282- La delación al Sanedrín respecto a Hermasteo, Juan de Endor y Síntica

Jesús, con los apóstoles y discípulos, va camino de Betania. Está precisamente hablando con los discípulos; les está dando la orden de separarse: los judíos irán por Judea, los galileos subirán por la Transjordania, anunciando al Mesías.

Esto último despierta alguna objeción. Me parece que la Transjordania no gozaba de buena fama entre los israelitas. Hablan de ella casi como de regiones paganas. Pero ello ofende a los discípulos de esta zona. Entre ellos están el arquisinagogo de Agua Especiosa -la voz más autorizada-y también un joven cuyo nombre desconozco; y defienden enfervorizadamente a sus ciudades y paisanos.

Timoneo dice:

-Ven a Aera, Señor. Verás como allí te respetan. No encontrarás en Judea tanta fe como allí. 0, mejor: yo no quiero ir. Tenme contigo. Que vaya un judío con un galileo a mi ciudad. Verán cómo ha sabido creer en ti sólo por mi palabra.

Y el joven dice:

-Yo he sabido creer sin haberte visto ni siquiera una vez. Después del perdón de mi madre, te he buscado. De todas formas, me gustaría volver, a pesar de que ello comporte burlas de los malos del lugar, malos como era yo antes, y reproches de los buenos por mi pasada conducta. Pero no me importa. Te predicaré con mi ejemplo.

-Bien dices. Harás como has dicho. Luego subiré Yo. Tú también. Timoneo, has hablado con buen juicio. Irán, pues, Hermas y Abel de Belén de Galilea a anunciarme a Aera, mientras que tú, Timoneo, te quedarás conmigo. Pero no quiero estas discusiones. Ya no sois ni judíos ni galileos; sois los discípulos. Es suficiente. El nombre y la misión os equiparan en región, en grado, en todo. Sólo os podéis diferenciar en una cosa, en la santidad: la santidad será individual y tendrá la medida que cada uno sepa alcanzar. De todas formas, quisiera que tuvierais todos la misma medida, la perfecta. ¿Veis a los apóstoles? Estaban como vosotros, divididos por razas u otras cosas.

Ahora, después de más de un año de instrucción, son únicamente los apóstoles. Haced vosotros lo mismo, de forma que, como entre vosotros el sacerdote convive con el que fue pecador, el rico con el que fue mendigo, el joven junto al hombre longevo, haced que se anule la separación de pertenecer a esta o aquella región. Tenéis una sola patria: el Cielo. Porque habéis emprendido voluntariamente el camino que lleva al Cielo. No deis nunca a mis enemigos la impresión de ser enemigos entre vosotros. El enemigo es
el pecado, y ningún otro.

Avanzan en silencio un rato. Luego, Esteban se acerca al Maestro y dice:

-Tendría que decirte una cosa. He esperado a que me la preguntes, pero no lo has hecho. Ayer me habló Gamaliel…
-Lo vi.
-¿No me preguntas lo que me dijo?
-Espero a que me lo digas tú, porque el buen discípulo no tiene secretos para su Maestro.
-Gamaliel… Maestro, ven unos metros delante conmigo…
-Vamos, sí. Pero podías hablar en presencia de todos…
Se adelantan unos metros. Esteban, ruborizado, dice:
-Debo darte un consejo, Maestro. Perdóname…

-Si es bueno, lo aceptaré. Habla.
-Maestro, en el Sanedrín todo se sabe antes o después. Es una institución que tiene mil ojos y cien tentáculos. Penetra por todas partes, ve todo, oye todo. Sus informadores superan en número a los ladrillos de los muros del Templo. Muchos viven así…

-Como espías. Termina, sí. Es verdad. Lo sé. ¿Y entonces?

¿Qué han dicho, más o menos verdadero, en el Sanedrín?

-Han dicho… todo. No sé cómo se las arreglan para saber ciertas cosas. Ni siquiera sé si son o no verdaderas…

Pero te digo que me ha dicho Gamaliel textualmente: "Di al Maestro que haga circuncidar a Hermasteo, o que, si no, que lo separe del grupo, para siempre. No hace falta decir nada más"

-Efectivamente, no hace falta decir nada más. Ante todo, porque si voy a Betania es precisamente para esto; estaré allí hasta que Hermasteo pueda viajar de nuevo. En segundo lugar, porque ninguna justificación podría demoler las prevenciones y… las exageradas reservas de Gamaliel, que está escandalizado por el hecho de que lleve conmigo a un incircunciso de un miembro del cuerpo. ¡Ay, si mirase a su alrededor y dentro de sí!, ¡cuántos incircuncisos en Israel.

-Pero Gamaliel…

-Es el perfecto representante del viejo Israel. No es malo, pero… Mira este canto. Podría romperlo, pero no lo haría maleable. Lo mismo él. Deberá ser triturado para adquirir nueva forma. Y lo haré.

-¿Quieres hacer la guerra a Gamaliel? ¡Atento, porque es poderoso!

-¿Hacerle la guerra, como si fuese un enemigo? No. Al contrario de presentarle batalla, lo amaré, complaciéndole en un deseo para su cerebro momificado, y derramando sobre él un bálsamo que ha de disgregarlo para darle forma nueva.

-Pediré yo también para que esto se cumpla, porque lo quiero. ¿Hago mal?

-No. Debes amarlo orando por él; y lo harás, ciertamente lo harás. Es más, serás tú precisamente el que me ayude a elaborar el bálsamo… En todo caso, dile a Gamaliel, para que se tranquilice, que ya había pensado en Hermasteo, y que le agradezco el consejo.

Bien, hemos llegado a Betania. Detengámonos. Hemos llegado al lugar en que nos separaremos. Quiero bendeciros a todos.

Y se reúne de nuevo con el espeso y único grupo de los apóstoles y discípulos. Los bendice y se despide de ellos, de todos menos de Hermasteo, Juan de Endor y Timoneo.
Luego, con los que se han quedado, recorre ligero los pocos pasos que todavía le separan de la cancilla del jardín de Lázaro (ya abierta de par en par para recibirlo).

Entra alzando la mano para bendecir a la casa hospitalaria. En el vasto parque, distanciados, están los dueños de la casa y las pías mujeres, que ríen de las carreras de Margziam por los senderos ornados con las últimas rosas. Además de los dueños y las mujeres, cuando éstas gritan, aparecen por un sendero José de Arimatea y Nicodemo, que también gozan de la hospitalidad de Lázaro para que así puedan estar tranquilamente con el Maestro Acuden todos a recibir a Jesús: María, con su dulce sonrisa; María de Magdala, con su grito de amor:

«¡Rabbuní!»; Lázaro, cojeando: luego, los dos solemnes miembros del Sanedrín; al final, las pías mujeres de Jerusalén y Galilea, rostros marcados de arrugas y rostros lisos de mujeres jóvenes, y, dulce como la de un ángel, la carita virginal de Analía, que se ruboriza al saludar al Maestro.

-¿No está Síntica? -pregunta Jesús después de los primeros saludos.
-Con Sara, Marcela y Noemí, adornando las mesas. Pero… ahí llegan.

Llegan, en efecto, junto con la anciana Ester de Juana: dos caras marcadas por la edad y por los dolores pasados, en medio de otras dos caras serenas, y -distinto por la raza y por todo un no sé qué que distingue a Síntica- el rostro grave, aunque luminoso de paz, de la griega.

No podría tampoco definirla como una belleza en el verdadero sentido de la palabra. Y, no obstante, si me refiero a sus ojos, de un negro mitigado con tonalidades de añil oscurísimo bajo una frente alta y nobilísima, impresionan más aún que su cuerpo, que, eso sí, es sin duda más hermoso que la cara. Un cuerpo esbelto sin ser delgado, proporcionado, armónico en su caminar y en sus ademanes.

Pero lo que impresiona es la mirada, esta mirada inteligente, abierta, profunda, que parece aspirar el mundo, seleccionarlo, retener lo bueno, lo útil, lo santo, y rechazar todo lo malo, esta mirada sincera que se deja hurgar hasta las mayores profundidades y a través de la cual el alma se asoma a escrutar a quien se le acerca. Si es verdad que los ojos permiten conocer al individuo, yo digo que Síntica es mujer de juicio seguro y de firmes y honestos pensamientos.

Ella también se arrodilla con las otras, y espera a alzarse a que el Maestro lo diga.
Jesús sigue por el verde jardín hasta el pórtico que precede a la casa y entra luego en una sala donde los domésticos están preparados para ofrecer refrigerio a los recién llegados y ayudarlos en las purificaciones de antes de la comida. Todas las mujeres se retiran. Jesús se queda con los apóstoles en la sala. Juan de Endor con Hermasteo van a la casa de Simón Zelote para dejar los fardos de que se han cargado.

-¿Ese joven que ha salido con Juan el bizco es el filisteo que has aceptado? -pregunta José.
-Sí, José. ¿Cómo lo sabes?

-Maestro… Yo y Nicodemo llevamos ya algunos días preguntándonos cómo es que lo sabemos, y cómo es que lo saben los otros del Templo, por desgracia. Lo cierto es que lo sabemos. Antes de los Tabernáculos, durante la sesión que precede siempre a las fiestas, algunos fariseos dijeron que sabían con precisión que a tus discípulos se habían unido un filisteo incircunciso y una pagana, además de… -perdona, Lázaro-las pecadoras conocidas y desconocidas, y de los publicanos -perdona, Mateo hijo de Alfeo-, y de los ex presidiarios. Por lo que respecta a la pagana, que es ciertamente Síntica, se comprende que se pueda saber, o por lo menos intuir.

El jaleo que preparó el romano fue grande, y ha sido objeto de carcajadas entre los de su ambiente y entre los judíos… incluso porque fue, quejumbroso y amenazador al mismo tiempo, a buscar por todos los rincones a su fugitiva, e importunó incluso a Herodes, porque decía que se había escondido en casa de Juana y que el Tetrarca debía imponer a su oficial que la entregase a su amo. Ahora bien, que, entre tantos hombres como te siguen, se sepa que uno es filisteo e incircunciso, y otro es un ex presidiario… es extraño, muy extraño. ¿No te parece?

-Sí y no. Tomaré oportunas medidas para Síntica y para el ex presidiario.
-Sí. Bien harás. Sobre todo, en desprenderte de Juan. No está bien entre tus seguidores.

-José, ¿ahora eres fariseo? -pregunta severo Jesús.
-No… Pero…
-¿Debería, por un estúpido escrúpulo del peor fariseísmo, humillar a un alma regenerada? ¡No lo haré! Me ocuparé de su tranquilidad. De la suya, no de la mía. Velaré por su formación, como también velo por la del inocente Margziam.

¡En verdad, no hay diferencia entre el desconocimiento espiritual de uno y otro!: uno de ellos está empezando a decir palabras de sabiduría porque Dios lo ha perdonado, porque ha renacido en Dios, porque Dios ha abrazado al pecador; el otro las dice porque, pasando de una niñez abandonada a una adolescencia custodiada por el amor del hombre además del de Dios, abre su alma al sol como una corola, y el Sol lo ilumina con su propia Luz; su Sol: Dios.

Y el primero se aproxima a decir las últimas palabras… ¿No tenéis ojos para ver que se está consumiendo de penitencia y amor? ¡Ya querría tener muchos Juanes de Endor en Israel y entre mis adictos! Querría que tú, José, y tú, Nicodemo, tuvierais un corazón como el suyo, y, sobre todo, que lo tuviera su delator, esa abyecta serpiente que se cela bajo apariencia de amigo, y que espía antes de asesinar; esa serpiente que envidia las alas del pájaro, y que lo acosa para arrancárselas y meterlo en la prisión. ¡Ah! ¡No! El ave está ya para transformarse en ángel. Aunque la serpiente pudiera -no podrá-arrancarle las alas, éstas se transformarían en su cuerpo glutinoso en alas de demonio. Todo delator es ya un demonio.

-¿Dónde estará el tal delator? Decídmelo, para que pueda ir inmediatamente a arrancarle la lengua -exclama Pedro.

-Sería mejor que le arrancases los dientes del veneno -dice Judas de Alfeo.

-¡No, hombre, no! ¡Mejor estrangularlo! Así no hará ya ningún daño con nada. Son seres que siempre pueden causar daños… -dice resueltamente el Iscariote.

