288- Palabras a los habitantes de Gerasa y alabanza de una mujer a la Madre de Jesús

¡ Creía El que no lo conocían!

Cuando al día siguiente por la mañana pone pie fuera del edificio de uso de Alejandro, encuentra ya personas que lo están esperando. Jesús sale sólo con los apóstoles. Las mujeres y los discípulos se quedan en casa, descansando.

La gente lo saluda y lo rodea. Le dicen que lo conocen por lo que de Él dijo uno que había sido curado de los demonios y que ahora no está porque se había puesto en camino con dos discípulos que habían pasado por la ciudad unos días antes.

Jesús escucha benignamente todas estas cosas mientras anda por esta ciudad, que muestra muchas zonas sobre las que se abate, febril, un verdadero fragor de talleres: albañiles construyendo; cavadores rebajando o colmando desniveles; canteros desbastando piedras para las murallas; herreros trabajando el hierro para este o aquel uso; carpinteros serrando, cepillando, sacando palos de gruesos troncos.

Jesús pasa y mira, cruza un puente construido para salvar un pequeño torrente cantarín que pasa exactamente por el centro de la ciudad (las casas aquí están alineadas a ambos lados con pretensiones de formar una avenida a lo largo del río). Sube luego hacia la parte alta de la ciudad, cuyo plano está un poco en desnivel, siendo así que el lado sudoeste es más alto que el lado nordeste, pero ambos están más altos que el centro de la ciudad, dividido en dos por el pequeño curso de agua.

Hay una vista bonita desde el sitio en que se ha detenido Jesús Toda la ciudad, bastante grande, se muestra al observador. Detrás, por los lados de oriente, meridión y occidente, hay una herradura de suaves colinas enteramente verdes; hacia el norte la mirada se extiende por una llanura abierta y vasta que en el horizonte muestra una elevación del terreno, tan ligera que no puede llamarse colina, toda dorada de un sol matutino que pone preciosas las pámpanas amarillentas de las vides que cubren esta ondulación del terreno, como queriendo mitigar la melancolía de las hojas que agonizan con el fasto de una pincelada de oro.

Jesús observa. La gente de Gerasa lo mira. Jesús se los conquista diciendo:

-Esta ciudad es muy bonita. Hacedla bonita también en justicia y santidad. Dios os ha dado las colinas, el arroyo, la verde llanura. Roma os ayuda ahora a haceros casas y edificios bellos. Pero depende solamente de vosotros el dar a vuestra ciudad el nombre de ciudad santa y justa.

La ciudad es como la hacen sus habitantes. Porque la ciudad es una parte de la sociedad recintada dentro de sus murallas, pero quien hace la ciudad son los ciudadanos. La ciudad en sí misma no peca. No puede pecar el arroyo, ni el puente ni las casas ni las torres; son materia, no alma.

Pero sí pueden pecar los que están dentro del recinto amurallado de la ciudad, en las casas, en las tiendas, los que pasan por el puente, los que se bañan en el arroyo. Se dice de una ciudad facciosa y cruel: "Es una ciudad pésima".

Pero está mal dicho. No es la ciudad, los que son pésimos son los ciudadanos. Los individuos, que forman, uniéndose, una cosa múltiple, pero al mismo tiempo una cosa individual, que se llama "ciudad". Escuchad. Si en una ciudad diez mil habitantes son buenos y sólo mil no lo son, ¿podría decirse que esa ciudad es mala? No se podría decir. De la misma forma: si en una ciudad de diez mil habitantes hay muchos partidos y cada uno de ellos tiende a beneficiar al propio, ¿se puede seguir diciendo que esa ciudad está unida? No se puede decir. ¿Y creéis que esa ciudad será próspera? No lo será.

Vosotros, habitantes de Gerasa, estáis ahora todos unidos con el propósito de hacer de vuestra ciudad una cosa grande. Y lo lograréis, porque todos queréis lo mismo y cada uno trata de superar al otro en conseguir este fin. Pero si mañana entre vosotros surgieran partidos distintos y uno dijera:

"No, mejor es extenderse hacia el occidente", y otro partido: "De ninguna manera. Nos extenderemos hacia el norte, que está la llanura", y un tercero: "Ni hacia aquí ni hacia allá. Todos queremos estar concentrados en el centro, cerca del arroyo", ¿qué sucedería? Pues que se pararían los trabajos ya empezados; quienes prestan los capitales los retirarían, quienes tienen intención de establecerse aquí se marcharían a otra ciudad en que los ciudadanos estuviesen más de acuerdo; y lo ya hecho, expuesto a las inclemencias del tiempo sin estar ultimado por causa de las diatribas de los ciudadanos, se derrumbaría. ¿Es así o no? Decís que es así, y es como decís. Por tanto, hace falta concordia entre los ciudadanos para construir el bien de la ciudad, y, como consecuencia, de los propios ciudadanos, porque en la sociedad el bien de ella redunda en bienestar de quienes la componen.

Ahora bien, no sólo existe la sociedad cual vosotros la pensáis, la sociedad de los ciudadanos, o de los miembros de la misma patria, o la pequeña y amada sociedad de la familia. Existe una sociedad más grande, infinita: la de los espíritus.

Todos nosotros, que vivimos, tenemos un alma. Esta alma no muere con el cuerpo, sino que a la muerte del cuerpo sigue viviendo, eternamente. Idea del Creador Dios, que ha dado al hombre el alma, era que todas las almas de los hombres se reunieran en un único lugar: el Cielo, constituyendo el Reino de los Cielos, cuyo monarca es Dios y cuyos súbditos bienaventurados serían los hombres tras una vida santa y una plácida dormición. Satanás vino a dividir y a crear desorden, a destruir y a afligir a Dios y a los espíritus.

E introdujo el pecado en los corazones, y, con el pecado, acarreó la muerte al cuerpo al final de la existencia, con la esperanza de dar muerte también a los espíritus. La muerte de los espíritus es la condenación, que es un seguir existiendo, sí, pero con una existencia privada de aquello que es verdadera vida y júbilo eterno: de la visión beatífica de Dios y de su eterna posesión en las luces eternas. Y la Humanidad se dividió en sus voluntades, como una ciudad dividida por partidos contrarios. Actuando así, encontró su ruina.

En otro sitio ya lo he dicho a quien me acusaba de expulsar a los demonios con la ayuda de Belcebú: "Todo reino dividido en sí mismo caerá". En efecto, si Satanás se echara a sí mismo de un lugar, caería con su tenebroso reino.

Yo, por el amor que Dios tiene a la Humanidad que ha creado, he venido a recordar que sólo un Reino es santo: el de los Cielos. Y he venido a predicarlo, para que los mejores acudan a él. ¡Oh, quisiera que todos lo hicieran, incluso los peores, convirtiéndose, liberándose del demonio, que los tiene esclavizados, ora de forma evidente en el caso de las posesiones que además de ser espirituales son corporales, ora secretamente en el caso de las posesiones sólo espirituales! Por ello voy curando a los enfermos, arrojando demonios de los cuerpos poseídos, convirtiendo a los pecadores, perdonando en nombre del Señor, instruyendo para el Reino, obrando milagros para persuadiros de mi poder y de que Dios está conmigo.

Porque no se pueden obrar milagros sin tener a Dios por amigo. Por tanto, si arrojo a los demonios con el dedo de Dios, si curo a los enfermos, limpio a los leprosos, convierto a los pecadores, si anuncio el Reino y lo propongo como meta en nombre de Dios e instruyo para el Reino; si la condescendencia, clara e indiscutible, de Dios está conmigo -y solamente los enemigos desleales pueden decir lo contrario-, señal es de que el Reino de Dios está ya entre vosotros y debe ser constituido, porque ésta es la hora de su fundación.

¿Cómo se funda el Reino de Dios en el mundo y en los corazones? Volviendo a la Ley mosaica o, si se ignora, con su conocimiento exacto; y, sobre todo, con la aplicación total de la Ley en uno mismo, en cada uno de los hechos y momentos de la vida. ¿Cuál es esta Ley' ¿Es algo tan severo que no se puede practicar? No. Es una serie de diez preceptos santos y fáciles, cuales incluso el hombre moralmente bueno, verdaderamente bueno, siente que debe darse a sí mismo, aunque sea uno que viva sepultado bajo el intrincado techo vegetal de las más impenetrables selvas de la misteriosa África. Y dice:

"Yo soy el Señor tu Dios, y no hay ningún otro Dios aparte de mí.
No tomes el nombre de Dios inútilmente.
Respeta el sábado según el precepto de Dios y la necesidad de la criatura.
Honra a tu padre y a tu madre si quieres vivir largamente y recibir bienes en la tierra y en el cielo.
No matarás.
No robarás.
No cometerás adulterio.
No dirás falsos testimonios contra el prójimo.
No desearás la mujer de tu prójimo.
No envidiarás las cosas ajenas".

¿Quién es el hombre de buen corazón, aunque sea primitivo, que, al recorrer con su mirada cuanto le rodea, no se diga a sí mismo: "Todo esto no se ha podido formar por sí solo; por tanto, existe Uno, más poderoso que la naturaleza y que el propio hombre, que lo ha hecho"? Y adora a este Ser Poderoso (cuyo Nombre santísimo sabe o no sabe, pero que siente que existe). Y siente tanta reverencia por El que, al pronunciar el nombre que le ha dado o que le enseñaron a decir para nombrarlo, tiembla de reverencia, y siente que ora con el solo hecho de nombrarlo con reverencia. Pues, efectivamente, es oración pronunciar el Nombre de Dios queriendo adorarlo o darlo a conocer a la gente que no lo conoce.

Igualmente, por el simple hecho de una prudencia moral, todo hombre siente el deber de conceder descanso a sus miembros, para que resistan mientras dura la vida. Con mayor razón, el hombre que no ignora al Dios de Israel, al Creador y Señor del Universo, siente que debe consagrar al Señor este descanso animal, para no ser como el jumento, que, cansado, descansa sobre el estrato de paja triturando el forraje con sus fuertes dientes.

También la sangre grita amor hacia aquellos de que procede. Lo vemos en ese pollino que corre hacia su madre que regresa de los mercados. Estaba jugando en la manada, la ha visto; se acuerda de que ella lo ha amamantado, lo ha lamido con amor, lo ha defendido, le ha dado calor.

¿Veis?: restriega sus blandos ollares contra el cuello de su madre; bota de alegría; roza su joven grupa contra el vientre que lo llevó. Amar a los padres es un deber y un placer. No hay animal que no ame a la que lo engendró. ¿Y entonces? ¿Será el hombre más bajo que el gusano que vive en el barro de la tierra?

