por makf | 4 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Jesús está en una de las colinas de la ribera occidental del lago Ante sus ojos se muestran las ciudades o los pueblos diseminados por las riberas de una u otra orilla; pero, exactamente debajo de la colina, están Magdala y Tiberíades: la primera, con su barrio de lujo, lleno de jardines, separado netamente de las pobres casas de los pescadores, campesinos y gente humilde, por un pequeño torrente que ahora está completamente seco; la otra, espléndida en todas sus partes, es una ciudad que ignora todo lo que sea miseria y decadencia; ríe, bonita y nueva, bajo el sol, frente al lago. Entre ambas ciudades, las huertas, pocas pero bien cuidadas, de la breve llanura, y luego la ascensión de los olivos a la conquista de las colinas. A espaldas de Jesús, desde esta cima, se ve el paso de forma de silla de montar del monte de las Bienaventuranzas, por cuya base discurre el camino de primer orden que va desde el Mediterráneo hasta Tiberíades.
Quizás por esta cercanía de un camino principal muy transitado, Jesús ha elegido esta localidad a la que las personas pueden llegar desde muchas ciudades del lago o de la zona interna de Galilea, y desde la cual, cuando anochece, es fácil volver a las propias casas o hallar alojamiento en muchos pueblos. Y la temperatura es moderada, debido a la altura y a los árboles agrestes que en la cima han sustituido a los olivos. Efectivamente, hay mucha gente además de los apóstoles y discípulos. Gente que tiene necesidad de Jesús para la salud, o para pedir consejos; gente que ha venido por curiosidad; gente traída por amigos o que ha venido por espíritu de imitación. En fin, mucha gente. Las jornadas, que ya no son caniculares sino que tienden a las enervadas gracias del otoño, invitan más que nunca a peregrinar en busca del Maestro.
Jesús ha curado ya a los enfermos y ha dirigido su palabra a la gente. Ha hablado ciertamente sobre el tema de las riquezas adquiridas con injusticia, sobre el desapego de la riqueza, requerido en todos para ganarse el Cielo, indispensable en quien quiere ser discípulo suyo. Ahora está respondiendo a las preguntas de algunos discípulos ricos, que están un poco turbados por estas cosas.
El escriba Juan dice:
-¿Entonces debo destruir lo que tengo, despojando a los míos de lo suyo?
-No. Dios te ha dado unos bienes. Haz que sirvan a la Justicia y sírvete de ellos con justicia. O sea, socorre con esos bienes a tu familia: es un deber; trata con humanidad a los siervos: es caridad; favorece a los pobres; ofrece tu ayuda para aliviar las necesidades de los discípulos pobres. Obrando así, tus riquezas no te serán motivo de tropiezo; antes bien, te servirán de ayuda.
Luego, dirigiéndose a todos, dice:
-En verdad os digo que puede correr el mismo riesgo de perder el Cielo por amor a las riquezas hasta el más pobre de mis discípulos, sacerdote mío, si falta a la justicia haciendo pactos con el rico. El rico y malvado intentará muchas veces seduciros con donativos para teneros de su parte y para que consintáis su modo de vivir y su pecado.
Y habrá ministros míos que cedan a la tentación de los donativos. No debe ser así. Aprended del Bautista. Poseía, sin ser ni juez ni magistrado, la perfección de ambos indicada por el Deuteronomio: "No harás acepción de personas, no aceptarás donativos, que ciegan los ojos de los prudentes y alteran las palabras de los justos".
Demasiadas veces el hombre deja embotar el filo de la espada de la justicia con el oro que un pecador extiende encima. No, no debe ser así. Sabed ser pobres, sabed saber morir, pero no pactéis nunca con el pecado; ni siquiera con la disculpa de usar el oro en pro de los pobres. Es oro maldito, no les acarrearía ningún bien; es oro de pacto infame. Sois constituidos discípulos para ser maestros, médicos y redentores. ¿Qué seríais si os hicierais aprobadores del mal por interés? Maestros de mala ciencia, médicos que quitan la vida al enfermo, cooperadores en la ruina de los corazones, en vez de redentores.
Uno de entre la multitud se abre paso y dice:
-No soy discípulo, pero te admiro. Responde, pues, a esta pregunta: ¿puede uno retener el dinero de otro?
-No, hombre; es hurto, igual que quitarle la bolsa a un viandante.
-¿También cuando es dinero de la familia?
-También. No es justo que una persona se apropie del dinero de la comunidad.
-Entonces, Maestro, ven a Abelmaín, en el camino de Damasco, manda a mi hermano que reparta conmigo la herencia de nuestro padre, muerto sin haber dejado escrita palabra alguna. Se ha quedado con toda. Considera, además, que somos gemelos, nacidos de un primer y único parto. Tengo, pues, los mismos derechos que él.
Jesús lo mira y dice:
-Es una triste situación. Está claro que tu hermano no se está comportando bien. De todas formas, lo único que puedo hacer es orar por ti, y, más aún, por él, para que se convierta: y puedo ir a tu ciudad a evangelizar y así tocar su corazón. No me pesa el camino, si puedo poner paz entre vosotros.
El hombre salta encolerizado:
-¿Y para qué me sirven tus palabras? ¡Mucho más que palabras hace falta en este caso!
-Pero no me has dicho que le ordene a tu hermano que…
-Mandar no es evangelizar. La orden siempre va unida a una amenaza. Amenázalo con hacerle algún mal a su físico, si no me da lo mío. Puedes hacerlo. De la misma forma que devuelves la salud, puedes inducir la enfermedad.
-Hombre, he venido a convertir, no a herir. Si tienes fe en mis palabras hallarás paz.
-¿Qué palabras?
-Te he dicho que oraré por ti y por tu hermano, para consuelo tuyo y conversión suya.
-¡Cuentos! ¡Cuentos! No soy tan simplón como para creer en ellos. Ven y ordena.
Jesús, cuya actitud era mansa y paciente, adquiere un aspecto majestuoso y severo. Se yergue -antes estaba un poco curvado hacia este hombre bajo y corpulento y encendido de ira-y dice:
-¿Hombre, ¿quién me ha constituido juez y árbitro entre vosotros? Ninguno. De todas formas, para zanjar una división entre dos hermanos, había aceptado ir para ejercer mi misión de pacificador y redentor. Si hubieras creído en mis palabras, al regreso a Abelmaín habrías encontrado ya convertido a tu hermano. No sabes creer, y no se te dará el milagro. Si hubieras podido ser el primero en hacerte con el tesoro, te habrías quedado con él y le habrías dejado sin nada a tu hermano; porque, en verdad, de la misma forma que habéis nacido gemelos, tenéis gemelas las pasiones, y tanto tú como tu hermano tenéis un solo amor: el oro, una sola fe: el oro. Quédate, pues, con tu fe. Adiós.
El hombre se marcha maldiciendo a Jesús, con escándalo de todos, que querrían darle un escarmiento.
Pero El se opone. Dice:
-Dejad que se marche. ¿Por qué queréis mancharos las manos pegando a un hombre brutal? Yo perdono porque está poseído por el demonio del oro que lo pervierte. Perdonad también vosotros. Oremos, más bien, por este infeliz, para que vuelva a ser un hombre de alma adornada de libertad.
-Es cierto. Su avaricia le ha puesto incluso una cara horrenda. ¿Has visto? -se preguntan unos a otros los discípulos y la gente que estaba cerca del avaro.
-¡Es verdad! ¡Es verdad! No parecía el mismo de antes.
-Sí. Y luego, cuando ha rechazado al Maestro -y que casi le ha pegado mientras lo maldecía-, su cara era de demonio.
-Un demonio tentador. Estaba tentando al Maestro a la maldad.
-Escuchad -dice Jesús-:
Verdaderamente las alteraciones del alma se reflejan en la cara. Es como si el demonio aflorase a la superficie de la persona poseída. Pocos son los que son demonios y no dejan ver eso que en realidad son, o con hechos o con el aspecto. Y estos pocos son los perfectos en el mal, los perfectamente poseídos.
Por el contrario, el rostro del justo es siempre hermoso, aunque físicamente sea deforme, por una belleza sobrenatural que se expande de dentro afuera; siendo así que -y no es una forma de hablar, sino cosas reales-observamos en quien está incontaminado de vicios una frescura incluso en su carne. El alma está en nosotros y nos abraza por completo.
Y el hedor de un alma corrompida corrompe también el cuerpo, mientras que el perfume de un alma pura preserva.
El alma corrompida impulsa a la carne a pecados obscenos, y éstos aviejan y deforman; el alma pura impulsa a la carne a una vida pura, y ello conserva la lozanía y comunica majestuosidad.
Haced que en vosotros permanezca la juventud pura del espíritu, o que resucite si la perdisteis, y estad atentos a guardaros de todo apetito desenfrenado, tanto de sensualidad como de poder.
La vida del hombre no depende de la abundancia de los bienes que posee; ni ésta ni mucho menos la otra, la eterna. Depende de su forma de vivir. Y, con la vida, la felicidad en esta tierra y en el Cielo.
Porque el vicioso no se siente nunca feliz, realmente feliz; pero el virtuoso siempre, con una felicidad celeste, aunque sea pobre y esté solo. Ni siquiera la muerte impresiona al virtuoso, porque no siente culpas ni remordimientos que le hagan temer el encuentro con Dios, ni añoranzas de lo que deja en esta tierra. Él sabe que en el Cielo está su tesoro, de forma que, como quien va a recibir la herencia que le corresponde -herencia santa además-, se encamina dichoso y diligente al encuentro de la muerte, que le abre las puertas de aquel Reino en que está su tesoro.
Empezad inmediatamente a acumular vuestro tesoro. Ya desde la juventud los que sois jóvenes. Trabajad incansablemente, vosotros ancianos, que por la edad tenéis más cercana la muerte; y, puesto que la muerte es plazo ignorado, y frecuentemente sucede que fallece antes el niño que el anciano, no aplacéis el trabajo de haceros un tesoro de virtudes y buenas obras en la otra vida, para que no os llegue la muerte sin que hayáis acumulado un tesoro de méritos en el Cielo. Hay muchos que dicen: "¡Soy joven y fuerte! Por ahora gozaré en la tierra. Más adelante me convertiré". ¡Gran error!
Escuchad esta parábola. Un hombre rico había obtenido mucho fruto de sus campos. Verdaderamente una cosecha portentosa. Entonces se puso a contemplar, dichoso, toda esta exuberancia que se acumulaba en sus campos y en sus eras y que no cabía en los graneros; tanto que ocupaba improvisados cobertizos y hasta habitaciones de la casa. Y dijo:
"He trabajado como un esclavo, pero la tierra no me ha defraudado. He trabajado por diez cosechas. Ahora quiero descansar otros tantos años. ¿Cómo haré para dejar bien acondicionada toda esta recolección? No quiero vender una parte, porque me autoobligaría a trabajar para cosechar otra vez el año que viene. Ya sé: voy a derruir mis graneros y voy a hacer otros más grandes, de forma que quepa todo lo cosechado y todos mis bienes; luego diré a mi alma: “¡Oh, alma mía, tienes acumulados bienes para muchos años.
Descansa, pues. Come, bebe, goza"'. Éste, como muchos, confundía el cuerpo con el alma, mezclaba lo sagrado con lo profano; porque la verdad es que en las comilonas y el ocio el alma no goza antes bien, languidece. Éste también, como muchos tras la primera buena cosecha en los campos del bien, se paraba, pareciéndole que había hecho todo.
¿No sabéis que cuando se pone la mano en el arado es necesario perseverar, uno, diez, cien años, todo lo que dure la vida, porque detenerse es delito hacia uno mismo? Efectivamente, uno se niega una gloria mayor. ¿Y no sabéis que es retroceder? En efecto, quien se para, generalmente, no sólo no sigue adelante, sino que se vuelve para atrás.
El tesoro del Cielo tiene que aumentar año tras año para ser bueno; porque, si es cierto que la Misericordia será benigna con quien tuvo pocos años para atesorar, cierto es también que no será cómplice de los perezosos que, disponiendo de larga vida, hacen poco. Es un tesoro en continuo aumento. Si no, deja de ser fructífero para hacerse pasivo, y ello va en detrimento de una inmediata paz del Cielo.
Dios dijo al necio: "Hombre necio, que confundes el cuerpo y los bienes de la tierra con lo que es espíritu y de una gracia de Dios te procuras un daño: has de saber que esta misma noche se te pedirá el alma y te será arrebatada, y el cuerpo yacerá inerte. ¿De quién va a ser cuanto has preparado?
¿Podrás llevártelo contigo? No. Dejarás la tierra y vendrás a mi presencia desnudo de terrenas recolecciones y de obras espirituales, y serás pobre en la otra vida. Mejor hubiera sido para ti hacer con tus cosechas obras de misericordia para el prójimo y para ti mismo, pues siendo misericordioso con los demás lo hubieras sido también con tu alma; y, en vez de nutrir pensamientos ociosos, cultivar actividades que te hubieran acarreado un honesto provecho para tu cuerpo y grandes méritos para tu alma, hasta que Yo te hubiera llamado". Y el hombre murió durante la noche y fue severamente juzgado. En verdad os digo que esto es lo que le sucede a quien atesora para sí y no se enriquece ante los ojos de Dios.
Ahora marchaos, y haced tesoro con la doctrina que se os da. La paz sea con vosotros. Jesús bendice y se retira con apóstoles y discípulos a una espesura del bosque para comer y descansar. Mientras comen, continúa la lección de antes, repitiendo un tema del que ya ha hablado en varias ocasiones a los apóstoles, y que creo que nunca se habrá expresado suficientemente, porque el hombre está demasiado absorbido por miedos estúpidos.
-Creed dice -que sólo hay que preocuparse de este enriquecimiento en virtud. Estad atentos, además, a que vuestra preocupación no sea nunca ansiosa, inquieta. El bien es enemigo de las inquietudes, de los miedos, de las prisas; todas estas cosas denotan demasiado todavía la avaricia, la rivalidad, la humana desconfianza. Que vuestro trabajo sea constante, esperanzado, pacífico; sin arranques bruscos ni bruscas detenciones, como hacen los onagros silvestres (que ninguno que esté en su sano juicio los usa para recorrer seguro camino).