Jesús fija en él sus ojos y termina:
-… Y mentir. Pero ninguno debe hacer nada contra él. Es quebranto, por ocuparse de la culebra dejar perecer al ave. Por lo que respecta a Hermasteo, voy a estar aquí un tiempo, en casa de Lázaro precisamente, para su circuncisión; él abraza, por amor a mí y para evitar persecuciones de las restringidas mentes hebreas, la religión santa de nuestro pueblo. No es sino tránsito de las tinieblas a la luz. Y no es necesario para que un corazón reciba la luz. De todas formas, lo concedo para calmar las susceptibilidades de Israel y para poner de manifiesto la verdadera voluntad de este filisteo de llegar a Dios.

Ahora bien, os digo que en el tiempo del Cristo no es necesario esto para ser de Dios. Basta la voluntad y el amor, basta la rectitud de conciencia. ¿Y dónde vamos a circuncidar a la griega? ¿En qué punto de su espíritu, si por sí sola ha sabido sentir a Dios mejor que muchos en Israel? En verdad, entre los presentes muchos son tinieblas respecto a los que despreciáis como tinieblas. En todo caso, el delator y vosotros, miembros del Sanedrín, podéis informar a quien haya que hacerlo de que el escándalo, desde hoy mismo, está eliminado.

-¿Para quién? ¿Para los tres?

-No, Judas de Simón. Para Hermasteo. Ya me encargaré de los otros. ¿Tienes algo más que preguntar?
-Yo no, Maestro.
-Y Yo tampoco tengo más que decirte. Sin embargo, a vosotros os pregunto, si lo sabéis, qué es del amo de Síntica.

-Pilatos lo mandó a Italia con el primer barco que tuvo a mano, para no tener complicaciones con Herodes y con los hebreos en general. Pilatos está pasando momentos difíciles… y ya le bastan… -dice Nicodemo.

-¿Esta noticia es segura?

-Si quieres, Maestro, puedo asegurarme -dice Lázaro.

-Sí, hazlo. Y luego dime la verdad.

-Pero en mi casa Síntica está igualmente segura.
-Lo sé. También Israel tutela a una esclava que haya huido de su amo extranjero y cruel. Pero quiero saberlo.

-Y yo quisiera saber quién es el delator, el informador, el gracioso espía de los fariseos… y -esto se puede saber y lo quiero saber-quiénes son los fariseos denunciadores. Que salgan los nombres de los fariseos y de su ciudad.

Me refiero a los fariseos que han hecho la bonita obra de informar -previa traición de uno de nosotros, porque sólo nosotros sabemos ciertas cosas, nosotros los discípulos antiguos y nuevos-de informar al Sanedrín sobre las cosas que hace el Maestro, cosas que son todas justas; y es un demonio el que diga y piense lo contrario, y…

-Y basta, Simón de Jonás. Te lo ordeno.
-Y yo obedezco, aun a costa de que se me revienten las venas del corazón por el esfuerzo. En todo caso, lo bonito de esta jornada ya se ha perdido…

-No. ¿Por qué? ¿Ha cambiado algo entre nosotros?

¿Entonces? ¡Oh, Simón mío! Ven aquí a mi lado, hablemos de las cosas buenas…

-Vienen a decirnos que es la hora de la comida, Maestro -dice Lázaro.
-Pues vamos entonces…

281- En el Templo durante la fiesta de los Tabernáculos. Las condiciones para seguir a Jesús. La parábola de los talentos y la parábola del buen samaritano

Jesús se dirige al Templo. Le preceden en grupos los discípulos, le siguen en grupo las discípulas, es decir, su Madre, María Cleofás. María Salomé, Susana, Juana de Cusa, Elisa de Betsur, Analía de Jerusalén, Marta y Marcela. No está la Magdalena. En torno a Jesús, los doce apóstoles y Margziam.

Jerusalén muestra la pompa de las ocasiones solemnes.

Gente de todos los lugares en todas sus calles. Cantos, discursos, murmullo de oraciones, imprecaciones de asnerizos, algún llanto de niño. Cubriéndolo todo, un cielo nítido que se deja ver entre las casas, y un sol que desciende alegre a dar vivacidad a los colores de los vestidos, a encender los mortecinos colores de las pérgolas y árboles que acá o allá se vislumbran tras las tapias de los jardines recintados o de los antepechos de las terrazas.

Hay veces que Jesús se cruza con personas conocidas; entonces el saludo es más o menos deferente, según la disposición de éstas. Así, es respetuosísimo, aunque gravedoso, el de Gamaliel, que mira fijamente a Esteban; éste le sonríe desde el grupo de los discípulos (Gamaliel, después de inclinarse ante Jesús, llama aparte a Esteban y le dice unas palabras, y luego Esteban regresa al grupo).

De veneración es el saludo del anciano arquisinagogo Cleofás de Emaús, que se dirige con sus paisanos al Templo.

Desabrido como una maldición, el saludo de respuesta de los fariseos de Cafarnaúm.

Los campesinos de Jocanán, capitaneados por el administrador, saludan echándose al suelo y besando los pies de Jesús entre el polvo del camino. La gente, extrañada, se detiene a observar a este grupo de hombres que, en un cruce de calles, se arroja con un grito a los pies de un hombre joven, que no es ni un fariseo ni un famoso escriba, que no es ni un sátrapa ni un alto cortesano. Alguno pregunta que quién es. Corre un murmullo:

-Es el Rabí de Nazaret, el que se dice que es el Mesías.

Entonces, prosélitos y gentiles se arremolinan, curiosos, de forma que empujan al grupo hacia una pared y crean un atasco en la minúscula placita; hasta que un grupo de arrieros los disgrega gritando imprecaciones contra el obstáculo. Mas la multitud, exigente, brutal en esta manifestación suya que es también de fe, se aglomera de nuevo, separando las mujeres de los hombres. Todos quieren tocar el vestido de Jesús, decirle una palabra, hacerle alguna pregunta… esfuerzo inútil, porque esa misma prisa, esa ansia, ese nerviosismo por pasar adelante rechazándose unos a otros, hace que ninguno pueda llegar. Las preguntas y respuestas se confunden también en un único rumor incomprensible.

El único que se abstrae de la escena es el abuelo de Margziam. Ha respondido con un grito al grito de su nietecito, y, enseguida, tras venerar al Maestro, ha estrechado contra su corazón al nieto, y luego, todavía apoyado sobre los talones, ambas rodillas en tierra, lo ha sentado en su regazo, y lo admira y acaricia con lágrimas y besos de dicha mientras le pregunta y escucha. El anciano se siente tan feliz que está ya en el Paraíso.

Acuden los soldados romanos, creyendo que hay alguna pelea. Se abren paso. Pero sonríen cuando ven a Jesús, y, limitándose a aconsejar a los presentes que dejen libre ese importante cruce, se retiran tranquilos. Jesús obedece inmediatamente, aprovechando el espacio que crean los romanos, que van unos pasos delante de Él como para abrirle camino, aunque en realidad es para volver a su puesto de piquete, porque la guardia romana ha sido reforzada mucho, como si Pilatos fuera al corriente de un descontento entre la muchedumbre y temiera amotinamientos en estos días en que Jerusalén está colmada de hebreos procedentes de todas partes. Y es bonito verlo caminar precedido por este grupo armado romano, como un rey al que se va abriendo paso cuando se dirige a sus posesiones.

Cuando ha empezado a moverse ha dicho al niño y al anciano:

-Estad juntos y seguidme – y al administrador de Jocanán: “Te ruego que me dejes a tus hombres. Serán invitados míos hasta la noche”.

El administrador responde obsequioso:
-Hágase todo lo que quieras -y, tras un respetuoso saludo, se marcha solo.

El Templo está ya cerca, y el bullicio de la multitud, como movimiento de hormigas junto a la entrada del hormiguero, es aún mayor. En esto, un campesino de Jocanán grita:

-¡El amo! -y cae de rodillas para saludar, y lo imitan los demás.

Jesús está en pie en medio de un grupo de hombres postrados (porque los campesinos se habían arrimado bien a Él). Vuelve la mirada hacia el lugar señalado y encuentra la mirada de un fariseo pomposamente vestido, que no me resulta nuevo pero que no sé dónde lo he visto.

El fariseo Jocanán está con otros de su casta: un montón de preciosos tejidos, de franjas, hebillas, cinturones, filacterias; todo de dimensiones exageradas respecto a lo común. Jocanán fija su atención en Jesús: es una mirada de pura curiosidad, aunque no irreverente. Es más, lo saluda: estirado, apenas una inclinación de cabeza… pero al fin y al cabo es un saludo, al cual Jesús responde con deferencia.

También lo saludan otros dos o tres fariseos, mientras que otros miran despreciativos o fingen mirar a otra parte; sólo uno lanza una ofensa (seguro, porque veo que los que van en torno a Jesús se sobresaltan, y el mismo Jocanán se vuelve de repente para fulminar con la mirada al ofensor, que es un hombre más joven que él, de facciones marcadas y duras).

Una vez rebasados, cuando ya los campesinos se atreven a hablar, uno de ellos dice:

-El que te ha maldecido es Doras, Maestro.
-Déjalo. Os tengo a vosotros, que me bendecís -dice tranquilo Jesús.

Apoyado en el intradós de un arco, junto con otros, está Manahén, el cual, en cuanto ve a Jesús, alza los brazos acompañando el gesto con una exclamación de alegría:

-¡Éste es un día jubiloso, porque te he encontrado! -y viene hacia Jesús, seguido por los que lo acompañan. Lo venera bajo el umbrío arco que hace retumbar las voces como si fuera una cúpula.

Precisamente mientras lo está venerando, pasan, rozando al grupo apostólico, los primos Simón y José con otros nazarenos… y no saludan… Jesús los mira apenado, pero no dice nada.

Judas y Santiago, agitados, cambian recíprocamente unas palabras, y Judas, encendido su rostro de indignación, inútilmente sujetado por su hermano, echa a correr tras ellos. Pero Jesús lo llama con un tan imperioso: « ¡Judas, ven aquí!», que el inquieto hijo de Alfeo se vuelve para atrás… -Déjalos. Son semillas que todavía no han sentido la primavera. Déjalos que estén en la sombra del avariento terrón. Penetraré igualmente, aunque éste se transformase en jaspe cerrado en torno a la semilla. Lo haré a su tiempo.

Más fuerte que la respuesta de Judas de Alfeo resuena el llanto de María de Alfeo, desolada: un llanto largo, propio de una persona abatida… Pero Jesús no se vuelve para consolarla, a pesar de que se oiga bien nítido ese lamento bajo el arco lleno de ecos.

Sigue hablando con Manahén, el cual le dice:

-Éstos que están conmigo son discípulos de Juan. Quieren, como yo, ser tuyos.

-Paz a los buenos discípulos. Allá delante están Matías, Juan y Simeón, conmigo para siempre. Os recibo a vosotros como los recibí a ellos, porque Yo amo todo lo que me viene del santo Precursor.

Llegan a los muros del Templo.
Jesús da órdenes al Iscariote y a Simón Zelote para las compras y ofrendas de rito. Luego llama al sacerdote Juan y dice:

-Tú, que eres de este lugar, te encargarás de invitar a algún levita que sepas que es digno de conocer la Verdad. Porque verdaderamente este año puedo celebrar una fiesta de alegría. Nunca volverá a ser tan dulce el día…

-¿Por qué, Señor? -pregunta el escriba Juan.

-Porque os tengo a todos en torno a mí, o con la presencia visible o en espíritu.
-¡Siempre estaremos! Y, con nosotros, muchos otros -asegura con vehemencia el apóstol Juan, secundado en coro por todos los demás. Jesús sonríe y calla mientras el sacerdote Juan, con Esteban, se adelanta, al Templo, para cumplir la orden. Jesús le grita detrás:

-Nos encontraréis en el pórtico de los Paganos.
Luego entran, y, casi enseguida, se topan con Nicodemo, el cual hace un gesto respetuoso de saludo; no se acerca a Jesús, pero le dirige una sonrisa de avenencia llena de paz.

Las mujeres, no pudiendo ir más allá, se detienen. Mientras, Jesús con los hombres va a la oración, al lugar de los hebreos, y luego, cumplidos todos los ritos, se vuelve para reunirse con los que lo esperan en el pórtico de los Paganos.

Los pórticos, vastísimos y altísimos, están llenos de gente que escucha las lecciones de los rabíes. Jesús se dirige a donde ve que están parados los dos apóstoles y los dos discípulos que había mandado delante. Enseguida se forma un círculo alrededor de Él; a los apóstoles y discípulos se unen otras, numerosas personas que estaban, acá o allá, entre la muchedumbre que llena el patio marmóreo. Tanta es la curiosidad, que hasta algunos alumnos de rabíes -no sé si espontáneamente o mandados por sus maestros-se acercan al círculo que se ciñe en torno a Jesús.