El hombre moralmente bueno no mata. La violencia le produce repulsa. Siente que no es lícito quitar la vida a nadie, que sólo Dios que la dio tiene el derecho de quitarla. Y huye del homicidio.

De la misma forma, el hombre moralmente sano no se
aprovecha de las cosas de los demás. Prefiere comer un pedazo de pan con conciencia tranquila junto a la fuente argentina, que no un suculento asado fruto de un robo; prefiere dormir en el suelo con la cabeza sobre una piedra, y sobre su cabeza las estrellas amigas derramando paz y consuelo a la conciencia honesta, que no el sueño agitado en una cama conseguida con latrocinio.
Y, si es moralmente sano, no desea otras mujeres no suyas; no entra, ensuciando y con vileza, en tálamo ajeno. En la mujer de su amigo ve una hermana y no tiene para con ella miradas ni deseos distintos de los que se tienen con una hermana.

El hombre de corazón recto, aunque sólo sea naturalmente recto, sin más conocimiento del Bien sino aquel que le viene de su buena conciencia, no se permite nunca testificar lo que no es verdadero, pareciéndole ello lo mismo que un homicidio o un hurto… y efectivamente es así. Como es honesto su corazón, honestos son sus labios, y, como su corazón y sus labios, honestas son sus miradas, por lo cual no pone su apetito en la mujer de otro. Ni siquiera apetece, porque siente que apetecer es el primer estímulo para pecar. Y no envidia. Porque es bueno. El que es bueno no envidia nunca. Está tranquilo con su suerte.

¿Os parece esta ley tan exigente que no se pueda practicar? ¡No faltéis contra vosotros mismos! Estoy seguro de que no lo haréis. Y, si no lo hacéis, fundaréis el Reino de Dios en vosotros y en vuestra ciudad. Y un día os reuniréis, felices, con aquellos a quienes amasteis y que, como vosotros, conquistaron el Reino eterno en el júbilo sin fin del Cielo.

Pero en nuestro propio interior están las pasiones cual ciudadanos dentro del recinto de las murallas de la ciudad. Es necesario que todas las pasiones del hombre quieran lo mismo: la santidad. Si no, será inútil que una parte tienda al Cielo, si otra descuida la vigilancia de las puertas y deja que entre el seductor, o si neutraliza las acciones de una parte de los espirituales habitantes con disputas y pereza, haciendo así perecer la ciudad interior, abandonándola al reinado de ortigas, plantas venenosas, malas hierbas, serpientes, escorpiones, ratas y chacales, y búhos, es decir, de las malas pasiones y de los ángeles de Satanás. Hay que velar sin desistir nunca, como centinelas puestos en las murallas, para impedir que el Maligno entre donde queremos construir el Reino de Dios.

En verdad os digo que el fuerte, mientras vigila armado el atrio de su casa, está seguro de todo lo que hay en ella. Pero si viene uno más fuerte que él, o si deja sin guardia la puerta, este más fuerte lo vence, lo desarma; y él, sin las armas en que confiaba, se desmoraliza y se rinde; y el fuerte, haciéndolo prisionero, se apodera de los despojos del vencido. Pero si el hombre vive en Dios, mediante la fidelidad a la Ley y a la justicia santamente practicada, Dios está con él, Yo estoy con él, y nada malo le puede suceder. La unión con Dios es el arma que ningún fuerte puede vencer. La unión conmigo es seguridad de victoria y de botín de virtudes eternas, por las cuales eternamente será ofrecido un lugar en el Reino de Dios.

Pero, quien se separa de mí o se hace enemigo mío, rechaza, como consecuencia, las armas y la seguridad de mi palabra. Quien rechaza al Verbo rechaza a Dios. Quien rechaza a Dios llama a Satanás. Quien llama a Satanás destruye cuanto tenía para conquistar el Reino.

Por tanto, quien no está conmigo está contra mí, quien no cultiva lo que Yo siembro recoge lo que siembra el Enemigo, quien conmigo no recoge desparrama, y pobre y desnudo se presentará ante el Juez supremo, que lo mandará con su amo, con el amo al que se vendió prefiriendo a Belcebú antes que a Cristo.

Habitantes de Gerasa: edificad en vosotros y en vuestra ciudad el Reino de Dios.

Como un gorjeo, una voz de mujer se eleva, límpida cual canto de alondra, por encima del rumor de la multitud de gente admirada, cantando la nueva bienaventuranza, o sea, la gloria de María:

-¡Dichoso el vientre que te llevó y los pechos de que mamaste!

Jesús se vuelve hacia la mujer que ha exaltado a la Madre por admiración hacia el Hijo. Sonríe, porque le es dulce la alabanza dirigida a su Madre. Pero luego dice:

-Más dichosos aquellos que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica. Hazlo tú, mujer.
Y luego bendice y se encamina hacia la campiña seguido por los apóstoles, que le preguntan:
-¿Por qué has dicho esto?

-Porque en verdad os digo que en el Cielo no se mide con las medidas de la tierra. Mi propia Madre será bienaventurada no tanto por su alma inmaculada cuanto por haber escuchado la palabra de Dios y haberla puesto en práctica con obediencia. El "hágase el alma de María sin mancha" es prodigio del Creador; a Él, pues, la gloria por ello. Pero el "hágase de mí según tu palabra" es prodigio de mi Madre; por esto, pues, grande es su mérito.

Tan grande, que sólo por esa capacidad suya de escuchar a Dios, que hablaba por boca de Gabriel, y por su voluntad de poner en práctica la palabra de Dios, sin pararse a sopesar las dificultades y dolores inmediatos y futuros que tal adhesión acarrearían, ha venido el Salvador al mundo. Así pues, podéis ver que Ella es mi bienaventurada Madre no sólo porque me ha generado y amamantado, sino también porque ha escuchado la palabra de Dios y la ha puesto en práctica con la obediencia.

Pero volvamos a casa. Mi Madre sabía que iba a estar fuera poco tiempo y, si ve que tardo, se podría preocupar.

Estamos en una ciudad semipagana; aunque, en verdad, es mejor que otras. De todas formas, vamos. Vamos a dar la vuelta por detrás de los muros, para huir de la gente, que, si no, me entretendría todavía. Venga, bajemos deprisa, por detrás de estas arboledas espesas…

287- De Ramot a Gerasa con la caravana del mercader

Con la luz un poco cruda de una mañana bastante ventosa, la singularidad de este pueblo que yace sobre una plataforma rocosa elevada en medio de una corona de picos, unos más altos, otros más bajos que él, se muestra en toda su peculiar belleza. Parece una gran bandeja de granito que tuviese encima casas de distintos tamaños, puentes y fuentes, para diversión de un niño gigante.

Las casas parecen labradas en la roca calcárea que constituye la materia base de esta zona. Edificadas a escuadra, a base de superposición de sillares, algunos sin revoque, algunos ni siquiera desbastados, parecen realmente casitas del pueblo de un Nacimiento construido con hexaedros por un gigantesco niño ingenioso.

Y todo alrededor de este pueblecillo se contempla su fértil campiña poblada de árboles y variados cultivos, que hacen que desde arriba parezca una alfombra de cuadrados, trapecios, triángulos: unos, pardos de tierra poco antes arada; otros, verde esmeralda por la hierba renacida con las lluvias de otoño; otros, rojeantes por las últimas hojas de vides y árboles frutales; otros, verdegrises por los chopos y sauces, o de un verde lustroso por las encinas y algarrobos, o verde-bronce por los cipreses y coníferas. ¡Muy bonito, verdaderamente muy bonito!

Y caminos que van, como cintas a partir de un nudo, del pueblo a la lejana llanura, o hacia montes incluso más elevados; y se hunden bajo los bosques; o separan con una marca cenicienta el color verde de los prados, el pardo de los campos arados.

Hay un risueño curso de agua: allende el pueblo en la dirección de su nacimiento, argénteo; de un azul esfumado tendente al color del jaspe, por el lado opuesto, en el descenso hacia el valle entre angosturas y suaves cuestas; que aparece o desaparece, juguetón, cada vez más caudaloso, cada vez más azul a medida que, aumentando sus aguas, va impidiendo a las cañas de su fondo y a las hierbas nacidas en su lecho durante los meses secos, teñirlo de verde, para reflejar, antes al contrario, el cielo, sepultados ahora los leves tallos bajo una capa de aguas ya profundas.

El cielo es de un azul irreal: una preciosa lastra de esmalte azul intenso, sin siquiera una veta impura en su estupenda totalidad.

Y la caravana reanuda así su marcha, con las mujeres todavía a caballo, porque, como dice el mercader, el camino es penoso allende el pueblo, y deben recorrerlo pronto para llegar a Gerasa esa noche. Arrebozados, ligeros por haber descansado, van a buen ritmo por el camino que sube entre un estupendo boscaje, rozando las pendientes más altas de un monte solitario que se eleva como un enorme bloque por encima de los dorsos de los otros montes más bajos: un verdadero gigante como los que pueden verse en los puntos más altos de nuestros Apeninos.

-Galaad -dice, señalando, el mercader, que se ha quedado al lado de Jesús, conduciendo todavía del ramal al mulito de la Virgen. Y añade: «Después de esto el camino es mejor. ¿Habías estado alguna vez aquí?».
-Nunca. Quería recorrerlo en primavera. Pero en Galgala no me aceptaron.
-¿Rechazarte a ti? ¡Qué error!

Jesús lo mira y calla.

El mercader ha subido a la silla de su caballería a Margziam, que realmente penaba con sus piernecitas cortas para seguir el paso ágil de los caballos. ¡Bien sabe Pedro si es ágil! Camina deprisa y con fatiga, con toda su energía, imitado por los otros, pero aún así bastante distanciado de la caravana. Suda, pero está contento porque oye que Margziam ríe, y ve que la Virgen va descansada y el Señor alegre. Habla, resoplando, con Mateo y su hermano Andrés, que son los que van en la cola como él, y los hace reír diciendo que si en vez de piernas tuviera alas esa mañana se sentiría dichoso. Se ha desembarazado de todos los pesos, como los otros, atando los talegos a las sillas de las mujeres, pero el camino es verdaderamente tremendo, por piedras resbaladizas a causa del rocío. Los dos Santiagos, junto con Juan y el Tadeo se las apañan mejor y logran mantener el paso al lado de las mulas de las mujeres. Simón Zelote habla con Juan de Endor. Timoneo y Hermasteo cooperan en guiar a los mulitos.