Pacíficos en las victorias, pacíficos en las derrotas. El dolor por un error cometido, que os entristece porque con él habéis contrariado a Dios, debe ser también pacífico, debe sentir el alivio de la humildad y la confianza. El abatimiento, el odio hacia uno mismo es siempre síntoma de soberbia y de falta de confianza. El humilde sabe que es un pobre hombre sujeto a las miserias de la carne, que algunas veces triunfa; el humilde tiene confianza no tanto en sí mismo cuanto en Dios, y mantiene la calma incluso en las graves derrotas, diciendo: "Perdóname, Padre. Sé que conoces mi debilidad que a veces me domina. Sientes compasión de mí, lo creo. Confío firmemente en que me vas a ayudar, incluso más que antes, en el futuro, a pesar de que te satisfaga tan poco". No os mostréis apáticos ni avaros respecto a los bienes de Dios. Dad la sabiduría y virtud que tengáis. Sed laboriosos en el espíritu, como los hombres lo son para las cosas de la carne.
Y, respecto a la carne, no imitéis a los del mundo que siempre tiemblan por su futuro, por el miedo de que les falte lo superfluo, de que les venga una enfermedad o la muerte, de que los enemigos los puedan perjudicar, etc. Dios sabe de qué tenéis necesidad. No temáis, por tanto, por vuestro mañana. Vivid libres de los miedos, que pesan más que las cadenas de los galeotes. No os afanéis por vuestra vida, ni por la comida, la bebida o el vestido. La vida del espíritu vale más que la del cuerpo, y el cuerpo más que el vestido, porque vivís con el cuerpo, no con el vestido; y con la mortificación del cuerpo ayudáis al espíritu a conseguir la vida eterna. Dios sabe hasta cuándo dejaros el alma en el cuerpo; hasta esa hora os dará lo necesario. Si se lo da a los cuervos, animales impuros que se alimentan de cadáveres y que tienen su razón de existir precisamente en esta función suya de eliminar sustancias en putrefacción, ¿no os lo va a da a vosotros? Ellos no tienen despensas ni graneros, y Dios los nutre igualmente. Vosotros sois hombres, no cuervos.
Además, los presentes sois la flor y nata de los hombres, porque sois los discípulos del Maestro, los evangelizadores del mundo, los siervos de Dios. ¿Vais a pensar que Dios, que cuida el muguete, cuyo único trabajo es el de perfumar, adorando, y lo hace crecer y lo viste con vestidura tan hermosa como jamás tuviera Salomón, puede descuidaros, incluso en lo relativo a vuestro vestido? Vosotros sí que no podéis añadir ni un diente a las bocas desdentadas, ni alargar una pulgada a una pierna contraída, ni volver aguda la pupila empañada. No siendo capaces de estas cosas, ¿vais a pensar que podéis repeler miseria y enfermedad, hacer brotar del polvo frutos? No podéis. Pero no seáis gente de poca fe. Tendréis siempre lo necesario. No os entristezcáis como la gente del mundo, que se desvive por conseguir cosas de que gozar. Vosotros tenéis a vuestro Padre, que conoce vuestras necesidades. Debéis sólo buscar el Reino de Dios y su justicia. Sea éste vuestro primer interés. Todo lo demás se os dará por añadidura.
No temáis, vosotros de mi pequeño rebaño. Mi Padre se ha complacido en llamaros al Reino para que poseáis este Reino. Podéis, por tanto, aspirar a él y ayudar al Padre con vuestra buena voluntad y santa laboriosidad. Vended vuestros bienes, distribuidlos en limosna, si estáis solos. Dejad a los vuestros la provisión para el viaje de vuestro abandono de la casa por seguirme a mí, porque justo es no dejar sin pan a los hijos o esposas. Y si no podéis, por este motivo, sacrificar las riquezas pecuniarias, sacrificad las riquezas de afecto, que son también monedas, valoradas por Dios por lo que son: oro más puro que ningún otro, perlas más preciosas que las que se arrebatan a los mares, rubíes más singulares que los de las entrañas de la tierra. Porque renunciar a la familia por mí es caridad más perfecta que oro sin un solo átomo impuro, es perla hecha de llanto, rubí hecho de sangre que rezuma por la herida del corazón, desgarrado por la separación del padre y de la madre, de la esposa y de los hijos.
Estas bolsas no merman, este tesoro no se devalúa jamás. Los ladrones no se introducen en el Cielo, la carcoma no come lo que en él se deposita. Tened el Cielo en el corazón y el corazón en el Cielo junto a vuestro tesoro. Porque el corazón, en el bueno y en el malo, está donde lo que consideráis amado tesoro vuestro. Por tanto, de la misma forma que el corazón está donde el tesoro (en el Cielo), el tesoro está donde el corazón (es decir, en vosotros); es más, el tesoro está en el corazón, y, con el tesoro de los santos, está, en el corazón, el Cielo de los santos.
Estad siempre preparados, como quien va a emprender un viaje o espera a su amo. Vosotros sois siervos del Amo-Dios. En cualquier momento os puede llamar a su presencia, o venir a vosotros. Estad, pues, siempre preparados para ir, o a rendirle honor, ceñida la cintura con cinturón de viaje y de trabajo, con las lámparas encendidas en vuestras manos. A1 salir de una fiesta nupcial con uno que os haya precedido en los Cielos y en la consagración a Dios en la tierra, El puede recordarse de vosotros, que estáis esperando; y puede decir: "Vamos donde Esteban, o donde Juan, o Santiago y Pedro". Y Dios es rápido para venir, o para decir: "Ven". Por tanto, estad preparados para abrirle la puerta cuando llegue; o para salir, si os llama.
Bienaventurados los siervos a quienes encuentre en vela el Amo cuando llegue. En verdad os digo que, para recompensarlos por la fiel espera, se ceñirá el vestido, los sentará a la mesa y se pondrá a servirlos. Puede llegar a la primera vigilia, o a la segunda, o a la tercera… no lo sabéis. Por tanto, estad siempre vigilantes.
¡Dichosos vosotros, si estáis así y así os encuentra el Amo! No os engañéis diciendo: "¡Hay tiempo! Esta noche no viene". Sería un mal para vosotros No sabéis. Si uno supiera cuándo viene el ladrón, no dejaría sin guardia la casa para que el malhechor pudiera forzar la puerta y las arcas. Estad preparados también vosotros, porque, cuando menos os lo penséis, vendrá el Hijo del hombre y dirá: "Es la hora"».
Pedro, que incluso se ha olvidado de terminar su comida por escuchar al Señor, viendo que Jesús calla, pregunta:
-¿Esto que dices es para nosotros o para todos?
-Para vosotros y para todos; pero más para vosotros, porque vosotros sois como administradores puestos por el Amo al frente de los siervos, y tenéis doble obligación de estar preparados: por vosotros como administradores y por vosotros como simples fieles.
¿Cómo debe ser el administrador al que el amo ha colocado al frente de sus domésticos para dar a cada uno, a su tiempo, la debida porción? Debe ser avisado y fiel. Para cumplir su propio deber, para hacer cumplir a los subordinados el deber que ellos tienen. Si no, saldrían perjudicados los intereses del amo, que paga para que el administrador actúe haciendo las veces de él y vele por sus intereses en su ausencia.
Dichoso el siervo al que el amo, al volver a su casa, encuentre obrando con fidelidad, diligencia y justicia. En verdad os digo que lo hará administrador de otras propiedades, de todas sus propiedades, descansando y exultando en su corazón por la seguridad que ese siervo le da. Mas si ese siervo dice: "¡Ah! ¡Bien! El amo está muy lejos y me ha escrito que tardará en volver. Por tanto, puedo hacer lo que me parezca, y luego, cuando calcule que esté próximo a regresar, tomaré las medidas oportunas".
Y empieza a comer y a beber hasta emborracharse, y a dar órdenes de borracho, y -ante la oposición a cumplirlas, por no perjudicar al amo, por parte de los siervos buenos subordinados a él-empieza a pegar a los siervos y a las siervas hasta hacerlos enfermar y languidecer. Y se siente feliz y dice:
"Por fin saboreo lo que significa ser jefe y ser temido por todos". ¿Qué le sucederá? Le sucederá que llegará el amo cuando menos se lo espere, quizás incluso sorprendiéndolo en el momento en que está robando dinero o sobornando a alguno de los siervos más débiles; entonces, os digo que el amo lo quitará del puesto de administrador, y lo cancelará incluso de las filas de sus siervos, porque no es lícito mantener a los infieles y traidores entre los honestos; y tanto mayor será su castigo cuanto más lo quiso y lo instruyó su amo.
Porque el que conoce más la voluntad y el pensamiento de su amo más obligado está a cumplirlo con exactitud. Si no hace como su amo le ha dicho (ampliamente, como a ningún otro), recibirá muchos bastonazos. Sin embargo, el que, como siervo menor, sabe poco, y yerra creyendo actuar correctamente, recibirá un castigo menor. A quien mucho se le dio mucho le será pedido. Mucho tendrá que restituir aquel a quien mucho se le confió. Porque hasta del alma de un niño de una hora se pedirá cuenta a mis administradores.
Mi elección no es fresco reposo en un soto florido. He venido a traer fuego a la tierra; ¿qué puedo desear, sino que arda? Por eso me fatigo, como quiero que os fatiguéis vosotros hasta la muerte y hasta que la tierra toda sea una hoguera de celeste fuego. Debo ser bautizado con un bautismo. ¡Cuán angustiado viviré hasta que se cumpla! ¿No os preguntáis por qué? Porque por él os podré hacer portadores del Fuego, fermento activo en todas y contra todas las capas sociales, para fundirlas en una única cosa: el rebaño de Cristo.
¿Creéis que he venido a poner paz en la tierra?, ¿según los modos de ver de la tierra? No. Todo lo contrario: discordia y separación. Porque, de ahora en adelante, mientras toda la tierra no sea un único rebaño, de cinco que haya en una casa, dos estarán contra tres, y el padre estará contra el hijo y el hijo contra el padre, y la madre contra las hijas, y éstas contra aquélla, y las suegras y nueras tendrán un motivo más para no entenderse, porque habrá labios que hablen un lenguaje nuevo, y será como una Babel; porque una profunda agitación estremecerá el reino de los afectos humanos y sobrehumanos. Mas luego vendrá la hora en que todo se unificará en una lengua nueva que hablarán todos los salvados por el Nazareno, y se depurarán las aguas de los sentimientos, irán al fondo las escorias y brillarán en la superficie las límpidas ondas de los lagos celestes.
Verdaderamente, servirme no es descansar, según el significado que el hombre da a esta palabra; es necesario ser héroes, infatigables. Mas os digo que al final será Jesús, siempre Jesús, el que se ceñirá el vestido para serviros, y luego se sentará con vosotros a un banquete eterno, y todo cansancio y dolor serán olvidados.
Ahora, dado que ninguno nos ha vuelto a buscar, vamos al lago.
Descansaremos en Magdala. En los jardines de María de Lázaro hay sitio para todos, y ella ha puesto su casa a disposición del Peregrino y de sus amigos. No hace falta que os diga que María de Magdala ha muerto con su pecado y que de su arrepentimiento ha renacido María de Lázaro, discípula de Jesús de Nazaret; ya lo sabéis, porque la noticia ha corrido como fragor de viento en un bosque. No obstante os digo una cosa que no sabéis: que todos los bienes personales de María de Lázaro son para los siervos de Dios y para los pobres de Cristo. Vamos…
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Jesús está en las llanuras de Corazín, extendidas a la largo del valle del alto Jordán, entre el lago de Genesaret y el de Merón: una campiña llena de viñas en que ya se empieza a vendimiar.
Debe estar aquí desde hace algunos días, porque esta mañana se han unido a Él los discípulos que estaban en Sicaminón -entre éstos, de nuevo Esteban y Hermas-, e Isaac justifica el no haber podido llegar antes porque dice que los que han llegado nuevos y las consideraciones acerca de si era conveniente o no traerlos lo han retrasado.
-Pero -sigue diciendo -he pensado que el camino del Cielo está abierto para todos los que tienen buena voluntad, y a mí me parece que éstos, a pesar de ser discípulos de Gamaliel, la tienen.
-Has hablado y obrado bien. Tráemelos aquí.
Isaac se marcha, y regresa con los dos.
-La paz a vosotros. ¿Tan verdadera habéis juzgado la palabra apostólica, que habéis querido uniros a ella?
-Sí. Y más la tuya. No nos rechaces, Maestro.
-¿Por qué habría de hacerlo?
-Porque somos de Gamaliel.
-¿Y qué? Yo honro al gran Gamaliel y quisiera tenerlo conmigo porque es digno de ello. Sólo le falta esto para que su sabiduría se convierta en perfección. ¿Qué os ha dicho cuando os habéis despedido de él? Porque os habréis despedido de él, ¿no?
-Sí. Nos ha dicho: "Dichosos vosotros que podéis creer. Orad porque yo olvide para poder recordar".
Los apóstoles, que, curiosos, se han apiñado en torno a Jesús, se miran unos a otros y se preguntan en voz baja:
-¿Qué ha querido decir? ¿Qué quiere? ¿Olvidar para recordar?
Jesús oye este cuchicheo y explica:
-Quiere olvidar su sabiduría para asumir la mía. Quiere olvidar que es el rabí Gamaliel para acordarse de que es un hijo de Israel que espera al Cristo. Quiere olvidarse de sí mismo para acordarse de la Verdad.
-Gamaliel no miente, Maestro -interviene Hermas disculpándolo.
-No. Lo engañoso es la maraña de pobres palabras humanas, las palabras que ocupan el puesto de la Palabra; hay que olvidarlas, despojarse de ellas, acercarse desnudo y virgen a la Verdad, para ser vestido y fecundado. Esto requiere humildad. El escollo…
-¿Entonces nosotros también tenemos que olvidar?
-Sin duda. Olvidar todo lo que es cosa de hombre. Recordar todo lo que es cosa de Dios. Venid. Vosotros podéis hacerlo.
-Queremos hacerlo -asegura Hermas.
-¿Habéis vivido ya la vida de los discípulos?
-Sí. Desde el día en que supimos que habían matado al Bautista. La noticia llegó muy rápida a Jerusalén, por boca de los cortesanos y principales de Herodes. Su muerte nos sacó del entorpecimiento -responde Esteban.
-La sangre de los mártires siempre significa vida para los pusilánimes, Esteban; no lo olvides.
-Sí, Maestro. ¿Vas a hablar hoy? Siento hambre de tu palabra.
