ese hedor es perfume agradable para las hienas!
Olisquean el viento vespertino, que condensa y transporta consigo todos los olores que el sol destila de las cosas que ha calentado, para sentir este vago, sugestivo olor; y, una vez descubierto, una vez captada su dirección, empiezan a correr, con el hocico alzado, los dientes descubiertos por la vibración -semejante a una risa histérica -de las mandíbulas, para ir al lugar de la podredumbre. Y, ya sea cadáver de hombre o de cuadrúpedo, o de culebra quebrantada por el campesino) garduña muerta a manos del ama de casa, o aunque fuera una simple rata… les gusta, sí, les gusta, les gusta. Y en ese hedor en fermentación hunden sus patas, comen, se relamen…
¿Que hay hombres que día tras día se santifican? ¡Eso no les interesa! Pero basta con que uno sólo haga algún mal, basta con que algunos descuiden no ya un precepto divino sino una práctica humana -llamadla tradición, precepto o como queráis… al fin y al cabo una cosa humana -, basta eso para ir allí y acusar; aunque se trate solamente de una sospecha… cuando menos para darse la satisfacción de ver que la sospecha era una realidad.
Pues bien, responded ahora vosotros, vosotros que habéis venido aquí no por amor, sino con maligna intención, responded: ¿Por qué violáis el precepto de Dios por una tradición vuestra?
¡No me diréis ahora que una tradición es más que un mandamiento! Pues bien, Dios dijo: "Honra a tu padre y a tu madre", y también: "Quien maldijere a su padre o a su madre será reo de muerte".
Pero vosotros decís: “Aquel que dijere a su padre y a su madre: `Lo que debías recibir de mí es korbán no está obligado a usarlo para su padre o para su madre". Por tanto, con vuestra tradición, habéis anulado el precepto de Dios.
¡Hipócritas! Bien profetizó de vosotros Isaías diciendo:
"Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí; en vano me honran, pues, enseñando doctrinas y preceptos de hombre".
Estáis atentos a las tradiciones de los hombres, al lavado de ánforas y copas, de platos y manos, y otras cosas semejantes; pero, eso sí, descuidáis los preceptos de Dios.
Os escandalizáis porque uno no se lave las manos; pero, eso sí, justificáis la ingratitud y la avaricia de un hijo ofreciéndole la escapatoria de la ofrenda sacrificial para no dar un pan a quien lo engendró y ahora necesita ayuda y él tiene la obligación de honrarlo porque es padre suyo.
Alteráis y violáis la palabra de Dios por obedecer a palabras vuestras, elevadas por vosotros a precepto. Así, os proclamáis más justos que Dios. Os arrogáis el derecho de legisladores, siendo así que sólo Dios es Legislador en su pueblo. Vosotros…
Y seguiría; pero el grupo enemigo abandona la sala bajo la granizada de acusaciones, chocándose con los apóstoles y con todas las otras personas que estaban en la casa, invitados o gente venida a ayudar a la dueña de la casa, los cuales, atraídos por el tañido de la voz de Jesús, se habían agrupado en el pasillo.
Jesús, que se había puesto de pie, se sienta de nuevo, e indica a todos los presentes que entren adonde está Él.
Les dice:
-Escuchad todos y comprended esta verdad. No hay nada fuera del hombre que entrando en él lo pueda contaminar.
Lo que sale del hombre es lo que contamina. Quien tenga oídos para oír que oiga, y use la razón para comprender y la voluntad para obrar. Y ahora salgamos. Vosotros de Naím perseverad en el bien y esté siempre con vosotros mi paz.
Se levanta, saluda en particular a los dueños de la casa, y se encamina por el pasillo.
Pero ve a las mujeres amigas, que, recogidas en un ángulo, lo miran embelesadas, y se dirige a ellas para decirles:
-Paz a vosotras también. Que el Cielo os pague el haberme socorrido con un amor que no me ha permitido echar de menos la mesa materna. He sentido vuestro amor de madres en cada miga de pan, en cada una de las viandas guisadas o asadas, en el dulce de miel, en el vino fresco y aromático. Amadme siempre así, buenas mujeres de Naím. Y la próxima vez no trabajéis tanto para mí. Es suficiente un pan y un puñado de aceitunas condimentadas con vuestra sonrisa materna y vuestra mirada honesta y buena.
Sed felices en vuestras casas, porque tenéis el agradecimiento del Perseguido, que se pone en camino consolado por vuestro amor.
Las mujeres, todas, felices a pesar de estar llorando, se han arrodillado; y El, al pasar, roza apenas, una a una, sus cabellos blancos o negros, como para bendecirlas.
Luego sale y reanuda su camino…
Las primeras sombras de la noche descienden y celan la palidez de Jesús, entristecido por demasiadas cosas.
por makf | 4 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Todo el lago de Tiberíades es una lastra cenicienta.
Parece mercurio turbio, de tan pesado como se ve, en una calma chicha que apenas si permite indicios de cansadas olas que no logran hacer espuma y en cuanto inician el movimiento ya se detienen, se amansan, se uniforman a esta masa de agua sin brillo bajo un cielo también opaco. Pedro y Andrés en torno a su barca, Santiago y Juan al lado de la suya, preparan la partida en la pequeña playa de Betsaida. Olor de hierbas y de tierra empapada de agua, leve bruma sobre las planicies herbosas hacia Corazín. Tristeza de Noviembre en todas las cosas.
Jesús sale de la casa de Pedro, llevando de la mano a los dos pequeñuelos Matías y María. La mano de Porfiria los ha arreglado con maternal cuidado y ha sustituido el vestidito de María por uno de Margziam. Matías, que es demasiado pequeño, no ha podido gozar de la misma gracia y tiembla todavía con su tuniquita de algodón descolorida; tanto que Porfiria, compasiva, vuelve a casa y sale con un pedazo de manta y arropa al niño como si la manta fuera un manto. Jesús le da las gracias mientras ella se arrodilla al despedirse, para retirarse después de haber dado a los dos huerfanitos un último beso.
-Con tal de tener niños, se habría hecho cargo de éstos también -comenta Pedro, que ha observado la escena, y que a su vez se agacha para ofrecer a los dos niños un pedazo de pan untado con la miel que tenía guardada debajo de un asiento de la barca; lo cual hace reír a Andrés, que dice:
-¿Y tú no? ¡Hasta le has robado la miel a tu mujer para dar un poco de alegría a estos dos!…
-¡Robado! ¡Robado! ¡La miel es mía!
-Sí, pero mi cuñada la guarda con celo porque es de Margziam. Y tú, que lo sabes, has entrado esta noche descalzo como un ratero en la cocina a coger la cantidad de miel que te hacía falta para preparar ese pan. Te he visto, hermano, y me he reído porque mirabas a tu alrededor como un niño que teme los bofetones de su madre.
-¡Qué granuja este espía! -ríe Pedro mientras abraza a su hermano, que a su vez lo besa diciendo:
-¡Pero qué hermano más majo tengo!
Jesús observa y sonríe abiertamente, entre los dos niños, que devoran su pan.
Del interior de Betsaida llegan los otros ocho apóstoles. Quizás estaban alojados donde Felipe y Bartolomé.
-¡Ligeros! -grita Pedro, y toma en un único abrazo a los dos niños para llevarlos a la barca sin que se mojen los piececitos desnudos.
-¿No tenéis miedo, verdad? -pregunta mientras chapotea en el agua con sus piernas cortas y gruesas, desnudo hasta un palmo abundante por encima de las rodillas.
-No, señor -dice la niña, pero se agarra convulsamente al cuello de Pedro, y cierra los ojos cuando la pone dentro de la barca (que se balancea con el peso de Jesús, que acaba de subir). El niño, más valiente, o más impresionado, no habla siquiera.
Jesús se sienta, arrima hacia sí a los dos pequeñuelos y los tapa con su manto, que parece un ala extendida para proteger a dos pollitos.
Seis en una barca, seis en la otra, todos ya están a bordo. Pedro quita el madero del arribo y empuja fuertemente con la mano la barca para meterla más en el agua; luego, con un último salto, salva el borde de la barca; Santiago le imita con la suya. La acción de Pedro ha hecho bambolearse mucho a la barca; la niña gime:
«¡Mamá!» y esconde la cara en el regazo de Jesús agarrándose con fuerza a sus rodillas. Mas ahora ya avanzan suavemente, aunque con fatiga para Pedro, Andrés y el mozo, que tienen que remar, ayudados por Felipe, que hace de cuarto. La vela, que pende floja con esta calma chicha pesada y húmeda, no sirve. Tienen que trabajar con los remos.
-¡Qué boga! -grita Pedro a los de la barca gemela, en la que hace de cuarto el Iscariote, que rema perfectamente, lo cual es alabado por Pedro.
-¡Dale, Simón! -responde Santiago -Dale o te ganamos. Judas tiene la fuerza de un galeote. ¡Muy bien, Judas!
-Sí. Te nombraremos jefe de remadores -confirma Pedro, que rema por dos. Y ríe diciendo: «Pero no conseguiréis quitarle el primado a Simón de Jonás. A los veinte años ya era remador principal en las apuestas entre los pueblos» y, alegre, da la voz de estrepada a sus remadores: « ¡O-e!, ¡o-e!». Las voces avanzan sobre el silencio del lago desierto en esta hora matutina.
Los niños recobran seguridad. Cubiertos todavía por el manto, alzan sus caritas demacradas, y apenas si asoma a ellas una sonrisa, una por este lado, la otra por el otro lado del Maestro, que los tiene abrazados. Se interesan por el trabajo de los remadores. Intercambian algunos comentarios.
-Parece como si fuéramos en un carro sin ruedas -dice el niño.
-No. En un carro por las nubes. ¡Mira! Es como andar por el cielo. ¡Mira, mira, ahora subimos a una nube! -dice María, al ver que la barca hunde su punta en un lugar que refleja un nubarrón algodonoso. Y ríe levemente.
Mas el sol rompe la bruma, y, aunque sea sólo un pálido sol de Noviembre, las nubes se hacen de oro y el lago las refleja brillando.
-¡Qué bonito! Ahora andamos sobre el fuego. ¡Qué bonito! ¡Qué bonito!
El niño choca las manos.