Por fin la parte peor queda atrás. Un escenario completamente distinto se abre ante los ojos asombrados. El valle del Jordán ha dejado de verse definitivamente.

Ahora la mirada se extiende hacia el oriente por un altiplano de dimensiones imponentes, en el que sólo una encrespadura de cerros apenas quiere elevarse para interrumpir la monotonía del paisaje. No habría imaginado nunca que pudiera existir en Palestina una cosa como ésta.

Parece como si la tempestad rocosa de los montes se hubiera petrificado y calmado en una ingente onda que hubiera quedado suspendida entre el nivel del fondo y el cielo, y en la que el único recuerdo de su furia originaria, al extenderse el agua de la onda por una superficie plana de una magnificencia maravillosa, fueran esas encrespaduras de cerros (la espuma de las crestas solidificada acá o allá). A esta zona de paz se accede a través de la última garganta, bravía como el abismo entre dos golpes de mar que se embisten, los dos últimos golpes de una marejada; en su fondo hay un nuevo torrente espumeante que corre de este a oeste por un atormentado y furioso camino entre rocas y cascadas, tan en contraste con la paz lejana del enorme altiplano.

-A partir de ahora el camino será bueno. Si me lo permites, doy la orden de que se paren -dice el mercader.
-Me dejo guiar por ti, hombre. Tú conoces esto.
Se apean todos y se diseminan por la ladera en busca de leña para asar los alimentos, agua para los pies cansados y para las gargantas sedientas. Los animales, librados de su carga, rozan la abundante hierba y bajan a abrevarse en las cristalinas aguas del torrente. Olor de resinas y carne asada emanan de las pequeñas hogueras, que se yerguen para asar los corderos.

Los apóstoles se han preparado su fueguecillo y están calentando en él pescado salado, previo lavado en el agua fresca del torrente. Pero el mercader lo ve, y viene con un corderito despellejado -quizás es un cabritillo-y obliga a aceptar. Pedro se dispone a asarlo, después de llenarlo bien lleno de poleo fresco.

La comida pronto está terminada y pronto consumida. Y bajo el sol cenital del mediodía se reanuda la marcha por un camino mejor, que sigue el curso del torrente en dirección nordeste, en una zona de maravillosa fertilidad y muy bien cultivada, rica en ovejas y en manadas de cerdos, los cuales, al encontrarse la caravana, huyen gruñendo.

-Aquella ciudad fortificada es Gerasa, Señor. Una ciudad con un gran porvenir. Ahora se está formando. No creo que me equivoque si digo que pronto competirá con Joppe y Ascalón, con Tiro y muchas otras ciudades, en belleza, comercio y riqueza. Los romanos ven la importancia que tiene, situada en esta vía que desde el mar Rojo, por tanto desde Egipto, pasando por Damasco, va hasta el mar Póntico. Así que ayudan a los gerasenos a construir…

Tienen vista y buen olfato. Por ahora sólo tiene mucho comercio, ¡pero más adelante!… ¡Será bonita y rica! Una pequeña Roma, con templos, piscinas, circos y termas. Yo sólo tenía en esta ciudad relaciones comerciales. Pero ahora he comprado ya mucho terreno, para abrir bazares, o venderlo a alto precio dentro de poco, o quizás para construir una casa de verdadero señor y venir a pasar mi vejez cuando Baltasar, Nabor, Félix y Sidmia puedan, respectivamente, tener y llevar adelante los bazares de Sinopo, Tiro, Joppe y Alejandría en la desembocadura del Nilo.

Mientras tanto, crecerán mis otros tres hijos varones, y les daré los bazares de Gerasa, Ascalón, y quizás Jerusalén. Las mujeres, ricas y guapas, recibirán propuestas, se casarán bien y me darán muchos nietos…
El mercader sueña con los ojos abiertos el más rosa y áureo futuro.

Jesús pregunta sereno:

-¿Y luego?

El mercader torna en sí, lo mira perplejo y dice:
-¿Y luego? Nada más. Luego vendrá la muerte… Es triste, pero es así.

-¿Y dejarás todas las actividades, todos los bazares, todos los sentimientos de afecto?

-¡Señor, no quisiera, pero de la misma forma que he nacido debo morir, y tengo que dejar todo! -y suelta un suspiro tal, que sería capaz de hacer avanzar sólo con su viento a la caravana…
-¿Pero quién te ha dicho que cuando uno muere deja todo?

-¿Quién? ¡Los hechos! Una vez que uno está muerto… nada más Ya no tenemos manos, ni ojos, ni orejas…
-No eres sólo manos, ojos y orejas.

-Soy un hombre. Eso lo sé. Tengo otras cosas. Pero todas terminan con la muerte. Es como el ocaso del sol. El ocaso lo anula…

-Pero la aurora lo crea otra vez, o, mejor, lo hace presente de nuevo. Eres un hombre, eso has dicho; no eres un animal como el que cabalgas. Él, cuando muera, sí acabará realmente. Tú no. Tú tienes el alma. ¿No lo sabes? ¿Ya no sabes ni siquiera esto?

El mercader percibe la triste reprensión, triste y dulce, e, inclinando la cabeza, susurra:

-Eso lo sé todavía…

-¿Y entonces? ¿No sabes que el alma sigue viviendo?
-Lo sé.

-¿Y entonces? ¿No sabes que en el más allá tiene siempre una actividad?: santa si es santa, mala si es mala. Tiene sus sentimientos ¡Claro que los tiene!: de amor, si es santa; de odio, si es réproba ¿Odio, a quién? a las causas de su condena. En tu caso las actividades, los bazares, los afectos exclusivamente humanos. ¿Amor, a quién? A las mismas cosas. ¡Ah, qué bendiciones para los hijos y para las actividades de los hijos puede dar un alma que vive la paz del Señor!

El hombre está pensativo. Luego dice:
-Es tarde. Soy viejo ya ̀ y detiene al mulo.
Jesús sonríe y responde:

-No te obligo, te aconsejo -y luego se vuelve para mirar a los apóstoles, los cuales, en la pausa que precede a la entrada en la ciudad, ayudan a las mujeres a bajar de las cabalgaduras y cogen sus talegos.
La caravana reemprende la marcha y pronto entra en la ciudad -que está muy concurrida-por la puerta que custodian las torres. El mercader se acerca otra vez a Jesús:

-¿Quieres seguir conmigo todavía?
-Si no me rechazas, ¿por qué no voy a querer?
-Por lo que te he dicho. Siendo Santo como eres, debo darte asco.

-¡Oh! ¡no! He venido para los que son como tú. Os amo porque sois los más necesitados. No me conoces todavía. Soy el Amor que pasa mendigando amor.

-¿Entonces no me odias?
-Te amo.

Los ojos profundos del hombre brillan; pero sonríe y dice:
-Entonces estaremos juntos. En Gerasa estaré tres días por negocios. Aquí dejo los mulos y tomo los camellos. Tengo la posta de las caravanas en los lugares de las etapas mayores, y uno de mis servidores cuida los animales que dejo en estos lugares. ¿Tú qué vas a hacer?
-El sábado evangelizaré. Te habría dejado si no te hubieras detenido, porque el sábado está consagrado al Señor.

El hombre frunce la frente, piensa, y, como con dificultad, asiente:
-..Sí… Es verdad. Está consagrado al Dios de Israel. Está consagrado. Está consagrado -Mira a Jesús… «Si me lo permites, te lo voy a consagrar.»
-A Dios. No a su Siervo.

-A Dios y a ti, escuchándote. Haré los negocios entre hoy y mañana por la mañana. Luego te escucharé. ¿Vienes a la posada ahora?

-¡Por fuerza! Tengo a las mujeres y aquí soy un desconocido.

-Ahí está. Es la mía. Es mía porque están mis caballerizas de un año para otro. Pero dispongo de vastas salas para las mercancías. Si piensas…
-Dios te lo pague. Vamos.

286- En Ramot con el mercader Alejandro Misax. Lección a Síntica sobre el recuerdo de las almas

Después de una fértil llanura, seguida por un largo tramo allende el Jordán -y es hermoso caminar en esta estación serena y dulce de un morir de Octubre-, y de un alto en un pueblecillo acurrucado a los pies de las primeras pendientes de una respetable cadena montañosa -alguna de sus cimas puede tomar el verdadero nombre de montaña-,

Jesús se pone de nuevo en camino, a la zaga de una larga caravana rica de cuadrúpedos y de hombres bien armados, con los que ha hablado antes, mientras daban de beber a sus animales en los pilones de la plaza. Son, en su mayor parte, hombres altos y muy morenos, ya de apariencia asiática.

Montado en un fortísimo mulo, está el jefe de la caravana, armado hasta los dientes, más otras armas que penden de la silla. Y, no obstante, se ha mostrado muy deferente con Jesús.

Los apóstoles preguntan a Jesús:

-¿Quién es?

-Un rico mercader de allende el Eufrates. Le he preguntado a dónde iba, y ha sido amable. Pasa por la ciudad por la que tengo intención de pasar Yo. Es una cosa providencial por estos montes, llevando mujeres con nosotros.

-¿Temes algo?

-Como robos nada, porque no tenemos nada. Pero sería ya suficiente el miedo para las mujeres. Un puñado de ladrones no asalta jamás a una caravana tan fuerte; y podrá sernos útil también para conocer los pasos mejores y superar los difíciles. Me ha preguntado: "¿Eres el Mesías?", y, habiendo sabido que sí, ha dicho: "Estaba en el patio de los Paganos, hace días, y, más que verte, porque soy pequeño, te he escuchado. Bien, yo te protejo a ti y Tú me proteges a mí. Llevo una cargamento de mucho valor".

-¿Es prosélito?

-No creo. Pero quizás procede de nuestro pueblo.

La caravana se mueve despacio, como si no quisiera agotar las fuerzas de los cuadrúpedos marchando mucho. Por eso es fácil seguir su ritmo; es más, a menudo es necesario pararse, porque los acemileros hacen pasar a los animales cargados de uno en uno, llevándolos del cabestro en los puntos difíciles.

A pesar de que sea montaña propiamente dicha, la zona es muy fértil y está bien cultivada. Quizás los montes, los situados al nordeste, que van siendo más altos, protegen de las corrientes frías del norte o de las perjudiciales del este, y esto favorece los cultivos. La caravana sigue el curso de un torrente que ciertamente vierte en el Jordán, bien nutrido de aguas que descienden quién sabe de qué cima.