Él, sin rodeo alguno, dice:
-¿Por qué os apiñáis alrededor de mí? Responded. Tenéis rabíes conocidos y sabios, bienquistos de todos; Yo soy el Desconocido y el Malquisto. ¿Por qué, pues, venís a mí?
-Porque te amamos -dicen algunos, y otros: «Porque tienes palabras distintas de los otros», y otros: «Para ver tus milagros», y «Porque hemos oído hablar de ti», y «Porque sólo Tú tienes palabras de vida eterna y obras que corresponden a las palabras», y en fin: «Porque queremos unirnos a tus discípulos».

Jesús mira a cada uno según va hablando, como para traspasarlos con la mirada y leer los más ocultos sentimientos; alguno, no resistiendo esa mirada, se aleja, o, cuanto menos, se esconde detrás de una columna o de gente más alta.

Jesús continúa:

-¿Pero sabéis qué quiere decir y qué es el hecho de seguirme? Doy respuesta solamente a estas palabras, porque la curiosidad no merece respuesta, y porque quien tiene hambre de mis palabras, como consecuencia, me ama y desea unirse a mí. Por tanto, los que han hablado se clasifican en dos grupos: los curiosos, de los cuales no me ocupo, y los que ponen buena voluntad; a éstos los adoctrino sin engaño acerca de la severidad de esta vocación.

Venir a mí como discípulo quiere decir renuncia de todos los amores en aras de un solo amor: el mío. Amor egoísta a uno mismo: amor culpable a las riquezas, a la sensualidad o el poder; amor justo a la propia esposa; santo, hacia la madre o el padre; amor cariñoso de los hijos y a los hijos o hermanos: todo debe ceder ante mi amor, si uno quiere ser mío.

En verdad os digo que mis discípulos han de ser más libres que las aves que extienden su vuelo por el cielo, más libres que los vientos que recorren el firmamento sin ser detenidos por nadie ni por nada; libres, sin pesadas cadenas, sin vínculos de amor material, sin siquiera las finas telarañas de las más leves barreras.

El espíritu es como una delicada mariposa enclaustrada dentro del capullo pesado de la carne; su vuelo lo puede obstaculizar -o pararlo del todo-simplemente la irisada e impalpable tela de una araña: la araña de la propia sensibilidad, de la falta de generosidad en el sacrificio.

Quiero todo, sin reservas. El espíritu tiene necesidad de esta libertad de dar, de esta generosidad de dar, para poder estar seguro de no caer en la telaraña de las inclinaciones, costumbres, reflexiones, miedos, tejido todo ello como otros tantos hilos de esa monstruosa araña que es Satanás, ladrón de almas.

Si uno quiere venir a mí y no odia santamente a su padre, a su madre, su mujer y sus hijos, a sus hermanos y hermanas, e incluso la propia vida, no puede ser discípulo mío. He dicho: "odia santamente". En vuestro corazón decís:

"El odio -Él lo enseña-no es jamás santo. Por tanto, se contradice". No. No me contradigo. Digo que se odie lo grave del amor, la pasionalidad terrenal del amor al padre y a la madre, a la esposa y a los hijos, a los hermanos y hermanas, a la propia vida; pero ordeno que se ame, con la libertad ingrávida propia de los espíritus, a los padres y la vida. Amadlos en Dios y por Dios, no posponiendo jamás a Dios, no posponiéndolo a ellos, ocupándoos y preocupándoos de conducirlos a donde el discípulo ha llegado, o sea, a Dios Verdad. Así amaréis santamente a los padres y a Dios, y conciliaréis los dos amores, y haréis de los vínculos de la sangre no un peso sino alas, no culpa sino justicia.

Debéis estar dispuestos a odiar también vuestra vida para seguirme a mí. Odia su vida aquel que, sin miedo a perderla o a que sea humanamente triste, la pone a mi servicio. Pero es sólo apariencia de odio, un sentimiento erróneamente llamado "odio" por la mente del hombre que no sabe elevarse, del hombre todo terrenal, superior en poco a los animales.

En realidad, este aparente odio, que es el negar las satisfacciones sensuales a la existencia para dar cada vez más amplia vida al espíritu, es amor; amor es, y del más alto que existe, del más bendito. Negarse las bajas satisfacciones, prohibirse la sensualidad de los deseos, atraerse reprensiones y comentarios injustos, arriesgarse a sufrir castigos, rechazos, maldiciones, quizás persecuciones, todo esto es una serie continua de penas.

Mas es necesario abrazarse a ellas, e imponérselas como una cruz, un patíbulo en que expiar todos los pecados pasados para presentarse uno justificado ante Dios; un patíbulo del cual se obtienen todas las gracias, verdaderas, poderosas, santas gracias de Dios para aquellos a quienes amamos. Quien no carga con su cruz y no me sigue, quien no sabe hacer esto, no puede ser discípulo mío.

Por tanto, los que decís: "Hemos venido porque queremos unirnos a tus discípulos" pensadlo mucho, mucho. No es vergüenza, sino sabiduría, sopesarse, juzgarse y confesar, a sí mismo y a los demás: "No tengo la aptitud del discípulo". Los paganos, como base de una de sus disciplinas, tienen la necesidad de "conocerse uno a sí mismo". ¿Acaso vosotros, israelitas, no vais a saber hacerlo para conquistar el Cielo? Porque -recordad esto siempre-bienaventurados los que vienen a mí. Pero, si venís para luego traicionarme a mí y al que me ha enviado, mejor es no venir para nada y seguir siendo hijos de la Ley como habéis sido hasta ahora. ¡Ay de aquellos que primero dicen: "Voy" y luego, traicionando la idea cristiana, escandalizando a los pequeños y buenos, perjudican al Cristo! ¡Ay de ellos!… ¡Y los habrá, siempre los habrá!

Sed, pues, como aquel hombre que, queriendo edificar una torre, primero calcula atentamente los gastos necesarios y hace balance de su dinero, para ver si tiene los medios para concluirla, y no verse obligado, una vez echados los cimientos, a suspender la obra por falta de dinero. Si esto sucediera, perdería incluso lo que tenía primero y se quedaría sin torre y sin talentos; a cambio atraería hacia sí las burlas del pueblo, que diría: "Éste empezó a edificar, pero no pudo concluir; ahora tendrá que llenar su estómago con los restos de su construcción inacabada".

Sed también -sacando así enseñanza sobrenatural de los pobres-hechos de este mundo-como los reyes de la Tierra, que, cuando quieren hacer la guerra a otro rey, examinan todo con calma y atención, los pros y los contras; meditan si lo que van a sacar con la conquista les compensa o no el sacrificio de las vidas de sus súbditos; estudian si es posible conquistar el lugar, estudian la posibilidad de victoria de su ejército (numéricamente la mitad del de su rival pero más combativo); y, si, lógicamente, ven que es improbable que diez mil venzan a veinte mil, entonces, antes de que estalle la batalla, mandan al encuentro de su rival -que ya está en guardia a causa de las operaciones militares del otro-una embajada con ricos presentes, y lo amansan, lo apaciguan con pruebas de amistad, anular sus sospechas, en fin firman un tratado de paz, que siempre es más ventajoso, humana y espiritualmente, que una guerra.

Eso es lo que debéis hacer vosotros antes de empezar la nueva vida y de tomar partido contra el mundo. Porque ser discípulo mío significa eso: presentar batalla a la vortiginosa y violenta corriente del mundo, de la carne, de Satanás. Si no os sentís con valor de renunciar a todo por amor a mí, no vengáis porque no podéis ser discípulos míos.

Bien. Lo que dices es verdad -admite un escriba que se ha mezclado en el grupo -Pero, si nos despojamos de todo, ¿con qué te servimos? La Ley tiene prescripciones que son como monedas que Dios ha dado al hombre para que, usándolas, se compre la vida eterna Dices: "Renunciad a todo", y mencionas el padre, la madre, las riquezas, los honores. Dios ha dado también estas cosas, y nos ha dicho, por boca de Moisés, que las usáramos con santidad para aparecer justos ante los ojos de Dios. Si nos quitas todo, ¿qué nos das?

-He dicho, rabí, que el verdadero amor. Os doy mi doctrina, que no quita ni una iota a la antigua Ley; antes bien, la perfecciona.

-Entonces todos somos discípulos iguales, porque todos tenemos las mismas cosas.
-Todos según la Ley mosaica, no todos según la Ley que perfecciono Yo según el Amor. Pero no todos, en ésta, alcanzan la misma suma de méritos. Entre mis propios discípulos no todos obtendrán una suma de méritos igual; y alguno de ellos, no sólo no alcanzará suma alguna, sino que perderá incluso su única moneda: su alma.

-¿Cómo? A quien más se le da, más le quedará. Tus discípulos, y más tus apóstoles, te siguen en tu misión, y conocen tu forma de actuar; han recibido muchísimo. Mucho han recibido tus discípulos efectivos; menos, los discípulos que lo son sólo de nombre. Nada han recibido los que, como yo, te oyen sólo por una contingencia. Es evidente que en el Cielo los apóstoles tendrán muchísimo; mucho, los discípulos efectivos; menos, los discípulos de nombre; nada, los que son como yo.

-Humanamente es evidente, y humanamente puede ser también un mal. Porque no todos son capaces de hacer producir los bienes recibidos. Escucha esta parábola, y perdona si adoctrino demasiado tiempo aquí; pero es que Yo soy la golondrina que va de paso, y estaré poco tiempo en la Casa del Padre, pues he venido para todo el mundo y, además, este pequeño mundo que es el Templo de Jerusalén no quiere dejarme recoger el vuelo y permanecer donde la gloria del Señor me llama.

-¿Por qué dices eso?

-Porque es la verdad.

El escriba mira a su alrededor y agacha la cabeza. Ve que lo que ha dicho Jesús es verdad. Lo ve en demasiados rostros de miembros del Sanedrín, rabíes y fariseos, que han ido engrosando cada vez más la aglomeración de gente que hay en torno a El: rostros verdes de bilis o purpúreos de ira; miradas que equivalen a maldiciones y a esputos de veneno; rencor en fermentación por todas partes; deseos de pegarle a Cristo, que queda en deseo sólo por miedo a los muchos que circundan al Maestro con devoción y que están dispuestos a todo por defenderlo, miedo quizás también a represalias por parte de Roma, que mira con benignidad al pacífico Maestro galileo.

Jesús reanuda sereno la exposición de su pensamiento con la parábola:

-Un hombre, antes de emprender un largo viaje y ausentarse por un largo período, llamó a todos sus siervos y les confió todos sus bienes. A uno le dio cinco talentos de plata; a otro, dos de plata; a uno, uno sólo, de oro. A cada uno según su grado y habilidad. Y luego se marchó.

Entonces, el siervo que había recibido cinco talentos de plata negoció sagazmente sus talentos, y, pasado un tiempo, le produjeron otros cinco. El que había recibido dos talentos de plata hizo lo mismo, y dobló la suma recibida. Pero el que había recibido más de su señor (un talento de oro puro), víctima del miedo a no saber negociar del miedo a los ladrones, a mil quimeras, víctima, sobre todo, de la holgazanería, cavó un profundo hoyo en el suelo y escondió el dinero de su señor.

Pasaron muchos, muchos meses. Volvió el amo. Llamó enseguida a sus súbditos para que restituyeran el dinero que habían recibido en depósito.

Vino el que había recibido cinco talentos de plata y dijo: "Aquí tienes, mi señor. Me diste cinco talentos. Me parecía mal no hacer producir lo que me habías dado, así que me las he ingeniado para ganar otros cinco. No he podido más…".

-Bien, muy bien, siervo bueno y fiel. Has sido fiel en lo poco, te has aplicado con buena voluntad, has sido honesto. Te daré autoridad sobre muchas cosas. Entra en la alegría de tu señor.

Luego vino el otro, el de los dos talentos, y dijo:
-Me he permitido emplear tus bienes para beneficio tuyo. Aquí tienes las cuentas para que veas cómo he empleado tu dinero. ¿Ves? Eran dos talentos de plata. Ahora son cuatro. ¿Estás contento, mi señor?".