-Ya he hablado. Pero hablaré más, mucho, a vosotros discípulos Los compañeros vuestros, los apóstoles, han empezado ya su misión tras una activa preparación. Pero no son suficientes para las necesidades del mundo. Y es preciso tener todo hecho dentro de los márgenes de tiempo.
Yo soy como quien tiene un plazo y antes de que termine ese tiempo tiene que tener todo hecho. Os pido, a todos, ayuda, y ayuda os prometo y un futuro de gloria en nombre de Dios.
La penetrante mirada de Jesús detecta a un hombre todo arropado en un manto de lino:
-¿No eres el sacerdote Juan?
-Sí, Maestro. El corazón de los judíos es áspero como la quebrada maldita. He huido para buscarte.
-¿Y el sacerdocio?
-La lepra fue la primera que me expulsó del sacerdocio; luego fueron los hombres, porque te amo. Tu Gracia me aspira hacia sí: hacia ti; ella también me arroja de un lugar profanado para conducirme a lugar puro. Tú me has purificado, Maestro, en el cuerpo y en el espíritu. Una cosa pura no puede acercarse a una cosa impura; sería una ofensa para quien ha purificado.
-Tu juicio es severo, pero no injusto.
-Maestro, las fealdades de la familia son patentes sólo a quienes viven en ella, y no deben manifestarse sino a la persona de recto corazón. Tú lo eres. Y además Tú sabes las cosas. A otros no se lo diría. Aquí estamos Tú, tus apóstoles, y otros dos que también saben como Tú y como yo. Por tanto…
-Bien. Pero… ¿Tú también? ¡Paz a ti! ¿Has venido para ofrecer más comida?
-No. He venido por tu alimento.
-¿Se te ha malogrado la cosecha?
-¡No! ¡Nunca tan rica! Maestro mío, busco otro pan y otra cosecha: los tuyos. Tengo conmigo al leproso que curaste en mis tierras.
Ha vuelto a su patrón. Pero tanto él como yo tenemos ahora un patrón al que seguir y servir: Tú.
-Venid. Uno, dos, tres, cuatro… ¡Buena recolección! Pero, ¿habéis reflexionado sobre vuestra posición en el Templo? Vosotros ya sabéis, Yo también… y no digo más…
-Soy hombre libre y voy con quien quiero -dice el sacerdote Juan.
-Yo también -dice el último que ha llegado, el escriba Juan, que es el que el sábado dio comida al pie del monte de las Bienaventuranzas.
-Y nosotros también -dicen Hermas y Esteban. Y Esteban añade:
-Háblanos, Señor. No sabemos en qué consiste exactamente nuestra misión. Danos lo mínimo para poderte servir inmediatamente. El resto vendrá mientras te seguimos.
-Sí. En el monte hablaste de las bienaventuranzas. Ello era lección para nosotros. Pero, respecto a los demás, en el segundo amor, el del prójimo, ¿qué debemos hacer? -pregunta el escriba Juan.
-¿Dónde está Juan de Endor? -pregunta, por toda respuesta, Jesús.
-Allí, Maestro, con aquellos curados.
-Que venga aquí.
Acude Juan de Endor. Jesús le pone la mano en el hombro, con especial saludo, y dice:
-Pues bien, voy a hablar ahora. Quiero teneros delante de mí a vosotros que lleváis nombre santo: tú, mi apóstol; tú, sacerdote; tú, escriba; tú, Juan del Bautista; y tú, por último, cerrando la corona de gracias concedidas por Dios. Y, aunque te nombre el último, sabes que no eres el último en mi corazón. Un día te prometí estas palabras que voy a decir. Recíbelas.
Y Jesús, como hace habitualmente, sube a un pequeño ribazo, para que todos puedan verlo. Tiene enfrente, en primera fila, a los cinco Juanes. Detrás de éstos, el nutrido grupo de los discípulos mezclado con la multitud de los que, de todas las partes de Palestina, han venido por necesidad de salud o de palabra.
-Paz a todos vosotros. La sabiduría descienda sobre vosotros. Escuchad. Un día ya lejano uno me preguntó si Dios es misericordioso con los pecadores y hasta qué punto lo es. Quien lo preguntaba era un pecador que había sido perdonado y que no lograba convencerse del absoluto perdón de Dios. Yo por medio de parábolas lo calmé, lo conforté y prometí que para él hablaría siempre de misericordia, para que su corazón arrepentido -que, cual niño extraviado, lloraba dentro de él-se sintiera seguro de ser ya propiedad de su Padre del Cielo. Dios es Misericordia porque es Amor. El siervo de Dios debe ser misericordioso para imitar a Dios.
Dios se sirve de la misericordia como de un medio para atraer hacia sí a los hijos descarriados. El siervo de Dios debe servirse de la misericordia como de un medio para llevar a Dios a los hijos descarriados.
El precepto del amor es obligatorio para todos. Pero debe
ser triplemente obligatorio en los siervos de Dios. No se conquista el Cielo si no se ama. Decir esto es suficiente para los creyentes. A los siervos de Dios les digo: "No se hace conquistar el Cielo a los creyentes si no se los ama con perfección".
¿Y vosotros, quiénes sois, vosotros que os ceñís aquí alrededor de mí? Por lo general sois criaturas que tendéis a la vida perfecta, a la vida bendita, fatigosa, luminosa, del siervo de Dios, del ministro de Cristo. ¿Cuáles son vuestros deberes en esta vida de siervo y ministro? Un amor total a Dios, un amor total al prójimo. Vuestra finalidad: servir. ¿Cómo? Restituyendo a Dios a aquellos que el mundo, la carne, el demonio le han arrebatado. ¿En qué modo? Con el amor: el amor que tiene mil formas para desarrollarse, y un único fin: hacer amar.
Pensemos en nuestro hermoso Jordán. ¡Qué imponente, a su paso por Jericó! Pero, ¿era así en su nacimiento? No. Era un hilo de agua, y lo hubiera seguido siendo si hubiera estado siempre solo. Pero he aquí que de los montes y collados, de una y otra ribera de su valle, desciende un sinfín de afluentes, unos solos, otros ya formados de cien regatos; y todos desaguan en el lecho que va creciendo y creciendo hasta convertirse, del delicado riachuelo de plata azul que reía y jugaba en su niñez de río, en el amplio, solemne, pacífico río que inserta una cinta de azul celeste entre las feraces riberas de esmeralda.
Así es el amor. Un hilo inicial en los párvulos del camino de la Vida, que apenas si saben salvarse del pecado grave por temor al castigo; luego, prosiguiendo en el camino de la perfección, he aquí que de las montañas de lo humano, agrestes, áridas, soberbias, duras, se exprimen, por voluntad de amor, multitud de riachuelos de esta principal virtud; y todo sirve para que ésta mane y brote: los dolores, las alegrías, de la misma forma que sobre los montes sirven para formar riachuelo las nieves heladas y el sol que las derrite. Todo sirve para abrir a éstas el camino: la humildad como el arrepentimiento; todo sirve para llevarlas al río principal. Porque el alma, impulsada por ese Camino, se complace en bajar al anonadamiento del yo, aspirando a subir de nuevo, atraída por el Sol-Dios, una vez transformada en río caudaloso, hermoso, benefactor.
Los regatos que nutren el arroyo embrional del amor de temor son, además de las virtudes, las obras que las virtudes enseñan a cumplir; las obras que, precisamente por ser regatos de amor, son de misericordia. Examinémoslas juntos. Algunas ya eran conocidas por Israel, otras os las doy a conocer Yo, porque mi ley es perfección de amor.
Dar de comer a los hambrientos
Es deber de gratitud y amor. Deber de imitación. Los hijos se sienten agradecidos a su padre por el pan que les procura, y, cuando se hacen hombres, lo imitan procurando pan a sus hijos; y también procuran con su propio trabajo el pan a su padre, ya incapacitado para el trabajo por la edad: es ésta una amorosa restitución, obligada restitución de un bien recibido. Lo dice el cuarto precepto: "Honra a tu padre y a tu madre". También es honrar su canicie no reducirlos a mendigar el pan de otros.
Pero antes del cuarto está el primer precepto: “Ama a Dios con todo tu ser" y el segundo: “Ama a tu prójimo como a ti mismo". Amar a Dios por sí mismo y amarlo en el prójimo es perfección. Se le ama dando pan a quien tiene hambre, en recuerdo de cuantas veces Él sació el hambre del hombre con milagros.
Mas no nos fijemos sólo en el maná y las codornices, fijémonos también en el milagro continuo del trigo que germina por bondad de Dios, que ha dado la tierra capaz de ser cultivada, y que regula los vientos, lluvias, estaciones, para que la semilla se haga espiga y la espiga pan.
¿No ha sido, acaso, milagro de su misericordia el haber enseñado con luz sobrenatural al hijo culpable que esos tallitos altos y finos, terminados en granazón de semillas de oro con caliente fragancia de sol, encerradas dentro de la dura capa de escamas espinosas, eran alimento que había que recolectar, y quitarle la cáscara, molerlo, amasarlo, cocerlo? Dios ha enseñado todo esto; cómo recolectarlo, limpiarlo, molerlo, amasarlo y cocerlo.
Puso las piedras junto a las espigas, puso el agua junto a las piedras; encendió, con tornasoles de agua y sol, el primer fuego sobre la tierra, y el viento trajo granos y los colocó encima del fuego, y ardieron emanando agradable fragancia, para que el hombre entendiera que mejor que cuando se saca de la espiga, como es uso de las aves, o como glutinoso amasijo de harina empapada de agua, es cuando el fuego le tuesta.
¿No pensáis, vosotros que ahora coméis el buen pan cocido en el horno familiar, en cuánta misericordia significa el hecho de haber llegado a este acabado de la cocción?, ¿cuánto camino se ha hecho recorrer al conocimiento humano desde la primera espiga masticada como hace el caballo hasta el pan actual? ¿Y quién lo ha hecho? El que da el pan. Y lo mismo para todos los otros alimentos que el hombre, por benéfica luz, ha sabido detectar entre las plantas y los animales con que el Creador ha cubierto la faz de la tierra, lugar de castigo paterno para el hijo culpable.
Dar, pues, de comer a los hambrientos es oración de gratitud al Señor y Padre que nos da de comer, y es imitar al Padre, de quien tenemos semejanza dada gratis, y que es necesario aumentar cada vez más imitando sus acciones.
Dar de beber a los sedientos
¿Habéis pensado alguna vez que sucedería si el Padre no hiciera llover las aguas? Pues bien, si dijera: "Por vuestra dureza para con quien tiene sed, impediré a las nubes que desciendan a la tierra", ¿podríamos protestar y maldecir? El agua, más incluso que el trigo, es de Dios; porque el trigo es cultivado por el hombre, mas sólo Dios cultiva los campos de las nubes que descienden en forma de lluvias o rocíos, de nieblas o nieves, y nutren campos y aljibes, y colman ríos y lagos, recibiendo así a los peces que, junto con otros animales, sacian al hombre. ¿Podéis, pues, responder a quien os dice:
"Dame de beber": "No. Esta agua es mía y no te la doy? ¡Mentirosos! ¿Quién de vosotros ha hecho un solo copo de nieve o una sola gota de lluvia?, ¿quién ha evaporado un solo diamante de rocío con su calor astral? Ninguno. Es Dios quien lo hace. Y si las aguas descienden del cielo y vuelven a subir es sólo porque Dios regula esta parte de creación, como regula el resto.
Dad pues la buena agua fresca de las venas del suelo, o la pura de vuestro pozo, o la que ha llenado vuestras cisternas, a quien tiene sed. Son aguas de Dios. Y son para todos. Dadlas a quien tiene sed. Por una obra tan pequeña, que no os cuesta dinero, que no requiere más trabajo que el de acercar una taza o una jarra, os digo que seréis recompensados en el Cielo. Porque no ya el agua sino la obra de caridad es grande ante los ojos y el juicio de Dios.
Vestir a los desnudos
Pasan por los caminos de la tierra personas necesitadas desnudas, avergonzadas, en condiciones que da pena. Son ancianos abandonados, inválidos por enfermedades o desgracias, leprosos que por la bondad del Señor regresan a la vida, viudas cargadas de hijos, personas a quienes un infortunio ha privado de todo lo que significa comodidad, o huerfanitos inocentes. Si tiendo mi mirada por la vasta tierra, por todas partes veo personas desnudas o cubiertas de andrajos que apenas si resguardan la decencia y no amparan del frío; y estas personas miran con ojos descorazonados a los ricos que pasan envueltos en esponjosas vestiduras, cubiertos sus pies con suave calzado: descorazonados con bondad, los buenos; con odio, los menos buenos. ¿Por qué no aligeráis su desaliento, y los hacéis mejores si ya son buenos o destruís el odio si son menos buenos, con vuestro amor?
No digáis: "Sólo me alcanza para mí". Como para el pan, siempre hay algo más de lo necesario en la mesa y en los armarios de quien no es un completo desvalido. Entre los que me estáis escuchando hay más de uno que ha sabido, de un vestido que ya no se usaba por estar deteriorado, sacar un vestidito para un huérfano o para un niño pobre, y de una sábana vieja hacer pañales para un inocente que no los tenía; y hay uno que, siendo él un pordiosero, supo compartir durante años el pan mendigado trabajosamente con quien, por la lepra, no podía ir extendiendo la mano por las puertas de los ricos. Pues bien, en verdad os digo que estos misericordiosos no han de buscarse entre los poseedores de bienes, sino entre las humildes huestes de los pobres, que, por serlo, saben lo penosa que es la pobreza.
También en este caso, como para el agua y el pan, pensad que la lana y el lino con que os vestís provienen de animales y plantas creadas por el Padre no sólo para los hombres ricos, sino para todos los hombres. Porque Dios ha dado una sola riqueza al hombre, la suya, que es la riqueza de la Gracia, de la salud, de la inteligencia. No la contaminada riqueza del oro, que habéis elevado -de metal no más bonito que los demás, y mucho menos útil que el hierro, con el cual se hacen layas y arados, gradas y hoces, cinceles, martillos, sierras, cepillos para los carpinteros, las santas herramientas del santo trabajo-a metal noble; lo habéis elevado a una nobleza inútil, engañosa, por instigación de Satanás, que, de hijos de Dios, os ha reducido a seres salvajes como fieras. ¡La riqueza de lo santo os había puesto en condiciones de santificaros cada vez más! ¡No esta riqueza que tanta sangre y lágrimas hace brotar!