La vista es bella, cada vez más bella a medida que se va subiendo: se extiende hacia occidente por la llanura del Jordán, y, más allá de la llanura, presenta los graciosos perfiles de los collados y montes -de la Judea del Norte; a oriente y a septentrión es una continua variación de panoramas, ora paisajes abiertos a lejanías, anchurosos ora paisajes que ofrecen a la mirada un encabalgarse de lomas y picos verdes, o rocosos, que parecen cerrar el camino cual improviso muro laberíntico.

Acercase el sol a su ocaso tras los montes de Judea, arrebolando intensamente el cielo y las pendientes, cuando el rico mercader, que se había detenido dejando pasar a la caravana, dice a Jesús:

-Hay que llegar al pueblo antes de que anochezca. Pero muchos de los tuyos parecen cansados. Este trayecto es duro. Diles que monten en los mulitos de reserva. Son animales tranquilos. Tendrán toda la noche para descansar, y además no es fatiga llevar el peso de una mujer.

Jesús acepta. El hombre da orden de pararse para que puedan montar en los animales las mujeres. Jesús dispone que también monte a caballo Juan de Endor. Los que van a pie -también Jesús -cogen los ramales para hacer más segura la marcha a las mujeres. Margziam quiere comportarse como un hombre y, aunque esté derrengado, no quiere de ninguna manera subir a la montura con nadie; antes al contrario, coge él también un ramal del mulito de María Santísima, que queda así entre Jesús y el niño, y camina con coraje.

E1 mercader se ha quedado al lado de Jesús y dice a María:

-¿Ves, Mujer, aquel pueblo? Es Ramot. Nos detendremos allí. Me conocen en la posada porque recorro este camino dos veces al año mientras que otras dos veces voy por la costa, para vender o comprar. Mi vida… dura vida. Pero tengo doce hijos, y muy pequeños Me he casado tarde. A uno lo he dejado con nueve días. Ahora me lo encontraré ya con los primeros dientes.

-Una bonita familia… -comenta María, y termina: «Que el Cielo te la conserve.

-Efectivamente, no me quejo de su ayuda, a pesar de que me la merezca muy poco.

Jesús pregunta:
-¿Eres al menos prosélito?

-Debería serlo… Mis antepasados eran verdaderos israelitas. Luego… nos aclimatamos allí…
-El alma se aclimata a un solo ambiente, el del Cielo.

-Tienes razón. Pero, ya sabes… Mi bisabuelo se casó con una que no era de Israel. Sus hijos fueron menos fieles… Los hijos de sus hijos se casaron a su vez con nuevas mujeres que no eran de Israel, y dieron hijos que sólo mantenían el respeto hacia el nombre judío; porque, como origen, somos judíos. Ahora yo, nieto de nietos… ya nada. Estando en contacto con todos, he cogido de todos, para terminar por no ser de ninguno.

-No es buena razón esto que me dices. Te lo voy a demostrar. Si tú, yendo por este camino, que sabes que es bueno, te encontraras con cinco o seis personas, las cuales te dijeran: "¡No, hombre, no, ve por allí!", "Vuelve para atrás", "Párate", "Ve hacia oriente", "Tuerce a occidente", ¿qué dirías?

-Diría: "Sé que éste es el camino más corto y atinado. No lo dejo".

-Otro ejemplo: si tuvieras que concluir un trato, y conocieras el método adecuado para llevarlo a cabo, ¿prestarías oídos a quienes, o por mera petulancia o por astucia calculada, te aconsejasen en otra línea?
-No. Seguiría aquello que mi experiencia me señala como mejor.

-Muy bien. Tú, originario de Israel, tienes a tus espaldas milenios de fe. No eres ni un estúpido ni un inculto. ¿Por qué, entonces, absorbes lo que te viene de los contactos con todos en materia de fe, mientras que sabes rechazarlo en materia de dinero o de seguridad de caminos? ¿No te parece esto deshonroso incluso humanamente? Postergar a Dios al dinero y al camino…

-No pospongo a Dios. Lo he perdido de vista…
-Porque tienes como dioses el comercio, el dinero, la vida. Y, sin embargo, es Dios, es Él, quien te permite tener estas cosas… ¿Por qué entraste, entonces, en el Templo?

-Por curiosidad. En la calle, saliendo de una casa en que había contratado unos productos, vi a un grupo de hombres en actitud de venerarte, y me volvió a la mente lo que oí en Ascalón a un fabricante de alfombras. Pregunté quién eras, porque me vino la sospecha de que fueras aquel de que hablaba la mujer. Habiendo sabido que eras Tú, te seguí. Había concluido mis tratos por ese día… Luego te perdí de vista. En Jericó te volví a ver, aunque sólo un momento. Ahora te encuentro otra vez… Mira…

-Mira, pues, cómo Dios une y cruza nuestros caminos. No tengo regalos que ofrecerte para agradecer tus gestos de bondad. Pero antes de dejarte espero poder darte un regalo, a menos que no me abandones antes.

-¡No, eso no lo haré! ¡Alejandro Misax no se vuelve atrás cuando se ha ofrecido! Mira, pasado ese recodo empieza el pueblo. Me voy a adelantar. Nos veremos en la posada -e hinca las espuelas y se marcha casi al galope por el borde del camino.

-Es un hombre honrado e infeliz, Hijo mío -dice María.

-Y querrías verlo feliz según la Sabiduría, ¿no?
Se sonríen dulcemente, envueltos ya por las primeras sombras de la noche.

En la larga noche de Octubre, reunidos todos en una vasta habitación de la posada, los peregrinos esperan a irse a dormir. En un ángulo, aislado, está el mercader, afanado en sus cuentas. En el ángulo opuesto, Jesús con todos los suyos. No hay más huéspedes. De los establos llegan rebuznos, relinchos y balidos, lo cual hace suponer que en la posada hay otras personas. Pero quizás ya están en la cama.

Margziam se ha quedado dormido en los brazos de la Virgen, olvidándose de golpe de que era "un hombre". Pedro hay momentos que cede al sueño; no es el único, también las mujeres ancianas, que bisbiseaban, se han quedado medio dormidas y ahora callan. Están bien despiertos Jesús, María, las hermanas de Lázaro, Síntica, Simón Zelote, Juan y Judas.

Síntica está hurgando en el saco de Juan de Endor, como buscando algo. Pero luego prefiere juntarse con los demás y escuchar a Judas de Alfeo, que está hablando de las consecuencias del exilio de Babilonia; Judas concluye:
-…Y quizás ese hombre es todavía una consecuencia de aquello. Cualquier exilio conlleva una destrucción…
Síntica hace un gesto involuntario con la cabeza pero no dice nada, y Judas de Alfeo termina:

-De todas formas, es extraño que con tanta facilidad uno se pueda despojar de lo que constituye un tesoro secular para ser totalmente distinto, especialmente en estas cosas de religión, y de una religión como la nuestra…
Jesús responde:

-No deberías asombrarte, cuando dentro de Israel ves a Samaria.

Un momento de silencio… Los ojos oscuros de Síntica miran fijamente el perfil sereno de Jesús. Mira con intensidad, pero no habla. Jesús siente esa mirada y se vuelve a mirarla.

-¿No has encontrado nada de tu agrado?
-No, Señor. He llegado al punto de no poder ya conciliar el pasado con el presente, las ideas de antes con las de ahora. Y me parece casi una defección, porque las ideas de antes me han ayudado muchísimo a tener las de ahora. Tiene razón tu apóstol en lo que dice… Pero la mía es una destrucción dichosa.

-¿Qué se te ha destruido?
-Toda la fe en el Olimpo pagano, Señor. De todas formas, me siento un poco turbada, porque leyendo vuestra Escritura ­me la ha dado Juan, y la leo porque sin conocimiento no se posee-he encontrado que también en vuestra historia… desde los albores, lo llamaré así, hay hechos que no se diferencian mucho de los nuestros. Pues bien, quisiera saber…

-Ya te he dicho que preguntes, que te responderé.
-¿Todo es error en la religión de los dioses?
-Sí, mujer. Sólo hay un Dios, que no es engendrado por otros, que no subyace a las pasiones y necesidades humanas, un Dios único, eterno, perfecto, creador.

-Yo lo creo. Pero quiero poder responder -no con una forma que no acepta discusión, sino argumentando para convencer-a las preguntas que otros paganos me pudieran hacer. Yo, por virtud de este Dios paterno y benefactor, me he dado por mí misma respuestas carentes de forma, pero suficientes para infundir paz en mi espíritu. Y en mí había voluntad de alcanzar la Verdad.

Otros habrá menos ansiosos que yo de la Verdad, a pesar de que todos deberían tener este afán. No tengo intención de quedarme parada y no hacer nada con las almas. Quisiera dar lo que he recibido. Para dar tengo que saber. Concédemelo y te serviré en nombre del amor. Hoy, por el camino, mientras observaba las montañas y algunos aspectos me traían vivas a la memoria las cadenas de Hélade y las historias de la Patria, por asociación de ideas se me ha representado el mito de Prometeo, el de Deucalión…

Vosotros tenéis también una cosa semejante en la fulminación de Lucifer, en la infusión de la vida en la arcilla, en el diluvio de Noé. Son concomitancias pequeñas, pero que evocan… Ahora dime: ¿cómo es que las supimos, si no hubo ningún contacto entre nosotros y vosotros, y vosotros las poseíais ciertamente antes que nosotros, y nosotros las recibimos, pero no hay noticia acerca de su origen? Actualmente no nos conocemos en muchas cosas. ¿Cómo es que, hace milenios, ya tuvimos leyendas que recuerdan vuestras verdades?

-Mujer, eres la que menos me lo debería preguntar, porque has leído obras que podrían, por sí solas, responder a esta pregunta tuya. Hoy, por asociación de ideas, del recuerdo de tus montes natales has pasado al recuerdo de los mitos natales y a hacer comparaciones. ¿No es verdad? ¿Y, por qué?

-Porque mi pensamiento, despertado, recordó.

-Muy bien. Pues las almas de los más antiguos, que dieron una religión a tu tierra, también recordaron.

Confusamente, hasta donde puede una persona imperfecta, que está al margen de la religión revelada. Pero se acordaron. En el mundo hay muchas religiones. Ahora bien, si tuviéramos aquí, en un cuadro claro, todos los detalles de ellas, veríamos que hay como un hilo áureo perdido entre abundante fango, un hilo con nudos; y, contenidos en estos nudos, retazos de la Verdad verdadera.