Y el amo dio a este siervo bueno la misma respuesta que había dado al primero. Vino por último aquel que, por gozar de la máxima confianza del amo, había recibido el talento de oro. Desenrolló el paño en que lo conservaba, lo sacó y dijo:

-Me confiaste lo que tenía mayor valor, porque me juzgas prudente y fiel, de la misma forma que yo sé que eres intransigente y exigente y que no toleras pérdidas de tu dinero, sino que si te sobreviene la desgracia te resarces con quien tienes a tu lado, porque, en verdad, cosechas donde no sembraste, recoges donde no esparciste, siendo así que no perdonas un centavo ni al encargado de tus tierras ni a tu banquero, por ninguna razón. Tu dinero debe ser el que tú dices. Ahora bien, yo, temiendo disminuir este tesoro, lo he cogido y lo he escondido. No me he fiado de nadie, ni siquiera de mí mismo. Ahora lo he desenterrado y te lo devuelvo. Aquí tienes tu talento".

"¡Oh, siervo inicuo y holgazán! Verdaderamente no me has amado porque no me has conocido, ni has amado mi bienestar porque has dejado el talento improductivo. Has traicionado la estima que había depositado en ti. Te desautorizas a ti mismo. Por ti mismo te acusas y te condenas. Sabías que cosecho donde no he sembrado y recojo donde no he esparcido. ¿Por qué, entonces, no has obrado de forma que pudiera cosechar y recoger? ¿Así respondes a mi confianza? ¿Así me conoces? ¿Por qué no has llevado el dinero a los banqueros, de forma que a mi regreso lo hubiera retirado con los intereses? Te había instruido para ello con especial esmero, mas tú, necio holgazán, no lo has tenido en cuenta. Te sea, pues, arrebatado el talento, y todos los demás bienes, para el que tiene diez talentos".

-Pero tiene ya diez, y éste se queda sin nada… -objetaron.

-Eso es. A quien tiene, y trabaja con eso que tiene, le será dado más, hasta que le sobre. Pero a quien no tiene, porque no quiso tener, le será arrebatado incluso lo que se le dio. Respecto al siervo parásito que ha traicionado mi confianza y ha dejado improductivos los dones recibidos, arrojadlo de mi propiedad, y que se aleje con lágrimas en los ojos y remordimiento en el corazón.

Ésta es la parábola. Ves, rabí, que le quedó menos al que más tenía, porque no supo merecer la conservación del don de Dios. No se puede afirmar que uno de esos que llamas discípulos sólo de nombre (que tienen poco con que negociar), y de los que, como dices, me escuchan sólo por una contingencia, y que tienen la única moneda de su alma, no lleguen a poseer el talento de oro -arrebatado a uno de los más beneficiados-y sus frutos correspondientes. Las sorpresas del Señor son infinitas, porque infinitas son las reacciones del hombre. Veréis a gentiles que alcanzan la Vida eterna, a samaritanos recibiendo el Cielo, y veréis a israelitas puros y seguidores míos perder el Cielo y la eterna Vida.

Jesús calla y, como queriendo truncar toda discusión, se vuelve hacia los muros del Templo.

Pero un doctor de la Ley, que estaba sentado escuchando seriamente bajo el pórtico, se alza y se le pone delante para preguntarle:

-Maestro, ¿qué debo hacer para alcanzar la vida eterna? Has respondido a los otros, respóndeme también a mí.

-¿Por qué quieres tentarme? ¿Por qué quieres mentir? ¿Esperas que diga algo disconforme con la Ley por el hecho de que añado a la Ley conceptos más luminosos y perfectos? ¿Qué está escrito en la Ley? ¡Responde! ¿Cuál es el mandamiento principal de la Ley?

-Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas, con toda tu inteligencia. Amarás a tu prójimo como a ti mismo.
-Bueno, has respondido bien; haz eso y obtendrás la vida eterna.

-¿Y quién es mi prójimo? El mundo está lleno de gente buena y mala, conocida y desconocida, amiga y enemiga de Israel. ¿Cuál es mi prójimo?

-Un hombre, bajando de Jerusalén a Jericó, en uno de los pasos estrechos de las montañas, se topó con unos ladrones. Éstos lo hirieron cruelmente, lo despojaron de todo cuanto llevaba, incluso de sus vestidos, y lo dejaron más muerto que vivo en el borde del camino. Pasó por ese mismo camino un sacerdote que había terminado su turno en el Templo. ¡Todavía perfumado de los inciensos del Santo! ¡Debería haber tenido también el alma perfumada de bondad sobrenatural y de amor, pues que había estado en la Casa de Dios, casi en contacto con el Altísimo! Este sacerdote tenía prisa de volver a su casa. Miró, pues, hacia el herido y no se detuvo. Pasó ligero de largo y dejó al desdichado en la cuneta.

Luego, un levita. ¿Contaminarse, teniendo que servir en el Templo? ¡De ninguna manera! Recogió su vestido para que no se manchase de sangre, lanzó una mirada huidiza hacia el hombre que gemía en medio de su sangre y aceleró el paso en dirección a Jerusalén, hacia el Templo.

El tercero que pasó, viniendo de Samaria, en dirección al vado, fue un samaritano. Vio la sangre, se detuvo, descubrió la presencia del herido en el crepúsculo que ya se iba espesando; se apeó del burro, se acercó al herido, lo confortó con un trago de vino generoso, desgarró su manto para hacer vendas, le lavó las heridas con vinagre, se las ungió con aceite, se las vendó con amor; luego cargó al herido sobre su jumento, guió con cautela al animal, sujetando al mismo tiempo al herido y confortándolo con buenas palabras, sin preocuparse del cansancio, sin enfado por el hecho de que el herido fuera de nacionalidad judía. Cuando llegó a la ciudad, lo llevó a una posada y lo veló toda la noche. Al alba, viéndolo mejorado, lo dejó en manos del posadero, a quien pagó con antelación unos denarios y dijo: "Cuídalo como si se tratara de mí mismo. A mi regreso te daré lo que hayas gastado de más, y con medida generosa, si haces bien las cosas". Y se marchó.

Doctor de la Ley, respóndeme: ¿Quién de estos tres fue "prójimo" del que se topó con los ladrones? ¿Acaso el sacerdote? ¿Acaso el levita? ¿No lo fue, más bien, el samaritano, que no se preguntó quién era el herido, porque estaba herido, o si hacía mal en socorrerlo perdiendo tiempo y dinero y arriesgándose a ser acusado de haberlo herido él?

El doctor de la Ley respondió: -Fue "prójimo" éste, porque tuvo misericordia. -Haz tú lo mismo, y amarás al prójimo y a Dios en el prójimo y merecerás la vida eterna.

Ya ninguno se atreve a hablar. Jesús aprovecha para ir donde las mujeres, que estaban esperando al pie de los muros, e ir con ellas de nuevo a la ciudad. Ahora se han añadido al grupo de los discípulos dos sacerdotes, o más exactamente un sacerdote y un levita: jovencísimo éste, patriarcal el otro.

Pero Jesús está ahora hablando con su Madre -entre sí y ella, tiene a Margziam-, y le pregunta:

-¿Me has escuchado, Madre?
-Sí, Hijo mío, y a la tristeza de María Cleofás se ha unido la mía. Ella ha llorado poco antes de entrar en el Templo…

-Lo sé, Madre; sé el motivo. No debe llorar, sólo orar.
-¡Ora mucho! Las noches pasadas, dentro de su cabaña, entre sus hijos dormidos, oraba y lloraba. La oía llorar a través de la pared delgada de los ramajes adyacentes. ¡Ver a pocos pasos a José y a Simón, cercanos pero tan lejos!… Y no es la única que llora. Juana, que la ves tan serena, ha llorado en mi presencia…

-¿Por qué, Madre?

-Porque Cusa… se comporta de una forma… inexplicable. Un poco la complace en todo, un poco la rechaza en todo; si están solos, donde nadie los ve, es el marido ejemplar de siempre, pero si están con él otras personas -naturalmente de la Corte -se vuelve autoritario y despreciativo para con su mansa esposa. Ella no comprende por qué…

-Te lo digo Yo. Cusa es siervo de Herodes. Entiéndeme, Madre: "Siervo". Esto no se lo digo a Juana para no apenarla. Pero es así. Cuando no teme la reprensión y el escarnio del soberano, es el buen Cusa; cuando tiene motivo para temerlos, deja de serlo.

-Es porque Herodes está muy irritado por Manahén y…
-Es porque Herodes ha perdido el juicio por el tardío remordimiento de haber cedido a las peticiones de Herodías. Pero Juana tiene ya mucho bien en la vida. Debe, bajo la diadema, llevar su cilicio.

-Analía también llora… ¿Por qué?
-Porque su prometido se está poniendo contra ti.
-Que no llore. Díselo. Se trata de una resolución. Es bondad de Dios. Su sacrificio conducirá de nuevo a Samuel al Bien. Por el momento esto la librará de presiones para la celebración del matrimonio. Le prometí que la tomaría conmigo. Me precederá en la muerte…

-¡Hijo!… -María, palideciendo, aprieta la mano de Jesús.
-¡Mi querida Mamá! Es por los hombres. Ya lo sabes. Es por amor a los hombres. Bebemos nuestro cáliz con buena voluntad, ¿no es verdad?

María traga las lágrimas y responde:
-Sí. (Un "sí" acongojado, verdaderamente desgarrador).
Margziam alza su carita y dice a Jesús:

-¿Por qué dices estas cosas feas que hacen sufrir a Mamá? Yo no te voy a dejar morir. Te voy a defender como defendía a los corderos.

Jesús lo acaricia, y, para animar a los dos afligidos, pregunta al niño:

-¿Qué harán ahora tus ovejitas? ¡No las echas de menos?

-¡Pero si estoy contigo! De todas formas pienso en ellas siempre, y me pregunto: "¿Las habrá sacado a pastar Porfiria?, ¿habrá tenido cuidado de que Espuma no se meta en el lago?". Porque Espuma es muy vivaracho, ¿sabes? Su madre lo llama una y otra vez, ¡pero nada! Hace lo que quiere. ¡Y Nieve, que es tan glotona que come hasta que se siente mal! Mira, Maestro, yo entiendo lo que es ser sacerdote en tu Nombre, lo comprendo mejor que los otros.

Ellos -y señala con la mano a los apóstoles, que vienen detrás-dicen muchas palabras elevadas, hacen muchos proyectos… para el futuro. Yo digo: "Seré pastor. Seré para los hombres como con las ovejitas. Será suficiente".

Mamá, nuestra Mamá, me ha contado ayer un pasaje muy bonito de los profetas… y me ha dicho: "Exactamente así es nuestro Jesús". Y yo dentro del corazón dije: "Pues yo también seré exactamente así". Luego le dije a nuestra Mamá: "Por ahora soy cordero, pero luego seré pastor; sin embargo, Jesús ahora es Pastor, y… también Cordero. Pero tú eres siempre la Cordera, sólo nuestra Cordera, blanca, bonita, encantadora, con palabras más dulces que la propia leche. Por eso Jesús es tan Cordero: porque ha nacido de ti, Corderita del Señor.

Jesús se inclina y lo besa, impetuosamente. Luego pregunta:
-¿Entonces verdaderamente quieres ser sacerdote?
-¡Sí, claro, mi Señor! Por eso trato de hacerme bueno y de saber mucho. Voy siempre donde Juan de Endor. Me trata siempre como a un hombre, y con mucha bondad.

Quiero ser pastor de las ovejas descarriadas y de las no descarriadas, y médico-pastor de las heridas y de las que tengan algún miembro fracturado, como dice el Profeta. ¡Qué bonito!». Y el niño da un salto y choca las manos.

-¿Por qué está tan contento este curruco? -pregunta Pedro mientras se acerca.

-Ve su camino. Clarísimamente. Hasta el final. Yo con mi "sí" consagro esta visión suya.

Se paran delante de una casa que, si no me equivoco, está en la zona del barrio de Ofel, pero en un lugar más distinguido.

-¿Nos detenemos aquí?
-Esta es la casa que Lázaro me ha ofrecido para el banquete de alegría. María ya está aquí.
-¿Por qué no ha venido con nosotros? ¿Por miedo a las burlas?

-¡No! Ha sido una disposición mía.
-¿Por qué, Señor?
-Porque el Templo es más susceptible que una esposa encinta. Mientras pueda, no quiero provocar ningún choque, y no es por cobardía.

-No te va a servir de nada, Maestro. Yo en tu lugar no sólo chocaría con él, sino que lo echaría abajo del Moria junto con todos los que viven dentro.