Pero la niña calla, y luego rompe a llorar. Todos le preguntan el porqué de ese llanto. Entre sollozos explica:
-Mi mamá decía una poesía, o un salmo, no sé, para tenernos tranquilos, para que pudiéramos rezar a pesar de tanto dolor… y decía esa poesía de un Paraíso que será como un lago de luz, de dulce fuego, donde sólo estará Dios, sólo habrá alegría, adonde irán los buenos… después de la venida del Salvador… Este lago de oro me lo ha recordado… ¡Oh, mi mamá!
Se echa a llorar también Matías. Y todos participan de este dolor.
Pero, de entre el rumor de las distintas voces y el lamento de los huerfanitos, se alza la dulce voz de Jesús:
-No lloréis. Vuestra mamá os ha traído a mí, y está aquí con nosotros mientras os llevo a una mamá que no tiene hijos. Se alegrará de tener dos niños buenos en vez del suyo, que ahora está donde vuestra mamá. Porque también ella ha llorado, ¿sabéis? Como a vosotros se os ha muerto vuestra mamá, a ella se le murió su hijito…
-¡Entonces nosotros vamos con ella y su hijo irá con nuestra mamá! -dice María.
-Exactamente así. Y seréis todos felices.
-¿Cómo es esta mujer? ¿Qué hace? ¡Es una labriega? ¿Tiene un buen amo?
Los niños se interesan.
-No es campesina. Pero tiene un jardín lleno de rosas y es buena como un ángel. Su marido también es bueno. Él también os querrá».
-¿Tú crees, Maestro? -pregunta un poco incrédulo Mateo.
-Estoy seguro. Y vosotros también os convenceréis de ello. Hace tiempo Cusa quería a Margziam para hacer de él un noble.
-¡Ah, eso de ninguna manera! -grita Pedro.
-Margziam será un noble de Cristo. Sólo esto, Simón. ¡Tranquilo!
El lago se pone de nuevo de color ceniza. Se frunce al levantarse un poco de viento. La vela se tensa, la barca avanza vibrando. Pero los niños están tan embelesados con la idea de su nueva mamá, que no sienten miedo.
Pasa Magdala con sus casas blancas entre la verdura de los campos. Pasa la campiña entre Magdala y Tiberíades. Se ven las primeras casas de Tiberíades.
-¿A dónde, Maestro?
-Al embarcadero de Cusa.
Pedro vira y da indicaciones al mozo. La vela cae, mientras la barca orienta su proa hacia el embarcadero para adentrarse luego en él, hasta detenerse junto al pequeño espigón, seguida por la otra. Están paradas las dos, una detrás de otra, como dos ánades cansadas. Bajan todos. Juan se adelanta corriendo para dar una voz a los jardineros.
Los niños, acobardados, se arriman a Jesús, y María, emitiendo un suspiro, tirando del vestido de Jesús, pregunta:
-¿Pero es buena de verdad?
Juan vuelve:
-Maestro, un doméstico está abriendo la cancela. Juana ya está levantada.
-Bien. Esperad todos aquí. Voy a adelantarme.
Y Jesús se encamina solo. Los otros lo ven ir adelante y hacen comentarios más o menos favorables al paso que quiere dar Jesús. No faltan dudas ni críticas. Desde el lugar donde están, sólo ven que acude Cusa al encuentro de Jesús, se inclina profundamente en el umbral de la cancela, y se adentra en el jardín a la izquierda de Jesús. Luego no se ve nada más.
Pero yo sí veo. Veo a Jesús andando despacio al lado de Cusa, que muestra toda su alegría de recibirlo en su casa:
-Mi Juana se pondrá muy contenta. Yo también lo estoy. Está cada vez mejor. Me ha hablado del viaje. ¡Qué éxitos, mi Señor!
-¿No te ha causado pesar?
-Juana es feliz. Yo me siento feliz de verla feliz a ella. Podía no tenerla ya desde hace meses, Señor.
-Podía haber sido así… Y Yo te la di de nuevo. Tienes que saber ser agradecido con Dios.
-Cusa lo mira turbado… y susurra:
-¿Es una reprensión, Señor?
-No. Un consejo. Sé bueno, Cusa.
-Maestro, sirvo a Herodes…
-Lo sé. Pero tu alma no está sometida a nadie, aparte de Dios, si no lo quieres.
-Es verdad, Señor. Me enmendaré. Algunas veces se apodera de mí el respeto humano…
-¿Lo habrías tenido el año pasado, cuando querías salvar a
Juana?
-¡No! A costa de perder cualquier honor, me habría dirigido a quien hubiera pensado que la podía salvar.
-Haz lo mismo por tu alma. Es más valiosa aún que Juana. Ahí viene ella.
Viene a su encuentro corriendo por el paseo. Ellos aceleran el paso.
-¡Maestro mío! No esperaba volver a verte tan pronto. ¿Qué bondad tuya te conduce a tu discípula?
-Una necesidad, Juana.
-¿Una necesidad? ¿Cuál? Habla, que, si podemos, te ayudamos -dicen a la vez los dos esposos.
-Ayer tarde he encontrado en un camino desierto a dos niños… una niñita y un pequeñuelo… Descalzos, andrajosos, hambrientos, solos… y he visto a un hombre de corazón de lobo que los arrojaba de su presencia como si fueran lobos. Estaban medio muertos de hambre… A ese hombre le procuré el bienestar el año pasado y ahora ha negado un pan a dos huérfanos. Porque son huérfanos.
Huérfanos… por los caminos de este mundo cruel. Ese hombre recibirá su castigo. ¿Queréis vosotros mi bendición? Yo, Mendigo de amor, extiendo ante vosotros mi mano, para estos huérfanos sin casa, sin vestidos, sin pan, sin amor. ¿Queréis ayudarme?
-¡Pero, Maestro, ¿lo pides?! ¡Di lo que quieres; cuanto quieras; di todo!… -dice impetuoso Cusa. Juana no habla, pero, con las manos juntas en su pecho, una lágrima en sus largas pestañas, una sonrisa de anhelo en sus rojos labios, espera… y habla más que si hablara.
Jesús la mira y sonríe:
-Quisiera que esos niños tuvieran una madre, un padre, una casa. Y que la madre se llamara Juana…
No tiene tiempo de terminar, porque el grito de Juana es como el de uno que hubiera sido liberado de una prisión, mientras se postra a besar los pies de su Señor.
-¿Y tú, Cusa, qué dices? ¿Acoges en mi nombre a estos mis amados?, ¿a estos que para mi corazón son mucho más estimables que las preseas?
-Maestro, ¿dónde están? Llévame a ellos. Por mi honor te juro que desde el momento en que deposite mi mano sobre sus cabezas inocentes, los querré en tu nombre como un verdadero padre.
-Venid, entonces. Sabía que no venía en vano. Venid. Son agrestes, están asustados, pero son buenos. Fiaos de mí, que veo los corazones y el futuro. Darán paz y unión a vuestra unión, no tanto ahora cuanto en el futuro. En su amor os identificaréis de nuevo. Sus inocentes abrazos serán la mejor argamasa para vuestra casa de esposos. Y el Cielo se os mostrará benigno, siempre misericordioso por esta caridad que hacéis. Están afuera, en la cancela.
Venimos de Betsaida…
Juana no escucha más. Se adelanta, corriendo, cautiva del frenesí de acariciar niños. Y lo hace: cae de rodillas, para estrechar contra su pecho a los dos huerfanitos, y besa sus mejillas macilentas, mientras ellos miran atónitos a esta hermosa señora de vestido enjoyelado. Miran también a Cusa, que los acaricia y coge en brazos a Matías. Miran también el espléndido jardín, y a los domésticos, que están acudiendo al lugar… Y miran la casa, que abre sus vestíbulos llenos de riquezas a Jesús y a sus apóstoles. Y miran a Ester, que los cubre de besos.
El mundo de los sueños se ha abierto ante estos pequeños desvalidos…
Jesús observa y sonríe…
por makf | 4 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Vuelvo a ver el lago de Merón en un lúgubre día de agua… Fango y nubes. Silencio y calígine.
El horizonte desaparece entre las brumas. La cadena del Hermón está sepultada bajo la espesa capa de nubes bajas. Pero desde este lugar -una llanura alta, situada cerca del pequeño lago todo oscuro y amarillento por el fango de mil riachuelos crecidos y el cielo de Noviembre lleno de nubes -se ve bien este pequeño lago alimentado por el Alto Jordán, que de él sale luego para ir a alimentar al otro
lago; más grande, de Genesaret.
Cae la tarde, cada vez más triste y amenazadora de lluvia, cuando Jesús toma el camino que corta el Jordán después del lago de Merón. Entra luego por una vereda que lleva a una casa…
Otra dulce visión de Jesús y dos niños.
Digo esto porque veo que Jesús, al pasar por una vereda abierta entre campos -que deben haber recibido la simiente poco antes porque la tierra está todavía mullida y oscura como cuando ha sido sembrada recientemente -, se detiene a acariciar a dos pequeñuelos: un niño de no más de cuatro años y una niña que tendrá unos ocho o nueve. Deben ser niños muy pobres a juzgar por sus míseros vestiditos descoloridos y rotos y su carita triste y flaca.
Jesús no les pregunta nada. Se limita a mirarlos fijamente mientras los acaricia. Luego reanuda ligero su paso, hacia una casa que está en el fondo de la vereda. Es una casa labriega pero de buen aspecto, con una escalera exterior que sube del suelo a la terraza, en que hay un emparrado, ahora desnudo de racimos y hojas: solamente queda alguna que otra última hoja ya amarilla, que pende y se mueve con el viento húmedo de un desagradable día de otoño. En el murete de la casa unas palomas zurean esperando el agua que el cielo gris y todo nublado promete.
Jesús, seguido por los suyos, empuja la tosca cancela de la albarrada que rodea la casa; entra en un patio -nosotros diríamos una era -, con su pozo y en un ángulo, también un horno (supongo que sea eso aquel tabuco de paredes más oscuras por el humo que incluso ahora sale y que el viento empuja hacia la tierra).
Al oír el rumor de los pasos, una mujer se asoma a la puerta de este cuartucho. Al ver a Jesús, lo saluda con alegría y corre a avisar a la casa.
Un hombre más bien anciano, y grueso, sale a la puerta de la casa, y va enseguida hacia Jesús.
-¡Qué gran honor verte, Maestro! -lo saluda.