-¿Pero no venimos todos de un tronco común? Eso dices. Entonces por qué los antiguos de entre los antiguos, que descendían del tronco originario, no supieron conservar consigo la Verdad? ¿No es una injusticia haberlos privado de ella?

-¿Has leído el Génesis, no es verdad? ¿Qué has encontrado en él? En sus comienzos, un pecado complejo, un pecado que abraza los tres estados del hombre: materia, pensamiento y espíritu. Luego un fratricidio. Luego un dúplice homicidio como contrapeso de la obra de Enoc de mantener la luz en los corazones; luego corrupción, uniéndose, por sed carnal, los hijos de Dios con las hijas de la sangre. Y, a pesar de la purificación del Diluvio y la reconstrucción de la raza a partir de buen germen, no de piedras como se dice en vuestros mitos -de la misma forma que la primera arcilla modelada por Dios, a imagen suya y con forma de hombre, no se había animado debido a un robo de fuego vital por parte del hombre, sino por infusión de Fuego vital por parte de Dios-, a pesar de ello, volvió a aparecer el fermento soberbio, el ultraje a Dios: "Vamos a tocar el cielo", y también la maldición divina:

"Dispérsense y no se comprendan"… Y el único tronco, como agua que al chocar contra la piedra se disgrega formando regueros y no se vuelve a unir, se dividió: la raza se separó en razas. La Humanidad, puesta en fuga por su pecado y el castigo divino, se dispersó y no se volvió a reunir, llevando consigo la confusión que la soberbia había creado.

Pero las almas recuerdan, siempre queda algo en ellas; y las más virtuosas y sabias vislumbran una luz, aunque débil, en las tinieblas de los mitos: la luz de la Verdad. Es este recuerdo de la Luz, vista antes de la vida, lo que remueve en ellas verdades que contienen retazos de la Verdad revelada. ¿Me has comprendido?

-En parte. Pensaré en ello ahora. La noche es amiga del que piensa y dentro de sí se recoge.

-Entonces vamos a recogernos cada uno en sí mismo. Vamos, amigos. Paz a vosotras, mujeres, paz a vosotros discípulos míos. Paz a ti, Alejandro Misax.
-Adiós, Señor. Dios esté contigo -responde el mercader inclinándose…

285- Lázaro ofrece un refugio para Juan de Endor y Síntica. Viaje feliz hacia Jericó sin Judas Iscariote

-Lázaro, amigo mío, te pido que vengas conmigo -dice Jesús, presentándose en la puerta de la sala en que Lázaro está reclinado en un lecho leyendo un volumen.

-Inmediatamente, Maestro. ¿A dónde vamos? -pregunta Lázaro, y se alza enseguida.

-Por el campo. Necesito estar completamente solo contigo.
Lázaro lo mira turbado, y pregunta:

-¿Tienes tristes noticias que darme en secreto? ¿O…? No, no quiero pensarlo…

-Es sólo tratar contigo una cosa, y ni siquiera el aire debe saber lo que hablemos. Manda preparar el carro, porque no te quiero cansar. Cuando estemos en plena campiña te hablaré.

-Entonces guío yo. Así ni siquiera el criado sabrá lo que hayamos hablado.
-Sí. Exactamente así.

-Voy enseguida, Maestro. Dentro de poco estoy preparado -y sale.

Jesús se queda un poco pensativo en medio de la rica estancia. Mientras piensa, mueve mecánicamente dos o tres objetos, recoge el rollo que estaba caído en el suelo, y, en fin, al colocarlo en una estantería por ese innato instinto del orden que es tan fuerte en Jesús, permanece con el brazo levantado observando unos objetos de un arte raro, por lo menos distinto del arte corriente de Palestina, que están alineados en la balda de la estantería: son ánforas y copas antiquísimas -parece-con relieves y dibujos que imitan los frisos de los templos de la antigua Grecia y franjas de urnas funerarias. No se lo que estará viendo detrás del objeto… Luego sale y va al patio interior, donde están los apóstoles.

-¿A dónde vamos, Maestro? -preguntan, al ver que Jesús se coloca el manto.

-A ninguna parte. Salgo con Lázaro. Esperadme aquí, todos juntos. Regreso pronto.
Los doce se miran unos a otros… Se les ve poco contentos… Pedro dice:

-¿Vas solo? Ten cuidado…

No temas nada. Mientras esperáis no estéis ociosos. Seguid instruyendo a Hermasteo para que vaya conociendo más la Ley y haceos mutuamente buena compañía, sin discusiones ni desaires. Sed indulgentes unos con otros, quereos.
Se encamina hacia el jardín. Todos le siguen. A1 poco viene un carro ligero, cubierto, con Lázaro ya.

-¿Vas con el carro?

-Sí, para que no se le cansen las piernas a Lázaro. Adiós, Margziam. Sé bueno. Paz a todos vosotros.
Monta. El carro, haciendo rechinar la fina grava del paseo, sale del jardín para tomar el camino principal.

-¿Vas a Agua Especiosa, Maestro? -grita detrás Tomás.
-No. Una vez más os digo que os comportéis bien.

El caballo parte con un vigoroso trote. El camino, el que va de Betania a Jericó, pasa por esta campiña que va perdiendo su lozanía; cuanto más se baja hacia la llanura, más se nota este languidecer de la hierba.

Jesús piensa. Lázaro guarda silencio, se ocupa sólo de guiar el caballo. Llegados a la llanura (fértil, ya preparada toda para nutrir la semilla de la futura mies, o durmiente en sus viñas como una mujer que poco antes haya dado a luz su fruto y descansa ahora de su dulce fatiga), Jesús hace señal de pararse. Lázaro, obediente, para, y lleva al caballo a un camino secundario que conduce a unas casas lejanas… y explica:

-Aquí estaremos todavía más tranquilos que en el camino grande. Estos árboles nos ocultarán a la vista de muchos.
En efecto, un grupo de árboles bajos y tupidos hacen como de mampara contra la curiosidad de los viandantes. Lázaro está erguido frente a Jesús, esperando.

-Lázaro, necesito mandar lejos a Juan de Endor y a Síntica. La prudencia, como ves, lo aconseja, y también la caridad. Tanto para él como para ella sería una prueba peligrosa, un dolor inútil, el tener noticia de la persecución que se ha desencadenado contra ellos… y que podría -al menos para uno-provocar penosísimas sorpresas.

-En mi casa…

-No. Ni siquiera en tu casa. No los tocarían materialmente, quizás, pero sí los humillarían moralmente.

El mundo es cruel. Destroza a sus víctimas. No quiero que se pierdan así estas dos buenas fuerzas. Por tanto, de la misma forma que un día junté al anciano Ismael con Sara, ahora voy a juntar a mi pobre Juan con Síntica. Quiero que muera en paz, y que no esté solo, y que no lleve consigo la quimera de que se le manda a otro lugar porque es "el ex galeote", sino porque es el discípulo prosélito que puede trasladarse a otro lugar para predicar al Maestro.

Y Síntica le ayudará… Síntica es una gran persona, y será una gran fuerza en y para la Iglesia futura. ¿Me puedes aconsejar a dónde mandarlos? No a Judea, ni a Galilea, ni siquiera a la Decápolis. A los lugares a los que voy Yo, y conmigo los apóstoles y discípulos, no. Al mundo pagano tampoco. ¿Dónde entonces? ¿Dónde, de forma que sean útiles y estén seguros?

-Maestro… yo… ¿Aconsejarte yo a ti…!
No, no. Habla. Tú me amas, no traicionas, amas a quienes amo Yo, no eres restringido de mente como otros.

-Yo… Sí. Te aconsejaría que los mandases a uno de los lugares donde tengo amigos. A Chipre o a Siria. Elige Tú. En Chipre tengo personas de confianza. ¡Y en Siria.., bueno!… Tengo todavía alguna pequeña casa, custodiada por un administrador fiel, más fiel que una ovejita.

¡Nuestro viejo Felipe! Por mí hará todo lo que diga. Y, si me lo concedes, ellos, estos a quienes Israel persigue y Tú estimas, podrán considerarse desde ahora huéspedes míos, seguros en la casa… ¡Oh, no es un palacio! En esa casa vive sólo Felipe con un nieto que se ocupa de los jardines de Antigonio, los amados jardines de mi madre; los hemos conservado para recuerdo de ella. Había llevado a esos jardines las plantas de esencias exóticas de sus jardines judíos… ¡La madre mía!… ¡Con ellas, cuánto bien hacía a los pobres!… Eran su secreta propiedad… Mi madre… Maestro, pronto iré a decirle: “Alégrate, madre buena. El Salvador está en la Tierra". Te esperaba…

Dos hilos de llanto aparecen en el rostro doliente de Lázaro. Jesús lo mira y sonríe. Lázaro recobra los ánimos:

-Pero, hablemos de ti. ¿Te parece un buen lugar?
-Me parece un buen lugar. Una vez más te doy las gracias, por mí y por ellos. Me quitas un gran peso…
-¿Cuándo se marchan? Lo pregunto para preparar una carta para Felipe. Diré que son dos amigos míos de aquí, necesitados de paz. Será suficiente.

-Sí. Será suficiente. Pero, te ruego que ni siquiera el aire sepa nada de esto. ¡Ya lo ves! Me espían…

-Lo veo. No lo hablaré ni siquiera con mis hermanas. Pero, ¿cómo piensas llevarlos allí? Tienes contigo a los apóstoles…

-Ahora subo hasta Aera sin Judas de Simón, Tomás, Felipe y Bartolomé. Entretanto, instruiré a fondo a Síntica y a Juan… para que vayan con una buena provisión de Verdad. Luego bajaré al Merón y de allí a Cafarnaúm. Y allí… y allí enviaré otra vez a los cuatro, con otras misiones; entonces haré que partan para Antioquía los dos. A esto me veo obligado…

-A tener que temer de los tuyos. Tienes razón… Maestro, sufro viéndote afligido…

-Pero tu buena amistad me conforta mucho… Lázaro, gracias… Pasado mañana me marcho y me llevo a tus hermanas. Necesito muchas discípulas para confundir entre ellas a Síntica. Viene también Juana de Cusa. De Merón irá a Tiberiades, porque va a pasar el invierno allí. Eso quiere el marido, para tenerla más cerca, porque Herodes va a volver a Tiberíades una temporada.

-Se hará como deseas. Mis hermanas son tuyas, como lo soy yo, y mis casas, mis criados, mis bienes. Todo es tuyo, Maestro. Utilízalo para el bien. Te prepararé la carta para Felipe. Es mejor que la tengas Tú directamente.

-Gracias, Lázaro.