Dad como se os ha dado. Dad en nombre del Señor, sin temor a quedaros desnudos. Mejor sería morir de frío por haberse desnudado en favor del mendigo, que congelar el corazón, aun estando cubierto por esponjosas vestiduras, por falta de caridad. El suave calor del bien cumplido es más dulce que el de un manto de purísima lana, y la carne vestida del pobre habla a Dios y dice: "Bendice a quien nos ha cubierto".
Si dar de comer, dar de beber, vestir, privándose uno a sí mismo para dar a los demás, une la santa templanza a la santísima caridad, y también la bienaventurada justicia, por la cual se modifica con santidad la suerte de los hermanos infelices, dando de lo que no sin el permiso de Dios abundantemente tenemos, en pro de quien, o por la maldad de los hombres o por enfermedad, carece de ello, hospedar a los peregrinos une la caridad a la confianza y al recto pensamiento sobre el prójimo.
Sabed que éstas son también virtudes. Virtudes que denotan, en quien las posee, además de caridad, honestidad. Porque el que es honesto obra bien, y, dado que se piensa que los demás actúan como habitualmente actuamos, sucede que la confianza, la sencillez, que creen que las palabras de los demás son verdaderas, denotan que el que escucha estas palabras dice la verdad en las cosas grandes y pequeñas, por lo que no desconfía de lo que los demás manifiestan.
¿Por qué pensar, frente al peregrino que os pide hospedaje: "¿Y si luego es un ladrón o un homicida?" ¿Tanta estima tenéis de vuestras riquezas, que os echáis a temblar por ellas ante cada extraño que llega? ¿Tanta estima tenéis de vuestra vida, que os acurrucáis de horror al pensar que os podáis quedar sin ella? ¿Acaso creéis que Dios no puede defenderos de los ladrones? ¿Acaso teméis que en el viandante se cele un ladrón y no tenéis miedo del tenebroso huésped que os despoja de aquello que es insustituible? ¡Cuántos hospedan en su corazón al demonio!
Podría decir: Todos alojan el pecado capital, y ninguno tiembla por ello. ¿Entonces sólo es precioso el bien de la riqueza y la existencia? ¿No será más valiosa la eternidad, que os dejáis arrebatar y matar por el pecado? ¡Pobres almas, pobres almas despojadas de su tesoro, entregadas a las manos de los asesinos -así, sin más, como si tuviera poca importancia-, mientras que se abaluartan las casas, se meten cerrojos, perros, cajas de seguridad, para defender las cosas que no nos llevamos a la otra vida!
¿Por qué querer ver en cada peregrino un ladrón? Somos hermanos. La casa se abre para los hermanos que van de paso. ¿No es de nuestra misma sangre el peregrino? ¡Sí! Es sangre de Adán y Eva! ¿No es nuestro hermano? ¡Claro que sí! El Padre es uno sólo: Dios, que nos ha dado un alma igual, de la misma forma que a los hijos de un mismo lecho un solo padre da una misma sangre. ¿Es pobre? Haced que vuestro espíritu, privado de la amistad del Señor, no sea más pobre que él. ¿Lleva un vestido roto? Haced que no esté más rota vuestra alma por el pecado.
¿Su pie está lleno de barro o polvoriento? Haced que vuestro yo no esté más deteriorado por los vicios, que sucias sus sandalias por tanto camino hecho, rotas por haber andado mucho. ¿Su aspecto es desagradable? Haced que no lo sea más el vuestro ante los ojos de Dios. ¿Habla una lengua extranjera? Haced que el lenguaje de vuestro corazón no sea incomprensible en la ciudad de Dios.
Ved en el peregrino a un hermano. Todos somos peregrinos en camino hacia el Cielo, todos llamamos a las puertas que hay a lo largo del camino que va al Cielo; las puertas son los patriarcas y los justos, los ángeles y los arcángeles, a los cuales nos encomendamos para recibir ayuda y protección y así llegar a la meta sin caer exhaustos en la oscuridad de la noche, en medio de la crudeza del hielo, víctimas de las asechanzas de los lobos y chacales de las malas pasiones, y de los demonios. De la misma forma que queremos que los ángeles y los santos nos abran su amor para recibirnos e infundirnos nuevo aliento para proseguir el camino, hagamos lo mismo nosotros con los peregrinos de la tierra. Por cada vez que abramos la casa y los brazos, saludando con el dulce nombre de hermano a un desconocido, pensando en Dios que lo conoce, os digo que habrán quedado recorridas muchas millas del camino que va al Cielo.
Visitar a los enfermos
¡Oh, verdaderamente todos los hombres, de la misma forma que son peregrinos, están enfermos! ¡Verdaderamente las enfermedades más graves son las del espíritu; las invisibles y mayormente letales! Y, a pesar de ello, de éstas no se siente asco; no repugna la llaga moral, no produce náuseas el hedor del vicio, no da miedo la locura demoníaca, no horroriza la gangrena de un leproso del espíritu, no pone en fuga el sepulcro lleno de podredumbre de un hombre de corazón corrompido y putrefacto, no implica anatema acercarse a una de estas impurezas vivientes. ¡Oh, cuán pobre y pequeño es el pensamiento del hombre!
Decidme: ¿qué vale más, la carne y la sangre o el espíritu?, ¿puede lo material corromper, por proximidad, a lo incorpóreo? No, os digo que no. El espíritu tiene infinito valor respecto a la carne y la sangre; esto sí. Pero, que tenga más poder la carne que el espíritu no. Y el espíritu puede ser corrompido por cosas espirituales, no por cosas materiales. No porque uno cuide a un leproso queda contaminado de lepra en su espíritu; antes al contrario, por la caridad ejercitada hasta el punto de aislarse en valles de muerte por piedad hacia el hermano, cae de él toda mancha de pecado. Porque la caridad es absolución del pecado y la primera de las purificaciones.
Que vuestro pensamiento inicial sea siempre: "¿Qué querría que hicieran conmigo, si estuviera como éste?". Y obrad como quisierais que se obrase con vosotros.
Ahora todavía Israel tiene sus antiguas leyes. Mas llegará un día, cuya aurora no está muy lejana, en que se venerará como símbolo de absoluta belleza la imagen de Uno en quien quedará reproducido materialmente el Varón de dolores de Isaías y el Torturado del salmo davídico; Aquel que, por haberse hecho semejante a un leproso, vendrá a ser el Redentor del género humano; a sus llagas acudirán --como los ciervos a los manantiales-todos los sedientos, los enfermos, los exhaustos, los que sobre la faz de la tierra lloran, y Él calmará su sed, los curará, los reanimará, consolará su espíritu y su carne; será aspiración de los mejores hacerse como Él, cubiertos de llagas, exangües, maltratados, coronados de espinas, crucificados, por amor de los hombres necesitados de redención, continuando la obra del Rey de los reyes y Redentor del mundo. Vosotros, que todavía sois Israel, pero que ya estáis echando las alas para volar al Reino de los Cielos, tened desde ahora esta concepción y valoración nueva de las enfermedades, y, bendiciendo a Dios que os mantiene sanos, avecinaos a los que sufren y mueren.
Un apóstol mío dijo un día a su hermano: "No temas tocar a los leprosos. No se nos pega ninguna enfermedad por voluntad de Dios". Bien dijo. Dios tutela a sus siervos. Pero, en el caso de que fuerais contagiados cuidando a los enfermos, cual mártires del amor seréis introducidos en la otra vida.
Visitar a los presos
¿Creéis que en las cárceles están sólo los delincuentes? La justicia humana tiene un ojo ciego y el otro alterado por perturbaciones visuales, y es así que ve camellos donde hay nubes o confunde una serpiente con una rama florecida. Juzga mal. Y peor todavía porque es frecuente que el que la dirige cree nubes de humo para que la justicia vea peor aún. Pero, aunque todos los presos fueran ladrones y homicidas, no es justo que nosotros nos hagamos ladrones y homicidas quitándoles la esperanza del perdón con nuestro desprecio.
¡Pobres presos! Sintiéndose bajo el peso de su delito, no se atreven a alzar los ojos a Dios. En verdad, cargan sus cadenas más el espíritu que los pies. Pero, ¡ay si desesperan de Dios!: unen entonces a su delito hacia el prójimo el de la desesperación de obtener perdón. La cárcel, como la muerte en el patíbulo, es expiación. Pero no basta con pagar la parte debida a la sociedad humana por el delito cometido; hay que pagar también, y principalmente, la parte debida a Dios, para expiar, para obtener la vida eterna. Y el que es rebelde y está desesperado sólo expía respecto a la sociedad. A1 condenado o al prisionero vaya el amor de los hermanos.
Será una luz entre las tinieblas. Será una voz. Será una mano que señala hacia lo alto, mientras la voz dice: "Que mi amor te exprese que también Dios te ama, Él, que me ha puesto en el corazón este amor hacia ti, hermano desventurado", y la luz permite vislumbrar a Dios, Padre compasivo. Con mayor razón aún, vaya vuestra caridad para consuelo de los mártires de la injusticia humana, de los que no son culpables de ninguna manera, o de aquellos que han sido conducidos a matar por una fuerza cruel. No añadáis vuestro juicio donde ya se ha juzgado. No sabéis la razón de por qué un hombre pudo matar. No sabéis tampoco que muchas veces el que mata no es sino un muerto, un autómata carente de razón porque un incruento asesino se la ha quitado con la mezquindad de una cruel traición.
Dios sabe las cosas. Basta. En la otra vida se verán muchos de las cárceles, muchos que mataron y robaron, en el Cielo, y se verán muchos, que parecieron sufrir robo y muerte homicida, en el Infierno, porque, en realidad, los verdaderos ladrones de la paz, honradez, confianza ajenas, los verdaderos asesinos de un corazón, fueron ellos: las pseudo-víctimas: víctimas sólo en cuanto que recibieron en el extremo momento el golpe, pero después de que durante años, en el silencio, lo habían descargado ellos. El homicidio y el hurto son pecados. Pero, entre quien mata y roba arrastrado por otros a estas acciones y luego se arrepiente, y quien induce a otros al pecado y no se arrepiente de ello, recibirá mayor castigo el que induce al pecado sin sentir remordimiento.
Por tanto, no juzgando nunca, sed compasivos con los presos. Pensad siempre que, si fueran castigados todos los homicidios y robos del hombre, pocos hombres y mujeres no morirían en las cárceles o en los patíbulos.
¿Esas madres que conciben y luego no quieren traer a la luz el propio fruto, cómo habrán de llamarse? ¿No hagamos juegos de palabras! Digámosles sinceramente su nombre: "Asesinas".
¡Los hombres que roban reputaciones y puestos, cómo los llamaremos? Pues sencillamente como lo que son: "Ladrones". ¡Esos hombres y mujeres que por ser adúlteros o por ser atormentadores familiares para con los suyos, impulsan a éstos al homicidio o al suicidio -y lo mismo los grandes de la tierra que llevan a la desesperación a sus subordinados, y con la desesperación a la violencia-, qué nombre tienen? Éste: "Homicidas". ¿Y entonces? ¿No huye ninguno? Ya veis que se vive sin darle mayor importancia a la cosa en medio de estos presidiarios escapados a la justicia, que llenan las casas y las ciudades, que nos pasan rozando por las calles y duermen en las posadas con nosotros y con nosotros comparten la mesa. ¿Y quién está libre de pecado?
Si el dedo de Dios escribiera en la pared de la sala en que celebran su festín los pensamientos de los hombres -en la frente-las acusadoras palabras de lo que fuisteis, sois o seréis, pocas frentes llevarían escrita, con letras de luz, la palabra "inocente". Las otras frentes, con letras verdes como la envidia, o negras como la traición, o rojas como el delito, llevarían las palabras "adúlteros", "asesinos'". "ladrones", "homicidas".
Sed pues, sin soberbia, misericordiosos para con los hermanos menos afortunados, humanamente, que están en las cárceles expiando lo que vosotros no expiáis por la misma culpa: saldrá beneficiada vuestra humildad.
Enterrar a los muertos
La contemplación de la muerte es escuela de la vida.
Quisiera poder conduciros a todos ante la muerte y decir:
"Sabed vivir como los santos para sufrir sólo esta muerte: pasajera separación del cuerpo del espíritu, para luego resucitar en triunfo eternamente, reintegrados, dichosos".
Todos nacemos desnudos. Todos morimos y venimos a ser restos destinados a corromperse. Reyes o pordioseros, así se nace, así se muere. Y aunque el fasto del rey permita una más duradera conservación del cadáver, sigue siendo la desintegración el destino de la carne muerta. Las mismas momias, ¿qué son? ¿Carne? No. Materia fosilizada por las resinas, lignificada. No será víctima de los gusanos, por haber sido vaciada y quemada por los extractos, pero sí de la carcoma, como una madera vieja.
Pero el polvo se convierte de nuevo en polvo, porque así lo ha dicho Dios. Y a pesar de todo, por el solo hecho de que este polvo haya envuelto al espíritu y por éste haya sido vivificado, hay que pensar que, cual cosa que ha tocado una gloria de Dios -tal es el alma del hombre-, hay que pensar que es polvo santificado de forma no distinta de los objetos que han estado en contacto con el Tabernáculo.
Al menos hubo un momento en que el alma fue perfecta: mientras el Creador la creaba. Si después la Mancha la desfiguró, quitándole perfección, no obstante, por el solo hecho de su Origen ya comunica belleza a la materia, y por esa belleza que viene de Dios el cuerpo se embellece y merece respeto. Somos templos y como tales, merecemos honor, de la misma forma que siempre reciben honor los lugares en que estuvo el Tabernáculo.
Dad, pues, a los muertos la caridad de un descanso venerado en espera de la resurrección, viendo en la admirable armonía del cuerpo humano la mente divina que lo ideó y el divino pulgar que lo modeló con perfección, y venerando incluso en el cadáver la obra del Señor.
Pero el hombre no es solamente carne y sangre. Es también alma y pensamiento. También éstos sufren y deben ser socorridos misericordiosamente.
Hay ignorantes que hacen el mal sólo porque no conocen el bien. ¡Cuántos, que no saben, o saben mal, las cosas de Dios y las leyes morales! Cual hambrientos flaquean porque nadie les da de comer, caen en el marasmo por falta de verdades que los nutran. Id e instruidlos, pues para esto os reúno y envío. Dad el pan del espíritu para el hambre de los espíritus.