-Simón, eres un pecador; se debe orar por los semejantes, no matarlos.
-Yo soy pecador, pero Tú no… y… deberías hacerlo.
-Habrá quien lo haga. Cuando se colme la medida del pecado.
-¿Qué medida?
-Una medida tan grande, que henchirá el Templo y rebosará hacia Jerusalén. No puedes comprender… ¡Marta, abre, pues, tu casa al Peregrino!

Marta se hace reconocer y abren. Entran todos en un largo atrio terminado en un patio empedrado que tiene cuatro árboles en sus cuatro ángulos. Una amplia sala se abre en el piso superior; por sus ventanas abiertas, se ve toda la ciudad con sus subidas y bajadas. Deduzco, por tanto, que la casa está en las pendientes meridionales, o sur-orientales de la ciudad. La sala está preparada para recibir a una gran cantidad de invitados. Han colocado gran número de mesas, paralelas las unas a las otras. Un centenar de personas puede cómodamente comer.

María Magdalena, que estaba en otra parte de la casa ocupándose de las despensas, viene enseguida y se postra delante de Jesús. Y viene Lázaro, con una sonrisa feliz en su cara achacosa. Van llegando también los invitados: unos, un poco azorados; más seguros otros: pero la amabilidad de las mujeres hace que pronto todos se sientan a gusto.

El sacerdote Juan lleva a la presencia de Jesús a los dos que ha traído del Templo.
-Maestro, mi buen amigo Jonatán y mi joven amigo Zacarías. Son auténticos israelitas, sin malicias ni rencores.

-Paz a vosotros. Me alegro de que hayáis venido. El rito debe ser observado incluso en estas delicadas costumbres. Es hermoso que la Fe antigua tienda su mano amiga a la nueva Fe nacida de su mismo tronco. Sentaos a mi lado hasta que llegue la hora de ponerse a la mesa.

Habla el patriarcal Jonatán, mientras el joven levita mira a todas las partes, curioso, asombrado y, quizás, también acobardado. Creo que quiere dar la impresión de desenvoltura, aunque en realidad se sienta como un pez fuera del agua. Tiene la suerte de que Esteban viene en su ayuda y le trae, uno tras otro, a los apóstoles y discípulos principales.

El viejo sacerdote, acariciándose la barba de nieve, dice:
-Cuando Juan vino a mí, precisamente a mí, su maestro, a que viera que estaba curado, sentí ganas de conocerte. Pero, Maestro, ya casi no salgo de mi recinto. Soy viejo… De todas formas, tenía esperanza de verte antes de morir. Yeohveh ha escuchado mi deseo. ¡Loado sea! Hoy te he oído en el Templo. Superas a Hil.lel, el anciano, el sabio.

No quiero -es más, no puedo-dudar de que eres lo que mi corazón espera. ¿Sabes lo que significa beber durante ochenta años esta fe de Israel, como es ahora, tras siglos de… elaboración humana? Se ha hecho sangre nuestra. ¡Y soy tan viejo!… Oírte a ti es como oír el agua que brota de manantial fresco. ¡Sí, agua virgen! Y yo… estoy harto de esta agua cansada que viene de muy lejos y está cargada de muchas cosas. ¿Cómo librarme de esta hartura para saborearte a ti?

-Creyendo en mí y amándome. No es necesario nada más para el justo Jonatán.
-¡Pero si voy a morir pronto! ¿Me va a dar tiempo a creer en todo lo que dices? Ni siquiera tendré tiempo para seguir todas tus palabras, o para conocerlas por boca de otros. ¡Entonces!

-Las aprenderás en el Cielo. Sólo el réprobo muere a la Sabiduría. Sin embargo, quien muere en gracia de Dios alcanza la Vida y vive en la Sabiduría. ¿Qué crees que soy Yo?

-Sólo puedes ser el Esperado, que ha sido precedido por el hijo de mi amigo Zacarías. ¿Lo conociste?

-Era pariente mío.
-¡Oh! ¿Eres pariente del Bautista?
-Sí, sacerdote.
-Ha muerto… y no puedo decir: "¡Desdichado!". Porque ha muerto fiel a la justicia, tras haber cumplido su misión, y porque… ¡Oh, qué tiempos más atroces vivimos! ¿No sería mejor volver a Abraham?

-Sí. Pero vendrán tiempos aún más atroces, sacerdote.
-¿Tú crees? ¿Roma, no?
-No sólo Roma. Israel, con su culpabilidad, será la primera causa.

-Es verdad. Dios nos castiga. Lo merecemos. Pero también Roma… Habrás oído lo de los galileos asesinados por Pilatos mientras consumaban un sacrificio. Su sangre se unió a la de la víctima. ¡Hasta el mismo altar! ¡Hasta el mismo altar!
-Sí, lo he oído.

-Todos los galileos se alborotan por este atropello. Gritan: «Es verdad que era un falso Mesías. ¿Pero por qué ha tenido que matar a sus seguidores después de haber descargado su mano sobre él? ¿Y por qué en ese momento? ¿Es que quizás eran más pecadores?
Jesús impone paz y dice:

-¿Os preguntáis si éstos eran más pecadores que muchos otros galileos, y si ha sido éste el motivo de su muerte? No, no lo eran. En verdad os digo que han pagado; y que muchos otros pagarán, si no os convertís al Señor. Si no hacéis todos penitencia, pereceréis todos igualmente, en Galilea y en otros lugares. Dios está enojado con su pueblo. Os lo digo. No se crea que son siempre los peores los que sufren el daño. Que cada uno se examine a sí mismo, se juzgue a sí mismo, y no a otros. También esos dieciocho sobre los que cayó la torre de Siloé y los mató no eran los más pecadores de Jerusalén.

Os lo digo. Haced penitencia, haced penitencia si no queréis morir aplastados como ellos incluso en el espíritu. Ven, sacerdote de Israel. La mesa está preparada. Te toca a ti -porque el sacerdote debe ser siempre enaltecido por la Idea que representa y recuerda-, te toca a ti, patriarca entre todos nosotros más jóvenes, ofrecer y bendecir.

-¡No, Maestro! ¡No! ¡No puedo delante de ti! ¡Tú eres el Hijo de Dios!

-¡Tú ofreces el incienso ante el altar! ¿No crees que allí esté Dios?

-¡Sí que lo creo! ¡Con todas mis fuerzas!
-¿Entonces? Si no vacilas en ofrecer dones antes la Gloria santísima del Altísimo, ¿por qué quieres temblar ante la Misericordia, que se ha vestido de carne para traerte -también a ti-la bendición de Dios antes de que te alcance la noche?

¡Oh, no sabéis los de Israel que he corrido sobre mi Divinidad irresistible el velo de la carne precisamente para que el hombre pueda aproximarse a Dios sin morir por ello! Ven y cree, y sé feliz. En ti venero a todos los sacerdotes santos, desde Aarón hasta el último sacerdote justo de Israel; quizás hasta ti, porque, verdaderamente, la santidad sacerdotal languidece entre nosotros como planta sin asistencia.

280- El regreso de los setenta y dos. Profecía sobre los místicos futuros

En el largo crepúsculo de un sereno día de Octubre, regresan los setenta y dos discípulos con Elías, José y Leví. Cansados, llenos de polvo… ¡Pero, qué dichosos!

Dichosos los tres pastores por poder ya servir libremente al Maestro; dichosos también de estar -después de tantos años de separación-unidos a sus compañeros de antaño; dichosos los setenta y dos, por haber desarrollado bien su primera misión: los rostros resplandecen más que las lamparillas que iluminan las cabañas construidas para este numeroso grupo de peregrinos.

En el centro está la cabaña de Jesús. Dentro de ella, María con Margziam, que le ayuda a preparar la cena; alrededor, las cabañas de los apóstoles. En la de Santiago y Judas está María de Alfeo; en la de Juan y Santiago, María Salomé con su marido; en la que esta pegando a esta última, Susana con su marido, que no es ni apóstol ni discípulo… oficial, pero que debe haber hecho valer su derecho de estar allí, sobre la base de haber concedido a su mujer ser toda de Jesús. Luego, alrededor, las de los discípulos, quién con familia, quién sin ella; los que están solos -los más-se han agregado a uno o más compañeros. Juan de Endor ha tomado consigo al solitario Hermasteo, pero ha tratado de acercarse lo más posible a la cabaña de Jesús; así es que Margziam va a menudo donde él a llevar esto o aquello o a alegrarle con sus palabras de niño inteligente y feliz de estar con Jesús, María y Pedro, y además en una fiesta.

Terminada la cena, Jesús se encamina hacia las laderas del monte de los Olivos. Los discípulos le siguen en masa.
Aislados del runrún y la multitud, después de orar en común, informan a Jesús más ampliamente de cuanto no han podido hacerlo antes en medio de unos que iban y otros que venían. Se revelan asombrados y contentos, mientras dicen:
-¿Sabes, Maestro, que por la fuerza de tu Nombre hemos dominado no sólo las enfermedades sino incluso a los demonios? ¡Qué cosa, Maestro! ¡Nosotros, nosotros, unos pobres hombres, por el simple hecho de que nos habías enviado Tú podíamos liberar al hombre del espantoso poder de un demonio!… -y narran muchos casos, sucedidos en uno u otro lugar.

Sólo de uno dicen:

-Sus familiares, para más exactitud su madre y unos vecinos, lo trajeron a la fuerza a nuestra presencia. Pero el demonio se burló de nosotros diciendo: "He vuelto aquí por voluntad suya, después de que Jesús Nazareno me había expulsado, y ya no me vuelvo a marchar de él porque me ama más a mí que a vuestro Maestro y me ha buscado de nuevo".

Y, de repente, con una fuerza irresistible, arrancó al hombre de las manos del que lo sujetaba y lo arrojó por una escarpada. Corrimos a ver si se había espachurrado. ¡Qué va, hombre! Corría como una joven gacela, profiriendo blasfemias y palabras burlescas que ciertamente no eran de este mundo… Sentimos compasión de la madre… ¡Pero él!

¡Pero él! ¿Pero puede hacer eso el demonio?
-Eso y más todavía -dice afligido Jesús.
-Quizás si hubieras estado Tú…

-No. A ese hombre le había dicho: "Ve y no quieras volver a caer en tu pecado". Ha querido. Era consciente de querer el Mal y ha querido. Está perdido. El que sufre posesión por su primitiva ignorancia es distinto del que se deja poseer sabiendo que, haciéndolo, se vende de nuevo al demonio. No habléis de él. Es un miembro amputado sin esperanza. Es un voluntario del Mal. Alabemos, más bien, al Señor por las victorias que os ha dado. Yo sé el nombre del culpable y los nombres de los salvados. Veía a Satanás caer del Cielo como un rayo por vuestro mérito unido a mi Nombre.

Porque he visto también vuestros sacrificios, vuestras oraciones, el amor con que ibais a los desdichados para cumplir lo que Yo había indicado. Habéis obrado con amor y Dios os ha bendecido. Otros harán lo mismo que hacéis vosotros, pero sin amor, y no obtendrán conversiones… Mas no os alegréis por haber dominado a los espíritus, alegraos porque vuestros nombres están escritos en el Cielo. No los borréis jamás de allí…

-Maestro, ¿cuándo vendrán esos que no van a obtener conversiones? ¿Quizás cuando ya no estés con nosotros?

­pregunta un discípulo cuyo nombre desconozco.
-No, Agapo. En todo tiempo.
-Es decir, ¿incluso mientras nos adoctrinas y nos amas?
-Sí. Amaros os amaré siempre, aunque estéis lejos de mí. Mi amor llegará siempre a vosotros, y lo sentiréis.

-¡Es verdad! Yo lo sentí una tarde que estaba preocupado por no saber qué responder a las preguntas de uno. Ya estaba para marcharme avergonzado. Pero me acordé de tus palabras: "No temáis. En su momento se os darán las palabras que habréis de decir", y te invoqué con mi espíritu.

Dije: "Sin duda Jesús me ama, así que pido el auxilio de su amor" y me vino el amor… como un fuego, una luz… una fuerza… El hombre estaba frente a mí, y me observaba y sonreía maliciosamente con ironía haciendo guiños a sus amigos; se sentía seguro de vencer la disputa. Abrí mi boca y fue como un torrente de palabras que salía con gozo de mi necia boca. Maestro, ¿viniste realmente o fue una ilusión? No lo sé. Sé que, al final, el hombre y -era un escriba- ha arrojado a mi cuello diciéndome: “Bienaventurado tú y quien te ha conducido a esta sabiduría". Me pareció una persona deseosa de buscarte. ¿Vendrá?