-Es todo lo que puedo hacer… Si estuviera sano, iría… Cúrame, Maestro, y voy.

-No, amigo. Tengo necesidad de ti así como estás.

-¿A pesar de que no hago nada?
-Aun así. ¡Oh, mi Lázaro! -y Jesús lo abraza y besa.

Suben de nuevo al carro y regresan.

Ahora es Lázaro quien está muy silencioso y pensativo. Jesús le pregunta la razón de ello.
-Pienso que pierdo a Síntica. Me atraían su ciencia y su bondad…

-Le gana Jesús…

-Es verdad. Es verdad. ¿Cuándo te voy a volver a ver, Maestro?

-Para la primavera.
-¿Hasta la primavera no? El año pasado estabas en mi casa para las Encenias…

-Este año voy a complacer a los apóstoles. Pero para el otro año estaré mucho contigo. Te lo prometo.

Betania aparece bajo el sol de Octubre. Están ya casi llegando, cuando Lázaro para el caballo para decir:

-Maestro, bueno será que te deshagas del hombre de Keriot. Tengo miedo de él. No te ama. No me gusta. Nunca me ha gustado. Es sensual y ambicioso. Por eso puede cometer cualquier pecado. Maestro, es él el que te ha denunciado…

-¿Tienes pruebas?
-No.
-Pues entonces no juzgues. No eres muy experto en tus juicios. Acuérdate de que juzgabas inexorablemente perdida a tu María… No digas que es mérito mío. Ella fue la primera en buscarme.

-Eso también es verdad. Pero, en fin, desconfía de Judas.
Poco después entran en el jardín donde están esperando, curiosos, los apóstoles.

La ausencia de cuatro apóstoles, y sobre todo de Judas, hace, por un lado, más íntimo el grupo de los que quedan; por otro, más feliz.

Es verdaderamente una familia -con Jesús y María como cabezas-esta que, dando la espalda a Betania en una mañana serena de Octubre, se dirige hacia Jericó para pasar a la orilla opuesta del Jordán.

Las mujeres marchan agrupadas en torno a María. Sólo falta Analía en el grupo femenino de las discípulas, o sea, en el grupo de las tres Marías, Juana, Susana, Elisa, Marcela, Sara y Síntica. Agrupados en torno a Jesús, Pedro, Andrés, Santiago y Judas de Alfeo, Mateo, Juan y Santiago de Zebedeo, Simón Zelote, Juan de Endor, Hermasteo y Timoneo. Margziam, por su parte, saltando como un cabritillo, va y viene incansable de este grupo a aquél (que caminan a pocos metros uno tras otro). Cargados con pesados talegos, van alegres por el camino dulcemente soleado, por la campiña solemne transida de quietud.

Juan de Endor anda con esfuerzo, oprimido por el peso que le cuelga de sus espaldas.

Pedro se da cuenta y dice:
-Dámelo, ya que has querido coger de nuevo este lastre. ¿Sentías nostalgia de esto?
-Me lo ha indicado el Maestro.

-¿Sí? ¡Ésta sí que es buena! ¿Y cómo así?
-No lo sé. Ayer por la noche me dijo: "Coge otra vez tus libros y sígueme con ellos".

-¡Hay que ver!… Bueno, pero, si lo ha dicho Él, está claro que es una cosa buena. Quizás lo hace por esa mujer. ¡Cuánto sabe, ¿no?! ¿Tú también sabes tantas cosas?
-Casi. Es muy docta.

-De todas formas, no vas a seguir viniendo detrás de nosotros con este peso, ¿no? Qué
-¡No creo! No lo sé. De todas formas, lo puedo llevar también yo… -No, amigo. Me preocupa mucho que no enfermes. ¿No te das cuenta de que estás mal de salud?
-Sí, lo sé. Me siento morir.

-No gastes bromas y déjanos al menos llegar a Cafarnaúm! Se está tan bien ahora, nosotros solos sin ese… ¡Maldita lengua! ¡He faltado una vez más a mi promesa al Maestro!… ¿Maestro? ¿Maestro?

-¿Qué quieres, Simón?
-He murmurado de Judas y te había prometido que no lo volvería a hacer. Perdóname.

-Sí. Trata de no volver a hacerlo.
-Tengo todavía 489 veces de recibir tu perdón…
-Pero, ¿qué dices, hermano? -pregunta Andrés sorprendido.
Y Pedro, lleno de brillo de sagacidad su rostro bueno, torciendo el cuello bajo el peso del saco de Juan de
Endor:

-¿Y no te acuerdas de que dijo que debíamos perdonar setenta veces siete? Por tanto me quedan todavía 489 perdones. Y llevaré la cuenta escrupulosamente… Todos se echan a reír, incluso Jesús tiene que sonreír por fuerza; pero responde: -Mejor sería, niño grande, que es lo que eres, si llevaras la cuenta de todas las veces que sabes ser bueno. Pedro se junta a Jesús y con el brazo derecho rodea su cintura, diciendo:

-¡Querido Maestro mío! ¡Qué feliz me siento de estar contigo! ¡Bah! Tú también estás contento… Y entiendes lo que quiero decir. Estamos nosotros solos. Está tu Madre. Está el niño. Vamos a Cafarnaúm. La estación es hermosa… Cinco razones para sentirnos felices. ¡Verdaderamente es hermoso ir contigo! ¿Dónde vamos a detenernos esta noche?

-En Jericó.

-El año pasado en Jericó vimos a la Velada. ¿Quién sabe qué habrá sido de ella?… Me gustaría saberlo… Y hemos encontrado también al de las viñas…

La carcajada de Pedro es tan sonora que contagia a los demás. Se echan a reír todos, recordando la escena del encuentro con Judas de Keriot.

-¡Eres incorregible, Simón! -dice Jesús en tono de reprensión.

-No he dicho nada, Maestro. Me han venido ganas de reír al pensar en su cara cuando nos ha encontrado allí… en sus viñas…

Pedro ríe con verdaderas ganas, tanto que debe pararse, mientras los otros siguen caminando y riéndose por fuerza.
Las mujeres alcanzan a Pedro. María pregunta con dulzura:
-¿Qué te sucede, Simón?

-No lo puedo decir porque cometería otra falta de caridad. Pero… mira, Madre, tú que eres sabia, quisiera saber tu opinión. Si acuso con un fondo maligno a alguien, o, peor todavía, levanto una calumnia, peco, es natural. Pero, si me río de una cosa que todos saben, de un hecho que todos conocen, una cosa que hace reír, como, por ejemplo, recordar la sorpresa de un embustero, su turbación, sus explicaciones para disculparse, y volver a reírme como entonces nos reímos, ¿está también mal?

-Es una imperfección respecto a la caridad. No es pecado como lo es la maledicencia o la calumnia, y ni siquiera como una acusación velada, pero es, de todas formas, una falta de caridad. Es como un hilo sacado en una tela. No es un desgarrón, ni que la tela esté con sumida, pero es algo que va contra la integridad de la tela y su belleza, y facilita deslavazaduras y agujeros. ¿No te parece?
Pedro se restriega la frente y dice un poco avergonzado:

-Sí. No lo había pensado nunca.
-Piénsalo ahora y no lo vuelvas a hacer. Hay carcajadas que ofenden a la caridad más que un bofetón. ¿Alguno ha cometido un error? ¿Lo hemos pillado en una mentira o en otra falta? ¿Y entonces? ¿Por qué recordarlo? ¿Por qué hacérselo recordar a otros? Corramos un velo sobre las faltas de los hermanos, pensando siempre: "Si fuera yo el que hubiera faltado, ¿me gustaría que otro recordase esta falta y que la hiciera recordar a otros?".

Hay sonrojos íntimos, Simón, que hacen sufrir mucho. No menees la cabeza. Sé lo que quieres decir… Pero también los culpables los tienen, créelo. Sea siempre tu primer pensamiento:

"¿Desearía eso para mí?". Verás como no volverás a pecar contra la caridad. Y sentirás siempre mucha paz dentro de ti. Mira a Margziam allí cómo salta y canta feliz. Es porque no tiene ninguna preocupación en su corazón; no tiene que pensar en itinerarios, ni en compras, ni en las palabras que tendrá que decir. Sabe que otros se preocupan por él de estas cosas. Haz tú igual.

Abandona todo en Dios, incluso el juicio sobre las personas. Mientras puedas ser como un niño guiado por el buen Dios, ¿por qué querer cargarte con el peso de decidir y juzgar? Llegará el momento en que tengas que ser juez y árbitro y entonces dirás: "¡Antes era mucho más fácil y menos peligroso!", y te juzgarás necio por haber querido cargarte antes de tiempo con

tanta responsabilidad. ¡Juzgar! ¡Qué cosa tan difícil! ¿Has oído lo que ha dicho Síntica hace unos días? “Buscar por medio del sentido es siempre imperfecto". Dijo una cosa muy exacta. Muchas veces juzgamos siguiendo justamente las reacciones de los sentidos, y, por tanto, con suma imperfección. Deja de juzgar…

-Sí, María. A ti verdaderamente te lo prometo. ¡Pero yo no sé todas esas cosas maravillosas que sabe Síntica!
-¿Y te apena, hombre? ̀ dice la aludida -¿No sabes que yo quiero desembarazarme de ellas para tomar solamente las cosas que tú conoces?

-¿Lo dices de verdad? ¿Por qué?
-Porque con la ciencia puedes mantenerte en esta tierra, pero con la sabiduría conquistas el Cielo. Lo mío es ciencia, lo tuyo sabiduría.

-¡Pero con tu ciencia has sabido llegar a Jesús! Por tanto, es una cosa buena.

-Mezclada con muchos errores; por eso querría despojarme de ella para revestirme solamente de sabiduría. ¡Fuera las vestiduras engalanadas y vanas! Sea mi vestido el austero y sin externa vistosidad de la sabiduría, que viste con imperecedero vestido no lo corruptible sino lo inmortal. La luz de la ciencia tiembla y vacila; la de la sabiduría resplandece uniforme y siempre constante como es lo Divino de que se genera.

Jesús ha aminorado el paso para oír. Se vuelve y dice a la griega:

-No debes aspirar a despojarte de todo lo que sabes. Lo que debes hacer es entresacar de este saber tuyo aquello que sea un átomo de Inteligencia eterna, conquistado por mentes de innegable valor.

-¿Entonces, esas mentes han encarnado en sí el mito del fuego arrebatado a los dioses?