Jesús responde con su saludo:
-La paz sea contigo -y añade: «Está anocheciendo y la lluvia se acerca. Vengo a pedirte alojamiento y un pan para mí y mis discípulos.
-Entra, Maestro. Mi casa es tuya. La doméstica está para sacar el pan del horno. Con mucho gusto te lo ofrezco, con el queso de mis ovejas y los productos de mis campos.
Entra, entra, que el viento es húmedo y frío… -y, solícito, sujeta la puerta y hace una reverencia cuando pasa Jesús. Pero inmediatamente cambia de tono dirigiéndose a alguien que ha visto, y dice airado: «
¿Todavía estás aquí? ¡Vete! ¡No hay nada para ti! ¡Vete! ¿Entendido? Aquí no hay sitio para los vagabundos… -y farfulla entre dientes: «…y quizás rateros como tú».
Una vocecita llorosa responde:
-Piedad, señor. A1 menos un pan para mi hermanito. Tenemos hambre…
Jesús, que había entrado en la vasta cocina, alegrada e iluminada con un vivo fuego, sale a la puerta. Su rostro es ya distinto. Severo y triste, pregunta, no al huésped sino en general -parece como si se lo preguntara a la era silenciosa, a la desnuda higuera, al oscuro pozo -:
-¿Quién tiene hambre?
-Yo, Señor. Yo y mi hermano. Sólo un pan y nos vamos.
Jesús está ya afuera, en el ambiente cada vez más lúgubre por el crepúsculo y la lluvia inminente.
-Pasa -dice.
-¡Tengo miedo, Señor!
-Ven, te digo. No tengas miedo de mí.
De detrás de una arista de la casa sale la pobre niña. De la mísera tuniquita viene agarrado su hermanito. Se acercan temerosamente: una mirada tímida a Jesús; una de susto al dueño de la casa, que pone ojos amenazadores mientras dice:
-Son vagabundos, Maestro. Y ladrones. Hace poco he encontrado a ésta fisgando cerca de la almazara. Está claro que quería entrar a robar. ¡A saber de dónde vendrán! No son del lugar.
Jesús lo escucha… digamos que lo escucha. Mira muy fijamente a la niña de carita demacrada, de trenzas despeinadas (dos coletitas a los lados de ambas orejas, atadas al extremo con una cintita de trapo viejo). El rostro de Jesús no es severo mientras mira a la pobrecita; está triste, pero sonríe para animar a la niña:
-¿Es verdad que querías robar? Di la verdad.
-No, Señor. Había pedido un poco de pan, porque tengo hambre. No me lo han dado. He visto una corteza de pan untada, allí, en el suelo, cerca del molino del aceite, y había ido a recogerla. Tengo hambre, Señor. Ayer he conseguido sólo un pan, pero lo guardé para Matías… ¿Por qué no nos han metido en la tumba con nuestra mamá?
La niña llora desconsoladamente, y su hermanito también.
-No llores.
Jesús la consuela acariciándola y arrimándola a su pecho.
-Responde: ¿de dónde eres?
-De la llanura de Esdrelón.
-¿Y has venido hasta aquí?
-Sí, Señor.
-¿Hace mucho que ha muerto tu madre? ¿No tienes padre?
-Mi padre murió por el sol en el tiempo de la cosecha; mi mamá, la pasada luna… ella y el niño que iba a nacer murieron… -y el llanto aumenta.
-¡No tienes ningún pariente?
-¡Venimos de muy lejos! No éramos pobres… Luego mi padre tuvo que ponerse al servicio de un patrón. Ahora ha muerto y mi mamá con él.
-¿Quién era el patrón?
-El fariseo Ismael.
-¡El fariseo Ismael!… (es intraducible el modo como Jesús repite este nombre). --¿Saliste de allí por propia voluntad o te echó él?
-Me echó, Señor. Dijo: "Los perros hambrientos a la calle".
-¿Y tú, Jacob, ¿por qué no has dado un pan a estos niños; un pan, un poco de leche y un manojo de heno como cama para su cansancio? …
-Pero… Señor… tengo justo el pan que necesito… poca leche… y meterlos en casa… Éstos son como animales vagabundos. Si se les pone buena cara luego ya no se marchan…
-¿Y te falta sitio y alimento para estos dos infelices? ¿Lo puedes decir con verdad, Jacob? La cosecha abundante, la abundancia de vino, de aceite, de fruta, que han hecho famosa tu propiedad este año, ¿por qué te han venido? ¿No te habrás olvidado ya, no? El año pasado, el granizo había depauperado tus bienes. Estabas preocupado por tu vida…
Vine y te pedí un pan… Tú me habías oído hablar un día y me fuiste fiel… En medio de tu aflicción me abriste tu corazón y tu casa. Me diste un pan y me alojaste. ¿Qué te dije al salir a a la mañana siguiente? “Jacob, has comprendido la Verdad. Sé siempre misericordioso y obtendrás misericordia. Por el pan que has dado al Hijo del hombre, estos campos te darán muchos cereales; llenos de aceitunas, como si soportaran los granos de la arena marina, estarán tus olivos; tus manzanos, plegados hasta el suelo por su peso". Lo has tenido, y eres el más rico de la comarca este año. ¿Y niegas un pan a dos niños!…
-Pero tú eras el Rabí…
-Precisamente porque lo era podía hacer de las piedras pan; éstos, no. Ahora te digo: verás un nuevo milagro y te producirá aflicción, gran aflicción… Cuando llegue ese momento, dándote golpes de pecho, di: "Me lo he merecido".
Jesús se vuelve a los niños:
-No lloréis. Id a ese árbol y coged los frutos.
-Pero si está vacío, Señor -objeta la niña.
-Ve.
La niña va, y vuelve con el vestidito alzado lleno de manzanas rojas y hermosas.
-Comed y venid conmigo -y a los apóstoles: «Vamos a llevar a estos dos pequeñuelos a Juana de Cusa. Ella sabe recordar los beneficios recibidos y es compasiva por amor a quien usó con ella misericordia. Vamos.
El hombre, confundido y apesadumbrado, trata de arreglar las cosas:
-Es de noche, Maestro. Te puede venir el agua por el camino. Entra en mi casa. Mira, la doméstica va a sacar ya el pan del horno… Te doy también para ellos.
-No hace falta. No sería por amor, lo darías por miedo al castigo prometido.
-Entonces no es éste -y señala a las manzanas que los dos niños hambrientos se están comiendo con avidez, cogidas del árbol antes vacío -, no es éste, entonces, el milagro?
-No.
Jesús se muestra severísimo.
-¡Oh, Señor, Señor, ten piedad de mí! ¡Entiendo! ¡Tienes intención de castigarme en las mieses! ¡Piedad, Señor!
-No todos los que me dicen "Señor" me tendrán, porque el amor y el respeto no se testifican con la palabra sino con obras. Tendrás la piedad que tú has tenido.
-Yo te amo, Señor.
-No es verdad. Me ama quien ama, porque esto es lo que he enseñado. Tú sólo te amas a ti mismo. Cuando me ames como enseño, el Señor volverá. Ahora me marcho. Mi techo es hacer el bien, consolar a los afligidos, enjugar las lágrimas de los huérfanos. Como la gallina extiende sus alas sobre los pollitos indefensos, así extiendo mi poder sobre los que sufren y viven en el dolor. Venid, niños. Pronto tendréis casa y pan. Adiós, Jacob.
Y, no contento con marcharse, indica que cojan en brazos a la niña fatigada (Andrés la toma y la arropa en su manto), y Él toma al niño; y se echan a andar, por la vereda ya oscura, con su carga de piedad que ya no llora.
Pedro dice:
-¡Maestro! ¡Qué gran suerte para éstos el que hayas llegado en este momento! ¡Pero para Jacob!… ¿Qué vas a hacer, Maestro?
-Justicia. No llegará a conocer el hambre, porque tiene todavía muy llenos los graneros, pero sí que conocerá la estrechez, porque el trigo sembrado no producirá grano, y los olivos y manzanos solamente hojas. Estos inocentes, no de mí, sino del Padre, han recibido pan y casa; porque mi
Padre es también Padre de los huérfanos; sí, Él, que da el nido y el alimento a los pájaros de los bosques. Éstos pueden decir, y con ellos todos los desvalidos, los desvalidos que saben permanecer "hijos inocentes y amorosos", que en sus pequeñas manos Dios ha depositado el alimento y que, con paterna guía, los conduce a casa hospitalaria.
La visión cesa así, y me deja una gran paz.
Dice Jesús:
-Para todos es la enseñanza de que sé ser el "Señor" con justicia. A mí no se me engaña, ni se me adula con falaz obsequio. Quien cierra su corazón a su hermano lo cierra a Dios, y Dios a él.
¡Oh, hombres, es el primer mandamiento: Amor y amor. El que no ama, y se profesa cristiano, miente. Es inútil frecuentar los sacramentos y los ritos, inútil la oración, si falta la caridad. Quedan con vertidos en fórmulas, e incluso en sacrilegios. ¿Cómo podéis venir al Pan eterno y saciaros con É1, cuando habéis negado un pan a un hambriento? ¿Vale más, acaso, vuestro pan que el mío? ¿Es más santo? ¡Hipócritas! Yo me doy a vuestra miseria sin medida, y vosotros, que sois miseria, no tenéis piedad de miserias que ante los ojos de Dios no son odiosas como lo son las vuestras: porque aquellas son desventuras, mientras que las vuestras son pecado. Demasiadas veces me decís:
"Señor, Señor" para ganar mi benignidad para vuestros intereses. Pero no lo decís por amor al prójimo y no hacéis nada por el prójimo en nombre del Señor. Mirad: colectiva e individualmente, ¿qué os ha dado vuestra falaz religión y auténtica anticaridad? El abandono de Dios. Y el Señor volverá cuando sepáis amar como Yo he enseñado.
Pero, a vosotros, pequeño rebaño formado por los que sufren siendo buenos, os digo: "Nunca estáis huérfanos, nunca abandonados. No existiría Dios, antes que faltarles la Providencia a sus hijos. Tended la mano: el Padre os da todo como abandonados. No existiría Dios, antes que faltarles la Providencia a sus hijos. Tended la mano: el Padre os da todo como“padre”, o sea, con amor que no humilla. Enjugad vuestras lágrimas. Yo os tomo y os llevo conmigo porque siento piedad de vuestro abatimiento".