-La idea del hombre es lábil como palabra escrita en el agua, su voluntad se mueve cual ala de golondrina que revolotea en busca de la última comida del día. De todas formas, ora por él… Y… sí, fui a ti; y, como tú, me tuvieron también Matías y Timoneo, Juan de Endor, Simón, Samuel y Jonás. Quién advirtió mi presencia, quién no la advirtió; pero he estado con vosotros, y estaré con quien me sirva en amor y verdad, hasta el final de los siglos.

-Maestro, no nos has dicho todavía si entre los presentes habrá personas sin amor…

-No es necesario saberlo. Sería falta de amor por mi parte indisponeros hacia un compañero que no sabe amar.

-¿Pero hay? Esto sí lo puedes decir…
-Hay. El amor es la cosa más sencilla, dulce e infrecuente que hay; no siempre arraiga, aunque haya sido sembrado.
-Pero, si no te amamos nosotros, ¿quién te puede amar?
Casi hay indignación en los apóstoles y discípulos, que se alborotan, descontentos, por la sospecha y el dolor.

Jesús baja los párpados, y con sus ojos cela también su mirada para que no señale a nadie. Eso sí, hace su gesto de resignación, el gesto dulce y triste de sus manos, que se abren con las palmas hacia arriba; su gesto de resignada confesión, de resignada constatación, y dice:
-Así debería ser. Pero no es así. Muchos todavía no se conocen. Pero Yo sí los conozco, y siento compasión de ellos.

-¡Oh! ¡Maestro, Maestro! ¿No seré yo, eh? -pregunta Pedro mientras se pega literalmente a Jesús, aplastando al pobre Margziam entre sí y el Maestro, y echa sus brazos cortos y robustos a los hombros de Jesús, y lo agarra y lo menea, enloquecido por el terror de ser uno que no ama a Jesús.
Jesús abre sus ojos, luminosos a pesar de estar tristes, y mira el rostro interrogativo y aterrorizado de Pedro, y le dice:

-No, Simón de Jonás, tú no eres; tú sabes amar y sabrás amar cada vez más; tú eres mi Piedra, Simón de Jonás, una buena piedra, sobre la cual apoyaré las cosas que más quiero, y estoy seguro de que las sostendrás imperturbable.

-¿Y entonces?,
-¿Yo?,
-¿Yo? Las preguntas se repiten de boca en boca, como el eco.
-¡Calma! ¡Calma! Estad tranquilos y esforzaos en poseer todos el amor.

-Pero, de nosotros, ¿quién sabe amar más?
Jesús extiende su mirada (una caricia sonriente) a todos… luego baja su mirada y la posa en Margziam, que sigue apretado entre Él y Pedro, y apartando un poco a Pedro y poniendo al niño de cara a la pequeña muchedumbre, dice:

-Éste es el que más sabe amar de vosotros. El niño. No os acongojéis, de todas formas, los que tenéis ya barba en la cara e hilos canos en los cabellos. Todo el que renace en Mí se hace "un niño". ¡Marchaos en paz! Alabad a Dios, que os ha llamado, porque verdaderamente veis con vuestros ojos los prodigios el Señor. Bienaventurados los que vean lo que vosotros veis. Porque os digo que muchos profetas y reyes anhelaron ver lo que vosotros veis y no lo vieron, y muchos patriarcas habrían querido saber lo que vosotros sabéis y no lo supieron, y muchos justos habrían querido escuchar lo que vosotros oís y no pudieron escucharlo.

Mas, de ahora en adelante, los que me amen sabrán todo.
-¿Y después, cuando te vayas, como dices?

-Después hablaréis vosotros por mí. Y luego… ¡Oh, las grandes formaciones, no por número sino por gracia, de los que verán, sabrán y escucharán lo que vosotros ahora veis, sabéis y oís! ¡Oh, las grandes, amadas formaciones de mis "pequeños­grandes"! ¡Ojos eternos, mentes eternas, oídos eternos! ¿Cómo explicaros a vosotros que estáis en torno a mí lo que será este eterno vivir -más que eterno, sin medida-de los que me amarán y por mí serán amados hasta el punto de abolir el tiempo, y serán los "ciudadanos de Israel" -aunque vivan cuando ya Israel no sea sino un recuerdo de nación-, los contemporáneos de Jesús vivo en Israel? Estarán conmigo, en mí, hasta el punto de conocer lo que el tiempo ha borrado y la soberbia ha confundido.

¿Qué nombre les daré? Vosotros apóstoles, vosotros discípulos, los creyentes serán llamados "cristianos". ¿Y éstos? ¿Qué nombre tendrán éstos? Un nombre conocido solamente en el Cielo. ¿Qué premio tendrán ya en la Tierra? Mi beso, mi voz, el calor de mi carne. Todo, todo, todo Yo mismo. Yo, ellos. Ellos, Yo. La comunión total…

Podéis iros. Yo me quedo aquí a deleitar mi espíritu en la contemplación de mis futuros conocedores y amantes absolutos.

La paz sea con vosotros.

279- Encuentro con Lázaro en el campo de los Galileos

El famoso campo de los Galileos -creo que es lo que significa la palabra usada por Jesús para designar el lugar de encuentro con los setenta y dos discípulos enviados delante de El- no es sino una parte del monte de los Olivos, más apartado hacia el camino de Betania (es más, el camino pasa por ahí).

Es también el lugar exacto en que, en una visión ya lejana, vi que acampaban Joaquín y Ana con el entonces pequeño Alfeo, junto a otras chozas de ramas, en los Tabernáculos que precedieron a la concepción de la Virgen.

La cima del monte de los Olivos es suave: Todo es suave en ese monte: las subidas, los panoramas, la cima. Espira realmente paz, vestido como está de olivos y silencio.

Ahora no, porque ahora es un verdadero hormigueo de gente aplicada a hacer las chozas. Pero generalmente es un lugar de gran quietud, de meditación. A su izquierda, respecto a un observador que mire orientándose hacia el norte, hay una leve depresión; luego una nueva cima (aún menos cerrada que la del monte de los Olivos):

Aquí, en esta explanada, acampan los galileos. No sé si es por costumbre religiosa ya secular o si es por orden de los romanos, con la finalidad de evitar choques con los judíos o con otros de otras regiones, poco corteses con los galileos. No lo sé. Sí sé que ya veo a muchos galileos, entre los cuales a Alfeo de Sara de Nazaret, a Judas, el anciano hacendado de la zona de Merón, al arquisinagogo Jairo, y a otros cuyo nombre desconozco y venidos de Betsaida, Cafarnaúm y otras ciudades galileas.

Jesús señala el lugar que deberán ocupar para sus cabañas: justo en las lindes orientales del campo de los Galileos. Se ponen a construir las cabañas los apóstoles y algunos discípulos, entre los cuales están el sacerdote Juan y el escriba Juan, el arquisinagogo Timoneo más Esteban, Hermasteo, José de Emaús, Abel de Belén de Galilea.

En esto -mientras construyen las cabañas y Jesús habla con unos niños de Cafarnaúm que se han ceñido en torno a Él y le están preguntando un sinfín de cosas y confiándole otras tantas-, por el camino que viene de Betania, aparece Lázaro, junto con el inseparable Maximino. Jesús está vuelto de espaldas y no lo ve venir. En cambio el Iscariote sí lo ve y avisa al Maestro, el cual deja automáticamente a los niños y, sonriendo, se dirige hacia su amigo.

Maximino se detiene para dejar plena libertad a los dos en el primer momento de su encuentro. Lázaro recorre los últimos metros, caminando con más dificultad que nunca, rápidamente en la medida de sus posibilidades, con una sonrisa en la que tiemblan el sufrimiento en su boca y las lágrimas en sus ojos. Jesús abre los brazos y Lázaro cae sobre su corazón prorrumpiendo en un fuerte
llanto.

-Pero hombre, amigo mío, ¿lloras todavía?… -le pregunta Jesús, y lo besa en la sien (es bastante más alto que Lázaro ­toda la cabeza-, y parece todavía más alto, porque Lázaro está inclinado en su abrazo de amor y respeto).

Levanta por fin la cabeza Lázaro y dice:

-Lloro, sí. El año pasado te di las perlas de mi triste llanto, justo es que recibas las perlas de mi llanto de alegría. ¡Maestro, Maestro mío! Estimo que nada hay más humilde y santo que el llanto bueno… y es lo que te doy, para decirte "gracias" por mi María que ahora es enteramente una niña dichosa, serena, pura, buena… ¡mucho más buena todavía que cuando era pequeña! Yo, que en mi orgullo de israelita fiel a la Ley me sentía muy por encima de ella, ahora me siento muy pequeño, muy nada, respecto a ella, que ya no es una criatura sino una llama de fuego, una llama santificadora.

Yo… no llego a entender dónde halla esa sabiduría, esas palabras, esas obras que encuentra y que edifican a toda la casa. La miro como se mira un misterio. ¿Cómo, tanto fuego y tantas gemas podían celarse en tranquila convivencia bajo tanta podredumbre? Ni yo ni Marta subimos hasta donde ella sube. ¿Cómo lo hace, si ha tenido rotas las alas por el vicio? No entiendo…

-Ni falta que hace que entiendas. Basta con que entienda Yo. Pero te digo que María tiene las energías de su ser orientadas hacia el Bien. Ha encauzado su temperamento hacia la perfección, y, dado que es un temperamento de poderoso absolutismo, se lanza sin reservas por este camino.

Utiliza su experiencia del mal para ser potente en el bien como lo fue en el mal; usando los mismos sistemas de darse enteramente, que tenía en el pecado, se da toda a Dios. Ha comprendido la ley del "ama a Dios con todo tu ser, con tu cuerpo y con tu alma, con todas tus fuerzas". Si Israel estuviera hecho de Marías, si el mundo estuviera hecho de Marías, tendríamos en la tierra el Reino de Dios cual será en el altísimo Cielo.

-¡Oh! ¡Maestro, Maestro! ¡Y es María de Magdala la que merece estas palabras!…

-Es María de Lázaro, la gran amiga hermana del gran amigo mío. ¿Cómo habéis sabido que estaba aquí, si todavía mi Madre no ha ido a Betania?

-Ha venido, forzando el camino, el encargado de Agua Especiosa, y me ha dicho que venías. Todos los días he mandado aquí a uno de la servidumbre. Hace poco ha vuelto diciendo: "Ha llegado. Está en el campo galileo". Me he puesto en marcha inmediatamente…

-Pero si estás mal…

-¡Muy mal, Maestro! Estas piernas…
-¡Y has venido! Habría ido Yo pronto…
-Mi prisa por manifestarte mi alegría era demasiado angustiosa Hace meses que lo tengo dentro. ¡Una carta!

¡Qué es una carta para decirte una cosa como ésta! Ya no podía esperar más… ¿Vas a venir a Betania?

-Ciertamente. En cuanto termine la fiesta.

-Te esperan con gran impaciencia… La griega… ¡Qué mente! Converso mucho con ella, ávida de saber de Dios. Pero es muy culta… y yo, que no sé bien ciertas cosas, debo ceder; haces falta Tú.

-Iré. Ahora vamos con Maximino; luego, te ruego que te consideres mi invitado. Mi Madre se alegrará al verte. Y podrás descansar Dentro de poco vendrá con el niño.

Y Jesús llega donde Maximino, el cual se arrodilla para saludarlo…

278- El perdón y la parábola del siervo inicuo. La misión confiada a setenta y dos discípulos

Transcurrida la comida y después de haber saludado a los pobres, Jesús continúa con los apóstoles y discípulos en el jardín de María de Magdala. Van al límite de éste a sentarse, al lado mismo de las tranquilas aguas del lago, donde unas barcas de vela se mueven en busca de pesca.
Pedro, que está observando, comenta:

-Tendrán buena pesca.

-Tú también tendrás buena pesca, Simón de Jonás.

-¿Yo, Señor? ¿Cuándo? ¿Te refieres a que vaya a pescar para procurarnos comida para mañana? Voy inmediatamente y…

-No tenemos necesidad de comida en esta casa. La pesca tuya es futura, y en el campo espiritual. Y contigo serán también magníficos pescadores la mayor parte de los presentes.

-¿No todos, Maestro? -pregunta Mateo.

-Los que, perseverando, vengan a ser sacerdotes míos tendrán buena pesca. No todos.
-¿Conversiones, no? -pregunta Santiago de Zebedeo.