-Sí, mujer. En este caso, no es que lo hayan arrebatado, sino que han sabido cogerlo cuando la Divinidad los rozaba con sus fuegos, acariciándolos como ejemplares -diseminados entre una humanidad venida a menos-de lo que es el hombre, un ser dotado de razón.

-Maestro, deberías señalarme lo que tengo que conservar y lo que tengo que dejar. No sería buen juez. Y luego, para llenar los espacios vacíos, meter luces de tu sabiduría.

-Ésa es mi intención. Te indicaré hasta dónde es sabio el pensamiento adquirido por ti y lo continuaré desde ese punto hasta el final de la idea verdadera. Para que sepas.

Les vendrá bien también a éstos, destinados a tener muchos futuros contactos con los gentiles.

-No vamos a entender nada -dice con tono de lamento Santiago de Zebedeo.

-Por ahora, poco. Pero llegará el día en que comprendáis, tanto las lecciones de ahora como su necesidad. Tú, Síntica, exponme los puntos que para ti son oscuros.

Durante las pausas de nuestro camino te los iré aclarando.
-Sí, mi Señor. El deseo de mi alma se funde con tu deseo. Yo, discípula de la Verdad; Tú, Maestro. El sueño de toda mi vida: poseer la Verdad.

284- La casita donada por Salomón.Cuatro apóstoles se quedarán en Judea

Jesús regresa con los apóstoles de una gira apostólica por las cercanías de Betania. Debe haber sido una gira breve, porque no traen siquiera los talegos de las provisiones.

Vienen hablando entre ellos. Dicen:

-Ha sido un buen regalo el de Salomón el barquero, ¿no es verdad, Maestro?

-Sí, un buen regalo.

Naturalmente, Judas disiente de los demás:

-No veo mucho de bueno en esa cosa. Nos ha dado lo que ya a él, que es discípulo, no le sirve. No hay motivo para ensalzarlo…

-Una casa siempre viene bien -dice serio el Zelote.

-Si fuera como la tuya. Pero, ¿qué es? Una casucha malsana.

-Es todo lo que tiene Salomón -replica el Zelote.

-Y de la misma forma que él allí se ha hecho viejo sin enfermedades, podremos ir de vez en cuando nosotros. ¿Qué quieres? ¿Todas las casas como la de Lázaro? -añade Pedro.

-No quiero nada. No veo la necesidad de este regalo.
Cuando se fuera a ese lugar, se podría estar en Jericó. Están sólo a unos pocos estadios de distancia. Para unos como nosotros, que parecemos gente perseguida, obligados a caminar siempre, ¿unos pocos estadios qué es?

Jesús interviene, antes de que la paciencia de los otros falle, como ya claros signos lo avisan.

-Salomón, en proporción a sus bienes, ha dado más que nadie. Porque ha dado todo. Lo ha dado por amor. Lo ha dado para ofrecernos un cobijo en caso de que nos coja la lluvia en esa zona poco hospitalaria, o en caso de una crecida del río, y, sobre todo, en caso de que la mala voluntad judía se haga tan fuerte que sea aconsejable interponer entre ella y nosotros el río.

Esto por lo que respecta al regalo. Y el que un discípulo, humilde y rudo, pero muy fiel y lleno de buena voluntad, haya sabido llegar a esta generosidad, que denota en él la clara voluntad de ser para siempre discípulo mío, me procura una gran alegría.

Verdaderamente veo que muchos discípulos con las pocas lecciones que han recibido de mí os han superado a vosotros, que mucho habéis recibido. Vosotros no me sabéis sacrificar, tú especialmente, ni siquiera eso que no cuesta nada: el juicio personal. Tú te lo conservas duro, resistente a cualquier flexión.

-Dices que la lucha contra uno mismo es la más costosa…

-¿Y con eso quieres decirme que me equivoco al decir que no cuesta nada? ¿Es así? ¡Tú sabes bien lo que quiero decir! Para el hombre -y verdaderamente eres un auténtico hombre-sólo tiene valor lo que es comerciable. El yo no se comercia a precio de moneda. A menos que… a menos que uno se venda a alguien esperando un beneficio. Un tráfico ilícito, semejante al que el alma contrae con Satanás.

Es más, mayor, porque además de al alma abraza también al pensamiento, o juicio, o libertad del hombre, llámala como quieras. Existen también estos desdichados… Pero no pensemos en ellos por el momento. He elogiado a Salomón porque veo todo lo bueno que hay en su acto. Y basta así.

Un momento de silencio. Luego Jesús continúa:
-Dentro de algunos días Hermasteo podrá andar sin perjuicio. Yo voy a volver a Galilea. No vendréis todos conmigo. Una parte se quedará en Judea y luego volverá arriba con los discípulos judíos, de forma que estemos todos juntos para la fiesta de las Luces.

-¿Tanto tiempo? ¿Y a quién le va a tocar? -dicen entre sí los apóstoles.
Jesús recoge el cuchicheo y responde:
-Les va a tocar a Judas de Simón, a Tomás, a Bartolomé y a Felipe. Pero no he dicho que haya que estar en Judea hasta la fiesta de las Luces.

Incluso quiero que recojáis o aviséis a los discípulos para que estén para la fiesta de las Luces. Por tanto, iréis, los buscaréis. Los reunís y los avisáis, y, mientras, les ponéis atención y les ayudáis. Luego seguiréis mis pasos trayendo con vosotros a los que hayáis encontrado; para los otros, dejáis dado el aviso de que vengan.

En estos momentos tenemos ya amigos en los principales lugares de Judea. Nos harán este favor de avisar a los discípulos. Después, en el camino de regreso hacia Galilea, por la Transjordania, y sabiendo que Yo iré por Gerasa, Bosra, Arbela, hasta Aera, vais recogiendo a todos los que a mi paso no se hayan atrevido a manifestar su petición de doctrina o milagro y que luego hayan lamentado el no haberlo hecho. Los conduciréis a mí. Estaré en Aera hasta vuestra llegada.

-Entonces convendría salir en seguida -dice el Iscariote.

-No. Saldréis al caer de la tarde del día antes de mi partida. Iréis donde Jonás, al Getsemaní. Allí estaréis hasta el día siguiente. Luego saldréis para Judea. Así podrás ver a tu madre y le servirás de ayuda en este momento de contrataciones agrícolas.
-Ya hace años que ha aprendido a arreglárselas por sí sola.

-¿No te acuerdas de que el año pasado le eras indispensable para la vendimia? -pregunta Pedro no sin una buena dosis de ironía. Judas se pone más rojo que una amapola, afeado por su ira y vergüenza.

Pero Jesús sale al paso de cualquier posible respuesta hablando Él:

-Un hijo siempre sirve de ayuda y de confortación a su madre. Ya hasta Pascua, e incluso después, no te volverá a ver. Por tanto, ve y haz lo que te digo.

Judas no replica ya a Pedro, pero descarga su rabia contra Jesús:

-Maestro, ¿sabes qué tengo que decirte? Que tengo la impresión de que quieres deshacerte de mí, al menos separarme, porque tienes sospechas, porque me crees injustamente culpable de algo, porque me faltas a la caridad, porque…

-¡Judas! ¡Basta! Podría decirte muchas cosas. Sólo te digo: "Obedece".

Jesús se muestra majestuoso al decir esto. Alto, con mirada centelleante y rostro severo… Hace temblar.

Judas también tiembla. Se pone el último de todos, mientras que Jesús se pone a la cabeza, solo. Entre ambos, el grupo enmudecido de los apóstoles.

283- Síntica habla de su encuentro con la Verdad

Jesús está sentado en el patio interior de pórticos de la casa de Betania, el patio que vi abarrotado de discípulos la mañana de la Resurrección de Jesús.

Sentado en un asiento de mármol cubierto de almohadones, apoyadas sus espaldas contra la pared de la casa, rodeado por los dueños de ésta, por los apóstoles y los discípulos Juan y Timoneo, más José y Nicodemo, y por las pías mujeres, está escuchando a Síntica, la cual, erguida, frente a El, parece estar respondiendo a alguna pregunta suya.

Todos, más o menos interesados y en distintas posturas (quién sentado en asientos, quién sentado en el suelo, quién de pie, quién apoyado en las columnas o en la pared, escuchan.

-…Era una necesidad. Para no sentir todo el peso de mi condición. Era no convencerme, un no querer convencerme de estar sola, de ser esclava, de estar exiliada de la patria. Pensar que mi madre; mis hermanos, que mi padre e Ismene, tan tierna y dulce, no estaban perdidos para siempre; sino que, a pesar de que todo el mundo insistía con saña en separarnos, como Roma, que nos había dividido siendo libres y nos había vendido como a bestias de carga, un lugar, más allá de esta vida, nos uniría de nuevo.

Pensar que no es sólo materia nuestro vivir, materia que se encadena, sino que dentro tiene una fuerza libre que ninguna cadena sujeta excepto la cadena voluntaria del vivir en el desorden moral y en la crápula material.

Vosotros a esto lo llamáis "pecado". Aquel y aquellos que eran mi luz en la oscuridad de mi noche de esclava lo definen de otra manera. Pero ellos también admiten que un alma clavada al cuerpo por las pasiones malas y corporales no alcanza lo que vosotros llamáis Reino de Dios y nosotros convivencia en el Hades con los dioses.

Para ello es necesario abstenerse de caer en la materialidad, esforzarse por alcanzar la libertad respecto al cuerpo, dándonos a nosotros mismos un patrimonio de virtud para obtener una feliz inmortalidad y el juntarnos de nuevo con los propios seres queridos.

Pensar que las almas de los muertos no se ven imposibilitadas para ayudar a las almas de los vivos, y sentir, por tanto, junto a una misma el alma materna, encontrar de nuevo su mirada y su voz hablándole al alma de su hija, y poder decir: "Sí, madre. Por ir a ti, sí.

Por no turbar tu mirada, sí. Por no poner lágrimas en tu voz, sí. Por no enlutar el Hades en que vives en paz, sí. Por todo esto mantendré mi alma libre: la única propiedad que tengo y que nadie me puede arrebatar, y que quiero conservar pura para poder razonar según virtud".