La criatura más amada es el hombre. ¿Vais a poner en duda que el Padre se mostrará más compasivo con el hombre fiel que con los pájaros?, ¿con el hombre fiel, Él, que es longánimo incluso con el pecador, y le da tiempo y manera de ir a Él? ¡Ah, si el mundo comprendiera lo que es Dios!
Dice María (la Virgen):
-María (habla a María Valtorta), habla Mamá. Mi Jesús ha hablado de la infancia del espíritu, requisito necesario para conquistar el Reino. Ayer te mostré una página de su vida de Maestro. Has visto ayer a unos niños, a unos pobres niños. ¿No habría nada que añadir? Sí, y lo añado yo. A ti, que quiero que seas cada vez más amada de Jesús. Es un detalle en el cuadro que ha hablado a tu espíritu para el espíritu de muchos. Pero son los detalles los que hacen hermoso el cuadro, los que revelan la capacidad del pintor y la sabiduría del observador. Quiero que observes la humildad de mi Jesús.
Aquella pobre niña, en su ignorante simplicidad, no trata de forma distinta al pecador de corazón de piedra y a mi Hijo. No sabe ni de "Rabí" ni de "Mesías". Siendo poco menos que una pequeña salvaje, que ha vivido en los campos, en una casa donde se despreciaba al Maestro -porque el fariseo Ismael despreciaba a mi Jesús -, no había oído jamás hablar de Él, no lo había visto.
Su padre y su madre, quebrantados por el trabajo insoportable que el cruel patrón exigía, no tuvieron tiempo ni modo de levantar la cabeza de la gleba que roturaban. Habrían oído, quizás, mientras segaban el heno o las mieses, mientras recogían la fruta o los racimos, mientras trituraban la aceituna en la dura muela, un clamor de ¡hosanna! Habrían, incluso, alzado un momento su cansada cabeza. Mas el miedo y el cansancio habrían vencido enseguida esas cabezas bajo su yugo. Y murieron pensando que el mundo era sólo odio y dolor; en cambio, el mundo, desde que lo pisaban los santísimos pies de mi Jesús, era amor y bien. Siendo sólo los pobres siervos de un despiadado patrón, murieron sin cruzarse siquiera una vez con la mirada y la sonrisa de mi Jesús; sin haber oído su palabra, que daba una riqueza al espíritu por la que los indigentes se sentían ricos, los hambrientos hartos, los enfermos sanos, consolados los que sufrían. Pues bien, Jesús no dice:
"Yo, que soy el Señor, te digo: haz esto". Conserva su anonimato. Y la pequeñuela, tan simple que no comprendió ni siquiera al ver el milagro de un manzano, desnudo incluso de hojas, que carga una rama suya de manzanas para saciar su hambre, lo sigue llamando "Señor", como llamaba a su patrón Ismael y al cruel Jacob. Se siente atraída hacia este Señor bueno porque la bondad siempre atrae.
Pero nada más. Le sigue con confianza. Lo ama inmediatamente, instintivamente, esta pobre criaturita sola en el mundo, ignorada voluntariamente por el mundo, por ese "mundo importante de los poderosos y de los que gozan de la vida" que quiere mantener en la sombra a los inferiores para poderlos torturar más a gusto y explotar más acerbamente.
Más adelante sabrá quién era aquel "Señor" que -pobre como ella, sin casa ni alimento, sin madre porque todo lo había dejado por amor al hombre (también a esa pizquita de ser humano que era ella, pobre criaturita niña) -le había dado milagrosos frutos, queriéndole quitar de sus labios y su corazón el amargor de la maldad humana que crea el odio de los desvalidos contra los poderosos, con un fruto del Padre, no con un mendrugo de pan ofrecido tarde y que para ella habría tenido en todo caso sabor de dureza y llanto.
¡Ah, verdaderamente esas manzanas recordaban el pomo del Paraíso Terrenal! Fruto nacido en la rama para el Bien y para el Mal, determinaría redención de todas las miserias -la primera la de la ignorancia de Dios -para los dos huerfanitos; determinaría castigo para aquel que, conociendo ya la Palabra, había obrado como si no la conociera. Sabrá más adelante, de boca de la mujer buena que en nombre de Jesús la acogió, quién era Jesús: para ella Salvador repetidamente: del hambre, de la intemperie, de los peligros del mundo, del pecado original.
Pero, para ella, Jesús tuvo siempre la luz de aquel día, bajo esa luz lo vio siempre: el Señor bueno con bondad de cuento infantil, el Señor que tenía caricias y dones, el Señor que le había hecho olvidar que no tenía ni padre ni madre, ni casa ni vestidos, porque había sido para ella bueno como su padre y dulce como su madre y había ofrecido un nido para el cansancio de los dos, su pecho y el de otros hombres buenos que estaban con Él, y abrigo para la desnudez de los dos, su manto y el de otros hombres buenos que con Él estaban.
Una luz paterna y suave, que no se apagó con el flujo de las lágrimas, ni siquiera cuando supo que había muerto atormentado en una cruz; ni siquiera cuando, pequeña fiel de la primera Iglesia, vio el aspecto del rostro de su "Señor" con los golpes y las espinas y pensó cómo era El ahora, en el Cielo, a la derecha del Padre. Una luz que le sonrió en su última hora de la tierra, y la condujo sin temor hacia su Salvador. Una luz que le sonrió una vez más con inefable dulzura en el fulgor del Paraíso.
Jesús te mira a ti también así. Míralo siempre como lo veía tu lejana homónima y siéntete feliz de este amor suyo. Sé sencilla, humilde, fiel, como la pobre y pequeña María que has conocido. Ve adónde ha llegado, a pesar de que fuera una pobre ignorantilla de Israel: al corazón de Dios. El Amor se le reveló como se ha revelado a ti y se hizo docta con la verdadera Sabiduría.
Ten fe, vive en la paz. No existe miseria alguna que mi Hijo no pueda transformar en riqueza; no hay soledad alguna que no pueda colmar; como tampoco hay falta alguna que no pueda borrar. El pasado no existe, cuando el amor lo anula. Ni siquiera un pasado horrendo. ¿Temerás tú si no temió Dimas el ladrón? Ama, ama y no tengas miedo de nada.
Mamá te deja con su bendición.
por makf | 4 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Jesús está hablando en la plaza principal de Aera:
-«…Y no os estoy expresando, como he hecho en otros lugares, las primeras e indispensables cosas que hay que saber y hacer para salvarse. Ya las sabéis, y muy bien, por obra de Timoneo, sabio arquisinagogo de la Ley antigua, sapientísimo ahora al renovarla con la luz de la Ley nueva.
Lo que quiero es poneros en guardia contra un peligro que en el estado de espíritu en que os encontráis no podéis ver. Es el peligro de presiones o malignas acusaciones que os desvíen, con la intención de separaros de esta fe que ahora tenéis en mí.
Os voy a dejar a Timoneo durante un tiempo. Con otros, os explicará las palabras del Libro a la luz nueva de mi Verdad, que él ha abrazado. Pero antes de dejaros, habiendo escrutado vuestros corazones, habiéndolos visto sinceramente amantes, voluntariosos y humildes, quiero comentar con vosotros un punto del cuarto Libro de los Reyes.
(Corresponde, en la nueva nomenclatura bíblica a 2 Reyes 18, 17-36)
Cuando Ezequías, rey de Judá, sufrió el asalto de Senaquerib, fueron a él los tres altos personajes del rey enemigo para aterrorizarlo con temores de quiebra de alianzas, de potencias que ya lo circundaban. A las palabras de los poderosos enviados, respondieron Elyaquim, Sebná y Yoaj: "Habla de forma que el pueblo no comprenda" (para que el pueblo aterrorizado no invocara la paz).
Pero esto es lo que querían los mensajeros de Senaquerib, así que dijeron con fuerte voz y en perfecto hebreo: "Que no os seduzca Ezequías… Concertad con nosotros lo que os conviene y rendíos, y todos podrán comer de su vid y de su higuera, y podréis beber el agua de vuestras cisternas, hasta cuando vengamos a llevaros a una tierra como la vuestra, fecunda, rica en vino, una tierra abundante de pan y uvas, tierra de aceitunas, aceite y miel; así viviréis y no moriréis…". Y está escrito que el pueblo no respondió porque había recibido la orden del rey de no responder.
Ved. Yo también, por compasión de vuestras almas asediadas por fuerzas más feroces aún que las de Senaquerib, que podía dañar los cuerpos mas no lesionar los espíritus -mientras que la guerra que os plantea el ejército enemigo capitaneado por el más fiero y cruel déspota que hay en la creación es contra vuestros espíritus -, Yo también he rogado a sus mensajeros, a esos mensajeros suyos que, para perjudicarme a mí en vosotros, tratan de aterrorizarnos a mí y a vosotros con amenazas de tremendos castigos, les he suplicado diciendo:
"Habladme a mí, pero dejad en paz a las almas que nacen ahora a la Luz. Meteos conmigo, torturadme a mí, acusadme a mí, matadme a mí, pero no os ensañéis con estos pequeñuelos de la Luz. Son débiles todavía. Un día serán fuertes, pero ahora son débiles. No arremetáis contra ellos. No arremetáis contra la libertad que tienen los espíritus de elegir un camino. No arremetáis contra el derecho que Dios tiene a llamar a sí a estos que lo buscan con sencillez y amor".
¿Pero puede, acaso, uno que odia ceder a las súplicas de la persona odiada? ¿Puede, acaso, uno que es víctima del odio conocer el amor? No puede. De aquí que, con mayor dureza aún, y cada vez con mayor dureza, vendrán a deciros: "Que no os seduzca el Cristo. Venid con nosotros y tendréis todos los bienes". Y os dirán: "¡Ay de vosotros si le seguís! ¡Seréis perseguidos!". Y os urgirán con ficticia bondad: "Salvad vuestras almas. Es un Satanás". Muchas cosas os dirán de mí, muchas, para persuadiros a abandonar la Luz.
Yo os digo: “A los tentadores responded con el silencio". Después, cuando descienda la Fuerza del Señor a los corazones de los fieles de .Jesucristo, Mesías y Salvador, entonces podréis hablar, porque no seréis vosotros, sino el mismo Espíritu de Dios, el que hablará en vuestros labios, y vuestros espíritus serán adultos en la Gracia, fuertes e invencibles en la Fe.