-Convertir, perdonar, guiar hacia Dios… ¡muchas cosas!

Maestro, antes has dicho que a uno que no preste oídos a su hermano ni siquiera en presencia de testigos se le lleve a que le aconseje la sinagoga. Ahora bien, si he entendido bien lo que nos has dicho desde que nos conocemos, me parece que la sinagoga va a ser sustituida por la Iglesia, eso que vas a fundar. Entonces, ¿a dónde vamos a ir para que aconsejen a los hermanos cabezotas?

A vosotros mismos, porque vosotros seréis mi Iglesia. Por tanto, los fieles se dirigirán a vosotros, bien sea para que los aconsejéis en un asunto propio, bien sea para que les deis un consejo para terceros. Os digo más aún: no sólo podréis dar consejos, sino que podréis incluso absolver en mi Nombre. Podréis liberar de las cadenas del pecado y vincular a dos que se aman haciendo de dos una sola carne. Y cuanto hagáis será válido ante los ojos de Dios como si hubiera sido el mismo Dios quien lo hubiera hecho.

En verdad os digo: lo que atéis en la tierra será atado en el Cielo, lo que desatéis en la tierra será desatado en el Cielo. Y os digo también esto -para que comprendáis la potencia de mi Nombre, del amor fraterno y de la oración-: si dos discípulos míos (quiero decir ahora todos aquellos que crean en el Cristo) se reúnen para pedir cualquier cosa justa, en mi Nombre, mi Padre se la concederá. Gran poder tiene, efectivamente, la oración; gran poder, la unión fraterna; grandísimo, infinito poder, mi Nombre y mi presencia entre vosotros. Donde dos o tres se reúnan en mi Nombre, efectivamente, Yo estaré en medio de ellos, y oraré con ellos, y mi Padre no dirá que no a quien conmigo ora. Porque muchos no obtienen porque oran solos, o porque oran por motivos ilícitos, o con orgullo, o con pecado en su corazón. Lavad vuestro corazón, para que pueda estar con vosotros; luego orad, y seréis escuchados.
Pedro está pensativo. Jesús se da cuenta y le pregunta el porqué Pedro explica:

-Estoy pensando en la magnitud de la responsabilidad que se nos asigna. Y siento miedo, miedo de no saber hacerle bien.

-Efectivamente, Simón de Jonás o Santiago de Alfeo o Felipe, y así los demás, no sabrían hacerlo bien; pero el sacerdote Pedro, el sacerdote Santiago, el sacerdote Felipe o Tomás, sabrán hacerlo bien, porque obrarán junto con la divina Sabiduría.

¿Cuántas veces deberemos perdonar a un hermano? ¿Cuántas, si pecan contra los sacerdotes?, ¿cuántas, si pecan contra Dios? Porque, si sucede como ahora, sin duda pecarán contra nosotros, visto que pecan contra ti tantísimas veces. Dime si debo perdonar siempre o sólo un determinado número de veces; por ejemplo, ¿siete veces?, ¿o más?

-No te digo siete, sino setenta veces siete; un número sin medida, porque el Padre también os perdonará a vosotros (a vosotros, que deberíais ser perfectos) muchas veces, un número grande de veces Pues bien, debéis ser con los demás como el Padre es con vosotros, porque representáis a Dios en la tierra. Es más, oíd esta parábola que os voy a exponer y que servirá para todos.

Y Jesús, que estaba rodeado solamente por los apóstoles, en un pequeño quiosco de boj, se dirige hacia los discípulos, que, respetuosamente, están en grupo en una plazoleta embellecida con un pilón, lleno de agua cristalina. La sonrisa de Jesús es una señal de que va a hablar; así que, mientras Él camina, con su paso lento y largo por lo cual, sin apresurarse, recorre mucho espacio en poco tiempo-, los discípulos se llenan de alegría… y, cual niños reunidos en torno a alguien que los hace felices, se cierran en círculo: es una corona de rostros atentos. Jesús, se adosa a un alto árbol y empieza a hablar.

-Cuanto he dicho antes a la gente debe ser perfeccionado para vosotros, que sois los elegidos de entre la gente.

E1 apóstol Simón de Jonás me ha dicho: "¿Cuántas veces debo perdonar? ¿A quién? ¿Por qué?". Le he respondido en privado. Ahora voy a repetir para todos mi respuesta en aquello que es justo que sepáis ya desde ahora. Escuchad cuántas veces y cómo y por qué se tiene que perdonar.

Hay que perdonar como perdona Dios, el cual, si uno peca mil veces, pero se arrepiente, mil veces perdona; le basta ver que en el culpable no hay voluntad de pecar, no hay búsqueda de lo que hace pecar, sino que el pecado es sólo fruto de una debilidad del hombre. En el caso de persistencia voluntaria en el pecado, no puede haber perdón por las culpas cometidas contra la Ley. Pero vosotros perdonad el dolor que estas culpas os produzcan individualmente. Perdonad siempre a quien os haga un mal.

Perdonad para ser perdonados, porque también vosotros tenéis culpas con Dios y con los hermanos. El perdón abre el Reino de los Cielos tanto al perdonado cuanto al que perdona; asemeja a lo que sucedió entre un rey y sus súbditos:

Un rey quiso hacer cuentas con sus súbditos. Los llamó, pues, uno a uno, empezando por los que estaban más arriba.

Vino uno que le debía diez mil talentos. Pero este súbdito no tenía con qué pagar el anticipo que el rey le había prestado para que se construyera la casa y adquiriese todo tipo de cosas que necesitara, porque verdaderamente no había administrado -por muchos motivos, más o menos justos-solícitamente la suma que había recibido para estas cosas. El rey-amo, indignado por la holgazanería de su súbdito y por la falta a su palabra, ordenó que fueran vendidos él, su mujer, sus hijos y cuanto poseía, hasta que quedase saldada la deuda. Pero el súbdito se echó a los pies del rey, y, llorando y suplicando, le rogaba:

"Déjame marcharme. Ten un poco de paciencia y te devolveré todo lo que te debo, hasta el último denario". El rey, movido a compasión por tanto dolor -era un rey bueno-, no sólo aceptó esto, sino que, habiendo sabido que entre las causas de la poca diligencia y de no pagar había también enfermedades, llegó incluso a condonarle la deuda.
El súbdito se marchó contento. Pero, saliendo de allí, encontró en el camino a otro súbdito, un pobre súbdito al que había prestado cien denarios tomados de los diez mil talentos que había recibido del rey.

Convencido de gozar del favor regio, creyó todo lícito, así que cogió al infeliz por el cuello y le dijo: "Devuélveme inmediatamente lo que me debes". Inútil fue que el hombre, llorando, se postrase a besarle los pies gimiendo: "Ten piedad de mí, que estoy viviendo muchas desgracias. Ten un poco de paciencia todavía, y te devolveré todo, hasta el último centavo". El súbdito, inmisericorde, llamó a los soldados e hizo que el infeliz fuera encarcelado para que se decidiera a pagar, so pena de perder la libertad o incluso la vida.

La cosa se vino a saber ampliamente entre los amigos del desdichado, los cuales, llenos de tristeza, fueron a referirlo al rey y amo. Éste, conocido el hecho, ordenó que fuera conducido a su presencia el servidor despiadado.

Mirándolo severamente, dijo: "Siervo inicuo, te había ayudado para que te hicieras misericordioso, para que consiguieras incluso una riqueza; luego te he ayudado condonándote la deuda por la que tanto implorabas que tuviera paciencia. Tú no has tenido piedad de un semejante tuyo, mientras que yo, que soy rey había tenido mucha piedad de ti. ¿Por qué no has hecho lo que yo hice contigo?". Y lo entregó, indignado, a los carceleros, para que lo retuvieran hasta que pagase todo, diciendo: "De la misma forma que no tuvo piedad de uno que le debía muy poco, cuando yo, que soy rey, había tenido mucha piedad de él, de la misma forma no halle piedad en mí".

Esto hará también mi Padre con vosotros, si sois despiadados con vuestros hermanos; si, habiendo recibido tanto de Dios, os cargáis de culpas más que un fiel. Recordad que tenéis más obligación de evitar el pecado que ningún otro. Recordad que Dios os anticipa un gran tesoro, pero que quiere que le rindáis cuentas de él. Recordad que ninguno como vosotros debe saber practicar amor y perdón.
No seáis siervos que queráis mucho para vosotros y luego no deis nada a quien os pide. El comportamiento que tengáis será el que recibiréis. Y se os pedirá cuenta del comportamiento de los demás que hayan sido impulsados al bien o al mal por vuestro ejemplo.

¡Si sois santificadores, recibiréis verdaderamente una gloria grandísima en el Cielo! Pero, de la misma forma, si sois corruptores, o simplemente holgazanes en santificar, seréis duramente castigados.

Os lo repito: si alguno de vosotros no está dispuesto a ser víctima de su propia misión, que se marche, pero que no falte a su misión. Y digo: que no falte en las cosas verdaderamente nocivas para su propia formación y la de los demás. Y sepa tener a Dios por amigo ofreciendo siempre en su corazón perdón a los débiles. Así, Dios Padre ofrecerá el perdón a todo aquel de vosotros que sepa perdonar.

La pausa ha terminado. Se acerca el tiempo de los Tabernáculo. Aquellos a quienes esta mañana he hablado aparte, desde mañana irán precediéndome y anunciándome a la gente de los respectivos lugares; los que no vienen que no se desalienten. Si he reservado a algunos de ellos, ha sido por motivo de prudencia y no por desprecio; estarán conmigo, pero pronto los enviaré como ahora envío a los primeros setenta y dos. La mies es mucha y los obreros serán siempre pocos respecto a las necesidades; habrá, pues, trabajo para todos, y ni siquiera serán suficientes.

Por tanto, sin rivalidades, rogad al Dueño de la mies que siga mandando nuevos obreros para su cosecha.

Entretanto, marchaos. Yo y los apóstoles, en estos días de pausa, hemos completado vuestra instrucción acerca del trabajo que tenéis delante, repitiendo lo que Yo ya dije antes de enviar a los doce.

Uno de vosotros me ha: “¿Cómo curaré en tu Nombre?". Curad siempre antes el espíritu. Prometedles a los enfermos
que obtendrán el Reino de Dios si saben creer en mí, y, vista en ellos la fe, ordenad a la enfermedad que se aleje, y se alejará. Y haced lo mismo con los enfermos del espíritu. Encended, antes que nada, la fe. Comunicad, con la palabra firme, la esperanza. Yo me agregaré depositando en ellos la divina caridad, como la deposité en vuestros corazones después de que creísteis en mí y esperasteis en la misericordia. Y no temáis ni a los hombres ni al demonio. No os harán ningún mal. Lo único que debéis temer es la sensualidad, la soberbia, la avaricia, que pueden ser causa de entregaros a Satanás y a los hombres­demonio, que también existen.

Poneos, pues, en movimiento y precededme por los caminos del Jordán. Cuando lleguéis a Jerusalén, id al valle de Belén a reuniros con los pastores, y, con ellos, volved donde mí, al lugar que sabéis: celebraremos juntos la fiesta santa, para luego regresar más confirmados que nunca a nuestro ministerio.

Idos con paz. Os bendigo en el santo Nombre del Señor».

277- En Magdala, en los jardines de María. El amor y la corrección entre hermanos

Jesús no está ya donde la última visión, sino en un vasto jardín que se prolonga hasta el lago.

Pasado el jardín -bueno, en realidad está dentro-, la casa, precedida y flanqueada por él, que por detrás se extiende al menos tres veces más que por los lados y por delante Hay flores, pero, sobre todo, árboles y bosquetes, y rincones herbosos, unos rodeando pilones de mármol precioso, otros en forma de quioscos con mesas y asientos de piedra. Y debía haber estatuas diseminadas, tanto a lo largo de los senderos como en el centro de los pilones.

Ahora quedan sólo los pedestales de las estatuas, para recuerdo de ellas al pie de laureles o bojes, o para reflejarse en los pilones colmados de límpida agua.

La presencia de Jesús con los suyos y la presencia de gente de Magdala, entre los cuales está el pequeño Benjamín que osó llamar malo al Iscariote, me hace pensar que se trata de los jardines de la casa de la Magdalena… supervisados y modificados para su nuevo uso, quitando aquellas cosas que hubieran podido ser desagradables o escandalizar y recordar el pasado.