Instruir a los que no saben corresponde, en lo espiritual, a dar de comer a los hambrientos; y, si ofrecer un pan al cuerpo que flaquea, de forma que ese día no muera, será premiado, ¿qué premio recibirá aquel que dé de comer a un espíritu hambriento de verdades eternas y le dé así eterna vida? No seáis avaros de lo que sabéis. Os ha sido dado gratis y sin medida. Dadlo sin avaricia, porque es cosa de Dios como el agua del cielo y ha de darse como se nos da a nosotros. No seáis avaros, y tampoco soberbios, de lo que sabéis. Antes bien, dad con humilde generosidad.
"Y dad el alivio límpido y benéfico de la oración a los vivos y a los muertos que tienen sed de gracias. No se debe negar el agua a las gargantas sedientas. ¿Y qué se deberá dar a los corazones de los vivos angustiados; qué, a los espíritus en pena de los muertos? Oraciones, oraciones activas, de amor y espíritu de sacrificio; por tanto, fecundas.
La oración debe ser verdadera, no mecánica como sonido de rueda en el camino. ¿Qué hace avanzar al carro, el sonido
o la rueda? La rueda, que se consume para hacerlo avanzar.
Lo mismo para la oración vocal y mecánica y la oración activa. La primera es sonido, nada más; la segunda es obra en que se desgastan las fuerzas y crece el Sufrimiento: pero se obtiene la finalidad. Orad más con el sacrificio que con los labios, y proporcionaréis alivio a los vivos y a los muertos, haciendo la segunda obra de misericordia espiritual. Las oraciones de los que saben orar salvarán más al mundo que las fragorosas, inútiles, mortíferas batallas.
Hay muchas personas con saber en el mundo, pero que no saben creer con firmeza. Titubean, titubean, como aferrados por dos sogas opuestas, y no caminan ni un solo paso; se cansan las fuerzas y no se logra nada. Son los vacilantes. Son los de los "pero", los de los “sí” los de los "¿y luego?"; los de las preguntas: “¿Será así?", "¿Y si no fuera así?", "¿Voy a poder?", "¿Y si no lo logro?"etc.
Son esos convólvulos que si no encuentran dónde agarrarse no suben; y, aunque lo encuentren, se bambolean para un lado o para otro, y no sólo hay que procurarles el soporte, sino que hay que colocarlos en él a cada cambio de la jornada. ¡Verdaderamente hacen practicar la paciencia y la caridad más que un párvulo retrasado!
¡Pero, en nombre del Señor, no los abandonéis! Dad toda la fe luminosa, la fortaleza ardiente, a estos prisioneros de sí mismos, de su enfermedad neblinosa. Guiadlos hacia el sol y hacia lo alto. Sed maestros y padres para con estas personas inseguras. Sin cansancios ni impaciencias. ¿Que le hacen caérsele el alma a los pies a uno? Muy bien.
También vosotros muchas veces me la hacéis caer a mí, y más todavía al Padre que está en el Cielo, que debe pensar muchas veces que parece inútil el que la Palabra se haya hecho Carne, ya que el hombre, aun oyendo hablar ahora al Verbo de Dios, sigue dudando ¡No querréis ya presumir de estar por encima de Dios y de mí!
Abrid, pues, las cárceles a estos prisioneros de los "pero" y de los "si". Romped las cadenas de los "¿voy a poder?", "¿si no lo logro?" Persuadidlos de que basta con hacer lo mejor posible todo; Dios está contento así. Y, si los veis deslizarse y caer de su soporte, no paséis de largo; levantadlos otra vez; como hacen las madres, que no siguen su camino si su pequeñuelo se cae, sino que se paran, lo levantan, lo limpian, lo consuelan, lo sujetan, hasta que se le pasa el miedo de caerse otra vez; y esto lo hacen durante meses y años si el niño es débil de piernas.
Vestid a los desnudos del espírituperdonando a quien os ofende La ofensa es anticaridad. La anticaridad desnuda de Dios. Por tanto, quien ofende se queda desnudo, y sólo el perdón del ofendido devuelve los vestidos a la desnudez, porque los lleva de nuevo Dios. Dios espera a que el ofendido haya perdonado para perdonar. Perdonar tanto al que ha sido ofendido por el hombre como al ofensor del hombre y de Dios. Porque, ¡digámoslo claramente!, ninguno está libre de ofensas a su Señor. Pero Dios nos concede el perdón si nosotros se lo concedemos al prójimo, y se lo concede a este prójimo si el ofendido por éste perdona. Seréis tratados de la misma forma como os comportéis con los demás.
Perdonad, pues, si queréis perdón, y exultaréis en el Cielo por la caridad que habéis dado, como por un manto de estrellas colocado sobre vuestros santos hombros.
Sed misericordiosos con los que lloran
Son los heridos de esta vida, los enfermos del corazón, de los sentimientos de su corazón. No os cerréis dentro de vuestra serenidad como en una fortaleza. Sabed llorar con el que llora, consolar al afligido, llenar el vacío de quien ha quedado privado, por la muerte, de un familiar; sed padres para los huérfanos, hijos para los padres, hermanos recíprocamente los unos de los otros.
Amad. ¿Por qué amar solamente a los que son felices? Ellos tienen ya su parte de sol. Amad a los que lloran. Para el mundo, son los que menos suscitan amor. Pero el mundo no conoce el valor de las lágrimas. Vosotros lo conocéis. Amad, pues, a los que lloran. Amadlos si lloran con resignación; amadlos más todavía si sufren con rebeldía: no los reprendáis, sino sed dulces con ellos para persuadirlos de la verdad del dolor y de la verdad sobre el dolor. Pueden, tras el velo del llanto, ver deformado el rostro de Dios, reducido a una expresión de un excesivo, vindicativo poder. No. ¡No os escandalicéis! No es sino alucinación producida por la fiebre del dolor. Socorredlos para que la fiebre desaparezca. Sea vuestra fresca fe hielo que ofrecéis al que delira.
Y, cuando desaparezca la fiebre aguda, para dejar paso a la postración y al atontamiento extrañado del que sale de un trauma, entonces, como a niños cuya formación ha sido retardada por una enfermedad, reanudad vuestras palabras sobre Dios, como si se tratara de algo nuevo, hablando dulcemente, pacientemente… ¡Ah, una bonita fábula con intención de distraer a ese eterno niño que es el hombre! Luego callad. No impongáis… El alma trabaja por sí sola:
"¿Entonces no era Dios?", decid: "No. Él no quería hacerte daño, porque te quiere; incluso por aquellos que ya no te quieren, o por haber muerto o por otros motivos". Y cuando el alma dice: "Pero lo he acusado", decid: "Lo ha olvidado porque era fiebre". Y cuando dice: "Entonces… lo anhelo", decid: "¡Está ahí!, a la puerta de tu corazón, esperando a que le abras".
Soportad a las personas pesadas
Entran en la pequeña casa de nuestro yo y crean molestias, de la misma forma que los peregrinos respecto a la casa en que vivimos. Pues bien, de la misma forma que os he dicho que acojáis a éstos, os digo también que acojáis a aquéllos. ¿Os resultan pesadas? Vosotros no las amáis, debido a la molestia que os causan; sin embargo, ellas, mejor o peor, os aman. Acogedlas por este amor. Y aunque vinieran indagando, odiando, insultando, ejercitad la paciencia y la caridad.
Podéis mejorar a estas personas con vuestra paciencia, podéis escandalizarlas con vuestra anticaridad. Os debe doler el que pequen, por ellas; pero más os debe doler el hacerles pecar, y pecar vosotros mismos. Recibidlas en nombre mío si no podéis recibirlas por amor vuestro. Dios os recompensará yendo Él mismo, después, a devolveros la visita, y a borrar, con sus sobrenaturales caricias, el desagradable recuerdo.
En fin, haced por sepultar a los pecadores para preparar su retorno a la Vida de la Gracia. ¿Sabéis cuándo hacéis esto? Cuando los amonestáis con paterna, paciente, amorosa insistencia. Es como si fuerais enterrando poco a poco las fealdades del cuerpo, antes de deponer éste en el sepulcro en espera de la orden de Dios: "Levántate y ven a mí".
¡No purificamos, nosotros hebreos, a los muertos por respeto al cuerpo que habrá de resucitar? Reprender a los pecadores es como purificar sus miembros, que es la primera operación de la sepultura La Gracia del Señor hará el resto. Purificadlos con caridad, lágrimas y sacrificios. Sed heroicos para arrebatar a un espíritu de la corrupción. ¡Sed heroicos!
No quedará sin premio, porque, si se premia el ofrecimiento de un vaso de agua a un sediento del cuerpo, ¿qué habrá de recibir el que aleje de la sed infernal a un espíritu?
He dicho. Éstas son las obras de misericordia del cuerpo y del espíritu, que aumentan el amor. Id y ponedlo en práctica. Y que la paz de Dios y mía sea con vosotros ahora y siempre.
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
La tarde está ya avanzada; es casi de noche, porque apenas si se ve por el sendero que trepa hacia la cima de un cerro en que hay, diseminados, árboles de olivo, según me parecen. De todas formas, dada la luz, no puedo asegurarlo. Bueno, son árboles no demasiado altos, frondosos y retorcidos, como generalmente son los olivos.
Jesús está solo. Vestido de blanco y con su manto azul oscuro. Sube y se interna entre los árboles. Camina con paso largo y seguro. No va rápido, pero, debido a lo largo que da los pasos, recorre mucho camino aun yendo sin prisa. Anda hasta llegar a una especie de balcón natural, desde el que uno se asoma al lago; un lago todo calmado bajo la luz de las estrellas que ya abarrotan el cielo con sus ojos de luz. El silencio envuelve a Jesús con su abrazo relajador; le aleja y distrae su memoria de las muchedumbres y de la tierra, y le une al cielo que parece descender más para adorar al Verbo de Dios y acariciarlo con la luz de sus astros.
Jesús ora en su postura habitual, en pie y con los brazos abiertos en cruz. Tiene detrás de su espalda un olivo; parece ya crucificado en este tronco oscuro. Puesto que es alto, el follaje sobresale poco por encima de Él, y sustituye con una palabra conforme al Cristo el cartel de la cruz: allí, Rey de los judíos; aquí, Príncipe de la paz. (El pacífico olivo habla cabalmente a quien sabe oír).
Ora largo tiempo. Luego se sienta en la prominencia que sirve de base al olivo, encima de una gruesa raíz que sobresale, y toma su postura habitual, con las manos entrecruzadas y los codos apoyados sobre las rodillas. Medita. ¿Quién sabrá qué divina conversación entabla con el Padre y el Espíritu en esta hora en que está solo y puede ser todo de Dios! ¡Dios con Dios!
Creo que pasan muchas horas así, porque veo que las estrellas cambian de zona y muchas se han ocultado ya por el occidente.
En el preciso momento en que un asomo de luz -es más, de luminosidad, porque todavía no se puede llamar luz-se dibuja en el extremo horizonte del este, una vibración de viento menea el olivo Luego, calma. Luego vuelve, más fuerte. Con pausas sincopadas cada vez más violentas.
La luz del alba, que apenas si acaba de nacer encuentra dificultad para abrirse camino a través de una acumulación de nubes oscuras que vienen a ocupar el cielo, empujadas por ráfagas de un viento cada vez más fuerte. El lago tampoco está ya sereno; antes al contrario, creo que está formando una borrasca como la de la visión de la tempestad. El ruido de las frondas y el ronquido de las aguas llenan ahora este espacio, poco antes tan sosegado.
Jesús sale del ensimismamiento de su meditación. Se pone en pie. Mira al lago. Busca en él, a la luz de las estrellas que aún quedan y de la pobre aurora enferma, y ve a la barca de Pedro avanzando fatigosamente hacia la orilla opuesta, pero sin llegar. Jesús se envuelve estrechamente en su manto y se echa a la cabeza, como si fuera una capucha, los bajos (que penden y le dificultarían el descenso); y baja corriendo, no por el camino ya hecho, sino por un senderillo rápido que va directamente al lago. Va tan deprisa, que parece volar.
Llegado a la orilla, sacudida por las aguas, que forman en el guijarral toda una orla de espuma rumorosa y bofa, prosigue su veloz camino como si no andara sobre un elemento líquido y todo en movimiento, sino sobre el más liso y sólido pavimento de la tierra.
Ahora Él se hace luz. Parece como si toda la poca luz, que todavía llega de las raras y moribundas estrellas y de la borrascosa aurora, convergiera en El; parece como si fuera recogida como fosforescencia en torno a su cuerpo esbelto. Vuela en las olas, en las crestas espumosas, en los pliegues oscuros entre ola y ola, con los brazos extendidos hacia adelante, hinchándosele el manto en torno a la cara y flotando al viento -relativamente, porque está muy ceñido al cuerpo-con pulsación de ala.
Los apóstoles lo ven y lanzan un grito de miedo que el viento lleva hacia Jesús.
-No temáis. Soy Yo.
La voz de Jesús, a pesar de tener el viento en contra, se expande sin dificultad por el lago.
-¿Eres Tú verdaderamente, Maestro? -pregunta Pedro.
-Si eres Tú, dime que vaya a ti caminando como Tú sobre las aguas.
Jesús sonríe:
-Ven -dice sencillamente, como si caminar por el agua fuera la cosa más natural del mundo.
Y Pedro, semidesnudo como está, o sea, con una túnica ligera, corta y sin mangas, salta por encima de la borda y va hacia Jesús. Pero, cuando se encuentra a unos cincuenta metros de la barca y casi a otros tantos de Jesús, se apodera de él el miedo. Hasta ahí lo ha mantenido su impulso de amor. Ahora la humanidad le sobrepuja y… tiembla, temiendo por su propia vida. Como quien estuviera sobre un suelo resbaladizo -o mejor, sobre arena movediza-, empieza a bambolearse, a hacer movimientos bruscos, a hundirse. Y cuanto más acciona sus miembros y más miedo tiene, más se hunde.
Jesús se ha detenido y lo está mirando, serio. Espera. Pero ni siquiera extiende una mano; es más, tiene ambas manos entrecruzadas sobre el pecho. Ya no da un paso, no dice una palabra.
Pedro se hunde. Desaparecen los tobillos, las espinillas, las rodillas. El agua le llega casi a las ingles, las superan, suben hacia la cintura. Y el terror se lee en su rostro. Un terror que paraliza incluso su pensamiento. No es más que una carne con miedo a ahogarse. No piensa ni siquiera en echarse a nadar. Nada. Está alelado de miedo.