Sed perseverantes. Sólo os pido esto. Recordad que Dios no puede ceder a los sortilegios de un enemigo suyo. Que sean vuestros enfermos, aquellos que han recibido confortación y paz en su espíritu, los que hablen siempre entre vosotros, con su sola presencia, de quién es el que vino a vosotros para deciros: "Perseverad en mi amor y en mi doctrina y tendréis el Reino de los Cielos". Mis obras hablan más aún que mis palabras, y, a pesar de que saber creer sin necesidad de pruebas sea perfecta bienaventuranza, os he permitido ver los prodigios de Dios para el fortalecimiento de vuestra fe.
Responded a vuestro cerebro, tentado por los enemigos de la Luz, con las palabras de vuestro espíritu: "Creo porque he visto a Dios en sus obras". Responded al enemigo con el silencio activo y diligente. Y con estas dos respuestas caminad en la Luz. La paz sea siempre con vosotros.
Y los despide. Luego se encamina afuera de la plaza.
-¿Por qué les has hablado tan poco, Señor? Timoneo quizás se ha quedado desilusionado -dice Natanael.
-No se sentirá desilusionado porque es un justo y comprende que advertir a uno de un peligro es amarlo con amor más intenso. Este peligro está muy presente.
-Como siempre, los fariseos, ¿no? -pregunta Mateo.
-Ellos y otros.
-¿Estás apesadumbrado, Señor? -pregunta afligido Juan.
-No. No más que de costumbre…
-Sin embargo, estabas más alegre estos días pasados…
-Será tristeza por no tener ya consigo a los discípulos.
Pero, ¿y por qué los has despedido? ¿Es que quieres seguir el viaje? -pregunta el Iscariote.
-No. Éste es el último lugar. De aquí se va a casa. Pero las mujeres no podían continuar con estas condiciones climáticas. Han hecho mucho. No deben hacer más.
-¿Y Juan?
-Enfermo. En una casa amiga como estuviste tú.
Luego Jesús se despide de Timoneo y de otros discípulos que se quedan en la comarca, a los cuales se ve que les ha dado órdenes para el futuro pues no insiste en más consejos.
Están en la puerta de la casa de Timoneo, porque Jesús ha querido bendecir una vez más a la dueña de la casa. La gente, respetuosa, lo observa, y lo sigue cuando reanuda el camino en dirección al arrabal, a las huertas, a la campiña. Los más tenaces lo siguen todavía un poco más, en un grupo cada vez más reducido, hasta sólo nueve, luego cinco, luego tres, luego uno… Este uno también se vuelve para Aera, mientras Jesús toma la dirección de occidente, sólo con los doce apóstoles, pues también Hermasteo se ha quedado, con Timoneo.
Jesús dice:
-El viaje, el segundo gran viaje apostólico, está cumplido. Ahora es el regreso a los conocidos campos de Galilea.
por makf | 4 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Ya también Arbela ha quedado lejos.
Se han añadido a la comitiva Felipe de Arbela y el otro discípulo que oigo que le llaman Marcos.
El camino está embarrado, como si hubiera llovido mucho. El cielo está ceniciento. Un riachuelo, bastante digno de este nombre, corta el camino de Aera. Lleno por las lluvias -que está claro que han arreciado con furia en esta zona -, no presenta ciertamente un color cerúleo, sino amarillo rojizo, como si portase aguas pasadas por terrenos ferruginosos.
-Ya el tiempo se ha puesto mal. Has hecho bien despidiendo a las mujeres. Este tiempo ya no es adecuado para que estén por los camino -sentencia Santiago.
Y Simón el Zelote, siempre sereno, incluso en su absoluta dedicación al Maestro, proclama:
-El Maestro todo lo que hace lo hace bien. No es torpe como nosotros. Ve y prevé todo en el mejor de los modos, y más por nosotros que por Él.
Juan, contento de ir al lado de Jesús, lo mira de abajo arriba con su rostro risueño y dice:
-Eres el Maestro más encantador y bueno que jamás tuvo la tierra, tiene ni tendrá, además del más santo.
-Esos fariseos… ¡Qué desilusión! También el mal tiempo ha contribuido a convencerlos de que verdaderamente Juan de Endor no estaba. Pero, ¿y por qué la tienen tomada con él de esa forma? -pregunta Hermasteo, que siente mucha ternura por Juan de Endor.
Responde Jesús:
-Esa aversión no es contra él ni por él. Es un instrumento que mueven contra mí.
Felipe de Arbela dice:
-Bien, pues el agua los ha requeteconvencido de que era inútil esperar y sospechar de Juan de Endor. ¡Viva el agua! Ha servido también para tenerte yo en mi casa cinco días.
-¡Qué preocupados estarán los de Aera! Ya será mucho si no vemos venir a nuestro encuentro a mi hermano -dice Andrés.
-¿A nuestro encuentro? Vendrá detrás de nosotros -observa Mateo.
-No. Iba por el camino del lago. Porque desde Gadara iba al lago y luego con alguna barca a Betsaida, para ver a su mujer y decirle que el niño está en Nazaret y que él pronto regresaría. De Betsaida a Merón tomaba el camino de Damasco durante un tramo, y luego el camino de Aera. Está, sin duda, en Aera.
Pasa un momento de silencio. Luego Juan dice sonriendo:
-¡Pero esa viejecita, Señor!
-Estaba casi convencido de que le ibas a conceder la alegría de morir apoyada en tu pecho, como a Saúl de Keriot observa Simón Zelote.
-Mi amor ha sido mayor incluso. Porque espera a llamarla a mí en el momento en que el Cristo vaya a abrir las puertas del Cielo. No tendrá que esperarme mucho la pequeña madre. Ahora vive con su recuerdo y, con la ayuda de tu padre, Felipe, su vida será menos triste. Yo os bendigo de nuevo a ti y a tu familia.
Una nube más espesa que la que cubre el cielo vela ahora la alegría de Juan.
Jesús lo ve y dice:
-¿No estás contento de que la ancianita vaya pronto al Paraíso?
-Sí… pero no estoy contento porque ello querrá decir que Tú te marchas… ¿Por qué morir, Señor?
-Quien ha nacido de mujer muere.
-¿Vas a tenerla sólo a ella, Señor?
-¡Oh, no… y qué exultante será el paso de estos que salvo como Dios y que he amado como hombre!…
Atraviesan otros dos pequeños ríos, muy cercanos el uno del otro. Empieza a llover en la llana región que se abre ante los peregrinos una vez superados los cerros (donde se cruzan con el camino que aprovecha un valle para proseguir hacia el norte).
Al norte -es más, a un noroeste muy poco oeste -se delinea una alta, poderosa sierra sobre cuyos montes se superponen nubes y más nubes, que casi crean nuevos, ilusorios montes de nubes encima de los reales, de roca, cubiertos de bosques a los lados y de nieves en sus cúspides. Pero es una sierra muy lejana.
-Aquí agua, allá nieve. Es la cadena del Hermón. En las cúspides hay ahora una capa más vasta de blancura. Si en Aera tenemos sol, veréis lo bonito que es cuando el sol pone rosa el pico mayor -dice Timoneo, que se siente impulsado por el amor patrio a cantar las bellezas de su región.
-Sí, pero mientras tanto llueve. ¿Está lejos todavía Aera? -pregunta Mateo.
-Mucho. Hasta la noche no llegaremos.
-Que Dios nos salve entonces de cogernos alguna enfermedad -termina Mateo, poco entusiasta de caminar con este mal tiempo. Van todos arrebozados en sus mantos, debajo de los cuales llevan los sacos de viaje, para resguardarlos de la humedad, y resguardar así la ropa para poderse cambiar nada más llegar, pues la que llevan está ya chorreando de agua y los bajos están completamente cargados de lodo.
Jesús va a la cabeza, absorto en sus pensamientos. Los demás van dando mordiscos a sus respectivos panes. Juan dice alegremente:
-No tenemos necesidad de buscar fuentes para calmar la sed. Basta con volver hacia atrás la cabeza y abrir la boca, y los ángeles nos dan el agua.
Hermasteo, que, siendo joven también, tiene en común con Felipe de Arbela y Juan la envidiable suerte de tomarse todo con alegría, dice:
-Simón de Jonás se quejaba de los camellos. Pero ya preferiría yo estar encima de aquella torre sacudida por un terremoto que no en este barro. ¿Tú qué opinas?
Y Juan:
-Digo que en todas partes estoy bien, con tal de que esté Jesús…
Los tres jóvenes se dan a una animada conversación entre ellos. Los cuatro más mayores aceleran hasta alcanzar a Jesús. La pareja restante, Timoneo y Marcos, se pone al final, hablando…
-Maestro, en Aera estará Judas de Simón… -dice Andrés.
-Ciertamente. Y con él Tomás, Natanael y Felipe.
-Maestro… echo de menos estos días de paz -suspira Santiago.
-No debes decir eso, Santiago.
Lo sé… Pero no puedo evitarlo… -y lanza otro gran suspiro.
-Estará también Simón Pedro con mis hermanos. ¿No te alegras de ello?
-¡Mucho! Maestro, ¿por qué Judas de Simón es tan distinto de nosotros?
-¿Por qué el agua se alterna con el sol, el calor con el frío, la luz con las tinieblas?
-Pues porque no se podría tener siempre una cosa. Moriría la vida en la tierra.
-¡Así es, Santiago.
-Sí, pero eso no tiene que ver con Judas…
-Respóndeme. ¿Por qué las estrellas no son todas como el Sol, grandes, calientes, espléndidas, poderosas?
-Porque… la tierra se abrasaría bajo tanto fuego.
-¿Por qué las plantas -me refiero a todos los vegetales -no son como aquellos nogales?
-Porque… los animales no podrían comérselas.
-¿Y entonces por qué no son todas como hierbas?
-Porque… no tendríamos leña para el fuego, para las casas, para hacer utensilios, carros, barcas, muebles.
-¿Por qué los pájaros no son todos águilas y todos los animales elefantes o camellos?
-¡Buenos estaríamos si fuera así!
-¿Esta variedad te parece entonces una cosa buena, no?
-Sin duda.
-Juzgas entonces que… ¿Por qué, según tú, Dios la ha hecho?