Pensar así era libertad y alegría. Y así quise pensar. Y obrar. Porque pensar pero luego obrar con incoherencia respecto al pensamiento no es sino demediada y falsa filosofía. Pensar así significaba construirse de nuevo una patria incluso en el exilio. Una íntima patria en el yo, con sus altares, su fe, su instrucción, sus afectos… Y una patria grande, misteriosa, y al mismo tiempo no misteriosa, por ese "algo" de misterioso que hay en el alma, que sabe que no desconoce el más allá, a pesar de que al presente lo conozca sólo como un marinero conoce desde plena alta mar en una mañana brumosa los detalles de la costa, es decir, confusamente, en boceto, sólo con algún que otro punto netamente delineado, pero suficiente, suficiente para el cansado navegante mortificado por las borrascas, que puede decir: “Allí está el puerto, la paz". La patria de las almas, el lugar de proveniencia… el lugar de la Vida. Porque la vida se engendra de la muerte…

¡Oh, entendía esto a medias, hasta que vine a saber una cosa que Tú habías dicho! Después… después fue como si un rayo de sol hiriera el diamante de mi pensamiento. Todo fue luz, y entendí hasta qué punto acertaban los maestros de Grecia, y cómo después, a falta de un dato, uno sólo, para resolver con equidad el teorema de la Vida y a Muerte, erraban. El dato era: ¡el verdadero Dios, Señor y Creador de todo cuanto existe!

¿Puedo nombrarlo con estos labios míos paganos? Sí, sí puedo. Porque de Él vengo, como todos. Porque ha puesto capacidad en las mentes de los hombres todos, y en los más sabios una inteligencia superior, en virtud de la cual verdaderamente muéstranse semidioses de ultrahumana potencia. Sí, porque Él les hizo escribir aquellas verdades que son ya religión, si no divina como la tuya, moral, capaz de mantener "vivas" a las almas no en este espacio de tiempo que dura la estancia aquí en la tierra sino siempre.

Después entendí lo que quería decir: "la vida se genera de la muerte". El que lo dijo estaba no como uno totalmente ebrio, pero sí con la inteligencia cargada. Dijo una frase sublime, pero no la entendió enteramente. Yo -perdona, Señor, mi orgullo-yo entendí más que él, y desde ese momento soy feliz.

-¿Qué comprendiste?
-Que esta existencia no es sino el principio embrional de la vida, que la verdadera Vida empieza cuando la muerte nos da a luz… para el Hades, como pagana, para la Vida eterna, como creyente en Ti ¿Me equivoco?
-Es como dices, mujer -aprueba Jesús.

-Nicodemo interrumpe:
-Pero, ¿cómo es que tuviste noticia de las palabras del Maestro?

-Quien tiene hambre busca comida, señor. Yo buscaba mi comida. Siendo lectora -porque era culta y tenía una bonita voz y una buena pronunciación-, podía leer mucho en las bibliotecas de mis amos. Pero no me sentía saciada todavía. Sentía que había otra realidad al otro lado de las paredes historiadas de ciencia humana, y, cual prisionera en cárcel de oro, golpeaba con los nudillos, trataba de forzar las puertas para salir, para encontrar… Viniendo a Palestina con el último amo, temía caer en las tinieblas… sin embargo, venía hacia la Luz.

Cada palabra de los siervos de Cesárea era un golpe de pico que iba resquebrajando las paredes y abriendo agujeros cada vez mayores por los que entraba tu Palabra. Yo recogía estas palabras y noticias. Como un niño que ensarta perlas, me las alineaba y me adornaba con ellas, y sacaba fuerzas de ellas para estar cada vez más purificada para recibir la Verdad. En la catarsis sentía que hallaría. Ya desde la tierra.

A costa de la vida quise ser pura para el encuentro con la Verdad, con la Sabiduría, con la Divinidad. Señor, estoy diciendo palabras sin juicio. Éstos me miran atónitos. Pero has sido Tú quien me las ha pedido…

-Habla, habla. Es necesario.

-Con fortaleza y templanza he resistido a las presiones externas. Bastaría que hubiera querido y habría podido ser libre y feliz, según el mundo. Pero no quise trocar el saber por el placer. Porque sin sabiduría no es útil tener las otras virtudes.

Él, el filósofo, lo dijo: “Justicia, templanza y fortaleza, separadas del saber, son semejantes a un escenario pintado, virtudes verdaderamente de esclavos sin nada firme y real". Quería tener cosas reales. El amo, necio, hablaba de ti en mi presencia. Entonces fue como si las paredes se transformasen en velos. Bastaba con querer para rasgar el velo y unirse a la Verdad. Y lo hice.

-No sabías que nos ibas a encontrar -dice el Iscariote.

-Sabía creer que el dios premia la virtud. No quería ni oro, ni honores, ni libertad física, ni siquiera la libertad física; lo que quería era la Verdad. A Dios le pedía esto, o morir.

Quería que me fuera evitada la humillación de acabar siendo sólo un "objeto" y, más todavía, de consentir en serlo. Renunciando a todo lo corporal en mi búsqueda de ti, ¡oh, Señor!, porque buscar por medio del sentido es siempre imperfecto -Tú lo viste cuando huí al verte, engañada por mis ojos- me abandoné al Dios que está sobre nosotros y en nosotros y que de sí informa el alma. Y te encontré porque el alma me condujo a ti.

Habla otra vez el Iscariote y dice:

-Tu alma es pagana.
-Pero el alma tiene siempre en sí misma algo de lo divino, especialmente cuando, con esfuerzo, se ha preservado del error… Y, por tanto, tiende a las cosas que tienen su misma naturaleza.

-¿Te estás comparando con Dios?
-No.
-Entonces, ¿por qué dices eso?

-¿Cómo? ¿Y me lo preguntas tú, que eres discípulo del Maestro? ¿A mí, que soy griega y libre desde hace poco? ¿No escuchas cuando habla? ¿O es que en ti el fermento del cuerpo es tal que te obceca? ¿No dice siempre Él que somos hijos de Dios? Pues entonces somos dioses, si somos hijos del Padre, de ese Padre suyo y nuestro de que habla siempre. Me podrás reprochar falta de humildad, pero no que soy una incrédula y una distraída.

-¿Así que te crees más que yo? ¿Crees haber aprendido todo con tus libros de tu Grecia?

-No. Ni una cosa ni la otra. De todas formas, los libros de los sabios, de cualquier lugar que sean, me han dado ese mínimo para tenerme en pie. No pongo en duda que un israelita sea más que yo. Pero estoy contenta con esta suerte mía que de Dios me viene. ¿Qué más puedo desear? Encontrando al Maestro he encontrado todo. Y pienso que ello era destino, porque verdaderamente veo que hay un Poder que vela sobre mí y que me ha designado un gran destino; yo, sintiéndolo bueno, no he hecho más que secundarlo.

-¡Bueno! Has sido esclava, y de amos crueles… Si el último te hubiera atrapado de nuevo, por ejemplo, ¿cómo habrías secundado el destino, tú, que tan sabia eres?

-¿Te llamas Judas, verdad?

-Sí… ¡y qué quieres decir?

-Quiero decir… Nada. Quiero recordar tu nombre además de tu ironía. Mira que la ironía es desaconsejable incluso en los virtuosos… ¿Cómo habría secundado el destino?

Quizás me habría matado. Porque, realmente, hay casos en que es mejor morir que vivir, a pesar de que el filósofo diga que ello no es correcto y que es cosa impía el procurarse este bien por propia iniciativa porque los dioses son los únicos que tienen derecho a llamarnos.

Esto de esperar una señal de los dioses para hacerlo ha sido lo que siempre me ha refrenado en medio de las cadenas de mi triste suerte. Pero esta vez, si me hubiera capturado mi repulsivo amo, habría visto la señal suprema, y habría preferido morir a vivir. Yo, hombre, también tengo una dignidad.

-¿Y si ahora te atrapara de nuevo? Estarías en las mismas condiciones…

-Ahora ya no me mataría. Ahora sé que la violencia contra la carne no hiere al espíritu que no consiente. Ahora resistiría hasta que me doblegasen con la fuerza, hasta morir a causa de las violencias. Porque interpretaría también esta violencia como señal con la que Dios me llamaría a su presencia. Ahora moriría tranquila, sabiendo que perdería algo perecedero.

-Bien has respondido, mujer -dice Lázaro, y Nicodemo también aprueba.

-El suicidio nunca está permitido -dice el Iscariote.
-Muchas son las cosas prohibidas, y no se respeta la prohibición.

-Tú, Síntica, debes pensar que Dios, de la misma forma que te ha guiado siempre, te habría preservado también de la violencia sobre ti misma. Ahora ve. Te agradecería que me buscases al niño y me lo trajeses -dice Jesús dulcemente.

La mujer se prosterna hasta tocar el suelo y se marcha. Todos la siguen con la mirada. Lázaro susurra:

-¡Y siempre es así! No logro entender cómo las cosas que en ella han significado "vida", para nosotros de Israel han significado "muerte". Si tienes modo de continuar examinándola, verás que precisamente ese helenismo que nos ha corrompido a nosotros, que ya poseíamos una Sabiduría, a ella la ha salvado. ¿Por qué?

-Porque los caminos del Señor son admirables, y Él se los abre a quien lo merece. Ahora, amigos, os saludo porque declina la tarde. Estoy contento de que todos vosotros hayáis oído hablar a la griega. De la constatación de que Dios se revela a los mejores, sacad la lección de que excluir de las filas de Dios a todos aquellos que no son de Israel es odioso y peligroso. Que esto os sirva de norma para el futuro… No murmures Judas de Simón.

Y tú, José, no tengas escrúpulos que no vienen a cuento.

Ninguno de vosotros se ha contaminado en nada por haber estado al lado de una griega. Ocupaos, eso sí, de no estar con el demonio o darle cabida en vosotros. Adiós José, adiós Nicodemo. ¿Os voy a poder ver otra vez mientras estoy aquí? Ahí está Margziam… Ven, niño, saluda a los jefes del Sanedrín. ¿Qué les dices?

-La paz sea con vosotros, y… digo también: a la hora del incienso pedid por mí.

-No lo necesitas, niño. Pero, ¿por qué precisamente a esa hora?

-Porque la primera vez que entré en el Templo con Jesús, me habló de la oración del atardecer… ¡Oh, qué bonito!…

-¿Y tú vas a orar por nosotros? ¿Cuándo?
-Rezaré… rezaré por la mañana y al atardecer. Para que Dios os preserve del pecado de día y de noche.
-¿Y qué vas a decir, niño?

-Diré: "Señor Altísimo, haz de José y Nicodemo unos verdaderos amigos de Jesús". Será suficiente, porque quien es amigo verdadero no apena al amigo. Y quien no apena a Jesús está seguro de poseer el Cielo.

-¡Que Dios te conserve así, niño! -dicen los dos miembros del Sanedrín mientras lo acarician.

Luego saludan al Maestro, después a la Virgen y a Lázaro en particular, y a todos los demás en grupo, y se marchan.

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