Por fin se decide a mirar a Jesús. Le basta mirarlo para que su mente empiece a razonar, a comprender dónde hay salvación.
-Maestro, Señor, sálvame.
Jesús abre los brazos y, casi como llevado por el viento y la ola, se apresura hacia el apóstol, le tiende la mano y le dice:
-¡Oh, qué hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado de mí? ¿Por qué has querido actuar por ti mismo?
Pedro, que se ha agarrado convulsamente a la mano de Jesús, no responde. Se limita a mirarlo, para ver si está airado, lo mira con mezcla de restante miedo y naciente arrepentimiento.
Pero Jesús sonríe y lo mantiene bien sujeto por la muñeca, hasta que, habiendo llegado a la barca, superan la borda y suben a bordo. Y Jesús ordena:
-Id a la orilla. Éste está empapado. Y sonríe mientras mira al humillado apóstol.
Las olas se allanan para facilitar el arribo. La ciudad, vista otra vez desde lo alto de una colina, ahora se delinea allende la orilla. La visión me termina aquí.
Dice Jesús:
-Muchas veces no espero siquiera a ser llamado, cuando veo a hijos míos en peligro. Y muchas veces acudo también en favor del hijo ingrato conmigo.
Vosotros dormís o estáis embebidos en los cuidados de esta vida, en los afanes de esta vida. Yo velo y oro por vosotros. Ángel de todos los hombres, velo sobre vosotros, y para mí no hay nada más doloroso que el no poder intervenir por rechazar vosotros mi intervención, prefiriendo actuar por vosotros mismos, o, peor aún, solicitando la ayuda del Mal. Como un padre al que su hijo le da a entender: "No te amo. No te quiero conmigo. Sal de mi casa", quedo humillado y dolorido como no lo estuve por las heridas. Pero si lo que pasa es que estáis distraídos por esta vida y mínimamente no me instáis a que me vaya, entonces soy el eterno Velador dispuesto a acudir antes incluso de ser llamado. Y si espero a que apenas me digáis una palabra -alguna vez lo espero -es para oír vuestra llamada.
¡Qué caricia, qué dulzura oír que me llaman los hombres; percibir que se acuerdan de que soy "Salvador"! Y no te digo qué infinita alegría me penetra y exalta cuando hay alguien que me ama y me llama incluso sin esperar el momento de la necesidad; que me llama porque me quiere más que a nadie en el mundo y se siente llenar de una alegría semejante a la mía por el simple hecho de llamarme: "¡Jesús, Jesús!", como hacen los niños cuando llaman a sus madres: "¡Mamá, mamá!" y les parece como si fluyera miel de entre sus labios, pues el simple hecho de pronunciar la palabra "mamá" conlleva el sabor de los besos maternos.
Los apóstoles bogaban, obedeciendo a mi orden de que fueran a esperarme a Cafarnaúm. Yo, tras el milagro de los panes, me había alejado de la gente, no por desdén hacia ella o por cansancio.
Nunca sentía desdén hacia los hombres, ni siquiera si conmigo eran malos. Sólo me indignaba cuando veía pisoteada la Ley y profanada la casa de Dios. No estaba entonces en juego Yo, sino los intereses del Padre; y Yo era en la tierra el primero de los siervos de Dios al servicio del Padre de los Cielos. Nunca estaba cansado de dedicarme a las muchedumbres, a pesar de verlas tan obtusas, tardas, humanas, como para hacer perder el ánimo a los más optimistas en su misión.
Es más, precisamente por estas grandes deficiencias, multiplicaba hasta el infinito mis lecciones, los consideraba verdaderamente como escolares retrasados y guiaba su espíritu hacia los más rudimentales descubrimientos y pasos primeros, de la misma forma que un paciente maestro guía las manitas inexpertas de los escolares para que tracen los primeros signos, para irlos haciendo cada vez más capaces de comprender y hacer. ¡Cuánto amor di a las gentes! Los cogía de la carne para llevarlos al espíritu. Sí, Yo también empezaba por la carne; pero, mientras que Satanás coge de la carne para meter en el Infierno, Yo cogía de la carne para llevar al Cielo.
Me había aislado para dar gracias al Padre por el milagro de los panes. Habían comido muchos millares de personas. Yo había exhortado a decir al Señor "gracias". Mas el hombre, una vez conseguida la ayuda, no sabe decir "gracias". Di Yo las gracias por ellos.
Y después… y después me había fundido con mi Padre, del cual sentía una nostalgia de amor infinita. Vivía en la tierra, pero como un cadáver inerte. Mi espíritu se había lanzado al encuentro de mi Padre -lo sentía inclinado hacia su Verbo-para decirle: "¡Te amo, Padre Santo!".
Decirle "te amo" era mi dicha. Decírselo como Hombre además de como Dios. Prosternar ante Él el sentimiento del hombre, de la misma forma que le ofrecía mi palpitar de Dios. Me veía como un imán que atraía hacia sí todos los amores del hombre, del hombre capaz de amar un poco a Dios; y me parecía acumularlos y ofrecerlos en la cavidad de mi Corazón. Me veía Yo solo el Hombre, o sea, la raza humana, que volvía -como en los tiempos inocentes-a conversar con Dios con el fresco del atardecer.
Pero no me abstraía de las necesidades de los hombres, a pesar de que la beatitud fuera completa, pues era beatitud de caridad. Y advertí el peligro que corrían mis hijos en el lago. Entonces dejé al Amor por el amor. La caridad debe ser diligente.
Me tomaron por un fantasma. ¡Oh, cuántas veces, pobres hijos míos, me tomáis por un fantasma, un objeto que infunde miedo! Si pensarais continuamente en mí, me reconoceríais al momento. Pero tenéis muchos otros espectros en vuestro corazón y ello os aturde. Yo me doy a conocer. ¡Ah, si supierais oírme!
¿Por qué se hunde Pedro después de haber andado muchos metros? Tú lo has dicho: porque la humanidad sobrepuja su espíritu. Pedro era muy "hombre". Si hubiera sido Juan, ni habría tenido esa violenta osadía ni habría cambiado volublemente de pensamiento. La pureza da prudencia y firmeza. Mas Pedro era "hombre" en toda la extensión del término. Deseaba sobresalir, hacer ver que "ninguno" como él amaba al Maestro; quería imponerse y, sólo por el hecho de ser uno de los míos, se creía ya desarraigado de las debilidades de la carne. Sin embargo, ¡pobre Simón!, en las pruebas daba muestras contrarias no sublimes. Ello era necesario, para que luego fuera el que perpetuase la misericordia del Maestro entre la naciente Iglesia.
Pedro no sólo deja la delantera al miedo por el peligro de perder la vida, sino que queda reducido, como has dicho, a "carne que tiembla". Ya no reflexiona, ni me mira. También vosotros hacéis lo mismo. Y, cuanto más inminente es el peligro, más queréis valeros por vosotros mismos. ¡Como si pudierais hacer algo! Nunca como en los momentos en que tendríais que esperar en mí, y llamarme, os alejáis y me clausuráis vuestro corazón, y hasta me maldecís. Pedro no me maldice, pero sí me olvida, con lo cual tengo que manifestar una voluntad imperiosa para llamar hacia mí a su espíritu y que éste le haga levantar los ojos hacia su Maestro y Salvador.
Lo absuelvo con antelación de su pecado de duda porque lo amo, porque amo a este hombre impulsivo que, una vez confirmado en gracia sabrá caminar ya sin turbaciones ni cansancios hasta el martirio, echando incansablemente, hasta la muerte, su mística red, para llevar almas a su Maestro.
Y cuando me invoca, no sólo ando, sino que vuelo para ayudarle y le agarro bien fuerte para ponerlo a salvo. Mi reprensión es delicada porque comprendo todos los atenuantes de Pedro. Yo soy el defensor y juez más bueno que hay y que jamás habrá. Para todos.
¡Os comprendo, pobres hijos míos! Y aun cuando os digo una palabra de reprensión, mi sonrisa os la dulcifica. Os amo y nada más. Quiero que tengáis fe. Si la tenéis, llego y os saco del peligro. ¡Ah, si la Tierra supiera decir:
"¡Maestro, Señor, sálvame!"! Sería suficiente un grito -habría de ser de toda la Tierra-para que instantáneamente Satanás y sus colaboradores cayeran vencidos. Pero no sabéis tener fe. Voy multiplicando los medios para conduciros a la fe, pero éstos caen en vuestro lodo, como piedra en la fanguilla de un pantano, y quedan ahí sepultados.
No queréis purificar las aguas de vuestro espíritu. Os place ser pútrido fango. No importa. Yo cumplo mi deber de Salvador eterno. Aunque no pueda salvar al mundo, porque el mundo no quiere ser salvado, salvaré del mundo a aquellos que, por amarme como debo ser amado, no son ya del mundo.
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Sigue siendo el mismo lugar. Sólo que el sol ya no viene de oriente, filtrándose por entre el boscaje que bordea el Jordán en este lugar agreste situado junto al desagüe del lago en el lecho del río; viene, igualmente oblicuo, pero de occidente, y va declinando en medio de una gloria de rojo, rasgando el cielo con el sable de sus últimos rayos.
Bajo el tupido follaje, ya la luz está muy atenuada y tiende a las equilibradas tonalidades del atardecer. Los pájaros, embriagados del sol habido durante todo el día, del alimento arrebatado a los limítrofes campos, se abandonan a una algazara de gorjeos y cantos en las copas de los árboles. La tarde se pone con las pompas finales del día.
Los apóstoles se lo hacen notar a Jesús, que siempre adoctrina según los temas que le exponen.
-Maestro, la noche se acerca. Este lugar es un desierto, lejos de casas y pueblos, umbrío y húmedo. Dentro de poco aquí ya no será posible vernos, ni andar. La Luna se alza tarde. Despide a la gente para que vaya a Tariquea o a los pueblos del Jordán para comprarse comida y buscar alojamiento.
-No es necesario que se vayan. Dadles vosotros de comer. Pueden dormir aquí, como durmieron mientras me esperaban.
-No nos han quedado más que cinco panes y dos peces, Maestro, ya lo sabes.
-Traédmelos.
-Andrés ve a buscar al niño, que está vigilando la bolsa. Poco antes estaba con el hijo del escriba y otros dos más, fabricándose unas coronitas de flores jugando a los reyes.
Andrés va con diligencia. También Juan y Felipe se ponen a buscar a Margziam entre la muchedumbre, que continuamente se mueve. Lo encuentran casi al mismo tiempo, con su bolsa de las provisiones en bandolera, un sarmiento de clemátide arrollado en torno a la cabeza y un cinturón, también de clemátide, en que pende, haciendo de espada, un nudo: la empuñadura es el nudo propiamente dicho; la hoja, el tallo de éste. Con él están otros siete, igualmente ataviados, y hacen de cortejo al hijo del escriba, un gracilísimo niño de mirada muy seria, como de quien ha sufrido mucho, el cual, más adornado que los otros, hace de rey.
-Ven, Margziam. ¡El Maestro te requiere!
Margziam deja plantados a los amigos y va rápidamente, sin quitarse siquiera sus… distintivos florales. Pero le siguen también los otros. Pronto Jesús se ve circundado de una coronita de niños enguirnaldados de flores. Los acaricia mientras Felipe saca de la bolsa un envoltorio con pan dentro y en cuyo centro hay, a su vez envueltos, dos peces grandes: dos quilos de pescado, poco más. Insuficientes incluso para los diecisiete -es más, dieciocho con Manahén-de la comitiva de Jesús. Llevan estos alimentos al Maestro.
-Bien. Ahora traedme unos cestos. Diecisiete, como cuantos sois vosotros. Margziam dará la comida a los niños…
Jesús mira fijamente al escriba, que ha estado siempre a su lado, y le pregunta:
-¿Quieres dar también tú la comida a quienes tienen hambre?
-Me gustaría. Pero yo también estoy sin comida.
-Te concedo que des de lo mío.
-Pero… ¿pretendes dar de comer a unos cinco mil hombres, además de las mujeres y los niños, con esos dos peces y esos cinco panes?
-Sin duda. No seas incrédulo. Quien cree habrá de ver el cumplimiento del milagro.
-¡Oh, entonces sí que quiero repartir el alimento también yo!
-Que te den un canasto a ti también.
Vuelven los apóstoles con canastos y cestas (anchas y bajas u hondas y estrechas). Y vuelve el escriba con un cesto más bien pequeño. Se comprende que su fe o su incredulidad le han hecho elegir ése como el máximo.
-Está bien. Poned todo aquí delante. Disponed que se siente con orden la muchedumbre; en lo posible, regladamente.
Mientras esto se lleva a cabo, Jesús alza el pan -encima del pan, los peces-. Ofrece, ora, bendice. El escriba no quita ni un instante de El sus ojos. Luego Jesús divide los cinco panes en dieciocho partes, y los dos peces en dieciocho partes, y pone un trozo de pez -un trocito bien mísero-en cada uno de los canastos. Trocea los dieciocho pedazos de pan: cada pedazo en muchos trozos (muchos relativamente: no más de unos veinte). Cada pedazo troceado en un canasto, con el trozo de pez.
-Y ahora tomad y ofreced hasta la saciedad. Empezad. Ve, Margziam, a dárselo a tus compañeros. -¡Huy, cuánto pesa! -dice Margziam al levantar su canasto, y se dirige enseguida hacia sus pequeños amigos, caminando como quien lleva un peso. Los apóstoles, los discípulos, Manahén, el escriba, lo ven alejarse, perplejos… Luego cogen los canastos y, meneando la cabeza, se dicen unos a otros:
-¡El niño está de broma! No pesan más que antes. El escriba mira incluso dentro y, dado que ya allí, en la espesura en que está Jesús, no hay mucha luz -no así más allá, en el calvero, donde todavía hay buena luz-, mete la mano para palpar el fondo.
No obstante, a pesar de la constatación, se encaminan hacia la gente y empiezan a repartir. Dan, dan, dan… De vez en cuando vuelven la cabeza asombrados, cada vez más lejanos, hacia Jesús, el cual, con los brazos cruzados, apoyado en un árbol, sonríe finamente por el estupor de ellos.