-Para ofrecernos la mayor ayuda posible.
-Entonces para bien, ¿no? ¿Estás seguro de ello?
-Como de que vivo en este momento.
-Entonces, si ves justo que haya variedad de especies animales, vegetales y astrales, ¿por qué pretendes que todos los hombres sean iguales? Cada uno tiene su misión y su forma. ¡La infinita diversidad de especies te parece signo de potencia o de impotencia del Creador?
-De potencia. Una sirve para hacer resaltar a la otra.
-Muy bien. También Judas sirve para lo mismo, y tú les sirves a tus compañeros, y tus compañeros a ti. Tenemos treinta y dos dientes en la boca, pero, si los miras bien, entre sí son bien diferentes. No sólo por lo que respecta a las tres clases, sino incluso entre los elementos de una misma clase.
Pues bien, puesto que estás comiendo, observa su oficio. Verás que incluso los que parecen poco útiles y que trabajan poco son precisamente los que hacen el primer trabajo de cortar el pan y de llevarlo a los otros, que lo desmenuzan, para pasarlo a los otros que lo transforman en papilla. ¿No es así? A ti te parece que Judas no hace nada, o que su actuación es negativa. Te recuerdo que ha evangelizado, y bien, la Judea meridional, y que -tú lo has dicho -sabe tener tacto con los fariseos
-Es verdad.
Mateo observa:
-También es muy hábil para obtener dinero para los pobres. Pide, sabe pedir como no lo sé hacer ni siquiera yo… Quizás porque el dinero ahora me da asco.
Simón Zelote agacha el rostro, carmesí de tan rojo como se ha puesto.
Andrés lo ve y pregunta:
-¿Te encuentras mal?
-No, no… El cansancio… no sé.
Jesús lo mira fijamente, y Simón se pone cada vez más rojo. Pero Jesús no dice nada. Viene corriendo Timoneo:
-Maestro, allí se ve el pueblo antes de Aera. Podremos hacer un alto en el camino o pedir burros
-Ya está dejando de llover. Es mejor seguir.
-Como quieras Maestro. Pero ahora, con tu permiso, me adelanto.
-Bien.
Timoneo se echa a correr con Marcos. Jesús, sonriendo, observa:
-Quiere que tengamos un ingreso triunfal.
De nuevo están todos en grupo. Jesús deja que se metan a hablar con pasión de las diferencias de las regiones. Luego se retrasa, tomando consigo al Zelote. En cuanto están solos, pregunta:
-¿Por qué te has puesto colorado, Simón?
-Vuelve a ponerse rojo como las brasas, pero no dice nada. Jesús repite la pregunta. Simón, más rojo y más callado. Jesús insiste en la pregunta.
-¡Señor, pero si Tú ya lo sabes! ¿Por qué me obligas a hablar? -grita el Zelote, dolido como si fuera un torturado.
-¿Tienes certeza?
-No me lo ha negado. Sin embargo, ha dicho: "Lo hago por previsión. Soy sensato. El Maestro no piensa nunca al mañana". Forzando las cosas, hasta podría ser así. Pero… en todo caso es… en todo caso es… Maestro, mete Tú la palabra exacta.
-En todo caso es una demostración de que Judas es solamente un "hombre". No sabe elevarse a ser un espíritu. Pera, más o menos, sois todos así. Teméis por estupideces. Os preocupáis de previsiones inútiles. No sabéis creer que la Providencia es potente y está presente. Bien, que esto quede entre nosotros dos. ¿No es verdad?
-Sí, Maestro
Un momento de silencio. Luego Jesús dice:
-Pronto volveremos al lago… Será hermoso un poco de recogimiento después de tanto camino. Nosotros dos iremos a Nazaret y estaremos allí un tiempo, hacia las Encenias. Estás sólo… Los otros estarán en familia. Tú, conmigo».
-Señor, Judas y Tomás, y también Mateo, están solos.
-No te preocupes. Cada uno celebrará las fiestas con la familia. Mateo tiene a su hermana. Tú estás solo. A menos que quieras ir con Lázaro…
-No, Señor -interviene inmediatamente Simón -No. Quiero a Lázaro. Pero estar contigo es estar en el Paraíso. Gracias, Señor -y le besa la mano.
Hace poco que han dejado atrás el pueblecillo, cuando he aquí que, bajo otro aguacero, aparecen de nuevo por el camino inundado Timoneo y Marcos, que gritan:
-¡Deteneos! Está Simón Pedro con unos burros. Lo he encontrado mientras venía para acá. Lleva ya tres días de camino hacia aquí con los animales, bajo la lluvia.
Se detienen al amparo de un robledal que resguarda un poco del chaparrón. Y ven venir, montado en un asno -el primero de una fila de borriquillos -a Pedro, que, con la manta que se ha echado sobre la cabeza y la espalda, parece un fraile.
-¡Dios te bendiga, Maestro! ¡Ya decía yo que estaría mojado como uno que se hubiera caído al lago! ¡Venga, enseguida, a caballo todos, que Aera hace tres días que está ardiendo de tanto como tiene encendidas sus chimeneas para secarte! Rápido, rápido… ¡En qué estado!…
¡Fijaos aquí! ¿Pero no erais capaces de hacerle esperar? ¡Ah, si no estoy yo! ¡Pero, yo digo…! ¡Pero mirad aquí!
Tiene el pelo tieso como un ahogado. Debes estar helado. ¡Con toda esta agua! ¡Qué imprudencias! ¿Y vosotros? ¿Y vosotros? ¡Infames! Tú el primero, hermano, que no piensas. Y todos los demás. ¡Bien guapos estáis! ¡Parecéis sacos caídos a un pantano! ¡Venga, ligeros! ¡Ya no me vuelvo a fiar de confiároslo! Me falta poco para ahogarme de horror…
-Y de lo que hablas, Simón -dice sereno Jesús mientras el asno trota al lado del de Pedro, a la cabeza de la caravana asnal. Jesús repite: «Y de lo que hablas. De palabras inútiles. No me has dicho si han llegado los otros, si han partido las mujeres, si tu mujer está bien… No me has dicho nada.
-Te diré todo. Pero ¿por qué te has puesto en camino con esta lluvia?
-¿Y tú por qué has venido?
-Porque tenía prisa de verte, Maestro mío.
-Porque tenía prisa de reunirme contigo, Simón mío.
-¡Oh, mi querido Maestro! ¡Cuánto te quiero! ¡Mujer, niño, casa? ¡Nada, nada! Todo es feo si Tú no estás. ¿Crees que te quiero así?
-Lo creo. Sé quién eres, Simón.
-¿Quién?
Un gran niño lleno de pequeños defectos, y, bajo estos defectos, sepultadas, muchas dotes excelentes. Pero hay una que no está sepultada: tu honestidad en todo. ¿Y entonces, quién está en Aera?
-Judas, tu hermano, con Santiago, más Judas de Keriot con los otros. Parece que Judas ha hecho las cosas muy bien. Todos lo alaban…
-¿Te ha hecho preguntas?
-¡Muchas! No he respondido a nada. He dicho que no sabía nada. Y es así, porque ¿qué sé yo, aparte de haber acompañado hasta Gadara a las mujeres? Mira, no le he dicho nada de Juan de Endor. Él cree que está contigo. Deberías decírselo a los otros.
-No. Ellos, como tú, tampoco saben dónde está Juan. Inútil decir más cosas. ¿Pero estos burros?… ¡tres días!… ¡Qué gasto! ¿Y los pobres?
-Los pobres… Judas tiene un montón de dinero. Se ocupa él. Estos burros no me cuestan una perra. Los habitantes de Aera me habrían dejado incluso mil, sin ningún gasto, para ti. He tenido que levantar la voz para impedir venir a buscarte con un ejército de asnos. Tiene razón Timoneo. Aquí todos creen en ti. Son mejores que nosotros… -y suspira.
-¡Simón, Simón! En la Transjordania nos honraron; hubo un galeote, paganas, pecadoras, mujeres, que os dieron lecciones de perfección. Recuérdalo siempre, Simón de Jonás.
-Trataré de recordarlo, Señor. Mira, mira, los primeros de Aera. ¡Mira cuánta gente! Está la madre de Timoneo. Ahí están tus hermanos entre la multitud. Y los discípulos a los que habías dicho que se adelantaran, y los que luego han venido con Judas de Keriot. Ahí está el más rico de Aera con sus servidores. Quería que te alojaras en su casa. Pero la madre de Timoneo ha hecho valer su derecho y estarás en su casa. ¡Mira, mira! Están irritados porque el agua apaga las antorchas. Hay muchos enfermos, ¡eh! Se han quedado en la ciudad, junto a las puertas, para verte enseguida. Uno que tiene un almacén de leña ha puesto a su disposición los cobertizos. Hace tres días que están allí, ¡pobre gente!; desde que llegamos nosotros y nos extrañamos de no verte.
El grito de la multitud impide que Pedro continúe, así que se calla y permanece al lado de Jesús como si fuera un escudero. Ya han llegado a la gente. La multitud se va abriendo, y Jesús pasa con su borriquillo, bendiciendo continuamente mientras pasa.
Entran en la ciudad.
-Donde los enfermos, inmediatamente -dice Jesús, sin hacer caso de las protestas de quienes quisieran ofrecerle un techo y darle alimento y fuego por miedo a que sufra demasiado -Ellos sufren más que Yo -responde.
Tuercen a la derecha. Ya llegan al rústico recinto del almacén de la leña.
Abren de par en par la puerta. Del interior del recinto sale un clamor quejumbroso: -¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de nosotros!
Es un coro suplicante, constante como una letanía. Voces de niños, de mujeres, de hombres, de ancianos: tristes como balidos de corderos en pena; acongojadas como de madres en agonía; descorazonadas como de quien tiene una sola esperanza; temblorosas como de quien ya sólo sabe llorar…
Jesús entra en el recinto. Se yergue lo más que puede sobre los estribos, y, levantando la mano derecha, dice con su voz potente:
-¡A todos los que creen en mí, salud y bendición!
Se apoya de nuevo en la silla y hace ademán de volver afuera. Pero la multitud le oprime, los que han quedado curados se cierran en torno a Él. Y, a la luz de las antorchas, que al amparo de los pórticos arden y dan viveza de resplandores al crepúsculo, se ve al gentío que bulle delirante de alegría aclamando al Señor; al Señor, que casi desaparece en medio de un tapiz de flores de niños sanados que las madres le han puesto en los brazos, en el regazo, y hasta en el cuello del asno, sujetándolos para que no se caigan.