El lago es todo un crep gris-azul, reflejando el cielo en que corretean nubes cargadas con las primeras lluvias del otoño. Pero es hermoso también así, con esta luz detenida y leve de un día ni sereno ni todavía del todo lluvioso.

Sus riberas ya no tienen muchas flores, pero, en compensación, están pintadas por ese sumo pintor que es el otoño, y muestran pinceladas de ocre y púrpura y extenuada palidez de hojas agonizantes en los árboles y vides que cambian de color antes de entregar a la tierra sus vestiduras vivas. En el jardín de una casa de campo que está a orillas del lago, como ésta, hay un punto lleno, que rojea, como sangre derramada en las aguas, por un seto de ramas flexuosas que el otoño ha teñido de cobre flamígero, mientras los sauces diseminados por la orilla, poco lejos, tiemblan: tiemblan sus hojas glauco-argentinas, finas, más pálidas de lo normal antes de morir.

Jesús no está mirando a lo mismo que yo. Mira a unos pobres enfermos a quienes imparte la curación; a unos ancianos mendigos, y les da dinero; a unos niños presentados a Él por sus madres para que los bendiga. Mira compasivamente a unas mujeres, hermanas, que le están refiriendo la conducta de su único hermano --causa de la muerte de su madre, por congoja, y de la ruina de ellas mismas-; le ruegan estas pobres mujeres que les dé un consejo y que pida por ellas.

-Verdaderamente oraré por vosotras. Le pediré a Dios que os dé paz y que vuestro hermano se convierta y se acuerde de vosotras, con la devolución de lo que es justo y, sobre todo, con renovado amor a vosotras. Porque si hace esto, hará todo lo demás. ¿Pero lo queréis, o le guardáis rencor?, ¿lo perdonáis de corazón, o lloráis con desdén? Porque él también es infeliz, y más que vosotras; y, a pesar de sus riquezas, es más pobre que vosotras; así que hay que compadecerlo.

Ya no tiene amor, y carece del amor de Dios. ¿Os dais cuenta de lo desdichado que es? Con la muerte --como primero vuestra madre-cerraréis con júbilo esta vida triste que os ha provocado; él, sin embargo, no: es más, del falso gozo de ahora pasaría a un tormento eterno y atroz. Venid conmigo. Voy a hablar a todos hablándoos a vosotras.

Y Jesús se dirige al medio de un prado salpicado de matas de flores, en cuyo centro antes debía haber una estatua; ahora sólo queda la base, rodeada de un seto bajo de mirto y rositas menudas. Jesús se pone junto a ese seto y hace ademán de querer hablar. Todos se agrupan en torno a É1 y guardan silencio.

Paz a vosotros. Escuchad.

Está escrito: "Ama a tu prójimo como a ti mismo". Pero, ¿en el prójimo quién está contenido? Todo el género humano tomado en general. Luego, más en particular, todos los de la misma nación; luego, más en particular todavía, todos los de la misma ciudad; luego, restringiendo aún más, todos los parientes; en fin, último círculo de esta corona de amor ceñida cual pétalos de rosa en torno al corazón de la flor, el amor a los hermanos de sangre, que son los primeros prójimos. El centro del corazón de la flor de amor es Dios: el amor a Dios es el primero que hay que tener.

Alrededor de este centro, el amor a los padres, que es el segundo que hay que tener, porque realmente el padre y la madre son los pequeños "Dios" de la tierra, al crearnos y cooperar con Dios en nuestra creación, además de cuidarnos con amor incansable. Alrededor de este ovario, llameante de pistilos, que exhala los perfumes de los más selectos amores, se disponen estrechamente ceñidos los círculos de los varios amores. El primero de ellos es el del amor a los hermanos nacidos del mismo seno y de la misma sangre de que nacimos nosotros.

Pero, ¿cómo se debe amar al propio hermano? ¿Sólo porque su carne y su sangre sean iguales que las nuestras? Eso lo saben hacer también los pajarillos agrupados en un nido. Ellos, efectivamente lo único que tienen en común es el haber nacido de una misma nidada y el sentir en común en su lengua el sabor de la saliva materna y paterna. Los hombres valemos más que los pájaros. Tenemos más que carne y sangre. Tenemos al Padre, además de un padre y una madre Tenemos el alma, y tenemos a Dios, Padre de todos. Así pues, hay que saber amar al hermano como hermano por el padre y la madre que nos han generado, y como hermano por Dios, que es Padre universal.

Hay que amarlo, por tanto, además de carnalmente, espiritualmente; amarlo no sólo por la carne y la sangre, sino por el espíritu que tenemos en común; amar --como tiene que ser-más el espíritu que la carne de nuestro hermano, porque el espíritu es más que la carne, porque el Padre Dios es más que el padre hombre, porque el valor del espíritu es mayor que el de la carne, porque nuestro hermano sería mucho más infeliz si perdiera al Padre Dios que perdiendo al padre hombre. Ser huérfano de padre -hombre es cosa verdaderamente lastimosa, pero es sólo media orfandad. Se resiente de ella sólo lo terreno, nuestra necesidad de ayuda y caricias.

El espíritu, sí sabe creer, no queda lesionado por la muerte del padre. Es más, el espíritu del hijo, para seguir al justo hasta el lugar en que se encuentra, asciende como atraído por una fuerza de amor.

En verdad os digo que ello es amor, amor a Dios y al padre que con su espíritu ha subido a región sabia. Asciende a estos lugares en que Dios está más cercano, y obra con más rectitud, porque no le falta lo que es la verdadera ayuda (las oraciones de su padre, que ahora sabe amar cumplidamente); ni el freno que le viene de la certeza de que el padre ahora ve las obras de su hijo mejor que en vida, y también de deseo de poder reunirse con él mediante una vida santa.

Por eso hay que preocuparse más del espíritu que del cuerpo del propio hermano. Bien pobre amor sería un amor que se dirigiera sólo a lo perecedero, descuidando aquello que es imperecedero y que, habiéndolo descuidado, puede perder la alegría eterna. Demasiados son los que trabajan por cosas inútiles, se afanan por cosas de relativo mérito, mientras pierden de vista aquello que es verdaderamente necesario.

Las buenas hermanas, los buenos hermanos, no deben preocuparse solamente de tener en orden la ropa, preparada la comida, o de ayudar a sus hermanos con el trabajo; deben poner atención a los espíritus de sus hermanos y oír sus voces, percibir sus defectos y, con amorosa paciencia, trabajar para darles un espíritu sano y santo, si en esas voces y defectos ven un peligro para su vida eterna; y deben -si recibieron ofensa de su hermano-empeñarse en perdonar y en que Dios lo perdone mediante su retorno al amor, sin el cual Dios no perdona.

Está escrito en el Levítico: "No odies a tu hermano en tu corazón, sino repréndelo públicamente, para no cargarte de pecados por su causa". Pero, de no odiar a amar hay todavía un abismo. Quizás os parece que la antipatía, la separación y la indiferencia no son pecado por el hecho de no ser odio. No. Yo vengo a dar nuevas luces al amor, y, por tanto, necesariamente, al odio; pues lo que clarifica en todos sus detalles al primero sabe clarificar en todos sus detalles al segundo; la misma elevación del primero a altas esferas produce como consecuencia un alejamiento mayor del segundo, pues cuanto más se eleva el primero el segundo parece hundirse en un fondo cada vez más profundo.

Mi doctrina es perfección, finura de sentimiento y de juicio, verdad sin metáforas ni perífrasis; y os digo que la antipatía, la separación y la indiferencia son ya odio; simplemente porque no son amor. Lo contrario del amor es el odio. ¿Vas a dar otro nombre a la antipatía, o al hecho de alejarse de un ser, o a la indiferencia? Quien ama siente simpatía por el amado; así que, si siente antipatía por él, es que ya no lo ama.

Quien ama sigue cerca del amado con su espíritu, aunque materialmente la vida lo haya alejado de él; por lo cual, cuando uno se separa de otro con el espíritu, es porque ya no lo ama. Quien ama no siente jamás indiferencia hacia el amado; antes al contrario, todas sus cosas le interesan; así pues, si uno siente indiferencia por una persona, es señal de que ya no lo ama. Como veis, estas tres cosas son ramificaciones de un solo árbol: el del odio.

Veamos, ¿qué sucede en cuanto nos sentimos ofendidos por una persona a la que amamos? El noventa por ciento de las veces, si no viene odio, viene antipatía, separación o indiferencia. No. No os comportéis así. No congeléis vuestro propio corazón con estas tres formas del odio.

Amad. Os preguntáis: "¿Cómo podremos hacerlo?". Os respondo: "De la misma forma que no tuvo piedad de uno que le debía muy poco, cuando yo, que soy rey, había tenido mucha piedad de él, de la misma forma no halle piedad en mí".

Pues bien, os doy la nueva ley sobre las relaciones con el hermano ofensor: "Si tu hermano te ofende, no lo humilles públicamente reprendiéndole delante de los demás; antes bien, alarga tu amor hasta cubrir la culpa de tu hermano ante los ojos del mundo"; tendrás gran mérito ante los ojos de Dios si por amor niegas anticipadamente a tu orgullo toda satisfacción.

¡Cuánto le gusta al hombre que se sepa que fue ofendido y que sufrió por ello! No va al rey, a pedir una dádiva de oro, sino que, cual mendigo sin juicio, va a donde otros insensatos y pordioseros como para pedir unos puñados de ceniza y estiércol y sorbos de ardiente bebedizo: esto da el mundo al ofendido que va lamentándose y mendigando consuelos. Dios, el Rey, da oro puro a quien, habiendo sido ofendido, va, sin rencor, sólo a llorar a sus pies su dolor y a pedirle, a pedir al Amor y Sabiduría, consuelo de amor y enseñanza para esa penosa contingencia. Por tanto, si queréis consuelo, id a Dios y obrad con amor.

Corrijo la ley antigua y os digo: "Si tu hermano peca contra ti, ve y corrígelo a solas. Si te escucha, habrás ganado de nuevo a tu hermano, y muchas bendiciones de Dios. Pero si tu hermano no te hace caso y, obstinado en su culpa, te rechaza, entonces, porque no se diga que asientes a su pecado o que no te importa el bien del espíritu de tu hermano, toma contigo a dos o tres testigos serios, buenos, dignos de confianza, vuelve con ellos donde tu hermano y repite en su presencia tus observaciones, para que los testigos puedan dar fe de que hiciste todo lo que estaba en tu mano para corregir con santidad a tu hermano.

Porque es éste el deber de un buen hermano, dado que ese pecado contra ti, cometido por él, lesiona su alma, y tú te debes preocupar de su alma. Si no da resultado esto tampoco, ponlo en conocimiento de la sinagoga, para que lo llame al orden en nombre de Dios. Si ni siquiera con esto se corrige, sino que rechaza a la sinagoga o al Templo de la misma forma que te rechazó a ti, considéralo publicano y gentil.

Haced esto con los hermanos de sangre y con los hermanos de amor, pues hasta con vuestro más lejano prójimo debéis obrar con santidad, y sin codicia ni intransigencia ni odio. Y cuando haya causas por las que sea necesario ir a los jueces y estés yendo ya con tu adversario, Yo te digo, ¡oh, hombre, que muchas veces te ves metido en males mayores por tu culpa!, te digo que hagas todo lo que esté de tu mano, mientras vas de camino, por reconciliarte con él, tengas razón o no; porque la justicia humana es siempre imperfecta, y generalmente el astuto se sale con la suya a costa de la justicia, de forma que podría pasar por inocente el culpable y tú, inocente, podrías pasar por culpable.

Entonces te sucedería que no sólo no obtendrías reconocimiento de tu derecho, sino que incluso perderías la causa, que pasarías, de inocente, a la situación de culpable de difamación con lo cual el juez te entregaría al brazo de la justicia, y no te soltarían hasta que hubieras pagado el último centavo.

Sé conciliador. ¿Que tu orgullo se resiente? Muy bien.

¿Que bolsa se consume? Mejor todavía. Basta con que tu santidad aumente. No sintáis nostalgia por el oro, no seáis codiciosos de alabanzas. Procuraos la alabanza que viene de Dios, procuraos una rica bolsa en el Cielo. Y orad por los que os ofenden, para que se enmienden; si ello sucede, serán ellos mismos quienes os restituirán honores y bienes; si no lo hacen, Dios proveerá.

Podéis marcharos, ahora que es la hora de la comida. Que se queden sólo los mendigos para sentarse a la mesa apostólica. La paz sea con vosotros.

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