La repartición es larga y abundante… El único que no muestra estupor es Margziam, que ríe feliz de poder llenar de pan y pescado el regazo de tantos niños pobres. Es también el primero que vuelve donde Jesús, y dice:
-¡He dado mucho, mucho, mucho!… porque sé lo que es el hambre… -y levanta esa carita suya, que ya no se ve demacrada pero que, al recordar, palidece y abre los ojos como platos… Pero Jesús, su Maestro y Protector, lo acaricia, y vuelve a sonreír luminosamente ese rostro niño que, confiado, se apoya sobre Él.
Poco a poco van volviendo los apóstoles y los discípulos, enmudecidos de estupor. El último en volver es el escriba, que no dice nada; pero hace un gesto que es más que un discurso: se arrodilla y besa el borde de la túnica de Jesús.
-Tomad vuestra porción y dadme un poco a mí. Comamos el alimento de Dios.
Comen, efectivamente, pan y pescado, cada uno según su necesidad…
Entretanto la gente, saciada, intercambia sus impresiones.
También los que están en torno a Jesús rompen a hablar observando a Margziam que, terminando su pescado, juega con otros niños. -Maestro -pregunta el escriba -¿por qué el niño ha sentido inmediatamente el peso y nosotros no? Yo incluso he palpado dentro del canasto: seguían siendo los mismos pocos trozos de pan y el único trozo de pescado. He empezado a sentir el peso yendo hacia la muchedumbre. Pero, si hubiera pesado en proporción a cuanto he repartido, habría hecho falta una pareja de mulos para llevarlo, y no el canasto sino un carro, lleno, henchido de comida. A1 principio daba escaso… luego me he puesto a dar y a dar, y, para no ser injusto, he vuelto a pasar por donde los primeros, y les he vuelto a dar, porque a los primeros les había dado poco. ¡Ha habido suficiente!
-Yo también he sentido que se hacia pesado el canasto mientras me encaminaba; enseguida he dado mucho, porque he comprendido que habías hecho un milagro -dice Juan.
-Yo, por el contrario, me he parado y me he sentado para volcar en mi regazo el peso y ver… Y he visto muchos panes. Entonces he ido -dice Manahén.
-Yo los he contado incluso, porque no quería quedar en situación ridícula. Eran cincuenta panes pequeños. He dicho: "Se los doy a cincuenta personas y luego regreso".
Y he llevado la cuenta. Pero, llegado a cincuenta, el peso seguía igual. He mirado dentro. Había todavía los mismos.
He seguido adelante y he repartido cientos de panes Pero no disminuían nunca -dice Bartolomé.
-Yo, lo confieso, no creía. He cogido los trozos de pan y esa miaja de pescado y los miraba diciendo: "¿Y a quién le sirve esto? ¡Es una broma de Jesús!…". Y estaba mirándolos, mirándolos, escondido detrás de un árbol, esperando y desesperando porque crecieran. Pero eran siempre iguales. Estaba para volverme, cuando ha pasado Mateo diciendo: "¿Has visto qué hermosos?". "¿Qué?" he dicho yo "¡Pues los panes y los peces!…". "¿Estás loco? Yo sigo viendo trozos de pan". "Ve a repartirlos con fe y verás.” He echado dentro del canasto esos pocos trozos de pan y he ido a disgusto… Y luego…
¡Perdóname, Jesús, porque soy un pecador! -dice Tomás.
-No. Eres un espíritu del mundo. Razonas como el mundo.
-Entonces también yo, Señor. Tanto que quería dar una moneda junto con el pan pensando: "Comerán en otro sitio" dice el Iscariote -Esperaba ayudarte a salir mejor parado. ¿Qué soy entonces? ¿Cómo Tomás o más todavía?
-Eres "mundo" mucho más que Tomás.
-¡Y, sin embargo, pensaba dar limosna para ser Cielo! Eran denarios míos particulares…
-Limosna a ti mismo, a tu orgullo. Y limosna a Dios. Dios no 1a necesita y la limosna a tu orgullo es culpa, no mérito.
Judas baja la cabeza y calla.
-Yo pensaba que tendría que desmenuzar ese trozo de pez y esos trozos de pan para que llegaran. Pero no dudaba que serían suficientes como número y como alimento. Una gota de agua que das te puede alimentar más que un banquete -dice Simón Zelote.
-¿Y vosotros qué pensabais? -pregunta Pedro a los primos de Jesús.
-Nos acordábamos de Caná… y no dudábamos -dice serio Judas.
-¿Y tú, Santiago, hermano mío, pensabas sólo esto?
-No. Pensaba que fuera un sacramento, como me dijiste…
¿Es así o me equivoco?
Jesús sonríe:
-Es y no es. A la verdad que ha dicho Simón, del poder de nutrición en una gota de agua, debe unirse tu pensamiento en orden a una figura lejana. Pero todavía no es un sacramento.
El escriba conserva entre sus dedos un pedazo de corteza.
-¿Qué vas a hacer con ello?
-Un… recuerdo.
-Yo también la conservo. Se la voy a colgar al cuello a Margziam en una pequeña bolsita -dice Pedro.
-Yo se la llevo a nuestra madre -dice Juan.
-¿Y nosotros? Hemos comido todo… -dicen apenados los otros.
-Levantaos. Pasad otra vez con los canastos y recoged lo que ha sobrado. Separad de entre la gente a los más pobres y traédmelos aquí junto con los canastos, y luego id todos, discípulos míos, a las barcas, haceos a la mar e id a la llanura de Genesaret. Yo despido a la gente después de favorecer a los más pobres. Luego os alcanzaré.
Los apóstoles obedecen… y vuelven con doce canastos colmados de restos; los siguen unos treinta mendigos, o personas muy míseras.
-Bien. Podéis marcharos.
Los apóstoles y los de Juan saludan a Manahén y se marchan; obedecen a pesar de estar poco contentos de dejar a Jesús. Manahén espera a despedirse de Jesús cuando ya la muchedumbre, con las últimas luces del día, o se encamina hacia los poblados o busca un sitio para dormir entre los altos y secos juncos. Luego se despide. Antes de él se ha marchado el escriba; es más, uno de los primeros, porque, junto con su hijito, se ha puesto en camino cerrando la fila de los apóstoles.
Una vez que todos se han marchado, o que han caído en el sueño, 273. Jesús se levanta, bendice a los que duermen, y a paso lento se dirige hacia el lago, hacia la península de Tariquea, elevada unos metros por encima del lago, cual si fuese un recorte de colina introducido en el lago. Y, llegado a su base, no entrando en la ciudad sino bordeándola, sube el montecillo y se pone en un risco, en oración, frente al azul del lago y al blancor de la noche serena y lunar.
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Cuando Jesús pone pie en la orilla derecha del Jordán -a una buena milla, quizás más, de la pequeña península de Tariquea, en esa zona en que todo es campo bien verde, porque el terreno, ahora seco pero húmedo en lo profundo, mantiene vivas todas las plantas, hasta las más gráciles-, encuentra a mucha gente esperándolo.
Vienen a su encuentro sus primos y Simón Zelote: -Maestro, las barcas nos han delatado… Quizás también Manahén ha sido índice…
Manahén se disculpa:
-Maestro, me puse en camino de noche para no ser visto, y no he hablado con nadie. Créeme. Muchos me han preguntado dónde estabas, pero a todos les he dicho solamente: "Se ha marchado". Creo que el daño lo ha hecho un pescador, diciendo que te había dejado la barca…
-¡El imbécil de mi cuñado! -exclama con vehemencia Pedro -¡Mira que le había dicho que guardara silencio! ¡Y le había dicho que íbamos a Betsaida! ¡Y le había dicho que si hablaba le arrancaba la barba! ¡Y lo voy a hacer! ¡Vaya que si lo hago! ¿Y ahora? ¡Adiós paz, aislamiento, descanso!
-Tranquilo, tranquilo, Simón. Hemos tenido ya nuestros días de paz. Además ya he conseguido parte del objetivo que perseguía: adoctrinaros, consolaros y tranquilizaros, para impedir ofensas y choques entre vosotros y los fariseos de Cafarnaúm. Ahora vamos con estos que nos están esperando. Para premiar su fe y amor. ¿No alivia también este amor? Sufrimos por odio, aquí hay amor: por tanto, dicha.
Pedro se calma como viento que se para de golpe. Jesús se dirige hacia la muchedumbre de los enfermos que lo esperan con el deseo grabado en su rostro. Los cura, uno tras otro, benévolo, paciente (incluso con un escriba que le presenta a su hijito enfermo).
Es este escriba el que le dice:
-¿Ves como huyes? Pero es inútil, tanto el odio como el amor son sagaces para encontrar. Aquí te ha encontrado el amor, como está escrito en el Cantar. Para demasiados eres ya como el Esposo de los Cantares. Se viene a ti como la sulamita a su esposo, desafiando a la ronda y las cuadrigas de Aminadab.
-¿Por qué dices esto? ¿Por qué?
-Porque es verdad. Venir a ti es un peligro, porque eres odiado. ¿No sabes que te acecha Roma y te odia el Templo?
-¡Oh, hombre!, ¿por qué me tientas? Pones insidia en tus palabras para llevar al Templo y a Roma mis respuestas. Yo no he curado a tu hijo con insidia…
El escriba, ante esta dulce reprensión, agacha la cabeza confundido, y confiesa:
-Me doy cuenta de que realmente ves los corazones de los hombres. Perdona. Me doy cuenta de que realmente eres santo. Perdona. He venido, sí, incubando dentro de mí el fermento que otro me había metido…
-Y que había encontrado en ti el calor apropiado para fermentar
-Sí, es verdad… Pero ahora me marcho sin fermento, o sea, con fermento nuevo.
-Lo sé. Y no siento rencor. Muchos incurren en falta por propia voluntad, muchos por voluntad ajena. Los juzgará con distinta medida el justo Dios. Tú, escriba, sé justo y en el futuro no corrompas como fuiste corrompido. Cuando te hostiguen las presiones del mundo, mira a esta gracia viva que es tu hijo, salvado de la muerte, y muéstrate agradecido con Dios.
-Contigo.
-Con Dios. A Él toda gloria y alabanza. Yo soy su Mesías y soy el primero en alabarlo y glorificarlo, el primero en obedecerlo. Porque el hombre no se rebaja honrando y sirviendo a Dios en verdad; como se rebaja es sirviendo al pecado.
-Dices bien. ¿Siempre hablas así? ¿Para todos?
-Para todos. Ya hablase a Anás o a Gamaliel, ya hablase al mendigo leproso del camino, las palabras son las mismas porque una es la Verdad.
-Habla, entonces, pues todos estamos aquí porque somos mendigos de una palabra o de una gracia tuyas.
-Hablaré. Para que no se diga que tengo prejuicios contra quien es honesto en sus convicciones.
-Han muerto las que tenía. Pero es verdad, en ellas era honesto; creía servir a Dios yendo contra ti.
-Eres sincero. Por eso mereces comprender a Dios, que nunca es mentira. Pero tus convicciones no han muerto todavía. Yo te lo digo. Son como malas hierbas quemadas.
Superficialmente parecen muertas. En verdad han sufrido un duro ataque que las ha arrasado, pero las raíces están vivas, el terreno las nutre, el rocío las invita a echar nuevos rizomas, y éstos nuevas hojas. Hay que vigilar para que ello no suceda; si no, quedarás de nuevo invadido por las malas hierbas. ¡Israel ofrece mucha resistencia a morir!
-¿Entonces tiene que morir Israel? ¿Es árbol malo?
-Tiene que morir para resucitar.
-¿Una reencarnación espiritual?
-Una evolución espiritual. No hay ningún género de reencarnaciones.
-Hay quien cree en ella.
-Están en error.
El helenismo ha introducido en nosotros también estas creencias. Y los doctos -como si fuera un nobilísimo alimento-se alimentan de ellas y en ellas se glorían.
-Contradicción absurda en quienes lanzan anatemas por el descuido de uno de los seiscientos trece preceptos menores.
-Es verdad. Pero… es así. Agrada imitar aquello que, contrariamente, se aborrece.
-Pues entonces imitadme a mí, dado que me odiáis. Y será mejor para vosotros.
El escriba debe sonreír finamente, por fuerza, por esta salida de Jesús. La gente está escuchando boquiabierta, y los que están lejos piden a los que están cerca que les repitan las palabras de los dos.
-Pero Tú, en confidencia, ¿qué piensas de la reencarnación?
-Que es un error. Ya lo he dicho.
-Hay quien sostiene que los vivos se generan de los muertos y los muertos de los vivos, porque lo que es no se destruye.
-Lo eterno, en efecto, no se destruye. Pero, dime, según tu opinión ¿el Creador tiene límites para sí mismo?
-No, Maestro. Pensarlo sería una mengua.
-Tú lo has dicho. ¿Puede entonces pensarse que permita que un espíritu se reencarne porque llegado a un cierto
número de espíritus ya no puede haber más?
-No se debería pensar. Pero hay quien lo piensa.
-Y, lo que es peor, hay quien lo piensa en Israel. Este pensamiento de una inmortalidad del espíritu -grande de por sí en un pagano, aunque unido al error de una inexacta valoración acerca de cómo se produce esta inmortalidad-debería ser perfecto en un israelita. Sin embargo, en el israelita que lo admite en los términos de la tesis pagana, se transforma en pensamiento disminuido, rebajado, culpable. No es, como en el pagano, gloria de un pensamiento que muestra ser digno de admiración por haber tocado casi, por sí mismo, la Verdad, y que, por tanto, da testimonio de la naturaleza compuesta del hombre, por esta intuición suya de la vida perenne de esa cosa misteriosa que se llama alma y que nos distingue de los animales.
Pero es mengua del pensamiento que, conociendo la divina Sabiduría y al Dios verdadero, viene a ser materialista incluso en una cosa tan altamente espiritual. El espíritu no transmigra sino del Creador al ser y del ser al Creador, ante el cual se presenta después de la vida para recibir juicio de vida o de muerte. Esto es una verdad. Y eternamente permanece en el lugar a que es enviado.
-¿No admites el Purgatorio?
-Sí. ¿Por qué lo preguntas?
-Porque dices: "Permanece en el lugar a que es enviado".
El Purgatorio es temporal.
-Precisamente por eso, en mi pensamiento lo asimilo a la Vida eterna. El Purgatorio es ya "vida"; mortecina, trabada, pero de todas formas vital. (El Purgatorio, desconocido en aquel tiempo como vocablo, era conocido como concepto, ya insinuado en 2 Macabeo 12, 45. Por tanto, la expresión Purgatorio, aquí y en otros lugares puede entenderse como la traducción de ese concepto en el lenguaje de la Obra Valtortiana) Una vez terminada la estancia temporal en el Purgatorio, el espíritu conquista la perfecta Vida, la alcanza ya sin límites ni ataduras.