Jesús tiene los brazos colmados de niños, como si fueran flores, y sonríe feliz, y los besa, porque, sujetándolos como está con los brazos, no puede bendecirlos. En fin, retiran a los niños. Ahora son los ancianos curados los que lloran de alegría y le besan el vestido, y luego los hombres y las mujeres…
Es ya de noche cuando puede entrar en la casa de Timoneo y reponerse con el fuego y la ropa seca.
por makf | 4 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Con la primera persona a la que se dirigen, preguntándole por Felipe de Jacob, se dan cuenta de lo mucho que ha trabajado el joven discípulo.
La persona consultada, una viejecita llena de arrugas, que con fatiga transporta un cántaro lleno de agua, mirando fijamente con sus ojitos hundidos por la edad al hermoso rostro de Juan -que le ha hecho la pregunta sonriendo y precediéndola con un «La paz sea contigo» tan dulce que la anciana ha quedado conquistada-dice:
-¿Eres el Mesías?
-No. Soy su apóstol. Él viene allí.
La anciana deja en el suelo su cántaro y dirige sus pasos, renqueando, al punto indicado; cuando llega, se arrodilla ante Jesús.
Juan, que está con Simón frente al cántaro, que casi se ha volcado, derramándose la mitad de su contenido, sonríe mientras dice a su compañero:
-Creo que es mejor que tomemos este cántaro y vayamos donde la anciana.
Toma el cántaro y se encamina, mientras Si-añade:
-Nos servirá para beber, que todos tenemos sed.
En llegando donde la viejecita -la cual, no sabiendo exactamente qué decir, repite una y otra vez:
«¡Bonito, santo Hijo de la Madre más santa!», arrodillada, bebiéndose con sus ojos la figura de Jesús, quien, a su vez, le sonríe, repitiendo también: «Levántate, madre. ¡Pero mujer, levántate!»-, en llegando, Juan le dice:
-Hemos cogido tu cántaro, que casi se había volcado. Hay poca agua. Pero, si nos lo permites, bebemos esta agua y luego te lo llenamos.
-Sí, hijos, sí. Lo que siento es tener solamente agua para vosotros. Leche, como cuando alimentaba a mi Judas, querría tener en mi pecho, para daros lo más dulce que hay en la tierra: la leche de una madre; vino querría tener, del más selecto, para daros fuerzas… Pero Mariana de Eliseo es vieja y pobre…
-Tu agua, madre, es para mí vino y leche, porque la ofreces con amor -responde Jesús, y bebe, Él el primero, del cántaro que Juan le ha acercado. Luego beben los demás.
La anciana se ha levantado por fin, y ahora los mira como miraría al Paraíso; pero, al ver que han bebido todos y ahora van a tirar el agua que queda y ya hacen ademán de ir a la fuente que gorgotea en el fondo de la calle, la anciana se interpone defendiendo el cántaro y dice:
-No, no. Esta agua de la que ha bebido Él es más santa que el agua lustral. La conservaré con esmero para que me purifiquen con ella cuando muera.
Y, aferrando su cántaro, dice:
-Me lo llevo a casa. Tengo otros. Ya llenaré ésos. Antes ven, Santo, que te enseño la casa de Felipe -y va dando trotecillos, ligera, encorvada toda, todo risueños su rostro rugoso y sus ojillos, avivados por la alegría; va dando trotecillos teniendo cogido el borde del manto de Jesús con sus dedos, como temiendo que se le pueda escapar, y defiende su cántaro de las insistencias de los apóstoles; que quisieran que no llevase ese peso; va dando trotecillos, sí, dichosa, mirando la calle y las casas de Arbela (desierta la primera, cerradas éstas, en el atardecer) con la mirada de un conquistador feliz de su victoria.
Por fin, al pasar de esta calle secundaria a otra más céntrica, en que hay gente que se apresura a llegar a casa -y la gente la observa con asombro, señalándosela unos a otros y preguntándole-, ella espera a que se forme alrededor un corro de gente y grita:
-¡Tengo conmigo al Mesías de Felipe! Corred a decirlo por todas partes; primero a la casa de Jacob. Que estén preparados para glorificar al Santo.
Grita hasta desgañitarse. Sabe hacerse obedecer. Le ha llegado, pobre ancianita lugareña, sola y desconocida, la hora de mandar. Y ve a toda una ciudad revolucionada por su imperativo.
Jesús, mucho más alto que ella, le sonríe cuando, de vez en cuando, ella lo mira; y le pone una mano en su cabeza senil, con una caricia de hijo que la hace desmayarse de felicidad.
La casa de Jacob está en una calle céntrica. Abierta de par en par e iluminada, muestra tras el portal una larga entrada, en que hay movimiento de gente con lámparas, personas que, en cuanto Jesús aparece en la calle, corre afuera jubilosa: el joven discípulo Felipe, luego su madre y su padre, parientes, domésticos y amigos.
Jesús se detiene y responde con majestuosidad al reverente saludo de Jacob, luego se agacha hacia la madre de Felipe la cual, de rodillas, lo está venerando-y la hace ponerse de pie, la bendice y le dice:
-Sé siempre feliz por tu fe.
Luego saluda al discípulo y al otro que ha venido con él.
La anciana Mariana, a pesar de todo, no suelta el borde del manto, ni su puesto al lado de Jesús, hasta que están ya para poner pie en el atrio. Entonces gime:
-¡Una bendición para que yo sea feliz! Ahora Tú estarás aquí… yo voy a mi pobre casa y… ¡todo lo bonito se acabó!
¡Cuánta nostalgia en esa voz senil!
Jacob, al que su mujer le ha hablado en voz baja, dice:
-No, Mariana de Eliseo. Quédate tú también en mi casa, como si fueras una discípula. Quédate el tiempo que el Maestro esté con nosotros, y sé feliz así.
-Dios te bendiga, hombre. Tú comprendes la caridad.
-Maestro… Ella te ha traído a mi casa. Tú me has concedido gracia y caridad. No hago sino restituir, y, en todo caso, míseramente, lo mucho que de ti y de ella he recibido. Entra. Entrad. Quisiera que encontrarais acogedora mi casa.
La multitud, afuera, en la calle, los ve entrar y grita:
-¿Y nosotros? Queremos oír su palabra.
Jesús se vuelve:
-Es ya de noche. Estáis cansados. Preparad vuestra alma con un santo descanso. Mañana oiréis la Voz de Dios. Por ahora, os acompañen la paz y la bendición.
Y el portal se cierra, cubriendo con ello la felicidad de esta casa. Santiago de Zebedeo, mientras se purifican del viaje, hace esta observación al Señor:
-Quizás hubiera sido mejor hablar inmediatamente y partir al alba. Los fariseos están en la ciudad. Me lo ha dicho Felipe. Te van a crear conflictos.
-Los que habrían tenido conflictos con ellos están lejos. Los problemas que me puedan causar no tienen importancia. El amor anulará…
Es la mañana del día siguiente… La salida, alegre, entre los familiares de Felipe y los apóstoles. La ancianita va detrás. La cita con los de Arbela, que esperan pacientemente. El camino hacia la plaza principal, donde Jesús empieza a hablar.
Se lee en el capítulo octavo del segundo de Esdras esto que ahora os repito aquí: "Llegado el séptimo mes…" (Jesús me dice: "No escribas más. Repito íntegramente las palabras del libro"). (Las palabras del libro son las de Nehemías 8, porque el primero y el segundo libro de Esdras reciben, respectivamente, en los nuevos títulos de los libros de la Biblia, los nombres de libro de Esdras y libro de Nehemías)
¿Cuándo vuelve a su patria un pueblo? Cuando regresa a las tierras de sus padres. Yo vengo a conduciros de nuevo a las tierras del Padre vuestro, al Reino del Padre. Puedo hacerlo porque para hacer esto he sido enviado. Vengo, por tanto, a llevaros al Reino de Dios. Es, pues, justo equipararos con los que con Zorobabel regresaron a Jerusalén, la ciudad del Señor; y es justo hacer con vosotros como hiciera Esdras, el escriba, con el pueblo recogido de nuevo dentro de los muros sagrados. Porque, reconstruir una ciudad, dedicándola al Señor, y no reconstruir las almas, cada una semejante a una pequeña ciudad de Dios, es necedad sin igual.
¿Cómo reconstruir estas pequeñas ciudades espirituales, por muchas razones derruidas? ¿Qué materiales se habrán de usar para hacerlas sólidas, hermosas, duraderas? Los materiales están en los preceptos del Señor. Los diez mandamientos. Vosotros los sabéis porque Felipe, hijo vuestro y discípulo mío, os los ha recordado. Los dos santos de entre los preceptos santos, “Ama a Dios con todo tu ser, ama al prójimo como a ti mismo", son el compendio de la Ley. Y estos preceptos predico Yo,porque con ellos segura es la conquista del Reino de Dios. En el amor, uno encuentra la fuerza de conservarse santo o de venir a serlo, la fuerza del perdón, la fuerza de las virtudes heroicas: todo lo encuentra en el amor.
No es el miedo lo que salva. El miedo al juicio de Dios, a las sanciones de los hombres, a las enfermedades. El miedo nunca es constructivo; antes bien, agita, disgrega, desencaja, quebranta. El miedo lleva a la desesperación; lleva sólo a la astucia para ocultar las malas acciones; lleva sólo a temer, cuando ya el temor es inútil porque el mal ya está en nosotros. ¿Quién se preocupa, mientras está sano, de ser prudente, por piedad hacia su cuerpo? Nadie.
Pero en cuanto el primer escalofrío de fiebre culebrea por las venas, o una mancha hace pensar en enfermedades impuras, en ese momento, viene el miedo, como tormento que se agrega a la enfermedad, como fuerza disgregadora en un cuerpo al que ya la enfermedad disgrega.
(Nota.-_on respecto a lo que dice Jesús ͞No es el miedo lo que salva. El miedo al juicio de Dios͟, hay que entender sus palabras en el contexto de todo el mensaje evangélico. Digo esto porque alguno puede pensar que es malo predicar la existencia del Infierno y sus sufrimientos para conseguir la salvación de las almas, lo que no es exacto, ya que Jesús habla hasta catorce veces del Infierno a lo largo del Evangelio, ¿por qué? Porque también hay que tener en cuenta, a la hora de salvar nuestras almas, la existencia del Infierno con sus horrores, donde podemos ir, si no cumplimos los Mandamientos.
Cuando la tentación se muestra cercana, palpable, sensual, a veces se apaga el amor de Dios y entonces, solo el conocer la posibilidad de poder condenarnos en un Infierno horrible y eterno, hace al alma entrar en sí y da marcha atrás, y no peca. Por eso la Virgen en Fátima se apareció a los tres pastorcillos y les hizo ver el Infierno.
La Beata Jacinta decía luego que la visión del Infierno y sus horrores, la motivó a ser Santa, cosa que consiguió. Hoy no se habla del Infierno, es tabú hacerlo, y así vemos los resultados: la impiedad, el ateísmo y la condenación de muchos es palpable, porque, quitado todo temor, el alma se lanza a todos los vicios, contando, presuntuosamente, con la bondad de Dios y su misericordia, olvidando su Justicia/Metido así hasta el cuello en el vicio, el alma pierde la fe en Dios y, al final, se condena.
Santa Teresa de Jesús dice que a Dios se va con dos alas: el amor y el temor. La Iglesia Católica considera el perdón de los pecados por dos caminos: por amor, o contrición, y atrición, o temor a condenarse, también válido este último arrepentimiento para salvarse, aunque el de contrición sea más perfecto, algo que nadie dudar: cumplir los Mandamientos por amor a Dios es el ideal supremo, pero cumplir los Mandamientos por el temor a condenarse, aunque inferior, también es válido. ¿Es bueno, entonces hablar del Infierno?
Sí, y muy necesario en nuestros días, porque hay muchos, que ante el temor de condenarse, se salvarían, algo que ahora, como hemos mencionado antes, no ocurre perdiéndose lamentablemente las almas por esta desidia del clero actual progresista/En estas palabras, pues, de Jesús, lo que Él insiste y nos quiere decir es que cumplir los Mandamientos por amor a Dios es mucho más perfecto que por el temor, pero no descarta, no rechaza, el cumplimiento de los Mandamientos por temor a condenarse, como se comprueba a lo largo de todo el contexto evangélico y bíblico)
El amor, por el contrario, construye. El amor edifica, da solidez, mantiene la cohesión, preserva. El amor porta esperanza en Dios; aleja de las malas acciones; conduce a la prudencia hacia el propio cuerpo, que no es el centro del universo (como lo creen y lo hacen los egoístas, los falsos amantes de sí mismos, porque aman sólo una parte, la menos noble, con perjuicio de la parte inmortal y santa), pero que, en todo caso, debe ser conservado sano, hasta que Dios no decida lo contrario, para ser útiles a nosotros mismos, a la familia, a la propia ciudad, a la nación toda.
Es inevitable que vengan las enfermedades, y no se puede decir que toda enfermedad sea prueba de vicio o castigo. Existen enfermedades santas, enviadas por el Señor a sus justos, para que en el mundo, que de sí mismo hace el todo y el medio del gozo, haya santos como rehenes de guerra para salvación de los demás, los cuales pagan personalmente para expiar con su sufrimiento la dosis de culpa que el mundo diariamente acumula y que acabaría cayendo sobre la Humanidad, sepultándola bajo su maldición.
¿Recordáis al anciano Moisés orando mientras Josué combatía en nombre del Señor? Tenéis que pensar que quien sufre con santidad presenta la mayor batalla al más feroz guerrero que habita en el mundo, celado bajo apariencias de hombres y pueblos, a Satanás, el Torturador, el Origen de todo mal; y combate por todos los demás hombres. ¡Mas, cuánta diferencia entre estas santas enfermedades que Dios manda y las enviadas por el vicio a causa de un pecaminoso amor por la carnalidad!: las primeras son pruebas de la voluntad benéfica de Dios; las segundas, pruebas de la corrupción satánica.
Así pues, es necesario amar para alcanzar la santidad, porque el amor crea, preserva, santifica.
Yo también, anunciándoos esta verdad, os digo, como Nehemías y Esdras: "Este día está consagrado al Señor Dios nuestro. No guardéis luto, no lloréis". Porque todo luto cesa cuando se vive el día del Señor. La muerte suspende su aspereza, pues de la pérdida de un hijo, del marido, de un padre o una madre o un hermano, se transforma en una separación transitoria y limitada: transitoria, porque con nuestra muerte cesa; limitada, porque se limita al cuerpo, a lo sensible. El alma nada pierde con la muerte del familiar perecido. Es más, de las dos partes, ahora una sola está limitada en su libertad, la nuestra, que todavía permanecemos con el alma encerrada en la carne; la otra parte, la que ha pasado a la segunda vida, goza de la libertad y del poder de velar por nosotros y de obtener para nosotros mucho más que cuando nos amaba en la cárcel de su cuerpo.
Os digo, como Nehemías y Esdras: "Id a comer pingües carnes y a beber dulce vino, y enviad raciones a quienes no tienen, porque es día consagrado al Señor, y en este día ninguno debe sufrir. No os entristezcáis, porque el gozo del Señor, que está entre vosotros, es la fuerza de quien recibe la gracia del Señor altísimo en su ciudad y en su corazón".
Ya no podéis celebrar los Tabernáculos. Su tiempo ha pasado. Alzad, eso sí, tabernáculos espirituales en vuestros corazones. Subid al monte, es decir, ascended hacia la Perfección. Coged ramas de olivo, mirto, palma, encina, hisopo, de los más bellos árboles. Ramas de las virtudes: paz, pureza, heroísmo, mortificación, fortaleza, esperanza, justicia… todas, todas las virtudes. Adornad vuestro espíritu celebrando la fiesta del Señor. Sus Tabernáculos os esperan. Los suyos. Tabernáculos hermosos, santos, eternos, abiertos a todos aquellos que viven en el Señor. Y, conmigo, hoy, proponeos hacer penitencia del pasado, proponeos empezar una vida nueva.
No tengáis miedo del Señor. Os llama porque os ama. No temáis. Sois sus hijos como cualquiera de Israel. También para vosotros ha hecho la Creación y el Cielo, y suscitó a Abraham y a Moisés, abrió el mar, creó la nube que guiaba, bajó del Cielo para dar la Ley, abrió las nubes para que soltaran el maná, hizo fecundas a las rocas para que dieran agua. Y ahora, ¡sí!, ahora también para vosotros envía el vivo Pan del Cielo para vuestra hambre, la verdadera Vid y la Fuente de la Vida eterna para vuestra sed. Y, por mi boca, os dice: "Entrad. Tomad posesión de la Tierra que Yo, alzando mi mano, os entrego". Mi Tierra espiritual: el Reino de los Cielos».
La multitud intercambia palabras entusiastas.
Luego… los enfermos. Muchos. Jesús los manda colocarse en dos filas. Mientras se lleva esto a cabo, pregunta a Felipe de Arbela:
-¿Por qué no los has curado tú?
-Para que tengan lo que yo tuve: la curación por medio de ti.
Jesús pasa bendiciendo, uno a uno, a los enfermos, y se repite el mismo prodigio de ciegos que recuperan la vista, sordos que oyen, mudos que hablan, tullidos que se enderezan, fiebres y estados de debilidad que desaparecen.
Las curaciones han quedado concluidas. Al final, después del último enfermo, están los dos fariseos que habían ido a Bosrá y otros dos.
-Paz a ti, Maestro. ¿A nosotros no nos dices nada?
-He hablado para todos.
-Pero nosotros no tenemos necesidad de esas palabras. Somos los santos de Israel.
-A vosotros, que sois maestros, os digo: comentad entre vosotros el capítulo que sigue, el noveno del segundo de Esdras, (El noveno capítulo del segundo libro de Esdras corresponde a Nehemías 9, según la aclaración de la nota precedente) recordando cuántas veces Dios ha tenido misericordia con vosotros hasta el presente; y, dándoos golpes de pecho, repetid, como si fuera una oración, la conclusión del capítulo.
-Bien has dicho, bien has dicho, Maestro. ¿Y tus discípulos lo hacen?
-Sí, es lo primero que exijo.
-¿Todos? ¿Incluso los homicidas que hay en tus filas?
-¿Os hiede el olor de la sangre?
-Es voz que clama al Cielo.
-Pues entonces no imitéis nunca a quienes la derraman.
-¡No somos asesinos!
Jesús clava en ellos sus ojos taladrándolos con su mirada.
No se atreven a decir nada durante un rato. Pero se ponen en la cola del grupo que vuelve a la casa de Felipe, el cual se siente obligado a invitarlos a entrar y a participar en el banquete.
-¡Con mucho gusto, con mucho gusto! Así estaremos más tiempo con el Maestro -dicen haciendo enormes reverencias.
Pero una vez dentro de la casa parecen sabuesos… Miran, ojean, hacen preguntas astutas a la servidumbre, incluso a la viejecita, que me parece atraída por Jesús como el hierro por el imán. Pero ella responde enseguida:
-Ayer he visto sólo a éstos. Vosotros soñáis. Los he acompañado hasta aquí, y el único Juan era ese muchacho rubio y bueno como un ángel.
Los fariseos fulminan a la abuelita con un improperio y se vuelven hacia otra parte.
Pero uno de la servidumbre, sin responderles directamente a ellos, se inclina hacia Jesús, que habla, sentado, con el dueño de la casa, y le pregunta:
-¿Dónde está Juan de Endor? Este señor lo busca.
El fariseo fulmina al hombre y le signa con el apelativo de «necio».
Pero Jesús ya está al corriente de sus intenciones y hay que arreglar las cosas de alguna manera, así que el fariseo dice:
-Era para congratularnos con este prodigio de tu doctrina, Maestro, y honrarte a ti a través del convertido.
-Juan está lejos ya para siempre y cada vez estará más lejos.
-¿Ha vuelto a caer en el pecado?
-No. Está ascendiendo al Cielo. Imitadlo y en la otra vida lo encontraréis.
Los cuatro no saben qué más decir y, prudentemente, hablan de otras cosas.
Los domésticos anuncian que están preparadas las mesas.
Todos pasan a la sala del banquete.