Quedarán dos cosas: el Cielo, el Abismo; el Paraíso, el Infierno. Dos categorías: los bienaventurados, los réprobos. Pero, de los tres reinos que actualmente existen, ningún espíritu volverá a vestirse jamás de carne hasta la resurrección final, que clausurará para siempre la encarnación de los espíritus en los cuerpos, de lo inmortal en lo mortal.
-¿De lo eterno, no?
-Eterno es Dios. La eternidad es no tener ni comienzo ni final. Ello es Dios. La inmortalidad es seguir viviendo desde que se empieza a vivir: así para el espíritu del hombre. He aquí la diferencia».
-Dices: "vida eterna".
-Sí. Desde que uno es creado a la vida, puede, por el espíritu, por la gracia y por la voluntad, conseguir la vida eterna. No la eternidad. Vida supone comienzo. No se dice "vida de Dios", porque Dios no ha tenido comienzo.
-¿Y Tú?
-Yo viviré porque soy también carne, y al espíritu divino he unido el alma del Cristo en carne de hombre.
-Dios es llamado "el que vive".
-Efectivamente, no conoce muerte. Él es Vida, la Vida inagotable. No vida de Dios, sino Vida; sólo esto. Son matices, escriba. Pero la Sabiduría y la Verdad se visten de matices.
-¿Hablas así a los gentiles?
-No, así no; no entenderían. (La respuesta de Jesús a esta pregunta puede ayudar a comprender el motivo de ciertas adaptaciones que las verdades sufren, en la presente Obra, cuando se enseñan a romanos y romanas) A ellos les muestro el Sol. Pero se lo muestro de la misma forma como se lo mostraría a un niño que hubiera sido ciego e ignorante hasta ese momento y que milagrosamente hubiera recuperado vista e inteligencia. Así: como astro; sin adentrarme a explicar su composición. Pero vosotros, los de Israel, ni estáis ciegos ni sois ignorantes; desde hace siglos el dedo de Dios os ha abierto los ojos, os ha despejado la mente…
-Es verdad, Maestro. Pero a pesar de todo estamos ciegos y somos ignorantes.
-Tales os habéis hecho. Y no queréis el milagro de quien os ama.
-Maestro…
-Es verdad, escriba.
El escriba agacha la cabeza y guarda silencio. Jesús lo deja, y va adelante. Al pasar acaricia a Margziam y al hijito del escriba, los cuales se han puesto a jugar con unas piedrecitas multicolores.
Más que una predicación, lo suyo es una conversación con éste o aquel grupo. Pero es una continua predicación porque va resolviendo todas las dudas, aclarando todas las ideas, resumiendo o ampliando cosas ya dichas o conceptos aprehendidos sólo en parte por alguno. Y las horas pasan así…
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Es ya plena noche cuando Jesús vuelve a casa. Entra en el huerto sin hacer ruido. Se asoma un momento a la oscura cocina; la ve vacía. Se asoma a las dos habitaciones donde están las esteras y las camas: también están vacías. El único indicio de que los apóstoles hayan regresado es la ropa cambiada amontonada en el suelo. La casa está tan silenciosa, que parece deshabitada.
Jesús, haciendo menos ruido que una sombra, sube la pequeña escalera -candor en el candor de la Luna llena-y llega a la terraza. La atraviesa. Parece un espectro moviéndose sin hacer ruido, un luminoso espectro. En la incandescencia blanca de la Luna parece estilizarse, alzarse aún más. Levanta con la mano la cortina que cubre la puerta de la habitación de arriba (estaba corrida desde cuando los discípulos de Juan habían entrado en la habitación con Jesús). Dentro, sentados acá o allá, en grupos, están los apóstoles con los discípulos de Juan y con Manahén, y también Margziam, dormido, reclinada su cabeza en las rodillas de Pedro. La Luna se encarga de iluminar la habitación entrando con sus flujos fosfóricos por las ventanas abiertas. Ninguno habla. Y ninguno duerme; aparte del niño, sentado en el suelo sobre una estera.
Jesús entra despacio. El primero que lo ve es Tomás.
-¡Oh, Maestro! -dice sobresaltándose.
Todos los demás también reaccionan. Pedro, en su ímpetu, hace ademán de levantarse repentinamente, pero se acuerda del niño y se levanta suavemente, apoyando la morena cabeza de Margziam donde estaba sentado, de forma que es el último en acercarse al Maestro, mientras está respondiendo, con voz cansada como de quien ha sufrido mucho, a Juan, Santiago y Andrés, que le están expresando su dolor:
-Lo comprendo. Pero solamente el que no cree debe sentirse desolado por una muerte. No nosotros, que sabemos y creemos. Juan ya no está separado de nosotros; antes lo estaba. Es más, antes nos separaba: o conmigo o con él. Ahora ya no es así; donde está él estoy Yo, junto a mí está él.
Pedro introduce su cabeza entrecana entre las cabezas juveniles.
Jesús lo ve:
-¿También has llorado tú, Simón de Jonás?
Y Pedro, con voz más ronca de lo habitual:
-Sí, Señor. Porque yo también había sido de Juan… Y además… y además… ¡Y pensar que el viernes pasado lamentaba el que la presencia de los fariseos nos fuera a amargar el sábado! ¡Este sí que es un sábado de amargura! Había traído al niño… para gozar de un sábado más bonito… Sin embargo…
-No desfallezcas, Simón de Jonás. No hemos perdido a Juan. Te lo digo también a ti. Y en cambio tenemos tres discípulos bien formados. ¿Dónde está el niño?
-Está allí, Maestro, durmiendo.
-Déjalo dormir -dice Jesús agachándose hacia la cabecita morena que duerme tranquila. Y pregunta:
-¿Habéis cenado? -No, Maestro. Te esperábamos a ti, y ya estábamos preocupados por la tardanza. No sabíamos dónde buscarte… Nos parecía que te habíamos perdido también a ti. -Tenemos todavía tiempo para estar juntos. ¡Hala, preparad la cena, que luego nos marchamos a otro lugar! Necesito aislarme, entre amigos; si nos quedáramos aquí, mañana estaríamos siempre rodeados de personas. -Y te juro que no los soportaría, especialmente a esos reptiles de las almas fariseas. ¡Y sería grave que se les escapase
una sonrisa -aunque fuera una sola-referida a nosotros, en la sinagoga!
-¡Tranquilo, Simón!… Pero he calculado también esto. Por eso he vuelto para tomaros conmigo.
A la luz de las lamparillas encendidas a ambos lados de la mesa, se ven mejor las alteraciones de los rostros. Sólo Jesús se muestra con majestad solemne. Margziam sonríe en el sueño.
-El niño ha comido antes -explica Simón.
-Entonces es mejor dejarlo dormir -dice Jesús.
Y en medio de los suyos ofrece y distribuye la parca comida. Y se la comen sin ganas. Pronto termina la cena.
-Contadme ahora qué habéis hecho… -dice Jesús animándolos.
-Yo he estado con Felipe por los campos de Betsaida y hemos evangelizado y curado a un niño enfermo -dice Pedro.
-Verdaderamente ha sido Simón el que lo ha curado -dice Felipe, no queriendo tomarse una gloria no suya.
-¡Oh, Señor! No sé cómo. Sé que he orado mucho, con todo mi corazón, porque me daba pena el enfermito. Luego lo he ungido con el aceite y le he restregado ligeramente con mis rudas manos… y se ha curado. Cuando le he visto que tomaba color su cara y que abría los ojos, en pocas palabras que revivía, he sentido casi miedo.
Jesús le pone la mano en la cabeza sin decir nada.
-Juan ha causado gran asombro al arrojar un demonio. Pero hablar me ha tocado a mí -dice Tomás.
-También tu hermano Judas lo ha hecho -dice Mateo.
-Entonces también Andrés -dice Santiago de Alfeo.
-Simón el Zelote ha curado a un leproso. ¡No ha tenido miedo de tocarlo! Y luego me ha dicho: "Pero no tengas miedo. A nosotros no se nos pega ningún mal físico por voluntad de Dios"» dice Bartolomé.
-Bien dices, Simón. ¿Y vosotros dos? -pregunta Jesús a Santiago de Zebedeo y al Iscariote, que están un poco retirados; el primero hablando con los tres discípulos de Juan, el segundo solo y amostazado.
-Yo no he hecho nada -dice Santiago -Pero Judas ha hecho tres milagros potentes: un ciego, un paralítico, un endemoniado. A mí me parecía lunático. Pero la gente decía eso…
-¿Y estás ahí con esa cara habiéndote ayudado Dios tanto? -pregunta Pedro.
-Yo también sé ser humilde -responde el Iscariote.
-Luego nos ha alojado en su casa un fariseo. Yo no me sentía a gusto, pero Judas, que es más hábil, le bajó bien los humos. El primer día era altivo, pero luego… ¿Verdad, Judas?
Judas asiente sin decir nada.
-Muy bien. Y cada vez lo haréis mejor. La próxima semana estaremos juntos. Entretanto, Simón, ve a preparar las barcas. También tú, Santiago.
-¿Para todos, Maestro? No cabremos».
-¿No puedes conseguir otra?
-Si se la pido a mi cuñado, sí. Voy.
-Ve, y en cuanto hayas terminado vuelve. Y no des muchas explicaciones.
Los cuatro pescadores se marchan. Los demás bajan a coger sacos y unos mantos. Se queda Manahén con Jesús. El niño sigue durmiendo.
-Maestro, ¿vas lejos?
-Todavía no lo sé… Ellos están cansados y apenados. Yo también. Mi propósito es ir a Tariquea, a la campiña, para aislarnos en paz…
-Yo tengo el caballo, Maestro. Pero, si me lo permites, voy siguiendo el lago. ¿Vas a estar allí mucho?
-Quizás toda la semana. No más.
-Entonces iré. Maestro, bendíceme en esta primera despedida. Y quítame un peso del corazón.
-¿Cuál, Manahén?
-Tengo el remordimiento de haber dejado a Juan. Quizás, si hubiera estado…
-No. Era su hora. Además él ciertamente se ha alegrado al verte venir donde mí. No tengas este peso. Es más, trata de liberarte pronto y bien del único peso que tienes: el gusto de ser hombre. Hazte espíritu, Manahén. Puedes hacerlo. Está en ti la capacidad de serlo. Adiós, Manahén. Mi paz sea contigo. Pronto nos veremos de nuevo en Judea.
Manahén se arrodilla y Jesús lo bendice; luego lo levanta y lo besa. Vuelven los otros y se saludan recíprocamente, tanto los apóstoles como los discípulos de Juan. Los últimos en llegar son los pescadores.
-Ya está, Maestro; podemos marcharnos.
-Bien. Saludad a Manahén, que se queda aquí hasta la puesta del sol de mañana. Recoged las provisiones, tomad el agua y vámonos. Haced poco ruido.
Pedro se agacha para despertar a Margziam.
-No, deja. Podría echarse a llorar. Lo cojo en brazos yo -dice Jesús, y delicadamente levanta al niño, que refunfuña entre sueños un poco, pero luego se acomoda instintivamente en los brazos de Jesús.
Apagan las lámparas. Salen. Cierran la puerta. Bajan. En el linde del huerto saludan nuevamente a Manahén, y luego, en fila, por el camino lleno de luna van al lago: enorme espejo de plata bajo la Luna en su zenit. Tres gotas rojas sobre el espejo calmo parecen los tres farolillos de las proas ya metidas en el agua. Suben y se distribuyen por las barcas. Los últimos en subir son los pescadores: Pedro y un mozo ayudante, donde Jesús; Juan y Andrés en la otra; Santiago y otro ayudante en la tercera.
-¿A dónde, Maestro? -pregunta Pedro.
-A Tariquea. Donde desembarcamos después del milagro de los gerasenos. Ahora no habrá pantano. Y habrá calma.
Pedro se adentra en el lago, y también los otros, detrás, con las barcas: tres estelas en una. Ninguno habla. Sólo cuando están ya en zona abierta y Cafarnaúm se difumina entre el claror de la luna, que uniforma todo con su diminuto polvillo de plata, Pedro, como si le hablara a la caña del timón, dice:
-Pues me da gusto. Mañana nos buscarán, vieja mía, y gracias a ti no nos encontrarán.
-¿Con quién hablas, Simón? -pregunta Bartolomé.
-Con la barca. ¿No sabes que para los pescadores es como una esposa? ¡Cuánto he hablado con ella! ¡Más que con Porfiria, Maestro!… ¿Está bien tapado el niño? De noche hay relente en el lago…
-Sí. Mira, Simón, ven aquí, que tengo que decirte una cosa…
Pedro pasa la caña del timón al ayudante y va donde Jesús.
-He dicho Tariquea. Pero será suficiente estar allí pasado el sábado para saludar de nuevo a Manahén. ¿No podrías encontrar un sitio cerca de allí donde estar en paz?
-Maestro, ¿en paz nosotros o también las barcas? Para las barcas hace falta Tariquea, o los puertos de la otra orilla; pero, si es para nosotros, basta con que te adentres en los bosques del otro lado del Jordán, y sólo los animales te descubrirán… y quizás algún que otro pescador que esté vigilando las nasas de los peces.
Podemos dejar las barcas en Tariquea, cuando lleguemos al alba; luego nos echamos a caminar veloces hasta el otro lado del vado. Se pasa bien en este período.
-Bien. Así lo haremos…
-Te da asco también a ti el mundo, ¿eh? Prefieres los peces y los mosquitos, ¿eh? Tienes razón.
-No tengo asco. No hay que tenerlo. Lo que pasa es que quiero evitar que arméis escándalos y quiero consolarme en vosotros en estas horas del sábado.
-Maestro mío…
Pedro lo besa en la frente y se retira secándose un lagrimón que se empeña en rodar afuera y bajar hacia la barba.
Vuelve a su timón y apunta al sur, con firmeza, mientras la luz lunar decrece al ponerse el planeta, que desciende por debajo de la línea de un collado, escondiendo su carota a la vista de los hombres, pero dejando todavía el cielo blanco de su luz, y de plata la orilla oriental del lago; lo demás, es añil oscuro que apenas si se distingue a la luz del farol de proa.